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En esta novela hay una torre, una computadora central y hombres acaudalados que ejercen el poder; hay una mujer que accede a la torre sin saber que su sola presencia será suficiente para producir el colapso del oscuro sistema que la torre protege. La trama de Cena de cenizas es compleja, nos hace sentir en un laberinto, en un acertijo cuya única regla parece ser la incongruencia: adversarios que son aliados, maternidades atípicas y contradictorias, una relación que nace rota y perdura; como refiere Francesca Dennstedt en su prólogo: "la narrativa de Cena de cenizas es un universo completo con ideas tan disonantes que ofrece la oportunidad a los lectores de observar perspectivas diversas en tensión y aun así todavía llevarse algo a la boca". La propuesta literaria de Asunción Izquierdo Albiñana no se parece a nada que se hubiera escrito en la tradición literaria mexicana de su tiempo, es insólita y desconcertante, lo político visto desde una mirada femenina y única.
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Seitenzahl: 253
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Asunción Izquierdo Albiñana
(San Luis Potosí 1910 - Ciudad de México 1978). Haber crecido en la librería que fundó su padre, rodeada del ambiente intelectual, sentó las bases de su carrera literaria. Debió ser una lectora feroz, su escritura lo demuestra. Sus dos primeras novelas Andreída. El tercer sexo (1938) y Caos, 1940 fueron firmadas con su nombre, pero en las siguentes, La selva encantada (1945), Taetzani (1946) y La ciudad sobre el lago (1949) se vio obligada a usar diferentes seudónimos. Su novela Los extraordinarios, quedó finalista del premio Seix Barral en 1961. Cena de cenizas (1975) fue su última novela.
Foto: ©️ Autor anónimo
Francesca Dennstedt
(Tijuana, 1988) es doctora en estudios hispánicos con una especialidad en estudios de género y sexualidad. Ha publicado varias reseñas en diversos medios, artículos académicos y es colaboradora de Hablemos escritoras podcast. Actualmente vive en Estados Unidos donde es profesora investigadora. Su investigación se centra en el estudio de la producción cultural cuir de mujeres en México. Le interesa la construcción del canon, las teorías de los afectos, los movimientos feministas y transfeministas en Latinoamérica.
Foto: © Gabriella Martin
cena de cenizas
colección vindictas
novela y memoria
Asunción Izquierdo Albiñana
cena de cenizas
introducción francesca dennstedt
universidad nacional autónoma de méxico
México 2022
Cena de cenizas
Primera edición: Joaquín Mortiz, 1975
Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de Bibliotecas
Nombres: Izquierdo Albiñana, Asunción, 1910-1978, autor. | Dennstedt, Francesca, prologuista.
Título: Cena de cenizas / Asunción Izquierdo Albiñana ; introducción, Francesca Dennstedt.
Descripción: Primera edición. | México : Universidad Nacional Autónoma de México, 2022. | Serie: Vindictas. Novela y memoria.
Identificadores: LIBRUNAM 2121696 | ISBN 978-607-30-5636-6.
Clasificación: LCC PQ7297.I95.C45 2022 | DDC 863—dc23
Primera edición colección Vindictas: 26 de enero de 2022
D.R. © 2022 UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Ciudad Universitaria, alcaldía Coyoacán, 04510, Ciudad de México
Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorialwww.libros.unam.mx
ISBN: 978-607-30-2096-1 (colección)
ISBN: 978-607-30-5636-6
Esta edición y sus características son propiedad de la UNAM. Prohibida la reproducción parcial o total por cualquier medio, sin autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Hecho en México
A Asunción Izquierdo Albiñana la descubrí como se descubren muchas de las escritoras mexicanas que no han pasado al canon: en una librería de viejo en Coyoacán donde compré por 10 pesos Los extraordinarios (Seix Barral, 1961), que quedó como finalista del premio Biblioteca Breve de 1960, publicada bajo el seudónimo de Ana Mairena. La novela narra el asesinato de una mujer millonaria y además critica al sistema político mexicano con una metáfora de una supuesta leyenda indígena. Estaba por graduarme de la licenciatura en literatura y me llamó la atención que nunca hubiera escuchado de este libro que tenía un no sé qué, que yo interpreté como una propuesta literaria bastante original y rara en la literatura mexicana. Pronto me olvidé del asunto y no volvería a pensar en esta escritora hasta años después, cuando leí su primera novela Andréïda o el tercer sexo (Ediciones Botas, 1938). La novela habla de Andréïda, un personaje sumamente contradictorio que busca la emancipación de las mujeres a través de la creación de un tercer sexo. Esta lectura me dejó más desorientada y perpleja que la anterior. ¿Quién era esta escritora que publicaba bajo múltiples seudónimos, escribía sobre androides cuir en los años treinta y satirizaba a la política mexicana sin pelos en la lengua? ¿Por qué escribía novelas con un tono del siglo xix, y al mismo tiempo desarrollaba ideas tan radicales que todavía hoy suenan a fantasía? Entonces comencé a armar —de manera obsesiva— un rompecabezas al que inevitablemente le van a faltar piezas, como pasa con las historias que han sido relegadas al olvido por el sistema de opresión en turno.
