Cabaret místico - Alejandro Jodorowsky - E-Book

Cabaret místico E-Book

Alejandro Jodorowsky

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Beschreibung

En la encrucijada entre la psicoterapia y el teatro, el «cabaret místico» de Jodorowsky ha sido durante años la cita semanal de los buscadores de sentido. La «sabiduría de los chistes» que nos presenta en este libro es el resultado de esta ya legendaria práctica. Tras abandonar dos años el mundo creativo, hastiado de producir obras que él mismo consideraba como «espejo de sus egos», Jodorowsky decidió iniciar un proyecto, tan peculiar como atractivo, que duró más de veinte años: una vez por semana, en un pequeño dojo, y a manera de terapia colectiva, daba conferencias gratuitas en las que reflejaba el resultado de sus búsquedas teatrales. Pronto, la premisa de Wittgenstein de que «el saber y la risa se confunden» animó al autor a incorporar chistes que amenizaban las charlas sobre su aprendizaje y su personal interpretación de los textos sagrados, del Tarot y de diversas obras sufíes, budistas, alquímicas, haikus, cuentos de hadas y teorías psicoanalíticas, entre otras.   Cabaret místico reúne algunos de estos encuentros; más de un centenar de chistes e historias iniciáticas conforman la base a partir de la cual el icónico maestro analiza al ser humano sin su «máscara» y con todos sus problemas, miedos, inseguridades y carencias. Los numerosos ejemplos y comentarios que ofrece Jodorowsky sobre las causas que impiden nuestra felicidad y nuestro desarrollo hacia una consciencia plena ayudarán al lector a sanar la relación consigo mismo, con los demás, con la vida y con su entorno.

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Seitenzahl: 369

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Índice

Prólogo, Alejandro Jodorowsky

Cabaret místico

1. Quien siembra proyecciones cosecha enfermedades

2. El cuerpo, el alma y el espíritu

3. Los dientes del perro

4. ¡Ternera otra vez!

5. Un modelo que no se debe imitar

6. La clase de conducir

7. Ciclos repetitivos

8. El precio justo

9. Obligar a recibir

10. No hay méritos

11. Desviaciones de la personalidad

12. Si te golpean una mejilla...

13. Anatomía de la pareja

14. Tomar el barco

15. Una buena noticia

16. Niveles de Consciencia

17. El milagro

18. Bolas chinas, esferas de ch'i

19. La tradición

20. El baile de los mentirosos

21. Saber escuchar

22. Chistes para niños

23. Chistes para adultos

24. Ser lo que se es

25. Aproximaciones

26. Magia en el pensamiento

27. La doma del elefante

28. Niveles de vida

29. La felicidad de envejecer

Créditos

Prólogo

Cuando me sentí cansado de parir obras que eran sólo espejo de mis egos, abandoné durante dos años el arte. Al olvidarme de mí mismo, me cayó encima el dolor del mundo. Envueltos en su laborioso acontecer, no siendo sino pareciendo, los ciudadanos, como yo, habían perdido la alegría de vivir. Amortiguados por drogas, café, tabaco, alcohol, azúcar, exceso de carne, desengañados de la política, la religión, la ciencia, la economía, las guerras «patrióticas», la cultura, la familia, tristes animales sin finalidad con máscaras de satisfechos, nos paseábamos por las calles de un planeta al que sabíamos que poco a poco íbamos envenenando. La enfermedad de nuestra sociedad era profunda. Un antiguo cuento chino me sacó del abismo:

Una gran montaña cubre con su sombra una pequeña aldea. Por falta de rayos solares los niños crecen raquíticos. Un buen día los aldeanos ven al más anciano de ellos dirigirse hacia los límites del pueblo, llevando una cuchara de loza en las manos.

–¿A dónde vas? –le preguntan. Responde:

–Voy a la montaña.

–¿Para qué?

–Para desplazarla.

–¿Con qué?

–Con esta cuchara.

–¡Estás loco! ¡Nunca podrás!

–No estoy loco: sé que nunca podré, pero alguien tiene que comenzar.

El mensaje de este cuento me impulsó a la acción. Me dije: «No puedo cambiar el mundo pero sí puedo empezar a cambiarlo». Y sin tardar conseguí que un amigo mío, campeón de karate, me prestara su dojo [recinto sagrado para el entrenamiento] una vez por semana. Comencé a dar conferencias gratuitas los miércoles. Por sentido del humor, las definí como un servicio individual de salud pública. Me propuse realizar durante hora y media una terapia colectiva, aplicando el resultado de mis búsquedas teatrales. El actor (en este caso yo) no debía ser un hombre que tratara de interpretar un personaje, sino una persona (convertida en personaje por su familia, su sociedad y su cultura) tratando de encontrarse a sí misma... Eliminé los decorados, el texto aprendido de memoria, los cambios de luces, los disfraces, los acompañamientos musicales, e incluso limité el escenario. Nunca me otorgué un suelo de más de dos metros de ancho por uno de largo. Poco a poco se fue creando un público que, heroicamente, se quitaba los zapatos y se sentaba en el suelo durante hora y media. Antes de comenzar a hablar les pedía que se tomaran del dedo meñique formando una cadena, luego que suspiraran cuatro veces sintiendo que se liberaban de las tensiones de su cuerpo, de la urgencia de sus deseos, de las oleadas de sus emociones y del incesante coro de sus pensamientos. Finalmente les pedía que estiraran los brazos con las palmas dirigidas hacia mí para que me bendijeran y diesen el poder de comunicarles algo útil y sanador... Fiel a mi decisión, sin abandonar nunca, he dado estas charlas, con la sala del dojo llena, durante más de veinte años.

