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Julia 1016 La labor de Sarah Dann consistía en ayudar a sus alumnos a encontrar la pareja perfecta, aun cuando no pareciera que ella personalmente tuviera mucho éxito en esas cuestiones. Y ese hombre irresistiblemente atractivo, que había acudido a sus clases, no debería tener ningún problema en encontrar a alguien especial. ¿Pero, por qué le resultaba tan familiar? Tim Pelham no esperaba encontrarse con Sarah en un sitio como aquél. La última vez que la había visto sólo tenía una cosa en mente… y seguía teniéndola, pero esta vez no sería tan tonto como para decírselo…
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Seitenzahl: 206
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1999 Diane Pershing
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Cita con el destino, JULIA 1016 - agosto 2023
Título original: THIRD DATE'S THE CHARM
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411801263
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
TIM subió rápidamente las escaleras del pequeño edificio de piedra y abrió la puerta. Se frotó la barbilla. Tal vez debiera haberse afeitado antes de reunirse con Gail, pero había ido corriendo desde la redacción. Tal vez pudieran hacer que aquello durara poco para que él pudiera volver al trabajo.
Recorrió un corredor iluminado por lámparas fluorescentes. Las paredes estaban llenas de carteles informativos. Pensó que esa era una escuela básica, formato educación para adultos. En lo único que no lo parecía era en el color salmón de las paredes. Y porque algunos de los carteles anunciaban cómo se podía hacer uno agente de viajes, cómo cultivar champiñones y algunas cosas por el estilo.
Sonrió y pensó que no era una escuela típica, después de todo.
Gail le había dicho que se reunirían en la habitación número doce. Era allí. La puerta era de un color naranja brillante. Estaba muy claro que, quien hubiera elegido los colores de la decoración, estaba de bastante buen humor.
Había una mesa fuera del aula y, detrás de ella, una dama de mediana edad con gafas, charlaba con la gente mientras controlaba los nombres en una hoja de papel.
—Perdone, se supone que debería encontrarme aquí con alguien. ¿Gail Colkin?
La señora miró la lista y luego negó con la cabeza.
—No hay nadie que se llame así. ¿Se ha apuntado a esta clase, señor…?
—Pelham. Tim Pelham. Y no sé nada de ninguna clase. Al parecer, se supone que sólo me van a enseñar esto.
—Yo me llamo Liz —dijo la señora—. Lo siento. No hay ningún Colkin. Pero aquí sí que hay un Pelham. Sí, aquí está usted. Ah, y le han dejado una nota.
Querido Tim:
Por si no te has dado cuenta, no estoy aquí. De hecho, no estoy ni en San Francisco. Hace unos días, Darrel, mi antiguo novio, volvió a la ciudad. Ha estado viajando por todo el país en su moto y me ha invitado a acompañarlo. Me pareció muy buena idea. Así que me he ido a explorar mi destino. Ya me conoces, las oportunidades hay que pillarlas al vuelo.
Ahora en serio. Lo siento de verdad. Espero que no te importe demasiado. Me había apuntado a esa clase porque tú y yo siempre habíamos hablado de que algo faltaba entre nosotros y pensé que, ¿por qué no intentarlo? Entonces apareció Darrel. Así que te dejo la clase a ti, como regalo. Sí, la he pagado. Bueno, nunca se sabe, puede que encuentres a alguien que me reemplace.
Buena suerte.
¿Una moto? ¿Una clase? ¿Qué estaba pasando allí?
—Aquí tiene el material del curso, señor Pelham —le dijo la mujer—. Los demás ya están dentro.
Bastante confundido, Tim miró el pequeño manual color naranja que le estaban ofreciendo. Luego leyó el título:
Citas Para el Destino.
Una manera segura de conocer a ese alguien especial.
Levantó la cabeza y miró el interior del aula doce. Una buena cantidad de hombres y mujeres estaban sentados en sus pupitres. Lo curioso era que nadie estaba charlando con otro, pero se les notaba el nerviosismo. Había más de una chica guapa allí y, un par de ellas lo pillaron mirándolas y le devolvieron la mirada.
