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Fabio Martínez mezcla en su marmita belleza y sordidez. Los cuatro ciclos del libro: Verano, Otoño, Infierno (donde los personajes pasan una rimbaldiana temporada) y Primavera, forman un fresco de esa ciudad tantas veces mitificada. (Juan Manuel Roca)
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2011
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« Le chemin est un peu scabreux
quoiqu’il paraisse assez beau »
Voltaire
VERICUETOS
Director: Efer Arocha
Sub-director: Eduardo García Aguilar
Traducción: Yves Moñino
Comité de redacción:
Claude Couffon, Fernando Aínsa, Ingrid Lahoud, Carolina Ortiz, Julio Olaciregui, Luisa Ballesteros, Hernando Franco D’Laytz, Mercedes Cadavid, Enrique Uribe, Jorge Torres, Doris Ospina, Germán Sarmiento, Yves Moñino, Inés Acosta, Nathalie Duhart, Gabriel Uribe, Rocío Hincapié Sarmiento, Mario Wong, Octavio Cadavid, Alejandro Calderón, Camilo Bogoya, Rafael Posada, Marino Valencia, Adolfo Guidali
Éditions VERICUETOS, Chemins Scabreux
Revue littéraire
Espagnol BILINGUE français
N° 25
N° de presse : PTGI 91/04 14
ISSN : 1157-3457
Siège : 101, rue Oberkampf - 75011 - Paris - FRANCE
A Agustín Martínez Sanabria.
In memoriam.
À la mémoire d’Agustín Martínez Sanabria
ÍNDICE
Verano
Otoño
Infierno
Primavera
SOMMAIRE
Été
Automne
Enfer
Printemps
“Todo el que alguna vez ha construido
un nuevo cielo, […] encontró antes el poder
para ello en su propio infierno”.
FREDERIC NIETZSCHE
“Si has tenido la suerte cuando joven
de vivir en París, tendrás que saber
que París te seguirá donde quiera que
vayas, porque París siempre será una fiesta”.
ERNEST HEMINGWAY
« Quiconque a jamais bâti un nouveau ciel, […]
n’en a trouvé la puissance nécessaire que dans son propre enfer. »
FRIEDRICH NIETZSCHE
« Si tu as eu la chance, étant jeune, de vivre à Paris,
il te faudra savoir que Paris te suivra où que tu ailles,
parce que Paris sera toujours une fête. »
ERNEST HEMINGWAY
VERANO
Boquitas carnosas derritiéndose a fuego lento en una tarde de julio; trama complicada de naranjas, rosados y lilas reflejándose sobre el prisma aceitoso del asfalto; botones de seno aflorando tímidamente bajo la blusa transparente y moviéndose en desorden; calles en diagonal, manzanas triangulares, gente, perros, vino y palomas, y un olor penetrante a durazno fresco.
Así nos había recibido París aquella tarde del siete de julio de 1981, cuando todavía, con el cansancio sabroso que dejan los viajes, y ante el estupor de lo nuevo, nos lanzamos a las calles aún sin conocer nada, ni saber manejar el famoso librito rojo, que iba a ser en el futuro nuestro inseparable compañero.
El charter en el que volamos había despegado muy temprano de Cali, haciendo sus respectivas escalas en Bogotá, Caracas, San Juan, Madrid, para aterrizar finalmente en el aeropuerto Charles de Gaulle, donde un lujoso pullman nos esperaba con el fin de conducirnos hasta el mismo corazón de la ciudad.
Doce horas de vuelo, y la mano deliciosa de la azafata tocándonos el hombro, nos anunciaban que ya estábamos volando sobre el cielo gris y encapotado de Francia. Dormidos, y aún sintiendo el crudo efecto del aguardiente de caña y de un varillo que nos había regalado el monito de despedida —ahora, en medio de este viaje, lo veo borroso armando el varillo ante la mirada triste y desolada de mi madre—, quisimos gritar de la felicidad “vive la France”, aunque no nos ayudara para nada el acentico, o “despierta Baudelaire, viejo mañoso, despierta que ya estamos llegando”, pero el auxiliar de vuelo que en ese momento pasaba al pie de nosotros, nos dio a entender que esas cosas no se podían decir allí, y menos si nosotros veníamos de un país extraño y teníamos la intención de residir en Francia.
