Breve historia de los persas - Jorge Pisa Sánchez - E-Book

Breve historia de los persas E-Book

Jorge Pisa Sánchez

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Beschreibung

Os presentamos en CULTURALIA una de las últimas novedades de la editorial Nowtilus, Breve Historia de los Persas, escrito por Jorge Pisa Sánchez, un viaje a través de la historia de uno de los Estados más importantes de la Antigüedad. Ese mundo tan alejado y tan arcano que tanta prodigios causó en la antigüedad ha sido llevado al papel para conocimiento nuestro por Jorge Pisa Sánchez con su excelente obra Breve historia de los Persas, editado por Nowtilus (2011). Un libro que les aseguro vale la pena leer pues nos desvela la epopeya del imperio persa desde sus remotos tiempos. La presentación completa de los persas, un pueblo casi desconocido que, no obstante, igualó y superó, en algunos aspectos, a Grecia y a Roma. La influencia de los persas en la historia es enorme, no sólo en la historia de Asia o del Oriente Próximo, sino en la historia universal ya que es una de las fuentes indiscutibles de la civilización. Es curioso, por ello, la escasez de estudios sobre la totalidad de la historia de este pueblo. Si bien podemos encontrar algunas monografías sobre los aqueménidas, no encontramos ninguna que repase completamente la historia del actual Irán, incluyendo todos sus pueblos: elamitas, medos y persas, aqueménidas, seleúcidas, partos y sasánidas. Dando cuenta así de la importancia del Imperio persa y ayudando a comprender que los persas, en realidad, fueron la contrapartida oriental de la cultura grecorromana para occidente. Traza Jorge Pisa un arco temporal que engloba completamente la historia de los pueblos que se situaron en el Oriente Medio y crearon un imperio que llegó a ocupar desde Anatolia hasta la India en su época de máximo esplendor. Comienza con los orígenes de una civilización, Elam, en el 3.000 a. C.

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Seitenzahl: 365

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Colección: Breve Historia

www.brevehistoria.com

ítulo: Breve historia de los persas

Autor: © Jorge Pisa Sánchez

Director de colección: José Luis Ibáñez

Copyright de la presente edición: © 2011 Ediciones Nowtilus, S. L.

Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid

www.nowtilus.com

Responsable editorial: Isabel López-Ayllón Martínez

Diseño y realización de cubiertas: Nicandwill

Ilustradores: Robert Martínez Colomé y Mario Granollers Mesa

ISBN-13: 978-84-9967-141-3

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

Dedico este libro a mis tres hermanos. A María Ángeles, por su reciente y victoriosa lucha por la vida; a Miguel, por ser mi único hermano varón y a Laura, por haber nacido el mismo día que yo.

Índice

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Capítulo 1. Introducción

Capítulo 2. Irán, Persia y su espacio físico

El espacio físico

Capítulo 3. Elam. El vecino mesopotámico

Período Elamita Antiguo (c. 2700 - c. 1500 a. C.)

Período Elamita Medio (c. 1500 - c. 1100 a. C.)

Período Neoelamita (c. 1000-539 a. C.)

Susa. La capital del reino de Elam

Capítulo 4. La llegada de los creadores de imperios

Los pueblos iranios

La dinastía meda

Estado, economía, sociedad y religión meda

Capítulo 5. Los dominios del gran rey. La Persia aqueménida

Ciro el Grande, fundador de un nuevo imperio. Los primeros reyes persas

El enfrentamiento contra los griegos. Las Guerras Médicas

El Imperio persa en los siglos V y IV a. C. De Artajerjes I a Darío III

Hacia el ocaso de un imperio. Las conquistas de Alejandro Magno

Organización y administración del reino persa. Sociedad, religión, y economía aqueménida

Capítulo 6. Partia, la creación de un nuevo imperio

La lucha entre los sucesores de Alejandro. Los seléucidas (305-205 a. C)

La consolidación del poder de los reyes arsácidas

La llegada de Roma. El origen del conflicto romano-parto

Roma gana la partida. El conflicto romano-parto en el siglo II y principios del III d. C.

Organización y administración del reino arsácida. Sociedad, religión, y economía partas

Capítulo 7. Los persas sasánidas. Los reyes descendientes de los dioses

La ascensión de los sasánidas

El siglo IV. El reinado de Sapor II (309-379)

Persia en el siglo V

El último resurgir persa. Los reinados de Kavad I y de los dos Cosroes

El final de los persas. La derrota frente al islam.

Organización y administración del reino sasánida. Sociedad, religión, y economía

Bibliografía

Notas

Contracubierta

1

Introducción

Conocer, como vamos a hacer nosotros, la historia de los antiguos persas es iniciar un recorrido a través de los diversos períodos de la historia antigua. En este osado periplo el punto de partida lo constituye el reino de Elam, el primer estado organizado creado en el cuarto milenio antes de Cristo en territorio iranio, que se convertiría bien pronto en el vecino y en el rival de Mesopotamia, región a la que unió su destino a lo largo de más de dos mil años. Con la ascensión de los medos a finales del sigloVIIIa. C. y su lucha contra los reinos de Asiria, Babilonia y Lidia, asistimos a la emergencia del poderío iranio en la zona del Próximo y del Medio Oriente, una hegemonía que fue heredada por los persas aqueménidas a mediados del sigloVIa. C.

La política desplegada por los descendientes de Ciro II el Grande hizo entrar a los persas en contacto con los griegos, los afamados fundadores de la cultura occidental, con los que iniciaron, a principios del sigloVa. C. un colosal enfrentamiento, conocido como las Guerras Médicas, que opuso a aqueménidas y helenos durante cientosesenta años y que acabó con la derrota de unos y otros por parte del rey macedonio Alejandro Magno en el sigloIVa. C.

