Escritos en el tiempo - Fabio Martínez - E-Book

Escritos en el tiempo E-Book

Fabio Martinez

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Beschreibung

Escritos en el tiempo es una selección de artículos periodísticos y columnas de opinión que tienen como eje central la literatura y su relación con la ciencia y la música, mostrando el lugar que ocupa la sensibilidad artística y literaria en la cultura general. Dentro de un centenar de artículos se destacan a grandes autores como George Orwell, Cyril Connolly y Gabriel García Márquez, así como escritores del boom literario latinoamericano y de nuestro país. Este es un libro para los lectores amantes de la literatura, pero también para aquellos que consideran el periodismo como un medio importante de comunicación y construcción social.

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Seitenzahl: 407

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Martínez, Fabio

Escritos en el tiempo. Artículos periodísticos sobre literatura, ciencia y música 1985 - 2015 / Fabio Martínez. -- Cali: Programa Editorial Universidad del Valle, 2018.

284 páginas; 24 cm. -- (Colección artes y humanidades)

Incluye índice de contenido

1. Crónicas periodísticas - 1985-2015 2. Literatura - Artículos periodísticos - 1985-2015 3. Ciencia y humanidades - Artículos periodísticos - 1985-2015 4. Música y literatura - Artículos periodísticos - 1985-2015 I. Tít. II. Serie

070.44 cd 21 ed.

A1621764

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Universidad del Valle

Programa Editorial

Título:       Escritos en el tiempo. Artículos periodísticos sobre literatura, ciencia y música 1985-2015

Autor:        Fabio Martínez

ISBN:        978-958-765-928-3

ISBN-PDF: 978-958-765-929-0

ISBN-ISBN: 978-958-5168-19-0

Colección: Artes y humanidades

Primera edición

Rector de la Universidad del Valle:   Edgar Varela Barrios

Vicerrector de Investigaciones:          Jaime R. Cantera Kintz

Director del Programa Editorial:       Omar J. Díaz Saldaña

© Universidad del Valle

© Fabio Martínez

Libro publicado con recursos del proyecto de inversión No. 36205517

Carátula y diagramación: Sara Isabel Solarte Espinosa

Corrección de estilo: María Camila Cuenca Ortiz

Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por la Universidad del Valle.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión de los autores y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. Los autores son responsables del respeto a los derechos de autor del material contenido en la publicación (textos, fotografías, ilustraciones, tablas, etc.), razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

CONTENIDO

Prólogo

Toda una vida hecha escritura

LITERATURA

Gabriel García Márquez: nuestro clásico universal

Vivir para contarla: el libro del año

El escritor y su laberinto

De María a Cien años de soledad

La visión cósmica en Juan Rulfo

Julio Cortázar: el mejor saxo alto

Una flor para Julio Cortázar

Alfredo Bryce Echenique: el nuevo Vargas Llosa

Salvador Garmendia: la novela del nuevo siglo

El duende de Federico García Lorca

Los Premios Nobel

El sepulcro sin sosiego

El fantasma del Marqués de Sade

La última novela de Kundera

Saramago

Aires de familia

El diccionario del diablo

Utopía y desencanto

El mapa imaginario del país

La novela colombiana del siglo XX

La novela María y el romanticismo

En busca del paraíso perdido

El cuento en Colombia: entre la tradición y la ley del zapping

Carlos Arturo Truque: un cuentista olvidado

Genoveva Alcocer se toma el mundo

Comandante Paraíso

La misa ha terminado

La ordalía de Gustavo Álvarez Gardeazábal

Carta al prisionero de la esperanza

Son de máquina

El escritor y sus enfermedades

Ursúa, la novela de la conquista

Las lecturas prohibidas de Consuelo Triviño

La crónica de París

Nuestros muertos ilustres

Los paraísos de Garramuño

Cuentos para antes de hacer el amor

Del amor inconcluso

El cuervo de Versalles

Las horas cantadas

Los ejércitos de Evelio Rosero

El jardín de las Weismann o el infierno de la violencia

La literatura del mar

El arte del aforismo

La poesía de Aurelio Arturo

Juan Manuel Roca: poeta del sueño y la memoria

La poética del asombro

Arthur Rimbaud: un espíritu rebelde

Los poetas suicidas

El libro del encantado

Jotamario, el nadaísta caleño

La poesía amorosa de Horacio Benavides

Horacio Benavides, poeta del silencio

La poesía de Marco Fidel Chávez

Ómar Ortiz: vida feliz de un escritor ex(céntrico)

Los espejos del olvido

Amor y eros en la poesía caleña

La noche en borrador

Poesía en tiempos de guerra

La modernidad: promesas incumplidas

El frenesí del instante

Pensar en el lugar del otro

Fernando Vallejo: el ángel del Apocalipsis

El cuervo blanco

HAT regresa al paraíso

El diario de Enrique Buenaventura

Las letras colombianas

La montaña mágica del libro

La fiesta del libro

Japón, teatro y libros

Sobre literatura negra

Un orientalista en Cali

Literatura y humor

El trotamundos de la cultura

Los fantasmas felices

El arte de la conversación

Sobre la lectura

Sobre el ensayo

Elogio al ensayo

Nuevos escritores del milenio

CIENCIA Y LITERATURA

De Gutenberg a la realidad virtual

Cuerpos y máquinas electrónicas

El ojo vigilante de Orwell

El ciudadano vigilado

La biblioteca virtual

El mapa de la vida

Mitos, matrimonio y tecnología

Remedio para melancólicos

Una extraña visita por Internet

La teoría del caos

La selva virtual

Invertir en el futuro

Marx, el selfie y las redes sociales

Sobre la imaginación

El agujero de la memoria

MÚSICA Y LITERATURA

Literajazz, Literason

Literatura para bailadores

Violon d’ Ingres: escritores musicópatas

De música ligera

El cantante llegó abriendo camino

Juanchito: una tradición de la música negra

Nuestra música

Músicos de Metro en París: oficio de magos con porvenir

Las pelucas de Celia Cruz

¡Música, maestro!

Delirio se toma a Cali

El coleccionista de música

El Festival Petronio Álvarez

El Festival Petronio Álvarez se viste frac

Bámbara negra

Cantadoras del Pacífico

Candelario, ¡qué banda tiene usted!

