Cinco protagonistas de la Segunda República - Luis Íñigo  E. - E-Book

Cinco protagonistas de la Segunda República E-Book

Luis Íñigo E.

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Beschreibung

Zamora: la derecha republicana | Indalecio Prieto: los socialistas moderados | José María Gil-Robles: los católicos «accidentalistas» | Francisco Largo Caballero: los socialistas radicales A través de cinco figuras centrales —Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora, Indalecio Prieto, José María Gil-Robles y Francisco Largo Caballero—, el autor reconstruye las principales corrientes ideológicas que dieron forma a la República: la izquierda burguesa, la derecha republicana, el socialismo moderado, el catolicismo político y el socialismo revolucionario. No se trata de biografías al uso, sino de retratos intelectuales y políticos que permiten comprender cómo cada uno de estos actores concibió la República, sus límites y su destino. El libro atiende tanto a las ideas como a los temperamentos, a las convicciones y a las contradicciones personales, mostrando cómo los proyectos republicanos chocaron entre sí y cómo las frustraciones, los miedos y las ambiciones individuales influyeron decisivamente en el curso de los acontecimientos. La Segunda República aparece así no como una entidad homogénea, sino como un campo de tensiones, donde coexistieron visiones excluyentes bajo un mismo nombre. Sin olvidar el convulso mundo en el que le tocó nacer, preso de la crisis económica y con el ascenso del fascismo y el comunismo como enemigos jurados de la democracia y el orbe liberal.

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Seitenzahl: 245

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Título:Cinco protagonistas de la Segunda República

© Luis E. Íñigo, 2026

© De esta edición, Ladera Norte, 2026

© De las infografías, ZAC diseño gráfico, 2026, con imágenes de dominio público

Primera edición: febrero de 2026

Diseño de cubierta y colección: ZAC diseño gráfico

Imagen de cubierta y guardas: Montaje con retratos fotográficos de dominio público (Zac); bandera: flagsonline-it.

Publicado por Ladera Norte, sello editorial de Estudio Zac, S.L. Calle Zenit, 13 · 28023, Madrid

Forma parte de la comunidad Ladera Norte: www.laderanorte.es

Correspondencia por correo electrónico a: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones que marca la ley. Para fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra, diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos), en el siguiente enlace: www.conlicencia.com

ISBN: 979-13-9916-510-4

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Introducción: Cinco visiones de la Segunda República

1. Manuel Azaña: la izquierda burguesa

Las semillas de la soberbia

La frustración de una generación

La frustración de un hombre

El desprecio del pasado español

La República destructora

«Paz, Piedad y Perdón»

2. Niceto Alcalá-Zamora: la derecha republicana

Una juventud sin rencores

Con el régimen, pero sin servilismos

Una voladura controlada

Una República viable, gubernamental, conservadora

Batalla en las Cortes

3. Indalecio Prieto: los socialistas moderados

Periodista, socialista… liberal

Mano tendida hacia los republicanos

Las cartas sobre la mesa

La República de los socialistas

Revolucionario arrepentido

Guerra y exilio

4. José María Gil-Robles: los católicos «accidentalistas»

Unas influencias muy diferentes

De la prensa a la tribuna

Frente a la República, pero dentro de la República

Una calculada ambigüedad

El fracaso de una estrategia

En la Guerra Civil y después de ella

5. Francisco Largo Caballero: los socialistas radicales

Recelo de los republicanos

Consejero de un dictador

Ministro de la República

Hacia la revolución

El Frente Popular

Guide

Cubierta

Título

Start

ÍNDICE DE INFOGRAFÍAS

1.

Manuel Azaña Díaz (1880-1940)

2.

Niceto Alcalá-Zamora y Torres (1877-1949)

3.

Indalecio Prieto Tuero (1883-1962)

4.

José María Gil-Robles y Quiñones (1898-1980)

5.

Francisco Largo Caballero (1869-1946)

 

 

Con cariño y admiración, para Amador, maestro en tantas cosas, compañero en muchas otras, amigo en todas, un excelente modelo de servidor público en una época en la que tan difícil es encontrarlos.

