Breve Historia del Che Guevara - Gabriel Glasman - E-Book

Breve Historia del Che Guevara E-Book

Gabriel Glasman

0,0
8,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

"Se aborda una serie de aspectos que fueron calando en él, su asma, su tesón, su rebeldía, su formación socialista, su amistad con Fidel, los grandes momentos de la Revolución Cubana, su guerrilla en el Congo, y el sueño de revolucionar el mundo para cambiarlo. Asimismo, se apuntan otros aspectos tan misteriosos y desconocidos como la incertidumbre de su nacimiento, las cartas que escribía a sus padres, parientes y amigos, las traiciones que sufrió de la gente en quien más confiaba y que le significaron la muerte."(Web Over drive) La apasionante y turbulenta historia de Ernesto Che Guevara contada esta vez de un modo conciso y accesible: un mito del siglo XX entregado a la revolución y la lucha. La vida y la personalidad del Che han sido tratadas en innumerables ocasiones en el S. XX, desde todas las perspectivas y hasta el último detalle, pudiera parecer, por ello, que ya nada puede contribuir al conocimiento de la vida del revolucionario argentino, que ya lo sabemos todo. Nos demuestra Gabriel Glasman que no es así, que aún quedan datos por descubrir y enfoques novedosos para tratar la vida y la personalidad de este luchador incansable, de este idealista universal que luchó por la emancipación de los oprimidos en Cuba, en el Congo y finalmente en Bolivia donde fue traicionado y asesinado.Es por esto que Breve Historia del Che Guevara es un libro que no viene a subrayar de un modo redundante lo ya escrito sobre el Comandante sino que viene a completar lo que sabemos de él a través del análisis de su correspondencia más íntima. Comienza con los oscuros orígenes de Guevara cuya partida de nacimiento fue falseada por sus propios padres, pero conoceremos también su juventud, su formación como médico y sus ya míticos viajes en motocicleta por América.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 295

Veröffentlichungsjahr: 2010

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



BREVE HISTORIA DELCHE GUEVARA

Gabriel Glasman

Colección: Breve Historia www.brevehistoria.com

Título: Breve Historia del Che GuevaraAutor: Gabriel Glasman

Copyright de la presente edición: © 2008 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid www.nowtilus.com

Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres VitolasDiseño y realización de cubiertas: Florencia GutmanDiseño de interiores y maquetación: Ana Laura Oliveira

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN-13: 978-84-9763-554-7

Libro electrónico: primera edición

Índice

Introducción

Capítulo 1 Los primeros años

Capítulo 2 Política, medicina y amor

Capítulo 3 Descubriendo América

Capítulo 4 Hacia la revolución:la experiencia guatemalteca

Capítulo 5 Haciendo revoluciones

Capítulo 6 En el gobierno revolucionario

Capítulo 7 El internacionalismo guevariano

Capítulo 8 Trascendiendo fronteras

Capítulo 9 El último acto: Bolivia

Cronología

Bibliografía básica

Introducción

Difícilmente pueda hallarse en el último medio siglo de historia universal un pro ta gonista que haya calado tan hondamente en el imaginario popular como Ernesto Gue vara, más conocido simplemente como el Che.

Y resulta doblemente sorprendente porque Guevara brilla en la escena política y social poco menos de una década, plazo bastante más bre ve que el de otros tantos protagonistas que ja más alcanzaron siquiera una parte de la fama mundial que, en cambio, abrazó a nuestro personaje.

No obstante, ese corto lapso fue más que suficiente para fundar una tradición que nada parece ponerle fin. Desde esta perspectiva, Guevara constituye en sí mismo una verdadera incógnita que envuelve al conjunto cultural y social que le dio cabida. Para decirlo en otros términos: ¿Qué sugiere su persona para que consagre semejante consenso internacional? La pregunta, sencilla en su formulación, es difícil de contestar. Por lo menos con una única respuesta.

Del Che se ha dicho y escrito todo, o casi todo. Bendecido como un paradigma de la rebelión y ejemplo de consecuencia y pureza revolucio naria, para unos; responsable principal del insti gamiento a la violencia irresponsable y aventurera, para otros, su fantasma recorre el mundo tal y como los fundadores del marxismo creyeron que sucedería con el pensamiento que inspiraron.

Pero a diferencia de este último, que cobraba identidad en el conocimiento de una doctrina, Gue vara conmueve tan solo con su ejemplo, más allá del conocimiento real y verdadero que se tenga de su proyecto revolucionario. De alguna manera, y sin querer aquí formular una crítica a su herencia política, el Che se convirtió más en símbolo que en creencia y quizás allí resida una de las respu estas que pueda ir abonando una expli cación de la continua y ascendente fascinación que produce, sin que por ello se reproduzcan –antes bien, desaparecieron prácticamente– los militantes que hicieron propia su práctica política. Lo primero, irrita a sus enemigos; lo segundo, los tranquiliza relativamente. Sus seguidores, en tanto, montados en las vivencias del “Guerrillero Heroico”, no precisan de mayores argumentos para renovar en su nombre la eterna utopía revolucionaria.