Apartó la mirada y volvió a dirigirla al manual.
¿Citas Para el Destino?
Y, de repente, se dio cuenta de que Gail lo había dejado.
Pero… ¿cómo podía?
No era que estuviera enamorado de Gail o que ella lo estuviera de él. Ni tampoco habían hecho planes para el futuro, pero habían disfrutado de la compañía del otro, ¿no? Bueno, por lo menos, al principio.
Y habían hablado de irse a vivir juntos. Aunque de eso hacía ya tiempo. La verdad era que había sido una discusión muy breve y la habían dejado a un lado, pensando que a lo mejor así se creaban problemas.
Muy bien, tal vez Gail y él no estuvieran destinados a estar juntos para siempre. Tim nunca se había sentido capaz de eso con nadie. Pero aun así…
Lo habían dejado.
La ira se apoderó del espacio vacío que había sentido hasta ese momento en su interior. ¿Cómo había podido hacerlo? ¿Cómo se había atrevido? Había ido allí dejando el trabajo que tenía en la emisora sólo porque ella se lo había pedido.
¿Y con qué se había encontrado? Con una habitación llena de gente que no sabía cómo ligar. Solteros Anónimos. El Club de los Corazones Solitarios.
Lo que tenía que hacer era entrar en esa habitación y reemplazar a Gail en cinco segundos. Ella lamentaría haberlo dejado así.
Respiró fuerte y sonrió. Estaba comportándose como un niño. Por supuesto, era por el dolor. Cuando se le pasó un poco la ira, se dio cuenta de que tampoco estaba tan ansioso por reemplazar a Gail. Necesitaba un poco de tiempo a solas, para variar. Un tiempo sin ninguna mujer. Solo.
No, la verdad era que no quería estar solo. No esa noche. Podría pasarse a tomar unas copas en Sully´s y charlar con los amigos. Allí iban muy pocas chicas. Sólo hombres le parecía una buena idea en ese momento. Entonces podría…
—¿Señor Pelham? Estamos listos para empezar.
Sorprendido, Tim miró a la mujer y sonrió.
—Lo siento, me había despistado.
Liz hizo una mueca que le recordó a Tim a su maestra de cuando era pequeño.
—Se está haciendo tarde. Si va a pasar, por favor, hágalo ya. La instructora está a punto de llegar.
Miró el manual de color naranja que tenía en la mano y se rió.
—Ah, sí. La clase para ligar. Um, no creo que yo…
Algo que vio por el rabillo del ojo le llamó la atención antes de terminar la frase. Se volvió y vio a una mujer caminar lentamente por el pasillo hacia él. Talla media, cabello rojo, bonito rostro, un vestido gris, severo. Magníficas piernas.
Y una forma de andar que pararía el tráfico en la autopista.
Una forma de andar sensual, pero no forzada. Una mujer natural e inconscientemente sexy. Se sintió erguirse un poco más y, si hubiera llevado corbata, se la habría arreglado.
La mujer se detuvo delante del cartel de anuncios y colocó mejor un par de notas. Cuando lo hizo, algo se despertó en la memoria de Tim. Esa mujer le sonaba de algo, pero no sabía de qué. ¿La conocería?
—Perdón —le dijo a Liz—. ¿Quién es esa mujer?
Liz le respondió sonriendo orgullosamente:
—Esa es su instructora, Sarah Dann. Tenemos mucha suerte de que esté con nosotros. Es la dueña de la escuela y, normalmente, no enseña, pero lo va a hacer esta tarde. Ahora, señor Pelham, ¿se va a quedar? Si no es así, le devolveremos su dinero o lo podemos apuntar en otra clase. La política de la señorita Dann es que usted no tiene que pagar si no queda satisfecho.
