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¿Alguna vez intentaste cambiar el rumbo de tu historia? En eso consiste este libro, entre otras cosas. Verás realidades que pasas por alto y te permitirá conocer la piedra que molesta en tu zapato. Eso espera brindarte la obra con estas reflexiones, cuentos, fábulas, historias y diálogos. Estas letras intentarán que busques en tu interior algunas respuestas que tal vez no encuentras. Al desandarlas, podrás vivir lo que otros y sentir lo que muchos. Seguramente te veas reflejado en alguno de los pasajes de este libro y te sientas compelido. Si eso sucede, estas líneas allanarán tu camino y descubrirás que toda persona es esencialmente buena, solo que el mundo en que vivimos a veces nos condiciona negativamente.
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Seitenzahl: 147
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Amaya, Javier Ignacio
Cambiar el rumbo : letras que curan / Javier Ignacio Amaya. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
150 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-830-1
1. Desarrollo Personal. 2. Superación Personal. 3. Espiritualidad. I. Título.
CDD 158.125
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Amaya, Javier Ignacio
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Prólogo
Queridos amigos:
Vengo, humildemente, a compartirles estas reflexiones, fábulas, cuentos e historias, en espera de que sean pequeñas ayudas en el devenir de la vida.
Cada palabra y frase posee su significado, muchos de los cuales son propios de mis pensamientos; en parte, posiblemente, adaptables al de otros.
Por un lado, intenté volcar en texto algunas experiencias vividas; por otro, me situé en vivencias, actitudes y conductas de personas por el ejemplo que marcaron en mí. Aquellas que, en las adversidades de sus vidas, sacaron a relucir toda su valía.
Las experiencias recogidas me mostraron que el poder de la escritura es demasiado amplio. Uno no puede, ni debe, guardarse los dones regalados.
Les confieso que, en tiempos de crisis personales, escribir ha sido el instrumento para seguir flotando. Los estados de ánimo de quien escribe se notan demasiado en sus letras, lo que implica aceptar anhelos y debilidades por igual.
Cierto es que cualquiera puede escribir, o intentarlo, al menos, como lo he experimentado personalmente. Así que invitarlos a que lo intenten ustedes también es una experiencia enriquecedora desde todo punto de vista.
Gran parte de estas palabras no me pertenece, soy un mero instrumento. Nadie me quitará la esperanza de que a todos, a varios o a uno de ustedes les sirva tan solo un título de este primer libro.
Siento que estas reflexiones, cuentos e historias no son para leer de corrido, sino para meditar; allí uno podrá desentrañar todos sus sentidos y aristas.
A la hora de los agradecimientos, no quiero olvidarme de mi familia, que me regala tiempo, espacio y compresión para poder expresarme.
También, especialmente, a don Francisco Ramón Alvarado, un verdadero héroe, por su desinteresado y fundamental aporte; por permitirme, además, plasmar en esta entrega parte de su historia. Gracias, amigo, por tu testimonio.
Por último, ofrecer este trabajo al cura Brochero, por ser la alma mater de estas reflexiones, por haberme invitado a conocer su casa, ese pueblo con “… olor a peperina y aires de santidad”.
Gracias a Jesús, principio y fin de todo.
Cambiar el rumbo
Cada vez esperamos menos
En otras épocas, recordaba que todas las personas esperaban muchos gestos lindos de las otras. No era que se les exigiera a unos u a otros actuar de una manera particular. Ello surgía de la exigencia que cada uno se ponía de forma personal, de la autodeterminación de hacer el bien. Se intentaba actuar sobre la base de valores fundamentales. Lo hermoso era que la mayoría de esos valores coincidía con los de casi todo el resto, entonces, todo resultaba muy sencillo.
Antes se daba mucho, pero no para recibir otro tanto; uno se esforzaba por que le nacía de forma espontánea. La paga más grande estaba en el propio acto de entrega.
Pero, aún sin quererlo, quien daba recibía, en más de una ocasión, de otras personas los dones que estos ofrecían desinteresadamente. Por lo tanto, en ese juego magnífico de dar y recibir y/o recibir y dar, la sociedad se iba conformando a través de esos lazos, infranqueables, por cierto, para los malos sentimientos.
Estas actitudes se veían en todos los actos de la vida: desde la insignificancia de un saludo cordial hasta el respeto irrestricto hacia lo fundamental, la aceptación del otro en su integridad, el respeto por sus creencias y por su propia vida.