Tanto fuego –mantenido sin esfuerzo por la memoria de su ejemplo– no ha cristalizado, empero , en un mismo nivel de conocimiento de su vida y, fundamentalmente, de su pensamiento y parti cula res prácticas políticas. El asunto es complejo y curioso, y conduce invariablemente a preguntarse cuál es el sentido que los millones de per sonas que reivindican su figura finalmente le asignan.

¿Acaso adscriben al revolucionario comunista, al convencido de las certezas que el marxismo ha subrayado sobre el devenir de la sociedad? ¿O al hombre de acción, aquel que no le teme a ningún peligro? ¿Es el guerrillero siem pre resuelto a cumplir lo que promete y mejor y primero que nadie, el que entusiasma a tantísimos adeptos? ¿O es el intelectual revolucionario quien los convoca, tras proyectar en el Hombre Nuevo un deseo colectivo que interpreta bri llan te mente? ¿Atrae el Che fumador de habanos y sonrisa burlona? ¿O el descamisado que realiza incansablemente trabajos voluntarios? ¿El asmático que juega rugby, empecinado en no ser batido por ningún impedimento? ¿O el adolescente resuelto a recorrer América en una moto y sin un peso? ¿El argentino que declama dar la vida en Cuba, el Congo y Bolivia? ¿O el ilustrado que gusta hablar de amor y de poesía?

En fin, ¿cuál de todos estos Guevara, a veces en conflicto entre sí, es el que bombardea constantemente el cerebro y el corazón de todas las generaciones?

Una salida más o menos segura, aunque ciertamente no muy creativa, sería señalar que Guevara es este y aquél. Y todos los demás Gue vara también. Y aunque pareciera una verdad de Perogrullo tendríamos argumentos suficientes para de cir que, efectivamente, el Che Guevara fue, es y seguirá siendo un todo com plejo, casi como una per so nalidad y una figura en permanente construcción... a pesar de haber sido asesinado hace cuatro décadas.

Pero Guevara es más que una figura en construcción, siempre redescubierta. Guevara es un icono afectivo como quizás ningún otro personaje histórico lo ha sido en el siglo pa sado. Guevara es una seña de identidad y, de alguna manera, una esperanza viva, un anhelo. En definitiva, un modelo a seguir. En este sen tido, es que Guevara ha funcionado más como corazón que como cerebro. Se ha convertido en la pura rebelión, en la pura acción, en el puro acontecer. Guevara es la realización, el aquí y el ahora. Una respuesta a las promesas incumplidas, una garantía de dignidad, de que nada amoral y antiético se rá negociado. Guevara es la repres entación misma del ideal. Justo él, quien realiza los mayores esfuerzos per sonales para ser protagonista de la más concreta de las revoluciones latinoamericanas. Paradojas de la his toria, el revolucionario ana lí tico terminó convertido en un ideal romántico.

Recuperar el pensamiento y la práctica política de Guevara no conspira en absoluto contra las atractivas miradas que sobre él se vierten a diario. Por el contrario, contribuye a encuadrar su imagen aun más en la de un individuo que, consciente de su rol personal y colectivo en la historia, lo entregó todo para ser consecuente con sus objetivos más deseados.

Guevara, el que jamás pidió realizar nada que el no realizara primero, merece mucho más que ser llevado en , tatuajes y pósters. Merece por sobre todas las cosas ser conocido en su rica personalidad y en su sorprendente actividad pública.

Su vida, sus relaciones afectivas y familiares, sus amigos y primera formación, su despertar a la política, al compromiso y a la acción revolucionaria, sus ideales y convicciones más profundas, como así también sus pasos en falso, erráticos y fracasados en numerosas oportunidades, nos per miten conocer la formación de una de las figuras claves de la historia contemporánea. La mis ma que seguirá presente, seguramente, en las cri sis venideras y en las intervenciones de las gran des mayorías en ellas.

1

Los primeros años

Corría el año 1927 cuando Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna sella ron, boda mediante, un apasionado ro mance que se había desencadenado poco tiempo atrás. Des bordantes de juventud y pertenecientes a un mun do social y económicamente aco mo dado, ni a Ernesto ni a Celia les acompañaban por entonces las tribulaciones mun danas de la subsistencia diaria. Por el contrario, dueños de esa seguridad que la herencia familiar les garantizaba, podían transcurrir por la vida con la certeza de un fu tu ro venturoso. No podían sospechar, por su pues to, que estaban a punto de ingresar a una di men sión impensada, donde buena parte de sus mundos imaginados colisionaran con otros nuevos, hasta modificar por completo sus existencias.

