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Cinco rebeldes es la historia de cinco personas que dejan su hogar para luchar por la República durante la Guerra Civil. Un guerrillero heroico que al volver a los Estados Unidos se atreve a revelar su homosexualidad. Un irlandés prisionero de Franco que intenta salvarse mediante la música. Una enfermera negra que encuentra aquí el amor que en casa se le niega. Un escritor de Nueva York que bajo las bombas recibe una lección de vida. Y un mexicano que, con solo dieciséis años, lucha en el Ebro, a pesar de que no lo recordará hasta que tenga setenta y nueve. Cinco vidas expuestas a situaciones excepcionales, donde la línea que separa el miedo y el coraje, los motivos políticos y los anhelos personales, es voluble y frágil.
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Seitenzahl: 401
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Cinco rebeldes es la historia de cinco personas que dejan su hogar para luchar por la República durante la Guerra Civil. Un guerrillero heroico que al volver a los Estados Unidos se atreve a revelar su homosexualidad. Un irlandés prisionero de Franco que intenta salvarse mediante la música. Una enfermera negra que encuentra aquí el amor que en casa se le niega. Un escritor de Nueva York que bajo las bombas recibe una lección de vida. Y un mexicano que, con solo dieciséis años, lucha en el Ebro, a pesar de que no lo recordará hasta que tenga setenta y nueve. Cinco vidas expuestas a situaciones excepcionales, donde la línea que separa el miedo y el coraje, los motivos políticos y los anhelos personales, es voluble y frágil.
Biografía
Jordi Martí-Rueda (Barcelona, 1976) es escritor e historiador. Finalista en el premio de narrativa corta por Internet TINET 2015. Ha colaborado con varios proyectos de recuperación de la memoria de la Guerra Civil, como el Censo de Simbología Franquista en Cataluña y el portal Sidbrint, de digitalización de la memoria de las Brigadas Internacionales, además de algunos proyectos audiovisuales relacionados con la Batalla del Ebro. Combina las facetas de escritor y de historiador con la de editor.
Portada
Jordi Martí-Rueda
Cinco rebeldes
Historias humanas de las
Brigadas Internacionales y la Guerra Civil
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura,
Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
Título original en catalán:
Tocats pel vent, publicado por Pagès editors, 2014
© del texto: Jordi Martí Rueda, 2016
© de la traducción: Jordi Martí Rueda, 2016
© de las imágenes: sus autores y archivos correspondientes, 2016
© del prólogo: Juan Miguel de Mora, 2016
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2017
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: febrero de 2017
Primera edición digital: marzo de 2023
DL: L 315-2023
ISBN: 978-84-9743-997-8
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Citación
Tengo la convicción de que los hombres más duros tienen un ángulo de ternura generalmente desconocido, pero también creo que influye mucho en ellos esa especie de convención de que los sentimientos tiernos deben ocultarse.
¿Y puede haber algo más tierno que ir a combatir por la libertad en un país extraño, arriesgando la vida sin ningún beneficio material?
Juan Miguel de Mora
La libertad, Sancho…
Preámbulo
Amigo Jordi:
Me pides un preámbulo para tu libro sobre brigadistas. Mi primer impulso fue disculparme y no hacerlo, por estar concentrado en documentar la sangrienta represión que sufrimos hoy en México y que (con el visto bueno de papá Washington) ha matado, solo en los últimos años, a cientos de campesinos y maestros y a decenas de periodistas de provincia en todo el país, amén de 49 estudiantes asesinados en una sola noche, de los que 43 cadáveres están desaparecidos.
Entonces recordé que, en esencia, en todo el mundo es la misma lucha, con distintas peculiaridades. Así pues, ahí te van unas letras sobre aquella guerra cuya historia (por primera vez en la historia de las guerras) no la escribieron los vencedores. Yo fui a los catorce años, pero no voy a repetir lo que ya sabes.
Desde que llegué a España y me negaron entrar a las Brigadas por mi edad, estuve trabajando por la República hasta que, en 1938, conseguí estar en la XV Brigada Internacional y participar en la segunda fase de la batalla del Ebro, la contraofensiva de moros mercenarios, nazis de la Legión Cóndor —en aviones de bombardeo y en cazas de vuelos rasantes y algún alemán observador de a pie—, la Legión Extranjera (el Tercio) y nazis españoles, aunque de esos muy pocos.
Yo pienso que valió la pena.
Jamás me he arrepentido de haber ido a España, donde se inició la Segunda Guerra Mundial, lo que por vergüenza ocultaron los gobernantes ingleses, franceses y estadounidenses (y lo siguen ocultando los gobernantes actuales por la vergüenza retroactiva que cada uno de ellos siente por su país), todos apoyando a Hitler (a través de Franco) porque los generales prusianos le dijeron que no se puede hacer una guerra en Europa sin dominar el Mediterráneo.
¡Pobres idiotas como Chamberlain y Daladier, que creyeron manipular a Hitler para que luchase contra Stalin y fue Hitler el que los manipuló a ellos!
La lucha en España es el momento de mi vida del que estoy más orgulloso porque, durante él, fui uno de los pocos del mundo con la visión suficiente para ver lo que era el nazismo. Y de esa visión sacamos el valor para enfrentarlo.
No existe, documentado, ningún hecho histórico sobre el que se hayan inventado, escrito y dicho tantas mentiras y calumnias como las que se divulgaron por todo el mundo en contra de la República española desde 1936 hasta mucho después de su asesinato, en 1939, y algunas casi hasta hoy.
Te envío un saludo cordial y un fuerte abrazo.
Juan Miguel de Mora
Santo Tomás Ajusco, México, 10 de agosto de 2016
Introducción
Si el barco en el que viajas recibe el impacto de un torpedo y se hunde en las profundidades, y tú eres un superviviente que ahora saca la cabeza al exterior, expulsa medio mar Mediterráneo, traga aire frío y mueve brazos y piernas en el agua gélida para no ahogarse, podemos concluir, aunque pueda parecer una ironía, que eres un afortunado.
Aun así, también podemos convenir que tus posibilidades de salir con vida de esa experiencia tan afortunada no son muy altas.
