Calcetines impares - Andrés García Carrión - E-Book

Calcetines impares E-Book

Andrés García Carrión

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Beschreibung

"Nadie más que el corazón solitario puede saber cómo me sentía y, sin embargo, en aquel otoño del 53 conocería la existencia de un corazón más solitario que el mío. Un laberinto de sentimientos que se alojaban en cada latido, un mar de emociones confusas y malinterpretadas." Una huida hacia el interior de uno mismo, ese es el camino que lleva a Shangri-La, en donde encuentras la respuesta al sentido de la vida y a lo que realmente importa. Calcetines impares, una historia atemporal, narrada por una mujer desde la experiencia de su corazón. Reflexiva, romántica y emotiva novela coprotagonizada por Archibald Alexander Leach, más conocido por Cary Grant, consigue atrapar al lector y envolverlo en su mágico ambiente. Con un lenguaje embaucador que logra traspasar el tiempo y llevarte a la agitada década hollywoodiense de los años 50. Si deseas pasar unos meses en Shangri-La con la eternidad en el horizonte, solo necesitas llamar a la puerta de este libro y entrar...

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Seitenzahl: 536

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Andrés García Carrión

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-815-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Dedicado a Raquel, Carlos y Luna, por ser las candilejas que dan luz al escenario del teatro de mi vida.

AGRADECIMIENTOS

A mi mujer y mis hijos, por su tiempo, comprensión y cariño.

A Raquel Lozano, mi mujer, por su indispensable dedicación en la lectura y corrección del libro.

A toda mi familia… A mi madre, padre y hermanos, por su apoyo y su inestimable función de difusión de mi mundo literario.

A mi compañero, maestro y amigo, Frank Kiernan, por asesorarme en todo lo referente a las traducciones del inglés, y por la necesaria aportación de su perspectiva inglesa en la interpretación y traducción de los títulos originales de cada capítulo.

A las personas que forman el Club Charlymoon y a todos los lectores y lectoras, porque sin ellas no tendría sentido este libro… A ti.

A Adele, por seguir navegando eternamente en Las Lágrimas de Haddock…

A la Editorial Letrame, por la edición y publicación de la novela.

A James Hilton, por crear para nosotros Shangri-La.

Y, especialmente, a Archibald Alexander Leach, por ser Cary Grant y a Cary Grant, por no dejar nunca de ser Archibald Alexander Leach…

.«De chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche».

El Aleph. Jorge Luis Borges.

NOTA DEL AUTOR

El origen de esta novela está basado en acontecimientos verídicos, pero la historia que se narra pertenece a la ficción literaria. No obstante, varios de los personajes son reales y muchas de las anécdotas a las que se hace referencia y frases pronunciadas por ellos las podemos encontrar en sus biografías y en otros documentos ( Dichas frases aparecen escritas en letra cursiva a lo largo de la obra).

Como el libro transcurre en una época determinada, se ha procurado que la mayoría de los sucesos reales a los que alude coincidan con el tiempo en el que sucedieron.

Esta novela tan solo desea ser un homenaje al cine, a sus estrellas, a la música, a la literatura, a la fantasía, a la filosofía de sentir la vida en compañía… y al romanticismo más puro, ese que te permite mirar a los ojos de la eternidad…

PRÓLOGOONCE UPON A TIME

Érase una vez…

Así empiezan los cuentos… y la vida no deja de ser uno.

A veces, no somos capaces de ver más allá de la realidad que ha pintado la sociedad para nosotros. Es por eso quizás que, cuando vemos un muro con un pequeño agujero, nuestra mente cerrada y enseñada solo alcanza a pensar que alguien o algo hizo aquel hueco en la pared y, por lo tanto, la pared está deteriorada… Claro, esa es la lógica y la única explicación que deseamos encontrar. Pero yo creo que es posible ir más allá de esa realidad y plantear una teoría sencilla. Solamente hay que ser capaz de invertir los conceptos: veamos, ¿y si se hizo el muro y el que lo hizo dejó un hueco? O más aún, ¿y si alguien hubiera construido una pared alrededor de un agujero?

Esta es una historia de ficción y realidad… nunca faltaron palabras para hablar de la vida, nunca sobraron palabras para escribir al amor.

Érase una vez… un par de calcetines.

INONE BUT THE LONELY HEART

Nadie más que el corazón solitario puede saber cómo me sentía y, sin embargo, en aquel otoño del 53 conocería la existencia de un corazón más solitario que el mío. Un laberinto de sentimientos que se alojaban en cada latido, un mar de emociones confusas y malinterpretadas.

Pero no adelantemos acontecimientos… Sí, había un corazón en peligro, pero por muy egoísta que una fuera, no era el mío.

Mi nombre no importa. Grandes novelas han trascendido a la vulgaridad sin que su protagonista tuviera nombre.

Pero sí os diré que una misma historia puede ser narrada de manera diferente, dependiendo de la mirada que la recuerde…

Esta es la historia que vivió el corazón solitario del que os hablaba. Espero hacer honor a sus recuerdos.

En los albores de mis 40 años, comenzaba a sentirme como Bette Davis en The old maid, tan llena de vida como el respirar del tiempo y tan temerosa de que se marchitara mi piel que llegué a cubrir los espejos con cientos de telas. No los cubrí por vanidad, más bien lo hice por la creencia, que ya me acompañaba, de que no iba a compartir con nadie mi reflejo.

Mi padre, con su condescendencia, no dejaba de acentuar mi pesar. Él era feliz viendo cerca a su niñita, mucho más desde que mi madre cayó enferma y, postrada en la cama, dejó de ser aquella sonrisa que acariciaba nuestro rosto.

Era noviembre y la nieve tocaba con sus nudillos los cristales de los ventanales de Shangri-La.

Sí, a mi madre le gustaba mucho Ronald Colman y su voz ronca que hacía menear aquel dichoso bigotito en la película Lost horizon.

Nunca leí el libro de James Hilton, es una asignatura pendiente, pero es cierto que en su momento me dejé envolver por el paraíso que Capra dibujó en celuloide.

Shangri-La, el utópico lugar en donde perderse… Y ahora soy yo la que vivo aquí, esperando a que alguien me encuentre.

Con las primeras nieves son muchos los turistas que encuentran el camino de nuestro… ¿hotel?… No sé si ese el nombre adecuado para Shangri-La…

Unos vienen a esquiar en Aspen, otros a desconectar del mundo y algunos a sentir la magia de Shangri-La en el corazón de las Montañas Rocosas.

La ironía de la vida: el mundo llega como un río al mar y yo quisiera irme a contracorriente.

En la película, nadie envejece en Shangri-La, una magia que envuelve el lugar actúa como elixir de la juventud… Pero, al parecer, esa magia no me afecta a mí.

Es posible que si algún día me marchara, ocurriría el efecto contrario… yo rejuvenecería cien años…

Como una estatua estaba en la recepción, como en tantas otras ocasiones, mientras el personal arreglaba las dependencias de Shangri-La.

En aquel momento, tan solo una pareja de enamorados habitaba el hotel, y en aquella mañana, ajenos a mi mirada llena de envidia, desayunaban sorbos de besos con sabor a café.

Y la puerta se abrió.

En ocasiones, en las películas, en la literatura, cuando la puerta se abre, es el comienzo de una historia romántica, de una nueva vida para el protagonista llena de enigmas, sorpresas y emociones tan fugaces como eternas cuando llega el THE END.

Y la puerta se abrió y yo sentí que al fin me iban a encontrar.

Entró el aire salpicando los copos sobre la alfombra del recibidor. El fuego de la chimenea de la sala de estar crepitó nervioso. Los enamorados no se inmutaron, no lo harían aunque un vendaval se llevara entera la casa… y yo me estremecí acariciando el cuello de mi camisa, tapando mi piel, ahogando un «ay», creyendo que sería suficiente protección para que no me arrebataran de allí.

