Carlos de Izak'as - J. J. Mazzuco de León - E-Book

Carlos de Izak'as E-Book

J. J. Mazzuco de León

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Beschreibung

El joven Carlos Kenkó vive en Terminador, capital del planeta Izak'as, en el sistema solar de Hyperion. Un escenario casi apocalíptico y de múltiples incertidumbres. Sus padres, los científicos más importantes de la época, han desaparecido, y él, que dispone de poderes especiales, no es capaz ni siquiera de recordarlos. Los habitantes de Izak'as viven la mayor parte de su tiempo a través de una realidad virtual, pero ya no saben qué es vivir afuera. En esa realidad es donde realizan sus deseos, trabajan y estudian: es su vida. Pero algo no está funcionando bien, hay temblores de tierra y hasta aparecen algunos muertos. Y eso no puede suceder. Alguien quiere decirles algo sobre su mundo y el futuro inmediato. Pero no es nada fácil interpretarlo. La consciencia triple de que dispone Carlos le ayudará las más de las veces, aunque muchas otras lo pondrán en nuevos aprietos. Carlos logra armar un grupo de discrepantes e intentan frenar desastres que no comprenden del todo. Junto a su inseparable amiga científica, Inés; con Sebastian su único amigo y Roxi la niña genio de las Matemáticas y la Robótica, tratarán de descubrir qué y quiénes están detrás de todo esto, aunque deban de llevar a cabo una revolución. Se les unirán dos personajes muy especiales: Sileo, un extraño experimento de su madre, y Eduardo, para quien el honor y la autoridad deberían estar siempre primero. Así se proponen frenar a los peligrosos autómatas creados, al final de la existencia de la Vieja Tierra, por los que querían dominarlo todo o destruirlo todo. Todos estos personajes y otros que serán inolvidables, como el pequeño bibliotecario Albert, tratarán de cambiar el gobierno que los oprime y, de paso, salvar su mundo.

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Seitenzahl: 376

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Juan José Mazzuco De León

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-521-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para mis tres Marías…

Karina, María José y Chiara

PRÓLOGO

«Escribir Ciencia Ficción hoy parece en cierta medida redundante. Porque cada vez más, vivimos en un mundo de ficción», nos comentó una vez el autor.

Tal vez por eso mismo Carlos de Izak’as es una novela futurista y fantástica. Es una historia que entusiasma, bien hilvanada, sorprendente y original. Con elementos profundos que el autor J. J. Mazzuco De León fue incluyendo y que nos preocupan y cuestionan hoy día: la amistad, la lealtad, el ejercicio del poder, la ecología, el futuro del mundo, la libertad, la muerte y el amor.

Todo logrado sin calzador ni forzadamente sino como debe hacerse: insertándolos con naturalidad en la historia central, dejándolos caer de a poco, en su justa medida, para que hagan su efecto y se expandan, sin falsas morales.

Una aventura convertida en saga, que nos mostrará varios mundos y donde el protagonista debe ir haciéndose merecedor de las aptitudes especiales que recibe, aunque no las comprenda y de los amigos que confían en él, así como enfrentar sus miedos reales e imaginarios.

Logra hacer destacar una realidad que nos acecha, que no es solo la de la vida virtual y sus paralelismos con el mundo físico, sino los deseos de lo que queremos tener y lo que queremos ser. Con un inteligente juego de intrigas nos muestra cómo les habían robado parte de sus vidas sin siquiera saberlo.

En un escenario semiapocalíptico, la ciudad de Terminador, capital del planeta Izak’as, en el sistema solar de Hyperion, no debería ser aún una colonia en desarrollo sino un mundo avanzado. Pero no todo lo que debería ser conviene al Panókratos Ariel V y sus autómatas. Lo incierto y lo múltiple lleva a misterios que deben de ser resueltos urgentemente por un lado, por otro, no es seguro que nada sea lo que parece.

La forma en que se va organizando un grupo de inadaptados, los «discrepantes» como se los nombra, es todo un proceso de amalgamar diferentes personalidades e intereses en procura de un bien más importante que ellos mismos. Todos deben aportar y también todos deben renunciar. Le acompañan una serie de personajes muy bien perfilados, muy distintos todos pero lo suficientemente compatibles como para arriesgarse a la insolencia de cambiar las cosas y lograr una revolución entre los miembros de sociedad que parecía decadente y a punto de desaparecer.

Los que se animan a desconfiar del orden en que viven cambiarán sus vidas para siempre. Carlos y sus poderes supuestamente especiales, unas aptitudes que no sabe cómo manejar. Inés, su amiga científica, que no puede dejar algo sin resolver. Su mejor y único amigo, Sebastian, con un pasado demasiado complejo. Y una hermanita adoptiva que cae de improviso y que será clave de un revuelta, la disconforme Roxi, la joven revolucionaria que toca el triolín.

Otros los acompañarán y se volverán personajes entrañables de esta historia. Sileo, el experimento de reconversión humana, de la madre de Carlos. Eduardo, un Kengen que aún cree en el honor y la autoridad. Y uno de los personajes más fáciles de aficionarse, Albert, un pequeño gran bibliotecario.

Los padres de Carlos son los científicos más importantes de la época, sin embargo han desaparecido sin dejar rastros, y él, aún con sus poderes especiales, no es capaz ni siquiera de recordarlos.

Los Eudaimones (los buenos demonios), las tres voces independientes de la conciencia de Carlos, se vuelven impredecibles en esta historia, siempre dispuestos a verbalizar el consejo apropiado o a meterlo en más problemas aún. Los robots, los autómatas, el dios Deustelos, el Epíkratos y el Panókratos van apareciendo para hacer una histórica aventura. Además, la Vieja Tierra solo muestra retazos de por qué estaba condenada a desaparecer.

Y con todo esto y varias cosas más, J. J. Mazzuco De León cose una historia minuciosa y entretenida, que es lo mejor que puede decirse de una novela.

