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Cartas a mis ovejas es un viaje ágil e íntimo, narrado en forma epistolar, a través de la vida de una mujer que vive en las Montañas Azules, en Australia, con sus cuatro ovejas rescatadas. La autora combina su experiencia directa con las ovejas con su erudición para guiarnos, a través de la lectura de este libro, en el descubrimiento de la subjetividad de las ovejas y de la vida social de los animales en general. Con un lenguaje sencillo y cercano, estas cartas son un diálogo abierto y sincero con sus ovejas, donde les habla de una amplia variedad de temas —como las emociones, la cognición, la espiritualidad, la cultura o los prejuicios especistas—, que ayudan a comprender las similitudes y diferencias entre humanos y otros animales. «'No seas borrego', se dice a menudo, pero siempre se expresa desde la ignorancia de quiénes son en realidad estos animales.
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Seitenzahl: 164
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Cartas a mis ovejas es un viaje ágil e íntimo, narrado en forma epistolar, a través de la vida de una mujer ue vive en las Montañas Azules, en Australia, con sus cuatro ovejas rescatadas. La autora combina su experiencia directa con las ovejas con su erudición para guiarnos, a través de la lectura de este libro, en el descubrimiento de la subjetividad de las ovejas y de la vida social de los animales en general. Con un lenguaje sencillo y cercano, estas cartas son un diálogo abierto y sincero con sus ovejas, donde les habla de una amplia variedad de temas —como las emociones, la cognición, la espiritualidad, la cultura o los prejuicios especistas—, que ayudan a comprender las similitudes y diferencias entre humanos y otros animales.
Cartas a mis ovejas
© 2023, del texto, Teya Brooks Pribac
© 2026, de la traducción, Igor Sanz
© 2026, de la edición, Diversa Ediciones
EDIPRO, S.C.P.
Carretera de Rocafort 113
43427 Conesa
ISBN edición ebook: 978-84-18087-55-4
ISBN edición papel: 978-84-18087-54-7
Primera edición: enero de 2026
Diseño y maquetación: Diversa Ediciones
Fotografía de portada: © Teya Brooks Pribac
Fotografías del interior: © Teya Brooks Pribac
Coordinador y traductor: Igor Sanz
Correctora/revisora: Susana Silva Ollet
Todos los derechos reservados.
www.diversaediciones.com
Preludio (nota al lector)
Fuga (en J menor)
2022
2023
Réquiem y coda
Epílogo
Agradecimientos
Libro solidario
La autora
«“No seas borrego”, se dice a menudo, pero siempre se expresa desde la ignorancia de quiénes son en realidad estos animales. Invito a todos a acompañar a Teya en su viaje por Cartas a mis ovejas para descubrirlo».
—Pam Ahern, fundadora del Edgar's Mission
«No tenía intención de quedarme aquí sentado toda la tarde leyendo este libro, pero lo he hecho. Las ovejas son infinitamente más complejas de lo que casi cualquiera hubiese pensado antes de que Teya pusiera su brillante mente (y su corazón) a trabajar. Este libro rebosa de ideas nuevas y genuinas. No he sido capaz de dejarlo».
—doctor Jeffrey M. Masson, autor de Cuando lloran los elefantes y Lost Companions
«Cartas a mis ovejas es un libro sin igual. Mediante la palabra y la imagen, nos explica los comportamientos de los humanos y las ovejas de un modo vívidamente detallado. Con honestidad y elegancia, la obra le ofrece al lector un espacio cómodo y seguro desde el que contemplar nuestras relaciones con los otros animales».
—doctora Carol Gigliotti, autora de The Creative Lives of Animals
«Lea este libro y ría, llore y suspire con él, y estoy seguro de que saldrá de su lectura con una visión nueva y enriquecida de las personalidades tan diferentes que muestran las ovejas y de lo especiales que son todos y cada uno de los individuos».
—doctor Marc Bekoff, autor de Una agenda para la cuestión animal y La vida emocional de los animales
Montañas Azules, a 22 de octubre de 2022
«Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai...». En medio del camino de nuestra vida, me encontré a mí misma. Tal cual. Me encontré a mí misma, y el bosque que nos rodea me ayudó a conseguirlo.
