Chile al rojo - Eduardo Labarca - E-Book

Chile al rojo E-Book

Eduardo Labarca

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Beschreibung

Hace medio siglo, en un ambiente de profundos conflictos políticos y sociales, tomaba cuerpo en Chile un audaz intento por instaurar un gobierno de izquierda que iniciaría la construcción del socialismo. En el mundo entero los ojos se volvían hacia Chile, el lejano país donde se pretendía llevar a cabo por primera vez una revolución pacífica, sin lucha armada ni guerra civil, sobre la base del proceso electoral que condujo a Salvador Allende a la Presidencia de la República. El periodista Eduardo Labarca Goddard estuvo inmerso como reportero y columnista en el complejo mundo político de los decenios de 1960 y 1970. Eran tiempos agitados y Labarca se desplazaba a lo largo y ancho del país, tomaba el pulso a los diversos sectores de la sociedad, realizaba entrevistas a los políticos de los distintos bandos y sobre todo mantenía con ellos conversaciones confidenciales. Fruto de esa labor es Chile al rojo, libro escrito al calor de los acontecimientos y publicado cuando Salvador Allende llevaba solo cinco meses en el palacio de La Moneda. La información casi abrumadora contenida en estas páginas ha de permitir a las nuevas generaciones comprender los secretos de la llegada de Allende a la presidencia, la atmósfera que se vivía y los factores que estaban en juego en la sociedad chilena. En este libro excepcional, Labarca entrega, además y en forma exclusiva, los más recónditos detalles del asesinato del comandante en jefe del Ejército general René Schneider y cómo un grupo de conspiradores civiles y militares intentó impedir la llegada de Allende a La Moneda.

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Seitenzahl: 449

Veröffentlichungsjahr: 2023

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LABARCA G., EDUARDO

Chile al rojo Los secretos de la llegada de Allende a La Moneda

Santiago, Chile: Catalonia, 2023

268 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-029-1ISBN digital: 978-956-415-030-7

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN CH 070.40.72320 CIENCIA POLÍTICA

Diseño de portada: Amalia Ruiz Jeria

Fotografía de portada: banco de imágenes Alamy

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición Catalonia: junio, 2023

ISBN: 978-956-415-029-1ISBN digital: 978-956-415-030-7

RPI: 39119 (1971)

© Eduardo Labarca G., 2023

© Editorial Catalonia Ltda., 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

ÍNDICE

PrólogoEL RENACIMIENTO DE ESTE LIBRO

Capítulo ceroDESPUÉS DEL 70

Primera parteEL CASO SCHNEIDER

1. Esa noche

2. Aquella mañana

3. El General solo

4. Un ensayo

5. La fiesta de los generales

6. El gato y el ratón

7. Acuartelamiento

8. El general del Tacnazo

9. Brindis y optimismo

10. Juego peligroso

11. El Plan Alfa

12. Quinientas metralletas

13. Los malos amigos

14. La víspera

15. Punto de reunión

16. La partida

17. El encuentro

18. Los matadores

19. Ese instante

Segunda parteANTES DEL 70

1. Toque de queda

2. Las tradiciones

3. Cosas de la Historia

4. Partido de obreros

5. Un fracaso

6. Interpretaciones

7. El drama de Frei

8. Debray en Chile

9. Entra Tomic

10. Cuatro escollos

11. Más dificultades

12. Entra Alessandri

13. La erosión

Tercera parteLA UNIDAD POPULAR

1. La partida

2. Tarud

3. Baltra

4. Allende

5. Partido clave

6. Chonchol

7. Neruda

8. Primeros pasos

9. El programa

10. Consultas preliminares

11. La mesa redonda

12. Punto muerto

13. Por fin

Cuarta parteVIOLENCIA Y TERROR

1. Lucha múltiple

PrólogoEL RENACIMIENTO DE ESTE LIBRO

La llegada de Salvador Allende a La Moneda en 1970 estremeció a Chile y sorprendió al mundo. Mucho se ha escrito sobre los tres años del gobierno de la Unidad Popular, el golpe militar que puso término a la incipiente revolución chilena y la muerte del presidente, sobre los años de dictadura y el proceso de retorno a la democracia. Sin embargo, los acontecimientos históricos que precedieron el triunfo de la Unidad Popular, la agitación social que sacudía a Chile, la evolución del clima político, los estallidos de violencia, la profundidad del debate ideológico, la decantación de los partidos y el surgimiento de las alianzas que condujeron al triunfo electoral de la izquierda han quedado de algún modo en la nebulosa.

Habiendo transcurrido medio singlo, entre los estudiosos y las nuevas generaciones se advierte el interés por comprender en toda su magnitud esos acontecimientos. Se trata precisamente de los asuntos que aborda mi libro Chile al rojo, escrito al calor de los hechos y publicado en abril de 1971, cuando Allende llevaba cinco meses en la presidencia y sus partidarios vivían aún la euforia del triunfo sin imaginar la tragedia que se descargaría el 11 de septiembre de 1973.

Como reportero político yo me desplazaba entre las tribunas y los pasillos del Senado y la Cámara de Diputados, los corredores de La Moneda, las salas de prensa de los ministerios, las sedes de los partidos políticos, los tribunales, el local de la Central Única de Trabajadores, mantenía conversaciones confidenciales con los protagonistas de todos los sectores, y también llegaba a las poblaciones que surgían de las tomas de terrenos, a las empresas ocupadas por los huelguistas y, por cierto, tomaba el pulso de la calle durante las grandes manifestaciones y los paros nacionales.

Ese riquísimo acontecer, registrado en mis crónicas y columnas de entonces y estampado en mi memoria, fue la base de Chile al rojo, libro testimonial que no necesitó las clásicas notas de citas y referencias ya que yo, el autor, daba fe de los hechos consignados, cuya veracidad se apoyaba en los apuntes tomados en vivo y en directo en mi libreta de periodista, los documentos oficiales recogidos el día de su emisión y los recortes de los diarios y revistas que yo leía a las siete de la mañana y clasificaba en las carpetas de un nutridísimo archivo que los militares, frustrados al no encontrarme el día en que allanan mi casa en septiembre de 1973, se llevan con mueble y todo en lugar de mi persona.

A los actuales lectores e investigadores, esta nueva edición de Chile al rojo, libro que ha permanecido agotado durante más de cincuenta años, ha de permitirles observar que la llegada de la izquierda al gobierno no fue fruto de un casual golpe de dados, sino la culminación de procesos históricos y sociales que venían madurando de larga data en las entrañas de la sociedad.

Estas páginas, en las que asoma el lenguaje revolucionario de aquel tiempo, dan testimonio de las intrincadas negociaciones protagonizadas por una pléyade de dirigentes que se empeñaban en interpretar el complejo momento político que se vivía, negociaciones que fructificaron con la constitución del pacto de la Unidad Popular y la aprobación de su Programa, sin perjuicio de los factores que conducirían a su derrota.

