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No hay mejor periodismo que el que se hace sobre el terreno, no hay mejor literatura que la que nos lleva lejos de casa y no hay mejor pasión que la que se respira en las gradas durante un partido de fútbol en Inglaterra. Álvaro de Grado tomó en 2013 una decisión que le cambió la vida: mudarse a Mánchester. Este libro es el viaje de alguien que, desde ese día, siempre juega como visitante. Es la radiografía de una manera única de sentir el fútbol que aflora en los estadios de la Premier League pero también en los campos más modestos. Este libro no da noticias, narra las aventuras y desventuras de un corresponsal. Cuenta historias sobre una tierra y una gente a las que el balón se lo debe todo.
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Seitenzahl: 351
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Álvaro de Grado Pajares (1991, Madrid) es periodista. Comenzó a trabajar en SportYou y, desde 2013, ha ejercido como corresponsal en Mánchester para medios nacionales como Marcadorint, MARCA, Cadena SER o Diario AS, y para otros internacionales como La Tercera o TUDN. En estos años ha informado sobre las noticias más importantes del fútbol inglés pero también sobre las menos trascendentales, y por supuesto imprescindibles, que escribe con las botas de tacos llenas de barro.
Primera edición: febrero de 2022
© Away Days, 2022
© Álvaro de Grado
© Prólogo: Axel Torres
© Epílogo: David Silva
© Ilustración de portada: Ignasi Font
Diseño y maquetación: Anna Blanco Cusó
© Grupo Editorial Belgrado 76, S.L.
C/Grassot 89, bajos
08025 Barcelona
www.panenka.org
ISBN: 978-84-124525-2-5Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
A quienes me acompañan:gracias por tanto y perdón por tan poco
Prólogo
Pechuga de pollo y macarrones
Iñaki detrás de las cámaras
Enamorado de un 0-0
Un grito en Bolton
Fuera de su liga
Ir a Wembley
The Kid
Antes todo esto era en Hyde
El cementerio de Bury
El periódico que no necesitas
Yo no estuve allí
Casillas en Disneylandia
Flashy things
Cumpleaños feliz
Un capitán y un gordo
La bufanda que llevó mi padre
Titular a hostias
El partido de sus vidas
Un día más en la oficina
Los que nunca llegan tarde
La nueva vida de Bytyqi
Fuck
Gol de Inglaterra
El otro United
La esquina más lejana
El día después
Teo va a Rochdale
Luque se hace viral
Kirkstiano
First Dates
Un chico de Mánchester
El Chiringuito
Luna de miel
Al otro lado
EPÍLOGO
En su época de inocencia, Twitter era un lugar de encuentro en el que brillaba la luz. Era demasiado joven para el ruido y la crispación, que son fenómenos que se alimentan con el tiempo. Lo que sobresalía, por encima de todo lo demás, era el talento. Para una hornada de estudiantes de periodismo repletos de entusiasmo y pasión, aquella ventana al mundo representaba una gran oportunidad. Entre todos ellos destacaba Álvaro de Grado, un chaval del 91 que era capaz de describir los sueños y los pesares de la cotidianidad en cada crónica de un partido de tercera división inglesa. Hablaba de la vida cuando te contaba un centro que no encontró rematador o una parada que negó gritos de gol. Conseguía algo muy complicado: captar tu atención incluso tratando temas que creías que no te interesaban. Escribía muy bien.
Cuando en 2013 decidimos crear marcadorint.com, Álvaro se había marchado a Brighton a buscarse la vida. En nuestro proyecto de web autogestionada queríamos satisfacer dos inquietudes: acercarnos a los lugares donde ocurrían las cosas y dar más espacio y profundidad a aquellos asuntos que nos interesaban y que, sin embargo, no cabían en los medios de comunicación tradicionales para los que trabajábamos. No teníamos mucho dinero, pero el poco que ingresábamos decidimos gastarlo en hacer realidad el primer deseo: mandar a gente a cubrir las competiciones in situ. La estadía de Álvaro en el sur de Inglaterra tenía fecha de caducidad: se acababa en verano. Entonces tendría que replantearse su vida, y a nosotros nos venía de maravilla que a esas alturas aún no tuviera planes. Cuando, allá por abril, volé a Londres para asistir a la semifinal de la FA Cup entre el Wigan y el Millwall, quedé con él, cenamos en un restaurante turco y le empecé a dibujar mi idea, que se concretaría unos meses después. Iban a pasar cosas en un lugar muy concreto y yo le quería allí para que nos las hiciera llegar.
