Belladona - Michael Connelly - E-Book

Belladona E-Book

Michael Connelly

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Beschreibung

Connelly nos presenta a su nuevo detective: Stilwell. Un policía que sigue su misión sin descanso en la aparentemente idílica isla Catalina. El sargento detective Stilwell, del departamento del sheriff, ha sido «desterrado» a una discreta comisaría en la apacible isla de Catalina después de perder su puesto en la brigada de homicidios de Los Ángeles por decisiones políticas en el seno del departamento. Mientras se ocupa de los habituales casos de borrachos, alborotadores y pequeños robos que caracterizan a su nueva jurisdicción, Stilwell recibe el aviso de que hay un cadáver sumergido con un ancla en las aguas del puerto, una mujer identificable únicamente por un mechón morado en el pelo. Al mismo tiempo, una denuncia por caza furtiva en una reserva natural protegida deriva en un caso cargado de violencia y peligro a medida que el detective investiga a fondo el turbio pasado de un pez gordo de la isla. Stilwell, cruzando todos los límites del protocolo y la jurisdicción, trabaja empecinadamente en los dos casos. Pese a las trabas que le causa una vieja rencilla con un excolega decidido a boicotearlo a cada paso, está convencido de que es la única persona capaz de hacer justicia por la mujer conocida como Belladona. Su investigación no tarda en desvelar secretos celosamente guardados y el oscuro corazón de la serena isla que tenía que ser su refugio de los males de la gran ciudad.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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MichaelConnelly

Belladona

Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno

Para Callie

1

La capa de niebla era tan espesa como algodón y había formado un muro de trescientos metros que amortajaba el acceso al puerto. El Adjourned llegaba tarde y Stilwell lo esperaba en su John Deere Gator junto al muelle de repostaje, detrás del Casino. El puerto estaba casi vacío. Las boyas de amarre rojas y naranjas flotaban libremente, alineadas sobre una superficie plana como un cristal. Stilwell sabía que, en cuanto se disipara la niebla, empezarían a llegar los habituales del fin de semana. Desde capitanía de puerto se había informado de que todos los amarres estarían ocupados durante el primer fin de semana largo del verano. Stilwell estaba preparado.

Oyó que otro vehículo se detenía detrás del suyo. Un carrito eléctrico. Lionel McKey no tardó en sentarse en el asiento del copiloto, junto a Stilwell.

—Buenos días, sargento —dijo—. Suponía que te encontraría aquí. ¿Esperando el Adjourned?

—¿Qué puedo hacer por ti, Lionel? —preguntó Stilwell.

—¿Algo que comentar sobre las mutilaciones en la reserva? Tengo cuatro horas hasta el cierre.

—Mutilación, no mutilaciones. Una mutilación. La investigación continúa y no tengo nada nuevo de lo que informar ahora mismo. Cuando llegue el momento, serás el primero en saberlo.

—¿Es una promesa?

—Es una promesa.

Una sirena sonó entre la niebla y recalcó la respuesta de Stilwell. El sargento supo por el tono que el Catalina Express estaba a punto de surgir de la niebla. Le gustaba ir a ver las llegadas y contar el número de turistas que acudían creyendo que el Casino era un casino, solo para descubrir que en realidad era un gran salón de baile y un cine. Lo hacía casi todas las mañanas que tenía libres. Pero ese día recibir al Adjourned era más importante que contar pardillos.

—Dime, ¿qué vas a poner en el periódico? —preguntó.

—Bueno, no mucho —dijo McKey—. No quiero parecer idiota, la verdad.

—Me parece prudente.

—¿Por qué? ¿Sabes algo?

—No, pero está bien que uses el sentido común, Lionel. ¿En serio crees que fue un encuentro con extraterrestres?

—No, la verdad es que no.

—Pues ahí lo tienes. ¿Cuál es tu hora límite?

—Las dos.

—Si algo cambia antes de esa hora, me aseguraré de hacértelo saber.

—De acuerdo, gracias. Estaré en el Call.

—Y tengo tus números.

—Buen fin de semana.

—Ya veremos, será movido.

—Claro. —McKey bajó del Gator y volvió a su carrito eléctrico.

Mientras se alejaba, Stilwell vio el logotipo del Catalina Call, con las dos ces unidas, pintado en el panel lateral.

Al cabo de unos segundos, la proa del Express se abrió paso a través de la capa de niebla y se dirigió hacia la terminal de transbordadores, al otro lado del puerto.

Siguiendo su estela, unos cincuenta metros por detrás, iba el Adjourned. Había sido una decisión inteligente seguir al barco más grande a través de la niebla en lugar de entrar a ciegas. El capitán y la tripulación del Express contaban con los instrumentos de navegación más modernos.

El Adjourned era un Viking 35 de cuarenta años. El juez Harrell lo mantenía limpio y bien cuidado. Era blanco, con un característico ribete azul y una lona a juego sobre las ventanas del salón. Stilwell vio que enfilaba la primera calle de amarres, pasaba el muelle flotante detrás del Black Marlin Club y llegaba a la última boya naranja. Harrell apagó los motores y usó un bichero para enganchar el cabo debajo de la boya. Llevaba un traje de neopreno, lo que le indicó a Stilwell que no necesitaría un bote para ir a recogerlo. El juez amarró el barco con rapidez, luego bajó a la popa lanzada y saltó al agua fría.

Stilwell salió del Gator y fue a abrir la caja de almacenaje de la parte trasera. Sacó dos toallas a rayas verdes y blancas y colocó una de ellas sobre el asiento del pasajero. Para cuando terminó, Harrell ya estaba subiendo la escalera hacia el muelle de repostaje.

Stilwell le lanzó la otra toalla.

—Parece que hay una buena niebla, señoría —dijo.

—He usado el Express de lazarillo —explicó Harrell. Antes de subir al Gator, se secó el traje de neopreno y se cubrió la cabeza con la toalla.

—Lo he visto —dijo Stilwell—. Bien jugado.

—De todos modos, lamento llegar tarde —repuso Harrell—. He llamado a Mercy y ya lo ha preparado todo.

Harrell se sentó en el vehículo sobre la toalla que Stilwell había extendido.

—Sí, señoría —dijo Stilwell—. Solo unos cuantos altercados de borrachos y uno precario.

—Hábleme del precario —pidió el juez.

Stilwell rodeó el Casino para dirigirse al juzgado de la ciudad.

—Bueno, técnicamente, es un robo en una vivienda ocupada y con agravante por arma de fuego —contó Stilwell—. Pero la persona que vive en la casa es la exnovia del sospechoso y él asegura que estaba robando su propia Glock, porque tenía miedo de que la mujer pudiera hacerse daño con el arma.

—Qué noble —dijo Harrell—. ¿Conoce a ese hombre?

—Kermit Henderson, nacido y criado aquí. Trabaja en el campo de golf; corta el césped y hace trabajos de mantenimiento. La novia es Becki Trower, también de la isla. Estaba pensando que tal vez su señoría podría ofrecerle un acuerdo como el de Sean Quinlan y que nos haga mantenimiento en la comisaría. Sobre todo, porque Sean está terminando de cumplir condena.

