Pésima memoria - Eduardo Labarca - E-Book

Pésima memoria E-Book

Eduardo Labarca

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Beschreibung

Antes de antes y después de después, el autor recorre su propia vida en tiempos revueltos desde el origen de sus orígenes hasta el día posterior a su desaparición. Libro intenso y atípico, Pésima memoria rompe los márgenes de la autobiografía y se adentra en la trayectoria de la especie humana que ha desembocado en el devenir excepcional del protagonista. En tiempos en que la humanidad se enfrenta al abismo de su supervivencia en un planeta herido, el autor se sumerge desde su infancia chilena en los territorios, costumbres e idiomas de diversos países y continentes que exhiben tradiciones luminosas y episodios de guerras y muerte. Aquí y allá, desplazándose entre dos siglos hasta regresar a su país natal, participa en acontecimientos históricos, unos portentosos y otros trágicos, y convive estrechamente con grandes figuras de la bohemia, la cultura, la alta política, así como con seres aparentemente insignificantes que van marcando su existencia. El autor evoca con orgullo algunas actuaciones propias junto a otras que preferiría olvidar. Pésima Memoria es una obra apasionante y rupturista, que desafía la estructura de la autobiografía tradicional para explorar las profundidades de la condición humana. Es una invitación a redescubrir el valor de la memoria y el poder de las historias en un mundo donde el tiempo y el espacio parecen diluirse. En momentos en que la humanidad se enfrenta al abismo de su supervivencia el autor, desde la memoria sus excepcionales vivencias, arroja nuevas luces sobre nuestro tiempo que no pueden dejar a nadie indiferente.

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Seitenzahl: 540

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LABARCA, EDUARDO

PÉSIMA MEMORIAAntes de antes y después de después

Santiago de Chile: Catalonia, 2024

304 pp. 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-130-4

AUTOBIOGRAFÍA

CH 920

Diseño de portada: Felipe Campos

Imagen de portada: Mateo Infante V.

Corrección de textos: Hugo Rojas Miño

Composición: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco 

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: noviembre, 2024

ISBN: 978-956-415-130-4

ISBN digital: 978-956-415-131-1

RPI: trámite zrbzss.

© Eduardo Labarca, 2024

© Catalonia Ltda., 2024

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Índice

PRIMERA PARTE: INVIERNO

1 Muerte

2 Partieron

3 Lluvia

4 Einstein, Albert

5 Paracetamol

6 Cromosomas

7 Carolina Freire, Clínica

8 Banco Anglo, Escalinata del

9 Labarca Labarca

10 López Obrador, Andrés Manuel, alias AMLO

11 Terremoteado

12 Chicureo, Matanza de

13 Vendidos al Perú

14 Lillian y Lillian

SEGUNDA PARTE: OTOÑO

1 Pizza

2 Sorondo, Enriqueta

3 Perón, Juan Domingo

4 Hitler y Stalin

5 Genocidas, Troika de

6 Monte Amboto

7 Trenes

8 París

9 Desliz

10 Berlín, Bloqueo de

11 Château Labarcá

12 América

13 Allende, Salvador

14 Yo Presidente

15 Yo periodista

TERCERA PARTE: VERANO

1 Radio Bío Bío

2 Libros

3 Guevara, Ernesto, alias Che

4 Paredón

5 El arte de matar

6 Vallegrande

7 Eufrósine

8 Aglaya

9 Talía

10 Henrichsen, Leonardo

11 Septiembre de 1973

12 Bombal, María Luisa

13 Vergara, Marta

14 Brum, Blanca Luz

15 Pinochet, Augusto

16 “Escucha Chile”

CUARTA PARTE: PRIMAVERA

1 Bañados, Patricio

2 Prats, Carlos

3Striptease

4 Corvalán

5 García Márquez, Gabriel, alias Gabo

6 Naira

7 Griguliévich, Iósif

8 Krassnoff, Miguel

9 Yo comunista

10 Yo novelista

11 Placas de Viena

12 ¿Animales humanos?

13 Hora Cero

14 ¿Somos Sapiens?

PRIMERA PARTE: INVIERNO

1 Muerte

Ruedo. Ruedo rodando. Soy un leño que rueda cuesta abajo.

Cuesta abajo, colina abajo, montaña abajo. Sobre guijarros, tierra seca, nieve, tierra húmeda, blanda, esponjosa.

Ruedo por una nube, sábana blanca que dos manos descomunales levantan desde la cumbre para hacerme rodar. Hacerme rodar a una colchoneta que me acoge. Que me acoge y comienza a deslizarse sobre ruedas.

Transportan mi cuerpo por túneles y pasillos, bajo luces frías, a través de sombras muertas. Rechinan las ruedas en una curva y el balanceo de esta nave me adormece sobre mis dolores, mis ahogos, mis estertores. Nos detenemos por fin y aquí estoy, aquí llegué rodando desde una sábana con el tictac de mi existencia herida. Me han traído en un intento de librarme de un virus –¿alguien sabe qué es un virus?– que carcome mi cuerpo y muchos cuerpos.

Los anzuelos penetran por mi nariz, raspan mi garganta, tratan de inyectarme vida, de prolongar mi vida, de estirar mi vida, una vida cansada que ya no quiere que la alarguen. Es el último escalón de mi recorrido infinito. Es la hora, cierro los ojos, voy muriendo. No quiero extinguirme de un patatús, quiero que mi muerte sea el último acto de mi vida, conocerla, vivir mi muerte con lucidez, despedirme palpitando hasta el final como una vela que se consume y termina apagándose con un latido, así, suavemente, morir sabiendo que estoy muriendo, saber que estoy muerto. Muero. Oscuridad.

