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Un grupo de jóvenes poetas busca a Juan L. Ortiz entre los montes, las calles de tierra y los ríos del litoral. Es un paisaje que si bien poco tiene de esplendoroso, filtrado por la poética de Juanele empieza a brillar y lo que es una búsqueda se transforma en una novela de aventuras. Al mismo tiempo, una conspiración de norteamericanos y franceses tiene por objeto apropiarse del talento de Juanele. La Rusa, Dumbo y el narrador deberán protegerlo del ataque y buscar curar la enfermedad que le provocan. Novela de impresiones, de imágenes, de prosa elaborada y sutil, de una frescura y una potencia expresiva asombrosas, El alma de las colinas… constituye el debut literario de Derian Passaglia.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
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El alma de las colinas...
Derian Passaglia
El alma de las colinas flotaba en el cielo y chocaba contra las nubes en un estallido de refucilos. Dos o tres relámpagos iluminaban una ruta toda poceada, abandonada por la municipalidad. Entre los pozos se deslizaban víboras, en zigzag, ignorando los peligros de cruzar un asfalto oscuro. Iban apuradas, como si se les fuera el colectivo. Buscarían agua o refugio. “Zarigüeyas –pensé–, toda una atracción local”. Dumbo me discutió, las zarigüeyas no eran víboras, sino que se parecían a los ratones, tenían los ojos negros y roían las cosas como si las fueran a comer, pero no las comían, era de curiosas nomás. Ligeras, enseguida las perdimos de vista; el ruido del motor, las luces del auto, la presencia de vida humana les despertó el instinto de supervivencia.
La lluvia fue un chillido y un repiqueteo, un tuntún sobre un camino que se convirtió en barro, mucho más lejos no llegaríamos. Las colinas en su retumbar contra la lluvia abrían la boca de su alma, el aire se abrazaba al viento, las copas de los árboles retenían su murmullo. Tan altos eran los árboles, sauces viejos que crecieron más por viejos que por otra cosa, y no los asustaba el cielo, seguían creciendo, porque sus ramas tenían el poder de dar vida. Sus hojas eran más oscuras que las nubes grises, y en el silencio de cada pieza a esa hora de la noche en una ruta de provincia en el litoral no se debía escuchar otra cosa que ese arrullo que bajaba de los sauces, anunciando la tormenta. Menos nosotros, todos previeron la lluvia.
No había nada, nada que uno pudiera decir: “Nos refugiamos acá hasta que pare”. La lluvia no dejaba ver, todo se volvió gris. La Rusa se asustó y Dumbo dijo que eran lluvias normales y pasajeras, típicas de la época del año. Un techo cualquiera podría habernos servido de refugio, un hotel de mala muerte, una estación de servicio, un supermercado incrustado en la ruta caprichosamente, punto de encuentro de camioneros, linyeras ocasionales y extranjeros. Nada, nada. Ni una promesa de concreto en el horizonte donde estirar las piernas y parar a tomar algo caliente, recuperar fuerzas. Lo único visible más allá era lo gris de la lluvia, furiosa y pesada. Era peligroso manejar así, y Dumbo bajó la marcha. El auto iba a dos por hora y las gotas sonaban en el parabrisas como el tictac de las alarmas cuando no queremos despertar del sueño. Pero no era un sueño: estábamos varados en medio de la nada, justo el día en que la nada se convertía en barro y lluvia.
Parece muy excitante la idea de dejar atrás la ciudad un fin de semana para embarcarse en una aventura por rutas desconocidas de una provincia perdida al noroeste del país, pero apenas los mosquitos empiezan a zumbar como cornetas enloquecidas, las arañas doblan el tamaño de una mano, los árboles crecen como gigantes y la soledad se vuelve parte del espacio, entonces aquel primer impulso que nos hace abandonar la vida estresante y rutinaria de la ciudad desaparece como vino, y nos damos cuenta de que se trataba de una idealización, porque la realidad es muy diferente a como la imaginábamos. Muy linda la naturaleza en los documentales, el arte y la poesía. Y parece mejor mantenerla así, mediada por la imagen y la palabra, porque si no es el medio natural de uno puede llegar a sufrirse mucho. ¿Cómo terminé en medio de la nada con Dumbo, un escritor de vanguardia, y la Rusa, una poeta confesional? Compartíamos la pasión por la poesía del secreto mejor guardado de las letras nacionales: la figura mítica del poeta Juanele.