La marimba prodigiosa de Hugo Candelario

El ‘Mulato’ y su swing latino

De donde vengo yo

Michael Jackson: entre Narciso y Frankenstein

Mi Buenos Aires querido

La voz de Chavela Vargas

Se apagaron los timbales

Cielo de tambores

PRÓLOGO

Todo columnista es un cronista del pensamiento. Sus escritos tienen la misión de atrapar las ideas de su tiempo para contrastarlas, desmenuzarlas y convertirlas en dudas abismales o certezas que ayudan a entender la realidad que nos rodea. Tienen la obligación de abrir heridas en la mente y de sanar vacíos en la memoria. Una tarea estupenda, a la que solo se puede llegar por el camino del conocimiento y gracias al don de la comunicación, pero que encierra también responsabilidades de acero como aquella de ejercer la libertad de opinar.

Los columnistas que hacen su oficio a conciencia saben más que nadie lo que significa ser estandartes de esa libertad. Ellos representan esa especie de seres curiosos, reflexivos y punzantes que tienen el privilegio de escribir sobre el tema que deseen y con el enfoque que seleccionen en un medio de comunicación. En sus manos portan un legado de intelectualidad y erudición que los obliga a proponer un punto de vista original sobre cualquier tema de relevancia para el público.

Pero ese paraíso del libre albedrío y la autodeterminación es al mismo tiempo un bosque denso de obligaciones éticas y exigencias mentales. Deben orientar sin faltar a la verdad. Deben promover el debate público sin cruzar la línea de la injuria que ofende la inteligencia. Deben demostrar por qué son seres humanos nacidos para la dialéctica. Y deben ser defensores del derecho de la libertad de expresión, ese pilar fundamental de la prensa, en el sentido de la frase legendaria que se le atribuye a Voltaire:

“Detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que pudieras seguir escribiéndolo”.

Leer a Fabio Martínez en su faceta de columnista es una constatación de que este oficio se nutre del desafío diario y permanente de evitar ser obvio, predecible, cómodo. No existe en sus escritos un afán distinto al de ser relevante. Ese propósito fundamental que obliga a usar la memoria, el estudio, el conocimiento, el análisis, la curiosidad, la escritura fluida y, en este caso, el humor inteligente, para que el público juzgue con su silencio o emoción la idea vertebral de cada columna.

No persiste en estos textos un impulso diferente al de ser útil. Las letras y las ideas como herramienta infinita para entendernos y entender al otro. De ese instinto creativo nacen estas columnas. En ellas se ve claramente la fusión del escritor literario con el comentarista periodístico. La literatura y el periodismo convertidos en un mismo buque para navegar la realidad y explorar el horizonte de sus océanos. Uno de los puertos de llegada de ese viaje es este libro que reúne una selección de los escritos y columnas elaborados por Martínez a lo largo de más de 16 años de trabajo periodístico, durante los cuales el periódico El Tiempo ha tenido la oportunidad de servir como una transparente y amplia ventana de difusión en las ediciones impresa y digital.

En el libro, el autor echa mano de su experiencia como creador literario para escudriñar en las grandes motivaciones de escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo, Cortázar, Kundera, Saramago, García Lorca, Garmendia, Isaccs, Gardeazábal, solo por mencionar a algunos de la larga lista de reconocidos referentes de la cultura y del pensamiento que han sido objeto de la lectura cuidadosa y del análisis crítico de Martínez. Luego su exploración se hace más audaz. Así entra en ese terreno donde la literatura intenta interpretar las preguntas complejas y los dilemas fundamentales que los avances de la ciencia le imponen a la noción de humanidad y al concepto de sociedad. Ese es el eje temático de los textos seleccionados en la segunda parte y en medio de los cuales, ante una reflexión sobre cómo la era digital y el imperio de Internet, que prometen libertades absolutas, aunque dudosas, y conocimientos infinitos reunidos en un solo sitio, Martínez se plantea preguntas de este tipo: “¿Será que efectivamente el ser humano puede lograr esta vez construir la Torre de Babel y alcanzar el cielo del conocimiento? ¿No será que, en el fondo, el viejo Flaubert tiene razón, y lo que estamos haciendo es una enciclopedia de la estupidez humana, como lo dijo en su época George Sand? ¿Qué vamos a hacer con la vanidad de los escritores que solo utilizan la red como un espejo gastado? Cuando hayamos reunido todo el conocimiento universal, ¿qué pasará con el ser humano?”.

Lo que viene después tiene ritmo y melodías. La relación entre la literatura y la música. Un tema que el autor conoce muy bien y que ha sido una de sus fuentes de inspiración para crear personajes y atmósferas que provocan sonidos en la memoria del lector. Tratar de sintetizar en pocas líneas todos los mundos y todas las voces que aborda este libro es una pretensión que además de absurda puede resultar inútil. Por eso, lo más inteligente es hacer que el lector entre en él con curiosidad, esa virtud que mueve al explorador y al cronista de las ideas de su tiempo y de su sociedad, la cual es también una de las características que definen al buen columnista y a Fabio Martínez.

Andrés Mompotes

El Tiempo

Subdirector de información

TODA UNA VIDA HECHA ESCRITURA

Desde joven comencé a colaborar en los suplementos culturales de los principales periódicos del país.

Las páginas de Lecturas Dominicales de El Tiempo, el Magazín Dominical de El Espectador y la revista Gaceta de El País, fueron los espacios literarios que me abrieron las puertas para publicar mis primeros artículos de carácter cultural.

En aquellos años, era un ritual en el país esperar cada domingo los periódicos, que eran anunciados por el voceador del barrio.

“¡El Tiempooo!”, “¡El Espectadorrr!”, “¡El Paísss!”, gritaban los negros con su voz aguda y sincopada, de pregoneros, por las calles de mi barrio. El pregón era un canto contagioso que se extendía por la colina de San Antonio, anunciando las noticias del país y el mundo. La gente salía, el voceador descargaba su pesada mercancía en el suelo, y poco a poco, iba aligerando su equipaje.

Cuando yo enviaba una colaboración a un periódico, mi ansiedad era mayor esperando a que el voceador llegara a la puerta de mi casa, y me vendiera un ejemplar.

Así fue naciendo mi vocación periodística.

La fascinación del periodismo tiene dos momentos estelares: Uno, cuando escribes un artículo con la presión del tiempo. Dos, cuando al cabo de un tiempo, ese puñado de artículos se convierte en una especie autobiografía intelectual, y pasas a ser un testigo del tiempo. Este es el momento culminante del periodismo.

