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Mis problemas con las mujeres... Al soltero Luke DeForest le gustaban las mujeres cariñosas, divertidas y con curvas, pero se encontró con algo que no había deseado. La nueva mujer de su vida era gritona, gordita y gateaba, en definitiva, la pequeña Carolyn era más de lo que cualquier hombre soltero podía soportar. A pesar de no saber nada de pañales y biberones, Luke prometió cuidar a la pequeña huérfana, pero iba a necesitar ayuda. Fue entonces cuando se acordó de su dulce cuñada Marie. Pronto se dio cuenta de que la bella viuda era la respuesta a todas sus plegarias... excepto la de seguir soltero.
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Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2020
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Terry Parent Essig
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un soltero amenazado, n.º 1396- abril 2020
Título original: The Baby Magnet
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-169-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
MUY bien, te lo voy a volver a explicar antes de que lo hagas.
—¿Te importaría dejar de tratarme como a un niño pequeño?
—No te estoy tratando como a un niño pequeño. Nunca dejaría que un niño pequeño condujera mi coche, eso te lo aseguro. Salir de un aparcamiento puede ser difícil. Si tuerces el volante demasiado deprisa podrías darte con el coche de al lado. Tienes que dar marcha atrás despacio…
El tío Jason puso los ojos en blanco ante las explicaciones de su sobrina Marie Ferguson. A pesar de ser nueve años más joven que ella, era su tío.
—Sé hacerlo perfectamente, Marie. Lo he hecho mil veces.
—Hace solo un mes que tienes el permiso, así que dudo mucho que lo hayas hecho un millón de veces… ¡Cuidado! ¡No! ¡Dios mío! ¡Has salido sin mirar y le has dado a alguien!
Jason golpeó el volante y se puso a la defensiva, como todos los adolescentes del mundo, listo para echarle la culpa a cualquiera.
—¿Qué culpa tengo yo de que papá tenga un coche tan grande? Ya te dije que lo convencieras para que se deshiciera de él. Es un dinosaurio.
Marie suspiró y se masajeó las sienes.
—Ya te quejarás del coche del abuelo en otro momento, ¿de acuerdo? Ahora, tienes que salir y pedirle al otro conductor los datos de su seguro —dijo abriendo la puerta del coche y saliendo—. Por favor, que no sea nadie de mal humor —añadió—. La tarde no ha hecho más que comenzar…
Forzó una amable sonrisa y fue hacia el otro conductor rezando para que fuera amable. En cuanto vio el parachoques del coche de su abuelo empotrado en el otro vehículo, supo que no iba a haber suerte.
—Madre mía —susurró pensando que iba a ser imposible que el contrario quisiera hacer un parte amistoso.
El hombre se bajó del coche. Era altísimo y de espaldas anchas, pero el sol estaba alto y no le veía la cara.
—Jason, haz el favor de salir del coche y pedir perdón inmediatamente. Suplica, ruega, prométele tu alma, lo que sea, pero haz algo.
¿Por qué no podía ser una abuelita amable y sonriente? No, tenía que ser aquel tipo enorme que no debía de saber sonreír siquiera.
Luke DeForest apretó las mandíbulas y cerró la puerta del coche con fuerza. Aquello era lo último que necesitaba aquel día. Estaba enfadado, llegaba tarde y, para colmo, aquello…
Dio un puñetazo en el maletero y observó a la pareja que iba hacia él. «Paciencia», se dijo. Ha sido un accidente. El chico no lo había hecho adrede, no había elegido aquel día aposta para destrozarle su coche nuevo.
Seguro que no había sido para tanto. Miró el vehículo de sus sueños. Sí, sí lo había sido. No se podía conducir.
Tomó aire y miró al chaval. Era realmente joven. ¿Sería que él se estaría haciendo demasiado mayor? No, imposible, solo tenía treinta y cuatro años. Aquel jovencito iba vestido de adolescente, pero tenía cara de tener diez años.
Luke miró a la mujer que lo acompañaba. Ella sí parecería tener edad legal para conducir. Era alta y delgada, pelirroja, de tez pálida y ojos azules. Se parecía increíblemente a la mujer de su hermano. La miró atentamente. ¡Pero si era ella!
—¿Marie?
Marie no se lo podía creer. No podía ser. Suspiró. No tenía suficiente con el infierno en el que se había convertido su vida como para que Jason chocara el coche del abuelo contra el de su cuñado. Estupendo.
El hermano de Wade apenas había ido a verlos después de la boda y no creía que le hiciera mucha gracia verla en aquellas circunstancias tampoco.
—¿Luke?
—Sí, soy yo.