En resumen, el autor logra una novela que anima a reflexionar y útil para quien necesita algo que además divierte. Sin duda, va perfilando un encadenamiento de hechos y temas que resultan apasionantes, además de ser los de toda la vida. Algunos nos azuzan hoy día de forma especial. Pero no serán los mismos para todos y cada lector encontrará dónde hacer hincapié en su propia vida de la que ya no podemos escapar.

Pero, esa es otra historia y ya veremos si tiene remedio; ahora de lo que se trata es de salvar este mundo, el único que nos queda.

.

Un especial agradecimiento a Juan de Marsilio, profesor de Literatura, crítico literario, poeta (no sé si en ese orden) y desde septiembre novel Diácono, por sus inmejorables correcciones, su crítica acertada y su constante apoyo.

.

My name is... Charles, and I live in Izak’as.

Bueno, en realidad mi nombre es Carlos, pero así no suena tan importante. Y sí, vivo en Izak’as. No hay otro planeta cercano donde pueda vivir con mis ingresos. Además, no está tan mal como planeta, es un estándar clase 3, tipo T/6, eso lo sabemos desde las vainas1.

Un planeta medio, sesenta por ciento de océanos y mares y cuarenta por ciento de tierra firme, fundamentalmente agrícola y minero, con clima medio casi todo el año, la estación cálida llamada Termótita ronda los 25-30°C y la fría, Krío, no suele bajar de 5°C, una rotación cada veintiocho horas (de ahí el dicho de dividir el día en cuatro partes de siete horas, una para cada cosa importante: dormir, estudiar/trabajar, divertirse y aburrirse), bastante poblado porque hay gente por todos lados, bien organizado y dirigido por las Epíkratos2 (más conocidas por A.G. o Autoridades Generales, creo que el Panókratos3 actual es el Ariel V) y, bueno, un planeta medio en medio del sistema solar de Hyperion4. Todo esto y mucho más lo sabemos desde las vainas.

Aunque no tengo con qué compararlo, es mi mundo.

«Y vivimos en el mejor de los mundos posibles».

G. W. L.

-I-

Allí estaba Inés —un poco más llena de lo que la había pensado sobre todo en sus mejillas—, me acerqué sin apuro, estaba parada y esperando en la ETP5 a la salida de nuestro CEE6, como hacía tantas tardes.

En esta semana la ETP se vestía de esos Richas7 que me hacen pensar que son personas de verdad tirando del carro; a mí no me gustan nada. Me debería haber dado cuenta de que eso no lo pensé yo.

Ya cerca de donde estaba Inés me asombré de la perfección de detalles que había pensado y de lo bien que lucían. Todo parecía muy completo. Demasiado completo.

¡Esta sería una de mis mejores tardes en buena compañía!

Sin decir palabra, me acerqué, le tomé su mano y la sentí como debía ser: cálida y suave. A pesar de que tembló un poco (y eso me debería haber alertado) le di un beso en la mejilla porque me dio vergüenza hacerlo en los labios desde el comienzo. Sí, ya sé que soy medio stulto8 y tarado, que presto atención a bobadas (y que hablo y me respondo a mí mismo a cada rato, además de lo que ya hacen mis queridos Eudaimones9, a quienes debería apagar por una semana o más, si supiera cómo se hace).

En lugar de seguir lo que creía que había programado con tanto cuidado y esmero, o sea, una hermosa sonrisa, un konichiwa y un beso, Inés me estampó un sonoro cachetazo en medio de la cara y con su tono más despectivo me dijo:

—¿Sos tarado? ¿Qué te está pasando?

No sé si fue mi rostro de pánico, mis antecedentes públicos o que logré separarme varios pasos, pero me libré de un segundo golpe que me hubiera dejado al borde del coma. Apenas atiné a decir:

—Pero si yo progra... —No terminé mi frase, cuando Inés, con un gesto de cierto asco me interrumpió.

—¡¿No me digas que confundiste el ITP* con tu ITP+*?! ¡Idiota!

La verdad es que me sentí como ella decía. No puedo creer que confundiera los dos ITP de nuevo. No es que hubiera pasado tantas veces, es que no puedo creer que no me diera cuenta de nada.

Anoté mentalmente que iba a tener que matar a JOG, a BAR y a MEM en forma muy lenta y dolorosa, tal vez eliminar todo el Eudaimon (o al menos sacarme el chip de aviso del lóbulo temporal o actualizarlo o hacer algo para que me avise antes de pasar tan malos ratos).

No podía creerlo. El ITP (intertubo público) es un sistema de realidad virtual público, donde todos hacemos todo a nivel social: allí estudiamos, trabajamos, vivimos la mayor parte del tiempo, comemos (pero no nos alimentamos) y miles de cosas más. El ITP+ (intertubo personalizable), en mi caso ITPCarlos (seguido de diecisiete caracteres alfanuméricos con mayúsculas, minúsculas y signos), es donde tengo mi realidad virtual, donde hago que sucedan mis deseos como todo el mundo, allí soy genial e irresistible la mayoría de las veces... y allí debía estar Inés esperándome para tener una tarde muy especial.

Todo lo que hay que hacer es insertar el dedo que tiene el chip de identificación en un intertubo o en otro y digitar ITP para el público (no es tan difícil) o digitar ITPCarlos (seguido de diecisiete caracteres, etcétera) y lográs al instante estar en una realidad o en otra. El resto del tiempo real-real estamos en Izak’as. Allí comemos en serio o nos damos la Parental (alimentación intravenosa mientras estás en tu ITP+ y no querés salir porque estás pasándolo muy bien), respiramos, nos reproducimos (al menos la primera parte, el resto lo hacen las vainas en las salas maternales), también nacemos, morimos y reciclamos allí. Entre muchas otras cosas.

Pero los gritos de Inés me hicieron volver al momento de sus despectivos dichos hacia mi persona, que me habían dolido realmente mucho (o tal vez fuera el efecto de su certero golpe en mi cara). Cualquiera que fuera la causa, estaba en medio de otro lío sin saber cómo salir y sin intervención de ninguno de mis amigos Eudaimones (cuando los agarrara de nuevo), solo y muy mal parado.

