Cauces de maldad [AdN] - Michael Connelly - E-Book

Cauces de maldad [AdN] E-Book

Michael Connelly

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Un misterio tenso y prometedor protagonizado por Harry Bosch La agente del FBI Rachel Walling recibe por fin la llamada que ha temido durante años: el Poeta ha vuelto. Hace tiempo, le siguió la pista a este asesino en serie que entretejía versos en sus horribles crímenes. Rachel nunca lo ha olvidado, y al parecer él a ella tampoco. Harry Bosch, el antiguo detective de la policía de Los Ángeles, también recibe una llamada. Se trata de una vieja amiga cuyo marido ha fallecido. La muerte parecía natural, pero los vínculos de ese hombre con la caza del Poeta hacen que Harry ahonde en las causas. Cauces de maldad sitúa a Harry Bosch en alianza con Rachel Walling, en desacuerdo con el FBI y en el camino del asesino más despiadado e ingenioso de la historia de Los Ángeles. Al mismo tiempo, debe adaptarse a su nueva vida como padre.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Michael Connelly

Cauces de maldad

Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno

En memoria de Mary McEvoy Connelly Lavelle,que mantuvo a seis de nosotros a salvo del rabión

Lo único que hicieron fue cambiar un monstruo por otro. En lugar de un dragón, ahora tienen una serpiente. Una serpiente gigante que duerme en el rabión y aguarda el momento oportuno para abrir sus fauces y devorar a alguien.

John Kinsey, padre de un niño muerto en el rabión,Los Angeles Times, 21 de julio de 1956

Posiblemente solo sepa una cosa en este mundo. Una cosa de la que estoy seguro. La verdad no te hace libre. No como lo he oído decir ni como lo he dicho yo en innumerables ocasiones, sentado en pequeñas salas de interrogatorios y calabozos, instando a hombres desastrados a confesarme sus pecados. Les mentí, los engañé. La verdad no te salva ni te devuelve la integridad. No te permite alzarte por encima de toda la carga de mentiras, de secretos y heridas en el corazón. Las verdades que he aprendido me sujetan como cadenas en una sala oscura, en un inframundo de fantasmas y víctimas que se deslizan en torno a mí como serpientes. Es un lugar donde la verdad no es algo que mirar o contemplar. Es el lugar donde acecha el mal. Donde te echa su aliento, cada aliento, en la boca y en la nariz hasta que ya no puedes escapar de él. Eso es lo que yo sé. La única cosa.

Lo sabía el día que acepté el caso que me llevaría al rabión. Sabía que la misión de mi vida siempre me conduce a lugares donde aguarda el mal, a los lugares donde la verdad que puedo encontrar es una realidad horrible y espantosa. Y aun así no dudo. Y aun así voy, sin estar preparado para el momento en que el mal saldrá de su guarida, cuando me atrapará como una fiera y me arrastrará al agua negra.

1

Estaba en la oscuridad, flotando en un mar negro, bajo un cielo sin estrellas. No podía oír ni ver nada. Era un momento de tinieblas, hasta que Rachel Walling abrió los ojos y se despertó.

Miró al techo. Escuchó el viento y oyó las ramas de las azaleas que rascaban la ventana. Se preguntó si había sido el arañazo en el vidrio o algún otro sonido del interior de la casa lo que la había despertado. Sonó su móvil. No estaba sobresaltada. Extendió el brazo con calma hacia la mesita de noche. Se llevó el teléfono al oído y respondió con voz completamente alerta, sin el menor atisbo de sueño.

–Agente Walling –se identificó.

–¿Rachel? Soy Cherie Dei.

Rachel supo al instante que la llamada no tenía nada que ver con las reservas indias. Cherie Dei significaba Quantico. Habían pasado cuatro años desde la última vez. Rachel había estado esperando.

–¿Dónde estás, Rachel?

–Estoy en casa. ¿Dónde esperabas encontrarme?

–Sé que ahora cubres mucho territorio. Pensé que tal vez…

–Estoy en Rapid City, Cherie. ¿Qué pasa?

Cherie Dei contestó después de un largo silencio.

–Ha aparecido de nuevo. Ha vuelto.

Rachel sintió que un puño invisible la golpeaba en el pecho y mantenía la presión. Su mente evocó recuerdos e imágenes. Malos. Cerró los ojos. Cherie Dei no tenía que decir a quién se refería. Rachel sabía que hablaba de Backus. El Poeta había resurgido. Nadie dudaba de que iba a hacerlo. Como una infección virulenta que se extiende por el organismo, oculta del exterior durante años para después romper la piel y recordar su fealdad.

–Dime.

–Hace tres días recibimos algo en Quantico. Un paquete por correo. Contenía…

–¿Tres días? Habéis esperado tres…

–No hemos esperado nada. Nos hemos tomado nuestro tiempo. Iba dirigido a ti. A Ciencias del Comportamiento. La sección de correo nos lo bajó y lo abrimos después de pasarlo por el escáner. Cuidadosamente.

–¿Qué había?

–Un lector GPS.

Un lector del sistema de posicionamiento global. Coordenadas de longitud y latitud. Rachel se había encontrado con uno en un caso, el año anterior. Un secuestro en las Badlands donde la campista desaparecida había marcado su ruta con un GPS de mano. Lo hallaron en su mochila y rastrearon sus pasos hasta un campamento donde se había encontrado con un hombre que la había seguido. Llegaron demasiado tarde para salvarla, pero no habrían llegado nunca de no haber sido por el GPS.

–¿Qué había en el GPS?

Rachel se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Se llevó la mano libre al estómago y la cerró como una flor marchita. Esperó y Cherie Dei no tardó en continuar. Rachel la recordó cuando aún estaba muy verde, cuando era una observadora aprendiza en el equipo, asignada a ella en virtud del programa de formación del FBI. Diez años y los casos, todos los casos, habían grabado profundos surcos en su voz. Cherie Dei ya no estaba verde y no necesitaba de ningún mentor.

–Había un waypoint. El Mojave. Justo del lado de California en la frontera con Nevada. Salimos ayer y llegamos al marcador. Hemos utilizado imágenes térmicas y sondas de gas. Ayer a última hora encontramos el primer cadáver, Rachel.

–¿Quién es?

–Todavía no lo sabemos. Llevaba mucho tiempo. Estamos empezando. El trabajo de excavación es lento.

–Has dicho el primer cadáver. ¿Cuántos más hay?

–La última vez que me fui de la escena llevaban cuatro. Creemos que habrá más.

–¿Causa de la muerte?

–Aún es pronto para decirlo.

Rachel se quedó pensando en silencio. Los primeros interrogantes que se le plantearon fueron por qué allí y por qué en ese momento.

–Rachel, no te llamo solo para contártelo. La cuestión es que el Poeta vuelve a estar en activo y te queremos aquí.

Rachel asintió. Por descontado que iría.

–¿Cherie?

–¿Qué?

–¿Por qué creéis que fue él quien envió el paquete?

–No lo creemos. Lo sabemos. Obtuvimos una coincidencia hace un rato en una huella del GPS. Cambió las pilas y sacamos un pulgar de una de ellas. Robert Backus. Es él. Ha vuelto.

Rachel abrió lentamente el puño y se examinó la mano. Estaba tan inmóvil como la de una estatua. El pánico que había sentido solo un momento antes estaba mutando. Podía admitírselo a ella misma, pero a nadie más. Sentía la adrenalina circulando de nuevo en su sangre, tiñéndola de un rojo más oscuro. Casi negro. Había estado esperando esta llamada. Dormía todas las noches con el móvil cerca del oído. Sí, las llamadas formaban parte del trabajo. Pero esta era la única que verdaderamente había estado esperando.

