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Ser un referente para varias generaciones y mantenerse en la cumbre del mundo de la música desde hace cuarenta años no es una tarea fácil. Y más si eres mujer y si nunca has tenido reparos en tomar las riendas de tu vida y de tu carrera (lidiando con las críticas, el machismo, la censura… y el paso del tiempo). Controvertida y admirada, polémica e incombustible, Madonna es una figura clave de la cultura popular. Estudiar sus múltiples facetas nos permite profundizar en la industria musical, el videoclip, la moda, la publicidad, el cine, la sexualidad y, por supuesto, la historia de los sonidos y los estilos de la música pop. Bitch She's Madonna mezcla lo lúdico con lo académico para aproximarse a la reina del pop desde diversos puntos de vista y desentraña la relevancia de la artista en cada uno de sus roles: compositora, cantante, transgresora sexual, creadora de tendencias, mujer de negocios, diva musical, feminista, icono gay… Organizado en ocho capítulos, el libro engloba tres bloques temáticos: el primero se centra en su música (trabajos discográficos y giras en directo), el segundo aborda su producción audiovisual (cine, videoclips y publicidad) y el tercero analiza los discursos relacionados con el género y la sexualidad (feminismo, público LGTB y Sexología). "Madonna ha abierto camino y ocupa una posición respetada; no ha sido una reina tirana, sino todo lo contrario, ha roto con la dinámica patriarcal de la lucha entre divas y ha apostado por la sororidad (…), a pesar de que los medios de comunicación no cejen en su empeño por encontrarle una sucesora" De la introducción de Eduardo Viñuela
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Bitch She’s Madonna
Bitch She’s Madonna
La reina del pop en la cultura contemporánea
Primera edición: junio de 2018
BITCH SHE’S MADONNA
LA REINA DEL POP EN LA CULTURA CONTEMPORÁNEA
© de los textos: Igor Paskual, porLa máquina de hacer música: creatividad y referencias musicales;Lara González, por On Tour: el espectáculo en directo;Eduardo Viñuela, por «Like a…»: discursos, narrativas y roles en la era MTV; Jimena Escudero, por Trono ético y estético: del misticismo al bondage, pasando por la política y la reconciliación con el establishment popular; Cande Sánchez-Olmos, por «Justify My Love» for a Brand: la estela de Madonna en la publicidad; Mar Álvarez y Laura Viñuela, por «What It Feels Like for a Girl»: Madonna y las otras mujeres; Borja Ibaseta, por «Vogue»: el poder de la visibilidad LGTB; Iván Rotella y Ana Fernández Alonso, por Sexo, erótica y transgresión: Madonna desde la mirada sexológica; Rafael Soto, por La primera vez, 2018.
© de esta edición: Dos Bigotes, a.c.
Publicado por Dos Bigotes, a.c.
www.dosbigotes.es
isbn: 978-84-947963-3-3
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
Introducción
Este libro no es una biografía de Madonna, aunque aborda todos los periodos de su carrera y los diferentes campos en los que ha destacado; tampoco se trata de un libro-homenaje, pero no te será difícil comprobar que quienes escriben en él sienten cierta admiración por ella. Lo que hemos querido hacer en este volumen es situar su figura dentro de la cultura popular y analizar de qué manera su trabajo ha contribuido a su evolución en las últimas décadas. A punto de cumplir los sesenta, y con más de 35 años de carrera, Madonna sigue estando en la cumbre del pop internacional; cada nuevo trabajo, cada gira, cada videoclip que lanza al mercado generan un enorme impacto mediático y movilizan a millones de seguidores. Y esto lleva siendo así desde el lanzamiento de Like a Virgin (1984), lo que la convierte en la artista femenina con la carrera de éxito masivo más larga y estable de la historia de la música popular.
«Reina del pop», «material girl» o «ambición rubia» son solo algunos de los muchos sobrenombres consolidados que se utilizaban para referirse a Madonna cuando aún no había cumplido una década en activo. Por entonces, ya era un fenómeno mediático, y corrían ríos de tinta, tanto en el ámbito periodístico como en el académico, para explicar todo lo que la rodeaba. Desde luego, la controversia y la polémica que levantaron sus canciones, sus videoclips o sus declaraciones en los medios de comunicación han sido fundamentales en todo esto, pero quienes quisieron acusarla de ser un pastiche vacío de contenido o de ser un producto comercial estaban a todas luces equivocados. El propio Adam Sexton confesaba en su libro sobre Madonna que hubo un tiempo en que pensó que era solo cuestión de sexo (1993: 20), y reconocía su error. En esa época también era habitual encontrar textos que se preguntaban si sería flor de un día (o de unos años) o si Madonna «viviría para contarlo» («live to tell») y sobreviviría a las dinámicas voraces del mercado (McClary, 1991: 166). No es de extrañar, porque es algo que hemos aprendido y se ha perpetuado en el canon patriarcal que caracteriza a las historias de la música hasta normalizar la invisibilización de mujeres compositoras e intérpretes.