Y aquí, bajo mis párpados cerrados para siempre, los dolores se esfuman, la noche desaparece y todo se ilumina, se ve mejor, se entiende mejor, lo entiendo mejor, lo veo mejor, y dentro de mi muerte recupero mi pasado de vida y junto a mi pasado lejano y mi pasado cercano vislumbro el futuro, toda mi existencia, lo vivido y lo por venir a la vez, lo efímero y lo eterno, mi existencia redonda, compacta, aplastada dentro del pendrive que contiene mis suspiros, mis risas, mis lágrimas, mis instantes de euforia, de tristeza, de aburrimiento, amontonados para que yo, apretando una tecla, pueda escoger y recorrerlos, entenderlos por fin, volverlos a vivir, vivir mis esperanzas, descubrir si se llegarán a realizar.

Y en medio de este invierno, es antes, antes de antes y después de después.

Yo no soy todavía, ¿yo seré?

Clic: 1937 antes de ser.

2 Partieron

Una luz más poderosa que el faro del puerto de San Antonio que, yendo y viniendo, me alumbraba aquí en Las Cruces por las noches, ilumina mi pasado remoto, o mejor dicho mi ante-pasado, el tiempo de 1937 en que todo comenzó. ¿Todo? Sí, mi todo, porque cada uno de nosotros, cada humano, es, somos, hemos sido un todo, un todo que nos contiene y a la vez contiene el universo en su totalidad. Si yo no hubiera existido, mi mundo, el mundo, la luna y las estrellas no existirían ni antes, ni durante, ni después de mí.

1937. Mientras 2.000.000.000 de habitantes del planeta Tierra (¡vivan los millones con toditos los ceros!) afilan las estacas para la Segunda Guerr…, segunda olimpiada mundial de la muerte, 250.000.000.000.000 de espermatozoides, nube de aerolitos solo visibles a través de un telescopio, inician, iniciamos la carrera de la vida trepando por las sustancias húmedas, tibias, resbaladizas de un túnel que, desafiante, nos llama con sus olores. La maratón es de vida o muerte, el instinto nos dice que solo uno conseguirá vencer a la guardia, cruzar el puente levadizo, derribar la compuerta, ser acogido en la fortaleza palpitante, sobrevivir, fundirse con mi contraparte, conmigo, con el óvulo que espera, que espero para dar vida.

Sí, porque se acercan cargando los signos de sus genes a cuestas, el espermatozoide que yo admita atravesará mi pórtico de óvulo solitario, del yo, del óvulo, yo la óvula que bailando chachachá aguardo con mis propios genes y con un cromosoma X el momento de ser fecundada por el vencedor. Si fuese fecundada por un espermio que también tuviese cromosoma X, originaremos un ser de estructura femenina; si el espermatozoide fecundante cargase un espermio de cromosoma Y, el nuevo ser tendrá cuerpo masculino. Eso lo sabremos después, por ahora, atento yo que avanzo raudamente, atenta yo, que espero para elegir.

Es noviembre de 1937 y, tras el pistoletazo de partida, yo espermatozoide, nosotros, bólidos espermáticos impulsados por la hélice enloquecida de nuestras colas somos cada cual el 50 % de una vida hipotética en movimiento, movimiento de vida en que cargo, cargamos, una bolsa con las señales que pretende, pretendemos, pretendo transmitir: ojos de cielo, de carbón, de menta verde; cabello de sol, de trigo, de caverna; piel de luna, de atardecer, de noche oscura. En el pelotón de esta carrera formamos una masa compacta, vital, desbocada, desenfrenada, más veloz que la luz. Carrera loca cuya descripción podría tomar horas, días, años sin jamás quedar acabada por tratarse de una estampida inenarrable, inconmensurable, demencial. Sin aflojar en la arremetida, clavo mi vista en los más enérgicos con los que compito codo a codo, cabeza con cabeza, colmillo a colmillo y veo, tatuado en la frente de cada cual, el destino que ha de alcanzar si logra derrotarme y conseguir el triunfo.

Este espermatozoide, portador de un cromosoma X, al penetrar en el óvulo que nos aguarda haría su aporte al nacimiento, nueve meses más tarde, de Afrodita, afamada modista que, inducida por un gen generoso delóvulo, regala vestidos de novia a “mujeres vulnerables”, como las llaman los políticos.

Aquel, que exhibe un cromosoma Y, determinaría que nazca Baltazar, quien por herencia genética del espermio se convierte en un eficaz narcotraficante y que por mandato de los genes del óvulo se esmera en “dar de baja” a sus competidores.

Aqueste, que lleva un cromosoma X, daría origen a Carilda, con genes que hacen de ella una implacable jueza del crimen, que por dictamen de un gen sombrío del óvulo se suicida tragando medio litro de cloro batido con yema de huevo la mañana en que la ascienden a ministra de corte.

Este otro,con cromosoma Y, seríadecisivo para que nazca Gordon, al que transmite los genes que hacen de él un industrial que, obediente a un gen del óvulo, produce las bombas de racimo más baratas del mercado y las vende a los bandos enfrentados en una guerra cualquiera.

El que va allá, cargado con cromosoma X, marcaría el origen genético de Eduvigis, aclamada mezzosoprano que por influencia de los genes bohemios delóvulo abandona la ópera para reciclarse como cantante de trap.