–Puedes poner nombre a los waypoints –dijo Dei en el silencio–. En el GPS. Hasta doce caracteres y espacios. A este sitio lo ha llamado «Hola, Rachel». Supongo que todavía prepara algo para ti. Es como si te estuviera llamando, tiene alguna clase de plan.

La memoria de Rachel desenterró la imagen de un hombre cayendo hacia atrás a través de un vidrio y desapareciendo en el oscuro vacío que se abría debajo.

–Voy en camino –dijo.

–Lo estamos trabajando desde la oficina regional de Las Vegas. Será más fácil mantenerlo oculto desde allí. Ten cuidado, Rachel. No sabemos qué tiene en mente, pero ten cuidado.

–Lo tendré. Siempre lo tengo.

–Llámame para darme los datos y pasaré a recogerte.

–Lo haré.

Rachel pulsó el botón de desconexión de la llamada. Se estiró hacia la mesilla de noche y encendió la luz. Durante un momento recordó el sueño: la calma del agua negra y el cielo, como dos espejos enfrentados. Y ella en medio, simplemente flotando.

2

Graciela McCaleb me estaba esperando junto a su coche en mi casa de Los Ángeles cuando llegué. Se había presentado a tiempo a nuestra cita, pero yo no. Aparqué rápidamente en la cochera y salí del Mercedes para saludarla. No parecía disgustada conmigo. Pareció tomárselo con calma.

–Graciela, siento mucho llegar tarde. Me retrasé en la 10 con todo el tráfico de la mañana.

–No se preocupe. Casi lo estaba disfrutando. Hay mucha tranquilidad por la mañana.

Abrí la puerta con mi llave, pero cuando la empujé se atascó con el correo acumulado en el suelo, en la parte de dentro. Tuve que agacharme y meter la mano por detrás para apartar los sobres y abrir.

Me levanté y, al volverme hacia Graciela, extendí el brazo hacia la casa. Ella pasó a mi lado y entró. Yo no sonreí, dadas las circunstancias. No la había vuelto a ver desde el funeral. En esta ocasión apenas parecía un poco mejor, el dolor de la pérdida todavía se aferraba a sus ojos y a las comisuras de la boca.

Cuando pasó junto a mí en la estrecha entrada del vestíbulo, olí una fragancia a naranja dulce que recordaba del funeral, del momento en que le había sujetado una mano entre las mías, le había dicho cuánto lo lamentaba y le había ofrecido mi ayuda si de algún modo la necesitaba. En aquella ocasión ella vestía de negro. Esta vez llevaba un vestido suelto con estampado de flores que combinaba mejor con el perfume. Le señalé la sala de estar y la invité a sentarse en el sofá. Le pregunté si quería tomar algo, aunque sabía que no tenía nada en la casa con lo que responder, salvo probablemente un par de botellas de cerveza y agua del grifo.

–No, gracias, señor Bosch.

–Por favor, llámeme Harry. Nadie me llama señor Bosch.

Esta vez traté de sonreír, pero no dio resultado. En realidad, no sé por qué esperaba que lo diera. Había pasado mucho en la vida. Recordé la película. Y ahora esta última tragedia. Me senté en la silla de enfrente del sofá y esperé. Ella se aclaró la garganta antes de hablar.

–Supongo que se preguntará por qué necesitaba hablar con usted. No fui muy comunicativa por teléfono.

–No importa –dije–, pero sentí curiosidad. ¿Hay algún problema? ¿Qué puedo hacer por usted?

Asintió con la cabeza y se miró las manos, que sostenían un bolsito bordado con cuentas negras. Parecía algo comprado para el funeral.

–Algo va muy mal y no sé a quién recurrir. Conozco lo suficiente por Terry, me refiero a su forma de trabajar, para saber que no puedo acudir a la policía. Todavía no. Además, ya vendrán ellos a verme. Pronto, supongo. Pero hasta entonces necesito alguien en quien pueda confiar, que me ayude. Puedo pagarle.

Me incliné hacia delante, puse los codos en las rodillas y junté las manos. Solo la había visto una vez, en el funeral. Su marido y yo habíamos estado próximos en una ocasión, pero no en los últimos años, y ya era demasiado tarde. No sabía de dónde provenía la confianza de la que hablaba.

–¿Qué le contó Terry para que confíe en mí? Para que me haya elegido. Usted y yo ni siquiera nos conocemos, Graciela.

Asintió con la cabeza como si se tratara de una buena pregunta y una apreciación justa.

–En un momento de nuestro matrimonio, Terry me contó todo de todo. Me habló del último caso que investigaron juntos. Me dijo lo que ocurrió y cómo se salvaron la vida el uno al otro. En el barco. Eso me hace pensar que puedo confiar en usted.

Asentí.

–En una ocasión me contó algo que recordaré siempre –agregó–. Me dijo que había cosas de usted que no le gustaban y con las que no estaba de acuerdo. Creo que se refería a su forma de actuar. Pero añadió que si de entre todos los policías y agentes que había conocido y con los que había trabajado tenía que elegir a alguien para investigar un asesinato, lo elegiría a usted. Con los ojos cerrados. Dijo que lo elegiría porque nunca se rinde.

Sentí una tirantez en torno a los ojos. Era casi como si pudiera oírselo decir a Terry McCaleb. Le hice una pregunta, a pesar de que ya conocía la respuesta.

–¿Qué quiere que haga?

–Quiero que investigue su muerte.

3

Por más que ya sabía lo que me iba a pedir, las palabras de Graciela McCaleb me intrigaron. Terry McCaleb había muerto en su barco un mes antes. Había leído la noticia en Las Vegas Sun. Se publicó en los periódicos por la película: un agente del FBI recibe un trasplante de corazón y después descubre al asesino de su donante. Era una historia para Hollywood y Clint Eastwood fue el protagonista, aunque era un par de décadas mayor que Terry.

La película cosechó a lo sumo un éxito modesto, pero aun así dio a Terry la clase de notoriedad que garantizaba un obituario en los periódicos de todo el país. Yo acababa de volver a mi apartamento cerca del Strip una mañana y cogí el Sun. La muerte de Terry era un breve en la parte de atrás de la sección A.

Me sacudió un profundo temblor al leerlo. Me sorprendió, pero tampoco tanto. Terry siempre me había parecido un hombre que disfrutaba de un tiempo prestado. No había nada sospechoso en lo que leí entonces ni en lo que oí después cuando asistí al funeral en la isla de Catalina. Había sido su corazón –su nuevo corazón– el que había fallado. Le había dado seis buenos años, más que el promedio nacional para un paciente trasplantado de corazón, pero finalmente había sucumbido a los mismos factores que habían destruido el original.

–No lo entiendo –le dije a Graciela–. Estaba en el barco, en una excursión de pesca, y se derrumbó. Dijeron que… fue el corazón…

–Sí, fue el corazón –dijo ella–, pero han surgido novedades. Quiero que lo investigue. Sé que está retirado de la policía, pero Terry y yo vimos en las noticias lo que pasó aquí el año pasado.

Graciela paseó la mirada por la sala e hizo un gesto con las manos. Se refería a lo que había ocurrido en mi casa un año antes, cuando mi primera investigación tras mi retiro había terminado en un baño de sangre.

–Sé que todavía está investigando cosas –dijo–. Terry era igual. No podía dejarlo. Algunos son así. Cuando vimos en las noticias lo que pasó aquí, fue cuando Terry dijo que le escogería si tuviera que elegir a alguien. Creo que lo que me estaba diciendo era que, si alguna vez le ocurría algo a él, debería acudir a usted.

Asentí y miré al suelo.