Estaba ensayando mentalmente algún tipo de disculpa que no sonara demasiado tonta y, como no se me ocurría absolutamente nada, probé con mi mejor cara de «no sé que está pasando pero yo no fui», una especie de mezcla entre intelectual herido, estúpido arrepentido y cándido desorientado; me sale bastante bien, hasta he pensado en patentarla. Creo sinceramente que eso la despistó un poco, no sé.

Entonces apareció por fin uno de mis Eudaimones. Fue el escéptico de MEM sin lugar a dudas porque me preguntó:

—Carlos, ¿cómo sabes si esto es real o estás en pleno sueño y en esta pesadilla estás viviendo algo más real que en vigilia? ...

Mis pensamientos al respecto fueron poco variados y bastante insultantes, pero hice un esfuerzo sobrehumano para no verbalizarlos delante de Inés y de las demás personas que se estaban congregando —algunos conocidos de cursos de estudio— porque hubiera sido un desastre aún peor. Aunque no se considera de mal gusto hablar con el Eudaimon, no creí que sirviera más que para empeorar la situación, si es que era posible.

Pero MEM quería seguir con sus intervenciones fuera de lugar...

—Carlos, debes tomarte un tiempo y pensarlo todo con detalles. Antes de responder consúltalo con la almohada...

Realmente Michel me estaba molestando, pero en algo tenía razón: no debía decir nada sin pensarlo mucho. Pero nada se me ocurría.

Si algo había aprendido de mis despistes anteriores era que si no sabía qué debía decir, lo mejor era callar. Aunque rara vez seguía mis propios aprendizajes, esa vez no dije nada.

En realidad hubo un ruido tan fuerte y extraño que pareció que no dije nada pues tapó mis pobres y olvidables palabras.

¡Ni yo recuerdo qué dije! Entonces fue BAR quien quiso recordármelo,

—Carlos, lo que dijiste fue...

Logré callarlo a tiempo porque ni yo recuerdo qué dije. Y me lo repetí varias veces hasta creerlo seriamente.

Ese ruido tan fuerte provenía de algo a unos cincuenta metros de nosotros. Un accidente de tránsito impresionante, espectacular, totalmente increíble. Imposible, además.

Sí, un accidente de tránsito que no era posible en el ITP. Este intertubo lleva a la realidad donde convivimos todos y está protegida por un sinfín de programas automáticos y cien por ciento seguros para que no sucedan accidentes... porque todos sabemos desde las vainas que si mueres en una realidad virtual tu cerebro no sabe que es virtual y no logra despertarse nunca más. Se cuentan espeluznantes y exageradas historias de los comienzos de los intertubos cuando no habían colocado todos los sistemas de seguridad actuales y algunas personas no pudieron despertarse nunca más en Izak’as y debieron ser recicladas.

Recuerdo con escalofríos los cuentos de mi abuela, le encantaba inventar historias de miedo para los más chicos, en que un asesino sin piedad se introducía en el ITP+ de otras personas habiendo jaqueado sus códigos y los mataba en una realidad y luego veía cómo morían por descomposición en el mundo real-real. Pasé muchas noches sin dormir por estas hazañas de la buena abuela. Que esté bien reciclada, Deustelos10.

Los que nos rodeaban comenzaron a evanescer11 (la nueva palabra que se había puesto de moda entre los jóvenes para decir que estabas dejando la ITP), pero Inés se quedó mirando como petrificada el accidente. Yo no podía menos que quedarme cerca de ella.

Un accidente extraño, no solo porque no existen los accidentes de tránsito en el ITP, sino porque me pareció excesivo en los detalles. Al fin y al cabo era nuestra realidad virtual, pero lo más real posible.

Solo al rato, mucho rato después de pensarlo con detalles, como dice Michel, es que me di cuenta de que no parecía del todo real. O fue cuando Inés dijo en voz alta:

—Me pareció en baja velocidad...

Luego de esto evanesció. No le entendí qué quiso decir.

Pero yo me quedé pensando algunos minutos más y vi la nave semidestruida y al pobre conductor muerto o algo así. La cabeza deforme por el golpe recibido no permitía ver bien de quién se trataba. Parecía bastante joven, no más de treinta años, alto, delgado, piel oliva y pelo blanco como todo el mundo, con un rostro sonriente y parecía muerto bien muerto.

Entonces me evanescí.

-II-

Si ese hecho, el accidente en el ITP, hubiera quedado solo en eso, tal vez lo habría terminado borrando de mi memoria real aunque siempre quedara grabado, igual que todo lo que me sucede, en la memoria de mis queridos Eudaimones. Pero podría sin problemas decirles a mis amigos que no me lo recordaran y nada hubiera pasado... pero no fue así.

Habían sucedido demasiadas cosas que me intrigaban, que no terminaba de entender y eso me frustraba.

Entonces JOG ensaya una de sus frasecitas.

—Carlos, recuerda que nuestras convicciones más arraigadas son las más sospechosas...

No entendí nuevamente a qué se refería José con exactitud, pero no podía irme y listo, así que me preparé una gran taza de chocofé y pensé en todo lo sucedido.

Pero nil de nil12.

Fui hasta la ETP más cercana de mi domatio13, que esta vez vestida de trenes —por supuesto que revisé dónde ponía el dedo del chip identificador, solo digité ITP— y en unos minutos estaba llegando.

Así que nuevamente volví a nuestro centro de estudios especiales. Había pensado dejar los estudios tras el bochorno con Inés, pero una cosa es vergüenza y otra necesidad. Me resultaba muy difícil dejar de recibir el Akademos14, de algo hay que vivir.

El nuestro no es el mejor CEE de Izak’as pero es realmente bueno. Llegas a un CEE luego de recibirte de Ingeniero como todo el mundo, yo me recibí de Ingeniero Medio a los diecisiete años (hoy en día debe de ser más fácil porque cualquier jovencito entre los catorce o quince años ya tiene su título).