Cena de cenizas (Joaquín Mortiz, 1975) es sin duda una de sus novelas centrales. La historia comienza con el movimiento estudiantil y la matanza de Tlatelolco. La protagonista es Gaby, una militante que sale con Tucho, un estudiante burgués con aspiraciones socialistas, que utiliza la cartera de mamá para financiar la revolución estudiantil. Gaby se embaraza y Tucho la lleva con un supuesto estudiante de medicina para que aborte, pero ella se niega. Tucho desaparece y el niño nace después de un episodio brutal de violencia obstétrica. Para mantener a su hijo y a su abuela, Gaby entra a trabajar a una de las compañías más importantes de Ch’amacob, lugar ficticio donde se desarrolla la historia, porque evidentemente “esto no es México”.
Hasta aquí la trama es coherente, a pesar de que la estructura narrativa demanda la atención del lector. Cabe una pequeña advertencia: la novela puede llegar a ser confusa, aunque la desorientación afectiva que provoca en el lector —como lo hace, por ejemplo, Lumpérica (1983) de Diamela Eltit— es totalmente intencional. La novela está escrita en forma de diálogos interrumpidos por monólogos interiores en primera y tercera persona, pasajes líricos y algunos fragmentos escritos en imperativo, como sermones o advertencias dirigidas a veces a los personajes y otras veces al aire. Además de estos rasgos formales, Cena de cenizas no obedece a una concepción lineal; pasado, presente y futuro se desdibujan para privilegiar una temporalidad caótica, estancada y simultáneamente en movimiento perpetuo.
Si esta temporalidad advierte al lector desde el inicio que la historia de Gabriela es una historia dislocada, tras su primera jornada laboral en expanmerc esta advertencia se materializa. Rápidamente todo se vuelve paradójico y la trama pierde cualquier resquicio de sentido común. La empresa es al mismo tiempo una agencia de publicidad y una dependencia del gobierno, donde se guardan secretos de Estado. Gabriela se encarga de grabar las juntas que tiene su jefe, Alejandro, hermano de Tucho. Una noche, bajo los efectos del alcohol y el cansancio, Gabriela entra en una torre donde se oculta la computadora que controla todo, y la desestabiliza con una pregunta que la máquina no puede responder. Después de este episodio, Gabriela escucha a escondidas una reunión entre los “enanos gigantes” pi, pa y pis pis —que representan a los tres partidos políticos más importantes de México en la época del 68— donde se da a conocer al futuro presidente. Hacia el final aparece Flavia, la esposa de Alejandro, quien padece de una especie de histeria ocasionada por la violencia patriarcal ejercida por su esposo. La abuela de Gabriela —quien durante toda la novela habla con muertos— fallece.
Me parece que una de las posibles claves de lectura para el aparente disparate en que termina la novela, se encuentra en el título y en el epígrafe que la acompaña. Éstos hacen referencia a La cena de la ceneri de Giordano Bruno, filósofo italiano que, a causa de sus ideas supuestamente anticlericales, tuvo prohibido escribir y fue asesinado por la inquisición en el siglo xvi (¿será una similitud fortuita?). Fascinado con las posibilidades narratológicas de los diálogos, James Joyce pone en circulación las ideas de Bruno, así que no debe sorprendernos la referencia a éste en la novela de Izquierdo Albiñana, porque pertenecía al ambiente literario de la época. A mi juicio, sin embargo, lo que sorprende es lo que la escritora mexicana hace con los planteamientos filosóficos del italiano.