La llegada y la consolidación del poder de los partos, también conocidos como arsácidas, a mediados del sigloIIIa. C., nos encamina directamente hacia la historia de Roma, la potencia mediterránea que relevaría a griegos y macedonios en su enfrentamiento con el mundo iranio.

Finalmente, los epígonos sasánidas, herederos tanto de aqueménidas como de arsácidas, nos conducen, a partir del sigloIIId. C., hacia el último episodio de la Antigüedad, en el que primero Roma y después el Imperio bizantino, su heredero político, rivalizaron con Persia por el predominio sobre el Oriente Próximo. Una etapa que finalizaría hacia mediados del sigloVIIcon la expansión musulmana, que pondría punto y final a la época antigua y daría comienzo a la Edad Media.

La historia de Persia de la que vamos a ser testigos está presente en sus relieves, en sus majestuosos restos arqueológicos, en sus monumentos funerarios, en sus ciudades, en las monedas que utilizaron y en gran diversidad de fuentes escritas, tanto persas como mesopotámicas, griegas, romanas, bizantinas y árabes. Aun así, la mayoría de los textos que utilizaremos para relatar esta historia no son persas, ya que este fue un pueblo que, a diferencia del griego y el romano, no acostumbró a dejar un registro escrito de su historia y de sus hazañas. Por ello, tendremos que hacer un uso continuado de fuentes secundarias en la descripción de los hechos que componen la historia de los persas.

Este libro pretende, como su título indica, narrar al lector de una forma amena y asequible la historia de uno de los Estados (o más concretamente, de algunos de los Estados) más importantes de época antigua, que ha recibido muy poca atención por parte de los historiadores y de las editoriales españolas, algo difícil de entender, ya que Persia se convirtió en aquel período en una, y a veces la única, potencia hegemónica que dominó el Próximo y Medio Oriente antiguo, desde el sigloVIa. C. hasta el sigloVIId. C., dejando una huella indeleble en la historia y la cultura tanto en estas regiones como en las de sus rivales occidentales, tanto en la Grecia clásica, en la Roma imperial como en el cristianizado Imperio bizantino, y a través de ellas, en la civilización occidental.

Como es propio de esta colección y de este autor, en la redacción del libro se ha utilizado la bibliografía más actualizada, con el objetivo de conseguir un texto que esté al día en relación con los hechos y las teorías sobre ellos creadas. También, siguiendo el espíritu de la colección, he intentado darle al texto un estilo ameno y dinámico, alejado del academicismo tradicional, hecho que, sin embargo, no le roba, ni mucho menos, el rigor científico que una obra de este tipo necesita. Se han incluido, además, anécdotas y curiosidades referentes a la historia persa e irania en general, para hacer más próxima y agradable su lectura, y se han incluido mapas para facilitar la comprensión del espacio físico en el cual se desarrolla esta historia, el cual por su lejanía y exotismo, se hace a veces extraño para los lectores poco acostumbrados a él.

Parece llegado el momento, pues, en el que nos adentremos un poco más en la historia milenaria de una región que no por lejana física y culturalmente de nosotros, ha tenido menor peso en el acontecer de la historia y en la que seguro que hallaremos, sólo con que nos esforcemos un poco, la grandeza y la épica de un imperio que dirigió a lo largo de más de mil años el destino del Oriente antiguo.

2

Irán, Persia y su espacio físico

EL ESPACIO FÍSICO

El Imperio persa fue uno de los estados más extensos que conoció el mundo antiguo. En su momento de máxima expansión, su poder alcanzó parte de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por esa razón, lo primero que debemos hacer para comprender mejor su historia es situarlo espacial y territorialmente y conocer el medio físico y natural en el que nació y se desarrolló.

Aunque los términos Irán y Persia se han utilizado y se utilizan de forma equivalente para referirse a aquellas regiones donde la lengua y la cultura persa predominan, en su origen su significado hacía referencia a dos realidades muy diferentes. ‘Irán’ es el término con el que la población autóctona de la zona se ha referido al territorio del actual Estado que lleva este nombre, y designa a la tierra de los ‘arios’ (en persa antiguo, ariya, plural ariyanam), nombre colectivo de los pueblos de origen indoeuropeo que se asentaron a finales del segundo milenio o principios delIa. C. en la extensa región comprendida entre los ríos Éufrates y Ganges.

Mapa físico de Irán y de los territorios vecinos.

Por su parte, el término ‘Persia’, de origen griego y utilizado sobre todo en Occidente, se refiere más específicamente a la región del suroeste del actual Irán conocida como Persis (Pars, Parsa), es decir, la actual provincia de Fars; proviene de parsá, el nombre de las tribus que se asentaron más específicamente en este territorio. El hecho de que esta fuera la región originaria de dos de las dinastías gobernantes, la de los aque- ménidas y la de los sasánidas, ayudó a aposentar esta designación en Occidente para hacer referencia a todo el Imperio.

En el año 1935 el gobierno del país aprobó la utilización del nombre de Irán en lugar del de Persia, que había terminado por designar a uno de los estados salidos de la desmembración del Imperio otomano a raíz de su derrota tras la Primera Guerra Mundial, al cual sustituye oficialmente desde entonces. Aun así, los dos términos se utilizan tradicionalmente con el mismo sentido cuando se habla de la historia de Irán anterior al sigloXX.