Cada conferencia era el resumen de aquello que había aprendido en mis lecturas de la semana más la interpretación de los símbolos de una carta del Tarot, más (siguiendo el lema «Lo que das, te lo das; y lo que no das, te lo quitas») la descripción de mis íntimos trabajos para llegar a mí mismo y, por último, como fin de fiesta, la explicación de un texto sagrado y su aplicación de manera útil a la vida cotidiana. Guiado por los tres principales consejos de la BhagavadGita («Piensa en la obra y no en el fruto», «Identifícate con el Yo esencial, tu Dios interior» y «Realiza siempre lo que debe ser hecho como un sacrificio sagrado, liberándote de cualquier atadura»), analicé hexagramas del I Ching, poemas del Tao te king, algunos Upanishad, el Génesis y los Evangelios, textos sufíes, budistas, alquímicos, koans, haikus, fábulas, cuentos de hadas, semánticas no-aristotélicas, teorías psicoanalíticas, etc. Cierta vez, desentrañando pensamientos del filósofo Ludwig Wittgenstein, encontré uno que me pareció de suma importancia: «El saber y la risa se confunden». Decidí entonces incluir chistes en mis conferencias, a las que denominé «Cabaret místico», junto a la interpretación de textos sagrados e historias iniciáticas.

Un símbolo no concede un mensaje preciso, actúa como un espejo que refleja el nivel de Consciencia del buscador. En el cristianismo no hay una sola cruz, sino infinitas: para unos es un objeto de tortura, para otros el cruce del espacio y el tiempo, el árbol de la vida, el signo más, etc. Los textos sagrados pueden originar múltiples comentarios; esto lo saben muy bien los cabalistas, que extraen de la Biblia caprichosas revelaciones. Varias generaciones de psicoanalistas han encontrado enseñanzas en los sueños y en los cuentos de hadas. Entonces, me dije que no hay, en sí, textos sagrados; lo sagrado lo otorga el lector. La verdad no está en un libro sino en el espíritu de quien, usando como apoyo el símbolo, descubre en las profundidades de su ser ese misterio esencial que es su genuino Maestro. Si es así, ¿por qué no ir a buscar la sabiduría en el arte literario más humilde de todos?: el chiste. ¿Por qué no tratar estos cuentecillos como si fueran textos iniciáticos? Son anónimos, tienen por finalidad provocar la risa sanadora, hunden sus raíces en el inconsciente, transportan un sentido crítico y una filosofía natural... Comencé por éste:

La inquilina de un gran inmueble va a la clínica a visitar a la conserje del edificio, que acaba de parir.

–Si me lo permite –dice asombrada la inquilina–, le voy a hacer una pregunta indiscreta: es usted soltera, ¿verdad?

–En efecto –responde la conserje.

–¿Y quién es el feliz papá de este nene?

–Sobre eso –contesta la conserje– no sé nada en absoluto. ¡Usted sabe perfectamente que, cuando limpio las escaleras, estoy demasiado ocupada como para darme la vuelta en cada ocasión!

Comparé este chiste con una historia del sabio idiota Mulá Nasrudín, considerada por ciertos maestros sufíes como iniciática:

Mulá Nasrudín, sentado a la sombra, mira el camino en tanto que su mujer, sentada a su lado pero vuelta de espaldas, mira hacia el otro lado. De pronto, ella comenta a su marido:

–¡Cuánta belleza! Hay muchos pájaros y las nubes son maravillosas. ¡Es un paisaje espléndido!

–Te equivocas, como de costumbre. ¡Es un paisaje triste: por mi lado no hay nubes ni pájaros! –gruñe Nasrudín.

El hombre no hace el menor esfuerzo por mirar hacia el lado de su mujer, se limita a ver su mundo. Del mismo modo, la conserje no presta ninguna atención a lo que ocurre a sus espaldas. Ambos se ocupan exclusivamente de su limitado punto de vista, y lo que sucede a su alrededor no les concierne. Sin embargo, sufren las consecuencias de ello.

¿Cuál es la dimensión del mundo de una conserje que limpia las escaleras y se encuentra encinta porque no se da la vuelta? ¿Cuál es la dimensión de nuestro mundo? ¿Somos capaces de ver «la realidad» desde diferentes puntos de vista o nos enfrascamos en uno solo creyendo que los otros no existen? En esta sociedad donde hemos perdido el significado profundo de la tradición religiosa y donde Dios representa un complemento infantil que se nos inculca en nuestros primeros años de vida, ¿podemos describir a esa divinidad de la cual solemos hablar? ¿Cómo la vemos? ¿Qué representa para nosotros? Al describir a Dios no hago otra cosa que describir mi realidad. Si Dios existe en alguna parte, está aquí. Si el infierno existe, también está aquí. Todo lo que no está aquí no está en ninguna parte. Todo lo que es, sólo existe en este instante. Entonces, ¡si en este instante todo está presente, debo sentir lo que es el instante para mí, con su tiempo, su espacio y su posible creador! Si Dios no existe, debo inventarlo. Y si soy incapaz de ello, ¿en qué principio se basa mi realidad? ¿Cuál es la energía que la rige y qué consecuencias extraigo de ello?

Nos dan ganas de preguntar a la conserje del chiste: «¿Quién es el bebé que llevas en el vientre? De una u otra manera te vas a encontrar con que estás encinta de un producto del que no percibes toda la realidad, con que no te das la vuelta, con que no concibes lo que el otro piensa. Tú no imaginas casi nada, ni los millones de millones de años del pasado ni los millones de millones de años del futuro, ni la extensión infinita de la materia ni la Conciencia sin límites que ésta encierra. ¿Dónde te sitúas? ¿Cuál es tu verdadera realidad? ¿Y si llamaras a tu bebé Dios interior?».

