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Segunda parte de la biografía de Fernando Belasteguín. (2015 - 2025) Prólogo de Carles Puyol.¿Valió la pena? En la primera parte de mi biografía me preguntaba si todo el sacrificio había merecido la pena. Si había valido la pena alejarme de mi familia y de mi país, Argentina. Si había valido la pena vivir con una maleta a cuestas, compitiendo cada dos semanas en un lugar distinto. Si había valido la pena perderme momentos irrepetibles en la vida de mi esposa y mis tres hijos. Hoy, con el capítulo de mi carrera profesional cerrado, puedo responder con un rotundo sí. Durante estos años experimenté las tres grandes sensaciones que puede vivir un deportista: perder, y lo hice muchas veces; ganar, muy pocos tienen la posibilidad de llegar a ser número uno del mundo y yo logré mantenerlo durante 16 años. Pero la más importante, la que realmente marcó mi vida, fue la tercera: entrenar cada día como si fuera el último. Esa es la que me permitió caminar con la cabeza bien alta, mirar a mi familia y a mis amigos a los ojos y saber que todo valió la pena. Porque al final, no hay mayor recompensa que la tranquilidad de haberlo dado todo.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2025
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PARTE 2
BELA
LA HISTORIA CONTINÚA
16 AÑOS CONSECUTIVOS
NÚMERO 1 DEL MUNDO
Diseño de la colección: Emprenbooks
Del diseño de la cubierta y el interior: Marta Benito Delgado
Corrección morfosintáctica y estilística: Emprenbooks
Foto cubierta y vídeo final: Alexandre Domingo Montserrat Foto de la solapa: Noemí de la Peña Fotografías del interior y vídeos:
© Premier Padel
© FIP (Federación Internacional de Pádel)
© Asociación de Pádel Argentino © Xavi Riera
© 2025 Del texto: Valen Bailon
De esta edición: Editorial Vanir, 2025
Editorial Vanir www.editorialvanir.com
[email protected] Barcelona
ISBN: 979-13-87544-11-9
Depósito legal: B 6584-2025
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ÍNDICE
PRÓLOGO DE CARLES PUYOL
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1:MI ETAPA CON PABLO LIMA
CAPÍTULO 2:MI ETAPA CON AGUSTÍN TAPIA
CAPÍTULO 3:MI ETAPA CON SANYO GUTIÉRREZ
CAPÍTULO 4:MI ETAPA CON ARTURO COELLO
CAPÍTULO 5:MI ETAPA CON MIKE YANGUAS
CAPÍTULO 6:MI ÚLTIMO AÑO COMO PROFESIONAL
CAPÍTULO 7:MI ÚLTIMO BAILE
MASTER FINAL:BELAST DANCE
PREGUNTAS DE LOS FANS
TINTA ETERNA:EL LEGADO DE BELAEN LA PIEL DE SUS FANS
PRÓLOGO DE CARLES PUYOL
“Un Belasteguín nunca se rinde”
Hablar de Fernando Belasteguín es hablar de un referente absoluto del pádel. No solo por todo lo que ha conseguido dentro de la pista, sino por lo que ha hecho para llevar este deporte a otro nivel. Para mí, Bela es el número uno, no solo por sus títulos, sino por su mentalidad, su entrega y su pasión.
Cuando me retiré del fútbol, lo único que quería era recuperarme de mi lesión y poder jugar al pádel. Lo dije en mi última rueda de prensa, pero lo que no me esperaba era que, gracias al pádel, acabaría volviendo a jugar al fútbol. Ha sido una parte fundamental de mi recuperación y, en ese proceso, Bela ha tenido un papel clave. No solo me ha enseñado y ayudado, sino que ha puesto a su equipo a mi disposición. Ese gesto dice mucho de la persona que es.
