Todo por su amor - Terry Essig - E-Book

Todo por su amor E-Book

Terry Essig

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Beschreibung

Andrew Wiseman sabía perfectamente cómo huir de las mujeres en busca de compromiso: esquivaba sus insinuaciones con una delicadeza inusual y solo se entretenía en relacionarse con las que conocían cuáles eran las reglas. Pero nunca había pensado que podría atraparlo el olor del azúcar moreno... Mary Frances Parker deseaba tener un hijo..., pero antes tenía que encontrar un marido. Drew llevaba años volviéndola loca, pero lo había visto evitar con facilidad las trampas que le habían tendido otras mujeres. Tenía que dar con el plan perfecto para conseguirlo; le preguntaría qué era exactamente lo que buscaba en una mujer y se aseguraría de cumplir todos los requisitos. Al fin y al cabo, era capaz de todo por un bebé... y por Drew.

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Seitenzahl: 164

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Mary Therese Essig

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Todo por su amor, n.º 1713 - diciembre 2015

Título original: Before You Get to Baby…

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-7320-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Sexo.

–¿Cómo?

–Bueno, lo ideal sería sexo del mejor.

–¿Eso es lo que busca un hombre en una relación? –Mary Frances Parker miró con preocupación a Andrew Wiseman, el mejor amigo de su hermano. ¿Solo sexo?

–No solo sexo, sexo del mejor –repitió Drew, ajeno a su incomodidad–. Quiero decir que la cantidad es importante, pero lo calidad lo es más aún.

–Eso es absurdo. Ojalá pudieras oírte a ti mismo.

–Eh, eres tú quien ha venido a preguntarme sobre los hombres. Solo soy sincero.

–De modo que, según tú, mi hermano Rick se declaró a Evie porque así lo pedían sus hormonas, y el encanto de Betsy tampoco tuvo nada que ver con la proposición de Tom. Por Dios… qué patéticos sois los hombres. Me pregunto si de verdad quiero casarme con uno.

Sus palabras llamaron la atención de Drew. ¿Casarse? ¿Frannie? Solo era una niña, y no podía imaginársela ofreciendo aquello que los hombres buscaban.

–Si somos tan patéticos, ¿por qué no buscas la manera de evitarnos? ¿Por qué, en lugar de eso, quieres atarte a un solo hombre para el resto de tu vida?

–Solo Dios lo sabe –con el pulgar picó las migas de la mesa de la cocina–. Sigo creyendo que todos no pueden ser tan superficiales como aparentan. Bien es verdad que, con mis hermanos, he recogido tantos calcetines sucios de la cama como para llenar una vida. Pero también es verdad que los hombres son necesarios para formar una familia con hijos.

–Entonces tu reloj biológico ha empezado a funcionar, ¿no es eso? –le preguntó Drew sentándose en una silla.

–Sí, bueno… –respondió ella a la defensiva.

–Entonces déjalo funcionar –le recomendó Drew–. Vamos, no se puede decir que tengas un pie en la tumba. Y, de todas maneras, el mundo está superpoblado. Cómprate un perro si quieres oír las pisadas de unos piececitos. Te aseguro que manchan tanto como un bebé.

–No esperaba que lo entendieras –dijo Frannie.

–Entonces, ¿por qué preguntaste?

–Porque eres bueno.

–¿Qué quieres decir con eso? –a ningún hombre le gustaba que lo describieran como «bueno». Y él no lo era. Había estado en el Ejército y no eran pocos los que podían testificar su mezquindad. Aunque siempre había recibido a Frannie de buena gana, sobre todo cuando se presentaba en su puerta con sus exquisitas galletas caseras.

–Bueno, no te estoy insultando precisamente. Casi todos los hombres echarían a correr si supieran que estoy buscando marido. ¿Por qué serán tan paranoicos?

–No somos paranoicos, somos realistas –dijo Drew levantando un brazo–. Mira a Rick Y a nuestro amigo Phil. Ahí están, yendo los miércoles a la bolera, los viernes a jugar al póquer y de vez en cuando a ver jugar a los White Sox a Chicago. ¿Qué se supone que tenemos que hacer para divertirnos? ¿Por qué vosotras las mujeres no podéis ser felices sin unos cuantos críos? –agarró su cerveza y tomó un trago–. Y, ¿por qué yo estoy a salvo de tus maquinaciones?