En 1999, a mi regreso de Montreal, Canadá, tuve la necesidad de contar con una columna de opinión.

Ante un mundo espantoso como el que vivíamos en aquel momento, era urgente tener una columna semanal para así poder fustigar a la sociedad y tener un pensamiento crítico.

Fue así como gracias a Enrique Santos Calderón y su hermano, Rafael Santos Calderón, los dos directores que sucedieron a don Hernando Santos Castillo en aquellos años, pude entrar como columnista de El Tiempo - Cali, dirigido primero por José Luis Valencia, y luego por Alejandro Moya.

Mi columna, titulada Imago, comenzó a abrirse en el panorama regional del Suroccidente colombiano, y creo haber logrado algún eco entre los fieles lectores del primer diario nacional del país.

Luego, cuando las separatas regionales se integraron a la edición nacional de El Tiempo, fui llamado por Roberto Pombo, el director actual, y Andrés Mompotes, el suddirector de información, para escribir una columna.

Escritos en el tiempo es un libro que recoge buena parte de mis artículos y columnas de opinión escritos entre 1985 - 2015 y que, para felicidad mía, han sido reproducidos en importantes medios de América como El comentario semanal de México, el periódico Sur 1810 de Argentina, y compartidos por mis seguidores en las redes sociales.

¡Toda una vida hecha escritura!

Fabio Martínez

LITERATURA

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: NUESTRO CLÁSICO UNIVERSAL

El escritor Italo Calvino, en su libro titulado ¿Por qué leer los clásicos? escribió catorce razones para determinar cuándo un autor se convierte en un clásico para la humanidad.

“Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado”, afirma el escritor italiano, y agregó que un clásico es “un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

Estas palabras de Calvino nos confirman el hecho incuestionable de que todo libro que se considera clásico es porque ha resistido el tiempo, y todas las generaciones de lectores que caben en el tiempo.

Así nos sucede cuando volvemos sobre la obra de Cervantes, Charles Dickens o Alejandro Dumas. Así le sucedió a nuestra generación con los libros de García Márquez, desde que publicó en 1947, su primer cuento, titulado “La tercera resignación”. Así le sucederá a las generaciones de lectores venideras, que encontrarán en la obra de Gabo un mundo nuevo para vivir mejor.

En los años sesenta, mi generación siempre esperaba ansiosa el último libro de Gabo; apenas se exponía en las librerías de la ciudad, nos lanzábamos a adquirirlo; y con la magia del lenguaje que siempre lo ha caracterizado, lo devorábamos dejándonos seducir por esas historias míticas donde sobresalían personajes maravillosos que parecían salidos de las Mil y una noches.

Más tarde, cuando crecimos y nos volvimos lectores adultos, descubrimos que en la narrativa de Gabo se condensaba la soledad de América Latina, y en general, la de los pueblos del Tercer Mundo. Por esto es que en el mundo árabe, después de la lectura del Corán, el libro más leído es Cien años de soledad. Y esto mismo acontece en Afganistán, Turquía y la China.

“Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo e individual”, anota Calvino para afirmar que cuando un libro es clásico es porque ha traspasado las fronteras nacionales convirtiéndose en un hecho universal.

Sin proponérselo, Gabo se fue transformando, poco a poco, en un autor indispensable; no solo para los escasos lectores colombianos sino también para la vasta comunidad de lectores del planeta, traspasando fronteras lingüísticas y culturales. Por esto, hoy el mundo le rinde honores póstumos desde Aracataca hasta el Palacio de Bellas Artes en México; desde Zipaquirá hasta la calle Cujas en París.

En el mundo, hoy existe un camino infinito de flores amarillas por donde pasó el Nobel colombiano. Por esto es un colombiano universal, pero también es un mexicano universal y podría ser, por qué no, un chino universal.

Don Gabriel García Márquez, el hijo de doña Luisa Santiaga y el telegrafista, hoy comparte el panteón de las letras universales, al lado de Shakespeare, Tolstoi y Borges. Esto es lo que se llama un clásico. El mejor homenaje que le podemos brindar a un clásico es leerlo y releerlo.

VIVIR PARA CONTARLA: EL LIBRO DEL AÑO

En el mundo editorial, el libro más importante que se publicó en este año que está próximo a terminar, fueron las memorias de Gabriel García Márquez registradas bajo el título: Vivir para contarla.

No solo por su tiraje que desde España hasta Argentina alcanzó la envidiable cifra de 700.000 ejemplares o por los miles de comentarios que invadieron las páginas de los principales diarios del país y del mundo, y sobre todo, por su magia y su calidad literaria, el libro de Gabo acaparó la atención del mundo literario.

Con sus memorias que abarcan los primeros 23 años de su existencia, Gabo nos demuestra una vez más que es un gran fabulador hasta el punto de que por momentos la biografía se confunde con la invención literaria.

Desde el principio el lector es consciente de que está al frente de una biografía pero a medida que va avanzando en el relato, el lector pierde el umbral que existe entre biografía y ficción literaria, entre vida y novela.

Esta es una de las genialidades literarias del libro. Partir de ciertas imágenes fragmentadas de su vida y como el tallador de diamantes, convertirlas en novela.

El libro de Gabo Vivir para contarla es la vida hecha novela.

Pero la vida para el autor colombiano no solo es la sucesión de acontecimientos cronológicos que discurren en la historia de un ser humano. La vida es algo más profundo que está ligada a la infancia de los hombres y mujeres, y está unida a aquellas imágenes profundas que nos marcaron desde la infancia.

Por esta razón no es fortuito que las memorias de Gabo comiencen con la imagen de la madre, buscándolo en una librería de Barranquilla.

Allí, en esas dos imágenes, está concentrado el porvenir del escritor. Allí está marcado todo su destino literario. La madre y los libros.

Luego, la madre y el joven Gabriel realizan un corto viaje a Aracataca a vender la casa. Este viaje, que determinará el fin de la casa, será una de las claves internas que le servirán al escritor para escribir en el futuro su obra literaria.

La imagen del viaje y la venta de la casa son descritas por el autor con pericia y detalle. Porque hacen parte de la biografía del escritor que le servirá, más adelante, como resorte interior para la escritura de Cien años de soledad.

Recordemos que los primeros borradores de Cien años no se llamaron así sino que el autor consciente o inconscientemente, los tituló bajo de La casa.

