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Iba a resolver aquel caso... ¡y no importaba cuántas veces tuviera que besarla para conseguirlo! Hallie Fitzgerald era una mujer amable y educada... pero el tipo que la había robado iba a llamarla a aquel teléfono público. El mismo que estaba utilizando el guapísimo nuevo jefe de policía de la ciudad. El agente Marc Walcott tenía la sensación de que la menuda aunque fiera Hallie sabía más de lo que le decía en relación al robo del museo, y estaba dispuesto a utilizar todas sus técnicas para averiguar la verdad... incluyendo una profunda exploración de sus labios.
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Seitenzahl: 158
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Diane Pershing
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un alto precio, n.º 5504 - febrero 2017
Título original: Ransom
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8783-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Hallie
Trae 25.000 dólares en billetes pequeños a la cabina telefónica frente a la ferretería Promise a las diez en punto. Si haces intervenir a la policía, ¡la muñeca la palma!
—Por favor, no corte —dijo la voz metálica de la telefonista.
—Pero, yo…
Marc acabó la protesta mascullando un juramento al oír la música. Tuvo que apartarse el auricular de la oreja para no quedarse sordo. A pesar de ello, siguió el ritmo con el pie; la frustración se le había acumulado y tenía que deshacerse de ella de alguna forma.
Apoyándose contra la cabina, paseó la vista por la calle principal del pueblo, bordeada de elegantes árboles y bonitas tiendas; la pequeña plaza repleta de bancos y parterres floridos ostentaba en el centro una fuente de piedra con un regordete querubín echando agua por la boca.
Sin duda Promise era un pueblecito hermoso y él había tomado una buena decisión al ir allí a comenzar su vida como civil. ¿O no? En aquel momento, no estaba seguro de ello. Llevaba más de media hora esperando en aquella cabina a que lo atendiesen. Si no hubiese necesitado que le instalasen los teléfonos lo antes posible, ya habría hecho una reclamación en toda regla.
Lanzó un nuevo improperio, apretó las mandíbulas y luego se contuvo. Mejor que tuviese cuidado, se dijo. Hizo el esfuerzo de hacer un par de inspiraciones profundas y contar hasta diez. Sabía que tenía su carácter y tenía que controlarse la mayoría del tiempo. Pero llevaba un mal día, un día muy malo, y no le quedaba demasiada paciencia. Lo que necesitaba era alguna distracción. En aquel momento preciso tuvo una.
Una mujer se acercaba a paso rápido hacia él. Su cabello fue lo que más le llamó la atención: era rubio y rizado y le rodeaba el rostro como una nube que se movía arriba y abajo con cada paso, lo cual lo hizo sonreír por primera vez aquel día.
Marc la contempló acercarse y se percató de que mediría un metro sesenta, era delgada y vestía pantalones negros, una blusa blanca lisa y zapatillas de tenis. Se preguntó a dónde se dirigiría tan decidida.
Ella se acercó más todavía y él percibió una cara normal ruborizada por el ejercicio. Tenía la respiración un poco entrecortada, como si hubiese corrido la mayoría del trayecto y sólo hubiese bajado la velocidad al aproximarse. Tendría unos veintiocho años, juzgó él. No llevaba maquillaje y sus ojos eran bonitos, grandes y castaños. Su nariz era más bien pequeña y la salpicaban unas pecas que se extendían por sus pómulos.
Como parecía que ella se dirigía hacia él, se dio la vuelta a ver hacia qué tienda iría. Ferretería Promise. ¿Estaría desesperada por unas tenazas?, se preguntó, lanzando una risilla para su coleto. Aquello era mucho mejor que enfurecerse con la compañía telefónica.
Cuando se volvió a dar la vuelta, lo sorprendió ver que la joven se había plantado frente a él. Jadeando ligeramente y con el rostro brillando ligeramente de sudor, ella levantó la mirada hacia él que le llevaba cabeza y media de altura y le clavó los ojos con una expresión mezcla de indecisión y ansiedad.
Marc le devolvió la mirada, arqueó una ceja y esperó.
—Disculpe —dijo ella, mordisqueándose el labio inferior antes de hablar.
—¿Por qué? —respondió Marc con amabilidad.
En aquel momento se volvió a oír la voz impersonal de la compañía telefónica.
—Su llamada es importante para nosotros. Por favor, no corte.
Ya no le molestó seguir esperando. La mayor parte de la vida consistía en esperar, pensó Marc con filosofía, a veces más, otras veces menos.
—¿Necesita ayuda? —ofreció, al ver que ella no hablaba.
