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** #1 NEW YORK TIMES BESTSELLER ** ** MEJOR LIBRO DE NO FICCIÓN DE 2017 SEGÚN BARNES & NOBLE ** ** MEJOR LIBRO DE HUMOR Y ENTRETENIMIENTO DE 2017 SEGÚN AMAZON ** ** UNO DE LOS LIBROS FAVORITOS DE BARACK OBAMA DE 2017 ** Todo lo que siempre quisiste saber (o no) sobre la NBA y nunca te atreviste a preguntar Michael Jordan está considerado el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, pero ¿en qué temporada fue Jordan la mejor versión de sí mismo? ¿Qué mates entran en el Salón de la Fama de los mates insolentes? ¿Qué rasgos definen al villano arquetípico del baloncesto? ¿Cuál ha sido el dúo perfecto de la historia de la NBA? Baloncesto (y otras hierbas) presenta una serie de preguntas tan fundamentales como hilarantes de la historia de la NBA y propone argumentos y respuestas, todo ello contado con inteligencia y humor. Shea Serrano plantea debates que ni siquiera los fans de la NBA sabían que necesitaban, tanto desde una perspectiva rigurosamente documentada (¿Cuál ha sido el título de la NBA más importante?) como fantástica (¿Con las partes de qué jugadores harías tu "frankenjugador"?). Profusamente ilustrado por Arturo Torres, este es un libro imprescindible para todos aquellos que han pasado noches en vela departiendo sobre los grandes momentos del baloncesto. Esta nueva edición incluye dos capítulos inéditos.
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Seitenzahl: 569
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Basketball (And Other Things): A Collection of Questions Asked, Answered, Illustrated
© 2017, 2020, Shea Serrano
Publicado originalmente en inglés en 2020 (versión ampliada) y 2017 (primera edición) por Harry N. Abrams, Incorporated, Nueva York. Derechos reservados en todo el mundo por Harry N. Abrams, Inc.
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Maquetación: Clara Miralles, a partir del diseño original de Sebit Min
Segunda edición, ampliada: Mayo de 2022
Segunda edición digital, ampliada: Mayo de 2022
© 2022, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2019, 2022, David Fernández, de la traducción
© 2017, Reggie Miller, del prólogo
© Abrams, de la cubierta
Todas las ilustraciones son de Arturo Torres, incluidas las de la cubierta, excepto las tablas y la ilustración de los presidentes de los EE. UU., que son de Shea Serrano
ISBN: 978-84-18282-78-2
Composición digital: Pablo Barrio
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO A MI MUJER Y A MIS TRES HIJOS,
A QUIENES SIEMPRE ELIGIRÍA PRIMERO PARA JUGAR EN MI EQUIPO EN EL PARQUE.
TAMBIÉN SE LO DEDICO A TIM, MANU, TONY Y «POP». A VOSOTROS OS ESCOGERÍA JUSTO DESPUÉS.
1. ¿No había salido ya este libro? Sí, en 2020.
2. ¿A qué se debe una nueva edición?
Pues entre otras cosas porque había una errata dolorosa y flagrante nada menos que en la portada de la primera edición, de la que, por cierto, nadie parece haberse percatado.
3. ¿Hay cosas en esta nueva edición que no estaban en la anterior?
Sí, algunas. He añadido varios nombres por ahí y he escrito un par de capítulos nuevos. Pero básicamente es el mismo libro. Por ello, esta nueva versión es ideal para aquellos que: a) no tenían aún Baloncesto (y otras hierbas); b) lo tenían pero no soportaban la mencionada errata de la cubierta —de la que, por supuesto, sí se habían percatado—, aunque, para ser sincero, me parece una locura que alguien se preocupe por estas cosas. (En realidad, tengo que admitir que una vez me pasé ocho minutos asegurándome de que los cordones de mis zapatos estaban atados con la misma fuerza, así que quizás no soy la persona más indicada para juzgar qué menudencias importan y cuáles no.)
4. ¿Puedes contarme de qué va el libro?
Por supuesto. El libro está formado por treinta y cinco capítulos. Cada capítulo gira en torno a una pregunta sobre baloncesto que, como he dicho, luego contesto. Pero no son las típicas preguntas del estilo: «¿Larry Bird era mejor que Magic Johnson?» o lo que sea. Son preguntas diferentes que, con un poco de suerte, no has leído ni pensado antes. De eso va el libro.
Ah, otra cosa: las preguntas no están relacionadas unas con otras, es decir, no hace falta leerlas en orden. La obra no avanza capítulo a capítulo como un libro normal. En la mayoría de casos, puedes empezar por cualquiera de ellos.
Y una cosa más: el libro tiene muchas ilustraciones, y algunos gráficos. Pero esa parte no hace falta explicarla.
5. ¿Todo el libro va de la NBA?
Sí, prácticamente. Hay dos capítulos que tratan sobre baloncesto callejero y otro que habla de un jugador de la NBA que ya no lo es, y también hay una sección sobre jugadores de baloncesto de la TV y el cine, pero aparte de eso, gira en torno a la NBA.
6. ¿A qué te refieres cuando en la respuesta a la cuarta pregunta dices que la obra no avanza capítulo a capítulo y que «en la mayoría de casos puedes comenzar por cualquiera»? ¿Por qué «en la mayoría de casos»?
Bueno, en algunas preguntas acabé necesitando más espacio de lo previsto para las respuestas, así que, en vez de dejar un capítulo de, por ejemplo, seis mil palabras, lo he dividido en dos de tres mil. Así que hay algunos capítulos dobles y hasta un par de capítulos triples, lo cual es bastante absurdo, lo sé.
7. Si es un libro de baloncesto, ¿tengo que saber mucho sobre estadísticas, voy a tener que familiarizarme con ellas antes o tener un nivel avanzado?
