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"BH Hispania es una obra que nos acerca al pasado de nuestro territorio de forma fiel y sencilla. Dividida en diferentes capítulos aborda una parte importante de la historia de España ampliamente tratada por muchos otros eruditos. El autor nos presenta un pequeño manual que hace las delicias de todo amante de la historia, con información buena y precisa sobre el tema tratado."(Blog Cientos de miles de historias, 20 de septiembre de 2011) Una de las provincias más ricas e importantes del Imperio romano, patria de filósofos y emperadores, conquistada tras acabar con su heroica defensa. No estaba en los planes de Roma conquistar Iberia para someterla, el objetivo principal era cortar la retaguardia de uno de sus mayores enemigos: Aníbal el cartaginés. Para ello los romanos tuvieron que vencer a no pocos enemigos. Breve Historia de Hispania recrea con todas sus luces y sus sombras los momentos más relevantes de la ocupación romana de la Península Ibérica y retrata a los personajes más sobresalientes, aquellos que hicieron de Hispania una de las provincias más relevantes de todo el Imperio. Jorge Pisa emprende en este trabajo un completísimo estudio histórico que abarca cronológicamente la totalidad de la presencia romana en la península. Analiza en una breve introducción la situación de la península de los distintos pueblos pre-romanos para pasar a continuación a determinar las razones y hechos que provocaron que en el 218 a.C. los romanos llegaran a Empúries. Aparecerán en la obra personajes que pertenecen ya a la leyenda, como el lusitano Viriato o históricas batallas que pertenecen al imaginario popular como la defensa de Numancia en las Guerras Celtíbéricas. Recorre el autor todo el periodo de la ocupación hasta el 476 d. C. año de la caída del Imperio a manos germánicas.
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2010
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BREVE HISTORIA DE HISPANIA
Jorge Pisa Sánchez
Colección: Breve Historiawww.brevehistoria.com
Título: Breve Historia de HispaniaAutor: © Jorge Pisa Sánchez
Copyright de la presente edición: © 2009 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres VitolasDirector de colección: José Luis Ibáñez
Diseño y realización de cubiertas: Onoff imagen y comunicaciónDiseño del interior de la colección: JLTVMaquetación: Claudia R.
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las corres pondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN-13: 978-84-9763-769-5
Libro electrónico: primera edición
Dedicado a mis padres, Miguel Angel y Amparo. Sin su apoyo, su cariño y su comprensión, cada uno a su manera, hubiera sido imposible escribir este libro.
Jorge Pisa Sánchez, 18 de junio de 2009.
ÍNDICE
Introducción
Capítulo 1:
La llegada de las águilas romanas
La Península Ibérica antes de la llegada de los romanos
La Segunda Guerra Púnica y la llegada de Roma
Las guerras celtíberas. Numancia
Las guerras lusitanas
Los conflictos romanos llegan a Hispania. Sertorio
El duelo de las Águilas La guerra civil entre Pompeyo y César
El final de la conquista. Augusto
Capítulo 2:
De la Iberia indígena a la Hispania romana. Romanización y organización de las provincias
La romanización
La organización del territorio. Las provincias y la administración
La administración local. Las ciudades
Capítulo 3:
Hispania felix. La sociedad y la economía en la Hispania antigua
La sociedad hispanorromana
La economía hispana. La minería
La agricultura
La pesca y las salazones. El comercio y el artesanado
Capítulo 4:
Las ideas, la cultura y la religión en Hispania
“Pan y circo”. Los espectáculos romanos
La cultura del agua. Los baños y las termas romanas
La educación y las letras
La religión en Hispania
El cristianismo en Hispania
Capítulo 5:
Pax romana. Hispania en el Alto Imperio
La dinastía Julio-Claudia (14 d.C. - 68 d.C.)
Un chiste de época de Augusto
La dinastía Flavia (69 d.C. - 96 d.C.)
La dinastía Antonina (96 d.C. - 192 d.C.).
La dinastía Severa (193 d.C. - 235 d.C.).