Ella dejó de morderse los labios y se los humedeció con la lengua. Tenía una bonita boca, de labios llenos y gracioso mohín. Era una pena que se los mordisqueara de aquella forma, pensó Marc, a pesar de la típica reacción masculina de su cuerpo. ¡Epa, tranquilo, muchacho! Estaba claro que ella no se daba cuenta del efecto que su boca tenía sobre él. Estaba preocupada, se notaba que se debatía indecisa. Años de interrogar sospechosos le habían enseñado a él que la mayoría de la gente odia el silencio y se apresura a llenarlo, generalmente con lo que uno esperaba que dijeran.
—Es que…, ejem… necesito el teléfono —dijo finalmente la mujer, disculpándose.
—Ningún problema —dijo él con cortesía. En cuanto acabe es todo suyo.
—Es que lo necesito ahora —dijo ella, lanzándole una mirada al reloj.
Seguía teniendo expresión de verdadera disculpa, molesta por incordiarlo, pero había un aire de urgencia en sus palabras.
—¿Por qué? —le preguntó, curioso.
—¿Me deja el teléfono? —repitió ella en vez de responder.
—Perdone —dijo él, sin alterarse—. No puedo —señaló al otro lado de la plaza—. Mire, está lleno de teléfonos.
—Tiene que ser este —insistió ella—. Es… verdaderamente importante.
¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?, pensó él, irritado. Los de la mudanza llevaban un retraso de un día. Había tenido que dormir en el suelo y todavía no había desayunado. No había podido conseguir un teléfono móvil, así que tenía que recurrir al teléfono público para contratar todos los servicios para la casa. Y ahora, después de esperar lo que parecía una vida, aparecía aquella mujer pretendiendo usar aquel teléfono, justamente aquel, no otro. Había sido amable con ella, pero ya estaba bien. ¡Desde luego!
—Perdone —dijo con firmeza—. También lo es para mí. Me han hecho esperar un montón y si cuelgo ahora, perderé mi turno —sonrió—. Ya sabe cómo es esto.
—Sí —dijo ella, con una cálida mirada comprensiva—, odio que me hagan esperar.
—Amén —dijo él con énfasis.
Se sonrieron y él sintió que su irritación se evaporaba. El rostro femenino se convertía en algo totalmente distinto al sonreír. Radiaba luz, y los ojos reflejaban cálido humor. No era solamente atractiva, era una buena persona.
En su vida anterior él se había encontrado con demasiada poca gente como ella. En los pueblos, la gente era buena, o al menos así se creía tradicionalmente. En aquel momento se alegró de haberse mudado allí.
—Además —le dijo, intentando tranquilizarla—, probablemente tarde cinco minutos o así. Espero —añadió con una breve sonrisa.
Pero la sonrisa de ella se esfumó y volvió a mirar el reloj.
—Es que tengo un problema de tiempo —dijo, sin disponerse a ceder.
Las buenas vibraciones desaparecieron.
—Yo también tengo un problema de tiempo —le dijo él con voz inexpresiva—. Intento que me pongan el teléfono en casa. Lo necesito también para trabajar. Tiene que ser hoy, ya mismo. Y como estaba en la cabina primero… Vaya a otro teléfono, ¿de acuerdo?
—No —dijo ella con firmeza—, no puedo.
Dejando el apoyo de la cabina, Marc se irguió cual alto era: un metro noventa. Luego bajó los ojos hacia ella y le dirigió «la mirada», la expresión amenazadora que había perfeccionado en sus quince años como marine, y más aún los cinco últimos, en que había estado en la SIU, la Unidad de Investigación Especial.
«La mirada» no tenía enemigos. Noventa y cinco por ciento de quienes la recibían se venían abajo inmediatamente, temblando de miedo. Los restantes habían estado tan drogados o llenos de testosterona que eran incapaces de juzgar el riesgo que suponía aquella amenaza. Marc había lidiado rápidamente con ellos utilizando un par de llaves con los brazos y haciéndolos caer al suelo. No era un hombre violento, a menos que fuese necesario. Sabía que bastaba con su tremenda altura y sólidos músculos para intimidar. La Mirada era suficiente.
Pero «la mirada» parecía no tener efecto en aquella chica, pensó, un poco herido en su ego. Aquello era más serio: ¿qué pasaba allí? Su preocupación por el mal día se evaporó. Adoptó su otra personalidad, la de investigador.
—Puede que cambie de opinión —dijo con tono razonable—, pero primero me tiene que decir por qué necesita este teléfono en particular a esta hora, precisamente.
Los ojos de ella se velaron antes de que apartase la mirada.
—Pues nada… ¿sabe?, espero una llamada. A este teléfono —dijo, buscando alguna justificación. Era obvio que lo que iba a decir no era la verdad.
—Ajá —dijo él, alentándola a que prosiguiese.
—Es, ejem, mi amiga. Está en Inglaterra y con la diferencia horaria… pues, ya sabe. Quedamos a esta hora. Las diez de la mañana de aquí, es decir…
—El final de la tarde de allí.
