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La vida de Jorge Isaacs fue intensa y extensa. Como hijo del romanticismo, el autor colombiano no solo fue el autor de María, la novela emblemática del mundo hispanoamericano del siglo XIX. Así mismo, fue un político, un masón, un guerrero, un educador y un etnógrafo. Un hombre que, en medio de las guerras civiles en que se debatía el país, luchó por la construcción de la nación colombiana. Escrita en forma de crónica literaria, esta obra es una biografía que recoge las múltiples facetas del escritor colombiano con sus triunfos y sus tribulaciones. La crítica literaria había invisibilizado la vida de este romántico, y solo se rescataba de él, su novela María, que alcanzó fama mundial. Fabio Martínez, en este libro, reivindica al romántico americano que le cantó al amor, al paisaje, y fue hasta las últimas consecuencias.
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Seitenzahl: 227
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Martínez, Fabio, 1955-
La búsqueda del paraíso : biografía de Jorge Isaacs / Fabio Martínez.-- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle,2017.
165 páginas ; 24 cm.
Incluye bibliografía
1. Isaacs, Jorge, 1837-1895 2. Autores colombianos- Biografías 3.Novela biográfica I. Tít.
928 cd 21 ed.
A1569036
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: La Búsqueda del Paraíso: Una biografía de Jorge Isaacs
Autor: Fabio Martínez
ISBN: 978-958-765-351-9
ISBN-PDF: 978-958-765-352-6
ISBN-EPUB: 978-958-765-353-3
Colección: Artes y Humanidades - Literatura
Primera edición, abril 2003
Segunda edición
Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Javier Medina Vásquez
Director del Programa Editorial: Francisco Ramírez Potes
Diagramación: Sergio José Ochoa Moyano
Diseño de caratula: Hugo H. Ordóñez Nievas
© De la presente edición: Programa Editorial - Universidad del Valle
Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es responsable del respeto a los derechos de autor del material contenido en la publicación (textos, fotografías, ilustraciones, tablas, etc.), razón por la cual la Universidad asume ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, abril de 2017
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
—NOTA DEL AUTOR
—GEORGE HENRY ISAACS DESCUBRE EL PARAÍSO
—LA FUNDACIÓN DEL PARAÍSO
—DEL EDÉN IMAGINARIO AL INFIERNO DE LA GUERRA
—JORGE ISAACS DESCUBRE NUEVOS MUNDOS
—LA MUERTE DE ELVIRA SILVA Y EL AMOR POR MARÍA
—POST MORTEM: VIRTUDES Y TRIBULACIONES DE UNA NOVELA
—BIBLIOGRAFÍA
En 1995, durante mi estadía en la ciudad de Montreal, y para hacerle frente al duro invierno que impera en la ciudad en los primeros meses del año, acostumbraba a refugiarme en la Biblioteca de la Universidad de Québec –UQAM, y dedicarme a la investigación que me exigían mis estudios de Doctorado.
Las bibliotecas de Canadá están dotadas de las mejores joyas bibliográficas invaluables a nivel mundial. Durante esa pesquisa bibliográfica, hice un gran descubrimiento: la obra del crítico estadounidense Donald McGrady sobre nuestro escritor Jorge Isaacs.
¿Cuál era la importancia de McGrady sobre Isaacs?
A diferencia de la crítica hispanoamericana que reivindicaba a un Isaacs religioso McGrady, por el contrario, había laicizado al autor de María, mostrándolo en su dimensión humana.
No era para menos. Aparte de escribir en América, la novela romántica más importante del siglo XIX, Isaacs había sido un liberal radical que luchó por un país regional unido, había sido un político vehemente, un rebelde, un educador, y un explorador.
Esta nueva dimensión de Isaacs que me ofreció el crítico Donald McGrady, me llevó a investigar el siglo XIX colombiano, a leer las biografías que hasta la fecha se habían escrito sobre el escritor colombiano, y a realizar una pesquisa sobre uno de los íconos más importantes del siglo XIX, en el mundo hispanoamericano.
