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Muchas veces me pregunto si merece la pena seguir jugando a padel, si han valido la pena todos los sacrificios que he tenido que hacer: separarme de mis padres, de mi hermana, de mis abuelos, dejar mi pais, Argentina, competir cada dos semanas en un lugar distinto, perderme innumerables momentos (buenos y malos) de mi muje r y mis tres hijosHoy no albergo ninguna duda: rotundamente si. El padel es mi medio de vida y el de mis hijos. Si me repiten la misma pregunta cuando aviste el final de mi carrera, seguramente la respuesta sera un contundente no, porque yo le he dado al padel mil veces mas de lo que el me ha dado a mi. No hay torneo, ni titulo, ni premio que compensen todas las ausencias en los cumpleaños de mis hijos, todos los momentos familiares en los que no he participado, todos.
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Seitenzahl: 285
Veröffentlichungsjahr: 2015
PARTE 1
BELA
ESTA ES MI HISTORIA
16 AÑOS CONSECUTIVOS
NÚMERO 1 DEL MUNDO
Primera edición: marzo del 2015
Diseño de la colección: Emprenbooks
Del diseño de la cubierta y el interior: Marta Benito Delgado
Corrección morfosintáctica y estilística: Rebecca Beltrán
Fotografía de la cubierta y las solapas: Noemí de la Peña
© 2015 Del texto: Valen Bailon, 2015
De esta edición: Editorial Vanir, 2025
Editorial Vanir www.editorialvanir.com
[email protected] Barcelona
ISBN: 978-84-943547-2-4
Depósito legal: B 7262-2015
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet– y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o prestamo público.
ÍNDICE
Prólogo de Andrés Iniesta
Introducción del autor
Introducción
Primera parte:el niño traviesoque se convierte en unprofesional del pádel
Segunda parte:¿quién dijo que ibaa ser fácil?
Tercera parte:cómo se forja unapareja inolvidable
Épilogo
Un nuevo desafío
Preguntas de los fans
Agradecimientos del autor
Agradecimientos de Fernando Belasteguín
LIBRO SOLIDARIO
Todos los beneficios de este libro irán destinados a 3 asociaciones:
PRÓLOGO DE ANDRÉS INIESTA
Mi aventura con el pádel es reciente. No hará dos años de mi primer partido y, como la gran mayoría de aficionados a este deporte, me enganchó desde el primer momento. El responsable fue mi amigo Sesi, quien me insistió muchísimo en que probara con la pala y fuera a jugar con él. Así que un día accedí, nos pusimos a ello y... ¡Cómo me reí y qué bien me lo pasé!
Desde aquel momento, intento jugar siempre que tengo un hueco, algo que no es demasiado frecuente debido a mi profesión. Pero en un futuro sé que disfrutaré de muchas más ocasiones para divertirme con el pádel, un deporte que siempre me ha reportado buenos momentos: es relativamente fácil y, si te dejas llevar, tiene tanta intensidad que no es difícil venirse arriba y creer que estás jugando un Grand Slam.
Hace ya algún tiempo, Sesi me comentó que podíamos ir a ver entrenar a Bela, número 1 del mundo. Era tal mi curiosidad que no tardamos en hacerlo. Nos acercamos a las pistas donde suele prepararse y ahí estaba él: no necesité más de dos minutos para reconocerlo. ¡Eso no era pádel! La bola surcaba la cancha a una velocidad increíble, le pegaba con una fuerza sobrehumana, tanto que le daba desde la línea y la pelota volvía a su campo, volvía a golpear y la bola salía por el lateral... ¡No daba crédito! Y Sesi, testigo de mi sorpresa, me explicó que lo mejor venía cuando salían por la puerta y volvían a meterla. Sinceramente, pensaba que me estaba tomando el pelo.
La intensidad que demostraba Bela durante todo el entrenamiento era altísima. Terminó la sesión y tras las presentaciones nos retó a jugar un Tie-Break a 7: nosotros dos contra él, que cubriría todo el campo. Por supuesto, aceptamos y sabiendo quién era aquel campeón, visualicé un 7-2 o 7-3 antes de comenzar.
Bela nos gritaba: “¡Andrés, a tu revés!”, “¡Sesi, ojito la dejada!”, “¡Ojo con el globo a la esquina!”... Y aun avisándonos de dónde tiraba la bola, en un abrir y cerrar de ojos se plantó en un rotundo 7-0. No podía ser, levantaba bolas que para mí eran irrecuperables. ¿Cómo podía ser que alzara una pelota a un dedo del suelo y la hiciera cruzar a la otra esquina del campo?
