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«Los coleccionistas que desfilan por estas páginas de tan peculiar santoral, lo son cada uno a su manera. De modo que su enfermedad debería recibir un nombre propio por cada desviación, por cada mutación del gen del deseo de la propiedad y de la anexión bulímica. Pulsiones incurables, en todo caso, por cuanto, a medida que se va acercando a la saturación, el horizonte del bibliómano siempre retrocede, pues de modo continuo le salen al paso noticias de libros fabulosos y perdidos, en una suerte de moderna reedición del suplicio de Tántalo. La inteligencia acaso del bibliófilo consiste en último término en este poner su deseo en un objeto en rigor inagotable, y permanecer entonces espoleado para siempre por una inquietud que no se sacia, y eso hasta el fin de sus días, comunicándoles a los mismos un sentido, y hasta una suerte de misión, que el bibliósofo se toma muy en serio.» Fernando R. de la Flor
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Joaquín Rodríguez, 2010
© Del prólogo: Fernando R. de la Flor, 2010
© Editorial Melusina, s.l., 2010
www.melusina.com
Diseño gráfico: David Garriga
Primera edición, 2010
Reservados todos los derechos de esta edición.
isbn: 978-84-10414-19-8
Contenido
Galeríadesombras;repertoriodeapasionados
Introducción
1. Henry E. Huntington o la verdadera diversión
2. Don Vicente o la insania bibliográfica
3. El conde Libri-Carucci patrón de los bibliocleptómanos
4. Magliabechi o el hombre biblioteca
5. Samuel Pepys o la biblioteca de un caballero
6. El reverendo Thomas Frognall y el bautizo de la bibliomanía
7. Cicerón o las tribulaciones de un estoico amante de los libros
8. El insaciable buscador Francesco di Petracco
9. Kant se prende fuego
10. Sir Thomas Phillipps o el retrato de una obsesión
11. Giacomo Casanova o el amante de las bibliotecas
12. Pierre Berès, la máquina de seducir
13. Norman H. Strouse o el amor a Stevenson
14. Antoine-Marie-Henrie Boulard, el depredador
15. Lenkiewicz, el bibliómano ocultista
16. Richard Heber, el hombre que dejó ocho casas
17. Warburg o el hipertexto imposible
18. La biblioteca de Robert Darnton
19. Gómez de la Cortina o distraer las horas leyendo
20. De la erótica de los libros antiguos
21. Ramón y los libros
22. Karl, Kraus, el irreprimible
23. Logan o el hambre insaciable de conocimiento
24. Theodor Mommsen o el ardor
25. Lansky o la memoria viva de los libros
El hogar es donde tienes los libros.
Richard Burton
Galeríadesombras;repertoriodeapasionados
∼Ahora que cierta parte del mundo físico del libro se transforma disolviéndose en el éter y que lasviejasbuenasletrastransmigranenbuenamedidaalespaciodigital,eselmomentodelanostalgia,yacasotambiéneldelrecuentodeloqueha producidodesentimientosextremadosyapasionadoslaculturamaterialqueseinicióenelcodex yque,definitivamente,seclausura—ysedesrealiza—conlaaparicióndellibroelectrónico,del e-book,locualsuponeelfinaltriunfodeloque Baudrillard ha denominado la pantalla total donde vienen a confluir todos los media. Época de recuentoydeinventario,pues,deloquediodesí unaexclusivistabibliomaníaqueposeyóamuchos selectosespíritusalolargodemásdequinientos años,yquedejatrasdesíunrastrodeapasionada confianzaenlaculturatransformadaenobjeto, enposesión,entendidaencuantodesplieguede costososfetiches,cadaunodeloscualestienela poderosavirtuddesustantivarunmundoyestardotadodevidapropia,desingularidentidad.La disolución en el aire de nuestro tiempo de todo lo que parecía sólido, como quería Marx, imprimeanuestraépocaeseairederecapitulación necesariaenlaqueestáabarcadalahistoriadel homo tipographicus, y ello se adueña del tono de este ensayo, tras del cual se oculta, también, otro bibliómano y un apasionado de la adquisición de conocimientoatravésdelarelaciónycontacto físicoconlossignosnegrossobrelablancaextensión.Antesdequesevuelvaalgodemasiado lejano,enefecto,esprecisodarcuentadeloque elamoraloslibroshapodidoproducir,yesaeso precisamentealoqueJoaquínRodríguezdedica su libro, que entiende como una galería de (amadas y ejemplares) sombras cuyos excesos de pasión librescasoncapacestodavíadeasombrarennuestrotiempo.Puesciertamente,esesaunapasión quehoysehaatenuado,queprobablementeseha idoapagando,quepierdesuaura,y,comodecía Benjamín, reflecta entonces un tipo de mundo en decadencia, un hábito o esfera social crepuscular delaque,acaso,«seestéretirandoelcalor»,yque viveentonceslosesplendoresfinalesdeunadecadencia (con todo, extremadamente noble).
