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Los servicios móviles sobre ruedas existen en nuestro país desde finales de la década del 60 e inicios de los 70 y han funcionado hasta nuestros días asegurando, en zonas rurales y urbanas, el derecho a la lectura en espacios no tradicionales (calles, parques, plazas, poblaciones). De ahí la importancia de poner por escrito en una obra y por primera vez, su desarrollo e historia, la que permanece silenciosa y merece ser registrada considerando el tremendo aporte que hacen sus tripulaciones y vehículos encantando nuevos y más lectores. ¿Cuál fue el primer bibliobús de Chile? ¿Cuál ha sido la cronología del desarrollo de estos servicios en el territorio nacional? ¿Qué organizaciones son los responsables de su creación y financiamiento? ¿Quiénes son las personas que dan vida a estos servicios, sus experiencias y vivencias? Estas y otras interrogantes se responden en este libro que por primera vez describe su historia y relatos de vida de los bibliobuseros chilenos. Ediciones Filacteria
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Seitenzahl: 144
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Este libro fue realizado gracias al aporte del Ministerio de Las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, linea de apoyo al fomento a la industria, convocatoria 2019.
©Rodrigo Araya Elorza Bibliomóviles de Chile: Historias sobre Ruedas Primera Edición de 300 ejemplares: junio de 2020 Editor de colección: Rodrigo Peralta Diseño y diagramación: Ediciones Filacteria Diseño portada: Inés Cabello Corrección de estilo: Francisco Marín Naritelli Reg. Prop. Int. Nº: 300.970 ISBN: 978-956-9896-35-4 E-mail: [email protected] www.edicionesfilacteria.cl www.facebook.com/Ediciones Filacteria www.instagram.com/edicionesfilacteria/ Contacto del autor: [email protected]
Este libro va dedicado a mi familia por su invaluable apoyo, sobre todo cuando el ánimo decaía en este camino que tenía por meta concretar este libro.
Especialmente estas páginas las dedico a quienes día a día, no importando el clima ni la geografía, llevan sobre ruedas la magia de los libros y aseguran el derecho a la lectura de los chilenos.
Agradezco a todos los que siempre creyeron en este proyecto y a quienes, tristemente, no respaldaron esta iniciativa, pues me motivaron a seguir adelante.
El anhelo de llevar la literatura a sectores apartados y necesitados siempre ha sido una misión compleja. Desafío para el que precisamente fue concebido un bibliomóvil.
Desde ese primer movimiento de un carruaje cargado de libros y tirado por caballos en Estados Unidos, se inicia una aventura protagonizada por miles de bibliotecarios móviles que cruzan carreteras, desiertos, ciudades y pueblos en los cinco continentes.
Historia y oficio que, por cierto, jamás imaginé protagonizar. Diría que apareció sin aviso previo. Si me preguntan, por alguna extraña razón siempre tuve el presentimiento que mis conocimientos comunicacionales no serían aplicados en la labor tradicional que ejerce un periodista en prensa, radio o televisión. Con seguridad me esperaba… un bibliobús.
Registro tantos kilómetros trabajando sobre uno que ya he perdido la cuenta. Once años de mi vida laboral a bordo de un bibliomóvil que me ha llevado a conocer en profundidad mi territorio y principalmente su gente y necesidades. Muchas de ellas, no solo vinculadas con sus requerimientos bibliotecarios, sino más bien siendo un amigo que escucha y dialoga en torno a mi misión de difundir la lectura y de propiciar, el derecho a su acceso.
El contenido del libro que usted sostiene en sus manos lo visualizo como otra ruta más, que emprendo con el objetivo de aportar en la difusión de un trabajo que en Chile ejecutan más de cincuenta personas vinculadas a los servicios móviles bibliotecarios y que, aunque desarrollan un tremendo aporte a la educación y su acceso, es muy silencioso pero inmensamente necesario considerando las diferencias social–económicas con las que convive nuestro país.
Probablemente esta tarea casi desconocida no sea tan popular como para que nuestros niños deseen ser un bibliobusero cuando crezcan. Pero sin dudar diría que es un trabajo noble y casi quijotesco. Pero que no solo se queda en buenos deseos y depende en gran medida de la constancia y responsabilidad de llevar un servicio que en muchas oportunidades hace presencia y da oportunidades de educar.