En las páginas del libro se reviven las noches de vigilia que los periodistas pasamos en los sillones desvencijados de la sede de algún partido o recostados en las alfombras del Congreso a la espera del resultado de reuniones que acababan de amanecida, hasta el día en que brotó humo blanco y se anunció que el abanderado de la UP se llamaba Salvador Allende.

Se iniciaba una áspera carrera presidencial en la que abundarán las maniobras e intrigas nacionales e internacionales encaminadas a impedir el ingreso de Allende a La Moneda, sin excluir los crímenes y atentados terroristas, todo lo cual se consigna en este libro. En la Primera Parte se presenta información pormenorizada, exclusiva al momento de la aparición de Chile al rojo, de los preparativos y la consumación del asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército, cometido por un grupo de conspiradores militares y civiles en un intento por frustrar la toma de posesión del nuevo presidente, la Operación Alfa, anticipo del golpe que tendrá lugar tres años más tarde.

Chile al rojo puede leerse a partir de su capítulo Cero como un vasto reportaje, un ensayo de ciencia política o un thriller de no ficción, que culmina en su capítulo final con la descripción de los festejos con que sus partidarios celebraron en las calles, campos y caminos de Chile la llegada de Salvador Allende a la presidencia el 3 de noviembre de 1970. Lo que vino después es historia conocida.

El autorMayo de 2023

Capítulo ceroDESPUÉS DEL 70

Hoy Chile se estremece.

Se ha hablado de su loca geografía, pero también debiera hablarse de su loca historia.

La locura de los chilenos está en la pretensión de hacer una revolución y llegar al socialismo sin que una efusión de sangre humedezca su hermoso trozo de cordillera de los Andes, su desierto salitroso del norte, su fértil valle central, sus bosques y sus pluviosas islas del sur, sus pampas magallánicas, su extenso litoral.

Y, tras esa meta inalcanzada antes por pueblo alguno de la tierra, la izquierda chilena ha conquistado con el voto un Gobierno Popular, punto de apoyo para la construcción de un nuevo régimen en que el poder real pase definitivamente a manos de los trabajadores y capas avanzadas de la sociedad.

Desde lejos pudiera pensarse que en Chile todo se desarrolla idílica y apaciblemente. Nada hay más falso. Los acontecimientos internos y externos demuestran que no es así.

Desde el día en que Fidel Castro proclamara el socialismo en Cuba, la mayor derrota de Estados Unidos en el continente latinoamericano ha sido la instauración en Chile del gobierno del médico socialista Salvador Allende y la Unidad Popular.

Allende asumió constitucionalmente el mando el 3 de noviembre de 1970. Pero él y los miembros del bloque de la Unidad Popular, el conglomerado político más vasto y decidido de la historia de Chile, advertían desde el primer instante que la llegada al gobierno constituía sólo un primer paso para la posterior toma real del poder.

Una encarnizada campaña electoral, caracterizada por la aguda lucha social de vastos contingentes de chilenos, precedió la victoria electoral de la UP del 4 de septiembre de 1970.

En La Habana, esa madrugada el primer ministro Fidel Castro esperó la llegada de los resultados definitivos en la redacción del diario Granma, donde los trabajadores avivaron alborozados la victoria de Allende.

En Lima, el parco general Juan Velasco Alvarado, nacido en la ciudad de Piura y jefe de un gobierno militar nacionalista, aludía en círculos íntimos en términos parabólicos a su propia persona, afirmando en relación con el resultado de la elección chilena:

–Ahora el burrito piurano no andará solo.

En Washington, el presidente Richard Nixon fue sincero y declaró a las pocas horas:

–La elección de Salvador Allende a la presidencia de Chile no fue agradable.

Todos entendían que, si Allende y la Unidad Popular lograban asumir el mando tras el triunfo electoral, el mapa habría cambiado en América Latina.

Entre el 4 de septiembre, día de la elección, y el 3 de noviembre, fecha de la transmisión del mando del presidente saliente Eduardo Frei al presidente electo Salvador Allende, transcurrieron 60 días interminables.

Fueron 60 días en que, de arriba a abajo, crujió el viejo sistema.

La derecha chilena y sus sostenedores del extranjero hicieron todo lo que se hallaba a su alcance de acuerdo con la situación para impedir la instalación del nuevo gobierno. Con tal fin recurrieron incluso al frío crimen político, ultimando a tiros en una emboscada callejera al comandante en jefe del Ejército, general René Schneider Chereau. Pero la Unidad Popular, la Central Única de Trabajadores y esa gama inmensa de organizaciones populares que florecen por tradición a lo largo de todo Chile, en buenas cuentas millones de chilenos, hicieron también todo lo que estaba a su alcance, aunque fue con el fin diametralmente opuesto: imponer el respeto a la decisión electoral mayoritaria y asegurar la instalación de Salvador Allende en la presidencia de la República.

Con la entrada de Salvador Allende al palacio de La Moneda el 3 de noviembre de 1970 se inició finalmente el experimento chileno.

En América y el mundo surgía la pregunta:

¿Logrará la izquierda chilena afianzarse en el poder e iniciar la construcción del socialismo aprovechando la legalidad de un aparato institucional creado por sus antagonistas? ¿Será posible en Chile una revolución sin sangre? ¿Intentará Estados Unidos convertir a Chile en un Santo Domingo o en un nuevo Vietnam?

Chile comenzó a avanzar por un camino minado.

Cuatro ministros socialistas, tres comunistas, tres radicales, dos socialdemócratas, uno del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y uno de la Acción Popular Independiente (API) juraron como miembros del primer gabinete del gobierno de la UP. Por primera vez en la historia de Chile, cuatro de ellos –los tres comunistas y un socialista– eran obreros.

A los nueve días de asumir el mando, Salvador Allende restableció –el 12 de noviembre de 1970– las relaciones diplomáticas, consulares, comerciales y culturales con Cuba socialista. Con ese acto de dignidad, Chile recuperaba ante la mirada del mundo entero su calidad de nación americana realmente independiente y soberana. Más tarde vendrían las relaciones con la República Popular China, con la República Democrática Alemana, Vietnam y Corea socialistas.

En un clima de azarosa lucha política y social, el nuevo régimen centró desde el primer instante el grueso de su acción en tres objetivos básicos: la nacionalización del cobre, la estatización de los 27 bancos privados que controlaban el grueso de las finanzas y del crédito nacional y el impulso acelerado a una reforma agraria drástica y masiva.

En la búsqueda de una vía constitucional y legal para los cambios revolucionarios, el gobierno de Allende ideó ingeniosos caminos en procura de esos tres objetivos:

1) Propuso al Congreso la nacionalización de la gran minería del cobre –hasta entonces controlada por la Anaconda, la Kennecott y otros consorcios norteamericanos– bajo la forma de un proyecto de modificación a la Constitución Política del Estado.

2) Inició la compra de acciones de los bancos privados a los particulares, pagándolas con los llamados Certificados de Ahorro Reajustables del Banco Central, como paso previo al envío de un proyecto de reforma constitucional para la estatización total de la banca.