El resultado de esta investigación, fue la publicación de mi biografía novelada, titulada: La búsqueda del paraíso, que gracias a Juan Leonel Giraldo, fue publicada por Editorial Planeta, Bogotá, 2003.
A partir de la publicación de la biografía, en el país y el continente comenzaron a florecer nuevas lecturas sobre María que la despojaban de la mirada lacrimógena, y a detenerse en las múltiples facetas que tuvo Isaacs como hombre público.
Hoy, a raíz de los 150 años de la primera edición de María, y como un agradecimiento especial a mi alma máter, el Programa Editorial de la Universidad del Valle dirigido por el profesor Francisco Ramírez, presenta al lector la segunda edición de La búsqueda del paraíso.
Fabio Martínez
“El espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo”
El paraíso perdido
Milton
Míster George Henry Isaacs zarpó el 8 de octubre de 1821 en el velero ‘Alcatraz’, de Montego Bay, en Jamaica, rumbo a Colombia. En su colegio había escuchado la historia del paraíso terrestre, gracias a las hazañas de Cristóbal Colón y del barón Humboldt, contadas por sus maestros.
Seis años antes, cuando todavía era un niño, escuchó de Simón Bolívar hablar de que en el sur del continente y bañado por los océanos Atlántico y Pacífico existía un nuevo país llamado Colombia que se parecía al paraíso. El libertador, acosado por los españoles, se había refugiado en esta prodigiosa isla del Caribe donde escribió la famosa Carta de Jamaica.
En aquella oportunidad, Bolívar le prometió al joven estudiante que si alguna vez visitaba aquel edén enclavado entre valles, selvas y montañas, él mismo se encargaría de ponerle los papeles en regla y otorgarle la visa de residencia.
El país necesita de gente emprendedora y con porvenir como usted, le dijo.
George Henry Isaacs era un judío inglés de origen sefardí, que hacía parte de la diáspora, que se inició con la expulsión de los judíos en Jerusalén, continuó con la expulsión de los judíos de Egipto, y quince siglos después, se extendió con la expulsión de los judíos de España, en 1492, por parte de los reyes católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.
Después de esta fecha histórica, que coincide con el viaje de Colón y el descubrimiento de América, sus antepasados se refugiaron en Londres, y más tarde, en la isla de Jamaica, continuando así con la lógica de expulsiones y desplazamientos, que ha marcado a nuestra historia, dando pie al nacimiento del mito de Ashaverius, el mito del judío errante, que todavía ronda como un fantasma en nuestra geografía.
Además de todas estas motivaciones despertadas por el encuentro temprano con Bolívar y por una educación ilustrada que recibió en el Montego Bay College, el joven judío tenía presente en su memoria las leyendas fabulosas que contaban los contrabandistas que cargados de oro y platino llegaban a las costas de Jamaica procedentes del río Atrato en el Chocó, en el famoso Velero obligado.
Influenciado por todas estas leyendas, el judío emprendió su viaje, y una mañana de octubre de 1821 zarpó del puerto de Montego Bay rumbo a Colombia.
En aquel año, Colombia era un país joven que hacía dos años se había constituido como República; pero que estaba diezmado por la guerra contra los españoles y vivía una etapa de crisis e incertidumbre debido a las “envidias provinciales” como decía el Libertador, y a las ambiciones de poder por parte de las nuevas élites nacionales que irrumpían en la arena política.
Pese a contar con una gran riqueza natural, la guerra había dejado en el país hambre y destrucción, y las viudas que habían perdido a sus maridos en las contiendas, vagaban por los poblados en busca de protección y consuelo.
A George Henry Isaacs no le importó esta situación, y motivado por su afán de riqueza, una tarde de finales de octubre llegó al puerto de Santa Marta.
George Henry Isaacs era un hombre alto, rubio, de bigotes espesos, y venía vestido a la usanza para estos trópicos, como lo había recomendado el barón Humboldt: la cabeza envuelta en un pañuelo blanco para secar el sudor, y sobre ésta, un sombrero grande de paja de ala ancha, una camisa blanca de algodón, un pantalón azul tejido, una pistola, un sable, una botella de aguardiente y unas botas militares altas.