–Bueno, en primer lugar yo no podría vivir con un hombre al que le gustase el country –Frannie se echó a reír y Drew la miró seriamente–. De acuerdo, hay algo más aparte de tu horrible gusto musical –añadió con precaución. Era divertido burlarse de Drew, pero él se merecía escuchar la verdad–. Como pareja, la mujer necesita un hombre sensato y que transmita confianza. Alguien que saque la basura y eche a una canasta su ropa sucia. Alguien que llame a todas las puertas cuando el bebé se ponga enfermo. Alguien que reponga el papel higiénico… en su soporte, no en el suelo.

Por Dios, de qué manera lo estaba insultando. Él podía hacer todo eso si quería. ¿Era su culpa no tener tiempo para recoger el rollo de papel del suelo? No podía creer que estuviera manteniendo esa conversación. ¿Por qué Frannie no podía entender que la mejor manera de cuidar a un bebé enfermo era no tenerlo?

–Alguien con quien no te importe compartir tu ADN –siguió diciendo ella–. Todo el mundo que conozco está compartiendo su código genético, y todas mis amigas están casadas o a punto de estarlo. Deberías ver al niño de Sue-Ellen. Es precioso… Yo quiero uno igual, Drew, de verdad que lo quiero. Pero a Sue-Ellen le costó tres años quedarse embarazada. Ya sabes… un hombre empieza a perder su potencial a partir de los veinticinco. Creo que debería encontrar a alguien sin perder más tiempo.

–Yo tengo veintinueve, pero estoy seguro de que podría dejar embarazada a toda mujer que lo necesitase –dijo él con un gruñido–. De hecho, ese es mi mayor temor. Por eso los hombres somos condenadamente precavidos. No quiero pagar un precio innecesario.

–También quiero a alguien inteligente –dijo ella, ignorándolo–. Y no me importaría que no fuera muy guapo. Ya no espero que Mel Gibson caiga a mis pies, pero un aspecto decente tampoco es pedir demasiado –hizo una mueca–. Llámame superficial, pero no quiero ningún niño con cara de sapo. Y que sea alto, para compensar mi corta estatura. Por supuesto, nada de debiluchos. Mamá siempre decía que era fácil enamorarse de un hombre rico, pero a mí no me importa el dinero. Estaría encantada de contribuir a los ingresos familiares. Pero si tuviera que elegir entre dos hombre, inteligentes, bien parecidos y ninguno de los dos calvo, creo que me quedaría con el más alto, ¿no crees?

Drew sacudió la cabeza, intento encontrar la lógica a aquella estupidez. De nuevo se sentía insultado. Frannie podría ser la hermana pequeña de su mejor amigo, pero había cruzado la línea. No había nada malo en su código genético, tenía un título de Ingeniería de la universidad de Purdue, y no eran pocas las mujeres que lo consideraban atractivo, a pesar de la nariz que se rompió jugando al jockey. A fin de cuentas, nadie era perfecto. La propia Frannie tenía una cicatriz en el brazo, que se hizo al intentar alcanzar la luna, muchos años atrás. Rick y él la habían estado cuidando aquel día, y Rick la acusó de haberlo hecho para meterlos en problemas. No fue la primera ni la última vez.

Y allí estaba de nuevo, decidida a volverlo loco.

Pero él no iba a consentirlo. Era inteligente, alto y bien parecido, y sus ojos de color azul, herencia de su madre. Al menos tenía un color de ojos bien definido, no como ella… Los ojos de Frannie eran de un color indefinible, algo parecido al caramelo, al pan tostado y al café con leche.

–Me parece que esperas demasiado. ¿Qué recibiría ese hombre ideal a cambio? Quiero decir que, ¿quién iba a casarse con una cosa tan pequeñita como tú? Sería muy duro para alguien tener que buscarte entre las sábanas.

–No soy tan pequeña –dijo ella muy seria–. Y ahí lo tienes otra vez. ¿Es que no puedes pensar en otra cosa aparte del sexo?

–Ni yo ni la mitad de la población mundial.