Durante el entrenamiento, le pregunté a Sesi si Bela seguía siendo ese año el campeón del mundo. Cuál fue mi asombro cuando me respondió que tanto él como su pareja, Juan, llevaban once años en el puesto más alto de la clasificación mundial. ¡Once años! Sin duda, solo la gente que practica deporte de alto rendimiento o quienes conviven con ellos pueden llegar a saber cuánto cuesta un récord así. Es dificilísimo mantener ese nivel, ya que han de sustentarlo muchos factores: trabajo, sacrificio, malos momentos deportivos y, a veces, personales, que pueden llegar a afectarte. Y, aun así, conseguir estar en lo más alto durante once años me parece una hazaña increíble y digna de admirar. Aquí queda demostrado que nadie se cansa de ganar... ¡Uno siempre quiere más!
Hoy Bela ya ha cumplido dieciséis años como número 1 del mundo, un logro digno de mi admiración.
Pero si hay algo que me maravilla en él no es tan solo todo lo que consiguió deportivamente, sino todo lo que tuvo que pasar para conseguir alzarse como número 1, un esfuerzo mucho más duro que todas las lesiones que haya podido sufrir en estos años o más arduo que todo el trabajo que ha hecho día tras día, desde que se marchó de Pehuajó y se separó de los suyos para intentar cumplir un sueño. Cómo me suena esa historia...
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR
Quizá cueste de creer, pero cuando este libro vea la luz por primera vez se cumplirán dos años desde que le propuse a Fernando Belasteguín escribir su biografía. Veinticuatro larguísimos meses en los que hemos tenido que coordinar agendas, porque los dos tenemos un día a día demoledor, y en los que hemos tenido que robarle minutos al reloj para que este proyecto saliera adelante.
Todo empezó a finales de enero de 2013 cuando dejé el fútbol, un deporte que había practicado durante toda mi vida, y empecé a jugar a pádel impulsado por los amigos que lo practicaban y que solo contaban maravillas. El resultado de esa probatura fue que me enganché a él como un perro lazarillo a su dueño. Así que me hice socio de un club barcelonés llamado Club de Tennis Vall Parc, un lugar fantástico que tiene unas vistas a Barcelona increíbles, y que cuenta con pistas indoor y outdoor, con lo que me aseguraba poder jugar todo el año sin preocuparme por las inclemencias del tiempo.
Una vez apuntado, empecé a dar clases con Josep González, un entrenador increíble y que sin saberlo fue el artífice de que hoy este libro esté en vuestras manos. Fue él quien me llamó por sorpresa una tarde del mes de febrero de ese mismo año.
Yo pensaba que me llamaba para cambiar el horario de la clase, pues nos tocaba entrenar al día siguiente a las doce del mediodía. Sé que muchos estaréis pensando “¡Vaya horas de entrenar!
¡Qué bien vive este!”
Pero nada más lejos de realidad, no os engañéis. Cuando tienes una editorial y además escribes, no tienes horarios, sino que te pasas todo el día trabajando y has de arañar huecos a la hora que sea para hacer un poco de deporte y poder quemar algo de adrenalina.
La cuestión es que no me llamaba para lo que yo suponía, sino para decirme si quería ir un poco antes, ya que a las diez de la mañana iban a entrenar a Vall Parc el por aquel entonces once veces consecutivas campeón del mundo de pádel, Fernando Belasteguín, y uno de los mejores tenistas españoles de todos los tiempo, Àlex Corretja. Ante tal oferta, por supuesto que dije que sí, y a la hora en punto estaba yo como un clavo, vestido de pádel y listo para entrenar después, pero sobre todo preparado para ver un entrenamiento entre estos dos monstruos.
Empezaron a prepararse y aquello parecía un concierto donde se mezclaban de forma magistral música clásica por un lado, con una exquisitez y una sofisticación increíbles y, por otro, música heavy de una dureza extrema. Pero guardando una armonía entre ambas difícil de describir.