Yanoestánciertamenteentrenosotroslosdías aquellosenqueMicheldeMontaigne,encerradoenlatorrealtadesubiblioteca,veíacómoeluniverso entero podía condensarse entre las paredes de aquel ambiente, haciendo de los volúmenes presenciaspalpables,tanevidentesensumodode revelarse que otro gran bibliómano, Maquiavelo, entrabaenaquellosdominioslibrescosvestidocon susmejoresgalasparadecirseasímismoaquello que José Ángel Valente, en su «Maquiavelo en San Casiano»,expresarespectoaquelabibliotecaes ellugarenquese«apaciguanlashoras,elafánola pena»yqueental«oscuramorada/nilapobreza se teme ni se padece la muerte».
Loscoleccionistasquedesfilanporestaspáginas de tan peculiar santoral, lo son cada unoa su manera. De modo que su enfermedad deberíarecibirunnombrepropioporcadadesviación,porcadamutacióndelgendeldeseodela propiedad y de la anexión bulímica. Pulsiones incurables, en todo caso, por cuanto, a medida quesevaacercandoalasaturación,elhorizonte del bibliómano siempre retrocede, pues de modo continuolesalenalpasonoticiasdelibrosfabulososyperdidos,enunasuertedemodernareedicióndelsupliciodeTántalo.Lainteligenciaacaso delbibliófiloconsisteenúltimotérminoeneste ponersudeseoenunobjetoenrigorinagotable, ypermanecerentoncesespoleadoparasiempreporunainquietudquenosesacia,yesohastaelfinde susdías,comunicándolesalosmismosunsentido,yhastaunasuertedemisión,queelbibliósofo se toma muy en serio.
Estosrelatosydestellosdebiografíasdestilan melancolía,yhablanmuchosdeellosdeheridas simbólicasdemuydifícilcuración,pueslainsatisfacción y la impotencia amenazan también a quienes —como aquellos cuantos este libro nombra— se dieron tareas imposibles y se entregaron amaníasdevoradoras.Elcuerpodelbibliómano emergedeestaspáginascomocuerpoquepaga acasoconsudescuido,y,enmuchasocasiones, conlaruinalapersecucióndetalidealdecompletudrigurosamenteinsaciableytanamenudo insaciado.Perojuntoalossentimientosdeinevitablepérdidaquedestilaesta«galeríadesombras», nopodemosolvidarquealientatambiénentodo ellouníndicesegurodemomentosdeocasional felicidad plena. Es cuando el bibliómano por un instante afortunado completa una serie, encuentralobuscadoconafánduranteañosotoma posesióndesumundoalmacenadoyfinalmente se declara satisfecho con él. Entonces hace como aquísecuentaquehizoSamuelPepys,elgransecretarioyhombredeEstado:loencierraenuna urnaylodeclaraintocable,finalmentecumplido,dispuestoensupreservaciónparaunasuertede eternidad.Eselmomentoenqueelbibliómano puedeabandonarestemundoconlaconciencia tranquiladehaberrealizadoeldestinoparaelque aparentemente nació.
Desde hace unos cuantos años, inmune a una seducción que han ejercido los libros, crece una corriente imparable que aboga por su destitución como icono máximo de una cultura logocéntrica. Desde Serguei (L’ivressedeslivres), Beverley (AgainstLiterature), Löwenthal (Iroghideilibri)..., o hasta los más recientes de Blesa (Logofagias) o Compagnon (La littérature pour quoi faire?) y el ultimísimo de Moreno (Lamaníadeleer), pasando por mi propio libro (Biblioclasmo), una ingente desautorización y un furor biblioclástico ha caído sobre los libros, relegando cualquier interpretación hagiográfica más que pueda hacerse acerca de quienes han sido sus amantes y cultores. Todo, al parecer, inútilmente, pues este mismo ensayo de Joaquín Rodríguez evidencia que la libido libresca es en rigor inextinguible, y que, en realidad, cuanto más se la combata, más fielmente ha de ser conservada y sublimada por quienes la han convertido en una suerte de religión laica.