Pero por el momento, la vida de los dos ena morados discurría con cierta displicencia.

Ernesto Guevara Lynch había nacido un año después que el siglo, en 1901, en el seno de una familia que, junto a cierta fortuna, gustaba exhibir entre sus más preciadas pertenencias una galería de prohombres de notables y aventureras existencias. Paco Ignacio Taibo II consigna que entre los antepasados de los Guevara había un virrey de Nueva España –Pedro de Castro y Figueroa– quien hacia mediados del siglo XVIII accedió a tan caro cargo, aunque manteniéndose en él apenas un año.

El virrey de referencia tuvo un hijo de nombre Joaquín que, no se sabe si no tuvo mejor idea o mejor opción, lo cierto es que secuestró en terri torio de Louisiana a una muchacha que terminará siendo su esposa. Como fuere, serán sus descendientes quienes, tras vivir la fiebre de oro que sacudió en San Francisco a gentes de toda laya, terminaron un siglo más tarde asentando sus reales en tierras argentinas.

También Jorge Castañeda, por su parte, reconstruye la genealogía de los Guevara Lynch, en los que la sangre española e irlandesa se confundirán a partir de las correrías de un tal Patrick Lynch, capitán él, quien abandona Inglaterra para recalar en España, primero, y luego en la Gobernación del Río de la Plata.

Según el catedrático francés Kalfon, don Patrick llegó a aquellas playas cargando un cofre de monedas de oro; más tarde, su hijo Justo llegará a tener cierta carrera en la administración local, alcanzando a ser administrador de la Aduana Real.

Uno de sus hijos, a su vez, gozará de mayor fortuna y se convertirá con el tiempo en uno de los hombres más ricos del continente, acumulando una gran cantidad de campos que legará a sus nueve hijos.

Para mediados del siglo XVIII, todos los indicios señalan que los Lynch ya estaban establecidos con cierto posicionamiento entre la oligarquía local, al grado de que entre los fundadores de la Sociedad Rural Argentina –centro político, social y económico de los terratenientes criollos– figura el ya lustroso apellido portado por un tal Gaspar. También por entonces un Enrique Lynch tuvo activa participación en la misma entidad.

Con los años, los Guevara Lynch alcanzaron un poderío económico importante que se materializó en grandes extensiones de campos y varios establecimientos ganaderos.

Sin embargo, sea ya por los avatares de la economía en el periodo inmediatamente anterior a la gran crisis de 1929, o porque las rentas que daban los campos debían repartirse entre un numeroso elenco familiar, lo cierto es que los Guevara Lynch comenzaron a perder paulatinamente aquella fortaleza económica que los había distinguido. No había penurias en su presente ni en su futuro inmediato, pero no sería equivocado caracterizar a la familia como en cierta decadencia financiera.

La Sociedad Rural en Argentina representa a los sectores más poderosos económicamente. Paradójico resulta encontrar entre los fundadores de dicha asociación a un ancestro de Guevara.

Celia, por su parte, había nacido en el seno de una familia que bien podía competir parejamente con los blasones sociales y económicos heredados por su novio. De hecho, el último virrey del Perú, don José de la Serna e Hinojosa, era quien estaba al frente de una ilustre progenie que, representante de la corona española, terminó mezclada e incorporada al criollismo rioplatense.

Claro que el insigne e ilustre virrey fue vencido justamente por Sucre en la batalla de Ayacucho, la misma batalla que consagró la derrota definitiva de los españoles en territorio sudamericano. Es decir, el famoso pariente era un “enemigo”, pero famoso y de alta alcurnia al fin de cuentas.

El origen de los De la Serna no debió haber acomplejado demasiado a ninguno de los integrantes de la familia. En verdad, las raíces “nacionales” nunca fueron para la clase terrateniente local un elemento fundante de identidad política y cul tural. Hacendados y grandes propietarios, la oligarquía nativa –de la que los De la Serna formaban parte– tenía a los imperiales de cualquier nación en la mayor estima, y volcaron sus influencias políticas y favores económicos para que los gobiernos locales labraran con aquellos los más variados acuerdos comerciales. Por supuesto, la oligarquía terrateniente se benefició como ningún otro sector social.

Entre los descendientes de Celia se hallaba Juan Martín de la Serna, un poderoso terrateniente propietario de grandes extensiones de tierra y varias estancias, y que fundó, como señala Kalfon: “…a pocas leguas de la capital, la ciudad de Avellaneda.”

Poseedores de campos y estancias como los Guevara Lynch, aunque más prósperos que estos, los De la Serna también conocieron desde antaño la vida sin apremios, garantizada sobradamente por las generosas rentas familiares.

En estos contextos acomodados, Ernesto y Celia se conocieron, enamoraron y proyectaron juntos continuar con sus vidas.