No sé si habéis tenido la oportunidad de asistir a un entrenamiento de Bela, pero os puedo asegurar que a veces son mejores que un partido. Yo, que era novato en este mundo, estaba totalmente impactado al ver la velocidad a la que se movían ambos, las bolas a las que conseguían llegar, la intensidad del entreno, la fuerza, los piques, las risas... ¡Qué despliegue de sensaciones! Fue tal el impacto que me produjo, que en aquel momento decidí que algo tenía que hacer para hablar al mundo del pádel, un deporte que en España lo practican ya más de cuatro millones de personas. De hecho, es el segundo deporte nacional en número de practicantes, solo aventajado por el deporte rey, el fútbol. Cuando me enteré de que Fernando Belasteguín llevaba junto con su pareja, Juan Martín, once años consecutivos como número 1 del mundo, me dije para mí mismo: “Valen, esto debes contarlo”.
Además, aunque nunca suelo hacerlo, cuando acabó el entrenamiento me acerqué y les pedí hacerme una foto con ellos. Quizás el destino sabía que aquella foto estaba destinada a salir en este libro.
La anécdota de aquella instantánea es que Àlex bromeó diciendo que él no quería aparecer en la foto y cuando le preguntamos por qué, miró hacia el suelo, señaló nuestras zapatillas y respondió riéndose: “Yo no quiero salir porque él es fan tuyo... ¡Si lleva hasta tus mismas bambas!” Y los tres nos miramos los pies y empezamos a reír. Sin saber cómo, esa foto se ha convertido en una perfecta imagen de archivo de cómo y dónde nació este libro.
Con el tiempo me enganché tanto al pádel que quise organizar un torneo con mi editorial y llamé a Bela para que hiciera una exhibición dentro del programa, lo que facilitó que poco a poco tuviéramos una relación más cercana, hasta que al final le propuse si le haría ilusión que escribiera su biografía. Soy sincero si os digo que estaba convencido de que me diría que no. Primero, porque apenas nos conocíamos y segundo, porque Bela conoce a muchísimos periodistas muy reconocidos en el mundo del deporte y cualquiera de ellos estaría encantado de escribir un libro sobre él. Para mi sorpresa, me respondió que sí, con lo que en el mes de abril de ese 2013 empezó esta larga travesía que después de dos años ha divisado el puerto de llegada.
Recuerdo perfectamente que después de que accediera, quedamos un día para comer y hablar del proyecto. Estuvimos departiendo sobre un montón de temas, pero cuando llegó la hora de hablar del tema económico estaba un poco asustado, ya que no sabía si me pediría mucho o poco. Habitualmente, este tipo de negociaciones no tienen secretos para mí porque manejo contratos editoriales constantemente. Pero al ser un deportista conocido, no tenía ni idea de por dónde irían los tiros. Cuál fue mi sorpresa cuando, al lanzarle esta pregunta tan peliaguda e incómoda de tratar, me respondió que no quería nada, que todos los beneficios del libro los quería donar a causas benéficas y ayudar a los más necesitados. Os puedo asegurar que me dejó asombrado. Si antes tenía ganas de escribir la biografía de alguien que me había impactado por su profesión, ahora también lo iba a hacer de alguien que me había impresionado como persona. Me dejó sin palabras.
Muchos al leer esta anécdota pensaréis que no es tan raro que deportistas de élite publiquen libros solidarios y quien lo hace es digno de admirar, vaya eso por delante. No obstante, quienes lo hacen suelen ser personas que tienen la vida solucionada, es decir, que se dedican a deportes sumamente rentables. Os puedo asegurar de una manera rotunda que el pádel no te soluciona la vida: te da para vivir y pagar tus gastos. Pero cuando acaba la carrera profesional de un jugador de pádel, se ha de buscar la vida para encontrar un trabajo que le proporcione el sustento que pierde al dejar de competir. Esto es lo que hace que ese gesto de Fernando cobre muchísimo más valor.
Nos pusimos en marcha con el libro y en un principio nuestro objetivo era que saliera a la venta durante la Navidad de 2013. Sin embargo, fue del todo imposible porque no teníamos ni la mitad de la información que necesitábamos. Así que lo retrasamos hasta Sant Jordi de 2014, el Día del Libro, una fecha muy propicia para lanzamientos literarios... Y tampoco pudimos llegar. Empecé a preocuparme porque todo se estaba alargando muchísimo e incluso había meses en que ni nos podíamos ver porque no teníamos tiempo para concertar un encuentro. Llegué a dudar de si al final este libro vería la luz en algún momento, hasta que un día recibí una llamada de Fernando y entendí perfectamente por qué la vida había querido que todo se retrasara.
