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Ten cuidado con lo que deseas... Gerri Conklin solo quería volver a esa desastrosa semana, pero era un deseo imposible de cumplir... a no ser que interviniera la magia. Ahora que tenía otra oportunidad, la tranquila Gerri no metería la pata durante el baile y conseguiría conquistar al rico y guapo Rance Wallace III. Pero las cosas no sucedieron como ella esperaba. En lugar de Rance, acabó charlando con el ranchero Des Quinlan... y compartiendo con él un apasionado beso. Gerri acabaría con el hombre de sus sueños, pero... ¿con cuál?
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Diane Pershing
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Dos hombres y un deseo, n.º 1393- abril 2020
Título original: The Wish
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-167-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Gerri salió llorando y lo más rápido que pudo del salón de baile del casino. Bajó las escaleras de la entrada, pero en el penúltimo escalón un tacón se le quedó enganchado en el dobladillo del vestido y se tropezó.
Se criticó duramente por ser tan patosa mientras las lágrimas descendían por su mejilla. Logró desenganchar el tacón a tiempo para no caerse, pero no pudo evitar volver a torcerse el tobillo al caer de pie sobre la acera.
Se retorció de dolor unos instantes y después siguió corriendo, pero cuando llegó a la esquina del edificio se chocó contra un pecho fuerte, robusto y muy masculino.
—¡Ay! —gritó ella.
—¿Gerri? —preguntó el dueño del pecho mientras la agarraba de los brazos para que no pudiera seguir corriendo.
—¿Des?
Era increíble, acababa de chocarse contra Des… Des era un buen amigo suyo, o eso pensaba ella, que gracias a Dios había permanecido en su sitio y había evitado un nuevo infortunio en una noche llena de calamidades.
Menos mal que se libraba de algunas cosas, pensó Gerri. Tras la horrible noche llena de torpezas, de falta de elegancia y despistes que acababa de vivir, si además se hubiera caído aquella vez, se habría muerto de vergüenza.
Des la apretó de los brazos con fuerza.
—Gerri, ¿qué te pasa?
Ella alzó la mirada y después la apartó rápidamente; no se sentía capaz de afrontar los perspicaces ojos de Des.
—Nada —se soltó y siguió su camino—. Gracias por evitar que me cayera; ahora tengo que irme a casa.
Estaba a dos pasos de él cuando Des la agarró y la obligó a que lo mirara. Ella intentó apartar la cara una vez más ya que sabía que tenía un aspecto horrible. Su maquillaje estaba fuera de lugar, sus ojos y su nariz debían de estar rojos… Hacía tiempo que sus labios habían perdido el color del pintalabios y el moratón que se había hecho la semana pasada en la mejilla probablemente tenía el aspecto de un arco iris. Su intento de peinado se había desecho ya y trozos de pelo le colgaban por la cara. El vestido era un desastre, los zapatos de tacón la estaban matando y aunque seguramente Des nunca hubiera pensado que ella era una mujer elegante, aquella última humillación era más de lo que ella podía aguantar.
—¿Gerri? —él la apretó del brazo—. Mírame —después colocó un dedo debajo de la barbilla de Gerri y la obligó a alzar la mirada.
Ella se sorprendió mucho al ver que no palidecía al verla. La luz de la farola hacía que la cara de aquel hombre pareciera más cándida de lo habitual y su mirada menos distante y misteriosa. Tenía el ceño fruncido, pero no de enfado sino de preocupación. No había ningún juicio en su mirada, ninguno en absoluto.
Gerri sintió una repentina ternura que le hizo querer llorar de nuevo. Des era una hombre estupendo, el único amigo hombre que había tenido nunca.
—¿Qué estás haciendo aquí? —logró preguntarle ella.
Des se encogió de hombros.
—Cuéntame qué pasó —insistió él.
—Nada —contestó ella—. Todo —las traicioneras lágrimas no tardaron en reaparecer.
Él la estrechó entre sus brazos y le ofreció la amistad y el consuelo que ella tanto necesitaba. Aun así, Gerri no pudo evitar ponerse tensa; era la primera vez que se tocaban, la primera vez que ella sentía la fuerza de sus brazos musculosos tras años de trabajo en el rancho.
Después logró relajarse y lloró un poco con la cara apoyada contra su pecho. Sintió miedo de mancharle la camisa, pero se dijo a sí misma que se dejara llevar, que se relajara.
Sin embargo, a Gerri le costaba mucho relajarse y dejar de pensar; era su más preciada cualidad pero también su eterna maldición. Se apartó de Des.