Adelanto que la idea del libro no es dar cátedra sobre cómo debe funcionar un servicio móvil, ni tampoco el deber ser de quienes conducen o tienen la responsabilidad de atender y coordinar uno. El objetivo principal es descubrir y difundir esta tarea singular desde la perspectiva humana de quienes hacen y dan vida a los servicios, describiendo sus anécdotas e historias vividas. Una ruta que han emprendido profesionales de distintas áreas que al igual que yo, sin quererlo se transformaron en bibliomovileros.
Por extraño que suene, en Chile los bibliomóviles existen desde hace cuarenta y cinco años. Curiosamente nunca se ha escrito una palabra para describirlos y contar sus historias. Es más, existen muy pocos libros en español dedicados a describir técnicamente su labor y menos aún los que intentan narrar las historias y de cómo hombres y mujeres llegaron a trabajar en uno de ellos. ¿Cuál es el carácter necesario para dirigir o guiar un bibliomóvil? ¿Qué cualidades deben o tienen estos personajes medio bibliotecarios o exploradores? Desafortunada o afortunadamente para este libro todo está por ser descrito o descubierto en nuestro país.
Curiosamente el recoger sus experiencias y lograr que hablaran fue una de las tareas más complicadas que he enfrentado como periodista. Intentar convencer a tus similares de que sus historias y vidas son importantes extrañamente fue una misión de largo aliento. Afortunadamente poseo esa extraña mezcla de porfía suficiente como para no rendirme y superar las ocasiones en que he caído rendido para nuevamente emprender ese viaje con la certeza de que hay una meta al frente. Tal vez, el principal impulso o chispa fue saber que era necesario contar sus historias lo que me motivó profundamente a desarrollar estas líneas.
Pero tampoco todo serán experiencias ni situaciones vividas por los bibliobuseros, también puntualizaré algunos tópicos básicos para una mejor comprensión sobre la actividad y para ello abordaré aspectos como: su definición, la historia y desarrollo de los bibliomóviles nacionales, fortalezas y debilidades. Las organizaciones internacionales y el impacto de ellos en sus comunidades y por cierto, la naciente Red de Bibliomóviles de Chile de la cual soy parte.
Bienvenidos, entonces, a este viaje que espero ayude a descubrir la profesión de bibliomovilero en Chile y el aporte que hacen a sus comunidades y por extensión, a todo el país.
Para comprender el origen o nacimiento de las bibliotecas móviles es necesario comenzar por las bases de ellas. El servicio tradicional de bibliotecas públicas en nuestro país.
Siendo más precisos las bibliotecas públicas en Chile nacen de la mano de las congregaciones religiosas. Puntos donde se concentraba el conocimiento, pero adolecían de lo más relevante. El acceso público, el que era restringido.
La historia consigna que a finales del siglo XVIII se hacen los primeros esfuerzos para establecer los denominados salones públicos de lectura. En el año 1778 el obispo de Santiago don Manuel Alday dejó como herencia al Cabildo Eclesiástico su biblioteca personal. ¿Cuál es la importancia de esta donación? La idea era gestionar un servicio abierto a la comunidad y que podría ser consultado tan solo por dos días a la semana por los ciudadanos. Un gran avance si consideramos que las anteriores eran prácticamente privadas. Además de esta pionera iniciativa se cuentan ocho bibliotecas de características similares y que también estaban adscritas a congregaciones religiosas.
No fue sino hasta un 19 de agosto 1813 cuando el gobierno de José Miguel Carrera funda la Biblioteca Nacional. En el artículo que se publica en “El Monitor Araucano” sobre la puesta en marcha de esta iniciativa dice:
“Ciudadanos de Chile: al presentarse un extranjero en el país que le es desconocido, forma la idea de su ilustración por las bibliotecas, y demás institutos literarios que contiene; y el primer paso que dan los pueblos para ser sabios es proporcionarse grandes bibliotecas. Por esto, el gobierno no omite gasto, ni recurso para la Biblioteca Nacional”.
Pese a ser inaugurada en 1813 se abre con mayor regularidad en 1834. Es decir, veinte años después bajo la presidencia de José Joaquín Prieto. En ese instante se establece un horario de diez a trece horas a excepción de los días festivos.
En el 1870 la Biblioteca Nacional tenía más de cincuenta mil volúmenes y asistían a ella un promedio de 4500 personas al año.
Tres años más tarde en 1873 se funda la primera biblioteca pública del país. La biblioteca Santiago Severín en la ciudad de Valparaíso que contó con una colección inaugural de mil volúmenes que fueron trasladados desde la biblioteca del Liceo de Hombres de la ciudad. Su desarrollo continuó con el paso de los años y en 1909 tenía casi cuarenta mil volúmenes y atendía a más de nueve mil lectores por año.
