2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Cassie Nevins soñaba con alguien con el que terminar el día, alguien como Charlie el vaquero, el héroe que había inventado para los cuentos que le contaba a su hija... y que también había protagonizado algunas de sus fantasías. Charlie actuaba de acuerdo con el código del viejo oeste: sé honesto, trabaja duro, di siempre la verdad y asume tus responsabilidades. ¿Cómo era posible que el desconocido que se había presentado en su casa se pareciera tanto a su héroe? ¡Hasta tenía el mismo hoyito al lado de aquella boca tan irresistible! Lo único que sabía Cassie era que ese hombre podría hacer realidad todos sus sueños, incluyendo el "felices para siempre".
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 166
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Diane Pershing
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Un mismo sueño, n.º 1303 - mayo 2015
Título original: Cassie’s Cowboy
Publicada originalmente por Silhouette© Books.
Publicada en español en 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6364-4
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
…y entonces el forajido del largo y apestoso bigote apretó las ligaduras que ataban las manos de Sally y de su pequeña Missy. Las dos prisioneras estaban muy, muy asustadas, y habrían gritado pidiendo ayuda, de no ser porque el forajido les había tapado la boca con dos pañuelos. Pero de repente apareció en el horizonte un hombre con un sombrero Stetson…
—¡Cowboy Charlie! —gritó Trish aplaudiendo entusiasmada.
—Eso es, cariño —asintió Cassie—. Y aquí llega Cowboy Charlie a todo galope sobre Trueno con sus revólveres resplandeciendo al sol. Bajó de su yegua de un salto y de un gran puñetazo mandó al forajido dando vueltas y más vueltas montaña abajo. Entonces subió a Sally y a su hija a lomos de su montura y los tres se alejaron cabalgando hacia el atardecer.
—Oh, mamá —suspiró Trish mientras se hacía un ovillo y se abrazaba a su almohada—. Qué historia tan bonita. Es mi preferida.
Cassie Nevins sonrió con ternura a su hija de siete años.
—Te cuente la que te cuente, siempre dices lo mismo —Cassie besó la suave mejilla de su hija—. Hasta mañana, cielo —susurró mientras recogía su cuaderno y sus plumillas. El ritual nocturno habitual consistía en una historia acompañada por un par de dibujos a tintas de colores. Los de aquella noche le habían quedado bastante aceptables, aunque no estuviera bien que lo dijera ella. Había conseguido captar la verdadera esencia de Cowboy Charlie.
Era el héroe clásico del viejo Oeste de antes de La Guerra de las Galaxias, cuando los ídolos de los niños eran los cowboys y sus caballos. Cowboy Charlie era alto, delgado pero musculoso, con las piernas ligeramente arqueadas tras años cabalgando por las praderas, rostro curtido por el sol y unos amables y chispeantes ojos azul turquesa. Llevaba chaparreras, botas con espuelas y chaleco de cuero, y montaba un magnífico caballo zaino llamado Trueno.
Tras cerrar la puerta de la habitación de su hija Cassie se detuvo un momento para quitarse sus nuevas gafas para leer. Se frotó los ojos cansados y pensó que tenía que comer algo, ya que apenas había cenado, pero no consiguió reunir la energía necesaria. También podía sentarse en la pequeña oficina a mirar las facturas pendientes, pero eso era cuanto iba a poder hacer, mirarlas. Porque desde luego no podía pagarlas.
¿Y un baño caliente? ¿Estaba pagada la factura del agua? Sí. Entonces de acuerdo. Un buen baño relajaría sus músculos cansados. Con un largo suspiro se quedó mirando las gafas que tenía en la mano. Pensó que eran espantosas, y dejó escapar una breve risa. Sí, eran horrendas. Unas gafas azul turquesa brillante, con bordes en forma de abanico y diamantes de imitación incrustados en las patillas. Pero no le habían costado nada, y por ello eran maravillosas.
Varios meses atrás había empezado a tener jaquecas cuando leía, y su óptico, al tanto de su situación económica, le había regalado aquellas extrañas gafas. Al parecer había llegado aquel par de más dentro de un pedido, y el distribuidor no había querido saber nada de ellas.