3) Puso en práctica todos los recursos franqueados por la Ley de Reforma Agraria dictada por el gobierno precedente, el de Eduardo Frei, con el objeto de expropiar, como paso inicial, 1.000 haciendas en el año 1971, cifra equivalente al total de los predios expropiados por Frei durante todo su mandato.

Y desde el primer instante, Allende asombró a Chile con su estilo personal.

En los días previos a la toma del mando y en las primeras semanas de gobierno popular, parlamentarios y funcionarios democratacristianos organizaron la ocupación ilegal de más de 4.500 departamentos y casas en proceso de construcción o terminación. Las llaves de las nuevas viviendas se repartían por manojos en los últimos días del gobierno de Frei en las oficinas de los despechados jefes democratacristianos. El enfrentamiento parecía inminente entre los ocupantes de hecho y los postulantes con derecho a las viviendas en construcción. Se temía también que la acción policial pudiera provocar una masacre y manchar de sangre al gobierno popular desde sus primeros días. Eso era lo que buscaban los organizadores de las ocupaciones.

Pero Allende y el nuevo equipo gobernante no estaban dispuestos a darles en el gusto.

A los cinco días de la toma del mando por el régimen de la UP, el ministro del Interior José Tohá anunció la disolución del fatídico Grupo Móvil de Carabineros, identificado con los más bárbaros métodos de aplastamiento de las luchas populares y estudiantiles. En lugar de la tradicional política de represión de los gobiernos anteriores, se anunciaba una política de persuasión frente a los conflictos sociales. El nuevo régimen afirmaba, eso sí, que ello no entrañaría debilidad alguna frente a los grupos sediciosos de derecha que intentaran desconocer la autoridad del gobierno.

Y en los días siguientes, Salvador Allende visitó sorpresivamente los lugares de las “tomas” de casas y departamentos. Conversó con los ocupantes ilegales de viviendas –muchos de los cuales poseían otras habitaciones–, discutió con ellos, cogió un micrófono, habló a las familias allí instaladas y finalmente logró acuerdos para iniciar conversaciones en busca de una solución. Los pobladores llevados allí en la primera maniobra de la oposición despedían al poco rato al “Compañero Presidente” con salvas de aplausos.

Desde entonces Salvador Allende comenzó a estar en todas partes.

Viajó a Concepción para firmar el decreto de expropiación de la firma de esa zona, Paños Bellavista de Tomé, abandonada por los empresarios. Recorrió el litoral chileno a bordo de los barcos de guerra de la Armada. Instaló su gobierno durante el primer verano de su mandato en Valparaíso para iniciar la descentralización real del país. Invitó a niños de todo Chile a pasar las vacaciones con él en el palacio presidencial de Cerro Castillo, en Viña del Mar. Fue a la provincia de Cautín, cuando campesinos mapuches y hacendados armados de metralletas se hallaban a punto de enfrentarse en una batalla de consecuencias imprevisibles. Anunció en Lota, rodeado por los mineros y sus familias, el paso a poder del Estado de los minerales de carbón de Lota y Schwager. Dialogó con los campesinos, con los mineros, con los trabajadores de las fábricas, y también con los dirigentes de las organizaciones de terratenientes, industriales y comerciantes, pero sin ceder ante los representantes patronales en las posiciones programáticas de su gobierno. Asediado por periodistas extranjeros venidos a auscultar el “caso chileno” desde todos los rincones del mundo, Salvador Allende se dio tiempo para hablar una o dos veces por semana, anunciando –desde La Moneda, desde Valparaíso o desde diversas provincias– nuevos pasos, nuevas medidas, nuevos actos de su gobierno en cumplimiento del programa prometido al país, o para responder con energía y serenidad a las formulaciones emitidas acerca de Chile por el Presidente Nixon, como hiciera durante un viaje de inspección a las bases militares del extremo sur del país.

“En este gobierno se podrán meter los pies pero no las manos”, había dicho Salvador Allende en su primer discurso público como presidente de Chile, repitiendo una frase de Fidel Castro. Y su gobierno puso término de inmediato a los escandalosos sueldos millonarios de los duques de la administración pública, proponiendo al parlamento una limitación del monto de las rentas y jubilaciones de los servidores públicos.

Las Primeras 40 Medidas del Gobierno Popular anunciadas durante la campaña electoral incluían el compromiso de reparto gratuito de medio litro de leche a cada uno de los niños chilenos, y el nuevo régimen inició su entrega el 4 de enero de 1971, a los dos meses de instalado. Terminó a la vez con las diferencias entre el pan y la leche “para ricos” y “para pobres”, estableciendo calidades únicas y precios únicos para ambos productos vitales. Igualmente fijó tarifas únicas para los medios de transporte colectivo, acabando con discriminaciones y diferencias.

En un país de arraigada tradición legalista y constitucional, los juristas de la Unidad Popular descubrieron innumerables disposiciones olvidadas de antiguas leyes y reglamentos vigentes, que permitían la adopción de enérgicas medidas económicas sin tener que esperar los interminables trámites de la aprobación de una ley en un parlamento con mayoría adversa. Las industrias del acero, del carbón, del salitre, del cemento, las firmas norteamericanas Nibco y Purina y diversas industrias textiles pasaron en los primeros meses del gobierno de la UP a control del Estado. Para ello se aplicaron disposiciones que autorizaban la intervención, la requisición, la expropiación o la compra a pago diferido de determinadas empresas privadas en ciertas situaciones.

Salvador Allende y su equipo no sólo mostraban decisión, sino también imaginación.

El gobierno de la Unidad Popular inició desde el primer día una nueva relación con los trabajadores. Allende y sus ministros y la Central Única de Trabajadores firmaron al mes siguiente de la instalación del nuevo régimen, un acta que fijaba los puntos de acuerdo para los aumentos de remuneraciones y para la participación de los trabajadores a todos los niveles de la gestión pública y de la producción.

Cincuenta mil jóvenes salieron a los campos en los meses de enero, febrero y marzo de 1971 en brigadas de trabajo voluntario. Los mineros del salitre se comprometieron a aumentar a un millón de toneladas anuales su producción, y medidas en igual sentido se adoptaron en el carbón y otros sectores estatales de la economía. Comenzaba la “batalla de la producción” y se respiraban en Chile los primeros aires con perfume a socialismo.

Pero no todo podía ser miel sobre hojuelas.

Al afectar poderosos y arraigados intereses nacionales y extran­jeros desde su primer día, el nuevo gobierno chocó también desde ese instante contra la resistencia porfiada, violenta y amenazante de los seculares dueños del país.

El sabotaje a la producción en los grandes minerales de cobre, la suspensión de las siembras por sectores de terratenientes y la organización sistemática del terror financiero surgidos desde el día mismo del triunfo electoral de Allende y la Unidad Popular se convirtieron en armas para la guerra económica iniciada por grandes oligarcas chilenos y empresarios extranjeros. Dirigentes del Partido Nacional, del sector más conservador de la Democracia Cristiana y de otros grupos políticos de derecha asumieron el mando de esta cruzada.