En el libro se mencionan estadísticas, sí. En general son estadísticas normales (puntos por partido, tapones por partido, cosas así), pero a veces sí que hablo de aspectos avanzados para demostrar o reforzar una afirmación. Te las resumo brevemente a continuación:
Índice de eficiencia del jugador (IEJ): Emplea la estadística combinada para calcular hasta qué punto es eficiente un jugador. Un jugador medio de la NBA tiene un índice de eficiencia de 15. Los jugadores All-Star suelen estar en torno al 20. El mejor jugador del año acostumbra a acercarse a un 27,5. Todo lo que esté por encima de 30 es extraordinario. La cifra más alta la alcanzó Wilt Chamberlain en 1963 (31,82).Box plus/minus (BPM): Índice que, a partir de la estadística combinada, mide el rendimiento de un jugador respecto a la media de la liga, expresado por 100 posesiones. Lo que significa es que, si un jugador tiene un box plus/minus de 5, es 5 puntos mejor que un jugador medio en 100 posesiones. Todo lo que supere 8 es muy bueno y los dobles dígitos son sobresalientes. La mayor valoración la obtuvo Russell Westbrook en 2017 (15,6).Valor respecto al sustituto (VRS): Convierte el BPM en una valoración de la aportación general de cada jugador al equipo. En resumen, nos dice lo valioso que es un jugador en comparación con lo que aporta su recambio, que en este caso se define como el jugador de salario mínimo no incluido en una rotación. Como en el caso del BPM, los valores que superen 8 son notables y los dobles dígitos son excepcionales. El jugador con un mayor VRS fue Russell Westbrook en 2017 (12,4).Influencia en victorias (IEV): Valor que mide el número de triunfos del equipo decididos por el jugador en cuestión en una temporada determinada. Si sumas las influencias en victorias de todos los jugadores del equipo, debería dar como resultado una cifra cercana a 82, que es el número total de partidos de la temporada. Los valores en torno a 15 suelen corresponder a los jugadores más valiosos. En 1972, Kareem Abdul-Jabbar consiguió la mayor IEV con un índice de 25,37.Ahora bien, en este apartado sobre estadísticas habrá pasado una de dos: o bien has empezado a leerla y has pensado: «Vaya, qué interesante», o bien has dicho: «Uf, anda ya», y te la has saltado. Si estás entre los del segundo grupo, lo único que necesitas saber es que siempre que aparezca una estadística en el libro, los números altos son buenos, mientras que los bajos son malos.
8. La coletilla de «(y otras hierbas)» del título del libro, ¿qué significa?
Quiere decir que de vez en cuando empiezo hablando sobre baloncesto y luego me voy por otros derroteros brevemente. Así es como hablo, y como escribo, sobre este deporte. Me parece que nunca he mantenido una conversación sobre baloncesto que haya ido siempre en línea recta. (Supongo que a muchos les ocurrirá lo mismo.) Las conversaciones suelen desviarse en direcciones distintas, tratar este u otro asunto, antes de llegar a su conclusión. De modo que, mientras escribía el libro, quería transmitir esa manera de expresarme, ese espíritu. Es lo más natural.
9. Has dicho que no es un libro sobre la historia de la NBA. ¿Te has limitado entonces a alguna época en concreto?
Me he remontado hasta 1980, la temporada en que Larry Bird y Magic Johnson llegaron a la liga y en que nació la NBA moderna, y he avanzado desde ahí. Hay menciones y notas al pie sobre hechos y personas anteriores, pero todos los pensamientos, preguntas e ideas principales tratan sobre gente y cosas de 1980 en adelante.
10. ¿Por qué le pediste a Reggie Miller que escribiera el prólogo?
Yo me crie en San Antonio, así que los Spurs eran, y siguen siendo, mi equipo favorito. Sin embargo, Reggie fue el primer jugador de baloncesto que me impresionó. Recuerdo que, de adolescente, un día lo vi jugar por televisión y quedé fascinado. Hacía todo lo que para mí era guay (lanzar triples, provocar a los demás jugadores, empujarlos, etc.), y cuando tienes trece, catorce o quince años, lo único que importa es lo que mola, ¿sabes? Era un ídolo para mí; todo un, digamos, señor del baloncesto.
A partir de entonces, seguí siempre a Reggie durante más de una década, hasta que se retiró en 2005. En su último partido perdió contra los Pistons en los play-offs. En los segundos finales, el entrenador de los Pacers Rick Carlisle pidió un tiempo muerto para cambiar a Reggie y permitir que el público lo aplaudiera. Reggie caminó hacia el banquillo, alzó la mano y recibió una gran ovación; fue muy emotivo. Y justo cuando estaba a punto de terminar la pausa, Larry Brown, el entrenador de los Pistons, pidió otro tiempo muerto, solo para que la gente continuara aclamando a Reggie. La cámara enfocó al público y uno tras otro se deshacía en lágrimas. Después de tantos años, sigue siendo la única vez que he llorado viendo el último partido de un jugador.
Entonces no sabía que acabaría escribiendo un libro sobre baloncesto ni que Reggie se encargaría del prólogo, pero sí era consciente de que él siempre sería alguien especial y de que el baloncesto significaba para mí más de lo que creía.
Tengo un recuerdo anterior a mi época de jugador profesional en el que todavía pienso de vez en cuando. Espero acertar con las fechas. Era un domingo de 1986, con los playoffs en marcha. Aquella mañana —debía de ser mi penúltimo o último año en UCLA— me levanté y me preparé para ver el partido que emitían por la CBS. Se enfrentaban Chicago y Boston. Fue cuando Jordan anotó 63; el partido en que se desató; el famoso partido.
Recuerdo que lo vi tumbado en la cama. Por entonces ya pensaba que me ficharían, o al menos lo suponía. Nunca estás del todo seguro de que vas a jugar en la NBA hasta que estás de verdad en ella, pero de lo que sí estaba convencido era de que podía jugar allí. De modo que sentía ese vínculo con la NBA porque creía —o esperaba— que pronto formaría parte de ella. Así que estaba siguiendo el partido e iba negando con la cabeza. No podía creer lo que veía. Era como un uno contra cinco. Jordan jugaba dos pasos más rápido que todos los demás. «Pero ¿cómo es posible?», pensaba. Yo había jugado contra él una o dos veces en partidos informales en UCLA en verano, y también había coincido con él cuando Jordan y mi hermano ganaron el premio Naismith. Así que estoy viéndolo jugar y pensando: «Sé… sé que yo lo defendí mejor. Pero esto es increíble».
Cuando ves un partido, es normal ir y venir y hacer otras cosas al mismo tiempo. Pero aquel día me quedé pegado al televisor. Es uno de los encuentros que más recuerdo, porque Jordan jugaba como si fuera un extraterrestre, si eso tiene algún sentido. Mis amigos iban a salir a comer algo y me dijeron que los acompañara. «¿Qué? No, no. Yo me quedo a ver el partido. Id vosotros», les respondí. No podía apartar la vista de la pantalla. Y mira que he visto partidos. He visto a muchísimos grandes jugadores. Pero aquel encuentro, aquella manera de jugar, eran especiales. Por supuesto, el motivo principal fue el juego extraordinario de Jordan, pero hubo otra razón: yo sentía que estaba a punto de entrar en ese mundo. Fue una sensación abrumadora el ser consciente de ello. Fue agradable. Y también surrealista. Nunca lo olvidaré.