–Dígame cuáles son esas novedades que han surgido y le diré lo que puedo hacer.

–¿Tenía un vínculo con él?

Asentí de nuevo.

–Cuénteme.

Se aclaró la garganta, se acercó hasta el borde del sofá y empezó a explicarse.

–Soy enfermera. No sé si vio la película, pero me convirtieron en camarera en el cine. Eso no está bien. Soy enfermera. Sé de medicina y conozco el funcionamiento de los hospitales.

No dije nada para detenerla.

–La oficina del forense hizo una autopsia a Terry. No había signos de nada inusual, pero decidieron proceder con la autopsia a petición del doctor Hansen, el cardiólogo de Terry, porque él quería ver si podía descubrir qué había fallado.

–Entiendo –dije–. ¿Qué encontraron?

–Nada. Me refiero a que no encontraron nada criminal. El corazón simplemente dejó de latir… y él murió. Ocurre. La autopsia reveló que los músculos de las paredes del corazón estaban estrechándose. Cardiomiopatía. El organismo de Terry rechazaba el corazón. Tomaron las muestras de sangre de rutina y eso fue todo. Me entregaron el cuerpo. Terry no quería ser enterrado, siempre me dijo eso. Así que lo cremaron en Griffin y Reeves, y después del servicio fúnebre Buddy nos llevó a los niños y a mí en el barco e hicimos lo que Terry nos había pedido. Soltamos las cenizas en el océano. Fue muy privado. Fue bonito.

–¿Quién es Buddy?

–Ah, es el hombre con el que trabajaba Terry en el negocio de las excursiones. Su compañero.

–Sí. Recuerdo.

Asentí y traté de retrazar la historia en busca de la razón por la que Graciela McCaleb había acudido a verme.

–¿Qué encontraron en la muestra de sangre de la autopsia? –pregunté.

Negó con la cabeza.

–Se trata de lo que no encontraron.

–¿Qué?

–Recuerde que Terry tomaba una tonelada de fármacos. Cada día, pastilla tras pastilla, líquido tras líquido. Lo mantenían vivo, bueno…, hasta el final. Así que el análisis de sangre tenía como una página y media de largo.

–¿Se lo mandaron a usted?

–No, lo recibió el doctor Hansen. Me habló de él. Y me llamó porque había cosas que faltaban en el análisis que deberían haber estado presentes, pero que no estaban. CellCept y Prograf. No estaban en su sangre cuando murió.

–Y son importantes.

Asintió.

–Exactamente. Tomaba siete cápsulas de Prograf al día, y CellCept, dos veces. Eran sus medicamentos clave. Mantenían su corazón a salvo.

–¿Y sin ellos moriría?

–No sobreviviría más de tres o cuatro días. El fallo cardiaco congestivo sobrevendría rápidamente. Y eso es exactamente lo que ocurrió.

–¿Por qué dejó de tomarlas?

–No dejó de tomarlas y por eso le necesito. Alguien manipuló sus medicamentos y lo mató.

Filtré de nuevo toda la información que ella me había dado.

–En primer lugar, ¿cómo sabe que él se estaba tomando su medicina?

–Porque lo vi, y también lo vio Buddy, e incluso, en la salida de pesca, el hombre con el que estaban en su último crucero dijo que lo vio tomar sus medicinas. Yo se lo pregunté a ellos. Mire, ya le he dicho que soy enfermera. Si no se hubiera estado tomando sus medicinas, yo lo habría notado.

–De acuerdo, o sea que está diciendo que se estaba tomando sus píldoras, pero que en realidad no eran sus píldoras. Alguien las manipuló. ¿Qué le hace pensar eso?

Su lenguaje corporal indicaba frustración. Yo no estaba siguiendo el razonamiento que ella esperaba.

–Déjeme recapitular –dijo ella–. Una semana después del funeral, antes de que yo supiera nada de esto, empecé a tratar de que las cosas volvieran a la normalidad. Vacié el botiquín en el que Terry guardaba todas las medicinas. Verá, las medicinas son muy muy caras. No quería que se echaran a perder. Hay gente que apenas puede costeárselas; nosotros mismos apenas podíamos costeárnoslas. El seguro de Terry se había agotado y necesitábamos MediCal y Medicaid solo para pagar su medicación.

–¿Así que donó las medicinas?

–Sí, es una tradición con los trasplantes. Cuando alguien… –Bajó la mirada a sus manos.

–Entiendo –dije–. Lo devolvió todo.

–Sí, para ayudar a otros. Todo es muy caro. Y Terry tenía reservas para al menos nueve semanas. Valdría miles de dólares para quien pudiera necesitarlo.

–Entendido.

–Así que llevé los medicamentos al hospital. Me dieron las gracias y pensé que eso era todo. Tengo dos hijos, señor Bosch. Por duro que fuera, tenía que seguir adelante, por ellos.

Pensé en la hija. Nunca la había visto, pero Terry me había hablado de ella. Me había dicho su nombre. Me pregunté si Graciela conocía la historia.

–¿Le contó esto al doctor Hansen? –pregunté–. Si alguien los había manipulado, tenía que avisarles de que…

Negó con la cabeza.

–Hubo un protocolo de integridad. Todos los envases fueron examinados. Se comprobaron los sellos de los frascos, se verificaron las fechas de caducidad, se cotejaron muchos números, etcétera. No surgió nada. No se había manipulado nada. Al menos nada de lo que yo les di.

–¿Entonces qué?

Graciela se acercó aún más al borde del sofá. Ahora iría al grano.

–En el barco… No había donado los envases abiertos porque no iban a aceptarlos por protocolo hospitalario.

–Descubrió la manipulación.

–Quedaba una dosis diaria de Prograf, y CellCept para dos días más en los frascos. Los puse en una bolsa de plástico y los llevé a la clínica de Avalon. Yo trabajaba allí. Me inventé una historia. Les dije que una amiga mía encontró las cápsulas en el bolsillo de su hijo al hacer la colada. Quería saber qué se estaba tomando. Hicieron pruebas y todas las cápsulas eran placebos. Estaban llenas de un polvo blanco. Cartílago de tiburón en polvo, concretamente. Lo venden en tiendas especializadas y en internet. Se supone que es algún tipo de tratamiento homeopático contra el cáncer. Es fácilmente digerible y suave. Contenidas en una cápsula, tendrían el mismo gusto para Terry. No habría notado ninguna diferencia.

Graciela sacó del bolsito un sobre doblado y me lo tendió. Contenía dos cápsulas: ambas blancas, con pequeñas letras impresas en rosa en los lados.

–¿Son del frasco?

–Sí, me guardé dos y llevé cuatro a mi amiga de la clínica.

Usé el sobre para recoger el contenido y abrí una de las cápsulas. Esta se separó fácilmente sin causar daño en las dos piezas del envase. El polvo blanco que habían contenido se vertió en el sobre.

Comprendí que no habría sido un proceso difícil vaciar el contenido original de las cápsulas y sustituirlo por un polvo inútil.

–Lo que me está diciendo, Graciela, es que en su última excursión Terry se estuvo tomando las pastillas que creía que lo mantenían vivo, pero estas no estaban haciéndole ningún efecto. En cierto modo, lo estaban matando.

–Exactamente.

–¿De dónde salieron estas cápsulas?

–Los frascos eran de la farmacia del hospital, pero podrían haberlos manipulado en cualquier parte.

Se detuvo y me dio tiempo para asimilar la información.

–¿Qué va a hacer el doctor Hansen? –pregunté.

–Dijo que no tenía alternativa. Si la manipulación se había producido en el hospital, entonces él tenía que saberlo. Podría haber otros pacientes en riesgo.