Liz fue a quitarle el manual, pero Tim no lo soltó. Sarah Dann empezó a caminar de nuevo, más decididamente esta vez. Cuando llegó a la puerta, lo miró brevemente y le sonrió impersonalmente. Tim vio entonces las pecas que le cubrían la nariz, los labios gruesos y los ojos gris verdoso. Tenía el ceño levemente fruncido. Pensó que debía estar preocupada por algo, pero no quería que se le notara.
Definitivamente, la conocía de algo.
La vio entrar por la puerta y la parte trasera de su cuerpo estaba tan bien como la delantera. Tenía las caderas lo justo de anchas como para no estar a la moda. ¿Pero a quién le importaba la moda? Sarah Dann…
Cuando lo recordó, se quedó helado y silbó levemente. Pudiera ser que no la recordara demasiado bien, pero sí que la conocía. Su único encuentro previo le había dejado una fuerte impresión.
Había cambiado. Mucho. Pero también había pasado bastante tiempo. Los dos habían cambiado.
Bueno, bueno, pensó mientras entraba en el aula. El humor le había mejorado de repente. Acababa de responder a la pregunta de cómo iba a pasar el resto de la tarde. Asistiría a una clase para adultos acerca de cómo ligar. No tenía nada mejor que hacer y, por suerte, era tan libre como un pájaro. Gracias a Gail y a su aventura en moto.
¿Qué Gail?
Mientras caminaba, Sarah seguía pensando en lo mismo en que lo había estado haciendo durante las últimas horas, tratando de no mover los labios mientras lo hacía.
Últimamente se había dedicado a hablar consigo misma, lo que no era precisamente señal de serenidad interna. Pensaba que, mientras no lo hiciera en público, todavía estaría dentro de lo que se podría considerar zona de los cuerdos.
Se dijo a sí misma que podía hacer aquello. Podía dar esa clase, y lo haría bien. Después de todo, ella era una profesional, así que trató de mostrar confianza, a pesar de que una vocecilla interior no dejaba de susurrarle que estaría mejor en cualquier otro lugar, que allí.
La charla nerviosa de los estudiantes llenaba la habitación, más que nada, historias de solteros. Sarah pensó que ella también tenía algunas. Dejó sobre la mesa los papeles de la lección y miró su reloj. Aquello no tenía que ser para tanto, así que debía relajarse y empezar. Eso se lo dijo tal vez por centésima vez. Después de todo, ella había creado Citas para el Destino hacía cinco años y había sido un éxito desde el principio, éxito que había contribuido al de la academia en general.
Pero ella ya no enseñaba. De hecho, había pensado no volverlo a hacer. Desafortunadamente, ese día la profesora habitual había empotrado su coche en una farola tratando de evitar a un gato que pasaba. El gato había salido sano y salvo, pero la profesora tenía ahora una bonita escayola y no iba a poder dar clase por lo menos en dos meses.
Bueno, al mal tiempo, buena cara, como decía su madre. Se colocó unos rizos que se habían escapado del moño e, inmediatamente, los notó liberarse de nuevo. No había nada que hacer, su cabello era un caos, como su vida. Pero ya era hora de empezar con aquello, con inseguridades o no iba a tener que pasar las próximas tres horas dándole a esa gente aquello por lo que habían pagado.
—Hola a todos —dijo alegremente y recorriendo toda el aula con la mirada.
Debía haber unas cuarenta personas de todas clases, edades y grados de atracción.
—Encontrarán útiles de escribir delante suya y, si no han escrito su nombre en las etiquetas, háganlo, por favor.
—¿Tenemos que hacerlo? —preguntó una mujer—. Odio hacer estas cosas.
—No, no lo tiene que hacer. Pero si realmente ha venido aquí para aprender a conocer a alguien, la primera lección es que hay que ceder un poco en lo que se quiere. Si somos demasiado introvertidos o exigentes, tendremos que trabajar un poco más duramente, hacer algunos ajustes, permitir que la gente se nos acerque. Y las etiquetas con los nombres son un buen principio.
—¿Tengo que ponérmela en el jersey?