El de más acá, con cromosoma Y, generaría a Fructuoso, cabo de Carabineros que, impulsado por los genes del óvulo, se convierte en el torturador más eficiente y condecorado de su generación.

Los que vienen detrás,provistos de cromosomas X, darían origen a Irma, influencer que, gracias al dinamismo que le transmite el óvulo, se hace millonaria promoviendo en Instagram una crema contra las arrugas preparada con cuescos de palta que algunos insisten en llamar “semillas de aguacate”; a Karen, cajera de supermercado que, por una tendencia proveniente de un cromosoma del espermio, bebe varias chelas con las amigas en un after work antes de protestar a pedradas contra el gobierno a instancias del óvulo e irse a bailar cumbia a La Cucaracha; a sor Circuncisión, que, por influencia delóvulo, encabeza los desfiles contra el aborto y vende con delivery guaguas de madres pobres a parejas ricas estériles; a Likanrayen, madre soltera, a quien impulsa a dirigir una toma de terrenos, mientras el óvulo la induce a declararse en huelga de hambre para que la Primera Dama les envíe un aljibe con agua dos veces al mes; a Torcuata, dueña de casa que, a instancias de un gen espermático, se inscribe en un casting en el supermercado y que, impulsada por un gen del óvulo, se convierte en estrella de una serie de terror de Netflix.

Un espermatozoide con cromosoma Y generará al padre Hipólito, obispo peruano a quien el papa Francisco, en castigo por su pedofilia proveniente de un gen del óvulo, envía a Chile como guía espiritual de una residencia del Sename que acoge a niños arrancados a sus padres para protegerlos.

Los espermios que lo siguen, todos con cromosomas Yimpresos en la frente, generarían a Ludovico, farmacéutico que por la iniciativa de un gen del espermatozoide se dedica a la política y que, a instancias de un gen del óvulo, se presenta dos veces de candidato a la presidencia con un programa de derecha y dos veces con uno de izquierda, y saca siempre nueve votos: el suyo, el de su mujer, el de sus cinco hijos y dos de electores misteriosos; a Nicolás Larraín, novelista bestseller que, por mandato de un gen anidado en el óvulo, viaja a operarse a una clínica de Tailandia y vuelve convertida en la escritora Nicolasa Larraína; a Onofre, que, por dictado de los genes paternos, es barman y, por exhortación de los genes del óvulo materno, se niega a servir un pisco sour al tirano P. y es fusilado; a Quintín y hará de él un vendedor callejero que, interpelado por el óvulo, sigue ofreciendo libros pirateados de Isabel Allende, Jorge Baradit y Eduardo Labarca, a pesar de los perdigones policiales que lo dejaron tuerto; a Lincoyán, al que un gen paterno sitúa desde los veinte años como maestro de una escuela mapuche y que a los cincuenta invierte 10.000 pesos en bitcoins a instancias de un gen del óvulo y a los sesenta aparece en la revista Forbes con 6.329.000.000 de dólares a su haber, el doble que un presidente de eterna sonrisa al que en un sueño pesadillesco –¿premonición?– he visto morir en un lago al mando de su helicóptero; a Walterio, adolescente autista que, a instancias de un gen del espermio, pasa día y noche frente a la pantalla hasta ser proclamado, gracias a un gen del óvulo, campeón olímpico de videojuegos.

Pero yo, espermatozoide, no pierdo más tiempo con mis observaciones y adquiero una velocidad mil veces superior a la más rapidísima Fórmula Uno que solo usted sería capaz de calcular, amigo Albert Einstein. Los espermatozoides que vamos a la vanguardia somos una polvareda –cientos de millones– que nos aproximamos furiosamente a la raya y –ahí está– divisamos a la castellana. Yo, la castellana, los veo que se acercan, tendré una centésima de segundo para observar con ojo de láser a unos y otros y otros y otros, compararlos, echar a girar la ruleta, decidir: mi voluntad es que hagamos un hijo con pene, por lo que descartaré al primer vistazo a los espermatozoides portadores de un cromosomaX tatuado en la frente. Solo valdrán para mí los que exhiban un cromosomaY que, fundido con mi X, generará un varón: XY.

A coletazos furibundos, a cabezazos salvajes, a mordiscos de fiera, yo, espermio guerrero con cromosomaY, avanzo una milésima de milésima de milésima de milímetro sobre la multitud, salto por encima de millones de millones de millones de competidores y diviso a la reina que nos mira. Ahí vienen, forman una nube, yo, la monarca, la poseedora del óvulo, he de elegir a uno, no puedo equivocarme, mi responsabilidad es grande, gigantesca, de vida o muerte, de vida y vida de un nuevo ser humano. Al dar un vistazo a este y ese y aquel que corren por delante con el tatuaje de un cromosomaY adivino el nacimiento de un poeta iluminado, un cocinero de buena sazón, un maratonista entusiasta, un burócrata minucioso, un vividor empedernido, un político con la ambición a tope, un constructor de torres, un amigo de los animales, un haragán simpático, un ciclista tenaz, un pescador de océano adentro... ¡Atención! ¡Aquel con una Y engendraría conmigo un hijo de ojos observadores y mentón enérgico, capaz de soñar y construir una casa con sus manos... escribir una novela y tocar el saxo... amar la lluvia y las lagartijas... discutir y a la vez escuchar... ¡Ese!... Desde la vorágine él me clava su pupila seductora con un guiño, es la hora, el instante preciso, le sonrío y abro el pórtico, una rendija en lo que dura un chispazo, y ahora está dentro, le doy la bienvenida con un abrazo posesivo mientras millones de espermios se estrellan contra la barrera que he vuelto a cerrar. ¡Gloria, yo, el elegido para penetrar! ¡Gloria, yo que lo he elegido y lo recibo en mí! Él trae en su mochila su esperado cromosomaY, yo, la óvulo, lo acojo con el tesoro de mi cromosoma X. Su 50 % se abraza, se fusiona con mi 50 % y estalla el milagro: un nuevo espécimen de Homo Sapiens al 100 % queda concebido. Dentro de nueve meses habrá en el planeta un flamante ser de sexo masculino. Señoras y señores, ¿para estar a la moda debería yo decir o pensar en un ser humano de “género masculino”? Ese ser insignificante seré yo.

