Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Conozca la Geheime Staatspolizei, más conocida como Gestapo, un símbolo en el imaginario general sobre los principios de la brutalidad y el control social. Entre sus filas se encontraban personas normales, apoyados por personas normales que sustentaron actos anormales. Breve historia de la Gestapo busca las claves de esta temible organización a través del estudio de las culturas políticas que la sustentaron y posibilitaron que estuviese por encima, incluso de las leyes nacionalsocialistas. En Berlín, el edificio situado en la calle Prinze-Alberch número 8 causa aún un escalofrío al pasar junto a él. Detrás de su robusta puerta se encontraba la sede berlinesa de la organización más temida del siglo XX, la Gestapo. Acérquese a ella de la mano de Sharon Vilches, una especialista en el tema que realiza en esta obra un estudio completo, pormenorizado y transversal de esta organización desde su nacimiento hasta su legado.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 345
Veröffentlichungsjahr: 2016
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
BREVE HISTORIA DE LA GESTAPO
BREVE HISTORIA DE LA GESTAPO
Sharon Vilches
Colección:Breve Historia
www.brevehistoria.com
Título:Breve historia de la Gestapo
Autor:© Sharon Vilches
Director de la colección:Ernest Yassine Bendriss
Copyright de la presente edición: © 2016 Ediciones Nowtilus, S.L.
Doña Juana I de Castilla, 44, 3º C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com
Elaboración de textos: Santos Rodríguez
Revisión y adaptación literaria:Teresa Escarpenter
Diseño y realización de cubierta: Onoff Imagen y comunicación
Imagen de portada:Montaje a partir del cartelGerman SS Police Daydiseñado por Felix Albrecht.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjasea CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN edición digital: 978-84-9967-753-8
Fecha de edición:Mayo 2016
Depósito legal:M-10137-2016
Lo que ha sucedido es un aviso. Olvidarlo es un delito.
Fue posible que todo eso sucediera y sigue siendo
posible que en cualquier momento vuelva a suceder.
Karl Theodor Jaspers
A todos aquellos que vieron y ven la luz en la oscuridad.
A mi familia y mis amigos, en especial,
a la inspiradora Julia, al protector Edu,
a la radiante María y a Nieves, mi piedra angular.
Mañana muchos maldecirán mi nombre.
Adolf Hitler
A las 2:41 horas de la madrugada del 7 de mayo de 1945, se firmó el primer Acta de capitulación de la Alemania nazi en Reims, Francia, tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. El Reich de los Mil Años llegaba a su devastador final, una vez más en el país galo. Atrás, quedó una Europa en ruinas deshecha por la guerra, la desolación y el caos. La Segunda Guerra Mundial fue la guerra con más capacidad destructiva de la historia, los especialistas cifran las víctimas en cincuenta y cinco millones de personas, treinta millones de heridos y alrededor de tres millones de desaparecidos. Alemania perdió en torno a tres millones y medio de personas como consecuencia directa de la propia guerra, a los que habría que añadir las propias víctimas del nazismo cifradas en alrededor de doce millones de personas muertas o desaparecidas en cárceles, campos de trabajo, exterminio o de prisioneros durante toda la etapa nazi en Europa. La gesta del Reich contra todo aquél que no cumpliese el ideal del nacionalsocialismo llegó a su fin ese frío mayo de 1945. Miles de personas fueron liberadas de cárceles y campos, al paso de las tropas aliadas por los territorios ocupados por el Führer en Europa y en la misma Alemania. Desde julio de 1944, los soldados soviéticos liberaron a miles de personas de los campos de concentración o exterminio que encontraron a su paso en su avance por el oeste. En 1945, el año de la victoria aliada, soldados británicos, estadounidenses, canadienses o franceses fueron los encargados de desmantelar el aparato represivo que el régimen nazi había creado en Europa occidental. El mundo conoció entonces el horror. Los ejércitos Aliados iban acompañados a menudo de periodistas y fotógrafos que documentaron con estupor lo que encontraron. Los encargados de los campos de exterminio habían intentado borrar todo rastro de los asesinatos en masa sin éxito, como sucedió, por ejemplo, en el campo de Majdanek (Polonia) donde los soldados soviéticos encontraron la zona crematoria en llamas pero la cámara de gas intacta debido a la rapidez de la huida. Muchos de los internos no sobrevivieron tras la liberación, el tifus, la desnutrición o las continuas torturas impidieron que miles de personas pudiesen seguir viviendo, ni siquiera en libertad. Otros nunca se recuperaron de sus secuelas físicas o psicológicas, de lo que vieron, sufrieron en carne propia o en las de sus familiares, amigos, compañeros o conocidos.