Las calles estaban cubiertas de una substancia viscosa y transparente que se pegaba a la piel como aceite; en el fondo, un horizonte recortado por un fino cuchillo se perfilaba como una media naranja; calles tibias y alargadas en forma de flautas traversas y vaginales bajo ese ardiente fuego de verano que nos empezaba a tocar y a quemar por dentro; rostros angelicales, miradas diáfanas apuntando hacia nosotros, y esa línea de senitos traviesos que al mirarlos nos producían una sensación deliciosa y placentera en todo el cuerpo.
Como no conocíamos nada, estuvimos recorriendo las mismas calles sin perder de vista un iluminado café, al que habíamos escogido como punto de referencia para no perdernos y regresar al estudio de Ricardo Pilas, nuestro antiguo compañero de colegio, donde habíamos dejado las maletas y pensábamos alojarnos. Aquel día Ricardo Pilas, que hacía cuatro años vivía en París, no había podido ir al aeropuerto por nosotros, porque se encontraba —según una nota que nos había dejado con la concierge del edificio— de weekend con su novia.
Así que aquella tarde, particularmente cálida y luminosa, luego de habernos quitado el peso del cansancio con un buen baño de tina y cambiado de ropas, salimos a caminar por París.
La ciudad se levantaba ante nosotros como una perla prodigiosa que acabábamos de descubrir.
Tomamos la primera calle que encontramos, y sin fijarnos un rumbo definido, nos fuimos dejando llevar por la magia envolvente de la ciudad. París, con la gente y el calor que hacía a aquella hora, era una burbuja de cristal flotando en el atardecer. Nosotros, recién llegados, nos veíamos metidos en aquella burbuja, y todavía no podíamos creerlo. Desde que habíamos aterrizado en el Charles de Gaulle y dejado las maletas en casa de monsieur Pilas —como decía la concierge—, sentimos que ya hacíamos parte de la ciudad. Y sin ponerlo en duda, después de un fatigante viaje como el que nos había tocado hacer, pudimos respirar por primera vez con tranquilidad.
Oh, París; oh, là là, dijimos al llegar a una esquina y allí mismo se nos escurrieron las lágrimas de la felicidad.
Esta escenita, que más adelante nos volvería a la mente una y otra vez, como una situación grata de recordar, había que descifrarla como la primera señal positiva de que París iba a ser nuestra ciudad, y sólo allí se iban a poder ver realizados todos los sueños que pueden abrigar un par de adolescentes inquietos e incomprendidos, como lo éramos Andrés Becerra y yo, en aquellos tiempos.
Con París, sabíamos, se nos iban a abrir las compuertas del mundo maravilloso. Allí se cumplirían todas las ilusiones y deseos que nos habíamos hecho del viaje; pues París, contra lo que dicen por ahí, y con todo lo que tiene por ofrecer, sigue siendo el ombligo del mundo.
París es una fiesta —decía Hemingway—, y en aquel verano de 1981, cuando llegamos por primera vez, París era una sola y desenfrenada rumba.
Doblando por una calle estrecha y torcida como una culebra, llegamos a un parquecito. La luna canicular que aún brillaba con toda su intensidad iluminaba esta pequeña alfombra verde enclavada entre los muros de la ciudad; era un oasis que resaltaba como una fina y delicada esmeralda sobre el asfalto. Y en el centro de aquel oasis, como una estatua acostada, una rubiecita de unos 17 años, con un walkman y un libro en sus manos, completaba el paisaje.
Ante tanta belleza inusitada, no cabían dudas de que era necesario hacer un alto y dedicarse a contemplar aquel espectáculo maravilloso que nos ofrecía la ciudad. Era, sin lugar a dudas, el primer regalo que nos brindaba París, y por ningún motivo había que desaprovecharlo.
Entonces, decidimos tomar asiento en el parquecito y, escogiendo el mejor ángulo desde donde podíamos contemplarle todos sus encantos, empezamos a lanzarle miradas que llevaban enredados mensajes de amor y de ternura.