Ante el desafío, el gobierno respondió con una política de hierro en materia de congelación de precios, llegando incluso a rebajar un alza de tarifas autorizada por el régimen anterior a la compañía norteamericana de electricidad. Aumentos de remuneraciones equivalentes al alza del costo de la vida –y superiores a ese porcentaje en el caso de los trabajadores de ingresos más bajos– y otras medidas, como la congelación del valor del dólar, tuvieron por efecto bajar prácticamente a cero el índice de la galopante inflación que vivía el país hasta la fecha del ascenso del nuevo gobierno. La gran masa de los chilenos comenzó a experimentar una sensación de alivio en la economía familiar.

El estupor de la derecha política de los primeros días fue siendo reemplazado al correr de las semanas por una actitud de oposición agresiva, provocadora y sediciosa del Partido Nacional y de la llamada Democracia Radical contra el nuevo gobierno. La obstrucción parlamentaria, las sucesivas acusaciones constitucionales en el Congreso Nacional contra los ministros del nuevo régimen y las campañas de mentira y tergiversación de una abundante prensa derechista se sumaron a los factores económicos en la lucha opositora contra el gobierno.

La Corte Suprema, organismo máximo del poder judicial, en los primeros días de enero de 1971 se convirtió en trinchera de las fuerzas desplazadas del poder político, al absolver de toda culpa al senador Raúl Morales Adriasola, de la Democracia Radical. El fallo fue dictado en uno de los procesos seguidos a raíz del Caso Schneider, a pesar de hallarse más que suficientemente confirmada la participación del parlamentario derechista en el complot para impedir la toma de posesión por Salvador Allende, en el que fuera asesinado el comandante en jefe del Ejército.

La Democracia Cristiana, que en la fase final de la campaña electoral y en las semanas posteriores al triunfo de Allende pareció inclinarse a posiciones cada día más avanzadas, sufrió un brusco y profundo viraje a la derecha a partir del momento en que la Unidad Popular asumió el gobierno.

Eduardo Frei, a los pocos días de abandonar el palacio de La Moneda, asumió desde las bambalinas el liderato de la poderosa corriente derechista en el interior de la Democracia Cristiana, impulsando al PDC a una competencia con el Partido Nacional por el puesto de conductor de los sectores conservadores del país.

Pero si el gobierno de la Unidad Popular comenzó a ser hostigado y agredido diariamente desde la derecha, a la vez un rápido proceso de reencuentro se iniciaba entre chilenos revolucionarios. Cuarenta y tres jóvenes pertenecientes al Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, y a otros pequeños grupos estudiantiles que se hallaban presos o procesados por su participación en asaltos a bancos privados y actos de índole terrorista, fueron indultados por el nuevo gobierno.

Un incidente a tiros entre estudiantes comunistas y del MIR en la Universidad de Concepción terminaba, al mes siguiente de la instalación del nuevo gobierno, con la muerte de un militante mirista. Pero el inesperado y trágico acontecimiento se convertía a la vez en punto de partida para una reconciliación entre el poderoso Partido Comunista de Chile y los grupos de la llamada “ultraizquierda”, especialmente el MIR.

Hasta la llegada de la Unidad Popular al gobierno, los comunistas habían librado una incisiva y sostenida lucha contra las posiciones de la ultraizquierda, cuyos integrantes no confiaban en el camino de la Unidad Popular ni en la posibilidad de aprovechar la coyuntura electoral de 1970 para la conquista del gobierno. Pero conseguido el triunfo e instalado Salvador Allende en el palacio de La Moneda, el PC señaló la conveniencia de mirar hacia adelante y no hacia atrás, y de procurar una integración de los miembros de la ultraizquierda al movimiento revolucionario encabezado por la Unidad Popular. A raíz de los incidentes de Concepción, los comunistas demostraron su propósito de acelerar este proceso unitario, al acordar por primera vez –conjuntamente con los socialistas– su apoyo a un dirigente del MIR como candidato a presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad local. Y a los pocos días, el 13 de diciembre de 1970, el secretario general del PC, Luis Corvalán, planteaba públicamente la disposición de los comunistas para un entendimiento con el MIR y la ultraizquierda en torno al apoyo al gobierno, sin perjuicio de seguir manteniendo en el plano fraternal la lucha ideológica en aquellas materias en que subsistieran las discrepancias.

Si la conquista del gobierno fue para la izquierda chilena el fruto de una encarnizada lucha de vasta dimensión popular, el inicio de la marcha hacia el socialismo ha demostrado ser tarea mil veces más ardua, áspera y compleja.

La ruptura de los tradicionales diques de la contención represiva abrió cauce en los primeros meses de gobierno popular a cierto desborde de la acción de sectores secularmente postergados, agredidos y humillados. Campesinos mapuches se lanzaban en diversos puntos de la zona sur a la reconquista de hecho de las tierras usurpadas a ellos o sus antepasados, sin esperar las medidas de reforma agraria del régimen de la UP. Pobladores sin casa en diversos lugares ocupaban los sitios por los cuales tanto habían luchado. Para el gobierno no resultaba fácil encauzar la solución de esos problemas por caminos de orden y prioridades, tanto más cuanto que las fuerzas opositoras de la derecha y de la Democracia Cristiana estimulaban precisamente esos actos con la intención de imponer un clima de caos y provocar el estallido de la violencia.

Su carácter constitucional fue para el nuevo gobierno desde el primer día fuente de fuerza y también talón de Aquiles.

El poder judicial, con una Corte Suprema integrada por vetustos magistrados vitalicios ligados a los intereses oligárquicos, y el Congreso, con mayoría opositora de la derecha y de la Democracia Cristiana, demostraron desde el comienzo su carácter de bastiones de la resistencia a la voluntad revolucionaria del pueblo chileno.

Salvador Allende y los miembros de su gobierno decidieron esperar la primera oportunidad propicia para plantear una reforma constitucional que modifique las viejas estructuras, recurriendo para ello si es preciso al plebiscito.

Para muchos la gran incógnita reside en saber hasta qué punto las Fuerzas Armadas chilenas y el Cuerpo de Carabineros podrán ir asumiendo paulatinamente, sin una crisis, el nuevo papel que les corresponde bajo un régimen en que el lugar central es ocupado, no ya por los grandes privilegiados, sino por los trabajadores.

Las miradas de América y de buena parte del mundo se dirigieron a Chile. En sus fronteras en Perú y Bolivia se llevan a cabo también experiencias políticas nuevas de sentido avanzado, aunque menos radicales y bajo dirección militar.

Desde Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y otras naciones latinoamericanas, llegan a la pequeña “isla” democrática e izquierdista de Chile exiliados políticos de diversa condición. El francés Régis Debray, al cabo de más de tres años de cautiverio en Bolivia posteriores a su estada junto a la guerrilla del Che, salió a la libertad a través de Chile. Fue recibido calurosamente por Salvador Allende, por el poeta Pablo Neruda y por otros personeros de izquierda, y produjo como fruto de su corta permanencia en este país, un breve ensayo, prólogo de una entrevista hecha al presidente Allende en la que el mandatario intenta explicar la experiencia chilena.