3 Lluvia

Desde el universo de mi muerte navego de clic en clic por los rincones de mi vida, los tiempos se amontonan, se aplastan, forman un trozo de metal denso, densísimo, del tamaño de una moneda de un euro y mil toneladas de peso. Los hechos y los personajes que me han obsesionado me tiran de la manga, cada cual exige ser protagonista, mi mente gira, vacila, aterriza en el tiempo que precede mi nacimiento y a la vez en el que sucede a mi extinción. Un día cualquiera un líquido amarillento comenzó a fluir de mi nariz. Flujo multiplicado con eco de estornudos en mi vida de anciano solitario. Y entonces un vaso de agua de la llave (sí, de la llave, no me vengan con “agua del grifo”) y una taza quemante de agüita de menta fueron un alivio, alivio pequeño, breve, durante la comunión con mi pantalla, mi cuaderno, mi hoja de papel, mi lápiz por la mañana. Así empezó, así comienza mi Vía Crucis, mi Vida Crucis...

Desde aquella soledad intento varias veces con mano tiritona, y finalmente lo consigo, pinchar en mi celular el número de emergencia 600 60 7777 que me aprendí hace sesenta años y que sigue estampado en mis arrugadas, doloridas neuronas... Y cuando escucho “aló” profiero el ancestral “¡auxilio!” (“pido por ayuda” –asking for help– dicen a lo gringo en las teleseries dobladas en México). Antes de interesarse por mi salud, una voz de metal –¿hombre?... ¿mujer?... ¿robot?– me conmina: “¡Su RUT!”. Por fortuna los estornudos no han dañado mi memoria y enuncio mi antiquísimo número identificativo que comienza con “2”: todos los portadores de los números iniciados con “1” han muerto y con “2” quedamos cuatro pelagatos, pues a esta altura los jóvenes ya van con los RUT que empiezan con “34”. La voz química me responde que vendrá un “????? sanitario” –solo entiendo la última palabra–, pero que debo tener paciencia pues hay “una demora indefinida” debido a que estamos en pandemia, palabra que escucho por primera vez, y me ordena que abra la ventana, y cuando empiezo a explicarle que esa ventana la tengo boquiabierta hacia el océano Pacífico desde hace ¿una hora?... ¿un mes?... ¿un año?... ¿desde mi nacimiento?... “¡clic!” se acaba la conversación, el fluido vuelve a gotear de mis fosas nasales y viajo de regreso a líquidos lejanos, al origen original de mis orígenes, a mi origen húmedo anterior a mi muerte y a mi nacimiento. Un mundo líquido: 1937.

¿Simple resfrío?...

En un mundo líquido, sí, pero no de agua... Porque allá en Santiago de Chile no llueve en noviembre de 1937 cuando en las calles, caminos y campos arrecian las escaramuzas entre manifestantes con enojos excluyentes. Yo avanzo con una bandera roja y más allá me atravieso con una suástica.

¿Romadizo?...

En 1937 hay agua y tormenta tropical en República Dominicana, cuando los tiburones devoran los cadáveres de 20.000 haitianos que hemos sido ultimados con machetes, cuchillos, bayonetas, hachas, y arrojados a las aguas del Caribe por orden de un tal Trujillo. Es la “Masacre del Perejil”, la palabra que para nosotros, negros haitianos, constituye un trabalenguas –“pegsí”, “pegsil”, pronunciamos–, lo que a nosotros, los verdugos de uniforme, nos permite separarlos de nuestros negros dominicanos que sí pueden decir “perejil” y seguir vivos.

¿Catarro?...

También llueve hoy, noviembre de 1937, aquí en la ciudad de Nankín, donde los soldados japoneses preparamos el asalto en que daremos muerte por orden de nuestro emperador a 200.000 chinos, cantidad insignificante pues en este día los chinos somos más de 500.000.000: ¡vivan las cifras millonarias cargadas de ceros, no vayan ustedes, mis taquígrafos y taquígrafas o los algoritmos de ChatGPT, a escribirlas con letras!

¿Influenza?...

Llovizna asimismo aquí en Berlín cuando Hitler, nuestro idolatrado Führer, nos promete a los alemanes el espacio vital –Lebensraum– que necesitamos, para lo cual deportará y matará a millones de polacos, ucranianos, rusos, checos, eslovacos y otros humanos de razas inferiores, a homosexuales, discapacitados y enfermos mentales, y acometerá el Samudaripen, genocidio de nosotros los gitanos, y el Holocausto de nosotros los judíos.

¿Gripe española?...