Esperé que entrara Fred Astaire con su sombrero de copa y me llevara en sus brazos, marcando compases en el camino con sus zapatos de claqué; deseé que Dean Martin, que cantaba en esos momentos en la radio That’s amore, me la susurrara al oído; soñé que Errol Flynn, Gary Cooper o el que fuera, pues ya no estaba para elegir, se acercara y me dijera: «Tanto tiempo buscando, y estabas aquí…».

Pero el que entró fue un señor bajito, con cara de hurón.

Se acercó escudriñando toda la sala.

—Hola, guapa…

Lo de «Hola, guapa» nunca me gustó, mucho menos dicho en ese tono condescendiente. Miré con disimulo por encima de su hombro para comprobar que el hurón no había cerrado la puerta… Confieso que me hubiera encantado que Bogart hubiera entrado en aquel momento y abofeteara la cara de aquel inoportuno grosero, no como un acto de violencia, no me malentendáis, más bien por puro arte y justicia.

Pero solo acerté a ver una sombra que se ocultaba en el umbral. Un sobrero ladeado, el humo de un cigarrillo… una inquietante presencia que me hizo olvidar el «hola, guapa» y las bofetadas.

—¿Qué desea?

Pregunté sonriendo con mi dulce voz servicial que heredé de mi madre: «Hija —me decía—, puede estar cayendo el cielo sobre la tierra, pero tú no pierdas la sonrisa… y al hablar, que parezca que estás cantando o silbando una canción… tu voz ha de parecer algodón de azúcar aunque ese día tu garganta sea un limón».

—Shangri-La… esto parece el otro mundo… Pero bueno, mi cliente deseaba Shangri-La y aquí estamos…

—Sí, aquí estamos…

No era de mi agrado, pero no me hubiera importado contarle que yo estaba allí desde hacía mil años, cuando a mis padres les pareció buena idea construir su particular Shangri-La en el estado de Colorado, en medio de la nada, entre el horizonte y el sol por el día, bajo la luna y las estrellas por la noche.

—Al menos será un lugar discreto…

Y al decir esto miró a los jóvenes enamorados y me guiñó un ojo…

Supliqué de nuevo las bofetadas de Bogart… pero la sombra de la puerta dejó de serlo bajo el dintel y apagó su cigarrillo en el cenicero de pie del recibidor.

Era un señor alto, muy alto, que se ocultaba detrás de unas gafas de sol. Mi madre diría que apuesto. Llevaba una levita de tweed negra sobre un traje oscuro de rayas. No se había quitado el sombrero, pero por la distancia no reparé en que fuera descortés. Imagino que todavía no había decidido quedarse.

—Sí, es muy discreto, tranquilo y reservado.

Creo que desobedeciendo a mi madre había dejado de sonreír y es posible que de mi garganta salieran disparadas varias pepitas de limón que al parecer acertaron en su propósito, porque el hurón dejó de guiñar un ojo y cerró de golpe los dos.

—Muy bien —se repuso—, ¿tiene alguna suite especial?

—El hotel tiene dos suites en la buhardilla… muy… discretas… dos en el segundo piso… y dos más en el primero… todas discretas y con baño propio… Tenemos salón restaurante, donde servimos comidas y cenas elaboradas por una de las mejores cocineras del mundo que prepara cualquier sabroso y discreto guiso… Hay un solárium con vistas a los picos más altos… y salón de té, que nos sirve para desayuno… Shangri-La es un negocio familiar. El señor que está en estos momentos echando leña en la chimenea es mi padre…

Al sentirse aludido, mi padre se acercó.

—¿Necesita el caballero que salgamos a por su equipaje…?

Muy hábil mi padre, era único en escoger las palabras adecuadas para que no se escapara ningún cliente. Cierto era que la fama Shangri-La había llegado a todos los rincones del planeta y mucho más desde que hacía unos años habían abierto las pistas de esquí en Aspen, pero no estaba de más ser agradable con los clientes.

Me miró con cierto aire de reproche, solo cierto, pues mi padre jamás se inmiscuía en mi manera de regentar el hotel, pero me miró como diciendo que me había propasado con tanta… «discreción».

—No es necesario, buen hombre. En el caso de que a mi amigo le satisfaga el lugar, yo mismo entraré su maleta…

—¿Desea su amigo… si no es mucha indis… —me mordí el labio—, ¿desea ver las habitaciones, para formarse una idea real de lo acogedor de nuestro hotel?

Sonó el teclado del piano-bar.

El piano estaba situado en la sala de estar, cerca de la chimenea, flanqueado por un abeto susceptible de ser adornado en fechas navideñas y por una mesita de licores variados. El misterioso caballero se había sentado de manera casual en la silla del pianista y tocaba una melodía que en ese momento no acerté a reconocer. Dejó de tocar y, sin apartar la mirada del teclado, se pronunció por primera vez.

—No es necesario, señorita…

Era una voz firme, pero suave. La palabra señorita se enredó en los cabellos que rodeaban mi oído derecho para entrar acalorando mi cuerpo.

—No se hable más, saldré a por el equipaje.

No sería capaz de decir si el hurón salió por la puerta, por una ventana o se desvaneció en el aire. Mis ojos no tenían otra voluntad que mirar al extraño huésped, que continuaba sentado frente al piano.

Mi padre, advirtiendo mi estado de hipnosis propio de una adolescente, carraspeó mil veces, hasta que desperté del letargo, momento en el que el pequeño hombre entraba con una maleta baúl de consideradas proporciones.

—¿Qué nombre anoto en el registro?

Hubo un silencio eterno mientras la pluma de anotar en el libro de entrada apuntaba ahora en dirección al señor bajito, después en la del caballero del sombrero.

—Pues… pues…

Comenzó a balbucir nervioso el hombre con cara de hurón. Pero antes de que pudiera decidirse por hablar o callar, el apuesto señor se acercó tarareando la misma canción que había tocado en el piano. Y la canción me resultó de nuevo conocida.

—Archibald Alexander Leach…

Y se quitó el sombrero… y se quitó las gafas…

—… Puede anotar mi nombre, señorita: Archibald Alexander Leach.

Y me quedé muda, con la mirada clavada en aquel rostro tan hermoso, tan gentil, que tantas veces había visto en la gran pantalla. Se había abierto la puerta. Mi padre, sin ser ajeno a la realidad, y supongo que complacido de que una estrella se hubiera dejado caer en nuestra casa, reaccionó con normalidad y rutina, pero pude advertir en su rostro un atisbo de contrariedad.

—Le acompaño, señor Leach. Si le parece bien, le llevaré a la suite de la buhardilla del ala este, así podrá ver amanecer.

—Me parece bien caballero. Stanley, sube tú el baúl, yo me quedo hablando un momento con esta señorita de ojos bonitos y boca abierta.

Cerré la boca… Imagino que no lo hubiera hecho nunca de no haberse referido a ello.

Escuché al tal Stanley darle someras instrucciones a mi padre sobre la discreción y todas esas cosas, cuando unas palabras me hicieron despertar.

—¿El bar está abierto toda la noche?

Y la magia desapareció. Había fantaseado mil veces con estar conversando con Cary Grant. Fantaseaba momentos románticos, con la luna tan solo de improvisado decorado, con palabras de amor como único guion.

Pero jamás pensé que la realidad fuera tan banal. Estaba delante de uno de los hombres más admirados y deseados del planeta, y me preguntaba por el bar.

—Señor Leach… —dije con la misma serenidad con la que le hablaría a cualquier otro cliente—… en Shangri-La encontrará usted la paz que ande buscando, el retiro que añore, la máxima comodidad en la tierra… el bar es suyo las veinticuatro horas del día…

—¿Y si se acaban las bebidas?

—Si se acaban las bebidas, no tiene más que levantar este teléfono y marcar el uno. Yo misma o mi padre vendremos a reponerlas.

—Usted, ¿también se aloja aquí?