Pero, además, Madonna ha desafiado todas las normas al destacar y mantenerse como productora y empresaria, y hacerlo también como estrella del pop, un género musical denostado por comercial, sencillo, adolescente… Sin duda, Madonna constituye un problema para quienes piensan así.Analizar a Madonna es profundizar en la evolución de muchos de los aspectos más relevantes de la sociedad de las últimas décadas. Su figura ha sido abordada desde diferentes perspectivas dentro de lo que se conoce como los «Madonna Studies» y ha servido como caso de estudio para ilustrar desde procesos de articulación de identidades a estrategias de promoción y marketing. Y es que la carrera de Madonna está íntimamente ligada a la consolidación de la globalización, que podemos observar tanto en su relación con el canal MTV y el mundo de la publicidad como en la dimensión y alcance de sus giras. También fue paradigma de los postulados de la postmodernidad, creando un personaje ambiguo (a veces contradictorio) con recursos como la ironía, la parodia, la nostalgia y la cita, que derrumbaba universales y rompía barreras entre la alta y la baja cultura.
Esta misma ambigüedad fue la que hizo que fuese difícilmente encasillable y dio lugar a todo tipo de interpretaciones desde el feminismo y el colectivo LGTB, que encontraron en Madonna un símbolo para crear comunidad. Aún hay mucho más, claro: la multitud de estilos musicales que ha aglutinado y popularizado en sus canciones, su adaptación a los cambios de la industria musical en la era digital… Toda una trayectoria que le ha permitido convertirse en un referente para gran parte de las artistas femeninas que copan en la actualidad los primeros puestos del pop internacional. Madonna ha abierto camino y ocupa una posición respetada; no ha sido una reina tirana, sino todo lo contrario, ha roto con la dinámica patriarcal de la lucha entre divas y ha apostado por la sororidad, colaborando con muchas artistas más jóvenes del panorama actual, a pesar de que los medios de comunicación no cejen en su empeño por encontrarle una sucesora.
Este libro se estructura en tres bloques temáticos. Hemos querido empezar hablando de su música, que tantas veces ha quedado relegada a un segundo plano. Igor Paskual lleva a cabo un recorrido por los trabajos discográficos de Madonna, apuntando su capacidad para aglutinar géneros musicales y escenas de diferentes periodos, así como su habilidad para apropiarse de lenguajes underground y lanzarlos al mainstream con su sello personal. También trata su crecimiento como compositora y productora, en un recorrido en el que se puede comprobar cómo ha ido ganando seguridad y tomando el control de todos los procesos de creación musical. Siguiendo la lógica tradicional, una vez grabado el disco, lo siguiente sería pensar en una gira, y Lara González nos explica cómo ha sido la evolución de Madonna en directo, desde la formación de sus primeras bandas en el Nueva York de los años 70 hasta el Rebel Heart Tour; es decir, desde la experiencia de montar un grupo y dar unos bolos hasta armar auténticos espectáculos que han batido todos los récords, y es que Madonna fue una de las pioneras en los «conciertos de estadio», y desde los años 80 se ha preocupado de que en sus directos su música sonara bien arropada.
El segundo bloque se centra en su producción audiovisual: cine, videoclips y publicidad. Los dos primeros se abordan de forma conjunta en sendos capítulos estructurados con una lógica cronológica; en el primero, Eduardo Viñuela sitúa a Madonna en el impacto de MTV, destacando el papel de este canal en la creación de la comunidad de fans de la artista, pero también analiza cómo los videoclips y las películas juveniles que protagonizó durante los 80 consolidaron su primer look. Además, el propio lenguaje del videoclip favoreció la ambigüedad de su personaje en temas polémicos como el sexo y la religión, así como la adopción de roles situados en los márgenes de la sociedad. Jimena Escudero parte de la película Evita para explicar cómo el cine y los videoclips de Madonna contribuyeron a tamizar su imagen sexual de los primeros años 90 y analiza los nuevos universos estéticos a partir de los videoclips de Ray of Light, así como los nuevos discursos del siglo XXI que forjaron un personaje más ecléctico; entre ellos encontramos un compromiso político más explícito y una vertiente espiritual y de carácter místico. La intensa relación de Madonna con la publicidad se trata en el capítulo de Cande Sánchez-Olmos; las connotaciones del personaje de Madonna atrajeron a diferentes marcas que utilizaron su imagen y su música para anunciarse, reforzando el carácter de icono cultural de la artista. No solo ha protagonizado un centenar de spots, sino que, además, ha desarrollado nuevos formatos publicitarios y ha acompañado el signo de los tiempos hasta convertirse ella misma en marca.