INTRODUCCIÓN: CINCO VISIONES DE LA SEGUNDA REPÚBLICA

Los jóvenes españoles de las últimas décadas han sido educados, cabría decir, incluso, socializados, en una versión simplificada, y quizá un tanto edulcorada, de nuestra Segunda República. Para ellos, su historia, a grandes rasgos, es la saga de la frustración de un efímero proyecto democrático, bienintencionado y reformista, como resultado de la reacción violenta de los grupos sociales dominantes, la jerarquía eclesiástica, los jefes del Ejército y los grandes propietarios de tierras, principalmente, que rechazaron renunciar a sus privilegios seculares. Esta es también, aunque con notables matices, la visión dominante en los círculos académicos, que con frecuencia han tendido a contemplar con excesiva benevolencia las justificaciones de la izquierda, obviando incluso la valiosa y sincera autocrítica de sus principales dirigentes, escrita en los años posteriores a la Guerra Civil. La República, desde este punto de vista, pasó en un suspiro de ser un «maravilloso sueño convertido en venturosa realidad», como la describió el pedagogo institucionista Manuel Bartolomé Cossío, a una brutal pesadilla bélica que la victoria de las derechas reaccionarias convirtió en dictadura.

Una segunda corriente, minoritaria en el ámbito académico y a menudo tildada de revisionista, trata de desmitificar la historia de la República, basándose, como es lógico, en las fuentes disponibles y tratando de agotarlas, pero sin buscar en ellas, en modo alguno, una posible justificación del golpe militar. Los historiadores que en ella podrían encuadrarse prestan atención a aspectos poco estudiados del período; explotan a fondo datos a los que se ha prestado poca atención o que, simplemente, no se encontraban disponibles hace unos años, y analizan, reivindicando su poder explicativo autónomo, las políticas concretas y las decisiones individuales. Su tesis defiende, en suma, que la República no fue, en lo esencial, un sueño frustrado, sino un experimento fracasado, y no murió, sin más, asesinada por el golpe de Estado militar de julio de 1936, sino también como resultado de sus propias contradicciones y los errores de sus dirigentes.

Frente a estas posturas, y como presupuesto básico de este pequeño libro, se sostiene la idea, menos atractiva quizá, pero sin duda más ajustada a la realidad, de que la Segunda República nunca fue, en sí misma, la personificación de un único proyecto político. Por ende, tampoco fueron sólo dos los bandos enfrentados en los años treinta, primero en el terreno reglado de la política democrática, luego en el ámbito de la violencia desbocada, en los frentes y en la retaguardia, durante la Guerra Civil. La mejor forma de comprender la Segunda República es, desde este punto de vista, contemplarla, sin más, como un régimen, esto es, un entramado institucional y un conjunto de reglas de juego que proporcionaron un contexto más o menos eficaz para la competición entre diversos proyectos políticos. La mayoría de estos proyectos fueron radicales, se mostraron poco dispuestos a pactar y no fueron nada proclives a escuchar las razones de los otros y a construir con ellos un régimen que pudiera amparar los derechos de todos, haciendo posible la alternancia pacífica en el poder. La Segunda República fue, en consecuencia, una democracia con muy pocos demócratas en la que la gran mayoría de las fuerzas políticas consideraban legítimo, en mayor o menor grado, el recurso a la fuerza como instrumento político alternativo al sufragio. Y es en esta circunstancia en la que habría que buscar las causas profundas de su trágico destino final, precipitado por el golpe de Estado de julio de 1936, pero en modo alguno explicable sólo a partir de él, que fue tan solo su causa inmediata.

Esto no significa que nuestro objetivo sea abordar la Guerra Civil en sí, aunque todos nuestros protagonistas la vivieron, dentro del país o fuera de él, y algunos de ellos, como Azaña, Prieto y Largo Caballero, incluso ocuparon, como veremos, cargos públicos de gran relevancia en el bando republicano durante el conflicto. Pero a nadie se le escapa que analizar, siquiera con la brevedad que el formato de esta colección impone, las visiones que nuestros personajes tenían de la República, del todo incompatibles entre sí, sin duda ayudará a comprender, al menos en parte, las causas de la guerra. No por ello se trata, sin embargo, de un asunto fácil de abordar. La cuestión de cuáles eran esos proyectos y cuál era su visión de la República naciente está lejos de suscitar el consenso entre los historiadores.