Sí, la situación era desesperada. Necesitaba dinero, necesitaba esperanza, y necesitaba ayuda, y no veía la menor perspectiva de conseguir ninguna de las tres cosas. En realidad lo que necesitaba era un caballero de brillante armadura. No, qué demonios. Lo que necesitaba era un cowboy, de los buenos, de los que siempre vencen a los malos. ¿Por qué no podía aparecer de repente Cowboy Charlie y acabar con todos sus problemas?
Sí, pensó con una amarga sonrisa. Y de paso podía traerse al hada de Blancanieves.
Abrió el grifo del agua caliente y empezó a desabotonarse la blusa. Sus manos se detuvieron al oír un ruido. ¿Alguien llamaba a la puerta? Cerró el grifo y escuchó. Sí, alguien estaba llamando a la puerta. Se puso las gafas y miró el reloj. ¿Quién podía ser a las nueve de la noche? Bajó de puntillas las escaleras, se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Bajo la luz amarillenta del porche había un hombre. Y no era cualquier hombre, sino… Cassie tragó saliva e instintivamente se llevó una mano al corazón. A menos que fuese una alucinación, el hombre que había al otro lado de la puerta no era otro que… Cowboy Charlie.
Charlie no tenía muy claro lo que había pasado. Lo último que recordaba era que cabalgaba sobre Trueno por lo que llamaban la llanura de Artemisa mientras el sol caía tras las montañas tiñendo el cielo de rojo y dorado, y estaba pensando en el jugoso filete que iba a comerse en cuanto llegara a su campamento, cuando había oído suspirar a una mujer como si la tuviera al lado.
Aquellos suspiros habían ido creciendo cada vez más hasta que tuvo que taparse los oídos. Y súbitamente lo había envuelto el rugido de una especie de huracán. Había sentido cómo su cuerpo era aspirado por un gigantesco tornado que le hizo dar vueltas y más vueltas hasta que casi no pudo respirar. Y de repente había vuelto a sentir la tierra bajo los pies y se había encontrado en el porche de una casa desconocida, ante una puerta desconocida. Y había llamado a aquella puerta, ya que parecía lo más lógico. Ahora una mujer había abierto aquella puerta, aunque la puerta mosquitera seguía separándolos.
—Señora… —dijo mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo. Su respiración seguía alterada por el extraño viaje, pero su vista era tan buena como siempre.
Aquella mujer era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. Era menuda. No debía de medir más de un metro cincuenta y cinco. Sus cabellos eran castaños y caían en suaves rizos, y tenía unos enormes ojos de color chocolate que lo observaban con desconfianza por encima de los anteojos más extraños que había visto nunca, y que se posaban casi en la punta de su naricilla.
—Buenas noches —dijo educadamente, ya que no parecía que ella fuera a decir nada.
La mujer comprobó de un rápido vistazo que la puerta mosquitera estaba cerrada y se cruzó de brazos.
—De acuerdo, ¿quién se supone que es usted? —su voz era grave y algo áspera. No parecía encajar muy bien con aquel cuerpo pequeño y compacto, pero era tremendamente femenina.
—Creo que lo sabe muy bien, señora.
—¿Por qué no me lo dice usted de todas formas? —inquirió ella alzando una ceja.
—Cowboy Charlie, por supuesto —declaró él con una sonrisa capaz de derretir a cualquier mujer—. Pero puede llamarme Charlie sin más, si le parece.
—Ajá. ¿Y cómo ha llegado hasta aquí, Charlie sin más? —preguntó ella con retintín, como si no fuera la responsable de aquel nombre.
—Bueno, yo estaba haciendo lo de siempre, cabalgar por las praderas en busca de aventuras y de gente que necesite ayuda, y de repente aparecí aquí. Aunque parece que Trueno no ha podido venir.
—Trueno.
—Mi caballo, ya sabe. Usted le puso ese nombre.
—Oh —la sorpresa agrandó los ojos de Cassie, que sacudió la cabeza con incredulidad. Entonces levantó la vista y lo observó con los ojos entrecerrados como si intentase adivinar un jeroglífico—. De acuerdo, lo reconozco, es usted muy bueno.