En tercer lugar, abordamos los discursos relacionados con el género y la sexualidad. Mar Álvarez y Laura Viñuela hacen una lectura feminista de Madonna destacando su capacidad para desarrollar una carrera larga y exitosa, ocupando diferentes roles y espacios de poder en el proceso de creación y en el negocio musical. Así mismo, ponen de relieve la importancia de la artista en la creación de una comunidad de fans que en la «era MTV» encontraron en Madonna un referente con un discurso alternativo a las dicotomías que rigen el sistema patriarcal. Borja Ibaseta abunda en esta cuestión en un capítulo sobre la relación de Madonna con el público gay, explicando cómo la ambigüedad de su imagen y de sus discursos la convirtieron en un icono para la comunidad LGTB. Aspectos como el empoderamiento de la mujer, el activismo gay y la visibilización de la homosexualidad o su compromiso en la lucha contra el sida son algunas de las constantes en canciones, videoclips, espectáculos y otras manifestaciones de la artista. Por su parte, Iván Rotella y Ana Fernández Alonso se acercan a Madonna desde la Sexología para plantear uno de los aspectos más polémicos del personaje; el juego de Madonna con el sexo va más allá de la mera provocación y pone en primer plano cuestiones que apelan a la construcción social de la sexualidad, visibilizando y situando en la esfera pública prácticas sexuales consideradas tabú, especialmente en su libro Sex y en los videoclips de Erotica, que en este capítulo se analizan en profundidad.
Este recorrido por la obra y la figura de Madonna no puede englobarse en una única perspectiva. Hemos querido que el libro fuera un compendio de voces diversas que ofrecieran visiones y lecturas dispares de la artista. Esto se plasma en los diferentes estilos y enfoques de cada capítulo, que se corresponden con los variados perfiles de quienes los escriben (músicxs, musicólogxs, filólogxs, sexólogxs…) y sus perspectivas de análisis (comunicación, semiótica, estudios culturales, género…). El objetivo era lograr una pluralidad que nos permitiera abordar con solvencia la amplitud de cuestiones relacionadas con Madonna, que empezamos a analizar hace casi tres años cuando, en el otoño de 2015, impartimos el curso «Who’s That Girl? Madonna y la cultura pop contemporánea» dentro de la programación del Aula de Música Pop Rock de la Universidad de Oviedo.
Desde entonces, Madonna ha seguido con su actividad en distintos ámbitos: la gira Rebel Heart, la promoción de su marca de cosméticos, el apoyo a la campaña de Hillary Clinton… Este libro no aspira a ser definitivo, pero sí quiere ser un espacio desde el que mirar con cierta perspectiva la trayectoria de Madonna y su relevancia en la cultura popular de las últimas décadas. Estamos seguros de que aún quedan muchas páginas por escribir sobre esta artista, y los rumores de nuevo disco y de nueva gira confirman que sus sesenta años le van a llegar en plena forma y trabajando.
Eduardo Viñuela
Mayo de 2018
La máquina de hacer música: creatividad y referencias musicalesIgor Paskual
¿Qué es lo primero que nos viene a la cabeza cuando hablamos de Madonna? O, más bien, ¿de qué se habla cuando se habla de Madonna? Sin duda, aparecen las palabras escándalo, videoclip, espectáculo, imagen, trabajo, negocio, baile, sexo, provocación y transformación. Incluso moda, tendencia, ambición, inteligencia y éxito, pero muy pocas veces se habla de lo más importante: sus discos. Se habla poco de la música de Madonna, cuando ha sido la autora de algunos de los mejores álbumes de la historia de la música popular. Es más, ni siquiera ha sido valorada por cierta crítica y numerosos colegas de profesión. Ella no ha ocupado ni la mitad de portadas que algunos de sus coetáneos masculinos u otros clásicos del rock (por ejemplo, solo ha sido una vez portada en la revista MOJO —enero de 2015— y ninguna en UNCUT). Las noticias que tienen que ver con ella no aparecen en la sección de cultura, sino en la de sociedad, precisamente cuando ella ha sido un motor principal de varios cambios culturales de nuestro tiempo.
Madonna es percibida como una empresaria de la música, como una gestora de equipos, incluso como una excelente intérprete, pero pocas veces como una creadora o «verdadera» artista. Esto se debe en gran parte al hecho de que la música de Madonna es esencialmente de baile, un factor que ha jugado en su contra, ya que se sobreentiende que es una música dirigida al cuerpo y no al cerebro, y la crítica especializada tiende a considerarla un género menor, o algo menos respetable.