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Durante mis cuatros años de universidad en UCLA, cada verano jugábamos partidillos en la cancha masculina. Pero no eran enfrentamientos normales. Nosotros, los de UCLA, seguíamos jugando en un mismo equipo, y éramos buenos, pero había toda una serie de jugadores profesionales que también venían a jugar. Magic siempre estaba y tenía su equipo. Isiah Thomas y Mark Aguirre también tenían equipo propio. Kiki VanDeWeghe, lo mismo. Había incluso un equipo de jugadores extranjeros. Larry Bird también jugaba. Michael acudió un par de veces. Todos venían porque en verano todo el mundo estaba en Los Ángeles.
De modo que había todos estos equipos, con varios profesionales, y jugábamos todos contra todos en dos pistas. Nunca he visto mejor baloncesto que ese. Magic, Kareem y todos esos tíos jugando sin guion, sin ataduras. Todo el mundo jugaba sin presión. Imagínatelo. Imagina tener veinte años y jugar contra Magic Johnson, Larry Bird, Michael o Kareem. Eso es lo que hacíamos. Entre dos meses y medio y tres meses del año lo dedicábamos a eso. Fue maravilloso.
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Un factor importante del hecho de jugar al baloncesto profesional corresponde a esos momentos de risas y compañerismo que vives con el equipo en el autocar, el avión o el vestuario. Estar en la parte trasera del bus del equipo con gente como LaSalle Thompson, Mark Jackson, Vern Fleming, Herb Williams o Chuck Person es una experiencia increíble. Es una cara de la NBA que mucha gente no ve, así que supongo que eso es lo que hace que esos momentos sean tan especiales: pertenecen solo a unos pocos.
Me acuerdo una vez de estar sentado en la parte trasera del autocar en mi primer año en la NBA, en el primer viaje. Tenía veintidós años y Clint Richardson —lo recuerdo como si fuera ayer— me llevó aparte. Era su última temporada o le faltaba poco, creo. Me dijo: «Mira, tienes que ser tú mismo. No sigas a los demás. Sé un líder. No tienes por qué vestirte como los otros. En esta liga, tienes que ser único». Sí, parecen consejos muy generales y básicos, pero oírlos de un veterano cuando eres un novato significa mucho. Fue importante para mí. Mucho.
John Long, que fue mi mentor en el primer año en la NBA, tenía treinta y uno y yo, veintidós. Él era el escolta principal, mientras que yo solo fui titular una vez aquella temporada. Él lo fue en todos los partidos. Antes de cada encuentro, nos sentábamos a ver vídeos sobre el escolta rival y a hablar sobre cómo íbamos a defenderlo. El hecho de que un jugador tan veterano —llevaba más o menos una década en la liga cuando yo llegué— dedicara tiempo al novato que acabaría ocupando su puesto y le enseñara cómo funcionaba la NBA fue algo que me impactó. «Reg, a Alvin Robertson no se le puede provocar.» «Reg, así es como vamos a defender a Ricky Pierce.» «Reg, ¿ves cómo Randy Wittman aprovecha el bloqueo aquí? Mírale los brazos. Tienes que bajarle los brazos y neutralizar el bloqueo.» «Reg, con Ron Harper tienes que ser muy físico. Pero sé inteligente. Sujétalo con la mano izquierda y mantén la mano derecha arriba porque el árbitro estará justo detrás de ti y te verá la mano derecha.» Cuando eres novato, esas lecciones no tienen precio. Hasta el punto de que son lo que más recuerdo.
La sensación cuando anotas un tiro decisivo es fantástica. Encestar lanzamientos importantes contra los Knicks, los Nets, los Sixers, los Celtics y los Bulls fue maravilloso. Todo el mundo habla de esas canastas, todos quieren saber cómo ocurrieron. Pero aquellas lecciones de John Long, de Byron Scott —que llegó al equipo a mediados de los años noventa y nos convenció de que podíamos ganar en los playoffs— y de otros que me ofrecieron sus consejos fueron los momentos más especiales; instantes inolvidables que siempre recordaré con cariño.
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Durante el primer cierre patronal de la NBA, conseguí un pequeño papel en La sombra de los culpables, protagonizada por James Belushi y Tupac. Se rodó en Los Ángeles y mi escena consistía en… vender perritos calientes. En realidad, hacía de mí mismo como vendedor de hot dogs por culpa del parón de la liga. En la escena, James Belushi me decía algo así: «No me digas: pues sí que lo debes de estar pasando mal, Reggie». Y yo le contestaba: «Bueno, algo hay que hacer para sacarse un dinerillo extra». Eso fue todo. Sí, muy corto. Pero aun así fue una pasada estar en el rodaje. Cuando apareció Tupac, todo se detuvo. Tenía una voz que deslumbraba en cada toma, en cada escena. Pudimos conversar un rato y enseguida conectamos, porque él era un gran aficionado al baloncesto.
De los cuatro grandes deportes que se juegan en EE. UU., creo que el baloncesto es el que mejor conecta con otras manifestaciones de la cultura popular. Piénsalo: pocas veces la gente se pone a jugar a béisbol así como así, ya que no es un deporte que pueda improvisarse. Hacen falta guantes, un campo grande... Con el fútbol americano, se necesitan muchos jugadores. En cambio, para jugar a baloncesto, con un balón y algo que haga de canasta, ya lo tienes. Puedes jugar uno contra uno, dos contra dos, tres contra tres. Es un deporte en el que es fácil entrar. Además, los jugadores visten camisetas de tirantes y pantalones cortos. Se ven. Son reconocibles. Los jugadores de fútbol americano tienen que llevar un casco puesto todo el rato. Los de béisbol llevan gorras y unos uniformes que tienen un aire más oficial. Para mí, el baloncesto parece más accesible. Más al alcance de cualquiera.
Volvamos a la adolescencia: aparte de subirnos a los columpios, ¿qué más hacíamos? En la calle, siempre había un puñado de chavales dándole al baloncesto. Unos jugaban y otros miraban, pero todos crecimos con él. En cierto modo, es un deporte que acaba impregnándolo todo: la música, las películas, la televisión... Aunque no sea el tema principal, siempre está ahí; como telón de fondo, o incluso entre bambalinas. Está presente. El baloncesto siempre está presente.
Empecemos con una premisa: digamos que Michael Jordan, considerado por la mayoría el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, es precisamente eso: el mejor jugador de baloncesto de la historia.