En su valija, que en lo sucesivo iba a ser transportada por mulas y cargadores, traía un vestido de repuesto para reuniones, una hamaca con sus hicos, un toldillo contra los mosquitos y las niguas, ropa interior seca y fresca, calcetines para la noche, tres ollas grandes de cobre para la sopa, el chocolate y la carne cortada, una sartén para freír huevos, dos platos pandos de estaño, dos copas de estaño para medir el aguardiente anisado, una bolsa de monedas de valor, y la lámpara del señor Duvy, que le iba a ser muy útil en sus exploraciones auríferas por un país desconocido.
Santa Marta era un pequeño pueblo de indígenas y negros, de 8.000 habitantes que, sometidos a una pequeña casta de hijos de españoles nacidos en tierra colombiana, trabajaban como estibadores en el puerto.
Cuando George Henry llegó a la ciudad aún se sentían los últimos estertores de la guerra y el pequeño puerto mostraba la más deplorable escena de ruina y destrucción.
Pese a esta situación, el viajero notó la hospitalidad del colombiano, su carácter amable, fresco y dicharachero; desde que llegó fue bien recibido por las autoridades del pueblo, por los comerciantes y por la gente del común que lo invitaban a comer a sus rústicas viviendas sin cobrarle un centavo, le ofrecían los mejores manjares de la región o se ofrecían para servir de baquianos en la larga travesía que apenas comenzaba y que lo llevaría, según él, al paraíso.
George Henry no comprendía aquel ambiente festivo de sus habitantes, en medio de un país en guerra, asolado por la hambruna y la confrontación bélica.
Desde una pequeña colina, el joven judío contempló la apacible Bahía de Santa Marta y a un extremo, el pueblo de pescadores de Taganga, y concluyó: por la gente y por el paisaje, parece que esto es el paraíso; pero es un paraíso en medio de la desolación y la guerra.
El comerciante de origen inglés Rutter lo alojó en su casa y fue quien le dio las primeras instrucciones sobre la salud para que no fuera a sucumbir ante las adversidades del clima, la insalubridad y, sobre todo, los temibles mosquitos.
El viejo inglés, que importaba vinos y ultramarinos de Europa, pero que debajo de los contenedores de madera contrabandeaba con pólvora y armas para el ejército libertador, le aconsejó que para el dolor de cabeza llevara una buena dosis de tártarus emeticus, quinina, azúcar y cáscaras de naranjo agrio; para la soltura de estómago calomel con sal; y para combatir a los mosquitos, hojas de tabaco para fumar y manteca de cerdo pues los mosquitos colombianos, como buenos chupasangres, preferían la carne blanca y fresca.
Rutter lo invitó a desayunar carne secada al sol picada con tocino, huevos fritos y algunas verduras pasadas con un ligero vino catalán y chocolate espeso; luego alistó dos caballos de catorce manos de alto, un baquiano que iría adelante con su equipaje y dos bogas negros que desde que se los presentaron le empezaron a decir “patrón”.
Montado en el holazán, George Henry volteó el cabestro para agradecer a Rutter por su hospitalidad, y cuando extendió la mano para despedirse, dijo:
—Míster Rutter, deséeme suerte en esta empresa, pues aspiro encontrar muy pronto el paraíso.
Y el rucio inglés, le contestó:
—Good luck! Pero recuerde, amigo, que el paraíso siempre está en otra parte.
George Henry Isaacs tomó las riendas del caballo y se alejó de Santa Marta. A cada lado del camino real se alzaba un paisaje seco y caliente sembrado de gigantescos árboles tropicales. El canto de los loros, los micos y las guacharacas rompía por un instante la monotonía del tiempo provocada por una canícula que subía el termómetro hasta 40 grados a la sombra.
George Henry abrió la cantimplora y bebió el primer trago de anisado. A un lado del camino pequeños caños iban prefigurando el paisaje de Pueblo Viejo, el lugar de embarque donde se besan la ciénaga y el río.