—Sí, exacto —dijo ella con alivio—. Y ella está trabajando. Es durante su descanso y si comunica…
—¿Por qué no deja de decir estupideces y me dice la verdad? —la interrumpió antes de que ella pudiese seguir inventando historias.
Ella cerró la boca de golpe, pero frunció el ceño.
Dos mujeres de pelo corto pasaron junto a ellos. Una era rubia y la otra morena. La última empujaba un anticuado cochecito de bebé.
—Hola, Hallie —dijo.
La rubia se dio la vuelta hacia ambas mujeres y las saludó distraídamente con la mano.
—Hola, Joannie. Hola, Deb —dijo.
—¿Me llamas? —dijo la morena con una deliberada mirada a Marc, arqueando las cejas.
—Luego —dijo Hallie.
—¿Así que no me va a decir de qué se trata? —le preguntó Marc, viendo a las mujeres alejarse. La música del teléfono había cambiado y siguió el ritmo con la cabeza mientras hablaba con ella—. ¿Hallie?
—¿Cómo sabe mi…? —ella se interrumpió—. Oh
—Por cierto, yo soy Marc, con «C» —se presentó él.
—Encantada de conocerlo —dijo ella automáticamente.
De repente, ella alargó la mano como para estrecharle la suya pero, en vez de ello, intentó quitarle el auricular. Y casi lo logró.
—¡Eh! —dijo él, apartándola con el codo y aferrándose al auricular con ambas manos—. ¿Qué le pasa, está loca?
Hallie se sentía realmente mal. No quería enfrentarse a aquel gigante de mirada terrible y todo el derecho del mundo a usar el teléfono, pero la nota ponía que tenía que estar en aquel teléfono, el de la ferretería Promise, a las diez en punto. Así que no le quedaba otra opción. Él la seguía mirando, esperando una respuesta. Dios santo, ¿qué podía hacer? Bajó la vista y su mirada se encontró con un maletín de piel en la acera, junto a los pies masculinos. Sin pensárselo dos veces, se agachó, lo agarró, y salió corriendo con él.
—¡Eh, espere! —oyó que la llamaba el hombre, Marc.
Hallie dio un respingo al oírlo, pero no se detuvo. Aquello no era algo que ella hiciese habitualmente, en absoluto. Respetuosa de la ley y con un código moral arraigado, distinguía entre el bien y el mal. Y aquello, sin duda, estaba mal. Pero las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.
Miró por encima del hombro sin detenerse, y lo vio soltar el teléfono, que quedó colgando del cable, y salir corriendo tras ella. Rápidamente, tiró el maletín al callejón junto a Las flores de Flora y, cuando él se dirigió a buscarlo, aprovechó para volver a la cabina. Colgó y sujetó al auricular con ambas manos, escudando el teléfono con su cuerpo. Rezó para que sonara.
El teléfono se mantuvo en silencio. Temblando, echó una mirada por encima del hombro. El gigantón, maletín en mano, llegó, furioso hasta ella.
—Se ha metido con el hombre equivocado, señorita —gruñó y, poniéndole una enorme mano en el hombro, intentó sacarla de la cabina.
—Por favor, créame —dijo ella, aferrándose al teléfono—, si no fuese realmente importante, nunca haría una cosa así, se lo prometo.
—Podría arrestarla por lo que acaba de hacer —dijo él, tironeando de su hombro.
—¿Arrestarme?
—Sí, señorita. Yo soy la ley aquí.
—¿De veras? ¡Por favor, que me hace daño!
Él la soltó como si quemase y ella tuvo la súbita certeza de que él estaba acostumbrado a controlar el efecto que su fuerza podía tener sobre los demás.
—Soy el nuevo jefe de policía de Promise —afirmó, enfadado, señalando con el pulgar su ancho pecho—. Podría arrestarla.
—Pero, en realidad, no he infringido la ley, ¿no? —dijo ella, rogando que el teléfono sonase. No sabía cuánto tiempo podría aguantar así.
—¿No? Me robó el maletín.
—En realidad, no. Sólo lo… cambié de sitio. Y lo recuperó enseguida, ¿no?
¡RIIIIIINNNNN!
El agudo sonido hizo que ambos diesen un respingo. Con el corazón en un puño, Hallie agarró el auricular, se lo acercó a la oreja y se puso de espaldas al policía.
—¿Hallie Fitzgerald? —preguntó una voz sofocada por un pañuelo—. Si quiere recuperar sus cosas, tendrá que pagar.
Tras ella, Marc se había quedado callado, así que ella se imaginó que estaría escuchando.
—¿Qué cosas? —preguntó, intentando que su voz pareciese natural.
—Reúna veinticinco mil dólares.
—¿Qué?
—Y no recurra a la policía ni al FBI, ni nada por el estilo. ¿Está claro?