Producto él mismo de un violento amor a los libros, este ensayo oculta pudorosamente una historia última, que vendría a ser la de quien se ha dejado también penetrar por la seducción medusea que siempre ejerce el libro y el conocimiento que este compila en los espíritus inquietos y siempre alerta.
Quien ha puesto finalmente en pie de imprenta esta colección de «instantáneas» sobre el universo del libro, forma también, por derecho, parte de esta galería, y aunque no sea propiamente una sombra más en ella merece figurar en tal catálogo y compañía. El número veintiséis de los bibliómanos no es otro que el que ha recopilado las historias de los veinticinco anteriores y ha conferido un alto sentido a lo que fue una pasión de vida intensamente compartida.
FernandoR.delaFlor
Introducción
∼Como en cualquier pasión desatada o desenfrenada, los extremos de la exaltación y el ardor se abrazan con los del aborrecimiento y la pura aversión. No ha habido probablemente bibliómano alguno, ser poseído por el ansia insaciable de atesorar nuevos libros en su atestada biblioteca, que no haya experimentado, simultáneamente, el hartazgo y el empalago absolutos, la manía biblioclasmática, que no es menos extrema ni menos dañina, seguramente, que la primera. Como en cualquier delirio de coleccionista, el frenesí de los personajes que desfilan por esta galería de veinticinco elegidos se proyecta de manera desmedida sobre un objeto, el libro, que no es una pieza cualquiera: desde que los libros existen, desde que los primeros soportes de la escritura que lo anteceden fueron utilizados, desde el papiro y luego el códice hasta llegar a los libros encuadernados en piel y adornados con filigranas inconcebibles de oro y otras incrustaciones preciosas hasta los modestos ejemplares de bolsillo, los libros prometen a quien los persigue y los acumula la quimera del conocimiento absoluto, la ilusión de las vidas múltiples, el espejismo de las aventuras ilimitadas… o quizás no sean quimeras, ilusiones ni espejismos. Quizás el mero hecho de rodearse de varios millares de autores, decenas de miles de personajes y centenares de miles de situaciones distintas constituya de por sí la posibilidad de mantener un diálogo inacabable, casi infinito, con las voces de los antecesores, de los coetáneos, de los alejados y de los cercanos. En todo bibliómano prende un ansia desmedida de conocimiento, que no es otra cosa que un amor inconmensurable por la vida, por exprimir sus secretos y sus jugos, por saborear sus innumerables matices y comprender sus indestructibles secretos. A veces esa efusión se concentra en un sólo asunto, porque el bibliómano es un ser dolorosamente consciente de que no hay materia alguna que pueda agotarse, que el filón de cada uno de los saberes es interminable, y que uno puede pasarse la vida entera recorriendo una sola vía sin que se aviste nunca una cima cercana. En esa ascensión solitaria el placer y el dolor forman una sola sustancia que impele al bibliómano a continuar sin desmayo, tal como le ocurre a cualquier alpinista o explorador que se busca a sí mismo en el ascenso o en el recorrido. El camino es la respuesta. Es decir: nunca se termina de construir una biblioteca al igual que nunca se aplaca el deseo de enfrentar nuevos retos, trepar nuevas cumbres o descubrir nuevas sendas.
Hay momentos de desmayo, y también accidentes. Hay momentos en que parece que la vida se burla del bibliómano reprochándole su encierro, su reclusión, su inerte obsesión. Hay momentos en el que el bibliómano repara en que su vida y su biblioteca tienen algo de espejismo o, más bien, de especularidad, de vida malgastada entre papeles, de vida no vivida, de improductivo engaño. Hay momentos en que la evidencia física de lo inabarcable, cuando se acumulan decenas o centenares de miles de volúmenes en una biblioteca, produce una forma de desfallecimiento o lasitud que puede abocar a la resignación y al abandono. Hay momentos en los que la tentación de la renuncia y la abdicación son más fuertes que la ambición y el empeño, y si esa duda consigue horadar el ánimo