En España nuestra guerra civil arde en todos los frentes, y a los aviadores del Caudillo la lluvia no nos impide bombardear Lérida y matar, matarnos a nosotros, 250 civiles de todas las edades, cantidad insignificante.

5 Paracetamol

En medio de la tormenta, desde la blanca nube de los socorristas –¿tres... ocho... veinte?– brotaba una ensalada de voces ¿de hombres?... ¿de mujeres?

–Cuídese...

–Beba tres litros de agua...

–Solo paracetamol...

–Vamos a colgar un letrero en la puerta...

–No le abra a nadie...

–Pida a sus parientes que vengan con mascarillas...

–Que le dejen la comida afuera...

–Trataremos de volver dentro de unos días...

–Dependerá de cómo siga la pandemia...

–De que no nos contagiemos nosotros...

–De que sigamos vivos...

–Vivas…

–Para entretenerse puede escribir su testamento...

–Que esté bien...

–Hasta luego mi señor...

¿Qué parientes? ¿Qué testamento? ¿A quién podría haber legado mis libros apolillados, mi IBM matusalénica, mis botellas de Jack Daniel’s? ¿Qué diría ese letrero? Algo muy serio ha de haber dicho, ya que el venezolano –¿colombiano?– que en vez de mis parientes llegaba con mi pizza me comunicaba a través del celular que la dejaría colgando del letrero y que yo tenía que pagar el delivery por transferencia.

Y vuelvo a mi vida, nuestra vida acuática en un tiempo eterno donde había comenzado a nadar, a bucear. Un día la corriente nos arrojará sobre la arena, muchos morirán, pero no todos. Unos conseguirán, conseguiremos, arrastrarse, arrastrarnos, multiplicarse, multiplicarnos, y una mañana caminarán. Caminaremos con cien, con veinte, con ocho, con seis, con cuatro patas, finalmente con dos por la superficie de esta brizna de polvo que viaja girando en el vacío.

Transcurridos millones de años, cuando los maravillosos dinosaurios hayan desaparecido –¿reaparecerán un día?– una nueva criatura irá medrando y creciendo en un líquido tibio, movedizo, al interior de otro cuerpo, y tardará nueve meses en respirar el aire de este rincón perdido de la Tierra. Engendrado en 1937 en un mundo que afila las armas para la guerra, soy apenas un embrión a la espera de un destino. Pausadamente navego y cierto día, cinco dedos, una uña, un pie, una cabeza, un cerebro con 100.000.000.000 de neuronas aparecen por arte de magia en el renacuajo que crece, se retuerce, patalea, pataleo, impaciente por salir de esta bolsa de líquido e iniciar en tierra firme su rumbo, mi rumbo desconocido, en la hora inicial de mi tiempo humano, el día de mi aparición en el universo, viernes 12 de agosto de 1938: MCMXXXVIII en el Calendario Romano; signo Leo en el Zodíaco; Año del Tigre en el Calendario Chino. Es el instante, voy a nacer. Nazco.

Es el momento, sí, de dudar y hacerme, de que nos hagamos la pregunta: ¿Puede interesarme a mí, puede interesar a alguien la ínfima historia de una ínfima criatura nacida en un planeta ínfimo poblado por –con números arábigos y no con letras, por favor– 2.000.000.000 de ínfimos semejantes y que al momento en que esa criatura ínfima, o sea yo, acaba de morir en un siglo XXI que huele a catástrofe y recuerda la ínfima historia de su propio nacimiento, en este momento, me pregunto: ¿Puede mi historia o historieta interesar a alguno de los 8.000.000.000 de humanos que siguen vivos y reproduciéndose sobre la superficie de nuestro planetita y que, según los estudiosos, en el año 2050 sumarán 9.000.000.000 –mil milloncitos más– si es que a esa fecha la hecatombe de nuestra especie aún no se hubiese producido? Porque los Homo Sapiens nos hemos multiplicado por cuatro a lo largo de mi ínfima vida y nos seguiremos multiplicando más y más, sin que nadie sepa cómo atajar la paridera ni cómo se las arreglará nuestra nave espacial llamada Tierra para seguir entregándonos alimento a los vivos, a mis descendientes, y ofreciéndonos un hueco para que “reposen en paz” los cuerpos de nosotros, los muertos. Y ojo, no hablaré de un planeta “sustentable”, la palabra de moda con la que hace gárgaras la Coca-Cola Co. mientras nos mete por las narices cientos de miles de botellas de plástico por minuto, al igual que las multinacionales que hablan de una “minería sustentable” mientras se llevan las entrañas de la tierra y nos dejan la escoria, los relaves y se mandan cambiar. Y no repetiré la locura de que podríamos enviar la basura que producimos al espacio cósmico, ya que tengo la seguridad al 100 % –¡le pongo mi firma electrónica!– de que a la vuelta de la esquina, el día en que no logremos seguir estrujándole al planeta lo que se nos antoja, nos daremos como de costumbre el gustito de matarnos deportivamente unos a otros para resolver, intentar resolver, el problema, en tanto que yo, asesinado por un virus y una banda de socorristas, me libraré de recibir un balazo o un bombazo mientras “visito”, así decimos ahora, mi lejano, cercano, nacimiento. ¿Alcanzaré a redondear esta ínfima historia que comenzó a desgranarse dentro de mi cabeza mientras revivía el momento en que me invadió un romadizo inofensivo, romadizo que fue remplazado por la raspadura de garganta que me inocularon unos alienígenas de blanco? ¿Habrá alguien que preste atención a mi nacimiento que está a punto de producirse?