En el inicio de la temporada 2013-14, el Manchester United iba a empezar a caminar sin Alex Ferguson. Le sustituiría, ante una gran expectación, un David Moyes que venía de realizar un gran trabajo en el Everton. Al Everton lo iba a dirigir Roberto Martínez, el entrenador con el que el programa de radio del que surgió la idea de la web mantenía una relación muy especial desde que él guiaba al Swansea en tercera división. Roberto venía de hacer campeón de la FA Cup al Wigan, que jugaría en la Europa League pese a haber descendido a segunda. Y esas tres cosas, el United de Moyes, el Everton de Roberto y el Wigan en Europa, no nos las queríamos perder por nada del mundo. Mánchester, Liverpool y Wigan estaban todas en un puñadito de kilómetros en lo que en el pasado se llamó condado de Lancashire: el presente ya había dividido en tres regiones administrativas distintas toda aquella tierra, pero la cercanía geográfica seguía siendo indiscutible. Además, estaban el Liverpool, el mítico Liverpool del que De Grado era hincha —lo sabían todos los que lo seguían en Twitter—, y el Manchester City, cada vez más poderoso, cada vez más grande. “Vete a Mánchester o a Liverpool, donde quieras. Pero vete allí, y haz tuyo Lancashire”, le dije. Y así empezó la vida. Y así se aprendió los horarios de los trenes de vuelta desde Wigan North Western para no perder el último después de una noche europea contra el Maribor, el Zulte Waregem o el Rubin Kazan.
Entonces De Grado dejó de hacer literatura desde la distancia para empezar a crear reporterismo poético con olor a hierba bajo cielos grises. Fue testigo de muchas cosas. Se abrió puertas, hizo carrera, vivió amores y desamores, y hasta acabó casándose con una empleada del Manchester City. Con el tiempo, dejó de escribir para nosotros y la vida le llevó a tener ocupaciones menos relacionadas con la belleza. Pero seguía siendo el que mejor escribía de toda aquella generación de veinteañeros del Twitter de 2010, y le debía un libro al mundo. Por fin lo tenemos aquí.
Cristian López fue el primer futbolista profesional que entró en la radio gracias a mi labor como corresponsal en Inglaterra. Contacté con él vía Twitter, me dio su número de inmediato y entablamos una conversación virtual que nos llevó hasta una mañana de sábado en pleno centro de Mánchester, en un bar, con él dispuesto a entrar en directo a través de mi teléfono en Marcador Internacional, el programa de radio que por entonces dirigía Axel Torres junto a Toni Padilla y Raúl Fuentes. Cristian había fichado en verano por el Huddersfield, de segunda división, y se había mudado al Reino Unido con la única compañía de su novia. Con el tiempo uno descubre lo difícil que es conseguir este tipo de cercanía con los jugadores, así que esta predisposición inmediata por parte de uno de ellos, capaz incluso de desplazarse de ciudad, me parecía elogiable y merecedora de toda mi atención y cariño. Además, él tenía 24 años y yo acababa de cumplir 22, por lo que nos unía un vínculo generacional que prometía alegrías.
Apenas fueron cinco minutos de radio en directo, como mucho diez, en los que por supuesto no dijo ninguna frase que cambiara la historia del fútbol. Esa temporada no llegó a jugar ni media hora en liga, pero hablaba castellano y su trayectoria tenía un gran punto de interés: jugó en el Real Madrid Castilla y después se fue al filial del Valencia, donde coincidió con unos emergentes Isco Alarcón o Paco Alcácer. Tras un paso por el Atlético Baleares en Segunda B, el Huddersfield le ofreció una prueba y luego lo acabó fichando con un contrato de un año más otro opcional. Lo que convenció a Cristian, además de la posibilidad de tener una experiencia en el fútbol inglés, fue la cláusula de permanencia que escondía su contrato: más de 20.000 euros garantizados por mantener la categoría.
A mí este tipo de información ya me empezaba a marear, acostumbrado a las cifras que se manejaban en el periodismo vagabundo del que uno forma parte al salir de la facultad. En esos primeros años de vida laboral se cuentan con la mano las monedas de un billete de tren, o de autobús, y se calcula con mimo la diferencia de gasto en un supermercado o en otro, por no hablar de lo que cuesta un alquiler. El periodismo vagabundo, tan maravilloso y enternecedor porque nunca pierde la cuota de ilusión necesaria para que todo acabe funcionando, es ese momento de la vida en el que todo salario que supera los 1.000 euros suena a gloria. El periodismo vagabundo es ese momento en el que, como decía mi amigo Juan, nunca hay que desaprovechar la oportunidad de intentar hacer algo ilegal, ya sea duplicar acreditaciones para tener acceso a zonas mixtas, colarse en salas donde no deberías entrar, coger dos platos en lugar del único que te permiten en la zona de prensa o ese tipo de cosas.
Con Cristian desarrollé la primera relación de amistad personal con un futbolista, algo totalmente novedoso en mi vida. Incluso me confesó problemas de vestuario que para mí eran todo un descubrimiento. Semanas más tarde me invitó a un partido en Huddersfield. En una jornada intersemanal cogí el tren que une ambas ciudades en tres cuartos de hora y me planté allí, en la estación, a la espera de que pasara a buscarme en coche. Cristian no iba convocado y ya sabía que le tocaría salir cedido en la segunda mitad de la campaña, como finalmente así sucedió: estuvo en el Shrewsbury y el Northampton, donde compartió equipo con Ivan Toney, que luego firmó por el Newcastle.