—De acuerdo, lo escucharemos. Si no hay nada más, puede que vaya a pescar más tarde.

—También está esto.

Stilwell se inclinó hacia delante, metió la mano en el bolsillo trasero y sacó el documento que esa misma mañana había impreso y doblado a lo largo para que le cupiera. Se lo entregó al juez, y este lo desplegó y empezó a leer.

—Orden de registro —dijo Harrell.

Se quedó en silencio al leer el resumen y la declaración de causa probable. Luego negó con la cabeza; no porque no estuviera de acuerdo con nada de lo que había leído, sino porque lo exasperaba.

—¿Tiene un bolígrafo? —preguntó.

Stilwell sacó uno del bolsillo de la camisa y se lo entregó a Harrell. El juez garabateó su firma en la línea correspondiente y le devolvió el bolígrafo y la orden al sargento.

—Hace mucho tiempo que dejé de intentar comprender por qué la gente se hace daño —dijo Harrell—. Pero la crueldad con los animales todavía me afecta. Si este tipo hizo lo que sospecha, más le vale que encuentre un buen abogado y que el caso no me toque a mí.

—Lo entiendo —repuso Stilwell—. Me pasa lo mismo.

Al cabo de unos minutos, estaban en el complejo judicial de Sumner Avenue. Stilwell y Harrell entraron en la comisaría del sheriff, donde el juez guardaba su ropa y su toga negra en una taquilla. Stilwell abrió los calabozos para que Harrell pudiera usar la ducha y vestirse para ir al tribunal. Kermit Henderson, sin recursos para pagar la fianza, estaba en una de las celdas. Observó el paso del juez, que fue dejando huellas mojadas en el linóleo gris.

Stilwell no vio a Sean Quinlan por ninguna parte. Le envió un mensaje de texto para pedirle que fregara el calabozo después de que el juez terminara de ducharse y vestirse. Sería su última tarea, ya que el magistrado estaba dispuesto a poner fin a su libertad vigilada.

Stilwell entró en la sala del tribunal y vio que Mónica Juárez ya estaba en su sitio en la mesa de la acusación. Mercy Chapa ocupaba la mesa del secretario judicial para cumplir con su empleo de una mañana a la semana. El resto del tiempo era administradora, telefonista y supervisora general de la comisaría del sheriff, y la mano derecha de Stilwell.

Juárez era una mujer bajita, de tez morena. Su cabello negro y rizado enmarcaba un rostro delgado, pero no ocultaba por completo la cicatriz blanquecina que le recorría el lado izquierdo de la mandíbula. Stilwell nunca le había preguntado por ella, pero pensaba que probablemente guardaba alguna relación con el motivo por el que se había hecho fiscal. Tenía unos treinta años y estaba asignada al tribunal superior de Long Beach. Al igual que el juez Harrell, venía a Catalina una vez a la semana para ocuparse de los casos de la isla, pero ella prefería viajar la noche anterior en el Express, alojarse en el Zane Grey a expensas del condado y luego ir directa al juzgado por la mañana.

—El juez se está preparando —le informó Stilwell—. Probablemente, empezará con Henderson. Después, van los delitos menores. ¿Me necesitarás para eso?

—No, parecen bastante rutinarios —dijo Juárez.

—He ido a buscar al juez y hemos hablado de Henderson. Creo que le va a ofrecer una suspensión de condena si se encarga de hacer el mantenimiento por aquí durante unos meses.

—Se lo acusa de posesión de arma.

—Técnicamente, sí. Pero estaba robando su propia arma. No la llevaba consigo.

—¿Y lo crees?

—Sí, porque la víctima, su ex, reconoció que tenía el arma de Henderson y que no se la devolvió cuando lo puso en la calle. Su declaración está ahí.

—Todavía no la he visto. Acabo de empezar a mirar el expediente.

Stilwell se dio cuenta de que la fiscal no había hecho los deberes la noche anterior en el Zane Grey.

—Bueno, ya llegarás. Te dejo que lo leas mientras voy a ver cómo le va al juez.

Lo que realmente quería hacer Stilwell era ejecutar la orden de registro que Harrell había firmado. Volvió al ala del edificio que albergaba la comisaría del sheriff y vio a Ralph Lampley en la sala de trabajo, comiendo una magdalena de arándanos en el escritorio que compartía con los otros ayudantes del sheriff. Lampley era el más veterano de la comisaría de Catalina y la razón de que estuviera en la isla era que el Departamento del Sheriff lo consideraba un lastre en los distritos de alta criminalidad. Aunque solo tenía veintiocho años, ya había estado involucrado en dos muertes por disparos mientras patrullaba en el condado de Los Ángeles. Ambos casos habían acarreado demandas por homicidio culposo, que en ese momento continuaban en litigio y en las que había en juego decenas de millones de dólares. El departamento lo había exculpado en investigaciones internas, porque, de lo contrario, las demandas resultarían indefendibles. A Lampley se le permitió conservar su placa, pero lo trasladaron a la unidad de la isla Catalina, donde confiaban en que mantendría su arma enfundada. Se rumoreaba que iban a despedirlo en cuanto se resolvieran las demandas o se alcanzara un acuerdo prejudicial.

—Lamp, ¿por qué no estás en la calle? —preguntó Stilwell.

—Porque el puto Fernando pasó de cargarme el bugui —dijo Lampley—. Estoy esperando a tener al menos media carga antes de salir a la calle.

Se refería al vehículo utilitario de trabajo que compartía con el ayudante del turno de noche. En otras circunstancias, Stilwell se habría enfadado con Ángel Fernando por no cargar el carrito al terminar su turno esa mañana. Era la tercera vez en un mes. Era el último ayudante llegado del continente, donde no patrullaban en carritos de golf eléctricos, y tenía la costumbre de olvidarse de cargarlo al final del turno. En lugar de centrarse en la falta de atención de Fernando a las rutinas de su trabajo, Stilwell vio la oportunidad de salir de la comisaría.

—Vale, entonces, ¿puedes terminar ahí y encargarte del tribunal esta mañana? —le preguntó a Lampley—. Tengo que ir a entregar una orden de registro y necesito que alguien lleve a Kermit al tribunal una vez que el juez esté en el estrado.

Lampley habló con la boca llena de magdalena.

—Sí, yo me encargo —dijo—. ¿Esa orden es para el caso de mutilación?

—Sí —contestó Stilwell—. Pero no se lo digas a nadie.

—Claro. Vaya, sargento. Yo me encargo del tribunal.

—No creo que tarde mucho. Una vez que tengas una carga decente, pregúntale al juez si quiere que lo lleves a su barco después del juicio.

—Lo haré.

Stilwell salió de la comisaría, tomando mentalmente nota para volver a recordar a Fernando que dejara el carrito de patrulla cargándose al final del turno. Como sargento detective asignado a la comisaría de Avalon, Stilwell era la máxima autoridad policial de la isla. Esa distinción acarreaba una serie de labores administrativas y de organización que aceptaba a regañadientes. Tener que recordar a un ayudante del sheriff veterano que enchufara su carrito de golf al final de su turno no era una de sus tareas favoritas.