—¿Disculpe?
—No sé quién lo envía, pero ha elegido bien. Es usted clavado a él.
—Señora —dijo Charlie, bastante confundido—. Usted me ha hecho venir.
—¿Ah, sí? —la ceja de Cassie volvió a ascender—. ¿Y de dónde lo he hecho venir? ¿Dónde están esas praderas por las que cabalgaba?
Charlie no entendía por qué lo ponía a prueba así, pero se imaginó que pronto lo averiguaría.
—Bueno, es difícil de explicar. ¿Puedo pasar?
—Desde luego que no —saltó ella—. No dejo entrar a desconocidos en mi casa.
—Oh —Charlie comprendió que todavía iba a pasar un buen rato ante la puerta, de modo que se echó el sombrero hacia atrás, y tras rascarse la cabeza apoyó un codo en el marco de la puerta y cruzó los pies—. Muy bien. ¿Dónde están esas praderas? Mire, es algo complicado. Hay una especie de tierra… de región… No aquí, claro, no en su mundo…
—¿Entonces ha venido del cielo? —preguntó ella sarcástica.
En otra situación Charlie la hubiera puesto en su sitio de inmediato, pero supuso que aquello era una especie de prueba que tenía que pasar. Y además era tan hermosa… Su blusa estaba ligeramente entreabierta, y detrás de aquella abertura se adivinaba un maravilloso par de… Charlie carraspeó e intentó concentrarse en la conversación.
—¿Del cielo? No, claro que no. Aunque es un nombre tan bueno como cualquier otro. Es un mundo especial donde vivimos lo que ustedes llaman los personajes de ficción. Allí está Oliver Twist, Batman, Romeo y Julieta… Y todos vivimos allí hasta que alguien nos llama, supongo —aventuró con una cálida sonrisa—. E imagino que eso es lo que ha ocurrido.
Hasta que alguien nos llama. Aquellas palabras hicieron que un escalofrío recorriera la columna de Cassie. ¿Realmente estaba empezando a creer a aquel hombre? No. Sacudió la cabeza. No, no podía ser. Tenía que ser un sueño, o una broma muy pesada.
Aunque tenía que reconocer que era todo un profesional. Era exactamente como ella había imaginado a Cowboy Charlie. Ni siquiera le faltaba el pequeño lunar junto a la comisura de los labios. A decir verdad siempre había estado un poco enamorada de su creación. No solo lo había inventado para Trish, sino para sí misma. Era un héroe clásico, fuerte, digno de confianza, protector, trabajador, honrado y fiable. Y sexy, aunque aquello lo había añadido para sí misma, no para su hija. Un hombre muy atractivo pero imaginario, ya que de otra forma no le habría permitido entrar en su vida.
Tras morir su marido, Teddy, un hombre cariñoso y bien intencionado, pero poco fiable, Cassie no se había sentido impulsada a buscar un nuevo amor. Para eso tenía a Cowboy Charlie, un hombre perfecto.
Al ver ahora a la personificación de aquel hombre ante su puerta sintió el impulso de invitarlo a pasar, fuera quien fuese. Nadie la había atraído tanto en mucho, mucho tiempo. Pero aún tenía algo de sentido común. No iba a abrirle la puerta a un desconocido. Y menos de noche. Y menos con su hija durmiendo en el piso de arriba.
—Basta —dijo con firmeza—. Ahora la verdad. ¿Quién lo envía?
Charlie frunció el ceño y se enderezó.
—Usted me ha llamado, señora —dijo suavemente—. Usted es la señora Nevins, ¿verdad? ¿Cassie Nevins?
Cassie entrecerró los ojos, pero asintió.