El Imperio persa de los aqueménidas y de los sasánidas y el parto de los arsácidas abarcó territorios muy diversos que incluían desde mesetas montañosas a valles fluviales, desde desiertos salados a oasis de vida vegetal y animal, y desde amplios y fértiles territorios de costa a regiones de interior desérticas o semidesérticas.

Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que no siempre los territorios conquistados y dominados por los persas, es decir, el Oriente Próximo (los actuales países de Egipto, Israel, Líbano, Jordania, Siria, Turquía, Iraq, Kuwait y los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina) y el Oriente Medio (Irán, Pakistán, Afganistán y sus países limítrofes) tuvieron el mismo aspecto ni las mismas condiciones que poseen en la actualidad. Como amplios estudios científicos han demostrado, el aspecto de estas regiones ha variado con el paso de los siglos, debido tanto a la propia evolución natural del medio ambiente como a la acción activa y transformadora del hombre. Esta actuación se ha materializado en la deforestación de amplias zonas y en la sustitución progresiva de las especies vegetales y animales originarias, el impacto negativo del pastoreo sobre el territorio, de la caza centrada en determinadas especies, la progresiva erosión del suelo, la irrigación y la salinización de la tierra, la alteración natural y artificial de los diversos sistemas fluviales y más recientemente la polución del aire, del agua y del suelo, que ha traído consigo la sedentarización de grandes grupos humanos en determinados lugares. Todo ello ha llevado a la transformación de un territorio que ha variado lenta pero progresivamente con el paso de los años, de los siglos y de los milenios, y que tendría en el pasado un aspecto, seguramente, muy diferente al que podemos contemplar en la actualidad.

La hegemonía y el poder persa se extendieron por los territorios comprendidos entre las costas europeas orientales de la antigua Tracia (dividida en la actualidad entre Bulgaria, Grecia y la Turquía europea) hasta el curso del río Indo, que lo separaba del área cultural india, y desde las costas de los mares Negro, Caspio y Aral, en el norte, hasta el litoral de los mares Rojo y Arábigo y los golfos Pérsico y de Omán, en el sur.

Geográficamente, este imperio englobaba regiones y zonas muy diversas, aunque la mayoría del territorio estaba dominado por una serie de mesetas montañosas que lo atravesaban casi ininterrumpidamente desde Anatolia hasta el río Indo, y que está conformado por la meseta Anatólica, la gran cadena montañosa de los montes Zagros y la subsiguiente meseta irania, donde predomina en la actualidad el paisaje desértico.

El territorio de Irán propiamente dicho se sitúa justo al este de la antigua Mesopotamia, la gran llanura fértil situada entre los ríos Tigris y Éufrates, con la que está comunicado por dos pasos, las Puertas de Asia al norte y las Puertas Persas al sur. Son los montes Zagros los que componen la barrera montañosa que separa ambas regiones.

La zona de Elam, el actual Juzestán, en la zona suroccidental de Irán, no es más que la continuación de la llanura mesopotámica hacia el este, región que se erigió como el lugar donde se estableció la primera organización de carácter estatal de la región irania. Siguiendo la línea de costa hacia el este se halla la Persia propiamente dicha, una zona montañosa donde se situaron ciudades tan importantes como Persépolis o Pasargada, y cuyo río más importante es el Pulvar. Todavía más al este se sitúan las estribaciones orientales de los montes Zagros y las tierras bajas del Beluchistán (la antigua región de Gedrosia, dividida en la actualidad entre Irán y Pakistán).

El Irán actual sitúa sus fronteras con Afganistán tras la zona de cordilleras compuesta por las montañas Jam y las sierras Jibal, Toon y Palangan, que componen el grupo de las montañas orientales iraníes.

Si giramos desde la región del Beluchistán hacia el noroeste nos encontramos con dos grandes desiertos salados, el Lut, situado en la zona de la antigua región de Sargacia, y el Kavir, en las antiguas provincias de Partia y Media.

El territorio de Irán limita al norte con las cadenas montañosas de los montes Koppeh Dagh y los Elburz. Estos últimos están situados al sur del mar Caspio y poseen la cumbre más alta del país, el Demavend, con 5.671 metros de altura y cercano a la capital, Teherán. La estrecha franja costera entre los montes Elburz y la costa del mar Caspio abarca la antigua región de Hircania y los territorios ocupados en el pasado por mardos y cadusios al oeste, una zona que, contrariamente al resto del país, disfruta de un clima cálido y húmedo, casi tropical, y que la ha convertido en la zona más habitada del país.

Gran parte del territorio que ocupa Irán en la actualidad es árido o semiárido. El desierto del Lut presenta uno de los paisajes más inhóspitos de la Tierra.

Al sur de Hircania y de vuelta en los montes Zagros, nos hallamos con los territorios de la antigua Media, la zona que fue habitada por el pueblo de los medos, emparentado con los persas y a los que precedieron como potencia hegemónica en la zona del Oriente Próximo durante el sigloVIIy la primera mitad delVIa. C.

Pero el dominio persa no se limitó a las fronteras actuales de Irán, sino que también se extendió por otras zonas de Asia. Por el este, los persas ocuparon el territorio de los actuales Pakistán y Afganistán (las anti guas regiones de Maka, Aracosia, Bactriana, Gandhara, Drangiana Satagidia, Aria y parte de Gedrosia), por donde se extiende también la gran meseta irania, y limitado al este por el río Indo. Por el norte, se expandieron por la zona del Asia central (Kazajistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán y Tayikistán), donde instauraron las provincias de Sogdiana y Jorasmia, limitada esta última por el curso del río Sir Daria, el antiguo Yaxartes.