—Sí, en la casa contigua al hotel. Ya le dije a su amigo que Shangri-La era un hotel familiar.

—Shangri-La… Shangri-La… —repitió varias veces con un tono irónico—. Me gustó el nombre. Me recordó la película. Soy amigo de Ronald y de Frank. Les llamé para decirles que existía en Aspen un hotel con ese nombre. Pensaron en demandarle, pero no se preocupe, no lo harán.

—Pues me quedo más tranquila… señor Leach.

Señor Leach. Ese tipo era el señor Leach. En ese momento comprendí que el cine era cartón-piedra, como decía mi padre. Y Cary Grant era un invento del séptimo arte, pues el hombre que tenía ante mí no conquistaría a ninguna damisela, por muy tonta e incauta que esta fuera. Se despidió poniéndose el sombrero y las gafas, no sin antes repetirme las mismas palabras que el hurón le dedicó a mi padre…. Discreción, tranquilidad, señorita… y esta vez la palabra señorita me resbaló.

Al rato, el tal Stanley bajó acompañado de mi padre. Se puso en medio de los dos y nos informó de que el señor Leach estaba pasando una vacaciones alejado de Hollywood, «por el estrés, la fama, los compromisos… ya me entienden» y que, si todo iba bien, estaría unas semanas, hasta principios de diciembre… «no le moleste mucho…» y bla, bla, bla… Y salió por la puerta hablando todavía con aquellos términos: bla, bla, bla… No pude más que echarme a reír en el hombro de mi padre. Era una risa nerviosa, una risa que no había vuelto a tener desde niña. Reía porque llorar la muerte de un mito era demasiado trágico y yo era de romanticismos puros, no de melodramas baratos.

Llevé el almuerzo a mi madre. Como le comenté al señor Leach, vivíamos en la casa contigua. En realidad, vivía mi madre, pues yo me pasaba el día en Shangri-La.

No era un trabajo muy sofocante, pero no dejaba momento para el aburrimiento, sobre todo en épocas de frío en las que el hotel solía estar completo.

Me encantaba organizarlo todo: el menú diario junto a Mildred, la cocinera; la decoración de las mesas del comedor, junto a Mary, la maître; supervisaba a Steven, el camarero; y acompañaba habitualmente a Claire, la persona en la que algún día confiaría dejarle mi puesto cuando me fuera de allí, que me sustituía siempre que tenía compromisos ineludibles.

La hora de la comida de mi madre, más que ser un compromiso, era un descanso y una necesidad. Me sentaba durante unas horas y conversaba con ella de todo…

—Es… ¿Cary Grant?… pero ¿Cary Grant?…

—Sí, mamá, el mismo… un engreído.

—Yo he sido siempre más de Bing Crosby… ¿Y se quedará mucho tiempo?

—No lo sé, pero lo que sí que sé es que es un huésped más y haré todo lo posible para que su estancia sea lo más grata posible.

—Come algo, pequeña…

Pequeña… La abracé. Me encantaba seguir siendo su pequeña, y es posible que ese encanto fuera el culpable de que todavía no me hubiera marchado.

Comí un poco. Era también de los pocos momentos en los que podía probar bocado.

Me despedí de mi madre. Nuestra relación había ido transformándose con el paso de los años. Es natural, en el momento en el que sobrepasas cierta edad, la distancia generacional se acorta y las inquietudes de la vida que una tenía de niña, tan alejadas de las de mi madre, ahora se habían convertido en similares. Cómo dejar de añorar aquellos tiempos en los que con inocencia ingenua, creías que nada te podía suceder porque tus padres estaban allí para protegerte… para cuidarte… Luego, el tiempo erosiona tu piel con la misma intensidad con la que desgasta la inocencia ingenua, cuando descubres que ahora eres tú la encargada de proteger y de cuidar a los demás…

Al volver a Shangri-La, pude ver a la pareja de enamorados tirándose bolas de nieve.

Pasó la hora de la comida. Pasó la tarde, como tantas otras. Tras servir la cena a la pareja, apagué las luces y, como cada noche, me despedí de las personas que trabajaban en Shangri-La. Todos vivían en Aspen, todos menos Mildred, que dormía en una habitación de nuestra casa. No tenía más familia que nosotros y, a veces, me veía reflejada en ella, con la diferencia de que Mildred estuvo casada en una ocasión y emanaba felicidad… La felicidad, para algunas personas, consiste en pequeños detalles, y aunque no podría decir que yo era infeliz, tampoco juraría lo contrario.

Me acosté sin sueño.

¿Qué había hecho toda la tarde el señor Leach? No había bajado a comer. No había cenado. Sonó una música. Era el piano del bar. No serían más de las once y media.

Me levanté y me puse una bata que seguramente de haberlo pensado no me la hubiera puesto jamás.

Entré en Shangri-La. La chimenea permanecía encendida. Mi padre se preocupaba de ello. El señor Leach estaba sentado en el piano, tocando con una mano la misma canción que por la mañana. En la otra mano sostenía un vaso con hielos, vacío.

—¿No ha cenado… nada?

Reparé en un plato con media manzana y un trozo de jamón dulce. La nevera y la despensa estaba, al igual que las bebidas, disponible para cualquier necesidad de los huéspedes. No se sorprendió de verme. Ni de verme en bata. Parecía como si supiera que iba a aparecer. Estaría acostumbrado a silbar y que las mujeres corrieran a su encuentro. Pero esta vez utilizó mi piano. Al fin recordé la canción. Era Chek to chek… la cantaba Fred Astaire en Sombrero de Copa…

«Heaven, I’m in Heaven,And my heart beats so that I can hardly speak;And I seem to find the happiness I seekWhen we’re out together dancing, cheek to cheek».

[«Cielo, estoy en el cielo, Y mi corazón late de modo que apenas puedo hablar; Y me parece encontrar la felicidad que buscan Cuando estamos juntos bailando, mejilla con mejilla».]

—Siéntese y tome una copa conmigo… por lo general, no me gusta beber solo…

—Yo no bebo… a estas horas, señor Leach… ni sola, ni acompañada…

—Touché…

Me arrepentí de las últimas palabras, pero estaba ofendida al descubrir su artimaña. Había usado el piano y la canción como reclamo… para no beber solo.

—… y no me llame señor Leach… mis amigos me llaman Archie… ¿y usted se llama?

—Le diría mi nombre, pero es posible que mañana ya no lo recuerde…

Me miró con la sorpresa con la que mira un niño cuando se siente reprendido por sus malas acciones. Se rellenó de nuevo el vaso y lo levantó.

—Brindo por ello… sí, es posible que no me acuerde, pero lo que seguro que no podré olvidar es esa mirada airada y reprobadora. Me fascina la sinceridad en los ojos. Estoy demasiado acostumbrado a los aduladores. Detesto la adulación, pero usted es sincera. Directa y sincera. Sus ojos de miel reafirman sus palabras. Eso es bueno, así siempre sabré a qué atenerme con usted. Brindo por ello…

Y apuró el vaso. Estaba elegantemente borracho, eso no podía dudarse.

—Ya sé… la llamaré Honey-eyes.

Y por primera vez sonreí, y con la sonrisa sentí que me relajaba. Me senté a su lado. Un cliente nunca debe de beber solo, primera regla de mi padre.

—Ar… Archie…

—Brindo por ello… ya empezamos a ser amigos…

Y aporreó el piano con gracia.

—… ¿le puedo hace una pregunta, sin parecer indiscreta?

—Honey, usted puede preguntar lo que desee…

—¿Qué hace aquí… solo?

—Huyo del mundo… huyo de todos… y del que más huyo es de mí… quiero esconderme de Cary Grant, quiero dormirme y al despertar volver a ser Archie, el joven que daba volteretas en Bristol.

—¿Y su mujer?