Capítulo 6:
Cambios y transformaciones. Hispania en el Bajo Imperio (siglos III y IV)
La crisis del siglo III. La anarquía militar
Las reformas de Diocleciano y Constantino
Hispania durante el Bajo Imperio
La obra de Teodosio. El triunfo del cristianismo
Capítulo 7:
La decadencia y el final del dominio romano de Hispania en el siglo V. El camino hacia la Edad Media
Las invasiones de los pueblos germanos
La invasión de Hispania. Visigodos, suevos, vándalos y alanos
La decadencia del poder romano en Hispania
El último acto del Imperio. La deposición de Rómulo Augústulo
Cronología
Bibliografía
Introducción
El periodo de dominación romana sobre la Península Ibérica constituye una de las etapas más importantes de la historia de España, ya que fue en esta época cuando se establecieron las bases políticas, sociales y culturales de los dos países que en la actualidad se reparten su territorio. Y fue Roma la encargada de transformar lo que no era más que un conglomerado de culturas y pueblos indígenas en diferentes estados de evolución política, económica y social, en un territorio unificado políticamente en el que floreció la economía y la cultura de marcado cuño romano.
La romanización del territorio hispano se inició en una época temprana a finales del siglo III a.C., ya que la Península Ibérica fue el primer territorio extraitálico dominado por Roma, lo que la hizo convertirse en la zona donde las autoridades romanas tuvieron la posibilidad de poner a prueba lo que más tarde sería el modelo de gobierno imperial, que con el tiempo trasladarían a otros territorios de su imperio y donde antes se harían presentes los efectos de la romanización sobre sus gentes y ciudades.
Aun así, no hemos de entender este proceso como un fenómeno de una sola dirección, ya que si fueron muy evidentes los efectos de la romanización en la Península Ibérica también se produjo, en cierto grado, un proceso de hispanización de Roma.
Como es lógico y normal, el contacto entre Roma e Hispania favoreció a ambas regiones. La primera de ellas no solo aportó el nombre a los nuevos territorios conquistados, sino también una nueva lengua, el latín, de la cual surgirían, en el futuro, idiomas peninsulares como el castellano, el catalán, el gallego o el portugués; una nueva cultura y un legado político, jurídico y administrativo que, basado en la vitalidad de las ciudades y de las leyes que se aprobaban en ellas, se mantiene hoy en día como elemento vertebrador del mundo en el que vivimos.
Por su lado Hispania proporcionó gran parte de su riqueza, sobre todo metalífera y agrícola, a Roma, a lo que se sumó la aportación de hombres para el ejército y administradores aptos para el gobier no, entre los que destacaron emperadores como Trajano (el Optimus Princeps) y Adriano, y pen sadores y filósofos como Séneca, que contribuyeron al avance del conocimiento y de la cultura romana.
En este libro he pretendido mostrar al lector los hechos que cubren, o mejor dicho que jalonan, el periodo de casi 700 años durante el cual Roma dirigió el destino de Hispania y del resto del mundo mediterráneo y los personajes que de una forma u otra fueron protagonistas de ellos. En su redacción he intentado narrar la historia de una forma ágil y amena, con la voluntad de dirigirme a todo el público interesado en la historia antigua, y más concretamente en la historia antigua de España, en un tono de difusión que no obstante no le roba el rigor científico que una obra de este tipo necesita.
Por otra parte he procurado escribir un libro actualizado, utilizando para ello las obras de referencia más recientes que el lector interesado en profundizar sus conocimientos en la materia hallará consignadas en un repertorio bibliográfico final, y he incorporado nuevas visiones y datos a la historia de este largo periodo, pues no son pocas las ocasiones en que recientes obras de síntesis histórica lo único que hacen es repetir viejos tópicos sobre la materia, que, y esto es lo más grave, a veces son incluso incorrectos.
El libro, y esto es algo que lo individualiza, abarca todo el periodo de dominación romana en la Península Ibérica, desde el desembarco de los hermanos Escipión en Empúries en el año 218 a.C., hasta la desaparición del último emperador romano de Occidente en el año 476, incluyendo un capítulo dedicado al complejo siglo V de la historia de Hispania, centuria olvidada y maltratada por muchas de las obras que tratan sobre la materia.