Puede que no estés de acuerdo con esta afirmación, y, si es así, no pasa nada1. Tal vez opines que el mejor fue Kareem Abdul-Jabbar, que fue un jugador superlativo durante más tiempo que nadie2. Quizás creas que el mejor fue Wilt Chamberlain, quien llegó a promediar 50 puntos y 25 rebotes por partido durante una temporada entera, algo alucinante. O puede que pienses que fue Greg Oden, el primer jugador número uno del draft de la NBA cuyo pene acabó fotografiado y divulgado por internet. Es posible que creas que fue Magic Johnson (el mejor controlando el ritmo del partido), LeBron James (el mejor en cualquier posición), Tim Duncan (el mejor jugador amor de mi vida, aparte de sus virtudes baloncestísticas). Todos son opciones válidas3. Y si alguno de ellos (o cualquier otro) es para ti el mejor jugador de la historia, supongamos que tú y yo coincidimos —aunque solo sea durante este capítulo— en que el más grande es Jordan.
A partir de ahí, esta es la pregunta: si Michael Jordan es el mejor jugador de la historia, ¿en qué año Michael Jordan fue la mejor versión de sí mismo? ¿Cuándo jugó mejor el mejor jugador de todos los tiempos?
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Para saber en qué temporada Michael Jordan fue la mejor versión de sí mismo, debemos tener en cuenta cuatro cosas:
Estadísticas básicas: en concreto, promedios de puntos, rebotes, asistencias, tapones y robos de balón. En lugar de fijarnos en las medias por partidos seguidos, lo haremos por 100 posesiones, ya que de este modo eliminamos la mayoría de variaciones que aparecerían debido a cambios durante el tiempo de juego o en el ritmo de partido.Estadísticas avanzadas, que he mencionado en el apartado previo al primer capítulo: índice de eficiencia del jugador (IEJ), box plus/minus (BPM), valor respecto al sustituto (VRS) e influencia en victorias (IEV).Rendimiento en los playoffs de cada temporada, que, al menos en cierta medida, suele ser más importante que durante la temporada regular.Circunstancias adicionales o atenuantes que puedan haber afectado al resultado de una temporada, o incluso de un solo partido, como la vez que, jugando con gastroenteritis, Jordan consiguió 38 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias en el quinto partido de la final de 1997: una proeza4. O la vez en que, al final de un partido contra los Nuggets en 1991, lanzó un tiro libre con los ojos cerrados solo para picar a un entonces novato Dikembe Mutombo, lo cual es una pasada. O cuando, contra los Jazz en 1987, un aficionado de Utah sentado a pie de pista le gritó que se metiera con uno de su tamaño después de que Jordan hubiera ejecutado un mate en la cara de John Stockton (1,86 metros), a lo que acto seguido Michael respondió machacando el aro delante de Mel Turpin (2,13 metros) y replicó al fan: «¿De ese tamaño va bien?», lo cual es descacharrante.Jordan jugó con los Bulls durante 13 temporadas. Es decir, debemos elegir entre trece versiones del jugador5. No obstante, una de ellas fue la temporada en que volvió de su retiro (1995) y, sin contar los playoffs, solo disputó 17 partidos ese año, así que esa podemos descartarla. Eso nos deja con doce versiones diferentes de Michael Jordan. En una de estas, Jordan fue excelente, en dos fue sensacional, en seis fue asombroso, en otras dos fue inconmensurable y en una fue la mejor versión de sí mismo. A continuación las ordenamos según el grado de grandeza.
Ocurrieron tres cosas significativas aquel curso. La primera: Jordan se fracturó el pie en el tercer partido de la temporada. (Es la única lesión grave que tuvo en toda su carrera.) La segunda: regresa a mediados de marzo, ayuda a los Bulls a clasificarse para los play-offs —en los que promedia 43,7 puntos por partido6— y logra sus famosos 63 puntos en el Boston Garden. Y la tercera: finalizado el encuentro de los 63 puntos, Larry Bird resumió así la actuación de Michael: «Creo que he visto a Dios disfrazado de Michael Jordan». Si Larry Bird te llama «Dios», es casi como que Dios te llame «Dios», ¿no?
La primera temporada de Jordan en la NBA fue todo un éxito. Entre los jugadores novatos, su IEV de 14,0 es el octavo mejor de la historia (comparado con el 1,8 de Kobe Bryant o el 5,1 de LeBron), su media de anotación por partido es la séptima mayor (28,2) y su VRS es el mayor de todos los tiempos. Ya entonces se vio que Jordan iba a ser especial, aunque aún estuviera lejos de ser lo que acabaría siendo.
Una temporada sensacional, con la singularidad que supuso la leyenda del Partido de la Gastroenteritis.
Jordan empieza a demostrar de lo que es capaz. Por primera vez, gana uno de los diez títulos de máximo anotador que conseguirá, con una media de 37,1 puntos por partido7. También lidera las clasificaciones de IEJ, IEV y VRS. Además, es el año en que se estrenan RoboCop, Depredador, Arma letal y Perseguido. No tiene nada que ver con Jordan, pero me parece que debía mencionarlo.
Un gran éxito en los playoffs, tanto para los Bulls (a un partido de alcanzar la final de la liga) como para él (sus 36,7 puntos por partido en los playoffs de 1990 sigue siendo la mejor marca de un jugador de la NBA en un playoff de más de 15 partidos)8. Los Pistons acaban barriendo a los Bulls en el séptimo partido de la final de conferencia, pero difícilmente puede achacársele a Michael la derrota (logró 31 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias; Pippen, aquejado de una migraña antes del partido, solo consiguió 2 puntos, 4 rebotes y 2 asistencias, que más que estadísticas de baloncesto parecen los números de un equipo de fútbol de alevines).
Otro título de mejor jugador. Otro campeonato. Los Bulls ganan 67 partidos durante la temporada, lo que en aquel momento supuso un empate en la cuarta mejor marca de la historia de la NBA. A todo eso hay que añadirle que (a) a estas alturas de su carrera solo es la segunda vez que disputa un séptimo partido (los Knicks lo forzaron repartiendo a diestro y siniestro), en el que por lo demás no deja títere con cabeza (42 puntos, 6 rebotes, 4 asistencias, 2 robos de balón y 3 tapones); (b) es el año en que deja a Clyde Drexler a la altura del betún en la final, y (c) es la temporada de su emblemático gesto de encogerse de hombros. Todos esos fueron momentos importantes y esenciales para Jordan.
Esta fue la primera temporada completa disputada por Jordan desde su primer año como rookie en que no lideró la clasificación en VRS, pero también es el curso de las 72 victorias, así que una cosa compensa la otra, si nos ponemos quisquillosos.