Tuve la suerte de vivir un momento inolvidable en su despedida en el Palau Sant Jordi, compartiendo pista con él. Fue un honor formar parte de un día tan especial y jugar a su lado. Ahora que está retirado, espero que podamos coincidir más, dentro y fuera de la pista. Y quién sabe… no descarto que sea mi pareja oficial en los partidos y torneos que pueda disputar. Aunque claro, no sé si después de tantos años jugando con los mejores, estaría dispuesto a bajar tanto el nivel.
Estoy seguro de que ahora, desde otra posición, seguirá aportando mucho para que el pádel siga creciendo. Ojalá los jóvenes se fijen en él y en su manera de competir, de dar siempre el máximo, de no rendirse nunca. Porque su legado va mucho más allá de los títulos: es un ejemplo de trabajo, esfuerzo y pasión.
Este libro es una nueva muestra de todo lo que tiene para aportar. Estoy seguro de que seguirá dejando huella en este deporte.
Gracias, Bela, por todo lo que nos has dado y por todo lo que seguirás dando.
Un abrazo grande,
Carles Puyol
INTRODUCCIÓN
Nunca pensé en la retirada, pero, a medida que avanzaba mi carrera, no podía evitar preguntarme cuándo sería el momento adecuado ni si tendría la suerte de ser yo quien tomara esa decisión, en lugar de que el deporte o alguna lesión lo hicieran por mí. Además, ver cómo se iban retirando mis ídolos, así como mis rivales de tantos años (Reca, Nerone, Auguste, Gutiérrez y Mieres) y compañeros como Juan Martín y Pablo Lima hacía que esa idea planeara, inevitablemente, sobre mi cabeza. Sin embargo, pese al paso de los años, yo seguía sintiéndome con una mentalidad de hierro que empujaba mi cuerpo al límite, que respondía con la lealtad de un escudero infatigable.
Era una simbiosis perfecta, una conexión casi mágica que me hacía sentir invulnerable en la cancha. Mientras mi físico se mantuviera firme y mi cuerpo ejecutara con precisión todo lo que mi mente le ordenara, me creía capaz de vencer a cualquier adversario, sin importar la superficie: indoor, al aire libre, en cancha rápida o lenta. Sabía que, en algún momento del partido, encontraría la solución a todos los problemas que mis rivales me plantearan.
Por eso me cuidé tanto, casi con una dedicación obsesiva, sacrificando muchos momentos familiares. A lo largo de mi trayectoria, muchas personas han destacado mi entrega, mi fortaleza mental, mi confianza y la capacidad de sacar lo mejor de mis compañeros, entre otras cualidades.
He tenido la suerte de contar con una compañera de viaje que cargó la mochila de la familia sobre sus hombros para que todo esto fuera posible. Era consciente de que, mientras mi cuerpo me respetara, seguiría siendo competitivo. Pero nunca imaginé que aquello que me daba tanta fuerza acabaría convirtiéndose en mi talón de Aquiles. Contra la naturaleza, siempre se pierde. A diferencia de los contrincantes deportivos, a este fenómeno, por más cuidados exhaustivos que tengas, nunca le puedes ganar.
Hay una frase que siempre llevaré conmigo, un regalo del gran capitán Carles Puyol. Poco después de su retirada en 2014, en una de nuestras charlas, me dijo: «Bela, disfruta de la competición mientras puedas, porque no vas a encontrar nada que te llene de la misma manera».
Sus palabras se me clavaron en el alma, especialmente porque venían de alguien que despertaba mi máxima admiración. Puyol, un icono de fortaleza y sacrificio, me había dado un gran consejo, aunque en ese momento me parecía lejano. Al fin y al cabo, yo estaba en la cima, llevaba trece años consecutivos siendo el número uno y todavía no vislumbraba en el horizonte la idea de retirarme.
Pero el tiempo tiene una forma cruel de acelerarse cuando menos lo esperas. Por más que me parezca un suspiro, casi una década ha pasado ya de aquella conversación. Diez años que me han llevado de ese estado de invencibilidad a enfrentar la dura pero meditada decisión de retirarme al finalizar la temporada del 2024.