–Eso no es probable. Ha dicho que se habían manipulado dos medicamentos; por tanto, lo más probable es que ocurriera fuera del hospital, después de que estuvieran en posesión de Terry.

–Lo sé. Él lo dijo. Me dijo que iba a derivarlo a las autoridades. Tiene que hacerlo. Pero no sé quiénes serán esas autoridades ni qué harán. El hospital está en Los Ángeles y Terry murió en su barco a unas veinticinco millas de la costa de San Diego. No sé quién…

–Probablemente irá a la Guardia Costera en primer lugar y después lo cederán al FBI. Al final. Pero pasarán varios días. Podría moverlo si llamara ahora mismo al FBI. No entiendo por qué está hablando conmigo en lugar de con ellos.

–No puedo, al menos todavía.

–¿Por qué no? Por supuesto que puede. No debería acudir a mí. Vaya al FBI con esto. Dígaselo a la gente que trabajaba con él. Se ocuparán de inmediato, Graciela. Sé que lo harán.

Se levantó, se acercó a la puerta corredera y miró al otro lado del desfiladero. Era uno de esos días en que la capa de contaminación parecía que podía incendiarse de tan espesa.

–Usted era detective. Piénselo. Alguien mató a Terry. No pudo haber sido una manipulación casual, no con dos medicamentos diferentes de dos envases diferentes. Fue intencionado. Así que la siguiente pregunta es quién tiene acceso a los medicamentos, quién tiene un motivo. Van a fijarse primero en mí y puede que no miren más allá. Tengo dos hijos. No puedo arriesgarme a eso. –Se volvió y me miró–. Y yo no lo hice.

–¿Qué motivo?

–Dinero, para empezar. Hay una póliza de seguro de vida de cuando él estuvo en el FBI.

–¿Para empezar? ¿Significa eso que hay otra cosa?

Graciela miró al suelo.

–Yo amaba a mi marido, pero estábamos pasando por dificultades. Las últimas semanas él estuvo durmiendo en el barco. Probablemente por eso aceptó esa salida de pesca larga. La mayoría de las veces eran excursiones de un día.

–¿Cuál era el problema, Graciela? Si voy a meterme en esto, tengo que saberlo.

Se encogió de hombros como si no supiera la respuesta, pero finalmente respondió.

–Vivíamos en una isla, y a mí ya no me gustaba. No creo que fuera un gran secreto que yo quería que nos trasladáramos al continente. El problema era que su trabajo en el FBI le había hecho temer por nuestros hijos. Tenía miedo. Quería proteger del mundo a los niños. Yo no. Yo quería que vieran el mundo y estuvieran preparados para él.

–¿Y eso era todo?

–Había otras cosas. A mí no me gustaba que él siguiera investigando casos.

Me levanté y me puse a su lado, junto a la puerta. La abrí para que saliera parte del aire viciado. Me di cuenta de que debería haberla abierto en cuanto entramos. El lugar olía a agrio. Llevaba fuera dos semanas.

–¿Qué casos?

–Él era como usted. Estaba atormentado por los que se habían librado. Tenía archivos, cajas de archivos, abajo en el barco.

Yo había estado en el barco mucho tiempo atrás. McCaleb había convertido un camarote de proa en un despacho. Recordaba haber visto las cajas con los archivos en la litera superior.

–Durante mucho tiempo trató de ocultármelo, pero se convirtió en algo obvio y olvidamos el pretexto. En los últimos meses viajaba mucho al continente, cuando no tenía excursiones de pesca. Discutimos sobre eso, y él simplemente dijo que era algo que no podía dejar.

–¿Era solo un caso o más de uno?

–No lo sé. Nunca me dijo exactamente en qué estaba trabajando y yo no se lo pregunté. No me importaba. Solo quería que parara. Quería que pasara tiempo con sus hijos. No con esa gente.

–¿Esa gente?

–La gente con la que estaba fascinado: los asesinos y sus víctimas. Sus familias. Estaba obsesionado. A veces creo que eran más importantes para él que nosotros.

Graciela miró al otro lado del paso de Sepúlveda mientras decía esto. Al abrir la puerta había dejado que entrara el sonido del tráfico. La autovía sonaba como una distante ovación en algún tipo de estadio donde los partidos no terminaban nunca. Abrí la puerta del todo y salí a la terraza. Miré a los matorrales y pensé en la lucha a vida o muerte que se había desarrollado allí el año anterior.

Había sobrevivido para descubrir que, como Terry McCaleb, yo era padre. En los meses transcurridos desde entonces había aprendido a descubrir en los ojos de mi hija lo que Terry me había dicho en una ocasión que él había descubierto en los ojos de la suya. Yo supe buscarlo porque él me lo había dicho. Estaba en deuda con él por eso.

Graciela salió detrás de mí.

–¿Hará esto por mí? Creo lo que mi marido dijo de usted. Creo que puede ayudarme y ayudarlo a él.

Y tal vez ayudarme a mí mismo, pensé, pero no lo dije. En lugar de eso, bajé la mirada a la autovía y vi que el sol se reflejaba en los parabrisas de los coches que avanzaban por el paso de Sepúlveda. Era como un millar de ojos brillantes y plateados observándome.

–Sí –dije–. Lo haré.

4

Mi primera entrevista fue en los muelles del puerto deportivo de Cabrillo, en San Pedro. Siempre me había gustado ir allí, aunque rara vez lo hacía. No sé por qué. Es una de esas cosas de las que te olvidas hasta que vuelves a hacerla y entonces recuerdas que te gusta. La primera vez que estuve era un fugitivo de dieciséis años. Fui hasta los muelles de San Pedro y pasé los días haciéndome un tatuaje y observando los barcos atuneros que llegaban. Pasé las noches durmiendo en un remolcador que no estaba cerrado con llave, el Rosebud. Hasta que un capitán de puerto me pilló y me devolvió a la casa de acogida con las palabras Hold Fast tatuadas en los nudillos.

El puerto de Cabrillo estaba más nuevo que en mi recuerdo. Aquellos no eran los muelles de pesca donde yo había ido a parar tantos años antes. Cabrillo Marina proporcionaba amarres para la flota de recreo. Los mástiles de un centenar de veleros asomaban, detrás de unas verjas cerradas, como un bosque después de un incendio devastador. Más atrás había filas de yates de motor de muchos millones de dólares.

Otros no. El barco de Buddy Lockridge no era un castillo flotante. Lockridge, de quien Graciela McCaleb me había dicho que era el compañero de su marido en el negocio de las excursiones de pesca y su amigo más cercano, vivía en un velero de diez metros de eslora que daba la impresión de que tenía en cubierta todo lo que podía contener uno de veinte. Era un basurero, no por culpa del barco en sí, sino por cómo lo cuidaban. Si Lockridge hubiera vivido en una casa, habría tenido coches amontonados en el patio y columnas de periódicos apilados en el interior.

Me había abierto la verja desde el barco y había salido del camarote con unos shorts, sandalias y una camiseta gastada y lavada tantas veces que la inscripción que lucía en el pecho resultaba ilegible. Graciela le había llamado para avisarlo. Lockridge sabía que quería hablar con él, pero no la razón exacta por la que deseaba hacerlo.

–Bueno –dijo al bajar del barco y pisar el muelle–, Graciela me contó que está investigando la muerte de Terry. ¿Es una cuestión del seguro?

–Podría decirse así.

–¿Es usted detective privado o algo así?

–Algo así, sí.

Me pidió la identificación y yo le mostré la cartera con la copia laminada de mi licencia que me habían enviado desde Sacramento. Levantó una ceja en un gesto de perplejidad ante mi nombre formal.