Nuestro CEE lleva el extraño nombre de Academia Platón y no tiene ni esa forma ni he podido encontrar a alguien que sepa por qué se le puso ese nombre. A los que vamos allí nos dicen «platitos», en forma algo despectiva, sobre todo a los que no hacemos ciencias duras (como si hubiera blandas).

Pero es un gran centro de estudios y de los pocos que ofrece una especialidad en CMSE15, ideal para buenos estudiantes como yo. No es demasiado estructurado, puedes cambiar los contenidos si no te satisfacen, cursar cuantas veces quieras los cursos que más te gusten (aunque a los treinta y cinco años te obligan a egresar y te quedas sin Akademos). Yo estaba cursando ese año solo tres disciplinas: Expresión Libre, Confección y Armado Básico, y mi preferida, Cocina Molecular. Recuerdo cuando vi pasar por el patio del CEE a Inés. ¡Hace tanto tiempo, parece!

En ese momento todo cambió...

El tiempo se detuvo, lo recuerdo muy bien.

Ella iba hacia el laboratorio de Biofísica Molecular Superior y pensé que debía apuntarme en esa disciplina también, después de todo ya hacía Cocina Molecular y me iba muy pero muy bien.

Recuerdo las palabras de Bertrand, mi inestimable Eudaimon consejero y amigo que sabe animarte siempre, diciéndome:

—Carlos, en esa disciplina deberás estudiar y esforzarte en serio y tú no estás acostumbrado a ello...

Lo tomé como una meta a cumplir, una prueba a superar, una batalla que debía ganar si quería poder ver a Inés. Como de costumbre BAR tenía mucha razón. Después de no más de tres días de Biocosas Moleculares Súpersuperiores, no tenía la más mínima idea de qué se trataba. Y nunca en mi vida hubiera creído que se pudiese escribir tanto sobre esas cosas en ese idioma tan raro que usan.

Había conocido a Inés hacía solo unos días, aunque empezaba a dudarlo.

Pero creo que ella no llegó a darse cuenta de mi existencia hasta el día en que la computadora del laboratorio, en lugar de esas intrincadas fórmulas, comenzó a mostrar muy buenas recetas de Cocina Molecular. Tal vez debí cerrar la boca en lugar de mostrar que era el único que sabía de qué se trataba.

Su risa era muy agradable. Las de las demás, no.

No me gustaron para nada los torpes comentarios despectivos que varias de sus compañeras hacían refiriéndose a las recetas que aparecían y a mis inteligentes intervenciones al respecto.

Ella no dijo nada.

Aunque hubiera preferido que dijera algo, al menos.

Así pasaron otras dos semanas más, que si quiero ser sincero y detallista estuvieron llenas de otras anécdotas poco importantes para mí, pero que hicieron crecer mi reputación pública entre los estudiantes de Ciencias. Debo incluir el fallido encuentro amoroso con Inés, que terminó con el muerto bien muerto en el imposible choque de tránsito.

Creo que fue JOG quien me dijo una mañana apenas estaba despertando:

—Carlos, de querer ser a creer que se es, va la distancia de lo trágico a lo cómico...

Creo que me trataba de decir que aquello no era para mí.

Con el abandono de las Biocosasfísicas Moleculares Superfluas y con los días que no había concurrido a mis clases de CMSE por estar pensando solo y abandonado en mi domatio y reflexionando junto a mis queridos Eudaimones, estaría debiendo unos días extras de trabajo en la Academia.

Por pura casualidad —sin que mediara en absoluto la ración extra de licor que le regalé a un compañero para que me diera cierta información—, me había enterado de que varias de las jóvenes estudiantes de Ciencias iban a ir a la playa en el ITP. Me gustó la idea, me gustó mucho.

Pero no creía que fuera bien recibido por mis excompañeras de clase. Después de todo yo las había abandonado. Claro que tal vez eso fuera lo que más les había agradado de mí.

La verdad, no creía que iba a ser recibido como merecía... a lo que José me respondió:

—Carlos, hay tantas realidades como puntos de vista. El punto de vista crea el panorama...

Y esa vez sí que le entendí. Creo.

Como era mi tarde libre decidí irme yo también a descansar a la playa. Pero en mi ITPCarlos, por las dudas, para no llegar a hacer algún otro embrollo. Además podía tener mi propia versión de la playa y de quienes quería poner en ella.

La playa es uno de los lugares que más me gusta visitar; el mar y ese arrullo continuo del agua en la orilla, el cielo despejado y límpido, ese sol que templa nuestro espíritu y además podía poner a Inés en bikini en medio de ese panorama tan bello. Tal vez pudiera sacarme de la cabeza la forma en que me había tratado la última vez.

Parecía que todo marchaba a las mil maravillas. Todo el escenario estaba muy bien planeado y ejecutado. Debo agradecerles a mis queridos Eudaimones cuando saben dar buenos consejos y hacen las cosas bien por mí.

Yo estaba tumbado, tomando sol y escuchando el mar en una playa con muy pocos visitantes. De un momento a otro debía aparecer Inés y en forma totalmente casual nos cruzaríamos las miradas y nos pondríamos a charlar como buenos compañeros de CEE. Luego veríamos a qué podíamos llegar. Es lo que tienen de bueno estos PAFM16 (Programas Abiertos de Finales Múltiples) que me enviaran mis padres desde algún lugar de Izak’as o desde una de sus lunas, nunca recuerdo dónde estaban. Son algo viejos en sus iconos y diagramas, hasta que entiendes cómo se debe programar, pero permiten que se vayan autoescribiendo en la medida que los estás utilizando y disfrutando.

Al fin hizo su aparición Inés en su diminuto bikini color caqui y, como estaba planeado, nuestras miradas se cruzaron y me sonrió, con una de esas sonrisas que pueden hacer que te evanescas sin querer.

Menos oportuno José, casi logró distraerme...

—Carlos, el deseo muere cuando se logra...

Estuve a punto de decir un disparate tal que hubiera asustado a la angelical Inés. Pero pude controlarme. Es increíble pero me estaba pasando algunas veces.