Diez años atrás, con treinta y tantos, seguramente me habría descrito más como Dante al inicio de la Divina comedia. Perdida. Pero algo sucedió hace cuatro años, cuando cumplí los cuarenta. Cogí por fin las riendas de mi vida, en lugar de dejarme arrastrar por ella, y las cosas empezaron a encajar en su lugar.
La felicidad no consiste en alcanzar el placer; la felicidad consiste en la ausencia de deseo1. Uno sabe que ha alcanzado la felicidad cuando no alberga ya la necesidad de sentirse de otra manera, cuando no anhela cambiar el estado en el que se encuentra.
Y en ese punto estamos ahora: nosotros y nuestras ovejas. Hablo desde la especulación, por supuesto. No puedo saber con exactitud cómo perciben ellas (o ellos, más bien, pues en realidad son cuatro carneros: Henry, Jonathan, Orpheus-Pumpkin y Jason) nuestra vida en estos parajes, pero también ellas parecen felices, también ellas parecen transmitir ese tipo de satisfacción que solo la edad es tal vez capaz de proporcionar, cuando el ansioso celo de la juventud empieza a dar paso a una disposición más calmada y uno se va asentando en su entorno y en su propio pellejo, siempre y cuando (SIEMPRE Y CUANDO) tenga la dicha de vivir en un lugar mínimamente tranquilo y seguro, lo que, para una oveja, lejos de ser la norma, es antes bien un milagro.
Escribo este libro para dejar testimonio de que estuvieron aquí, de que estuvimos aquí, juntos, y que, al menos durante un tiempo, todo fue perfecto.
De izquierda a derecha, Henry, Jason, Pumpkin y Jonathan, en su hogar en las Montañas Azules en Australia.
1 James Clear, fuente: jamesclear.com
—Toc, toc... ¡TOC, TOC...! ¡PLAS...! ¡BUUUUUM! ¡Venga! ¡Abrid! Los otros están a punto de llegar, ¡y se comerán todos mis cacahuetes si no os dais prisa!
En realidad no sé lo que dice Jason cuando patea la puerta del despacho de D, pero lo que imagino que dice no creo que esté muy lejos de la realidad. No le gusta pelearse con los otros por las chuches, por eso es usual que se presente solo ante la puerta. Cuando Jonathan advierte sus intenciones, no tarda en seguirlo, luego va Henry, y por fin, Pumpkin. Cuando los otros llegan a la puerta, Jason se va, con o sin cacahuetes. Le gusta estar con sus compañeros y hacer cosas de ovejas con ellos (es por definición un hacedor: inquieto, curioso y siempre listo para la acción), pero también le gustan esos breves momentos de intimidad con los humanos, que parecen hacerle sentir especial. No creo que la cosa tenga que ver con su tamaño. Es el más pequeño de los cuatro, así como Pumpkin es el más grande. También Pumpkin muestra a veces su necesidad de sentirse especial. Henry y Jonathan no; les gustan los mimos y las cuches, pero no les importa demasiado tener que compartirlos. Tal vez se deba a que Henry y Jonny fueron criados por ovejas, mientras que Pumpkin, y muy probablemente también Jason, fueron criados por humanos. A Pumpkin lo criamos nosotros (ovejas y humanos), mientras que Jason fue hallado en una fábrica de ladrillos, abandonado, pero con claros signos de haber vivido en compañía humana.
Llevo más de una década trabajando en el campo de los estudios animales, y he convivido estrechamente con ovejas más o menos durante el mismo espacio de tiempo. Las pruebas son claras: los demás animales son comparables a los humanos en todo lo que importa de verdad; tienen la capacidad de experimentar dolor y alegría, aman, se afligen, juegan, se atienen a las normas sociales, se ayudan mutuamente, engañan, reflexionan, albergan creencias, evalúan las cosas, necesitan libertad para tomar decisiones sobre sus vidas y las de sus hijos, resuelven problemas, los crean, son capaces de idear soluciones ingeniosas, pueden también caer en la desesperación...
Los nexos entre las estructuras y los procesos mentales y físicos de los animales humanos y no humanos nos permiten predecir con alta probabilidad lo que puede estar sintiendo un animal en una situación particular. Por ejemplo, si una oveja pierde a su hijo o a su mejor amigo, su cerebro pondrá en marcha procesos que la conducirán a experimentar tristeza y duelo, igual que hacen los cerebros humanos. En términos de calidad e intensidad experiencial, el duelo de una oveja es totalmente comparable al duelo de los humanos.