—No estoy seguro —prosiguió él—, pero esos anteojos… Creo que pueden tener algo que ver. Mire, yo estoy tan sorprendido como usted. He oído historias, ¿sabe? De las que cuentan por las noches. Hablaban de otros que habían venido aquí porque alguien los necesitaba, pero esa persona siempre había hecho algo para traerlos. Y no podría jurarlo, pero yo diría que todo esto tiene que ver con sus anteojos. Quizá es algo parecido a lo de Aladino. Como frotar una lámpara maravillosa, o como pedir un deseo a una estrella. Usted ha debido de hacer algo así —reflexionó encogiéndose de hombros—. Lo siento. Ojalá supiera más. Pero yo también soy nuevo en esto.
El comentario del vaquero hizo a Cassie caer en la cuenta de que aún llevaba puestas las gafas turquesa. Se las quitó, las dobló y las guardó en el bolsillo de la blusa. Entonces reparó en que al prepararse para el baño había empezado a desabotonarse la blusa, y así era como estaba desde que había comenzado su conversación con aquel hombre. Dios Santo. Apartando la vista, se apresuró a poner remedio a la situación mientras sentía cómo le ardían las mejillas.
—Son graciosos, ¿verdad? —dijo el cowboy.
—¿Cómo? —saltó ella sofocada.
—Los anteojos.
—Oh, sí. Para partirse de risa —murmuró Cassie.
—Puede que sean mágicos. Usted deseó que yo existiera, y debió de desearlo mucho, porque… —Charlie extendió las manos—, aquí estoy.
Cassie cerró los ojos y respiró hondo. Estaba soñando, se repitió. No había otra explicación, aunque desde luego el hombre que tenía delante y que charlaba con ella como un viejo amigo parecía de carne y hueso.
—Así que supongo que estaré un tiempo por aquí. Hasta que haya terminado de socorrerla, claro —añadió él. Cassie sacudía la cabeza de un lado a otro, incapaz de pronunciar una palabra—. Y de verdad no quiero molestar, pero he venido desde muy lejos, y estoy muerto de sed. ¿Podría pedirle un vaso de agua? —se quedó esperando la respuesta de Cassie, que seguía muda—. ¿Está segura de que no puedo pasar? Le juro que estoy agotado. Si me deja una manta puedo dormir en el suelo.
El vaquero se quedó mirándola con la sonrisa que ella había inventado para él, inspirándose en la de Brad Pitt cuando ponía cara de niño malo. Era una sonrisa que te invitaba a tomar parte en la broma con él y que siempre iluminaba un rostro cansado.
Cassie sacudió la cabeza hasta que pensó que su cerebro estaba de nuevo en su sitio y se irguió en toda su escasa altura. Ya era suficiente.
—Escúchame bien, Cowboy Charlie o como te llames —dijo con gran aplomo—. Si eres un personaje de ficción, no necesitas dormir, ni tampoco beber agua.
—Pero…
—Y no. No puedes quedarte aquí —añadió indignada—. Así que… ¡Buenas noches!
Sin hacer el menor caso a la expresión confundida del vaquero, Cassie cerró la puerta, corrió los dos pestillos, apagó la luz del porche y subió a su dormitorio. No era más que un sueño, no había otra explicación. Y a la mañana siguiente no habría ni rastro de aquel hombre.
SonÓ el teléfono, seguido de las protestas de Trish, seguidas de unos golpes en la puerta de la calle.
Cassie, a punto de gritar, pensó que solo faltaba que estallara una bomba.
Dejó el cuenco de cereales delante de Trish, y descolgó el teléfono.
—¡Un momento! —ladró, y se dirigió a Trish con firmeza—. Sabes que cuando lloriqueas no te oigo.
—Pero no me gusta la avena, mami —se quejó la pequeña apartando el cuenco.
—Pues es lo único que tenemos hoy, así que tendrás que comértela. ¿Sí? —dijo en el auricular mientras volvía a empujar el cuenco hacia su hija—. No me interesa.
Colgó el teléfono con fuerza sin dejar al operador de telemarketing decir una palabra más.
—¿Tengo que comerme esto, mami? —suplicó Trish.
—Y tanto que sí —Cassie se daba cuenta de que sonaba como una cascarrabias, pero había pasado una noche terrible, le dolía la cabeza y el sol que se filtraba entre las tablillas de la persiana de la cocina le perforaba el cerebro. Se sirvió otro café y tomó un sorbo—. Me he dormido y tengo que prepararme para ir a trabajar, cielo —añadió dulcificando la voz todo lo posible—. Así que cómetelo todo antes de que vengan a buscarte.