DASH-E-LUT, UN DESIERTO VACÍO Y SIN VIDA

La meseta irania posee en su interior algunas de las regiones más desoladas, áridas y calurosas de todo el planeta. Este es el caso del desierto del Lut, en persa Dasht-e-Lut, situado en el suroeste de Irán.

En esta región, que tiene una extensión de unos 80.000 km², se ha registrado la temperatura más alta del planeta, con 71º, en una zona conocida como Gandom Beriyan (‘la Tostadora de Trigo’, en persa), cuya superficie, de 480 km², está cubierta de lava volcánica negra que absorbe gran parte del calor solar en la zona. Es una región tan caliente que se tiene por abiótica, un medio donde no es posible la vida, ni siquiera la de las bacterias.

La parte más oriental del Lut está cubierta por un mar de dunas, y en su parte central presenta un territorio de carácter rocoso que ha sufrido la fuerte erosión del viento a lo largo del tiempo, esculpiendo un escenario fantasmagórico que se asemeja a las ruinas de una ciudad desierta, de donde proviene su nombre en persa, Shah-e Lut, o “Ciudad de Lut”.

Por el oeste, la hegemonía persa se expandió de forma natural por las llanuras mesopotámicas; por la región de la Transcaucasia, la zona situada al sur de los montes Cáucaso que ocupan los actuales países de Armenia, Georgia y Azerbaiyán, por el territorio más amplio de la antigua Armenia, la península anatólica, la zona del Levante mediterráneo e incluso Egipto y la Cirenaica, llegando su influencia a lugares como el norte de la península arábiga o Macedonia.

3

Elam.

El vecino mesopotámico

PERÍODO ELAMITA ANTIGUO (C. 2700 - C. 1500 A. C.)

Aunque la región de Irán estuvo habitada por grupos de homínidos desde tiempos prehistóricos, hasta el cuarto milenio antes de Cristo no se desarrolló en ella, y más concretamente en la zona del actual Juzestán y las tierras que lo rodean, la primera organización de carácter estatal. Esta civilización, conocida como Elam, estaba integrada por regiones muy diversas que incluían desde las fértiles llanuras situadas al este de Mesopotamia, a las regiones montañosas que las rodeaban tanto por el norte (Awan) como por el este (Anshan), esta última zona situada en las actuales provincias de Fars y Bushehr.

El nombre de Elam deriva de la versión acadiense del término Hatamti, con el que los elamitas escribían el nombre de su país, y cuya traducción podría ser ‘la tierra del señor o tierra de Dios’. El término Elam aparece también en diversas páginas de la Biblia, de donde lo tomaron los historiadores para referirse al territorio situado al este de Mesopotamia y controlado por la ciudad de Susa.

La relación que se estableció desde muy pronto entre Mesopotamia y Elam se basó en el intercambio comercial de productos inexistentes en el territorio de los primeros, entre los que destacaban la madera; metales como el cobre, el plomo, el estaño o la plata; piedras como el basalto, el mármol, la diorita, el ágata, el jaspe o el lapislázuli, o animales como los caballos. Esta necesidad provocó que la relación existente entre ambas regiones se transformara con el tiempo, alternándose el comercio y el enfrentamiento militar como medios a través de los cuales los estados mesopotámicos conseguían apoderarse de los productos y materias primas que tanto necesitaban y les permitía, a su vez, consolidar su hegemonía política en la zona.

La primera referencia histórica que poseemos de Elam nos la proporciona la Lista Real Sumeria, documento en donde aparece el listado de los reyes de Súmer y de otros estados mesopotámicos. Nos informa de que Enmebaragesi (c. 2700 a. C.), penúltimo rey de la primera dinastía de Kish, ciudad situada en el norte de la región de Babilonia, «se apoderó como botín de las armas y de las tierras de Elam». A este primer enfrentamiento recopilado por las fuentes mesopotámicas le siguieron nuevos ataques, que persistieron durante la etapa en la que gobernó en Elam la dinastía de Awan, ciudad situada al norte de Susa, que ejerció una clara hegemonía en el territorio elamita entre los años 2500 y 2150 a. C.

Este período de hostilidad llegó a su fin con la aparición del rey Sargón de Acad (2334-2279 a. C.), que tras derrotar a Lukh-Ishshan (c. 2325 a. C.), octavo rey de la dinastía de Awan, ejerció un cierto dominio sobre Elam, centrado en el territorio de la ciudad de Susa, aunque no se anexionó el reino elamita de forma definitiva, ya que mantuvo en el poder a la dinastía derrotada. El control acadio sobre Elam perduró hasta el reinado de Naram-Sin (2254–2218 a. C.), nieto de Sargón. Este monarca firmó, en el año 2250 a. C., un tratado con el rey Hita de Awan o con su sucesor Kutik-Inshushinak, los restos del cual se hallaron en las ruinas del templo del dios Inshushinak en la ciudad de Susa, documento que representa el primer texto importante conservado en lengua elamita.

Relieve en piedra calcárea proveniente de Susa que nos muestra al rey Kutik-Inshushinak arrodillado y ofreciendo un clavo fundacional, ofrenda que servía para conmemorar la construcción de un nuevo templo dedicado al dios Inshushinak. Detrás del monarca está representada, seguramente, su mujer, con gesto de intercesión.

Esta alianza no representó una mejora en las relaciones entre Elam y Acad, ya que poco después el propio Kutik-Inshushinak (c. 2240 a. C.), último monarca de la dinastía awanita recuperó la ciudad de Susa, liberándose así del dominio acadio, lo que le permitió, además, llevar a cabo diversas campañas militares en territorio mesopotámico. Pero esta situación no duró mucho tiempo, pues la invasión de los guteos, pueblo que habitaba la zona central de los montes Zagros, contribuyó en gran medida a la caída, a finales del sigloXXIIIa.C, tanto del imperio acadio como de la dinastía de Awan, la cual fue sucedida en Elam por la dinastía de Shimaski (2100-1970 a. C.)