—¿Qué haces por aquí? Creí que vivías en Michigan —dijo Marie pensando que, si se hubiera quedado allí, Jason jamás habría chocado contra él.
Jason tenía razón. El accidente no había sido culpa suya sino de Luke. Luke no vivía allí, en Elkhart, Indiana, sino muy lejos. Cuanto más lejos mejor.
Lo último que necesitaba era recordar su antigua vida en la que Luke, el guapísimo Luke, siempre la había hecho sentir como una adolescente alocadamente enamorada. Menos mal que nadie lo sabía. Jamás se lo había contado a nadie. Había conocido primero a Wade. Qué se le iba a hacer…
—¿Tiene edad suficiente para conducir? —preguntó Luke mirando a Jason—. Me voy a enfadar un poco de lo contrario.
Marie tragó saliva.
—Sí, sí —le aseguró—. Jason tiene quince años y medio. Tiene el permiso, no el carné, pero ya sabes que, mientras haya una persona con carné en el coche con él puede conducir.
Jason, visiblemente insultado, se había apresurado a sacarse el mencionado permiso del bolsillo.
—¿Tienes seguro? —le preguntó Luke muy serio.
—Claro —contestó el adolescente volviéndose hacia Marie—. ¿Verdad?
—Verdad —asintió ella—. No te preocupes, Luke, todo está en regla —añadió acercándose y tendiéndole la mano—. ¿Cómo estás? Hacía tiempo que no te veía.
«Desde el entierro de tu hermano», añadió mentalmente.
Luke le estrechó la mano con gesto nervioso y rápido. Menos mal que no lo había abrazado. ¿Cómo había podido sentirse atraída antaño por él?
—No sé si te acordarás de mi tío, Jason Fort. Lo conociste en la boda y en el… entierro.
Luke asintió.
—No te habría reconocido —admitió—. Bueno, Jason, tenemos un pequeño problema, ¿verdad? —añadió mirando su flamante y golpeado deportivo rojo.
—Sí, señor.
—Nada que no se pueda arreglar, ¿no? —preguntó Marie.
Luke gruñó.
Eso debía de ser un sí.
—Supongo que sí —dijo al cabo de un rato mirando los daños—, pero lo voy a tener que dejar aquí. No me lo puedo llevar a Kalamazoo así.
—¿Eh?
—Espero que Jason y tú no tengáis planes para la tarde y, si los tenéis, los cambiáis. El coche se queda aquí, ya me ocuparé de él cuando volvamos.
Marie miró a su cuñado estupefacta.
—¿Cómo? ¿Qué quiere decir eso? Yo solo quiero tumbarme y tomarme un par de aspirinas.
—Pues lo siento, no haber dejado a Jason al volante.
—Si hubiera sabido lo que iba a pasar, no lo habría hecho —murmuró apretando los puños.
Hombres. Estaba rodeado por ellos y la volvían loca. En cuanto su abuelo volviera del hospital y no necesitara el andador, se metería en un convento. Y aquella vez lo decía en serio.
Luke se encogió de hombros y miró el reloj. Maldición. Tenía que ser Marie. Qué guapa era aquella mujer. Siempre lo había sido. Había sido lo único que le había envidiado en su vida a su hermano, que, por lo demás, había llevado una existencia de lo más superficial. Su mujer debía de ser igual de frívola que él, así que, ¿por qué se fijaba en ella? No merecía la pena.
—Tómate las aspirinas que necesites, nos vamos en cinco minutos —anunció—. Por favor, tráeme a mí también unas cuantas. Me está entrando una migraña terrible.
—Luke, siento mucho que te duela la cabeza, pero me parece que te estás volviendo un poco loco. Sé que te hemos dado en el coche y te aseguro que ahora mismo voy a llamar al seguro, pero…
—Te quedan tres minutos —la interrumpió él—. Hay que llegar a Kalamazoo y, por cierto, voy a conducir yo.
—¿Kalamazoo? No puedo…
—Claro que puedes. Me duele la cabeza y tengo el coche destrozado por vuestra culpa. Lo mínimo que podéis hacer es ayudarme para que llegue a tiempo a mi cita. ¡En marcha!
Marie cerró los ojos con resignación, se metió en el coche de su abuelo, lo puso en marcha y lo apartó del de Luke. Aquello era de locos.
—Quita —le dijo Luke haciéndole un gesto para que le dejara el volante.
—Muy bien, el supermacho va a conducir —se burló ella demasiado cansada como para discutir—. Todos sabemos que las mujeres conducimos fatal, ¿verdad?