No sabemos si eso se le ocurrió a Bill van Felix cuando su cabeza emergió de bajo el agua. Al abrir los ojos encontró el cielo vacío. Al mirar atrás, el casco de una nave que desaparecía bajo las olas. Y más allá, nada.
Cualquier cálculo de probabilidades otorgaría a ese chico el título de campeón absoluto de los afortunados. No hace mucho iba a bordo de un barco procedente de Marsella con destino a Valencia. Hasta que un submarino italiano ha decidido poner fin a su sueño de ayudar a la República. Bill van Felix se ha librado de saltar por los aires en la explosión, de darse un golpe mortal en el momento del impacto y de sufrir un ataque al corazón bien merecido. Si fuera un gato, habría gastado ya tres vidas en un solo día. Pero desde ese momento, en el que el superviviente aletea en el agua, el recuento de probabilidades empieza de nuevo, frío y matemático, sin apreciar los méritos acumulados. Y el aspirante sale perdedor en todas las apuestas.
Ahora mismo Bill van Felix no debe de estar pensando en las posibilidades que tiene de salir vivo de esta y de poder contárselo a una chica. Porque en vez de acogerse al abrazo del mar y acabar con eso deprisa, o de bracear preso del pánico hasta vaciar sus fuerzas, empieza a nadar en dirección a la costa, aunque la costa no es mucho más que un perfil que baila entre las olas. Bill van Felix tiene veintiún años y viene de Brooklyn, y por motivos o cálculos que no llegamos a comprender nada, nada para deshacer los quilómetros de agua que le separan de tierra firme.
A veces la perseverancia tiene premio, y hoy llega en forma de una barca de pescadores. Los pescadores ven al hombre que nada, el hombre que nada ve la barca que se acerca, y los brazos se le aflojan. Poco después, unas manos robustas lo aferran y lo sacan del agua. Milagro o fortuna, acaba de gastar la cuarta vida en un solo día.
Bill van Felix no fue el único que sobrevivió al hundimiento del Ciudad de Barcelona, torpedeado el 30 de mayo de 1937 cuando se encontraba a una milla y media de la costa. Tampoco fue el único al que se le ocurrió dejar casa, trabajo y familia y viajar miles de quilómetros para ir a poner los pies en una guerra.
Pocos meses antes, en otra costa, la de Hendaya, el viento trajo hasta la arena la voz de cañones lejanos. Los veraneantes dejaron las conversaciones y miraron hacia el sur. Sabían que a pocos quilómetros los seres humanos, en vez de bañarse, se mataban. Durante unos instantes, la playa enmudeció. Luego, poco a poco, primero con susurros y palabras cortas, las conversaciones empezaron a recomponerse, las parejas cerraron los ojos bajo el sol y los bañistas regresaron al agua. Solo un muchacho permaneció mudo. O tal vez deberíamos decir un niño, porque George Sossenko solo tenía dieciséis años. Era hijo de inmigrantes rusos, era estudiante y era libertario. Las olas se deshacían en la arena, el sol le quemaba la piel desnuda, los veraneantes jugaban en el agua. Y se preguntó, de repente, si todo aquello era cierto: no el sonido de los cañones, que el viento había traído para interrumpir el baño; sino el verano, la playa y las olas y todos los juegos en la arena.
En Bayona, en cambio, era oscuro aún cuando Théo Francos pisó por última vez las baldosas de piedra del puente Saint Esprit. Se subió en un tren y se sentó cerca de la ventana. Sus ojos buscaron el reloj de la catedral. Lo miró mientras se alejaba, y escrutaba su esfera, sus números romanos, sus agujas, y trataba de no parpadear para no perderse ni un instante de esa imagen, como si quisiera retenerla para siempre. Había visto la catedral y el reloj cada día durante veintidós años. Pero solo ahora se daba cuenta de que de alguna forma pertenecía a ellos, ahora que quizá los veía por última vez. Era ahora, cuando ya se le deslizaban entre los dedos, cuando se daba cuenta de las cosas que amaba.
Más al norte, Harald, Kaj y Age Nielsen, tres hermanos de un barrio pobre de Copenhague, se cargaron una mochila a la espalda y agarraron unas bicicletas. Habían abrazado a sus padres, se habían despedido de la fábrica y ya pedaleaban hacia el oeste, convencidos de que algún día sus piernas y esas bicicletas les llevarían hasta los pies del Pirineo.
Se podrían contar muchas historias como esas. Quizá miles, porque la Guerra Civil es fecunda en vidas exprimidas y hechos insólitos. La historia tiene la extraña cualidad de reservar algunos capítulos, muy pocos, en los que las razones y las pasiones confluyen en un momento efímero y en un minúsculo trozo de tierra. Y pocas veces las pasiones humanas fueron tan intensas como en 1936.
La Guerra Civil atrajo a hombres y mujeres de todo el mundo. Entre 1936 y 1938, miles de personas cruzaron la frontera franco-española para unirse a la lucha contra el fascismo; en algunos casos, desde latitudes lejanas y después de largas travesías.
En realidad, los primeros voluntarios internacionales ya estaban en Barcelona cuando estalló la guerra: formaban parte de las delegaciones de atletas que habían llegado para competir en la Olimpiada Obrera, unos juegos olímpicos que se habían organizado como réplica a los Juegos de Berlín, que se celebrarían en la Alemania nazi.
A raíz del golpe de estado de julio de 1936, la Olimpiada se suspendió y el Gobierno catalán decidió repatriar a los atletas; algunos, sin embargo, prefirieron quedarse y sumarse a la lucha de los republicanos.
En las siguientes semanas, más voluntarios cruzaron la frontera para ofrecerse a la República. Algunos, por iniciativa individual y asumiendo el viaje por cuenta propia; otros, en grupos organizados por partidos o sindicatos. En septiembre, sin embargo, esa iniciativa tomó una nueva dimensión: la dirección de la Internacional Comunista, que reunía a los partidos de todo el mundo que actuaban bajo la influencia de la Unión Soviética, acordó crear una fuerza internacional de obreros con el objetivo de ayudar a la República. Es por eso que, en adelante, el nacimiento oficial de las Brigadas Internacionales se atribuiría a Moscú. No obstante, la decisión de crear ese ejército de voluntarios no hacía más que reconocer un fenómeno que ya se estaba produciendo de forma espontánea: la afluencia creciente de personas de todas partes hacia la Península.