Después de que se emitiera el comunicado de su separación, a mí me parecía increíble, pero Bela me llamó personalmente para decirme: “Valen, como ya sabrás, este es el último año que juego con Juan”.
Cuando escuché aquella frase de su boca, esta vez sí me lo creí y mi mente lo entendió todo. Entonces, vi las cosas con claridad. La vida siempre tiene un porqué y todo ocurre por algo.
Lo que para nosotros había sido un cúmulo de circunstancias adversas que nos habían obligado a retrasar el lanzamiento del libro una y otra vez, ahora resultaba ser una bendición divina, ya que si hubiésemos lanzado el libro en la Navidad de 2013 o en abril de 2014, nunca hubiese incluido este importante capítulo y se hubiese quedado obsoleto en tan solo unos meses. En cambio, ahora podríamos escribir un libro con un principio y un final, en el que explicaríamos la historia de Bela, por supuesto, pero también detallaríamos de principio a fin los trece años en los que formó junto a Juan Martín Díaz la mejor pareja de pádel de todos los tiempos. Con este cambio de rumbo, tuvimos que modificar todas las partes del libro, lanzar por el retrete muchísimo trabajo ya realizado... Pero no importaba, ya que ahora teníamos la oportunidad de lanzar un libro atemporal, que seguirá teniendo sentido dentro de diez años. Por supuesto, faltará la historia de Bela a partir de 2015, pero la trayectoria de Bela hasta su separación con Juan siempre estará documentada. Todo el mundo que quiera conocer en un futuro cómo se forjó la mítica pareja de Juan y Bela, tendrá en esta biografía un informe histórico en el que documentarse.
Doy gracias a la vida por ese retraso.
Para redondear la crónica de la creación de este libro, he de mencionar a Sesi Martínez, ya que a través de él, Andrés Iniesta accedió a unirse al proyecto y escribir un prólogo de una forma totalmente altruista y solidaria. En este proyecto, ni Bela como protagonista, ni Andrés por su aportación, ni yo como escritor del mismo cobramos un céntimo. Todo se destina a fines solidarios.
Así que, después de infinidad de jornadas de trabajo y de multitud de horas de grabación, de hablar con muchísimas personas que salen en el libro, todas ellas con unas ganas de colaborar increíbles, y de mucho sacrificio y trabajo duro, aquí les presentamos este proyecto, que esperamos que sirva de guía y ayude a muchas personas a ver la vida de forma diferente. Ojalá hayamos logrado mostrar lo duro, lo costoso y, a la vez, lo maravilloso que es conseguir las cosas que te propones en la vida.
Para mí esta ha sido una aventura increíble. También es cierto que mucho más dura y larga de lo que me imaginaba, pero sin duda ha merecido la pena cada ápice de sacrificio invertido. Empecé haciendo la biografía de Fernando Belasteguín, el número uno del pádel, y he acabado escribiendo la biografía de un amigo. Solo con eso ya he conseguido muchísimo más de lo que me proponía en un principio. Y no voy a decir que no me importa si se vende o no esta obra, porque es solidaria y deseo que se vendan millones de ejemplares, ya que cuanto más se venda, más contribuiremos con las causas solidarias con las que colaboramos. Pero el haber conocido a Bela y tener su amistad, para mí eso no lo paga el dinero.
INTRODUCCIÓN
UNA DE LAS DECISIONES MÁS IMPORTANTES DE MI VIDA
08:00. Domingo 13 de julio de 2014.
Final del World Padel Tour de Castellón
Suena el despertador a las ocho de la mañana, pero mi cuerpo reclama más descanso. La última semana he competido al más alto nivel, con partidos de un desgaste enorme como el de ayer en semifinales contra Maxi Sánchez y Sanyo Gutiérrez. En mi cuerpo se encienden todas las señales de alarma, necesita más tiempo de recuperación. Pero no puede ser. Me espera una gran final y debo convencerlo de que aun tenemos pendiente la batalla definitiva, de que los dolores que sufro no son tan graves y que remitirán en el calentamiento, justo antes del partido... Aunque en el fondo sé que todo eso no son más que mentiras.
