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Algunos críticos como Cyrus Stanley en Estados Unidos y Peter Schultze-Kraft en Alemania, que se han encargado de traducirlo y divulgarlo en sus respectivos países, lo consideran un cuentista a la altura de Horacio Quiroga y Filiberto Hernández. En Colombia sabemos de él, gracias al conocido crítico Eduardo Pachón Padilla, que en su tiempo lo incluyó en sus necesarias antologías literarias. Truque, quien en la actualidad es más estudiando en la academia norteamericana que en la nuestra, fue víctima en su época de la exclusión por parte del establecimiento literario bogotano, y en más de una ocasión, fue estigmatizado por ser pobre, negro y de pensamiento de izquierda. Como un homenaje a uno de los cuentistas más importantes que ha dado el pacifico colombiano, la universidad del Valle, a través de su programa editorial, presenta, en el marco del encuentro universitario de cultura, esta valoración crítica, escrita a varias voces, para que el lector vuelva sobre este autor olvidado, que nació en una región olvidada
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Algunos críticos como Cyrus Stanley en Estados Unidos y Peter Schultze-Kraft en Alemania, que se han encargado de traducirlo y divulgarlo en sus respectivos países, lo consideran un cuentista a la altura de Horacio Quiroga y Filiberto Hernández.
En Colombia sabemos de él, gracias al conocido crítico Eduardo Pachón Padilla, que en su tiempo lo incluyó en sus necesarias antologías literarias.
Truque, quien en la actualidad es más estudiando en la academia norteamericana que en la nuestra, fue víctima en su época de la exclusión, y en más de una ocasión, fue estigmatizado por ser pobre, negro y comunista.
Como un homenaje a uno de los cuentistas más importantes que ha dado el Pacífico colombiano, la Universidad del Valle, a través de su Programa Editorial, presenta, en el marco del 10º Encuentro Universitario de la Cultura, está valoración crítica, escrita a varias voces, para que el lector vuelva sobre este autor olvidado, que nació en una región olvidada.
CARLOS ARTURO TRUQUE
Nació en Condoto, Chocó (1927), y murió en Buenaventura (1970). De madre afrocolombiana y padre de ancestro alemán. Estudió en Buenaventura, Cali y Popayán, donde por exigencia paterna cursó un año de Ingeniería. Abandonó esta especialidad movido por la pasión literaria. En esta ciudad publicó sus primeros escritos en revistas estudiantiles, bajo el seudónimo de “Charles Blaine”. En 1954 se traslada a Bogotá donde forja amistad con los escritores del célebre Café Automático. En aquellos años obtiene varios premios literarios nacionales e internacionales. En 1970 sufre una trombosis cerebral que lo lleva a la muerte a sus cuarenta y dos años.
En 1973, tres años después de su muerte, Colcultura publicó su libro de cuentos El día que terminó el verano y otros cuentos. En el año 2013, el Ministerio de Cultura realizó una segunda edición de su obra, incluyéndolo en la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana.
MARTÍNEZ, FABIO, 1955-
CARLOS ARTURO TRUQUE: VALORACIÓN CRÍTICA / FABIO MARTÍNEZ.--
CALI : PROGRAMA EDITORIAL UNIVERSIDAD DEL VALLE, 2014.
140 PÁGINAS ; 22 CM.-- (COLECCIÓN ARTES Y HUMANIDADES)
INCLUYE ÍNDICE DE CONTENIDO
1.TRUQUE, CARLOS ARTURO, 1927-1970- CRÍTICA E INTERPRETACIÓN 2. POESÍA COLOMBIANA- HISTORIA Y CRÍTICA I. TÍT. II. SERIE.
Co863.6 CD 21 ED.