Casi a finales del 1800 Chile registraba una creciente matrícula de estudiantes la mayoría en establecimientos fiscales. Lo que motivó la creación de numerosas bibliotecas de liceos. Muchos de ellos en regiones, algunos destacables: Iquique, Ovalle, La Serena, San Felipe, Valparaíso, Rancagua, Curicó, Talca, Cauquenes, Concepción, Los Ángeles, Temuco y Valdivia.
Avanzando rápidamente en las páginas de la historia de las bibliotecas chilenas debemos detenernos en el año 1929, un 18 de noviembre, época en que se funda la Dirección General de Bibliotecas Archivos y Museos (actual Servicio Nacional del Patrimonio Cultural), entidad que busca propiciar la lectura mediante programas y políticas estatales.
Con este nuevo impulso desde el Estado se establecen iniciativas innovadoras como la apertura de la Biblioteca Nacional hasta las once de la noche, con el objetivo de facilitar a los obreros la oportunidad de acceder a lecturas.
Aunque el Estado hiciera avances, las bibliotecas públicas chilenas todavía eran escasísimas ya que hasta la década del cincuenta solo existían: La Biblioteca Santiago Severín, Castro y Ancud, Biblioteca Municipal de Providencia y Biblioteca Municipal de Ñuñoa. Por esta razón la misma institución comienza un trabajo de coordinación con los municipios y organismos vecinales para incrementar el número de bibliotecas. Ya en 1976 había 54 bibliotecas y diez de ellas en zonas rurales. Apenas un año más tarde, la DIBAM inicia una nueva etapa creando las Coordinaciones de bibliotecas públicas con el objetivo de apoyar a técnicamente a los encargados de bibliotecas, aportar material bibliográfico y además incrementar el número de ellas haciendo convenios con los gobiernos comunales. Gracias a esta iniciativa entre 1978 y 1981 nacieron cerca de setenta nuevas unidades llegando a la cifra de 180 bibliotecas públicas repartidas en el territorio nacional.
Si bien es cierto el crecimiento de las bibliotecas públicas fue rápido y sostenido todavía el material era insuficiente y el sistema de acceso a los libros aún era restringido gracias a un régimen de “estantería cerrada”.
Con la llegada de la democracia se inicia otra revolución en bibliotecas públicas nacionales. En 1993, la Coordinación pasó a ser la Subdirección de Bibliotecas Públicas, iniciando así un cambio radical en las políticas de bibliotecas y en la estructura de su organización.
Dentro de ellas, las palabras claves pasaron a ser "participación" y "planificación". Al mismo tiempo, la incorporación de la Misión de la Biblioteca Pública y la Planificación Estratégica se transformaron en los ejes articuladores de la gestión del sistema. Al interior de las bibliotecas, su desarrollo fue orientado a la integración de la ciudadanía, a la calidad de la atención y a la modernización y creación de servicios novedosos e integrados, lo cual se expresó en proyectos orientados a incorporar a la comunidad en su gestión y a llevar el libro y la lectura más allá de sus espacios físicos.
En la actualidad en las cerca de 450 bibliotecas públicas asociadas con el Estado hay una multiplicidad de programas y proyectos que se gestan en las bibliotecas todos incorporando a la ciudadanía y no solo iniciativas vinculadas con libros también la alfabetización digital. Como no mencionar las iniciativas particulares de fundaciones que igualmente contribuyen a mejorar servicios innovadores que aún luchan por llamar a los chilenos a leer o ser parte de la biblioteca pública.
Proponerse redactar una historia sobre las bibliotecas móviles y descubrir su nacimiento exacto no es sencillo, fiel a su gen de la movilidad estos servicios también tienen una historia bien movida, pues su lugar de comienzo no está del todo claro y una vez que se inicia una investigación se descubre que hay dos posibles orígenes: Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica.
Quienes le atribuyen un origen inglés, dicen que la primera biblioteca móvil comenzó a funcionar en Gran Bretaña a través de la llamada Biblioteca Ambulante de Warrington en 1859. Ese vehículo, tirado por un caballo, fue construido por el Instituto de Mecánicos del Condado de Cheshire.
Pero pese a la versión anterior, hay que reconocer que la mayoría de los investigadores fijan su nacimiento en los Estados Unidos cuando en 1904 una mujer llamada Mary Titcomb, de la biblioteca de Hagerstown (Maryland) tuvo la genial idea de crear un "carro–biblioteca" para proporcionar libros a los granjeros y para ello fijó una ruta que incluía sesenta y seis estaciones. Un año después se construyó el primer carruaje y en abril de 1905 Joshua Thomas, conserje de la biblioteca, tuvo la misión de recorrer lo que algunos consideran la primera ruta atendida de manera planificada por un móvil bibliotecario.