–Hieronymus Bosch. Como ese pintor loco, ¿eh?

Era raro que alguien reconociera mi nombre. Eso me decía algo de Buddy Lockridge.

–Algunos dicen que estaba loco. Otros que predijo el futuro con precisión.

La licencia pareció calmarlo y dijo que podíamos hablar en su barco o dar un paseo hasta la tienda de artículos náuticos para tomar un café. Me habría gustado echar un vistazo a su hogar y barco –era una estrategia básica de investigación–, pero no quería resultar demasiado obvio, así que le respondí que no me vendría mal un poco de cafeína.

La tienda de náutica estaba a cinco minutos del muelle paseando. Charlamos por el camino y yo sobre todo escuché la queja de Buddy acerca de su retrato en la película inspirada en el trasplante de corazón de McCaleb y en su búsqueda del asesino de su donante.

–Le pagaron, ¿no? –pregunté cuando hubo terminado.

–Sí, pero esa no es la cuestión.

–Sí lo es. Ponga el dinero en el banco y olvídese de lo demás. Es solo una película.

Había algunas mesas y bancos en el exterior de la tienda y nos tomamos allí el café. Lockridge comenzó a formular preguntas antes de que yo tuviera ocasión de empezar. Dejé que echara la caña. Lo consideraba una parte muy importante de mi investigación, puesto que conocía a Terry McCaleb y era uno de los dos testigos de su muerte.

Quería que se sintiera cómodo conmigo, así que le permití que preguntara.

–¿Cuál es su historial? –preguntó–. ¿Fue poli?

–Casi treinta años. En el Departamento de Policía de Los Ángeles. La mitad del tiempo trabajé en homicidios.

–Homicidios, ¿eh? ¿Conocía a Terror?

–¿Qué?

–Me refiero a Terry. Yo lo llamaba Terror.

–¿Cómo es eso?

–No lo sé. Simplemente lo hacía. Les pongo mote a todos. Terry había sido testigo del terror en el mundo, así que lo llamaba Terror.

–¿Y yo? ¿Cuál va a ser mi mote?

–Usted… –Me miró como un escultor sopesando un bloque de granito–. Um…, Maleta Harry.

–¿Por qué?

–Porque lleva la ropa bastante arrugada, como si la guardara en una maleta.

Asentí.

–Muy bien.

–Así que conocía a Terry.

–Sí, lo conocía. Coincidimos en algunos casos cuando él estaba en el FBI. Y después en otro tras recibir su nuevo corazón.

Lockridge chascó los dedos y me señaló.

–Ahora lo recuerdo, usted era el poli. Usted es el que estuvo aquella noche en su barco cuando aparecieron dos matones para liquidarlo. Salvó a Terry y después él lo salvo a usted.

Dije que sí con la cabeza.

–Exacto. ¿Puedo hacerle unas preguntas, Buddy?

Él abrió las manos, dando a entender que estaba preparado y que no tenía nada que ocultar.

–Oh, claro, tío. No pretendía acaparar el micrófono, en serio.

Saqué mi libreta y la puse sobre la mesa.

–Gracias. Empecemos con la última salida en barco. Cuénteme.

–Bueno, ¿qué quiere saber?

–Todo.

Lockridge resopló.

–Es mucho pedir –dijo.

Sin embargo, empezó a contarme la historia. Lo que inicialmente me explicó coincidía con los escuetos relatos que había leído en los periódicos de Las Vegas y con lo que había oído cuando asistí al funeral de McCaleb. McCaleb y Lockridge habían salido en una excursión de pesca de cuatro días y tres noches, llevando a un solo hombre a las aguas de Baja California para pescar marlines. El cuarto día, cuando regresaban al puerto de Avalon, en la isla de Catalina, McCaleb se desplomó en el timón. Estaban a veintidós millas de la costa, a medio camino entre San Diego y Los Ángeles. Se emitió una llamada de auxilio por radio a la Guardia Costera y enviaron un helicóptero de rescate. McCaleb fue aerotransportado a un hospital de Long Beach, donde ingresó cadáver.

Cuando hubo terminado su relato, asentí como si todo coincidiera con lo que ya había oído.

–¿Lo vio derrumbarse?

–No, aunque lo noté.

–¿Qué quiere decir?

–Bueno, él estaba arriba, al timón. Yo estaba en cubierta con el cliente. Navegábamos hacia el norte, rumbo a casa. El cliente ya había tenido bastante pesca para entonces, o sea que ni siquiera teníamos las cañas en el agua. Terry iba al máximo, probablemente a veinticinco nudos. Así que Otto, el cliente, y yo estábamos en el puente de mando cuando de repente el barco hizo un giro de noventa grados hacia el oeste. A mar abierto, tío. Sabía que eso no estaba planeado, así que subí por la escalera y en cuanto asomé la cabeza vi a Terry doblado sobre el timón. Se había desplomado. Llegué hasta él y estaba vivo, pero completamente ido.

–¿Qué hizo?

–Fui socorrista. En Venice Beach. Todavía sé hacer una reanimación. Llamé a Otto para que se ocupara del timón y me puse a atender a Terry mientras él tomaba el control del barco y sacaba la radio para llamar a la Guardia Costera. No conseguí reanimar a Terry, pero no paré de echar aire en sus pulmones hasta que apareció el helicóptero. Tardaron mucho.

Tomé nota en mi libreta. No porque fuera importante, sino porque quería que Lockridge supiera que lo tomaba en serio y que lo que él considerara importante también era importante para mí.

–¿Cuánto tardaron?

–Veinte o veinticinco minutos. No estoy seguro de cuánto fue, pero parece una eternidad cuando estás tratando de que alguien siga respirando.

–Sí, toda la gente con la que he hablado dijo que hizo todo lo posible. Así que Terry nunca pronunció ni una palabra. Solo se desplomó sobre el timón.

–Exactamente.

–Entonces ¿qué fue lo último que le dijo?

Lockridge empezó a morderse la uña de uno de los pulgares mientras intentaba recordarlo.

–Buena pregunta. Supongo que fue cuando volvió a la barandilla que da al puente de mando y gritó que estaríamos en casa al anochecer.

–¿Y cuánto tiempo pasó entre que dijo eso y se desplomó?

–Una media hora, o un poco más.

–¿Y tenía buen aspecto?

–Sí, parecía el Terror de siempre. Nadie habría adivinado lo que iba a pasar.

–Por entonces llevaban cuatro días en el barco, ¿no?

–Eso es. Bastante apretados porque el cliente ocupó el camarote principal. Terry y yo dormíamos en el camarote de proa.

–¿Durante ese tiempo vio si Terry se tomaba sus medicinas todos los días, todas las pastillas que tenía que tomarse?

Lockridge asintió con énfasis.

–Ah, sí, no paraba de tomar pastillas. Cada mañana y cada noche. Hemos estado juntos en muchas excursiones de pesca. Era su ritual, era como un reloj. Nunca fallaba. Y en este viaje tampoco.

Tomé un par de apuntes más, solo para mantenerme en silencio e incitar a Lockridge a seguir hablando. Pero no lo hizo.

–¿Mencionó que tenían un gusto diferente o que se sentía diferente después de tomarlas?

–¿De eso se trata? ¿Están tratando de decir que Terry se tomó las pastillas equivocadas para no tener que pagar el seguro? De haberlo sabido, nunca habría aceptado hablar con usted.

Empezó a levantarse. Yo me estiré y lo agarré por el brazo.

–Siéntese, Buddy. No se trata de eso. Y yo no trabajo para la compañía de seguros.

Él se dejó caer pesadamente en el banco y se miró el brazo en el lugar donde lo había agarrado.