Consigue su segundo título de mejor jugador de la temporada. Derrota a Patrick Ewing y a los Knicks, a Charles Barkley y a los 76ers, a Isiah Thomas y a los Pistons, y a Magic Johnson y a los Lakers, lo que le vale su primer campeonato de la NBA,9 con una media de nada más y nada menos que 31 puntos y 11 asistencias en la serie final, lo cual es aún más impresionante cuando sabes que nunca antes había promediado más de 10 asistencias en playoffs. Creo que fue en esta época cuando la mayoría de la gente de la NBA pensaba algo así como: «Joder…».
Así fue el último minuto de la carrera de Michael Jordan en los Chicago Bulls, al final del sexto partido de las finales de la NBA, disputado en Utah, cuando los Bulls ganaban 3 a 2 ante los Jazz:
0:59: Mete dos tiros libres limpios para empatar el partido a 83. Jordan lleva 41 puntos.0:42: John Stockton consigue un triple y sitúa a los Jazz por delante, 86-83.[Tiempo muerto de Chicago]0:41: Jordan recibe el balón sacado de banda por Scottie Pippen a la altura del logotipo de medio campo.0:37: Jordan finta a Bryon Russell, que trata de defenderlo, penetra y anota en bandeja frente a Antoine Carr para dejar el 86-85 para los Jazz. Jordan lleva 43.0:36: Stockton sube el balón.0:22: Stockton pasa la pelota a Karl Malone en el poste bajo.0:21: Jordan, que defiende a Jeff Hornacek, se escabulle por detrás de Malone y le roba el balón de un manotazo.0:17: Jordan bota hacia el campo contrario, no pide tiempo muerto, tampoco Phil Jackson, porque ambos saben lo que va a suceder, igual que todo el mundo en el estadio, ya que en 1998 la gente lleva casi una década y media acostumbrada a ver a Jordan destripar a sus oponentes.0:12: Jordan, situado en la esquina izquierda de la línea de tres, espera. Bota el balón.0:11: Jordan espera. Bota.0:10: Jordan espera. Bota.0:09: Jordan espera. Bota.0:08: Jordan ataca, bota hacia la parte alta de la botella.0:07: Jordan se para, se cambia el balón de mano con un bote, se deshace de Russell y tira.0:06: Dentro. Los Bulls se ponen por delante 87-86. Jordan lleva 45 puntos.100:05: Bob Costas: «Quién sabe lo que ocurrirá en los próximos meses, pero este puede haber sido el último lanzamiento de Michael Jordan en la NBA».0:02: Stockton falla el triple final.0:00: Jordan gana su sexto campeonato de la NBA.El Jordan de 1998 no fue el más dominante desde el punto de vista estadístico, pero sí el más melodramático. En un hipotético torneo de uno contra uno que enfrentara a las distintas versiones de Jordan, estoy seguro de que este se las apañaría para ganar a los ocho Jordans a los que supera en esta clasificación.11
El terror. Sus índices de VRS y BPM fueron los más altos registrados hasta entonces. Su IEJ fue el segundo mayor de la historia de la NBA tras Wilt Chamberlain. Ganó su primer título de mejor jugador de la temporada. También consiguió el premio al mejor defensor. Y de paso fue el jugador más valioso del All-Star, porque le apeteció. En 2019 aún era el único jugador que había logrado más de 100 tapones y 250 robos de balón en una temporada.
En cierta medida aún mejor que el Jordan de 1988, sobre todo porque es la temporada en la que exhibe el mayor acierto ofensivo de su carrera.12 Se convierte en el primer jugador en promediar 30 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias desde Oscar Robertson. Y quizás lo más importante: es el año en que anota un lanzamiento importantísimo en los playoffs («el Tiro», con el que eliminó a Cleveland en el quinto partido de la primera ronda). 1989 supuso el nacimiento del Jordan Sanguinario.13
El Jordan homo superior. La mejor versión del mejor jugador. Piensa solo en estas tres cosas, que resumen todo lo que Michael Jordan es, fue y sería:
Los Bulls van 0 a 2 abajo en la final de la Conferencia Este contra los Knicks, algo preocupante porque el equipo de Nueva York tiene ventaja de campo y alarmante porque los Knicks ya habían obligado a los Bulls a llegar al séptimo partido en la temporada anterior, así que estaba claro que no les tenían miedo. De hecho, los Bulls tendrían que haber perdido esta eliminatoria. Desde luego. Pero no fue así. Esta vez ni siquiera hubo séptimo encuentro. Ganaron los cuatro partidos siguientes, los últimos tres con un Jordan supremo e imparable (54 puntos en el cuarto partido, 29 puntos y 14 asistencias en el quinto, y 25 puntos y 9 asistencias para finiquitar la eliminatoria).En la final, Jordan promedió 41 puntos por partido contra los Suns, y 46,1 puntos por 100 posesiones en los playoffs enteros, su mejor marca durante una fase eliminatoria y su segunda mejor tras la de 1986, el año de «Dios disfrazado de Michael Jordan», pero es más impresionante que esta actuación porque en 1986 el playoff de los Bulls duró 3 partidos, mientras que en 1993 duró 19.El número total de puntos de Jordan en los playoffs de 1993 fue de 666.El dios Jordan fue un gigante, pero el demonio Jordan fue el más grande.
Una acotación: la introducción de este capítulo se basa en algo que sucedió hace más de veinticinco años. Voy a escribirlo sin investigar ni comprobar nada antes. Una vez terminado, lo retomaré y le agregaré notas al pie para mostrar las partes que acerté y las que confundí.
Cuando aún estaba en primaria, recuerdo vagamente ver por casualidad una película llamada Frankenputa. No creo que fuera pornográfica,1 pero sí que salía gente desnuda.2 La película trata de un hombre que tiene una novia3 a la que le pasa por encima una cortadora de césped4 que la descuartiza. El protagonista está tan desconsolado que no acepta la pérdida, así que se le ocurre lo siguiente: urde un plan para matar a varias prostitutas5 y usar partes de sus cuerpos para recomponer a su novia.6 Así, pues, va a buscar a las chicas, se las lleva a casa7 para celebrar una orgía8 y allí las desmiembra.9 A continuación, cose las distintas partes, conecta el cadáver a una máquina, aprovecha una tormenta eléctrica para inyectarle una descarga tremenda y la chica vuelve a la vida como le ocurrió al monstruo del doctor Frankenstein.10 Pues de eso iba la película. Para nada apropiada para un niño,11 pero me alegro de haberla visto porque me ha servido para la introducción de este capítulo, que consiste en tomar partes distintas de jugadores de baloncesto y juntarlas para formar al «Frankenjugador».