Pero si analizamos con detenimiento su música, veremos que la mayoría de sus discos son asombrosos. Pocos artistas han mantenido ese nivel a lo largo de varias décadas. Además, Madonna es coproductora y coautora de casi todos sus trabajos. Si aplicamos los mismos criterios con los que se juzga a The Beatles, Bob Dylan y demás cánones rockeros, Madonna, en efecto, tiene verdaderas «obras de arte».
Primeras influencias. La danza y Martha Graham. Blondie. El mundo neoyorquino. La discoteca Danceteria. Tom Tom Club. Chic. Sus primeros productores
Para comprender a Madonna, antes de todo conviene poner en contexto la década en la que surge. Estamos hablando de los años 70, una época que, por vez primera desde el final de la Segunda Guerra Mundial, no suponía una mejora en la vida de los ciudadanos en las democracias occidentales. Recordemos que la guerra de Yom Kippur (1973) terminó en un boicot de los países árabes a las democracias occidentales por su apoyo a Israel. Al depender Occidente del petróleo como materia prima, los efectos no se hicieron esperar: se desencadenó una crisis brutal y el desempleo afectó con especial virulencia a las ciudades industriales como, por ejemplo, Detroit, de donde procede Madonna.
Además de la crisis económica, en Estados Unidos también hubo otra crisis de confianza en las instituciones. Una de ellas se produjo con el «caso Watergate» (un asunto de escuchas ilegales por parte del presidente Nixon al partido demócrata), que desembocó en la dimisión de Nixon (1974). La retirada de las tropas americanas de Vietnam en 1975 sin una victoria clara después de casi sesenta mil muertos norteamericanos fue un síntoma más de esa crisis global.
Por tanto, cuando Madonna llega a Nueva York en 1978 no hacía ni tres años que la cuidad se había declarado en bancarrota. A cambio de un rescate federal, hubo despidos masivos en puestos públicos como maestros, bomberos y policías, así como en asistentes sociales. Madonna llega a una Nueva York muy diferente a la que conocemos hoy en día. Se parece más a esa ciudad que refleja la película Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), con altísimos índices de delincuencia y un urbanismo podrido.
Es dentro de ese ambiente donde hay que ubicar el hedonista mundo de las discotecas y de la música disco. No debemos entender la música disco solo a partir del éxito de la banda sonora de Fiebre del sábado noche (Saturday Night Fever, John Badham, 1977) o de la sala Studio 54, sino como una serie de clubes donde se crearon verdaderos refugios en una época de crisis. Eran algo más que simples lugares a los que se iba a bailar; allí no existía segregación por razas ni discriminación por orientación sexual, y el ambiente era totalmente interclasista. Muchos de los colaboradores de Madonna van a proceder del mundo de los DJ.
La llegada de Madonna a Nueva York coincide con el éxito masivo de la banda sonora de Fiebre del sábado noche, aunque en esa época ella estaba más interesada por la new wave; también era seguidora de Blondie, de The Pretenders y de la música del sello Motown[1], tan vinculada a Detroit. En Nueva York se familiarizó con la salsa y el merengue que sonaba en los barrios, pero su principal pasión residía en la danza de vanguardia, y esa fue su aspiración durante varios años. Es curioso que parte esencial de la formación del gran solista masculino, David Bowie, también fuese la danza, bajo la dirección de Lindsay Kemp, el prestigioso coreógrafo.
Madonna comenzó a estudiar ballet a los 15 años y fue aceptada en la Universidad de Música de Ann Arbor (Michigan) en el departamento de Danza. De hecho, cuando llegó a Nueva York, en julio de 1978, recibió durante una temporada clases de Pearl Lang, que había sido primera bailarina de Martha Graham. Estamos hablando de primer nivel dentro de un mundo muy competitivo donde se requiere una enorme disciplina.
La música como vivencia colectiva
Resulta muy curioso cómo la relación de Madonna con la música forma parte de una experiencia colectiva. Principalmente, escucha música en un entorno público y no privado; no es tanto una coleccionista de discos que los disfruta individualmente y de forma aislada, sino que para Madonna la música es una herramienta para el baile. Cuando, por ejemplo, descubre la salsa o el merengue, lo hace porque suena en las calles, no porque ella compre esos discos y los escuche en casa. Incluso, cuando habla de su amor por Simon and Garfunkel es porque se trata de la música que escuchaba «junto» con sus hermanos, nada menos que seis. Posteriormente, desarrollará un gran gusto por los musicales de todo tipo, que también se basan en una experiencia colectiva.