A1462665
CEP-BANCO DE LA REPÚBLICA-BIBLIOTECA LUIS ÁNGEL ARANGO
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Carlos Arturo Truque: Valoración crítica
Autor: Fabio Martínez
ISBN: 978-958-765-124-9
ISBN PDF: 978-958-765-633-6
ISBN EPUB: 978-958-765-634-3
DOI: 10.25100/peu.69
Colección: Humanidades - Literatura
Primera Edición Impresa octubre 2014
Edición Digital febrero 2018
Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela BarriosVicerrector de Investigaciones: Javier Medina VásquezDirector del Programa Editorial: Francisco Ramírez Potes
© Universidad del Valle
© Fabio Martínez
Diseño de carátula: Hugo H. Ordóñez Nievas
Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación (fotografías, ilustraciones, tablas, etc.), razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, febrero de 2018
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Presentación-Iván Enrique Ramos Calderón
Prólogo
Capítulo 1
La vocación y el medio. Historia de un escritor.Carlos Arturo Truque
Capítulo 2
Un famoso escritor desconocido.Enrique Cabezas Rher
Capítulo 3
Un mundo implacable y desgarrado.José Luís Díaz Granados
Capítulo 4
Sonatina para dos tambores.Medardo Arias Satizábal
Capítulo 5
Entre la oscuridad y la luz.Eduardo Delgado Ortiz
Capítulo 6
Una elegía tardía.Carlos A. Manrique M.
Capítulo 7
Las escrituras del faunoJosé Martínez Sánchez
Capítulo 8
Las raíces de la estética de Carlos Arturo TruqueÁlvaro Morales Aguilar
Capítulo 9
La fuerza del mestizajeÓmar Ortiz Forero
Capítulo 10
Carlos Arturo Truque y los premios literariosEduardo Pachón Padilla
Capítulo 11
La huella perenne de Carlos Arturo TruqueCarlos Orlando Pardo
Capítulo 12
Lo social en la cuentística de Carlos Arturo TruqueEdgar Sandino Velásquez
Capítulo 13
Colombia a corazón abiertoSonia Nadezhda Truque
Capítulo 14
De la violencia como tema en la obra de Carlos Arturo TruqueGustavo Adolfo Cabezas
Capítulo 15
Breve memoria de una lectura tempranaJosé Zuleta Ortiz
Nota al pie
Los autores
En 1949 el escritor chocoano Arnoldo Palacios irrumpe en el mundo de la literatura colombiana con su novela, titulada: Las estrellas son negras. Una obra literaria de corte joyceana, que rompe con la literatura costumbrista de la época, renovando, de esta manera, la narrativa del país. A partir de este momento, que marca el comienzo de la ficción literaria del Pacífico colombiano, vendrán los cuentos de Carlos Arturo Truque, que se convertirán en referentes necesarios para las letras del país.
Aquí comienza la literatura escrita del Pacífico. A pesar de la fuerza y calidad literaria de Palacios y Truque, la literatura del Pacífico queda invisibilizada al no ser tenida en cuenta dentro del canon literario del país. Palacios decide exiliarse voluntariamente en Francia; Truque se instala en Bogotá, donde lucha denodadamente por ocupar un lugar destacado dentro de las letras nacionales.
En 1970, la muerte le juega una mala pasada, y su obra, que se perfilaba como una de las mejores escritas del país, queda truncada y en el olvido.
La Universidad del Valle, dentro de su compromiso con el Pacífico, presenta al lector en el marco del 10º Encuentro Universitario de la Cultura, esta selección crítica sobre la obra de Carlos Arturo Truque, donde se destacan importantes autores del país.
Con esta Valoración crítica publicada por el Programa Editorial de la Universidad del Valle, y compilada por el profesor Fabio Martínez, le hacemos un justo homenaje al escritor chocoano, y rescatamos del olvido a uno de los mejores cuentistas del país y del continente.
Iván Enrique Ramos CalderónRector 2011-2015Universidad del Valle
Algunos críticos como Cyrus Stanley en Estados Unidos y Peter Schultze-Kraft en Alemania, que se han encargado de traducirlo y divulgarlo en sus respectivos países, lo consideran un cuentista a la altura de Horacio Quiroga y Filiberto Hernández.