Al John Smith’s Stadium llegamos tarde, en mi opinión, porque apenas faltaban 15 minutos para que empezara el partido. Dejamos el coche en el parking y nos dirigimos a la puerta de entrada. Por allí coincidimos con tres o cuatro canteranos que también intentaban subir a la sala reservada para los no convocados. Cristian se puso delante del hombre de seguridad que custodiaba el acceso, le explicó quién era y dónde queríamos ir, y tras él pasaron uno, y otro, y otro, y otro, y de paso descubrí que a veces es fácil entrar en un estadio, así hasta que yo también entré en aquella suite con mi Quechua bien abrochado y las mallas térmicas debajo del pantalón, vaya bochorno, para ver un partido del Huddersfield detrás de un cristalera enorme en uno de los fondos del campo.
Me senté al lado de Cristian y analicé el panorama que tenía a mi alrededor. Soy consciente de que si escribo los nombres de los futbolistas que estaban en la fila de delante no sorprenderán a nadie, seguramente ni se conozcan, pero qué diferente es cada escena de la vida según los ojos de quien la mire. Para algunos camareros allí presentes todavía eran extraños, lo mismo que para el resto de mortales a excepción de sus familias y compañeros de equipo, pero para mí eran Joe Lolley, Matt Crooks y Duane Holmes, inconfundibles, y ahora son tres jugadores más que consagrados en Championship, la segunda división de Inglaterra.
Durante el encuentro me dijeron que uno de ellos había sido sancionado por el club por haber puesto su casa de alquiler patas arriba después de una fiesta; lo que debió ser aquello que se quedó fuera de la convocatoria. Era, también sin quererlo, mi primera exclusiva. Una exclusiva basura, al menos para el público al que yo me dirigía, pero una exclusiva. ¿Acaso iba a publicarla? No, por supuesto que no. Estaba ganándome la confianza de todos ellos, de Cristian el primero, que me había introducido, pero cuando te cuentan estos secretos internos un nerviosismo te recorre por dentro, como si tuvieras en tu posesión un arma de destrucción masiva y eligieras voluntariamente esconderla para siempre. Desde entonces no existe una tarde en la que vea a Lolley, Crooks o Holmes en un resumen de un partido y me traslade a esa suite del John Smith’s Stadium viendo al Huddersfield contra no sé quién, pensando en el desastre mobiliario que pudieron haber montado.
Como el partido fue tarde, Cristian me invitó a cenar a su casa y después también a dormir en una habitación que tenía para invitados. Me dijo que ya volvería al día siguiente, que no me preocupara, que así veíamos los resúmenes de la jornada en la televisión y hacíamos la cena. La vida en el extranjero, amigos, nos iguala a todos: pechuga de pollo y macarrones. No había tantas diferencias entre nosotros. Él jugaba al fútbol y yo escribía sobre fútbol, pero al final de cada día la pasta siempre acude al rescate. Dormí esa noche con un pantalón del Huddersfield que, evidentemente, me había prestado un futbolista del Huddersfield, una anécdota a la que todavía no me había acostumbrado, y a la mañana después volví a Mánchester con cero noticias publicadas pero con muchas lecciones aprendidas.
La conclusión más importante que me llevé fue que trabajar no siempre es sinónimo de producir. Puede que aquella noche en Huddersfield yo no hubiera escrito ningún artículo, puede que no hubiera participado en directo en la radio, puede incluso que hubiera dejado de realizar otras labores periodísticas a cambio de esa experiencia puramente social, y aun así compensó porque también fue, de algún modo, trabajo: empecé a construir un relato alrededor del club y, sobre todo, de uno de sus jugadores, con el que algún día podría sacar alguna historia. La inspiración llega trabajando y saliendo de casa. De Cristian yo no volví a escribir en ninguna publicación hasta ahora, pero Huddersfield nunca se fue de mí porque tiempo después vino la temporada del ascenso a la Premier League, en 2017, que fueron varios de los meses más felices de mi vida viendo fútbol: un equipo con el que nadie contaba, con un presupuesto muy bajo, sorprendiendo a todos y ascendiendo a la máxima división del país en la tanda de penaltis de la final del play-off. Dirigidos por David Wagner y comandados por Aaron Mooy en una alineación que podría recitar de memoria, los ‘Terriers’ se quedaron conmigo para siempre. Cuando fui al John Smith’s Stadium a ver su primer encuentro de la historia en la élite, la red de wifi de la zona de prensa se conectó de forma automática, una prueba irrefutable de fidelidad: yo ya había estado allí.
A Cristian lo invité para que viniera a una jornada de la Premier, un Manchester City-Sunderland que, curiosamente, es el único de liga al que iba a ir que se ha suspendido desde que vivo en Inglaterra. Un vendaval increíble obligó a aplazar el partido y Cristian y su novia, que ya habían llegado a la ciudad, tuvieron que deshacer el camino y regresar a casa. Fue la última vez que lo vi porque después de sus dos cesiones no renovó con el Huddersfield y luego ha ido confeccionando una trayectoria que le ha dibujado un pasaporte muy sellado con etapas en Rumanía, Francia, Emiratos Árabes Unidos o España, donde vistió las camisetas de la UD Las Palmas y el Cartagena. Nuestra relación perdió fluidez, como es normal, y el último mensaje enviado ahí se quedó, como el de la chica que te ignora, cogiendo polvo en lo más profundo del historial de conversaciones. Desde aquí le mando un abrazo si algún día lee esto porque hay cosas que agradezco y que jamás olvidaré: ni mi primer protagonista radiofónico en directo ni unos buenos macarrones en casa ajena.