El viento embolsaba el auto con su fuerza descomunal y nos impedía avanzar. Altas en el cielo, las ramas de los sauces parecían dedos acusadores, un tribunal que deliberaba ante la presencia de extraños, como si no fuéramos bien recibidos en los humedales de una zona que no tolera porteños; y todo lo que no andaba en patas, pescando o mimetizado con lo salvaje del paisaje era visto sin más como porteño. Para Dumbo y la Rusa la autoridad era yo, que no era porteño como ellos sino rosarino, algo tenía que conocer de todo ese mundo, debería resultarme familiar por simple proximidad geográfica y porque se supone que si uno nace en determinado lugar adquiere por ósmosis las características de lo que lo rodea. Les conté, para calmar un poco los ánimos que se agitaban con los sauces al viento en la oscuridad de la tormenta grisácea, que tenía una abuela entrerriana y otra correntina. Con más razón entonces, por herencia de sangre, tenía que hacerme cargo de la situación.
—¿No es mejor parar? —dijo la Rusa.
El cielo tiritaba. Su escalofrío descendía, una lluvia ennegrecida por las nubes, que apagaban las luces de la tarde… ¿Justo con nosotros, tres gatos locos perdidos, arriba de una renoleta que se desarmaba a cada paso, el cielo se caía a pedazos? El apocalipsis en una localidad ganadera de Entre Ríos. La pregunta de la Rusa flotó en el aire enrarecido del litoral. El viento conmovido cargaba el parabrisas de furia y niebla.
—Abrí un poquito la ventanilla —me pidió Dumbo.
Me empapé todo y el vidrio encima seguía empañado. Andábamos a ciegas por la ruta, encapsulados en el frío de los asientos de la renoleta. De a poco, el parabrisas se fue aclarando y mostró el camino negro por donde no pasaba nada ni nadie, salvo la lluvia, que parecía haber escondido las líneas y formas del paisaje. A lo lejos, la Rusa algo vio, y con Dumbo nos quedamos mirando embobados a ver si reconocíamos algún elemento que nos mostrara de nuevo la realidad, el mundo desaparecido alrededor.
—Allá, allá —dijo la Rusa.
Era un bulto que emergía de la tierra. Temblaron los sauces y tembló el asfalto, las manos de Dumbo sobre el volante temblaron. La lluvia paró un poco. Eran troncos de tipas sinuosas en medio del camino, entrelazados como si formaran una barricada, la cueva de un gigante mitológico. Antes no estaban, o no los habíamos visto, y ahora sí. Del interior del tronco salían luces amarillentas que se reflejaban en las ventanas del frente. Tenía una entrada y una marquesina sin ninguna inscripción. Se escuchaba la melodía monótona e inconfundible de cumbia santafesina. Lo mejor y más sensato era parar, como había dicho la Rusa, tomar algo caliente, comer, buscar un lugar para dormir y sobre todo preguntar dónde nos habíamos metido.
Don Ciriliano y Poroto salieron de abajo de la tierra. Sentados en cajones de Quilmes, apenas se podían mantener derechos, bamboleantes como el viento instigador. Uno se apoyaba en el otro para no caerse, y cuando el otro se estaba por caer, la conciencia los asaltaba de golpe y volvían a ponerse derechos. Así todo el rato: se caían, se mantenían en el aire sin tocar el suelo, con una flexibilidad de ramita de laurel, y cuando estaban a punto de derrumbarse, pum, otra vez con la espalda derecha y la cabeza erguida. La sangre inyectada en los ojos predecía la cantidad de alcohol en sangre. Tetras de vino, latas de cerveza y una jarra plástica construida manualmente con una botella de coca los rodeaban como un ritual de macumba.
Era un almacén dudoso que sólo tenía una heladera, lo único que brillaba al fondo de un rincón con tetras de Uvita y Termidor. Para Don Ciriliano, el mejor grupo de cumbia eran Los Palmeras; Poroto no estaba de acuerdo con una afirmación tan ridícula. Grupo Cali era mil veces mejor, más inspirado, menos idílico e inocente, con grandes temaikenes como “Píntame”, “Tatuaje” o “El campeón de la vida”, que Los Palmeras jamás iban ni siquiera a soñar. ¿Que Los Palmeras hubieran tocado con la sinfónica de Santa Fe, y se mantuvieran vigentes por más de cuatro décadas, no le decía nada a Poroto? ¿No le hacía ni un poquito de ruido? Hablaban como entre murmullos de grillos cuando resplandecía el rocío en la madrugada de la gramilla. Si hubieran podido, se habrían levantado sin decir nada, puteando al otro, odiándolo en silencio, y se hubieran ido para las casas arrastrando los pies. Pero apenas si podían mantenerse despiertos.
