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Esta es una revisión histórica que establece las particularidades y matices que perfilaron la activa participación pública de la Escuela de Arquitectura de la U.C. de Valparaíso en los años 60, y sus cambios a inicios de los 70.
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Seitenzahl: 234
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© LOM ediciones Primera edición, marzo 2022 Impreso en 1000 ejemplares ISBN Impreso: 9789560014788 ISBN Digital: 9789560016249 Fotografías interior: Archivo Histórico José Vial Armstrong - Escuela de Arquitecturay Diseño - Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Edición y maquetación LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 [email protected] | www.lom.cl Diseño de Colección: Estelí Slachevsky Aguilera Tipografía: Karmina Registro N°: 301.022 Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile
A quienes todo debo, Guillermina y Eduardo
A Francisco Díaz, por su apoyo a este trabajo en todo momento; a José Abásolo y Félix Reigada, por proveer de momentos bien administrados entre acaloradas discusiones disciplinares y distendidos almuerzos en el cuartel de Ariztíalab; a Amarí Peliowski, por propiciar conversaciones y preguntas del todo determinantes para este libro; a Gonzalo Cáceres, por proyectar este trabajo más allá de lo que yo hubiese podido; y a Germán Hidalgo, Diego González y Lucía Galaretto por su amistad y sinceros parabienes.
Agradezco, además, la desinteresada y cordial disposición de Boris Ivelic, Juan Purcell, Juan Mastrantonio, Ernesto Rodríguez, Jorge Ferrada y Rodrigo Pérez de Arce para ser entrevistados y aportar el testimonio de eventos que, hasta hoy, no habían sido puestos en la discusión pública.
Finalmente, agradezco al Archivo Histórico José Vial Armstrong de la Escuela de Arquitectura de la PUCV, particularmente a Adolfo Espinoza, por facilitar documentos e imágenes gravitantes para esta investigación; y muy especialmente a Iván Ivelic, director de la Escuela, por volver a abrirme fraternalmente las puertas del lugar en el que me formé como arquitecto.
Más allá del mitoFrancisco Díaz
Si bien es famoso por haber matado a su padre y luego haberse casado con su madre, Edipo es un personaje mucho más profundo e interesante. Por ejemplo, según indica el mito griego desde donde hemos heredado su historia, Edipo resolvió los acertijos impuestos por la esfinge sin ayuda de nadie –ni de los dioses ni de humanos– sino solo utilizando su inteligencia. Además, una vez convertido en rey y ya casado con su madre, fue más allá de los intentos de sus cercanos por disuadirlo y se propuso investigar a fondo para encontrar al culpable de la muerte del exmarido de su esposa, antiguo rey y, como ahora sabemos, su padre. El culpable, por cierto y sin saberlo, era el propio Edipo.
Sin embargo, la lectura más reconocida de este mito suaviza al personaje. Para el psiquiatra austríaco Sigmund Freud, «el complejo de Edipo» implicaba la competencia entre un niño y su padre por el amor de la madre, lo que suponía que «matar al padre» era la condición necesaria para ocupar su lugar. Pero Jean-Joseph Goux argumenta que la lectura de Freud es incompleta –si no errónea– pues entiende el mito de Edipo sólo como un problema filial, simplificándolo y obviando dos de sus componentes más complejos: por un lado, su encuentro con la esfinge y, por otro, el hecho de que no siga la estructura de otros famosos mitos griegos, como los de Perseo, Jasón, o Bellerophon1. Así, si bien el psicoanálisis ha permitido elevar este mito por sobre los otros, ha contribuido a su vez a mutilar una historia más compleja y rica.
