Barcelona de novela - Raúl Montilla - E-Book

Barcelona de novela E-Book

Raúl Montilla

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Beschreibung

Un libro que invita a conocer y recorrer Barcelona desde una mirada diferente, la literaria. Una ciudad que ha sido escenario de libros como El Quijote, Homenaje a Catalunya, Nada, La ciudad de los prodigios, o La Catedral del Mar. La ciudad que inspiró a Manuel Vázquez Montalbán, Montserrat Roig o Terenci Moix. En la que Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez fueron la punta de lanza del llamado Boom de la Literatura Latinoamericana, auspiciado por la superagente Carmen Balcells. Un libro en el que se mezcla literatura y realidad, en donde la ciudad de decenas de autores y de centenares de historias convive con la ciudad actual, en la que no existe el cementerio de los libros olvidados... Al menos, si eso es lo que se prefiere creer.

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Seitenzahl: 442

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Barcelona de novela

Raúl Montilla

RAÚL MONTILLA

Barcelona, 1979. Licenciado en Periodismo por la UAB, trabaja en La Vanguardia desde el año 2003, diario en el que empezó como corresponsal del Baix Llobregat y L’Hospitalet. Anteriormente formó parte de la redacción de la edición catalana de El Mundo y fue el responsable de la sección de cultura del semanario El Far. Es autor de las novelas La ciudad de las tormentas (2007), El último invierno (2013), con la que ganó el I Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda, y Barcelona, 1912: La sangre de las malditas (2014). Las tres están ambientadas en la ciudad de Barcelona. En el año 2005 fue uno de los finalistas del Premio Ateneo Joven de Sevilla.

Primera edición: febrero de 2016

© Raúl Montilla Corral

Edita: Diëresis y Ajuntament de Barcelona

© Dirección de Imagen y Servicios Editoriales del Ajuntament de Barcelona

Passeig de la Zona Franca, 66

08038 Barcelona

Tel. 93 402 31 31

www.bcn.cat/barcelonallibres

Director de Imagen y Servicios Editoriales: José Pérez Freijo

© Editorial Diéresis, S.L.

Travessera de les Corts, 171

08028 Barcelona

Tel: 93 491 15 60

[email protected]

www.editorialdieresis.com

Coordinación Editorial Diëresis: José Ángel Martos

Diseño: dtm+tagstudy

IISBN: 978-84-943627-4-3

IBIC: WTH

Todos los derechos reservados.

«Archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto.»

Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616)

Sumario

A MODO DE INTRODUCCIÓN1. UNA HISTORIA DE ROMANOS, CABALLEROS Y MERCADERES2. LA BARCELONA CANALLA3. Y EN MEDIO DE TODO: LA RAMBLA4. EL MAR... ¡Y DON QUIJOTE!5. LA BARCELONA HEROICA, Y TRÁGICA, DE 17146. LA CIUDAD PRODIGIOSA7. LA BARCELONA BURGUESA (I): EL EIXAMPLE8. LA BARCELONA BURGUESA (II): LA DIAGONAL Y LA «ZONA ALTA»9. LA BARCELONA A LA SOMBRA DE BARCELONA Y LA MELANCÓLICA VILA DE GRÀCIA10. LA BARCELONA MISTERIOSA11. LA GRAN BARCELONA12. MENÚS LITERARIOS Y LIBRERÍAS A LA CARTAÍNDICE ONOMÁSTICOBIBLIOGRAFÍA

A modo de introducción

Hay una afirmación clásica sobre Barcelona y su relación con la literatura, y una pregunta que, en su propia formulación, es contradictoria con respecto a lo primero.

La aseveración es el pesar y a la vez el lamento de que Barcelona no tiene una gran novela. Y la pregunta, por el contrario, interroga sobre cuál es la novela que mejor representa a Barcelona. Toda una contradicción, ¿no? Ya lo había advertido.

Después de escribir este libro, que tiene como objetivo difundir la relación de la ciudad con la literatura, la conclusión es que Barcelona no tiene ninguna gran novela que la represente. Porque no tiene solo una: Tiene muchas grandes novelas, tantas como Barcelonas existen.

La Barcelona literaria, especialmente en el último siglo es brillante y lo es porque han coincidido en sus calles autores de referencia, desde los de la Generación de los 50 hasta el grupo de la gauche divine o los que protagonizaron el Boom latinoamericano, además de una larga lista de no alineados. Es brillante también por la importante labor de una serie de editores a los que no sólo les ha importado hacer negocio sino que han apostado por hacer cultura. De hecho, durante la crisis derivada de la burbuja inmobiliaria no han parado de aparecer pequeñas editoriales independientes con ganas de hacer cosas, un fenómeno que se ha trasladado también a las librerías. Aunque lamentablemente algunas históricas han desaparecido (caso de la Canuda, Platón, Roquer, Catalònia...) han aparecido otras nuevas, algunas de las cuales se mencionan al final de este libro, y que han apostado por un nuevo modelo de negocio. No sólo más permeable a la cultura, sino a la sociedad en general. Igual que las bibliotecas han pasado a tener un papel, en ocasiones de “centro cívico cultural”, estas nuevas librerías han apostado por un modelo que las erige en un punto de encuentro de la sociedad y en un elemento estratégico en la difusión cultural. Las que ya existían y lo requerían se han renovado.

No soy filólogo, soy un periodista que además de trabajar en un diario escribe novelas. Por eso el libro —una guía, una pequeña investigación— está elaborado desde la visión del curioso, del que pasaba por allí y descubre una relación de la ciudad y la literatura que no tenía muy presente, que desconocía o que formaba parte de un runrún lejano a la que llega tras una lectura previa.

Para mí ha sido un viaje a una Barcelona literaria apasionante, y sé que queda incompleto. Porque la ciudad, también la literaria, es mucho más compleja de lo que se expone en estas páginas. No se acaba, como tampoco se ha acabado su historia. De hecho, Barcelona fue declarada Ciudad Literaria de la Unesco a finales del 2015. Por algo será.

Plaça de Sant JaumeCalle del Paradís, 10Plaza del ReiPlaza NovaPla de la SeuPlaza de Garriga BachsAvenida de la Catedral, 7Plaza de Sant JustPlaza de l’Àngel (Plaza del Blat)Via LaietanaPlaza de Santa Maria, 1Plaza de MarcúsCalle de Montcada

Una historia de romanos, caballeros y mercaderes

Sobre el origen de Barcelona aún se mantienen diversas leyendas. Una es la que hace referencia a la fundación de la ciudad por parte del general cartaginés Amílcar Barca cuando desembarcó en Hispania, con la variedad aceptada de que también pudiera ser su hijo Aníbal. Es una leyenda porque no hay ninguna crónica que sustente esta teoría y tampoco se ha dado con indicios arqueológicos... Circunstancias que no han impedido que incluso se haya puesto fecha al desembarco, que habría tenido lugar alrededor del año 230 antes de Cristo.