UN SISTEMA DE GOBIERNO DIFERENTE

El reino de Elam estaba constituido por una especie de federación, en la que varios príncipes y regiones estaban gobernados por un rey ozunkirde Anshan y Susa. A su lado estaba la figura de un virrey, normalmente el hermano menor del monarca, que residió primero en Awan, después en Shimaski y más tarde, probablemente, en Anshan. Por último existía también un príncipe de Susa, ohal-menik, que era el hijo mayor del rey. Este curioso sistema de gobierno se estructuraba en base a una triarquía, en la que el acceso al poder real se confería de forma fraternal, lo que otorgaba preeminencia en la sucesión al trono a los hermanos del soberano en vez de sus hijos.

El levirato y el incesto real también caracterizaban este sistema de gobierno, ya que era normal que el rey se casara con su hermana, en el caso de que tuviera, y que su hermano menor, al sucederle, hiciera de nuevo lo propio con la viuda, que era, al mismo tiempo, también su hermana.

Este tipo de gobierno, único en la historia, permitió a los reyes elamitas un mayor control y unión de las diversas regiones que integraban el reino al multiplicar por tres las sedes del poder, y se mantuvo activo durante toda la historia de Elam, aunque durante el primer milenio antes de Cristo el sistema hereditario de sucesión fue imponiéndose poco a poco.

El dominio de los guteos sobre Mesopotamia y parte de Elam se mantuvo alrededor de un siglo, tras el cual la hegemonía en la zona pasó a manos de la ciudad-estado de Ur, que creó un nuevo imperio cuyo poder se extendió incluso a territorio elamita. El rey Shulgi de Ur (2095-2048 a. C.) llevó a cabo diversas campañas militares sobre Elam y construyó un nuevo templo en Susa dedicado al dios Inshushinak. Además, sabemos de este rey que incorporó en su ejército tropas provenientes de Elam, que, dirigidas por un gran regente o sukkal-mah, ejercían funciones de patrulla y de control del territorio elamita y de las desprotegidas y peligrosas regiones de los montes Zagros. También sabemos que tres de los cinco reyes de esta dinastía sumeria, Shulgi, su hijo Shu-Sin y su nieto Ibbi-Sin casaron a una de sus hijas con príncipes elamitas.

La supremacía política de la ciudad de Ur finalizó con el reinado de Ibbi-Sin (2028-2004 a. C.) que, debilitado tras sufrir su reino un período de hambruna y dificultades políticas internas y externas, fue finalmente derrotado y capturado por el rey elamita Kindattu en el año 2004 a. C., que lo llevó como cautivo a Anshan, donde murió en el exilio. La ciudad de Ur fue saqueada, y una guarnición militar elamita se estableció en el lugar durante varios años.

Pero los frutos de la victoria elamita no se saborearon durante demasiado tiempo, ya que a principios del sigloXIXa. C., la dinastía gobernante de Shimaski fue reemplazada, sin que conozcamos aún las causas, por una nueva dinastía, la de los ebártidas, inaugurada por un tal Eparti, al parecer un advenedizo, que subió al trono de Elam hacia el año 1890 a. C. A esta nueva dinastía se la conoce también como la de los grandes regentes o sukkal-mah, y perduró en el poder hasta finales del sigloXVIa. C. Su fundador, Eparti, destacó, entre otras cosas, por ser el único rey elamita deificado en vida, una práctica mucho más común en tierras mesopotámicas y que puso en práctica con un claro objetivo de consolidación religiosa y política.

Aunque la primera etapa de gobierno de los ebártidas llevó a Elam a gozar de una posición de cierta hegemonía sobre Mesopotamia, la ascensión al poder del rey Hammurabi en Babilonia (1792-1750 a. C.) trastocó el equilibrio de fuerzas en toda la zona. Ante la amenaza que constituía el poder conseguido por este monarca, diversos pueblos y ciudades mesopotámicas de la zona de la actual Siria y de la región de los montes Zagros, se unieron al rey elamita Siwe-Palar-Huppak. Aun así, esta coalición no pudo someter a la fuerza el carácter del rey babilonio, que la derrotó en el año 1764 a. C., una victoria que le permitió dominar el territorio de Elam.

El espléndido poderío de Hammurabi se fue erosionando bajo el reinado de su hijo Samsu-Iluna (1749-1712 a. C.), una ocasión que no fue desaprovechada por Kutir-Nahhunte I (1730-1700 a. C.), uno de los más famosos reyes de Elam, que en el año 1711 a. C. marchó contra Mesopotamia, campaña en la que reivindicó haber conquistado treinta ciudades.

La historia de la dinastía de los grandes regentes cae en la oscuridad, como en el caso de las anteriores dinastías elamitas, tras el reinado de Kutir-Nahhunte I y de su hijo Tempt-Agun I (1698 – 1690 a. C.). Durante esta nueva época oscura se produjo el avance definitivo de un nuevo poder en Mesopotamia, el de los casitas, pueblo originario posiblemente del suroeste de Irán, que conquistó Babilonia en el año 1593 a. C., aunque se desconoce la influencia que estos hechos pudieran tener en Elam.

PERÍODO ELAMITA MEDIO (C. 1500 - C. 1100 A. C.)