Como mis atacantes no necesitan descanso, el que continuó fue Bertrand, creo, porque su voz sonó más ronca que de costumbre y entrecortada, como haciendo un esfuerzo por mantener la comunicación ...

—Carlos, has abier## una inter##ce que se ligó otra vez al ITP y que camb###...

Era sin lugar a dudas la voz de BAR, pero no entendí nada de lo que dijo.

Primero me di cuenta de que el bikini color caqui había cambiado de color y no era tan pequeño. Luego me di cuenta de la mueca en la cara de Inés. Esa sonrisa que puede hacer que te evanescas se fue transformando en un gesto de cierto asco o al menos fuerte rechazo y sentí un déjà vu que empezaba a revolverme el estómago.

—¿Qué estás haciendo acá? —me dijo.

Y esas palabras fueron, tal vez, la parte más social de sus comentarios al verme, y nuevamente comenzó a reunirse gente conocida —que yo no deseaba que estuvieran— a nuestro alrededor. Solo faltaba el accidente de tránsito.

No era posible, sin lugar a dudas eso no podía ocurrir.

¿Por qué pensé en el accidente?

Pero un griterío a nuestra derecha desvió mis pensamientos y temores y probablemente me salvó de un nuevo golpe en la cara.

Parece que se estaba formando un pequeño grupo de personas cerca de la orilla. Algo había pasado otra vez.

¡Otra vez!

¡Alguien se había ahogado en una playa de realidad virtual del ITP!

¡No! No era posible que sucedieran cosas de ese estilo. Hay demasiadas personas y programas trabajando en la red pública para que sea totalmente segura. Esto ya me sonó a haberlo dicho o pensado antes, pero no lo volvía menos extraño y macabro.

No podía estar pasando otro accidente, y además, ¿por qué se había cambiado mi ITPCarlos a la ITP de todos?

Como la otra vez, muchos se evanescieron enseguida. Es increíble cómo la mayoría trata de negar algo tapándose los ojos; no los ojos en realidad, pero es más o menos lo mismo, creo.

Dos se quedaron tratando de revivir al ahogado, pero ya tenía la cara azulada y el abdomen muy hinchado. Estaba nuevamente ante un muerto bien muerto y se parecía al otro cadáver que había visto. Parecía un hombre joven, alto y delgado de unos treinta años, otra vez. No tengo mucha experiencia en cadáveres, solo había visto dos en toda mi vida y deseaba desde lo más hondo de mi ser no ver nunca más otro.

Ese deseo...

La voz de Inés me sacó de mis extraños pensamientos y antes de que se evanesciera le escuché de decir nuevamente:

—Me pareció a menor velocidad, todo era más lento...

Si debo jurar, estoy muy seguro de que dijo algo muy similar a lo de la vez anterior. Pero de nuevo seguí sin entender qué tenía que ver la velocidad con la muerte, si es que a eso se refería.

Cuando se estaban llevando al cadáver me evanescí. Aunque no recordaba haberlo hecho yo mismo. Tal vez fue alguno de mis Eudaimones. No sabía que podían hacer esto. Pensé que debía preguntarles luego, cuando despertara.

-III-

Me desperté en mi domatia, como siempre bien ordenada con un orden especial que no todo el mundo es capaz de apreciar. Y con un fuerte, muy fuerte dolor en todo el cuerpo, como si me hubieran apaleado.

Preparé una ración doble de chocofé bien cargado y apareció de nuevo Michel:

—Carlos, recuerda que a nadie le va mal por mucho tiempo sin que tenga la culpa...

Muchas veces me pregunto si mis padres me hicieron tamaño regalo porque no podían estar cerca para torturarme.

Me daban vueltas en la cabeza varias dudas que no llegaba a formular claramente. Tenía, además, una fuerte sensación de que me estaba olvidando de algo importante. Esa maldita sensación me ha perseguido demasiadas veces en mi vida y siempre pienso que es algo importante que debo hacer o decir pero que no llega a suceder nunca y que no logro hacer consciente.

Ahora era el turno de Bertrand:

—Carlos, recuerda que el hombre civilizado llena sus tiempos de ocio de manera inteligente...

La mayoría de las veces no sé si Bertrand me está alabando por lo que hago o me está reprochando lo que no hago y debería hacer.

Gracias a Deustelos no apareció José para seguir por ese rumbo pues debía poner algunas cosas en orden. En otro orden distinto al que se encontraba mi domatia en ese momento, debía poner un orden que los demás entendieran y aceptaran.

Debía ponerme al día con varios asuntos puramente domésticos de mi subsistencia e integridad física. Como recibir la Custodia17 mensual que mandaban mis padres desde algún lugar de Izak’as o sus lunas, ya que sus investigaciones sobre transelementos18 —o algo por el estilo— no les dejaban tiempo para casi nada salvo mandarme la Custodia para que su querido y lejano hijo pudiera subsistir un mes más.

Tenía que pagar un par de cientos de Vidas19 que debía por alimentos y otros enseres que había comprado y recibido en tiempo y forma, algo que de costumbre me dejaba al borde de la bancarrota total, cuando no del otro lado.

Además debía recibir el Percápita20 mensual por ser ciudadano con derechos plenos, que si bien eran pocas vidas (había subido a VI$ 83 en el último mes) me daba de comer y el Akademos por ser estudiante, que tenía que administrar mejor que un genio si quería permitirme ciertos gustos como el chocofé importado que tomo para poder despertarme del todo.

Cuando estaba en plena tarea de decidir si unos calcetines estaban lo bastante sucios para ponerlos en la nearopa21, escucho pasos muy ruidosos frente a mi domatio como de varios autómatas22 militares. Las botas metálicas y ese marcar el paso que parece hecho solo para trastornarte, me enloquecen.

Al instante se me anunció en el vid, con los colores de las AG (¿a quién se le habrá ocurrido que verde y oro quedan bien y dan un halo de autoridad?) y con un audio bastante pasado de moda y muy fuerte para mis oídos, que debía recibir al Kengen23 de Primer Grado Eduardo Koinu24, que por la imagen parecía más fiero de lo que decía su apellido.