—El mejor —dije yo— es Leo Mattioli.
—¿Y este de dónde salió? —dijo Poroto.
—¿No lo trajiste vos? —le preguntó Don Ciriliano a Poroto.
—Es un primo tuyo —dijo Poroto.
Leo Mattioli conquistó el corazón de la zona más caliente del país, la provincia de Buenos Aires. Su brillo se propagó de casa en casa, de barrio en barrio, hasta convertirse en un talismán de chicas de familias bien en barrios pudientes de la capital, un auto de alta gama con los vidrios polarizados estallaba con la voz desgarrada de Leo en “Si tú te vas”, y nadie conocía a Grupo Cali, ¿era la marca de una empresa de luces electrógenas? ¿Un dibujito animado caribeño? ¿El nombre de un equipo de fútbol cinco de cuarentones, que jugaban los sábados en canchas sintéticas, montadas por empresarios evasores abajo de una autopista? Leo Mattioli cumplió además su destino shakesperiano. Murió cantando alguna canción de su repertorio, quizá “Le pido a Dios” no haya sido más que una profecía. Así tenía que morir, regado de whisky y una aureola de oro etérea, los ángeles lo fueron a buscar a una habitación de hotel cualquiera, mientras esnifaba de su anillo dorado, que amontonaba el polvo blanco de pelaje de cisnes sobre una tarjeta Gold de Mastercard.
En todo caso, su final, ese hilo de vida infinito, sirvió para que creciera el mito. El poder de su memoria crece. Leo Mattioli ha sido incluso asociado a un símbolo de raigambre profundamente nacional como es el mate y su cultura. Imaginar a Leo Mattioli tomando mate en la cocina de la casa con su nona y no con un vaso gordo de whisky es un desafío a las conciencias, una imagen que sólo puede crear la inventiva popular. Leo Mattioli era popular porque sus ojos saltones de sapo, su cuerpo de oso tierno que espera el abrazo de la amada, su fraseo desgarrado viven en la memoria de una comunidad. Los Palmeras, en cambio, pueden ostentar “Bombón asesino” y haber tocado para un puñado de personas en el Obelisco.
—Que sea popular no quiere decir que sea mejor —dijo Don Ciriliano—. ¡Aguanten Los Palmeras!
Poroto pidió que nos acomodáramos en cajones de cerveza, dispuestos como mesitas, donde apoyaban los cartones de vino, el Amargo Obrero, los vasos, las llaves, una faca, la billetera. La de Don Ciriliano era de cuero pero estaba tan vieja que parecía hecha con escamas de peces de río. Poroto y Don Ciriliano aceptaron que éramos todos primos, de quién no importaba, pero seguro traeríamos noticias nuevas de lejos y tendríamos oídos ansiosos por escuchar las locales.
Don Ciriliano, como en un rapto que nos excluía, y excluía también todo lo que pasaba a su alrededor, pronto el otoño resuelto a recomenzar su cancioncilla de gotas entre las madrigueras de los sauces, recordó por qué estaba enojado con Poroto, con lo que nada tenían que ver Leo Mattioli, Grupo Cali o Los Palmeras. La causa del rencor eran las damajuanas de vino Galán. Sábado de por medio pasaba el camión de damajuanas por las casas a dejar los pedidos. Poroto era cliente fijo, pero ese sábado no iba a estar, porque saldría la noche anterior y nunca se enteraba previamente en la casa de qué viuda amanecería, y le había pedido a Don Ciriliano, el vecino, que le recibiera el vino. Don Ciriliano ni lo escuchó, pero le dijo que sí, y al otro día, mientras untaba la manteca en el bizcocho, y lo rociaba de azúcar encima, ni registró cuando pasó el camión del vinero con las damajuanas. Cada vez que se ponía cargoso de tanto vino, Poroto le sacaba a relucir la ruptura de su juramento: Don Ciriliano no practicaba para cornudo, era cornudo profesional.
—Sinceramente no lo revisé —explicó Don Ciriliano—, porque pensé que el vinero iba a pasar igual, en el frente estaban los perros que ladraban y tenía la bicicleta afuera apoyada contra las rejas del tapial.