Las atrocidades cometidas en el Tercer Reich resultan aún hoy difíciles de comprender: es complicado imaginar, desde nuestra perspectiva, cómo un grupo de personas logró crear un aparato represivo que amenazó, torturó y asesinó en masa a multitud de seres humanos con el beneplácito del resto de la sociedad nacional e incluso internacional. Probablemente por ello, el estudio del Tercer Reich es uno de los temas que más interés ha suscitado entre los filósofos, sociólogos, historiadores u otros científicos sociales. A lo largo de los años, la historiografía se ha enfrentado a este período a través de diferentes perspectivas para intentar comprender el origen y desarrollo de la época más negra de la historia alemana y europea. Hasta la década de los sesenta, la lectura política dominó el estudio de esta etapa con el análisis del Estado alemán y sus instituciones como punto de partida para los historiadores. La aparente cohesión entre el Estado y sus instituciones, sustentado por una fuerte ideología que sometió a la población en bloque, tuvo primacía en las primeras investigaciones. Estas teorías sufrieron una especial crisis con el análisis micro histórico que puso de relieve la inexistencia, en múltiples ocasiones, de coherencia entre el Estado central y las administraciones locales. Con la apertura de los archivos sobre el nacionalsocialismo en los años sesenta, que obraban en poder de las potencias aliadas, el foco de estudio sobre esta temática se vio estimulado. Afloraron diversas hipótesis basadas en los orígenes sociales de la dictadura que sustentaron al Régimen, a través de intereses personales y colectivos, además de la irrupción de la historia social en el estudio del período nazi. Fue ésta última perspectiva la que dominó la escena historiográfica desde los años setenta. La historia social del Tercer Reich fue, y sigue siendo, una de las corrientes historiográficas más fructíferas e innovadoras de su tiempo, desechando viejos paradigmas como la cohesión estatal alemana, y poniendo de manifiesto las debilidades de las instituciones creadas por el nazismo y la participación de la sociedad alemana en el aparato represivo del Reich. Estas teorías abrieron un gran campo de estudio que empezó a interesarse por diversas facetas de la Alemania hitleriana, sus aliados y detractores. El denominado Proyecto Baviera es el exponente directo de la historia social de los años setenta: creado en 1973, fue el punto de partida para investigar las actitudes de los alemanes frente a la dictadura, un campo que interesaba por igual a los científicos sociales y la sociedad alemana que anhelaba reconciliarse con su historia. Este proyecto advirtió que hubo diversas actitudes frente al nazismo que fueron desde el consentimiento hasta la resistencia, aunque esta fuese silenciosa y poco articulada. El estudio sobre la conducta de los alemanes frente al Régimen ha sido clave en los trabajos sobre el Tercer Reich y la comprensión de las atroces consecuencias que trajo su política.
Ya en la década de los noventa, hubo grandes avances en este campo con el auge de la historia cultural. Se puso de manifiesto la importancia del lenguaje o el simbolismo que utilizó el Régimen para ganarse las voluntades individuales de la población alemana. Uno de los puntos más interesantes, sobre todo para este libro, es la incidencia de los historiadores en el examen de los apoyos que recibieron instituciones como la Gestapo o las SS para la persecución de los enemigos del Régimen. Demostrando que la estructura policial y paramilitar fue escasa, se abrió la puerta al término «colaboracionismo». En definitiva, lo que argumentan estas teorías es que sin la ayuda de gran parte de la población el sistema de espionaje del Tercer Reich no pudo haber perseguido, enjuiciado y asesinado de la manera tan sistemática como lo hizo. Este espacio de debate sobre la supuesta connivencia de la población con el Régimen ha sido la perspectiva preeminente durante las dos últimas décadas, dado su gran atractivo para la historiografía y la sociedad en general. Por ello, nuestro punto de partida comienza aquí. Una vez recopilada la información facilitada por los investigadores, debemos ir un paso más allá encaminando nuestra investigación hacia el sustento político cultural que facilitó que alemanes corrientes apoyaran de manera directa, como miembros de las instituciones alemanas, o indirecta, la represión brutal llevada a cabo por el nacionalismo y en concreto por la Gestapo.
Para hacer frente a esta empresa es fundamental hacer un repaso de lo que significó la construcción del Tercer Reich. La Gestapo u otras instituciones bebían directamente del contexto concreto en que surgió el nacionalsocialismo y los pilares básicos en los que se forjó. Por ello, en este primer capítulo ahondaremos en la historia alemana decimonónica, el contexto internacional donde surgió el nacionalsocialismo, la Europa de entreguerras, así como la creación del proyecto nazi desde su concepción hasta la toma del Estado. Sin un entendimiento integral de la historia alemana y concretamente del nacionalsocialismo, es imposible llegar a una comprensión de lo que significó en último término la Gestapo.
La historia alemana tuvo un gran peso en la construcción del Tercer Reich. Los errores y aciertos de los antepasados alemanes y europeos crearon el contexto adecuado donde germinó el nacionalsocialismo. Para estudiar el régimen nazi, hay que ahondar en el pasado alemán reciente: la etapa Bismarck. Este período fue de vital importancia para Alemania porque reconfiguró las relaciones internacionales y nacionales conocidas hasta el momento, con Alemania en la cúspide. La figura de Bismarck, además, fue venerada a lo largo de los años como adalid de la hegemonía alemana en Europa y el mundo. Muchas de las instituciones y actuaciones de esta etapa fueron emuladas por el nacionalsocialismo como modelo de grandeza alemana. Si bien el peso del sistema bismarckiano es importante, el punto que estableció el camino seguido por el fascismo es la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra cambió la configuración del mundo: la violencia, la muerte, los movimientos de masas o la nueva tecnología penetraron en la sociedad cambiándola para siempre.