Por un lado, sufro los dolores musculares inherentes al desgaste de la competición a los que se le suman, los crónicos, los que me atenazan después de más de veinte años de carrera profesional. Sin embargo, no me queda otra que preparar mi cuerpo para lo que le espera: una final a cinco sets contra la pareja número dos del mundo, Pablo Lima y Juani Mieres. Son mucho más jóvenes que nosotros, que Juan Martín y yo, y tienen unas ganas increíbles de arrebatarnos el número 1, por eso se entregan por completo para ganar cada punto, sin escatimar en energías.
Es lo que hay. Es mejor que lo asuma. Hay que dejar los lamentos para cuando todo acabe y ahora solo queda prepararse para la guerra.
Me levanto de la cama y al pisar el suelo, siento como si se me clavaran miles de cristales en las plantas de los pies. Es un dolor familiar que casi forma parte de mí y que me ha acompañado cada día de los últimos dos años. Intuyo que, como un fiel amigo, se quedará conmigo para siempre. Hasta que no ando durante un buen rato y la sangre empieza a circular, siento esas punzadas, esas agujas que se hunden en mi piel hasta alcanzar los músculos y los huesos. Eso hace que espabile de golpe. Después, instintivamente, empiezo a flexionar el codo derecho, que también arranca el día agarrotado y con dolor. Poco a poco, con movimientos muy suaves, comienza a calentarse y el dolor remite.
Esto también forma parte de la vida de un deportista de élite: el esfuerzo continuado al que has sometido al cuerpo durante tanto tiempo se cobra su lacerante venganza.
El dolor físico que arranca nada más despertar me hace volver al pasado, me invita a recordar. Toda esta pesadilla de las lesiones empezó a finales de 2012, cuando tuve que operarme del codo y pensé que no volvería a jugar más al pádel profesionalmente. Pero no adelantemos acontecimientos, eso ya lo explicaré más adelante. En aquella ocasión, estuve cinco meses sin competir y al regresar a las canchas, ya en 2013, arranqué la temporada con una fascitis plantar que arrastré durante todo el año.
Después del torneo de A Coruña, a finales de junio de esa misma temporada, tuve que estar veinte días en reposo absoluto y bajo tratamiento. Mi estado era tan grave que ni siquiera podía apoyar en el suelo el pie derecho.
El calendario del World Padel Tour es tan exigente que tuve que volver a competir sin estar recuperado del todo. No hacerlo implicaba perder el número uno del mundo y eso es algo a lo que ni mi compañero ni yo mismo estábamos dispuestos, porque habíamos luchado demasiado duro para estar ahí arriba durante doce años consecutivos. No iba a permitir que una maldita lesión nos lo arrebatara todo.
Fue una temporada durísima. En toda mi carrera nunca había sufrido unas lesiones tan importantes. Además, jugar todo el año torturado por el dolor me estaba afectando muchísimo, ya no solo físicamente, sino también psicológicamente. No podía entrenar como me hubiese gustado ni con la intensidad habitual. Y lo peor era que ese tormento me acompañaba durante todo el día, incluso, cuando estaba descansando. Inexorablemente, ese latigazo aparecía fiel a su cita con mi cuerpo. Y eso, poco a poco, te va mermando.
La fascitis plantar es una patología muy difícil de curar. Existen muchísimos tratamientos diferentes, pero nunca sabes cuál será el mejor para ti e, incluso, mucha gente nunca consigue recuperarse del todo. Ese dolor se convierte en algo crónico, que aparece y desaparece, que es más o menos doloroso, pero que jamás deja de suponer una amenaza. Es como una bomba de relojería que no sabes cuándo va a explotar, aunque sabes que lo va a hacer porque nunca dejas de escuchar el tic-tac de su mecanismo.
Para colmo, en las semifinales del Máster de Madrid de diciembre de 2013, el último torneo de la temporada, mi pie izquierdo, que era el sano, dijo basta. Llevaba seis meses cargándolo muchísimo más de lo normal por culpa de los dolores que sufría en el derecho. Y en plena semifinal se me rompió la fascia en un noventa por ciento. Aun así, ganamos el partido y pasamos a la final. El problema es que tuve que jugarla con fascitis plantar en el pie derecho y rotura de fascia en el pie izquierdo. Casi nada, ¿verdad?
Aun así, pude jugar cuatro sets pero, por desgracia, me tuve que retirar. Sanyo Gutiérrez y Maxi Rodríguez, que hicieron un partidazo, fueron los justos vencedores del torneo.