–¿Nunca te interesas por la personalidad, la inteligencia, el humor? ¿No quieres compartir un hogar con una mujer que te importe?

–Si estoy en la cama con ella, no.

–Oh, por amor de Dios –se levantó y agarró el plato de galletas.

–¡Eh! –protestó Drew.

–Parece que solo te interesa el aspecto externo –dijo ella–. No debe de importarte que yo cocine las mejores galletas de avena de todo el Estado.

–La comida es una necesidad vital, igual que el sexo. Un hombre tiene que mantener su fuerza, y las galletas están bien, a pesar de las pasas –no quería alimentar su ego, después del rato que le había hecho pasar–. Sería una lástima desperdiciarlas.

–Las congelaré y me las tomaré en el almuerzo.

–Está bien, está bien. Lo siento. Deja las galletas y sigamos hablando. Dios mío… ¿por qué seréis tan susceptibles las mujeres?

–No lo somos –dijo ella. Dudó un segundo antes de volver a sentarse, y rodeó el plato con la mano–. Y ahora en serio, Drew, ¿qué busca un hombre en una relación estable?

–Mira, Frannie –Drew se movió incómodo en la silla–, cada hombre tiene sus propios gustos para encontrar el atractivo en una mujer. Y lo mismo pasa con las mujeres, ¿o no te oí decirle a Rick el otro día que tu amiga Annie estaba perdiendo el tiempo con ese muermo, y que no sabías lo que había podido ver en él?

Frannie pensó que tenía razón, pero aquello no era suficiente para soltar las galletas. Lo que ella quería eran directrices, no un escaqueo.

–De acuerdo, así que, hablando en general, ¿cómo se puede atraer a un hombre hasta el altar? –tomó una galleta y la movió un poco antes de mordisquearla.

Drew siguió revolviéndose en la silla. Frannie lo conocía muy bien. Durante los últimos quince años, desde que la familia de Drew se trasladó a St. Joseph, en Michigan, él y su hermano Rick habían sido inseparables. Los dos habían cuidado de Frannie, cinco años mejor que Rick, en muchas ocasiones. La habían llevado a clases de piano y de baile, y el día que ella rompió con su primer novio, Drew la había consolado diciéndole que ese idiota no la merecía. Y en todo el tiempo que la había visto crecer, nunca se había dado cuenta de que ella también lo observaba.

Sin embargo, Drew jamás hubiera admitido que sus galletas eran las mejores del pueblo, a pesar de las pasas.

–Está bien –dijo finalmente–. Deja aquí las galletas y pensaré sobre ello. Quedaremos para cenar un día de estos y hablaremos.

Frannie lo miró indignada. Drew no la estaba tomando en serio. Seguía viéndola como a una cría de doce años, la misma de quienes él y su hermano se aprovecharon para que realizase las tareas más duras que a ellos les encomendaban.

–Media docena de galletas ahora –dijo ella cruzando los brazos al pecho–, y el resto a cambio de la información. Y tiene que ser antes del fin de semana. Ah, y no pienso cocinar para ti, así que saldremos a cenar fuera, aunque tenga que pagar mi cuenta.

Demonios… era buena negociadora. Por lo visto, tanto Rick como él le habían enseñado bien con sus estúpidas artimañas.

–¿Quieres que hablemos de esto en un restaurante donde todo el mundo se entere? Ya sabes lo juntas que están las mesas.

Fran se quedó pensando y asintió.

–De acuerdo. Yo cocinaré. Tú te encargas de los filetes y del vino, y yo haré la ensalada, el pan y el postre.

Drew frunció el ceño. Evidentemente, no era tan listo como él creía, y sospechaba que ese era el mejor trato que iba a conseguir.

–Está bien. Iré a verte cuando haya… ¿Qué? –preguntó al ver que Frannie negaba con la cabeza.

–Este viernes en mi casa a las siete en punto.

–Frannie –dijo él armándose de paciencia–, este viernes son los play-offs de la liga de baloncesto. Rick me hizo apostar mucho. No creo que Villanova tenga nada que hacer, pero nunca se… ¿qué?

–Nada de excusas. El viernes a las siete en punto o no hay galletas. Si eres bueno tal vez te deje comprobar el resultado una o dos veces.