Por último, el texto general se acompaña con toda una serie de recuadros que pretenden informar sobre curiosidades o anécdotas históricas, que la mayoría de las veces se desconocen o ni siquiera se explican, y que ayudarán, seguro, al lector a profundizar en el conocimiento de la historia de Hispania de una forma más agradable y amena.
Como han reconocido algunos historiadores “entender la historia es siempre una tarea de detectives”. Pongámonos, pues, a investigar el pasado de la historia de Hispania, a descubrir las pistas necesarias para entender su evolución, descubriendo sus hechos y acontecimientos, sus personajes, y en definitiva, la realidad de un periodo histórico muy lejano pero al mismo tiempo muy cercano y familiar.
1
La llegada de las águilas romanas
La conquista de Hispania
LA PENÍNSULA IBÉRICA ANTES DE LA LLEGADA DE LOS ROMANOS
Si algo caracterizaba a la Península Ibérica en la época anterior a la conquista romana, era la gran diversidad de los pueblos que la habitaban. Aun así, podemos agrupar su territorio en el siglo III a.C. desde el punto de vista lingüístico en dos grandes zonas, una indoeuropea, que abarcaba las partes occidental y central de la península, y una no indoeuropea, que englobaba la franja más oriental y meridional. Hemos de tener en cuenta que a esta diversidad étnica y lingüística se sumaba el diferente nivel de desarrollo de estas comunidades. Si la historiografía anterior nos proponía una visión más primitivista, la investigación más reciente nos muestra un panorama de mayor complejidad social, política y económica, en el que algunos de estos pueblos, como es el caso de íberos y celtíberos, habrían alcanzado incluso una fase de organización estatal. Como el número de pueblos que ocupaban las tierras hispanas es muy elevado, nos centraremos en esta primera descripción, en aquellos que tuvieron un papel más importante en la resistencia ante la expansión romana.
La zona no indoeuropea abarcaba las costas orientales de la Península Ibérica, donde se desarrolló entre los siglos VI y I a.C. la cultura ibera, término que agrupa a un gran número de pueblos que, aunque no formaban una unidad política, compartían una cultura material identificable arqueológicamente, una lengua con varios dialectos, y fueron considerados por los romanos como un colectivo con entidad propia. Esta realidad social y política ibera sería el resultado de la interacción entre la evolución propia de las poblaciones indígenas y la influencia ejercida por los colonizadores orientales. Se diferencian tres grandes zonas dentro del panorama ibero, la de las costas meridionales, la franja de Levante y la zona catalana. La población estaba asentada en oppida o ciudades fortificadas, y había desarrollado una intensa explotación agropecuaria y minera de su territorio, con la que participaba activamente en el comercio mediterráneo.
Por otra parte, entre los pueblos de raíz indoeuropea se hallaban los lusitanos, que ocupaban el territorio más occidental de la península entre el Tajo y el Duero. Su economía estaba basada en la ganadería y la minería. Aun así, no era una zona muy desarrollada comercialmente, debido a la falta de vías y medios de comunicación eficaces. El poder político, social y económico estaba concentrado en manos de la aristocracia militar, hecho que obligaba a los individuos con menos recursos a servir como mercenarios o a organizar bandas de bandoleros, que realizaban campañas de saqueo a los territorios vecinos más ricos.
Al norte de los lusitanos se situaban los galaicos, que ocupaban el extremo noroeste. Su economía estaba basada en la agricultura y, en menor proporción, en la ganadería, el marisqueo y el comercio. Vivían en castros o asentamientos fortificados con escaso desarrollo urbano y poseían una lengua propia. Al este de los galaicos estaban los astures y cántabros, de los que hablaremos más adelante.
En la zona del Sistema Ibérico y el este de la Meseta estaban establecidos los celtíberos, que eran el pueblo celta más importante en el momento de la llegada de los romanos. Los celtíberos poseían una fuerte jerarquización social y un avanzado urbanismo, con oppida como Numancia, con un trazado ortogonal y grandes viviendas, que pueden considerarse verdaderas proto-ciudades y que controlaban un territorio estructurado bastante amplio. Además poseían moneda y una escritura propia.