Todo comenzó a gestarse entre abril y mayo de 2023. Por primera vez en mi vida, experimenté algo que jamás había sentido en mi carrera deportiva: mi cuerpo dejó de seguir las órdenes de mi mente. Esa sinfonía perfecta, esa melodía sincronizada que me había sostenido durante tantos años, se empezó a desafinar.
Al principio, me resistí a aceptar la realidad. Me repetía una y otra vez que, con más entrenamiento y más esfuerzo, podría afinar nuevamente ese instrumento que era mi cuerpo. Para estar a la altura de mis rivales –veinte años más jóvenes que yo–, le pedía a mi preparador físico que me exigiera cada vez más, incapaz de asimilar que mi cuerpo ya no respondía del mismo modo. Y no podía estar más equivocado. Las lesiones acumuladas y superadas a lo largo de mi carrera empezaron a pasar factura y los dolores se volvieron una constante en mi día a día.
Lo más duro fue el impacto psicológico. A pesar de que solo seis meses antes había ganado un Major de Premier Padel en Monterrey junto a Arturo, fue horrible ver cómo mis posibilidades de ganar se desvanecían a la vez que las molestias se intensificaban durante los entrenamientos y los partidos. Aunque mi mente quería volar alto, el cuerpo, ese fiel escudero que siempre me había acompañado, ya no podía seguir el mismo ritmo. Cada día era una entrega máxima, aun sabiendo que las probabilidades de éxito eran mínimas. Pasé de trabajar para mejorar a trabajar, simplemente, para no caer tan rápido. ¡Qué gran diferencia! En lugar de hacer una repetición más, me obligaban a hacer una repetición menos. Esto fue lo más duro de aceptar, incluso más que el tener que decidir cuándo retirarme. Ni te imaginas la sensación de impotencia que causa ser frenado cuando tu cabeza sigue pidiendo más.
Seis meses pueden parecer poco tiempo, pero en el deporte de élite son una eternidad, sobre todo cuando, de una semana a otra, dejas de ganar y de ser competitivo.
El dolor físico nunca fue un obstáculo para mí; había convivido con él en incontables etapas de mi carrera. Siempre tuve claro que ninguna molestia física podría compararse con el sufrimiento que experimenté al separarme de mi familia para perseguir mi sueño de convertirme en deportista profesional. Aquel desgarro emocional fue el verdadero desafío. A su lado, cualquier dolor parecía una nimiedad.
No obstante, viendo la situación física en que me encontraba y tras mucho reflexionar y conversar con mi familia y mi equipo, tomé una decisión que cambió el rumbo de mi vida deportiva: poner fin a mi carrera a finales de 2024. Aunque mi cuerpo ya no era el de antes, aún me veía capaz de competir un año más. Además, había algo que me llenaba de ilusión: ser parte de la primera temporada en la que Premier Padel organizaría todos los torneos del año. Estoy convencido de que llevarán el pádel a otro nivel, y quería ser testigo directo del inicio de esa transformación.
Estaba decidido. A los cuarenta y cinco años, colgaría la pala y cerraría un capítulo maravilloso de mi vida, uno que jamás hubiera imaginado cuando empecé a practicar este deporte en las humildes canchas de mi pueblo. Pero la vida, fiel a su estilo, me tenía preparado un giro inesperado.
Mi cuerpo dijo «basta». Era como si se negara a aceptar mi decisión de seguir jugando hasta finales de 2024. Ya no podía más. Todo el castigo acumulado durante mi carrera parecía estar cobrándose su precio, llevando mi físico a un punto de no retorno. Cada vez que lo forzaba al máximo nivel, algo se rompía. Las lesiones ya no eran episodios aislados, sino un recordatorio constante de que mi cuerpo tenía límites que no podía ignorar.
Llegó un momento en el que la realidad se impuso con crudeza: tuve que plantearme la posibilidad de no poder competir en 2024 y adelantar mi retirada. La lesión del codo que empezó en septiembre de 2023 despertó todos mis miedos porque no la podíamos curar.