El DJ también es un creador
De la misma forma, su paso de la new wave al interés por el funk se fragua cuando comienza a acudir a dos discotecas fundamentales de principios de los 80: Funhouse y Danceteria, ambas abiertas a finales de los 70. En esos clubes conocerá a dos DJ que serán esenciales en los inicios de su carrera. Recordemos que el DJ no «pone» una selección de canciones, sino que, con grabaciones de otros, «crea» una música nueva. Es el encargado de generar el ambiente o de escoger el tono adecuado para una noche. En el mundo de las discotecas de Nueva York, a partir de mediados de los 70, ya no se pinchaban discos uno tras otro ni solía haber bandas en directo: la magia la creaba el DJ. El primero y más influyente de todos, Francis Grasso.
El DJ de Funhouse desde 1981 era Jellybean Benitez, de origen hispano, como gran parte de la clientela de Funhouse. Él pinchaba Italo Disco, breakbeat, freestyle, y todo eso irá formando el gusto de Madonna, que allí se da cuenta del paso de la música disco a una orientación más funk y descubre bandas primordiales en su formación, como Shalamar.
El DJ de Danceteria era Mark Kamins. Fue él quien comprobó la efectividad de algunas maquetas de Madonna, al pincharlas en directo y constatar la entusiasta reacción de la gente antes de que hubieran sido editadas oficialmente. Es decir, incluso las primeras maquetas de Madonna tuvieron sus primeras escuchas en público y no en privado. Danceteria era el lugar donde acudían también unos jovencísimos Beastie Boys, artistas en ascenso y pintores como Basquiat o Keith Haring. Y es que Nueva York, pese a la crisis (o tal vez, gracias a ella), vivió una explosión artística enorme que no solo afectaría a la música (inicios del hip hop, principio de grupos como Sonic Youth y el éxito de varias bandas del club neoyorquino CBGB), sino también a otras disciplinas artísticas que se relacionan entre sí.
Simplificando mucho, se podría decir que Funhouse era el lugar donde Madonna bailaba y descubría música; mientras que Danceteria, aparte del baile, le proporcionaba interesantes relaciones sociales. Será Mark Kamins de Danceteria quien, a través de un contacto, hará llegar la demo de Madonna a Sire Records (sello que pertenece al conglomerado Warner Bros. Records desde 1978), que terminaría fichándola. Lo que Sire escucha es la maqueta de canciones como «Everybody» o «Burning Up», grabadas en 1982 con su amigo Stephen Bray, que también se mudaría a Nueva York poco tiempo después que Madonna. Merece la pena comparar las versiones que se editaron con las maquetas de estos temas (fueron publicados bajo el título Pre-Madonna en 1996 por Stephen Bray junto con otros registrados en 1981 y 1982).
Con Stephen Bray, Madonna montaría su última banda, Emmy & The Emmys, antes de decidirse por una carrera en solitario. Su primera banda fue Breakfast Club con los hermanos Gilroy, donde antes de ser cantante fue batería —siempre el ritmo—. Con los Gilroy aprende sus primeros acordes y comienza a componer canciones; desde el principio, Madonna va a estar involucrada en el proceso creativo. Además, ya en ese momento, aprende a escoger con mucho acierto a sus colaboradores, algo básico en el mundo de la música. El hecho de que Madonna haya sabido rodearse de muy buenos productores no siempre ha sido juzgado como un hecho positivo, y le ha quitado credibilidad por no hacerlo todo ella sola a la manera del «genio creador» clásico representado por Beethoven en la música sinfónica y por Bob Dylan en el rock. Es algo que también le sucede a Björk. Sin embargo, Jim Morrison —que no sabía tocar ningún instrumento— o Morrissey —que tampoco sabe— no han sido juzgados con el mismo criterio al trabajar con otros músicos. Porque hay un doble rasero a la hora de valorar las colaboraciones si eres hombre o mujer. Por ejemplo, el mismo David Bowie, que es señalado como uno de los mejores solistas de la historia, se caracteriza porque no funciona en sentido estricto como un solista, sino que colabora constantemente con otros instrumentistas y productores. Su carrera se ha basado, en gran parte, en su acierto para elegir colaboradores, y eso se percibe como una muestra de inteligencia. Sin embargo, Madonna o Björk, precisamente por eso, han sido vistas como artistas que dependen de otros.
Madonna (1983)
Madonna firma en 1982 con Sire y desde ese momento, avalada por el director del sello, Clive Davis, será una apuesta fuerte de la discográfica. Aunque se tratara de una artista desconocida, el potencial que ofrecía Madonna era inmenso. No solo estaba la obvia calidad de su música y el gancho de sus canciones («Burning Up», presente en la demo y compuesta íntegramente por Madonna, sigue resistiendo muy bien el paso de los años), sino también el carisma y la fuerza que desprendía, así como su enorme capacidad de trabajo. Para un sello, esa garantía de contar con una artista que no va a fallar en un momento clave, en un mundo tan árido como el del negocio de la música, es un activo importantísimo. Como muestra de la valía de Madonna, es interesante explicar que cuando necesitó un mánager viajó a Los Ángeles. Allí tuvo una reunión con Freddy DeMann, que representaba a Michael Jackson. DeMann fue a Nueva York a ver una actuación de Madonna en Studio 54, mucho antes de que ella fuera una superestrella. Y salió totalmente convencido de que lo sería.