Al igual que Joyce, Izquierdo Albiñana se interesa por la doctrina bruniana de la “coincidencia de contrarios” que propone entender al universo a través del movimiento entre un racionalismo desconectado de la realidad, y una visión paradójica afectiva o sensorial. Es un discurso carnavalesco donde la forma y la materia, lo espiritual y lo corporal son facetas de la misma entidad. Según argumenta Bruno, en el movimiento de la coincidencia de contrarios está el conocimiento. A Joyce este pensamiento paradójico le fascina porque, por fin, le da la clave, entre otras cosas, que le permite construir a sus personajes femeninos: Molly Bloom utiliza la razón de manera contradictoria y pasa fácilmente de modos de percepción sensoriales a intuitivos. Menos ingenua que Joyce, Izquierdo Albiñana encuentra en Bruno el soporte teórico para el tipo de personajes contradictorios que siempre han estado presentes en su narrativa: Gaby es ingenua e inteligente, un peón y agente, una mujer moderna y terriblemente tradicional. La loca de Flavia es el personaje más cuerdo de la novela y la abuela sólo vive hablando con las muertas. Esta coherencia incoherente visibiliza la violencia patriarcal: puede ser que las mujeres sean quienes ejercen esta dinámica, o que la coherencia incoherente sea la del patriarcado; la mayoría de las veces, esta coherencia incoherente es ilógica para la razón patriarcal, y por ello se vuelve la única forma en que pueden actuar los personajes que están inscritos en dicha violencia. Por ejemplo, la abuela habla con muertos porque su hija Mercedes fue víctima de feminicidio; Flavia es un objeto decorativo que además es constantemente engañada por Alejandro, y Gaby representa a la nueva generación que no sabe muy bien cómo o si se puede salir de esta violencia. ¿Qué pasaría con Ch’amacob si sus personajes reconocieran dichas paradojas? Ésta es justamente la posibilidad que la presente novela explora.
Si bien es en Cena de cenizas donde Asunción Izquierdo Albiñana complejiza su propuesta literaria de la incoherencia coherente, ésta siempre ha estado presente en sus novelas. La crítica ha identificado este rasgo como signo de una propuesta literaria inmadura, poco inteligente y tediosa. Dice Emmanuel Carballo: “les niega [a sus personajes] la posibilidad de trascender las páginas y convertirse en seres posibles”.1 Dice Vicente Leñero: “sus rasgos son los mismos: abuso de reflexiones filosóficas o sociológicas, excesos descriptivos, continuas disquisiciones y un tono cultista a menudo chocante”.2 Dice Manuel Pedro González: “[el argumento de sus novelas] es difuso, irreal, sin alcanzar la categoría de novela fantástica, caprichoso y carente de lógica y raíz humana”, para concluir con: “si en lugar de hacer ‘literatura’, la autora observara agudamente la realidad social mexicana y procurara reflejarla con fidelidad […] Izquierdo Albiñana podría llegar a ser una de las legítimas glorias de la novela hispanoamericana. Para ello le sobran talento, imaginación y cultura”.3 Ya juzgará el lector qué tanto se justifican esas críticas, o si más bien están atravesadas por el incipiente patriarcado que convierte en macho hasta a los más ilustres críticos literarios.
Lo que sí sabemos es que Asunción Izquierdo Albiñana leía religiosamente a la crítica. No por narcisismo, como se ha señalado, sino por el terror de ser identificada y que el esposo —un político del pri que pudo llegar a ser presidente— se enterara. Asunción escribía con seudónimos, a escondidas, en una máquina de escribir que no existía para el marido porque se la tenía prohibida. En estas condiciones violentas escribió alrededor de siete novelas, algunos relatos, un libro de poemas, y mantuvo una columna en el periódico El día hasta su asesinato en 1978. La crítica, no obstante, dice que es mala escritora por incoherente, dramática y tener faltas de ortografía. También dicen algunos de los críticos que Cena de cenizas es el resultado de finalmente escuchar sus consejos, aunque no ahondan en el asunto (¡y ella es la acusada de pretenciosa y narcisista!).