—¿Betsy?… ay, mi querida Betsy… ella no conoce a Archie… ella está casada con Cary, con la estrella, con el galán de la gran pantalla. No sé si Betsy comprende que dentro de mí crece la inseguridad, el miedo… un corazón solitario… creo tener el amor y no es más que un espejismo. Quiero sentir la necesidad de amar y que me amen… pero creo que nadie a mi alrededor me comprende… Todos me dicen, «si eres Cary Grant…» «Todo el mundo quiere ser Cary Grant, hasta yo quisiera ser Cary Grant…».

—Yo sí le entiendo…

Dejó de beber y me miró sorprendido. Era una mirada sin alardes de coquetería, sin más pretensión que advertirme que me estaba viendo, sin otro objetivo que abrir puertas para que yo pasara… y al sentirme tan cómoda, no lo dudé, entré serena y continué hablando.

—… a menudo me siento igual. Es como cuando vas a buscar en el cajón un par de calcetines y encuentras uno que no tiene pareja… buscas al día siguiente y encuentras otro que está solo… los juntas y compruebas que son parecidos, pero no son iguales… y entonces sabes que serán para siempre… calcetines impares…

—Y eso pasa con las personas y el amor… no brindo por ello, en algún lugar debe de estar tu calcetín, Honey, ese que forme contigo una pareja y te aparte de estar sentado con un viejo borrachín… por eso sí que brindo… brindo por tu hermosa y sincera mirada, Honey.

Se levantó. Me deseó buenas noches y subió la escalera como si no se hubiera bebido siete whiskys… Y yo me quedé turbada. Ya no recordaba el alboroto que se siente cuando el corazón está agitado.

—Buenas noches… Archie…

Y comprendí por qué nadie más que un corazón solitario puede saber cómo me sentía.

IIMY FAVORITE WIFE

Nunca pensé en ser la mujer favorita de nadie.

Me resultaba incomprensible que Archie, la persona, no el actor, pudiera haber tenido una vida tan azarosa y turbulenta que permitiera desbordarse en él un sentimiento de placer y complacencia… Y no, Archie, el del piano-bar apurando vasos de melancolía, era una estrella perdida en un horizonte más perdido que el mío en Shangri-La.

Me sentí por primera vez reconfortada y culpable…

El desasosiego en el alma de uno de mis ídolos inalcanzables me hacía pensar en que todas las personas estamos hechas de barro, y que la porcelana que brilla, en ocasiones, no es más que una capa de falsa realidad, que después de rascar con un poco de whisky, desaparece descubriendo el verdadero fango del que uno está formado.

La diferencia, quizás, estriba en saber que una no es de porcelana y que si alguien alguna vez te confundiera con una pieza de museo, lo mejor es descubrirle pronto la verdad, y que disfrute del barro, del que venimos y a donde vamos.

—Ese hombre, hija, tendrá el corazón tan lleno de caricias como de arañazos. Él no es de nuestro mundo… no es del tuyo, que eso te quede claro… dentro de lo mundano de nuestro alrededor está el mayor tesoro: el equilibrio… el equilibrio entre lo que eres y lo que sueñas que podrías ser. Si lo deseas, contémplalo, como si fuera una pieza de arte, pero te aconsejo que no intentes comprenderlo… es probable que ese galán de cine ya haya dejado de soñar…

Disimulé el rubor mientras la sentaba en su silla.

No quería hablar de Archie. Muchas palabras serían susceptibles de que mi madre imaginara cualquier cosa, pero pocas serían aún peor.

No estaba de acuerdo con ella, al menos no en lo de no intentar comprenderlo, porque pienso, sin ser una utópica, que todas las personas, independientemente de nuestra vida mundana, tenemos un sueño que soñar.

Sí, creo que siempre hay un sueño tan difícil de conseguir, que hace que te levantes cada mañana con la ilusión de conseguirlo.

Entró mi padre y me salvó de seguir escuchando consejos velados de una madre protectora que ya se había creado su propia película.

Y no, mi interés por Archie no estaba de momento en el umbral de ningún romance, más bien sentía una necesidad antropológica de conocer sus rincones más íntimos.

Salí de la casa con rapidez, pues alguien hacía sonar el timbre de recepción.

Le hubiera gritado «ya voy», pero al entrar me encontré con un señor de mediana edad, con canas, con arrugas, pero con una belleza y una presencia imponente difícil de no advertir.

—Hola, señorita… llevo un rato dándole al timbre… pero no se preocupe, la espera ha valido la pena…

Conquistador mediocre.

Me explicaré: llevo muchos años escuchando todo tipo de piropos, halagos, adulaciones y estupideces que se le puedan ocurrir a un hombre que no es capaz de ser ligeramente cortés. La cortesía está infravalorada.

No me gustan los hombres, apuestos o no, que pretenden ser caballerosos susurrándote que eres una joya cuando, en realidad, te están diciendo a gritos, que para ellos no eres más que una baratija. Es tan difícil que venga Bogart…

Y ya que menciono a Bogart, este tipo que aporrea el timbre y que se cree tan irresistible a sus cincuenta y tantos, trabajó con Bogart en una película de la que ya no recuerdo su nombre… salía Errol Flynn, eso no lo olvidaré nunca…

Yo que había pasado la noche pensando en las mujeres de Cary Grant y se me había olvidado su amigo del alma… Randolph Scott.

No sé en dónde leí que ya no eran tan amigos, pero allí estaba, solo le faltaban las pistolas.

—Estoy buscando a Archie… bueno, ya me entiende.

Sí, le entendía.

Se refería, con misterios, a ese señor que vagabundeaba por el salón como fiera herida la noche anterior y que no deseaba beber solo.

—Le llamaré a su habitación… de parte de…

Y dio un respingo, entre sorprendido e indignado.

—Randy… dígale que le busca Randy… si quiere, le enseño mi carné.

No sé si intentaba hacerse el gracioso o pensaba que me iba a sorprender su presencia.

Hice la llamada. La voz de Archie sonó jovial, distinta a la voz perezosa y lóbrega que tenía el día anterior. Es posible que el equilibrio del que hablaba mi madre fuera para Archie aquel señor que me seguía hablando con mecánica indiferencia, utilizando tópicos y dispuesto a no entablar conversación alguna conmigo.

Al poco rato, Archie bajó tan pulcro y sonriente que nada haría sospechar la tempestad que había sufrido su cuerpo y su cabeza hacía menos de diez horas…

Se abrazaron con verdadera dedicación.

Palmaditas en la espalda, en el hombro, mirada de arriba abajo para constatar que el uno y el otro estaban allí.

Vuelta al abrazo.

Me sentía incómoda.

Es posible que lo sucedido en el piano-bar no fuera a pasar a la posteridad, no lo dudo, pero para mí fue un momento íntimo. Como cuando dos personas, al mirarse, sintieran que era la primera vez que realmente veían… y no sabía cómo se iba a comportar Archie.

—Honey… este es mi mejor amigo, la persona más fiel que conozco. En sus manos dejaría mi alma a ciegas…

Sentí envidia.

En unos meses cumpliré cuarenta años y me entrego a niñerías, pero me hubiera gustado oír eso de mí… en su voz o en cualquier otra.

A estas alturas, algunos estaréis pensando que no solo estoy necesitada de conocer nuevos mundos más allá de Shangri-La, sino que también declaro estar ávida de un torbellino de emociones que hagan latir el corazón que se esconde en la estatua en la que me he convertido.

—… Randy, esta señorita es Honey-eyes… Ves Honey, sigo recordando tu mirada…

Un silencio incómodo hizo acto de presencia, mientras mis ojos, esos de miel, se balanceaban en los de Archie.

A mí no me importó ser imprudente. Estaba harta de la estricta corrección que, en mi puesto, se acercaba a menudo al más irritante servilismo que os podáis imaginar.