Bajo su gobierno popular constituido por seis colectividades políticas de izquierda, Chile sigue siendo un Estado de derecho. Salvador Allende y los integrantes de su régimen quieren que esta situación se mantenga hacia adelante y que las transformaciones revolucionarias se cumplan dentro de los marcos de la legalidad. El pueblo chileno desea también una vida pacífica.

Pero no depende sólo de ellos.

La conspiración bulle en el interior del país. La derecha procura a toda costa constituir un bloque político único con la Democracia Cristiana, de violenta línea opositora. El presidente Nixon reitera su desagrado frente a la situación chilena y Estados Unidos desarrolla una estrategia de ataque que incluye en su primer período el debilitamiento económico, como paso previo para preparar el camino hacia el derrocamiento del gobierno de Allende. Una conspiración internacional, descubierta a los tres meses de instalado el régimen de la Unidad Popular, para provocar artificialmente la baja del precio del cobre que Chile vende al mercado mundial, coincidió con el sabotaje a la producción llevado a cabo en los minerales de Chuquicamata, El Teniente y El Salvador por los administradores norteamericanos.

En los primeros meses del gobierno de Salvador Allende la oligarquía pronorteamericana seguía ejerciendo control sobre la mayor parte de los medios de comunicación de masas, especialmente en el campo de la prensa escrita y la radiotelefonía. Ello le permitía enturbiar la atmósfera nacional, agitando las banderas de un oposicionismo obstructivo y a menudo golpista.

Los servicios de inteligencia estadounidenses y la ultraderecha chilena no descartan los planes para dar muerte al presidente Salvador Allende, en torno al cual han debido adoptarse las medidas de protección personal más severas que hayan rodeado a un gobernante chileno. Al pueblo de este país quisieran ellos regalarle un Dallas.

Una hábil política internacional seguida por el gobierno de Santiago hace difícil el cumplimiento de los propósitos agresivos norteamericanos. Chile se mantiene dentro de todos los organismos internacionales, aun aquellos en los cuales Estados Unidos logra generalmente imponer su política sin contrapeso: Organización de Estados Americanos, Banco Interamericano de Desarrollo, Fondo Monetario Internacional. A la vez, Chile refuerza sus lazos con otros países latinoamericanos en el seno del Pacto Andino y del Comité Especial de Coordinación Latinoamericana, CECLA, en los momentos en que incluso surgen perspectivas para el ingreso de Cuba a este último organismo.

Como país integrante del tercer mundo, la batalla de Chile es hoy una lucha por la independencia y la soberanía y, fundamentalmente, por el desarrollo.

El gobierno de la Unidad Popular ha proclamado el propósito de construir una nueva economía, asentada sobre tres pilares: un sector estatal predominante, un sector privado y un sector mixto. De ahí seguirá la marcha al socialismo.

Los lastres recibidos del pasado constituyen factores que será difícil vencer. Entre ellos se cuenta la existencia de un ejército de 400.000 desocupados.

Pero Chile ha despertado. Cuenta con la Unidad Popular, es decir, con la fórmula política indispensable para conducir hacia adelante su proceso revolucionario. Tiene a su haber, además, un movimiento sindical unitario con más de medio siglo de tradición, iniciado con la Federación Obrera de Chile (FOCH), continuando por la Confederación de Trabajadores de Chile (CTCH) y consolidado en la actual Central Única de Trabajadores (CUT).

El proletariado y los trabajadores chilenos poseen una conciencia política cuyo nivel asombra a los visitantes de esta tierra. De los 9.000.000 de chilenos, 2.000.000 pertenecen al conglomerado de los trabajadores manuales, obreros o campesinos. De ellos, 300.000 constituyen un aguerrido núcleo proletario minero-industrial. Medio millón de empleados y otros tantos artesanos y trabajadores independientes exhiben también sus propias tradiciones de lucha. Todos ellos son el factor que en definitiva habrá de decidir el curso de los acontecimientos.

En las elecciones municipales del 4 de abril de 1971, al cumplir exactamente cinco meses de su instalación, el gobierno de Allende enfrentó victorioso su primera prueba de fuego. Los partidos de izquierda pasaron la barrera de la mayoría absoluta y lograron un 50,86% de los votos. Ello entrañó un salto espectacular y sin precedentes en la historia política chilena, pues al triunfar el 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende solo había obtenido un 36,3%.

La elección municipal significó para la derecha la caída del 34,9% conseguido con su candidato presidencial Jorge Alessandri, a un 22,44% logrado ahora por sus partidos Nacional y Democracia Radical. La Democracia Cristiana descendió ligeramente del 27,8% de la votación obtenida en septiembre de 1970 por Radomiro Tomic, a un 26,21%, situación que cambia muy poco si se le suma el 0,49% de su diminuto aliado, el Partido Democrático Nacional.

Dentro de la Unidad Popular, el Partido Socialista de Salvador Allende tuvo en la elección municipal de abril de 1971 un avance notable, pasando a ocupar el primer lugar dentro de la coalición y convirtiéndose por sí solo en el segundo partido político del país, tras la Democracia Cristiana.

De este modo, Chile marcha con los tiempos que corren en el mundo y en el continente americano. Lo hace a su manera y según sus tradiciones.

Aunque para impedirlo hay quienes están dispuestos a cometer los crímenes más abominables, como lo demostraron ya una vez al convertirse en asesinos.

Primera parteEL CASO SCHNEIDER

1. Esa noche

El General despertó a las 7.40.

Sintió que a su derecha, en la cama contigua, Elisa, su mujer, compañera de muchos años, dormía tranquila.

Desde la izquierda, filtrada por las cortinas, llegaba la luz tenue de una mañana gris.

Llovía suave.

Elisa y él habían regresado tarde –a la una de la madrugada– de casa de su prima Marta. Allí comieron, conversaron, rieron y calmaron los nervios.

Retornaron de la velada sin escolta. El General sintió agrado al conducir por sí mismo su Mercedes Benz bajo la lluvia de esa noche de octubre y al recibir en su rostro ancho la frialdad del aire.

En la casa había luz.

El General vio que el chubasco había sorprendido sin capote impermeable a los dos carabineros de la 24ª Comisaría, que montaban guardia de punto fijo en la puerta de su casa.

Margarita Jerez, la empleada doméstica de la familia, esperaba en pie. El General fue al segundo piso y con sus manos trajo frazadas para los policías. Los hizo entrar y Margarita les sirvió café. Completarían el turno que finalizaba a las siete de la mañana bajo techo y con la posibilidad de sentarse.

Ya en el dormitorio, en el segundo piso el general extrajo de un bolsillo interior su arma de defensa personal. Era una pistola pequeña, obtenida diez años atrás como trofeo en un concurso de tiro en la Academia de Guerra. La depositó sobre el velador. Sentía que su sueño sería más tranquilo teniéndola junto a su cama.

Esto de la pistola constituía un hábito nuevo, adquirido sólo en las últimas semanas. No la abandonaba ni siquiera al sentarse a ver televisión.

