Buscando una novia - Terry Essig - E-Book

Buscando una novia E-Book

Terry Essig

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Beschreibung

Quería buscar una novia para su padre, pero había encontrado una para él. Nate Parker tenía un plan: iba a buscarle una esposa a su padre viudo y así conseguiría que dejara de meterse en su vida de una vez por todas. Lo que no esperaba era que su misión lo llevara hasta la mujer ideal... para él, no para su padre... Allie MacLord siempre había opinado que los hombres eran criaturas extrañas, y Nate era la más extraña de todas. Parecía que su guapísimo vecino estaba buscándole una novia a su padre y necesitaba su ayuda. Pero lo más increíble era que el papá parecía creer que ella era la esposa perfecta para Nate. Y, a juzgar por la irrefrenable atracción que Allie empezaba a sentir por él, quizá el viejo tuviera razón.

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Mary Therese Essig

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Buscando una novia, n.º 5467 - enero 2017

Título original: Distracting Dad

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2004

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8777-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

En una mujer mayor. En eso estoy pensando. Viuda, divorciada… no estoy en condiciones de elegir. También podría ser alguien más joven con una madre. Todo el mundo tiene una madre, y seguro que alguna de ellas está viuda o divorciada.

Nathaniel Edward Parker dejó de hablar y se apoyó contra el respaldo de su silla, que se hallaba ante el gran escritorio de madera de su oficina. Frente a él se encontraba su amigo y socio Jared Hunter. Se suponía que estaban manteniendo una reunión de trabajo. Jared apartó la vista de los papeles que tenía ante sí y miró a su amigo con expresión desconcertada.

—¿Qué? ¿Quieres hacer el favor de concentrarte, Nate? Debemos convencer a Harry Zigler para que firme este contrato de manera que podamos pagar el alquiler del mes que viene.

—Lo siento. Estoy un poco distraído.

—Y que lo digas, colega. Pero necesito tu atención. Esto es importante.

—Tengo un problema muy serio, Jared.

—¿Sí? Pues aquí tienes otro. Este contrato…

—No puedo prestar atención al asunto del contrato —interrumpió Nate—. El cielo sabe que lo he intentado, pero es imposible. Podría concentrarme mejor si dejáramos resuelto el otro asunto.

Jared suspiró.

—¿Qué otro asunto? ¿Tenemos que hacer una lista de personas que conozcamos y que tengan madre para que puedas concentrarte? ¿De qué estás hablando?

—Madres disponibles. Supone una gran diferencia —Nate tamborileó con los dedos sobre el escritorio—. Para mi padre. Me está volviendo loco desde que murió mi madre.

Jared soltó un bufido.

—Ya hace dos años que murió tu madre. A estas alturas deberías estar acostumbrado.

Nate pasó una mano por su pelo rubio.

—No. Las cosas han empeorado últimamente. No logro concentrarme por que siempre estoy temiendo que entre aquí en el momento más inesperado con alguna nueva y absurda idea para mejorar el negocio.

—Regalar fuegos artificiales con el logo de la empresa para la fiesta del Cuatro de Julio no fue tan absurdo.

—Vamos, Jared. Nadie que los viera estallar pudo relacionar el azul y el verde con los colores de la empresa, y la primera persona que se quede sin una mano por culpa de uno de ellos nos denunciará. Y te aseguro que mi querido papá no se ofrecerá a pagar los gastos de abogados. No tiene tanto dinero.

Jared señaló con decisión los papeles que había sobre la mesa.

—Respecto a ese contrato…

—No hasta que tenga mi lista —interrumpió de nuevo Nate.

Jared alzó las manos, exasperado.

—De acuerdo, de acuerdo. Casi temo preguntar. ¿Qué piensas hacer con esa lista de madres «disponibles»? ¿Casar a tu viejo con una de ellas?

—Sí.

—No lo dices en serio, ¿no? —Jared señaló a su amigo con un dedo acusador—. Lo dices en serio. No puedo creerlo. ¿Qué somos ahora? ¿Una agencia matrimonial? Tenemos un negocio entre manos, Nate. No tenemos tiempo para dirigir también un club de corazones solitarios.