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Se trata de hacer un ejercicio para pasarlo bien, pero aun así debemos seguir unas pocas reglas:
LA REGLA DE MICHAEL JORDAN: Solo se puede elegir a un jugador una vez. Así que, por ejemplo, si decides que quieres a World B. Free en la categoría de tiro en suspensión, no puedes escogerlo para las categorías de pelo o nombre. La razón de ser de esta regla es evitar que, por ejemplo, me salgas con algo así: «Quiero el tiro de Steph Curry y el resto de categorías lo lleno con partes de Michael Jordan y LeBron James».LA REGLA DE «SKIP 2 MY LOU»: Solo se puede escoger a jugadores que hayan disputado al menos diez partidos en la NBA. («Skip 2 My Lou», el apodo de Rafer Alston en el baloncesto callejero, jugó once años en la NBA.)LA REGLA DE PLENAS FACULTADES: Esta no es tanto una regla como una pauta general. Si escogemos a un jugador para una determinada categoría, se entiende que nos referimos a cuando estaba en su mejor momento. En los casos en que haga falta añadir un año en particular, se indicará.▶
Varias de las categorías son fáciles de medir y no necesitan mayor explicación, así que empezaremos por estas. En la de salto vertical, elijo a Zach LaVine, dos veces ganador del concurso de mates y capaz de saltar verticalmente 1,16 metros en 2014. En la categoría de manos, lo mejor será probablemente escoger un par de las más grandes: las del alero Giannis Antetokounmpo, nada menos que treinta centímetros de la punta del pulgar a la punta del meñique. En la categoría de rapidez del primer paso, opto por Stephon Marbury, más que nada porque recuerdo leer un artículo sobre el base Steve Nash escrito por Chuck Klosterman en 2005 en el que la explosividad de Marbury, quien entonces jugaba de base en los Suns, se describía como «tangible cuando te dejaba atrás: podías sentir la ráfaga de viento». En cuanto a velocidad de campo a campo, me decanto por el Nate Robinson de 2004, que en las pruebas del NBA Draft Combine corrió tres cuartas partes de la pista en 2,96 segundos, lo que supone un empate en la mejor marca registrada.12
Esta es una categoría fundamental. Si vamos a construir un jugador de baloncesto megapoderoso, necesita un nombre a la altura de las circunstancias. «Stromile Swift» es fantástico, pero no es suficientemente intimidante. «Detlef Schrempf» siempre ha sido uno de mis favoritos, pero reconozco que no tiene la clase ni la majestuosidad de un «World B. Free», ni siquiera la de un «Metta World Peace». «Fat Lever» y «Frank Brickowski» son lo contrario de lo que buscamos, igual que «Mookie Blaylock» y «Bimbo Coles». «Tree Rollins» está bien, pero suena un poco inmóvil para ser perfecto. «Sleepy Floyd» suena muy fresco, tanto que hasta es un poco frío. «Speedy Claxton» es divertido, pero al final parece el apodo cariñoso que le pondrías a un niño regordete. «Jamario Moon» tendría posibilidades, en la línea de «Magic Johnson». «Chauncey Billups» también es un gran nombre, la verdad. Pero ninguno de estos es el adecuado. Porque el mejor nombre es el de «God Shammgod», una leyenda del baloncesto callejero que disputó veinte partidos con los Washington Wizards en 1998. Va por él.
Aquí tenemos cuatro variantes por escoger. Puedes elegir «pelazo», en referencia a alguien cuyo peinado fuera icónico, como las trenzas africanas cosidas de Allen Iverson o el afro y las patillas Souvarov de Artis Gilmore. Puedes optar por un pelo «de época», es decir, un peinado que remita directamente a una era, como cuando Anthony Mason se rapó el nombre «Knicks» en un lado de la cabeza en los noventa o cuando Bill Walton llevaba una coleta hippy en los setenta. Otra variedad es «la horterada», como cuando Drew Gooden se afeitó la cabeza entera salvo un pequeño cuadro de pelo en la nunca, o como cualquier peinado de Dennis Rodman desde 1993. Por último, puedes seleccionar la variante «decana» en el caso de jugadores cuyo pelo fuera característico porque no había más remedio, como Clyde Drexler, que sin duda se estaba quedando calvo en 1992, o Nate Thurmond, cuando en 1975 las entradas le llegaban hasta la nuca. Yo me decanto por Nate Thurmond. Quiero que mi «Frankenjugador» parezca un estibador de los setenta.
Aquí la elección está clara: los ojos de Jason Kidd. El base californiano advertía ángulos y espacios mejor que nadie a quien haya visto jugar. El mejor ejemplo fue durante un partido de los Nets con los Knicks a principios de la década de los dos mil cuando, tras forzar una pérdida de balón de Howard Eisley, el base de Nueva York, Kidd recogió la pelota y la lanzó por delante de otro jugador de los Knicks hacia Lucious Harris, pero lo hizo tan bajo y con tanto efecto que el balón se fue hacia la izquierda tras botar en el suelo, con lo que rodeó al defensor. Fue como cuando Angelina Jolie disparaba balas con una trayectoria curva en Wanted, pero en la vida real. (Si puedo hacer una doble elección aquí, entonces dadme también la vista de Sue Bird. Es la líder indiscutible en asistencias de la WNBA. Cada partido que juega parece como si deambulara por una película que se sabe de memoria.)
Paul George, de los Clippers, tiene una línea del pelo especialmente baja. Elegiría al George de cualquier año, da lo mismo. (En realidad, es un rasgo que pasa desapercibido hasta que reparas en él, entonces no ves otra cosa.) (Damian Lillard también tiene una frente bien delineada, así que si George ya está elegido, me conformo con Lillard.)
Los Celtics y los Sixers se enfrentaron una vez a principios de la temporada de 1985. Durante el partido, Julius Erving y Larry Bird llegaron a las manos, si bien no fue una pelea en sentido estricto porque Moses Malone y Charles Barkley, por entonces compañeros de equipo del Dr. J, sujetaron a Bird mientras el de Philadelphia le dio tres puñetazos en la mandíbula. No sé cómo, pero Larry Bird no murió ni quedó inconsciente, ni siquiera se cayó al suelo. La barbilla de Bird está hecha de adamantio.
Los hombros de Dwight Howard en 2010 parecían bolas de bolos.
Podría ser el David Robinson de 1992. O el Ben Wallace de 2004. Cualquiera de los dos valdría, por supuesto. Pero yo me pido los brazos del Andre Iguodala de 2007.
Manute Bol tenía una envergadura de 2,59 metros, aunque parezca increíble. Esta es fácil.