–Entonces, ¿de qué se trata?

–Ya sabe de qué se trata. Solo me estoy asegurando de que la muerte de Terry fue como se supone que fue.

–¿Se supone que fue?

Me di cuenta de que no había elegido bien mis palabras.

–Lo que estoy tratando de decir es que quiero asegurarme de que no lo ayudaron.

Lockridge me estudió durante varios segundos y asintió lentamente.

–¿Se refiere a que las pastillas estaban contaminadas o manipuladas?

–Quizá.

Lockridge cerró la mandíbula con fuerza y determinación. No me pareció que estuviera actuando.

–¿Necesita alguna ayuda?

–Podría necesitarla, sí. Mañana por la mañana voy a ir a Catalina. Voy a mirar en el barco. ¿Puede reunirse conmigo allí?

–Por supuesto.

Parecía entusiasmado y sabía que al final tendría que poner coto a eso, pero por el momento quería su cooperación plena.

–Bien. Ahora deje que le haga unas pocas preguntas más. Hábleme del cliente de la excursión. ¿Conocían al tal Otto de antes?

–Ah, sí, lo llevábamos un par de veces al año. Vive en la isla, y esa es la única razón por la que hicimos la excursión de varios días. Ese era el problema con el negocio, pero a Terror nunca le importó. Era feliz quedándose en aquel puertecito y esperando la mitad de los días.

–Pare un momento, Buddy. ¿De qué está hablando?

–Estoy hablando de que Terry mantenía el barco en la isla. Lo que conseguíamos allí era gente que estaba visitando Catalina y que quería salir unas horas a pescar. No captábamos las excursiones importantes. Es en los trabajos de tres, cuatro o cinco días en los que se saca buen dinero. Otto era la excepción porque vive allí y le gusta ir a pescar a México un par de veces al año y de paso echar una cana al aire.

Lockridge me estaba dando más información y vías de interrogatorio de las que podía manejar de una vez. Me quedé con McCaleb, pero sin duda iba a volver a Otto, el cliente de la excursión.

–¿Está diciendo que Terry se conformaba con un negocio de poca monta?

–Exactamente, yo no paraba de decirle: «Traslada el negocio al continente, pon unos anuncios y consigue trabajo de verdad». Pero él no quería.

–¿Alguna vez le preguntó por qué?

–Claro, él quería quedarse en la isla. No quería estar siempre separado de la familia. Y quería tener tiempo para trabajar en sus archivos.

–¿Se refiere a sus viejos casos?

–Sí, y también a algunos nuevos.

–¿Cuáles?

–No lo sé. Siempre estaba recortando artículos del periódico y guardándolos en carpetas, haciendo llamadas telefónicas, cosas así.

–¿En el barco?

–Sí, en el barco. Graciela no se lo habría permitido en la casa. Terry me contó que a ella no le gustaba que lo hiciera. A veces llegaba al punto de quedarse a dormir en el barco por la noche. Al final. Creo que era por los archivos. Se había obsesionado con algo y ella había terminado diciéndole que se quedara en el barco hasta que lo superara.

–¿Le contó eso?

–No tenía que hacerlo.

–¿Algún caso o archivo en el que recuerde que estuviera interesado últimamente?

–No, él ya no me incluía en eso. Yo le ayudé en el caso de su corazón y después más o menos me dio con la puerta en las narices.

–¿Eso le molestaba?

–De hecho, no. O sea, yo estaba dispuesto a ayudar. Pescar a tipos malos es más interesante que pescar atunes, pero sabía que ese era su mundo y no el mío.

Me sonó a respuesta ensayada, como si estuviera repitiendo una explicación que McCaleb le hubiera dado a él en alguna ocasión. Decidí dejarlo estar, aunque sabía que era una cuestión sobre la que regresaría.

–De acuerdo, volvamos a Otto. ¿Cuántas veces pescaron con él?

–Este era nuestro tercer…, no, nuestro cuarto viaje.

–¿Siempre a México?

–Más o menos.

–¿A qué se dedica para poder permitirse eso?

–Está jubilado. Cree que es Zane Grey y quiere ir a hacer pesca deportiva, coger un marlín negro y colgarlo en la pared del salón. Se lo puede permitir. Me dijo que era comercial, pero nunca le pregunté qué vendía.

–¿Jubilado? ¿Qué edad tiene?

–No lo sé, unos sesenta y cinco.

–¿Jubilado de dónde?

–Creo que de Long Beach.

–¿Qué quería decir hace un minuto con eso de que le gustaba ir a pescar y echar una cana al aire?

–Quería decir exactamente eso. Lo llevábamos a pescar y, cuando parábamos en Cabo, siempre tenía algo aparte.

–Así que cada noche en este último viaje llevaron el barco a puerto siempre en Cabo.

–Las dos primeras noches en Cabo, y la tercera noche llegamos a San Diego.

–¿Quién eligió esos sitios?

–Bueno, Otto quería ir a Cabo, y San Diego estaba a mitad de camino en el trayecto de vuelta. Siempre nos lo tomamos con calma a la vuelta.

–¿Qué pasó con Otto en Cabo?

–Ya se lo he dicho, tenía algo aparte allí. Las dos noches se puso guapo y se fue a la ciudad. Creo que iba a encontrarse con una señorita. Había hecho algunas llamadas desde el móvil.

–¿Está casado?

–Hasta donde yo sé. Creo que por eso le gustaban las excursiones de cuatro días. Su mujer pensaba que estaba pescando. Ella probablemente no sepa que parábamos en Cabo por Margarita, y no me refiero al cóctel.

–Y Terry, ¿él también fue a la ciudad?

Respondió sin dudarlo.

–No, Terry no tenía nada en ese sentido, y nunca abandonaría el barco. Ni siquiera puso el pie en el muelle.

–¿En qué sentido?

–No lo sé. Solamente dijo que no necesitaba hacerlo. Creo que era supersticioso.

–¿Cómo es eso?

–Bueno, el capitán no abandona el barco, ese tipo de cosas.

–¿Y usted?

–La mayor parte del tiempo me quedaba con Terry en el barco. De cuando en cuando iba a uno de los bares de la ciudad y eso.

–¿Y en ese último viaje?

–No, me quedé en el barco. Iba un poco corto de pasta.

–¿Así que en ese último viaje Terry nunca salió del barco?

–Exacto.

–Y nadie estuvo en el barco más que usted y Otto, ¿verdad?

–Sí…, bueno, no exactamente.

–¿A qué se refiere? ¿Quién estuvo en el barco?

–La segunda noche que fuimos a Cabo nos pararon los federales, la Guardia Costera mexicana. Dos tipos subieron a bordo y miraron durante unos minutos.

–¿Por qué?

–Es una especie de rutina. De cuando en cuando te paran, tú pagas una pequeña tarifa y te dejan ir.

–¿Un soborno?

–Un soborno, una mordida, como quiera llamarlo.

–Y eso ocurrió esta vez.

–Sí, Terry les dio cincuenta pavos cuando estaban en el salón y se fueron. Fue bastante rápido.

–¿Registraron el barco? ¿Miraron los medicamentos de Terry?

–No, no llegaron a tanto. Para eso es el soborno, para ahorrarte todo eso.

Me di cuenta de que había dejado de tomar notas. Mucha información era nueva y merecía la pena seguir explorándola, pero sentí que ya había tenido suficiente por el momento. Digeriría lo que tenía y volvería a la carga. Mi sensación era que Buddy Lockridge me daría todo lo que necesitara, siempre y cuando lo hiciera sentirse parte de la investigación. Le pregunté los nombres exactos y las localizaciones de los puertos en los que habían amarrado durante la noche en el viaje con Otto y anoté esa información en mi libreta. Después reconfirmé nuestra cita en el barco de McCaleb para el día siguiente. Le dije que iba a tomar el primer ferry y comentó que él haría lo mismo. Lo dejé allí porque dijo que quería volver a entrar en la tienda de náutica para comprar algunos suministros.