Tal como para Freud, Grecia también fue una fuente de inspiración para el Instituto de Arquitectura de Valparaíso tras su fundación en 1952, de la mano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de esa ciudad. Bajo el liderazgo intelectual del poeta argentino Godofredo Iommi, la «Escuela de Valparaíso»2intentó definir una suerte de mito fundacional de América, que proveyera el origen y a la vez el destino de un experimento pedagógico tan revolucionario como ambicioso en sus objetivos. El éxito de ese relato mítico se hace evidente al ver como, durante sus casi setenta años de existencia, la mayoría de las historias que se han escrito sobre esta escuela no han logrado escapar del encanto del relato mítico. Pero entre el afán primermundista por «descubrir» esta escuela3, el esfuerzo de muchos investigadores locales por «visibilizar» este caso y la voluntad expresa de sus actuales miembros por «preservar» el legado de sus fundadores, hay un punto ciego en el que pocos han explorado: la investigación histórica pura y dura. Aquella que no busca poner en valor ni catalogar, sino simplemente situar un caso, tejiendo las conexiones que obviamente debe haber entre dicho caso y el entorno histórico, económico y sociopolítico que le permite existir, con el que se fricciona y al que, en algunos casos, el propio caso modifica. En otras palabras, el punto ciego ha consistido en lograr escribir sobre la Escuela de Arquitectura de la UCV sin caer atrapado en su encanto.
Este libro abre con uno de estos esfuerzos: la pregunta hecha por el historiador Alfredo Jocelyn-Holt en plena Ciudad Abierta en el año 2010. También se apoya, más en términos de actitud que de argumento, en el brillante trabajo realizado por la historiadora ecuatoriana Ana María León, quien logró efectivamente tejer algunos de los vínculos históricos entre la UCV y la dictadura militar4. Sin embargo, este libro va más allá, estableciendo puntos de contacto específicos entre un caso, que habitualmente se ha entendido como excepcional y autónomo, y el entorno sociopolítico en el que logró hacer crecer su mito. Más allá de su calidad narrativa –excepcional, por cierto–, el gran valor del presente trabajo es haber analizado un caso en un tiempo específico y con la asepsia necesaria para una pulcritud científica, sin por ello perder el compromiso personal invertido en dicha tarea. Mal que mal, el caso en cuestión no era para nada ajeno al autor de este libro.
De hecho, y habiendo apoyado el desarrollo de este trabajo como guía de la tesis de Magíster en Arquitectura de Nicolás Verdejo, me atrevo a decir que el autor es más excepcional que el caso que estudia. Es de esas personas que pasan por nuestras vidas, con las que uno tiene la oportunidad de toparse y conocer, pero que a la vez uno intuye que llegarán mucho más lejos. No es casualidad que, en sus primeras versiones, el presente trabajo tenía una peligrosa cercanía a la lectura freudiana del mito de Edipo: el autor tratando de «matar al padre»; a saber, la escuela donde había estudiado. Pero con el correr de los meses el ejercicio se volvió más sofisticado, logrando calibrar una investigación acuciosa, documentos inéditos, historias orales y una prosa elegante. En otras palabras, la muerte del padre ya era innecesaria, pues la madurez intelectual residía en resolver –sin ayuda de dioses ni de humanos– los enigmas puestos por la esfinge. En esos enigmas, que no han podido ser superados por muchos de los que han escrito sobre este caso, estaba la clave de todo el asunto. Al resistirse a la tentación de volver a contar un mito y optar en cambio por investigar la historia, el autor dejó de ser un estudiante y se convirtió en un historiador.
Ahora bien, ¿qué sentido tiene seguir hablando hoy en términos mitológicos? ¿No estaremos utilizando el mismo truco que permitió a la Escuela de Arquitectura UCV volverse impermeable a la investigación crítica? Incluso más. Al utilizar el propio mito de Edipo, ¿no estaremos acaso perpetuando los mismos paradigmas patriarcales de género que debiésemos estar deconstruyendo?
Nuevamente Goux ofrece una salida a esta encrucijada. Al entender a Edipo en toda su complejidad, nos permite verlo como un personaje mucho más interesante que el parricida incestuoso que nos legó Freud, y como un héroe mucho más ambiguo que otros protagonistas de mitos griegos. Para Goux, Edipo no es sólo el primer héroe que derrota a su enemiga –la esfinge– sin ayuda de dioses ni de la fuerza, sino solo con su inteligencia racional; al lograr esa hazaña, Edipo sería, además, el primer ateo y el primer filósofo racional. En otras palabras, se trata de un personaje que surge del mito, pero que lo supera. Desde esa perspectiva, y sin desearle a su autor el trágico destino del parricida incestuoso (que luego de enterarse de que era el asesino de su padre se saca los ojos y es condenado al exilio), es posible afirmar que este libro es un ejercicio edípico: no existiría sin un mito, pero logra abrir caminos fuera de él. Y sólo eso ya hace que su lectura sea una obligación.