2

Stilwell se dirigió al distrito industrial del sur de la ciudad. Junto a la planta desalinizadora había un laberinto de almacenes, entre ellos la nave de Island Mystery Tours. La puerta del garaje estaba abierta y Stilwell detuvo el Gator delante para que ningún vehículo pudiera salir. Un hombre con un mono azul sucio apareció de entre las sombras de uno de los puntos de carga y Stilwell supuso que probablemente había estado durmiendo allí. Tenía el pelo apelmazado en un lado. Daba la impresión de que no se había afeitado en una semana y los ojos inyectados en sangre detrás de las gafas indicaban que tenía resaca.

—Hola, ¿qué pasa? —preguntó el hombre.

—Soy el sargento Stilwell, de la oficina del sheriff. Tengo una orden de registro para este local.

—¿Orden de registro? ¿Qué coño?

—¿Cómo se llama, señor?

El hombre señaló un parche ovalado en el lado izquierdo de su mono.

—Henry.

—¿Henry qué?

—Gaston.

—Bueno, Henry, aquí está la orden, y voy a necesitar que se aparte y me deje entrar.

Stilwell le entregó el documento que antes había firmado el juez. Gaston alargó el brazo para sostener el papel a distancia suficiente para poder leerlo, a pesar de que llevaba gafas.

—Dice que está buscando sangre de animal —dijo—. Eso es de locos. Aquí no hay sangre.

—Voy a buscar de todas maneras —repuso Stilwell—. El juez ha firmado su autorización esta mañana.

—Es usted el tipo nuevo que pusieron a cargo de la comisaría, ¿eh?

—Si por «nuevo» se refiere a hace un año, entonces, sí, ese soy yo.

—Mire, voy a tener que llamar a Baby Head.

Stilwell se dirigió a la parte trasera del Gator y abrió el compartimento de almacenaje. Sacó un par de guantes desechables, una linterna y la botella de Bluespray que guardaba en el kit que había preparado cuando trabajaba en homicidios en el continente.

—Puede llamar a quien quiera —le dijo a Gaston mientras lo recogía todo—, pero voy a llevar a cabo el registro ordenado por el tribunal ahora mismo.

Cerró el compartimento y se dirigió directamente hacia Gaston, aunque había mucho espacio en la entrada del garaje para rodearlo. Gaston, intimidado por el movimiento, retrocedió y se apartó. Sacó un teléfono móvil del bolsillo y empezó a llamar.

Stilwell entró en el garaje y vio que en el lado izquierdo se alineaban puntos de carga vacíos. Todos los carritos para turistas estaban presumiblemente en uso o, al menos, en el puerto, listos para toda la gente que llegaba en barco. El lado derecho del garaje era el lugar donde se reparaban o se desmontaban para aprovechar piezas. Había dos vehículos de seis plazas en diversas fases de desmontaje. Uno estaba en un elevador porque no tenía ruedas. El otro necesitaba una reparación de carrocería porque la parte delantera de fibra de vidrio se había astillado, al parecer, a consecuencia de un impacto.

Al fondo del garaje, en el lado derecho, un banco de trabajo en forma de L llamó la atención de Stilwell. Detrás había un tablero de clavijas con herramientas colgadas. El sargento rodeó los dos carritos rotos para echar un vistazo. Gaston lo había seguido hasta el interior de la nave y estaba de pie en el centro, hablando por teléfono con alguien.

—Tiene una orden para registrar esto —dijo—. No he podido impedírselo.

Stilwell examinó el tablero hasta que posó la mirada en una sierra con una hoja larga y un mango de plástico azul.

—Eh, ahora mismo está en la parte de atrás, junto a las herramientas —dijo Gaston—. ¿Vas a venir?

Stilwell sacó su teléfono y tomó una foto de la sierra colgada en el tablero. A continuación, se puso los guantes y la descolgó. Bajó el haz de la linterna y examinó la hoja con atención. No tardó mucho en determinar que era nueva. No se apreciaban arañazos en la superficie de acero inoxidable ni corrosión por el aire salado; además, los dientes estaban impecables, no presentaban el menor signo de haber cortado siquiera un trozo de mantequilla.

No obstante, el mango de plástico de la sierra se veía viejo y mostraba las marcas del tiempo y el uso. Solo la hoja era nueva.

—Es una sierra para cortar tubos —explicó Gaston—. La usamos sobre todo con fibra de vidrio y PVC.

Había aparecido detrás de Stilwell. Ya no estaba al teléfono.

—¿Corta algo más con ella? —preguntó Stilwell.

—Las usamos con los carritos —dijo Gaston—. Los personalizamos. A veces los cortamos por la mitad y, con dos de cuatro plazas, hacemos uno de ocho o de seis. Cosas así.

—No parece que nadie haya estado cortando con esta sierra últimamente. La hoja se ve nuevecita. ¿La cambió hace poco, Henry?

—Eh, no.

—¿Está seguro?

—Claro que estoy seguro.

—Hágame un favor: cierre el garaje y apague las luces del techo.

—¿Por qué?

—Porque, si no lo hace, lo haré yo y podría equivocarme de interruptor.

—Está bien.

Gaston fue a hacer lo que le habían pedido. Stilwell volvió a mirar la sierra. La hoja medía unos cuarenta y cinco centímetros y tenía dientes muy pequeños, adecuados para cortar con facilidad tubos de fibra de vidrio y PVC. Estaba sujeta al mango por dos tuercas de mariposa. Stilwell las giró con el pulgar y el índice para separar la hoja. Gaston tiró de una cadena unida a una polea situada encima de la puerta del garaje y esta comenzó a descender.

Una vez que separó la hoja, Stilwell colocó el mango en el banco de trabajo y examinó primero un lado y luego el otro bajo el haz de su linterna. Las luces del techo se apagaron y la nave se sumió en la oscuridad, salvo por la linterna del sargento y la escasa claridad diurna que se filtraba por debajo de los aleros del tejado ondulado.

Stilwell roció un lado del mango de la sierra con el producto químico del frasco, un compuesto que en presencia de hemoglobina emitía un brillo azul blanquecino. Apagó la linterna y se dispuso a esperar y observar.

—¿Qué pasa? —preguntó Gaston desde la oscuridad.

—Estoy haciendo una prueba presuntiva de sangre —dijo Stilwell.

La explicación solo produjo silencio en el espacio donde estaba Gaston.

Pasó un minuto y no ocurrió nada. Stilwell encendió la linterna, dio la vuelta al mango de la sierra y roció el otro lado con el producto químico. Barrió el garaje con el haz de luz para localizar a Gaston, que se había alejado de la puerta y se había colocado a tres metros de él, a sus espaldas, tratando de observar lo que estaba haciendo.

—Quédese ahí, Henry —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Gaston—. Yo trabajo aquí. Tengo derecho a estar donde quiera.

—Necesito saber dónde está cuando las luces estén apagadas. Más le vale no joderme.