Cuando tiramos las tazas de café de plástico en la papelera, me deseó buena suerte con la investigación.

–No sé qué es lo que va a encontrar. No sé si hay algo que encontrar, pero si a Terry lo ayudaron con esto, quiero que encuentre al que lo hizo. ¿Sabe a qué me refiero?

–Sí, Buddy, creo que sé a qué se refiere. Hasta mañana.

–Allí estaré.

5

Esa noche, por teléfono desde Las Vegas, mi hija me pidió que le contara un cuento. Solo tenía cinco años y siempre quería que le cantara o que le contara un cuento. Yo conocía más historias que canciones. Maddie tenía un gato negro y desaliñado al que llamabaSin Nombrey le gustaba que me inventara historias en las que se corriera un gran peligro y se demostrara mucho valor y que terminaran conSin Nombreresolviendo el misterio o encontrando al animal doméstico perdido o al niño extraviado o dándole una lección a un hombre malo.

Le conté una historia rápida en la queSin Nombreencontraba a un gato perdido llamado Cielo Azul. Le gustó y me pidió que le contara otra, pero le dije que era tarde y que tenía que colgar. Después, sin que viniera a cuento, me preguntó si el Rey de la Selva y la Reina de los Mares estaban casados. Yo sonreí y me maravillé por la forma en que trabajaba su mente. Le dije que estaban casados y me preguntó si eran felices.

Uno puede trastornarse y separarse del mundo. Uno puede creer que es un outsider permanente. Pero la inocencia de un niño te devuelve a la realidad y te da el escudo de alegría con el cual protegerte. He aprendido esto tarde, pero no demasiado tarde. Nunca es demasiado tarde. Me duele pensar en las cosas que ella aprenderá del mundo. Lo único que sabía era que no quería enseñarle nada. Me sentía contaminado por los caminos que había tomado en la vida y por las cosas que sabía. No quería transmitirle nada de eso, solo quería que ella me enseñara.

Así que le dije que sí, que el Rey de la Selva y la Reina de los Mares eran felices y que disfrutaban de una maravillosa vida juntos. No quería dejarla sin sus historias y sus cuentos de hadas mientras todavía pudiera creerlos. Porque sabía que muy pronto se quedaría sin ellos.

Al darle las buenas noches a mi hija por teléfono me sentí solo y fuera de lugar. Acababa de pasar dos semanas allí y Maddie se había acostumbrado a verme y yo me había acostumbrado a verla a ella. Había ido a recogerla a la escuela, la veía nadar, le preparé la cena varias veces en el pequeño apartamento amueblado que había alquilado cerca del aeropuerto. Por la noche, cuando su madre jugaba al póker en los casinos, yo la llevaba a casa y la acostaba, dejándola al cuidado de la niñera que vivía con ellas.

Yo era una novedad en su vida. Durante sus primeros cuatro años nunca había oído hablar de mí, ni yo de ella. Ahí residía la belleza y la dificultad de nuestra relación. A mí me sorprendió mi paternidad repentina. Me deleitaba en ella y me esforzaba al máximo. Maddie, sin previo aviso, tenía otro protector que entraba y salía de su vida. Un abrazo y un beso extra en el pelo. Pero también sabía que ese hombre que de pronto se había incorporado a su vida le estaba provocando a su madre mucho dolor y lágrimas. Eleanor y yo habíamos tratado de evitar las discusiones y las palabras duras delante de nuestra hija, pero muchas veces los tabiques son estrechos y los niños, tal y como yo estaba aprendiendo, son los mejores detectives. Son maestros en la interpretación de la vibración emocional.

Eleanor Wish me había ocultado el secreto definitivo: una hija. El día que finalmente me presentó a Maddie, pensé que todo estaba bien en el mundo. Al menos en mi mundo. Vi la salvación en los ojos oscuros de mi hija, mis propios ojos. Lo que no vi ese día fueron las fisuras. Las grietas debajo de la superficie. Y eran profundas. El día más feliz de mi vida iba a conducir a algunos de los más desagradables. Días en los que no podía olvidar el secreto y lo que me había sido vedado durante tantos años. Si bien en un momento pensé que tenía todo lo que podía desear en mi vida, pronto aprendí que era un hombre demasiado débil para mantenerlo, para aceptar la traición oculta en ello a cambio de lo que me había sido dado.

Otros, mejores personas, podrían hacerlo. Pero yo no. Abandoné la casa de Eleanor y Maddie. Mi hogar en Las Vegas es un apartamento amueblado de una habitación al que solo un aparcamiento separa de los hangares donde jugadores millonarios y multimillonarios aparcan sus jets privados y se dirigen a los casinos en rumorosas limusinas. Tengo un pie en Las Vegas y el otro permanece en Los Ángeles, un lugar que sé que nunca podré abandonar de manera permanente mientras esté vivo.

Después de darme las buenas noches, mi hija le pasó el teléfono a su madre, porque era una de esas raras noches en las que ella estaba en casa. Nuestra relación era más tensa de lo que lo había sido nunca. Estábamos enfrentados por nuestra hija. Yo no quería que se educara con una madre que trabajaba en los casinos por las noches. No quería que cenara en el Burger King. Y no quería que aprendiera la vida en una ciudad que llevaba sus pecados como estandarte.

Pero no estaba en posición de cambiar las cosas. Sabía que corría el riesgo de parecer ridículo, porque vivo en un lugar donde el crimen y el caos siempre acechan, y donde el veneno está suspendido literalmente en el aire, pero no me seduce la idea de que mi hija crezca donde está. Lo veo como la sutil diferencia entre la esperanza y el deseo. Los Ángeles es una ciudad que funciona en la esperanza, y todavía hay algo puro en ello. Te ayuda a ver a través del aire sucio. Las Vegas es diferente. Para mí opera sobre el deseo, y en esa senda está el desengaño definitivo. No es eso lo que quiero para mi hija. Ni siquiera quiero eso para su madre. Estoy dispuesto a esperar, pero no demasiado. A medida que paso tiempo con mi hija y la conozco mejor y la quiero más, mi buena voluntad se deshilacha como un puente de cuerda que atraviesa un profundo abismo.

Cuando Maddie le pasó el teléfono a su madre, ninguno de los dos tenía mucho que decir, así que no lo hicimos. Yo solo dije que iría a ver a Maddie en cuanto pudiera y colgamos. Al soltar el teléfono, sentí un dolor interior al que no estaba acostumbrado. No era el dolor de la soledad o el vacío. Conocía esos dolores y había aprendido a convivir con ellos. Era el dolor que acompaña al miedo por lo que el futuro depara para alguien tan preciado, alguien por quien darías tu propia vida sin pensarlo dos veces.

6

El primer ferry me llevó a Catalina a las nueve y media de la mañana siguiente. Había llamado a Graciela McCaleb desde el móvil mientras cruzaba, así que ella me estaba esperando en el muelle. Era un día frío y despejado, y se podía saborear la diferencia en el aire sin contaminar. Graciela me sonrió cuando me aproximé a la verja donde la gente esperaba a los viajeros de los barcos.

–Buenos días. Gracias por venir.

–No hay de qué. Gracias por venir a recibirme.

Medio esperaba que Buddy Lockridge estuviera con ella. No lo había visto en el transbordador y supuse que había tomado el de la noche anterior.

–¿Todavía no ha llegado Buddy?