El primer single de Madonna fue «Everybody» (octubre, 1982), un tema que ya estaba en la maqueta grabada con Stephen Bray y que se incluirá también en su primer disco. La producción es de Mark Kamins y está en conexión con los sonidos más interesantes del momento. De hecho, la producción presenta similitudes con «Wordly Rappinghood» (1981) de Tom Tom Club, la banda paralela de Tina Weymouth, bajista de Talking Heads.
En líneas generales, el álbum debut de Madonna (julio, 1983) es un reflejo de su tiempo, imbuido de aquello que sonaba en determinadas discotecas de Nueva York, y es fruto de su época, de una determinada escena que era la que ella estaba viviendo. No será un álbum fácil de grabar para Madonna. Primero porque se encuentra con poco material (propio y ajeno) para trabajar, y esa limitación en el número de canciones lastrará algo el disco, aunque tenga varios temas que se sostienen bien («Borderline», «Everybody»). Pero lo más importante es que Madonna no confía ni en Mark Kamins ni en Stephen Bray para encargarse de la producción de un álbum entero. Aunque ambos contaban con sentarse a los mandos, Madonna escoge al más experimentado Reggie Lucas, que hace un buen trabajo; profesional, pero algo aséptico. El resultado no satisface del todo a Madonna, que encarga a Jellybean Benitez la remezcla de algunas canciones. Benitez, entonces DJ de Funhouse, le da un toque más callejero y con más aristas que lo que hace Lucas. Muestra su dominio del estilo freestyle, como se puede escuchar en «Holiday»[2]. Conviene compararla con otro tema de la misma clase y lanzado casi al mismo tiempo, el llenapistas «Let the Music Play» para ver hasta qué punto se trata de un álbum que se erige en testimonio de una artista en el contexto de la efervescente escena de baile neoyorquina de principios de la década. El plan consistirá en lanzar una serie de singles antes de editar un LP completo para testar la reacción del público.
Like a Virgin (1984)
Si en su álbum de debut había trabajado con productores relativamente desconocidos, aquí Madonna necesita afianzar su creciente condición de estrella y consolidarse con un disco de primer nivel. Aunque ella deseaba ser la productora, tras la mala experiencia con su disco anterior, en este momento necesitaba un gran nombre, como el de Nile Rodgers. Una de las mayores aportaciones de Rodgers será el equipo de colaboradores que trae con él, en especial el bajo (Bernard Edwards) y el batería (Tony Thompson) de su antigua banda, Chic. Este es un álbum de baile, pero no está programado —que empezaba a ser lo habitual—, sino tocado por músicos. Con muy pocos instrumentos, tiene un sonido poderosísimo, grandioso, en especial el single titular. El disco cuenta con varias joyas compositivas que lo apuntalan: la primera es «Like a Virgin», con esa línea de bajo que rememora a «Billy Jean», el obsesivo riff de dos golpes y una letra que genera una sorprendente tensión al ser interpretada por una cantante con una imagen nada virginal.
La canción, compuesta por Billy Steinberg y Tom Kelly, no estaba pensada para ningún artista en concreto, y Michael Ostin, uno de los A&R (Artist and Repertoire) de Warner, consigue que sea para Madonna. Ese era uno de los trabajos de los A&R de las compañías: buscar canciones para intérpretes, y viceversa. La maqueta original está cantada en falsete por Tom Kelly y recuerda a Smokey Robinson, maravilloso cantante y compositor de la Motown, aquel al que Bob Dylan llamó «el mejor poeta de América». Esa canción lo tiene todo para ser un éxito: la melodía es un puro caramelo y la grabación dirigida por Nile Rodgers le da un toque funk y bailable que la redondea. Y en el gritito final de Madonna tras cada estribillo (aportación suya) es donde queda claro que ella siempre se apropia de las canciones.
«Material Girl» cuenta con elementos similares: referencias negras y sonoras —en este caso a «Can You Feel It» (1980) de los Jackson 5—, una letra ambivalente que puede leerse de muchísimas formas (y verse, ya que el videoclip añade nuevos significados). Sin embargo, la voz de Madonna ya no es esa «voz de chica», sino que emplea notas más graves; es más decidida y directa, más experimentada. Incluso irónica.