En Colombia sabemos de él, gracias al conocido crítico Eduardo Pachón Padilla, que en su tiempo lo incluyó en sus necesarias antologías literarias.
En 1973, tres años después de su muerte, Colcultura publicó su libro El día que terminó el verano y otros cuentos. En el año 2013 el Ministerio de Cultura realizó una segunda edición de su obra, incluyéndolo en la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana.
Truque, quien en la actualidad es más estudiando en la academia norteamericana que en la nuestra, fue víctima en su época de la exclusión por parte del establecimiento literario bogotano, y en más de una ocasión, fue estigmatizado por ser pobre, negro y de pensamiento de izquierda.
Al hablar de Carlos Arturo Truque tenemos que empezar diciendo que estamos enfrentados a un excelente narrador. A un maestro del cuento.
LOS PRIMEROS AÑOS
Nacido en Condoto, Chocó, un año antes de que naciera Gabriel García Márquez y en el mismo año en que nació Álvaro Cepeda Samudio (1927), los cuentos de Carlos Arturo Truque están impregnados de aquella atmósfera especial inventada por el maestro William Faulkner, y que más adelante adoptarían otros escritores como Carson McCullers y el mismo García Márquez.
Desde sus primeros relatos, escritos entre los veinte y veinticinco años, es notoria su directa influencia de la narrativa norteamericana. La literatura de Truque se nutre de los fabulosos relatos del patriarca Mark Twain, pasando por O´Henry, Faulkner y Hemingway, éste último, de quien heredó el buen uso de la frase corta y los diálogos magistralmente elaborados.
Sus primeros veinte años transcurrieron entre Buenaventura, Cali y Popayán, donde realizó sus estudios, y con el seudónimo de “Charles Blaine” se inició literariamente, dejando truncada la carrera de Ingeniería que había comenzado en la Universidad del Cauca. Indudablemente son Buenaventura y la costa del Pacífico el marco central que le permite crear a Truque aquella atmósfera “húmeda y reverberante”, que habíamos encontrado en sus primeros cuentos.
Pero es solo en 1953 que sus narraciones logran alcance nacional, al ganar en aquel año el Premio Espiral, con su libro Granizada y otros cuentos. Es importante señalar que para ese mismo año un desconocido escritor, como era el mexicano Juan Rulfo, publicaba su único libro de cuentos, titulado: El llano en llamas; y por su parte, el colombiano Álvaro Cepeda Samudio se iba a preparar al año siguiente con: Todos estábamos a la espera.
UNA BOTELLA LANZADA AL MAR
Con Granizada y otros cuentos, Carlos Arturo Truque empieza a ganar un peldaño dentro de la joven narrativa colombiana de la época. Sus relatos, que se sitúan en el ámbito de lo telúrico, comienzan a ser reconocidos no sólo por su temática, que es de un fuerte contenido social, sino por la forma como está tejido su discurso narrativo. Si se quiere, Granizada y otros cuentos produce un efecto positivo, que posteriormente va a influir en la narrativa colombiana, como lo produjo también La hojarasca de García Márquez, aparecida dos años más tarde.
Pero las condiciones de difusión en aquella época no son las mejores. De Granizada y otros cuentos apenas se publican doscientos ejemplares, que se van a agotar rápidamente.
Truque, olfateando los años de censura que se avecinan, le da dos ejemplares de su libro a un amigo marinero para que los ponga en el extranjero. El primer ejemplar se queda en Panamá y el otro va a caer en las manos de Cyrus Stanley, futuro editor de la revista Afro-Hispanic Review, que lo descubre un día en la Biblioteca del Congreso de Washington.
Es así como sus cuentos empiezan a traducirse a otros idiomas y a ser reconocidos internacionalmente. Vale la pena recordar que en 1951 Truque ya había conseguido un premio en el Festival de Berlín con su drama “Hay que vivir en paz”.