Los planes de Moscú quedaron cortos: habían concebido una única brigada de cinco mil voluntarios, que debían ser reclutados entre los militantes más comprometidos de cada país. Pero el entusiasmo por participar en la guerra contra Franco superó todas las previsiones: entre 1936 y 1938, alrededor de cuarenta mil personas de más de cincuenta países cruzaron la frontera con ese objetivo. La mayoría procedían de Europa, sobre todo de Francia, pero los había de todos los continentes; en los frentes y en los hospitales de la Península se vería a gente tan diversa como alemanes, italianos, europeos del este, norteamericanos, cubanos y argentinos; incluso a personas de geografías y culturas tan lejanas como chinos y filipinos.
Muchos eran de ideología comunista, pero no todos: había también anarquistas, socialistas, liberales y personas sin más convicción que la ética democrática o antifascista. Y esa era la razón de ser de las Brigadas Internacionales: un grupo de hombres y mujeres que se definían por la convicción de que había que detener el fascismo antes de que fuese demasiado tarde, con independencia de la sensibilidad política que albergara cada uno.
No eran mercenarios ni soldados experimentados. La mayoría, de hecho, no conocía el tacto de un arma de fuego y apenas era capaz de desfilar como es debido. Eran estibadores de los muelles y obreros del metal, médicos y enfermeras, escritores y estudiantes. Sin embargo, en el Jarama, en Teruel y en el Ebro se convirtieron en cirujanos y enfermeras de guerra, en conductores de ambulancias y en soldados.
En otoño de 1938 el Gobierno de la República decidió retirarlos del frente y mandarlos a casa. Los últimos brigadistas desfilaron por las calles de Barcelona y los barceloneses les abrazaron como solo se abraza a un amante, y en su adiós se respiraba el naufragio. Algunos pudieron regresar a los países de donde procedían, donde serían perseguidos y castigados por haber ayudado a la República. Otros no pudieron irse, porque en sus países gobernaba el fascismo; permanecieron en Cataluña hasta los últimos días, y cuando las columnas de refugiados huían hacia Francia, en un éxodo nunca visto, algunos volvieron a tomar las armas para proteger la retirada y terminar, como tantos catalanes y españoles, en los campos de concentración y de exterminio.
Y ante eso, es natural que nos hagamos una pregunta: ¿qué puede llevar a un hombre o a una mujer a dejar cuanto conoce, incluso la paz, para cruzar una frontera y adentrarse en una guerra, un fenómeno nefasto ante el cual lo primero que haríamos la mayoría de nosotros sería huir en vez de ir?
Una tarde de octubre de 2008 me planté en Sitges, Barcelona, para entrevistar a uno de los últimos supervivientes de aquella epopeya. Era Juan Miguel de Mora, mexicano. Lo había visto hacía pocos meses en un congreso sobre la batalla del Ebro, y su parlamento cayó como una descarga emocional sobre el auditorio. Cuando en octubre supe que Juan Miguel de Mora volvía a estar en Cataluña para tomar parte en un homenaje a las Brigadas Internacionales, no dejé escapar la oportunidad de entrevistarle. Era mi hombre.
Armado con una grabadora, libreta, bolígrafo y uno de sus libros, le esperé en el vestíbulo del hotel, intentando disimular los nervios delante de la recepcionista. Tardó diez minutos eternos en bajar, pero finalmente apareció en el vestíbulo acompañado de su mujer, Ludwika. Les había aguado la siesta.
Empezamos la entrevista, y cuando hacía ya media hora que conversábamos, Juan Miguel de Mora calló y se quedó mirando, extasiado, por encima de mi hombro, en dirección al paseo de Sitges.
—Mira, Ludwika, qué velero tan lindo —dijo con una sonrisa.
Me di la vuelta. En el horizonte se veía una vela blanca, muy lejos. Permanecimos un rato en silencio, mirando la vela diminuta.
—Para alguien que es de tierra adentro, que vive en medio de México, ver un velero en el mar es un placer que no se puede describir —dijo. Pensé que les estaba arruinando la tarde.
Pero lo que había empezado como una entrevista se fue convirtiendo, poco a poco, en un diálogo a tres partes y en una tarde memorable. Y le hice la última pregunta. Le pedí qué echaba en falta en la historiografía de las Brigadas Internacionales; qué echaba de menos, él que había sido protagonista, en los miles de páginas que se habían escrito sobre los brigadistas. Permaneció unos instantes sin decir nada, mirando hacia abajo, como si buscara las palabras justas.
—Ternura —dijo finalmente.
A menudo en la historiografía se ha olvidado que eran hombres y mujeres con amor. De eso no suele hablarse, porque se nos podría acusar de ser cursis o, cuanto menos, de no ser científicos. Es cierto que los sentimientos humanos no son medibles científicamente. Y a menudo los historiadores, en el afán por hacer obras que tengan validez científica, corremos el riesgo de pasar por alto las variables intangibles y fundamentamos los estudios solamente en elementos empíricos. Y poco a poco, sin quererlo, podemos convertir a seres humanos en estatuas de hierro. Dignas y épicas, sí, pero estatuas de hierro al fin y al cabo.
Este no es un libro de historia, o no lo es en el sentido más académico. Es, más bien, un libro de historias, en plural. De historias personales. O de memorias. De memorias interpretadas por alguien que nació mucho tiempo después de los hechos que narra, dos generaciones más tarde para ser exactos, y que aun así también tiene una memoria de aquellos días. Diferente, a la fuerza, de la de aquellos que los vivieron.
Son las historias de Bill Aalto, Bob Doyle, Salaria Kea, Alvah Bessie y Juan Miguel de Mora. Podrían parecer fruto de la imaginación, pero son ciertas. La Guerra Civil no es ni el inicio ni el final de esas historias. La razón es simple: la persona que eran antes de 1936 les ayuda a tomar la decisión de viajar a un país y a una guerra lejanos y, a su vez, ese viaje ha de sacudir su vida posterior.