Julio Aróstegui, por ejemplo, creyó poder identificar tres de esos proyectos: el reformista, representado por Azaña y el ala prietista del PSOE; el revolucionario, personificado por la izquierda socialista y el anarcosindicalismo de CNT y la FAI, y el totalitario prefascista, encarnado en los monárquicos alfonsinos de Renovación Española y la CEDA. En una línea similar, pero un poco más matizada, Enrique Moradiellos identificó, en su conocida obra de 2004 titulada 1936. Los mitos de la Guerra Civil, tres proyectos políticos principales, que, en esencia, eran los mismos que se enfrentaban entre sí en la Europa de entreguerras, a los que a menudo nos referimos como las «tres erres» de la política de la época: Reacción, Reforma y Revolución. Pero no nos equivoquemos. Es cierto que, en lo social y lo económico, existían dos Españas en el instante en que se proclamó la Segunda República, el 14 de abril de 1931. La primera era la España moderna, densa en ciudades medianas y grandes, con una economía industrial y de servicios, poblada por gentes en su mayoría capaces de leer y escribir y diversas en mentalidades, que venía experimentando en las décadas previas un proceso acelerado de modernización; la segunda era la España tradicional, salpicada de aldeas y ciudades pequeñas, que vivía de una agricultura poco productiva y cuyas gentes, muchas de ellas pobres y analfabetas, conservaban aún gran respeto por la Iglesia católica y un fuerte apego a los valores y creencias tradicionales. Pero si en lo socioeconómico España era dual, no lo era en lo político, porque sobre esa sociedad actuaban —y comenzaron a hacerlo con mayor intensidad cuando la proclamación de la República incrementó la movilización política y el margen de libertad de los individuos— los tres proyectos mencionados, que planteaban soluciones muy distintas para los problemas del país y modelos de convivencia diametralmente opuestos.

El proyecto reformista pretendía, en la mayor parte de la Europa occidental, afrontar los problemas surgidos como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, o agravados por ella, mediante cambios graduales orientados al incremento de la participación en el sistema político de las clases populares y a la mejora progresiva de su nivel de vida, todo ello sin alterar los supuestos básicos del capitalismo. La implantación del sufragio universal y la extensión de los servicios sociales eran las reformas más habituales que propugnaba. En el caso de España, que no había participado en la Gran Guerra, pero sufrió en buena medida sus consecuencias, como bien demuestra la crisis de 1917, encarnaban esta alternativa reformista la izquierda republicana y el ala socialdemócrata del PSOE, la mayor parte del nacionalismo catalán y, por razones más de táctica que de ideología, y sólo pasado un tiempo, el nacionalismo vasco.

El proyecto revolucionario apostaba por la aniquilación violenta del orden capitalista y su sustitución inmediata, bien por un régimen comunista similar al implantado en Rusia tras la Revolución de 1917, con un partido único del proletariado y una economía planificada en manos de un Estado totalitario entregado a la tarea de la completa emancipación del pueblo obrero y campesino, bien por un sistema colectivista en el que desaparecerían tanto el Estado como toda forma de poder y propiedad, de acuerdo con las ideas de Bakunin. En el caso español, abrazaban este modelo el ala izquierda del PSOE, los diversos grupos comunistas, aunque el PCE había renunciado de forma temporal, por razones exclusivamente coyunturales, a la táctica revolucionaria, y el anarcosindicalismo de la CNT, en especial el ala más radicalizada representada por la FAI.

Y, por último, el proyecto reaccionario perseguía la eliminación de la amenaza revolucionaria contra el orden capitalista y burgués por medio de una política de control de la capacidad de acción organizada de la clase obrera en el marco de un Estado autoritario. Este podía adoptar formas diversas, desde la dictadura militar tradicional al fascismo, pero por lo común presentaba componentes nacionalistas y corporativistas y un liderazgo carismático de partido único superador de los antagonismos de clase. En el caso de España, respondían a este modelo, con diversos matices, la facción mayoritaria de la CEDA, los monárquicos alfonsinos y carlistas, y el minoritario fascismo español, sobre todo la Falange de José Antonio Primo de Rivera.