Sucedía, asimismo, que existían reglas morales no escritas, incontables usos y costumbres que podían reducirse, dentro de esa amplitud, en la más básica regla, uso o costumbre: no le hagas al otro lo que no te gustan que te hagan. Pero ello está formulado en una posición negativa. Se sugiere, entonces, modificarla y virarla a una positiva, por lo que la formularemos de la siguiente manera: haz por el otro lo que te gustaría que hagan por vos.
Aún planteado así de sencillo, un interrogante se impone: ¿es posible? La respuesta no se impone como su interrogante. Es el de los que creen, por regla, que NO, pero que existen algunas actitudes esperanzadoras que le dicen que SÍ.
El mundo ha mutado de la esperanza a la desesperanza. Los culpables somos nosotros, la gloriosa generación de los setenta y ochenta, en la que se incluye. Somos los culpables de no saber transmitir los beneficios de esas lindas reglas, esos queridos usos y esas magníficas costumbres. Hemos sido absolutamente incapaces de transmitir buena parte de los valores inculcados por los que, lamentablemente, se fueron o pronto se irán. La respuesta —lapidaria, por cierto— a tamaña conclusión es la realidad en la que nos hallamos inmersos.
Y, salvo contadas excepciones, el panorama que vislumbramos trae más tormentas que mansos días de sol. Entiende que esas actitudes esperanzadoras de las que habla pronto se secarán si no se las empieza a regar, si las semillas que se pueden recibir de esas actitudes no se utilizan para resembrar, si esas actitudes no las hacemos nuestras de nuevo.
Habla hasta del chirlo o bife bien puesto en el momento exacto, el que en demasiadas ocasiones es más ejemplificador que el pedido ameno que no hace mella en el receptor. Si en el pasado modificamos nuestras actitudes con el objeto de divisar en el horizonte un cambio positivo, hemos fracasado de forma estrepitosa.
Pero aún existen espacios —limitados, por cierto— en donde se da una férrea lucha. Lugares donde las tradiciones siguen vigentes, donde te sentás a la mesa sin televisión o teléfonos móviles cazadores de bobos, donde prima el diálogo y el intercambio de pareceres. Donde las risas son auténticas y prolongadas. Donde los roles no se mezclan. Donde, con una mirada, cada uno entiende la delgada línea entre el hacer y el no hacer, entre el seguir o no seguir. Donde, si tiraste mucho de la cuerda y se cortó, sentís tener un problema, pero en el fondo ese es un problema de amor. Del amor de aquel que, sin mezquindades, desea de corazón que nuestra juventud cambie, modifique conductas. Y que, cada vez, a contramano del título de esta reflexión, esperemos más de ellos y de todos, y volvamos a ser lo que hace tiempo perdimos: una sociedad justa, libre y esencialmente solidaria.
Cambiar el rumbo
Su vida transcurría sin sobresaltos. Hasta ese momento había sido mucho de lo que otros querían que fuera y poco de lo que él quería ser, y estaba en el brete de dejar todo así o cambiar y sorprenderse. Aún le costaban, en demasía, los cambios insignificantes; así que, una vez que emprendía alguno de mayor envergadura, al primer escollo que se cruzaba en el camino, lo abandonaba.
Había corrido bastante agua bajo el río de su vida, no escapaba de lo que vivía la mayoría de los mundanos: alegrías, tristezas... En resumen, altibajos. Era viejo para los de abajo y joven para los de arriba. Ante ese panorama, intentó salir de la rutina de su vida, decidió alejarse de la huella marcada para emprender camino a campo traviesa.
El que alguna vez fue a las sierras de Córdoba en busca de aventura lo va a entender. Salió de ese camino que siempre lo había cobijado, que transitaba casi con sus ojos cerrados; el que lo llevaba a un destino seguro aunque, por momentos, no deseado. La huella de su camino estaba bien demarcada, muchos habían pasado por allí. Muchos que no deseaban el cambio habían recorrido su mismo camino. Ese en el que, por momentos, estás vivo y, en otros, muerto en vida; del que no se sale si no estás convencido de ello. En el que, muy de vez en cuando, observás un churqui nuevo, una flor que lo aromatiza o un tala con su sombra.
Y era la hora de arriesgar y meterse de lleno en el pajonal, en el pajonal de las alturas. Ahí vos vas haciendo tu camino, no hay ningún senderito marcado. Vos tenés que desandar tu propio sendero. En él, como es nuevo, encontrarás muy pocas cosas de otros. Solo hallarás, en las alturas, algunos tótems de los que se animaron a cambiar y lo lograron. No hay muchos, pero están ahí. Depende más de vos, depende de si querés verlos o si te hacés el ciego para volver al camino de la rutina.