–Dios, eres terrible –Drew quería las galletas. Era científico y experto en química, pero jamás había conseguido que sus galletas se parecieran ni de lejos a las de Frannie. Era frustrante verla mezclar los ingredientes sin ningún tipo de medida, y conseguir un resultado asombroso–. Vale, de acuerdo. Este viernes. Pero a cambio una docena de galletas ahora.

–Ocho.

–Diez –alargó el brazo hacia el plato.

–Nueve –dijo ella alejándolo más de él.

–Hecho. Creo que he leído en alguna parte que para atraer a un hombre, basta con operar desde un nivel instintivo.

–Si intentas decirme que los hombres no habéis evolucionado desde las cavernas, no me sorprende. Aunque tampoco me gustaría que uno me agarrara por el pelo y me arrastrara a su guarida.

–No tienes bastante pelo para eso –dijo él resoplando.

–El pelo corto es fácil de cuidar, además de ser muy elegante –dijo ella con desdén–. Eso demuestra lo mucho que sabes tú de moda.

–A los hombres les gusta largo. No nos importa si va a la moda o no.

–Si no te importa la moda –dijo ella cubriendo el plato con un envoltorio de plástico–, ¿por qué llevas el pelo tan cuidadosamente despeinado, en ese estilo tan característico de los hombres hoy en día?

–Tú has preguntado y yo he respondido. Deja mi pelo en paz. ¿Qué tamaño tiene tu cintura?

–¿Mi cintura?

–No importa. Nos veremos el viernes –si no podía conseguir más galletas no estaba dispuesto a seguir hablando.

–¿Qué le pasa a mi cintura? –insistió Frannie.

–El viernes –repitió Drew, y llevó a Frannie hasta la puerta. Mujeres… Siempre pidiendo respuestas y luego discutiendo.

Drew se llevó una galleta a la boca, sintiéndose un poco ofendido. No solo tenía que pasar los días siguientes ideando los recursos de la seducción, sino que además se había vendido al enemigo a cambio de un puñado de galletas.

Seguramente era tan estúpido que se lo merecía.

 

 

Frannie condujo hacia su casa sintiéndose muy orgullosa. La delicadeza no funcionaba con alguien como Drew… ni con casi ningún hombre. Había que golpearlos en sus puntos débiles si se quería conseguir su atención. Y eso es lo que había hecho ella.

–Será interesante ver lo que trae –se dijo a sí misma–. Al menos, lo he dejado pensando en el matrimonio, que ya es algo –aceleró antes de que un semáforo se pusiera rojo–. Y si se niega a reconocer lo que tiene ante sus narices, juro que utilizaré todo lo que me diga para encontrar a alguien que me quiera –aparcó frente a su pequeña casa–. Y si se acaba dando cuenta, tendrá que esforzarse mucho para compensarme –hizo un gesto despectivo y se dirigió hacia la entrada.

 

 

El viernes por la tarde seguía poniendo gestos despectivos al pensar en los hombres, especialmente en Andrew Wiseman.

–Wiseman… ¡Bah! –espetó mientras colocaba los cojines del sofá. A pesar de todo, quería que Drew viese la clase de hogar que podía ofrecer. Satisfecha con el examen de la salita se dirigió hacia el dormitorio–. No sé cómo puedo encontrar atractivo a un hombre así, pero si no juego mis cartas ahora cualquiera podría quedárselo. Ya tiene casi treinta años, por amor de Dios –entró en el cuarto de baño y se metió en la ducha–. Bueno, pues yo ya no puedo seguir esperando. Su vida social es demasiado activa y aún me trata como a su hermana pequeña. Pero no será así después de esta noche –se juró bajo el chorro de agua–. No después de esta noche.

 

 

Antes de llamar a la puerta de Frannie, Drew contempló su imagen en el cristal. Se cercioró de que su camisa y su pelo estuviesen bien, quedándose asqueado por el resultado. Tan solo era Frannie, por amor de Dios. ¿Por qué se había preocupado entonces de ducharse y ponerse ropa limpia, y por qué cuando fue a comprar los filetes sintió el impulso de comprar un ramo de flores? ¿De qué iba todo eso?