Con la aparición de la nueva dinastía elamita de los kidinuidas (1500-1400 a. C.) se inició la etapa histórica conocida como Período Elamita Medio. Uno de los hallazgos más importantes pertenecientes a este período es, sin duda alguna, el descubrimiento de la tumba real de Tepti-Ahar, (c. 1400 a. C.), cuarto rey de esta dinastía, hallada en Haft Tepe, yacimiento situado a 10 km al sur de Susa. En este lugar se localizaron varias estructuras, entre las que destaca la posible tumba del propio rey. La sepultura, que estaba construida íntegramente con adobes, tenía forma de H alargada, con una estrecha entrada en su lado sur que daba acceso a una pequeña habitación que se abría, a su vez, a un amplio patio, en el centro del cual estaba dispuesta una plataforma de adobe, sobre la cual, seguramente, estaría ubicada una estela.

El muro norte de este patio se abría a otra habitación o pórtico alargado, tras el que se accedía a dos recintos funerarios. En el primero, situado en el lado derecho, las paredes estaban decoradas con motivos geométricos. El recinto, que se ha identificado como la tumba del propio Tepti-Ahar, contenía 21 esqueletos. El cuerpo del rey y el de su reina o doncella preferida estaban separados del resto.

En el segundo recinto, situado justo a la derecha del primero, de dimensiones un poco más reducidas, se identificaron 23 esqueletos más, distribuidos de forma muy precisa. El acceso a esta sala había sido bloqueado con escombros, y el techo abovedado había sido destruido.

EL PODER Y LA AUTORIDAD DE UNA PRINCESA ELAMITA

Como ya hemos visto, y como ha sido habitual en la historia, la dirección de la política en Elam era un ámbito reservado a los hombres. Aunque, como es normal, siempre existieron mujeres capaces y ambiciosas que lucharon y consiguieron participar de este poder.

Este es el caso de la hermana del rey Shilkhakha (1830-1800 a. C.), segundo monarca de la dinastía ebártida, de la cual no conocemos su nombre. Esta reina parece que compartió el poder con su hermano, con el que seguramente estuvo también casada, lo que la llevó a convertirse, con el tiempo, en la «madre ancestral» de la dinastía. Así, los nuevos reyes ebártidas que la sucedieron tuvieron que demostrar, para legitimar su posición, su descendencia en relación con esta reina, llegando incluso a convertirse el término «hijo de la hermana de Shilkhakha» en un título oficial.

La afortunada reina sobrevivió a su marido y consiguió mantener un papel importante en la escena política elamita, ya que su hijo, el rey Sirktuh I, la nombró princesa de la ciudad de Susa, la única ocasión en que hallamos a una reina elamita ejerciendo directamente el poder.

Excavación del recinto funerario adjunto al sepulcro del rey Tepti-Ahar, en Haft Tepe.

En la tumba se dispusieron catorce cuerpos con la cabeza orientada al norte, mientras otros nueve estaban dispuestos de forma desordenada a sus pies.

La disposición de los cuerpos en ambos espacios y el posterior bloqueo de uno de los recintos ha llevado a pensar en la realización de un ritual funerario tras el fallecimiento del soberano, que abocaría a la muerte a algunos de sus colaboradores, sirvientes y personal más próximo, e incluso a familiares y esposas del propio rey, que le acompañarían, de esta forma, en su camino hacia el más allá.

La amenaza casita se incrementó durante el reinado en Babilonia del rey Kurigalzu II (1332-1308 a. C.), que invadió Elam y devastó la región de Susa. Poco después de este ataque apareció en Elam una nueva dinastía, la de los igehálkidas, cuyo ascenso al poder se debió, seguramente, a un golpe de estado. Esta nueva dinastía tenía su origen en la ciudad de Deh-e-Now, un enclave situado a 20 kilómetros al este de HaftTepe, en la actual provincia iraní de Lorestán, y con ella se inició una nueva etapa que llevó a Elam a vivir uno de los momentos cumbre de su historia.

Con la llegada al poder del rey Untash-Napirisha (1275-1240 a. C.) asistimos a una auténtica edad dorada del reino de Elam. A nivel político, Untash-Napirisha llevó a cabo, como mínimo, una campaña militar en territorio mesopotámico, aprovechando la debilidad y fragmentación del poder de los reyes casitas, en la que se apoderó de la estatua del dios Immeriya, protector de la ciudad de Eshnuna, que trasladó a Susa.

El reinado de Untash-Napirisha destacó también por ser un período de florecimiento artístico y cultural y por el desarrollo de una amplia y diversa actividad constructiva. Esta última afectó a extensos territorios de su reino, pero se centró, sobre todo, en la capital, Susa, donde se han hallado once inscripciones de este monarca pertenecientes a diferentes construcciones religiosas que abarcan estatuas, templos o edificios religiosos dedicados a diversos dioses elamitas como Inshushinak, Insnikarab, Kiririsha, Nahhunte, Napirisha, Pinigir o Shimut.

Pero si un proyecto destaca en el reinado de este rey fue la construcción de Al Untash-Napirisha (en acadio, la ciudad de Untash-Napirisha), una nueva capital situada a 40 kilómetros al sur de Susa, conocida en la actualidad como Choga Zambil.

La muralla exterior del nuevo emplazamiento se extendía a lo largo de cuatro kilómetros y englobaba una superficie de 100 hectáreas, donde se daba culto en diversos templos, santuarios y capillas, situados en el espacio delimitado entre la primera y la segunda muralla, a 25 divinidades diferentes, entre ellas elamitas, susianas y mesopotámicas.