En el velador, el arma quedó junto a dos libros, que el general leía alternadamente en las últimas noches: Lectura de Marcuse de J. M. Catelet y Las Fuerzas Armadas en el Sistema Político de Chile, del profesor francés Alain Joxe. A este último lo había frecuentado en un seminario del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, y lo consideraba su amigo. Tenía interés en discutir algún día con él las ideas de su libro, para lo cual había subrayado y marcado diferentes párrafos. Lo abrió, hizo girar algunas páginas, pero sintió que no era esa una noche para sumergirse en disquisiciones teóricas. Elisa y él necesitaban descansar.

Antes de dormir cogió una tarjeta y marcó la página de su última lectura: la página 64.

2. Aquella mañana

“Severino” despertó sobresaltado. Escuchó la lluvia y miró la esfera luminosa de su reloj pulsera: las 6.25.

“¡Levántate!” exclamó, y de un manotazo echó a un lado las frazadas que cubrían a su compañero.

De un salto los dos quedaron de pie.

“Estamos atrasados, nos quedan cinco minutos, llegaremos tarde”, dijo “Severino”.

Habían dormido sobre las tablas del piso, vestidos, cubiertos con mantas.

Ambos sentían todavía en la garganta el sabor del vino blanco no digerido que bebieron dos horas antes.

“¡Vamos!”

Velozmente “Severino” introdujo la pistola Luger en su sobaquera y el Colt 45 en su cinturón. Envolvió la metralleta Mauser en una hoja de diario. Actuaba con destreza a pesar de la rigidez del dedo medio de su mano derecha, que semejaba una garra.

Su compañero cogió cuidadosamente el gran envoltorio que contenía las carabinas, las dos máscaras antigases, las granadas y las cajas de municiones.

Salieron sin hacer ruido pues “Severino” no quería despertar a su hermano.

Llovía.

Depositaron el bulto en la parte trasera del Jeep, treparon al vehículo e iniciaron la marcha hacia el barrio alto.

La calle Grajales, habitada un día por rancias familias, cuyas derruidas casas ahora se arrendaban por piezas, se veía desierta.

3. El General solo

A esa hora en el barrio alto, en la casa color blanco, con muro bajo y sin protecciones especiales, de calle Sebastián Elcano 551, el silencio era absoluto.

En el primer piso, los dos carabineros dormitaban en sus sillas.

Margarita, la empleada, reposaba en su cuarto.

En el patio trasero, el perro boxer Cheirú, nombre que en guaraní significa “mi amigo” no tenía motivo para agitarse.

En el segundo piso, el General y su mujer dormían todavía.

Era la quietud de un amanecer en días agitados.

En las últimas semanas, el teléfono de la casa del General sonaba constantemente. Voces anónimas insultaban al comandante en jefe del Ejército y a los miembros de su familia. “Se acabaron las bombas y ahora empezarán los secuestros. El primero será tu marido, el general Schneider”, le dijo a Elisa alguien que luego cortó la comunicación.

Una mujer llegó un día convulsionada a la casa y pidió hablar con ella. Le rogó hacer algo para convencer al General. “¡Sólo él nos puede salvar del comunismo!”, repetía patéticamente.

También llamaban y venían viejos conocidos del comandante en jefe. Hacendados de la zona de Los Andes, que tuvieron tratos con él en la época en que comandaba el Regimiento de Infantería Reforzada de Montaña Guardia Vieja, se atrevieron a pedirle que hiciera “algo” para impedir que un gobierno de izquierda tomara constitucionalmente el mando de la nación.

Desde Miami exilados cubanos lo injuriaron por carta motejándolo de “cobarde” y “calzonudo” por no encabezar un alzamiento militar que cerrara el camino hacia el gobierno a Salvador Allende, triunfador en las elecciones del 4 de septiembre de ese año 1970.

Muy pocos chilenos recibieron alguna vez tantas presiones.

“Me siento solo, estoy solo”, había dicho cuatro días antes en el almuerzo familiar del domingo a Elisa, su mujer, y a sus hijos Raúl y René. Idea similar expresó antes a su hija casada.

Explicaba que sentía la falta de respaldo de parte del gobierno del presidente Frei, que debía entregar el mando a su sucesor constitucional el 3 de noviembre. Nadie desconocía que se conspiraba abiertamente para impedir al Congreso Pleno, al que correspondía reunirse el 24 de octubre, ratificar la primera mayoría electoral obtenida por Allende, o para evitar directamente la toma del mando por el triunfador. El peligro de las actividades sediciosas se había considerado en reuniones del General Schneider con el presidente Frei, con el ministro del Interior Patricio Rojas y con el ministro de Defensa Sergio Ossa Pretot. Sin embargo, el tiempo transcurría sin que el gobierno adoptara las medidas enérgicas indispensables para asegurar la continuidad constitucional.

El General confiaba en el Ejército, la rama de las Fuerzas Armadas comandada por él. Creía en la rectitud de los generales y miembros de la oficialidad. Estaba satisfecho por la eficiencia de sus ayudantes.

Cuando un periodista recogió el rumor sobre reuniones conspirativas de oficiales con Jorge Prat Echaurren, ex precandidato presidencial y personero destacado de la ultraderecha golpista, comentó: “Bueno, pero el Ejército tiene también los suboficiales, y esta gente es de izquierda”.

Schneider, sin embargo, no se consideraba a sí mismo de izquierda. Ante todo, era un soldado y estimaba que su misión a la cabeza del Ejército chileno, asumida en momento difícil, consistía en afianzar la unidad de la institución tras una meta profesional y constitucionalista. Pero los virulentos ataques recibidos de parte de la derecha en los últimos meses y semanas habían despertado en él un odio creciente hacia la oligarquía y sus voceros políticos.

Elisa, su mujer, se alarmó de su imprudencia cuando en una comida, en los agitados días posteriores al triunfo electoral de la Unidad Popular, el General enrostró con voz enérgica a un grupo de hombres de derecha que “ustedes tienen la culpa de lo que está pasando”.

Desde joven Schneider quería comprender el mundo y especialmente su época. Enriquecía su vida de cuartel con lecturas y estudios personales de historia, sociología, arte, religión. Siendo profesor en la Academia de Guerra, con grado de mayor, inició el cultivo del dibujo y la pintura al pastel, y más tarde al óleo. Los sábados esperaba a su hijo Raúl en la puerta del Liceo Alemán y juntos recorrían las exposiciones de la capital. Así comenzó entre ambos una búsqueda paralela y un buen día, años más tarde, Raúl abandonaría sus estudios de psicología para convertirse en pintor y lanzarse audazmente al campo de la creación no figurativa y abstracta.

En el traspatio de la casa de Sebastián Elcano se levantó una construcción de madera en la cual padre e hijo pintaban en talleres contiguos. El militar se mantuvo apegado al género tradicional, inspirándose en los paisajes de Los Andes, próximos al regimiento que comandara, y luego en los de la austral provincia de Magallanes, cuando se trasladó a esa zona al asumir la comandancia de la Quinta División del Ejército con sede en Punta Arenas. Pero en los últimos tiempos sus pinturas también evolucionaban hacia formas modernas.