Apareció José para decirme algo que me pareció demasiado obvio viniendo de él...

—Carlos, debes recibirlo porque es la autoridad y es la única forma de saber qué quiere...

Por supuesto que no necesitaba del sabio consejo de mi amigo para dejar pasar a la desconocida autoridad. Es más, no tenía otra opción.

Dar mi orden de abrir el domatio y entrar seis autómatas con cara de autómatas bien feos pero muy armados, fue todo en un mismo instante. Esos cascos negros que no dejan ver ni los ojos de quienes los portan, esas capas negras y esas botas… me dan miedo en serio.

No sé qué pensaban encontrar o a quién estaban buscando pero tantos cuerpos en mi domatio no dejaban espacio para casi nadie más. Salieron cuatro de ellos, pues al parecer no había peligro, y entró el Kengen.

No era nada bajo, lograba infundir cierto respeto más que miedo y tenía una voz que hacía que uno lo mirara sí o sí.

—Soy el Kengen Eduardo Koinu, Kengen de Primer Grado, y estoy en misión oficial...

Si no quería quedar como un maleducado o un atáxico, mi respuesta no podía ser otra que:

—Soy Carlos Kenkó, Ingeniero Medio en desarrollo medio y estudiante de Ciencias Medias, y estoy descansando y ordenando mi domatio...

Parece que mi saludo le convenció de que estaba frente a alguien que no era extremadamente peligroso pues mandó salir a los autómatas que quedaban, no sin que uno de ellos, el que parecía más viejo, protestara diciéndole algo al oído. Pero el Kengen dijo algo así como «míralo bien, ¿te parece?». Yo no supe si ofenderme o tranquilizarme.

El Kengen hizo ademán de tomar asiento, por lo que debí sacar algo de ropa que había sobre la única silla de mi domatia y sentarme yo sobre los pies de la cama. Él no se decidía a comenzar la conversación, así que le pregunté:

—¿Qué le trae por aquí?

Muy cortésmente comenzó diciendo que estaba en una misión oficial y que debíamos guardar total secreto de lo que aquí se dijera bajo pena de no sé cuántas cosas.

Sin más empezó el interrogatorio.

—¿Tu nombre completo es Carlos Ilios Kenkó Zoí, naciste aquí en Terminador, hace veinte años?

—Sí.

—¿Tus padres son el doctor Carlos Kenkó y la doctora Sol Zoí, especialistas en más de una docena de ciencias duras cada uno de ellos?

—Sí y no sabría decir cuántos doctorados suman entre ambos, pero son unos cuántos sin dudas.

—Es curioso cómo jugaron con tus nombres y los idiomas de los Antiguos. Entre tres o cuatro lenguas se usan para formar tus nombres que vienen a decir algo así como «el hombre libre al sol que sana y da vida». Sé que esto es una divagación personal que encontré, con ayuda de la Gran Computadora cuando me llegaron tus datos, pero me pregunto si no habrán jugado con algo más profundo en ti y...

—¿Y?

— Y descubrí que no eres para nada importante en ningún aspecto. Salvo que eres hijo de los dos científicos más importantes de nuestra historia y tal vez de los más importantes de la Expansión Humana25 hasta la fecha.

No me gustó mucho eso de que no era importante y se lo hice saber claramente:

—Que no soy importante depende de quién lo diga. Para mí soy muy importante, ya me acostumbré a mí. Lo de mis padres es cierto, pero casi no los conozco ya que me dejaron con mi abuela cuando era muy chico y no los volví a ver ni sé dónde están actualmente.

—Eso es secreto de Estado.

—¡Ah!

—Carlos, nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis...

Michel, no empieces ahora, por Deustelos te lo pido.

Al parecer el Kengen no se percató de mi diálogo mental pues continuó como si nada.

—¿Se puede saber cómo alguien sin importancia ninguna se ve envuelto en dos acontecimientos casi seguidos que no deberían haber sucedido nunca y que, según los datos que quedaron archivados en la Central26, no sucedieron nunca?

Busqué en mi cabeza la mejor respuesta que podía dar, incluso pedí ayuda a mis amigos, y Bertrand me susurró:

—Carlos, sé sincero, incluso si la verdad es inconveniente, pues será peor si tratas de ocultarla...

Le dije que no tenía idea.

El Kengen suspiró como quien está realmente cansado y no sabe qué más hacer.

—Carlos, ¿qué es eso de que no sucedieron nunca?...

—¿Qué es eso de que no sucedieron nunca? Yo vi dos muertos bien muertos y estoy seguro de que no fui el único. Muchos lo vieron. —No quise ni nombrar a Inés—. Recuerdo perfectamente que el rostro del primero estaba deformado por el golpe recibido, y que el del segundo —que se parecía mucho al primero— estaba ya azul por la asfixia.

—Lo que hayas visto no es tan relevante como lo que en verdad sucedió.

Estuve a punto de llamar a Michel para que siguiera la conversación por mí y poder retirarme a descansar y tomar una buena taza de chocofé. Pero por varios motivos no parecía la mejor opción.

—Disculpe, Kengen, pero no le sigo.

—Pues verás, tú, un estudiante algo mayorcito, más preocupado por sus amoríos que por ser útil, se encuentra en dos ocasiones muy seguidas en primera fila de un espectáculo imposible y sin dudas montado por no sabemos quién, y eres de los pocos que recuerda perfectamente qué es lo que pasó, ¿no es cierto?

—Con seguridad que muchos de los que allí estaban recuerdan un hecho tan poco común.

—Sí. Ya hemos interrogado a muchos antes que a ti. Estabas al final de la lista de importancia.

Nuevamente quiere hacerme enojar tratándome como..., como si fuera alguien sin importancia.

—Pero si alguien muere en la ITP, y estoy seguro que estaba muerto, se debe morir en Izak’as, eso lo sabemos desde las vainas, por Deustelos...

—Sí... —me respondió el Kengen dando pie a que siguiera con mis razonamientos.