—Está bien. Me quedo aquí mismo, si eso lo hace feliz.

—Gracias.

Stilwell apagó la luz y miró el banco de trabajo. En los agujeros del mango de la sierra donde había estado fijada la hoja se apreciaba un brillo fosforescente azul pálido. Significaba que probablemente se había filtrado sangre en los agujeros y esta no se había eliminado durante la limpieza.

—Puede encender las luces, Henry —dijo Stilwell.

Gaston volvió al interruptor y las luces del techo se encendieron. Stilwell se acercó a la puerta del garaje sosteniendo el mango de la sierra con una mano enguantada.

—Ábrala —dijo.

Gaston tiró de la cadena y la puerta del garaje empezó a subir.

—¿Qué significa eso de «presumitiva»? —preguntó.

—«Presuntiva» —lo corrigió Stilwell—. Significa que aparentemente hay sangre, pero el laboratorio tendrá que confirmarlo.

—Entonces, ¿se la lleva?

—Con la autoridad que me confiere la orden de registro, sí. ¿Con quién estaba hablando por teléfono, Henry?

—He llamado a Baby Head. Está en camino.

—No va a cambiar nada. Me la llevo de todas formas.

Stilwell se acercó al Gator y sacó una bolsa de pruebas del compartimento de almacenaje. Metió el mango de la sierra en ella, la precintó y escribió la fecha, la hora y el número de la orden de registro con un rotulador rojo. Puso la bolsa en el compartimento de almacenaje y lo cerró con llave.

Se dirigió al asiento del vehículo y cogió un talonario de recibos del estante situado debajo del salpicadero. Gaston estaba de pie en la entrada del garaje, observando.

—Voy a darle un recibo por el mango que me llevo —dijo.

—¿Para qué me sirve? —preguntó Gaston.

—Cadena de custodia de documentos.

—¿«Cadena de custodia»?

—Es un registro de quién ha manipulado las pruebas y adónde han ido.

—¿Pruebas de qué?

—Mire, Henry, no creo que Baby Head fuera allí y mutilara al búfalo él mismo. Es demasiado listo para eso. Supongo que le pidió a alguien que lo hiciera. Enviaré este mango de sierra a un laboratorio del continente. Si la sangre que tiene coincide con la del búfalo mutilado, volveré. Son animales protegidos y matar uno es un delito grave. Vamos a tener un fin de semana complicado y seguramente estaré hasta arriba con borrachos y alborotadores. Estoy pensando en tomarme el martes libre para recuperarme y luego llevaré esto al laboratorio el miércoles o el jueves. Calculo que, a partir de ahí, tardarán unas semanas en ocuparse. Los homicidios de humanos tienen prioridad. Pero, una vez que lo entregue, no hay vuelta atrás. Así que voy a darle hasta entonces, hasta el miércoles, para que venga, hable conmigo y busquemos una solución. Después de eso, ya no estará en mis manos.

Stilwell arrancó la copia amarilla del recibo y se bajó del Gator. Se acercó a Gaston para entregársela.

—El miércoles, Henry —dijo.

Todo era un farol. Sabía que el laboratorio aplicaría prioridad negativa a su solicitud de ADN. Tendría suerte si obtenía resultados antes de fin de año.

—Baby Head no va a permitir esta mierda —repuso Gaston—. Tiene contactos.

—Sí, yo también —repuso Stilwell.

El sargento se subió al John Deere, giró la llave y se alejó de la nave marcha atrás. En la calle, puso la marcha adelante, pero se vio bloqueado cuando otro carrito eléctrico se paró delante de él. Era un vehículo de seis plazas de Island Mystery Tours. Tenía un alienígena de papel maché verde tumbado boca abajo en el techo, con las manos de tres dedos agarrándose a los laterales como si se aferrara a la vida.

Oscar Baby Head Terranova, el propietario y gerente de la franquicia, bajó del vehículo y se acercó a Stilwell.

—¿Qué diablos estás haciendo, Stilwell? —preguntó enfadado.

—No me cabe duda de que Henry ya se lo ha contado por teléfono —dijo Stilwell—. Tiene una copia de la orden de registro y el recibo. Puede deducirlo a partir de ahí.

Se estaba formando una línea de sudor en el cuero cabelludo bien afeitado de Baby Head. Tenía un tatuaje de un anillo de diamantes en el cuello, debajo de la oreja izquierda, y todo el brazo derecho cubierto de imágenes de calaveras, flores y un número de tres dígitos que Stilwell no reconoció, pero que supuso que era el código de área de su lugar de origen.

—Te equivocas de persona —afirmó.

—Podría ser —dijo Stilwell—. No sería la primera vez ni la última.

—Sé lo que te traes entre manos. Todos lo sabemos. Estabas en la cuerda floja cuando llegaste aquí y ahora estás a punto de caer. Espero que caigas de pie.

—¿Puede mover su vehículo, señor? Tengo que volver a la comisaría.

—A la mierda.

Terranova subió de nuevo a su carrito y pisó el pedal. Avanzó hacia la nave, lo que obligó a Gaston a apartarse rápidamente.

Stilwell regresó a la ciudad, no sin antes detenerse un momento en la cima del Ada para disfrutar de la belleza de las montañas y del puerto en forma de media luna que se extendía por debajo. El Casino parecía una magdalena con glaseado rojo. Habían llegado varios barcos desde que había ido a recoger al juez.

Al llegar de nuevo a la comisaría, Stilwell vio que Lampley estaba a punto de salir en su carrito de patrulla recién cargado. Se detuvo junto a él.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Lampley.

—He encontrado sangre en el mango de una sierra —dijo Stilwell—. La llevaré al laboratorio a ver qué pasa.

—No se haga ilusiones.

—No me haré ilusiones. ¿Te has encargado de los juicios?

—Sí, ha ido rápido.

—¿Qué ha pasado con Kermit?

—Harrell le ha impuesto tres meses de servicio comunitario. Le ha dicho que trabajaría en comisaría.

—Perfecto. Haré una lista de tareas y la pondré en la pizarra. Todos pueden agregar cosas.

—Vale.

—¿Adónde vas ahora?

—Solo a hacer la ronda. Aún no hay llamadas. La calma antes de la tormenta.

—Entendido.

Stilwell le hizo un saludo militar y llevó su Gator a la plaza de aparcamiento que tenía asignada. Antes de llegar a la puerta de la comisaría, recibió una llamada de capitanía de puerto.

—Soy Tash. Te necesitamos aquí en el muelle de lanchas enseguida.

Tash Dano era la ayudante del capitán de puerto. Stilwell la había conocido en sus rondas cuando lo destinaron a la isla. Se había reunido con todos los que ocupaban un puesto de poder o autoridad en la pequeña comunidad, desde el alcalde de Avalon hasta la segunda del capitán de puerto. La mayoría de ellos se mantuvieron distantes, porque los ayudantes del sheriff asignados a Catalina acostumbraban a ir y venir rápidamente; se marchaban en cuanto quedaban rehabilitados a ojos del personal de mando del continente. La isla tenía fama de ser una estación de paso para los bichos raros y los fracasados del departamento y, por lo tanto, no merecía la pena que los residentes invirtieran tiempo en conocer a su personal. Tash era diferente. Había invitado a Stilwell a comer e incluso le había hecho un recorrido por la isla. Siempre había vivido en Catalina y no tenía ninguna intención de irse. A Stilwell le cayó bien de inmediato.