El término Reich, para los alemanes de principios del siglo XX, fue algo más que una palabra para hacer referencia a una etapa histórica. Para una gran parte de los germanos, el Reich significaba la sucesión natural del Imperio romano, invocaba al «Imperio de Dios en la Tierra», a la soberanía alemana del mundo occidental, al poder y, por encima de todo ello, a la unión de los germanos de Europa bajo unos preceptos de pueblo e imperio unidos, fuertes y dominantes de la esfera internacional. Estos ideales de grandeza nacional ahondaban sus raíces en la historia más remota pero tenían un modelo claro: el Segundo Reich de Bismarck –bautizado con este nombre en el período nazi–. La etapa dominada por el canciller Otto von Bismarck era un reflejo del inicio de una nueva Alemania que debía resurgir. Bismarck fue la pieza central alemana y europea durante la segunda mitad del siglo XIX. Bajo su mandato, la Alemania decimonónica ocupó un papel central en la esfera política internacional, acompañado de grandes victorias militares que afianzaron su poder y engrandecieron su territorio y recursos económicos. Al mismo tiempo, el Canciller logró un estado fuerte que sometió a su jurisdicción a los disidentes, fuesen éstos liberales, socialistas, militares o de cualquier otra índole, ya que todos fueron señalados como enemigos internos del país. Bajo una actitud firme, Bismarck consiguió la unión efectiva de Alemania convirtiéndola en una nación unida, poderosa y estable, que no se doblegaba ante nada ni ante nadie. Él fue el impulsor del nacionalismo germánico moderno a través de la unión de los territorios alemanes bajo el mandato de Guillermo I, como monarca de todos los germanos. De la mano de grandes estrategias políticas y militares, consiguió ampliar el territorio alemán y a su vez mantener la paz entre las potencias europeas, a través de un particular sistema de alianzas. En un principio, este sistema, apodado sistema Bismarck, se creó para aislar a la recién vencida Francia de la esfera internacional. Más tarde, se consolidó como el garante de la paz en Europa durante más de veinte años.
Imagen de Otto von Bismarck. La figura del canciller prusiano fue determinante en la época en la que vivió y en la memoria colectiva alemana y europea de los años siguientes. Su habilidad en las relaciones internacionales posicionó a Alemania en lo más alto de la política internacional de su tiempo.
Pero la época dorada de la Alemania reciente dejó un legado que ensombreció su historia en el siglo XX. Tras la caída del canciller, en 1890, el país en manos de Guillermo II continuaba su meteórica carrera imperialista, forjando su núcleo industrial y con un aparente halo de prosperidad y paz. Si bien, bajo la superficie, encontramos una nación unida bajo los preceptos nacionalistas románticos –de comunidad lingüística, cultural y étnica– más que unidos por un Estado centralizado. Las tensiones producidas por la industrialización y los conflictos en el espectro político del sistema bismarckiano empezaron a encontrar una salida natural a través del liberalismo, comunismo o nacionalismo, y sus variantes con tintes excluyentes y racistas, imperantes en la Europa de principios del siglo XX. El káiser Guillermo II, además, no continúo la política bismarckiana internacional del sistema de alianzas. El contexto internacional se había tornado demasiado conflictivo para que este sistema pudiese continuar y Alemania comenzó a quedar aislada del papel preponderante que había asumido años atrás. Entre tanto, las potencias siguieron enfrentándose entre sí, de manera indirecta en el período denominado como «paz armada» en zonas de África, Asia o los Balcanes. Las pugnas por el control de nuevas colonias y la expansión territorial imperialista, a finales del siglo XIX, desembocaron en una carrera armamentística que amplió las tensiones entre los diferentes países. Los conflictos y los pactos hicieron que el inicio del siglo XX trajera consigo el fin de la relativa estabilidad europea. Las tensiones entre las potencias desembocaron en el mayor conflicto conocido hasta el momento, la Primera Guerra Mundial. En el año 1914 se forjó un punto de inflexión a nivel europeo y mundial: comenzó el tiempo de la violencia, el sello del nuevo siglo.
Una tarea tan ardua como la comprensión del período nazi no puede dejar de lado las circunstancias internacionales que se vivieron durante los años en que se gestó y asentó el Tercer Reich. Probablemente la Europa de la primera mitad del siglo XX fue el lugar con mayor incidencia de la violencia política de la época. El conflicto imperó y se multiplicó durante años asolando el viejo continente. En este período de tiempo, el mundo experimentó la violencia de una manera inusitada y sus consecuencias nos persiguen aún hoy. Los cambios llegaron por diferentes caminos: la Gran Guerra cambió los parámetros tradicionales de conflicto. Hasta ese momento, las potencias enviaban a sus soldados a luchar mientras la población observaba desde la retaguardia. Uno de los cambios más significativos de la Primera Guerra Mundial fue el ataque a los recursos básicos de la retaguardia como un elemento más de la guerra, o dicho de otro modo, la sociedad civil se convirtió por primera vez en un objetivo más del enemigo. Ya no bastaba con aplastar un ejército contrario, sino que debían derrotar a la nación enemiga en conjunto. A todo ello se suma que la duración de la guerra fue mayor que la esperada. Las potencias preveían una batalla rápida pero la igualdad de fuerzas alargó el conflicto, mientras la muerte, la desolación y la pobreza arrasaba a combatientes y civiles.
