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Johanna Durbin se había pasado los últimos años de su vida criando a sus siete hermanos. Ahora, cuando por fin estaba a punto de independizarse de su familia, había conocido a su príncipe azul. Masculino, tierno y soltero, Hunter Pace era exactamente lo que ella buscaba, pero no estaba solo en la vida... Con cuatro sobrinos huérfanos a su cargo, Hunter se había convertido en un experto padre de familia. Pero algunos cuidados requerían un tierno toque femenino. Hunter pronto se dio cuenta de que él también necesitaba esos mimos. Pero, ¿podría convencer a Johanna de que era él quien realmente la necesitaba?
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Seitenzahl: 203
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Terry Parent Essig
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un destello en sus ojos, n.º 1167- abril 2021
Título original: A Gleam in His Eye
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-574-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
DE ACUERDO, chicos —gritó la monitora de natación Johanna Durbin al grupo de niños de ocho años que, empapado, la miraba—. Ahora lo vais a pagar por la forma en que habéis nadado el último largo. Quiero que todos busquéis vuestros palos. Ha llegado la hora de golpear unos cuantos traseros.
Hunter Pace se puso rápidamente de pie. La transición de tío a padre había sido reciente para él y los tiempos habían cambiado desde que él era un niño, pero estaba casi seguro de que los castigos corporales eran ilegales. Y aunque no lo fuesen, ninguna mujer, en ningún sitio, de ninguna forma, y a pesar de ser guapísima, tocaría a uno de los miembros de su familia con un palo. De repente, se alegró de haberse quedado a ver la clase de natación de sus sobrinos.
Hunter comenzó a moverse, pero hizo una pausa al llegar al final del banco. Ninguno de los niños parecía estar molesto. Desde luego que protestaban y se quejaban, pero todos se dirigieron a sus bolsas de deporte y volvieron al borde de la piscina llevando cada uno en la mano un palo de treinta centímetros.
—La semana pasada le pegaste a Matt, Jo. ¿Me dejas que me toque a mí hoy? —dijo una pequeña.
—Pégale a Billy, Jo, que se me ha cruzado por delante otra vez.
—¡Que no! —surgió inmediatamente la negativa.
—¡Que sí!
—Tengo que ir al cuarto de baño —dijo una niña, con las piernas cruzadas y una mano apretándose firmemente la entrepierna. Johanna señaló hacia los vestuarios.
—Atiza a los nuevos, señorita Jo. Quizás consigas así que naden más rápido.
Hunter comenzó a levantarse otra vez.
—Marcus —dijo la entrenadora—, ya conoces las reglas. No me gusta que acuséis. Karen y Robby se acaban de incorporar al equipo. Ya mejorarán la velocidad cuando practiquen más, igual que os sucedió a vosotros. Me parece que te atizaré a ti en vez de a ellos.
Sí, pensó Hunter. Que le pegase a ese pequeño idiota que se había atrevido a meterse con sus sobrinos. Pero el niño se quitó del alcance de la entrenadora.
—Primero tendrás que pillarme —le dijo, y se lanzó a la piscina—. Además, solo simulabas pegarle a Billy. Él me lo contó —añadió cuando sacó la cabeza del agua.
—¿Ah, sí? —preguntó la entrenadora—. Pues, mira esto —dijo, agarrando a la niña que estaba junto a ella, que coincidió que era su hermana pequeña, la puso boca abajo, y le dio unas ligeras palmadas en el trasero mientras hacía un ruido fuerte con la boca.
Los niños se rieron, incluyendo a la víctima.
—Se lo diré a mamá —dijo la pequeña.
Johanna simuló caer en la trampa.
—Oh, no, no lo hagas, Aubrey. No se lo cuentes a mamá. Haré todo lo que esté en mi mano para compensarte. ¿Qué te parece un trozo extra de mi tarta de cumpleaños el viernes próximo?
Otros cinco niños se acercaron.
—Dejaré que me pegues, entrenadora Jo, si me traes un trozo de tu tarta de cumpleaños.
—¿De qué será? —quiso saber otro antes de comprometerse.
—De chocolate.
—¿Cuántos años cumplirás, entrenadora Jo?
—Un montón —respondió su hermana pequeña—. Es realmente vieja —se burló, corriendo lejos del alcance de Johanna. Veinticinco. Mi madre dice que eso es tres veces lo que nosotros tenemos, chicos.