—¿Qué pasa por ahí? —dijo el sargento.

—¿Conoces a Abbott, el buzo que limpia cascos de barco? —preguntó Tash.

—Sé quién es. Se llama Denzel, ¿verdad?

—Sí. Acaba de llamar y ha dicho que hay un cadáver debajo del Aurora. Dice que tiene una cadena de ancla enrollada. Es un cuerpo humano. No ha podido decir si era hombre o mujer.

Stilwell tardó un momento en entender lo que Tash le estaba contando. Recibía actualizaciones periódicas respecto a los barcos amarrados en el puerto. Recordaba que el Aurora era un yate de alta mar registrado en Venezuela. Había entrado en el puerto dos días antes y había amarrado en la cuarta fila de boyas, donde estaban los barcos grandes.

—De acuerdo, voy para allá —dijo Stilwell—. Dile a Abbott que me espere en el muelle de lanchas.

—Lo haré —contestó ella.

—Y, Tash, ¿hasta cuándo se queda el Aurora?

—Hasta hoy. Se van hoy.

—¿A qué hora?

—En cualquier momento. Tienen la boya hasta las cuatro de la tarde, pero pueden zarpar cuando quieran.

—Puede que tengamos que hacer algo al respecto. Seguramente querré retenerlos en el puerto si lo que Abbott dice que ha visto es cierto.

—¿Quieres que llame a la Guardia Costera? Podrían detenerlos.

—Quiero confirmar que hay un cadáver antes de empezar a llamar a las tropas.

—Entendido. ¿Cómo vas a hacerlo?

—Voy a pedirle a Abbott que me lleve abajo.

—Ah.

—¿Algún problema?

—No. Solo ten cuidado.

—Entendido. Lo tendré.

Stilwell entró en la comisaría para coger su traje de neopreno.

3

El agua estaba fría. Stilwell sentía como si le clavaran agujas de hielo en los oídos mientras descendía. La mayor parte de su cuerpo estaba protegido por el traje de neopreno que había conservado de sus días en el equipo de buceo del Departamento del Sheriff, pero los pies, el cuero cabelludo y las orejas permanecían expuestos a la baja temperatura.

Sintió una sensación de déjà vu mientras descendía. El frío. El sonido de su propia respiración mesurada en la máscara de buceo. El movimiento lento y el silencio de las cosas bajo el agua.

Siguió a Denzel Abbott hacia el fondo, ambos con tubos conectados al compresor que estaba en la lancha del buzo. Stilwell notaba en la boca y en los pulmones que el aire que fluía por el tubo era fétido, rancio y aceitoso. Contuvo las náuseas mientras se hundía con la ayuda del cinturón de plomo que le había prestado Abbott.

El sol ya había disipado la niebla cuando Stilwell regresó al puerto después de la llamada de Tash Dano. Abbott le explicó que estaba arrancando percebes del casco del Aurora cuando un destello metálico brillante a veinticinco metros de distancia captó su atención. Bajó más para investigar y lo que vio le produjo arcadas. Estaba casi seguro de que se trataba de un cadáver, envuelto en algo negro y anclado, pero no se acercó para determinar más detalles.

Stilwell y Abbott se sumergieron a unos diez metros de la popa del Aurora. Rayos de luz atravesaban el bosque de algas que se elevaban desde el fondo, hebras de hojas verdes sobrenaturales que se extendían lánguidamente hacia la luz del sol y se mecían con la corriente como una fila de bailarines sincronizados. Stilwell vio en ese momento el reflejo de un ancla de metal pulido.

Avanzaron a través de la sombra del casco del Aurora mientras continuaban descendiendo. El cadáver, si es que era tal, se hallaba a diez metros de profundidad. Abbott lo había descrito bien: una figura humana hinchada a punto de asomar por una raja de lo que parecía una gran bolsa negra cerrada con una cuerda de ancla trenzada y una pesada cadena galvanizada. Esta se extendía un metro hasta un ancla enganchada en un afloramiento de coral. Una larga melena oscura había salido por la abertura en el plástico negro y flotaba en la corriente. Stilwell vio que la melena estaba unida a un cuero cabelludo blanco. Al acercarse, se dio cuenta de que parecía un macabro globo decorado, zarandeado por la corriente del fondo del puerto.

El sargento llevaba guantes de buceo que había sacado de su taquilla de la comisaría junto con el traje de neopreno. Con un dedo abrió el cordón de la bolsa negra hasta que vio un rostro. Tenía un aspecto cerúleo y deforme por la hinchazón producida por los gases de descomposición. Apenas podía reconocerse como un ser humano, pero Stilwell sabía por sus experiencias en el mundo azul que se trataba de una persona.

Se fijó en un reflejo de tinte morado en el cabello oscuro y supuso que se hallaba ante los restos de una mujer. Había líneas de fisura en el rostro que podrían haber sido ocasionadas por la descomposición, una depredación causada post mortem por la fauna marina o una lesión sufrida antes de la muerte. La imagen le trajo recuerdos de víctimas que había visto como buzo recuperador de cadáveres, horrores que creía haber dejado atrás. En la jerga de los profesionales, los llamaban flotadores o sumergidos, según las circunstancias. Eran términos que utilizaban para deshumanizar y compartimentar lo que veían en las turbias profundidades. Pero Stilwell no podía olvidarlos: la niña en el fondo del lago Piru, con los ojos mirando hacia la luz y a un dios que no la había salvado; el hombre con traje y corbata, y las gafas de sol aún puestas, con bloques de hormigón atados a los pies en la presa de Bouquet; el bebé en el asiento trasero del coche que habían hecho caer intencionadamente por la grada del lago Castaic. Todos encontrados en las profundidades de un mundo azul que era tranquilo, silencioso y, sin embargo, letal.

Estaba claro que ese cuerpo llevaba tiempo en el agua. Cuatro días, como mínimo. Stilwell apartó su atención de los ojos pálidos de la mujer muerta y desplazó la mirada por la cadena hasta el ancla que había impedido que el cadáver subiera a la superficie. Era un ancla de arado que se había enganchado a la perfección en la cornisa de coral.

Stilwell conocía las etapas de la descomposición en agua fría. El cuerpo, lastrado y sumergido, había quedado anclado al fondo hasta que los microorganismos de los intestinos empezaron a producir gases. Eso provocó una hinchazón que incrementó la flotabilidad, con lo que el cadáver comenzó a subir a pesar del peso del ancla y la cadena. Quien había arrojado la mujer al agua no había previsto esos cambios.