Era una vieja táctica que siempre utilizábamos con las peladas y nunca nos había fallado: mirarlas fija y penetrantemente a los ojos, así ellas se mostraran odiosas y repelentes. Al final, todas, sin excepción, caían como mosquitas muertas en nuestros brazos.
Pero nuestras miradas con la rubiecita cayeron en el vacío. Ella, concentrada en su libro, nunca nos determinó, y apenas se sintió como presa asediada, cerró violentamente el libro y, alejándose del parque, nos gritó con rabia:
“¡Espèces de voyous, ¿qu’est-ce que vous regardez?!”
Fue la primera desilusión que sufrimos de París; y lo peor era que no entendíamos lo que ella nos había gritado. “Voyou”. ¿Qué significaba “voyou”? Y abandonando el parquecito, consultamos por primera vez el Larousse pequeño-de-bolsillo, que traíamos desde Cali.
“Voyou: Golfo, granuja, obsceno, pervertido”.
Aburridos por lo de la rubiecita, decidimos regresar al estudio de Ricardo. En el camino a casa, íbamos callados y nos sentíamos como niños regañados después de haber hecho una cagada. En un reloj de la ciudad las agujas marcaban las nueve de la noche y, sin embargo, el sol seguía cayendo abrasadoramente sobre la ciudad.
Llegamos al café mencionado, y al escuchar ruido de voces y cristales que venían desde adentro, quisimos entrar y pedir una copa de vino, pero la imagen desagradable de la rubiecita y el sentimiento de desamparo que experimentábamos en aquel momento, nos condujo a pasar de largo, y decidimos entrar al estudio de Ricardo.
Aquel primer día en París, lo mejor era tomar la cosa con calma, y esperar a nuestro compañero de estudios, Ricardo Pilas, que era todo un mago para moverse en la ciudad; sabíamos que con él las cosas serían hasta divertidas.
Los primeros rayos matinales entraron por la ventana del estudio de Ricardo, sacándonos de ese sueño pesado y ese cansancio que se había venido calando en nuestros cuerpos, casi sin que nos diéramos cuenta. Ahora mismo no sabíamos dónde estábamos, o al menos en qué lugar exacto de la ciudad. Sólo la luz del día que se colaba por la ventana nos indicaba que aún no era tarde, y afuera hacía un día soleado.
El estudio de Ricardo era pequeño; sus servicios estaban ingeniosamente incorporados a un solo espacio que no pasaba de 3 x 4, empapelado vulgarmente con unas flores amarillas, que a primera vista aparecían demasiado fuertes ante los ojos de cualquier visitante; un lavabo, una cama larga y estrecha y el clásico inodoro-de-hueco, práctico y multifuncional.
Andrés se paró de la cama, y mientras orinaba en el baño, se puso a tararear una canción de Bienvenido Granda, el bigote que canta. Cuando terminó de cantar, volvió a acostarse a mi lado, y sin cruzarnos una palabra, pensamos esta vez en Ricardo, y por primera vez nos sentimos como un par de aves solitarias prisioneras en una jaula.
Hacia el mediodía, en vista de que Ricardo no llegaba, nos comimos unas manzanas podridas con mermelada que encontramos en el congelador, nos pusimos a leer en francés. Andrés había escogido La balada de los ahorcados, de François Villon, y yo, Las aventuras de Tintin y el capitán Haddock. Realmente, fue muy poco lo que pudimos entender, y como ya llevábamos más de 24 horas sin dialogar con alguien, empezamos a sentirnos abandonados en medio de una ciudad ajena a nosotros, que para completar el cuadro, tenía otras costumbres y hablaba otra lengua.
Así pasamos la tarde. Entre el baño y la biblioteca de Ricardo, que era envidiable por la calidad de volúmenes que allí se exhibían, pero que nosotros no podíamos disfrutar debido a que todos estaban escritos en francés.
Hasta que una llamada telefónica rompió el silencio desesperante en el que nos había tenido Ricardo desde que pusimos los pies en París. Yo me levanté, todavía sin entender Las aventuras de Tintin y el capitán Haddock, y efectivamente al otro lado de la línea estaba Ricardito Pilas, hablando desde Marsella. En ese minuto emocionante, Ricardito se excusó por no habernos recibido en el aeropuerto, y anunciándonos que llegaría en el tren de las 10 y 23, nos puso una cita en casa de una muchacha llamada Christine, donde nos tenían lista una comida de bienvenida.