Pero la leyenda más popular y también la más referenciada es la que asegura que el origen de la ciudad se debe a Hércules, ni más ni menos que unos cuatrocientos años antes de que Rómulo y Remo hicieran lo propio con Roma.

Esta leyenda cuenta que el héroe de la antigüedad, entre el cuarto y el quinto trabajo, se unió a los argonautas de Jasón que buscaban el Vellocino de Oro. Con ellos cruzó el Mediterráneo, en nueve barcos. Al llegar a la costa de Barcelona, una fuerte tormenta les atrapó y acabó con la formación, que se desperdigó. Y de todos los barcos, uno alcanzó la orilla de una planicie, lo que es ahora la ciudad. ¿Qué barco desapareció? La barca nona, es decir, la novena. Y de nona, nona, nona: Barcelona.

Hércules, aunque apareció en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de 1992, la verdad es que en la actualidad ya no está presente en el día a día de los barceloneses. Aunque a modo de anécdota, la fuente más antigua de la ciudad está dedicada al héroe mitológico. Se instaló en el año 1797 en el paseo de L’Esplanada del Born (delante del número 8 de la calle de Comerç), pero desde 1929 está ubicada en la confluencia del paseo de Sant Joan con la calle de Còrsega. Obra del escultor Salvador Gurri, en su momento gozó de cierto protagonismo, ya que se construyó para conmemorar una visita real: la de Carlos IV. Barcelona, como otras muchas ciudades europeas, solía inaugurar fuentes cada vez que la visitaba algún rey. La de Hércules, tras varias décadas de esplendor, ha quedado relegada en el olvido.

Las dos leyendas las dieron por buenas algunos historiadores medievales del siglo XV como Pere Tomic en su Histories e conquestes dels Reys de Arago e Comtes de Barcelona, cuya primera edición se publica en 1495, aunque estaba escrita desde 1438 y su autor había muerto en 1481. O el poeta Jeroni Pau, erudito también de la época y consejero de la Corte en cuestiones de historia.

De lo que sí hay pruebas, tanto arqueológicas como documentales, es de que la ciudad, como tal, tiene su germen en una colonia romana llamada Barcino (etimológicamente el origen parece encontrarse en el nombre que los layetanos daban a la zona). Esa ciudad romana se mezcla en la actualidad con la medieval y queda concentrada en Ciutat Vella, principalmente en lo que se conoce como Barri Gòtic, el área que quedó delimitada por las primeras murallas.

El Barri Gòtic, la zona que queda a la izquierda de la Rambla bajando en sentido mar, es la parte que todavía se preserva del antiguo barrio de La Ribera, la mitad del cual, más o menos, fue arrasada por Felipe V tras el asedio de Barcelona de 1713-1714 con motivo de la Guerra de Sucesión.

A pesar de la destrucción y del paso de los años, del pasado romano se mantienen distintos vestigios y por si su presencia física fuera insuficiente, el Servicio de Arqueología del Ayuntamiento dispone en la actualidad de una aplicación para móviles y tabletas que permite hacer el recorrido por la Barcelona romana, por Barcino.

La ciudad medieval todavía pervive en múltiples lugares, en las estrechas calles, en la luz del Barri Gòtic donde, por otro lado, también hay mucha construcción que parece antigua y no lo es: casas, palacios, la fachada de la propia catedral, que datan del siglo XIX y que se enmarcan dentro de una corriente arquitectónica que algunos especialistas incluyen en el modernismo: el Neogótico (después de todo, una parte de la ciudad vieja desapareció tras la destrucción asociada al final de la Guerra de Sucesión, y otro tanto sucedió cuando se construyó la Via Laietana).

Las dos épocas, romana y medieval, están presentes en la literatura. De Barcino no abundan las novelas. Quizás, siendo justos, porque su papel dentro del Imperio Romano fue residual. ¡Nada que ver con la Imperial Tarraco! La época medieval, por el contrario, es de mayor riqueza: proliferan los escritores y las historias que han hablado de ella, de siglos bien diferentes. Sin lugar a dudas uno de los grandes reclamos de esta época y uno de sus mejores embajadores es La catedral del mar (2006), de Ildefonso Falcones. Hay empresas turísticas que ofrecen rutas oficiales para conocer Barcelona, a partir de la iglesia de Santa Maria del Mar que inspira la novela, una historia inspirada a su vez en Los pilares de la tierra (1989) de Ken Follett.

PLAZA DE SANT JAUMEEL VIEJO MONTE TÁBER

La plaza más famosa de la ciudad es, sin duda, la plaza de Sant Jaume, icono del poder político de Barcelona y de Catalunya y lugar en el que el paso es continuo: de turistas, de ciudadanos anónimos, de máquinas de limpieza, de taxis y, de tanto en tanto, de algún coche oscuro de vidrios tintados que se dirige a la Generalitat (llegando por la calle Ferran, el edificio que queda a mano izquierda). Justo delante está el Ayuntamiento. La plaza es un paso continuo de gente... Y también de personajes de novelas, ya sea el inspector Méndez, de Francisco González Ledesma; Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán, la angustiada Andrea, de Carmen Laforet o la periodista de investigación Leire Castelló, creada por José Sanclemente. Allí siempre hay alguien a casi cualquier hora del día, pero también de la noche. A las dos de la tarde o a las cuatro de la madrugada: hay vida, aunque sea fugaz y en demasiadas ocasiones se mueva al rápido ritmo que marca la ciudad. Durante un tiempo, escaso y no hace mucho, incluso se llegaron a celebrar furtivos partidos de cricket disputados por ciudadanos pakistaníes, que también pueblan esta plaza (sobre todo de noche), así como la Rambla o el litoral ofreciendo latas de «cerveza, birra, bier» que esconden en pisos de la zona, en papeleras y bajo tapas de alcantarillas. No es una imagen glamourosa, pero también forma parte de la ciudad actual, todavía no reflejada en ninguna novela, aunque quién sabe, quizás no tardarán en adquirir protagonismo, como en su momento también lo tuvieron las putas, los carteristas y los pinxos delincuentes de medio pelo del Barrio Chino, ahora de nuevo Raval. Pues allí, en esta plaza, está el origen de la antigua ciudad romana de Barcino.