El cuerpo y la cadena del ancla ganarían la suficiente flotabilidad para moverse fácilmente con las corrientes, saltando a través de los lechos de coral y las algas del fondo hasta que por fin emergiera o se quedara enganchado en algo. Stilwell había recuperado un cadáver del lago Apollo que estaba encajado en una lavadora vieja que habían arrojado desde un barco. El enganche del ancla en la cornisa de coral era solo temporal. Stilwell sabía que podía soltarse con el cambio de corriente en la siguiente marea.

Observó que el ancla no era de un barco grande, como el Aurora. Calculó que pesaba unos cinco kilos. El acero inoxidable que al inicio había llamado la atención de Abbott era para aparentar. No era un ancla galvanizada contra la corrosión y almacenada en un compartimento del barco. Probablemente, había estado colocada sobre unos rodillos de goma en la proa, reluciente y a la vista, unida a un estopor que la bajaba y subía con solo pulsar un botón desde la caseta de gobierno. El ancla no había salido de una embarcación de faena. Era de un barco de recreo, un velero, tal vez. El tipo de embarcaciones que llenaban el puerto de Avalon todos los fines de semana.

Ya había visto suficiente. Necesitaba salir a la superficie para vaciar los pulmones de los vapores de combustible y llamar al equipo de buceo, a la unidad de homicidios y a los investigadores del forense. No iba a ser su caso y se alegraba de ello.

Se volvió y vio a Abbott de pie en el fondo, a varios metros del cadáver. Tenía los ojos muy abiertos por el susto bajo su máscara de buceo. Stilwell se quitó el cinturón de plomo y se volvió hacia el cuerpo. Envolvió el cinturón alrededor del ancla, con la esperanza de evitar que el cuerpo se alejara con la corriente en caso de que el amarre se soltara del lecho rocoso. No había consultado la tabla de mareas esa mañana y no estaba seguro de cuándo cambiaría de dirección la corriente. Quería asegurarse de que el cadáver no emergiera en el puerto la primera jornada del fin de semana del Día de los Caídos.

A Stilwell le ardían los pulmones por el aire contaminado con gasolina. Señaló la superficie y Abbott asintió y empezó a subir. Él lo siguió y salieron a flote uno a cada lado de la lancha. Stilwell se sujetó a la borda con un brazo y se quitó la máscara. Tragó aire limpio y miró a Abbott, que se aferraba al otro lado de la embarcación.

—Tiene una fuga en el compresor —dijo.

—Ya lo sé —respondió Abbott—, pero no creía que fuera tan grave.

—Pues lo es. Me va a dar un dolor de cabeza del mil.

—Lo siento. Supongo que estoy acostumbrado.

—No se preocupe.

—Entonces, ¿qué pasa ahora? ¿Va a dejarlo ahí?

—Por el momento. Llamaré al equipo de rescate tan pronto como tenga mi teléfono. Le devolverán el cinturón de plomo en cuanto recuperen el cuerpo.

—No me preocupa eso.

Abbott se subió a la lancha, lo que hizo que esta se balanceara violentamente. Stilwell estuvo a punto de recibir un golpe en la barbilla cuando la borda se elevó. Esperó hasta que la embarcación se estabilizó y luego se subió también por el costado.

—Mire a quién tenemos esperando —dijo Abbott.

Stilwell se volvió hacia el muelle de lanchas y vio a Tash Dano de pie junto a Lionel McKey. Con ellos estaba Doug Allen, que cumplía su cuarto mandato como alcalde de Avalon.

—Las noticias vuelan —añadió Abbott.

Stilwell asintió con la cabeza.

—Allá vamos —susurró para sus adentros.

4

El alcalde estaba esperando en el pantalán con los brazos en jarras. Tash y Lionel se mantenían ligeramente separados de Allen. Abbott acercó la proa al embarcadero y Stilwell bajó de la lancha, con una toalla verde y blanca sobre los hombros.

—¿Me van a necesitar más? —preguntó Abbott.

Stilwell se volvió hacia él.

—Los detectives del continente probablemente querrán una declaración —dijo—. Podemos llamarlo. ¿Va a casa o vuelve a sumergirse?

—A casa —respondió Abbott—. No voy a trabajar después de lo que he visto.

Stilwell asintió. Lo entendía. Se volvió y Tash se acercó a él al tiempo que se alejaba del periodista.

—¿Retenemos el Aurora? —preguntó en voz baja—. Quieren irse.

—Pueden irse —dijo Stilwell—. Lo que hay ahí abajo lleva más tiempo en el agua que ellos en la isla. Recuérdales que mantengan el motor al ralentí hasta que salgan del puerto. No quiero que se remueva el fondo.

—Lo haré —aseguró Tash.

A continuación, fue McKey quien se le acercó.

—¿Hay un cadáver? —preguntó.

Antes de que Stilwell pudiera responder, habló el alcalde:

—Espere un momento —dijo—. Un momento. No vamos a decir nada todavía para que se publique. Sargento Stilwell, necesito hablar con usted en privado antes de que se haga ninguna declaración pública.

—De acuerdo —dijo Stilwell—. Por ahora.

—Tiene que volver al muelle —le dijo Allen a McKey.

—Esto es un espacio público, alcalde —se quejó el aludido—. Tengo tanto derecho a estar aquí como usted.

—Claro, claro… —dijo Allen—. Sargento, ¿puede acercarse aquí?

Los dos hombres caminaron hacia el lado opuesto del pantalán, donde no los escucharían.

—¿Ha confirmado que hay un cadáver ahí abajo? —susurró Allen con urgencia.

—Así es —respondió Stilwell con otro susurro.

—¿Y ahora qué pasa? No quiero que salga a la superficie frente al Express. ¿Qué va a hacer?

—Voy a llamar a la unidad de homicidios y al equipo de buceo. No va a salir a la superficie hasta que lo saquemos.

—¿Homicidio…? ¿Está diciendo que se trata de un asesinato?

—El cuerpo está metido en una especie de bolsa con cordón y lastrado con un ancla y una cadena. Eso me dice que es un homicidio.

Allen dio un paso para acercarse más a Stilwell y elevó su susurro a un tono urgente:

—Mire, hay algo que tiene que entender. Los transbordadores están llenos y todas las boyas del puerto están reservadas. Es el segundo fin de semana largo más importante del año para nosotros, después del del Cuatro de Julio, y no quiero que por un crimen este puerto se convierta en un circo.

—Lo entiendo, señor alcalde. Pero vamos a llevar a cabo la investigación que se ordene. Haremos todo lo posible para que los ciudadanos no vean la recuperación del cadáver. Hay formas de hacerlo. Pero, si está sugiriendo que lo dejemos ahí hasta que la isla se vacíe el lunes, está…

—Por supuesto que no estoy sugiriendo eso. Lo que digo es que el asesinato es malo para los negocios. Sean discretos. Y no le digan nada a ese periodista hasta que haya pasado la hora límite. Por mí, puede ponerlo en la edición de la semana que viene. Pero no en la de mañana.

—Haré lo que pueda. Ahora tengo que ir a hacer esas llamadas.

Stilwell se alejó y se dirigió hacia la pasarela del muelle.