Saltaba al campo con unas mallas, una gorra y un balón bajo el brazo para realizar el calentamiento. Después del descanso también salía el primero del vestuario y preparaba unos ejercicios de activación rápida antes del segundo tiempo. Siempre caminaba renqueante por unos problemas físicos en la rodilla. Al primer entrenador lo llamaba “gafa” —de gaffer, traducción de jefe—. Sonreía a todos los aficionados que lo identificaban con un chándal del club aunque no entendiera ni una palabra de lo que le decían. Hacía bromas a cualquiera de los futbolistas de la plantilla. Todavía me pregunto cómo Iñaki pudo estar casi una década viviendo en Inglaterra solo sabiendo cuatro frases en inglés, pero más tarde aprendí que lo logró porque manejaba lo necesario, que era todo lo demás: esa habilidad intrínseca para hacer que un vestuario funcione, como un hilo conductor que une a todos; esa capacidad para generar confort a su alrededor y para que las derrotas fueran menos derrotas a su lado; esa destreza para decir lo correcto cuando hay que decirlo o para dar dos palmadas en la espalda cuando no queda nada por decir y pensamos que la vida seguirá también mañana. Es muy necesario que haya delanteros que marquen goles, cuantos más mejor. Es importante que un entrenador monte un buen plan táctico para el partido y que el portero no falle cuando le tiran entre palos. Por supuesto, es evidente, hace falta que los futbolistas sean buenos. Pero el día a día de un equipo nunca se sostendría sin Iñakis.
Iñaki Vergara ha sido el entrenador de porteros del cuerpo técnico de Roberto Martínez desde la época en Swansea, en el 2007. Desde el primer día, en tercera división, hasta la actualidad, con un Mundial de por medio. Cuando el técnico español anunció su staff en la selección de Bélgica, la noticia fue la presencia de Thierry Henry como uno de sus asistentes. El exjugador del Arsenal y Barcelona salía al lado de Roberto Martínez en la foto que dio la vuelta al mundo, foco central del interés: siete personas, tres a cada lado del seleccionador nacional. En uno de los extremos se podía ver a Iñaki, siempre lejos de los titulares, siempre en la acera contraria al protagonismo. Su fichaje por el combinado belga supuso además su retorno a Bilbao tras casi diez años viviendo en Inglaterra. Como las selecciones juegan cada varios meses y la carga de trabajo está acumulada en distintas fases de la temporada, el lugar de residencia lo situó en el País Vasco junto a su mujer y sus dos hijas, dando así carpetazo a una etapa británica que comenzó en Gales, que siguió en Wigan y que acabó en el Everton.
Natural de Ondarroa, un pueblo costero en la frontera entre Guipúzcoa y Vizcaya, de buenos restaurantes y mejor pescado, Iñaki pasó por las categorías inferiores del Athletic para después jugar en el Alavés, el Real Murcia, la Real Sociedad y el Logroñés. En Las Gaunas, Julen Lopetegui, que ya hacía su propio camino hacia la selección española, le privó de la titularidad hasta que finalmente, con una grave lesión de rodilla de por medio, se retiró a mediados de la década de los 90. Años más tarde lo reclamó Javier Clemente para volver a San Mamés, esta vez como entrenador de porteros de Iñaki Lafuente y Dani Aranzubia, y poco después se atrevió a viajar al extranjero para sumarse al cuerpo técnico de Roberto Martínez.
Recuerdo la primera vez que vi a Iñaki. Fue en un hotel de Londres, la noche anterior a las semifinales de la FA Cup de 2013. Al día siguiente, el Wigan se iba a enfrentar al Millwall en Wembley y, aunque estuvieran peleando por la permanencia en la Premier, partían como favoritos contra un equipo de segunda división. Fueron unos meses muy extraños en los que dos realidades avanzaban al mismo tiempo sin cruzarse. Por un lado, el Wigan estaba haciendo historia en la competición de más tradición en Inglaterra y aspiraba a llegar a una final que le podría dar un billete para competir en Europa. Habían superado cuatro eliminatorias, todas a domicilio, con el colofón de una última en Goodison Park contra el Everton. Meses después se explicó que aquel partido fue el que hizo al Everton pulsar el botón de fichar a Roberto Martínez para la temporada siguiente. Por otro lado, la precaria situación del Wigan en la liga hacía temer el descenso. El fútbol atractivo y de posesión, así como la intención de salir jugando desde atrás, o de tener centrales que quisieran meter balones por abajo en lugar de sortearlos por arriba, no aguantaba las críticas cuando los resultados eran negativos. En un salón del hotel, el cuerpo técnico acababa los postres y el café comentando lo que venía por delante. Roberto enumeraba los futbolistas peligrosos del Millwall mientras Iñaki escuchaba a su lado. Yo creo que no conocía a ninguno, aunque tampoco hacía falta. El Wigan ganó por 2-0 con goles de Shaun Maloney y Callum McManaman, que definió un pase magistral de Jordi Gómez.