No sé si en estas páginas hay suficiente ternura. En todo caso, en cada capítulo hay aquello que llamamos factor humano: personas que, en medio de unas circunstancias excepcionales, pueden sentir miedo, añoranza, amor y cualquiera de las emociones que nos hacen reconocibles y humanos.
Algunos calificaron la guerra de 1936-1939 como la última guerra romántica, y Albert Camus, como la última guerra en la que valió la pena luchar. Leyendo los relatos autobiográficos de aquellos que fueron protagonistas desde el bando republicano, uno llega a la extraña sensación de que, a pesar de la derrota militar, se triunfó. No pensarían lo mismo, si pudieran, los cientos de miles de personas que murieron en los campos de concentración y en las prisiones franquistas, en los batallones de trabajos forzados o delante de los pelotones de ejecución. Pero lo que quiero decir es que, a pesar del genocidio, la condición humana pervivió en los vencidos, en aquellos que se resistieron a la derrota y nunca se sintieron derrotados. Como la diminuta flor que se levanta, casi imperceptible, clandestina, bajo la espada rota del Guernica.
Una última cosa: del frente de Teruel hay una foto cautivadora. Creo que ayuda a explicar muchas cosas. Diría que es la foto que más me conmueve de la Guerra Civil. Más que las instantáneas épicas de Agustí Centelles, Robert Capa y Gerda Taro. En la imagen no aparecen fusiles ni trincheras ni nubes de polvo. No recoge, de hecho, ningún pasaje bélico, pero resume mejor que ninguna otra el triunfo de la condición humana en esa guerra.
En ella se ve a seis chicos, seis brigadistas. La ciudad de Teruel vuelve a ser republicana después de una lucha atroz que se ha saldado con miles de muertos y heridos; los soldados han combatido bajo condiciones climáticas extremas, de frío polar, y a cientos de hombres han tenido que amputarles dedos de los pies y de las manos como consecuencia de las congelaciones.
Nuestros seis protagonistas han descubierto una sombrerería abandonada en algún rincón de la ciudad, y han salido de la tienda con la cabeza adornada con sombreros de copa y de ala ancha. Dos de ellos lucen también bastones y guantes de piel exclusivos de señoritos burgueses. Llevan barbas de tres días, abrigos andrajosos y pantalones sucios, pero aun así ensayan su ademán más elegante y refinado, casi burlesco. Miran a la cámara con aire socarrón y el fotógrafo les hace inmortales. Las seis sonrisas son la mejor de las victorias.
I. El triste final de Bill Aalto (o el chico que se fue del Bronx)
Cuenta una leyenda de los años treinta que si una persona es capaz de soportar las condiciones de vida más abruptas, de sobrevivir a los umbrales más agudos del frío, el hambre y la fatiga, donde la mayoría de seres humanos sucumbirían, es seguro que esa persona es finlandesa. Dejando a un lado los fundamentos científicos o imaginarios de esa teoría, lo cierto es que el aspecto de Bill Aalto se le ajusta como si el inventor del mito le hubiera tomado como fuente de inspiración. Es un joven del Bronx de Nueva York, en las calles de ese barrio ha crecido; pero es hijo de una finlandesa, y la huella de sus antepasados hace honor a la leyenda.
Su madre abandonó Finlandia huyendo de la persecución del Gobierno contra los activistas de izquierda. La cacería se saldó con veinte mil muertos, pero cuando el país se tiñó de rojo ella ya no estaba; se había hecho a la mar, había cruzado el Atlántico y había desembarcado en Nueva York, donde inició una nueva vida y dio a luz a su hijo.
Siendo aún un adolescente, Bill Aalto se entrenaba en las instalaciones deportivas de los grupos obreros. Pronto se convirtió en un nadador hábil y en un joven superdotado para el deporte. Al mismo tiempo, empezó a participar en las luchas sindicales de la ciudad e, influenciado quizá por su madre, se hizo miembro de las juventudes comunistas. Y mientras se convertía en un atleta y en un activista, descubría la más intensa de sus pasiones, la literatura. Aprobó la educación secundaria, y comenzó a escribir con asiduidad. Soñaba ser poeta. Cuando estalló la Guerra Civil Española, en verano de 1936, Bill Aalto tenía edad para estar en la universidad. Pero la escasez de ingresos en casa debió de cortarle el paso a los estudios superiores, y en vez de sentarse en un aula trabajaba como camionero en el Bronx.
Ahora, con veintiún años, Bill Aalto pisa Figueres, al norte de Cataluña, la primera ciudad donde se alojan los voluntarios que llegan de todas partes del mundo para combatir el fascismo. Tiene una altura imponente y todo el aspecto de un atleta olímpico. Tiene el cabello oscuro y desordenado y un rostro esculpido en piedra noble. Alguien dirá, al cabo de muchos años, que parece que acabe de salir de en medio de una pelea, y tal vez sea cierto. Ha cruzado el Pirineo de noche, a pie, junto con otros voluntarios que vienen a auxiliar a la República. Es febrero de 1937 y luchar contra Franco es ya un delito castigado por la legislación internacional.
Hacía años ya que los ciudadanos de Estados Unidos observaban de reojo lo que sucedía en Europa, donde el fascismo se extendía como una mancha de aceite oscuro. En la República española el Gobierno del Frente Popular, formado por las izquierdas, había desafiado el peligro y había querido gestar una sociedad con un horizonte de justicia social. Y, por un instante, los ojos de medio mundo habían mirado con anhelo hacia ese rincón de Europa. Hasta que un golpe de estado lo había truncado todo. Los miles de voluntarios que ahora cruzan la frontera han sentido el golpe de estado contra la República como una agresión contra sus propias esperanzas. Vienen a combatir el fascismo, convencidos de que aún están a tiempo de detenerlo y de que, si no lo frenan hoy en la península Ibérica, será mañana toda Europa, o el mundo entero, quien se verá abocado a la guerra.