El caos se apoderó de Europa. Los soldados comenzaron a perder la noción de contra quién o contra qué luchaban, mientras la muerte era determinante para todos. Los que luchaban no eran ya héroes sino proletarios que vivían entre ratas en las trincheras, como describió Hobsbawm, o un arma más de destrucción al igual que un fusil. A su vuelta no habría grandes honores, si no resentimiento, pobreza y caos. De todos los cambios, la mayor importancia recae en el factor de sus consecuencias. Los soldados eran masas de hombres, de caídos, como se representan en los homenajes a los «soldados desconocidos», y las sociedades comenzaron a acostumbrarse a la muerte en masa y el exterminio. La violencia brutal penetró en las sociedades y las políticas europeas, con un saldo de unos nueve millones de muertos, siete millones de desaparecidos y prisioneros y más de veinte millones de heridos en la guerra. A estas cifras hay que sumar las casi ocho millones de vidas que se perdieron en la retaguardia, que sufrió continuos ataques, hambre, extrema pobreza y enfermedad. La guerra había cambiado para siempre y ya no se trataba de una lucha entre soldados enemigos, sino que ahora el enemigo era cualquier ciudadano del país o región contra el que se luchase. Estos fueron los primeros pasos que dio Europa hacía la guerra total, la guerra donde la disidencia de cualquier índole, civil o militar, era hostil y por tanto debía ser tratado como un soldado enemigo.
Uno de los homenajes a los soldados desconocidos de la Primera Guerra Mundial. París, Francia. A las esculturas de grandes estrategas militares que se estilaban en los años anteriores, les sucedió este tipo de representaciones que intentaban plasmar la realidad de la nueva guerra. Los soldados sin nombre fueron la máxima expresión de la deshumanización de los combatientes que trajo la Gran Guerra.
El furor patriótico que vivió Alemania momentos antes del inicio de la Gran Guerra se vio truncado durante los años que se mantuvo. El pueblo alemán sufrió la guerra en su día a día y el descontento fue calando entre la población. Las protestas no se hicieron esperar creando un clima de inestabilidad interna durante todo el conflicto que enfrentó a las fuerzas políticas y sociales entre sí. El 29 de octubre de 1918 se desató en Alemania una revolución de corte socialista y pacifista, motivada por la victoria de la Revolución rusa, que forzó al káiser Guillermo a dimitir. Con el triunfo de la revuelta se pactó una derrota que no se iba a hacer esperar, pero para muchos alemanes, sobre todo excombatientes, la izquierda había «apuñalado por la espalda a Alemania». El descontento fue en aumento cuando se conocieron las imposiciones de los Tratados de Versalles para Alemania que ahondaron más en la crisis moral, política y social que estaba viviendo el país. A las pérdidas materiales y la gran deuda que dejó la reparación impuesta en Versalles, se le unió la pérdida de gran parte de su territorio, más de veintisiete millones de personas que formaban el Imperio alemán dejaron de formar parte de él, como la ciudad de Danzig que pasó a ser ciudad libre a merced del dominio de la Liga de Naciones Unidas, o los territorios ricos en materias primas como los territorios de Alsacia-Lorena, cedidas de nuevo a Francia. Alemania nunca podría unirse con Austria y se les prohibió tener un ejército terrestre, armada y servicio militar, dejando el país a merced de cualquier potencia que quisiera atacarles. A todo ello se sumó la pérdida total de autonomía como Estado: el Imperio dejaba de ser tal para pasar a ser una democracia al estilo europeo, pero incluyendo una serie de restricciones de carácter económico, social, militar y de política exterior que les limitó ferozmente. El Imperio volvió a disolverse en París como lo hiciera Napoleón algo más de cien años atrás y la Alemania fuerte e imperante en Europa desapareció. En definitiva, la pérdida de la guerra trajo para Alemania unas consecuencias nunca jamás contempladas en otros conflictos, el país que dominó la escena política europea durante más de cincuenta años quedó en una crisis que iba más allá del sentido económico o político. Los soldados que volvían del frente fueron vapuleados y recibidos sin honores. Algunos grupos pacifistas, hartos de los desastres que provocaba la guerra, les insultaban e incluso escupían cuando volvían al país y la inestabilidad se apoderó de Alemania una vez más.