Según un plano que le había dibujado Rutter, su destino era llegar a Pueblo Viejo, atravesar las Ciénagas de Santa Marta y de Redonda, tomar el Caño de Onda y el de Soledad, este último ubicado a una milla de San Nicolás de Barrancas y allí, cambiando de bogas, debía embarcarse por el río Grande de la Magdalena rumbo al corazón del país.
George Henry llegó a Pueblo Viejo, atravesó la ciénaga con la ayuda de los bogas, y finalmente llegó a San Nicolás de Barrancas. Allí lo recibió el señor Grau, quien esa misma noche le tenía preparada una fiesta donde el judío descubrió por primera vez la belleza y el encanto de la mujer colombiana.
Las mujeres iban ataviadas con unos vestidos largos de boleros de colores; los hombres estaban vestidos de sombrero voltiao, camisa y pantalones de dril blancos y anchas abarcas.
Los invitados bailaron hasta el amanecer danzas españolas, al calor del anisado que era traído de la región de los motilones.
Al día siguiente, durmiendo en una hamaca, el viajero sintió el peso del calor sofocante que hacía en aquel puerto, que para no confundirla con Barranca la Nueva la iban a llamar de ahora en adelante Barranquilla o la ciudad de La Arenosa.
Al mediodía, el señor Grau lo invitó a almorzar en su casa, donde comieron un bocachico, arroz con coco y patacón pisao, que pasaron con jugo de tamarindo.
Llegó la hora de la siesta. George Henry se tumbó en la hamaca hasta que la brisa del río lo despertó del letargo. El señor Grau se le acercó y le informó que los bogas estaban en el río preparando el champán que estaría listo para zarpar a las siete de la noche. Bebieron un café cerrero para terminar de despertarse, y cuando llegó la orden de subir a los caballos para desplazarse al puerto, George Henry descubrió cómo los dueños de los bohíos sacaban sus sillas mecedoras hasta las puertas de sus humildes viviendas para recibir el fresco de la noche.
—Es una costumbre indígena que heredamos de los Caribes, y que todavía existe entre nosotros.
Llegaron al puerto. Allí uno de los bogas le contó al “patrón” que la noche anterior unos hombres que dormían en la orilla habían sido devorados por los caimanes.
El río por un instante se había teñido de rojo y de los hombres sólo habían quedado flotando sus sombreros y sus palancas de madera.
El champán estaba tripulado por cuatro negros corpulentos que desde que subieron a la nave iban bebiendo aguardiente anisado; dos vivanderas que iban a recoger los cuerpos de sus maridos muertos en el puerto de Guaimaro; siete cañoneros bajo el mando de Louis Carbonière y cinco indios que llevaban lanzas venenosas en sus carcajs de bambú.
George Henry se despidió de abrazo del señor Grau y de los dos bogas y subió al champán que se deslizó suavemente por las aguas espesas y amarillas del río. Mientras la nave hecha de madera y techo de paja se internaba río adentro por la espesura, volvió a la memoria de George Henry Isaacs la imagen del paraíso, y recordando el poema de Dante Alighieri, pensó para sus adentros:
—Para ir al paraíso hay que hacer primero una escala en el infierno.
Navegaron toda la noche arropados bajo una luna llena. De la selva que se extendía a cada lado de la orilla, se oían los gritos de los animales salvajes y un sonido de furia por la brisa del río que golpeaba la vegetación haciéndola estremecer.
George Henry intentó conciliar el sueño, pero las lamentaciones de las vivanderas que no paraban de llorar por sus esposos muertos y que se confundían con el dulce canto de los bogas, lo hacían despertar como si no viviera un sueño sino una pesadilla; como si aquella embarcación rudimentaria en la que viajaba por primera vez no tuviera como destino final el paraíso sino el infierno.
George Henry sudaba, y recordando los consejos de Rutter, fumaba hojas de tabaco y se echaba manteca de cerdo en el rostro y en los brazos para espantar a los mosquitos.
Llegaron a Guaimaro al amanecer. Allí era todo desolación pues la guerra, como una dama de mal agüero, había pasado arrasando el pueblo. La gente contaba que una guerrilla de indios que iban armados de flechas venenosas había tomado por asalto el pequeño caserío y había ajusticiado a los hombres y las mujeres fieles a la corona. Las vivanderas, alumbradas con las antorchas que habían preparado los bogas, descendieron y corrieron por entre los escombros, buscando los cadáveres.
