Chicos de la calle - Derian Passaglia - E-Book

Chicos de la calle E-Book

Derian Passaglia

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Beschreibung

 Chicos de la calle   es una novela argentina que transcurre en Harlem. Archie, el protagonista, busca posicionarse como una figura relevante en la cadena de las drogas de El Barrio, su zona de compra-venta, que comparte los problemas de Rosario o de Buenos Aires. Vive así en un espacio y tiempo híbridos y, confundidas la realidad y su imaginación, todo a su alrededor cobra un matiz de extraña duda que lo lleva a cuestionar el estatuto de su existencia y las desigualdades que observa, mientras debe también lidiar con los problemas materiales de su familia.   Los personajes se las arreglan para sobrevivir en un entorno donde no faltan el tráfico de drogas, las mafias, la prostitución, la pornografía, la muerte violenta de los amigos y las pocas ganas de ir al colegio. El básquet y el béisbol son sus deportes favoritos, huelen a barbacoa, negocian en dólares, pero los jóvenes escuchan al Noba y los viejos escuchan en la radio las peleas de Ringo Bonavena.   Chicos de la calle   es una novela argentina por sus problemas y procedimientos, neoyorquina por sus locaciones, universal por sus preocupaciones. Derian Passaglia narra una vez más con gran solvencia, en un español del futuro, una historia potente y tierna que sobrevuela toda frontera geográfica.  

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Seitenzahl: 139

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Chicos de la calle

Derian Passaglia

 

Índice

Cubierta

Portada

1. Cuatro dólares

2. La rata y la salchicha

3. El sorteo

4. La clase

5. Borsalino’s Pizza

6. Negritos de mierda

7. La muerte y la vida, la vida y la muerte

8. Street Fighter II en La Farmacia

9. Bajoneando

10. Carnaval y bombuchas

11. Problemas de polleras

12. Rico se tira algo atrevido

13. Un dilema moral para Archie Reiton

14. La Ardillera

15. Franz Kafka visita a Archie

16. Los superpoderes de Tribilín

17. ¿No es, tal vez, eso la vida?

Derian Passaglia en Blatt & Ríos

Sobre el autor

Créditos

Landmarks

Tabla de contenidos

1. Cuatro dólares

De la guantera del Torino, Archie Reiton sacó una edición vieja de la revista Picante. Era del año anterior, del verano anterior, y los bordes ajados, las hojas dobladas y húmedas, el descolorido de las bikinis y las tangas fluorescentes le hacían acordar lo vieja que era la revista, y que solamente él sabía que estaba ahí, o que solamente a él le importaba, porque mucha gente metía mano en esa guantera, y revolvía entre fósforos, encendedores, cigarrillos, estampitas de la virgen de Guadalupe, rosarios, papelitos con direcciones y nombres, cuadernos, envoltorios de Biznikke nevado y Vauquita, pero nadie, jamás, le prestó atención a la revista Picante.

A doble página, y en el centro de la revista, la modelo Laura Franchini se tocaba la boca entreabierta con el dedo, mientras miraba a la cámara frenética, como si el fotógrafo, al momento de la foto, le hubiera dicho:

—Así, mi amor, así. Dame más. Más.

La espuma enrrulada de una ola se acercaba a la piedra enorme en la que Laura Franchini posaba en cuatro patas, con la cintura más bien quebrada, la cola alta y el platinado del pelo brillante al sol sin nubes, azul de costa casi caribeña. Abajo, a un costadito del póster, un textual decía: “Me gusta escribir poesías”.

Archie Reiton se bajó la bragueta y metió la mano en ese hueco oscuro. Delicado, se masajeaba el ganso despacio, bien suave, como si fuera la misma Laura Franchini entre las olas de una playa azul la que lo estuviera tocando, y le dijera:

—Qué dura está, papi.

Y entonces él le contestara:

—Por vos, Laura, siempre por vos…

Pero el murmullo de la rompiente y el efecto del sol sobre la piel no le llegaba con tanta nitidez como la oscuridad en ese callejón sucio donde había estacionado el Torino, así que sus imaginaciones humedecidas por la malla enteriza de la Franchini se entrecortaban en la bruma oscura del callejón. Algún ruido de latas lo distrajo casi del todo, y por el espejo retrovisor, paralizado, vio a un linyera de guantes cachivacheando en la basura. Cerró los ojos para volver a concentrarse, porque aunque Archie Reiton había vuelto a la realidad, a esta realidad, el amigo, allá abajo del calzoncillo, seguía duro como el Polaco mirando un cuadro en el MoMa.

—¿Necesitás ayuda con eso? —escuchó una voz que le preguntaba del otro lado de la ventanilla.