Nos miramos, no en un acto de coqueteo desafiante, ni en un alarde de querer contarle al resto que podría existir un mundo más allá de nuestra mirada… No, era más bien una mirada de reconocimiento, de aprobación… de un secreto que a ninguno de los dos nos importaba compartir con los demás, porque en la sensación de no tener nada que ocultar, está oculta la libertad de poder vivirlo todo sin necesidad de buscar peros, de crear estúpidas excusas que solo sirven para estorbar.

Lo que fuera que había entre él y yo, no se acercaba al génesis de una relación sentimental al uso, era un huir del apocalipsis.

La mirada terminó. Y Archie se volvió hacia su amigo con una sonrisa, y este nos miró con ceño fruncido, como intentando interpretar pistas de algún misterio, tal y como había hecho mi madre.

Las personas somos muy previsibles. Chico conoce a chica, chica conoce a chico… y ya la hemos liado.

No sé lo que estaba pensando el señor Scott, ni lo que pensaría mi madre, pero yo quería atravesar esa puerta que se había abierto para continuar explorando la vida… la suya, y también la mía.

—Nos llevamos el té al solárium, ¿ok, Honey…?

—Yo os lo llevaré… esperadme allí…

—No es necesario, señorita… nosotros podemos…

Una vez más, el señor Scott haciendo gala de la descortesía…

Y pasó el brazo por el hombro de Archie, ajeno a mi fulminante mirada, para acabar por darme la espalda.

Mi servilismo en llevar el té no obedecía a mi trabajo… Mi intención era no quedarme fuera del juego, deseaba tener una excusa para poder, con la artimaña que se me ocurriera, sentarme con ellos en el solárium.

No suena muy bien, ¿verdad? Pero la vida es un suspiro, y si te la pasas planeando lo que deseas hacer, pero no te atreves a hacerlo, puede que cuando te decidas ya no haya aire que respirar…

Es muy posible que Randy advirtiera mi estratagema, por lo tanto, ¿sería casual o causal su descortesía…?

Los vi marcharse y ellos me vieron hacerlo.

No me importó, nunca fui una buena jugadora de póker.

Me interesaba Archibal Alexander Leach, tanto que sería capaz de abandonar mis propios principios de cortesía, por eso, cuando apareció en el salón mi padre empujando con su habitual dedicación y cariño la silla de mi madre, se me ocurrió la idea más indigna que pudiera existir…

Mientras me acercaba al solárium, acompañada de mi madre, comencé a sudar.

La culpabilidad se adueñó de mí.

Es cierto que los días de sol solíamos pasar un rato juntas en el solárium antes de la comida, y mi madre lo podría corroborar. Me costó poco convencerla…

¡Oh, my God, parecía una quinceañera persiguiendo a un joven, y utilizaba a mi madre para ello!…

No me lo perdonaría en toda mi vida, pero ya os lo he dicho, estaba dispuesta a apostar todo sin saber las cartas del resto de jugadores, y peor aún, con las mías boca arriba a la vista de todos… me consolaba pensar que mi corazón irracional me guiaba, y nunca creí que fuera mal negocio dejarse guiar antes que permanecer estática.

El solárium era una sala alargada, provista de tumbonas desde donde uno podía ver todo el exterior a través de una enorme cristalera.

Me quedé con prudencia al principio de la sala…. Bueno, nos quedamos.

Mi madre pestañeó acostumbrándose a los rayos de sol que allí se agolpaban, pero sin querer disimularlo, acabó posando sus ojos en aquellos dos caballeros que charlaban alegremente en una tumbona.

Me sentí avergonzada y furiosa al dejarme arrastrar por aquella pasión tan propia de una niña, como profunda y humana.

Comencé a creer que lo de dejar que mi corazón me guiara, en realidad, podría ser un mal negocio.

Tenía la sensación de que, aunque todos habían descubierto ya mis cartas, yo era la única que no sabía qué mano llevaba.

Mi madre me estaba observando, mientras mi rostro alcanzaba el máximo estallido de rubor.

Y no era la única.

Archie nos estaba saludando con la mano y su amigo me miraba con decidida desgana.

—Vamos, hija, ¿no me los vas a presentar…?

—Gracias, mamá —mascullé entre mis dientes…

Al acercarnos, ambos se levantaron como si las tumbonas les quemaran. Agradecí ese acto de cortesía.

Hechas las presentaciones, Archie decidió que era momento de seguir generando argumentos especulativos.

—Vaya, Honey, ya sé de donde has heredado esa belleza natural…

¡Uf, qué calor me estaba entrando…!

Es probable que para ellos aquella situación fuera de lo más normal, y a buen seguro se mantenían ajenos a mi azoramiento y nerviosismo.

Yo tan solo deseaba no parecer de esa clase de mujer que se deja engatusar por un galán, por mucho que todo apuntara a ello.

Observé que mi madre disimuló su sorpresa y confusión al oír que Archie me llamaba Honey.

Por suerte, comenzaron a hablar unos y otros con el único objetivo de rellenar silencios con frases banales que consiguieron rebajar la tensión que crecía en mí.

En ese momento descubrí que Archie estaba dispuesto a dejarse atrapar por la magia de Shangri-La. Su mirada tan solo veía lo que su alma deseaba…

—Bueno, ha sido un placer, pero creo que ya es hora de dejarles descansar… —Mi madre puso fin a aquella inteligente conversación que entre todos manteníamos viva.

Lo de «dejarles descansar» lo subrayó sin necesidad de mirarme. Agradecí el detalle y me dispuse a retirarme sin orgullo, cuando…

—Honey… nos gustaría dar una vuelta por los alrededores… ¿hay algún lugar cercano que podríamos visitar antes del almuerzo…?

—Se me ocurre… el lago… En estas fechas todavía no está helado, y el color amarillo de las hojas de los álamos temblones es precioso en noviembre… Está a unos diez minutos por el sendero que lleva a las pistas de esquí.

Una vez acabado mi relato informativo, me dispuse a llevar a mi madre de nuevo a su habitación, pero Archie me detuvo una vez más.

—Si no es… si no es mucha molestia y tienes un poco de tiempo, nos podrías acompañar… así no nos perderemos…

—¡Encantada…!

Mi madre ladeó la cabeza y cerró los ojos en un acto de desaprobación. No sé si se disgustaba por aceptar la invitación o por hacerlo con tanta rapidez, pero ya os lo he dicho, lo que ha de suceder no es susceptible de demoras, nunca me gustaron los envoltorios elaborados con celofán de los regalos…. Aun así, mi madre tenía razón… ¡encantada!… había parecido una boba… podría haberme hecho de rogar… la interesante… pero no, «encantada…».En fin, a veces la sinceridad más apabullante es el mejor camino para llegar antes, tanto jugó el gato con el ratón que al final se le escapó.

Organicé el hotel con tanta premura que tan solo dibujé interrogantes en el rostro de todos. Bueno, de todos no, mi madre utilizó el silencio como discurso más contundente.

Le besé la frente y le sonreí con la esperanza de que me comprendiera. Pero, realmente, más allá del respeto, cariño, dedicación y devoción que sentía por mi madre, estaban mis propias decisiones. Su opinión siempre era bien recibida, pero no necesariamente vinculante ni decisiva. Siempre creí que nadie está autorizado a juzgar los actos de los demás, y mucho menos en todo lo concerniente a los sentimientos…. Si se desata un huracán en tu alma y tú deseas abrir ventanas, ¿quién soy yo para decirte que las cierres…?

Me estaban esperando en el recibidor dispuestos a encenderse unos cigarrillos.

No me dio tiempo de buscar algún espejo al que preguntarle cómo era mi aspecto. Pero no me importó. Es extraño, pero no me importó.

Es cierto que en los últimos años había dejado escapar la coqueta que antes pudiera vivir en mí. Hubo un tiempo en que creía que un espejo me podía adular menos que un hombre, o que su mentira sería más sincera.

Pero con Archie no buscaba verdades, ni esperaba mentiras, más bien creo que buscaba encontrarle a él, para poder encontrarme yo.

Archie me sonrió.

Randy me sonrió.