Francisco Díaz Profesor Asistente, Escuela de Arquitectura UC, Chile Santiago, febrero de 2021.
1 Jean–Joseph Goux, Oedipus, Philosopher. Traducido por Catherine Porter. (Stanford, CA: Stanford University Press, 1993).
2 Así fue denominada por Fernando Pérez y Rodrigo Pérez de Arce en su libro Escuela de Valparaíso. Grupo Ciudad Abierta. Editado por Raúl Rispa (Madrid: Tanais, 2003).
3 Aquí es imposible obviar los casos de Ann Pendleton-Jullian y Massimo Alfieri, cuyas publicaciones son una suerte de reporte para dar a conocer en inglés a esta extraña escuela en el fin del mundo. Ver Ann M. Pendleton-Jullian, The road that is not a road and the Open City, Ritoque, Chile. (Cambridge, MA. MIT Press, 1996); y Massimo Alfieri, La citta aperta. (Roma: Librerie Dedalo, 2000).
4 Ana María León, «Prisioneros de Ritoque: La Ciudad Abierta y el centro de detención». ARQ 92 (Abril, 2016):80-99.
¿Qué otro artista se ha preocupado jamás de los acontecimientos políticos actuales? Él solo vivía en su arte,y solamente dentro de él recorría la vida;pero una época ominosa y difícil hizo presa del hombrecon puño férreo, y el dolor le arrancaba exclamacionesque le eran habitualmente ajenas
E.T.A. HOFFMANN, Höchst zerstrute Gedanken (Como se citó en Mann, 2011: 213)
El miércoles 13 de octubre de 2010, en la Sala de Música de la Ciudad Abierta de Ritoque, reducto disciplinar y experimental de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso (EAUCV), tuvo lugar una de las intervenciones más controversiales del último tiempo para su plantel, y sobre la cual versan gran parte de los intereses de investigación de este libro. En la instancia, el historiador Alfredo Jocelyn-Holt (J-H) (figura 1) deslizó severas y provocadoras lecturas en torno a la eventual ausencia de una historia política de la EAUCV frente a gran parte de su profesorado, estudiantado y algunos invitados y amigos. Por entonces me encontraba en el último año de estudios de arquitectura en la Escuela, y las contrastadas reacciones que testimoniaron los pasillos de la casa de calle Matta suscitaron sendas discusiones entre quienes habíamos asumido, con relativa aceptación, la literatura histórica provista por nuestros profesores.
Lejos de omitirla o buscar desperfilarla, la intervención del historiador fue registrada y publicada digitalmente por la EAUCV, y no demoró en hacer eco en un grupo no menor de académicos, intelectuales y exalumnos que realizaron sus descargos tanto en la página web de la Escuela como a través de cartas abiertas. A riesgo de que el mote de «polemista» que reviste la figura de J-H desoriente, con despropósito en algunas ocasiones, el foco de la discusión que a continuación presentaré, sus planteamientos animaron una serie de posturas de diversa calidad argumentativa que, para el objetivo de revisitar las narrativas históricas de la EAUCV, resultará pertinente observar y analizar.
Figura 1. Presentación del libro El Acto Arquitectónico el 13 de octubre de 2010. De izquierda a derecha: Alberto Cruz; Alfredo Jocelyn-Holt; Pedro Gandolfo; y Roberto Godoy. Fuente: Archivo Histórico JVA, EAUCV.
La intervención de J-H, que llevó por nombre «La complejidad de una obra y su historia pendiente» fue realizada dentro del marco de la presentación del libro del arquitecto y fundador de la EAUCV, Alberto Cruz: El Acto Arquitectónico (Cruz, 2010). Además del historiador, fueron invitados a la mesa de comentarios el escritor y abogado Pedro Gandolfo, quien participó con la presentación «Impresiones acerca del Acto Arquitectónico», y el arquitecto y ex alumno de la Escuela, Roberto Godoy, quién también entregó sus reflexiones en «Sobre El Acto Arquitectónico». Dos años después, y en clave ensayística, tales presentaciones fueron compiladas –junto a las reacciones y comentarios en torno a la presentación de J-H– y posteriormente editadas para conformar el resultado final del libro Ha Lugar de un Encuentro (VVAA, 2012). En el texto de presentación de este libro, y en su calidad de decano de la casa de estudios que contribuyó a su publicación, Alberto Sato destacó la presencia de «discursos enriquecedores, francos, con pocos rodeos», aunque de «difícil traductibilidad» (2012: 11).