Quizá por la leyenda que circula sobre los finlandeses, quizá por sus condiciones atléticas, Bill Aalto recibe una propuesta temeraria pocos días después de llegar a la Península. Le sugieren que abandone el grupo de voluntarios norteamericanos, que se olvide de la guerra convencional, y que se una a un grupo de hombres muy especial: los guerrilleros de la República. Un pequeño grupo de intrépidos que llevarán a cabo misiones de alto riesgo en territorio enemigo. Le proponen convertirse en guerrillero, y Bill Aalto, que ha cruzado el océano para combatir el fascismo como sea, sonríe.
Bill Aalto, guerrillero y poeta, en una fotografía de pasaporte. Tamiment Library / Robert F. Wagner Labor Archives / Abraham Lincoln Brigade Archives (New York University).
El país que pisa Bill Aalto a principios de 1937 vive una de las peores atrocidades que ha conocido Europa. Y es, sobre el papel, un combate desigual. El bando golpista, liderado por los generales Franco, Mola y Queipo de Llano, cuenta con un apoyo internacional de primer orden: el que le brindan Hitler, Mussolini y los mercenarios del norte de África. Cientos de tanques alemanes e italianos, las joyas de la industria bélica más moderna, y detrás de ellos cantidades ingentes de soldados marroquíes y legionarios italianos. La legión Cóndor, que ha enviado Adolf Hitler, y los aviones italianos de Mussolini podrían ocultar el sol como una nube de langostas: Junkers, Messerschmidts, Capronis y Savoias están a disposición del ejército golpista. Nunca hasta ahora el ojo humano había visto un poder de devastación como ese.
A su turno, la República le hace frente con un ejército nuevo, nacido a partir de milicias improvisadas, formado por soldados que ayer eran obreros y campesinos, personas sin más experiencia militar que la que han cosechado, a la fuerza, en los primeros meses de guerra. En sus filas son minoría los militares de profesión, y su dotación bélica apenas incluye armas modernas o armamento pesado; sus aviones son minoría, y casi no tiene tanques; los fusiles, viejas reliquias de la guerra de 1914, son viejos y gastados, y la palabra uniforme es un eufemismo demasiado generoso para describir las indumentarias que visten los soldados republicanos. Sin embargo, en ese bando pobre y sin recursos hay una arma poderosa: el hecho de saber que está en juego la libertad propia y la de los hijos. Por primera vez hasta donde alcanza la memoria, los soldados de un ejército no pelean por orden y beneficio de un gobierno, sino por un anhelo compartido de detener el fascismo y salvar los pequeños espacios de libertad que con la República han ganado. Y esa arma intangible puede convertir a un albañil, a un campesino o a un profesor de escuela en un guerrero.
Bill Aalto se incorpora a un equipo en el que hay gente del país y también voluntarios internacionales: en él encuentra a yugoslavos, austriacos, daneses y, por supuesto, una nutrida representación finlandesa. También hay un norteamericano; se llama Alex Kunslich y es el jefe del grupo. Es de Nueva York, como él, y ronda los treinta años.
Unos especialistas soviéticos les dan una formación rudimentaria en técnicas de guerrilla. Les enseñan cómo infiltrarse en territorio enemigo, cruzar las líneas sin ser vistos, actuar a la espalda de los franquistas y desaparecer sin dejar rastro. Les enseñan a fabricar, transportar y colocar explosivos, a volar por los aires puentes y vías de tren. Se hacen amigos de las sombras, aprenden a escabullirse entre los matorrales, a besar las piedras.
Bill Aalto se convierte enseguida en el ayudante de Alex Kunslich, con el cual forma un equipo de trabajo a jornada completa, de siete días a la semana. Dedican jornadas enteras a preparar cada acción en territorio enemigo, hasta el detalle más ínfimo. Meditan quién irá, qué material hará falta, cuántos días van a necesitar. Estudian la ruta que harán para internarse en el territorio fascista sin que les vean, y preparan el modo de salir de él con la misma discreción. Solo van los imprescindibles, las sombras justas. Incluso acuerdan el lenguaje de signos que utilizarán. No dejan nada al azar ni a la improvisación, porque en territorio enemigo el error más insignificante los puede abocar al desastre.
Les guían hombres de montaña, pastores, recolectores de leña, hombres que conocen la tierra y que se orientan mirando el cielo nocturno. Se adentran en territorio franquista amparados en la oscuridad. Solo se mueven de noche y antes de que claree se ocultan en cuevas. A veces los objetivos están muchos quilómetros adentro y esa vida se alarga durante semanas. Apenas hablan. Susurran. Cuando han hecho el trabajo, se esfuman. No son el único grupo de guerrilleros. Los hay en todos los frentes, un total de dos mil hombres esparcidos por todo el territorio, organizados en pequeños grupos. Son un cuerpo sin forma, un ejército de sombras que no quiere ser visto.
Hace pocas semanas que actúan cuando un tercer norteamericano se incorpora al grupo. Se llama Irving Goff y viene de Brooklyn. Es un muchacho fornido y de aspecto rocoso, y tiene, también él, las condiciones físicas necesarias para ese tipo de empresas. Fue boxeador amateur y ha trabajado en toda clase de trabajos reservados a atletas: ha sido gimnasta, acróbata de circo y hasta bailarín en espectáculos de vodevil. Es hijo de inmigrantes judíos y en los últimos años ha acumulado un rico historial de peleas cuerpo a cuerpo con los grupos antisemitas de Nueva York.
En un par de días, Goff aprende a manipular y transportar dinamita. Y con esa breve información, premisa básica para formar parte de un grupo guerrillero y no morir el día del debut, Kunslich ya le incluye en una expedición.
El equipo, formado únicamente por un guía andaluz y cinco guerrilleros, se adentra en el monte por un estrecho camino de cabras. Caminan en dirección a Córdoba, ciudad ocupada por los fascistas. El objetivo, colocar explosivos en la vía del tren y volar por los aires el próximo convoy que transporte a las tropas de Mussolini. Siguen al guía, que se mueve por el monte como si fuera su casa, aunque los envuelva una oscuridad cerrada. Solo se oye el rumor de sus pasos, casi dulces, y los sonidos de la montaña, magnificados por la noche.