Y, obviamente, ese sendero que comenzás a pisar va a tener de todo, tendrá el relieve que puedas imaginar y el que no. Por momentos, será todo sencillo; más que cuidarte de una que otra alimaña no va a pasar. En algún tiempo, empezarán a aparecer piedras: algunas que podrás remover y otras, muchas, que tendrás que rodear. A veces, el camino es cuesta abajo; por momentos, amesetado y, de a ratos, tendrás que hacer alguna que otra cumbre. Pero el mayor de los desafíos por vencer es saber que casi todos van por otro camino, que vos estás prácticamente solo con tu decisión de haberlo tomado; sobre todo, al inicio, en donde todos están expectantes a cómo te va a ir. La mayoría te juzga y muy pocos te entienden.
La historia del camino le hace acordar a Brochero. Para el que no lo conoce, es un santo que, en Traslasierra, es —y en su época fue— más conocido que la peperina. Él emprendió su propio camino, el que más de uno no comprendía. En su trayecto dejó todo: sangre, sudor y lágrimas. Vivió y murió en la suya, pero no para sí, sino para los demás.
Y, volviendo al camino de cada uno, si se siente bien, podés optar por volverte chúcaro y no compartirlo con nadie, o podés ser alguno de los que dejan marcas o tótems para compartir.
Él había decidido tomar su camino y varias veces intentó abandonarlo. Lo bueno o lo lamentable, según el prisma del lector, es que se había desorientado y ya no podía ni sabía regresar, por lo que solo quedaba afrontarlo. Con alegrías y sinsabores, con apacibles llanos y tremendas quebradas, lo seguía desandando; pero, para su bien, había comenzado a dejar algunas huellas imperceptibles.
Cuando un amigo se va
Habían forjado una amistad que se había acrecentado con los años. Históricamente, corría octubre de 2010; lo sabe con exactitud a razón de que, apenas llegados a su nuevo hogar, en un pueblo del interior, sonó el timbre. Abierta la puerta principal, una mujer risueña de unas cuatro décadas, con guardapolvo inmaculado, les daba la bienvenida y, calcomanía de por medio estampada en dicha puerta, que dejaba constancia de que ese hogar argentino había sido censado, ingresó raudamente y dio inicio a las preguntas de rigor.
Entre tantas otras, se los interrogaba sobre las comodidades de la casa. Era linda pero vieja, no había sido habitada por un largo tiempo. Era de dos pisos; se la veía amplia, sin embargo, estaba deteriorada. Pidiendo las disculpas del caso, le explicaban a la censista que recién habían llegado a esa población y que aún no habían pernoctado en su nuevo hogar.
Nunca mejor aplicada la frase que dice: “Por algo Dios hace las cosas”.Obviamente, la censista conocía mejor ese sitio que ellos mismos y les detalló, de manera detenida, la historia de esa casa. Ellos, solamente, sabían que era de un pintor, pero no de un afamado pintor que la había recibido por herencia. Luego de la extensa entrevista compartida, se percataron de que había suficiente trabajo que hacer dentro de su morada.
La censista, viendo la cara entre ansiosa y preocupada de los nuevos moradores, les dijo: “En este pueblo hay muchos arregla tutti, a despreocuparse”.
Bastaron un par de días para verificar lo acertado de esa afirmación. Topados con una gestora del automotor, que —más temprano que tarde— se convertiría en una amiga familiar, esta les manifestó: “Mi viejo puede arreglar hasta lo imposible”. Parecía más una frase hecha que una realidad. Lo primero que pensaron fue que ello solo podía ser parcialmente cierto, pero la realidad los volvió a contradecir.
Le preguntaron a su futura amiga —hoy actual—, la gestora, si su padre podía concurrir, en uno de esos días, a observar algunos —infinitos— detalles de su casa. Necesitaba arreglos de la más variada índole, todo lo que uno pudiese imaginar y más, dejando librados a la imaginación del lector esos algunos —infinitos— detalles.
Ella contestó: “Hoy mismo por la tarde, no por la siesta, estará allí”. Y así fue nomás. Llegado a su casa, el estimado don Baroni tocó la puerta. Con el mismo respeto de siempre, saludó a todos los integrantes, se presentó y preguntó: “Bueno, muchachos, ¿por dónde empezamos?”. Un tanto incrédulos, los moradores lo interrogaron acerca del oficio que tenía, de qué sabía hacer. Contestó raudamente: “Hago de todo”.