Entonces tuve la certeza de que Randy era mejor de lo que yo me había figurado. Aceptó que yo estuviera allí porque su amigo deseaba mi presencia.

Caminábamos despacio, permitiendo que el aire nos acariciara la respiración.

Ellos comenzaron a fumar y detuvieron la marcha.

Rechacé el cigarro que Archie me ofreció, y en un acto de autocontrol no realicé comentario despectivo alguno sobre el tabaco. Reservé mi opinión, no era momento de crear polémica y tensar la cuerda.

Se levantó un ligero viento que permitió que la escasa nieve se arremolinara alrededor de nuestros cabellos.

Todos sonreímos en un acto infantil.

Recordé cuando de niña corría hacia el lago. Parecía que había pasado un siglo. Sentí tristeza, ni melancolía, ni nostalgia, tan solo pena.

Archie advirtió esa sombra del pasado en mi rostro, y me preguntó:

—¿Qué te ocurre, Honey? Estás muy silenciosa y pensativa.

Me detuve.

Ellos se pararon expectantes.

Les miré y decidí compartir mis recuerdos.

—De niña venía al lago con bastante frecuencia. En verano nos zambullíamos sin temor de congelarnos las ideas, y en invierno, cuando el lago se hiela, patinábamos en las orillas.

—Yo sé patinar…

—Eres un patoso, te pasas el tiempo en el suelo… con el culo helado…

Los tres reímos la gracia de Randy.

—Pues yo creí que sabías patinar muy bien, Archie, al menos esa sensación daba al verte patinar junto a Loretta Young en The bishop’s wife.

—No te creas todo lo que veas en la pantalla. Hasta Randy parece que sabe montar a caballo…

Volvimos a reír y así continuamos hasta llegar al lago.

—Es un lugar precioso, Honey… me encantaría poder patinar algún día contigo.

Se hizo de nuevo un silencio incómodo.

Randy cogió una piedra y la tiró con fuerza al lago. Nunca he entendido esa necesidad de las personas de lanzar piedras al agua, pero creo que nadie sabría contestarme.

—Después de haber patinado con Loretta Young, no sé si yo podré estar a la altura…

No sé por qué hice ese comentario, supongo que fueron los nervios mezclados con el deseo de que su proposición no se quedara colgada en el aire hasta desaparecer. Es posible que también esperara un cumplido… pero no llegó. Archie también tiró una piedra mientras comentaba que Loretta tuvo una vida difícil.

Continuamos caminando en silencio alrededor del lago.

—Honey —dijo de repente Archie—, no quisiera molestarte, pero… ¿qué le ocurrió a tu madre?

—Es una enfermedad de la columna que le impide caminar, no sería capaz de deletrearte el nombre.

—¿Lleva mucho tiempo así?

—Desde hace casi diez años…

—Y, ¿has estado siempre a su lado?… quizás por eso… bueno… quizás tú… en el caso de que…

—¿Por eso no me he casado?…

Sonreí porque, por primera vez, vi ruborizado a Archie. No estaba incómoda con la conversación, por lo tanto, decidí contarles un poco mi vida.

—No, no me he casado nunca, aunque algún hombre pudo haberlo pretendido… Pero no creo que mi madre influyera en esa decisión.

Ahora fui yo la que me sorprendí tirando una piedra al lago y ambos me imitaron al instante. Me aclaré las ideas y concluí, pues no era el momento de dar muchas explicaciones.

—Shangri-La era el sueño de mi madre, y desde pequeña creí que era el mío… luego crecí y comencé a tejer los míos propios, entonces mi madre enfermó. Durante un tiempo quise huir, pero me veía haciendo el hatillo y caminando sin rumbo, para acabar volviendo la vista y ver a mi madre esperándome en su habitación… Ahora sé… sé que ya nunca saldré de aquí, los sueños que he tejido los guardé en algún cajón de no sé dónde.

De repente, Archie palideció…

—¿Estás bien, amigo? —Se preocupó Randy…

—Sí, pero creo que he de volver… sí… vosotros continuad charlando… yo… yo me voy… —Y se marchó cabizbajo antes de que ninguno pudiéramos reaccionar.

—Archie… —susurré, e hice la intención de seguirlo, pero Randy me detuvo.

—Deja que se marche, lo conozco y ahora necesita estar solo…

—Pero ¿he dicho algo que le pudiera incomodar?, yo…

—No te preocupes, Honey, ya se le pasará, es un sentimiento que germina dentro de él, y en ocasiones aflora… pero… no me corresponde hablarte a mí de ello…

Estaba desconcertada por la conducta de Archie y ese misterio que le envolvía, pero no tuve tiempo de pensar en ello, pues Randy parecía tener deseos de entablar conversación conmigo.

—Honey… eh, bueno, espero que yo también pueda llamarte así, a menudo Archie tiene la facilidad de conectar con las personas y yo… yo soy más complicado… disculpa…

—No, no te disculpes, puedes llamarme Honey…

En realidad, el sonido de Honey escuchado en la voz de otra persona no surtía el mismo efecto que cuando lo pronunciaba Archie, pero siempre he tenido en valor la virtud de ser cercana, y si Honey le parecía bien a Randy, pues a mí también.

—Bien, Honey, no me andaré con tonterías, tengo cincuenta y cinco años… sí, ya sé que aparento cincuenta y cuatro, pero es que me conservo bien…

Sonreí con sinceridad.

—En fin, que hace ya veinte años que conozco a Archie… y lo conozco muy bien. No soy un entrometido, nunca lo he sido y no lo voy a ser ahora… tan solo te puedo decir que yo quiero a Archie y lo quiero de verdad. He conocido a sus tres mujeres… a Virginia, a Bárbara y, por supuesto, a Betsy, y nunca, pese a lo que hayan podido decir las malas lenguas, me he entrometido.

»No lo he hecho porque cada uno en la vida de Archie tiene su lugar. Su corazón es un caleidoscopio gigante en el que cada pieza encaja para darle luz a su vida y, aunque parezca imposible, dentro de su anarquía emocional, Archie es capaz de hacernos felices a todos. Y eso ocurre porque, en realidad, Archie es luz… sí, hay personas que son sombras y otras luz… definitivamente, Archie es luz…

Le escuchaba casi sin parpadear, casi sin respirar, sin saber como encajaba yo en aquel soliloquio de luces y sombras.

—… tan solo necesitaba que lo supieras.

Saber, ¿el qué?… ¿qué me había perdido de sus palabras que no había sabido interpretar?

Volvimos en silencio a Shangri-La. Éramos dos desconocidos en mitad de un hermoso paisaje, sin mirar y sin mirarnos… Nosotros callábamos y el sol no dejaba de explicarnos cuánta belleza nos estábamos perdiendo.

Se despidió de mí y subió las escaleras en dirección a la habitación de Archie.

El resto del día fui una autómata en mis labores, mientras intentaba descifrar las palabras de Randy sin éxito, mientras pensaba una y otra vez en la extraña conducta de Archie.

Le di las buenas noches a mi madre sin permitirle meter cucharada en mis emociones y me acosté temprano.

Escuché el motor de un coche y desde mi ventana pude ver como Randy se marchaba por el camino de grava que le devolvería a la civilización.

Me tumbé de nuevo viendo correr los acontecimientos por mi cabeza, viviéndolos una y otra vez.

Creo que estaba dormida cuando sonó mi teléfono.

La llamada venía de recepción.

Descolgué y esperé ansiosa.

—Honey… ¿estabas dormida…?

—Yo nunca duermo…

—Randy se ha ido… Patricia, su mujer, lo espera en casa… Me ha dicho que me despida de ti por él…

—Bueno, pues me doy por despedida…

—Honey… ¿te importaría pasar un rato conmigo en el solárium? Necesito hablar… Hablarte.

No sé si colgué el teléfono, ni si salí volando, pero me sorprendí a mí misma en la entrada del solárium. Me acerqué despacio hasta la tumbona de Archie y me senté en el quicio, cerca de sus pies.