Bela
La recuperación de las dos lesiones fue agotadora. Suerte que empezaban mis vacaciones y no tenía que volver a competir hasta dentro de unos meses. Esto me permitió dedicarme en cuerpo y alma a descansar y a tratarme de mis problemas físicos.
Pero aquel infierno del final de la temporada se alargó durante muchos más meses. Tuve que andar apoyado sobre dos muletas durante más de veinte días: no podía apoyar los pies en el suelo. Después me sometí a un sinfín de tratamientos, todos dolorosísimos, para intentar curarme de mis males. Y, luego, la incertidumbre me invadía una y otra vez: ¿Cómo iba a estar física y psicológicamente para empezar la temporada siguiente, la del año 2014, que cada vez estaba más cerca?
Todo esto hizo que la pregunta que rondaba por mi cabeza desde hacía tiempo volviera a resonar dentro de mí: ¿Cuánto tiempo más seguiría jugando con mi compañero Juan Martín?
Habíamos hablado de seguir juntos, como mínimo, el año 2014 y el 2015, pero yo ya no estaba seguro de nada. Llevaba más de un año y medio sintiendo que, tal vez, nuestro final como pareja estaba muy cerca, pero en el fondo, no lo quería admitir.
Jugar con mi compañero, quien para mí es el mejor jugador de pádel de la historia, ha sido una suerte y un orgullo. Solo hay que echar un vistazo a nuestros números para ver que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida profesional.
Sin embargo, el esfuerzo que hemos realizado partido tras partido se ha cobrado su factura y mi maltrecho cuerpo da buena cuenta de ello. Ser la pareja de Juan hace que tengas que cubrir muchísimo espacio dentro de la pista; exprimes tu físico al máximo. Y ese esfuerzo de año tras año tiene sus consecuencias. Llevaba casi dos temporadas espantosas, arrastrando lesiones en el codo y en ambos pies. Y en todo ese tiempo no paraba de pensar en si era buena idea que continuáramos jugando juntos. Los beneficios deportivos y de imagen eran indudables. Por otro lado, también cabía la posibilidad de buscar otro compañero que no me exigiera tanto físicamente y que quizá me permitiera alargar más mi carrera. Y es que, si las lesiones persistían como en los dos últimos años, no sabía cuánto iba a poder aguantar mi cuerpo jugando al más alto nivel profesional. Pero estaba seguro de que no mucho más.
Fuera como fuese, todos estos pensamientos quedaban arrinconados en un hueco de mi mente, día tras día, mes tras mes. Tal vez lo que sucedía es que no me atrevía a dar el paso. No me sentía preparado para tomar la decisión más difícil de mi carrera y menos cuando los resultados eran tan buenos. En doce años, nadie había sido capaz de arrebatarnos el cetro de los números 1 del mundo. Entonces, ¿qué sentido tenía separarse? Aparqué tales ideas y me centré en recuperarme para la temporada del año 2014, en la que seguiría jugando con Juan.
De repente, oigo unos pitidos. Es mi teléfono móvil. Lo miro. Es un aviso: mañana he de llamar a un amigo para felicitarle por su cumpleaños. Mi cabeza vuelve al aquí y al ahora, a esta habitación de hotel en Castellón, donde espero a que se mitiguen las molestias de los pies y el agarrotamiento del codo, para vestirme, bajar a desayunar y que empiece mi fase de concentración.
Dentro de unas horas jugaré una final. No puedo pensar en nada más que en competir a mi mejor nivel, en concentrarme en cada punto del partido.
Los tres bajamos a desayunar: Juan, Miguel Sciorilli (nuestro entrenador) y yo. Normalmente, en los torneos Juan y yo no solemos sentarnos juntos a primera hora del día. Esto sorprende mucho y la gente tiende a pensar que nos llevamos mal, pero nada más lejos de la realidad: se trata de que cada uno haga siempre lo que le apetezca, por encima de la unión que tenemos sobre el terreno de juego.
Después de trece años jugando juntos, somos casi como un matrimonio, unidos por el respeto y el cariño. Eso sí, necesitamos nuestro espacio, como todos. No hacemos nada forzado. Si nos apetece sentarnos juntos, lo hacemos; si no, pues cada uno por su lado y no ocurre absolutamente nada.
Sin embargo, en esta ocasión, como estamos ante una final y quedan pocos compañeros (la mayoría se van marchando en cuanto los eliminan del torneo), nos sentamos juntos los tres.