UNA DÉCADA DIFÍCIL
Los años cincuenta en Colombia se inician con el recrudecimiento de la violencia en el campo y la hegemonía de un gobierno que desde el punto de vista de la libre circulación de las ideas cierra periódicos y emisoras, limitando la libertad de expresión. Son los años difíciles de la censura y la represión a sangre y fuego.
Sensibilizado por esta situación, Truque, al igual que muchos escritores de su generación, recoge en algunos cuentos esta cruda temática. De esa época son los cuentos “Vivan los compañeros” y “Sangre en el llano”. El primero, una pequeña obra maestra traducida al francés y al ruso, que obtuvo en 1954 el Tercer Premio en el Concurso de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia. El primer Premio había sido otorgado al joven escritor García Márquez con su cuento, “Un día después del sábado”.
Esa temática, que obsesiona a más de un escritor, y que más tarde va a dar pie a lo que los críticos han llamado como “literatura de la violencia”, va a afectar la obra del escritor, pero sólo desde el punto de vista temático.
Es claro que a partir de “Vivan los compañeros” Truque será el escritor maduro, con un tono y una voz depurada, como se verá cuatro años más tarde con el cuento “Sonatina para dos tambores”, que mereció el Primer Premio en el Concurso Nacional de este género.
En este relato, así como en “El día que terminó el verano”, el escritor volverá a retomar aquellos ambientes cálidos y reverberantes propios del Pacífico Colombiano, donde los personajes marcados por el sino de la fatalidad y la desgracia seguirán caminando por aquel triángulo peligroso donde todo es alcohol, sexo y violencia.
Hasta hace poco en Colombia ser negro y al mismo tiempo escritor era un despropósito que se pagaba con el olvido. Carlos Arturo Truque, quien murió en Buenaventura a la edad de cuarenta y dos años, no fue ajeno a esta forma de exclusión.
Como un homenaje a uno de los cuentistas más importantes que ha dado el Pacífico colombiano, la Universidad del Valle, a través de su Programa Editorial, presenta, en el marco del 10º Encuentro Universitario de la Cultura, está valoración crítica, escrita a varias voces, para que el lector vuelva sobre este autor olvidado, que nació en una región olvidada.
Fabio Martínez
Carlos Arturo Truque
Quien lea estas páginas, creo, no podrá atribuirlas a la amargura o al resentimiento. Soy un hombre normal, o al menos lo hubiera sido si la sociedad, tan arbitrariamente construida, me hubiera brindado las oportunidades que siempre perseguí y jamás alcancé. No por eso soy un frustrado; aún tengo ánimos suficientes para seguir una lucha, que de antemano sé perdida.
Mi vida, aparte de los sufrimientos, carece de importancia. El común denominador del pueblo colombiano es la inseguridad, la inestabilidad; ese sentimiento horrible de no hallar el lugar que corresponde al hombre en un sistema determinado. La mayoría de las ocasiones nos vemos en la necesidad de reconocer que somos una pieza demasiado suelta del engranaje social. Giramos sin correspondencia alguna y nos sentimos víctimas de fuerzas oscuras que no estamos en capacidad de controlar.
No sé desde cuándo me posesioné de esta verdad. Tal vez desde muy temprano aprendí la diferencia que media entre los débiles y los poderosos y tuve la experiencia dolorosa de saberme colocado entre los que nada tienen que exigirle a la vida, porque ya les ha sido negado todo de antemano.
Quizá pueda lo anterior ser interpretado como el grito de un desesperado o como la prueba de una marcada desadaptación al medio. Si los que tal cosa piensan hubieran estado sometidos a las pruebas que me han tocado en suerte, pensarían de diversas maneras.
Desde temprano me asedió, como perro rabioso, la injusticia humana. Desde la escuela humilde de barriada donde me enseñaron las primeras letras tuve la impresión, la certeza, de que me había señalado con su dedo implacable.