La historia de Cien años de soledad es la metáfora simbólica de la casa y de la madre.

Para García Márquez la vida si no está ligada a le memoria, no es vida, y solo es una cadena de eventos superfluos y banales.

La vida es origen, imagen y memoria. Por esta razón, vale la pena no solo vivirla sino también soñarla, y si se puede, contarla. '

EL ESCRITOR Y SU LABERINTO

En la historia, Simón Bolívar, poco antes de morir y ante la insistencia de que escribiera su testamento y se confesara, se pregunta:

“¿Qué es esto? ¿Estaré tan mal para que se me hable de testamento y de confesarme? ¿Cómo saldré yo de este laberinto?”.

En la ficción literaria, Álvaro Mutis retoma la imagen del laberinto en el cuento “El último rostro”. Después de haber recibido la visita del coronel Napierski, Bolívar está postrado en la cama y sueña que entrando a los jardines de Aranjüez, en Castilla, llega hasta una escalinata donde se pierde en un umbroso laberinto cruzado velozmente por callados insectos.

Luego, Gabriel García Márquez y Fernando Cruz Kronfly reiterarán la imagen del laberinto en sus novelas La ceniza del libertador y El general en su laberinto, donde se narra el viaje del “Padre de la patria” hacia la muerte.

La imagen del laberinto como premonición, como sueño o figura literaria está presente en la cultura colombiana. Imagen donde siempre hay una puerta de entrada, y mil puertas sin salida. Imagen de continuos desplazamientos, donde por el ritmo vertiginoso que impone el oscuro meandro, se tiene la ilusión de que se avanza cuando en realidad se está girando en el mismo círculo vicioso.

La imagen del laberinto se opone a la representación de la pirámide, propia de la cultura precolombina o de la cultura europea del siglo XVIII. Por su configuración horizontal, el laberinto produce una apariencia de igualdad entre los hombres; al contrario de lo que sucede en la pirámide, la ley no existe y si existe es para ser violada; la errancia metonímica crea la ilusión de estar asistiendo a un gran periplo de profundos cambios, cuando en realidad se está en un vertiginoso viaje hacia la muerte, como lo narran las novelas de los autores colombianos.

Podemos decir que a partir del sueño premonitorio de Bolívar, se abre en el país una cultura laberíntica que abandonará definitivamente el modelo precolombino, y pondrá en entredicho el modelo europeo antes citado.

En la pirámide precolombina la ley era vertical, y jerárquica, y era impuesta por los dioses tutelares de la naturaleza a través de las castas. En el modelo europeo del siglo XVIII, la ley es impuesta por los hombres a través del Estado. En el laberinto, la ley es el desorden y el caos, y es impuesta por el Minotauro.

En las novelas de García Márquez Cruz Kronfly, el Minotauro es un hombre y tiene la forma de la violencia. Después del sueño atroz de Bolívar, esta vez rescatado por la literatura para la memoria, la imagen del laberinto ha atravesado nuestra cultura.

Imagen atroz, que a decir de Borges, “son rectas galerías que se curvan en círculos secretos, camino de monótonas paredes que son el destino, parapetos que ha agrietado la usura de los días”.

DE MARÍA A CIEN AÑOS DE SOLEDAD

En este año se conmemoran dos aniversarios importantes para el mundo de la literatura colombiana y latinoamericana: el primero, es la publicación de la novela María de Jorge Isaacs, que se editó por primera vez en Bogotá, 1867, por la Imprenta de José Benito Gaitán.

El segundo, la primera edición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, que salió a la luz pública en Buenos Aires, 1967, por la Editorial Suramericana.

Son 150 años de la primera edición de la novela más importante del siglo XIX, escrita en lengua española, y cincuenta años de la primera edición de la novela más significativa de nuestro Premio Nobel de Literatura.

Las coincidencias en el tiempo entre Jorge Isaacs y García Márquez son asombrosas, y hoy podrían ser objeto de importantes estudios hermenéuticos.

La primera coincidencia entre los dos autores colombianos es que entre la primera edición de María y Cien años de soledad transcurre un lapso de tiempo de cien años.

¿Esto significa que cada siglo nuestra cultura produce un autor clásico?

Sin el ánimo de frustrar a los escritores latinoamericanos que hoy construyen su obra y luchan por su reconocimiento hay que decir que, si bien es cierto, esta coincidencia en el tiempo puede ser fortuita, no lo es en la medida en que para que en la cultura se produzca una obra clásica que trascienda, se necesitan lustros, y a veces, décadas en el tiempo.

Pero las coincidencias entre Isaacs y Gabo van más allá del tiempo. En vida, el escritor caleño no solo fue el autor romántico de María, como dicen los manuales de literatura colombiana.

Isaacs fue un liberal radical, que luchó por un país regional unido. Además de su prolífica obra literaria y periodística, Gabo fue un embajador de la paz y luchó por la reconciliación nacional.

En María Isaacs inventa, a partir del paisaje vallecaucano, el microcosmos del paraíso. En Cien años Gabo crea, a partir de su infancia en Aracataca y los pueblos wayús del Caribe, la metáfora de Macondo.

Cuando Isaacs fue expulsado del Congreso, y se convirtió en una de las víctimas políticas de la Constitución del 86, visitó Aracataca, y recorrió las regiones de la Guajira y el Magdalena, que sirvieron de inspiración para el cantor más grande que ha dado el Caribe colombiano.

Después de su derrota política, Isaacs viajó a la costa norte colombiana, y allí descubrió las minas de carbón del Cerrejón en la Guajira, y realizó importantes investigaciones etnolingüísticas con las tribus aborígenes de la región.

Luego de la primera edición de María, la novela fue pirateada de España a Argentina, y en boca del propio Isaacs, este solo recibió en vida por derechos de autor, la irrisoria suma de 200 pesos colombianos de la época.

Cien años de soledad fue también pirateada, incluso por algunos editores inescrupulosos, que después de publicar la edición oficial, sacaban al mismo tiempo la edición pirata y la vendían como pan caliente en los semáforos de las avenidas.

La diferencia fundamental entre Gabo e Isaacs es que mientras el primero alcanzó a vivir la gloria literaria, el segundo murió pobre y odiado por sus coterráneos.