Nazco con un ADN y una carga de genes por vientre y lomo que, según deduzco cuando me miro por primera vez al espejo, provienen de los sobrinos de los neandertales que morábamos en lo que será Asia y Europa y nos mezclamos con los negros de África oriental y viajamos hacia el Norte, Oriente y Occidente y nos fuimos destiñendo a lo largo del camino hasta ser amarillos o blancos –lo de “negros”, “amarillos” o “blancos” es un decir, no se trata de colores absolutos– y que al final de los finales cruzamos el océano hacia las tierras que denominamos Nuevo Mundo, que en realidad era un mundo tan antiguo como cualquiera.

Y aquí la pregunta: ¿Cómo vivieron y sobrevivieron esos antepasados míos y tuyos y vuestros, y ellas, nuestras antepasadas, a lo largo de cientos de miles de años en tiempos de glaciaciones, inundaciones, sequías, cataclismos, terremotos, caída de aerolitos? Quienes no pertenecemos a una dinastía de sangre azul con árbol genealógico –¿alguien ha visto sangre de color azul?– con suerte sabemos algo de nuestros abuelos o bisabuelos, aunque dicen que en unas bases de datos de los mormones se pueden encontrar todos los seres humanos que en el mundo han sido. ¿Qué comían nuestros ancestros más lejanos, esos que se pierden en la niebla del tiempo? ¿Cómo conseguían sus alimentos en el ancestral combate a muerte de una especie contra otra para nutrirse de su carne? Hoy, yo, consumidor privilegiado, sin arriesgar la vida ni ensuciarme las manos, traigo del supermercado trozos de cadáveres descuartizados de novillos, pollos, chanchos (sí, “chanchos”, no “cerdos” ni “puercos” ni “marranos”), animales que hemos obligado a vivir y morir para nosotros, además de huevos de gallinas-robotizadas, y leche, yogures y quesos provenientes de sufridas vacas-autómatas a las que acercan un muñeco con aspecto de ternero para que suelten la leche, creyendo que es el hijo que les arrebataron y ultimaron de un martillazo conforme a la mal llamada “eutanasia” de los machos recién nacidos, sin que tengamos cargos de conciencia por la esclavitud y sufrimiento que hemos impuesto a esos seres “sintientes” –la palabra de moda–, como tampoco nos preocupa la vida de los sabrosos salmones que hemos obligado a nacer y crecer apretujados en unas piscinas saturadas de antibióticos con destino a nuestros platos gourmet, ni recordamos el boqueo por asfixia de aire de los peces extraídos con redes desde el mar ni los coletazos de los que se han tragado un anzuelo. Mi amiga Melanie Joy se pregunta en su libro: “¿Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con la piel y el cuero de las vacas?”. En el supermercado compro verduras, frutas, porotos, cereales y latas y frascos de diverso contenido, pan recién horneado y líquidos con y sin alcohol, con o sin colorantes, con o sin sal, con o sin azúcar, con o sin añadidos químicos, etc., todo primorosamente envuelto o embotellado en plástico, y te pregunto, sí, a ti, lector o lectora, a ti escuchadora o escuchador de mi relato, te pregunto: ¿Tú reciclas los plásticos? Yo trataba, rellenando botellas de plástico duro con hojas de plástico blando destinadas a una ONG que decía construir casas con ellas. Ahora bien, no olvido que en nuestro cibernético planeta más de medio millón de semejantes pasan hambre cada día y unos 3.000.000.000 no conocen el agua potable, según escuché por la RadioBío Bío mientras mi cuerpo era invadido por un virus.

A un cuarto de hora del lugar en que la pandemia me tumbó frente al océano Pacífico, en el Litoral de Los Poetas donde yacen Vicente, Pablo y Nicanor, en un país llamado Chile, los miembros de miles de familias no tienen agua ni luz, y en el millar de campamentos levantados a puro ñeque en todo el país las familias mal viven en un entorno violento donde manda el más fuerte, colgadas del alumbrado público, esperando con baldes y bidones la llegada del agua a bordo del aljibe municipal, si es que llega. ¿Usted, tú, sí, a ti me dirijo, te acuerdas de ellos cuando accionas un interruptor y se hace la luz, giras la llave de la derecha y mana agua fresquita, o la de la izquierda y te duchas con agua caliente? Antes de mi resfrío pandémico y de que ingresaran a mi cueva las fieras de blanco, la multinacional Gillette rasuraba mi rostro hasta dejarme lampiño; el consorcio Colgate me blanqueaba la sonrisa y ponía fragancia a mi aliento; la multinacional Nivea me destranspiraba con un ¡fu! ¡fu!; Ralph Lauren me perfumaba; Falabella me vestía, y la británica Clarks me calzaba zapatos del tamaño y ancho de mis pies, todo lo cual me permitía salir al mundo civilizado con o sin corbata y alejarme en un automóvil del total de 1.500.000.000 que corretean por nuestro pobre/rico planeta. Vistos una noche por mí desde la ventanilla de un avión de pasajeros, esos vehículos formaban raudales luminosos en eterno movimiento que se desplazaban por el océano de las ciudades humanas, cuya claridad se proyectaba hacia el cielo nocturno, claridad que al igual que la energía que movía aquellos autos provenía de los combustibles fósiles, líquidos y gaseosos, que extraemos de las arterias de nuestro planeta, la sangre de la Tierra. ¿Qué diría uno de nuestros antepasados simiescos si aterrizara hoy en medio de nuestra Alameda Bernardo O’Higgins a la hora del taco (atasco, embotellamiento) automovilístico, del mismo modo que al revés el gringo de Un yanqui en la corte del rey Arturo aterriza en la Edad Media en la novela de Mark Twain?