Nunca imaginé que mi último año sería tan convulso ni que me enfrentaría a tantos desafíos dentro y fuera de la pista. Las vivencias, las emociones y las experiencias que atravesé son imposibles de describir en solo unas palabras. Pero te prometo que, en este libro, lo revelaré todo, sin censura, sin guardarme nada. Cada secreto, cada lucha, cada victoria y cada derrota están aquí.
Antes, sin embargo, quiero cumplir una promesa que hice hace diez años. Cuando publiqué mi primer libro, Bela, esta es mi historia, compartí contigo mi vida, desde la infancia hasta mi separación de Juan Martín. Al final de ese libro, di mi palabra: después de mi retirada, escribiría otra vez, contando lo que viví en los años siguientes y mi sensación luego de haber dejado la vida de deportista profesional.
Hoy estoy aquí para cumplir esa promesa.
He decidido narrar el resto de mi carrera de una manera especial. Desde que me separé de Juan, he tenido el honor de compartir la pista con diferentes compañeros: Pablo Lima, Willy Lahoz, Agustín Tapia, Sanyo Gutiérrez, Arturo Coello, Miguel Yanguas, Luciano Capra, Juan Tello y Tino Libaak.
Los próximos capítulos están dedicados a las etapas que viví con cada uno de ellos.
Te aseguro que, en estas páginas, explicaré todos los secretos y no me guardaré nada.
Espero que disfrutes de Bela, la historia continúa. Aquí encontrarás la historia de un niño que comenzó a jugar al pádel con una pala de madera y que, sin imaginarlo, vio cómo este deporte le llevaba a cumplir sueños inimaginables. De las pistas de San Martín de Pehuajó hasta el estadio Roland Garros de París o el Foro itálico en Roma. El pádel no solo se convirtió en su modo de vida, sino también en su pasión más profunda.
Este viaje del deportista profesional, aunque llega a su fin, permanecerá grabado para siempre en mi corazón y, espero, que también en el tuyo. Aquí empieza una nueva etapa que ojalá te agrade tanto como a mí.
CAPÍTULO 1:
MI ETAPA CON PABLO LIMA
AÑO 2015
Jamás olvidaré cómo comenzó el 2015. Venía de separarme de Juan Martín Díaz, compañero con el que había compartido los momentos más grandes de mi carrera. Juntos, habíamos escrito capítulos inolvidables, pero ahora empezaba una nueva etapa, una completamente diferente, de la mano de Pablo Lima. El mundo del pádel estaba expectante, y no era para menos. La pareja número uno del mundo, Juan y yo, y la pareja número dos, Pablo Lima y Juani Mieres, se mezclaban, provocando un terremoto en el circuito. Juan jugaría con Juani, y yo, con Pablo.
Las especulaciones no tardaron en llegar. Todos se preguntaban qué pareja acabaría el año en la cúspide. ¿Serían Juan y Juani? ¿O Pablo y yo? La tensión era palpable en cada torneo, y el reto que teníamos por delante era descomunal. Sin embargo, a pesar de la magnitud del desafío, tenía la firme convicción de que podíamos conseguir algo extraordinario.
Desde el primer momento, Pablo demostró un compromiso absoluto con nuestro proyecto. Se mudó a Barcelona para que pudiéramos entrenar juntos cada día, y ese simple gesto hablaba mucho de su profesionalismo. Estaba dispuesto a darlo todo por esta nueva etapa.
Comenzamos a trabajar con Marcela Ferrari, que se unió al equipo para ayudarnos en los entrenamientos, mientras Michael nos guiaba desde Madrid y Toni Martínez se encargaba de la preparación física. Era un plan perfectamente definido. Habíamos analizado a fondo cada detalle de nuestros rivales. Queríamos empezar con fuerza, y sabíamos que teníamos el potencial para hacerlo.
El calendario también parecía estar de nuestro lado. Nuestro estreno sería en Barcelona, en el Club de Polo, un enclave con un significado especial para mí. Además de ser socio y jugar para su equipo, es un espacio donde mi familia disfruta de la vida cotidiana. Empezar la temporada en casa, rodeado de los míos, me parecía el augurio perfecto para lo que teníamos por delante.