El General quería ser cristiano en el sentido pleno y sostenía que la religiosidad es ante todo una cuestión de actitud. Por ello buscó y leía con devoción las obras del teólogo Teilhard de Chardin y seguía con interés los artículos de la revista jesuita Mensaje, con cuyo grupo de redacción desarrolló vínculos de amistad.

Agotó las obras del boom literario latinoamericano y especialmente las de Vargas Llosa y García Márquez, y entre todas prefería Cien Años de Soledad.

Un espíritu abierto tenía también que ser sensible a las inquietudes y nuevos fenómenos que germinaban en las Fuerzas Armadas chilenas y que un día derivarían en un estallido inesperado con el alzamiento del general Roberto Viaux Marambio a la cabeza del Regimiento Tacna.

Schneider, a quien un amigo llamaba “el general hippie”, recio de contextura, hombre de anchas manos expresivas, comunicativo y cordial en el trato familiar y en las reuniones sociales, con múltiples facetas, como por ejemplo la afición apasionada a la buena música, sabía también en su hora ser buen soldado. Y lograba trasladar la amplitud de su visión del mundo a su compleja actividad profesional.

Siendo coronel y director de la Escuela Militar, al cumplir esta 150 años, en nota publicada en la revista Ercilla, Schneider escribió: “La Escuela Militar, y con mayor razón el Ejército, vivieron todas las alternativas del desarrollo político y social del país; los primeros años vacilantes, inquietos y anárquicos fueron una prueba dura y a la vez constructiva; a medida que el poder político fue cimentando su autoridad y paralelamente la Escuela Militar difundiendo a través de sus egresados la doctrina profesional, se fue estableciendo con nitidez el verdadero concepto de subordinación consciente y de colaboración dentro de la estructura del Estado.”

En ese breve apunte, Schneider señalaba que para el Ejército y la Escuela Militar “de este proceso histórico han surgido entonces con nitidez las misiones básicas: defensa frente a una agresión exterior y seguridad interna del régimen legalmente constituido”. Y subrayaba que “tan sinceras y espontáneas han sido estas definiciones, que no están expresadas en ningún cuerpo legal en forma taxativa, sino que tienen como único respaldo las convicciones y la conciencia que emergen de una mentalidad militar, producto de una evolución paralela e íntima del organismo armado del país”. Concluía que “de muy poco habría servido legislar e imponer una posición si no se hubiera formado esta conciencia y esta convicción; ha sido una labor paciente, silenciosa y de largos años”.

En esas líneas puede hallarse el primer esbozo de lo que un día llegaría a conocerse como la Doctrina Schneider.

Esa doctrina fue plasmada en dura brega por el general, luego que el presidente Eduardo Frei lo llamara a hacerse cargo de la comandancia en jefe del Ejército en uno de los momentos más críticos de la institución en el presente siglo. Schneider asumió el 24 de octubre de 1969, tres días después del alzamiento del Regimiento Tacna el “Tacnazo” que dirigiera el general Roberto Viaux.

Pero el primer estallido de rebeldía había tenido lugar el año anterior, en los meses de abril y mayo de 1968. Por esos días los oficiales de diversas unidades de las Fuerzas Armadas a lo largo del país comenzaron a agitarse en demanda de un mejoramiento para su postergada situación económica. Esa primera crisis obligó a Frei a designar un nuevo comandante en jefe y un nuevo ministro de Defensa. Este secretario de Estado se reunió por separado en asamblea con los oficiales de cada una de las tres ramas de las Fuerzas Armadas prometiéndoles, por su honor de soldado, solucionar el problema económico antes de un año.

Transcurrieron los meses. Finalizó el año 1968 y comenzó 1969, sin que lo ofrecido pasara del grado de promesa. El nuevo ministro y el nuevo comandante en jefe del Ejército parecían más preocupados de concurrir a reuniones sociales con embajadores que de la suerte de sus subordinados. En un momento de aflicción económica general, se invertía una suma sideral –500.000 escudos– en la adquisición de una residencia faraónica para el comandante en jefe.

Para el Te Deum del 18 de septiembre de 1969, un destacamento militar al mando del mayor Arturo Marshall Marchesse y del capitán Nieraad se presentó deliberadamente retrasado a rendir honores al presidente de la República, Eduardo Frei. Era el primer brote de abierta insubordinación. Y el 21 de octubre estalló el Tacnazo.

Cuando al cabo de 24 horas el general rebelde abandonó el Tacna, había logrado del gobierno el compromiso para un sustancial mejoramiento económico a todos los uniformados de Chile, y el cambio de ministro de Defensa y de los altos mandos de las Fuerzas Armadas. Con ello se llevaba lógicamente la simpatía de la inmensa mayoría de los militares chilenos, que percibirían los beneficios logrados con su insubordinación.

Entonces, de Punta Arenas llegó René Schneider para asumir la comandancia en jefe. Se propuso restablecer la unidad del Ejército, para lo cual comprendía la necesidad de actuar con extrema flexibilidad. “Es mejor dar vuelta la hoja sobre estos asuntos”, declaró a los pocos minutos de conocer su nombramiento en referencia al Tacnazo.

En cuanto a Viaux, las primeras expresiones de Schneider eran cautas. “Fue un excelente profesional, aunque su actividad no la comparto”, dijo. “Faltó a sus deberes militares”, añadió. Y acerca del Ejército, el nuevo comandante en jefe expresaba:

“El enfermo no está grave. Sufre males de muchos años. Sufre deterioros que son muy antiguos. Aclaro que no culpo a los gobiernos. A ningún gobierno”.

El comandante Schneider inició entonces una firme y paciente labor de persuasión. Recorrió el país visitando una a una cada unidad del Ejército. Se reunió con la oficialidad y también con los suboficiales.

En conferencia de prensa dijo: “Trataremos de equipar debidamente las unidades. Creo que ése es un factor muy importante. Con ello, más los reajustes de remuneraciones, el soldado tendrá mucha tranquilidad personal para cumplir su misión profesional”.

Con Schneider de 54 años a la cabeza, el Ejército chileno pasó a ser dirigido por un cuerpo de generales excepcionalmente jóvenes y eficientes en lo profesional.