Durante el primer bienio de la República, tras haber sido la coalición gobernante amputada de sus elementos más conservadores, en dos fases, y elevado Azaña a la presidencia del Gobierno, se puso en marcha el proyecto reformista democrático, que encarnaba la izquierda republicana y el ala socialdemócrata del PSOE, cuyos postulados concitaban entonces el acuerdo de la mayoría del partido. Pero los otros dos proyectos competidores, el revolucionario colectivizador, representado en aquel momento por la Federación Anarquista Ibérica (FAI), dominante en la CNT, y el reaccionario autoritario, encarnado por los monárquicos alfonsinos y la mayoría de la católica Acción Popular, lo sometieron a una gran presión, un verdadero fuego cruzado, insurreccional en el primer caso, basado en una feroz obstrucción parlamentaria y una notable movilización popular en el segundo, con una acción violenta residual protagonizada por el golpe de Estado dirigido por el general Sanjurjo en agosto de 1932.

Esta tenaza debilitó, de forma progresiva, la cohesión de la coalición gobernante. Los socialistas, desencantados con los resultados prácticos de las reformas, empezaron a abrazar posturas más radicales que los condujeron, en octubre de 1934, a embarcarse en una desastrosa intentona revolucionaria de finalidad difusa, pero que sin duda habría comprometido la continuidad de la República democrática. Los republicanos, a su vez, fueron dividiéndose entre quienes, a cada momento más recelosos de las intenciones de los socialistas, buscaron el entendimiento con los defensores más moderados del proyecto reaccionario, y quienes, muy influidos por los sucesos europeos y, en consecuencia, temerosos de que éste optara por imponerse mediante la violencia, prefirieron continuar apoyándose en los socialistas. Desencantados éstos con el fiasco de la estrategia revolucionaria y deseosos de asegurar la excarcelación de sus militantes presos, su renovada, aunque problemática, alianza con los republicanos dio vida al Frente Popular, en el que convivieron, en inestable equilibrio, los partidarios de la renovación decidida del proyecto reformista con los oportunistas defensores del proyecto revolucionario. Frente a ellos, el proyecto reaccionario no logró una coherencia similar, pero la evolución de los acontecimientos en los meses anteriores a la Guerra Civil reforzó su ala más radical, abonando el terreno para una nueva intentona violenta que efectivamente se produjo en julio de 1936.

Pero el que hemos pintado no deja de ser un cuadro impresionista, de pinceladas largas y poco definidas. Otros historiadores, con desarrollos más minuciosos y, por ello, más capaces de reflejar la realidad, han distinguido un número mucho mayor de proyectos políticos en la España de los años treinta. El célebre hispanista norteamericano Stanley G. Payne, por ejemplo, identifica nada menos que doce en su obra El camino del 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936), publicada por primera vez en 2016. La CNT aspiraba sin fecha a una revolución violenta; el POUM y el ala «caballerista» del PSOE ansiaban convertir en realidad la dictadura del proletariado; el estalinista PCE perseguía, por razones de mera táctica política, una República de los trabajadores; los prietistas y azañistas trataban de construir una República de izquierdas; los falangistas soñaban con llevar a cabo su difusa revolución nacional-sindicalista; los monárquicos alfonsinos luchaban por una Monarquía autoritaria; unos pocos liberales residuales seguían creyendo en la República democrática, y muchas personas de ideas templadas habían empezado a considerar la necesidad de una dictadura republicana temporal. Rizando el rizo, Roberto Muñoz Bolaños, un historiador español especialista en historia militar, eleva a dieciséis el número de proyectos políticos existentes en los años treinta en su monografía Las conspiraciones del 36. Militares y civiles contra el Frente Popular, publicada en 2019, estableciendo subdivisiones más precisas en el seno de alguna de las corrientes enunciadas. Este autor reconoce, no obstante, que, en vísperas de la Guerra Civil, las opciones se habían reducido hasta quedarse, a grandes rasgos, en las tres que planteaban Aróstegui o Moradiellos: revolución, reacción y reforma.

Todas estas interpretaciones son, en esencia, correctas y, en realidad, complementarias. Las diferencias entre ellas son de matiz y derivan del grado de precisión que desean obtener quienes las proponen, que utilizan criterios más o menos estrictos para delimitar los campos respectivos en función de su intención.

Una forma alternativa, y en mi opinión más gráfica y sugerente, de entender todos esos proyectos es asimilar cada uno de ellos a una visión de la República, o, dicho de otro modo, a una idea concreta acerca de la forma precisa que debía adoptar el nuevo ordenamiento político español y sus prioridades legislativas. En este sentido, Rafael Cruz ha hablado, en su sugestivo libro de 2014 Una revolución elegante. España, 1931, de cinco repúblicas que, antes de que el nuevo régimen hubiera tomado forma definitiva, entre los meses de abril y diciembre de 1931, se presentaban ya, con perfiles más o menos definidos, a la consideración de los españoles.