La posguerra no tuvo mejores augurios para el país germano. Esta etapa se considera en toda Europa como la búsqueda de consenso, a nivel nacional e internacional, que no llegó a imponerse sin las guerras que se produjeron en su seno. Los años veinte fueron definitorios para el Estado alemán con un imperio destruido, de nuevo, a manos francesas y con una democracia liberal impuesta, los alemanes comenzaron a mirar al futuro. La República de Weimar nunca llegó a alcanzar la soberanía que se esperó de ella, ya que partió con un escaso consenso mientras intentaba reconstruir un país en ruinas con una deuda millonaria por las sanciones impuestas en concepto de reparación de guerra, que dejaba un deficitario sistema económico. A las dificultades, se sumó la nueva forma de movilización que estuvo sustentada por las masas que intentaban imponer su criterio a través de las manifestaciones multitudinarias. El auge del comunismo, socialismo, anarquismo y el fascismo como identidades colectivas excluyentes creó un clima de enfrentamientos entre facciones que pugnaban por el poder. Muertes, venganzas, manifestaciones encontradas, etc. se sucedían en las grandes ciudades de los países europeos al inicio de los violentos años treinta. Las identidades políticas colectivas comenzaron a considerar la violencia como una salida útil a una situación de peligro político, apoyadas en la idea de cambiar el mundo a través de la violencia y la imposición. Las revoluciones, golpes de Estado o revueltas violentas se sucedieron a lo largo y ancho del viejo continente creando un clima de inestabilidad político y social. La respuesta estatal fue a menudo incompleta y con mayor incidencia en Alemania donde la democracia se consideraba impuesta por el poder extranjero y careció de legitimidad ante su pueblo. Así, el fascismo y otras corrientes políticas comenzaron a ganar adeptos entre la población a pasos agigantados.
Joseph Goebbles respondió a esta premisa con la siguiente argumentación:
Es imposible interpretar de manera totalmente abarcadora, en un compendio temporalmente limitado, la esencialidad del Nacionalsocialismo, ya que se trata del examen de un Movimiento y de una Idea que con ímpetu dinámico irrumpieron en la vida pública alemana, cambiando desde el fundamento todas las condiciones y relaciones de los seres humanos entre sí.
En parte, el ministro de Propaganda nazi tenía razón. Existen múltiples descripciones asociadas al nacionalsocialismo, en particular, o al fascismo de forma más general y a lo largo de los años se ha intentado aportar una visión completa de lo que significó en esencia una corriente tan compleja como la fascista.
El término «fascismo» deviene del latín fasces, (‹haz› o ‹manojo›, símbolo de autoridad en el Imperio romano). La traducción al italiano estaba asociada a términos como «sindicato», «unión» o «liga» y fue tomado por Benito Mussolini como nombre para su partido en 1919, Fasci Italiani de Combattimento (Liga Italiana de Veteranos de Combate). En el fascismo de principios del siglo XX existió una lucha contra la democracia liberal a la que veían como débil y causante de la decadencia que afrontaban sus países. Así mismo, despreciaban la constitución, el parlamento y los cauces normalmente democráticos. En su lugar, abogaban por un estado totalizador que abarcase todos los puntos de la sociedad a través de un líder o caudillo dominante que llevase las riendas de la nación a la grandiosidad. Una de las definiciones más completas es la desarrollada por Roger Griffin en su libro The nature of fascism (La naturaleza del fascismo), donde explica los regímenes de esta tipología, otorgando el término de «ultranacionalismo palingenético» a estos sistemas. La palingenesia es un concepto político-filosófico asociado al ciclo vital de los seres vivos desde su nacimiento hasta la rencarnación, que según esta teoría se reproduce una y otra vez. De este modo, el fascismo y, en concreto, el nazismo crearon una línea palingenésica con su pasado glorioso –en el caso del nacionalsocialismo con el Sacro Imperio Romano Germánico y el Segundo Reich, de Bismarck– como una encarnación del mismo actualizado. La gran peculiaridad de estos regímenes es que pretenden llegar a una reencarnación de su pasado romántico pero a través de elementos asociados a la modernidad como la propaganda, la nacionalización de las masas, industrialización o la dominación de los medios de comunicación. En definitiva, según Griffin, los fascismos intentaron romper con la sociedad en la que se encontraron para revivir un pasado glorioso que encaminase la nación hacia la cúspide a través de elementos modernos.
Otras definiciones ahondan en el proyecto totalizador del Estado y la sacralización de la política, como la propia concepción de Mussolini o la noción de patria por encima de cualquier concepto que esgrimió José Antonio Primo de Rivera. Pero, en general, se traduce en la creación de una revolución donde permanezcan los valores asociados al pueblo de pertenencia, que se sacralizarán hasta la extenuación incluyendo al propio caudillo, a través de un Estado total que articule y comande todas estas premisas. Como advirtió Mussolini, fuera del estado fascista no hay nada que se corresponda a los valores válidos ni a la patria, por tanto, no es reconocido por la nación. El auge del fascismo en Europa no quedó aislado a España, Italia o Alemania, si no que contó con representación en casi todos los países europeos, con rasgos muy similares y lazos estrechos entre sí. Resultó un proyecto único que abogaba por una sociedad completamente nueva, una suerte de «tercera vía» entre el capitalismo y el comunismo imperantes por línea del ultranacionalismo. Cada país concibió su futuro de manera diferente y utilizó sus recursos para hacer frente a los problemas que el contexto nacional e internacional había reservado para cada nación. Y los de Alemania en esta época fueron graves y muy numerosos.