LA VISIÓN CÓSMICA EN JUAN RULFO

En 1955 Juan Rulfo publicó por primera vez la novela Pedro Páramo. Después de esta publicación, el escritor mexicano entró en un silencio literario solo comparable al silencio de nuestros antepasados. Rulfo, quien sufría de insomnio, y quizás por esto, tenía la sabia costumbre de dormirse en los congresos literarios, no necesitó escribir más. Su obra corta pero fecunda representa la memoria ancestral de nuestros pueblos, el paisaje histórico y cultural americano destruido por el invasor.

La novela comienza con el viaje de Juan Preciado a Comala, en busca de su padre. El personaje es guiado por el arriero Abundio Martínez quien le sirve de cicerone; apenas Juan Preciado pernocta en el pueblo, se da cuenta que ha entrado en un pueblo fantasmal, colmado de muertos. La obra de Rulfo propone un aspecto fundamental que ha atravesado la cultura literaria de Occidente: de una parte, establece la relación padre-hijo y la búsqueda del padre, que han sido tratados desde Virgilio; de otra parte, nos plantea la visón cósmica y circular propia de la cultura indoamericana, donde la vida se mezcla con la muerte, y los tiempos pasado, presente y futuro, se conjugan en una dimensión rica y compleja.

Si en La Eneida de Virgilio, Eneas, después de perder la guerra en Troya, viaja al infierno en busca de su padre Anquises para recibir sus consejos, en Pedro Páramo Juan Preciado viaja a Comala, que simboliza el infierno americano, y en su búsqueda tenaz por la figura de su padre, se encuentra con un mundo fantasmagórico donde los muertos hablan, viven y sueñan, y los vivos están muertos en vida. Es el mundo cruel que se gestó a partir del espectáculo salvaje inaugurado por la conquista española; es la tragedia americana, de la que habla Eduardo Subirats, que significó el sometimiento y despojo de la cultura aborigen; es el triunfo del colonialismo occidental sobre las culturas indígenas americanas.

Antes del siglo XVI el continente americano estaba habitado por tres grandes culturas, a saber: la cultura Azteca, la cultura Maya y la cultura Inca. Estas culturas alcanzaron un nivel de desarrollo importante en la agricultura, la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, la organización social y política, y un desarrollo espiritual, que se basaba en una concepción heliotrópica, donde el sol era el dios supremo del universo.

La conquista española a los pueblos de ultramar estaba sustentada en una estrategia política y comercial expansionista que permitía consolidar la unidad nacional del imperio ibérico que se había forjado gracias a una política xenofóbica de persecución y expulsión de los pueblos árabes y judíos que vivían en territorio hispánico; al dominio hegemónico del cristianismo sobre otras religiones y creencias; y a la hegemonía de la lengua castellana en detrimento de otras lenguas y dialectos. Por supuesto, en América, esta estrategia no iba a dejar piedra sobre piedra, no iba a respetar culturas ajenas, ni mucho menos iría a establecer un diálogo intercultural horizontal donde ambas culturas salieran enriquecidas.

El investigador estadounidense H. F. Dobyns afirma que desde la llegada de Colón en 1492 hasta el año de 1622, en un período de 130 años, la población en América que él calculaba en cerca de 100 millones de habitantes, disminuyó un noventa y cinco por ciento. Este fenómeno ha sido caracterizado por los historiadores como la catástrofe demográfica más grande de América. Las razones sociopolíticas de esta sangría colectiva, son tres: las enfermedades, la guerra, y las hambrunas que vienen después de la guerra. Los investigadores Cook y Borah concluyen que la población mexicana disminuyó de 25.2 millones de habitantes que tenía en el año de 1518 a 700.000 personas en el año de 1623. El historiador peruano Villanueva Sotomayo sostiene que el reino del Tahuantinsuyo que se extendía desde la región de los Pastos en Colombia hasta las inmediaciones de Chile, y que tenía en 1532, 15 millones de habitantes, en 1620, o sea 80 años después, solo alcanzó a tener 600.000 habitantes.

Este proceso de exterminio no solo iría a diezmar a la población indígena sino que, así mismo, destruiría sus mitos, sus creencias, y sus referentes tutelares. Así, por ejemplo, del dios Sol que era venerado desde México hasta el Perú, se pasó a adorar la imagen del Dios Padre todopoderoso propia de la cultura cristiana; el poder que tenían los líderes indígenas como Cuauhtémoc y Atahualpa fue sustituido por los virreyes españoles que eran elegidos directamente desde la corona; los sabios, curacas y sanadores indígenas fueron suplantados por los curas y misioneros españoles que se encargaron de propagar la fe cristiana. Durante el proceso de conquista y colonización se estableció una suplantación simbólica de valores y culturas que dio origen en los pueblos americanos a la creación de una conciencia escindida del individuo, y por lo tanto, al complejo de culpa de los latinoamericanos, que aún ronda en nuestros espíritus.

La imagen del padre tutelar de los indígenas, que estaba determinada por los dioses de la naturaleza, fue enseguida transformada por la imagen ominosa del padre cruel y avasallador, del caudillo, del tirano, del terrateniente; imagen siniestra que viene del siglo XVI, que se remonta a la primera cruzada que hicieron los conquistadores españoles en América, y que justamente, está representada en la figura literaria de Pedro Páramo. Imagen atroz que se prolonga hasta nuestros días, a través de nuestros tiranillos tropicales que a diario se levantan como los salvadores del pueblo.

¿Juan Preciado es Edipo en Comala? Sí, con la diferencia de que el parricida no es él sino el cicerone de Abundio Martínez, quien es también hijo de Pedro Páramo y hermano medio de Preciado. Porque, según la novela de Rulfo, todos los hombres que encuentra Preciado en Comala son hijos de Pedro Páramo. Y por extensión, podemos afirmar que todos los hijos de América somos hijos de Nadie; es decir, somos hijos del monstruo Polifemo; somos hijos de Pedro Páramo. Quizás es por esto que los latinoamericanos siempre estamos en la búsqueda de una identidad perdida; en la búsqueda de la imagen del pater, de la patria, que quedó refundida desde el siglo XVI.