Semanas antes de aquella tarde de abril en Wembley, yo había tomado una de las decisiones más trascendentales de mi vida. A falta de unos meses para graduarme en Periodismo, aposté por irme a vivir al extranjero mientras acababa el proyecto de fin de carrera que debía entregar en junio. Lo hice teniendo cero euros de ingresos fijos al mes. Después de tres años trabajando en varias redacciones de Madrid como las de Sportyou o La Información, salí a la calle, vi la luz y quise conocer mundo con el poco dinero que había ahorrado. De las cuatro temporadas que estuve matriculado en la universidad, tres fueron trabajando de redactor. Tenía 21 años y sobre todo muchas ganas de ver con mis propios ojos lo que cada fin de semana disfrutaba por la televisión. Pronto conseguí trabajo en un restaurante para costear los gastos del día a día, escribía el proyecto final por las tardes y veía todo el fútbol posible en directo. Ahí descubrí que ver un partido de sexta división inglesa en la grada costaba más de diez libras, lo que al cambio eran unos 15 euros.
Al mismo tiempo sucedió algo que terminó de dar forma a mi vida en Reino Unido: Axel Torres decidió abrir una web sobre fútbol internacional que cubriría todos los partidos y ligas importantes, al estilo de lo que hacía en Marcador Internacional, el programa de Radio MARCA que entonces dirigía, y como redactores del proyecto apostó por varios chicos jóvenes. Para escribir sobre fútbol inglés el elegido resulté ser yo. La primera tarea que debía realizar era seguir al Wigan Athletic en la semana más importante de su historia: la que fue desde el 7 hasta el 14 de mayo y en la que disputaron tres partidos, dos de liga contra el Swansea y el Arsenal en los que se jugaron la salvación, y una final de FA Cup contra el Manchester City.
Así es como llegamos hasta esa semana clave, en el DW Stadium, con el Wigan a punto de recibir al Swansea en la Premier. Había quedado con Iñaki una hora y media antes del partido, que suele ser el momento en el que los equipos llegan al estadio en autobús. Dicho y hecho, allí apareció puntual con un sobre en la mano: dentro estaba mi pase para el partido. La derrota por 2-3 contra los ‘Swans’, precisamente el equipo anterior de Roberto y de Iñaki, condenaba al Wigan al descenso de categoría, pero en cuatro días había una final de FA Cup en la que partían muy en desventaja contra el Manchester City de Mancini. El debate nacional se centró entonces en una pregunta: ¿es mejor ganar un título y descender o no ganar nada y mantener la categoría? El Wigan Athletic estaba a 90 minutos de hacer historia, pero a cambio podía abandonar la élite del fútbol inglés. Si esta pregunta se le hace a una afición acostumbrada a ganar ligas y copas, la respuesta puede generar dudas. Sin embargo, si algo aprendí durante aquellos cuatro días fue lo que profesaba de forma unánime la hinchada de los ‘Latics’: celebrar un título en un club que casi nunca gana compensaba cualquier descenso.
Iñaki salió del estadio maldiciendo la mala suerte de su equipo y condujo en coche hasta Mánchester. Fue el primero de los cientos de viajes que hicimos juntos en los años siguientes, la primera de las innumerables charlas sobre fútbol que vinieron después. La rutina siempre seguía los mismos pasos. Una llamada a su mujer para lamentar la derrota. Una descripción de los goles concedidos con la valoración posterior de la defensa y del guardameta, Joel Robles en el Wigan o Tim Howard en el Everton. Mientras tanto, sintonizaba una radio española por una aplicación del móvil para escuchar los resultados de la liga, aunque la cobertura hiciera que se cortase muchas veces en medio de las carreteras inglesas. Casi siempre entraba una llamada de su hermano Aitor, con el que hablaba en euskera. “Ya verás como la liemos en Wembley, es que estoy seguro de que la vamos a liar, prepárate”, decía con ilusión. No tenían nada que perder. Finalmente, llegando a Mánchester, siempre estaba el ofrecimiento de acercarme hasta la puerta de mi casa. Iñaki apenas me conocía entonces, pero jamás me faltó de nada a su lado.
Cuatro días más tarde ahí estaba el Wigan, dispuesto a liarla en Wembley contra todo un Manchester City y llegando al 90’ con 0-0 en el marcador. Lo que sucedió en el tiempo de descuento es una de las imágenes más icónicas de la historia de la FA Cup. A la salida de un córner, Ben Watson se adelantó a su marcador en el primer palo y con un giro perfecto de cuello remató de cabeza. El balón salió a toda velocidad en dirección a la portería, imparable para Joe Hart, y la mitad del estadio estalló de alegría. El gol de Watson fue en la zona de la grada del Wigan, en el mismo fondo donde 25.000 personas saltaron como nunca antes lo habían hecho. Unos instantes más tarde, el árbitro pitó el final. Ahora sí. La liada. El Wigan Athletic, campeón de la FA Cup.