Hay otra posibilidad sugerida en la intertextualidad del texto. Bruno escribe su cena para burlarse de los académicos heridos e ignorantes que menosprecian su pensamiento filosófico, y advierte: “No vayas desnudo a robar la miel de las abejas. No muerdas sin saber si es piedra o pan. No vayas descalzo a sembrar espinas. No desprecies, mosca, las telarañas” (traducción mía).4Cena de cenizas es una respuesta a la crítica machista que no entendió y quizá nunca quiera entender el juego literario y feminista de Asunción Izquierdo Albiñana.
Si bien la pregunta de qué sucedería si los personajes (y la crítica) abrazaran la idea de la coherencia incoherente no se responde, Izquierdo Albiñana sí nos dice qué pasa cuando la literatura abraza esta posibilidad paradójica. La doctrina filosófica funciona como un principio formal dinámico que mantiene a la estructura narrativa unida a pesar de los rasgos estilísticos contradictorios utilizados: diálogos y monólogos, lírica y advertencias, primera y tercera persona, comedia y tragedia, ficción y propaganda política, feminismo y patriarcado, etcétera. Al igual que en la escritura bruniana, en Cena de cenizas Izquierdo Albiñana demanda que el lector esté atento y escuche. Ambos títulos son alegóricos: la narrativa de Cena de cenizas es un universo completo con ideas tan disonantes que ofrece la oportunidad a los lectores de observar perspectivas diversas en tensión y, aun así, llevarse algo a la boca.
francesca dennstedt
1 Emmanuel Carballo, “La última novela de una escritora enmascarada: Los extraordinarios”, México en la cultura 650, 27 de agosto de 1969, 9 pp.
2 Vicente Leñero, Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz, México, Seix Barral, 2020, 142 pp.
3 Manuel Pedro González, Trayectoria de la novela en México, México, Ediciones Botas, 1951, 348 pp.
4 Giordano Bruno, The Ash Wednesday Supper, trad. de Stanley L. Jaki, Boston, De Gruyter Mouton, 1975. Disponble en: https://math.dartmouth.edu/~matc/Readers/renaissance.astro/6.1.Supper.html
…esto sucede porque (…) los que viven en nuestros tiempos no viven los años ajenos y están muertos en los años propios.La cena de le ceneri, giordano bruno
—¿Escuchaste?
—¿Qué fue?
—Un peine peinando al espejo de cuerpo entero.
—En efecto, últimamente se han venido escalonando apagones por distintos rumbos de la ciudad. ¿Logras ver?
—¿Cómo quieres que vea algo? La superficie del espejo es demasiado brillante y se encuentra perfectamente bruñida y limpia, por lo tanto, nada refleja.
—No hay que alarmarse por un apagón de más o de menos. La situación económica es aún sólida.
—Porque es sólida la superficie del espejo es por lo que tiene ese vaivén de marea alta y de marea baja.
—Escucha, bien podrías hacerme el favor de alargar la mano y tocar el timbre para que nos trajesen una lámpara encendida o, por lo menos, una modesta vela de parafina.
—Es inútil, bien sabes que toda la luz del mundo es incapaz de iluminar la superficie de un espejo. En cambio, con qué claridad observo la profundidad del océano. Todo recomienza, recomienza, de nuevo, todo.
—A oscuras no me sabe fumar.
—Creí que era la trayectoria del Apolo XXI colocándose en órbita. Ahora sé que se trata de Deimos, el satélite hueco de Marte con apenas ocho kilómetros de diámetro.
—Es la punta encendida de mi cigarrillo, lo apago y me voy.
—¡Ah, estos hombres modernos! Se sienten mal y huyen en cuanto salta un fusible o se estropea una minúscula rondana de su mundo. No puedes irte, ¿cómo? El ascensor debe encontrarse paralizado, igual que el timbre que me pediste oprimiese.
—No olvides llevarme al despacho esa dichosa lista de nombres, mañana mismo y a primera hora.
—No te la llevaré. ¿Para qué la quieres? Que yo sepa no eres sabueso, tampoco eres político ni un hombre del gobierno.