«Esta ciudad está situada en el valle que dejan las montañas de la cadena costera al retirarse un poco hacia el interior, entre Malgrat y Garraf, que de este modo forman una especie de anfiteatro. Allí el clima es templado y sin altibajos: los cielos suelen ser claros y luminosos; las nubes, pocas y aun éstas blancas; la presión atmosférica es estable; la lluvia, escasa, pero traicionera y torrencial a veces. Aunque es discutida por unos y otros, la opinión dominante atribuye la fundación primera y segunda de Barcelona a los fenicios. Al menos sabemos que entra en la Historia como colonia de Cartago, a su vez aliada de Sidón y Tiro. Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes, donde el frío y el terreno accidentado los diezmarían. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales. Hay que ver qué colmillos, qué orejas, qué trompa o proboscis, se decían. Este asombro compartido y los comentarios ulteriores, que duraron muchos años, hicieron germinar la identidad de Barcelona como núcleo urbano; extraviada luego, los barceloneses del siglo XIX se afanarían por recobrar su identidad. A los fenicios les siguieron los griegos y los layetanos. Los primeros dejaron de su paso residuos artesanales; a los segundos debemos dos rasgos distintivos de la raza, según los etnólogos: la tendencia de los catalanes a ladear la cabeza hacia la izquierda cuando hacen como que escuchan y la propensión de los hombres a criar pelos largos en los orificios nasales. Los layetanos, de los que sabemos poco, se alimentaban principalmente de un derivado lácteo que una veces aparece mencionado como suero y otras como limonada y que no difería mucho del yogur actual. Con todo, son los romanos quienes imprimen a Barcelona su carácter de ciudad, los que la estructuran de modo definitivo; este modo, que sería ocioso pormenorizar, marcará su evolución posterior». Este texto forma parte del arranque de La ciudad de los prodigios (1986), una novela de Eduardo Mendoza que se ubica entre la Exposición Universal de Barcelona de 1888 y la de 1929 pero que recorre, en diferentes capítulos, la historia de la ciudad. También su origen.

La romanización de Barcelona comienza históricamente en el siglo I y lo hace en lo que ahora es la plaza de Sant Jaume, por entonces una pequeña colina, a la que los romanos llamaron Táber, suficientemente alejada del Besòs y de las marismas del Llobregat, y a la vez cerca de estos importantes cursos de agua dulce. Un lugar más idóneo para hacer crecer una ciudad romana que el poblado íbero que existía en la montaña de Montjuïc.

La calle del Bisbe, que desemboca en la plaza, era el principal acceso a la urbe e iba desde la puerta Praetoria de la muralla hasta el foro. De esa primera ciudad quedan abundantes pruebas documentales. Su historia la recupera la escritora Mari Carme Roca en Barcino (2009), la novela sobre la vida de Lucio Minicio Natal Quadronio, nacido en el año 97 después de Cristo, hijo de un senador que vivía en Barcelona y que en el año 129 decide participar en la 227 Olimpiada de Grecia, en las carreras de cuadrigas. Ganó... bueno, lo hizo su esclavo por él, ya que los ciudadanos de buena posición no bajaban a la arena del circo.

Es también Lucio, el personaje de Barcino, quien supervisa la construcción de unas sólidas murallas que rodean a la colonia, que en el siglo posterior llega a los ocho mil habitantes. Lucio acabó convirtiéndose en un gran mecenas y ostentó diversos cargos públicos. La novela de Juan Miñana Hay luz en casa de Publio Fama (2009) ofrece un impresionante recorrido por esa ciudad.

«Barcino es una de las más pequeñas y devotas hijas de Roma. Si me permites que te acompañe en calidad de exegeta y explicador de monumentos […], te mostraré gustosamente la sincera piedad de esta ciudadanía que ha erigido un gran templo de culto imperial y un buen número de altares para variadas devociones. Verás la actividad de los obradores y el bullicio comercial del puerto, ahora que se ha restablecido el tráfico en la costa. Descubrirás barrios de artesanos, pequeñas villas urbanas y honradas islas de pisos, sólidos edificios administrativos, nuestro teatro y las termas, los jardines públicos que embellecen el foro, las fuentes y ninfeos, las cuestas, te conduciré hasta el Monte Júpiter [se refiere a la montaña de Montjuïc], para observar Barcino a vuelo de pájaro, rodeada de villas y campos de labor, con sus atarazanas y sus muelles». Así describe la ciudad Publio Fama, protagonista de la novela, a un arquitecto de las oficinas imperiales.

En la plaza de Sant Jaume merece la pena plantarse, aunque tan sólo sea un momento, delante del Palacio de la Generalitat. Se trata de un edificio gótico, curiosamente de muy escasa presencia literaria, que perteneció al barrio judío pero que en el siglo XV fue comprado por la Diputación del General para establecer allí su sede. Se llevaron a cabo numerosas reformas (entonces la entrada principal estaba en la calle de Sant Honorat, que es por donde suelen entrar periodistas, trabajadores o quienes acuden a algún acto en su interior). El patio gótico y la fachada pertenecen a esa época.

La puerta principal, la que da a la plaza, está coronada por un medallón en el que un Sant Jordi mata a un dragón. Sant Jordi está considerado el patrón de Catalunya (también de Aragón, Islas Baleares, Georgia, Bulgaria o Etiopía) y su día se celebra el 23 de abril, ya que se cree que murió esa jornada del año 303 después de Cristo. En Catalunya, en esa fecha, además de regalar un libro (desde 1996 es el Día Internacional del Libro, aunque en Barcelona se celebra desde 1930) también se regala una rosa. Dice la leyenda que es la flor que brotó de la sangre del dragón tras ser derrotado por el santo.

CALLE DE PARADÍS, 10EL TEMPLO ROMANO DE AUGUSTO

Al norte de la plaza de Sant Jaume, en la parte más alta de la antigua colina Táber, de tan sólo unos 16 metros de altura, se construyó el Templo Romano de Augusto, del que perviven, después de dos mil años, cuatro de sus columnas. Barcelona no vivió el gran esplendor que sí tuvo Tarragona durante la época romana —de hecho es en Tarraco donde Lucio Minicio obtiene su primera victoria importante en cuadrigas—, lo que no significa que no ofrezca visitas muy recomendables. Y una de ellas es esta.

Los restos del templo se conservan en un patio medieval que en sus primeros años albergó el Centre Excursionista, cuna del Institut d’Estudis Catalans y que ha tenido como socios a ilustres ciudadanos como Pompeu Fabra, Jacint Verdaguer, Àngel Guimerà o Antoni Gaudí. El Centre Excursionista, todavía en activo aunque con otra sede, es una entidad centenaria. Barcelona, en cambio, es milenaria. Fue fundada con el permiso de Augusto, de ahí también que se le dedicara el templo más importante de la ciudad, que se construyó en la época de Tiberio (el emperador que institucionalizó la adoración de Augusto) y que se emplazó en la parte central de lo que fue el foro de Barcino.

El edificio en honor de Augusto se construyó en el siglo I a. C. Medía 37 metros de largo y 17 de ancho. En el espacio frontal había seis columnas. Las cuatro que se conservan miden unos nueve metros. El templo se sumió en el olvido hasta que en el siglo XIX se encontraron tres columnas, al derribarse varias casas medievales para construir el Centre Excursionista de Catalunya. Y se le sumó la cuarta, poco después, que estaba expuesta en la plaza del Rei.