—Pero…
—Nada de peros. Ahora.
Los golpes de la puerta volvieron a sonar con mayor insistencia, y Cassie se sobresaltó. Había olvidado que alguien había llamado segundos antes. Miró el reloj de la pared. Todavía faltaban diez minutos para que llegase el coche de Trish. Aquella mañana era Helen Wasserman quien tenía que llevar a los niños, y era de esas personas irritantemente positivas y optimistas que siempre llegan antes de la hora.
—Come —ordenó Cassie—. Voy a decirle a Helen que tendrá que esperar un par de minutos.
Comprobó que llevaba el albornoz bien cerrado, obligó a los rebeldes músculos de sus mejillas a dibujar una forzada sonrisa y abrió la puerta. La sonrisa desapareció de su rostro al instante. Es más, su mandíbula inferior se descolgó al ver quién estaba en el porche.
Era él. Otra vez. O todavía. Cowboy Charlie en persona dispuesto a repetir su actuación. Ahora sus cabellos pajizos estaban revueltos, y necesitaba un afeitado. Ya, ¿y qué? A pesar de su mal humor, Cassie tendría que haber estado en coma para no reparar en lo increíblemente sexy que era aquel hombre.
Había conseguido convencerse de que lo de la noche anterior había sido un mal sueño provocado por el estrés y su imaginación. Cassie suspiró. En fin, adiós a su teoría.
Fuera quien fuese, no era ninguna aparición, eso estaba claro. Tenía que haber sido una de sus amigas. Varias de ellas conocían las historias de Cowboy Charlie. Sandy, o Margie, o alguna otra, habría decidido gastarle una pequeña broma para alegrarle un poco la vida. El argumento parecía razonable, ¿aunque cómo habían encontrado a una réplica exacta de su Charlie?
En cualquier caso, tenía que ser una broma, y como Cassie era una persona con sentido del humor, decidió seguir la corriente. Por el momento representaría su papel y se divertiría un poco. ¿Por qué no? Después de todo, aquel hombre era simplemente irresistible. Aunque con el tiempo la culpable pagaría cara su osadía.
Cuando quiso darse cuenta, estaba devolviendo al vaquero la sonrisa.
—Buenos días —dijo él alegremente—. ¿Cómo están ustedes?
—De maravilla —dijo ella con una risilla—. ¿Y tú?
«Ahí está», pensó Charlie. Desde el primer momento se había imaginado que la sonrisa de aquella mujer iluminaría su bonito rostro y haría brillar sus ojos. Y así era.
—Me haría falta ese vaso de agua, señora. He pasado la noche en el cobertizo que hay detrás de la casa, y no he encontrado agua.
—¿Has dormido en el garaje?
—Sí, señora.
Ella se mordió el labio inferior, pero Charlie se dio cuenta de que ya no estaba enfadada. Llevaba una bata larga que permitía adivinar las curvas que recordaba de la noche anterior. Se preguntó si estaría bien que lo atrajese tanto su cuerpo y aquella voz grave y rasposa, si aquello no iba en contra de su misión. Pero él solo sabía que seguía siendo un hombre, y que había cosas que no podía controlar.
—Bien, ahora en serio. ¿Quién te ha mandado? —preguntó Cassie cruzándose de brazos, aunque esta vez sonreía.
Charlie se echó el sombrero hacia atrás y se rascó la cabeza. Otra vez con lo mismo.
—Creía que lo habíamos aclarado anoche —dijo pacientemente, aunque ya sentía la boca como si la tuviese llena de serrín—. Usted me llamó.
—Vale, de acuerdo. Yo te llamé —asintió ella con un suspiro—. Pero si te digo que ya no tengo tiempo de jugar y que llego tarde al trabajo, ¿serás tan amable de volver al lugar de donde vienes?
Él se quitó el sombrero y se alisó el pelo, como solía hacer cuando necesitaba unos segundos para reflexionar sobre la situación.