La celebración de un título dice mucho del carácter de las personas. Este tema da para un capítulo entero, pero en esta ocasión no hace falta extenderse. Los hay con el papel protagonista y los hay que cogen el trofeo para buscar rápido una cámara. Los hay que miran a la grada tratando de encontrar a su familia. Los hay con ganas de fiesta y sed de champán. Aquella tarde busqué a Iñaki entre la multitud de personas que estaban en el césped celebrando el título y lo encontré de casualidad, en medio de todos y siempre lejos del foco principal. De hecho, en la galería que la agencia de fotos Getty Images tiene sobre el evento, no sale en ninguna instantánea. Hay cientos de fotos del partido y de la celebración y, aun así, es casi imposible encontrar a Iñaki, que estaba en el banquillo y que luego saltó al césped en la celebración. Bueno, miento: sí que sale de espaldas en una ocasión, con su gorra y sus mallas, dando la mano a Mancini al final del partido. El único momento en el que Iñaki aparece en una imagen de toda la celebración es cuando fotografían al entrenador rival justo después de la derrota.
El Wigan descendió pocos días más tarde en su visita al campo del Arsenal. Los ‘Gunners’ golearon por 4-1 a un equipo que había pasado el domingo anterior celebrando el título más especial de la historia del club. Entonces, ¿era mejor ganar un título o no descender? El Wigan ya la había liado, hasta el punto de que la temporada siguiente jugaría la Europa League aunque estuviera en segunda división, y Roberto Martínez y todo su cuerpo técnico firmaron por el Everton.
Después del verano volví a ver a Iñaki. Yo había ido a ver qué tal le iba al Wigan en su primer partido en casa tras el descenso y antes de empezar le mandé una foto del estadio para recordar los viejos tiempos. A los pocos minutos respondió con otra sospechosamente similar: ¡estaba en la misma grada! Como tenía la tarde libre, había decidido pasarla en el DW Stadium, a media hora de su casa, para despedirse de quien no había podido hacerlo. Al final del partido me llevó con él al interior del estadio y nos metimos en la sala donde los familiares esperan a los futbolistas, que en este caso también son sus hijos, sus maridos o sus primos. Por allí fueron pasando uno tras otro, la mayoría de ellos campeones de la FA Cup. Vi a Jordi Gómez, vi a Ben Watson, vi a Shaun Maloney, que marcó un gol aquel día. Casi todos se habían quedado en el equipo para jugar en segunda división, con el objetivo de volver pronto a la Premier. Allí también vi a una mujer rubia que pronto reconoció a Iñaki y se acercó a saludarlo. Los dos se apartaron un poco del resto de la gente y comenzaron a hablar, si es que era posible entenderse con su nivel de inglés. Pronto comprendí quién era aquella mujer, ya que a su lado apareció después James McCarthy, su hijo, centrocampista irlandés del Wigan Athletic, que en ese verano se había convertido en el principal objetivo de fichaje para el Everton. Tenía todo el sentido del mundo que lo quisieran: era uno de los hombres de confianza de Roberto Martínez, estaban seguros de que tenía nivel para jugar en lo más alto y, además, la operación supondría una inyección de dinero muy valiosa para el Wigan. No escuché ni una palabra de la conversación, pero el lenguaje corporal es universal y pocas veces da pie a la duda. Iñaki estaba haciendo de Iñaki a la perfección: estaba haciendo equipo antes incluso de que fuera posible. Me lo confirmó poco después: “Les he dicho que no se preocupen y que estén tranquilos porque vamos a venir a por él”.
Dos semanas más tarde, en el último día del mercado de traspasos, el Everton pagó 15 millones de euros para fichar a James McCarthy, que disputó 39 partidos esa temporada con los ‘Toffees’ y se convirtió en titular indiscutible desde el primer día. Además de McCarthy, también llegaron a Goodison Park jugadores como Gareth Barry (cedido por el Manchester City), Romelu Lukaku (cedido por el Chelsea) o Gerard Deulofeu (cedido por el Barcelona), junto a las compras de Joel Robles, Arouna Koné y Antolín Alcaraz, tres futbolistas con los que el nuevo cuerpo técnico había coincidido en el Wigan. La decisión trascendental del verano fue vender a Fellaini al Manchester United, no tanto por los más de 30 millones que dejaba en el club sino por el hecho de cambiar por completo el estilo de juego: se acabó la alternativa de mandar balones largos al belga. El Everton finalizó la temporada con 72 puntos aunque fuera de los puestos de acceso a la Champions League (5º). Con esa puntuación, en cuatro de las cinco temporadas anteriores habrían entrado en la máxima competición europea. Con esa puntuación, sin embargo, habían batido cualquier récord anterior de David Moyes. Había que retroceder hasta 1987, cuando ganaron la liga, para encontrar un año en el que los ‘Toffees’ sumaron más puntos.