En cambio, los detalles relativos a sus pensamientos son mucho más elusivos. Es más fácil predecir lo que sienten que lo que piensan. Pero, si convivimos con otros animales y llegamos a conocerlos bien, aún nos es posible hacer conjeturas razonables sobre lo que puedan estar pensando, incluso en ausencia de un lenguaje verbal común. Y lo mismo les ocurre a ellos: también ellos aprenden a adivinar nuestros pensamientos y nuestras intenciones. Aun con todo, son muchas las preguntas sin respuesta y mucha la información importante que queda sin ser comunicada.
Y no será por falta de empeño por mi parte. Hablo con ellos a todas horas, y probablemente ellos conmigo también.
—¿Por qué has dejado que se acercara ese perro? ¿Es que no has olido lo asustados que estábamos?
—Sé que los perros os ponen nerviosos, pero estaba perdido y teníamos que ayudarlo.
Son tantas las cosas que me gustaría preguntarles a mis ovejas y tantas las que me gustaría contarles. Aunque también hay veces en que me alegro de no poder hacerlo.
*
Una nota acerca del pronombre posesivo del título: son muchos los casos en que conviene evitar el uso de los pronombres posesivos en tanto que reflejos de una actitud cosificadora. Sin embargo, aquí el «mis» está empleado con sentido afectivo y en manifestación de intimidad: ellas son mis ovejas tanto como yo soy su humana (o como sea que me denominen), sin connotación alguna de posesión.
Hace tres años, tal día como este, Charlie falleció.
Octubre es un gran mes para nosotros, ¿verdad? Siempre pasa algo importante en octubre. Era octubre cuando, hace diez años, en 2012, nos mudamos a este lugar.
Vosotros, Henry y Jonathan, os unisteis a nosotros unas semanas más tarde. Un amigo nos dio cuenta de un aviso ajeno a la organización: alguien estaba tratando de realojar a dos ovejas. ¿Ovejas? ¿Por qué no? Nos subimos a Vinnie (nuestra vieja furgoneta, bautizada así en homenaje a Van Gogh y comprada hacía poco para poder mudarnos a nuestro ritmo) y bajamos las montañas para recogerlas. Al año siguiente, también en octubre, te uniste tú, Pumpkin, y un año más tarde, a principios de enero, Jason.
No sabíamos nada de ovejas cuando conocimos a Henry y a Jonny. Estoy segura de que podríais dar fe de ello, ¿verdad, chicos? Ni siquiera éramos capaces de distinguiros. Es difícil de creer, ¡dado lo distintas que son vuestras cabezas y vuestros cuerpos! Pero supongo que se precisa cierta exposición para empezar a notarlo, o, mejor dicho, para aprender lo que se ha de buscar.
Charlie iba sentado en el asiento de en medio, entre D y yo, mientras vosotros ibais en la parte trasera de Vinnie. Cuando llegamos a casa, Charlie y Henry ya se habían hecho amigos, y siguieron muy unidos hasta el final.
Esta mañana he estado viendo vídeos vuestros jugando juntos. Me sorprende lo fluida que era la comunicación interespecie entre vosotros. Entendíais claramente las intenciones del otro, os leíais entre líneas, por así decirlo, descodificando gestos simbólicos de un modo supuestamente imposible entre los animales no humanos; cuántas tonterías decimos los humanos, ¿verdad?
Henry y Jonathan, en 2012.
A veces, vuestra forma de jugar era tan brusca que daba miedo: juntabais vuestras cabezas, con Charlie gruñéndote, con una mirada feroz, y tú amenazándolo con borrarlo de la faz de la tierra. Pero confiabais plenamente el uno en el otro, y lo siguiente que recuerdo es a él lamiéndote con cariño y tú devolviéndole los lametazos al más puro estilo perruno.
Durante sus dos últimos meses de vida, la salud de Charlie se vio deteriorada con rapidez, y ahí estuvisteis vosotros, a su lado. Me preguntaba cómo lo veíais, cómo lo sentíais, qué entendíais, cómo lo entendíais. Lo que sí sé es que sabíais que su estado era grave, y que os importaba.