En el caso de Alemania la doctrina fascista fue adecuada a través de las peculiaridades culturales, sociales e históricas del país, en la figura del nacionalsocialismo. La configuración de su ultranacionalismo, típico del fascismo, se encarnó en el pasado glorioso alemán, supeditado a un entramado cultural y político que estaba presente en Alemania y otros países europeos durante los siglos XIX y XX. Si bien, este «tercer camino» no estaba predeterminado por un supuesto atraso alemán o asociado a condiciones determinantes que hicieran imparable el ascenso de una dictadura de este corte en Alemania. Más bien, el nacionalsocialismo recogió una serie de elementos culturales y políticos preexistentes y los moduló a su conveniencia para lograr unos objetivos sociales, políticos y culturales. Como hemos visto anteriormente, la etapa Bismarck creó en el inconsciente colectivo de los alemanes una sensación de vuelta a la grandeza nacional que tanto ansiaban. Por este motivo, la catástrofe en la Primera Guerra Mundial fue determinante para el nacimiento de este tipo de grupos cercanos al ultranacionalismo como vía de escape ante los grandes acontecimientos internacionales que asolaban a la población. Sin estos determinantes nacionales o internacionales, es posible que no hubiese existido el nazismo, pero a su vez los acontecimientos podían haber tomado un rumbo diferente si se hubiesen tomado otro tipo de decisiones hasta la toma del poder de Hitler en Alemania en 1933. La creación del Tercer Reich partió de la regeneración nacional asociada a un conglomerado de teorías darwinistas sociales, seudosocialistas, declaraciones ultranacionalistas y de expansión nacional. Así mismo, el nacionalsocialismo llevó a cabo un proyecto totalizador para que su ideología, cultura y política gobernasen cualquier tipo de interacción social. Para ello, se valieron de un mecanismo fortísimo de propaganda y coerción social, incluso antes de llegar al poder a través de su brazo paramilitar las Sturmabteilung (SA). Su concepto de nación estaba asociado al concepto romántico alemán cuya principal característica era romper con la exaltación de la razón abstracta que habían creado los franceses en la época de los enciclopedistas. Estaban en contra de la pretensión de romper el reloj de la historia –como se había intentado hacer en la etapa de la Revolución francesa– potenciando ante todo el peso que tiene que tener siempre la tradición, la costumbre y la historia de un país.
Toda esta argumentación partía de ciertos principios que ya plantearon Herder y Fichte cuando teorizaban sobre los pueblos y sus particularidades diferenciadoras. Herder afirmaba que cada pueblo o nación tenía su propio genio o espíritu. Se denominaría al genio del pueblo Volkgeist, término derivado de la palabra «pueblo» o «gente» en alemán (Volk). Este genio tendría su razón de existir, no en los derechos individuales de las personas como en la democracia, sino en factores de la vida colectiva, en la lengua común de un determinado grupo, en el folclore, en la etnia y las costumbres particulares de cada país. Las instituciones políticas que debiera tener un país vendrían derivadas de las peculiaridades de la historia de dicho país y posiblemente no servirán para otro porque emergen de la propia nación. La nación, en términos románticos, es un ser vivo que está por encima de los individuos, es la que determina todo, incluso, se podrá dar el caso de que la nación aglutine a un individuo al margen de su propia voluntad. El concepto Volk fue explotado por el nazismo como base fundamental de su ideología. La nueva comunidad pasaría a llamarse Volksgemeinschaft o ‘Comunidad del pueblo’ a modo de agrupación racial o de sangre que estaba por encima de cualquier otro elemento de cohesión –ya fuese la clase social, la religión o el estado– y cuya voluntad estaba por encima de los derechos individuales. Además, esta comunidad debería gozar de unos privilegios sociales encauzados por la vía de seudosocialismo, a base de explotar económicamente a los extranjeros que se estaban aprovechando de los frutos del Volk. A partir de estas teorías de comunidad de sangre, se recogen dos elementos fundamentales del nacionalsocialismo: la unión de las comunidades germanas, ya que respondían al Volksgemeinschaft, y la creación de un proyecto biopolítico a través de la exclusión de las personas que no pertenecían a esta comunidad.
Las sociedades de principios del siglo XX tenían un concepto distinto al actual sobre la igualdad de todos los seres humanos. El avance científico del siglo XIX en campos como la biología, la medicina, la psicología o la evolución llevó a las sociedades una visión nueva sobre el ser humano y la sociedad en clave de desigualdad. En la segunda mitad del siglo XIX diferentes teorías racistas o asociadas al darwinismo social fueron calando entre la población. La colonización de parte de África y Asia y la interacción con sus habitantes otorgaron peso a estas percepciones de desigualdad y de superioridad de los colonos-conquistadores. El darwinismo social es una hipótesis acuñada por Herbert Spencer que aplicaba la teoría evolutiva de Darwin a parámetros sociales. De este modo, el ser humano estaría dividido en diferentes razas, siendo la raza blanca superior a las demás por su nivel de adaptación al medio. Cada raza estaría supeditada a unos rasgos físicos y psicológicos que marcarían su nivel de inteligencia, su altura o su gusto por el arte o la música, por poner algunos ejemplos. Por tanto, la raza blanca debía ser la superviviente y hegemónica en el mundo, desechando a los individuos menos aptos.