—Lleven un buen vino —dijo.
Despidiéndose en francés, nos aconsejó una buena vinería que quedaba cerca de su casa.
La vinería se llamaba “El barón rojo” y estaba situada a pocos metros del populoso faubourg Saint Antoine. Entramos bajo el fuerte olor que expelían los negros barriles, y sin saber cómo era que las cosas funcionaban allí, pedimos de entrada tres botellas de vino. El dependiente, un señor calvo de delantal azul, al darse cuenta que nosotros éramos extranjeros (portugueses o argentinos, se imaginó), nos invitó a que nos sentáramos y nos ofreció un vaso de vino que destiló de uno de los barriles.
Los barriles eran negros y se sentían pesados; de cada uno de ellos se desprendía una manguerita verde como una lombriz. El dependiente abría la llave, tomaba la manguera con una de sus manos y la metía en un embudo del mismo color, y así iba llenando las botellas que los clientes traían.
Las botellas eran grandes y barrigonas; en la parte superior del cuello tenían impresas tres grandes estrellas, altas y relucientes. El dependiente alzó su vaso y brindando con nosotros nos preguntaba si nos gustaba el vino; nosotros, mirándonos, le contestábamos: oui, monsieur. El dependiente, entonces, tomaba de nuevo los vasos y los volvía a llenar.
Así estuvimos una hora larga, hasta que los vasos y las palabras del dependiente empezaron a darnos vueltas en la cabeza. Decidimos, entonces, pedirle que nos llenara tres botellas del “rojo” que habíamos estado consumiendo, y que nos cobrara de paso el vidrio, pues nosotros hasta ahora ignorábamos las reglas de la casa. El dependiente, con su cara gelatinosa y llena de venitas rosadas, llenó las botellas con una placidez y una paciencia asombrosas y cuando los vidrios estuvieron listos, pagamos la cuenta y salimos a la calle.
Un Metro nos llevó a casa de Christine Ardent, una antigua residencia ubicada al occidente de París, donde vivían sus padres en compañía de dos perros de raza y una femme de ménage de origen portugués. Sus padres habían partido al África a pasar el verano y Christine, aprovechando su ausencia, tomaba la vieja residencia para hacer fiestas y reuniones con sus amigos.
Fue ella quien salió al encuentro y nos recibió las botellas. Entrez, entrez, s’il vous plaît, y con las botellas en la mano alzó su delicado cuello y buscó a Ricardo entre la gente. Alors, ¿ustedes están recién desempacados, no?, y dirigiéndonos al fondo donde Ricardo conversaba animadamente con un grupo de mujeres, contestamos: oui, madame.
Christine era alta, ágil y de hombros fuertes y cerrados como una jugadora de volibol; su cabello castaño le caía sobre los hombros descubiertos.
—Ricardo me ha hablado de ustedes —dijo.
Y acercándonos al grupo vimos por primera vez a Ricardo, nuestro viejo amigo, después de cuatro años de ausencia.
—¡Voilà les Colombiens! —dijo Ricardo y nos abrazó en medio de risas femeninas—. ¡Bienvenus!
Enlazándonos por los hombros nos invitó a participar en el grupo.
—Voilà, ella es Christine —con la mano extendida señaló a la linda francesita que nos había conducido hasta allí—, Victoria, Ho y Marguerite.
Victoria era ojiclara; en sus brazos llevaba pulseras de corales, y una cinta dorada le envolvía su perfecta cabecita. Ho tenía la piel bronceada y era de origen japonés, y Marguerite, la más bajita de todas, francesita, muy tímida y callada durante toda la noche.
—Et toi, ¿comment tu t’appelles? —le preguntaron a Andrés.
Andrés respondió lentamente en francés, cuidando de no equivocarse:
—Je-m’a-ppelle-Andrés.
—¿Et toi? —dijo Victoria, la ojiclara.
—Moi, je m’appelle Román.
—¿Román?
—Oui. Román.
Y soltó una carcajada.
—C’est sympahique. Román; tu es un roman.