—¡Vaya! —dijo una pequeña rubia con respeto—. ¡Sí que es mayor!
Hunter escuchó descaradamente, más tranquilo cuando observó cómo actuaba la monitora. ¿Conque veinticinco, no? Solo unos pocos años más joven que él. Hunter no estaba seguro todavía si aprobaba a la enérgica rubia, pero cada día que pasaba estaba más desesperado. No pudo evitar darse cuenta de que la entrenadora Jo no llevaba alianza en la mano.
Era una sensación nueva para Hunter. Desde luego que le gustaban las mujeres, ¿cómo no le iban a gustar? El sexo opuesto era adorable, con sus suaves curvas y interesantes formas. ¡Y sus mentes! Sus mentes eran un paisaje extraño y fascinante por el que un hombre podía viajar para siempre y nunca acabar de conocer. Oh, sí, a Hunter le encantaban las mujeres, todas y cada una de ellas, pero nunca le había interesado demasiado comprometerse con una de forma permanente. Lo cierto era que, hasta aquel momento, había evitado el matrimonio a toda costa.
Desgraciadamente, sin que dependiese en absoluto de él, la situación había cambiado y ahora necesitaba desesperadamente una madre para su nueva prole. Su sobrina y sobrinos eran ahora suyos, de forma permanente, durante los siguientes quince o veinte años. Su hermano mayor seguro que estaría allá arriba, partiéndose de risa de él.
—Espero que te diviertas a mi costa —masculló a los cielos—. Pero pronto me reuniré contigo, probablemente mucho antes de lo que tenía planeado, si tus hijos se salen con la suya. Y me resarciré contigo, ya lo verás.
Cuando su hermano y su cuñada se mataron en el accidente, dejándole a Hunter a sus cuatro hijos, él había estado tan seguro de que se las podría arreglar solo… ¿Qué podría costarle darles de comer unas cuantas veces por día y mandarlos a la cama a las ocho y media todas las noches?
Podía costarle mucho. Debido a su reciente pérdida, los niños tenían problemas en dejar que Hunter se separase de ellos ni un instante, problemas en dormir en la oscuridad, problemas… un montón de problemas. Hunter necesitaba ayuda y estaba lo bastante desesperado para reconocerlo.
Y, cuando estaba dispuesto a casarse, de repente, las mujeres que conocía habían desaparecido de su vida. No porque lo dejase de querer, le había asegurado la última. Seguro que quería tener niños… pero los suyos propios.
Hunter asintió con la cabeza pensativo mientras observaba. Esa joven sí que parecía disfrutar con los niños.
Aunque su sobrina de siete años, y su sobrino de ocho, miraban confusos a su alrededor. No los culpaba. Cualquier intento de orden y organización alrededor de esa piscina brillaban por su ausencia. Era la primera vez que sus niños integraban un equipo de natación y la enérgica e increíblemente vivaz entrenadora parecía estar hablando en chino. Se puso de pie, dispuesto a preguntarle a la entrenadora Jo qué era lo que los niños tenían que hacer, para explicárselo a Karen y Robby. A decir verdad, no le importaría volver a acercarse a la entrenadora de los niños. Su estilo le parecía poco ortodoxo, pero alguien que poseía su encanto natural, tenía el beneficio de la duda. Y solo quería controlar lo que hacía con sus niños. Cuanto más se acercase, mejor. Johanna no solo era guapísima, sino que también olía como un melocotón maduro. Lo había descubierto cuando se acercó a ella con los niños, al principio de la clase. Siempre le habían gustado los melocotones. Después de todo, la fruta era una parte importante de la dieta de cualquier hombre.
Pero antes de que pudiese poner su metro ochenta y cinco de pie, se dio cuenta de que sería innecesario intervenir, y se volvió a sentar. Estaba haciendo un buen ejercicio de muslos con tanto arriba y abajo. Probablemente podría ahorrarse la sesión de piernas más tarde, cuando hiciese su gimnasia.
La entrenadora Johanna ya rodeaba a sus sobrinos con los brazos mientras les indicaba lo que tenían que hacer. Luego le dio a cada uno un grueso palo, y, señalando a los niños que ya se hallaban en el agua, les enseñó cómo lo tenían que utilizar para nadar.