Desde el primer momento descubrimos su gran capacidad expresiva en el hecho de que adapte su timbre a cada tema. Sin embargo, a pesar de estos dos pilares, el disco no termina de despegar porque varias de sus composiciones no son suficientemente sólidas. Será tras la primera reedición cuando el álbum se consolide con una canción clave que no estaba en el original y que comentamos a continuación.
El maravilloso caso de «Into the Groove»
Con «Into the Groove» comenzará una larga serie de singles que, en principio, no están incluidos en ningún álbum (solo en recopilatorios y bandas sonoras), pero que son especialmente significativos como para tener un peso específico, no ya en la carrera de Madonna, sino en la historia de la música popular: «Vogue», «Justify My Love», «Who’s That Girl» y «Beautiful Stranger» se encuentran entre ellos.
Madonna combinará los dos grandes formatos de la música popular: el single y el LP. El single fue el principal artefacto del rock y el pop; el mercado de canciones era algo que se orientaba hacia el público adolescente en los años 50, y los LP eran más propios del jazz o del mundo de los crooners. Los LP no consiguen un número de ventas superior a los singles hasta 1968. Y sí, el LP representa una visión del artista más global, donde se pueden contar historias o reflejar una mirada más completa acerca de una temática. Además, suponían una gran fuente de ingresos para las compañías. Al menos, en la década de los 60, los singles no solían incluirse en los LP.
El caso es que Madonna es la única artista actual que no ha incorporado alguno de sus mayores singles en álbumes; es decir, trabaja ambos formatos con la misma intención y éxito. Cuida mucho el concepto general de sus discos, también de los singles, y en qué orden se lanzan, pero lo que no es habitual es que un artista de ese peso lance singles tan exitosos que no estén posteriormente en los LP. Ni Prince, ni Michael Jackson, ni siquiera Bowie lo han hecho. Es otra de sus singularidades.
Además, «Into the Groove» es uno de los mejores singles de Madonna. Está compuesto por ella misma junto con Stephen Bray para que lo cantara Cheyne, protegida de Mark Kamins, pero Susan Seidelman, la directora de la película Buscando a Susan desesperadamente (Desperately Seeking Susan, 1985), necesitaba un tema que sirviera de gancho. El single fue editado en Reino Unido, ya que no se quería saturar el mercado de Estados Unidos, pero terminó siendo tan exitoso que se incorporó al álbum Like a Virgin en su segunda edición. Es una excelente canción, con una producción negroide, audaz, exuberante y muy, pero que muy bailable.
Ciccone Youth
En 1986 los miembros de la banda Sonic Youth, junto con el bajista Mike Watt (Minutemen), formaron Cicconne Youth. Y, aunque jamás llegaron a tocar en directo, grabaron varias versiones, entre ellas dos de Madonna: «Into the Groove» y «Burning Up» (con guitarras de Greg Ginn de Black Flag). Resulta sorprendente la lectura que hacen de esa canción, totalmente en consonancia con la vanguardia que ellos practicaban. En la autobiografía La chica del grupo (2015), Kim Gordon, bajista de Sonic Youth, aún sigue hablando bien de esa época de Madonna, y en especial de «Into the Groove».
True Blue (1986). Hacia la grandeza del pop. Asociación con Patrick Leonard
Después del tremendo éxito de Like a Virgin, Madonna toma definitivamente los mandos y coproduce todo su nuevo álbum junto con Stephen Bray y Patrick Leonard. Se lanza a un disco que se basa sobre todo en la excelencia de la canción pop, pero introduciendo ciertos matices más adultos y reflexivos, como son la letra y la interpretación de «Papa Don’t Preach» y la muy emotiva y profunda «Live to Tell». Además, aparece el coqueteo latino de «La Isla Bonita», que será la primera de sus muchas canciones que presentan relación con el mundo hispano.
Lo curioso de todo es que varios de los temas más fuertes de True Blue son descartes de otros artistas que Madonna logra llevar a su terreno y convertir en éxitos. Se podría decir que consigue oro con las sobras de otros. Por ejemplo, Cyndi Lauper había rechazado «Open Your Heart» y Michael Jackson, en plena grabación de Bad, dijo que no a «La Isla Bonita». «Live to Tell» originalmente era una banda sonora que, tras ser rehusada por Paramount, Patrick Leonard presenta a Madonna, quien se encarga de hacer la letra y la melodía sobre la base de Leonard. Como muestra de la inmediatez de ideas de Madonna, cabe reseñar que la voz que sale en el disco es la primera toma que grabó.
El tema titular, «True Blue», está inspirado en los girl groups de los 60 y funciona como un homenaje a estas formaciones femeninas. Aunque en Like a Virgin ya aparecía «Shoo-Bee-Doo» en la misma onda, «True Blue» está mucho mejor resuelta. Es un cliché, pero muy bien hecho y no está alejada de otras grandes canciones que rememoran ese estilo, como «Hungry Heart» de Bruce Springsteen o la mayoría de los temas de Los Ramones.