El primer paso que debemos dar para ampliar nuestra mirada hasta más allá de todos los horizontes, es inventar al Dios interior; un Dios que es diferente de aquel otro, ubicado en los cielos, impensable, inalcanzable, descrito por Michel Onfray en su Tratado de ateología:

Mortales, limitados, padeciendo sus obligaciones, los humanos, obsesionados por la completez, inventan una potencia dotada exactamente de sus cualidades opuestas: con sus defectos volteados como los dedos de un guante, fabrican cualidades ante las cuales se arrodillan y luego se prosternan. ¿Soy mortal? Dios es inmortal. ¿Soy finito? Dios es infinito. ¿Soy limitado? Dios es ilimitado. ¿No lo sé todo? Dios es omnisciente. ¿No lo puedo todo? Dios es omnipotente. ¿No estoy dotado del don de la ubicuidad? Dios es omnipresente. ¿He sido creado? Dios es increado. ¿Soy débil? Dios es todopoderoso. ¿Estoy en la tierra? Dios está en el cielo. ¿Soy imperfecto? Dios es perfecto. ¿No soy nada? Dios es todo. Etcétera.

Imaginemos ahora que no en un paraíso infantil sino en el centro (o en el fondo) de nuestro inconsciente se encuentra Dios. ¿De qué manera? Como creador y destructor de cada una de nuestras células. Transformador de nuestras experiencias internas en consciencia sublime. Poseedor de la llave de cada una de nuestras ignorancias, aquello que se nos presenta como secreto salvador. Bálsamo seguro para nuestro corazón adolorido. Remedio supremo para cada enfermedad. Aquel que nos enseña a amar a todos los seres, sin distinción...

Este íntimo ser debe servirnos de modelo. Dado que día tras día inventamos nuestra realidad, así también podemos inventar nuestra divinidad:

Yo soy inmortal, sencillamente porque la muerte es sólo un concepto. Nada desaparece, todo cambia. Si acepto mis incesantes transformaciones, entro en la eternidad. Yo soy infinito porque mi cuerpo, mascarón de proa del universo, no termina en mi piel: se extiende sin límites. Yo lo sé todo porque no sólo soy mi intelecto sino también mi inconsciente, formado por la energía oscura que sostiene a los mundos, no soy sólo las diez células cerebrales que empleo cotidianamente, sino también los millones de neuronas que forman mi cerebro. Soy omnipotente cuando ceso de encerrarme como individuo y me identifico con la humanidad entera. Soy omnipresente porque, junto con todos los otros seres, formo parte de la unidad: lo que sucede, aunque sea en el lugar más lejano, me sucede. Soy increado porque antes de ser un organismo fui materia ígnea, antimateria, energía, vacuidad. Mi carne está formada por residuos de estrellas que tienen millones de años. Estoy en el cielo porque mi tierra es un navío que recorre un universo que a su vez recorre incontables otras dimensiones. Soy perfecto porque he domado mis egos haciendo que se unan a la perfección del cosmos. Yo soy todo porque soy al mismo tiempo yo y los otros.

Este primer intento de buscar la sabiduría de los chistes tuvo una buena acogida, lo que me dio ánimos para continuar. Me dediqué a explorar en los libros de humor que encontraba en los aeropuertos, en revistas infantiles, en las apariciones de humoristas en televisión, en cualquier reunión con amigos o de negocios. Me bastaba preguntar a mi interlocutor «¿Sabes algún chiste?» para verlo, entre risas, contar humildes y geniales cuentecillos en los que, más de una vez, asomaba el brillante astro de lo sagrado.

A un buscador de la verdad le cuentan que existen flores que brillan tanto como el sol. Comienza infructuosamente a buscarlas. Se le convierten en una obsesión. Durante años recorre el planeta rastreando esas luminosas flores sin encontrar ninguna. Decepcionado, convencido de que no existen, se sienta al borde de un camino con la decisión de ayunar hasta morir de hambre. Al cabo de unos días ve pasar a un viejo campesino llevando en sus brazos un enorme ramo de flores que brillan tanto como el sol. Asombrado, le pregunta:

–Dígame, buen hombre, ¿cómo puede usted encontrar tantas de estas flores cuando yo, a pesar de haber recorrido el mundo entero, nunca las vi?

–Muy fácil –responde el viejo–: por la mañana, apenas me despierto, miro fijamente el sol. Luego, veo estas flores por todas partes.

Si concebimos al Dios interior, todo lo que cae en nuestras manos, todo lo que escuchamos, vemos, experimentamos, puede convertirse en símbolo y objeto de sabiduría. Lo despreciado no tiene por qué ser obligatoriamente despreciable.

En un monasterio, un anciano prior, verdadero santo, no logra ocultar su tristeza.

–¿Por qué está tan triste, padre? –le pregunta un joven monje.

–Porque comienzo a dudar de la inteligencia de mis hermanos respecto a las grandes realidades de Dios. Ya es la tercera vez que les he mostrado un trozo de lino sobre el que he dibujado un pequeño punto rojo, pidiéndoles que me digan lo que ven. Me han respondido todos «un pequeño punto rojo», pero nunca «un trozo de lino».

Alejandro Jodorowsky

Cabaret místico

1. Quien siembra proyecciones

cosecha enfermedades

El día en que Jesucristo cumple treinta años, los apóstoles, queriendo agasajarlo, le dicen:

–Maestro, tú, como nosotros, tienes un cuerpo dotado con un sexo. Sin embargo nunca has hecho el amor. ¿No te parece fundamental intentar esa experiencia?

–Por supuesto, amados discípulos. Pero ¿con quién?

–Muy fácil, Maestro. Daremos dinero a Magdalena y ella te iniciará.

Así lo hacen. Magdalena, sonriente, deja entrar a Jesús en su humilde cabaña. Cuando se cierra la puerta, los apóstoles se sientan frente a ella disponiéndose a esperar por lo menos dos horas la salida satisfecha del Maestro. Pero no ha pasado un minuto cuando la puerta se abre violentamente. Ven salir a Magdalena con los cabellos erizados, que huye hacia el desierto dando gritos. Jesús aparece desconcertado.

–¿Qué ocurrió, Maestro?

–No sé... No entiendo su extraña reacción.

–Cuéntanos, por favor...

–Bien... Entré... Ella me sonrió y yo le sonreí... Ella me abrazó y yo la abracé... Ella me besó y yo la besé... Ella me acarició y yo la acaricié... Ella me desvistió y yo la desvestí. ¡Entonces vi que entre las piernas tenía una herida y la curé!