Tenemos tres formas de manejar la cuestión fálica.14 La primera es elegir el miembro de Wilt Chamberlain porque es el más infame de la NBA (en su libro de 1991, A View From Above, Wilt aseguró haberse acostado con 20.000 mujeres). Seguro que tenía una herramienta resistente. La segunda opción consiste en irse al extremo opuesto: el pene de A. C. Green, que terminó su carrera en la NBA siendo virgen (1985-2001). Este, pues, seguro que era inmaculado. La tercera es lanzarte a la aventura y escoger un falo que nunca haya sido noticia pero que te parezca atractivo (el de Serge Ibaka, o tal vez el de J. J. Redick). Pero creo que tiro por lo inmaculado: A. C. Green.
A principios de 2013, la NBA empezó a contabilizar las entradas, que la liga definió como «penetraciones a canasta que empiezan como mínimo a 6 metros del aro y en las que se bota a una distancia mínima de 3 metros de la canasta, sin contar contraataques». Desde entonces hasta 2016, Steph Curry tiene el porcentaje de acierto más alto en tiros de campo, con un 54,0 %.15 Por detrás de Curry, está Tony Parker con un 53,3 % y en tercer lugar, Goran Dragic. Siento la tentación de elegir a Dragic porque estoy a favor de todo lo que suene a «dragón»,16 pero creo que en esta categoría me inclino por Parker. Lo prefiero a Curry porque (1) Steph tiene la ventaja de que los defensores se le echan encima para evitar que tire de tres, lo que le facilita la posibilidad de entrar a canasta un pelín más que a Parker, que nunca ha sido una amenaza desde la línea de tres,17 y (2) como la NBA empezó a contabilizar esta estadística en 2013, significa que se compara a un Steph en plenas facultades con un Tony Parker veterano. Así que elijo al Tony Parker18 de 2006.19
Esta la dividiremos en tres subcategorías: recepción y tiro, tiro después de bloqueo, y tiro en suspensión tras bote. Para la primera, me pido al Klay Thompson de 2015.20 Elijo al Reggie Miller de 1998 para el tiro después de bloqueo.21 En cuanto al tiro en suspensión tras bote, voto por el Steph Curry de 2016.22 Si tuviera que elegir solo a uno, supongo que sería Steph, que —combinadas las tres subcategorías en una— probablemente sea el más efectivo.
Escojo al Hakeem Olajuwon de 1994. El pívot promedió 4 tapones por partido durante los playoffs de ese año. Hay jugadores que consiguieron más tapones por encuentro que él en un mismo curso baloncestístico,23 pero yo suelo dar preponderancia a los logros de la ronda eliminatoria respecto a los de la temporada regular. Y, sí, ha habido otros jugadores con más tapones por partido en playoffs que Hakeem24, pero no hay nadie que haya superado la cifra de Olajuwon y al mimo tiempo haya ganado el campeonato. Así que elijo a la estrella de los Rockets.
Terminemos con una lista rápida: el poderío bajo los aros de Shaquille O’Neal, la resistencia de Richard Hamilton, la valentía de Brandon Knight de colocarse frente a un tren de mercancías,25 el tiro hacia atrás sobre un pie de Dirk Nowitzki,26 el estilo de Jason Williams, la capacidad de desquiciar al rival de Gary Payton, la defensa sobre el balón de Kawhi Leonard, la afinidad de Jerry Stackhouse por las peleas a puñetazos, la dureza de Charles Oakley, la habilidad de Diana Taurasi para decir «joder» de tal modo que te hace sentir como si no midieras más que un par de palmos de alto, la sonrisita de Bill Laimbeer, la solidez de John Stockton con el balón, la capacidad de Michael Jordan de saber qué debe pasar en un partido y también su capacidad de hacer que suceda, cualquier apodo menos el de Kobe Bryant, el cuerpo larguirucho de Penny Hardaway, el dominio de Liz Cambage bajo el aro, la ferocidad de Dominique Wilkins al machacar el aro, la versatilidad de LeBron James, la capacidad reboteadora de Wilt Chamberlain, la regularidad anotadora de Kareem Abdul-Jabbar, la nariz de Scottie Pippen, la mezquindad de Russell Westbrook, las celebraciones de Shawn Kemp, los anillos de Bill Russell, la facilidad de Charles Barkley para lanzar a alguien por la ventana, el porcentaje de victorias de Breanna Stewart en los partidos importantes, la mala baba de Isiah Thomas, la santidad de David Robinson, el juego de poste bajo de Kevin McHale, el bigote de Patrick Ewing, los accesorios de Kirk Hinrich, la chulería de Courtney Williams en las entrevistas pospartido, la rabia interior de Chris Paul, la rabia exterior de DeMarcus Cousins, el comportamiento de Tim Duncan en los partidos y el comportamiento de J. R. Smith tras los encuentros.
Cójanse todas estas partes, cósanse y listo: ya tenemos a mi «Frankenjugador».