—Pues entonces busquen al muerto en este mundo y verán que sí sucedió.

—Crees que estoy cansado solo por hacer unos tontos interrogatorios a jovencitos estudiantes. Hemos desplegado todos nuestros recursos, que no son pocos, no lo dudes, y no hay ni un muerto en esos días que coincida en algo con lo que ustedes vieron.

—Pero lo que vimos puede estar maquillado, arreglado, cambiado. Yo mismo, una vez me puse unos centímetros más de altura y de espaldas para... —Me pareció que no le importaba el final de mi historia.

Me interrumpió violentamente diciendo:

—Crees que somos todos como tú. Nos dedicamos a esto. Y hemos pensado en todos los rastros y vericuetos posibles. He trabajado varios días sin descanso y no he encontrado nada. ¿Acaso no te das cuenta de que se puede cambiar la apariencia pero tiene que existir un cuerpo muerto? En algún lado, en el mismo momento. Pero no lo hay. En ningún lado. Nil de nil.

—Pues no puede ser.

Pero si tenía razón, ¿por qué no aparecía el cuerpo? Tal vez lo estuvieran por descubrir. Pensé que tendría que ofrecerle una taza de chocofé, estaba con cara de cansado. El terrible Kengen se me estaba pareciendo al pobre Kengen que ya no sabe qué más hacer.

En el momento que comencé a pensar en el Kengen como en una persona que tenía realmente problemas, el tono del interrogatorio se pareció más al de una conversación. Hasta llegué a preguntarle qué pensaban hacer.

—Para serte sincero, tenía esperanzas de que tú pudieras darme alguna idea en la que nadie hubiese pensado todavía. Por algo eres el hijo de quien eres.

No sabía si alegrarme o no. Además no se me ocurría nada que pudiera servir.

—Si mis padres estuvieran aquí probablemente a ellos sí se les ocurriría algo inteligente que decirle.

Este comentario lo puso sumamente nervioso y comenzó a moverse en su silla como quien sabe algo que debe decir y no lo dejan (algo conozco de esas inquietudes).

—Pues verás, yo soy un Kengen de Primer Grado, o sea, lo más bajo que hay en Kengen y me mandaron a interrogarte —miró hacia los lados como si los autómatas estuvieran todavía allí— pero nadie esperaba que pudieras dar alguna información relevante.

Así que ahora éramos compañeros insignificantes y sin importancia alguna para todos los demás. ¿Quién diría?

—Pero a mí —continuó sincerándose— me pareció que tenía una importante oportunidad de encontrar información relevante en el hijo de los Kenkó-Zoí.

—Lo siento, Eduardo —¿en serio estaba diciendo esto?, me estaba cayendo bien el Kengencito—, pero no se me ocurre nada útil.

Pero él siguió hablando, más para sí que para mí:

—Es que pensé si jugaron con los significados de los nombres de su hijo, podrían haber jugado también son sus genes y producido algún tipo de genio similar a ellos. Con seguridad que me podrías dar pistas para poder resolver este lío, pero...

—Si soy algún tipo de genio no me he dado cuenta hasta ahora. Pero estoy seguro de que si puedes contactar con mis padres, ellos te podrían dar varias hipótesis de cómo resolver este caso.

—Nadie sabe dónde están tus padres…

-IV-

Todavía me daba vueltas en la cabeza el «nadie sabe dónde están tus padres» que el Kengen me confió en un momento de estúpida sinceridad. ¿Cómo se digiere eso?

Primero le dije que era imposible ya que estaba recibiendo la Custodia todos los meses sin ningún retraso. Pero él me confía que el Epíkratos es quien está pagando esas vidas todos los meses desde hace dos años. Al parecer mis padres estaban en Mún (la luna pequeña) cuando desaparecieron sin dejar ningún rastro de nada. Nil de nil. No se sabe qué estaban investigando, ni cuándo se fueron o si los secuestraron, dónde están ahora y ni siquiera si están vivos.

Toda esta información no debía llegar a mí y podía costarle bastante más que la carrera de Kengen a Eduardo. Pero creo que le juré silencio y le agradecí que lo dijera, y le pedí que se fuera cuanto antes.

Se fue y me dejó una placa sin rastreo para que pudiera ubicarlo si lo necesitaba o si se me ocurría algo importante (pobre, no perdía las esperanzas).

Necesitaba estar solo. Lo más solo posible...

¡Escucharon Eudaimones!

... quince minutos después...

No es que fuera huérfano, al menos no todavía. Por el momento solo había perdido a mis padres. Pero nadie sabía dónde.

Traté de recordar sus rostros y no pude. Hacía demasiado tiempo que no los veía y que no tenía noticias reales de ellos. Busqué la mejor imagen que había en el Eudaimon y me parecieron dos rostros algo extraños. No eran los papás que recordaba sino los rostros de los científicos más famosos en una investigación de algo sobre comunicación cruzada de tres años atrás. Sin dudas se parecían más a estos que a mis recuerdos. Pero quería aferrarme a mis recuerdos aunque no fueran del todo míos.

—Carlos, la vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada...

Creo que esta vez entendí algo de lo que José quiso decirme. Ahora tengo una aspiración que no es nada chica: recuperar a mis padres. Pero además debo entender qué es lo que ha pasado en estas semanas y con estos muertos. Tal vez todo sea el mismo embrollo.

Pero yo soy un pobre y medio inútil estudiante de CMSE, qué sé de investigar y buscar pistas...

—Carlos, el hombre prudente piensa en sus dificultades cuando tiene algún objetivo, si no piensa en otra cosa... —me dijo Bertrand.

—Carlos, estamos contigo... —me dijeron los tres.

—Ahora somos cuatro —dije en voz alta.

Me sentí mejor, pero seguía sin saber qué debía hacer.

-V-

Como de costumbre estaba en la única clase en la que me sentía a gusto, tratando de aclarar mis ideas, mi querida Cocina Molecular. Dicen que es una de las disciplinas más antiguas y que se generó en la Vieja Tierra. Creo que es una exageración.