Brindamos.
Después, en medio de risas y chistes que nosotros no entendíamos, pasamos a la mesa. Otros invitados que nosotros no habíamos visto empezaban a ocupar sus puestos, y clavados contra el plato empezaban a luchar con un pato a la naranja que nadaba en una salsa inglesa.
—Alors, ¿mes enfants, qu’est-ce que vous voulez boire? —preguntó Christine en un tono cantarino a toda la mesa.
—Du vin —dijeron algunos comensales sin desprenderse del pato, y Christine, solícita, trajo tres botellas de vino y las colocó sobre la mesa.
—Sírvanse, señores.
Y dirigiéndose hacia mí, me preguntó:
—¿Es correcto?
—Oui, madame —le dije.
Un hombre se apresuró a abrir una de las botellas, y al observar que las botellas no tenían ninguna etiqueta que las identificara, exclamó:
—Pero, ¿qué es esto?
—Orines —respondió su vecino, en francés—. Vino para desahuciados.
Pidió a Christine que, por favor, cambiara las botellas.
Las botellas estrelladas fueron reemplazadas por unas más gorditas y finas donde se leía la palabra “Bordeaux”, y así la comida continuó, en medio de chistes y resonantes carcajadas que se decían en varios idiomas, pero que nosotros apenas entendíamos.
—¿Qué tal, viejo Ricardo? ¿Cómo es esto por acá?
Ricardo, un poco más pálido y con un pañuelito de seda amarrado al cuello, nos decía mientras se servía un “rojo”:
—Esto es distinto, pero es chévere.
Y volteándose hacia Christine, nos dejaba solos en medio de esa mesa donde ahora se ensayaba hablar inglés.
—¿Te gustan las peladas? —preguntó Román.
—Sí, ¿y a ti? —contestó Andrés.
—A mí me gusta la japonesita, pero parece que anda con el gringo aquel.
—A mí me gusta la francesita, la amiga de Ricardo.
—¿Y Victoria?
—Ja, ja, ja, ja.
Nuevos y relucientes platos se sirvieron sobre la mesa, y una risa general contagió a todo el mundo, que cada vez bebía y comía con más ganas, tirando por la borda cierta etiqueta embarazosa que en un principio flotaba en el ambiente. Ahora Christine, abandonando a Ricardo, se acercaba hasta nosotros, y balbuceando algunas cosas en español, nos contaba sus años de estudio en la escuela, y su deseo infinito de hablar y comprender algún día nuestra lengua; el gringo empezaba a sonreírnos y la japonesita, interesada, entablaba una simpática conversación donde se revolvía un poco de todo.
—¿Where’s Colombia? —preguntó Ho.
—It’s in Ceilán —respondió Christine.
—No, Colombia is in Canada —dijo Victoria.
—¡No! ¡Never! Colombia is in America; but is in the south —aclaró Marguerite.
Más tarde sirvieron el queso, que olía igual o peor a las medias que traía puestas Andrés desde Colombia, y con el queso vino el postre y el pousse-café; y cuando todo parecía llegar a su final, Victoria se levantó y, pidiendo silencio, preguntó a los comensales:
—Mesdames et messieurs, ¿quién de los aquí presentes es aficionado a la droga?
Volviéndose a sentar, puso su cartera plastificada sobre sus piernas y, revolviendo con sus grandes manos, sacó del fondo una bolita de chocolate envuelta en papel brillante y preparó un tabaco. El ambiente comenzó a enrarecerse; mientras el tabaco rodaba de boca en boca, un olor penetrante a jabón de lavar lo invadió todo.
—Es afgano —dijo, tosiendo—. Cuentan que con esto se financia la resistencia.
—No está mal, pero a mí me gusta más el que viene de Marruecos.
—A mí, no; los árabes le empiezan a mezclar mierda de camello.
Y el tabaco, después de dar una vuelta larga, llegó hasta nosotros, pero ahora sólo quedaba un poco menos de la tercera parte. Andrés chupó dos grandes bocanadas y rodándome la chicharra se quedó pensando, mirando al cielo las luces titilantes de una lámpara. Entonces, Victoria, desde el otro lado de la mesa, metió otra vez sus grandes manos en la cartera, y sacando una nueva bolita de chocolate, nos dijo:
—Tranquilos, muchachos, que la despensa aún está llena.