—Sí, bebé —dijo Archie Reiton, porque pensó que esa voz venía de su imaginación y no de la rubia platinada con los codos en la ventanilla.

—¿Y no me vas a invitar a la fiestita? —preguntó la rubia.

Pero esa voz, esa voz… ¿la había inventado Archie Reiton en su imaginación? ¿La había dicho él mismo, se la había dicho a sí mismo en su cabeza interpretando la voz y la forma de Laura Franchini, como si fuera un personaje que se creara, uno imaginado, y no el real que existía en la revista Picante, en Broadway y en la televisión?

Cuando abrió los ojos, Archie Reiton se sacudió en el asiento, y volvió a cerrar y abrir los ojos, porque no creía que quizá la Franchini estuviera abriendo la puerta del Torino, y cruzara las piernas en el asiento del acompañante, con la malla enteriza fluorescente, y le dijera:

—Bueno, a ver, ¿qué tenemos por ahí?

Laura Franchini estaba sentada a su lado, mordiéndose los labios, tocándose el cuerpo, semidesnuda. ¡Era ella! ¡Era Laura Franchini! La chica que le había hecho dejar las sábanas apelmazadas, en la que siempre pensaba en la ducha, y también en los momentos como ese, cuando se ponía nervioso y lo atacaba la ansiedad.

¿Pero cómo podía ser? ¿Qué posibilidades reales había de que Laura Franchini se subiera al auto justo cuando Archie pensaba en ella? ¿Cuántas chances había de que la misma, la mismísima Laura Franchini, estuviera compartiendo el mismo tiempo y espacio que él, Archie Reiton, vestida con la malla enteriza flúor de la revista Picante, en una edición del año anterior?

Eran muchas coincidencias. Había millones y millones de chicas en el mundo. Más probable hubiera sido (por el barrio, por la hora) que una vagabunda sin dientes, hambrienta y de los suburbios, le hubiera pedido un poco de crack a cambio de un pete, o tal vez podría haber sido un chico, un negro desorientado, ya vuelto una calavera que temblaba en el rocío del callejón, entre el humo fantasma que subía por las alcantarillas. Eso hubiera sido lo verosímil en el universo cotidiano y probable de Archie Reiton.

—¿Qué pasa, amor? —le dijo Laura Franchini, y se lo montó con las piernas abiertas en el poco espacio apretado del auto—. ¿No te gusto?

¿Cómo no le iba a gustar? ¿A quién no le podrían gustar esos labios rojos, tiernos, y ese culo enorme, suave, gordo? Archie no se animó a tocarla, por miedo también a que se fuera como había llegado, sin pedir permiso en la madrugada.

Si era que estaba soñando, como soñaba con Laura Franchini incluso cuando se metía a la cama de una chica cualquiera, no quería despertar, quería que durara, quería sentirla como nunca la había sentido. Archie Reiton no soñaba, porque sabía distinguir el sueño de la realidad, y reconocía el mundo exterior como parte de eso que se conoce como vigilia, a través de la información concreta que le entregaba ese mundo: era de noche, hacía frío, había estacionado el Torino quince o veinte minutos atrás, y mientras esperaba, de los nervios, desempolvó su revista Picante de la guantera. Esos eran los hechos.

Laura Franchini, no la de la revista, sino la que tenía encima, la Laura Franchini real había roto esa realidad, o la había cambiado, y la había expandido a una realidad que Archie deseaba pero que paradójicamente jamás se hubiera imaginado. Y esa lógica, una lógica de sueño, donde los deseos inconscientes tienen un lugar consciente en la imaginación, lo había llevado a cuestionarse la realidad. ¿Es posible que la vida fuera así? ¿Los deseos más íntimos, finalmente, se cumplen?

—¡Arrancá! —escuchó otra voz, la de Kevin, y sus pasos en el callejón retumbaban como si corriera a lo Usain Bolt.

—Arrancá, boludo. ¿Te estás haciendo la paja? —le dijo de nuevo Kevin, ya sentado y transpirado en el auto.

La mano ensangrentada de Kevin apretaba unos cuantos dólares arrugados. Archie, todavía aturdido, puso marcha atrás, y buscaba desesperadamente a Laura Franchini entre los tachos de basura, los marginales sin techo y la oscuridad de los paredones iluminados por la luna. Laura Franchini había saltado por la ventanilla, y se había ido corriendo descalza, en el frío, bajo el frío lunar, con la malla enteriza estridente.

Kevin le arrancó la revista de la mano, porque Archie no la soltaba mientras aceleraba solo, silencioso, por Lexington Avenue, más allá de la 112th Street, y la 113th Street, en lo profundo de El Barrio, allá en el East Harlem.