Arrancamos el torneo con buenas sensaciones y, por si fuera poco, tuve la inmensa alegría de recibir la visita de Johan Cruyff. Descubrirlo allí, en las gradas, para verme jugar, fue una inyección extra de energía y motivación. Sabía que sería un torneo singular. Fuimos avanzando partido tras partido y, en semifinales, nos enfrentamos a Paquito Navarro y Matías Díaz. Estábamos compitiendo a un nivel muy alto, y todo parecía ir bien. Pero fue en ese encuentro donde la situación se torció.
En una jugada arriesgada, Pablo se lanzó de lleno, pero un golpe de su hombro contra el cristal lo dejó visiblemente afectado. A pesar del dolor, apretó los dientes y luchó hasta terminar el punto. Sin embargo, al finalizar el juego, mientras caminábamos hacia el cambio de lado, me confesó que algo no estaba bien. Decidimos pedir la intervención del fisio. Su expresión no dejaba lugar a dudas: el dolor era evidente y punzante. Con una determinación admirable, intentó seguir en la pista, dispuesto a darlo todo, aunque pronto comprendió que el cuerpo no le permitiría continuar. Tuvimos que abandonar.
La euforia de la competición se desvaneció en un segun do. Salimos del Club de Polo y nos dirigimos directamente al Hospital Universitario Dexeus de Barcelona, donde nos esperaba el doctor Juan Erquicia, el mismo que años atrás me había operado del codo. Las horas que siguieron fueron de una incertidumbre total. Los minutos se hicieron eternos mientras esperábamos el resultado de las pruebas. Tratábamos de mantener la calma, pero, en el fondo, sabíamos que el panorama no era alentador.
Finalmente, el doctor Erquicia nos llamó para darnos el diagnóstico, que fue un auténtico mazazo: Pablo tenía dos de los tres ligamentos del hombro rotos. Nuestro primer torneo juntos, y ya estábamos fuera de la temporada por una lesión grave. Lo que habíamos planificado, las horas de entrenamiento, las expectativas… Todo se desmoronó de golpe como un castillo de naipes.
Después del tremendo varapalo que supuso escuchar el peor de los pronósticos, nos enfrentamos a una decisión difícil: elegir qué tipo de tratamiento seguir para la recuperación del hombro de Pablo. El doctor Erquicia nos presentó dos opciones. La primera, operarlo, lo que significaría perder toda la temporada. La segunda, someterse a un tratamiento conservador que, si salía bien, podría permitirle volver en dos o tres meses, aunque sin garantías de una recuperación al cien por cien.
Meditamos mucho esa decisión. La discutimos con el equipo y con los médicos, sopesando los pros y los contras. Al final, decidimos intentar la recuperación sin cirugía. Sabíamos que era arriesgado, pero si existía una posibilidad de que Pablo no se perdiera el resto de la temporada, debíamos intentarlo. Pese a no tener ninguna seguridad, era lo más sensato.
Nos costó asimilar que Pablo estaría al menos dos meses fuera del circuito. Esa realidad abrió otra gran incertidumbre para mí: ¿con quién iba a jugar durante ese tiempo? La temporada acababa de empezar, y el calendario corría en nuestra contra.
Tuvimos algo de suerte, si se puede llamar así. En esos dos meses se celebraban muy pocos torneos: solo el de San Fernando y el de Las Palmas de Gran Canaria. Si la recuperación de Pablo marchaba bien, podría reincorporarse justo después, perdiéndose únicamente esas dos pruebas. Sin embargo, el margen de error era mínimo. Si perdíamos demasiados puntos en esos torneos, podíamos arruinar la temporada por completo.
Ahí comenzó una de las búsquedas más difíciles que he vivido. Los jugadores ya estaban comprometidos con sus parejas; era el primer torneo del año y, como es lógico, estaban enamorados de sus proyectos. Las probabilidades eran casi inexistentes.