—Me alegro de que lo tengas tan asumido —dijo Luke de malas pulgas—. Ponte el cinturón, por favor, que nos vamos.
—Sí, señor —gruñó Marie.
—¿Me podríais dejar en casa al pasar por la ciudad? —preguntó Jason.
«Ni por asomo», pensó Marie. ¿Por qué tenía que ser ella la única en sufrir las consecuencias de que no supiera conducir?
—No hay tiempo —contestó Luke acelerando a toda prisa.
Al cabo de un rato, Marie tuvo que admitir que Luke conducía estupendamente, nada que ver con Wade, que conducía como un loco. Así había muerto, claro. Menos mal que aquel día no iba ella con él.
Poco a poco, Marie comenzó a relajarse. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Incluso se le estaba pasando el dolor de cabeza.
—Idiota —exclamó Luke frenando.
Al hacerlo, una bolsa que iba en el asiento trasero se cayó y Jason recogió el contenido.
—Eres un poco mayorcito para jugar con ositos de peluche, ¿no? —bromeó.
—Es para la cita.
—¿Qué tipo de cita tienes que llevas un osito de peluche? —preguntó Marie nerviosa de nuevo—. ¿Y una mantita? —añadió girándose y viendo que Jason la estaba guardando en aquel momento?—. ¿Vas al orfanato de Kalamazoo o qué?
—No, voy a recoger a mi, eh, hija —contestó sonrojándose—. Y antes tengo que hablar con los asistentes sociales.
Marie lo miró con los ojos muy abiertos. Para empezar, no sabía que tuviera hijos.
—¿Cuántos años tiene la niña?
—Dos, creo.
¿Creo? ¿No sabía la edad que tenía su hija? Bueno, no era asunto suyo, ¿no? Ella lo único que quería era terminar con aquello cuanto antes y adiós.
¿Y por qué estaría al cuidado de los servicios sociales?
—¿Y cómo se llama?
—Carolyn.
—Es bonito.
—No está mal.
—¿No te gusta?
—No mucho.
—Entonces, ¿por qué se lo has puesto? —preguntó Marie sintiendo que le volvía el dolor de cabeza.
—No se lo puse yo sino su madre. A mí, nadie me dejó opinar.
La mujer debía de ser luchadora de sumo para conseguir que Luke DeForest no opinara, pero decidió no preguntar más. El día ya había sido suficientemente surrealista como para querer complicarlo más.
—¿Qué hacemos Jason y yo mientras tú estés en la reunión?
—No lo sé. Leed algo.
—¿Qué quieres que leamos? Por si no te acuerdas, nos has raptado en el aparcamiento del centro comercial.
—Pues pasead.
—¿Vamos a una zona segura?
—No lo sé, no he estado nunca.
—Muy bien, estupendo. Me voy a echar una siesta. Despiértame cuando la pesadilla haya terminado —dijo cerrando los ojos y cruzando los brazos.
—Marie está un poco nerviosa últimamente —dijo Jason desde el asiento de atrás—. Tienes que aprender a ignorarla, como hago yo.
Marie no abrió los ojos, pero gruñó para dejarle claro a su tío lo que opinaba de aquel comentario.
—Tal vez no deberías ignorarla demasiado, jovencito. Sobre todo, cuando te esté dando instrucciones de cómo conducir —le recomendó Luke.
Marie estaba completamente de acuerdo.
—En cuanto a aprender a ignorarla, no va a ser necesario porque no nos vemos mucho —añadió Luke.
Marie también estaba de acuerdo con eso y rezó para que siguiera así.
Al final, se quedó dormida de verdad.
Cuando se despertó, se encontró en una calle sombreada con las ventanillas un poco bajadas para que entrara aire y estaba sola.
¿Dónde se encontraba?
Miró hacia atrás y vio a Jason con los auriculares puestos a todo volumen.
—¿Dónde está Luke?
Jason le señaló el edificio de enfrente.
—Te vas a quedar sordo, ¿lo sabes, verdad?
Jason se señaló los oídos y se encogió de hombros. Obviamente no la oía.
Marie suspiró y se giró. Menos mal que eran auriculares y no la sometía a la tortura de tener que oírlo ella también.
Marie miró el reloj. Había dormido cuarenta y cinco minutos. No era de extrañar que le doliera el cuello. Últimamente se quedaba dormida en cualquier sitio y se le había retirado el período.
Debía de ser el estrés. Por favor, que fuera el estrés.
Se desabrochó el cinturón y salió del coche. Necesitaba estirarse un poco. Se paseó por la calle arriba y abajo un buen rato hasta que oyó unos chillidos tremendos.