Aun así, la estructura que más destaca en Choga Zambil es el enorme zigurat situado en el recinto delimitado por la tercera muralla interior. El zigurat estaba constituido por millones de ladrillos de barro y disponía de cuatro niveles o terrazas con una altura total de 12 metros. En el último nivel estaba emplazado el santuario dedicado a los dioses Napirisha e Inshushinak.

Cerca de la puerta real situada en el tramo nororiental de la muralla exterior, se hallaron, además, diversas estructuras interpretadas por su descubridor como palacios, y un sepulcro real o hipogeo subterráneo, en el que se localizaron cinco tumbas abovedadas construidas en ladrillo, de cuatro metros de altura cada una, cuyo acceso se realizaba a través de diversos tramos de escalera y donde se descubrieron varios esqueletos y restos de incineración, seguramente de carácter real, los primeros de este tipo hallados en el territorio de Elam. Los restos funerarios descubiertos en las tumbas subterráneas podrían pertenecer al propio Untash-Napirisha, a su mujer y reina, Napir-Asu, o a otros miembros de su familia.

Imagen aérea del yacimiento de Al Untash-Napirisha (Choga Zambil), construido por el rey Untash-Napirisha, que nos muestra el zigurat, los recintos amurallados y los diferentes edificios y templos construidos en el emplazamiento.

Aunque Choga Zambil representó un colosal esfuerzo constructivo llevado a cabo con el objetivo de crear una nueva capital, en realidad nunca pasó de ser una especie de «ciudad santa» a la que el rey Untash-Napirisha y su corte sólo realizaron alguna visita ocasional y cuyo cuidado fue abandonado por sus propios descendientes.

El último rey de la dinastía igehálkida, Kiten Hutran III (1235-1210 a. C.), también llevó a cabo varias campañas militares en tierras mesopotámicas, en las que luchó contra los reyes títeres de Babilonia establecidos por los asirios, cuyo reino estaba situado al norte de Mesopotamia. Pero las campañas de Kiten Hutran III no consiguieron otra cosa más que provocar la respuesta de estos, que poco tiempo después atacaron Elam y llegaron, seguramente, a ocupar la ciudad de Susa. No se sabe muy bien lo que pasó entonces. Parece claro que Kiten Hutran III desapareció de escena y que después de un período de caos en el territorio de Elam surgió una nueva dinastía, la de los shutrúkidas (1205-1100 a. C.), originaria de la zona del sureste de Anshan.

Estatua a tamaño natural de la reina Napir-Asu, esposa principal del rey Untash-Napirisha.

La escultura muestra a la reina en un gesto de rezo perpetuo, con las manos cruzadas sobre el estómago.

Museo del Louvre, París.

Con la ascensión al poder de Shutruk-Nahhunte I (1185-1155 a. C.), segundo monarca de esta dinastía, llegamos a una de las épocas más brillantes de la historia de Elam. De Shutruk-Nahhunte se han hallado numerosas inscripciones que dan testimonio de su amplia actividad constructiva, si bien su reinado destaca, sobre todo, por las campañas militares que dirigió y por su actividad como «coleccionista» de trofeos arqueológicos.

Shutruk-Nahhunte demostró una gran pasión por la sustracción y recuperación de todo tipo de estelas, estatuas y mojones erigidos por reyes anteriores, tanto elamitas como mesopotámicos, y de los cuales se apoderó durante sus campañas militares, reubicándolos en la ciudad de Susa. Entre estos botines destacan la estela del rey acadio Naram-Sin (s.XXIIIa. C.), seguramente la estela que contiene inscrito el código de Hammurabi (s.XXIIIa. C.), las estatuas del rey acadio Manishtusu (s.XXIIIa. C.) y del dios Marduk, la principal divinidad babilonia, y algunas piezas recogidas en Choga Zambil, una actividad por la que le están muy agradecidos arqueólogos e historiadores, ya que gracias a su empeño coleccionista han podido ser recuperadas diversas joyas arqueológicas durante las exca- vaciones en la capital elamita.

LA PIEZA DE ARTE MÁS FAMOSA DE ELAM

En el año 1903 se descubrió, en el templo de la Acrópolis de Susa, dedicado a la diosa Ninhursag, la pieza que es, seguramente, la obra de arte elamita más famosa. Esta no es otra que la estatua de la reina Napir-Asu, esposa del rey Untash-Napirisha. La estatua, de 1,29 m de altura, 0,73 m de alto y 1.750 kilos de peso, consta de dos partes diferenciadas: el núcleo, compuesto por una aleación de estaño y bronce, y la cobertura externa, hecha en cobre y estaño, en la cual están realizadas las decoraciones.

La estatua no está completa, ya que le faltan la cabeza y el brazo izquierdo. La reina, representada con un vestido de manga corta decorado en la parte superior con una trama de círculos de punto, simulando, posiblemente, pequeños ojos, y en la parte inferior con estos mismos círculos, paneles con motivos geométricos y líneas onduladas en la base, muestra, también, un brazalete en su brazo derecho y un broche sujetado al vestido.

La escultura posee, asimismo, una inscripción, que no sólo identifica a la reina Napir-Asu, sino que incluye una maldición contra todo aquel que pudiera robar la estatua, fundirla o borrar de ella su nombre, una advertencia que ha permitido, sin duda alguna, que su efigie llegue, aunque sea dañada, hasta nosotros.

Shutruk-Nahhunte y su hijo Kutir-Nahhunte llevaron a cabo varias campañas militares en Mesopotamia, que afianzaron la hegemonía elamita en la zona. Tal fue su éxito, que durante varios años la ciudad de Babilonia fue gobernada por el propio Kutir- Nahhunte. El rey elamita impuso un alto tributo a los pueblos vencidos. Tan sólo de las ciudades de Babilonia obtuvo 120 talentos (cerca de 3.600 kg) de oro y 480 talentos (14.400 kg) de plata, una cifra desorbitada para la época.