Este chiste está basado en esa concepción enferma que la sociedad masculina tiene de la mujer, viéndola como un hombre castrado. En México, entre otros nombres, a la vulva se la llama «el hachazo» y en Chile «la raja». En este cuentecillo Jesús se comporta como un ignorante bienintencionado. Por desgracia muchos terapeutas, médicos, curanderos y tarólogos hacen igual... Creen que el mundo es como piensan que es, sin darse cuenta de que esa «realidad» es como si fuese un símbolo: es decir, cada cual se forma de ella una imagen que corresponde a su herencia genética, familiar, social y cultural. En un mar de proyecciones e introyecciones el individuo padece, al mismo tiempo que todos los demás, un destino general deformado por la estructura de su personalidad; y decir «personalidad» es decir «trastorno».

En el clima psicológico familiar, en el que desde su nacimiento se sumerge el niño, se mezclan ideas locas con sentimientos desviados, deseos frustrados y acciones guiadas por concepciones antiguas que no se corresponden con los cambios actuales. Se le inculca al niño que debe ser como sus padres y otros familiares estiman que debe ser. Si no obedece estas normas, es considerado un traidor o un enfermo. Con silencios envenenados se le repite: «Es malo no parecerse a nosotros», «Es malo realizar lo que nosotros no pudimos lograr», «Es malo entregarse a aquello que nosotros no nos atrevimos a desear», «Es malo haber nacido porque te convertiste en una carga», «Es malo que no te sacrifiques por nosotros porque nosotros nos sacrificamos por ti». En resumen: «Es malo que quieras ser tú mismo». Debido a que se nos inculca que somos culpables de ser lo que somos, nos sumergimos en una dolorosa neurosis de fracaso.

Hay que tener cuidado con aquellos terapeutas que utilizan a sus pacientes para asegurarse de que su propia enfermedad es la salud. (Sigmund Freud, a pesar de haber contraído un cáncer en la mandíbula, siguió fumando de quince a veinte puros diarios.) O con aquellos otros que piensan que lo que creen es la verdad.

Un hombre, apenas ha salido de su casa, siente que se ahoga y su rostro se cubre de manchas rojas. Consulta con un médico, quien diagnostica una úlcera y le corta un trozo de estómago. Pero eso no hace que mejore: continúa sintiendo molestias. Un especialista, afirmando que se trata de un problema respiratorio, le extrae el pulmón derecho. Un segundo especialista, creyendo que es un cáncer de hígado, se lo cambia por otro. Por desgracia su enfermedad continúa: en cuanto sale de su hogar por la mañana, enrojece y se sofoca.

Por último, un eminente profesor le dice:

–Señor, no le ocultaré la verdad: es muy grave. Le quedan sólo tres meses de vida...

El pobre quiere aprovechar el tiempo que le resta. Vende todo lo que tiene, se compra un coche deportivo y decide vestirse a la moda. Después de adquirir una docena de trajes, entra en una camisería y pide al vendedor camisas de seda de todos los colores del número 40 de cuello.

–Pienso que su talla es la 42 –dice el vendedor.

–Mire, yo conozco mi cuerpo. La medida de mi cuello es un 40.

–¿Me permite que lo verifique?

–¡Es inútil! Siempre he usado camisas con cuello del 40. Insisto: deme una docena del 40.

–De acuerdo, con mucho gusto, señor. Pero se lo advierto: cinco minutos después de haberse abrochado el cuello de la camisa, la cara se le llenará de manchas rojas y sentirá que se ahoga.

También debemos desconfiar de los terapeutas que, dominados por un ego delirante, de pronto se convierten en profetas o gurús:

Un hombre que tiene una crisis de hemorroides va a ver a un médico. Éste le dice:

–Le voy a dar un antiguo remedio para atenuar el dolor: durante tres días, cada cuatro horas, póngase en el ano una cataplasma de posos de café turco. Verá como es muy eficaz.

El hombre así lo hace. Pasados los tres días regresa a la consulta. El médico le pide que se desvista, que se arrodille en la camilla y que levante muy alto sus nalgas. Después se pone a observarle el ano. Al cabo de cinco minutos, el paciente, algo inquieto, pregunta:

–Doctor, ¿ve usted algo?

–Veo... Una cita con una mujer rubia. Llegada de dinero inesperado. Un cambio importante en su trabajo. Un accidente de bicicleta...

El vidente «lee el futuro» pero es incapaz de curar la enfermedad. Tan sólo consigue eliminar los síntomas. Para sanarse, el enfermo tiene que comprender que la mayoría de las veces el origen de su padecimiento es de naturaleza psicológica. Esa enfermedad le da una forma de identidad, de pertenencia a quien lo enfermó: generalmente, algún miembro de su familia. La enfermedad es el único lazo que lo ata a los seres que él quiere, pero que no lo amaron en la forma en que él necesitaba ser querido. Si reconocemos que nunca nos amaron, comenzamos a sanarnos. Pero no queremos saberlo, porque el dolor sería tan grande que, aunque sanáramos, moriríamos. Queremos que nos den aspirinas, que sólo nos quiten el dolor físico, que nos calmen, que nos cuiden largo tiempo. En fin, deseamos que el doctor nos acaricie.

Un hombre llega llorando a la consulta del psicoanalista.

–¿Qué le pasa?

–Todas las noches sueño que un hombrecillo con chaqueta y sombrero rojos me viene a visitar y me propone: «¿Hacemos pipí juntos?». ¡Y yo me orino en la cama! ¡Ya no puedo más!

–Su caso no es grave –comenta el psicoanalista–. Le voy a dar una solución que lo va a liberar rápidamente. La próxima vez que el hombrecillo se le aparezca, respóndale: «¡Ya hice!», y no le volverá a molestar.

–¿Eso es todo?