—No podemos ocuparnos del negocio con mi padre dando la lata como lo hace. Está perdido sin mamá. Completamente perdido. La única solución que se me ocurre es que encuentre algún interés en la vida además del que siente por mí, su único hijo —replicó Nate, irritado por la cerrilidad de su socio.

—¿Una esposa, por ejemplo?

—Exacto —Nate tomó una hoja y un rotulador—. Vamos a hacer un diagrama —escribió la palabra «padre» en lo alto de la hoja y la señaló—. Mi padre.

Jared puso lo ojos en blanco.

—Tu padre.

—No ha dejado de meter las narices donde no le corresponde, volviéndonos locos prácticamente a diario desde que murió mamá —Nate marcó una flecha hacia abajo desde la palabra «padre» y escribió Nate y Jared.

—Sigo pensando que lo de los fuegos artificiales no era tan mala idea.

—Cállate. Papá necesita algo que lo distraiga de nosotros, ¿no?

Jared asintió.

—De acuerdo. Las distracciones pueden ser buenas. Puede que eso funcione.

—Necesita una mujer en su vida. Jamás me dio la lata de este modo cuando mamá vivía. Ella lo mantenía ocupado.

—No pretendo ser irrespetuoso con los muertos, pero tu madre estaba loca —dijo Jared, decidido a manifestar lo que para él era obvio—. Evitar que se metiera en líos mantenía totalmente distraído a tu padre.

Nate se encogió de hombros. Era cierto.

—¿Lo ves? Mamá lo distraía.

—¿Y cómo puede ayudarnos hacer una lista de mujeres disponibles? ¿Cómo reunimos luego a una de ellas con tu padre? Ten en cuenta que la época de los matrimonios a punta de escopeta pasó hace mucho.

—Nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento —dijo Nate—. Piensa en ello. Tiene mucho sentido. Seguro que alguien que conocemos tiene alguna pariente de la edad adecuada en algún sitio. Sólo tenemos que encontrarla. Una vez logrado, se la echamos encima a mi padre. Se supone que las mujeres son maternales por naturaleza, ¿no? Se dedicará a cuidarlo y a prepararle comidas ricas y cosas de esas. Papá no podrá resistirse. Ella lo distraerá, ¿comprendes? Así nos dejará en paz. Es sencillo.

—Maternales por naturaleza —repitió Jared en tono irónico—. No estoy muy seguro de eso. He salido con una o dos mujeres que probablemente habrían sido capaces de comerse a sus hijos —de todos modos meditó un poco en ello—. ¿De verdad crees que algo así funcionaría?

Nate tomó el recipiente con café que se hallaba a un lado de la mesa.

—Sin duda.

Jared alzó su taza.

—Si tú lo dices… Y ahora, ¿a quién ponemos en la lista? Y no digas que a mi madre. No quiero que la líes en tus absurdos planes. De lo contrario empezaría a volverme loco a mí.

Nate tomó un sorbo de su café.

—No, tú madre está descartada. Admito que he pensado en ella, pero creo que no soportaría las payasadas de mi padre. ¿No tiene alguna hermana soltera, o algo así?

—No.

—¿Ni siquiera una?

—No. Dios rompió el molde después de crear a mi madre —Jared juntó las palmas de las manos y miró a lo alto con expresión piadosa—. Gracias, Dios.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Nate—. ¿A quién conocemos que pueda servir?

Ambos hombres permanecieron un momento pensativos, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

—Anne Reid vino a traer bizcocho de chocolate el otro día —dijo Jared por fin—. Debe tener una madre.

—Estaban malísimos. Lo más probable es que su madre le enseñara todo lo que no sabe sobre cocinar, y papá es más bien anticuado. Nunca saldría con una mujer que no sepa cocinar.

—De acuerdo. Lo he intentado. Es tu problema; piensa en alguien.

—Nuestro problema —corrigió Nate—. ¿Recuerdas el contrato? No podré concentrarme en eso hasta que resolvamos este problema —Nate dedicó a Jared una sonrisa maliciosa—. Por si te interesa saberlo, papá se ha apuntado a unos cursillos de ordenador. Ha decidido echarnos una mano con la contabilidad.

Jared se irguió en la silla como una exhalación.

—Mitzi Malone —dijo.

—Mitzi no nació, sino que fue incubada. Inténtalo de nuevo.

El teléfono sonó. Ambos hombres lo miraron.