La reconstrucción del templo de Augusto la llevó a cabo el que está considerado como el último arquitecto modernista y el primero del Novecentismo, Josep Puig i Cadafalch (1867-1956). Cadafalch tuvo diversos períodos creativos, uno de ellos de carácter monumentalista, en el que estuvo muy presente la arquitectura romana (eso sí, combinándola con elementos de Valencia y de Andalucía). Él fue quien reconstruyó las cuatro columnas de Augusto y quien erigió en 1919 otras cuatro donde ahora se encuentra la Fuente Mágica de Montjuïc, con el objetivo de que fueran símbolo del catalanismo (las cuatro barras). Estas últimas cuatro columnas fueron derribadas en 1928 durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, cuando se persiguieron los símbolos de la catalanidad, y restituidas, mediante una réplica, en el año 2010 por el Ayuntamiento de Barcelona.

PLAZA DEL REICAMINANDO POR BARCINO

Aunque luego haya que retroceder sobre los pasos dados, tras dejar la calle de Paradís merece la pena acercarse a la plaza del Rei, en donde está ubicado el Museo de Historia de Barcelona.

—Bienvenidos a Barcino —dice la azafata, tras entregar las entradas (el primer domingo de mes es gratis, el resto de domingos lo es a partir de la 15 horas). Y lo cierto es que no engaña.

En el subsuelo de estas instalaciones ha quedado condensada la Barcelona más antigua. Se trata de un sorprendente circuito arqueológico subterráneo que transcurre por una villa romana y también por un barrio industrial de la antigua Barcino con talleres y pequeñas fábricas (entendiéndose lo que podía ser una fábrica hace 2.000 años). Se muestra cómo se elaboraba el vino, se puede entrar dentro de una parte de la muralla y visitar el que fue el originario barrio cristiano, que ocupaba una cuarta parte de la ciudad y que tantos mártires, y especialmente santas, ha dado a la ciudad. De todos los elementos destaca el baptisterio del siglo IV, donde fueron bautizados los primeros cristianos de Barcino; también el aula episcopal o sala de recepción del obispo, del siglo V; el palacio episcopal, del siglo VI, y una iglesia en planta de cruz, también del siglo VI, rodeada de un cementerio...

Es una visita apta para niños si tienen más de cuatro años y no les gusta saltar por encima de cuerdas para ver de cerca mosaicos. Es un buen punto de partida si lo que se ha decidido también es conocer y entender Barcelona. La nueva aplicación del Servicio de Arqueología permite viajar virtualmente a la ciudad romana y en este espacio museístico se puede hacer de forma analógica.

«Barcino se llamó una vez, ya en tiempos del glorioso César, Pia Favencia. También aquí se libraron las guerras intestinas de Roma, para que mudara su piel republicana por la imperial, y estos campesinos y montañeses layetanos, sus pescadores y su gente del puerto, unidos a los primeros colonos romanos, apostaron por la facción victoriosa. César convirtió este fondeadero en un esbozo de colonia, ya que había servido generosamente a sus intereses militares contra Pompeyo. Tarraco prestó sus excedentes humanos, sus semillas y sus mármoles, y el llano se pobló con veteranos licenciados, extranjeros y nuevos colonos latinos. Bajaba tanta prosperidad por el río —y llegaba tanta prosperidad por el mar–, que las familias convinieron en convertir su condición rural, tan dispersa jurídicamente, en una nueva fundación augusta con todos los requisitos del culto y todas las oportunidades de promoción política», escribe Juan Miñana en Hay luz en casa de Publio Fama.

La plaza del Rei es también el centro histórico del Barri Gòtic y el símbolo del poder en la Edad Media. El punto que lo concentraba todo. Además de albergar el Museo de Historia de Barcelona (en el trasladado Palacio Clariana de Padellàs), en la propia plaza están el Palacio del Lloctinent y el Palau Reial Major, un edificio del siglo XIII donde están el Saló del Tinell, y la capilla de Santa Ágata, gótica, del siglo XIV. Los dos son representación del poder político y religioso de la ciudad.

PLAZA NOVALA PUERTA DE LOS VIEJOS ACUEDUCTOS

Esta plaza se abre delante de la antigua puerta Praetoria, una de las puertas romanas de la ciudad, que también se conoce como el Portal del Bisbe, y lugar donde confluían los dos acueductos que abastecían de agua a Barcino. La plaza es del siglo XIV, acabada en 1358 después de que se derrocaran las casas que había delante del Palacio del Bisbe, aunque sufrió una transformación posterior más traumática: siempre fue una plaza cerrada, típica medieval, hasta que debido a los bombardeos de la Guerra Civil se abrió a la avenida de la Catedral (una apertura prevista en el Plan Cerdà de 1860). En el año 1994 se instalaron las letras Barcino, un poema visual de Joan Brossa.

Es una plaza pequeña repleta de atractivos. En el número 1-2 se encuentra la fachada barroca del Palacio del Bisbe, del siglo XVIII, aunque el edificio es de origen medieval. Queda entre la calle de la Palla y la torre derecha de la puerta romana. En el número 4 está la esquina del edificio anexo del Colegio de Arquitectos, que linda con la calle de Boters. En el número 5, el colegio en sí, con un friso con dibujos de Pablo Picasso.

Siempre fue un lugar de paso y lo sigue siendo. Aparece en La catedral del mar o en El mercader (2012), de Coia Valls, y en numerosas novelas que ya no transcurren en época medieval pero que también dejan constancia de ese pasado de la ciudad.

PLA DE LA SEULA CATEDRAL DE LA ARMONÍA SEVERA

—¿Tiene la moreneta caganera?

El tipo que está detrás de la parada en la que hay figuras de corte tradicional, aunque fabricadas en China, niega con la cabeza.

—¿Y Pablo Iglesias? ¿El presidente Artur Mas? ¿La urna de la consulta del 9N?

—No.

—¿Y el caganer de Antoni Gaudí?

El vendedor parece un poco cansando, no es la primera vez que le hacen esa pregunta.

—No, lo siento.

—Gracias.

«Ves a cagar», murmura el vendedor cuando el hombre de mediana edad, gafas de pasta y jersey a cuadros se aleja del puesto.

Es la Fira de Santa Llúcia, documentada ya hace más de 200 años. Y entre figuras tradicionales del belén, caga tiós, árboles de navidad y adornos de todo tipo, también están presentes los tradicionales caganers que forman un pequeño mercado de celebrities defecando. Centenares y centenares de caganers. El de la moreneta, la Virgen negra que no es negra de Montserrat (esto ya se tratará más adelante), provocó cierta polémica en 2013 después de que la asociación E-Cristians se querellase contra la empresa familiar que lo fabricó (caganers.com) y que en su momento defendió que su única idea era tener representados a todos los símbolos de Catalunya, sin querer entrar en ninguna polémica.