Sé que a Henry le importaba. En los últimos días, Charlie estaba muy débil y apenas podía caminar, así que eras tú quien lo trasladaba, ¿recuerdas? Hubo un día en que Charlie se sintió un poco mejor; lo notaste y corriste hacia él. ¡Parecías tan feliz de tener a tu amigo de vuelta! Le saludaste con una suave cornada, tal y como solías hacer cuando jugabais, pero esta vez fue demasiado para el pobre y debilitado Charlie, que se cayó. Creo que siempre recordaré la profunda tristeza y decepción que vi reflejadas en tu rostro:
—Mi amigo SE VA.
Dicen que a los perros les gusta salir a la calle cuando sienten que están a punto de morir, pero no fue ese el caso de Charlie. Insistía en salir para hacer pis, pero luego regresaba a casa. Estaba acostado en la cama de D, a su lado, mientras yo os preparaba vuestra cena de heno. La muerte empezó a llamar a su puerta:
—Vamos, Charlie, es hora de que vengas conmigo.
—No, dame unos minutos más, ya viene.
—Charlie, tenemos que irnos.
—Un momento, por favor. Vamos, T, date prisa, Me tengo que ir.
Llegué a tiempo. Falleció un par de minutos después. Aunque al final todos morimos solos, parece que nos gusta tener una presencia querida a nuestro lado, ya sea un perro, un humano, una oveja o, posiblemente, cualquier otro tipo de ser.
Hoy hace tres años que lo enterramos, envuelto en vuestra propia lana. Era la primera vez que enterraba a alguien a quien quería de verdad. No me pareció bien meterlo sin más en el agujero que habíamos cavado bajo el limonero. «¿No pasará frío?». No, claro, estaba muerto, pero sentí la necesidad de dejarlo cómodo de todos modos. Antes de eso, cogí sus huellas y un poco de su pelo para pintar un pequeño «cuadro de Charlie», que ahora cuelga de la pared que se alza sobre su viejo cuenco de comida.
Fue un día muy duro, y en todos los sentidos, incluida vuestra reacción frente a su cadáver.
Quería que supierais que estaba muerto. Opino que la gente (todo tipo de gente: gente humana, gente oveja, etc.) tiene derecho a saber lo que les ha pasado a sus amigos. Las desapariciones sin más me parecen una crueldad. Me imagino a mí misma viviendo en un lugar controlado por criaturas que no entienden mi idioma, tal y como los humanos son incapaces de entender el idioma del resto de los animales. Como consecuencia, esas criaturas podrían pensar que soy estúpida, tal y como los humanos suelen pensar del resto de los animales. Creerían que soy incapaz de captar ciertos conceptos, como la muerte, así que ni siquiera se molestarían en ayudarme a entender lo que les ha pasado a mis familiares y amigos, limitándose a hacerlos desaparecer. Eso no me gustaría nada, y no creo que a los demás animales os guste tampoco. Implica añadir un factor de incertidumbre con el que ningún animal puede sentirse cómodo en absoluto.
El cuadro con las huellas de Charlie.
Por eso os traje el cuerpo de Charlie. Quería que lo supierais. Lo tenía en mis brazos, os acercasteis, lo mirasteis de cerca, lo olisqueasteis y pegasteis un brinco. Todos, uno tras otro, hicisteis exactamente lo mismo. Sé que fue una reacción a su cadáver, pues no era la primera vez que me veíais con él en brazos. Vosotros, Henry y Jonathan, veníais a menudo a saludarlo a mi regazo, y nunca antes reaccionasteis de esa manera. Olíais la muerte. La olisteis.
A menudo me pregunto cuánto sabéis. Los humanos tendemos a considerarnos el «animal sabio», en parte por nuestras presuntamente asombrosas habilidades comunicativas, pero hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que han sido soñadas por el ser humano. Una enorme riqueza de sentidos y agentes dialogantes.
¿Recordáis aquella lluviosa mañana en que resbalé cargada con vuestro grano? He escrito sobre tan memorable caída en un par de ocasiones2. El pienso se esparció por todas partes. Os reunisteis a mi alrededor y, haciendo caso omiso de la comida, empezasteis a olisquearme. «¿Cómo estás? ¿Cómo está?», debisteis preguntaros, mientras yo permanecía en el suelo, inmóvil, esperando a que se me pasara el dolor agudo de la pierna, y preguntándome: «¿Cómo estoy? ¿Qué estáis oliendo? ¿Qué sabéis? ¿Qué es lo que sabéis? ¿Y qué sabéis que yo no sepa?