—Uno tiene relaciones. Un informe como éste rinde maravillosos dividendos a la larga. Y ellos saben que tú eres mi amigo y que trabajas para mí. ¿O no trabajas para mí?
—Sí, recibo un sueldo tuyo, pero también y desde hace quince años recibo honorarios en mi calidad de catedrático de la universidad.
—¡Honorarios, sueldo! Te conozco, hermano, conozco esas triquiñuelas de tu parla. ¡Defínete! ¿Trabajas para ellos o trabajas para mí? Porque en cualquiera de los dos casos, Carmelo David, a alguien estás traicionando.
—Soy catedrático, empecé a enseñar en las aulas cuando apenas contaba con diecinueve años de edad. Tú mismo, Alejandro, ¿no fuiste alumno mío en la Facultad de Economía? Y que yo sepa, no nos separan muchos años de edad. Somos contemporáneos.
—Me preocupa Arturo.
—¿Nada más Arturo? Has hablado de dividendos. Pero sobre Arturo te puedo decir algo...
—Nada de lo que quieras decirme, me sirve. Además, no me interesa. La lista es la que me interesa, incluidos la totalidad de los nombres con todo y apellidos.
—todo ocurrió a partir de la flor de corazón pintado. ¡Si lo hubieses dejado tranquilo!
—¿A quién?
—A Arturo, a tu hermano menor.
—Tú y yo sabíamos que antes de eso...
—Sí, antes de la flor de corazón pintado, antes de ella, mucho antes de ella había habido el llanto de los sapos y de las ranas, así como hubo un llanto de las moscas, llanto de la gente del pueblo.
—¿De quiénes?
—De ellos, es decir, de nosotros.
—Me voy, te dejo. Bien mirado, descender seis pisos me resultará mucho más fácil que ascenderlos.
—En efecto, descender... cuida de cogerte del pasamanos.
—Trato hecho, te espero con la lista mañana sin falta.
No has querido escucharme, Alejandro, peor para ti. Nadie escucha y ninguno de nosotros ignora que por encima de todos estos llantos han estado sentados sobre ellos los usurpadores de la Estera, los perversos blanqueados de grandes testículos y cola prensil. Así como también y por su parte los otros con apenas desemejanzas de matiz, los de las bragas rojas con sus fauces y garras de jaguares sanguinarios imantando los grandes traseros de los perros tras ellos. Al tanto estamos, asimismo, de que a la sombra de unos y de otros siguen prosperando numerosos sujetos con cabezas cubiertas de mal sudor y caspa muy espesa reclamando los sesos del cielo para tenerlos servidos en sus platos.
Yo, yo les he visto, he visto cómo a esos tales les brotan a raudales de los ojos y de las puntas de sus dedos lombrices retorcidas y azulencas por signos algebraicos. Asombradas gusaneras de la desintegración que ellos mismos se ocupan en remover a parejo ritmo y con igual deleite con el que, también, se refocilan en remolinear sus nalgas sedentarias de siete palmos, aplastadas sobre sus sillas giratorias y docentes. ¡Si los conoceré yo!
De todo esto están bien enterados ellos, los de la generación florida. Sin embargo, con todo y saberlo todo no estoy muy seguro que ellos, por sí mismos, se valgan. ¡Carecen de bueyes caponeros!... ¿Acabaré yo por ser uno de éstos? De momento continúan ardiendo los altos zacatales, los barrancos y las orillas arenosas de los océanos, además de que, en lo alto, se mantienen apalabrados los zopilotes, mi buen Alejandro, y tú te encuentras entre éstos, y esto me duele. Pero no cuentes conmigo.
En el principio me fue hermoso llegar a comprender, a la par con los muchachos, que era venido el tiempo de acuclillarnos, puesto que ya no tardaría mucho en tomar tizne el sol. Lo que ya no me gustó, en la misma medida, fue verlos amodorrarse con perfecta pasividad. Fue el tiempo en el que dejaron crecer la mugre y los cabellos y se dedicaron a pintar florecitas sobre su joven piel y, lo más grave, es que se dieron a descubrir el amor haciendo titilar, de continuo, cerebro y sentidos de manera artificial. En seguida redujeron el habla de sus labios a una sola palabra: amor. Se embozaron en colores y ruidos estridentes, a cada golpe sonoro, más color. Y, como después de todo y para seguir viviendo, no se necesita comer demasiado ni cubrir el cuerpo con lienzos excesivos, además de que si se está dispuesto a aceptar el curso natural del existir, natural es que el cuerpo enferme y que se pudra, y por ello y todos a una han aceptado enfermar. Esto es, han adoptado de inmediato y alegremente la disposición extravagante de un majal de peces en apático, pero firme movimiento hacia el suicidio en masa, a efectuarse, sobre una playa cualquiera.