Precedida de una breve introducción del poeta Manuel Sanfuentes, y en presencia del propio Alberto Cruz, la ponencia de J-H ofreció, en primera instancia, un análisis crítico a propósito de la condición arqueológica, a su entender nada favorable, de los relatos históricos de la EAUCV y de los vacíos políticos y sociales en ellos presentes, a su juicio nada involuntarios. Apuntó, además, a que los intentos de divulgar, contextualizar y analizar en particular la experiencia de la Ciudad Abierta,5 aún se encontraban en un estadio preliminar y tentativo, orientado a registrar la experiencia de la Escuela a través de un relato de predominante punto de vista arquitectónico. A pesar de no ver mella en la orientación disciplinar de esos temas, el historiador advirtió que, debido a la amplia y original dimensión de la propuesta, es posible que el estado actual del relato histórico de la EAUCV arriesgue concebirla y «congelarla como una pura creación plástica, morfológica, o estrictamente estética» (J-H en VVAA, 2012: 20).
Sobre lo anteriormente dicho, las críticas lecturas de J-H también interpelaron los alcances de la Reforma Universitaria de 1967, anunciada a partir del Manifiesto del 15 de junio y que, junto al poema Amereida, transfirió gran parte de sus enunciados en la formación de la Ciudad Abierta en 1970. Para el historiador, las consecuencias de la Reforma Universitaria son aún discutibles y, aún más, calificó como inentendible la formación de un núcleo comunitario, aséptico y purista, ideológicamente «inocente» en la segunda mitad de los sesenta; un contexto, ciertamente, sobrecargado de radicalización, politización y enfrentamientos –de cualquier orden– en que el proyecto de la EAUCV se fortaleció y prosperó. Para reafirmar su punto, J-H recurrió a la referencia del historiador Mario Góngora, figura muy cercana al grupo fundador de la EAUCV y a su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (Góngora, 1981) en donde afirmaba tajantemente:
Los movimientos de Reforma Universitaria, iniciados en la Universidad Católica de Valparaíso con fines puramente intelectuales e institucionales, se transformaron en movimientos partidistas en todas las universidades del país, exigiendo el cogobierno de esas corporaciones por profesores, estudiantes y universitarios […] El resultado fue que el nivel intelectual de las universidades no subió un punto entre 1967 y 1973. (Como se citó en J-H en VVAA, 2012: 21)
Góngora, citado reiteradamente en la presentación de J–H, se había manifestado ya escéptico durante los años en que algunas iniciativas reformistas se llevaron a cabo en las universidades del país, totalmente convencido de que el reformismo universitario de la época no fue más que un movimiento cautivo de mandatos y arbitrajes de carácter ideológico, con claras identificaciones en medio de un contexto de Guerra Fría. En 1969, el por entonces director de Anales de la Universidad de Chile, Álvaro Bunster, invitó a diferentes políticos, intelectuales y académicos nacionales, a responder un cuestionario de veintisiete preguntas relativas a los orígenes e implicancias del proceso reformista universitario. Entre quienes recibieron el cuestionario, estaban Clodomiro Almeyda, uno de los fundadores de la Unidad Popular; Juan Araya, primer decano de la Universidad de Chile sede Valparaíso (UCHV); Fernando Castillo, rector de la Universidad Católica; Juan Gómez Millas, quien acababa de terminar su período como ministro de Educación; Godofredo Iommi, poeta y profesor de la EAUCV; y el propio Góngora, recién integrado al Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la UCH, entre varios otros más.