Santa Llúcia es la feria tradicional de Navidad de Barcelona y más allá de todo lo expuesto, también es interesante entablar conversación con algunos paradistas, por la visión que pueden dar de la feria y de cómo ellos la viven en casa. En algunos casos, los que ahora están detrás de la parada son hijos, hijas, nietos y nietas, incluso bisnietos y bisnietas del paradista original. Para la gran mayoría es un extra navideño, no viven de ello.

¿Y en el pla de la Seu qué más hay? Lo más destacado, al menos lo más visible, es sin duda la Catedral de Barcelona.

«La Vía Layetana, tan ancha, tan grande y nueva, cruzaba el corazón del barrio viejo. Entonces supe lo que deseaba: quería ver la Catedral envuelta en el encanto y misterio de la noche. Sin pensarlo más me lancé hacia la oscuridad de las callejas que la rodean. […]. Una fuerza más grande que la que el vino y la música habían puesto en mí me vino al mirar el gran corro de sombras de piedra fervorosa. La Catedral se levantaba en una armonía severa, estilizada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio cielo mediterráneo. Una paz, una imponente claridad, se derramaba de la arquitectura maravillosa. En derredor de sus trazos oscuros resaltaba la noche brillante, rodando lentamente al compás de las horas». De noche es como la descubre Andrea, la protagonista de la novela Nada, de Carmen Laforet, que en el año 1944 inauguró el prestigioso premio literario de la editorial Destino, el premio Nadal.

El actual edificio fue construido entre los siglos XIII y XV sobre una antigua catedral románica, edificada a su vez sobre una iglesia visigoda y ésta sobre una paleocristiana de los tiempos de los últimos emperadores romanos... Una precisión: la fachada principal es del siglo XIX, de hecho se hizo completamente nueva, aunque siguiendo el estilo gótico, un lifting en profundidad de cara a la Exposición Universal de 1888. Y es que... No todo en el Barri Gòtic es gótico.

Siguiendo con la catedral. Desde fuera, el primer elemento destacable son las gárgolas que, como toda catedral de la época que se precie, tienen una leyenda que explica su origen. Según la tradición popular, allá por la Edad Media, en mitad de la procesión del Corpus un grupo de brujos y brujas que no tenían nada que hacer se acercaron hasta allí y comenzaron a gritar, a montar algarabía alrededor del templo en medio del oficio religioso y trataron de hacerse con la hostia consagrada. Como castigo divino por su atrevimiento —también hubo alguna que otra blasfemia— los brujos fueron convertidos en piedra, en esas gárgolas que se colocaron en la Catedral para recordar aquel ultraje y el poder de Dios. La leyenda tiene diferentes variantes, pero esta es la más extendida. Como curiosidad destacar que entre las figuras demoníacas hay un toro, un elefante y un unicornio. Toda una licencia imaginativa. Pero también un caganer, un hombre defecando ubicado en la actual parte posterior del templo. Según se cree —es otra leyenda— fue obra de un artista cátaro que así, cagándose en el templo, se vengaba de la matanza que la iglesia infligió a este grupo católico, que antes de ser aniquilado fue rebajado a la condición de secta.

La catedral de Barcelona (la verdadera, no La catedral del mar de Ildefonso Falcones, de la que hablaremos más adelante) está consagrada desde el año 877 a Santa Eulàlia, la patrona de la ciudad de Barcelona. La única patrona, aunque en los últimos años le haya ganado en popularidad La Mercè, como popularmente se conoce a la Virgen de la Merced, que es la patrona de la diócesis de Barcelona.

Regresando a Santa Eulàlia, la verdadera patrona, fue una joven cristiana, muy recurrente literariamente, que entre otros martirios padeció el de ser introducida por los romanos en un barril con vidrios rotos, clavos y cuchillos, que después lanzaron rodando por la que se conoce como calle de la Baixada de Santa Eulàlia.

PLAZA DE GARRIGA BACHSLA PUERTA DE SANTA EULÀLIA

Más que por la entrada principal, quizás la mejor forma de entrar a la catedral es por el acceso de la plaza de Garriga Bachs, que bordea el templo y que está dedicada a los barceloneses que perdieron la vida en 1809, en la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas. Allí está la que se conoce como puerta de Santa Eulàlia, que es la que da acceso al claustro, habitualmente muy concurrido; circunstancia que no la despoja del misterio que le brindan las piedras oscuras, la vegetación, el agua... Un ambiente envolvente y sugerente que también está presente en La sombra del viento (2001), de Carlos Ruiz Zafón. Era uno de los lugares en los que el protagonista de la historia, Daniel Sempere, se citaba con Clara Barceló.

El claustro, de forma cuadrada, se acabó de construir a mediados del siglo XV. Está formado por cuatro galerías con arcos apuntados. Hay amplios pilares cuyos capiteles representan diversas escenas bíblicas. Dentro del mismo claustro destacan también los naranjos y las palmeras, muy altas. Y, cómo no, las ocas. El centro del espacio es una alberca adosada al muro de la galería. Se cree que ya había ocas en la Edad Media y que su función, como en muchas masías catalanas, era la de hacer de vigilantes, ya que sus graznidos alertan de los desconocidos por la noche y, cuando se les despierta, no suelen gastar demasiado buen humor. Han de ser trece: por los años que vivió Santa Eulàlia antes de sufrir los trece tormentos a los que fue sometida.

Otro de los elementos tradicionales es el surtidor, donde en cada celebración de Corpus Christi tiene lugar L’ou com balla (El huevo como baila), una costumbre que está documentada ya en el siglo XV, común también a otras poblaciones catalanas. Para el acto se vacía un huevo y el agujero se tapa con cera. El huevo se pone encima de un surtidor vertical, de manera que se mueva con la fuerza del agua. El huevo representa la hostia consagrada; y la forma del agua, el cáliz de la sangre de Cristo. Aunque esa es una interpretación. Otra es que era un mero entretenimiento para los nobles de la calle de Montcada, que así aguardaban de forma menos pesada a que acabara la procesión... Y como pasa con muchas tradiciones, ya tiene leyenda y una superstición ligada a ella: si el huevo cae será un mal año; si se mantiene bailando durante todo el día, será, por el contrario, un buen año.

Desde el propio patio es posible entrar a la catedral, donde se halla el sepulcro de la patrona de la ciudad. Una visita recomendable y que, curiosamente, apenas tiene referencias literarias. Las novelas y los escritores casi siempre han preferido el exterior.