El último de los grandes reyes shutrúkidas fue Shilak-Inshushinak, que ascendió al trono de Elam en el año 1150 a. C. De este monarca se conservan unas 300 inscripciones, muestra de su gran actividad política y constructora. De su reinado provienen las dos únicas listas reales que poseemos del Período Elamita Medio. Una de ellas procede de los ladrillos inscritos que, elaborados en períodos anteriores, reutilizó el rey elamita en su reforma del templo del dios Inshushinak en Susa; y la otra de una de las estelas erigidas por el propio monarca. Ambas listas reales nos detallan el nombre de dieciséis reyes elamitas, que abarcan desde el reinado de Hutrant-Tempt (s.XXIa. C.) hasta el de su propio hermano mayor, Kutir-Nahhunte.

Shilak-Inshushinak también mostró una amplia piedad religiosa al ser uno de los reyes que más templos construyó y que más se esforzó en mantener los ya existentes en buenas condiciones.

Bronce conocido con el nombre de Sit Shamshi, descubierto en el área del templo de Ninhursag, en la Acrópolis de Susa y perteneciente al reinado del rey Shilak-Inshushinak.

La pieza muestra un ritual religioso en acción, por lo que nos permite conocer un poco mejor las prácticas religiosas de la época. Museo del Louvre, París.

También se conserva del reinado de Shilak-In shushinak una de las piezas arqueológicas más importantes descubiertas en la ciudad de Susa, el Sit Shamshi (‘Salida del Sol’, en lengua elamita). Esta pieza de bronce es una representación de un ritual religioso de la época, que posee, además, una inscripción. El Sit Shamshi consiste en una base plana de 60 x 40 cm que soporta un par de figuras masculinas desnudas y dispuestas en cuclillas. Una de ellas muestra un recipiente en sus manos, mientras que la otra mantiene las suyas extendidas. Las dos figuras masculinas están rodeadas por diversos objetos, como estructuras escalonadas, que recuerdan las formas de un zigurat, dos piletas rectangulares, una gran tinaja ovoidal, diversas representaciones esquematizadas de árboles, algo parecido a una estela, una plataforma en forma de L y dos hileras con cuatro semiesferas cada una. Aunque la interpretación del objeto es incierta, se ha relacionado con algún tipo de ritual de purificación del espacio dedicado a los sacrificios y libaciones religiosas o con una ceremonia funeraria real.

A Shilak-Inshushinak le sucedió en el año 1120 a. C. su sobrino Hutelutush-Inshushinak (1120-1110 a. C.), aunque los días dorados del reino de Elam iban llegando a su fin. En Babilonia pronto apareció la figura de Nabucodonosor I (1125-1103 a. C.), el rey que pondría fin a la hegemonía elamita en tierras mesopo–támicas. En el año 1110 a. C., Nabucodonosor I se enfrentó a Hutelutush-Inshushinak a orillas del río Ulai (actual Karun), donde derrotó al ejército elamita. Esta victoria permitió a Nabucodonosor I invadir Elam y saquear su territorio, incluida la ciudad de Susa, aunque renunció a establecer un control permanente sobre el territorio conquistado.

Tras la conquista babilonia se cierne de nuevo la oscuridad sobre el territorio de Elam, del que no poseemos durante esta etapa fuentes escritas que nos iluminen sobre su historia. Aún así sabemos que fue en esta época oscura, hacia el año 1000 a. C., cuando se produjo la llegada de los pueblos arios, entre ellos medos y persas, al escenario histórico y político del Próximo y Medio Oriente, de los cuales nos ocuparemos en el capítulo siguiente.

PERÍODO NEOELAMITA (C. 1000-539 A. C.)

La posterior etapa de la historia de Elam es conocida como Período Neoelamita y se extiende desde inicios del primer milenio antes de Cristo hasta la conquista de Babilonia y Mesopotamia, en el año 539 a. C., por parte del rey persa Ciro II.

En este período la hegemonía política y militar en la zona del Próximo Oriente estuvo en manos del Imperio asirio, lo que obligó a Elam y a Babilonia, enemigos históricos, a mantener una alianza constante para hacer frente a la nueva potencia. También fue característica de esta etapa de la historia elamita la continua desestructuración política del territorio constituido por el reino de Elam, hecho que no le permitió hacer frente a las amenazas que constituyeron primero los asirios y más tarde medos y persas.

La primera noticia que poseemos de la historia de Elam durante el primer milenio antes de Cristo nos sitúa en el año 813 a. C., cuando tropas elamitas prestaron auxilio al rey babilonio Marduk-Balassu-Iqbi en su enfrentamiento contra el rey asirio Samshi-Adad V (823-811 a. C.). Esta alianza se mantuvo bajo el reinado del rey Humban Nikash (742-717 a. C.), que volvió a apoyar a Babilonia en el año 720 a. C. ante la amenaza del nuevo rey asirio Sargón II (721-705 a. C.) al que consiguió vencer en el campo de batalla.

El sucesor de Humban-Nikash, Shutur Nahhunte, (717-699 a. C.) fue uno de los reyes más destacados de este período. El nuevo soberano cambió su nombre por el de Shutruk Nahhunte II y reclamó para sí mismo la descendencia de la dinastía Shutrúkida. Este soberano inició una política de expansión territorial que dirigió hacia la zona del actual Irán, en la región oriental de los montes Zagros.