Empecé a revisar el ranking, analizando quién podría acompañarme. Las parejas de arriba eran inviables; nadie iba a romper su dúo al inicio de la temporada y, menos aún, por solo dos meses. Así que tuve que ir bajando posiciones y estudiar todos los perfiles disponibles. Mi primera opción fue Gerard Company. Lo conocía de jugar juntos interclubes y sabía de su solidez, pero también tenía claro que sería difícil poder ganar a las mejores parejas. Entonces, seguí bajando en la clasificación y, en torno al puesto número cincuenta, apareció Willy Lahoz.
Willy, en ese momento, tenía cuarenta y tres años. Aun que estaba cerca del final de su carrera, era un jugador con una técnica impecable y una experiencia que pocos tenían en el circuito. Me había enfrentado a él en numerosas ocasiones y siempre había sido un rival complicadísimo. Estaba seguro de que, si yo lograba cubrir más cancha y dejaba que Willy se moviera solo en la zona de ataque, pegado a la red y cubriendo solo tres metros de pista, podríamos formar una pareja competitiva. Físicamente, yo me sentía imparable, y confiaba en que, juntos, podíamos conseguir algo especial.
Después de hablarlo con el equipo y asegurarme de que todos estaban de acuerdo con que era una buena elección, decidí llamarlo. Al principio, Willy tuvo ciertas dudas, lo cual era comprensible. Con su edad, ya estaba empezando a plantearse su retirada, y que lo invitaran a competir al más alto nivel en ese momento de su carrera debió de generarle un torbellino de emociones. No era una decisión sencilla, y, seguro, sintió el vértigo de tener que enfrentarse nuevamente a esa exigencia. No obstante, tras meditarlo con calma, aceptó la propuesta.
Vino a entrenar a Barcelona y, desde el primer momento, advertí que su bola seguía siendo peligrosísima. La velocidad y el efecto con que golpeaba eran impresionantes. Tanto que terminé convenciéndome de que verdaderamente teníamos opciones. Recuerdo que, nada más terminar nuestro primer entrenamiento, llamé a Michael para informarle: «Con Willy vamos a ser competitivos; lo tengo claro». Pese a que no contábamos con demasiado tiempo para prepararnos, estábamos dispuestos a ir a por todas en nuestro primer torneo juntos: el San Fernando Open.
Fue una gran prueba de fuego. Nos colamos en cuartos de final y estuvimos al borde de la derrota. Nos enfrentamos a una pareja que estaba creciendo, Aday Santana y Jordi Muñoz, y llegamos a tener punto de partido en contra. En esos momentos decisivos, algo cambió dentro de nosotros. No sé de dónde sacamos las fuerzas, pero lo cierto es que logramos remontar y ganar ese encuentro. La victoria nos dio un impulso tremendo. A medida que avanzábamos en el torneo, la confianza iba en aumento. En semifinales, vencimos a Sanyo Gutiérrez y Maxi Sánchez, una de las parejas más complicadas del circuito, y, en la final, nos enfrentamos a Paquito Navarro y Mati Díaz. Para sorpresa de todos, también les ganamos. Ni Willy ni yo podíamos creerlo. De repente, habíamos conseguido algo que pocos –ni tan siquiera nosotros– hubieran imaginado.
Hay una anécdota de ese torneo que se me quedó grabada. Cada noche, antes de irse a dormir, veía a Willy tomarse un sobrecito de algo. Al principio no le di mayor importancia, pero después de las semifinales empecé a preocuparme. La curiosidad me ganó, así que decidí preguntarle directamente. Me miró y, con total calma, me dijo: «Bela, es un Espidifen. Tengo cuarenta y tres años y me duele todo el cuerpo. Si no me lo tomo, mañana no podré ni moverme». Su respuesta me hizo reír, pero, al mismo tiempo, me hizo admirarlo aún más. A sus cuarenta y tantos, seguía ahí, compitiendo al más alto nivel y dejándose la piel en cada partido.