Siempre fui, no peco de orgullo o vanidad al decirlo, un buen estudiante. Me apasionaban los libros, la tinta fresca, la aureola bohemia de los escritores de la época. Pronto me sentí atraído hacia ese campo que nunca pisan los llamados hombres prácticos: las letras. No sabía cuántas malas pasadas me estaba jugando la vida a llevarme por caminos que, de haberlo pensado, no habría transitado.
Allí empieza todo. De allí, de una urgencia extrema de dar a conocer mis sentimientos y mis reacciones, parte la disconformidad, tal como está constituida, y el modo diverso como yo creo que debe estarlo. Sin embargo, no soy un reformador ni un innovador en materia tan ardua. Puede ser que yo vea las cosas desde un punto de vista distinto a como las mira los demás y sea esa la causa de no pocos de mis sinsabores. Pero, juzgando los problemas con una lógica sana, no es posible imaginar al hombre perdido en tantas encrucijadas sin sentir por él un poco de compasión, un mínimo de humana solidaridad. ¿Solidaridad humana? ¿Participación en la angustia colectiva? ¡Quién sabe! (Aquí habrán de sonreír los hombres prácticos). Quién sabe si esa solidaridad humana, si esa coparticipación en la angustia contemporánea, sean solo modos de ocultar la propia impotencia y la propia vida fallida. Puede ser. Lo único que podría garantizar es que este testimonio lo he vivido y antes que yo lo vivieron otros, de los cuales no se conserva memoria. Por ellos doy a ustedes un poco de sus vidas y mucho de la mía.
Nací en la era mecánica, en un pueblo que la desconocía. Cualquier pueblo de Colombia, de esos que se quedan en un remanso de la civilización y que conservan como tesoro más preciado lo elemental de la existencia. Hasta mis ocho años no conocí la barrera que separaba a unos seres de otros. Como el pueblo era pobre, nadie pensó nunca que la riqueza era un factor para brillar y valer más que los que no la poseían. Siendo un pueblo de negros, nadie imaginó que las diferencias de pigmentación pudieran abrir abismos insalvables y ser usadas para establecer la dominación y el repudio sobre quienes se consideraron inferiores.
Vine, si así puede decirse, limpio a la vida. Esta me enseñó bien pronto la lección que el bueno de mi pueblo, no se había podido aprender; que el mundo está fundado sobre valores bien diversos y, como la vida no da nada sin arrancar un dolor, este conocimiento me desgarró y destruyó en lo más puro que puede tener un ser humano: la fe en la ajena bondad.
Sucedió de la manera más sencilla: desde el pueblo fui trasladado a Cali, que por entonces comenzaba a tener aires de gran ciudad, y matriculado en la escuela pública de San Nicolás. Como lo dije anteriormente, me gustaba estudiar y me destaqué muy pronto como uno de los mejores alumnos de la escuela. Hacía, cuando sucedió lo inesperado, el tercer grado elemental.
Había estudiado mucho para rendir los exámenes finales y además, el mequetrefe de mi maestro, un caramelo de pedagogía religiosa, para usar una frase grata de Barba, había dividido el curso en dos grupos: griegos y romanos. Yo era el capitán de los griegos, honor que se dispensaba al alumno que mejores resultados diera.
Con todos estos antecedentes era natural que esperara mi aprobación como hecho cumplido y, a más de eso, ganar uno de los premios dispensados a los estudiantes destacados.
Si hubiera tenido un poco de conocimiento del corazón humano, no habría esperado tanto; porque mi santo maestro, ahora lo entiendo claramente, nos endilgaba, por quitarme allá estas pajas, sus buenos discursos sobre el nacionalsocialismo (España estaba en plena Guerra Civil), muy adobados con comprensibles capítulos de Mi lucha. Si, como digo, hubiera podido entender bien lo que ese hombre pensaba y hubiera estado en capacidad de sacar ciertas deducciones, no me hubiera forjado las ilusiones que me forjé.