LA VISIÓN CÓSMICA Y LOS TIEMPOS CIRCULARES

Las culturas indígenas americanas tenían una visión cósmica del mundo debido a su alto nivel de espiritualidad, su relación con los astros y su saber en el campo de la astronomía que no tenía nada que enviar a los adelantos científicos que se hicieron en Europa a partir de Copérnico. Prueba de esto, es la construcción de las pirámides del sol y de la luna en el valle de Teotihuacán, que se erigían desde la tierra hasta el cielo estableciendo una relación unitaria con el cosmos; el calendario azteca, que era revolucionario para la época y fue el resultado de un saber astronómico adelantado; y el templo sagrado de Machu Picchu, que enclavado en el corazón de los Andes, es una verdadera obra arquitectónica y espiritual sin precedentes.

Esta visión cósmica y espiritual del mundo iría a entrar en contravía con el espíritu cristiano que trajeron los conquistadores y los misioneros españoles a América, y que finalmente fue el que triunfó en el continente. Sobre las ruinas de los templos indígenas se erigieron las iglesias católicas; templos de fervor religioso, que como las pirámides aztecas y mayas se levantan hasta el cielo; pero con la diferencia de que mientras el cielo de los indígenas es gobernado por el dios sol y la diosa luna, el cielo los católicos es gobernado por la figura ficcional de Dios.

Ahora bien. Si la relación que tenían los aborígenes con el espacio era de carácter cósmica y espiritual, la relación con el tiempo era circular. Esta visión del tiempo donde el pasado, el presente y el futuro se conjugan en un solo haz lumínico y espectral, iba a entrar en contradicción con la visión del tiempo lineal y progresiva, propia de la cultura de Occidente.

Justamente, Pedro Páramo está construida con base en esta visión cósmica y circular. La novela comienza con el encuentro de Juan Preciado y su medio hermano Abundio Martínez quien le sirve de cicerone para entrar a Comala, y termina con el homicidio de Pedro Páramo cometido por el parricida de Abundio. La novela tiene una estructura circular donde los tiempos pasado, presente y futuro se mezclan entre sí como una bella obra de orfebrería precolombina.

LA NOVELA Y LA MUERTE

Todos los pueblos y culturas han tenido una relación con la muerte. La relación que tenían los pueblos aborígenes americanos hacía parte de los ritos de sacrificio que se realizaban como una ofrenda de agradecimiento a los dioses. La cultura azteca se destaca particularmente en este aspecto. La consagración del palacio de Quetzalcóatl se hizo gracias al sacrificio más de cien personas entre niños y adultos. La sangre que allí se derramó llegó a confundirse con la piedra creando una curiosa amalgama entre sangre y piedra; entre vida humana y reino mineral, que perdura hasta nuestros días.

La otra presencia de la muerte entre los indios se presenciaba en las guerras interétnicas que se desarrollaban, generalmente, por razones de poder, de sometimiento de una etnia sobre otra, por orgullo o simple vanidad. Es particularmente generalizada la leyenda de los aztecas que cuenta que cuando estos tomaban un rehén del campo enemigo, le sacaban el corazón con un cuchillo de obsidiana para ofrendarlo a los dioses tutelares.

¿Fueron crueles las culturas aborígenes en relación con la muerte? De acuerdo a nuestra visión racionalista europea, podemos afirmar que sí, pero lo que nos interesa destacar aquí es que la relación con la muerte en América cambió profundamente cuando llegaron los conquistadores y misioneros al continente. A partir del siglo XVI la muerte se desacralizó y perdió el carácter ritual y religioso que tenía, convirtiéndose en una práctica social animada por los intereses expansionistas del Imperio español. La muerte ya no era sagrada como lo fue en los primeros tiempos del cristianismo cuando Abraham quiso sacrificar a su hijo ante Dios y como lo ha sido en muchas culturas primigenias, sino que desde que Colón pisó tierra americana, estuvo determinada por la estrategia colonialista de tierra arrasada que impuso el imperio de los reyes Isabel y Fernando en el continente.

Los conquistadores españoles, quienes fueron los últimos caballeros de la Europa medievalista y los primeros en desembarcar en América, vinieron por la tierra, por el oro y las indias; y lo hicieron a sangre y fuego en nombre de la espada y la cruz, dos símbolos que representan el haz y el envés de la violencia, el castigo, el sufrimiento y la muerte.

Parafraseando a García Márquez, podemos decir que desde el siglo XVI, la muerte se convirtió en América en una costumbre cotidiana, que no ha parado hasta nuestros días.

En Pedro Páramo la muerte ronda de principio a fin; es la reina de la novela. Juan preciado viaja a Comala impulsado por su madre Doloritas, y se encuentra con un pueblo de muertos. Como en Virgilio y Dante, Juan Preciado realiza un viaje y llega a la boca del infierno. Por esta razón decíamos anteriormente que Comala representa el infierno americano. La diferencia entre los viajeros infernales Eneas y Dante es que ambos, a diferencia de Preciado, logran salir de infierno; Eneas, gracias al consejo sabio de su padre Anquises que le dice que se enamore y funde una nueva patria; Dante, gracias a Beatriz, quien lo conduce al reino de los cielos.

Juan Preciado, como todos los hijos de Comala, es decir, como todos los hijos de Latinoamérica, pernocta en el infierno y se queda en este.

Comala representa el infierno que hemos vivido después de tantas guerras colonialistas y post-colonialistas; después de tantas invasiones reales y ahora virtuales. Comala es un ícono fatídico que se produce y se reproduce continuamente en nuestro devastado paisaje latinoamericano; y que como una voz que viene de nuestros antepasados, ha estado presente en la literatura latinoamericana: Comala es para los mexicanos lo que La vorágine de José Eustasio Rivera es para los colombianos.

JULIO CORTÁZAR: EL MEJOR SAXO ALTO

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto. Los recuerdos, como dice Johnny Carter, son siempre un asco. Pero ustedes saben, Johnny es demasiado pesimista. (Tan pesimista que murió a los treinta y cinco años, mientras miraba un programa de TV en Nueva York.) Así que hay que contar, pues al fin de cuentas, no vamos a hablar de Johnny (para eso está la biografía de Bruno V., que ha sido todo un éxito, traducida en todos los idiomas) sino de alguien muy cercano a él, que como Johnny y tantos músicos que han muerto jóvenes como los pájaros, sacudió a toda una generación que quería romper con la norma y buscar nuevos caminos.

Se trata de Julio Cortázar, el mejor saxo alto que ha tenido la literatura hispanoamericana en los últimos tiempos, y murió una mañana fría de febrero de 1984.