Entretanto, el general en retiro Roberto Viaux, que se hallaba sometido a proceso, iniciaba una guerrilla de declaraciones y comunicados que sutilmente iban desplazándose del plano exclusivamente “gremial” al terreno político. En uno de esos documentos, el general del Tacnazo pretendió defender la “legitimidad” del alzamiento por él encabezado. El comandante en jefe replicó enérgicamente el 5 de enero de 1970 estableciendo definitivamente en su comunicado la Doctrina Schneider en los siguientes términos:

“Considerar que apoderarse de un cuartel, desconocer la autoridad militar legítima e inducir a subordinados a adoptar idéntico proceder constituye un ‘acto legítimo y justo’ y que es ‘un recurso extremo, pero invariablemente aceptado’, es una aberración que jamás ha sido observada en nuestro Ejército y una imputación arbitraria y malintencionada a nuestra tradición disciplinaria. Ningún componente de la Institución, con verdadera vocación y claro concepto de nuestra misión y responsabilidad frente a la Nación, puede aceptar como lícito que para las satisfacciones de aspiraciones o necesidades, por justas que ellas sean, se adopte una actitud amenazante o indisciplinada apoyándose en el poder que el país nos ha entregado para defender su soberanía y su régimen legal, porque esta incongruencia constituye una violación de la confianza que en la Institución ha depositado la ciudadanía. Esto está claramente definido en nuestro régimen legal y jurídico y especialmente, constituye una doctrina de honor de todos los componentes del Ejército.”

Por esos días se iniciaba ya la lucha decisiva por la Presidencia de la República que culminaría nueve meses más tarde con la elección del 4 de septiembre. Frente a esa contienda la Doctrina Schneider se convertía en factor decisivo.

Sobre Chile comenzaba a volcarse la atención continental y mundial. Salvador Allende, el candidato de la Unidad Popular, el amplio bloque de izquierda iniciaba su campaña con reales posibilidades de disputar la victoria al derechista Jorge Alessandri y al abanderado gobiernista de la Democracia Cristiana, Radomiro Tomic.

A comienzos de 1970 Schneider voló a Mendoza a reunirse en encuentro protocolar con el general Alejandro Lanusse, comandante en jefe del Ejército argentino y hombre fuerte del régimen militar de ese país. En el aeropuerto de Plumerillo se encontró con que su anfitrión no había concurrido a recibirlo por lo cual dijo en forma tajante a los oficiales que lo esperaban: “Yo regreso de inmediato a Chile”. Hubo carreras y llamadas telefónicas de urgencia, y a los pocos minutos Lanusse se hacía presente dándole las más surtidas explicaciones.

En las reuniones posteriores el comandante en jefe argentino quiso llevar la conversación al tema de las elecciones chilenas, con el propósito no velado de plantear el rechazo de las Fuerzas Armadas de su país a la posible existencia de un “gobierno marxista” en Chile. Schneider reaccionó con tal energía que dejó a su interlocutor con muy pocos deseos de insistir en el tema político.

El 7 de mayo de 1970 el comandante en jefe reiteró en declaración al matutino El Mercurio la adhesión de las Fuerzas Armadas al régimen constitucional. Y dijo que el Ejército chileno “es garantía de una elección normal, de que asuma la Presidencia de la República quien sea elegido por el pueblo, en mayoría absoluta, o por el Congreso Pleno en caso de que ninguno de los candidatos obtenga más del 50% de los votos”. Ante nuevas preguntas del periodista sobre esta última posibilidad, afirmó:

“Insisto en que nuestra doctrina y misión es de respaldo y respeto a la Constitución Política del Estado. De acuerdo con ella el Congreso es dueño y soberano en el caso mencionado y es misión nuestra hacer que sea respetado en su decisión.”

Estas declaraciones valieron a Schneider los más enconados ataques de parte de la derecha alessandrista, especialmente del senador Julio Durán, de la Democracia Radical. En ese instante la derecha creía tener la victoria en sus manos y acusaba a Schneider de estar invitando, mediante su declaración, a democratacristianos y a los miembros de la Unidad Popular, a unir sus votos en el Congreso Pleno en apoyo al candidato que resultara segundo, fuera este Allende o Tomic.

La dirección de El Mercurio añadió al incidente la sibilina insinuación de que habría sido el general quien procuró ser entrevistado por su periodista, con el objeto de plantear su criterio acerca del Congreso Pleno.

El incidente tuvo por efecto avivar un fuerte sentimiento antiderechista en el ánimo del comandante en jefe.

Por lo demás, ya a esa altura de la campaña presidencial, Schneider había tomado plena conciencia de que el desenlace de la elección, más que una mera implicancia jurídica, alcanzaría un significado trascendental para toda la evolución social del país.

El comandante entendía que su patria requería cambios y que estos se tornaban impostergables. Esto lo palpaba en su propio hogar. Dos de sus cuatro hijos –Raúl, pintor, y René, periodista y productor de programas de televisión– trabajaban activamente por la candidatura de Allende. René había ingresado al MAPU, una de las seis colectividades integrantes de la Unidad Popular.

El 4 de septiembre Allende obtuvo la primera mayoría relativa, teniendo como inmediato seguidor al derechista Jorge Alessandri.

Al día siguiente, a la hora de almuerzo, en torno a la mesa familiar, Schneider declaró:

“Yo di mi palabra y la voy a cumplir. Dije que iba a defender este sistema constitucional y lo voy a hacer hasta el final. Porque aquí no se trataba de que solo íbamos a defender esto si ganaba el candidato que convenía a determinado sector.”

El comandante en jefe reunió a partir de ese día en varias ocasiones al cuerpo de generales y allí reiteró su doctrina constitucionalista. Pidió que, si alguien se hallaba en desacuerdo, lo dijera. Nadie habló.

A mediados de octubre aprovechó la ceremonia en que recibía de manos del embajador de Venezuela la Cruz de la Fuerza Terrestre de ese país, para esbozar cuidadosamente en un breve discurso, sus ideas del papel que correspondería a las Fuerzas Armadas bajo un proceso de cambios:

“En esta contienda que forma parte de la vida de los pueblos las Fuerzas Armadas, siendo integrantes de la sociedad misma, sienten y experimentan idénticas inquietudes y aún se acogen a los cambios, en la proporción que conviene a su estructura jerárquica y a la doctrina que orienta su función como organismo armado. Sin embargo, por sobre esta transformación y evolución tan necesaria, las instituciones castrenses se ubican en un sitial de expectación y prescindencia que generalmente contribuye a equilibrar los ánimos y a atemperar las pasiones, como a mantener la estructura que debe sustentar esta transformación, con absoluta tranquilidad y solidez.”

Estas palabras las pronunciaba el General diez días antes de esa mañana de lluvia del jueves 22 de octubre de 1970.

Por esos días, el comandante recomendó a los demás generales cambiar diariamente, por razones de seguridad, la ruta que seguían al dirigirse en automóvil a sus ocupaciones. Sin embargo, el comandante Schneider jamás modificó el trayecto que, desde un año atrás, recorría cada día para trasladarse a sus oficinas del Ministerio de Defensa.

4. Un ensayo

El Jeep rojo avanzaba velozmente hacia el barrio alto bajo una lluvia tenue.

La cita era a las 6.30 en Vitacura, en el solitario sector de La Pirámide, no muy lejos del restaurante de ese nombre y del aeródromo de Lo Castillo.

“Severino” y su compañero sabían que tendrían que soportar una vez más la reprimenda a gritos de “Gilberto” por llegar retrasados.

Hablaban poco.

“Esta vez no podemos fallar”, dijo “Severino”.

Su compañero respondió: “No podemos. Don Roberto mandó decir que la última oportunidad era hoy, o mañana a más tardar”.