–Sí. Repítase todo el día «ya hice», con el fin de condicionar su mente a esta contestación.

El hombre repite la frase a lo largo del día, en el metro, en la oficina, en el restaurante, etc., y también cuando se acuesta por la noche, antes de quedarse dormido.

A la mañana siguiente, regresa a ver al terapeuta.

–¿Qué pasó? ¿Practicó lo que le aconsejé? –indaga el especialista.

–¡Sí, innumerables veces! –responde entre sollozos el paciente.

–Vamos a ver, cuénteme con calma todo lo que ocurrió.

–Me dormí, y durante mi sueño el hombrecillo de la chaqueta y el sombrero rojos, presentándose como de costumbre, me dijo: «¿Hacemos pipí juntos?». Yo le respondí: «¡Ya hice!».

–¿Y luego? –pregunta el terapeuta.

–El hombrecillo me dijo: «Entonces, ¿hacemos caca juntos?».

Si tenemos un problema de incontinencia, el responsable de ello no es el hombrecillo vestido de rojo. Nuestra incontinencia es la manifestación de un problema que está en nosotros pero que no queremos enfrentar. En lugar de eso nos dirijimos a cualquier curandero, a fin de que nos dé una solución. Buscamos a alguien que nos diga cómo suprimir ese síntoma, pero en realidad nos escudamos detrás de él mismo. No queremos saber qué nos ocurre. Lo único que queremos es que no nos ocurra.

Si nuestro matrimonio va mal no nos preguntamos por qué va mal. Solamente pedimos que nuestra mujer regrese, que las cosas vuelvan a ser como antes. No deseamos cambiar. No deseamos hacer el trabajo de introspección, no deseamos evolucionar. ¡Ningún cambio que desestabilice esa concepción que tenemos de nosotros mismos y del mundo!

Cuando aceptamos seguir los métodos del gurú, el mal que conseguimos suprimir por un lado reaparece por otro. En verdad no hemos mejorado fundamentalmente nuestro estado. No se resuelve el problema cambiando un síntoma, sino trabajando en uno mismo.

Mulá Nasrudín llega a una aldea donde nadie lo conoce, haciéndose pasar por sabio.

–Queridos amigos, ¿tenéis algún problema?

–Sí, tenemos uno: hay una vaca que metió la cabeza en una vasija de arcilla y no podemos sacársela.

–Tráiganme un corderito asado –dice Nasrudín–. Tengo hambre y comiendo hallaré la solución.

Cuando termina de devorar al animalillo, eructa solemnemente y les dice:

–La solución es simple: corten la cabeza a la vaca.

Los campesinos, impresionados por ese hombre tan seguro de sus conocimientos, cortan la cabeza del vacuno. Luego regresan junto a Nasrudín:

–Ya le cortamos la testa a nuestro rumiante, pero aún no podemos sacarla de la vasija.

–Muy simple, queridos amigos, tomen un martillo y rompan esa vasija.

Todo el mundo felicita a Nasrudín, pensando «Comió y bebió en abundancia, incluso luego pidió dinero, costó muy caro: debe de ser un gran sabio».

Escuché en la radio a un cómico decir algo que, a pesar de ser injusto, sonaba verdadero: «La cirugía es una rama de la medicina que, en donde no puede curar, corta». Ciertos médicos que creen que sólo deben preocuparse del cuerpo de sus pacientes, ignorando por lo tanto la complejidad psicológica de éstos, tienden a eliminar los síntomas sin tratar de averiguar por qué se han producido. Extraer un tumor es aliviar al enfermo, pero no es sanarlo espiritualmente.

La enfermedad física puede ser un aviso del inconsciente para que el paciente afronte un problema psicológico determinado. Ante esta situación de conflicto, si el ego intelectual o el emocional o el libidinal no logran encarar la verdad, el cerebro creará un mal tratando de buscar en el cuerpo una solución al problema. Pero no debemos confundirnos: la enfermedad no es una solución a un problema, sino un intento de solucionarlo, invitándonos a enfrentar un conflicto que se ha mantenido secreto.

Dependiendo no sólo del cuerpo sino también de nuestros propios traumas intelectuales, emocionales y sexuales, ninguna enfermedad es semejante. Mi gripe no es tu gripe, no es su gripe... Cada persona, ante los mismos virus, reacciona de manera diferente. No se puede abstraer la enfermedad del terreno psicológico donde se produce.

Un viajero pregunta a Mulá Nasrudín:

–¿Qué distancia hay hasta el próximo pueblo?

Nasrudín no contesta. El viajero, ofendido, sigue su camino. Cuando ha recorrido doscientos metros, Nasrudín le grita:

–¡El próximo pueblo está a tres horas de camino!

–¿Y por qué no me lo dijo cuando se lo pregunté?

–¡Porque necesitaba saber a qué velocidad camina usted!

Los Maestros nos ayudan a encontrar el camino, pero sólo nosotros podemos recorrerlo. La energía infinita que existe en nuestro interior, luz central en los meandros del inconsciente, es la única que nos puede curar.

Podría decirse que la curación consiste (prescindiendo de las prohibiciones familiares, sociales y culturales) en el reconocimiento y la realización de lo que uno es... Pero no en la realización de lo que el médico es:

Una mujer muy atractiva acude a la consulta de un psicoanalista.

–Desnúdese completamente –le dice el médico.

Ella se despoja de todas sus ropas.

–¿Y ahora?

–Tiéndase en el sofá.

La mujer así lo hace. Entonces el psicoanalista se arroja sobre ella y la penetra. Cuando obtiene su placer, se retira y con calma le dice:

–Señorita, yo ya solucioné mi problema. Dígame ahora cuál es el suyo.

En el libro de divulgación Cómo sanar el suicidio, de un psicoanalista que por piedad no quiero nombrar, aparece esta elocuente afirmación: «Hay que dejar que la persona se cure ella misma. Por lo cual, como psicoanalistas, no debemos intervenir». ¡Muy bien, así el paciente tardará quince, veinte, treinta o más años en sanar! El siguiente chiste ilustra los beneficios de esta técnica:

Dice el consultante:

–Me siento mal.