El singular vehículo cobró en poco tiempo muchísima popularidad. Para el segundo año había dieciséis rutas, cada una de las cuales se cubría en períodos de cuatro meses. Joshua, el encargado, con el paso del tiempo se transformó en una verdadera celebridad principalmente por lo novedoso de su trabajo y por su capacidad natural para contar historias. Capacidad de comunicación vital y que se mantiene hasta nuestros días por bibliobuseros de todo el mundo.
Años más tarde y específicamente en 1918 en la ciudad de Hibbing (Minnesotta) se puso en funcionamiento el primer bibliobús propiamente tal. Es decir, una biblioteca transportada en el interior de un vehículo a motor que tuvo un costo de siete mil dólares.
Desde ese primitivo primer carruaje bibliotecario, en los Estados Unidos se vivió una verdadera evolución en lo técnico y prestaciones. La que avanzó rápidamente y ya en la década del treinta presentaban una imagen tal y como la conocemos hoy.
Fue tal la revolución que planteó esta idea que en 1937 operaban por carreteras y caminos rurales unos sesenta bibliobuses en todos los Estados Unidos, cantidad que fue incrementando de manera permanente y sostenida. Y pasados siete años, a pesar de la crisis provocada por la guerra mundial, este número había ascendido a la increíble cifra de trescientos. En 1950 el número se había duplicado y para 1956 ya eran novecientos los bibliobuses que circulaban por las carreteras norteamericanas.
Siguiendo el ejemplo norteamericano fueron muchos en el mundo quienes adoptaron esta novedosa iniciativa. De acuerdo a datos aportados por la Association Bookmobile & Outreach Services en su website, en 1931 en la India se presenta de manos del llamado padre de la bibliotecología indú, Shiyali Ramamrita Ranganathan, matemático y bibliotecario, quien presenta la primera biblioteca móvil en ese país asiático para colaborar en la mejora de la educación en zonas rurales.
En tanto, en el resto del mundo la idea fue acogiendo adeptos. Por ejemplo, los primeros bibliobuses se introdujeron en Japón en 1946; en Pakistán, en 1957; y en Bélgica, en 1959.
Otro hito importante en la historia de los bibliobuses ocurre en 1963 cuando algunos profesionales norteamericanos establecieron los "Standars of Quality for Bookmobile Service" de la American Library Association. También se publicó en esa misma década "Bookmobiles and Bookmobile Service" de Eleanor Frances Brown. Material que aún es consultado para coordinar el trabajo bibliobusero a nivel mundial.
Si se pudiera expresar una definición sobre las bibliotecas móviles diría que son un servicio que pretende llevar por diferentes medios de transporte la lectura a sectores apartados o necesitados de un servicio bibliotecario.
Una buena definición formal sobre las bibliotecas móviles la da la Asociación Castellano Leonesa de Profesionales de Bibliotecas Móviles, ACLEBIM, en el libro “La Biblioteca Móvil”. Y lo describe como: “Un servicio bibliotecario incluido en una unidad administrativa que, mediante una colección organizada y procesada de documentos, gestionada por personal capacitado y suficiente, con la ayuda de medios técnicos y materiales precisos y el apoyo de la base central de la que procede, se vale de un medio de transporte, de tracción propia o remolcado, para acceder físicamente, de forma planificada, predeterminada, periódica y publicitada, a lugares o grupos sociales ajenos a una prestación bibliotecaria estable, con el objetivo de hacerles partícipes de los beneficios de la biblioteca pública”.
Ahora bien, con el objetivo de describir la amplia gama de tipos de servicios móviles bibliotecarios debo mencionar que sería interminable enumerar o enunciar a cada uno de ellos. Pero en términos simples y para una mejor comprensión, los dividiría en 3 grupos. Bibliomóviles con tracción animal, humana y en vehículos motorizados.
Tracción animal:
Probablemente sea el servicio móvil original y que dio como resultado el resto de las variaciones ya anunciadas. Existen muy buenos ejemplos a nivel mundial sobre éste tipo de servicios. En nuestro continente tenemos un gran representante de esta modalidad. Es el caso de Luis Soriano, un profesor colombiano de literatura quien desde hace varios años lleva libros en burros para apoyar la educación de los niños de los poblados de su región.
Actualmente el proyecto “Biblioburro”