El boga más viejo y fornido que hacía las veces de capitán ordenó que ante la situación de Guaimaro era mejor zarpar y esperar el amanecer en una playa más grata donde no se corriera el peligro de enfermarse por la descomposición de los cadáveres.
El champán navegó unas cuantas millas y antes de llegar a Piñón se detuvo en una playa despejada del río donde los bogas cavaron un hueco en la tierra e hicieron el famoso tapao, un potaje que consiste en depositar en el hueco carne y plátano envueltos en hojas de bijao, cubrirlos con tierra y echarles fuego. Ese fue el desayuno; sin perder tiempo subieron en el champán y continuaron río arriba rumbo a Piñón, Barranca Nueva y Mompox.
El capitán preguntó al general Carbonière que hasta dónde iba con ese destacamento de indios, y éste le dijo que iba a felicitar a las tropas libertadoras que se habían tomado Mompox, luego descendería a Honda y finalmente subiría a Santa fe de Bogotá a festejar por la Nueva República de Colombia.
Llegaron a Mompox; era una pequeña población de casas blancas y tejados rojos que estaba situada al pie del río. La ciudad estaba de fiesta debido a que las tropas libertadoras habían logrado derrotar a las tropas realistas del general Morales.
George Henry descendió del champán, al lado de Carbonière y su gente, y la turba que festejaba con cohetes y fuegos pirotécnicos los arrastró hasta la plaza en un remolino febril y contagioso. Los tambores y las guacharacas tocados por negros palenqueros no cesaban de tronar.
En medio de la turbamulta, el joven viajero no comprendía las costumbres del país, y se preguntaba: si habían acabado de dejar Guaimaro, tierra de destrucción y de muerte; ahora ¿por qué se encontraban de golpe con Mompox, ciudad llena de alegría?
Aquí, en Colombia, la vida y la muerte son como un par de novios que se besan en la calle, pensó. Y luchando por escapar de la muchedumbre, tomó una callecita empedrada, que quedaba al lado de la plaza principal, y descubrió un taller de orfebrería donde un viejo fundía, bajo el crisol ardiente, pescaditos de oro.
—La guerra se acabó, míster. Antes la gente vendía sus joyas de oro para apoyarla. Ahora como no hay comida tenemos que convertir el oro en pan.
Y el viejo le regaló un pescadito de oro para la buena suerte.
Al día siguiente, los tambores de los negros del Palenque se habían apagado y la ciudad dormía una resaca de tres días con sus noches.
El boga mayor recogió a la tripulación en una casona donde se habían alojado y anunció que esa misma tarde partirían hacia Honda, pues aún les esperaban quince días de travesía por el río.
El negro anunció que uno de los bogas se había emborrachado y había huido con un dinero robado a la tripulación; y leyó, lista en mano, los nuevos tripulantes que iban a ocupar los incómodos puestos que habían dejado Carbonière y sus indios: El Presidente de la Cámara, don Domingo Caicedo, que había viajado hasta la costa Atlántica para aplacar a las tropas libertadoras e informarles que había llegado el tiempo de paz y de reconstrucción del país; doña Mabel Obregón y su esposo don Hipólito Lemaitre, comerciantes prestigiosos de la ciudad que iban a hacer negocios a Santa Fe de Bogotá; don Miguel Navarro, el administrador de las tabacaleras de San Bartolomé, cuyo destino era la capital, donde haría diligencias de impuestos; un estafeta de las tropas liberadoras; y tres macheteros que venían heridos e iban a ser operados en el Hospital de San Juan de Dios de la capital.
George Henry Isaacs se sentó y enseguida advirtió la buena educación del Presidente de la Cámara y de los esposos Lemaitre. Su español, dulce y cantarino, salía con naturalidad de sus bocas y se podía decir que hablaban mejor que los españoles que habían venido de Andalucía y Extremadura a conquistar estas tierras.