—Sargento.

Stilwell se volvió.

—¿Sí? —preguntó impaciente.

—He recibido una queja sobre usted esta mañana —dijo Allen—. Del propietario de un negocio. Oscar Terranova.

—¿En serio? Se ha dado prisa.

—¿Registró su nave?

—Tenía una orden firmada por el juez Harrell. Todo fue perfectamente legal.

—Dijo que no se anduvo con miramientos.

—No sé a qué se refiere. Tenía una orden de registro para las instalaciones. Hice el registro. Baby Head apareció después y no le hizo gracia. Pero eso fue todo.

—De acuerdo, entendido. ¿Puedo preguntar de qué se trataba?

—No, no puede, señor alcalde. Es una investigación en curso. No puedo hablar de ello.

—Nací y crecí en esta isla, sargento. Soy alcalde desde hace dieciséis años. Usted vino y seguro que se irá, como todos los agentes asignados aquí antes. Pero yo seguiré aquí. Amo esta ciudad y quiero protegerla. No me gustan las sorpresas, y menos cuando pueden afectar negativamente la reputación de esta hermosa isla. —Señaló hacia el agua en la dirección donde estaba anclado el cuerpo.

—Lo entiendo —aseguró Stilwell.

—Bien —dijo Allen—. Entonces, estamos en sintonía.

Stilwell asintió y se volvió en lugar de discutir la conclusión del alcalde. Vio que McKey permanecía en el pantalán, pero Tash estaba en el muelle y se dirigía de nuevo a capitanía de puerto.

—Aún no puedo hablar contigo —dijo Stilwell mientras esquivaba al periodista.

—¿Qué quieres decir? —preguntó McKey—. ¿Hay un cadáver ahí abajo o no?

—Aún no puedo decir nada. Habla con Abbott. Él puede contarte lo que vio. Yo no puedo.

—¿Dejas que el alcalde te diga lo que tienes que hacer?

—No. Eso es lo que pasaría estuviera él aquí o no. Estoy siguiendo el protocolo del Departamento del Sheriff, y lo sabes.

Dejó a McKey allí y subió por la pasarela hasta el muelle. Varias personas observaban desde la barandilla. La mayoría de ellos eran lugareños que trabajaban en los puestos de recuerdos del muelle. Se había corrido la voz muy deprisa de que había algo en el agua.

El sargento cruzó Crescent y caminó por Sumner hasta la comisaría. Entró directamente en el vestuario, se quitó el traje de neopreno y se dio una ducha rápida. Luego volvió a ponerse la ropa de trabajo y la cartuchera con su arma. Su despacho sin ventanas, del tamaño de un vestidor, estaba separado de la sala de trabajo y desde allí hizo las llamadas, empezando por la unidad de homicidios. Era un número que se sabía de memoria. No reconoció la voz que respondió y pidió hablar con el capitán.

—Corum.

—Capitán, soy Stil. Tenemos un homicidio aquí. Un cadáver en el puerto. Parece una mujer.

—¿Un flotador?

—Está a unos diez metros de profundidad, sujeta por un ancla.

—¿Está confirmado?

—He bajado y lo he visto yo mismo. Probablemente lleve en el agua unos cuatro días, a juzgar por la descomposición. Aunque es difícil de decir, con la temperatura del agua a quince grados. Necesita a los buzos y a uno de sus equipos aquí.

—Cielo santo, y en viernes.

—Sí, ya tengo al alcalde encima, porque esto se va a llenar hasta la bandera hoy. Los asesinatos son malos para los negocios.

—Vale, escucha: Ahearn y Sampedro son los que están al mando. Tengo que enviarlos. ¿Vas a portarte bien con ellos?

—¿Tengo alternativa?

—No, no la tienes.

—Entonces, envíelos. Puedo llevarlos de la mano si es necesario.

Eso provocó un largo silencio de Corum. Stilwell pensó en la última vez que se había encontrado con Rex Ahearn. Fue cuando había pasado por la unidad de homicidios un domingo por la mañana para vaciar su escritorio. Se sorprendió al encontrarlo allí y la cosa se puso fea bastante rápido y llegaron a las manos.

—¿Sabes, Stil?, creo que no quiero que los lleves de la mano —dijo Corum—. Solo indícales la dirección correcta y déjalos hacer su trabajo.

—Bueno, su trabajo es resolver el caso, capitán. Así que buena suerte para conseguir que lo hagan.

—No voy a entrar en eso contigo, sargento detective.

El hecho de que Corum invocara su rango completo y formal hizo que Stilwell comprendiera que había ido demasiado lejos. Intentó resituarse.

—Capitán, ¿su gente organizará el equipo de rescate y el de criminalística, o quiere que yo me encargue de eso?

—No, nosotros nos encargaremos. Tu trabajo ahora es proteger la escena del crimen lo mejor que puedas. Nosotros nos ocuparemos a partir de ahí.

—Entendido.

Corum colgó sin decir una palabra más. Stilwell lamentó haber sacado a relucir sus agravios con Ahearn y Sampedro, pero dejó de lado esa idea y salió de su oficina. Mercy Chapa estaba en su escritorio. Tenía poco más de cincuenta años y no se molestaba en teñirse el cabello gris. Encajaba con su papel extraoficial de mamá gallina de la comisaría. Se encargaba de todas las tareas no relacionadas directamente con el trabajo policial.

—Mercy, ¿puedes localizar a Lampley por radio y pedirle que se reúna conmigo en el muelle de lanchas?

—Claro. Creo que acaba de llevar a Kermit al campo de golf.

—Bueno, dile que se pase por el muelle. Nos encontraremos allí.

—Enseguida, sargento.

Stilwell sacó una radio de la estación de carga que había en la pared, junto al escritorio de Mercy.

—¿Ha habido alguna denuncia de desaparición de la que no me hayan informado? —preguntó—. ¿Alguna cosa?

—No —dijo Mercy—. Recibe todos los informes.

—Claro. ¿Sabes si hay alguien en la ciudad que tenga el pelo largo y oscuro con un mechón morado? Como si se lo hubiera teñido.

—Eh, no. ¿De verdad hay un cadáver en el agua?

—Sí. Pero no quiero que hables con nadie de eso.

—No le hablo a nadie del trabajo. ¿Es una chica?

—Una mujer, sí, estoy bastante seguro. ¿No has oído hablar de alguien que no se presente al trabajo o a la escuela o algo así? ¿Tal vez alguien que tenía que ir al continente y no volvió cuando se esperaba?

Mercy era isleña de tercera generación y Stilwell había aprendido nada más ser destinado a la comisaría de Catalina que tenía amplios contactos en la comunidad.

—No, nada.

—Vale. Bueno, avísame si te enteras de algo.

—Claro.

—Estaré en el puerto esperando al equipo de homicidios.

5

El equipo de rescate había llegado en barco y traía consigo a un investigador forense. Los buzos estaban en el agua cuando el helicóptero del sheriff llegó desde el continente, sobrevoló el puerto y aterrizó junto al Casino. Stilwell, decidido a pasar el menor tiempo posible con Ahearn y Sampedro, envió a Lampley a recogerlos.