Por entonces, Ernesto era un muchacho de veintiséis años muy apuesto y con cierto aire de seductora despreocupación. Detrás de sus anteojos amanecía un hombre locuaz, gran conversador y de apasionado verbo, condiciones que acompaña ba con indumentaria elegante y cui dada. Educado, culto y de refinados modales, había incursionado en los estudios universitarios aunque ciertamente de manera poco exitosa, y acu mu laba sendas decepciones en las carreras de arquitectura e ingeniería.

En cambio, había sorprendido a más de uno con su tenaz inclinación hacia la administración de los bienes familiares y una particular vocación por los emprendimientos empresariales, una ca racterística que parece haber heredado de algunos de sus lejanos parientes, cuyas historias de arriesgadas aventuras había escuchado en boca de sus padres y tíos.

Por entonces, Ernesto había invertido buena parte de la fortuna que había heredado en el Astillero San Isidro, una constructora de yates que just amente pertenecía también a otro de sus familiares. El negocio parecía bastante próspero, aunque no tan fascinante como para comprometer su vida en él.

Ciertamente, Ernesto se dejaba conquistar más fácilmente por desafíos de otro tipo, como el que bien pudo representar en su imaginario un cultivo de yerba mate en las selvas de Misiones. Por lo menos, las posibilidades de hacer fortuna con el llamado “oro verde” se asemejaban bastante a la empresa que alguno de sus antepasados ensayó durante la fiebre del oro californiano, por lo que no le costó demasiado trabajo involucrarse en una aventura selvática.

Así, cambiando talleres industriales prolijamente instalados por montes vírgenes, Ernesto Guevara Lynch se dedicó a estructurar su nuevo negocio.

Celia, su novia, vivía ciertamente una situación bastante más compleja, pero que no será en absoluto reactiva a la de su galán. Cinco años menor que Ernesto y la más pequeña de siete hermanos, la muchacha había perdido tempranamente a sus padres, por lo que creció prácticamente criada por su hermana Carmen.

No obstante, la educación inicial y su línea a seguir habían sido trazadas por el legado familiar, por lo que Celia terminará atesorando una férrea educación católica que cosechará trabajosamente en el colegio del Sagrado Corazón, en Buenos Aires. Pierre Kalfon la define por entonces como una joven “…muy piadosa, hasta el punto de martirizarse colocando cuentas de vidrio en sus zapatos…” Incluso, sostiene Kal fon, es probable que Celia se inclinara por to mar como propio el destino de los hábitos, algo que no sucedió justamente por habérsele cruzado en su camino quien sería su futuro esposo.

En verdad, esta visión tan devota de la muchacha no parece sostenerse demasiado, y la influencia de Carmen parece haber sido decisiva en ello. En efecto, Carmen era una mujer que se había relacionado intensamente con el mundo de la cultura y por entonces se había envuelto en un apa si onado romance con Cayetano Córdova Iturburu, un poeta comunista con quien finalmente se casaría en 1928.

Por supuesto, Carmen no tardaría en incorporarse a las filas del comunismo vernáculo y desde ese lugar ejercería una contundente influencia crítica contra cualquier vestigio religioso en la más pequeña de sus hermanas. Desde este punto de vista, no resulta extraño que Celia se termine adhiriendo rápidamente a las vanguardias feministas y socialistas que, por entonces, constituían un verdadero ariete contra la cultura conservadora y reaccionaria dominante en la Argentina de los años veinte.

Es probable que el celo de Carmen incidiera notablemente para que Ernesto no fuera del todo bien recibido en la familia. Y mucho menos cuando Celia habló de casamiento inminente, siendo que aún no había cumplido siquiera la mayoría de edad que la liberara del engorro de pedir la necesaria autorización.

Los De la Serna, pues, decidieron no permitir el casamiento de Celia, al menos por el momento. No sabían que lejos de conjurarse el arranque romántico de la menor, las cosas empeorarían sensiblemente.

La negativa familiar no acobarda a la pareja, que finalmente optará por quemar sus naves en una única y dramática jugada: una fuga de corte romántico, ensayo que finalmente logró su cometido. Los De la Serna cedieron, y el 10 de diciembre de 1927 Ernesto y Celia quedaron unidos legalmente.

Según las conclusiones del investigador norteamericano Jon Lee Anderson, la historia de amor de Celia y Ernesto sumaba un condimento extra y que al final resultó determinante para apresurar y asegurar el casamiento: Celia estaba embarazada, y el escándalo se cernía sobre las dos familias. La necesidad de resolver positivamente el entuerto seguramente decidió las posturas desesperadas de los dos jóvenes, como la amenaza de fuga.

Por suerte para ellos, todo se resolvió dentro de lo planificado. Solo restaba armar una justificación acorde al próximo parto –Celia llevaba tres meses de embarazo cuando se casó– pero en verdad eso ya parecía un problema menor. Por lo pronto, la cuestión principal se había resuelto, y la pareja de recién casados halló el sosiego necesario para organizar su vida inmediata.