Doña Mabel Obregón fue quien inició la conversación al preguntarle al caballero dónde había aprendido el español, y éste, orgulloso por ser bilingüe, le contó que se lo había enseñado una profesora española, en el Montego Bay College.
—Lo aprendí desde niño. Aunque mis ancestros vienen de Inglaterra, mi bisabuelo materno vivió en Castilla, España, hasta 1492; año en que fueron expulsados del país por orden de la corona española.
—Habla muy bien el español, míster.
—Si usted lo dice, señora…
—Cuéntenos, ¿qué viene a hacer a este país que está tan revolcado?
Con una muestra de orgullo y timidez, George Henry contestó:
—Vengo en busca del paraíso.
Doña Mabel hizo una pausa, y continuó:
—Desde don Cristóbal Colón los europeos quieren venir al paraíso en busca de oro o mujeres. Dígame, George Henry, ¿usted viene por oro como tanto filibustero desaforado que anda viendo qué se roba de estas tierras, o viene por las dos cosas?
George Henry se sonrió.
—Vengo en busca de oro, pero tengo la intención de radicarme aquí. Sobre lo segundo, si se me presenta una bella criolla para casarme, no lo pensaré dos veces.
Don Domingo Caicedo, que había estado oyendo la conversación, intercedió:
—Yo sé que aquí va a encontrar una buena mujer. Me imagino que el señor se dirige a la Minas de Marmato, en la provincia de Antioquia.
—No, señor; voy a la región del Chocó. En Jamaica, los comerciantes que viajan por la vía del golfo de Urabá, dicen que allí se encuentra El Dorado, que tanto buscaron los conquistadores.
—Sí, allí hay mucho oro y platino, pero el Chocó no es el paraíso que usted está buscando. Allí se va encontrar con la selva, el clima es muy duro, las enfermedades tropicales hacen mella en el forastero; allí no existen carreteras y la población vive en las peores condiciones de miseria.
Pienso que le dieron mal la información. Aquí en Colombia hay mejores aluviones que ese pueblo miserable infectado de malaria. ¿Tiene usted, señor, las credenciales para entrar al país?
—Sí señor, tengo una carta de don Simón Bolívar, que debo presentar ante las autoridades en Santa Fe de Bogotá.
—Usted es un afortunado míster, pero le aconsejo que no se meta a la región de los chocoes porque a la mayoría de los güaqueros y buscadores de oro se los come la manigua o terminan prendados de una negra que les hace brujería.
Como buen judío anglosajón, George Henry no creyó en las palabras del Presidente de la Cámara, y mostrándoles la lámpara de Duvy, contestó:
—Yo voy de todas maneras al Chocó porque allá me dijeron que quedaba el paraíso.
El champán continuó navegando río adentro, en medio de una vegetación espesa, donde el canto de los pájaros y el chillido de los micos se confundían en una sola algarabía.
El clima era pesado y húmedo. El bote rústico deslizándose en silencio por el río, iba dejando atrás los pequeños caceríos donde apenas unos meses antes había pasado la guerra destruyéndolo todo. Pradilla, San Pablo, Garapata. Allí todo era muerte y desolación. Las mujeres y los niños vagaban como sonámbulos por entre las ruinas de sus ranchos intentando buscar en vano el cuerpo de su marido o de su padre.
Los bogas lograron sortear los rápidos de Angostura, y cuando llegaron al cruce del río Nare con el río Caracolí, se desgajó un aguacero de esos que sólo se producen en el trópico. Luego salió un arco iris y la tripulación, que venía mojada hasta el cuello, atracó en una playa que había formado el río, y allí todos tuvieron la oportunidad de secar con el viento sus ropas húmedas, salar la carne para los próximos días y pernoctar bajo el canto de los pájaros que venía de la selva. Mientras la tripulación dormía, George Henry observó las aguas espesas y amarillas del río Grande de la Magdalena, y pensó que por esta arteria fluvial, así como había salido todo el oro del mundo para la corona española, así también había entrado la civilización europea con todo lo grande y miserable que era. Por allí entraron la lengua española y el caballo pero también entraron la cruz y la espada. Y dentro de su espíritu visionario, el joven judío que vivía prisionero del mito del paraíso, por primera vez tuvo el sueño de construir una empresa de transportes fluviales compuesta por barcos a vapor como los que navegaban por el río Mississippi. Sueño que le mencionó a don Domingo Caicedo, pero que éste disipó al contarle que ya el señor Guillermo Elbers, un inmigrante alemán interesado en Colombia, había soñado y tenía la concesión por parte del Congreso de la República, de inaugurar la primera empresa de transportes fluviales por el río.