—Póngaselo en la frente, si quiere —dijo Sarah sonriendo—. Puede que sea una magnífica forma de romper el hielo. Algo como: «perdone ¿lo que lleva en la frente es una etiqueta con su nombre o es que es usted una nueva especie?»
La gente se rió y Sarah sintió como la tensión interior se relajaba un poco. Iba a estar bien. Lo único que tendría que hacer era contar algunos chistes, bromear un poco, escuchar y seguir la línea del curso. Eso lo había escrito ella misma, ¿no? Sabía que funcionaba.
Apoyó una cadera en la esquina de su mesa y añadió:
—Primero, dejen que les diga esto: Seguir todos los pasos que he desarrollado no les va a garantizar que encuentren el amor de sus vidas, pero incrementará bastante sus posibilidades de elección. Eso es lo que sucede cuando se hacen las cosas en gran volumen. Específicamente en calidad de volumen. Ese alguien especial no vendrá cabalgando al atardecer, ni saldrá de las páginas de una revista para caer directamente en sus brazos.
—¿No? —preguntó una chica y los demás se rieron.
Sarah sonrió.
—Lo siento. Es cosa nuestra que eso vaya a suceder. Hay sitios a los que ir, cosas que hacer, clases que tomar y situaciones en las que encontrarse en las que se puede encontrar mucha gente apropiada y disponible. Y una de esas personas bien puede ser aquella en la que ustedes sueñan. Si esto les parece un trabajo difícil, lo es.
Cuando un par de asistentes se quejó, Sarah añadió:
—Pero confíen en mí, merece la pena. Cuando las mujeres vamos a comprarnos un vestido, normalmente vamos a varias tiendas y nos probamos varios antes de encontrar el que queremos. Puede que tardemos un poco, pero cuando lo encontramos. ¡Tachán! —exclamó levantando los brazos—. Estamos preciosas, ¿no?
Luego continuó:
—Pero, si no vamos a la tienda, nunca tendremos el vestido y nunca tendremos tampoco el aspecto que queremos. Pasa lo mismo con las relaciones y el amor.
Algunos de los asistentes asintieron, unos pocos parecieron incómodos y otros hasta infelices. Mientras recorría la sala con la mirada, Sarah se fijó en un hombre sentado en las filas de atrás.
Antes había estado en la puerta. ¿Lo conocía? No creía, pero aun así, le resultaba familiar. Debía tener casi cuarenta años, con un cabello rubio, largo y con canas en las sienes. Su rostro era agradable, con unos ojos adormilados y atractivos rodeados por muchas arrugas producto de la risa. No estaba muy bien afeitado, lo que le daba un aspecto rudo. Llevaba un jersey azul marino sobre una camisa blanca, su cuerpo era ancho, pero más atlético que gordo.
No se podía quitar de encima esa primera impresión de que lo conocía. Pero fue la segunda impresión la que la molestó. Lo encontraba extremadamente atractivo, su tranquila postura atraía su mirada como un imán. Era la clase de hombre que una espera encontrarse sentado a su lado en una cena aburrida o con quien encontrarse en la cola del supermercado. Ese tipo seguramente no tendría ningún problema en conocer a nadie.
Jugueteó con uno de los botones de la blusa mientras consideraba su tercera impresión, que era de sorpresa. Ningún hombre le había llamado la atención desde hacía una temporada y no le gustaba demasiado esa reacción.
Apartó la mirada del desconocido y concentró decididamente su atención en los demás.
—Ahora —dijo—, vamos a echarle un vistazo al manual que tienen delante, párrafo a párrafo. Espero que lo encuentren divertido y hagan todas las preguntas que se les ocurran. De paso, yo me llamo Sarah y no llevo ninguna etiqueta porque las odio. Es una de las prerrogativas de ser la profesora.
Tim se acomodó mejor en su silla y asintió, aprobando a Sarah. Era buena, positiva, sincera y humana al mismo tiempo. Sorprendente. Había sido tan distinta antes. Como la noche y el día. Tímida e indecisa. ¿Había visto él entonces esa sonrisa brillante? Trató de recordar.