El terapeuta le responde:

–Usted se siente mal.

–Creo que me voy a suicidar.

–Usted cree que se va a suicidar.

–Me levanto del sofá y abro la ventana.

–Usted se levanta del sofá y abre la ventana.

–Me tiro por la ventana.

–Usted se tira por la ventana.

–¡Pluf!

–Usted ha hecho ¡pluf!

Sigmund Freud no fue un artista, sino un médico genial que al comienzo de sus experiencias con mujeres histéricas cometió un error fundamental, error que a lo largo de sus ochenta y dos años de existencia nunca corrigió: creyó que su terapia se realizaba a través de la palabra, sin darse cuenta de que no se puede limitar la expresión de un ser humano sólo a su lenguaje oral. Comenzó trabajando con el doctor vienés Josef Breur, un buen hipnotizador, pero cuando él intentó usar sus métodos, fracasó. Sin darse cuenta de que carecía de talento para ese tipo de terapia, creyó que sus enfermas no estaban en buena disposición para ser hipnotizadas. Tratando de hacerlas caer en trance, es decir inmovilizándolas, decidió apoyarles una mano en la frente logrando así, en su opinión, buenos resultados. Creía que induciendo al paciente a que recordara su trauma, y lo expresara con palabras, acababa curándolo. «Curando los síntomas, acabo con los problemas.» Nunca concibió la importancia sanadora del hecho de que un arquetipo paterno, él, entrara en contacto con el cuerpo sufriente. Al fallarle la hipnosis, Freud escribe en sus Historiales clínicos:

En tal apuro, se me ocurrió recurrir al procedimiento de aplicar mis manos sobre la frente de la sujeto. Ejerciendo esa presión, despertaba yo en ella un recuerdo, surgía una sensación dolorosa, casi siempre tan intensa que la sujeto se contraía y llevaba sus manos al lugar correspondiente [...]. Durante esta penosa labor, muchas veces sucedía que la paciente no me comunicara ocurrencia alguna sino hasta después de imponer por tercera vez mis manos sobre su frente durante un par de segundos [...]. Sé, naturalmente, que podía sustituir esa presión por otra señal cualquiera, pero la he elegido por ser la que resulta más cómoda.

Freud no sospechaba la importancia que tiene tocar al paciente. No se le ocurrió en ningún momento poner su ser entero en ese contacto. Lo limitó a un par de segundos, el tiempo necesario para que su enferma hable: quiere obtener palabras. Desdeña el cuerpo, da existencia sólo a la cabeza; quiere que la persona bajo su influjo se concentre en su sufrimiento secreto y lo lleve al mundo racional. Piensa que el ser humano es un animal que habla. De la misma manera en que apoya sus manos en la frente, podría hacerlo en la espalda, en el pecho, en todo el cuerpo del que sufre, un ser que sólo ha conocido el contacto físico como proposición sexual, como castigo o como demostración de poder.

El problema de la curación psicoanalítica reside en el hecho de que el terapeuta no se permite tocar al paciente. Quizá se podría reducir todo el problema del enfermo al deseo de ser un niño acariciado por ese adulto que intenta curarlo. Pero el único contacto material entre el psicoanalista y su cliente es el dinero. Éste saca un billete que ha manoseado largo tiempo, y se lo pasa al analista. La única caricia que acontece es a través del dinero. Por eso el acto de pagar se hace tan importante.

Un hombre visita a un psicoanalista por primera vez. De inmediato éste le dice:

–Señor, la consulta cuesta cien euros y sólo tiene usted derecho a hacerme dos preguntas.

–Pero... ¿no cree usted que es muy caro?

–Quizá. ¿Cuál es su segunda pregunta?

Muchos niños padecen males psicológicos que arrastrarán hasta la madurez, porque sus padres no supieron acariciarlos con la debida ternura. Y, si éstos no lo hicieron, fue porque a su vez ellos no conocieron una auténtica ternura por parte de sus propios padres.

En un terapeuta, ¿qué es tocar bien? Acariciar sin brusquedad, sin deseos sexuales ocultos, sin demostración de poder, con infinita devoción, atención amable y bondad de madre-padre. El terapeuta debe tocar situándose en su Yo esencial, más allá de su personalidad, como un receptáculo lleno de energías puras.

...sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.

Marcos 16, 18

...por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo.

Hechos 8, 18

En los Evangelios, Jesucristo enseña a sus apóstoles la técnica de la imposición de manos. Si él no hubiera tocado a Pedro, nunca habría existido la Iglesia, por falta de transmisión. Sin contacto corporal no hay traspaso.

Durante siglos se han atribuido al tacto oscuras intenciones. Un padre o una madre pueden tener miedo de sus impulsos homosexuales o incestuosos, y acariciar a sus hijos con un amor mezclado de rechazo porque desconfían de sí mismos o porque, desvalorizándose, los desvalorizan. Si nuestros padres no han reconocido la divinidad de nuestro cuerpo, no podemos amarnos.

Para poder tocar bien a un ser, despertando en él su Yo esencial (que los Evangelios llaman «Espíritu Santo»), debemos concentrar en nuestras manos la fuerza corporal, libidi–nal, emocional y mental. Sentir en ellas el espacio infinito, el tiempo eterno, el amor inconmensurable que es raíz de la materia, la grandiosa alegría de la vida. Cuando tocamos al otro podemos transmitirle todo ello. Tocar es acompañar.

Viene a verme Marcela, una joven mexicana de hermosa piel morena y exuberantes formas. A pesar de que sabe que no concedo consultas privadas y que todos mis actos de psicomagia los hago en público, me acosa hasta conseguir verme a solas. Le pregunto:

–¿Por qué has deseado tanta privacidad? ¿Tienes algún secreto?

–Sí. Quiero hacer el amor con usted. Ése es mi problema.