—Está linda la Franchini —dijo Kevin.

Archie pensaba en otra cosa y cruzaba los semáforos en rojo sin darse cuenta, o sabiendo muy bien lo que hacía, porque pisaba a fondo el acelerador.

—¿Qué te pasó en la mano?

Kevin abrió la palma y la giró en el aire.

—Bah, es solo un rasguño. El tipo se hizo el loco y cobró. Me decía que no tenía un centavo, que pasara la semana que viene. Por favor, decía. Lloraba.

Las gotas de sangre habían caído sobre la malla fluorescente de Laura Franchini en la revista, y bajaban por la cintura y se enroscaban entre las piernas.

—Tomá, esto es tuyo —le dijo Kevin.

—¡Cuidado, gil de goma!

Archie le sacó la revista de un tirón y la apoyó cuidadosamente en el asiento trasero.

—Es una revista, bobo, ¿qué te pasa?

—Es mía, y yo te cuido las cosas.

—Tanto lío por unas fotos. Te compro diez. ¿Por qué no te buscás una mina real? ¿Vas a querer tu parte o me la quedo?

Sin mirarlo, Archie abrió la mano para recibir su parte.

—¿Cuatro dólares? —dijo.

—Cuatro dólares.

—Me estás cagando. Dame lo que es mío.

—Cuatro dólares. Eso es lo tuyo.

—Ahí tenés como quinientos. Dale, no te hagás el boludo y hacé las cosas bien.

—Escuchame, pa. Yo no hago las reglas. No tengo nada que ver. Solamente hago mi trabajo, recibo mi dinero y me voy a mi casa, ¿ok?

—¿Y cuánto recibís? A ver.

—Eso no es asunto tuyo —dijo Kevin, y se guardó el bollo de dólares sangrantes en el bolsillo trasero del jean. Era un jean sucio y gastado, quizá el único que tenía, porque se le veían las rodillas a través de tajos, y unas manchas negras o rojas, de sangre seca o barbacoa, le salpicaban los bolsillos delanteros.

—¡Yo también estoy trabajando! —levantó la voz Archie Reiton—. ¡Te guardaste quinientos dólares y me diste cuatro!

—Me parece que no estás entendiendo.

Para calmarse un poco, Kevin metió la mano en otro bolsillo, de esos anchos, y revolvió hasta encontrar una bolsita con un polvo blanco. Se llenó el dedo índice y aspiró, una y dos veces. La nariz le quedó blanca y roja.

—Yo arriesgo mi vida por los dos. ¿Qué sé yo si el tipo de adentro no me va a dejar un agujero en el pulmón? ¡Tengo cuatro hijos, Archie! ¡La puta que te parió! Vos solamente tenés que esperar afuera con el auto en marcha y avisar si estamos en problemas. Nada más.

—¿Y yo no arriesgo mi vida? Me puede pasar cualquier cosa allá afuera.

—No es lo mismo.

Kevin no lo quería ni mirar a Archie, y Archie tampoco quería saber nada con Kevin, así que se hablaban de costado, con la boca pegada a la ventanilla o con los ojos en la calle titilante de rocío. Kevin aspiró otro poco del polvo blanco sobre el dedo, y para poner más distancia todavía, entre Archie y él, se rascó las crenchas de pelo duro y negro con la punta de un revólver.

—¿Te pensás que esto es gratis? —le preguntó retóricamente Kevin con la mano sangrante.

—Me podría haber pasado a mí.

—No tenés las agallas.

—¿Qué dijiste? Repetilo.

—Mirá, no hinchés más las pelotas. Si tenés algún problema con el dinero hablalo con Ray, ¿ok? Yo solo soy un maldito subordinado igual que vos.

Kevin cruzó rengueando el patio del complejo habitacional donde vivía, y antes de que lo tragaran las sombras y los pasillos se dio vuelta y le mostró el dedo del medio a Archie, el dedo con la mano sangrante.

2. La rata y la salchicha

Después de estacionar el Torino en el garaje de uno de los hombres de Ray, Archie cerró la persiana y caminó con las manos en los bolsillos y la capucha puesta, y dobló en Lexington Avenue. El humo subía azulado desde las alcantarillas y se volvía un hilo plateado al llegar a las ventanas de los edificios. Alguien daba un portazo, el llanto solo de un bebé en una pieza entristecía las esquinas, y un viejo en musculosa, sentado en una cocina bajo las luces blancas fluorescentes, escuchaba una pelea del Ringo Bonavena.