Era tarde y el puerto se encontraba casi a plena capacidad, con embarcaciones de distintos tamaños amarradas unas al lado de las otras a lo largo de tres filas de boyas. Tash Dano había logrado mantener despejada la cuarta. Había llamado a Stilwell y le había dicho que dejaría los últimos barcos con reservas en la bahía hasta que él diera el visto bueno. Él le aseguró que la investigación abandonaría el puerto al anochecer.

Stilwell se sorprendió al ver que solo Ahearn caminaba con Lampley hacia la pasarela del muelle de lanchas. Al parecer, Sampedro se había quedado en el continente. Ahearn se volvió y comenzó a caminar pesadamente por la pasarela. Llevaba traje y corbata, por lo que llamó la atención de muchos de los turistas que se encontraban en el muelle.

La marea estaba bajando y el nivel del agua en el puerto había descendido un metro veinte desde la mañana. La pasarela y el embarcadero de lanchas flotaban libremente con la marea, y el descenso del nivel del mar ponía la pasarela en un pronunciado ángulo descendente. Ahearn era un hombre blanco de gran tamaño, hombros anchos y un cuello grueso que sostenía una cabeza redonda. Tomó un impulso peligroso al bajar. Stilwell dio un paso atrás, para no interponerse.

La pasarela tenía una estera de goma acanalada para evitar resbalones, pero la plataforma del embarcadero de lanchas había sido reemplazada recientemente por un tablero de fibra y estaba resbaladiza por las salpicaduras de las olas del puerto. En el momento en que sus zapatos de vestir de suela dura tocaron la plataforma, Ahearn empezó a deslizarse. Los pies dejaron de cumplir su función, los brazos giraron como aspas de molino y cayó de espaldas. El traje de seda que llevaba facilitó su deslizamiento a través de los dos metros de plataforma que quedaban y cayó al agua entre dos Zodiac inflables.

—¡Mierda! —gritó Lampley mientras se acercaba por la pasarela detrás de él.

Stilwell se movió con rapidez hacia el borde de la plataforma, listo para rescatar a Ahearn, pero este apareció entre los dos botes, reaccionando inmediatamente al agua fría del Pacífico.

—¡Su puta madre!

Stilwell se agachó y le tendió la mano, y Lampley hizo lo mismo, pero Ahearn, demasiado enfadado y avergonzado para aceptar ayuda, los apartó de un manotazo.

—¡Dejadme, joder!

Stilwell y Lampley retrocedieron, levantando las manos en señal de rendición, y observaron cómo el grandullón aupaba el torso por encima del borde de la plataforma. Su traje oscuro y su cabello peinado hacia atrás le daban el aspecto de una de las focas que a menudo tomaban el sol en esa misma plataforma por las mañanas. Se arrastró para salir del agua y rodó sobre su espalda, aparentemente exhausto por el esfuerzo.

—¡Maldita sea! —gritó—. Apuesto a que te ha encantado, Stillborn.1

—La verdad es que no —dijo Stilwell—. Porque ahora tendremos que ocuparnos de conseguirte ropa seca en lugar de trabajar en el caso.

—Vete a la mierda.

—Claro.

Stilwell se volvió hacia Lampley, que tenía los ojos como platos después de lo que acababa de presenciar.

—Cuando se levante, llévalo a la comisaría —dijo—. Que se dé una ducha caliente y consíguele algo de ropa del armario del tribunal, si hay algo de su talla. Yo me quedaré aquí. Llámame cuando esté listo y vendré si el equipo de rescate ha terminado.

Ahearn sacó una cartera mojada del bolsillo trasero.

—Joder —dijo—. Podrías haberme avisado, Stillborn.

—¿De que no hay que llevar zapatos oxford de Men’s Wearhouse en un muelle? —preguntó Stilwell—. Sí, supongo que podría haberte avisado.

Ahearn empezó a levantarse despacio, goteando agua desde cada hilo de su traje. Volvió a resbalar y cayó de rodillas.

—¡Maldita sea, ayudadme!

Lampley le tendió una mano y Ahearn la agarró e intentó tirar de él intencionadamente hacia abajo, pero el joven agente fue capaz de mantenerse en pie. Ahearn lo soltó y se levantó por sí mismo. Miró hacia el muelle y vio a varios turistas con sus teléfonos enfocados al pantalán.

—Genial —dijo—. Lo que me faltaba. Quiero que requisen todos esos teléfonos y borren los vídeos.

—Eso no va a pasar —repuso Stilwell—. Vete a la comisaría, date una ducha y ponte ropa de abrigo. Luego hablaremos. —Miró a Lampley y señaló la pasarela—. Llévatelo —dijo.

Lampley extendió el brazo para ayudar a Ahearn a llegar a la pasarela, pero el detective lo apartó de un manotazo y cruzó la cubierta con pasos diminutos, como quien se pone unos patines de hielo por primera vez. Una vez que llegó a la superficie de goma, estuvo a salvo. Se dio la vuelta y miró a Stilwell, como si quisiera decirle algo, pero luego se lo pensó mejor y se dirigió hacia la rampa. Mantuvo una mano en la barandilla, pero levantó la otra, mostrando el dedo corazón a cualquiera que todavía estuviera grabando su embarazoso episodio.

Stilwell los vio irse hasta que su teléfono empezó a sonar con una llamada de Tash Dano, que había visto el resbalón de Ahearn en la cubierta desde la torre de control del puerto.

—Vaya, qué vergüenza —dijo—. ¿Era el hombre de homicidios?

—Sí —contestó Stilwell—. No le pudo haber pasado a un tipo más simpático. ¿Qué pasa, Tash?

—¿El chapoteo de ese tipo retrasa las cosas? ¿Cuánto tiempo falta para que pueda dejar entrar los últimos barcos de la bahía? Pronto oscurecerá y se están cabreando un poco.

—Espera.

Stilwell se guardó el teléfono en el bolsillo de la camisa y cogió la radio del cinturón. Estaba sintonizada en la frecuencia del equipo de buceo, así que no necesitaba hablar en código con el responsable, Gary Saunders, a quien Stilwell conocía desde hacía años.

—Gary, ¿de cuánto tiempo estamos hablando?

Esperó a que contestaran por la radio.

—Eh, sí, la están subiendo. Ya la han embolsado y tenemos la cortina levantada, así que no hay que preocuparse por los mirones. La subiremos aquí y habremos terminado. Chuck ya ha hecho un registro del fondo. No hay nada. La tiraron en otro sitio, probablemente en la bahía, y la marea la trajo hasta aquí.

—Entendido. Lo que pensaba.

—¿El cinturón de plomo es tuyo?

—Me lo han prestado.

—De acuerdo, te lo traeremos.

—Gracias.

—Oye, ¿era A-Hole2 al que he visto caer al agua?

Ese era uno de los apodos populares de Rex Ahearn. El otro era un juego de palabras con su nombre y su apellido: King A-Hole.

—Exacto —dijo Stilwell.