Los posteriores meses y años les enseñaron a los moradores que don Baroni había sido humilde en su apreciación personal. No solo era el mejor arregla tutti jamás conocido y por conocer, sino que era, es y será un amigo en todos los aspectos de la vida. Un verdadero maestro de la vida, un bailarín único, un trabajador incansable de entre los jubilados.
Sabían bien que el traslado a esa localidad, que hicieron propia, les llevaría un tiempo, aunque no sabían con exactitud su extensión. Esa etapa de sus vidas duraría hasta fines de 2015.
El padre de la casa, de unos cuarenta años de edad, entabló con don Baroni, de unos setenta, una fructífera amistad que continuó hasta la actualidad, la que ni la misma muerte del amigo pudo quebrantar. Ocurrió hace menos de un mes.
Sonó su teléfono personal. Del otro lado de la línea, una voz resquebrajada con dolor le anunciaba que su amigo había fallecido; que en principio había sido un accidente cardiovascular que, lucha fervorosa de por medio, no pudo superar.
Quien lo anoticiaba era la esposa de su amigo; la que, entrañablemente y como una madre, le dijo que don Baroni lo tenía siempre en sus pensamientos. De este lado se contestó que ello era mutuo.
No pudo viajar a despedirlo: restricciones inútiles de un inepto gobierno de turno se lo impidieron. Lo que nunca van a poder impedir las pseudoautoridades es cooptar nuestro libre pensamiento; esa es la piedra del zapato, infranqueable, para los inescrupulosos.
Quedó en su recuerdo las charlas compartidas, mate de por medio, y los aprendizajes del amigo. Habían exprimido el jugo de la amistad.
Quien seguía el ríspido camino de la vida terrenal, observando el cielo, exclamó: “Deberé comportarme responsablemente para poder volver a ver a Baroni, no bastará con ser un mediocre consuetudinario que tan solo transita por estos caminos”. Esperanzado, pensó: “Cuento con un ejemplo a seguir; cuento con vos, querido don Baroni”.
Dar lo que nos sobra ¿es dar?
Escuchaba con atención las noticias por los medios de comunicación; las que, por lo general, son malas, y ese día no fue la excepción. El periodista informaba que el 43 % de la población se encontraría por debajo de la línea de la pobreza; más del 11 %, en indigencia. Sabía bien de lo que se trataba; le preocupaba el tema, pero continuaba viviendo dentro de los muros de su realidad. Mientras a él no le afectara, en nada cambiaría su actitud. En realidad, le importaban particularmente esas noticias, sin embargo, se conformaba con lo que creía ofrecer a los demás. Según su estrecho pensamiento, en nada había colaborado para que la situación fuese tan preocupante para buena parte de la población.
En su entendimiento, hacía por los demás todo lo que estaba a su alcance: pagaba sus impuestos, contribuía en colectas, donaba alimentos, en plegaria rogaba por otros. Ello era suficiente, ello lo conformaba. Es más, sin saberlo, creía hacer mucho de lo que otros no hacían.
En esos días, comenzó a pensar con mayor detenimiento sus actitudes y concluyó en que la verdad de sus pensamientos era tan solo parcial y mínima, pero no era la verdad objetiva.
Observó que la pobreza del pobre, al menos del que conocía, era digna no por vivir con dignidad, ni mucho menos —eso, lamentablemente, no depende de ellos, sino del macabro sistema imperante en la sociedad—, sino por ser personas, seres humanos dignos. En la mayoría de los actos de su vida, los que podía compartir de manera ocasional, eran más dignos que él.
Recordó lo que un día había visto y rápidamente había olvidado. Recuerda a esa madre viuda que vivía en la periferia de la ciudad, en donde los colectivos no entran, en donde las ambulancias tampoco, en donde los tiros son moneda frecuente, en donde la droga todo lo impregna, en donde la agresión es la realidad de todos los días, en donde el sol no brilla.
Recordó lo que un día había visto y rápidamente había olvidado. Recuerda que esa misma madre tenía cinco hijos, todos de temprana edad. Entre ellos, una niña postrada de por vida en una cama por una discapacidad severa, con una sonda nasogástrica por la que se alimentaba, con más cables conectados que venas; pero, en su cara límpida, una sonrisa que todo lo abrazaba. Recordó que las manos de esa madre eran como las del padre del hijo pródigo de Rembrandt: una no solo toca a sus hijos, sino que los sostiene con fuerza, y la otra no sujeta ni sostiene, solo quiere acariciar, mimar, consolar y reconfortar.