Los vacceos y los vetones eran también pueblos importantes. Los primeros ocupaban el centro de la Meseta norte y tenían una agricultura ampliamente desarrollada. Sus asentamientos eran de gran tamaño y poseían también una destacada jerarquización social. Los vetones que ocupaban el suroeste de la Meseta eran un pueblo ganadero ya que estaban asentados en tierras poco aptas para la agricultura y su población vivía en oppida con murallas defensivas.
Finalmente, también localizamos en el suelo peninsular las colonias fundadas por fenicios y griegos, que se establecieron en la costa mediterrá nea en busca de materias primas, cobre y estaño, productos agrícolas y nuevos mercados con los que comerciar. Los primeros en llegar fueron los fenicios, que se establecieron en el sur, el levante peninsular y las islas Baleares, fundando ciudades como Gadir (Cádiz), Sexi (Almuñécar, en Granada), Abdera (Adra, en Almería) o Ebusus (Ibiza). Por su parte, los griegos ocuparon la zona costera septentrional, estableciéndose en colonias como Emporion (Empúries, Girona) o Rhode (Roses, Girona).
LOS VERRACOS VETONES
Una de las manifestaciones artísticas más características del mundo indígena peninsular, y más concretamente del pueblo vetón, la constituyen los verracos, esculturas de animales realizadas en piedra que han aparecido por todo su territorio. Estas esculturas son representaciones bastante esquemáticas de toros, cerdos y jabalís, en las que destacan la representación de algunas partes de su anatomía, como los ojos, las fauces, el hocico y los órganos sexuales.
Se ha asignado funciones muy variadas a estos verracos, desde haber sido concebidos como representaciones funerarias, tener un objetivo económico, señalizando buenas zonas de pasto, o incluso se los ha considerado monumentos conmemorativos de victorias romanas. En la actualidad se consideran esculturas vinculadas a ritos de protección y reproducción del ganado, un elemento muy importante en la economía y la sociedad vetona. Existen numerosos ejemplos de estas esculturas entre los que destacan los de Mesa de Miranda (Chamartín), Las Cogotas (Cardeñosa) o los famosos Toros de Guisando (El Tiemblo), todos ellos localizados en la provincia de Ávila.
Los cuatro Toros de Guisando (El Tiemblo, Ávila) es el conjunto escultórico vetón más conocido. Son piezas de más de 2,5 m de largo y están fechadas entre los siglos IV y I a.C.
LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA Y LA LLEGADA DE ROMA
No es posible entender la conquista romana de la Península Ibérica sin analizar, brevemente, la situación del Mediterráneo occidental en esta época, pues la arribada de cartagineses primero y romanos después se ha de entender como consecuencia de la lucha por el control político y económico de esta zona por ambas potencias.
Si la relación entre cartagineses y romanos se había desarrollado en torno a tratados comerciales, que delimitaban las zonas respectivas de poder, la creciente rivalidad entre ambos estados y sus aliados llevó al inicio de la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), de la cual salió vencedora Roma, que estableció unas duras condiciones de paz a su oponente, obligándole a abandonar Sicilia y a pagar una indemnización de guerra de 3.200 talentos, a lo que se sumó, poco después, el dominio de la isla de Córcega. Cartago respondió a estas medidas con la conquista del sur de la Península Ibérica, utilizando sus riquezas como solución a la derrota militar y como forma de recuperación del Estado. De esta forma el general cartaginés Amílcar Barca desembarcó en el año 237 a.C. con un ejército en tierras hispanas. Su actividad fue continuada, después de su muerte en el año 229 a.C, por su yerno Asdrúbal, que fundó la ciudad de Cartago Nova (Cartagena) y firmó en el año 226 a.C. el famoso Tratado del Ebro, que delimitaba en este río el límite de la expansión cartaginesa en el norte. Aníbal, hijo de Amílcar, sucedió a Asdrúbal como jefe militar. Poco después, la toma de la ciudad de Sagunto por parte de Aníbal en el año 218 a.C. provocó el nuevo enfrentamiento con Roma. La conquista de esta ciudad y su relación con las cláusulas del Tratado del Ebro, es uno de los episodios que ha hecho verter más tinta, tanto a los autores antiguos como a los más modernos, al intentar esclarecer las causas del inicio de la Segunda Guerra Púnica. Aunque no es este el lugar donde clarificar este gran dilema, lo que sí que parece claro es la existencia de una gran rivalidad política y comercial entre ambos estados y sus aliados, que no hizo otra cosa que aumentar con el paso del tiempo, y que llevó al nuevo enfrentamiento entre las dos potencias por el control del Mediterráneo occidental, el resultado del cual afectaría al futuro de toda la zona.