—Responde tú —dijo Nate—. Probablemente será mi padre. No estoy.

—No, responde tú. Seguro que es mi madre.

—Podría ser Sue Ann llamando para decir que no puede vivir sin ti. ¿Y si es un cliente?

—Dejará un mensaje.

El contestador saltó y la discusión fue interrumpida por una vivaz voz femenina.

—Soy Allison MacLord, señor Parker. Vivo en el piso que hay debajo del suyo. Llámeme en cuanto escuche este mensaje, por favor. Tengo una gotera en mi piso. El agua chorrea desde el suyo. Se le debe haber roto una cañería o algo. Mi cama está empapada, y me temo que el techo no tenga arreglo. Supongo que tendrá un seguro. Mi número es el…

Nate descolgó el teléfono.

—¿De qué está hablando, señorita…? ¿Cómo ha dicho que se llamaba? ¿Qué está chorreando?

Allison Marie MacLord apartó el auricular de su oído y parpadeó al oír aquella vibrante e intensa voz masculina.

—No lo sé con exactitud, señor Parker. Acabo de llegar a casa y he encontrado la gotera en el techo. Ya ha caído parte de la pintura, puede que mi colchón no vuelva a secarse nunca y el suelo y la moqueta están empapados. Se me están empapando los pies a través de los zapatos, algo que realmente me enfurece, porque pagué diez dólares por ese pulverizador protector de la humedad que siempre tratan de venderte en las tiendas de zapatos.

Nate soltó una maldición.

Allie hizo una mueca. Odiaba los enfrentamientos.

—¿Señor Parker? Usted vive en el 3H, ¿verdad? Eso es lo que dice el buzón. Su vecino me ha dicho dónde trabaja.

Nate cubrió el auricular con la mano.

—Papá insistió la otra noche en que mi triturador de basura no funcionaba correctamente. Sólo el cielo sabe lo que hizo mientras estuvo agachado bajo el fregadero —apartó la mano para hablar de nuevo junto al auricular—. Sí, yo vivo en el 3H. Maldita sea.

—Um… —Allie suspiró. Aquello no iba bien—. Supongo que ningún vecino tiene su llave, ¿no?

—No.

—Pues debería dejarle a alguno una copia. ¿Y si se queda encerrado alguna vez? ¿Qué hará entonces?

—Señorita…

—Allie. Probablemente deberías llamarme Allie. Después de todo, acabas de destrozar mi cama. Si algún vecino tuviera la llave podría subir a tu piso a ver qué pasa. Tal vez incluso podría ocuparme de llamar al fontanero.

Nate suspiró.

—¿De qué color es el agua?

—Oh —Allie alzó la mirada—. De un tono marrón claro… y parece que cada vez va tomando más velocidad. No sé si la cama y la moqueta van a poder absorber más agua. Si no nos damos prisa va a llegar al 1H, si es que no lo está haciendo ya…

Nate volvió a maldecir.

—Enseguida voy —colgó el teléfono y se levantó—. Tengo que irme. Mi padre solito está destruyendo el edificio en que vivo y algo me dice que no tiene seguro.

Jared tuvo el valor de reír.

—Más vale que te des prisa —dijo a la vez que se ponía serio de nuevo. No quería ni pensar en el caos que podía provocar el viejo en la contabilidad del negocio—. Entretanto, yo seguiré pensando.

Nate lo fulminó con la mirada.

—Gracias, amigo —dijo mientras salía.

Fue rápidamente hasta su coche, lo puso en marcha y pisó el acelerador a fondo. En el camino le pusieron una multa por exceso de velocidad, cosa que lo retrasó bastante, y para cuando llegó echaba humo. Estaba claro que no era su día de suerte.

Salió del coche y subió las escaleras de dos en dos. Se detuvo un momento ante la puerta para sacar las llaves y, tras respirar profundamente, abrió y se asomó al interior con cautela.

—Diablos —murmuró, y a continuación soltó un expresivo taco.

La alfombra del cuarto de estar estaba seca, pero el agua ya estaba a punto de alcanzarla. Fue rápidamente a la cocina, que encontró inundada. En el centro, el agua ya debía tener unos tres centímetros de profundidad. Sin duda, aquel debía ser el punto flaco del edificio. Con una mueca de desagrado, se quitó los zapatos y los calcetines y se subió el dobladillo de los pantalones antes de entrar.

