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Durante un viaje como clown social en Rumania, en octubre del 2006, con mis compañeros visitamos un Instituto que hospeda menores húerfanos. Los pequeños eran más de cien y el personal de servicio no llegaba a ser más de seis encargados en total.En particular, me impresionó un niño entre los tantos, que a pesar de que tuviera 3 años, no era capaz de hablar. Nadie había “perdido” tiempo en enseñárselo.Algo se quebró y algo contemporáneamente nació en mí. Era una nueva conciencia, que quedó por años en el fondo de mi corazón, día tras día, latido tras latido, la cual hizo florecer este libro.Francesca Romana Pistoia, nació en Roma en 1968, se graduó en Ciencias Políticas con orientación Internacional y encaminó su desarrollo profesional en los ámbitos de: la inclusión social, finanzas éticas, microcrédito y políticas activas de promoción del trabajo como instrumento de lucha contra la desocupación y la marginación social.Periodista desde el 2000, escribe sobre música, arte, teatro y cine. Habla perfectamente cinco idiomas y desde el 2005 es un clown social, participando activamente y organizando misiones de la sonrisa en Guatemala, Rumania, Costa de Marfil y Tanzania. La palabra que mejor la describe es: ¡entusiasmo!
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Bomba de chocolate
Francesca Romana Pistoia
Título original: Bomba al cioccolato
Copyright – Todos los derechos reservados
ISBN original: 9788827506783
Traducción: RDR Traducciones
Diagramación interior: Editorial Zadkiel
Diseño y diagramación de portada: Rosso China
Fotografias interiores del libro: Pixabay – CC0 (Olichel, Free-Photos, Mirror_eyes, Terimakasih0, Stokpic, Counselling, RonPorter, Skeeze)
Formato digital a cura de Rosso China
Editorial Zadkiel www.editorialzadkiel.com
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Dedico este libro a
Alessia y Corrado
Prefacio
¿Qué siente un niño ante el abandono de sus padres?
Una realidad dramática. La experiencia más terrible que pueda sucederle a un niño: miedo, aflicción, confusión, profunda rabia y el sentido de culpa por haber nacido, o por ser un equívoco. El dolor es lacerante.
Piotr tiene solo diez años no vividos, o mejor dicho, vividos con frío adentro y afuera. Su vida es como un escenario de su país natal, poblado de miseria y de incertidumbres, donde un plato caliente a menudo se convierte en un lujo, y el sufrimiento está cocido por encima como una segunda piel, de la cual no es posible deshacerse como de ropa desgastada. Un escenario rodeado de calles y de árboles cubiertos de nieve gran parte del año. Un paisaje surrealista, donde la helada logra enmudecer hasta el canto del pajarito temerario al que, por casualidad, se lo ve posado sobre una rama. El pajarito no está solo, porque cerca de él su mamá no lo pierde de vista, no lo deja; como harán la mamá y el papá de Piotr. En un escenario como este, donde el rumor del silencio sobrepasa cada cosa, uno se pregunta: ¿cómo puede sobrevivir un niño con un dolor así de grande? ¿Cómo puede ser olvidado por sus mismos padres?
Difícil explicarle a un niño que pronto lo dejarán, que no verá más a sus padres ni la casa donde vivió hasta ahora. Explicarle que, de pronto, también las pequeñas cosas dejarán de existir. El viaje en tren que realizará con su padre será el último momento que pasará junto a él. Para Piotr, será un viaje al interior del miedo y de la angustia, donde observará cada detalle e imprimirá dentro de sí cada momento y cada recuerdo vago de familia, a la espera de que le expliquen el porqué de toda esta situación… si está viviendo un sueño o una pesadilla. La espera pronto dará lugar a la resignación y a la impotencia, antecámara de la depresión y de la rabia que muchas veces toma forma de violencia, contra sí mismo, contra el mundo. No poder huir, no poder luchar contra algo ineludible. Bastante serán el miedo y la imposibilidad de expresar su dolor. La única respuesta posible será la inmovilidad. Se convertirá en una pequeña estatua de cera, pronta a derretirse al calor de un abrazo que nunca llegará. No podrá llorar y las lágrimas contenidas, cavarán surcos profundos en su alma herida.
Siguiendo en silencio al padre, Piotr se perderá en la sombra oscura de un trauma demasiado grande para ser conservado y, sobretodo, comprendido. Congelará las emociones y los sentimientos, como único recurso para no “morir” por dentro. Enterrará en lo profundo todas las preguntas, que sin embargo se volverán con el tiempo cada vez más apremiantes.
El Instituto de 400 pequeñas almas que le recibirá, constituirá su único punto de referencia. Su “familia”, sus hermanos, sus amigos. Aquellos con quienes compartirá todo: angustia, rabia, juegos, el pedazo de pan, el arroz, el llanto, los deseos, las fantasías. La imaginación se convertirá en el único medio para inventar un presente mejor, un don precioso que nadie puede quitar a un niño. Para estos niños no es posible pensar o imaginar el futuro. Porque el futuro no existe.
¿Cuál podría ser la fantasía de futuro de un niño abandonado? El sabor amargo de la incertidumbre hace caer también los más pequeños sueños: un plato caliente, una cama, un techo sobre la cabeza. No se pueden tampoco imaginar las pequeñas certezas, así como no es posible imaginar, por cierto, lo que no se ha tenido nunca, una familia. Una mamá que te abrace mientras pronuncia tu nombre, un papá que te ayude a poner el abrigo para acompañarte a la escuela, los almuerzos y las cenas juntos en la mesa, una verdadera familia el amor transforma el más simple trozo de pan en una exquisita torta hace poco horneada. Así la imaginación es censurada por el dolor, por aquello que no se puede tener.
En esta cotidianeidad, Piotr construirá sus pequeñas seguridades y desesperadamente excavará y recurrirá a su fuerza interior para dominar el sentido de soledad, de dolor, y para lograr sobrevivir y remontar vuelo.
Tras los días con ritmos siempre iguales, donde la única certeza es un presente que se puede compartir con los otros, llegará el día en que los eventos, harán temblar de miedo a Piotr y a todos los niños del Instituto. De improviso será como encontrarse sobre una balsa en medio del río, con la sensación de estar allí, a punto de ahogarse; una grieta que se reabre y deja fluir las emociones y los dolores sofocados e imposibles de olvidar. Piotr se verá llevado a una dimensión nueva y desconocida. Difícil saber que, en breve, desde aquel hecho inesperado, habría de conocer a Marta y, con ella, una alegría nunca probada antes. Un encuentro que le dará la posibilidad de derretir sus resistencias, de abrir su corazón y de comprender por primera vez qué quiere decir amar.
Con gran esfuerzo y con la ayuda de Marta, aquel niño de verdades silenciadas y, por lo general ignoradas aprenderá a mirar dentro de su dolor y a aceptar la propia experiencia, a dar espacio a los sentimientos y a las emociones. Será esta apertura la que le permitirá modificar el curso de su vida. Una nueva conciencia que lo llevará a reconocer y a acoger aquello que por miedo, dolor y rabia creía no meritar, o no consideraba tener el derecho a probar.