Cuando, después de horas de marcha, hacen la primera pausa para descansar, el guía se acerca a Irving Goff. Y, con un susurro al oído, le dice que ya están dentro de territorio fascista. Las palabras del guía traviesan el pecho de Irving Goff como un sable frío. Siente que el cuerpo deja de responderle y que los músculos no le obedecen, como si sus brazos hubieran dejado de ser sus brazos, como si sus manos hubieran dejado de ser sus manos. Y respira un miedo atávico, siente su sabor áspero en la lengua y en la garganta, percibe el terror absoluto como jamás lo había experimentado. Lo único que permanece vivo dentro de él es su corazón, que ahora cabalga como un caballo desbocado. Pasa un tiempo impreciso, quizá segundos. Y después se da cuenta de que el frío nocturno le roza las mejillas, de que la sangre vuelve a regar su cuerpo. De que los dedos vuelven a moverse. Ha sido un suspiro, una bocanada helada, como una ola que llega y con la misma sencillez desaparece. Solo unos segundos minúsculos, pero suficientes para conocer el pánico primario, el que entumece los miembros, el que un guerrillero no puede permitirse.
Abren unas latas de leche condensada. Cuando las han vaciado, hacen un agujero en el suelo y las entierran. Después esparcen hojas y ramitas en el lugar. Ellos nunca han estado aquí. Cuando ya no queda signo de su presencia, retoman la marcha.
Antes de que se insinúen colores tenues en el cielo y se perfilen los contornos de la montaña, el guía los conduce a una cueva oculta entre las rocas. Permanecen dentro de la piedra hasta que vuelve a ser de noche. Solo entonces, cuando la oscuridad envuelve el mundo, salen del escondrijo y se ponen de nuevo a caminar. Al cabo de tres noches están a las puertas de Córdoba. El punto elegido para colocar los explosivos está a menos de doscientos metros de la ciudad.
Tendidos entre los arbustos, observan. Pueden distinguir patrullas de vigilancia en varios puntos de la vía; llevan linternas y los focos de luz dibujan círculos sobre los raíles y las zonas circundantes, de modo que la luz peina la vía en intervalos regulares.
Irving Goff y el guía se sitúan en una posición atrasada, vigilando que no se acerque nadie. Otros dos emplazan una ametralladora, a punto para hacer fuego si son descubiertos. Los otros dos se acercarán a la vía y colocarán los explosivos.
Desde su posición Irving Goff escruta la oscuridad y busca en dirección a sus compañeros. Cuando la luz se aleja de la vía, distingue las dos sombras que se acercan a los raíles, sin hacer más ruido del que haría un gato negro. El único sonido que Irving Goff puede oír es el de su propio corazón, que retumba como una banda de tambores. Los ve situarse a pocos metros de los militares. Adivina cómo colocan el material, un proyectil de artillería reaprovechado y relleno de dinamita y un percutor, que se activará en cuanto note la presión de un tren encima. Antes de que el foco vuelva a pisar los raíles, uno de los guerrilleros hace la señal acordada y los seis se retiran, arrastrándose por el suelo con codos y rodillas, hasta que de nuevo alcanzan la montaña. Y entonces, desaparecen.
Pocos días después, ya en tierras republicanas, se enteran de que un tren cargado de legionarios italianos procedentes del frente voló por los aires.
Entre una expedición y otra no disfrutan de muchos ratos libres. Pero cuando tienen uno, Aalto, Goff y Kunslich suelen aprovecharlo juntos. A la menor ocasión, Aalto agarra a algún camarada español y lo martiriza hasta que este le ha enseñado alguna canción popular. Goff mira divertido cómo Aalto aprende a cantar canciones en castellano. Él también es hijo de inmigrantes; sus padres llegaron a Estados Unidos procedentes de la ciudad rusa de Odesa. Una de las primeras cosas que hizo fue enseñar al guía andaluz a escribir su nombre. Con treinta años, Alex Kunslich es el mayor. Es pausado y reflexivo, y a menudo se le ve meditabundo como un jugador de ajedrez. Sabe que cuando se cruza la línea todo se vuelve frágil, y que de los detalles más ínfimos pende la vida de cada uno. Es el más ilustrado de los tres. Ingresó en la universidad, aunque la abandonó porque prefería dedicar su tiempo a organizar a los estibadores del muelle de Nueva York. Suele llevar una pipa entre los dientes y no se molesta en quitársela ni siquiera cuando habla. Diserta a menudo sobre política y literatura, y lo hace moviendo media boca y royendo las palabras como si fuera un marinero de taberna.
La pasión de Aalto por las canciones acaba contagiando a Goff y Kunslich. Se sientan, y pueden cantar durante horas melodías populares españolas, los temas de moda de Broadway y canciones folk norteamericanas, hasta distorsionar sus letras y convertirlas en canciones picantes que les hacen partirse de risa.
Aalto y Goff suelen compartir la chabola, o el agujero si duermen a la intemperie. Comparten la comida y el agua, y también una pequeña biblioteca móvil con obras de Marx y Lenin, que carretean de un frente a otro. Aalto pasa ratos escribiendo y rayando palabras en un pequeño cuaderno. Un día le confiesa a Goff que quiere ser poeta, y se atreve a mostrarle algunos de los poemas que ha escrito. Irving Goff es virgen en el arte de la poesía, pero hay lenguajes que no exigen más sabiduría que un oído inquieto. Y la lectura conjunta de los poemas se vuelve un ritual. Cuando Bill Aalto considera terminado un poema, se lo muestra a Goff y aguarda sus comentarios; Goff, poeta profano, lee las líneas y encuentra en ellas una energía volcánica hecha verso.
Otros días, Bill Aalto es un hombre taciturno, y esos días Irving Goff sabe que es mejor dejarle solo. No se pregunta por qué. Están muy lejos de casa y caminan descalzos por un puente de cristal. En realidad no saben mucho el uno del otro. Preguntan poco por el pasado. Hay un acuerdo tácito, nunca formulado en voz alta, de no preguntar más de lo necesario. Si uno quiere contar algo, lo hace y se le escucha. Pero se sabe solo aquello que uno quiere contar. Caminan por una cuerda frágil, demasiado frágil para palpar rincones oscuros.