Comemos lo de siempre: bastantes hidratos de carbono para poder aguantar todo el partido, algo de proteína y sobre todo, bebemos mucho líquido.
Tras el desayuno subimos a la habitación y preparamos la bolsa para la final. Yo también dejo lista la maleta; soy de los que nada más acabar el partido se suben al primer tren o avión que salga hacia Barcelona. Después de una semana compitiendo fuera de casa, solo tengo ganas de ver a mi mujer y a mis hijos.
Dejamos la habitación del hotel, hacemos el check out y en la puerta ya nos está esperando el coche oficial del torneo, que nos trasladará hasta el lugar del partido.
Al cabo de apenas diez minutos, entramos en el pabellón de deportes Ciudad de Castellón. Aunque pasamos por una puerta diferente a la del público, ya hay gente esperando en el aparcamiento del recinto. Nos esperan para hacerse fotos con nosotros, pedir que les firmemos autógrafos... Me encanta el contacto con la gente. Siempre estaré increíblemente agradecido por tanto cariño y aliento, por todo el apoyo que me han dado a lo largo de mi carrera.
Minutos después entramos en las instalaciones deportivas y nos vamos directamente al vestuario. Allí pongo a punto mis palas. Siempre llevo tres y una vez que las he preparado no dejo que nadie les toque el puño: bajo ningún concepto. Es una manía que he adquirido a lo largo de los años e incluso habrá quien lo llame superstición.
Me visto y comienzo a calentar. Después, me coloco las tobilleras. Siempre empiezo por la izquierda, otra norma en el ritual que cumplo antes de un partido. Una vez que estoy listo, trato de aislarme de todo para empezar a concentrarme. Intento visualizar momentos que podrían darse en el partido, algo en lo que pueda intervenir. Necesito tener el control del punto y eso solo sucede si estás en contacto con la pelota. Así que lo visualizo e intento que esa focalización perdure durante todo el partido: debo entrar en juego lo máximo posible.
Ahora ya estoy preparado. Atrás quedaron las molestas rutinas del año pasado, cuando tenía que pasar por el fisio antes y después de cada partido.
Aunque aun siento molestias, de las que me temo que no me voy a librar nunca, los dolores de los pies tras cinco meses de tratamientos y recuperación han remitido bastante. En 2014 he jugado mucho mejor que el año pasado, cuando viví una auténtica pesadilla. Hemos comenzado la temporada de una forma increíble: ganamos en Barcelona, Badajoz y Córdoba. Ahora, en Castellón, tenemos por delante nuestra cuarta final consecutiva.
Sin embargo, a pesar de que los resultados son maravillosos, la voz que resuena en mi cabeza, esa que no consigo acallar, sigue preguntándome, una y otra vez, hasta cuando seguiré con Juan de pareja.
El momento ha llegado, nuestra trayectoria nos ha llevado ante una nueva final. Cuando leo nuestras estadísticas en algún medio de comunicación, me sigo sorprendiendo de todo lo que hemos logrado. Conozco a jugadores buenísimos que no han tenido la oportunidad de jugar ninguna final y eso hace que valore muchísimo el haber podido disputar tantas. Sin embargo, de lo que más orgulloso estoy es de que ni mi compañero ni yo hayamos bajado la guardia en ningún momento. Seguimos dándolo todo como si cada partido fuera el más importante de nuestra carrera.
Estamos en el túnel de vestuarios, esperando a que suene la música. El gran speaker y amigo, Óscar Solé, nos anunciará de un momento a otro y saldremos a la pista.
Empieza el espectáculo.
No os podéis imaginar lo que se siente cuando escuchas tu nombre por los altavoces del pabellón, sales caminando por el túnel de vestuarios y saludas a la gente que abarrota las gradas; la música a todo volumen y todo el público coreando tu nombre. Es una inyección de adrenalina increíble. Si no estás a tope física y mentalmente esos instantes, esos segundos, hacen que tu corazón bombee con más fuerza; se encienden todas las luces y sabes que la batalla está a punto de empezar. Es hora de que mente y cuerpo estén a pleno rendimiento. A partir de ese momento, ya no hay amigos. Todo el compañerismo que existe fuera de la pista entre los jugadores profesionales que participan en el circuito queda fuera de ella. Solo puede ganar una pareja. En la cancha no hay amistad que valga. Voy a dar hasta el último aliento para ganar otra vez.