Iñaki había mantenido su residencia a los pies de Deansgate en pleno centro de Mánchester. Si ya se había acostumbrado a conducir hasta la ciudad deportiva del Wigan durante unos años, no importaba añadir unos minutos extra hasta Finch Farm, lugar en el que entrena el Everton. Además, como no hacía falta entrar en la ciudad de Liverpool y a Goodison Park solo había que ir una vez cada dos semanas, no había tanta pérdida de tiempo en días de tráfico.
Los días de partido en Goodison Park son increíbles. (Inciso necesario: hay que ir a Goodison Park, pero tenéis que daros prisa porque el ayuntamiento ya ha aprobado la construcción del nuevo estadio al lado del río Mersey y, si todo sigue su curso, el plan previsto es que se inaugure en la temporada 2024-25.) Mi foto favorita se obtiene bajando del autobús en County Road, muy transitada, llena de comercios locales y bares para ver el partido que se juegue antes. Una vez avituallados para lo que venga, atravesad una de las cuatro o cinco calles que desembocan directamente en el estadio. Por ejemplo, Neston Street. La imagen ahí es puro fútbol: casas típicas del noroeste de Inglaterra con su color marrón o blanco roto, casi desangelado, un gran ventanal en el piso de abajo que normalmente da al salón, coches aparcados en la acera, algún niño jugando a la pelota si coincide con unos rayos de sol y, de fondo, la fachada del estadio con un escudo gigante del Everton. Es imposible realizar ese breve trayecto sin tener la ilusión de convertirse en fotógrafo profesional. Cuanto más te acercas al estadio, más suena de fondo el gentío que se escucha a punto de entrar girando esos tornos azules, un poco oxidados, antes de empezar a subir las escaleras de piedra, tan antiguas, que tras varios giros acaban enseñando la luz y un césped de verde impoluto. Una gran mayoría de las butacas de Goodison Park son de madera y uno tiene suerte si puede ver el terreno de juego al completo, ya que hay varias columnas que obstaculizan la panorámica.
En esa línea de banda hay pocas leyendas mayores que Howard Kendall, cuya muerte en 2015 a los 69 años tiñó de negro la actualidad del Everton. Kendall disputó casi 300 partidos al máximo nivel con la elástica ‘toffee’ y luego asumió el rol de entrenador hasta en tres ocasiones. Si como futbolista llegó a ganar una liga en 1970, en su primera etapa como técnico, entre 1981 y 1987, el Everton logró dos títulos de liga, una FA Cup y una Copa de la UEFA. Tras su salida, el entrenador inglés fichó por un Athletic Club del que Iñaki ya se había ido para intentar ser titular. El vínculo Athletic-Everton, que ya existía desde hace muchos años gracias a la trayectoria de Kendall, quedó reforzado, siempre detrás de las cámaras, por la presencia de Iñaki. Sin ir más lejos, personajes con pasado en el club bilbaíno como José Luis Mendilibar fueron habituales durante aquellos meses en las gradas de Goodison Park. Desde su destitución en el Levante hasta que el Eibar apostó por él en el verano siguiente, Mendilibar pasó un tiempo residiendo en Mánchester viendo presencialmente muchos partidos de fútbol inglés. Por supuesto, cada vez que veía en directo al Everton, volvía a su casa en el coche de Iñaki, siempre estelar en su papel de Iñaki del equipo, que se hizo amigo hasta del responsable del parking del estadio.
Roberto Martínez y su cuerpo técnico estuvieron tres temporadas al mando de los ‘Toffees’, aunque nunca volvieron a alcanzar el nivel de su primera campaña. Cuando ficharon por Bélgica, Iñaki preparó la mudanza, vació su casa de Mánchester y puso rumbo a Bilbao. Desde entonces hemos mantenido un contacto poco regular pero muy fiel: ese que quizás no se manifiesta cada día, pero que cuando aparece es como si nunca se hubiera ido. Una de las últimas veces lo llamé en la boda de unos amigos a los que había conocido durante su etapa en el Reino Unido. Meses más tarde volvimos a hablar porque quien se iba a casar era yo. Cuando llegué a Wigan hace casi una década para que Iñaki me diera unas entradas antes de un partido decisivo, el club estaba a punto de descender de la Premier. Hoy todavía no ha vuelto a recuperar la categoría y languidece en tercera división, muy lejos de aquellos meses tan felices con la consecución de la copa. ¿Era mejor ganar un título y descender o no ganar nada y mantener la categoría? Hace unos días tuve mi última conversación con él. Le dije que iba a escribir un libro y que él sería el tema principal de uno de los capítulos: “Todavía me acuerdo del día que te recogí en Wigan la primera vez. Te vi tan desvalido… Y pensé: ‘¿Pero qué hace este chaval aquí solo?’”. Cuántas veces me habré hecho yo esa pregunta.