Por otra parte, los planes yerbateros de Ernesto resultaban funcionales para que ambos “desaparecieran” con sobrados motivos de los ambientes sociales que solían frecuentar. De esta manera, el embarazo de Celia quedaba sin exponerse a las comunes y frecuentes habladurías.

Los aspectos económicos de la aventura selvática no constituían tampoco un grave problema. Al casarse, Celia recibió una buena parte de la herencia paterna que le correspondía, y Ernesto no tardará en convencerla sobre la necesidad de que la misma, o una porción de ella, fuera invertida en la explotación del “oro verde”. Celia accederá; aún desconocía la inveterada costumbre de su marido de realizar pésimos negocios.

Así las cosas, Ernesto y Celia partieron raudamente hacia Misiones, donde adquirieron doscientas hectáreas de pura selva sobre una de las márgenes del río Paraná. El campo, situado en Caraguatay, fue bautizado “La Misionera”, y muy pronto contó con una casa amplia, aunque se entiende que sin aquellas comodidades que las construcciones urbanas solían tener.

Por el momento, todo andaba sobre rieles para los recién casados. Los días se escurrían en proyectos y sueños compartidos en interminables caminatas por la región y el descubrimiento de una asombrosa naturaleza, tan colorida como intrigante. Además, entablaban relaciones con sus vecinos, y volvían una y otra vez a realizar paseos y planificaciones. Mientras tanto, la panza de Celia crecía y los preparativos del parto comenzaron a ocupar mayormente el tiempo de la pareja. Se acercaba, pues, el momento de recibir al primogénito.

ERNESTITO

La historia familiar va a consignar que hacia junio de 1928, Ernesto y Celia abandonaron momentáneamente “La Misionera” para emprender el regreso a Buenos Aires, donde la futura madre podía recibir la atención médica adecuada y que, por otra parte, un matrimonio en su situación económica no tendría problemas en pagar.

No obstante, el proyecto de dicha atención se ve drásticamente alterado cuando un trabajo de parto prematuro sorprende a Celia en pleno viaje, a la altura de Rosario. Entonces todo va a precipitarse y a culminar, en la ciudad santafecina, con el nacimiento del primer hijo de la pareja. Era el 14 de junio y los padres, felices por el acontecimiento, aventaron cualquier sospecha apelando a un diagnóstico que nadie se animaría a poner en duda: “prematuro”.

Anderson, en cambio, sostiene que el nacimiento fue en realidad exactamente un mes antes, el 14 de mayo, habiéndose alterado el acta de nacimiento. Según el investigador estadounidense, la propia Celia confesó tardíamente:

Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna son los padres del pequeño Ernesto. El vástago de ese matrimonio terminará escribiendo páginas notables en la historia latinoamericana y mundial.

...que la mentira había sido necesaria porque el día de su boda con el padre del Che estaba en el tercer mes de embarazo. Fue por eso que inmediatamente después de la boda, la pareja se alejó de Buenos Aires en busca de la remota selva de Misiones. Allí, mientras su esposo se instalaba como emprendedor dueño de una plantación de yerba mate, ella vivió los meses de embarazo lejos de los ojos escrutadores de la sociedad porteña. Poco antes del alumbramiento –concluye Anderson– viajaron río abajo por el Paraná hasta la ciudad de Rosario. Allí dio a luz y un médico amigo falsificó la fecha en el certificado de nacimiento: la atrasó un mes para proteger a la pareja del escándalo.

Mas allá de que la historia de Anderson resulta completamente verosímil y que no son extraños a la sociedad de la época los intentos de disfrazar cualquier hecho que pudiera poner en duda la moralidad de la familia, lo cierto es que el recién nacido, a quien se le puso el nombre del padre, vio la primera luz en la ciudad de Rosario, un atributo que a los orgullosos lugareños nadie puede disputarles.

La estadía rosarina fue breve, y en muy poco tiempo la familia se trasladó primero a Buenos Aires y luego una vez más a Caraguatay. Se iniciaba así un ciclo de grandes y constantes movimientos por distintas ciudades y provincias, en los que los Guevara Lynch-de la Serna buscarán afanosamente establecerse en un único sitio, aunque jamás podrán lograrlo del todo.

Celia de la Serna y Teté, como cariñosamente llamaba a Ernesto cuando era pequeño.

Una antigua fotografía de Ernesto con sus amigos.

Por el carácter inquieto y andariego del padre, o por las contingencias impuestas por la quebrantada salud del pequeño, lo cierto es que el peregrinar y las mudanzas serán una constante que, de alguna manera, permanecerá por siempre en la personalidad de Ernestito, aun cuando se convierta en uno de los hombres públicos más notables de la época.

Volvamos a Caraguatay, donde Ernestito ensayó sus primeros pasos.