Sabía que la estaba mirando fijamente, pero no parecía ser capaz de ejercitar su habitual sutileza. Un botón crucial de su blusa parecía amenazadoramente dispuesto a soltarse del ojal y lo encontraba fascinante. Probablemente ella pensaba que el corte austero del traje de chaqueta escondía sus encantos, pero lo que hacía, por lo menos para él, era realzarlos.
De repente se dio cuenta de que la deseaba. La deseaba de verdad.
Sentirse atraído físicamente por una mujer no era inhabitual, pero no tan fuertemente. La potencia de su reacción lo dejó sorprendido. Después de todo, él ya no era ningún niño con las hormonas alteradas, pero así era como se sentía.
Se dijo a sí mismo que tenía que contenerse. Aquello podía ser una reacción a que Gail lo hubiera abandonado, la reacción del macho dominante reafirmando su poder después de haberlo visto amenazado.
Pero no lo sentía así. Lo sentía más bien como… como un asunto antiguo.
Antiguo y no terminado.
El siguiente paso era evidente, se aseguraría de que conectaría con Sarah esa tarde. Esperaba que ella respondiera como él quería que lo hiciera. Sabía que él tenía un aspecto bastante aceptable y que era un buen tipo. Tal vez demasiado dedicado a su trabajo y al fútbol. Pero las chicas se le daban bastante bien.
De hecho había un chiste en la emisora, que siempre le había producido un poco de vergüenza, acerca de que había inventado alguna clase de perfume animal que enviaba mensajes subliminales a todas las mujeres en edad de reproducir y heterosexuales que estuvieran en un radio de una manzana de él y que las hacía correr y apartarse a codazos para echarse a sus brazos.
Era una exageración, por supuesto. Pero la verdad era que él les gustaba a las mujeres y ellas a él. Raramente había estado sin una en su vida.
—¿Cuántos de ustedes quieren hacer del romance una prioridad? —preguntó entonces Sarah.
Esa pregunta interrumpió los pensamientos de Tim.
—¿Cuántos de ustedes quieren hacer durante, digamos cuatro semanas, que encontrar a alguien especial sea la cosa más importante de sus vidas? —añadió ella.
Se levantaron unas cuantas manos dudosas y los demás miraron incómodos a su alrededor.
—Muy bien, ¿cuántos querrían hacer de una dieta que les garantizara bajar diez kilos una prioridad para esas cuatro semanas?
Se produjeron algunas risas y se levantaron más manos antes de que ella continuara.
—¿Y hacer un cursillo que tuviera que ver con sus trabajos y les garantizara un ascenso y más dinero y satisfacciones y que sólo les requiriera cuatro semanas de sus vidas?
Más risas y manos levantadas.
—Díganme entonces, ¿por qué no hacer una prioridad de encontrar el amor? ¿Alguna sugerencia?
—Bueno —dijo una joven sentada delante de Tim—. Es un poco… vergonzante.
—Sí—afirmó un hombre—. Es como tener que admitir que estoy aquí investigando. Es como si no hubiera que hacer esto, sino sólo dejar que suceda.
—La gente podría pensar que hay de malo en ti si tienes que trabajar tan duramente para conocer a alguien —dijo otro—. Que estás necesitado.
Sarah sonrió comprensiva.
—Yo solía pensar lo mismo, y dejen que les asegure que no hay nada de malo en nadie. Vivimos en tiempos diferentes. Los rituales de cortejo han cambiado y tenemos que inventarnos unos nuevos. ¿Dónde solían conocer a la gente? En el colegio. En el trabajo. Amigos de familia. En fiestas, encuentros casuales, citas a ciegas… Pero si ya no van al colegio, si trabajan en empresas pequeñas o por sí mismos, si su familia está repartida por todo el país y sus amigos no hacen fiestas, lo que nos quedan son los encuentros casuales y no me estoy refiriendo a los bares.
Alguien se quejó y Sarah asintió.