El hombre, ahora, se ha ido. De él quedan sus libros y sus leyendas. Que cuando llegó a París, además de traductor tuvo que realizar toda suerte de trabajos divertidos; que sufría de acromegalia (una enfermedad que solo les da a los genios) y por esa razón cada año crecía de tres a cinco centímetros; antes de morir tenía la orden de internarse en un hospital de la ciudad, pero él se resistió.

Quizá, lo más importante que queda de Cortázar, aquél nombre tierno que desguazaba las erres españolas con la naturalidad de un galés, es el influjo que con sus libros y su vida tuvo para nuestra generación. Cortázar fue para nosotros el gran impulso, el misil literario donde se mezclaban fuerza, vitalidad, música, juego y experimentación en el lenguaje.

Recuerdo que después de 1963, cuando la Editorial Sudamericana de Buenos Aires publicó aquél experimento literario, lleno de mixturas y secuencias múltiples narrativas, llamado Rayuela, escrito bajo el doble influjo musical del bebop y el tango, los artistas y pichones de escritores latinoamericanos hacían su maleta y, con un ejemplar metido en la mochila, se iban a París en busca de la Maga. En París, en aquellos tiempos, cada caminante latinoamericano era un Horacio Oliveira bebiéndose la vida por los muelles del Sena.

Después vino la generación de los setenta, qué salió expulsada por las dictaduras militares del Cono Sur; desde París, Cortázar se preguntaba qué había pasado con todos aquellos jóvenes escritores que, influenciados por sus libros, mantenían con él una nutrida comunicación epistolar y ahora los habían silenciado, torturado o desaparecido. Entonces, la música cambió en París y en el Metro se empezaron a escuchar flautas, tambores y quenas, que venían de los Andes sudamericanos.

Fue una época dura donde Rayuela cedió su puesto de una manera discreta y los jóvenes latinoamericanos leían en los parques de la ciudad 62: Modelo para amar y El libro de Manuel.

Pero en 1981, cuando François Mitterrand llegó al poder, la música volvió a coger el ritmo de influencia afro-americana y del Caribe que había quedado en punta cuando Dizzy Gillespie, el hermano gemelo de Charlie Bird Parker, invitó a tocar al percusionista cubano Chano Pozo, a quien “lo partieron de un balazo en Harlem, en vísperas del día de Santa Bárbara, el año que tocó con Gillespie por primera vez”.

Cortázar llegó a París en 1951, cuando Dizz y Bird, los creadores del bebop, se oían en Saint Germain des Près (luego, el jazz se mudó a La Montaña Mágica, en Montmartre).

Treinta años más tarde, y en plena fiesta socialista, desembarcamos la tercera generación del Club Cronopio, con Rayuela en la mochila y cada uno intentando ser, como las generaciones anteriores, el Horacio Oliveira en busca de la Maga.

De aquél desembarco recuerdo, algunos nombres: Manuel Scorza, Osvaldo Soriano, Emma Reyes (que venía de los años sin cuentas), Plinio Apuleyo Mendoza (que venía de los setentas), Julio Olaciregui, Darío Morales, Eduardo García Aguilar, Gustavo Reyes, Alfonso Díaz, Saturnino Ramírez, Germán Cuervo y Gustavo González Zafra.

En medio de aquella fiesta se produjo toda una mélange que vibraba en la Maison de Radio France, en las boites de París como La Chapelle des Lombards, y en los pasillos del Metro, donde se escuchaban desde las big bands, que seguían viniendo desde Estados Unidos, hasta Felá Ransome Kuti y su saxo tenor que venía de África, Mongo Santamaría, Patato Valdés, Milton Nascimento, Mario Guacarán y su arpa llanera, Irakere de Cuba, Totó la Mompoxina y la cumbia colombiana.

De esta última generación, algunos tuvimos que descolgarnos hasta el Metro y convertirnos en músicos (en aquellos tiempos éramos ambiciosos); cumplíamos aquellos itinerarios cíclicos y fragmentados que se producen entre una estación y otra, y que habíamos aprendido en Rayuela. Hasta que se produjo la metamorfosis perfecta: de Horacio Oliveira pasamos a convertirnos en Johnny Bird Carter, el saxofonista de El perseguidor.

Allí los músicos y escritores que vivíamos metidos veinticuatro horas en el Metro, pudimos entender lo angustiante que es cuando uno pierde su instrumento en las escaleras y no hay dinero para reponerlo; la historia de los campos llenos de urnas, y uno tratando de buscar una; el asunto de las estrellas azules y su esotérica relación con el ajenjo, y aquel problema del tiempo, cuando una historia que en las calles de París dura normalmente quince minutos, en el Metro, entre Saint Michel y Odeón, dura exactamente minuto y medio.

De aquellos años tengo depositada en mi caja negra múltiples y fragmentadas imágenes, que aún hoy, a veinte años de la muerte de Cortázar, no sé cómo contar. Recuerdo los bailes en Raspail y en los talleres de La Bastille y Alexander Dumas, de los pintores Saturnino Ramírez y Alfonso Díaz; el accidente fatal de las bailarinas caleñas desde un balcón del tercer piso; el profesor de semiología, diplomé de la Sorbona y lavador de elefantes; el habitante del Séptimo Cielo que en las mañanas, como El inquilino de Polanski, escribía religiosamente en su boardilla una novela, y en las tardes salía a tocar el clarinete en los vagones del Metro.

Hasta que una mañana de febrero llegó la noticia. Julio Cortázar, el causante de toda esta debacle, había muerto. Fuimos al cementerio (Jack Lang, Ricardo Bada y José Alias, el punki de Malasaña, conocen la historia). Entonces, mientras corríamos un trago de whisky frente a su tumba, nos dimos cuenta que todo había terminado. Al día siguiente, sin esperar a que terminara el invierno y nos atrapara una nueva primavera, cogimos el tren que nos condujo a Barcelona. Así empezaba una nueva época.

Nunca, como dijo Julio Cortázar en Las babas del Diablo, se sabrá cómo hay que contar esto.

UNA FLOR PARA JULIO CORTÁZAR

Este 12 de febrero de 2016 se cumplen treinta años de la muerte del escritor argentino Julio Cortázar, uno de los autores más frescos e innovadores que tuvo el ‘boom’ literario latinoamericano, aquel que revolucionó las letras del continente a partir de su novela Rayuela, cuya estructura está armada en forma de rompecabezas.