Decía Jean Bobet que era muy cool ser un ciclista francés durante un puerto del Tour de Francia; no tan cool como ser italiano en un puerto del Giro de Italia, porque allí te empujaban más, pero seguía siendo cool. Jean vivió de cerca el éxito de su hermano, Louison Bobet, triple ganador del Tour en 1953, 1954 y 1955, y contó todas las anécdotas vividas a la sombra de un campeón en un magnífico libro titulado Mañana salimos. Cuando se retiró, usó su destreza literaria y su labia para dedicarse a los medios de comunicación aprovechando la cantidad de experiencias que había compartido junto a Louison.
A lo largo de los años uno ve cosas que nunca alcanzan el valor de categoría. Son anécdotas sencillas, casi siempre inconexas entre ellas, que explicadas de carrerilla y con interés cobran una dimensión mayor. A veces el fútbol pide ser contado así. De memoria, sin demasiados detalles. En dosis de cinco minutos. Con poca trascendencia. Con mucha ironía. Lleno de valor, hasta arriba de carisma, pero carente de seriedad.
Fui a ver al Sheffield Wednesday un miércoles, que es una de esas cosas que tachas de la lista cuando las cumples. En primer lugar, por visitar Hillsborough al menos una vez en la vida, un estadio desde el que se explica el desarrollo social del aficionado inglés en las últimas décadas. En sus gradas, en 1989, se produjo la tragedia donde murieron aplastados 96 seguidores del Liverpool durante un partido de la FA Cup. A partir de ese día cambió la seguridad en los campos, se limitó el acceso a las gradas obligando a incluir butacas para todos los espectadores y, dos décadas después, tras la incansable lucha de las familias de los fallecidos, se hizo justicia cuando la policía asumió responsabilidades por el desastre. En segundo lugar, mucho más anecdótico, mucho más pobre, mucho más accesorio, por ir un miércoles a ver al Sheffield Wednesday. Así de simple. El duelo contra el Sunderland no pasó a la historia y se quedó en un 1-1 insulso —incluido en la exitosa primera temporada de la docuserie Sunderland ‘till I die, de Netflix—, con Barry Bannan brillando en el centro del campo y con nosotros viviendo las jugadas de peligro detrás de la familia de Tom Lees, el central titular de los locales. Hasta la ocasión más tibia es un drama vista desde los ojos de una madre. Hasta el despeje más sencillo se celebra con alivio. Cuando volví a mi casa por la noche puse un tic verde en mi mente: una cosa menos que hacer mientras viva en Inglaterra.
También vi jugar muchas veces a Joe Hardy. Lo hizo durante bastantes años en las categorías inferiores del Manchester City. Hardy era delantero, y muy prolífico. No es para menos: ocupaba la posición de nueve en la generación de Phil Foden. La primera vez que lo vi le metió dos al Liverpool, con otros dos de Foden y dos más de Ian Carlo Poveda. Una goleada espectacular que, sin embargo, fue de las últimas que vivió con la camiseta ‘citizen’. Llegado a la etapa de juvenil, el City decidió prescindir de él y se fue al Brentford B durante dos años. La historia no acaba ahí porque con 21, para sorpresa de muchos, el Liverpool llamó a su puerta. Necesitaban un delantero para el segundo equipo y Hardy daba con el perfil adecuado para seguir marcando goles en la liga de filiales. Entonces se produjo otra anécdota absolutamente intrascendente, pero absolutamente necesaria para cerrar estas líneas: vi jugar en directo a Joe Hardy con la cantera del Manchester City y, años después, también con la cantera del Liverpool. Salvo sus padres, y quizás sus compañeros, no muchas más personas pueden afirmar algo así. Al regresar a mi casa también puse un tic verde en mi currículum gracias a este logro.
A Cameron Borthwick-Jackson lo vi en el césped de Old Trafford brillando con la camiseta del Manchester United y también lo vi, unos años más tarde, calentando 45 minutos pero sin jugar ni uno solo con la del Oldham Athletic. Pocas veces una frase puede definir mejor la carrera de un futbolista, pero así sucedió con el joven lateral inglés, que debutó a las órdenes de Van Gaal y terminó dejando el club tras varias cesiones, todas ellas poco fructíferas, hasta encontrar acomodo en la cuarta división. Su aparición con los ‘Red Devils’, eso sí, estuvo acompañada de un récord histórico: su nombre y su apellido se convirtieron en los más largos de la Premier League con un total de 23 letras, igualando así a Jan Vennegoor of Hesselink y Kevin Theophile-Catherine. Debido a esto, quedó relegado fuera del podio un futbolista ilustre como Giovanni van Bronckhorst, que solo suma 22. Esta anécdota, tan pobre una vez más, sirvió entonces para rellenar unas líneas en el MARCA, porque así es como justifiqué mi sueldo durante meses. Otro tic verde muy merecido.
Durante unos cuantos años admiré y adoré a Grant Holt, un delantero desubicado en el tiempo. Holt tendría que haber jugado 20 años antes, o 40, pero lo hizo y muy bien a comienzos de la década de 2010 vistiendo la camiseta del Norwich. Allí encadenó tal racha goleadora que subió de la cuarta división a la Premier