—Como si no tuviera suficientes problemas —murmuró mientras avanzaba hacia el fregadero. Abrió la puerta que había debajo de éste y se agachó a mirar un grupo de cañerías que habría preferido no llegar a conocer nunca de forma tan íntima.

—No sólo tengo que aguantar que mi padre se entrometa en el negocio —continuó murmurando—. ¡Además se cree un fontanero experto! ¿Qué hiciste aquí anoche, papá? ¡Juro que es la última vez que te invito a cenar porque siento remordimientos al pensar que estás solo! Yo ceno solo casi todas las noche y sobrevivo —alargó una mano y tocó con cautela un extraño trozo de tubería blanca.

El teléfono sonó en aquel momento.

Nate se sobresaltó y se dio en la cabeza con el borde del fregadero.

—¡Maldita sea!

Salió de debajo del fregadero, tomó un trozo de papel de cocina del rollo que le había llevado su última novia, se secó las manos y descolgó el teléfono.

—¡Qué! —gruñó—. Espero que quien sea vaya a darme una buena noticia, porque llevo un día terrible.

—¿Señor Parker?

Nate suspiró. Era su vecina Allison. Se esforzó en adoptar un tono amable, a pesar de que hacerlo en medio de su cocina inundada resultó realmente duro.

—¿Sí?

—Soy Allie MacLord, del 2H.

—Señorita MacLord…

—Allie.

Nate suspiró.

—De acuerdo, Allie. Acabo de llegar y apenas he tenido tiempo de…

—Enseguida subo a echarte una mano. Mi piso no se secará hasta que deje de chorrear agua del tuyo.

—Lo sé… —empezó Nate, pero enseguida se dio cuenta se que su vecina había colgado. A pesar de su licenciatura en Ciencias Empresariales, no había sido capaz de concluir una frase. Y Allie estaba de camino para destrozar por completo su ego mientras observaba su inutilidad en lo referente a todo lo relacionado con la fontanería.

—Los verdaderos hombres saben cómo, cuándo y dónde usar una llave inglesa —se dijo mientras dejaba el teléfono en la encimera. Él ni siquiera tenía una llave inglesa—. Al menos soy lo suficientemente hombre como para admitir que no sé lo que no sé —añadió, aunque no fue un gran consuelo mientras veía cómo seguía saliendo el agua.

El timbre de la puerta anunció la llegada de Allie.

—Que el cielo me ayude —murmuró Nate mientras cerraba los ojos, resignado—. ¡Adelante! No está cerrado.

Oyó que la puerta se abría y luego se cerraba. Unos segundos después, una voz femenina dijo:

—¡Dios mío!

—Sí —asintió Nate—. Dios mío —cuando volvió la cabeza para mirar por encima del hombro estuvo a punto de caerse de espaldas.

Allie Mac lo que fuera era un duendecillo. Un hada. Debía medir al menos veinticinco centímetros menos que él, que medía poco más de un metro ochenta. Era menuda y, muy probablemente, irlandesa. O escocesa. Una cosa u otra. Su pelo era de un intenso pelirrojo castaño. Lo llevaba corto y enmarcaba su rostro en delicadas ondas. Sus ojos eran claros, de color verde esmeralda, y una cuantas pecas que contrastaban contra la delicada palidez de su piel adornaban el puente de su nariz.

Se hallaba de puntillas al borde de la riada, con las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones cortos que colgaban un poco por debajo de sus caderas. Su camiseta de tirantes rosa apenas llegaba a la cintura del pantalón, y cuando respiraba dejaba ver una tentadora y estrecha zona de su estómago. Para ser una persona pequeña tenía una piernas asombrosamente largas. Estas eran delgadas, pero muy bien contorneadas, y terminaban en unos pequeños pies de elfo calzados con unas zapatillas rosas adornadas en el empeine por unas flores de seda naranjas y rojas.

Era una auténtica monada.

El instinto de autoprotección de Nate se puso en alerta roja. Frunció el ceño. ¿Quién había dejado sola en el mundo a aquella muñequita? ¿Qué clase de padres eran capaces de dejar sola a una criatura como aquella, que no debía tener más de dieciocho años?