Karen y Robby asintieron con la cabeza varias veces, sus pequeños pechos agitados por el esfuerzo. Quizás se deberían sentar. Lo que Hunter quería era cansarlos para que se metiesen en cama a una hora decente, no matarlos. Una vez más se levantó para intervenir, y una vez más se dio cuenta de que no era necesario. Comenzaba a sentirse como un yoyo. Observó cómo Johanna les decía que se sentasen al borde de la piscina y pataleasen en el agua mientras contaban los largos que los demás niños hacían.
Sin dar la espalda al agua en ningún momento, Johanna comenzó a recoger las cosas que había alrededor de la piscina y a guardarlas. Al moverse de forma que los nadadores estuviesen siempre en su campo visual, le presentaba a Hunter su espalda todo el tiempo, algo que a él no le molestó en absoluto.
Después de los primeros dos largos, Johanna llevó a Robby y Karen a la calle más lenta e hizo que se metieran en el agua. Caminó a lo largo de la piscina, alentándolos mientras ellos intentaban copiar a los otros niños.
—¡Esos brazos, bien estirados! —gritaba Johanna—. Así, muy bien, agarra el palo. Fuerte esa patada, venga, uno, dos, tres. Ahora, mete la cabeza en el agua y gírala de costado solo para tomar aire cada tercera brazada. ¡Perfecto! Seréis unos nadadores fantásticos, ya me doy cuenta.
Hunter se hinchó de paternal orgullo. Por supuesto que serían fantásticos. Bastaba con mirarlos, estaban como pequeños peces en el agua, obviamente en su elemento. Entrecerró los ojos especulativamente mientras miraba. ¿Qué tipo de formación tenía esa entrenadora? Era evidente que podía reconocer a un talento cuando lo veía, pero, ¿estaría preparada para darles a sus sobrinos lo que necesitaban? Después de todo, Karen y Robby se merecían lo mejor. Bastaba ver lo rápido que se habían puesto a la altura de los demás, lo bien que agarraban el palo. Ninguno de los dos había abandonado todavía. De acuerdo, cualquiera que coordinase podía tener potencial olímpico.
Cuando los niños terminaron, Johanna le dio a cada niño un cronómetro y les enseñó a tomarse su propio pulso. Dudaba que ninguno se hubiese aproximado al ritmo cardíaco adecuado, pero con el tiempo lo lograrían y entonces podrían hacerlo. Y los hacía sentirse importantes, manteniendo así la motivación. No quería que ninguno de ellos abandonase a los ocho años, por ello intentaba variar los ejercicios y hacer todo relajado y entretenido. Sin embargo, aquel entrenamiento en particular le había resultado incómodo. Habían llegado dos alumnos nuevos, simpáticos, pero sin demasiadas aptitudes para la natación. Johanna era consciente de que no todo el mundo podía ir a las olimpíadas, ni tampoco competir en los campeonatos escolares, y, en general, le disgustaba la actitud elitista que tenían algunos alumnos. Marcus y sus padres eran un ejemplo de ello. No era necesario tener potencial olímpico para hacer un deporte, disfrutar con él. Después de todo, el ejercicio siempre era bueno. Y, con mucho trabajo, los dos nuevos renacuajos podrían llegar a integrar el equipo de natación durante la escuela secundaria, incluso llegar a alguna competición escolar.
No, los niños no eran el problema. El problema era el padre.
No le había quitado los ojos de encima en todo el tiempo que llevaba allí, hasta el punto de que ella había deseado parar y asegurarse de que no tenía los pantalones puestos al revés o algo por el estilo. Y en ese momento la seguía mirando. Llevaba años haciendo ese trabajo y él la había hecho sentirse cohibida. Jamás se sentía cohibida. Bueno, al menos no tanto. A Johanna no le gustó que ese hombre, que ni siquiera conocía, la hiciera sentirse cohibida.
—De acuerdo, enanos —dijo, soplando el silbato—, ya vale por esta noche. Necesito que me devolváis los cronómetros, que metáis los palos en su caja, y que cada uno se lleve todas sus cosas a casa. Si me encuentro un par de gafas submarinas, me las quedo. Me vendría bien un par nuevo. Y el que se deje el traje de baño en los vestuarios, me lo verá puesto la próxima clase.
Los niños se rieron de buena gana.
—¡No te podrías poner nuestros bañadores, entrenadora Jo! ¡Te irían pequeños!