—Creo que tendré que acostumbrarme a estas veladas nocturnas…

—Y yo te estaré eternamente agradecido, Honey…

—La eternidad es un concepto que se escapa a mi comprensión, déjalo en que me lo agradeces ahora…

—Te lo agradezco… ahora… y lo hago porque necesito hablar contigo. Hay muchas personas a mi alrededor que me oyen, pero no me escuchan. Todos me quieren aconsejar para acabar diciéndome lo que ellos piensan que yo quiero oír…. Tú eres diferente, te conocí ayer, y tengo la sensación de haberlo hecho siempre…

—Yo a ti sí te conozco de siempre…

Mi comentario logró robarle una sonrisa a su taciturna cara.

—Al menos hoy no necesitas beber en compañía…

—Ya he bebido y no me siento mejor… el alcohol es un falso amigo…

—Pero Randy no, ¿verdad?

Se quedó en silencio mirando el cielo. Al rato, comenzó a hablar como si no hubiera escuchado mi pregunta.

—Aquella nube ha tapado la luna… yo quería ver la luna…

—La mayoría de los humanos lidiamos día a día con la adversidad, no estaría mal que la conocieras…

—Agradezco tu ironía, pero mi vida ha estado llena de adversidades… Sé que esta tarde te has quedado preocupada, me lo ha dicho Randy… Ah, sí, Randy, disculpa que no te haya contestado. Randy es la única persona que ha estado siempre en mi vida. Todos pasan… él se queda. Olvida la charla que te ha contado…

Le miré con un interrogante en la cara.

—… no tiene secretos para mí, su intención es protegerme…

—¿Protegerte de qué?

—De tus ojos de miel… de la verdad de tu mirada… de tu alma…

Me quedé sin palabras.

Hubo un silencio.

La luna se escabulló de la nube y descubrió su rostro mojado en mil lágrimas.

Giré la cabeza y disimulé mirando las montañas a través del ventanal…. Pero aun allí pude ver su rostro reflejado, empañando los cristales.

La luna se escondió de nuevo, permitiendo que la penumbra fuera nuestra cómplice.

—… protegerme de todo, menos de mí.

—Es un buen amigo…

—El mejor… recuerdo cuando lo conocí… fue en 1932, rodando Hot saturday… luego coincidimos de nuevo en Mi mujer favorita… alguien dijo que nos peleamos porque mi carrera despegaba y la suya no… Pero ya desde Hot saturday, sin grandes artificios, Randy fue más amado que yo… y ahora está viviendo una segunda juventud en el cine, es una estrella respetada…

—Hot saturday, un título muy acertado…

Volvió a reír. Me gustaba que sonriera. Randy tenía razón. Por un extraño fenómeno, Archie era luz, y cuando sonreía, ya no era necesaria la luna.

—Sí… premonitorio, diría yo… ha habido muchos sábados después y muchos domingos… cualquier día ha sido bueno para nosotros… Nos fuimos a vivir juntos a West Live oak drive, bajo el letrero de Hollywoodland. Es irónico, Randy, un hijo de una familia rica del sur, y yo, un pobre inglés que pasó la infancia con las rodillas arañadas y agujeros en los bolsillos…

—A veces, las personas más diferentes son las que más se saben comprender.

—Pero el resto nunca nos ha comprendido… Cualquier cosa que hiciéramos era malinterpretada… unas fotos juntos lavando platos, haciendo unas camas… Honey, unas inocentes fotos y la tinta y las opiniones volaban en cualquier dirección…

—La realidad suele tener mil perspectivas… uno debe quedarse con la suya y dejar que los demás hagan las interpretaciones que deseen. La envidia es un mal extendido. Algunas personas no saben vivir con la felicidad ajena…

—Pero hacen mucho daño…

—No lo dudo, pero si lo que quieren es hacer daño, no les des ese placer…

—Eso es fácil de decir…

—¿Fácil de decir? Te recuerdo que tú eres Cary Grant… no me hables de dificultades…

—Ese es el problema… me juzgas sin conocerme…

—Pues déjame que te conozca… ¿qué te ha pasado esta tarde?

Se levantó de la tumbona como si esta ya hubiera dejado de protegerle y caminó como fiera enjaulada por toda la sala.

—Me ha gustado conocer a tu madre. Es una mujer estupenda… como tú… Durante años, Honey, creí que mi madre me había abandonado… que había muerto. Elias me lo hizo creer…

Me miró y dedujo que yo no sabía quién era Elias.

—Elias era el mayor embustero que haya existido, dejó que su hijo de nueve años se quedara huérfano… He intentado perdonarle…. Te juro, Honey, que en cada vaso de whisky que he tomado, en cada copa que he bebido, he buscado siempre ese perdón…

—Y ¿lo has encontrado?

—¿Tú perdonarías a un padre que encierra a tu madre en un sanatorio mental?

No supe que contestar. Aquellas revelaciones me estaba costando digerirlas.

—¿Cómo… cuándo te enteraste?

—Fue Elias… en 1935 me llamó por teléfono, así, sin más… «Tu madre no está muerta…». Dejó, ¡maldita sea!, que creciera añorando un recuerdo, viviendo una mentira… Sí, le he perdonado… le perdoné el día que murió, pero seguí bebiendo, buscando el perdón de mi madre, una pobre mujer que se quedó sin nada…

—Y ahora…

—Ahora a mi madre no le falta de nada… yo tenía treinta años cuando la recuperé, y ella cincuenta y seis… Al principio, buscaba en mí al niño de nueve años que ella conocía… y yo deseaba serlo… volver a serlo para ella. Necesitaba su refugio… Poco a poco, ha ido aceptando a este hombre desconocido en el que me he convertido… Cuando me abraza, Honey, creo que abraza al niño que fui, y yo intento en cada abrazo recuperar el tiempo que nos robaron… —Se quedó en silencio y se sentó a mi lado—. Elsie… así se llama, mi madre… Ella es mi ahora, ese ahora que tú reclamas… Elsie, Elsie es mi tiempo…

Y entonces me cogió las manos… oh, my God…

—A ella le encantaría conocerte… A mí me encantaría conocerte…

La situación requería de tacto, y no precisamente de sus manos…

—Archie… te agradezco la confianza que has depositado en mí al contarme esa historia de tu vida tan dramática…

—Es una historia que conocen pocas personas, en Hollywood siempre he intentado edulcorar mi pasado, creando una falsa infancia…

—Me disculpo por juzgarte, pero sigo creyendo que el pasado no cambiará por mucho que te autodestruyas bebiendo. Es bueno que me lo hayas contado, que compartas tu dolor, es el principio para comenzar a superarlo. El pasado es un ancla, Archie, cuanto antes la saques del fondo, antes comenzarás a viajar con un rumbo seguro…

—Pero el mar sigue siendo oscuro y tenebroso…

—Esa es la vida, Archie, oscura y tenebrosa. Si no eres capaz de entenderlo por ti mismo, no esperes que lo haga por ti el alcohol… Compadécete si lo deseas, sigue tumbado esperando como un niño caprichoso que vuelva a salir la luna, culpa al mundo de tu infelicidad… Puedes hacer eso o dejar que las personas que te quieren te curen las heridas de tus rodillas… te cosan tus bolsillos rotos…

Le solté las manos y me levanté con el propósito de marcharme. Realmente no estaba indignada, pero no quería contagiarme de su actitud pesimista, de esa resignación y falta de ánimo para luchar que le abocaba a una inevitable derrota profetizada.

—Honey…

—¿Quieres conocerme?… está bien… Ahora me iré a dormir, o a intentarlo, mañana he de trabajar… yo trabajo todos los días… tú puedes quedarte ahí añorando una vida mejor y mojando todo con tus lágrimas, o irte también a dormir y sentir, por una vez, que eres un ser excepcional, único y afortunado… sueña con ello y al despertar te sentirás mejor… y yo te prometo que otro día te cuento mis penas… que de eso también entiendo…

Me quedé escondida, espiando furtiva sus movimientos. Como un niño desorientado que necesita que le digan lo que tiene que hacer, subió cabizbajo a su habitación, no sin antes mirar con deseo las bebidas de bar, que parecían llamarle.