¿Cómo vivieron mis antepasados lejanos y lejanísimos cuando emergían de la noble animalidad en la prehistoria de la prehistoria? ¿Quiénes fueron? ¿A qué edad morían? ¿Desde aquí diviso difuminadas por la niebla de infinitos milenios a mis tatarabuelísimas cuando son perseguidas y agarradas de la melena que cuelga de sus cabezas por mis tatarabuelísimos, que se acoplan con ellas sin pedirles permiso y las fecundan una vez tras otra vez a lo largo de las edades. Entre esas hembras perseguidas por manadas de hirsutos violadores en serie, sueño con que unas pocas hayan conseguido con astucia y mordiscos pertenecer a un único varón. Por allá por el siglo 00 diviso a una feminista, antepasada lejana del suscrito, que logra acoplarse con el macho que ha elegido y tener con él los hijos deseados por ella. Veo la cara extraña, sorprendente, simiesca de mis ancestros maternos y paternos que vagan por los bosques, las montañas y desiertos en busca de alimentos, agua y una cueva donde sobrevivir, y gracias a que sobrevivieron a los embates de la naturaleza, a los malones tribales y a las eternas batallas, un día yo existiré, que si no hubieran sobrevivido yo no habría llegado a ser un ser. En mi mente se agolpan los terrores y las ilusiones que a lo largo de veinte mil o treinta mil generaciones guiaron a esos hombres y esas mujeres cuyo ADN constituye mi cuerpo y mi mente y cuya sangre ha zapateado venas adentro y arterias adentro en este, mi organismo formado por 80 % de agua, organismo de carne, músculos, tendones e intestinos poblados por millones de bacterias, virus, hongos, levaduras, protozoos amigos o enemigos, todo bien empaquetado en una lámina de piel, colgando de una armazón de huesos, las rocas del edificio de lo que un día fue mi cuerpo.

6 Cromosomas

Y aunque los blancos visitantes me ordenaron que permaneciera acostado, yo me levantaba agónico a cuatro patas, me ponía de pie y salía al patio en piyama y pantuflas y el aire marino inyectaba energía, vitalidad y optimismo a mis vetustos pulmones. En el portón echaba mano a la bolsa de plástico antes de que el Tronko y la Trompeta, los perros que me cuidaban y que ya la habían olisqueado, se manducaran de un par de tarascones la pizza margherita que me dejó el venezolano/colombiano del delivery. Así rodaba entonces mi vida de anciano solitario, amenizada por las noticias de la Bío Bío acerca de un mundo que se caía y seguirá cayéndose a pedazos y por las arias de La Bohème interpretadas por la inigualable Anna Netrebko: ahí estoy, Anna, escuchándote una vez más en la Ópera de Viena, tú glamorosa y yo de smoking (no me vengan con “esmoquin”, caballeros y damas de la RAE) en un palco en compañía de la eximia poeta María Elena, mi brillante tercera cónyuge.

Cundo yo seguía vivo tragando trozos de pizza a temperatura de refrigerador, remojados con tinto Santa Rita de caja, escuchaba el ladrido del Tronko, perro cholo y anciano de veinte kilos nacido en los cerros de Lo Abarca, y de la Trompeta, rucia grandota y juvenil de treinta y cinco kilos que alguien me arrojó por sobre la pandereta cuando solo pesaba doscientos gramos: ambos, por cierto, quiltros de incógnita raza alternativa alimentados con los horribles pellets de Purina y algún hueso o salchicha que atinaba a lanzarles. Yo era su dueño y ambos llevaban bajo la piel un chip con mi nombre y mi RUT, pero... ¿tenía yo derecho a ser dueño de un ser vivo, dotado de corazón y sangre roja y caliente como la mía? ¿No serían ellos mis dueños y yo, de su propiedad? Y ahora que parece que sí estoy muerto –“decedido” dice el padre Jacques, cura francés ultimado de un balazo en la frente por un carabinero en mi novela La rebelión de la chora– ¿qué irá a pasar con esos chips?

Flanqueado yo por dos animales cuadrúpedos, el fin de mi vida se funde con el comienzo, el tiempo apremia y mi nacimiento avanza, tengo que apurarme y ordenar mis ideas de anciano resucitado. Vuelvo a verlo, siento, revivo ese 12 de agosto de 1938 y el instante en que mi mundo se vacía de líquido y agarran y tironean mi cabeza, conozco el aire y por primera vez la liberad: ¿la libertad? Libertad en un espacio abierto, libertad de mover mis piernas y brazos diminutos, y sobre todo libertad de respirar y lanzar un grito, vibración de ocarina desde mi garganta junto a las primeras, en ningún caso las últimas, lágrimas de mi vida que será larga. Entonces unas manos, manos únicas, irremplazables, que me acompañarán en mi infancia y más allá y quedarán tatuadas en mi piel, en mi memoria, en mi alma, esas manos me toman por primera vez. Esas dos manos se extienden hacia mí desde el cuerpo del que acabo de emerger, me alzan y en vez de depositarme como yo espero en un nido de hierbas del bosque por donde correré desnudo con los animales de mi manada, me aprisionan en un trozo de tela, primer objeto salido de la industria humana con que tengo contacto. Ese primer contacto con un “producto del progreso” me asesta una ráfaga de placer y frustración.