Y preparó un segundo tabaco. Andrés volvió a chupar, esta vez con más confianza y seguridad, y con los labios arrugados, retuvo adentro una buena bocanada de humo.
—¡Ah!, estos colombianos. Me han dicho que en su país se preparan unos deliciosos manjares.
Terciándose la cartera, Victoria se levantó de su asiento y nos pusimos a hablar en un lenguaje raro y enrevesado, como para iniciados.
En la mesa quedaban tres botellas de vino; eran las tres estrelladas que el dependiente nos había envasado en “El barón rojo” y que nadie había querido tocar en toda la noche. Andrés se levantó; abriendo una de las botellas, sirvió ante el silencio aprobatorio de la gente, que a esas altas horas de la noche ya no le importaba nada, ni siquiera que un líquido tan ordinario y barato como el que nosotros habíamos traído les bajara quemando sus sedientas gargantas.
Nuevos brindis, en medio de carcajadas estruendosas, se escucharon entre el grupo, y Andrés, tambaleándose un poco, se levantó y alcanzó la segunda botella. Con la botella en la mano, como si fuera a echar un discurso, empezó a decir:
—Mesdames et messieurs…
Su cuerpo maleable como una gelatina, empezaba a bambolearse mientras la gente desde la mesa esperaba algo de interés.
—Je vais vous dire une chose.
Sin poder controlar el equilibrio, se fue de bruces contra la mesa donde estaban Ricardo y la hermosa Christine; la botella felizmente no se rompió. Entonces Andrés, ayudado por Ricardo y su compañera, logró enderezarse y alcanzar un asiento en la mesa. Merci, mamacita linda, le decía a Christine sin poder sostenerse en la silla; merci, mamacita linda, y perdiendo totalmente el control, cayó de nuevo, pero esta vez lo retuvieron los brazos de ella.
—Eh, Andrés —le decía Christine, sosteniéndolo en su regazo—, ¿tu es malade? —pero Andrés no contestaba—. Eh, toi; yo no soy tu mamá.
Christine, soltando una carcajada, jugaba a arrullarlo.
—¡Mon Dieu! ¿Qu’est-ce que tu as? ¿Tú estás enfermo?
—Oui —respondió Andrés, tumbado contra su regazo—. Yo quiero ir al baño.
—¿Quoi? ¿Qu’est-ce qu’il dit? —preguntó Christine.
—Él dice que quiere ir al baño.
—¿Pour quoi faire?
—Yo no sé.
—Alors, mon bébé. ¿Qué es lo que tú quieres hacer en el baño?
—Tengo ganas de vomitar.
—¡Qué?
—Il a mal au cœur.
—¡Oh la vache!
Tomándolo con sus largos brazos, lo arrastró hasta el baño.
En la mesa, los grupos que se habían formado durante la noche reanudaron su charla. Ricardo era el único que dormía por los efectos del hachís. Victoria, que ahora estaba más cerca de mí, fue por la última botella y volvió a llenar los vasos.
—¿Tu sais? —me dijo—. Tu es mignon.
Yo no entendí un carajo, y tomándola por la cinta dorada, le dije lo único que sabía decir en francés, y la mujer, en seguida, estalló en risas.
—Espera, Román —me dijo, arrastrando la “r”—. Antes, es necesario saber qué es lo que está pasando en el baño.
—¿Pourquoi? Je ne comprends pas.
—¿Tu sais? Si Ricardo se despierta en este instante, es capaz de derrumbar la puerta del baño. Il est toujours un salvaje.
Yo, imaginándome todo lo que estaba pasando en el baño, trataba en francés, en español y hasta en inglés, de convencer a Victoria para que nos fuéramos a la cama.
—Espera, Román. Si ese machista se despierta y reacciona como un salvaje, soy capaz de hacerlo pedazos.
Pero Ricardo Pilas, por fortuna, no despertó en toda la noche. Y los cuatro, Andrés, Christine, Victoria y yo, como una pandilla de faunos salvajes, salimos al jardín de la casa, y en medio de una noche despejada, hicimos el amor hasta el cansancio.