Debían de estar violando a un puñado de mujeres, pero, ¿dónde? Miró a su alrededor y lo único que vio fue a Luke con un bebé en brazos.
En lugar de llevarlo pegado al pecho, lo llevaba distanciado. El muy canalla no quería saber nada de su hija, que era la que estaba chillando a pleno pulmón.
—Curioso, curioso —murmuró yendo hacia él—. Ya, ya —le dijo a la pequeña acariciándole la espalda y colocándola más cerca de Luke, que puso cara de pocos amigos—. Ya está, preciosa. Estás con papá y todo va a ir bien —añadió dándole un golpe a Luke en las costillas para que dijera algo.
—¡Ay! —exclamó Luke. Aquella mujer no le había acarreado más que complicaciones desde que se la había encontrado—. ¿Qué quieres que haga? Sí, Carolyn, Marie tiene razón. Papá lo tiene todo controlado.
Eso le habría gustado a él, claro.
—Deja de llorar. Llorando no vas a conseguir cambiar nada. Si paras de llorar y lo piensas…
Marie le arrebató a la niña y la estrechó contra su pecho.
—Ven aquí, preciosa, con la tía Marie —dijo acunándola—. Ya está, ya está…
Luke puso los ojos en blanco.
—Madre mía…
Marie le dedicó una mirada bien dura.
—Tráeme la manta.
—Carolyn, deja de llorar ya. Nos estás dejando sordos. ¿Qué dices, Marie? —preguntó Luke por encima de los chillidos de la niña.
—Que me traigas la manta —repitió ella con paciencia.
—¿Para qué? Pero si está toda roja y acalorada.
—¡Tráeme la manta inmediatamente! —estalló Marie—. Todos los niños tienen una. Les calma. Tú seguramente tendrías una de pequeño. Aunque, claro, si no la tenías, ahora entiendo por qué eres así…
—Muy bien, muy bien —dijo él apartándose—, pero si tan bien se te dan los niños, ¿por qué gritas? ¿No ves que la has hecho llorar más fuerte?
Marie apretó los dientes. Le habría encantado devolverle a la niña y ver cómo se las apañaba, pero les quedaba una hora de coche de vuelta y el llanto de la pequeña le estaba empezando a poner nerviosa. Lo primero era calmarla.
—Ya, ya, preciosa. Es que, a veces, los hombres solo entienden los gritos, ¿sabes? —le dijo acariciándole la espalda—. Ya verás, cuando seas mayor, me darás la razón. Los hombres son bobos —añadió yendo hacia el coche—. Ahora te voy a presentar a un ejemplar de un grupo especialmente horrible, el Homo Sapiens Adolescenti. El peor de todos. Recuérdalo cuando tengas dieciséis años, ¿de acuerdo? Aléjate de ellos. Te ahorrarás muchos problemas.
Al llegar al coche, Luke le tendió la manta.
—Pónsela encima —le indicó Marie—. Con el raso en la mejilla, es importante.
—Bien, pero te sigo diciendo que está sofocada —contestó obedeciendo—. ¿Qué tal?
Carolyn se calló al instante.
Marie suspiró.
—Estupendo —contestó.
Luke sonrió a regañadientes.
—Voy a por la sillita. Ahora vuelvo.
—Cobarde —sonrió Marie.
Carolyn estaba agotada y se quedó dormida en cuanto el coche se puso en marcha.
—Bueno, una cosa hecha —comentó Luke al llegar a su casa—. Tengo tiempo de llamar a la grúa para que vayan a buscar mi coche a tu casa. Mañana, me tienes que pasar a buscar para ir a alquilar otro.
Marie suspiró. No podía decir que no. El accidente había sido culpa suya.
—Muy bien.
—Llama a tu aseguradora en cuanto llegues a casa. Así, cuando nos veamos mañana, podremos darnos los datos y pasar por la comisaría.
—Sí, sí —contestó Marie asqueada. No le apetecía tener que ver a aquel ser inaguantable que le recordaba una etapa de su vida que no quería recordar—. ¿A las doce te va bien?
—Sí. Hasta mañana.
Marie puso el coche en marcha mientras esperaba a que Jason ayudara a Luke a sacar todas las cosas de Carolyn. Estaba impaciente por irse de allí cuanto antes.
Luke DeForest solo podía acarrearle complicaciones.
JASON abrió la puerta del conductor.
—Conduzco yo —anunció.
«Por encima de mi cadáver», pensó Marie.
—No, Jason, conduzco yo —le aclaró—. Ya he tenido suficiente con un accidente.
Jason puso los ojos en blanco.
—No lo dirás en serio… Venga…