Esta pregunta es más amplia y difícil de responder de lo que parece. Existen tantas subcategorías en las que te puedes perder, sumergir o embrollar —o cualquier combinación de estas tres— que acabas respondiendo sin contestar realmente, o dando una respuesta con calificativos, que es lo mismo que no contestarla. Porque a ver:
¿Nos referimos al jugador que convirtió una manera efectiva de anotar como el mate en una obra de arte?1 ¿Al primero que, más que saltar, parecía que escribía poesía, dirigía una sinfonía, pintaba arte abstracto o hacía el amor? Si la respuesta es sí, entonces tiene que ser Julius Erving, un hombre que jugaba al baloncesto con tanta gracia y estilo que le dieron el título de doctor sin serlo.2¿Hablamos del jugador con la capacidad atlética más intimidante? ¿El que arremetía contra el aro cual tiburón blanco atacando a una foca? ¿El que la metía para abajo de forma tan ostensible que hubieras aceptado que el marcador subiera más de los dos puntos reglamentarios? ¿El que, cuando plantaba los dos pies en el parquet para saltar, se propulsaba con tanta fuerza que podrían haberlo denunciado por un delito de agresión contra el suelo? Entonces es Dominique Wilkins.3¿Podría ser el jugador que sencillamente realizaba mates con mayor frecuencia (Shaquille O’Neal)?4 ¿O el jugador que lo hizo por primera vez en un partido (Jack Inglis hizo un pseudomate en la década de 19105, pero se considera que Joe Fortenberry fue el primero que ejecutó un mate de verdad en un partido real en 1936)? ¿O es el jugador que revolucionó la técnica del mate para convertirla en su sello personal, que es lo que consiguió Michael Jordan?¿Debería ser el ganador de algún concurso de mates? ¿O el que usó el mejor accesorio en una de estas competiciones? Blake Griffin saltó por encima del capó de un Kia antes de colgarse del aro en el concurso de 2011 mientras un coro cantaba «I Believe I Can Fly» de R. Kelly en el centro de la pista. En la prueba de 2009, Dwight Howard se metió en una cabina de teléfono real que había llevado al estadio, salió ataviado con una capa de Superman y consiguió un mate en un aro situado a 3,6 metros. En 2008, Gerald Green, un fibroso saltamontes con piernas biónicas, hizo que un compañero se subiera a una escalera, colocara un pastelillo en la parte trasera del aro, le clavara una vela, la encendiera, bajara de la escalera y le lanzara un pase botado. Green echó a correr, saltó, agarró el balón mientras volaba hacia el aro, se detuvo un segundo en el aire, ¡apagó la puta vela de un soplido! y luego ejecutó el mate.¿Debería ser el jugador con el mejor apodo (Darryl Dawkins se refería a sí mismo como «el trueno de chocolate»)?6 ¿O el jugador que fue tan dominante con sus mates que cambiaron la norma (el mate se prohibió durante nueve temporadas en la NCAA porque a un grupito de señores blancos les parecía fatal que Lew Alcindor humillara a tantos jovenzuelos blancos)? ¿O es el jugador dotado con el físico perfecto para realizar mates que luego celebraba sus acciones de modo tan contagioso que hasta sus oponentes lo felicitaban? Estoy hablando por supuesto de la vez que Shawn Kemp la metió para abajo delante de Chris Gatling y este negó con la cabeza y le chocó la mano al de Seattle, lo cual es de lo más absurdo. Si alguien machacara el aro en mi cara ante 17.000 personas, significaría que habría 17.000 testigos a disposición de la policía cuando esta llegara e investigara por qué le di un sillazo en la espalda a un jugador durante un tiempo muerto.¿O debe ser alguien que haya ejecutado alguno de los mejores mates durante un partido? ¿Como el mate de Jordan más falta personal frente a Patrick Ewing en los playoffs de 1991? ¿O la vez que el Dr. J se enroscó el balón en el antebrazo antes de hacer temblar la canasta ante Michael Cooper en 1983? ¿O cuando Shawn Kemp le robó el alma a Alton Lister en los playoffs de 1992? ¿O Darryl Dawkins, en alguna de las ocasiones en que literalmente hizo añicos el tablero? ¿O Blake Griffin la vez que saltó a la altura del cuello de Timofey Mozgov, un 2,15 metros, y metió el balón hacia abajo sin tocar el aro en 2010?No. Ninguno de estos es el mejor machacando el aro. El mejor debería ser todos estos a la vez.
Y nadie hace mates como Vince Carter: él es el mejor de la historia de la NBA.
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La primera persona a quien vi hacer un mate en directo fue un hombre llamado Cricket. No era su nombre verdadero, por supuesto, pero, si algo he aprendido en esta vida, es que si conoces a alguien que se apoda «Grillo», no le preguntas cómo se llama en realidad. Así que no lo hice. Nadie lo hacía. Se llamaba Cricket. Y punto.
Cricket era un tipo del montón. Era bajito, no muy agraciado ni muy interesante. No tenía nada de especial. Pero en el parque donde yo jugaba la gente hablaba de él; decían que había un tío a quien nadie le había explicado qué era la gravedad, alguien que, al parecer, machacaba el aro delante de cualquiera. Pero también decían que medía 1,72 o 1,74 m, así que yo no acababa de creerme aquellas habladurías. «Eso es solo un par de centímetros más alto que yo», me decía. «Es imposible que alguien que mide dos centímetros más que yo sea capaz de algo así.»
Creo que debí de pasarme cuatro o cinco meses escuchando los rumores sobre Cricket hasta que un día me crucé con él. Estaba en un gimnasio de la Base Aérea de Lackland cuando lo vi. Yo debía de tener doce o trece años, y con mis amigos solíamos ir a jugar allí si nos las arreglábamos para conseguir unos pases porque estaba a dos pasos de donde vivíamos. Aquel día llevábamos allí un rato esperando turno para jugar, charlando o lo que fuera. Mientras transcurría el partido anterior al nuestro, uno de mis amigos se inclinó hacia mí y me dijo: «Eh, mira, ahí está Cricket», y señaló al jugador que menos esperaba que señalara. Le respondí algo así como: «Anda ya», a lo que me contestó: «Lo digo en serio». Al cabo de tres, cuatro o cinco minutos, todas mis dudas se disiparon.
Alguien lanzó a canasta, el balón impactó contra la parte posterior del aro y rebotó hacia la línea de tres, Cricket cazó la pelota en el aire y se lanzó hacia el otro extremo de la pista antes de que nadie se diera cuenta de lo que ocurría. Cómo galopaba. Entonces agarró el balón cerca de la línea de tiros libres, la lanzó contra el tablero, se elevó con un salto asombroso, atrapó el balón rebotado y realizó un mate que dejó la canasta temblando. Fue sin duda lo más impresionante que había presenciado en una pista de baloncesto. No podía moverme. No podía hablar. No podía hacer nada. Nadie podía. Estábamos anonadados.
Sé que suena un poco ridículo, pero, mira, mis amigos y yo éramos chavales mexicanos, bajitos y poco atléticos. La mayoría de la gente con la que pasábamos el rato y jugábamos al baloncesto era así. Nos contentábamos con llegar a tocar el tablero. Ninguno habíamos visto a nadie machacar el aro en directo. Si Cricket hubiera sido un portento físico del que pudieras decir: «Ah, sí, es un fuera de serie», aún. Pero Cricket no lo era. No era especial. Cricket era un chaval como nosotros. Así que cuando machacó el aro fue alucinante. Fue como si salieras a la calle y vieras a un yeti en monopatín. Así es como me sentí. Fue un shock total.
Así que Cricket lanzó el balón contra el tablero, lo recogió y efectuó el mate, y ya está. Se transformó en un haz de luz y polvo de estrellas, desapareció y nadie más volvió a verlo. A veces pienso en aquel día y tengo sentimientos encontrados. Yo nunca he conseguido llegar al mate en una canasta oficial. Ni siquiera he tocado el aro. Machacarlo era algo inalcanzable, prodigioso. Y Cricket era capaz de hacerlo. Me pregunto dónde estará Cricket ahora. Qué estará haciendo. Espero que sea algo especial. Pero estoy seguro de que no es así. Probablemente trabaje en una tienda de recambios o algo similar.
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Ahora bien, nadie machaca el aro como Vince Carter: es el mejor de la historia de la NBA. A continuación, lo analizaré en función de las categorías que he mencionado antes y veremos cómo en casi todas figura en lo más alto.
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