Imperio de guerra es, época de guerra es, palabras de guerra son, gobierno de Ch’amacob es.
Y así como puede suceder, también puede no suceder. Por lo que en el doblez del tiempo, lamido ya por la lengua de Balam, lo mejor es dejarles hacer lo que están haciendo, desentendernos y permanecer acuclillados con ellos, tal como lo decidimos y lo estamos haciendo. Sólo que algo me hace temer que este reino de Ch’amacob —en el que acuclillados estamos y apenas respiramos—, con ocupar un sitio bien demarcado del planeta, sea de tal sustancia ubicua que cubra todo el espacio conocido. ¡Ch’amacob, Ch’amacob, Ch’amacob!
¡Vaya, terminó el apagón! ¿Alejandro? Por lo visto no tuvo demasiadas dificultades para descender las escaleras a oscuras. Sí, ese debe ser su automóvil. Conozco su manera de arrancar y hacer, en todo momento evidente, el poderío de su motor supercharged. ¡Con tan sólo que hubiese esperado un minuto! ¡El disco! ¡Lástima, con lo que a él le gusta ese disco de Stockhausen! No terminó de escucharlo. Otro día. Los dientes del peine de hueso siguen peinando el espejo de cuerpo entero. ¿Era eso? La lista de nombres, aún no está completa. ¿Dónde habré dejado mi libreta de direcciones?
—¡Pero si son miles, son millones! ¿Qué hacen?
—¿Qué se puede hacer cuando no se hace nada y se está benignamente acuclillado? Cantar, están cantando hasta desgañitarse y por sí solas las canciones se están tornando en canciones de protesta.
Y lo primero que hicimos fue colgar del techo de la Gran Casa, la casa que no era de nosotros, el anillo, los guantes y la pelota.
No, no es cierto que haya sido la abuela la que colgó las tres cosas para evitar que muriéramos como habían muerto nuestros padres. No, no fue la abuela, porque abuela no tuvimos nosotros. La que debió ser nuestra abuela se resistió a envejecer y se hizo cirugía plástica. Todavía anda danzando. Tampoco tuvimos padres. En cambio, bien que intuimos, al punto, que las tres cosas eran los tres juguetes de la muerte.
—Y ahora, ¿qué está pasando?
—Todo pasa. Por el momento es un manto de ahogo que nos sofoca, una opresión no definida hecha de incertidumbres, inseguridad y amenazas.
—¡Vaya, por fin, se está definiendo la imagen!
—Lo que decía yo, no es nada, apenas un monte tupido de calabazas humeantes.
—¡Oh, Dios, la humareda!
—La humareda está compuesta de zánganos y de avispas. ¿Distingues algo?
—Sí, pero, ¿por qué tienen que lanzarse, tan despiadadamente, a picar las niñas de los ojos, prendiéndose a narices, bocas, piernas, brazos? ¡Huyamos! ¡Se nos están echando encima! ¡Van a picarnos! ¿Por qué no las combaten ellos?
—No es cosa de valentía ponerse a luchar contra las dichosas calabazas humeantes.
—¡Me he quedado ciego, me he quedado ciego! ¡He visto a los zánganos introduciendo sus lancetas en las niñas de millones de ojos! ¿Habrán picado también las mías?
—¿Escuchas?
—Un tropel de pasos.