Al nacer, mi instinto me invita a convivir con mis hermanos animales, mis primas las plantas, mis sobrinos los hongos. Llego al mundo con 46 cromosomas a cuestas, la misma cantidad que tienen los multimillonarios y los pordioseros, y que tuvieron los emperadores y los esclavos, Jesucristo y Poncio Pilatos, los mismos 46 cromosomas que tienen ustedes mis amigas, mis amigos y mis enemigos: ¿enemigos? Aunque no soy capaz de considerar a alguien mi enemigo, me han contado que por ahí andan personas que no conozco ni de vista que se han declarado enemigas mías en las redes sociales, unas arenas movedizas que, en aras de mi salud mental o por anticuado, no frecuento.

Con mis 46 cromosomas yo soy un embajador de la humanidad que va al encuentro de los gorilas y las liebres que tienen 48 cromosomas, según las cifras que recuerdo, dos más que yo y que usted/tú, y al encuentro de otras criaturas que también me/nos superan en el número y cuya cantidad de cromosomas descubrí hace treinta años durante una semana que pasé resfriado en cama leyendo un viejo ejemplar del Reader’s Digest: ¿qué se habrá hecho esa, la más entretenida de todas las revistas? Los elefantes tienen 56 cromosomas, las jirafas 62, los caballos 64, mis perros Tronko y Trompeta, 78. En el mar me esperan los camarones que cuentan 86; en el aire, las mariposas que poseen 54, las polillas con 62, las tórtolas con 78. ¡Todos me la ganan! Pero yo, con mis 46 cromosomas, supero a las ballenas de veinticinco metros que tienen apenas 44, a los zorros con 34, a los félidos –gato, leopardo, tigre, león– con sus 38, y también a las lombrices con sus 36 cromosomas y a mis amigas las abejas que solo poseen 16. Con ellos y muchos más yo desearía convivir, aunque algunos quisieran devorarme o yo devorarlos a ellos, no por crueldad sino por mandato de la naturaleza –¿o de Dios?– para sobrevivir. Con las plantas mi relación es más pacífica: para nutrirme puedo recoger las papas del bosque –o “patatas”– que tienen 48 cromosomas, dos más que yo, y las piñas del trópico que me superan con sus 50, y volar con la marihuana universal y sus 22 cromosomas de humo. Algún sabio dijo que compartimos el 60 % de nuestro ADN con las bananas, el 80 % con los ratones y el 96 % con los chimpancés. ¡Qué tal las cifras! Si alguien las recuerda mejor que yo, que me corrija, y si puede explicarnos qué es el ADN, tanto mejor. En todo caso, mi deslumbramiento ante la naturaleza coincide con el de Víctor Hugo, quien decía: “Yo no puedo mirar la hoja de un árbol sin sentirme aplastado por todo el universo”.

Pero envuelto hoy, día invernal de mi nacimiento, en un lienzo salido de un telar, y al ser depositado sobre un colchón relleno de lana de oveja trasquilada, dentro de una cuna con marco de acero, en una sala calefaccionada por una caldera en que resplandecen las ascuas del carbón arrancado del subsuelo y enviadas hechas humo a la atmósfera, en esta hora, me veo empujado desde el instante primero a traicionar a mi especie que desciende de las amebas en una evolución que ha tardado 700.000.000 de años. Me empujan a que dé la espalda a mi esencia de vástago del rebaño infinito de los seres vivos que pueblan la galaxia, a la vez que se intenta tatuar en mi cerebro diminuto la loca convicción megalomaníaca de pertenecer a la especie suprema dueña de la Tierra y de todos los seres que han morado en ella y sus alrededores desde los años gloriosos del Big Bang. Al parecer pertenezco a la ralea que aterriza en el mundo con la misión de dominar los bosques, los desiertos, las montañas, el cielo, el subsuelo y los mares, y a todos los seres vivos. Nos apropiamos –¿con qué derecho?– de todo cuanto nos rodea y lo convertimos en producto y mercancía que compramos, vendemos, regalamos, consumimos y arrojamos a la basura como regalo para los cachalotes y los peces. Ellos, los animales no humanos, llevan una existencia circular que se viene repitiendo a lo largo de millones de años: nacen, se alimentan de plantas o de otros animales en la medida necesaria para subsistir, desarrollarse y conservar la vida, se reproducen y un día mueren de vejez o enfermedad, o en las fauces y el estómago de los depredadores entre los que nos contamos los humanos. La vida de las plantas es igualmente circular: aunque atadas a la tierra, carecen de la facultad de desplazarse por sí mismas que tenemos los seres “semovientes”. A los animales los esclavizamos, exterminamos y devoramos, y a las plantas las obligamos a nacer, crecer y perecer para darnos su leña, sus raíces, hojas, tallos, sus frutos, sus granos, su madera, de acuerdo con nuestro dictado, nuestro apetito, nuestros antojos y caprichos. En el ocaso de mi vida escucharé la cantinela sobre la “economía circular” que, según unos iluminados, permitirá que evitemos nuestra hecatombe planetaria gracias a la energía del viento atrapada por millones de molinos cuyas aspas condenarán a multitudes de aves migrantes al holocausto; la desalación de agua del mar que arrojará de vuelta salmueras exterminadoras de la vida oceánica; los paneles solares que contaminan la atmósfera con CO2