AVENIDA DE LA CATEDRAL, 7EL HOTEL DE HEMINGWAY, SARTRE O TENNESSEE WILLIAMS Y EL TRANQUILO BARRIO DE TASIS

Si hace frío, si llueve o si simplemente se desea disfrutar de un café en un ambiente agradable, delante de la catedral está el Hotel Colón, donde el café puede ser más barato de lo que puede costar un sucedáneo de café en algún local en plenas Ramblas. Este Hotel Colón, apostillo, no es el Hotel Colón que existió antes de la Guerra Civil y al que hicieron referencia escritores como George Orwell: aquel estaba en la plaza de Catalunya, como se explica en el tercer capítulo.

Este nuevo Hotel Colón fue fundado en 1951 y de por sí es una inspiración, un lugar en el que se alojaron Ernest Hemingway, Jean-Paul Sartre o Tennessee Williams cuando visitaron la ciudad. Durante la década de los 60 y principios de los 70 se convirtió en la casa barcelonesa de Joan Miró. Y también es allí donde Guillermo Jiménez, el personaje de Una flor del mal (2014), de Miquel Molina, tiene la primera cita con Elisabet con quien mantiene durante toda la novela una relación tortuosa.

El hotel es uno de los lugares más acogedores de un barrio al que Rafael Tasis, le dedica toda una novela, La Biblia valenciana (1955), que se considera que pone las bases de la novela negra catalana. La historia transcurre en la ciudad de 1930 (la escribió en el año 1944, en su exilio de París, en plena ocupación nazi) y casi toda la trama transcurre en el Barri Gòtic, que el escritor presenta como una balsa de aceite y más si se compara con el otro lado de Las Ramblas, el Barrio Chino.

La calle de Regomir ejerce de eje en la historia, ya que es donde está ubicada la comisaría de Jaume Vilagut, el comisario del barrio de la Catedral y protagonista de la novela de Tasis. «No pasaba nunca nada en aquellas viejas calles seculares, llenas de casas nobles y de iglesias góticas, con vecinos tan poco pecaminosos como la Casa de la Ciudad, la Generalitat, el palacio del Obispo y la Catedral. Esta vecindad, claro, daba al cargo una importancia política y social innegable, pero no eran suficientes para animar su jurisdicción. Los menestrales que vivían en el barrio, artesanos ocupados, pequeños comerciantes con tiendecitas profundas y estrechas, familias que vivían, de abuelos a nietos, en el mismo edificio». La vida quizás ya no es tan tranquila, el trasiego de turistas es continuo, pero la ciudad vieja y medieval sigue bien viva comercialmente. Pequeñas tiendas, todavía muchas que no pertenecen a grandes marcas, sobreviven en sus estrechas calles. Cada vez son menos y, eso sí, dicen que lo tienen más difícil. Calles que evocan pasado, que invitan a perderse y en donde casi siempre se descubre algo que queda oculto para la marea casi constante de turistas.

PLAZA DE SANT JUSTHISTORIA DE OTROS MÁRTIRES Y DE LA PESTE

A través de la calle de la Dagueria (está entre la plaza de Sant Jaume y la Via Laietana) se accede a la pequeña plaza de Sant Just. Oscura, a la vez que luminosa, se abre, de pronto, en el sinuoso Barrio Gòtic. Lo que ahora es plaza, hasta hace un par de siglos fue el cementerio de la iglesia de Sant Just, un templo que sobrevivió a la Guerra Civil. En este camposanto fueron enterrados los primeros mártires cristianos de Barcelona. Después de todo, la ciudad tiene una mártir por excelencia: Santa Eulàlia, pero no es la única.

La plaza, su pasado de camposanto, de sombras y luces durante el día (por su propia configuración), sus piedras oscuras y su silencio pesado juegan un papel protagonista en la novela de Coia Valls El mercader para describir esa Barcelona del siglo XIV, en plena crisis, que se muere de hambre... Y también de la peste. De hecho, en la propia basílica consagrada a Sant Just y a Sant Pastor (también conocidos por los Santos Niños por ser eso: dos menores martirizados en tiempos del emperador Diocleciano) se han llevado a cabo en los últimos años diversas excavaciones arqueológicas que han permitido localizar restos romanos del siglo I, contemporáneos a la época en la que se fundó la colonia Barcino, así como una pila bautismal visigoda o la cabecera de una basílica del siglo VI. Pero también una fosa común, en la sacristía de la iglesia, con más de 120 cadáveres del siglo XIV: restos humanos de todas las edades de uno de los momentos más terribles acaecidos en la ciudad y en toda Europa ese siglo. Se trata de la peste negra que acabó con la vida de entre 25 y 30 millones de personas en apenas seis años en todo el continente. Los habitantes de España se redujeron de seis a dos millones y medio de personas. La fosa encontrada en la basílica es la única con relación a aquella plaga descubierta en toda España... Momentos terribles, de podredumbre, horror, y desesperación reflejados brillantemente en El mercader.

En Barcelona se tienen identificados hasta cinco brotes de la peste negra, que tuvieron lugar en los años 1348, 1350, 1362, 1371 y 1375. Como ocurrió en otras ciudades europeas, en la ciudad también se acusó a los judíos del Call de propagar la enfermedad contaminando los pozos de agua. Esto en España desembocó en las violentas y sanguinarias matanzas de judíos del año 1391. En ciudades como Córdoba fue una matanza étnica en la que desaparecieron la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas que profesaban el credo judaico. En el caso de Barcelona, la violenta revuelta tuvo lugar el 5 de agosto: la judería (el 15% de la población) fue asaltada y destruida. El tumulto acabó con la vida de más de 300 personas en una sola noche. Al menos cinco sinagogas y todas las propiedades de la comunidad judía pasaron a ser propiedad del Rey.

Además de la propia iglesia —documentada ya en el siglo IV, aunque la actual gótica es del siglo XIV—, nos topamos con una joya que suele pasar más desapercibida: una fuente que se encuentra en la esquina de las calles de la Palma de Sant Just y de Lledó, financiada por Joan Fivaller en el año 1367 y que no pasa desapercibida en la novela de Coia Valls.

PLAZA DEL ÀNGEL (PLAZA DEL BLAT)LA PLAZA DEL PREGONERO Y DE LOS LAMENTOS (TORTURAS)

La plaza del Àngel fue uno de los accesos de la muralla romana (principalis sinistra), uno especial que durante varios siglos estuvo coronado por el arcángel San Miguel que en la actualidad se encuentra en el Museo de Historia de Barcelona. Y fue especial porque durante gran parte de su historia fue conocida como la plaza del Blat, la plaza del Trigo, donde los «niños corrían con otros chiquillos vecinos y ella [Elvira, una de los personajes de El mercader] hablaba con las hiladoras o se entretenía con las idas y venidas de quienes transitaban por allí». Allí era donde el pregonero hacía todos los anuncios oficiales, de la Corona o del gobierno de la ciudad... También informaba de los precios del trigo.