Estas teorías estaban presentes en la sociedad del siglo XX y, por supuesto, en el nacionalsocialismo. Para Hitler y los suyos la raza blanca tenía un exponente fundamental: los arios. La raza aria fue, según los preceptos acuñados en el siglo XIX, una comunidad de conquistadores que se extendió desde la India hasta Europa exportando su cultura y su lengua. Si bien, en el siglo XIX no existió ninguna prueba de la existencia de este supuesto pueblo si no que fue una hipótesis que intentaba responder a las similitudes que se encontraban entre las lenguas de oriente y Europa, sobre todo eslavas y germánicas. El nazismo comienza en los años veinte una meteórica carrera por demostrar que ese pueblo guerrero y de creadores son ascendientes de los germanos, como lo habían intentado antes los ingleses o los irlandeses. Esta vez, el entusiasmo de Hitler posibilitó esta creencia: se asimilaron los rasgos que pudieron tener los arios –altos, fuertes, de ojos azules y rubios– con los alemanes y su supuesta facilidad para el arte y la creación. Además, se intentó otorgar una línea temporal entre este supuesto pueblo indoeuropeo y el Reich, a través de la supuesta simbología –como la esvástica– o la mitología –ocultismo, resurgimiento de la tribu, etc.–. Para los alemanes la raza aria se correspondía con la germanidad, que llegaría a través de los pueblos vikingos, bárbaros, suevos o alanos claros descendientes de los arios, según la teoría nazi.
El judío fue en el Tercer Reich la antítesis al hombre ario. Todos los supuestos rasgos asociados a la raza judía chocaban con la sociedad que planteaba el nacionalsocialismo. El sentimiento antisemita proviene de la tradición cristiana que les acusa del magnicidio del mesías, Jesús. A lo largo de la historia, los judíos han estado perseguidos, excluidos o marcados en los diferentes países europeos donde se asentaron. A finales del siglo XIX, surgió un nuevo antisemitismo asociado a elementos laicos relacionados con estereotipos de maldad y dominación mundial, que serían intrínsecos a su naturaleza predeterminada por la raza a la que pertenecía. Así, los judíos estarían intentando gobernar el mundo a través de la dominación capitalista y mercantilista. Estas afirmaciones se fundamentan en ensayos como Los protocolos de los sabios de Sión, una falsificación muy popular durante la primera mitad del siglo XX, donde se culpaba a los judíos de las revoluciones, las guerras o los desastres. Los «protocolos» eran supuestas medidas conspiratorias que estaban llevando a cabo los judíos para engañar al resto de comunidades y hacerse con el control mundial efectivo. Aunque en 1920 se descubrió su autoría por parte de la Ojrana (policía secreta zarista), el libro siguió siendo famoso en círculos antisemitas construyendo una imagen distorsionada de los judíos.
Extracto de Los protocolos de los sabios de Sión. A través de este texto se justificaron los pogromos contra los judíos que se sucedieron en Rusia desde principios del siglo XX. En una coyuntura de crisis social, política y económica como la que se vivió en la Rusia zarista, las teorías conspirativas asociadas a los judíos calaron en todas las esferas sociales. Aunque se supo de la falsedad del escrito, incluso hoy día siguen circulando entre ciertos sectores de carácter antisemita.
El nacionalsocialismo fue heredero directo de estas teorías que utilizó para crear su nación o comunidad excluyente de aquellos que no formaban parte de la raza aria. Para mantener la pureza de la raza, aquella que les llevaría al punto más alto de evolución, tuvo que desechar a millones de personas. Así, el darwinismo social fue algo más que un proyecto político, se convirtió en una forma de visión del mundo. A través de esta teoría se dio paso a la biología política y a la biología social, ambas políticas de corte positivista, que buscaban aplicar los medios científicos en las sociedades para que éstas evolucionasen de una manera más pura. La consecuencia lógica del darwinismo social fue la eugenesia. La eugenesia es la mejora biológica de los individuos, tomando una serie de medidas encauzadas a la «desaparición» o «extinción» de los menos aptos que empobrecen la raza, como un acto preventivo, a través de la esterilización o la búsqueda de la extinción.
Las características físicas o genéticas fueron determinantes, ya que consideran que los males sociales vendrían dados por individuos indeseables que podían ser identificados por sus rasgos faciales, e incluso su olor. La eugenesia, por su parte, es una fórmula para la protección de la raza una vez ésta se encuentra infectada, según las teorías darwinistas sociales. Cuando la raza se encuentra en peligro dado el número de agentes indeseables que se encuentran en ella, la única salida es la expulsión, discriminación y por último la exterminación.