Ernesto padre, por lo pronto, alternaba los asuntos de la plantación con la educación del primogénito que, en breve, ya no se sentiría tan solo en la casona familiar. En efecto, Celia había quedado una vez más embarazada y en lo inmediato se requirió la ayuda de una suerte de nodriza para cuidar al más pequeño.

Desde entonces, Carmen Arias se ocupará de atender al niño, tarea en la que se empeñará amorosamente durante los siguientes ocho años. También en esa época, y sin duda para que pudiera diferenciarse del padre, Ernestito se ganó el segundo de su interminable lista de apodos: de ahora en adelante sería para todos Teté, tal como lo bautizara la propia Carmen.

Mientras Teté crece entre los mimos de sus padres y los de Carmen, algunos nubarrones comienzan a agruparse en derredor de la pareja. A Ernesto padre, como le pasara a lo largo de su vida, los negocios le resultan cada vez más esquivos. O mejor dicho, los buenos negocios. La aventura misionera pronto revela que precisa de tiempos mayores que los pensados, y los primeros brotes se hacen esperar a costa de las reservas familiares de Celia.

Por otra parte, el astillero que Guevara Lynch apenas monitoreaba a distancia, tampoco daba muestras de grandes éxitos; por el contrario, uno de los socios se retiró de la empresa y el propio Ernesto siquiera podía ocuparse de él, estando a miles de kilómetros como efectivamente estaba. Para colmo de males, un incendio devorará las instalaciones del astillero que, por no estar bajo la cobertura de un seguro, dejará a su dueño al borde mismo de la quiebra total.

Sin embargo, nada de esto parecía aún demasiado grave, aunque es más que evidente que la endeble situación comercial de Ernesto padre tuvo una fuerte incidencia para el surgimiento de una distancia y malestar creciente en el seno del matrimonio. Por el momento, la llegada de nuevos hijos fue evitando de alguna manera una crisis que, en cambio, no dejó de acumular argumentos para una resolución dramática, hacia 1949, cuando la familia finalmente ya dejara de ser la unidad monolítica y feliz de antaño.

Por lo pronto, Ernesto padre no parece haber desesperado demasiado; es más, quizás confiando excesivamente en la futura renta del campo misionero y en los recursos económicos de su esposa, persistió en mantener una vida despreocupada, matizada con viajes a Buenos Aires y paseos familiares en las playas del San Isidro Yacht Club.

Transcurría mayo de 1930, cuando todo cambió abruptamente.

UN DIAGNÓSTICO ALARMANTE

Una tarde, en la que corría cierto viento frío, Celia salió a nadar con Teté en sus brazos. Para una mujer osada y desprejuiciada como ella, esto no debió significar ningún tipo de riesgo, sino acaso un desafío más. Pero llegada la noche, los resultados de la salida desvelaron síntomas preocupantes. El pequeño comenzó a toser de una manera no habitual en él, y tras la consulta médica de rigor emergió un diagnóstico alarmante: bronquitis asmática.

La noticia sería un auténtico mazazo para la pareja, y ya nada sería igual desde entonces. Kalfon señala que los padres estaban aterrados y desesperaban al son de los ruidos temibles de los bronquios de su hijo. Ernesto padre dirá más adelante:

Ernesto se iba desarrollando con ese terrible mal encima y su enfermedad comenzó a gravitar sobre nosotros. Celia pasaba las noches espiando su respiración. Yo lo acostaba sobre mi abdomen para que pudiera respirar mejor y, por consiguiente, yo dormía po co o nada.

Como si fuera poca la gravedad del estado de salud de Ernestito, que imprimirá un singular ritmo de vida a toda la familia, el padre no dejará jamás de culpar a su esposa por lo que consideraba una conducta irresponsable y, en definitiva, disparadora del asma del pequeño. En la recriminación incluía, por supuesto, muchas de sus nuevas frustraciones, ya que tuvo que acomodar su dispersa manera de encarar la vida a las exigencias del tratamiento de Ernestito. Para Guevara padre esa será una pérdida de libertad que directamente se la achacará, culposamente, a la “irresponsabilidad” de Celia.

Anderson subraya en defensa de la madre que su marido no fue enteramente justo con ella:

Celia era sumamente alérgica y sufría ataques de asma. Probablemente había transmitido esa propensión congénita a Ernesto. Más adelante –agrega el investigador norteamericano– algunos de sus hermanos y hermanas también contrajeron alergias y asma, aunque ninguno en grado tan virulento. Probablemente la exposición al frío y al agua solo habían activado los síntomas que ya estaban latentes en él.