La primera sería, desde este punto de vista, la que Cruz denomina la República inmóvil o aletargada, «una especie de monarquía sin rey, disfrazada de República», que había de limitarse a cambiar la corona por el gorro frigio, conservando, a grandes rasgos, todo lo demás, esto es, evitando con cuidado emprender reformas significativas de orden político o económico; una República, en fin, alicorta y poco ambiciosa que pudiera, llegado el caso, dejar paso con facilidad de nuevo a la Monarquía. La defendían, en un primer momento, el diario católico El Debate y el monárquico ABC; era la opción por la que apostaba con claridad el ala más moderada de la jerarquía eclesiástica española, guiada por el cardenal-arzobispo de Tarragona, Francesc Vidal i Barraquer, y la propia Santa Sede, y su encarnación política inmediata fue Acción Nacional, que cambiaría su nombre en abril de 1932 por el de Acción Popular y menos de un año después serviría de núcleo básico en torno al que, tras abandonarla los monárquicos antirrepublicanos para constituir Renovación Española, se articuló la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), ya bajo la forma de un moderno partido de masas.

En segundo lugar, Rafael Cruz describe la que denomina República conservadora, «un régimen de orden» basado en el consenso entre las fuerzas políticas más importantes, que debía conducirse de forma moderada, a imitación de los primeros años de la III República francesa, cuyo ejemplo proponían seguir sus valedores. Este modelo de Estado, a diferencia del anterior, aceptaba reformas de cierto calado, pero aspiraba a desarrollarlas de forma pausada y, al menos al principio, respetuosa con los intereses de la Iglesia y los de los grupos sociales dominantes, con objeto de integrar en su seno a la inmensa mayoría de los españoles y conferirle así estabilidad. Era la República que deseaban Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura, los dos ministros católicos del primer Gobierno Provisional, conversos recientes al republicanismo, pero también la que querían algunos republicanos de larga ejecutoria, como Alejandro Lerroux y Melquíades Álvarez. Y era también la de Ángel Ossorio y Gallardo y la de los intelectuales que militaban en la Agrupación al Servicio de la República, como Ortega, Ayala o Marañón. La defendían, asimismo, periódicos como los madrileños Ahora y El Sol o el barcelonés La Vanguardia, cuyo director, que firmaba con el pseudónimo de Gaziel, se convirtió en uno de los representantes más cualificados de la opinión republicana moderada.

De perfiles no menos reconocibles, siempre de acuerdo con Cruz, es la que llama República avanzada o de izquierda. Sus partidarios, en su gran mayoría profesionales liberales de clase media e intelectuales influidos por las ideas institucionistas, consideraban al nuevo régimen, por su propia naturaleza, inseparable de la ejecución de un ambicioso programa reformista. Su objetivo debía ser modificar, de forma rápida y radical, la estructura económica, social y política del país, y, sobre todo, apresurar la secularización ya iniciada de la mentalidad de los españoles, limitando la todavía vasta influencia cultural de la Iglesia, que consideraban francamente retardataria. Para ello, creían urgente la implantación de la educación pública y laica; la realización de una profunda reforma agraria que alterase en beneficio de los jornaleros el reparto de la propiedad de la tierra; el impulso de una reforma militar que mejorase la capacidad operativa del Ejército y diluyera la mentalidad de casta de sus oficiales, y una remodelación de la organización política del Estado que, sin imponerla, lo hiciera compatible con la autonomía regional. La representaban los partidos de la izquierda burguesa, sobre todo Acción Republicana y el Partido Republicano Radical Socialista, y el ala socialdemócrata del PSOE, y la lideraban personalidades como Manuel Azaña, Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y, de forma un tanto ambigua e inconstante, el socialista Indalecio Prieto. La respaldaban periódicos como Crisol, Libertad y el Heraldo de Madrid.