Pasan los días, las semanas y los meses y llevan a cabo varias acciones, siempre siguiendo el mismo método. Pero a finales de 1937 les encargan una empresa ambiciosa. El ejército republicano planea atacar Teruel, una ciudad del bajo Aragón en manos de los fascistas, y necesita la ayuda guerrillera. Pocos días antes de que empiece la ofensiva, deberán internarse en territorio franquista, aproximarse a Teruel por detrás, sabotear sus comunicaciones y volar el puente que cruza el río Albarracín para que las tropas de la ciudad no puedan recibir refuerzos.
En invierno de 1937 la naturaleza no tiene clemencia de los humanos. Los termómetros se precipitan hasta temperaturas de veinte grados bajo cero y Teruel queda sepultada bajo la nieve. Mientras las fuerzas republicanas preparan el ataque a la ciudad, un minúsculo grupo de guerrilleros cruza la línea del frente sin ser visto y se adentra en un océano blanco. Lo hace por la zona de Huesca, lejos al norte, inhóspita y poco vigilada. Esta vez el guía es un pastor de setenta años que camina con la ayuda de un bastón. El abuelo se abre paso entre la nieve y trepa por las rocas con una habilidad prodigiosa. Los guerrilleros apenas pueden seguirle.
A medida que se internan en la montaña y hunden los pies en la nieve, empiezan a experimentar el frío como no lo habían hecho aún. Los ojos les lloran y las lágrimas, sin tiempo a caer, se hielan en las mejillas. Dejan de sentir los dedos, y pronto las manos, los pies, las piernas. La densa masa de nieve los mantiene de pie, y cada paso que dan se convierte en una obra penosa. Empiezan a temer que se les congelen los miembros. Establecen el cuartel general en un pueblecito abandonado que encuentran acurrucado al pie de una montaña.
Después de trazar un arco por la indómita geografía aragonesa y de recorrer decenas de quilómetros por la nieve, divisan las afueras de Teruel. Se acercan hasta distinguir el puente sobre el Albarracín. Es la puerta de entrada a la ciudad y el único paso por donde podrían recibir ayuda los fascistas que allí se atrincheran. Y no está vigilado. Los guerrilleros se miran con estupor. El ejército fascista no debe de contemplar la posibilidad de que alguien cruce las líneas decenas de quilómetros al norte y, después de atravesar un océano de nieve y hielo, se presente en Teruel para colocar dinamita en el puente.
Los guerrilleros se arrastran hasta la estructura que cruza el río. No se ve un alma, nadie que pueda advertir su presencia. Colocan los explosivos y se retiran, y mientras se alejan aprovechan la ocasión para cortar las líneas de teléfono.
Ya hace rato que caminan cuando los detiene un estruendo. Se dan la vuelta a tiempo para ver como el puente se derrumba. Y entonces los ven; un grupo de soldados a caballo ha descubierto el rastro en la nieve y va tras ellos. Fuerzan el paso, avanzando penosamente por la nieve, como si corrieran con botas de plomo. No consiguen distanciarse, pero los jinetes tampoco les atrapan, porque los caballos se asustan ante la nieve traidora que engulle sus patas.
El pastor los lleva por sendas imposibles, dando ruedos caprichosos, como si buscara la salida de un laberinto invisible, como si quisiera jugar al escondite. Tras un baile de rastros y giros, consiguen confundir a los perseguidores. Los vuelven a ver al cabo de unas horas, ya lejos, diminutos soldaditos de juguete perdidos en un mar blanco. Saben que también les observan, pero ya no pueden oír los relinchos de los caballos.
Rehacen el camino de regreso, y después de superar algunas montañas se detienen para ingerir algún alimento. Se sientan sobre el hielo. Sacan algunas latas. Los dedos les tiemblan. Se acercan unos a otros, se apretujan como si quisieran ser un solo cuerpo. Vistos desde el cielo, parecen pájaros frágiles que se acurrucan para calentarse y no morir. Son un minúsculo reducto de vida que late solitaria en un mar de hielo.
El puente de Teruel permanecerá dos días hundido. Tras una lucha titánica contra los fascistas y contra el frío ártico, los republicanos lograrán romper la resistencia y entrar en la ciudad. El frío es tan cruel que a muchos hombres habrá que amputarles dedos de las manos y de los pies. Miles de republicanos morirán sobre la nieve, pero Teruel será liberada. Consumada la victoria, algunos curiosos pasearán por las calles nevadas de la ciudad envueltos en mantas y soltando nubes de vaho.
Pero Teruel es, también, el inicio del fin. En marzo de 1938, pocas semanas después de la victoria republicana, el ejército franquista lanza una ofensiva global en el frente de Aragón. El ataque empieza en Teruel y lleva el sello de Berlín.
Hitler aprovechó el cuadrilátero de la Guerra Civil para probar las nuevas armas y las tácnicas de guerra que se ideaban en los laboratorios de Alemania. Con la destrucción de Gernika había comprobado el efecto devastador de las bombas incendiarias. Con el bombardeo minucioso y persistente de las ciudades y pueblos de la retaguardia, estudiaba los límites de la resistencia humana al insomnio y al estrés persistente.
Comprobaba también las prestaciones de los nuevos aviones alemanes y experimentaba nuevas tácticas de bombardeo aéreo. Ahora, en Teruel, los oficiales alemanes pusieron en práctica una estrategia de excelencia refinada, concebida para desgarrar líneas de defensa estables como el frente de Aragón. La bautizaron como la blitzkrieg, la expresión más pura de la guerra relámpago. Y consistía en lanzar ataques de una intensidad fulminante, devastadora, en pequeños segmentos del frente.