Pero como punto de encuentro la plaza jugó un papel más siniestro (puntualizando que sinistra en latín es izquierda), un lado oscuro que ha sido el que más se ha reflejado literariamente. En la plaza del Blat era donde se ajusticiaba a los malhechores, fuese a latigazos o en la horca.

«Desde el antiguo Palau de la Generalitat, donde estaba instalada la Real Audiencia, Andreu fue trasladado por la Bajada de la Prisión hasta el edificio siniestro de la plaza del Blat, allí que nunca se imaginaría que acabaría», relata Jaume Cabré en Senyoria (1991), una novela que trata de la corrupción de una de las altas autoridades de Barcelona y de todo lo que hace para salvar su imagen. Una novela cuya base es la acusación a un joven poeta de asesinato pero que, eso sí, transcurre en 1799. No en época medieval, aunque precisamente en esa época es cuando se crea la cárcel a la que Jaume Cabré hace referencia en esta novela. Un presidio, con carácter a la vez de fortaleza, a donde se iba a sufrir, no a cumplir condenas. Hacinados dentro de insalubres, apestosas y desesperantes mazmorras, los detenidos esperaban su juicio. Ahí, o en el patio, o en el exterior se sufría el siempre terrible castigo.

Por eso, la actual calle de Llibreteria se conocía como la Bajada de la Prisión, un nombre que se hizo popular y que todavía utilizan los más viejos del lugar.

Pero durante la Edad Media no todo fue siniestro, ni todo era peste y muerte (aunque el siglo XIV, la verdad, tuvo mucho de esos tres elementos). Barcelona, paradójicamente, siendo una pequeña ciudad durante la época romana, en la Edad Media comienza a convertirse en una de las capitales del Mediterráneo. Cerca de la plaza del Blat, de la actual plaza del Àngel, es donde se cree que tenía su casa el historiador Bernat Desclot que en su Crònica ya describe una ciudad, la del siglo XIII, llena de efervescencia y también de mercaderes, que se ocupan de negociar casi en la misma playa, donde luego nació La Barceloneta, con las mercancías que arriban a la ciudad en los barcos que fondeaban en Les Tasques, la lengua de arena que se encontraba justo en el litoral de la ciudad.

¿Por qué se llama la plaza del Àngel?

Otra leyenda: esta cuenta que cuando los restos de la patrona de la ciudad, Santa Eulàlia, estaban siendo trasladados a la Catedral, al llegar a la plaza del Blat el ataúd se volvió pesado hasta el punto de que los fieles que lo trasladaban eran incapaces de seguir moviéndolo. De pronto, el cielo sumió la ciudad en una completa oscuridad. A los nubarrones siguieron ensordecedores truenos, ¡impresionantes relámpagos! Cuando toda la ciudad estaba paralizada, un ángel bajó del cielo y, sin abrir boca, señaló a uno de los canónigos de la Catedral. Todo el mundo, lógicamente, se giró hacia él y el ángel desapareció. Al acto, parece ser que perdiendo la compostura, el religioso confesó que había amputado un dedo del pie a Santa Eulàlia para quedárselo solo para él. El canónigo se sacó el dedo del bolsillo, si entonces había bolsillos, y devolvió el dedo al pie de Santa Eulàlia (lo dejó en el ataúd). El cortejo fúnebre pudo llegar a la Catedral sin más contratiempos.

En 1618, en mitad de la plaza, se erigió una pirámide coronada por un ángel y fue a partir de entonces cuando comenzó la larga transición del nombre de la plaza: de la del Blat a la del Àngel. Un cambio en el nomenclátor que no se oficializó hasta el año 1864.

La escultura del ángel de principios del siglo XVII es la que está en el Museo de Historia de Barcelona de la plaza del Rei.

PLAZA DE RAMON BERENGUERLA VIEJA MURALLA FRENTE A LA NUEVA AVENIDA

En esta plaza queda constancia de la ciudad romana de Barcelona gracias a un trozo más que respetable de muralla; pero también de la urbe de corte europea en la que comienza a convertirse durante el Imperio Carolingio tras la conquista de Luis el Piadoso, a la que Ermold el Negro le dedicó sentidos versos.

De esta época de reconquista cristiana (la presencia árabe en Barcelona es anecdótica), la ciudad hereda unas importantes murallas que se asientan sobre las romanas y que se pueden observar en todo su esplendor en la plaza de Ramon Berenguer, que se abre a y desde la Via Laietana.

En medio de la plaza se levanta la estatua de Ramon Berenguer, el que fuera conde de la ciudad entre 1096 y 1131 —obra de Josep Llimona—. Merece la pena acercarse todo lo posible a la muralla: para su construcción se reciclaron materiales y piedras procedentes de otros edificios y esto hace que sea un collage monumental en el que también hay presentes pequeños trozos de cerámica de diversas épocas. Si se rasca, que no se ha de hacer, incluso es posible encontrar algún trozo de sigilatta romana, un tipo de cerámica imperial esmaltada, limitada a las casas más nobles de la ciudad.

La muralla romana de Barcelona tenía unos 16 metros de altura y contaba con 74 torres: rodeaba a la primera ciudad, en un perímetro de unos 1.350 metros. Encima de la muralla está la capilla gótica de Santa Ágata que fue construida en el siglo XIV, durante el reinado de Pere III el Cerimoniós. Tenía carácter real y estaba considerada como una parte del palacio. La muralla son sus cimientos y en su interior se exhibe una obra maestra del gótico catalán del pintor Jaume Huguet.

«Se hizo dejar en la plaza de Ramón Berenguer, gallardo conde, una estatua ecuestre de bronce destacada entre el foso de espacios verdes que se extendía al pie de la muralla romana, esquinados volúmenes coronados por el campanario y los contrafuertes de la Capilla de Santa Águeda y, despuntando en segundo término el Mirador del Rey Martín, con sus arcos de medio punto, y las flechas y torres de la catedral, estricta composición de alturas y arrogancias ojivales», describe Luis Goytisolo en Recuento (1973), la primera novela de su tetralogía Antígona.

VIA LAIETANALA CALLE DE LA REPRESIÓN Y LA REIVINDICACIÓN

La plaza de Ramon Berenguer se abre a la Via Laietana (el nombre se debe a las tribus ibéricas que vivían en Barcelona y alrededores: los layetanos), una calle llena de simbolismo y mucho más moderna que todo su entorno: fue proyectada en 1879 para comunicar el Eixample con el puerto a través del centro histórico. Esto hizo que su construcción acabara con una importante parte del laberinto que todavía es Ciutat Vella.