Al día siguiente, estaba sentado con Andrés en el café vecino al estudio de Ricardo. Con las maletas en el suelo, ni se nos ocurría pensar dónde íbamos a parar esa noche y la noche siguiente y las que vendrían. Ricardo Pilas, en un arranque de rabia, nos acababa de echar de su famoso estudio, y ahora sin saber a dónde ir, nos encontrábamos sentados frente a una mesa decidiendo nuestro futuro.
Preguntamos por un hotel barato, y lo único que nos aconsejaron fue un hotelucho que quedaba ubicado en la rue de Chalon, atrás de la gare de Lyon. Con las maletas en la mano tomamos el Metro y llegamos a Chalon. Una callecita sórdida donde difícilmente entraba el sol y no tenía más que una salida. En el día, la calle estaba llena de negros africanos y árabes que se la pasaban pendientes de una visita furtiva de la policía. En la noche, en cambio, se paseaban grotescas putas pintadas hasta el cuello, que rayaban en los cincuenta.
Así era nuestro primer vecindario en París. En las mañanas, nos levantábamos temprano a comprar pan y los negros, educadísimos, nos saludaban como viejos amigos. Salut, les frères. Después nos íbamos a comer couscous a un restaurante árabe donde siempre, al entrar, nos confundían y empezaban a hablarnos en árabe. En la tarde, cuando la calle estaba repleta de negros, salíamos a caminar por el Sena y subíamos hasta la plaza de Beaubourg a oír jazz y ver bailar break-dance. Luego, en la noche, comíamos alguna mierda en McDonald’s y terminábamos borrachos en el “Nerval”, un barcito iluminado que habíamos acabado de descubrir. Al llegar a Chalon, a veces teníamos que esperar a que bajara la marea, entonces, ahí sí, entrábamos y, trancando la puerta con las maletas, nos acostábamos a dormir.
Una noche sentimos ruido en la puerta. Era una puta borracha que quería dormir con nosotros y cobraba barato. Luego de discutir con Andrés, la mujer entró y se acostó en medio de los dos. Se llamaba Jenny y, según decía, había nacido un poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. A Jenny le gustaba hablar mientras hacía el amor, y también afuera, en la calle, pues al otro día todo el vecindario sabía cómo nos llamábamos, qué hacíamos y de dónde éramos. ¡Ah! ¡Colombianos! ¿Usted no tiene algo bueno para la cabeza? Y nos llovían negocios hasta malos; pero a nosotros el negocio que por el momento nos interesaba era el que guardaba Jenny entre sus piernas.
Jenny subía noche de por medio, y cuando su negocio abajo, en la calle, andaba malo. A veces, traía un naipe y nos leía el tarot, o sino, se ponía a hablarnos de la guerra, cuando no había nada de comer y para ir a la escuela había que atravesar un campo lleno de soldados alemanes. ¡Ah, Jenny, ¡cómo eras de habladora, no?
Pero la dicha en Chalon duró muy poco. Cada día surgía una historia nueva y la paranoia constante de que alguna noche iba a caer la policía nos tenía los nervios descompuestos. Optamos por dejar las maletas en una estación, y siguiendo las instrucciones de un boliviano que encontramos en el Metro, una tarde fuimos a parar a Odeón y nos sentamos al pie de la estatua de Danton a ver si pillábamos a algún colombiano; según Bolivia, en Odeón solían parcharse grupos de latinos que trabajaban como músicos en el Metro.
De espaldas a Danton, un cinema anunciaba para esa noche el film “Vivre sa vie”, de Godard. A cada lado del cinema había un café con sus mesas hacia la calle y más allá, casi llegando a la otra esquina, una librería especializada en literatura médica. El primer café era azul y su clientela, en su mayoría, era de origen extranjero; el otro café, más pequeño, era de color carne y tenía todas las características de una sancochería bogotana.