Enfrente tenemos a Pablo Lima y a Juani Mieres, la pareja número dos del mundo. Es la cuarta final consecutiva que jugamos contra ellos y en las tres anteriores hemos conseguido ganarles, pero con muchísimo esfuerzo. Si queremos vencerlos esta vez no va a ser diferente, no van a ponérnoslo fácil. Vamos a tener que jugar al cien por cien desde el primer minuto, sin excusas.
Arranca el primer set. Cuando jugamos contra parejas como la que tenemos en frente, nos enfrentamos a dos fueras de serie. Sin embargo, en este caso, el jugador que está en el revés, Juani Mieres, no es un pegador nato; cuando digo que no es un pegador, que nadie me malinterprete: si le dejas una bola alta, te la va a mandar fuera del recinto. Lo que quiero decir es que no es un pegador como Miguel Lamperti o Paquito Navarro, cuya primera opción siempre es intentar sacar la bola de la pista. Juani tiene muchísima paciencia y solo le pegará si realmente lo ve factible. Eso le hace muchísimo más peligroso. Arriesga solo en contadas ocasiones y falla poquísimo. No en vano, son la pareja número dos del mundo.
Cuando nos enfrentamos a un tándem de estas características, solemos emplear una estrategia que consiste en que Juan le tira un globo al jugador que está en el revés y enseguida sube a la red. Así logramos que el jugador que recibe el globo, en este caso Juani Mieres, cambie el smash hacia mí. Con esto conseguimos que yo inicie el juego desde el fondo de la pista, mientras mi compañero ya está en la red, en posición de ataque.
En el primer set, imponemos un ritmo muy alto. Es una de nuestras características: intentar imprimir nuestra velocidad desde el principio. Ganamos el set: 6-2. Y aun así, no acabo de estar cómodo. No sé lo que me pasa, pero siento que algo no va del todo bien.
Comienza el segundo set y ellos empiezan a apretarnos muchísimo, hasta lograr que cometamos bastantes errores no forzados. Nos ganan 6-3. No estamos jugando bien, es obvio, hemos cometido fallos poco habituales y eso me quema por dentro. Si pierdo porque los rivales han jugado mejor que yo, me quito el sombrero, les felicito, y al día siguiente me pongo a entrenar para mejorar y que no vuelva a ocurrir. Sin embargo, si perdemos porque no lo estamos dando todo, porque hemos bajado el ritmo o porque no estamos concentrados, como ocurre en esta final, ahí me enciendo y no me lo perdono. En esto soy implacable.
Lo peor de todo es que nos estamos reprochando los errores y, con ello, estamos perdiendo la concentración en el juego. Eso, en una final contra la pareja número dos del mundo, se paga. No es extraño, pues, que perdamos el tercer set: 6-3.
No comprendo qué nos pasa, pero casi ni nos miramos a la cara. La tensión se palpa en cada punto, en cada error no forzado, en cada descanso del partido donde nos sentamos en nuestros asientos sin hablarnos, sin mirarnos, esperando que pase rápido el tiempo para volver a entrar en la pista.
Empieza el cuarto set. O mucho cambia la situación o aquí acabará el partido. Atrás han quedado los gritos de apoyo y ánimo que siempre nos damos antes de saltar a la pista. Ahora, por el contrario, las recriminaciones cada vez son más duras. Le estoy diciendo barbaridades a mi compañero. “¿Cómo puede ser que en casi trece años no hayas aprendido a restar?”, le suelto. Yo sé que Juan en un partido puede fallar uno o dos restos por cada juego, pero es así desde que empezamos a jugar juntos, hace bastante más de una década. Yo también tengo un montón de fallos. Sin embargo, hoy me atrevo a decirle esa tontería a la cara y en pleno partido al que considero el mejor jugador de la historia, a mi compañero desde hace tanto tiempo, al deportista con el que he sido tantos años el número uno.
Las luces de emergencia se encienden, se vuelven locas. No podía ser de otra manera: perdemos el cuarto set. Otra vez 6-3. Pablo y Juani ganan el campeonato de Castellón.
Lógicamente, después del partido y de la entrega de premios, todo queda solucionado. Creo que fuera de la pista no me he enfadado con Juan ni una sola vez desde que lo conozco. Así pues, en cuanto las pulsaciones van recuperando su ritmo habitual, todo queda zanjado.