—Ahora se acercan, ya puedes verlos. No hay uno de ellos que cuente arriba de cinco lustros. Es así que no hay viejos entre ellos, tampoco niños de teta.
aquí estamos, estamos frente a las puertas de todos ustedes. Frente a sus puertas de cristal traslúcido para caer en tentación. ¡Escaparates, escaparates, todo escaparates!
vasos de plata, vasos de oro, vestidos
construcciones tan altas y confusas como la propia torre de Babel
puentes poderosos acercando orillas por encima de las aguas tumultuosas, no las acercan que las alejan
túneles, carreteras serpeantes para hacer correr por ellas ruedas cada vez más veloces, avecindando horizontes
cielos fascinadores entretejidos por el paso raudo de las naves aéreas de lujo, dotadas de cómodos sillones y azafatas espléndidas consagradas a embutir bebidas y alimentos a estómagos ahítos
cielos también, el cielo abierto a la más excitante aventura, prontos a ser perforados de un solo salto desalado, finis coronat opus, con la finalidad de cosechar cuerpos celestes renovado mito del vellocino de Colcos, El Dorado, Guaravitá y Perimé y mucho más sugestivo que el de éstos
y todo a la puerta, a la vista y a las manos, provocador, incitante y publicado, todo cosa de tocar con las manos, todo vedado a los más y tan insatisfactorio al final de cuentas, todo elevado y en lo alto sabiendo que de tal altura bien puede caer sobre nosotros napalm, o todavía peor, el hongo execrable que arrasó a Hiroshima
pero, entretanto, aquí estamos proliferando a un ritmo mayor del que se multiplican construcciones y naves
nosotros avanzando, con tal rapidez, que encontramos extraños y sin relación con nosotros a nuestros propios hermanos menores, los mismos que empujándonos vienen y apenas si nos separa de ellos escasos dos o tres años de edad
aquí estamos sin poseer cosa alguna, ni tan siquiera a nosotros mismos, desgajados los unos de los otros y sólo contando con un par de ojos para medir nuestras carencias
—¿Qué sigue ahora?
—Sigue que ellos tendrán que demostrar que su lengua no se halla en la cavidad de sus bocas únicamente para salivar magras vituallas y en seguida situarlas, de manera conveniente, para ser trituradas bajo sus dientes poco ejercitados en mascar.
—Pero luego, ¿qué sigue luego, qué sigue?
sigue hacernos de la vara, la misma que echada en tierra vuélvese culebra y, si cogida de la cola, nuevamente tórnase en vara
y aconteció que la vara hirió los términos y los ríos se dieron a criar pancartas, que no sapos y estas pancartas entraron a las casas de los hombres y pulularon sobre sus lechos y se introdujeron en sus bocas
mas la señal no fue reconocida y nosotros proseguimos las caravanas tumultuarias al centro y corazón de las ciudades
y la vara hubo de herir de nuevo el polvo de la tierra, el cual polvo se tornó piojos que es lo mismo que palabras impresas y promesas orales de políticos, las cuales palabras terminaron por cubrir a los hombres y a las bestias, a la espiga y al rosal
mas la segunda indicación tampoco fue tenida en cuenta y volcamos autobuses y coches y nos divertimos en grande viendo lo fácil que es destruir y desatar el caos
y aconteció que la vara volvió por sus fueros y tomó puñados de ceniza del horno y los esparció hacia el cielo y la ceniza cayó del cielo quemando las casas y los cuerpos de los hombres, calcinando su semen y las mujeres, con anterioridad fertilizadas, se dieron a dar a luz monstruos, al parejo de las otras que, pasándose de prudentes, habían estado ingiriendo pastillas anticonceptivas. Unas y otras parieron monstruos, monstruos parieron
tampoco este aviso fue advertido y procedimos a arrancar piedras de las calles con las manos desnudas
la vara, ahora, tuvo que hacer caer fuego y granizo y el granizo fue del tamaño de huevos de paloma y mató hombres y bestias a descubierto
fue entonces cuando nuestros cantos de protesta alcanzaron a contaminar la Patagonia
así es que la vara se vio obligada a cubrir la faz de la tierra con nubes de langosta y nadie pudo verse la cara
no hubo otra cosa que hacer que deambular en grupos, el gran grupo que habíamos sido, desmembrado
tocó a la vara emprenderla contra los primogénitos, los primogénitos del hombre y de las bestias y los primogénitos sucumbieron
desorientados volvimos a acuclillarnos, sin mayor provecho
por última vez, la vara, marcó con sangre de cordero las puertas de las casas de los hombres justos, aquéllos que en unión de sus familiares quedarían libres de la gran mortandad
pero demasiado pronto supimos nosotros que sangre de cordero de salvación jamás ha logrado limpiar de violencia las relaciones de los hombres, victoria no había sido ni para unos ni para otros, así es que las zarzas que éramos seguirían ardiendo sin remisión, reemplazadas a ciclos, cada vez más cortos, por el empuje formidable de las generaciones empalmadas que ya venían pisándonos los talones.