Todo el poder ofensivo del ejército fascista se concentró en puntos concretos de las líneas, como si quisiera perforarlas, y rebentó las defensas republicanas. De repente el frente de Aragón, que se había mantenido estable durante toda la guerra, se tambaleó de un extremo al otro. El Ejército Popular concentró las mejores fuerzas que tenía en los puntos más críticos, pero la intensidad del fuego fascista hacía inútil cualquier intento de defensa. Las líneas se quebraron y el ejército franquista irrumpió como una tromba de agua dentro del territorio leal. Y ante el peligro de que el ejército enemigo les pasara por encima y los cercara, decenas de miles de republicanos se lanzaron a una carrera enloquecida hacia el este. Durante dos semanas, el Ejército Popular dejó de existir. Solo había miles de hombres despavoridos que corrían sin orden y arrojaban por el camino todo aquello que les impidiera correr más deprisa. Y los intentos de organizar barreras de resistencia se vieron sobrepasados. Los informes que llegaron a Berlín debieron de cantar maravillas de la blitzkrieg. Un año después los alemanes la utilizarían de nuevo para devorar Polonia de un bocado.
En plena locura republicana, la guerrilla de Alex Kunslich planta el campamento en Aliaga, un pueblo aragonés situado a segunda línea. Desde allí, Bill Aalto e Irving Goff se dirigen hacia el oeste, hacia en medio de la estampida. Pero lo que encuentran a medida que caminan desafía toda descripión. Un ejército en descomposición huye en dirección al mar: cientos de unidades sin mando, mezcladas unas con otras, ambulancias cargadas de heridos, hombres que corren como si les persiguiera el diablo. Detrás de ellos queda un paisaje dantesco, los restos de lo que había sido un ejército: armas, cascos, cocinas, ropa, mantas, periódicos e incluso comida. Bill Aalto e Irving Goff caminan en sentido contrario, derechos hacia el infierno, sin hacer nada para evitar la estampida. No hay nada que pueda decirse y nada que pueda hacerse.
Enfilan hacia la cima de un acantilado, un mirador donde poder ver el teatro de operaciones. Pero lo que allí encuentran es muy diferente del espectáculo que habían imaginado. El paisaje ya no les muestra grupos de republicanos huyendo, ni columnas fascistas pisándoles los talones. No hay tanques alemanes ni aviones bombardeando a los miles de fugitivos. Sencillamente, no hay nada. Ningún signo de vida humana. Ningún alma, ninguna máquina. Solo colinas vacías y un silencio opaco, interrumpido de vez en cuando por el susurro suave del viento. El paisaje que queda después de una catástrofe. Pero ¿dónde están las tropas mecanizadas de Franco? ¿Por qué ese silencio? El paisaje muestra un terreno inhóspito, sin vida. Una soledad muda, casi inquietante. Como si de repente la guerra se hubiera evaporado. Como una broma macabra.
Bill Aalto agarra los prismáticos y rastrea el paisaje. No ve nada. Se los da a Goff. Nada tampoco. Solo quietud, una quietud que no corresponde. Los agarra uno, los agarra el otro, buscando una respuesta. Finalmente, Aalto opta por dirigir los prismáticos hacia ángulos inverosímiles, donde la lógica dice que no debe encontrar nada. Los enfoca hacia la izquierda y empieza a rastrear el horizonte lentamente, hasta girar el torso. De repente se detiene. Lo que ve le hiela la sangre. Una gran columna fascista avanza por el flanco izquierdo. A simple vista casi no se ve, pero a través de los prismáticos puede distinguirla con claridad: la caballería mora al frente con las cabezas cubiertas, las banderas fascistas ondeando, los tanques, la infantería... Incluso puede ver una banda tocando el tambor. Enfoca hacia la derecha, temiendo lo peor; la imagen se repite, idéntica. Las dos columnas prácticamente les han sobrepasado y ahora se encuentran dentro de una bolsa, con el ejército fascista a un lado y al otro.
Hacen lo que haría cualquiera que tuviera dos dedos de frente. Se deshacen de todo lo que no es imprescindible, incluso de las armas, y se quedan solamente con un arma ligera y una granada de mano. Y echan a correr.
Cuando llegan a Aliaga, el campamento base del grupo guerrillero, no encuentran a nadie. Todo el mundo ha huido. Echan a correr de nuevo, y en plena carrera alcanzan a un grupo de republicanos, quizá los últimos. Son brigadistas yugoslavos y se unen a ellos.
A veces corren, a veces caminan. A veces hacen pausas breves, brevísimas, para tomar aire. Durante días y noches sienten en la nuca el aliento del ejército fascista. A veces les alcanzan por detrás, a veces por la derecha y por la izquierda. Incluso se les adelantan y les bombardean de frente. Pasan días y noches abriéndose paso. Casi no duermen. En algunas ocasiones se detienen para comer. Los yugoslavos traen huevos crudos. Los rompen con los dedos, abren la boca y se tragan el líquido sin miramientos. Jamás habrían imaginado que los huevos crudos podían ser una delicia culinaria, pero el hambre puede hacer añicos cualquier escrúpulo y refinamiento. Deben de ser los últimos de los miles de personas que huyen hacia el este, en dirección al Mediterráneo. Corren, corren, y llegan hasta Valencia, y si no siguen corriendo es porque el mar los detiene.
Reencuentran a Alex Kunslich en Andalucía, desde donde intenta reorganizar la guerrilla. Lo abrazan como se abraza a un amigo, aunque sea un oficial superior. Pero hay en él algo distinto. Alex Kunslich ha dejado de ser el hombre pausado.
Pocos días antes, un grupo de doscientos guerrilleros ha caído en una emboscada en Sierra Nevada; pretendían hacer una acción en territorio enemigo que obligara a los fascistas a desviar tropas hacia allí y frenar la ofensiva sobre Cataluña y Valencia. Los han capturado y los han asesinado a todos. El cuerpo de guerrilleros de la República ha quedado prácticamente extinguido, y el ejército franquista sigue avanzando imparable hacia el mar.
Kunslich pretendía reconstruir el equipo de guerrilleros y hacer una acción que ayudara a detener el embate. Pero las autoridades republicanas están demasiado desbordadas para escucharle. Y el hombre que meditaba cada paso y no dejaba ningún fleco al azar, toma una decisión desesperada. Encarga a Bill Aalto que contacte con el general Galán, el comandante del sector sur, para coordinar las futuras acciones de la guerrilla; a Irving Goff le ordena que establezca un cuartel general y encuentre armas, municiones, comida y mulos para transportar material. Él, mientras tanto, tiene otra misión.