—Oye, amigo, ¿tienes cincuenta centavos? —le preguntó uno al que no se le veía la cara, echado sobre un cartón, iluminado por el neón verde y rojo de un taller mecánico.

Archie siguió de largo, con la capucha sobre la frente, como si hubiera escuchado el canto de los grillos en el pasto de los cordones.

—Vete al diablo —escuchó Archie que le gritaban en la espalda.

En la boca negra y cerrada del subte, volvió a doblar, y caminó por la 112th Street, donde los grafitis en las paredes de las fábricas de hielo y autopartes y transportes lo miraban en el silencio del alumbrado público. No tuvo tiempo de esquivar el sorete enroscado de un perro, un hijo de puta más que creía que la calle era suya. ¿Qué le costaba levantar la mierda de su propia mascota? ¿Cuánto tiempo le hubiera llevado meterla en una bolsita para que un pobre infeliz que pasaba apurado y en la noche por ahí no se llevara ese regalito asqueroso en la suela de sus Nike Air blancas? Dicen que trae suerte pisar caca de perro. Pero entonces, ¿cuándo llegaría esa suerte?

Dos cuadras más allá, dobló otra vez, en la 3rd Avenue, y unos pibes que ranchaban en la esquina, fumando algo y escuchando rap o RKT de un parlantito, lo miraron con una indiferencia precisa. Era esa una de las esquinas de El Barrio donde paraban los pibes, y cualquiera que pasara a esa hora de la noche por ahí debía ser necesariamente identificado, porque podía confundirse quizá con alguno de los “ratis”, como les llamaban en clave a los agentes encubiertos de la Unidad Especial de Narcóticos, quienes se disfrazaban de vagabundos o adictos para recopilar información sobre las bandas o los peces gordos.

En el centro de la nube de humo, uno de los pibes al parecer lo reconoció y le levantó la mano, pero Archie se apuró para saludar primero, porque era él el que pasaba por esa zona, por esa esquina, a esa hora.

—¿Qué onda la vagancia?

—El Archie Reiton re fantasma.

—Quemando uno, compa.

—Bien ahí, perro.

Los pibes lo invitaron a fumar, pero no se quedó, aunque lo hubiera deseado, y tuvo un impulso, uno corto, en el que se imaginó bajo la nube de humo hasta el anochecer, cuando las primeras bicicletas y las primeras luces de la mañana empujaran a los trabajadores a sus puestos en negro, con sus fichas de las horas que tenían que completar para recibir un sueldo al final de la quincena sin beneficios sociales. Entonces otro de los pibes le gritó:

—¡Eh, alto gato!

—No puedo, guacho.

—Archie, careta —le dijeron.

—Traela a tu hermana —le gritó otro.

—Esa puede todos los días.

Bajo la burbuja gris de humo, los pibes se doblaban en dos para reírse, y se agarraban de las rodillas, y se sostenían entre ellos con los hombros, y la burbuja de humo se esparció por el aire y volvió plateadas las lágrimas de risa que colgaban de las caras.

—Se re zarpan, guacho —dijo Archie—, ya van a caer.

¿Seguirían ahogándose de alegría por la hermana de Archie, por Archie, por la bendición de otra madrugada clara y fría en el silencio suave de una esquina de El Barrio? ¿O es que otra vez subían con el humo a las estrellas, subía la mente en una nube, como Goku, para revisitar en una nave intergaláctica otros mundos de otros universos, mientras el cuerpo seguía retorcido en la misma esquina con olor a meo? Qué le importaba ya a Archie, por un callejón de ladrillos vistos y dibujos de viseras en aerosoles, llegó al portón de su edificio, al que tenía que subir por escaleras, sobrio o volado, frustrado o contento, porque no había ascensores.

Las luces del primer piso no andaban, en el segundo había un negro sentado en un rincón, con los brazos colgando y la comisura de la boca ensalivada, viajando también estaría, como los pibes de la esquina aquella, pero en un universo paralelo. En el tercer piso se cruzó a una mujer en bombacha que salía llorando de un departamento, con el pelo revuelto en la cara, y un tipo en camiseta le gritó desde la puerta:

—¡Puta de mierda! ¡Volvé para acá!

En el cuarto piso se miró a los ojos con una rata a la que le costó salir de abajo de una puerta: gorda y maciza, se arrastraba como por un campo minado, y la desesperación por escapar con un pedazo de salchicha le agitaba los bigotes.

—Así es la vida —le dijo Archie Reiton—. Todo ese esfuerzo y toda la mierda que uno tiene que pasar por medio perrito caliente, ¿eh?

La rata lo miraba, en un último esfuerzo, en un último pedido de ayuda.