El paso de coches es continuo, a todas horas, hasta el punto de que es una avenida agotadora si se tiene que recorrer caminando en verano. Hace mucho calor y apesta a humo... Pero, eso sí, está cargada de simbolismo. Cuando se proyectó, la idea era que fuese la gran avenida de los negocios de Barcelona. Las obras empezaron en 1908, casi 30 años después de su proyección, y acabaron en 1958, comportando la desaparición de unos ochenta callejones medievales y el traslado de unas 10.000 personas. ¿Es la gran avenida de los negocios? No, realmente ahora es la de los sindicatos.

Pepe Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán, la describe en Los mares del sur (1979) como una calle con «aspecto de primer e indeciso paso para iniciar un Manhattan barcelonés que nunca llegaría a realizarse» o «una calle de entreguerras, con el puerto en una punta y la Barcelona menestral de Gracia en la otra, artificialmente abierta para hacer circular el nervio comercial de la metrópoli y con el tiempo convertida en una calle de sindicatos y patronos, de policías y sus víctimas, más alguna Caja de Ahorros y el monumento entre jardines sobre fondo gotizante a uno de los condes más sólidos de Catalunya». Y así es todavía ahora.

La avenida está muy presente en las novelas que transcurren durante el franquismo, con abundantes referencias a la comisaría de policía, que todavía continúa allí, y a la sede de la Dirección General de Policía. El lugar donde los grises, como se conocía popularmente a la policía de la dictadura, torturaban y ejercían la represión. Curiosamente, como los sindicatos mayoritarios tienen ahora su sede en la avenida, es un punto de paso habitual de protestas y de manifestaciones. «Al aproximarse a la avenida se percató de que los coches estaban parados y la policía los desviaba hacia el puerto, obligándolos a girar en sentido contrario entre protestas de los conductores que hacían sonar el claxon. Un centenar de manifestantes había cortado la circulación a la altura del edificio de Comisiones Obreras y exhibían pancartas contra los recortes salariales de los funcionarios». El atasco atrapa a Leire Castelló, una de las protagonistas de las novelas negras de José Sanclemente. Le sucede al poco de salir de casa y cuando tiene prisa porque no llega a una entrevista de trabajo. Ocurre en No es lo que parece (2013).

Varios personajes acaban en dicha comisaría, como lo hace incluso, y por la buenas, uno de los protagonistas de Estaba en el aire (2013), de Sergio Vila-Sanjuán. Curiosamente, allí fue donde hace unos años la Generalitat gobernada por las formaciones progresistas quiso que se instalara el Memorial Democrático, una institución de Memoria Histórica con el objetivo de que no se olvidaran las atrocidades y la violencia de la Guerra Civil (el proyecto, al menos allí, se paralizó y, de hecho, el edificio se acabó vendiendo).

¿Queda algo de la Barcelona medieval y romana en esta amplia avenida? Seguramente en el subsuelo, nada a la vista, pero es necesario cruzarla para llegar al siguiente punto.

PLAZA DE SANTA MARIA, 1LA CATEDRAL DEL MAR, LA IGLESIA DE LOS PESCADORES

Esta es la iglesia de los pescadores, Santa Maria del Mar o La catedral del mar, como la llama Ildefonso Falcones que así titula su novela, a partir de la cual existe una popular ruta turística oficial por todo el Barri Gòtic. Esta iglesia aparece en otras muchas novelas, especialmente las escritas posteriormente a Falcones, caso de El Mercader, en donde se describe cómo los canteros repican las piedras... Incluso el protagonista de esta novela, Jaume Miravall, hace una importante aportación de oro, la última necesaria para que se pueda acabar la construcción del templo (hace la donación para que la iglesia no condene una relación incestuosa).

Popularmente se la conoce como la iglesia de los pescadores. Antiguamente, el mar estaba mucho más cerca de la iglesia que ahora y pasar por delante de ella casi era obligado para llegar hasta donde los grandes barcos descargaban sus mercancías en barcas de pequeñas dimensiones. Por eso también es, o al menos lo era, la iglesia de los mercaderes y los comerciantes.

Santa Maria del Mar fue también la culpable, de alguna forma, de que Bernat Metge, un escritor referente de la literatura catalana medieval y uno de los introductores del estilo renacentista, escribiera su obra maestra: Lo somni (1399).

Bernat Metge, de oficio notario y muy bien relacionado con la corte de Aragón, conoció en Santa Maria del Mar al financiero piamontés Luquí Scarampo. Con él se involucró en ciertos negocios un tanto dudosos que llevaron a que el notario y también escritor, a pesar de estar bien relacionado, acabase en prisión. Allí cogió la pluma y no dejó de escribir. Tuvo tiempo de acabar su obra maestra. Hay que decir que el autor catalán no innovó: Marco Polo se dedicó a escribir durante la época que estuvo en una prisión genovesa, Tomás de Saluzzo hizo lo propio en una piamontesa y Bernat Metge escribió en una de Barcelona. ¿De qué trata Lo somni? Son conversaciones con el difunto rey Joan I sobre la inmortalidad del alma, el purgatorio o el infierno, algo muy acorde a lo que se escribía en la época.

Pero la relación más estrecha de Santa María del Mar con la literatura está clara. Es toda una novela, La catedral del mar, la que reproduce la historia de esta iglesia y de la ciudad de la época.

«¿Ves cómo entra la luz en el templo? […]. Fíjate bien. Las vidrieras orientadas al sol son de colores vivos, rojos, amarillos y verdes, para aprovechar la fuerza de la luz del Mediterráneo; las que no lo están son blancas o azules. Y cada hora, a medida que el sol recorre el cielo, el templo va cambiando de color, las piedras reflejan unas u otras tonalidades. […] Es como una iglesia nueva cada día, cada hora, como si continuamente naciera un nuevo templo, porque aunque la piedra está muerta, el sol está vivo y cada día es diferente; nunca se verán los mismos reflejos». Así describe el autor los vitrales el día de la inauguración de la iglesia, el 15 de agosto de 1384. Los que hay ahora son más modernos, durante la Guerra Civil la iglesia estuvo ardiendo durante once días... de hecho, estuvo a punto de caer por completo. El único vitral original que se conserva es el del Juicio Final.

La anécdota habitual de esta iglesia es la del escudo del Barça que se puede ver en su interior. Sólo hay que situarse delante del altar mayor, mirar a la izquierda y fijar la vista en la parte inferior de uno de los vitrales del segundo piso: ahí está el escudo del Fútbol Club Barcelona. En los años 60 se rehabilitaron todas las vidrieras, se buscó el patrocinio de empresas, gremios y entidades. El club de fútbol aportó unas 100.000 pesetas de la época. Se quiso tener un detalle con él.

PLAZA DE MARCÚSEL CIUDADANO KANE DE LA BARCELONA MEDIEVAL

Es una plaza pequeña, de hecho parece cualquier cosa menos una plaza. En ella confluyen diversas calles de la ciudad: la calle de Montcada, la de los nobles, y la calle de Corders, donde se elaboraban las cuerdas de esparto