Tras el inicio de las hostilidades, Aníbal sometió a los pueblos del norte del Ebro antes de partir con su ejército hacia Italia. Poco después, en el mismo año 218 a.C., el cónsul Publio Cornelio Escipión y su hermano Gneo desembarcaron en la ciudad griega de Empúries, aliada de Roma, con el objetivo de cortar la línea de abastecimientos del ejército de Aníbal. Los Escipiones iniciaron con éxito sus primeras campañas contra los ejércitos cartagineses que defendían la península, consolidando su posición en la costa nororiental y consiguiendo desbaratar la línea de aprovisionamiento cartaginesa. Aun así, los primeros éxitos romanos de Cesse (identificable con la posterior Tarraco), Hibera (posiblemente la población que más tarde sería Tortosa) y Sagunto se vieron truncados con la muerte de los dos generales romanos en el año 211 a.C. Este duro golpe obligó a Roma a nombrar, como nuevo general para dirigir el esfuerzo bélico en la península, a Publio Cornelio Escipión (más tarde conocido como el Africano), hijo del Publio muerto en tierras hispanas, una designación que haría cam biar el curso de los acontecimientos. Publio llegó a Hispania en el año 211 a.C., consiguiendo una gran victoria con la toma de Cartago Nova dos años más tarde. La posterior victoria de Baecula (Santo Tomé, Jaén) en el 208 a.C. no solo abrió a las fuerzas romanas el valle del Guadalquivir, sino que atrajo hacia el general romano el favor de importantes caudillos indígenas. La última gran batalla en suelo hispano se libró cerca de Ilipa (Alcalá del Río, Sevilla) en el año 206 a.C., en la que el ejército romano venció definitivamente a las tropas cartaginesas de Asdrúbal Giscón. La entrega de la ciudad de Gades (la Ga dir fenicia), último bastión del poderío cartaginés, durante ese mismo año culminó la definitiva victoria romana. De esta forma llegaba a su fin la presencia cartaginesa en la Península Ibérica, al mismo tiempo que comenzaba la última fase del conflicto, que acabaría con la definitiva derrota de Anibal en el norte de África.
EL PRIMER “EMPERADOR” FUE NOMBRADO EN HISPANIA
La Batalla de Baecula no solo representó una importante victoria romana durante la Segunda Guerra Púnica, sino que tuvo también consecuencias para el futuro de Roma. Tras la derrota cartaginesa, algunos de los caudillos indígenas de la zona proclamaron rey a Escipión, jurándole obediencia. Este rechazó amablemente tal aclamación, indicándoles que el título de rey no podía ser aceptado en Roma, prefiriendo que lo consideraran su general (imperator). Este gesto tendría una gran importancia en la historia de Roma, ya que parece que fue este el origen de la aclamación como imperatores de los generales victoriosos, un título que con el tiempo se convertiría en la designación de los emperadores romanos.
LAS GUERRAS CELTÍBERAS. NUMANCIA
Vencida la amenaza púnica, Escipión volvió a Italia, no sin antes organizar el dominio romano en la península. Aun así, no fue hasta el año 197 a.C. cuando Roma definió territorialmente sus conquistas. El Senado aumentó el número de pretores a seis, para enviar a dos de ellos a sus dos nuevas provincias hispanas, la Citerior al norte y la Ulterior al sur. Teniendo en cuenta que Ulterior quiere decir “lo que está de la parte de allá, más allá de, la lejana”, y Citerior “situado de la parte de acá”, los romanos designaron inicialmente la Citerior como la provincia más cercana a ellos y la Ulterior como la más alejada. La actividad de los gobernadores se centraría, básicamente, en la de fensa y pacificación de un territorio donde las revueltas y los enfrentamientos constantes mostraban un amplio rechazo al dominio romano.