Algunas de las preguntas más intrigantes suelen surgirme cuando estoy (de forma accidental o voluntaria) tirada en el suelo. El mundo se ve y se siente diferente a ese nivel. Uno puede sentir la tentación de quedarse allí, atenazado por el peso de la evidencia, pero también puede decidir no hacerlo, levantarse, salir al jardín (o dar un paseo por el bosque, o bajar a la calle, en una ciudad grande, o en un pueblo pequeño, o darse un chapuzón en el océano, o cavar más hondo en la tierra) y, como un pequeño doctor Dolittle, descubrir que el mundo ya no es lo que era; que está vivo y que habla...; todo él: esa babosa que se arrastra por el suelo dejando un rastro que contiene significativa información para todo aquel que sepa leer la lengua de las babosas, y ese pájaro que pía y que también dice mucho más que «pío, pío», y la hierba, que canta sus propias melodías, y las nubes, y los guijarros, y el viento, y todo lo demás... Todos, todos nosotros, con nuestras propias voces y nuestros mensajes, significativos para nosotros y para todos aquellos que sepan leerlos.
—¡Algo pasa! ¿Qué es ese olor?
—¿Humo? Pero es muy sutil. Tal vez un incendio lejano.
—Fijaos en todas esas aves asustadas revoloteando. ¿Refugiadas?
—¿Creéis que ella sabe que algo no va bien? ¿Será por eso por lo que está cargando la camioneta de heno?
—No estará pensando largarse y abandonarnos, ¿verdad?
—¡Nunca haría tal cosa! Apuesto a que la furgoneta es para nosotros.
—¡Sí, nos meteremos todos en Vinnie y nos alejaremos en nuestra Barcarolle!
—Barca... ¿qué?
—Barcarola. Offenbach. Una hermosa composición. ¡Todos estaremos a salvo en Vinnie, navegando en nuestra góndola de tierra hacia exuberantes pastos!
—Bailando un vals sobre el río Blue Murray.
—¡Ja, ja! Más bien sobre el río Cox.
—No me convence lo de la góndola, ¡pero lo de los pastos suena fenomenal!
¿Sabíais lo de los incendios antes de que llegara el humo? ¿Sabíais lo cerca que estaban y lo grandes que eran? ¿Y cuántos animales perdieron sus hogares y sus vidas?
Casualmente, los incendios empezaron el día que Charlie falleció. Crecieron muy deprisa y no pararon de crecer. Cuando por fin se extinguieron, al cabo de tres meses, se habían llevado consigo a 3000 millones de animales no humanos nativos, así como a muchos otros que, o bien no cuentan porque se consideran plaga, o bien se cuentan en dólares y no en individuos porque se consideran ganado, lo que incluye a las ovejas.
«Ojalá hablásemos el mismo idioma», suelo pensar a menudo. Pero en momentos como ese me alegro de que no lo hagamos, pues podría llegar a relataros cosas que probablemente no sepáis y que espero nunca lleguéis a descubrir.
Aquellos fueron incendios sin precedentes en cuanto a tamaño e intensidad. La extensión de nuestro parque nacional supera el millón de hectáreas, y el 79% de él quedó total o parcialmente calcinado. Nosotros nos encontrábamos justo en medio de dos megaincendios. El del sur ardía a cuatro kilómetros de nosotros, y el del norte a escasos dos. Durante cerca de dos meses vivimos prestos para la evacuación. Vinnie estaba cargada con lo esencial para las ovejas, el turismo con lo esencial para los humanos, y nuestros planes de escapada no pararon de cambiar a medida que el fuego se iba desplazando y arrasando nuevos territorios.
Lo extraño fue que, durante varias semanas, y a pesar de la cercanía de los incendios, prácticamente no llegamos a sufrir nada de humo. Sídney en cambio estuvo envuelta en una espesa nube durante todo aquel tiempo, pero la dirección del viento hizo que todo se quedara concentrado allá. No dejé de preguntarme si tuvisteis consciencia de los incendios durante aquellas semanas. ¿Los olíais? ¿La presencia inusual de cacatúas os hizo percataros de que algo iba mal? ¿Hubo quizá otros signos que a mí se me escaparon y a vosotros no? «Dotados con extensiones de los sentidos que [los humanos] hemos perdido o nunca tuvimos, siguiendo voces que jamás oiremos». ¿No es hermosa esta cita? La escribió Henry Beston en la soledad de su casita de la playa.