Cortázar fue el escritor amado de la generación del sesenta, cuando aún existían utopías y el mundo no había caído en el pantano en que estamos metidos; cuando el mundo creía en el ser humano y no había sido reemplazado por las máquinas y los zombis virtuales.

El autor argentino fue el culpable de que una generación de latinoamericanos viajara a París en busca de La Maga y Horacio Oliveira. Creo que nadie los encontró. Los personajes de Cortázar eran de papel y pertenecían al mundo de la invención literaria.

En el café Georges, donde acostumbrábamos reunirnos, escuché algunas historias de exiliados latinos que afirmaban haber visto caminar a La Maga y a Horacio Oliveira por el canal de San Martín, cogidos de la mano. Que los habían descubierto besándose en la isla de la Cité o entrar al cinema Republique, donde pasaban una película de Jean Renoir.

Los verdaderos escritores son aquellos que tienen la capacidad de crear personajes tan fuertes que, al leerlos, son más reales y convincentes que las personas de carne y hueso. Así eran los personajes del Cronopio; por esto el lector no solo los buscaba entre sus libros, sino también en la vida cotidiana.

Cortázar rompió con el lenguaje rimbombante y almibarado con que estuvo contaminada buena parte de la literatura hispanoamericana del siglo XX; y nos enseñó que en la literatura los personajes podían hablar coloquialmente, como se habla en la vida cotidiana. En Rayuela, el lenguaje de La Maga y Horacio Oliveira es el argentino.

Aquella mañana del 12 de febrero yo estaba en mi mansarda, situada en un antiguo edificio de la avenida George Mandel, cuando entró a mi teléfono una llamada del escultor colombiano Alfonso Díaz Uribe, que me dijo: “Cortázar ha muerto; lo van a enterrar en el cementerio de Montparnasse”.

Llegué al cementerio. En ese momento, los hombres del camposanto estaban haciendo su oficio de tinieblas. Frente a la tumba del Cronopio pasaron varias delegaciones de países, que iban depositando sus coronas de flores. Miré entre los asistentes y alcancé a identificar al escritor argentino Oswaldo Soriano, quien moriría unos años después en Buenos Aires. Cuando la ceremonia terminó, un punki sacó una cantimplora metálica, regó un chorro de brandi sobre la tumba y nos ofreció a un señor elegante de gabardina oscura, otro hombre que tenía una mirada triste, y a mí.

Al descubrir que los cuatro hablábamos español, nos fuimos a tomar un trago a un café en la esquina del bulevar Edgar Quinet. El señor elegante de gabardina oscura era el periodista español de Radio Deutsche Welle Ricardo Bada, hoy columnista de El Espectador; José Alias, el punki, venía del barrio Malasaña de Madrid, y el hombre de la mirada triste era el conserje del hotel Claridge de Buenos Aires, quien estaba de turismo por Europa. Con ellos compartí el último minuto de soledad del escritor argentino Julio Cortázar.

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE: EL NUEVO VARGAS LLOSA

Cuando en 1970 apareció su primera novela, Un mundo para Julius, para nadie quedaban dudas de que estábamos frente a un nuevo novelista latinoamericano, con un lenguaje ágil, descomplicado y cargado de frescura, que muy pronto iba a dividir opiniones y a causar revuelo en algunos círculos literarios, como aconteció ese año, al ser presentada la obra en el prestigioso concurso “Biblioteca Breve” de España, donde el jurado se dividió y declaró desierto el concurso. Para esa misma época, García Márquez diría a propósito de esta novela:

Por la inteligencia de su factura, la ciencia de su lenguaje, la mezcla sutil de ironía, humor ternura y la visión aguda de lo real, que componen su materia, este libro de Bryce Echenique es una de las mejores novelas que haya sido escrita por un autor latinoamericano.

Alfredo Bryce Echenique anunciaba con esta obra, nuevos vientos para la literatura del continente que hasta hacía poco vivía moviéndose en el terreno de lo barroco y de la desmesura, y es así como dos años más tarde, logra tener audiencia, primero en Lima, su ciudad natal, ganando el concurso nacional de novela extranjera. Sin embargo, a pesar de los premios, Bryce Echenique es aquel escritor que por esas cosas raras que pasan en América Latina, es más conocido en el extranjero que en su propio continente. En 1974, ante la preocupación de “destrozar la imagen de novelista que había creado con Un mundo para Julius”, como él mismo lo confesara en una entrevista, aparece su segundo libro de cuentos, La felicidad ja ja, el primero había aparecido en 1968, bajo el título de Huerto cerrado, ganando una merecida mención en el concurso de Casa de las Américas.

Quizás un tanto opacado por la figura de su compatriota Mario Vargas Llosa, Bryce Echenique hace parte de esa generación intermedia que junto con Manuel Puig, Néstor Sánchez y Cabrera Infante, crean un lenguaje lúdico utilizando recursos de narración propios del cine, que en su caso, entran a enriquecer aquellos ejes que atraviesan su obra: El humor y la ternura, el humor y la tristeza. En su rica narrativa se aprecia el manejo de diferentes planos, el flash back, el flash forward, y la focalización del héroe, que siempre en la narración, es como la primera cámara que cuenta la historia.

Pero también Bryce Echenique no se escapa a la influencia de los escritores, y ya en 1965, confesaba su gran descubrimiento cuando llegó por primera vez a Francia, por Céline; pero quizás, Céline no sea tan notorio en su obra, como pudieron ser los escritores norteamericanos de la “generación perdida”, con Fitzgerald y Hemingway.

Bryce Echenique, a diferencia de aquellos escritores proclives al lenguaje truculento y retorcido, sabe desde el principio, combinar con genialidad la anécdota con la síntesis, la imagen con la palabra; tal vez, sus novelas pequen a nivel de estructura, en tanto el escritor no les da un “cierre”, no las considera como un “universo totalizante”; o como él mismo decía a propósito de Un mundo para Julius:

La novela nació de la proliferación de páginas. Primero fue un cuento de diez páginas, que de repente decidí convertir en un relato de sesenta páginas, y luego me encontré con que tenía más de doscientas páginas. Y seguí escribiendo hasta que un día decidí parar, porque hubiera podido seguir escribiendo siempre.

Esta opinión que indudablemente arrastra una concepción de lo que puede ser la novela, está presente en sus dos últimas obras que hacen parte de una gran totalidad que el escritor llama: “Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire”. La primera, La vida exagerada de Martín Romaña