Bustos de Aníbal y Publio Cornelio Escipión Africano, dos de los protagonistas principales durante la Segunda Guerra Púnica, de la que salió victorioso el general romano, vencedor en Hispania y en África.
Los continuos problemas militares obligaron a Roma a enviar al cónsul Marco Porcio Catón a la península en el año 195 a.C., al frente de un gran ejército, con el objetivo de pacificar las dos provincias, propósito que consiguió tras algunos enfrentamientos militares, y exigiendo la entrega de armas y la inutilización de las fortificaciones indígenas. De esta forma, los permanentes esfuerzos militares de los gobernadores llevaron a la extensión hacia el oeste del territorio provincial, hecho que amplió el contacto con los pueblos lusitano y celtíbero, a los que se enfrentarían más tarde. Uno de los personajes que más se distinguió durante esta época fue Tiberio Sempronio Graco, elegido gobernador para la Citerior en el año 180 a.C., que consiguió estabilizar las fronteras provinciales, estableciendo un alto grado de pacificación interna y fundando, además, la ciudad de Gracurris (la actual localidad riojana de Alfaro). Tras la marcha de Graco se vivió una época de relativa tranquilidad en Hispania, que representó una breve tregua ante los graves conflictos que pronto se desatarían en el territorio peninsular.
Los celtíberos conocían de antiguo la política expansiva romana y, dependiendo de la situación, habían luchado contra los ejércitos invasores o bien habían pactado con ellos. Aun así, la realidad política en la Celtiberia durante los siglos III y II a.C., que había evolucionado hacia el desarrollo de una organización estatal, generó un vasto rechazo al avance romano. La ampliación de la ciudad y de las murallas de Segeda (Mara, en lo que hoy es la provincia de Zaragoza), hecho que contradecía las cláusulas de los pactos firmados con Graco, se convirtió, así, en el origen de la guerra contra los pueblos celtíberos, en la que destacó la ciudad de Numancia, en las proximidades de la actual Soria, que se convirtió en un símbolo de la resistencia indígena.
Roma envió a la península un ejército consular en el año 153 a.C, al mando de Fulbio Nobilior, que fue el primer general romano que asedió sin éxito Numancia. Fue substituido por Claudio Marcelo, que realizó operaciones militares en territorio celtíbero y firmó con sus habitantes un primer tratado de paz. Los enfrentamientos se reemprendieron en el año 143 a.C., exaltada la resistencia celtíbera tras las victorias de Viriato contra los ejércitos romanos. Un poco más tarde, el cónsul Cecilio Metelo Macedónico desembarcó en la península, conquistando los núcleos indígenas de Centobriga (en el valle del Jalón, sin identificar) y Contrebia (la ciudad de los lusones, de dudosa localización igualmente). A Metelo le siguieron nuevos cónsules que no tuvieron demasiado éxito en sus campañas.
La duración y la dureza de la guerra en Hispania y la indisciplina y el malestar de las tropas aquí destacadas se acabaron convirtiendo en una pesadilla para el propio Senado romano. Esta situación cambió drásticamente tras el nombramiento, como cónsul, de Publio Cornelio Escipión Emiliano, en el año 134 a.C., con el objetivo de poner fin a la guerra. Escipión, para hacer frente a los problemas de reclutamiento, reunió un ejército de voluntarios, amigos y clientes (o individuos que formaban parte de su séquito), a los que entrenó durante varios meses bajo una dura disciplina. Después de atacar las ciudades vacceas de Cauca (Coca, en Segovia) y Pallantia (Palencia), inició el asedio de Numancia, que rodeó con una muralla y hasta siete fortines. El sitio duró quince meses, tras los cuales los numantinos se vieron obligados a rendir la ciudad sin condiciones, aunque un gran número de ellos optaron por el suicidio. El general romano arrasó el lugar y repartió su territorio entre los pueblos indígenas aliados, dando fin así a la guerra.