—Conque no, ¿eh? Quizás me ponga uno en cada brazo y uno en cada pierna, ¿no se os había ocurrido? Según lo que sucedió el último entrenamiento, tendría más que suficientes para hacerlo. Y si quisiera dedicarme a recoger la ropa que os dejáis tirada, habría estudiado para eso. Mirad bien antes de iros, y no os dejéis nada. No quiero tener que recibir un montón de llamadas de vuestros padres después, ¿me habéis oído?
Todos asintieron con la cabeza mientas se reían al imaginársela con un traje de baño hecho con los de ellos.
—No podría hacerlo —susurró uno.
—Claro que no, se le saldrían todos.
—No lo sé, son muy elásticos.
—Podría usar un montón de imperdibles. Mi madre tiene una caja llena. Dice que valen igual que coser.
—Sois increíbles —dijo Johanna, moviendo la cabeza—. De acuerdo, chicos, a cambiarse todo el mundo. Hasta mañana.
Al menos ahora el padre se marcharía. La mayoría de los padres se reunían frente a los vestuarios y charlaban mientras esperaban que los nadadores se duchasen y vistiesen.
Hunter decidió no irse con el resto de los progenitores que habían ido a mirar el entrenamiento. Quería hablar con la entrenadora, pero no sabía cómo acercarse a ella. Robby y Karen no se habían peleado, ni física ni verbalmente. Era obvio que estaban concentrados en lo que tenían que hacer y que habían disfrutado con la clase. Eso estaba bien.
Estaba más que bien. Era maravilloso, inesperado, fantástico. Ese poco de maná del cielo era por cortesía de Johanna, por poco ortodoxos que fuesen sus métodos. Había entretenido y cansado a los dos enanos. Si él lograba dormir bien un rato esa noche, se debería a esa maravillosa mujer. Lo que correspondía en ese momento era que se lo retribuyese con una invitación a una copa o una comida, ¿no? Decididamente, no le causaría ningún esfuerzo tener que salir con ella. La llevaría a un lugar bonito y se ocuparía de que lo pasase bien. Seguro que podía hacerlo. Al menos, eso se le daba muy bien antes de que su mundo se pusiese patas arriba. Quizás aprovecharía para que le diese alguna idea y… ya se vería. A Karen y a Robby les llevaba horas vestirse por la mañana. Podía aprovechar y hablarle en ese momento. Tenía tiempo. Podría ir y hablarle ya.
Oh, Dios, no se marchaba. ¿Porqué no se marchaba ese hombre de una vez? Johanna se desabrochó la camisa y se quitó los pantalones cortos.
Hunter, que estaba a punto de levantarse por enésima vez, se quedó helado. Dios Santo, ella se estaba quitando la ropa ahí mismo, al borde de la piscina, se la estaba quitando. ¡Demonios, no estaba seguro de que su corazón soportase el esfuerzo de ver a Johanna Durbin desvestirse! Lo alivió y desilusionó a la vez que ella llevase debajo un traje de baño de competición.
Y pensar que a él le había parecido guapa antes, con su reducida estatura, sus dorados rizos y sus ojos enormes.
Ya se sabía que los bañadores de competición eran poco favorecedores. Aplastaban el busto a las mujeres y les apretaban el cuerpo, marcando todos y cada uno de los defectos. Pues bien, si así era Johanna cuando estaba peor, no era necesario que la viera cuando estaba mejor. El cuerpo que el bañador mostraba no tenía ni un fallo. En su escala de belleza femenina, Johanna acababa de subir varios puntos, desde guapa hasta llegar a despampanante. Se le comenzó a hacer agua la boca. Qué ridículo. Desde luego que a su edad ya había superado eso, era demasiado experimentado para tener semejante respuesta a una mujer. Sin embargo, tuvo que tragar saliva. Sacudió la cabeza para aclarar sus ideas.
«Contrólate», se dijo. Se puso de pie, dispuesto a ir a hablar con esa mujer. «Al diablo con las respuestas físicas», murmuró.
«Dios Santo», se dijo Johanna, «viene hacia aquí».
Una sensación nueva y extraña le hizo un nudo en el estómago. Era un hombre peligroso. Algo dentro de sí reconoció que así era. No quería saber nada de él. Se había presentado antes, pero era evidente que Johanna no había querido recordar su nombre. No importaba. Para ella, se llamaba Don Problemas. Casado, divorciado o lo que fuese, tenía hijos, y a ella le quedaban unas semanas para liberarse de toda responsabilidad en ese campo. Libre como el viento, como los pájaros. Así sería ella.