Ante las preguntas «¿Qué piensa usted de la agitación estudiantil en Latinoamérica y en Chile?» y «¿Cree usted que se genera por las mismas razones que en otros países del mundo o existen diferencias fundamentales entre una y otra?» (Anales UCH, 1969: 7), Góngora no dejó de asumir que, probablemente, desde Europa los movimientos estudiantiles americanos hayan sido vistos como manifestaciones de tipo más «ingenua» que las de su propia región. Sin embargo, no rehúye de apuntar las matrices ideológicas que, a su entender, gravitaron inexorablemente sobre la época en cuestión:
[…] Ellos [los movimientos universitarios] se arraigan en la ideología, conservada en las federaciones estudiantiles, proveniente de los movimientos reformistas, libertarios y sociales, que provienen de la segunda década del siglo […] Se prolongan hoy día, con algunas variantes, como la mayor fuerza del marxismo, o la introducción del populismo neocatólico. (1969: 32)
A diferencia de Góngora, quien respondió numeradamente las preguntas del cuestionario, Iommi planteó sus puntos a través de un ensayo-manifiesto –formato narrativo frecuente en los pronunciamientos de la EAUCV– infundido por los temas ya expuestos en el Manifiesto del 15 de junio de 1967, en gran parte promotores de la autonomía universitaria y denunciantes de las amenazas para la libertad de estudio, en su mayoría provenientes tanto desde las atribuciones del clero como de las disputas ideológico-partidistas intensificadas en los años sesenta. En su respuesta, Iommi asignó a la juventud –que no meramente estudiantes– la responsabilidad del destino de la sociedad y la capacidad de cuestionar todo sistema como forma de vida, como también el rol de denunciar y desconocer «las falacias, cada vez más intencionadas, con que tratan de justificarse las instituciones, los partidos, los estados, las ideologías» (Anales UCH, 1969: 62) en el desarrollo cualquier disputa de poder.
Para J-H, la condición apolítica que a su parecer profesa la EAUCV, en particular en las décadas de los sesenta y setenta, la sitúa en una condición de vulnerabilidad que podría asociarla al gremialismo de la época, que «de apolítico y no-ideológico no tuvo nada» y que acabó por constituirse en «una impostura, una falsa conciencia» (J-H en VVAA, 2012: 27). Para el historiador, se trata más bien de situar la Escuela y su rol en la Reforma Universitaria dentro de una compleja red de heterogéneas tramas ideológico-partidistas, difícilmente eludibles al momento de revisar el período en cuestión. Sobre esto mismo, los trabajos del abogado y académico Rodrigo Baño realizados en 1995 sobre las encuestas Hamuy6 de la época, determinaron que 1967 fue el año que contempló mayor proximidad a partidos políticos dentro de la población en la década de los sesenta. De la misma forma, resultó ser el partido Demócrata Cristiano, fuerza política de gobierno y además impulsor de los primeros movimientos pro Reforma Universitaria a mitad de los sesenta, el que mayor cantidad de adherentes registró, con un máximo de 56,9% respecto a la población encuestada en mayo de 1967.
La intervención de J-H también ofreció un lato análisis en torno a la fundación de la Ciudad Abierta, a su entender abundante de significados aún no declarados. Considerando las versiones compartidas que apuntan a la adquisición de terrenos a partir de la Reforma Agraria; al alero de un grupo de profesores de una universidad católica –siendo varios de ellos creyentes y practicantes–, sujeta además a ejercicios de disputas de poder provenientes de presiones partidistas, el historiador no eludió la sugerente premisa que apunta a que, en estricto rigor, la Ciudad Abierta se había constituido a partir de un consensuada evasión de la agitada realidad nacional de fines de los sesenta, consignada a partir de propuestas como el llamado a «cambiar de vida» de Cruz, y no a «cambiar la vida».
Para el investigador y académico Fernando Pérez, es probable que la fundación de la Ciudad Abierta de Ritoque diera lugar al retiro de la Escuela respecto a la escena pública, impulsado en gran parte por el frustrado desenlace de la propuesta urbanística para la Avenida del Mar de 1969 (Pérez O. en Liernur, 2009), y que buscó oponerse al proyecto de la Vía Elevada en el tramo Valparaíso-Viña del Mar realizado por el Ministerio de Obras Públicas (MOP). Luego de una serie de controversias y enfrentamientos comunicacionales de pública resonancia, la propuesta de la Escuela acabó siendo desplazada y la del MOP, finalmente, ejecutada no obstante diversos contratiempos. Tal y como será analizado en el capítulo II, si bien la fundación de la Ciudad Abierta pudo haber respondido a una guía poética y disciplinar, no menos cierto es que su posterior consolidación remitió a la convicción de que, fuera de sus límites, la realidad se tornó un campo hostil y poco receptivo para el ejercicio especulativo de la arquitectura.