LAS GUERRAS LUSITANAS
Para entender mejor las dificultades que Roma halló en esta época en Hispania, hemos de tener en cuenta que tanto la guerra contra los celtíberos como el enfrentamiento con los lusitanos se desarrollaron más o menos durante la misma época, y aunque en ningún caso estos pueblos llevaron a cabo una resistencia común, sí que es cierto que en algunas ocasiones coordinaron sus esfuerzos militares contra el ejército romano.
¿POR QUÉ EL AÑO COMIENZA EL DÍA 1 DE ENERO?
Muchas veces no nos preguntamos el por qué de las cosas cotidianas que damos por supuestas, como puede ser la fecha en que iniciamos el año. La razón de esto está muy ligada a la historia antigua de Hispania. Si bien el año oficial (o consular) en Roma se iniciaba el día de los idus de marzo, es decir, el 15 de ese mes, en el año 153 a.C. esta fecha se adelantó al 1 de enero, para permitir al cónsul de turno avanzar los preparativos de sus campañas militares, ya que en la Antigüedad la época apta para guerrear era la primavera y el verano, no acostumbrándose a batallar el resto del año. Como mínimo dos autores antiguos, Livio y Casiodoro, relacionan este cambio de calendario, que afectaría con el tiempo al resto del mundo, con los preparativos del ataque romano a la ciudad de Segeda.
Las causas de las Guerras Lusitanas las hemos de buscar en la desigual distribución de la tierra y de la riqueza en el seno de la propia sociedad indígena, lo que obligaba a una gran parte de la población a llevar a cabo campañas de saqueo y pillaje en las tierras vecinas más ricas, sobretodo en la zona del sur peninsular, dominadas ya por Roma. Estas prácticas de pillaje provocaron enfrentamientos entre los ejércitos romanos y las bandas de saqueo lusitanas ya a principios del siglo II a.C. El primer incidente importante no se produjo hasta el año 154 a.C., cuando grupos de lusitanos liderados por un tal Púnico, asaltaron el territorio de la Hispania Ulterior y vencieron al pretor de la provincia, provocando, según Apiano, 6.000 bajas en el bando romano y consiguiendo el apoyo de los pueblos vecinos. A Púnico le sucedieron como líderes de las bandas lusitanas Caisaros y posteriormente Caucainos, que continuaron los ataques y depredaciones.
Vaso de los Guerreros, Museo Numantino (Soria). Siglo I. a.C. Es la pieza cerámica celtíbera más conocida que representa a dos guerreros con equipo militar y vestimenta de tradición indígena
La respuesta romana no se hizo esperar, iniciándose la ofensiva en el propio territorio lusitano, donde el pretor de la Ulterior, Sulpicio Galba, junto con las tropas del cónsul Lúculo, atacaron a los lusitanos en el año 151 a.C, obligándoles a solicitar la paz. Galba, con una falsa promesa de reparto de tierras, consiguió reunir y desarmar a un gran número de guerreros lusitanos con sus familias, a las que traicioneramente rodeó, llevando a cabo una gran matanza entre ellos. Pocos sobrevivieron a esta masacre siendo, según las fuentes, uno de ellos Viriato, que se puso al frente de las fuerzas lusitanas, derrotando en el año 147 a.C. a las tropas romanas y haciendo prisionero al nuevo gobernador, Cayo Vetilio, que murió poco después.
El Senado envió pronto contra Viriato al cónsul Fabio Máximo Emiliano, que obtuvo diversos éxitos. Después de conseguir reducir la actividad de Viriato a la zona de la propia lusitania, este consiguió acorralar a las tropas del procónsul Fabio Máximo Serviliano, obligándole a negociar con él, proclamándose “amigo del pueblo romano” y declarando su territorio independiente. Aun que el tratado fue reconocido en Roma, no tardó mucho tiempo en ser derogado, nombrándose a un nuevo procónsul para dirigir las operaciones militares. Más tarde, Servilio Cepión consiguió batir en retirada al caudillo lusitano hacia las tierras de la Carpetania. Fuertemente debilitado, Viriato volvió a negociar con el general romano, enviando a tres nativos de la ciudad de Urso (Osuna) a negociar con él, que a su vuelta, e instigados por Cepión, asesinaron a Viriato. Una vez muerto el líder de la resistencia lusitana, no le costó demasiado a Roma conseguir la sumisión definitiva de su pueblo. Junio Bruto consiguió vencer finalmente la poca resistencia aún operativa, asentando a los lusitanos en la ciudad de Valentia (que parece que no es la mediterránea) y en Brutobriga, ciudad de localización insegura. El dominio del territorio lusitano permitió a Bruto internarse en territorio galaico, en la zona del valle del río Miño, enfrentándose a los bracarenses y conquistando Talabriga (Lamas do Vouga, Portugal) por lo que el Senado romano le concedió el título honorífico de Galaicus.