Allie dedicó una extraña mirada a Nathaniel Parker mientras se quitaba las zapatillas y se disponía a entrar en la cocina. El tipo parecía estar en trance, o algo parecido. ¿Qué estaba mirando? Se pasó rápidamente una mano por los labios en busca de algún rastro del bollo que había comido mientras esperaba, pero no notó nada.

—¿Estás bien? —preguntó mientras entraba.

—¿Qué? —Nate movió la cabeza para despejarse—. Lo siento… supongo que estaba distraído.

Allie se acercó y se agachó junto a él.

—¿Qué tenemos aquí?

—Un problema. Un verdadero problema. ¿Ves esa tubería? —Nate señaló la cañería culpable bajo el fregadero—. Está rota. Mi padre debió aflojarla ayer cuando trataba de arreglar el triturador de basura. ¿Ves lo cerca que están? La presión debe haber ido creciendo hasta que ha estallado.

—Eso parece —dijo Allie, y lo miró con expresión expectante.

—Sí. Eso parece.

—¿Vas a arreglarlo?

—Um. Bueno. ¿Dónde está la llave de paso del agua en tu cocina?

Allie alargó una mano e hizo girar una llave.

—Ahí mismo.

El chorro de agua se convirtió en un hilillo.

Nate cerró la llave con más fuerza y el agua dejó de salir.

—Bien. Ahora supongo que necesitaré una llave inglesa o algo parecido.

—Llama a un fontanero —aconsejó Allie—. ¿Dónde está la fregona?

—No. Mira, ¿ves? Si volvemos a alinear estos dos extremos y les damos un par de…

—¿Qué os pasa a los hombres? No sois capaces de pedir asesoramiento ni siquiera cuando no tenéis ni idea de lo que os traéis entre manos. ¿Qué tiene de malo llamar a un profesional? ¡Mira qué caos! —Allie hizo un movimiento con la mano para abarcar la cocina y Nate tuvo que agacharse para que no le diera—. A un fontanero no le habría llevado ni la mitad de tiempo arreglarlo y yo tendría esta noche una cama en que dormir si tu padre no hubiera decidido jugar anoche a los arreglos.

Nate resopló indignado al oír aquello. Prácticamente le había ordenado a su padre que se estuviera quieto. Aquello no era culpa suya, sino de su padre.

—Un momento…

—¡Hombres! —exclamó Allie con desprecio a la vez que se erguía—. ¿En qué estaría pensando Dios cuando los creó?

Nate podría haber hecho la misma pregunta respecto a las mujeres, pero decidió contenerse.

—Escucha…

—¿Y dónde está la maldita fregona? No tendría sentido que empezara a recoger mi piso mientras el tuyo sigue empapado.

Era imposible no sentirse impresionado. Era evidente que la diferencia de estatura no arredraba a Allie en lo más mínimo. Nate abrió la puerta de la despensa y sacó la fregona.

—¿Tienes parientes solteras de unos cuarenta y cinco años de edad? —preguntó mientras empezaba a pasar la fregona—. ¿Madre? ¿Tías? —cualquier mujer relacionada con aquel terremoto no tendría problemas para mantener controlado a su padre.

Allie había entrado en el baño para hacer una búsqueda en el cesto de la ropa sucia. Tenía varias toallas en la mano que arrojó al suelo.

—¿Parientes solteras? ¿De qué estás hablando?

Nate escurrió la fregona.

—De nada —murmuró, y se sintió terriblemente avergonzado al notar que se estaba ruborizando. ¿Cuándo había sido la última vez que se había ruborizado? Su padre lo tenía tan enloquecido que ni siquiera pensaba lo que decía—. De nada en absoluto.

Allie le dedicó una mirada suspicaz antes de empezar a escurrir una toalla en el cubo.

—Necesitas hacer la colada. El cesto está lleno.

—Lo sé —replicó Nate humildemente, pues no quería discutir con aquella fierecilla. Estaba enfadada, y con motivo, admitió para sí. Le había inundado el piso, lo que significaba que cuando terminara de limpiar el suyo tendría que bajar a limpiar el de ella. Con aquel pensamiento, se excusó y llamó a su padre.

—Papá, ven aquí enseguida —dijo en cuanto su padre descolgó—. «Tenemos» un problema —enfatizó el plural—. Y quiero que conozcas a alguien.