Iniciado el tratamiento del niño, los primeros resultados se revelarán frustrantes y angustiosos. Las medicinas convencionales eran ineficaces en sus efectos, y los ataques de tos no solo no menguaban, sino que a veces se repetían con una intensidad cada vez mayor. Ernesto padre recordará aquellos tensos meses con una alta carga de dramatismo:

El asma de Ernesto empezaba a afectar nuestras decisiones. Cada día aparecía una nueva restricción a nuestra libertad de movimiento y cada día nos encontrábamos más sometidos a esa maldita enfermedad.

Todo indicaba que el niño había adquirido un asma crónica, y la recomendación médica más persistente señalaba la necesidad de hallar para el enfermo un clima propicio que, si bien no curaría el asma, por lo menos detendría su alarmante progresión. En este caso, como era común para las afecciones pulmonares y respiratorias, se sugería un clima seco, lo que equivalía en la práctica a abandonar cualquier deseo de regresar a Caraguatay. La provincia de Misiones, y más precisamente el clima húmedo de su selva, constituían un peligro latente para la salud del pequeño paciente.

Restaba, pues, levantar la casa y mudarse de inmediato. Buenos Aires apareció como la primera opción y, en comparación de la selva, pareció significativamente razonable. Sin embargo, al tiempo de establecerse en Buenos Aires, quedó claro que la salud de Teté no daba muestras de un cierto mejoramiento. Si Buenos Aires era mejor que Misiones, ello no significaba mecánicamente que era lo que el niño necesitaba. Así se lo hicieron notar los médicos a los padres de Teté quienes, por fin, aceptaron el consejo de trasladar a su hijo a las serranías cordobesas. El nuevo sitio escogido, efectivamente, otorgaba ciertas garantías de un resultado exitoso.

Así las cosas, la familia se aprestó, una vez más, a emprender una mudanza que no creían definitiva, sino circunstancial, por lo que no cerraron su casa de la Capital Federal. Escribe Anderson:

Durante varios meses viajaron ida y vuelta entre Córdoba y Buenos Aires, alojándose en hoteles y casas de alquiler, conforme los ataques de Ernesto disminuían y luego se agravaban sin una pauta aparente.

La situación creaba dificultades de todo tipo, entre ellas económicas, pero la más importante tenía que ver con los afectos. Ernesto padre se sentía frustrado e incapaz de continuar sus negocios, dado que no terminaba jamás de instalarse en un único lugar, y Celia deambulaba con cierto sentimiento de culpa que no dejaba de angustiarla.

De todos modos, en ambos primaba la salud de su hijo y no hay dudas de que realizaron todos los esfuerzos en pos de su mejoría.

Uno de los sitios al que la familia se había trasladado era la localidad serrana de Alta Gracia, ubicada a unos 40 kilómetros de la capital provincial y rodeada de lagunas y chacras. Allí se establecieron en el hotel “La Gruta”, administrado por alemanes, adonde solían ir otras personas afectadas por males similares al de Ernestito.

Probarían suerte, pero esta vez durante cuatro meses continuos. No sospechaban siquiera que la próxima década de sus vidas giraría en aquella localidad cordobesa.

El aire puro y fresco de montaña hizo bien su trabajo, y paulatinamente el niño dio muestras de mejoría. Alentados por la novedad, los Guevara Lynch-de la Serna se decidieron, finalmente, por establecerse por tiempo completo en aquella localidad, abandonando la vida errática de los últimos meses.

INFANCIA EN ALTA GRACIA

Establecidos en Alta Gracia, muy pronto la vida familiar se irá encauzando normalmente, aunque las mudanzas seguirán siendo una constante según el devenir de las estaciones. Ocupan alternativamente una vivienda en la Villa Carlos Pellegrini y otra finca en la Villa Nydia, donde les gusta pasar el mayor tiempo posible.

El aire seco, limpio y transparente, que atraía a turistas y tuberculosos –anota Castañeda– moderó los ataques asmáticos de Teté, si bien no los curaba ni los espaciaba demasiado. La enfermedad se tornó manejable debido al clima de Alta Gracia, a los cuidados médicos y a la personalidad del niño. Y, sobre todo, gracias a la excepcional devoción y cariño que aportaría la madre.

La vida se presentaba con cierta placidez mundana, alternándose los paseos por la zona, las cabalgatas y baños recurrentes en las lagunas circundantes. La situación financiera de la familia distaba de ser holgada por esa química especial que imprimía sobre todo el padre, es decir, gastar generosamente sin promover nuevos ingresos, pero era lo suficientemente buena para sostener, justamente, un ritmo donde no faltaban las reuniones y cenas abundantes, el mantenimiento de tres sirvientas para el cuidado de los niños y las tareas hogareñas e incluso, más tarde, para pasar algunas vacaciones en Mar del Plata, centro de descanso que la aristocracia argentina privilegiaba.

La renta del campo de Misiones aportaba finalmente algunos recursos, pero especialmente provechosos eran los devenidos de una estancia cordobesa de Celia. En suma, eran suficientes para que Ernesto padre no tuviera siquiera que buscar una ocupación permanente en Córdoba, al menos como una necesidad económica.