–No, ¿va a venir?

–Quería revisar con él las cosas del barco. Dijo que estaría en el primer ferry, pero no apareció.

–Bueno, hay dos. El siguiente llegará dentro de cuarenta y cinco minutos. Probablemente irá en ese. ¿Qué quiere hacer primero?

–Quiero ir al barco, empezaré por ahí.

Caminamos hasta el muelle de las embarcaciones pequeñas y tomamos una zódiac con un motor de un caballo hasta la dársena donde los yates se alineaban en filas, amarrados a boyas y moviéndose con la corriente de manera sincronizada. El barco de Terry, el Following Sea, era el penúltimo de la segunda fila. Tuve una sensación ominosa al aproximarnos, y esta se incrementó al golpear en el casco por la popa. Terry había muerto en ese barco. Mi amigo y el marido de Graciela. Para mí era un truco del oficio fabricarme una conexión emocional con el caso. Me ayudaba a atizar el fuego y me daba el impulso necesario para ir adonde necesitaba ir y hacer lo que tenía que hacer. Sabía que en este caso no tendría que buscarlo. No tenía que fabricarme nada. Ya era parte del trato. La parte más importante.

Miré el nombre del barco pintado en letras negras en la popa y recordé que Terry me había explicado en una ocasión que se refería a la ola que tenías que vigilar, la que te llegaba por tu punto ciego y te golpeaba por detrás. Una buena filosofía. No pude evitar preguntarme por qué Terry no había visto qué ni quién le venía por detrás.

Con precario equilibrio, bajé de la embarcación hinchable y subí al espejo de popa del barco. Me volví para buscar la soga con la que atarla, pero Graciela me detuvo.

–Yo no voy a subir a bordo –dijo.

Sacudió la cabeza como para desalentar cualquier intento de coerción por mi parte y me pasó un juego de llaves. Yo las cogí.

–No quiero subir –repitió–. Con la vez que fui a recoger sus medicamentos tuve bastante.

–Entiendo.

–Así la zódiac estará en el muelle para Buddy si aparece.

–¿Si aparece?

–No siempre es tan cumplidor. Al menos es lo que decía Terry.

–Y si no aparece, ¿qué hago yo?

–Ah, pare un taxi acuático. Pasan cada quince minutos. No tendrá problema. Cóbremelo. Lo que me recuerda que no hemos hablado de dinero.

Era algo que Graciela tenía que sacar a relucir para asegurarse, pero tanto ella como yo sabíamos que ese trabajo no era por dinero.

–No será necesario –dije–. Solo hay una cosa que quiero a cambio de esto.

–¿Qué?

–Terry me habló una vez de su hija. Me dijo que la llamaron Cielo Azul.

–Exacto. Él eligió el nombre.

–¿Le dijo alguna vez por qué?

–Dijo que le gustaba. Me explicó que una vez conoció a una niña llamada Cielo Azul.

Asentí.

–Lo que quiero como pago por hacer esto es verla algún día, me refiero a cuando todo esto haya terminado.

Graciela reflexionó un momento, pero enseguida dijo que sí con la cabeza.

–Es un encanto. Le gustará.

–Estoy seguro.

–¿Harry, usted la conocía? ¿A la chica por la que Terry le puso el nombre a nuestra hija?

La miré y bajé la cabeza.

–Sí, podría decirse que la conocía. Algún día, si quiere, le hablaré de ella.

Graciela asintió de nuevo y empezó a empujar la zódiac para apartarse de la popa. Yo la ayudé con los pies.

–La llave pequeña abre la puerta del salón –dijo–. El resto ya se lo imaginará. Espero que encuentre algo que ayude.

Sostuve las llaves en alto como si fueran a abrir todas las puertas que pudiera hallar en adelante. Observé que ella se dirigía de nuevo al muelle y subí al puente de mando.

Alguna clase de sentido del deber me hizo trepar por la escalera que conducía al timón de la cubierta superior antes de entrar en el barco. Tiré de la lona para destapar el panel de mandos y me quedé por un momento de pie junto al timón y el asiento. Me representé la historia que Buddy Lockridge me había explicado de Terry desplomándose ahí. De algún modo parecía apropiado para él desplomarse al timón, aunque, con lo que ahora sabía, también parecía muy equivocado. Puse la mano encima de la silla como si me apoyara en el hombro de alguien. Decidí que encontraría las respuestas a todas las preguntas antes de darme por vencido.

La pequeña llave cromada del llavero que Graciela me había dado abría la puerta corredera de espejo que conducía al interior del barco. La dejé abierta para airear el ambiente. Dentro había un olor salobre y peculiar. Lo rastreé hasta las cañas y los carretes almacenados en estanterías de techo, con los cebos artificiales todavía colocados. Supuse que no los habían limpiado y cuidado apropiadamente después de la última salida de pesca. No había habido tiempo. No había habido motivo.

Quería bajar por la escalera al camarote de proa, donde sabía que Terry guardaba todos los archivos de sus investigaciones, pero decidí dejarlo para el final. Resolví empezar en el salón e ir bajando.

El salón tenía una distribución funcional, con un sofá, una silla y una mesita de café en el lado derecho antes de llegar a una mesa de navegación instalada detrás del asiento del timón interior. El lado opuesto era como el reservado de un restaurante, con acolchado de piel roja. Había una televisión encerrada en una partición que separaba el salón de la cocina y, por último, una escalera corta que sabía que conducía a los camarotes de proa de abajo y a un lavabo.

El salón estaba ordenado y limpio. Me quedé de pie en medio de la estancia y me limité a observarla durante medio minuto antes de acercarme a la mesa de navegación y abrir los cajones. McCaleb guardaba allí los archivos de su pequeño negocio. Encontré listados de clientes y un calendario con reservas. También había registros relacionados con comprobantes de tarjetas Visa y MasterCard que evidentemente aceptaba como forma de pago. La sociedad tenía una cuenta bancaria y en el cajón había asimismo un talonario de cheques. Comprobé los resguardos y vi que prácticamente lo mismo que entraba salía para cubrir los gastos de combustible y amarre, así como artículos de pesca y otros necesarios para las excursiones. No había registro de depósitos en efectivo, con lo cual concluí que si el negocio era rentable lo era por los pagos en efectivo de clientes, y siempre dependiendo de cuántos de ellos hubiera.

En el cajón de abajo había una carpeta de cheques impagados. No eran muchos y estaban repartidos en el tiempo; ninguno era tan cuantioso como para dañar seriamente el negocio.

Me fijé en que tanto en el talonario de cheques como en la mayoría de los registros aparecían los nombres de Buddy Lockridge y Graciela como operadores del negocio de las salidas de pesca. Sabía que era porque, como me había contado Graciela, Terry estaba severamente limitado en lo que podía ganar como ingreso oficial. Si superaba determinada cifra –que era sorprendentemente baja–, no podía recibir la asistencia médica estatal y federal. Si perdía eso, terminaría costeándose él mismo los gastos médicos: una vía rápida a la bancarrota personal para el receptor de un trasplante.

En la carpeta de cheques impagados también encontré una copia de una denuncia al sheriff que no estaba relacionada con un cheque sin fondos. Era un informe de un incidente de hacía dos meses referido a un presunto robo en el Following Sea. El demandante era Buddy Lockridge y el informe indicaba que solo se habían llevado del barco una cosa, un lector manual de GPS. Su valor se establecía en trescientos dólares y el modelo era un Gulliver 100. Una adenda informaba de que el demandante no podía proporcionar el número de serie del dispositivo que faltaba porque lo había ganado en una partida de póker a una persona a la que no podía identificar, y nunca se había preocupado por anotarlo.