Mucho más radical en sus postulados era la República intransigente o exaltada, un régimen «de extrema izquierda», de cuño populista, visceralmente anticlerical, más proclive a la movilización de las masas que a las elecciones y las instituciones representativas. La personificaban individuos extremistas como el comandante Ramón Franco o el capitán Sediles y buena parte de la CNT, y la respaldaban periódicos como Solidaridad Obrera o La Tierra. Llama la atención que no incluya en ella Rafael Cruz al PCE, partido sobre el que, además, es reputado especialista y que, sin duda, sostenía también posiciones de esta índole al menos hasta 1935, momento en el que se vio obligado a abrazar la táctica reformista impuesta por la Komintern. Y no sorprende menos la ausencia de cualquier referencia al ala izquierda del PSOE, que nunca comulgó con los ideales de Prieto y, gracias a la radicalización experimentada por Largo Caballero a partir de 1933, llegó a ser, de algún modo, mayoritaria en el partido y, sobre todo, en su sindicato.

Por último, Cruz habla de una República confederal, defendida por la gran mayoría de los partidos que servían de cauce a los ideales de los nacionalismos subestatales, en especial, a pesar de sus divisiones internas, la Esquerra Republicana de Catalunya, bien representada primero por Francesc Macià y luego por Lluís Companys, que actuó durante casi todo el periodo republicano en buena sintonía con las izquierdas de ámbito estatal. Un caso especial es el del Partido Nacionalista Vasco, tradicionalista en su ideología, pero oportunista en su táctica, que lo condujo al acuerdo con los republicanos de la izquierda. Todos ellos aceptaban la autonomía como mal menor, pero sin renunciar en modo alguno a la autodeterminación de sus regiones e incluso a su independencia.

Naturalmente, las fronteras entre las cinco repúblicas no eran rígidas, sino permeables; podían alterarse en función de los individuos o los acontecimientos. Incluso una misma persona podía derechizarse con claridad, como Lerroux, o radicalizarse, como Balbontín o Prieto, y volver luego a moderarse, como este último. En cualquier caso, la distinción nos sirve de contexto, de marco general en el que situar las posiciones de aquellos. Y este es, precisamente, el planteamiento del presente libro. Puestos a matizar, nada mejor que descender al máximo detalle, y este no es otro que la visión de la República que, por encima de las fuerzas políticas a las que pertenecían, tuvieron sus principales dirigentes, en especial en una época en la que, aún no consumada por completo la transición entre los partidos de notables y los de masas, las ideas del líder tendían a modelar por completo el programa de su partido.

Por supuesto, podríamos haber escogido otros. Si hemos preferido a Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora, Indalecio Prieto, José María Gil-Robles y Francisco Largo Caballero, es por el peso político del que disfrutaron en el régimen republicano; el carácter de símbolo que les atribuyeron tanto sus seguidores como sus detractores; la amplia difusión de que gozaron sus ideas sobre el régimen; y la claridad con la que, de un modo u otro, las expresaron. Y también, por qué no reconocerlo, por la excelente acogida que obtuvo cada una de las cinco conferencias impartidas por mí en el Ilustre Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras de Madrid entre los meses de enero y mayo de 2025, que constituyen, junto a ulteriores consultas y reflexiones, el principal origen del presente libro. Quizá de ser otros los personajes escogidos, su éxito habría sido menor. Así que, ¿para qué arriesgarse?

Manuel Azaña: la izquierda burguesa

1

No cabe duda de que, entre los hombres y mujeres que forjaron la República, Manuel Azaña ha dejado en nuestra memoria colectiva una huella perdurable. En una época en la que los partidos no eran sino una frágil trabazón de agrupaciones locales, apenas enhebradas a una organización nacional endeble y poco activa, cimentada en vínculos de naturaleza más personal que ideológica, era la identificación con su líder lo que les proporcionaba su identidad. Sólo dos fuerzas políticas españolas de los años treinta escapaban a esta triste descripción. Una era el PSOE, por entonces un verdadero partido de masas de implantación nacional; la otra, la CEDA, que, gracias al valioso auxilio del denso entramado social católico, llegó a serlo también en muy poco tiempo. Las demás, herederas, a la postre, de los cenáculos de notables característicos de la era del liberalismo oligárquico, apenas gozaban de existencia real más allá de la voluntad de sus líderes.