—Cierto, eso está bien para alguna gente, pero es raro encontrar un romance a largo plazo en un bar. Y hoy en día, se pueden encontrar con un montón de cosas que no querrían. De acuerdo, tenemos la tienda de vídeos, el supermercado, la oficina de correos, las librerías… ¿Pero quienes son esas personas a las que conocemos casualmente? ¿Qué sabemos de ellas?
Ella era realmente buena, pensó Tim de nuevo. Una oradora natural. Alguien que te hacía usar tu materia gris.
¿Qué prioridad le daría él a un romance? Nunca antes lo había pensado. Su conducta habitual era lo que se podía llamar, la de un monógamo en serie, una mujer cada vez, sin trampas ni engaños. Unas risas y sábanas arrugadas, nada serio. ¿Había pensado él alguna vez en encontrar algo más serio? ¿Tal vez una esposa? ¿En hijos, una vida hogareña y todo el resto de la rutina?
Su infancia sin madre no le había proporcionado exactamente un brillante ejemplo, pero lo había visto funcionar una o dos veces. ¿Lo había soñado o deseado alguna vez? Puede. De vez en cuando.
¿Pero había sido una prioridad alguna vez? Nunca.
—De acuerdo —dijo Sarah apartándose del pupitre y empezando a andar de un lado para otro delante de él—. Ahora viene la parte divertida. Por favor, abran los cuadernos y hagan tres columnas. En la parte de arriba de la primera, escriban Debe Tener. En la segunda, Puede Pasar y, en la tercera Insoportables.
Sarah hizo una pausa y continuó.
—La primera lista, evidentemente, es de esas cualidades que requieren en una pareja. No deben ni dedicarle una segunda mirada a no ser que él o ella las tengan. Esto puede ser ideas religiosas, dinero, para algunos altura, sentido del humor y demás. Conozco a una mujer que decía que nunca saldría con nadie cuyo nombre no empezara por J. Creo que tenía algo que ver con cosas de brujería.
La gente de la clase se rió y ella continuó:
—La segunda lista es bastante evidente. Se trata de cualidades que preferirían que tuviera su pareja, cosas como cabello rubio, afición al golf, al cine y demás, pero que no les van a hacer perder el sueño si no las tienen. La última también creo que es bastante evidente. Si no pueden soportar a los vegetarianos, a los hombres con pelos en la nariz o a los que cantan desafinando, eso va en esa lista. ¿Todo el mundo lo ha entendido?
Pasó la mirada por el aula, pero a Tim le pareció como si evitara mirarlo directamente a él.
—Tienen cinco minutos para rellenar esas listas —dijo.
—¿Cinco minutos? —preguntó un hombre—. Yo necesitaría cinco años.
Sarah se rió con los demás y Tim se sentó mejor en su silla.
Esa risa…
Un sonido rico y profundo que le daba nuevos significados a la palabra lujuria y que le trajo recuerdos más definidos. Mucho más. Sí, ahora recordaba todo.
Catorce… no quince años atrás. Otra escuela y otra aula. La chica delgada y aterrorizada con un salvaje cabello rojo, la que lo había atraído y luego rechazado.
La que se había marchado.
TIM había perdido a su padre por un ataque al corazón cuando él estaba en el último año del instituto. El viejo no había sido demasiado buen padre, pero sí la única familia que Tim había conocido. Después de graduarse y sintiéndose perdido y sin dirección, se había enrolado en la Marina y, a los dieciocho años, después de todo el entrenamiento y demás, se había considerado un tipo duro y estaba orgulloso de ello.
Cuatro años más tarde, cuando decidió dejar la Marina y volver a estudiar, se metió en la Universidad Estatal de San Francisco. Con veintidós años y, todavía con un carácter un tanto fresco y avasallador, se dejó el cabello largo y la barba. Su sueño era ser actor. Eso había sido hacía quince años.
El día en que conoció a Sarah fue la primera vez que asistió al departamento de dramaturgia del curso de teatro. A los dos los emparejaron para leer una escena de la obra de Tennessee Williams