En mi cama pensé en Randy… en Betsy y en todas su mujeres… ¿quién sería su mujer favorita?

Supongo que Elsie… su madre…

Me dormí sintiendo que lo único seguro es que yo no deseaba ser su mujer favorita…

Nunca pensé en ser la mujer favorita de nadie.

IIIEVERY GIRL SHOULD BE MARRIED

—¿Toda mujer debería casarse?… Es cuestión de creer que has encontrado el hombre adecuado. Yo lo hice, y aquí me tienes…

Estábamos sentadas en las escaleras del porche de Shangri-La. Betsy lucía un vestido tan bonito como bonita era su agridulce sonrisa. Uno de los perros de mi padre se acercó a jugar con nosotras. Distraída por la casualidad, Betsy acarició los cabellos del animal, y en su rostro pude advertir, por primera vez desde que llegara, un remanso de paz.

La llegada de Betsy pospuso los encuentros con Archie. Necesitaría mucho tiempo para ahondar en sus entrañas. Conocer a otra persona es tarea complicada, y mucho más cuando esa persona no se conoce a sí misma.

No iba muy desencaminado Randy al definir a Archie como un caleidoscopio. Sus sentimientos eran un rompecabezas por ordenar, un rompecabezas que se iba formando en el tiempo con piezas de diversos puzzles. Y Betsy era una pieza más. Una novedosa figura que había aparecido en su vida hacía apenas seis años, pero con una influencia persistente. Es posible que fueran trapecistas en el trapecio del amor, o eso al menos creían ellos. Yo pienso que, más bien, el amor era la red que les protegía de caer al vacío.

Al día siguiente de nuestra última conversación, bajé a la ciudad para encargar las provisiones del invierno. Se acercaba diciembre y ya estaba todo reservado. El dueño del almacén, Dick Howard, era un viejo amigo mío. Mildred siempre opinaba que él estaba enamorado de mí en secreto desde el primer día que entró por la puerta de Shangri-La para hablar de negocios.

—Negocios, tú siempre trabajando y la vida pasando y pasando…

Es posible que Mildred estuviera en lo cierto. En los últimos diez años, había descuidado el terreno sentimental. No abonaba mi corazón, ni lo regaba… nunca…

En un tiempo fui una mujer pasional, apasionada y apasionante… tres palabras que se han ido difuminando en la rutina.

Y, sí, Dick me miraba con la dedicación del que contempla un cuadro abstracto en el museo, intentando saber en realidad si lo que estaba viendo le gustaba o no.

Si me amaba, le hubiera resultado sencillo insinuarse en alguna ocasión. Pero Dick era un caballero de los antiguos. A buen seguro, estaría esperando que, de alguna manera, le diera yo permiso para hacerlo. Pero eso era algo que en aquel preciso instante no iba a ocurrir.

—Gracias, Dick… cuando quieras, ya sabes que puedes pasarte por Shangri-La y jugamos un ajedrez…

Era el ajedrez algo más que un juego. Un cruce de miradas. Silencios.

—Está enamorado de ti… eres una tonta si lo dejas escapar…

—No todas las mujeres deben casarse, Mildred.

—Este te quiere… y es bueno. Tú dices que no se te insinúa, tú que no tienes ojos, que tienes patatas sin pelar. ¿Quién gana al ajedrez?… tú… y no te has preguntado por qué.

—No, pero me temo que me lo vas a contar.

—Pues sí, chiquilla, te lo voy a contar, y no porque sea una chismosa, sino porque es de justicia. Pues bien, escucha lo que te voy a decir: no ganas porque seas muy buena.

—Gracias, Mildred, por el descubrimiento, ahora ya no podré dormir.

—¡Calla y no me interrumpas! Ganas porque se dedica a mirarte todo el tiempo y no se concentra…

—Gano porque es un caballero tontorrón que se cree que soy una dama a la que hay que dejar ganar… y eso me desespera… Mira, Mildred, el día que me gane en el ajedrez, a lo mejor, y solo a lo mejor, la que me insinúo soy yo… pero para no oírte más…

Al salir del almacén, me volví ligeramente para derribar la teoría de Mildred, pero allí estaba Dick, retratándome con los ojos.

Por un instante, hasta que puse rumbo de nuevo a Shangri-La, he de reconocer que me entró una ligera sensación de vanidad, pero en el momento que entré de nuevo en mi realidad, la sensación se desvaneció como si nunca hubiera existido… En el salón de té estaba Archie, Archie y una mujer. Su mujer, Betsy.

Bien, llegados a este momento, he de aclarar varias puntos de vista, perspectivas o ideas naturales que podáis tener:

Uno, yo no me sentía la otra…

Dos, Betsy era su mujer, por lo tanto, ella tampoco era la otra…

Y tres, no éramos rivales ni lo íbamos a ser, ni se avecinaba tempestad, ni presentaciones incómodas, ni discusión alguna que acabara en estirones de pelo…

Me acerqué, como buena anfitriona, sin otra intención de conocer a la señora que acompañaba a tan ilustre huésped.

Betsy era una joven de delicada belleza, una mujer de rasgos agradables, con una presencia discreta, alejada de las actrices de cine que en aquellos momentos comenzaban a ser populares.

Archie nos presentó, con suma naturalidad, todo enmarcado en el más estricto protocolo.

Tras unos breves instantes, me excusé y volví a mis asuntos.

Desde la recepción, con el máximo disimulo, me dediqué a espiar sus gestos, ademanes y silencios… Silencios que hablaban por sí mismos.

Una pareja que llevaba sin verse varios días y no tenía nada que contarse.

Hay silencios que cuentan que deseas ocultar que tu corazón arde, y otros que tan solo hablan del miedo a que descubran que tienes el corazón helado…

Eran menos de las doce de la mañana y Archie bebía con gran esmero.

No pasó mucho tiempo hasta que él se levantó dejando a su mujer sola en el salón.

Archie pasó por mi lado sin dedicarme ni tan solo una mirada.

Betsy se sentó en las escaleras del porche, abatida y cabizbaja.

La observé sin que se diera cuenta.

¿Qué podría tener? Treinta años… sí, era casi veinte más joven que Cary Grant, eso comentaban las revistas sensacionalistas. Y parecía una mujer más madura, con el rostro surcado por la vida, con la derrota grabada en la mirada.

No pude dejar de pensar en lo que los lápices afilados de la prensa rosa podrían hacer con todo lo que allí estaba ocurriendo.

Movida por el interés que representaba en mí Archie y todo aquello que le concernía, me acerqué, he de reconocer que también con algún atisbo de curiosidad, hasta las escaleras del porche.

Me quedé de pie, a su lado, mirando el horizonte, en la misma dirección en la que miraba ella.

Al sentir mi presencia, Betsy levantó la vista. Le sonreí, y dejó de resistir el llanto, permitiendo que su angelical rostro se humedeciera quebrándose sin remedio.

—… sí, me casé con uno de los hombres más deseados del planeta. Al principio me sentía como en el cuento de La Cenicienta, no sé si me entiendes…

—Claro, Betsy, todas hemos sido alguna vez la protagonista de algún cuento.

—Pero el cuento se acabó… Archie dejó de ser un príncipe, dejó de ser Cary Grant, y se convirtió en un hombre taciturno, frío, dominado por los temores y las inseguridades. Alejado de casi todo el mundo. Lo que en un principio interpreté como intimidad era, en realidad, distancia.

—En ocasiones, necesitamos estar solos para encontrarnos a nosotros mismos, el viaje hacia nuestro interior es uno de los más difíciles de la existencia…