Siendo esto cierto, lo era aún más en el caso de Acción Republicana, el partido de don Manuel Azaña. Él fue, en mayor medida que sus compañeros, la encarnación misma de la organización que fundó, que alcanzó a modelar a su imagen y semejanza. Es más, de algún modo su figura llegó a identificarse con la propia República, pues ningún otro dirigente de su época llegó a ostentar, en las Cortes y fuera de ellas, la autoridad moral que él disfrutó, ni logró ejercer una influencia tan determinante sobre la conformación definitiva de la arquitectura constitucional del régimen, e incluso sobre la sustancia misma de sus principales leyes.

Además, eso era precisamente lo que Azaña quería. En modo alguno aspiraba a ser uno más entre los dirigentes de la nueva República; ansiaba moldearla, hacer de ella su criatura, la encarnación fidedigna de sus ideas políticas, que había rumiado, con la frustración de no poder llevarlas nunca a la práctica, a lo largo de tres décadas. No se trata de mera especulación. Fue él mismo quien lo aseguró así en alguna ocasión. Cuando, el 20 de noviembre de 1930, a pocos meses del advenimiento de la República, confesaba a los socios del Ateneo que concebía «la función de la inteligencia en el orden político y social como empresa demoledora», se refería, sin duda, a la suya propia, aunque admitiera, por deferencia más que por convicción, el auxilio de aquellos intelectuales entre los que había crecido y que eran sus camaradas en su tarea generacional de dar forma, a golpes de cincel si fuera necesario, a una Nación que había de renacer de sus cenizas: «ninguna obra —afirmó— podemos fundar en las tradiciones españolas, sino en las categorías universales humanas. Subsistirá lo español compatible con ellas».

Las semillas de la soberbia

Por eso es tan importante comprender quién era Manuel Azaña, conocer cómo había sido su vida y de qué manera esa peripecia vital había influido en sus ideas y forjado su carácter. Y, apenas iniciada la tarea, sorprende un rasgo de su personalidad, que enseguida emerge de sus escritos, manando de sus palabras y de los testimonios de quienes lo trataron como una evidencia imposible de soslayar: la soberbia. No puede pasar desapercibida; era tan profunda que le hizo tenerse por capaz de albergar en su mente una nación entera, erigirse en juez supremo de toda su historia y dictar sobre ella sentencia de inapelable condena, para después, transfigurado al instante en médico omnisciente y benévolo, prescribirle el elixir de la vida que había de curar todos sus males, regalando primero a su organismo enfermo el consuelo de la muerte para luego resucitarlo encarnado en un cuerpo nuevo y glorioso, haciéndola transitar así en pocos años un camino que a otras naciones más avanzadas les había llevado siglos recorrer.

Es cierto que no todos los que lo conocieron dan por buena esta visión de Azaña. Pero incluso los que le quisieron bien reconocen en su temperamento ciertos indicios de arrogancia. Josefina Carabias, una periodista que lo trató siendo ella muy joven y dejó por escrito las impresiones que le produjo su relación en un librito titulado Los que le llamábamos don Manuel, recuerda que «era un hombre amable al que gustaba reír y gastar bromas» y apunta que hablaba «casi siempre en tono humorístico». Pero incluso ella, que veneraba sin reparos al entonces ya reputado ateneísta, no puede menos que aceptar la usual mordacidad de su humor y su inclinación a mostrarse «antipático a propósito, cuando él quería y con quien, según su criterio, se lo merecía». Y el mismo Cipriano de Rivas Cherif, su amigo más íntimo, y más tarde también cuñado, que le profesaba admiración y cariño incondicionales, se ve obligado a reconocer en su célebre Retrato de un desconocido que era, a primera vista, «un tanto adusto» y «tenía fama de mal genio, por la violencia de sus réplicas».

Sería, por supuesto, desmedido aceptar que Azaña fuera ese «oscuro funcionario enloquecido de soberbia y amoratado de rencor en su manía persecutoria» que describiera el periodista conservador César González Ruano. Y rayano con lo absurdo dar por bueno el retrato, henchido de inquina, del franquista Joaquín Arrarás, para quien el político republicano aborrecía «las gentes, los toros, el teatro, las ciudades, la historia, la religión» y pasaba por el mundo «solitario, torvo y desconfiado como una hiena». Pero no cabe negar tampoco del todo esos rasgos de su genio que sus propios amigos reconocen. ¿A qué podrían deberse? ¿Cabe buscar en la vida de Azaña las claves que nos permitan explicarlos?