Carlos A. Truque A. Buenaventura, a la edad de 5 años.
Tengo la convicción profunda de haber contestado acertadamente el ochenta por ciento de las preguntas que figuraban en el cuestionario y recuerdo haber salido de clase con el orgullo de quien siente que ha cumplido con su deber de la mejor forma posible. No puede engañarme el recuerdo. El día de la entrega de los informes finales me pusieron el vestido más presentable que tienen los chicos de barriada: el uniforme escolar. Desde temprano estuvimos con la buena señora que se había encargado de mí, rondando por el parquecito que había frente a la escuela, esperando la hora del comienzo de la ceremonia, que ella, en su ingenuidad y yo en la mía, creíamos de una importancia excepcional.
Al comenzar tocaron la campana y nos hicieron formar frente a una tarima, sobre la cual se hallaban los profesores (no les gustaba que los llamaran de manera distinta), con unas caras apropiadas para la ocasión. El mío me distinguió, porque me hallaba al principio de la fila, y me regaló una sonrisa completa. Todavía no he podido saber si me la brindó para consolarme anticipadamente o para burlarse simplemente de mí. El director hizo sonar una campanita y acabó, como de un golpe, con los murmullos que hacían los padres de familia y la chiquillería. Después de unas breves palabras, pronunciadas temblorosamente, se sentó aliviado y comenzó a llamar por sus nombres a los alumnos del primer grupo. Me sentía realmente cansado con tanto tiempo como llevaba en pie. A cada nombre, se adelantaba alguien de la fila y recibía su certificado. Algunos padres, furiosos por el resultado adverso, la emprendían a trompadas contra sus hijos. Compadecía sinceramente sus sufrimientos, pero me consolaba pensando que a mí no podía sucederme lo que a ellos estaba sucediendo.
El primero de mi grupo fue llamado. Era un tartamudo que nunca pudo encontrar la manera de dar una lección en forma correcta; porque, a más de tartamudear, nunca se las aprendía.
El padre se hallaba a un lado de la señora que iba en representación de mi familia. Le vi recibir el certificado del hijo, abrirlo y leerlo y hacer un gesto de satisfacción. Esto me extrañó un tanto, pero pronto me consolé, atribuyéndole al maestro una bondad que estaba lejos de poseer.
Cuando llegó mi turno, me adelanté, con cierta timidez, debo confesarlo, pero con una seguridad interior que tenía por qué ser justificada. Recibí el certificado y ni siquiera lo abrí. Tal como me fuera entregado lo llevé a quien me representaba. Ella no sabía leer y se quedó aturdida, sin saber qué hacer con un papel que, a lo mejor, le reservaba una alegría o una decepción. Porque me quería de una manera dulce y buena, como solo saben querer aquellos que no tienen sino eso para dar.
El padre del tartamudo comprendió la situación y se apresuró a decirle:
–¡Si usted quiere, señora..!
Ella le tendió el papel. El hombre lo abrió y dejó escapar este comentario:
–¡Negro sinvergüenza..!
Y dirigiéndose a ella:
–¡Ha perdido el año...! ¡Póngalo a trabajar, señora! ¡Esa porquería no va a servir para nada...!
De momento no entendí. Pensé que el hombre había leído mal y le pedí que me dejara ver el certificado. Era cierto. Allí estaba escrito, no había duda, yo mismo podía constatarlo. Me pregunté por qué, desconcertado. El maestro seguía en su sitio. Lo miré con rabia, con odio capaz de causarle la muerte, con una furia igual a la del hombre a quien dan una palmada que no se ha merecido. No recuerdo que hubiese sonreído. Me sostuvo la mirada, retándome, provocándome. Es una de las pocas veces que me he sentido capaz de arrancarle la vida a alguien con un sentimiento de felicidad. Nunca volví a ver a ese hombre en la vida. Pero sus ojos se han seguido repitiendo en otros que he conocido, como si fueran él mismo con rostro diferente.