—¡Tucho! ¿No me habrás olvidado? Todavía estoy aquí.
—Cuántas veces tendré que decirte que no me llames Tucho, llámame Arturo a secas y sanseacabó.
—¿No me llamas tú, Gaby?
—Te llamo Gabriela. ¿Para quién otro eres Gaby?
—Para ti, mi amor. ¡No me dejes atrás, no puedo seguir tus zancadas! El que esté yo aquí debe importarte, porque si yo puedo decirte que estoy aquí es porque tú también lo estás.
—¿Qué es lo que quieres?
—Quiero un respiro y que me hagas caso. ¡Nunca me lo haces!
—Desembucha, pues, aquí y a media calle.
—¿Soy o no soy tu novia?
—Eres la chava con la que ando y ya está bueno.
—Tan inmensamente felices que éramos hace apenas unos cuantos meses trenzando alambres para formar collares y venderlos. Se vendían bien, ¿no?
—¡Centavos, centavos! ¿Es de lo único que te acuerdas?
—Claro que no. Recuerdo que nos sentíamos requetebién, sólo con estar los dos juntos. Pero de un tiempo a esta parte me está haciendo falta que alguien atestigüe que estoy.
—Pues, pa’luego es tarde, chiquita. ¡Vete agenciándotelo!
—Yo te digo que Cristo mismo eligió a cuatro de sus seguidores para que cada uno, a su leal saber y entender, lo hiciesen vivir. Dime, ¿habría él vivido sin ellos?
—Estramancias cuaternarias. ¿Para eso me has detenido? ¡Cuélale, corre, con lo peligroso que nos está resultando mantenernos agrupados y, al mismo tiempo, que no nos sorprendan juntos! ¿Son ellos, aquellos? Si tuercen la esquina los perderemos de vista. ¡Solo, no quiero estar!
—Estás conmigo.
—¡Cuélale!
—¡No quiero!
—¿Quién te crees tú para decir: no quiero?
—Quiero creerme yo. ¡Nuestro estar es tan insignificante! ¿No te parece?
—Lo que no me parece es que te hayas salido con la tuya. No veo ya a los muchachos. Ya no podremos alcanzarlos y unirnos a ellos.
—Pero, ¿qué puede haber de más importancia que el sabernos tú y yo aquí? Aunque sólo sea durante un abrir y cerrar de ojos, mientras se nos entiesan los párpados para siempre. Y deja de mirarme como si me odiases.
—Pues, te odio.
—De acuerdo, ahora sí que puedo decírtelo.
—¿Qué?
—Es algo acerca de nuestra flor de amor.
—¡Como si eso tuviese importancia en estos momentos!
—¿Te fijas? La flor tiene el corazón pintado y ya no puede ser más mi flor. Amor pintado nunca será amor.
—¡Amor, amor! ¡Estramancias cuaternarias!
—¡Chiquito, ya pareces disco rayado! Así es que hasta hoy hemos sido...
—¿Qué es lo que hemos sido? Lo único que sé en este momento es que nos hemos quedado solos. Y métetelo en la cabezota, tú, yo, ellos, todos, únicamente unidos somos algo.
—Siempre y cuando no te ponga fuera de circulación un granadero.
—¡Estamos jodidos! Nos largaron los muchachos y sin ellos estamos perdidos. ¡No somos nada!
—Bien, no somos nada. Pero para mí, tú y yo somos...
—¿Somos qué...? Según tú.
—Somos... por lo que a mí toca, yo ya he elegido.
—¿Es dado elegir?
—Sí, si eliges ser lo que yo ya he elegido ser.
—¿Qué, se puede saber?
—Alguien que no se vende.
—¿Y lo dices tú, que no posees nada?