Pero ese halo especial de mezcla de olores a las más extrañas comidas siempre había estimulado parte de mi cerebro en un intento de hacer algo realmente sabroso.

Ahí estábamos seis ingenieros estudiando Cocina Molecular, con nuestros uniformes de falda roja con el logo de CM bordado, camisa blanca con botones forrados de rojo y un precioso gorro blanco que siempre me pareció más grande de lo necesario.

La profesora era como de costumbre esa destartalada cafetera a la que llamaban Miss Konro27, una robot que debía de tener más de doscientos años enseñando su ciencia. Sus clases siempre eran iguales —lo que realmente me gustaba—, solo quince o veinte minutos de explicaciones técnicas-teóricas, que siempre eran realmente buenas, luego dos horas en que podías probar y experimentar casi de todo.

Esa vez estaba tratando de probar con un sintético del arroz y cómo podía quedar si se pasaba mucho de cocción. ¡Cómo era posible que quemara más de la mitad de mis preparados!

Miss Konro dice que experimentando y equivocándonos es que aprendemos y legamos a la humanidad nuevos inventos. Yo tenía un puñado de arroz sintético carbonizado y no creo que fuera un gran invento. Además olía mal.

Se acercó Sebastian (que en realidad se llama Sebastián, pero te mira feo si lo acentúas así, dice que no tienes chic, aunque no supe a qué se refería), contoneando exageradamente la cintura para que uno dejara de hacer lo que estuviera haciendo y le prestara atención a él y solo a él.

Se había coloreado, esa vez, el pelo de negro y debo reconocer que le quedaba bastante bien, con ese par de bellos ojos claros que tiene.

—¿Cómo andas, querido Carlos? —miró hacia lo que estaba en mi mesa y agregó— Además de estar estropeando otro recurso culinario de este pobre planeta.

—¿Cómo estás, Sebastian? Estoy experimentando con la sobrecarbonización iónica del arroz sintético y sus propiedades organolépticas.

—O sea que volviste a quemar algo. ¡Ay, Carlos, Carlos! ¿Cuándo vas a aprender a prestar atención a lo que te rodea...?

—Algún día, querido amigo... —pero creo que lo tomó para otro lado porque sonrió con cierta complacencia.

—¿Y cómo te fue con tu nueva amiguita y tus clases de ciencias duras?

—Mal, muy mal. Realmente mal. Abandoné esas clases, tendré que pagar una multa, pasaron cosas poco creíbles y mi amiguita no es mi amiguita sino que piensa que soy un tarado sin arreglo.

—No es la única.

—Ja, ja...

—Carlos, Carlos, Carlos, ¿por qué teniendo tan cerca para comer buscas migajas fuera?

—¡¡Sebastián!!

—Sebastian, por favor.

—Disculpa. Sebastian, tú sabes muy bien que te considero mi amigo, mi muy buen y gran amigo y nada distinto a eso.

—Me consideras tu amigo porque soy el único ser humano que se te acerca. Y todavía no entiendo por qué. No importa. No puedes cortar mis libres y sinceras manifestaciones de afecto. Además, no pierdo la esperanza.

Y con un revoleo de sus bellos ojos claros se alejó haciéndose el ofendido como tatas otras veces.

Me quedé pensando en Sebastian. No es que no me gustara físicamente, de hecho era muy lindo, de buen cuerpo y con unos ojazos espectaculares, pero es que no era mi opción primera.

Recuerdo cuando apareció por primera vez en clases y se presentó.

Hizo todo lo posible por generar una sensación de misterio y ambivalencia alrededor de su historia personal. Era un joven del otro lado de la ciudad, que nadie conocía, que había perdido a sus padres desde muy chico y que se había formado en una institución del Kratos (nadie creyó realmente esto), y que estaba dispuesto a tener toda clase de nuevas experiencias. Nos miró a todos y a cada uno a los ojos.

Pasó a ser un integrante más de nuestra comunidad gastronómica.

Normalmente trabajaba al lado de mi mesa, así que nos fuimos haciendo amigos, y es cierto, fue mi único amigo durante esos dos últimos años. Tal vez el único desde que saliera de las vainas.

Estaba contento con tener un amigo así, alguien en quien pudiera confiar sin reparos. Por encima de todo sabía y sentía en el fondo de mi corazón que Sebastian era capaz de hacer cualquier cosa por ayudarme.

Ojalá él pensara lo mismo de mí.

Tenía que contarle lo del muerto, a ver qué dice. Necesitaba que me ayudasen porque no sabía qué debía hacer.

Entonces seguí experimentando con el arroz... quemado.

-VI-

Por lo pronto tenía bien claro que no debía abandonar la Academia, era un centro de gente inteligente que sentía me podía ayudar y había algo que debía preguntarle a alguien.

Esta vez fui en naves que vestían de pájaros gigantes. La verdad, se veían bastante bien. Llegué temprano al turno del CEE y, tras pasar los portones principales, me detuvo un conserje robot.

—¿Usted es el señor Carlos Ilios Kenkó Zoí?

—Sí, ¿por qué?

—Debe pagar las multas atrasadas por dejar el curso de Biofísica Molecular Superior sin terminar y por las faltas al curso de CMSE, que al parecer continúa cursando.

—Bueno, sí. Pero en este momento estoy en un proyecto muy importante y necesitaría algo de tiempo para pagar las vidas que deba.

—La multa es con horas de trabajo y deberá cumplirse desde este preciso momento. Debe presentarse en la oficina 07B. Muchas gracias.

Una cosa que aprendí en la Academia es que una vez que un robot te dice «muchas gracias» se terminó la conversación. Es sin dudas una medida inteligente de algún viejo programador.

Siempre que uno busca una oficina es la última que aparece, sin importar la numeración o código que se use. Pero ¿quién estaba al frente de la oficina 07B? Pues otro lindo y reluciente robot.

—Buenas tardes, señor, ¿en qué puedo ayudar?

—Buenas tardes, soy Carlos Kenkó y quería saber si...