LA RESISTENCIA DE VIRIATO
Si un nombre destaca sobre todos los demás en las guerras que Roma dirigió contra los lusitanos, este fue el de su líder más importante, Viriato. Los autores antiguos nos informan de sus orígenes humildes en una tribu de pastores, y de su promoción como jefe de la resistencia lusitana tras la matanza perpetrada por Galba en el año 150 a.C.
Viriato se enfrentó a la superioridad militar romana utilizando la táctica de la guerrilla, de la cual demostró un gran dominio, con el objetivo de evi tar un enfrentamiento en campo abierto que beneficiaba ampliamente al ejército enemigo, con siguiendo, de esta forma, varias victorias como la obtenida ante el pretor Vetilio en el año 147 a.C., o la lograda en la batalla de Erisane en el 141 a.C.
Viéndose los generales romanos incapacitados para vencer en su campo al líder lusitano, optaron por la traición, comprando su muerte a manos de tres de sus consejeros, Audax, Ditalcón y Mi nuro, nativos de la ciudad de Urso, que lo asesinaron mientras dormía. Una vez eliminado Viriato, la resistencia lusitana no tardó en venirse abajo, al mismo tiempo que su figura se convertía en un referente de la rebeldía frente a la expansión del dominio romano por el Mediterráneo.
LOS CONFLICTOS ROMANOS LLEGAN A HISPANIA. SERTORIO
El final de las guerras contra celtíberos y lusitanos no supuso la instauración de una paz definitiva en el territorio peninsular. Las campañas de los gobernadores romanos se siguieron sucediendo, y no será hasta inicios del siglo I a.C. cuando podamos hablar de una pacificación más o menos general.
Fue en el último cuarto del siglo II a.C. cuando se inició la conquista de las islas Baleares, que se habían convertido en un nido de piratas que obstaculizaba las importantes comunicaciones entre Roma y sus provincias occidentales. Así, en el año 123 a.C., el Senado romano envió a Quinto Cecilio Metelo con un ejército que completó la conquista del territorio balear sin demasiadas dificultades, fundando, además, dos nuevas colonias latinas, Palma y Pollentia (Pollensa, Mallorca). El nuevo territorio pasó a formar parte de la provincia de Hispania Citerior.
Con la llegada del siglo I a.C. Hispania se vio inmersa en otro tipo de conflicto que no estaba ligado a la conquista, sino que se enmarcaba en un enfrentamiento propiamente romano, que se desarrolló a lo largo de la última fase de la República romana y al que es preciso hacer una breve referencia.
Desde el final de la Segunda Guerra Púnica, el Estado romano había iniciado una expansión militar que le había llevado a dominar, de una forma u otra, gran parte del litoral Mediterráneo. A nivel económico y social esta expansión había beneficiado solo a las clases altas que controlaban el poder político en Roma, perjudicando en gran medida a las clases ciudadanas con menos recursos, que se vieron progresivamente empobrecidas. Por otra parte, la lucha por el poder fracturó la solidaridad política de las clases aristocráticas dominantes, creándose, así, dos facciones dentro del Senado, la de los optimates, liderados por Sila, que defendían la legalidad, la tradicional autoridad política del Senado y sus privilegios en la dirección del estado y la de los populares, organizados en torno a la figura de Mario, que no dudaron en aprovecharse de las instituciones y magistraturas ciudadanas en su beneficio político personal. Este conflicto se vio plasmado en los diferentes enfrentamientos armados que se originaron entre ambos grupos y que pronto se trasladaron a las provincias.