—¡Clarísimo! —dijo ella alegremente, intentando disimular su consternación.
Mejor que su interlocutor no se enterase de que había un policía a unos metros, escuchando.
—Bien, ¡qué interesante! —prosiguió—, pero, ¿cómo sé yo…?
—Veinticinco mil, lo digo en serio —la cortó él.
—¡Caramba, cuánto dinero! —dijo ella, soltando una risa cristalina.
—¡Consígalos! —dijo la voz, antes de cortar.
El ánimo de Hallie, que no había estado demasiado alto antes, decayó aún más. ¡Veinticinco mil dólares!, pensó, desesperada. Colgó lentamente. Como si fuera un millón. No tenía ahorros, vivía al día. Y tanto su casa como el museo necesitaban tejado nuevo, además de un montón de otros arreglos. Ni siquiera estaba segura de que el tipo tuviese sus cosas, había cortado antes de que ella pudiese pedirle una prueba.
Cuando sintió en el hombro unos golpecitos, dio un brinco y se dio la vuelta para mirar a Marc. Él seguía amenazador, aunque un poco curioso también.
Por primera vez, ella se fijó en que sus ojos eran color avellana y tenían las pestañas muy negras, a tono con las cejas y el pelo. Su rostro, extremadamente duro, tenía la nariz fina y una fuerte mandíbula. El pelo, corto como el de un militar, le resaltaba los pómulos. Aquel hombre no tenía ni una curva en su rostro que le suavizase las facciones. Lógico, era el jefe de policía. Al pensar en ello, Hallie volvió a alarmarse.
—Bien —dijo, intentando sonar alegre y despreocupada. Descolgó el teléfono y le alargó el auricular—. Todo suyo.
Dicho aquello, se alejó, temblando por dentro, sin saber qué haría él. ¿La perseguiría para arrestarla, o lo dejaría pasar? Señor, ¿para qué se habría inventado aquella historia de la llamada de Inglaterra? Él no le había creído ni una palabra. Siempre había mentido muy mal. Su prima Tracy era quien tenía el talento para inventarse cuentos y Hallie siempre había deseado ser como ella.
—¡Eh, oiga, Hallie! —la llamó Marc. Muerta de miedo, se dio la vuelta lentamente hacia él.
—¿Sí? —preguntó con voz ahogada.
Él pareció a punto de decirle algo, pero se la quedó mirando un momento antes de sacudir la cabeza como si estuviese descontento consigo mismo.
—Nada —masculló y sujetando el maletín contra su pecho, metió una moneda en la ranura del teléfono y marcó unos números sin prestarle más atención.
Hallie abrió la boca para disculparse una vez más, pero la cerró de golpe. Aunque hubiese deseado sincerarse con alguien de confianza, no podía explicarle a aquel hombre lo que había sucedido, y menos ahora que sabía que él reemplazaría a Jack McKinney, que se encontraba en el hospital después de un ataque de apoplejía. Tendría que arreglárselas sola.
Mientras se dirigía a su casa, la invadió una oleada de tristeza. Oh, cómo echaba de menos a Gram. Hacía un año que su abuela había muerto y todavía no lo podía superar.
Ella había sido su apoyo desde la muerte de los padres de Hallie cuando contaba cinco años. El abuelo también, pero Gramps hacía bastante que había muerto. Con la muerte de Gram el año anterior, la única familia que le quedaba era su tía Julia y su prima Tracy.
Julia se había ido de viaje y Tracy se había marchado a San Francisco. Hacía un mes que Hallie no sabía nada de ella. Acababa de cumplir los diecinueve años y había heredado el gusto por la aventura de su madre. Hallie se preocupaba por su prima, diez años menor que ella, siempre lo había hecho: eran totalmente distintas.
«Veinticinco mil dólares».
La cantidad la golpeó como una racha de aire helado, haciendo que casi perdiese el equilibrio al ser presa del pánico. ¿Cómo haría para encontrar aquel dinero? Porque, pasase lo que pasase, ella tenía que recuperar sus cosas.
SÍ, Joannie —dijo Hallie con paciencia por teléfono—, el nuevo jefe de policía. Con él era con quien hablaba y no lo había visto en mi vida antes.
—Pues —dijo su amiga del otro lado de la línea—, parecíais muy juntitos.
Antes de cerrar la cortina, Hallie echó una mirada fuera. Las farolas antiguas de la calle comenzaban a encenderse, dando una sensación de tranquilidad y orden. Ojalá se sintiese igual por dentro.
—¿Juntitos? —cerró la cortina de un tirón y se dirigió al otro lado del salón—. Necesitas un par de gafas nuevas, chica.
—No me dirás que no está para comérselo —dijo Joannie—. Tom dice que es un ex policía militar, así que todos se preguntan si será muy rígido. ¿Te lo pareció?
—Te digo que apenas hablé con él.