 

 

El padre de Nate llegó a tiempo de ver cómo vaciaban el último cubo. Entró en el piso con el pelo revuelto a causa del viento y refunfuñando por la inesperada llamada. Por lo visto estaba estudiando el manual de su ordenador y no entendía a qué venían tantas prisas.

Allie notó que Nate había heredado los ojos azules de su padre. Y, probablemente, también el color del pelo, aunque era difícil saberlo con exactitud, pues el de su padre se estaba volviendo gris. Nate debía tener unos treinta años, luego su padre no debía tener más cincuenta y cinco. No había duda de que había envejecido bien, y se le veía en plena forma. Si Nate había salido a él, su esposa no tendría quejas.

—¿Cómo está, señor? —preguntó a la vez que estrechaba la fuerte mano que le ofreció el recién llegado.

—Ted —corrigió el padre de Nate—. Llámame Ted. Y estoy bien —frunció el ceño al volverse hacia su hijo—. Casi todo el tiempo. Cuando éste no me provoca alguna úlcera.

Si alguien estaba provocando úlceras a alguien, pensó Nate, irritado, era justo al revés.

—Has llegado justo a tiempo, papá —dijo—. El trabajo sucio ya ha terminado.

Allie frunció el ceño.

—No olvides mi piso.

Nate sonrió dolorosamente.

—¿Cómo iba a olvidarlo? —suspiró—. Papá, ocúpate de bajar la ropa sucia a la lavandería y saca todas las toallas que puedas, ¿de acuerdo? Hay unas monedas en el cajón de arriba de mi cómoda. Yo tengo que bajar a ver cómo está el piso de Allie.

—No, yo bajo con ella —dijo Ted—. Supongo que yo he causado el problema, aunque lo dudo mucho, porque ni siquiera toqué las cañerías. Sólo toqué el triturador de basuras y, por lo que he deducido, no es eso lo que está chorreando.

Nate puso los ojos en blanco. Las cañerías estaban pegadas al triturador.

—Yo me ocupo de bajar con Allie —insistió Ted—. Tú ocúpate de la colada. Allie y yo estaremos bien —a continuación tomó a Allie del brazo y la condujo hacia la puerta—. ¿Cuántos años tienes, querida?

—Veintiocho, Ted.

Nate estuvo a punto de dejar caer el cesto de la ropa. ¿Veintiocho? Imposible. No le había echado más de dieciocho.

—¿En serio? —oyó que decía su padre—. Vaya, vaya. ¿Tienes novio? Me refiero a algo serio. A una mujercita como tú le vendría bien un hombre que la cuidara, ¿no te parece?

—Soy bastante capaz de cuidar de mí misma —Allie miró por encima del hombro a Nate—. A menos que algún fornido varón sin nada que hacer decida inundar mi piso.

Nate señaló a su padre con el dedo.

—No me mires a mí. Esto ha sido cosa suya. Todo iba bien hasta que decidió meter su nariz bajo mi fregadero.

Allie arqueó una ceja.

—¿No eres un poco mayorcito para andar pasando la pelota?

—No estoy pasando la pelota. Es la verdad —Nate movió una mano en el aire, frustrado—. Pero da igual. Haz el favor de bajar a enseñarle a mi padre el caos. Yo voy enseguida.

—No deberías dejar tu ropa sola en la lavandería —dijo Allie—. Alguien podría robarla.

—¿De la máquina?

Allie asintió.

—Sí. A mí me sucedió en la residencia de la universidad.

¿En qué estaría licenciada?, se preguntó Nate con ironía. ¿En dar consejos?

—Correré el riesgo —dijo, y se obligó a sonreír—. Tú ya tienes bastantes problemas. No hace falta que te preocupes por los míos.

—Ni se me ocurriría. Pero no se te ocurra llamar a mi puerta cuando no tengas una toalla que llevarte a la ducha —replicó ella.

—Ni se me ocurriría —contestó Nate a la vez que decidía bajar antes de que aquella absurda conversación llegara más lejos.

Una vez en la lavandería fue metiendo la ropa más blanca en una máquina y la de color en otra. Cuando notó que un calcetín negro se había mezclado con la ropa blanca se encogió de hombros y no se molestó en sacarlo.