Las cosas, no obstante, se complicarán cuando los precios internacionales de la yerba mate comiencen a bajar, brindándole al matrimonio una entrada de dinero más baja que la necesitada. De todos modos, a Ernesto padre no se le conoció trabajo alguno en Córdoba hasta 1941, cuando consiguió el contrato para remodelar el Club de Golf Sierras, que aportó renovadas finanzas. Igualmente, esos ingresos no servirán para mucho más que para volver al tipo de administración usual en don Ernesto, es decir: gastándolos en un pasar cada vez mejor.

Ciudad balnearia de Mar del Plata, en Argentina. Este destino turístico estuvo reservado por muchísimos años a los sectores más acomodados de la sociedad argentina.

Más crecido, Ernestito jugará con otros niños y hará sus primeras amistades. Entre sus nuevos amigos estará Carlos Calica Ferrer, hijo de un médico especialista en enfermedades respiratorias al que los padres de Ernestito consultaban frecuentemente. Calica Ferrer estará estrechamente ligado al desarrollo de su amigo en los años venideros y su presencia será enorme por lo menos en dos acontecimientos de importancia: por un lado, será el promotor de la iniciación sexual de Ernesto, justamente con una empleada doméstica que trabajaba para su familia; por otro lado, emprenderán juntos el segundo viaje por América, entre 1953 y 1954. Pero no nos adelantemos.

Por el momento, las salidas en bicicleta y las trifulcas con otras barras de niños de la zona serán lo común, y esas actividades apenas se verán interrumpidas por las continuas visitas a los médicos y el seguimiento de los más variados tratamientos contra el asma que incluían desde estrictas dietas y medicinas hasta la aplicación de fórmulas, tan misteriosas como curiosas, que las comadronas y curanderas que consultaban solían recomendarles.

Los testimonios de los protagonistas que vivieron intensamente aquellos años en los que el niño Ernesto era tratado de su asma señalan inequívocamente una misma cuestión: la familia en su conjunto tomaba todos los recaudos necesarios para morigerar los estragos de la enfermedad, pero a su vez todo parecía insuficiente. La ropa de cama se cambiaba continuamente, como así también los rellenos de las almohadas y los colchones para evitar la presencia de cualquier elemento que pudiera causarle al niño alguna alergia.

Los recuerdos del padre arriman una anécdota que retrata hasta donde se realizaban búsquedas con la intención de mejorar la salud de Ernesto. Así fue como en pos de este objetivo, el padre llegó a probar suerte con una recomendación poco ortodoxa pero a la que le tenía cierta confianza por provenir de una bruja de la zona.

Una noche, por recomendación de la bruja en cuestión, Ernesto padre introdujo un gato entre las cobijas del niño. Aparentemente, el calor o la piel del animal podría ayudarlo en buena medida. A la mañana, las expectativas paternas se desmoronarían de una manera catastrófica. Como es de prever, el desdichado gato había muerto asfixiado y las piernas del niño daban cuenta de varios rasguños. Los ataques de tos, por supuesto, no se detuvieron.

La periodicidad de los ataques y su virulencia le otorgaron a toda la familia un entrenamiento tal que les permitía, aun con la angustia que reinaba durante su duración, controlar lo más posible las emociones. Por supuesto, quien más aprendió de este ejercicio fue el propio enfermo. El padre recordará años más tarde:

Al sentir que le venían los ataques se quedaba quieto en la cama y comenzaba a aguantar el ahogo que se produce en los asmáticos durante los accesos de tos. Por consejo médico –agrega– yo tenía a mano un gran balón de oxigeno para, llegado el momento álgido de los accesos de tos, insuflarle al chico un chorro de aire oxígenado. El no quería acostumbrarse a esta panacea y aguantaba todo lo que podía, pero cuando ya no podía más, morado a causa de la asfixia, empezaba a dar saltos en la cama y con el dedo me señalaba su boca para indicar que le diera aire. El oxígeno lo calmaba inmediatamente.

Con estos rigores más o menos cotidianos, Ernesto fue creciendo.

Los tratamientos recomendados por los médicos incluían, además, una aproximación cautelosa a los ejercicios físicos, pero el pequeño parece no haber tomado al pie de la letra dicha cautela, y la familia no interpuso tampoco objeciones rigurosas, ya sea por falta de control directo o, simplemente, alentada al ver a su hijo realizando lo que cualquier joven de su edad. De esta manera, Ernesto incursionará cada vez más en deportes que, en primera instancia, parecían definitivamente vedados para él.

Afecto a la natación en lagunas y represas, muy pronto se entusiasmará también con el tenis de mesa y el fútbol, aunque este último lo dejará por lo general exhausto y al borde de una crisis respiratoria de la que solo, tirado en un costado del campo, se recuperará entre alarmantes jadeos.