Profundizando aún más su lectura en torno al surgimiento de la Ciudad Abierta, J-H también manifestó sus reservas en torno al tenor comunitario y conventual –de maestros y aprendices– de la propuesta, a la que situó además en una condición de margen y frontera, en un lugar indeterminado y ajeno a todo afán de «cambiar el mundo». Para el historiador, esta comunidad constituida bajo la consigna de «vida, trabajo y estudio», respondió a la tendencia de conformar células comunitarias de tipo sectario, orientadas a promover un «renacimiento» intelectual y católico de la sociedad, con el objetivo de regenerar el decadente estado de la cultura en la segunda mitad del siglo XX. Para sostener sus dichos, J-H nuevamente citó las sentencias de Góngora, reproducidos esta vez en un artículo de la revista gremialista Realidad en 1983:
La formación de una nueva élite sería la tarea primordial a mediano y largo plazo, y ella puede salir únicamente de la Universidad. Cuidar de la formación de una élite universitaria, libre y altamente seleccionada, sería la tarea fundamental, si se quieren evitar los terribles peligros de una democracia de masas (Como se citó en J–H en VVAA, 2012: 26).
Aún suspicaz, el historiador acentuó sus aprehensiones al observar que, en los recuentos «arqueológicos» de la Escuela, no apareciese mención alguna a lo que ocurría simultáneamente en el campo de detención de Ritoque entre 1974 y 1975, precisamente cinco kilómetros al norte de la Ciudad Abierta. En el lugar, estuvieron detenidos y sometidos a trabajos forzados personeros políticos de la Unidad Popular como Orlando Cantuarias, quien había oficiado como ministro de Minería y consolidado la nacionalización del cobre; Jorge Montes, Senador; Orlando Letelier, ministro de Defensa; Aníbal Palma, ministro de Educación y secretario General de Gobierno; Fernando Flores, ministro de Hacienda; Carlos Matus, presidente del Banco Central; Sergio Vuskovic, alcalde de Valparaíso; Luis Corvalán, senador y secretario General del Partido Comunista; y Miguel Lawner, director de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) y quien registró esmeradamente las condiciones de cautiverio7 del recinto, entre varios más.
J-H no escatimó en su provocación al afirmar que inminentes serían las desavenencias con el trabajo de cierto revisionismo que, al igual como se había hecho con la Bauhaus bajo la dirección de Mies van der Rohe, podría proponer desfavorables relaciones como las realizadas en torno a la civilizada Weimar y su proximidad con el campo de exterminio de Buchenwald, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar, entonces, el incordio de algunos miembros del profesorado de la EAUCV ante la publicación del texto Prisoners of Ritoque: The Open City and the Ritoque Concentration Camp, de la investigadora ecuatoriana Ana María León. En él, se apuntó a que la represión política de la dictadura militar en Chile había asistido el surgimiento de dos tipos de prisión en Ritoque: una forzada, correspondiente al campo de detención levantado en 1974, y otra voluntaria, la de los arquitectos de la Ciudad Abierta que vieron posibilidad de acción fuera de todo contexto político (León, 2012).
La principal amenaza advertida por J-H deslindó en que, a fin de cuentas, el trabajo de la EAUCV quedase relegado a una experiencia apenas contingente, de escaso interés para el público no entendido, y catalogada como «una mera excentricidad, una apostilla curiosa del movimiento moderno, sin mayor trascendencia más allá de su efecto marginal» (J-H en VVAA, 2012: 28). A su parecer, esta situación se ve aún más entorpecida por la inteligibilidad algo forzada dentro de los autorreferentes recuentos de la Escuela. Análoga discusión, pero desarrollada dentro del campo disciplinar de la arquitectura, fue planteada en por el crítico italiano Manfredo Tafuri en su manuscrito «L’Architecture dans le Boudoir» de 1974, al referirse a las anodinas propuestas de las neovanguardias norteamericanas y europeas, centradas en consolidar sus autonomías disciplinares y en sus asépticas experimentaciones formales; relegadas a la completa irrelevancia dentro del marco dibujado por sus autoimpuestos límites, y ante las cuales, según el crítico, resultará prudente desconfiar. Tafuri, extremando el argumento con formas verbales incisivas, apuntó:
‘La vanguardia desencantada’, completamente absorta en explorar desde la comodidad de sus encantadores tocadores las profundidades de la filosofía de lo inesperado, anota, una y otra vez, sus propias reacciones bajo la influencia de drogas prudentemente administradas. Su uso del hachís es ciertamente consciente: pero hace de esta ‘conciencia’ una barrera, una defensa8 (Tafuri en Hays, 2000: 167).