Al día siguiente George Henry Isaacs y la tripulación advirtieron que los bogas habían madrugado muy temprano y se habían ido de cacería. Se sentaron en un banco de arena a tomar el desayuno mientras abajo, en el río, un caimán de 25 pies de largo los vigilaba con sus ojos brotados, verde—azules.
A propósito de los saurios, las historias que se contaban a lo largo del río eran abundantes, y de acuerdo a lo que escuchó, George Henry descubrió que todo ese arsenal literario, en buena parte, no pertenecía a la realidad, sino a la imaginería de los pueblos, que habitaban a lo largo de las orillas del río.
El caimán era el mito más largo de la nueva República de Colombia. Era el animal fábuloso, que en medio de la guerra cruel y despiadada, nutría la memoria de sus habitantes.
George Henry Isaacs no sólo escuchó la historia de los bogas que habían sido devorados en Puerto Colombia, sino que escuchó la historia del caimán enamorado de la lavandera, que para demostrarle su afecto, salía del agua y le besaba todas las mañanas el dedo gordo del pie; pero la historia que más le impactó al judío fue la leyenda del hombre que en la población de El Plato se convirtió en caimán.
“Voy a contarles la historia que sucedió; en la población de El Plato se volvió un hombre caimán”, cantaban los negros palenqueros a la orilla del río.
Los bogas llegaron al mediodía cargados de un tapir, tres micos y una culebra hermosísima de lunares amarillos y cola negra.
Después de almorzar una pierna de tapir ahumada, la tripulación continuó su viaje, en medio de un sol reverberante, que era capaz de incendiar un bosque o adormecer al hombre más fuerte que haya dado la tierra.
Aletargada por la cena opípara que había acabado de ingerir, la tripulación se quedó dormida y no despertó sino hasta cuando la brisa fresca del río les golpeó sus rostros y les recordó que todavía eran hijos de esta tierra. Fue en aquel momento cuando los macheteros aporriados como venían por las heridas de lanzas se empezaron a quejar y a pedir agua para calmar la sed. El boga mayor desvió su cauce y acercando el champán a la orilla, sumergió en el agua una planta de alumbre a una profundidad de ocho pulgadas, y entonces la tierra y el barro se empezaron adherir a la planta, separando el barro del agua dulce. El boga, que iba en la parte de atrás, sacó el agua dulce con un mate de totumo y empezó a llenar un barril que debía alcanzar hasta que llegaran a Honda.
Los días y las noches que vinieron empezaron a hacerse monótonos. Pese al deslumbramiento que les producía un paisaje primario lleno de verdes y que les recordaba la Arcadia, la tripulación sintió el peso del cansancio de un viaje agotador que se prolongaba en cada recoveco del río y que parecía no tener fin. Y todos, en medio de esa sopa húmeda y pegajosa llamada día, tenían puesta la esperanza de tocar muy pronto el puerto fluvial de Honda donde terminaría el viaje por el río y empezaría otro, a lomo de mula, por los caminos reales de la cordillera de los Andes que los llevaría finalmente a Santa Fe de Bogotá.
Al menos allá cambiaremos de paisaje y ya no nos acosarán estos malditos zancudos, susurraba el judío en inglés mientras se arrepentía de haber escogido esta ruta y pensaba para sus adentros que en vez de acercarse al paraíso, como lo había soñado en Jamaica, cada día se alejaba más de él y en cambio se iba aproximando al corazón de las tinieblas. Pero su fuerza de voluntad, que era más terca que una mula, también le recordaba aquella frase de Milton que había leído en El paraíso perdido, y que decía que para ir al cielo había que pasar primero una temporada en infierno.