No puedo mostrar una actitud de rechazo. Esta mujer ha venido desde muy lejos para decirme tal cosa. Le respondo con calma:

–Escúchame bien, te voy a abrazar para que te pegues a mí con toda tu energía sexual. No la retengas.

Entonces Marcela se comprime contra mí, como si tratara de incrustarse entera en mi cuerpo. Yo la recibo sin oponerle barreras, en un estado de vacío, sin ningún deseo de posesión. Cuanto más me da, más la acojo. Cuando se siente así recibida, se queda quieta. Le digo con dulzura:

–Ahora absorbe tu energía sexual, no la dirijas hacia mí sino hacia tu corazón. Concéntrala en tus latidos. Deja que se mezcle con tu sangre. ¿Qué edad tienes?

Me responde con voz de niña:

–Cinco años.

–Hija mía, reposa entre mis brazos.

Instantáneamente, su deseo sexual se convierte en lo que en verdad es: la petición de ternura de una niña a un padre ausente. Solloza apoyada en mi pecho derramando lágrimas que ha contenido durante muchos años.

Imponer las manos significa entrar en contacto con el cuerpo, el alma y el espíritu de quien nos necesita.

2. El cuerpo, el alma y el espíritu

Desde lo alto de su castillo, un rey ve llegar a un caballero. Éste va a caballo y, muy contento, lleva un dragón en los brazos. El rey le grita: «¡Estúpido, tu misión era matar al dragón y traer a la doncella!».

¿Qué representarían, según el psicoanálisis, el dragón y la doncella? Ella, virgen y pura, es el símbolo del alma, la parte más sagrada que llevamos en nosotros. El dragón es la parte tenebrosa, nuestro abismo ignoto, el inconsciente que nos causa pavor. San Jorge hunde su lanza en el animal de la misma manera en que la mente racional, deseando realizarse, penetra en la noche oscura del inconsciente para rescatar la estrella que oculta en su centro.

Nosotros seríamos a la vez el caballero, la doncella, el dragón y el rey. El Rey (nuestra voluntad) nos dice: «¡Basta! ¡Es preciso que trabajes en ti mismo! ¡Domina al dragón!». Entonces el Caballero (nuestro intelecto) se pone en marcha, comienza su introspección, esgrime su lanza, su poder de concentración y enfrenta al Dragón (la energía ancestral) penetrándolo para reconocer, sin rechazo y con desprendimiento, las pulsiones caníbales, narcisistas, incestuosas, bisexuales, sadomasoquistas, etc.

Matar al Dragón no es eliminarlo sino sublimar esas pulsiones encauzándolas hacia la luz, la fe, el amor a la vida, la realización espiritual. Si el Caballero rescata a la Doncella, en la mente vence al diálogo interior y logra el silencio. Dejando de lado los rencores, aprende a perdonar y amar sin exigir nada a cambio, obteniendo la serenidad. En su centro sexual logra liberar el deseo de su objeto para absorber internamente esa energía, hasta llegar a la constante satisfacción creativa, mientras en su cuerpo y sus obras reina el agradecimiento al Creador... Si por el contrario aniquila a su Ánima y libera a su Dragón, el Rey es devorado y el castillo destruido. El Caballero vagará por su ruinosa ciudad llevando a la bestia en los brazos, alimentándola con ideas falsas, sentimientos falsos, deseos falsos, acciones falsas: cosas que parecen, pero que no son.

El conocido filósofo de origen ruso G. I. Gurdjieff afirma que la finalidad del ser humano es crearse un alma. Nace con una semilla de ella que debe cultivar y hacer crecer. Si no lo hace, es sólo un espíritu muerto dentro de un cuerpo vivo. Este ocultista ve las ciudades pobladas de sonámbulos: sin un alma desarrollada nadie está despierto.

Sin embargo, entre psicoanalistas y escritores «espirituales», la falta de mutuo acuerdo sobre el significado de las palabras «espíritu» y «alma» ha dado origen a una gran confusión. Generalmente las utilizan como sinónimos. No se han preguntado por qué san Pablo puede decir en Hebreos 4, 12: «...la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu...». Llegan incluso a considerar el alma como una entidad separada de nuestro cuerpo pero que, en cierta forma, también es material porque, adjudicándole peso, afirman que cuando morimos, y el alma se libera de la carne, nuestro cadáver pierde unos veinte gramos. El alma no es una entidad, en el sentido de tener forma (la filosofía búdica declara que «donde hay una forma, hay una causa de dolor y sufrimiento»), sino un centro de consciencia, un estado.

También hablan de la tríada Cuerpo-Alma-Espíritu sin definir claramente qué es lo que llaman así. A fines del siglo XIX, la ocultista rusa Helena Petrovna Blavatsky, en su Glosario teosófico, intentó definir el Alma, el Espíritu y el Cuerpo:

El Alma es el eslabón entre el Espíritu divino del hombre y su personalidad inferior. Es el Ego, el individuo, el Yo que se desarrolla por medio de la evolución.

El Espíritu es uno con lo Absoluto Universal, siempre desconocido. No debe confundirse con el Alma.

El Cuerpo es el vehículo para la manifestación del Alma en este plano de existencia, y el Alma es el vehículo, en un plano más elevado, para la manifestación del Espíritu, y los tres forman una trinidad sintetizada por la Vida que los impregna a todos ellos.

Cuando nos referimos a Cuerpo, Alma y Espíritu no hablamos de tres «cosas» diferentes sino de diversas categorías del Yo. Estamos acostumbrados a afirmar «yo soy yo» sin saber claramente cómo estamos constituidos. El Yo que nos distingue de los otros puede ser una percepción limitada, confusa, desviada de lo que en verdad somos. Tenemos que aprender a distinguir el Yo personal (Cuerpo), el Yo superior (Alma) y el Yo esencial (Espíritu) del Dios interior.