Frannie abrió la puerta, llevando un delantal que le cubría desde el cuello a las rodillas. Obviamente, no se había molestado en arreglarse.

–Creo que es la primera vez que te veo con un delantal.

–Tuve una entrevista con un padre después del colegio –dijo ella, mintiendo descaradamente. Al fin y al cabo, todo valía en el amor y en la guerra. No solo no había habido una entrevista, sino que jamás en la vida hubiese llevado al colegio una falda tan corta como la que llevaba bajo el delantal–. No tuve tiempo para cambiarme. O era eso o la cena, y aun así se me ha formado un pequeño lío en la cocina.

Drew estaba seguro de ello. Frannie era tan descuidada en la cocina que jamás hubiera podido tenerla como compañera de laboratorio.

–Fue una entrevista con una madre, ¿verdad?

–¿Mmm? –Frannie se dio la vuelta y se alejó de él, balanceando las caderas con cada paso. Esperó que él tragase saliva al contemplar sus sensuales movimientos.

–¿Qué llevas debajo? ¿Una falda? Si es así, solo te cubre la mitad del trasero. ¿La reunión ha sido con una madre o con un padre? –tomó una profunda inspiración–. ¿Te permiten vestir así delante de los tus alumnos?

–Drew, esta falda no es más corta que unos shorts, y ya me has visto las piernas con anterioridad, ¿no?

–Bueno, sí, pero… –desistió de hacer más comentarios.

Cuando se sentaron a la mesa Drew respiró con alivio al perder de vista aquel espectacular trasero. Pero al estar sentado frente a ella apenas podía apartar la mirada de sus pechos, exquisitamente moldeados bajo un jersey ceñido. La visión era demasiado para él, y creyó que se ponía enfermo. Estaba claro que hasta entonces no se había dado cuenta de que Frannie ya era una mujer.

Pero él no quería pensar en ella como en una mujer. Siempre la había visto como a una hermana pequeña. Estaba cada vez más incómodo.

–… la otra noche.

–¿Qué?

Frannie suspiró y le tendió un trozo de pan de jengibre untado con crema.

–¿Te encuentras bien, Drew? Pareces estar en tu mundo.

Drew le agarró la mano antes de que ella pudiera retirarla.

–Toca mi frente, Frannie. Está caliente, ¿verdad? Creo que estoy pillando fiebre.

Ella le palpó la frente con el dorso de la mano. El pequeño estremecimiento de Drew al tacto la complació.

–No, no está muy caliente. Voy por el termómetro, pero seguro que no es fiebre.

–No, está bien –Drew no creía que pudiera soportar otra vez el balanceo de aquellas caderas–. Vamos a hablar.

Frannie se inclinó hacia delante y juntó los brazos. Las mejillas de Drew enrojecieron a la vista del escote.

–Bueno –dijo tras aclararse la garganta–, he pensado en una cosa.

–¿Lo de la cintura? –preguntó ella echándose hacia atrás.

–Eso mismo. Para atraer a un hombre, la medida de la cintura supone un serio porcentaje en la medida de las caderas.

–¿Cómo?

–Sí, en serio. Supone el sesenta por ciento, incluso el setenta. Es muy importante para quien desee quedarse embarazada, de modo que los hombres buscan eso… De un modo inconsciente, por supuesto.

–Por supuesto –hasta el subconsciente de los hombres era ridículo–. Entonces, ¿no importa lo delgada o gorda que se sea, siempre y cuando la proporción entre la cintura y las caderas esté dentro de los parámetros aceptados?

–Eso creo. En fin, no soy un sociólogo ni nada por el estilo.

No, no era un sociólogo. Drew Wiseman era un ingeniero medioambiental. Y condenadamente bueno. Cuando empezó el instituto, quince años atrás, era tan flaco y debilucho que necesitaba un amigo. Rick lo tomó bajo su protección, y a cambió recibió ayuda con las Matemáticas y la Física.

Drew no se desarrolló físicamente hasta los diecisiete años. Frannie tenía entonces doce años, por lo que sus hormonas empezaban a funcionar. Se fijó en el amigo de su hermano, y en secreto estuvo albergando esperanzas durante doce años.