Se dio la vuelta rápidamente, simulando no darse cuenta de que él se aproximaba. Se apresuró a meter los mechones rubios dentro del gorro de baño y a ponerse las gafas antes de zambullirse desde el borde.
Hunter se detuvo a mirar cómo la estilizada figura se deslizaba por el agua. Era evidente que la nueva entrenadora de Robby y Karen había nadado en competiciones. Él no sabía mucho de competiciones, pero al verla reconocía su estilo. Johanna mostraba una economía de movimientos que daba gusto observar. No había movimientos desperdiciados, ni excesos, ni forcejeos. Ella hizo un perfecto giro al llegar al extremo de la piscina y volvió a su punto de partida en menos de medio minuto. Luego, volvió a girar y se alejó a toda marcha.
—¿Dónde está el incendio? —le gritó Hunter.
—Tío Hunter, ¿qué haces ahí? Todo el mundo ya ha salido. Robby y yo te estábamos buscando.
Hunter apoyó una mano en la cabeza aún mojada.
—¿En serio, pimpollo? —le dijo a su sobrina, porque reconoció en miedo en su voz—. Pues ya me has encontrado. Siempre me tendrás. Mamá y papá también estarían aquí si hubiesen podido elegir, cielo —la muerte de su hermano y su cuñada había hecho que el mundo de sus hijos se derrumbase y Hunter sabía que les llevaría toda la vida recuperarse de ello.
—De acuerdo. Espera un momento, le iré a decir a Robby que te he encontrado — dijo Karen, después de mirarlo seriamente unos segundos y asentir con la cabeza—. ¡Robby! —gritó y salió corriendo.
Hunter lanzó una última mirada a la piscina con su único ocupante y siguió lentamente a Karen.
Otros adultos aparecieron para nadar y Johanna se deslizó entre ellos, esforzándose al máximo durante la siguiente hora. Cuando finalmente salió de la piscina, con el cuerpo exhausto, pero la mente todavía acelerada, su hermano Charlie, de casi dieciocho años de edad, ya se había llevado a Aubrey y a sus otros tres hermanos: Stephen, de diez, William, de nueve y Grace, de trece, que también habían estado nadando. Johanna se dirigió a los vestuarios, se duchó para quitarse el cloro, se vistió y se fue en coche a casa. Lo metió en el garaje y cuando salió comenzó a mirar todo con ojos críticos.
—Bien. Cristopher me hizo caso cuando le dije que cortara el césped mejor —reconoció al pasar por el jardín y entrar a la casa por la puerta trasera—. Parece que han lavado los platos y quizás hayan barrido también —abrió el frigorífico—. Los sándwiches para el colegio están hechos —cerró la puerta y gritó—: ¡A ver esos deberes! ¡Traed vuestros cuadernos y carpetas a la cocina! ¿Aubrey?
—¿Sí?
—¿Has practicado con el piano?
—Sí.
—Ajá. ¿Te ha escuchado alguien dispuesto a testificar que lo hayas hecho?
—William me dijo que tenía que decir que él también había practicado, porque de lo contrario él diría que yo no lo había hecho, pero he tocado, de veras. Pregunta si quieres.
—¿Charlie? —gritó Johanna.
—De acuerdo, de acuerdo, ya la apago. Oye, tú tienes orejas de radar. ¿Cómo sabías que tenía la televisión encendida mientras estudiaba?
No lo sabía.
—Lo sé todo y veo todo. ¿Ha tocado el piano Aubrey?
—Sí.
—¿Más de cinco minutos?
Charlie no respondió inmediatamente. Era evidente que tenía que pensárselo.
—Quizás —respondió finalmente.
—De acuerdo —masculló Johanna, demasiado cansada como para seguir insistiendo. Fue a la mesa de la cocina y, sentándose, comenzó a revisar los deberes. A los cinco minutos, se apoyó en el respaldo de la silla y miró a sus cuatro hermanos menores, que estaban de pie esperando que ella terminase.
—Bastante bien, chicos. William, esta hoja hay que volverla a hacer en limpio, pero por lo demás, habéis trabajado todos muy bien —miró a su alrededor y se dio cuenta de que la bandeja del horno se encontraba en el fregadero.