Estos presupuestos eran populares en los países europeos durante los siglos XIX y XX. Cuando Hitler desempolvó las teorías raciales, éstas no eran nuevas para la sociedad, sino que formaban parte de algunos círculos culturales de los pueblos europeos y aún no habían acabado de desaparecer por completo. La revitalización de estos supuestos sirvió al Régimen para justificar los ataques discriminatorios, racistas o antisemitas que llevó a cabo para mantener a salvo la raza aria. Estos ataques no sólo fueron encaminados hacía la supuesta raza judía u otras supuestas razas también clasificadas como indeseables, como los romaníes, sino que le sirvió para a perseguir a otros grupos que alteraban la raza, como los discapacitados, los homosexuales, los testigos de Jehová o los clasificados como antisociales. Dentro de este último grupo tenían cabida multitud de perfiles: cualquier persona que no mostrase la adhesión al nazismo o tuviese ideas contrarias al mismo podía estar dentro de este grupo. La importancia de la raza, la sangre y la comunidad fue la piedra de toque en el Tercer Reich. La defensa de la raza aria y de la comunidad Volk fue prioritario para el Régimen. Del mismo modo, estas teorías sustentaron la discriminación, encarcelamiento e incluso la exterminación de millones de personas que no se ajustaron al ideal político que defendió el nacionalsocialismo y por tanto, estuvieron en su punto de mira. Todos ellos formaron parte del enemigo, un concepto que mezcló parámetros reales con imaginarios, supeditados a la idea de que el contrario es aquel que no compartió sus ideales básicos, fueran estos culturales, políticos, morales o sociales.
Los orígenes del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei [NSDAP]), el Partido Nazi, se sitúan en Múnich en la posguerra de la Primera Guerra Mundial. En 1919, Anton Drexler junto con Gottfried Feder, Karl Harrer, Hermann Esser, Alfred Rosenberg y Dietrich Eckart fundaron el Partido Obrero Alemán (Deutsche Arbeiterpartei [DAP]). Su ideología se basó en teorías ultranacionalistas, etnicistas, pangermanistas y antisemitas. Este movimiento no fue nuevo sino que tuvo sus raíces en los partidos u organizaciones surgidos en Alemania de posguerra con tintes discriminatorios de corriente ultranacionalista excluyente, que buscaban suprimir la multietnicidad que había caracterizado al Imperio alemán. Pretendieron, además, la unión de todos los germanos que estaban extendidos por Europa central en un sólo país, ya que la desintegración del Sacro Imperio Romano Germánico había diseminado a los germanos por varios puntos de la geografía europea, sobre todo en Austria.
Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en Austria y desde su juventud asimiló teorías pangermanistas que florecieron a principios de siglo en determinados círculos sociales. Con el inicio de la Primera Guerra Mundial, se ofreció como voluntario para luchar en el ejército alemán y consiguió ser admitido en el contingente bávaro. Permaneció en el ejército hasta 1920.
En los primeros años, sus reuniones eran poco multitudinarias y el partido contaba con unos sesenta miembros, pero pocos meses después un joven excombatiente austriaco, Adolf Hitler, se integró en él cambiándolo por completo. La irrupción de Hitler en el seno del movimiento varió significativamente la situación, por su gran sentido de la oratoria y la maestría que demostró al usar la demagogia. En febrero de 1920, se concentró en Munich al grueso de los afiliados y se formalizaron sus objetivos a través del manifiesto del Programa de los 25 puntos escritos por Drexler y Hitler, que incluyó propuestas pangermanistas: «la unión de todos los alemanes para constituir una gran Alemania»; de higiene racial: «debemos evitar la inmigración no alemana»; de ruptura con lo acordado por Versalles; o de corte seudosocialista y anticapitalista. Momentos después, el partido fue renombrado como Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei [NSDAP]).
Insignia del NSDAP. La esvástica que se representa en la insignia es una cruz con los brazos doblados en ángulo recto que gira a la derecha. Sus orígenes se encuentran en las culturas protoindoeuropeas que solían representar el poder del sol. El nacionalsocialismo lo toma como símbolo de la antigua tradición aria, aunque en ese momento se representaba mayormente en la India.
En 1923, el Partido junto con su brazo paramilitar intentaron un golpe de Estado, el putsch de la cervecería en Múnich, mediante el cual pretendieron llegar al poder en Alemania, para que el gobierno dejase de pagar la deuda de reparación de guerra a Francia. El golpe fracasó estrepitosamente y el NSDAP fue ilegalizado y sus dirigentes encarcelados bajo pena de alta traición. Durante su confinamiento, Hitler escribió su libro Mein Kampf (Mi lucha) en el que plasmó todo su ideario político. El 20 de diciembre de 1924, se produjo la excarcelación de todos los implicados en el putsch en una mala maniobra del sistema Weimar de condonar la deuda a todos los presos políticos. El partido, ahora en manos de los hermanos Otto y Gregor Strasser y de Erich Ludendorff, adscritos al ala izquierdista, se encontraba en sus horas más bajas. Con la libertad de Hitler, este, henchido de poder y seguridad, batió a sus enemigos en el partido quedándose como mandatario único. Un año después, en 1926, aplicó el principio del Führerprinzip (‘principio del líder’) que supuso que toda la autoridad quedaba delegada de arriba abajo. Con este sistema, que se trasladaría después al régimen político nazi, Hitler consiguió el poder efectivo de todos los cuadros del partido dejándoles sin opción a réplica. Su maniobra le situó como líder único e indiscutible y su criterio se impuso al de cualquier otro.