—Cuando te fui a pagar la soda te dije: “Decile al vinero que tengo cerrado por la lluvia, decile que te golpee y te lo deje”. Qué bárbaro, loco, ta, Don Cirilo, ta…
—No, pará, pará. Bajá un poco el tonito conmigo. Yo no me voy a hacer responsable si Galán no te dejó vino, bastante tengo con lavarme los calzones y hacerme la comida. Vos te fuiste, jodete. O si no decile a tu chica que tenías que estar en la puerta esperando a Galán, ¿entendiste?
—Andate a la reconcha verga de tu madre. Cuando vos me pedís un favor yo te lo hago. Ta, listo, no me pidas más nada, no te pido nada.
—A mí no te me enojés así, te digo en serio. Hay gente acá, tené respeto. Yo pensé que estaba tu chica esperando a Galán. Listo, punto y aparte —dijo Don Ciriliano.
Si para nuestro poeta admirado el paisaje era el objeto de la poesía, el tema central con el que construyó toda su obra, para nosotros, bichos de ciudad que vivíamos hacinados en cajas de zapatos, el paisaje era más bien el pintoresco costumbrismo de Don Ciriliano y Poroto en el ritmo de sus voces cansinas y borrachas; borrachos podían ser, pero no tontos. Cuando escucharon el nombre de Juanele se pusieron serios, dejaron de pelear como dos chicos sin su juguete, y nos miraron como lo que éramos a sus ojos: bestias mutantes tentaculares salidas de las profundidades de avenidas y edificios del más allá. Con nosotros en su territorio exageraban las formas, porque no debía pasar mucha gente por ese lugar perdido, olvidado por Dios y el Diablo. Y justo cuando encontraron un público cautivo desplegaron su repertorio de actuaciones que recreaban cada tarde en el almacén: viejos rencores de una amistad que había sido fruto de la casualidad, un azar del tiempo y el espacio que juntó a Don Ciriliano y a Poroto en el paisaje de Juanele.
La sorpresa por el nombre que escapó de los labios de la Rusa no debía ser más que otra escena de esa representación dramática que montaban dos vecinos de pueblo, alterados por el alcohol burbujeante que tomaban, sentados al borde de la ruta en un almacén, construido con ramas de tipas, en esa arquitectura de la naturaleza.
La gente de pueblo le daba otra dimensión a las cosas. Recordaba los relatos orales de mi abuela correntina, la nona Peti. A veces, cuando se dejaba poseer por la historia que contaba, puteaba en guaraní con el puño cerrado, mirando la pared llena de retratos en blanco y negro y fotos analógicas y pensando en un pasado olvidado y perdido que existía en su imaginación, donde algún tío, una hermana o un primo morían de manera trágica, envueltos en alambres de púa oxidados de una chacra a la que habían querido entrar para robarse gallinas.
Juanele, el nombre de Juanele, despertó un terror misterioso en los ojos vidriosos por el Amargo Obrero de los vecinos, Don Ciriliano y Poroto, que se olvidaron de que estaban peleados y era como si de golpe hubieran hecho las paces, y recuperaran la sobriedad perdida durante años, décadas enteras. ¿Entonces conocían al gran poeta secreto? ¿A la estrella literaria guardada en un rincón de una provincia remota en medio de selva agreste, entre brazos de ríos serpenteantes?
Se miraron cómplices ante nuestra ansiedad, como si no tuvieran nada que ver con esa palabra, ese nombre que rebotó entre las ramas del techo de tipas del almacén, y se esparció como un eco en la humedad de la ruta vacía y las nubes moradas del cielo. La zarigüeya que se había salvado de la muerte, los álamos al costado del camino, las colinas curvadas a lo lejos escucharon el silencio de Don Ciriliano y Poroto, medio en pedo todavía pero recuperados por un sacudón.
—¿Juanele? —dijo Don Ciriliano—. ¿Juanele?
—¿Es una marca de cigarrillos? —dijo Poroto.
—No, ni idea —dijo Don Ciriliano.
En eso apareció una señora que salió del almacén. Don Ciriliano y Poroto, como subordinados al patrón, agacharon la cabeza: esa mujer había sido maestra de escuela de los dos borrachos. Era la señorita Amelia, y decía conocer a Juanele. Los primeros pasos en la literatura, lecturas de iniciación por los caminos de Machado y Juan Ramón, Juanele se lo debía todo a la señorita Amelia.
—Un chico tan bueno… —dijo tiernita—, recortaba y pegaba poemas de revistas en un álbum. Leía historia en los recreos, casi siempre del período europeo de revoluciones. No quería jugar a la pelota con los otros chicos porque le picaban los mosquitos.