El Yo personal (Cuerpo)

Nuestro organismo es animado por cuatro energías: la corporal, con sus necesidades; la libidinal, con sus deseos; la emocional, con sus sentimientos; la intelectual con sus ideas. Cada una de estas energías crea un Yo fragmentario con su propio lenguaje. Cuando desarrollamos uno de estos lenguajes en detrimento de los otros, sufrimos una desviación (siempre angustiosa) de la personalidad. Por defectos de la educación que recibimos de niños, no hemos aprendido a tener una finalidad unitaria: necesitamos algo, deseamos otra cosa, amamos otra y pensamos en realizar otra. Somos como un carro sin conductor tratando de hacer avanzar cuatro caballos que toman un rumbo distinto cada uno. Nos estancamos, o nos creamos una realidad donde nos sentimos infelices. Es así como nos convertimos en «intelectuales», viviendo sólo en la mente y haciendo entrar la inabarcable realidad en el rígido molde racional; o en «emocionales», dejando que las tormentas del corazón nos inunden; o en «sexuales», haciendo de la gratificación de los genitales un verdadero culto; o en «corporales», creyendo que el deporte, el dinero y los problemas de peso y salud son las únicas preocupaciones aceptables. El Yo personal se compone de estos cuatro egos. Cuando no están bien equilibrados, y uno de ellos prima sobre los otros, los centros reprimidos no dejan de importunar las acciones del que domina. Si regresamos al ejemplo del coche sin conductor, uno de los cuatro caballos, el que es más fuerte que los demás, tira del vehículo por su camino a costa del gran esfuerzo de tener que arrastrar a los otros tres. En Alquimia encontramos el lema Solve et coagula, Disuelve y coagula. En esta unión desequilibrada, cada uno de los cuatro egos debe aprender a conocerse, delimitando su acción con respecto a los otros. Es el período de la disolución y el aprendizaje.

El Ego corporal, aspirando a la inmortalidad, desea no envejecer, no enfermar, no morir, no empobrecer, ser invulnerable. Antes que nada debe aprender a aceptar la muerte, haciendo de ella el momento más precioso de su existencia, siempre que este fin llegue cuando su potencial de vida se haya agotado de forma natural. Luego, debe aprender a concebir la vejez como un aporte de sabiduría (la belleza de una flor que se desarrolla equivale a la belleza de una flor que se marchita), convirtiendo cada una de sus enfermedades en Maestro.

El Ego libidinal, aparte de buscar la satisfacción poseyéndolo todo, desea crear. Debe aprender a disminuir sus ambiciones, sabiendo que en esta permanente impermanencia no somos dueños de nada, que todo nos es prestado. Dominando su posesividad, precisa desarrollar su capacidad de recibir. Ningún artista verdadero crea sus obras, las recibe. La palabra «cábala» significa en hebreo «lo recibido». Es por esto que toda obra sagrada es anónima, como el Tarot, el calendario solar azteca, el templo de Borobudur en la isla de Java, las pirámides de Egipto, los Upanishad, etc.

El Ego emocional quiere amar, pero lo confunde con querer ser el único amado. Debe aprender a cesar de pedir, a agradecer, a compartir, a transmitir aquello que recibe convirtiéndose en canal. Un proverbio árabe dice: «Si tomas arena y empuñas la mano, todo lo que obtienes es un puñado de arena. Pero si abres la mano, toda la arena del desierto puede pasar por ella».

El centro intelectual quiere ser el amo, designar, explicar. Debe aprender a callar, a ser capaz de despegarse del río incesante de palabras para encontrar en el silencio su verdadera esencia: la vacuidad.

Un discípulo le dice a un Maestro de conversación:

–Venerado instructor, ¿puede usted enseñarme a hablar bien?

–Sí, te voy a enseñar. Siéntate y escucha...

El discípulo se sienta frente al Maestro. Pasa el tiempo. El anciano no habla. El discípulo, que esperaba oír sabias palabras, se impacienta.

–Maestro, lo estoy esperando. Quiero aprender a conversar y usted no me dice nada.

–Precisamente te estoy enseñando a escuchar en silencio, que es la esencia de conversar.

Cuando las palabras ya no son nuestras, sino que hablan a través de nosotros, cuando nuestra alegría es un eco de la fuerza original, cuando el amor que damos pertenece al océano del amor cósmico, cuando nuestros pensamientos no nos pertenecen sino que son creados por la totalidad, cuando estamos en un estado de recepción constante, nuestros cuatro egos se han coagulado, logrando la unidad. Los cuatro caballos marchan en una misma dirección tirando de un carro en el que ha aparecido el conductor. El cerrado, confuso y egoísta Yo personal es ahora una puerta que se abre hacia una Consciencia mayor.

El Yo superior (Alma)

Este Yo puede comprender cada uno de los cuatro lenguajes y lograr que entre ellos se comuniquen. Obligatoriamente, el acuerdo pasa por este aspecto de la Consciencia. Sin él, la mezcla de ideas con sentimientos, deseos o necesidades es semejante a una reunión de sordomudos que ni siquiera saben hablar con sus manos. El intelecto debilita la sexualidad, enfría las emociones, desprecia el cuerpo. La sexualidad convierte al intelecto en un arma agresiva; a la emoción, en pose–sividad; a la materia, en seducción. La emocionalidad sumerge la vida material, sexual e intelectual en un mundo infantil. La materialidad transforma la sexualidad en prostitución; al intelecto, en destructor; al corazón, en una máquina de calcular.

Los antiguos griegos, que creían en el Alma como si fuera un ser, la describían formada de dos partes a las que llamaban Pneuma y Psique. Psique se unía a la parte animal del ser humano, mientras Pneuma se unía al Espíritu. Aquellos en quienes dominaba el Pneuma, seres pneumáticos, tenían asegurada la salvación. Los psíquicos, por el contrario, estaban condenados a sucesivas reencarnaciones. Una tercera categoría de humanos, los hílicos, con una Psique más animal que humana, eran destruidos.

Los que viven como puercos morirán como perros.

G. I. Gurdjieff