Desde la estatua podíamos ver a la gente que entraba y salía de los cafés, o que pasaba en dirección al Metro cuya entrada quedaba justo a unos pasos de Danton y del gran reloj. Allí estuvimos una hora; luego, aburridos de ver pasar y pasar gente, entramos a “La Bonbonnière”, que así se llamaba el cafecito bogotano y pedimos un par de cervezas, en francés, pero el mesero de turno nos las sirvió en español. Terminamos hablando con él, y cuando ya nos disponíamos a abandonar el cafecito, una mano fría y húmeda, como la mano de un muerto, me cogió del brazo. Volteé y casi me voy de espaldas. Allí estaban, departiendo en el fondo oscuro de una mesa: Alejandro Toro, Pedro Cali, el negro Bheto, Charlie Vaca y Ángel Nieves. ¡Toda la crema y nata de la colina de San Antonio!
Yo sabía que Alejandro Toro y el negro Bheto hacía rato vivían aquí, pero no me imaginaba que Pedro Cali, con lo haragán y perezoso que era, hubiera tenido el valor de moverse hasta el aeropuerto y tomar un avión. ¡Sí, Pedro Cali era de los que se quedaban dormidos en los postes de luz, en los árboles de mango, y cuando nos visitaba la ley! Por eso desde pelado lo llamamos “el capitán lagaña” y así se quedó hasta que se hizo grande. ¡Alejandro Toro! ¡Charlie Vaca! y la cosita de Nieves. ¡Con estas joyitas en París ahora mismo daban ganas de coger las maletas y devolverse!
Nieves no vivía en París, pero cada vez que podía, atravesaba la frontera alemana para estar con ellos tres días o una semana. Yo miré a Nieves y noté que su cabeza ya ni era ahuecada como cuando íbamos al colegio; los dientes, antes amarillos y picados, ahora relucían brillantes y daban la impresión de estar en muy buen estado. En el colegio decían que Nieves llevaba la cabeza así porque cuando nació, el médico lo sacó con unas cucharas metálicas que aprietan mucho; pero también decían que Nieves era así porque desde pequeño le gustaba leer mucho, y como “la cultura entra es por la cabeza…”
—¿Y Daniel? —pregunté—. En Cali cuentan que el hombre anda por acá.
—¡Ah!, Daniel, el travieso —alguien comentó, y no habíamos terminado de mencionar a ese curioso personaje cuando, de pronto, alcanzamos a notar su figura sombría y medio ridícula, entrando al establecimiento.
Allí estaba Daniel Castro, con sus ojitos apagados, su boca torcida y cínica. Entró solo y sin saludar a nadie, se sentó en la barra y pidió un “rojo”.
Yo noté que con Daniel pasaba algo; entonces, para salir de dudas, pregunté a la mesa:
—¿Qué pasa con Daniel? ¿Sí vive bien aquí?
Nieves se sirvió un trago doble y después de secarse los labios con el dorso de la mano, respondió:
—Sí, vive tumbando gente.
Daniel no se llamaba Daniel, pero como siempre era tan tramposo, había tenido que cambiarse el nombre por lo menos diecisiete veces. Su nombre de pila era Roberto, Roberto Lindo, pero desde muy temprano, él mismo se dio cuenta que con un nombre tan estúpido, jamás llegaría lejos.
Toro, en cambio, se llamaba así por su papá y tenía unos ojos grandes, color curuba; pero ahora Toro había cambiado. Un poco más delgaducho, en su cara comenzaba a insinuársele un bocito suave y lanudo, que él se mantenía cultivando. “¡Toro! —le gritaban en el recreo— ¿tú sabes cuál es elmarido de la vaca?” Toro, desde un banco de cemento, contestaba: “¡Tu papá!” Y se hacía la paja con el aire.
La negra Vasvi y Lola Garza acababan de entrar a “La Bonbonnière”. Doblando las piernas, se sentaron en la barra y prendieron sendos cigarros. La negra Vasvi estaba más blanqueada, pero seguía conservando esa sonrisa de caramelo, fresca y desgranada que ya usaba desde Cali. Lola, en cambio, era prácticamente otra persona. Con el pelo rizado, se había mandado a hacer un guarda-barro a la altura de las orejas y una colita le pendía del cuello. A pesar del verano, estaban vestidas de negro. Como Edith Piaf.
Las peladas pidieron dos citrons pressés y sin apagar los cigarros empezaron a jugar con los pitillos.
—¡Pero miren quién está aquí!