Pero el que más destaca será el primer single, «Papa Don’t Preach», escrito por Brian Elliot. Primero, porque vuelve a introducir una letra controvertida que acomete no solo el asunto del aborto, sino también la relación de una hija con su padre. Que esto lo hiciera una artista que había aparecido en MTV vestida de novia y tirada por el suelo cantando «Like a Virgin» o interpretando con descaro «Material Girl» nos indica la gran cantidad de personajes en los que Madonna se puede convertir. Ofrece multiplicidad de posturas y siempre desde un punto de vista muy personal. Lo más notable de «Papa Don’t Preach», aparte de que es una magnífica composición, es la capacidad de adaptación vocal de Madonna; empieza en un registro grave, de súplica y tristeza, y llega hasta la parte aguda del estribillo donde, como no alcanza con limpieza las notas más altas, rompe levemente su voz, algo que añade a su interpretación un componente más dramático.
La colaboración de Patrick Leonard está muy bien equilibrada con la participación de Stephen Bray. True Blue es un álbum más completo que Like a Virgin, pero lo mejor estaba aún por llegar.
Like a Prayer (1989). La obra maestra del pop. Otra vez la doble lectura
Madonna se coronará con este disco. Estamos ante un álbum perfecto que recorre distintos lados del pop; una obra sólida que, curiosamente, tiene sus partes más flojas en las dos colaboraciones de Prince que, además, rompen el tono del conjunto. Patrick Leonard tiene un peso muy específico: coescribe y produce todos los cortes excepto los dos de Stephen Bray y los dos de Prince. También muestra su pasión por los arreglos de cuerda, a los que Madonna, muy aficionada a Mozart y Vivaldi, siempre había sido muy proclive y que repetirá en varios momentos de su carrera.
El tema titular es una de las cumbres de la música popular de las últimas décadas. En una misma canción se combinan una parte negra, de puro góspel, con otra bailable y pop de altos vuelos. Resulta asombroso cómo la introducción, una vez que la canción ya ha comenzado, vuelve a aparecer dos veces más, deteniendo el trote rítmico sin que eso haga que el tema se resienta. En el puente del minuto tres va cambiando de acordes mientras Madonna canta el motivo principal. Ese mismo truco se empleará, por ejemplo, en «Ray of Light», también con letra espiritual y arreglos tremendamente bailables. Para culminar, cuando parece que la canción va a terminar, vuelve a empezar (¡otra vez más!) hasta el desenlace final en forma de coda. Es una canción que resucita constantemente.
En Madonna, las connotaciones religiosas no van ligadas al arrepentimiento católico, sino que ella lo une a la expresividad del baile que remite a una forma de catarsis. Esa manera de entender el baile y la religión la tuvo también Prince. Además, Prince, como Madonna, era un gran fan de Sly and the Family Stone. Había varios puntos en común entre esos dos artistas que hacían presagiar que una colaboración entre ambos podía, a priori, dar lugar a algo muy interesante. Además, Prince había demostrado que era un gran autor para voces femeninas (por ejemplo, «Nothing Compares 2 U» para The Family, 1985, y «Manic Monday» para The Bangles, 1986). Pero no terminó de funcionar, y «Love Song» y «Act of Contrition» son más adecuados para un contexto como el de Erotica. Además, la melodía no es del todo rompedora en un disco que, precisamente, está repleto de líneas melódicas imbatibles. La producción suena demasiado a Prince, incluso por momentos también la voz de Madonna. No hay una mezcla real. Es un puro tema de Prince en un álbum de Madonna, aunque aunque ella sea coproductora. Una lástima, ya que precisamente una de las grandes virtudes de Madonna es obtener de los productores cosas nuevas o, al menos, distintas. Será un error que Madonna no volverá a cometer. A partir de ese momento, su personalidad estará siempre por encima de cualquier coautor o productor.
Stephen Bray solo produce dos canciones; una de ellas es la segunda del álbum, «Express Yourself». Esta canción refleja plenamente el espíritu del sello Motown, desde el principio, con la llamada a las armas a lo Martha and the Vandellas, hasta la sección instrumental del medio, que nada tiene que envidiar al mejor Stevie Wonder. De nuevo los códigos de la música negra siguen presentes al final del tema con el juego de llamada-respuesta. Es un canto al empoderamiento femenino y, en el fondo, a la liberación humana. Si «Like a Prayer» nos acerca al mundo espiritual y termina siendo un éxtasis físico, «Express Yourself» es una expresión física que acaba culminando en un éxtasis emocional. El disco se abre con dos temas que, siendo en apariencia tan distintos, acaban pareciéndose mucho y siembran desde el primer momento el tono general.