¿Cuáles son las efectivas imbricaciones de los marcos ideológicos del país en el desarrollo del proyecto intelectual y académico de la EAUCV, en una época marcada por transformaciones y polarizaciones a escala social y política? ¿Es efectivo un vacío narrativo en los recuentos históricos de la Escuela? Cambiar de vida es un ensayo revisionista que pretende, desde un punto de vista abiertamente heterodoxo, establecer particularidades y matices que determinaron las distintas formas de vinculación de la EAUCV con la escena pública entre 1967 y 1973; período incuestionablemente dimensionado por la Reforma Universitaria y el golpe militar, pero además apuntado por una destacada batería de obras, proyectos, textos e imágenes producidas por la Escuela. Estos años presenciaron un resuelto interés por participar propositivamente en los problemas del país, pero también alojaron el posterior proceso de retracción política de la EAUCV.
Instando enfatizadamente a los líderes y profesores de la Escuela a construir su propia y acabada historia, J-H dio fin a su intervención. Algunas de las reacciones a la crítica realizada por el historiador se dejaron ver en la separata de la primera edición de Ha Lugar de un Encuentro, y se dispusieron de dos maneras. La primera correspondió a una carta del arquitecto y ex alumno de la EAUCV, Carlos Oyarzún9, que llevó por nombre «Encuentros y desencuentros», y que fue dirigida directamente a J-H de quien se expresa como un «amigo». La segunda contempló el acopio de una serie de comentarios realizados por alumnos, ex alumnos, simpatizantes y un profesor en ejercicio dentro del sitio web de la EAUCV, específicamente en la publicación de los archivos de audio de las presentaciones realizadas por J-H, Gandolfo y Godoy en la Ciudad Abierta.
Si bien Oyarzún manifestó simpatizar con el diagnóstico que versó sobre la condición arqueológica de los relatos históricos de la Escuela, y por tanto con la necesidad de construir una historia que disuelva los empeños de catalogarla como pura experiencia estética, no tuvo cortapisas al afirmar que los parámetros del historiador se movieron por campos equivocados; totalmente paralelos al espíritu del objeto que pretendió analizar y al que, a su parecer, no logró tocar ni tangencialmente. A pesar de considerar que los métodos empleados por la labor del historiador son de gran valor para el desarrollo de la sociedad y la cultura, el arquitecto manifestó que el caso de la Escuela no puede ser reducido a la condición de una literatura estable y de estructura convencional. El problema de realizar una historia de la EAUCV radicaría, entonces, en no relegar el fundamento mismo del objeto –empeñado en apartarse de la descripción ortodoxa–, que no es otra cosa que «la vivencia poética misma» (Oyarzún en VVAA, 2012: 88).
Para el exalumno de la EAUCV, la construcción de una historia acabada de la Escuela debe, en primer lugar, iniciarse sobre la base de acuerdos previamente establecidos, de manera que el punto de partida sea siempre el «espíritu» original del objeto que se pretende analizar. De acuerdo a lo dicho por él, una vía equivocada para construir una historia de la Escuela sería la de asumir como irrevocables las prácticas metodológicas de la historia en tanto ejercicio profesional. Además de esta dificultad, señaló que uno de los grandes problemas de la tarea histórica sería el de traducir la experiencia de la Escuela hacia un público entendimiento, para lo cual el historiador debiera situarse en suelo común con el ámbito y discurso de ésta. No obstante lo dicho, es probable que, a juicio de Oyarzún, el estado «pendiente» de la historia de la EAUCV pueda ser interpretado como una condición inevitable, quizá la manera más efectiva de mantener vivo su discurso.