—¿Ha hecho Chris las galletas?
Todos asintieron.
—De mantequilla de cacahuete, pero no nos dejó que comiésemos ninguna —se quejó Aubrey—. Dijo que eran todas para él.
—Bromeaba, cielo. Son para llevar al colegio. Pero, ¿sabéis una cosa? Os habéis portado tan bien al hacer los deberes y nadar que creo que tendríamos que darnos un premio de galletas con leche.
—¡Sí! —exclamó Grace, haciendo el gesto de la victoria con el puño. Se apresuró a buscar la leche. Stephen sacó los vasos y Aubrey se subió a una silla para llegar a la lata de las galletas mientras William copiaba sus deberes con mejor letra.
Christopher, de dieciséis años, entró tranquilamente mientras se encontraban disfrutando de la merienda.
—¿Dónde está mamá? —preguntó, tomando una galleta.
—¡Eh! ¡Yo iba a comerme esa! —se quejó William inmediatamente.
—Entonces, tendrías que haber sido más rápido —le informó Chris a Will, manteniendo la galleta fuera de su alcance—. Además, yo soy quien las ha hecho —añadió, antes de morderla.
—Mamá tiene una reunión hasta tarde —explicó Johanna—. Probablemente vendrá tarde a casa toda la semana. Están negociando algo importante.
—¡Qué novedad! —dijo Chris con ironía—. Nunca está en casa.
—No te quejes —dijo Johanna—. Las cosas se habrían complicado mucho después de la muerte de papá si ella no hubiese podido ponerse a trabajar con el éxito que lo hace. Y os habéis salvado, porque es mucho más dura que yo. Recuerdo cuando tenía vuestra edad…
—¿Jo? —interrumpió Aubrey, acercándose más a su hermana.
—¿Sí, cielo?
—¿Recuerdas los dos chicos nuevos del equipo de natación? También han empezado en la escuela. Uno de ellos estará en mi clase. Me gustaron.
—¿De veras? Genial. A mí también. Y es difícil ser nuevo en una escuela, así que sed amables con ellos.
—Sí. ¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—El hombre ese…
—¿Qué hombre?
—El que los llevó.
—¿Su padre? ¿Qué pasa con él?
—Parecía su padre, pero no era.
Johanna prestó más atención.
—¿No era su padre?
—No, no. Lo llamaban «tío Hunter» todo el tiempo, así que le pregunté a Karen por qué y me dijeron que porque eso era lo que era. Su tío.
—¿De veras? —Aubrey tenía ya la atención completa de Johanna.
—Sí. Todos gritaban en los vestuarios y yo todavía tenía los oídos llenos de agua, así que no podía oír bien lo que me decía, pero era algo sobre sus padres, que se habían ido a algún sitio y que ellos se habían quedado con su tío.
Caramba, caramba, caramba. ¿No sería agradable que le hubiese fallado el instinto? Con más de un metro ochenta de altura, cabello oscuro y penetrantes ojos azules, ese hombre respondía a su definición de la quintaesencia de lo masculino.
—Entonces, solo tiene a los niños temporalmente —murmuró Johanna en voz alta.
—Supongo que sí —dijo Aubrey, encogiéndose de hombros—. ¿Sabes una cosa? Hay otros dos chicos: Aaron y Mikie. Karen dice que no es justo porque ella es la única niña.
Johanna miró a Christopher beber la leche directamente del envase. Los chicos eran tan… primitivos.
—Es comprensible. Lava eso un poco y ponlo en el contenedor para reciclar, Chris —le dijo a su hermano y se arrellenó en la silla—. Me pregunto por qué se habrán cambiado de escuela y todo —dijo en voz alta y luego se encogió de hombros—. Quizás tienen un trabajo en el extranjero o algo por el estilo y van a estar fuera durante meses.
—¿No se llevarían a los niños con ellos? —preguntó Grace.
—No necesariamente —respondió Chris mientras saltaba sobre el envase de la leche para aplastarlo—. Algunos lugares de Oriente Medio, por ejemplo, no son seguros en absoluto, pero a veces el salario que ofrecen es tan bueno que no se puede rechazar. Lo que quiero decir es que el padre podría ser un ingeniero, o trabajar en la industria del petróleo. Por lo que sabemos, quizás la madre es la que es ingeniero químico o industrial.