—Por favor Des, no lo hagas —le dijo mientras daba un paso hacia atrás y se secaba las lágrimas—. No me lo merezco, debería haberlo previsto.
—¿Qué deberías haber previsto? ¿Acaso alguien te ha hecho daño?
¿Que si alguien le había hecho daño? Mucha gente le había hecho daño aquella noche…
—No tiene importancia —contestó ella—. Me voy a casa.
Una vez más, se apartó de él e intentó alejarse, pero Des la siguió de nuevo y caminó junto a ella.
—¿Fuiste a esa fiesta benéfica con Rance, no? ¿Por qué no te acompaña él a casa?
—Porque… —empezó a decir pero se detuvo. Era difícil de explicar.
Después de todo, ¿cómo podía contarle a Des cómo había pasado todo?
Había aceptado aquella inesperada y urgente invitación de Rance a la fiesta porque había pensado que sería una gran oportunidad para que él empezara a interesarse por ella. Algo en su interior le había recomendado que se negara, que no aceptara la invitación, pero ella había dicho que sí a pesar de la cara amoratada y el esguince del tobillo que tenía a causa de una caída en la librería.
No podía contarle que aunque cualquier otra mujer con esas lesiones habría podido ir a la fiesta, parecer elegante y bromear sobre su torpeza, ella había sido incapaz.
Gerri no era una mujer así, nunca lo había sido. La hora que había pasado en la fiesta benéfica había sido un infierno desde el principio.
En cuanto entró al salón de baile y vio la expresión de la gente se dio cuenta de que debía de tener el aspecto de una refugiada, y su carácter divertido, gracioso y cordial se había desvanecido. Incluso al lado de Terrance Wallace III, más conocido con el nombre de Rance, la confianza que a veces sentía en sí misma había desaparecido.
Se había hundido ante el escrutinio de la clase alta de la ciudad. Se había reído demasiado alto y a destiempo, había tartamudeado, se había disculpado e incluso había pisado a Rance las únicas veces que él la había sacado a bailar. Era como si llevara un cartel que dijera: Ríanse de mí.
La guinda de la tarta había sido lo ocurrido en el tocador, donde Gerri había huido para intentar volver a colocarse el peinado. Mientras estaba mirándose en el espejo había oído a un par de invitadas hablar de ella.
La lista de críticas y de cosas desagradables había sido infinita, todo era criticable, su pelo, su vestido, su cuerpo… Dijeron que debía limitarse a ocuparse de sus cosas y no intentar convertirse en alguien que no era. No daba la talla para ser la acompañante de Rance, el soltero de oro de la ciudad.
Gerri había logrado controlar las lágrimas y había salido corriendo del baño. Se tropezó un par de veces mientras las voces se repetían en su interior: «Forastera. Diferente. Cerebrito. Ordinaria. Patosa».
En el colegio los demás niños siempre la habían llamado «la Jirafa» a causa de sus piernas largas y delgadas y su cuello largo también. Nada de aquello había cambiado. La Jirafa se había transformado en Gerri a medida que se había hecho mayor, lo que era mucho mejor que su verdadero nombre, Phoebe Minerva.
Tenía otras desventajas a parte del aspecto; su inteligencia le había hecho destacar mucho, así que la habían metido en la clase de los niños dos años mayores que ella. Tardó mucho en desarrollarse por completo y había salido con pocos chicos, ya que no solían atreverse a salir con alguien que era más alta y bastante más inteligente que ellos.
El único con el que había salido más tiempo había sido Tommy Mosher, compañero de la facultad. Pero todo había terminado mal. Muy mal. Casi diez años después de romper, Gerri seguía sintiéndose traicionada. Ella no gustaba a los hombres. No la encontraban atractiva. Lo único que solían querer de ella era aprovecharse de su inteligencia.
Aun así ella seguía conservando cierta esperanza. Siempre había soñado que quizá algún día conocería a un hombre honrado que la quisiera.
Rance le gustaba, era un cliente habitual de su tienda así que cuando aquella tarde le había pedido que lo acompañase a una fiesta, algo en su interior le había dicho: «¡Esta es tu gran oportunidad!». Finalmente podría olvidarse de su pasado, todo saldría bien, se comportaría como una princesa, elegante y educada.
«Ilusa», se dijo así misma. «La gente no cambia tan fácilmente. Quizá el príncipe me había invitado al baile, pero yo no soy ninguna cenicienta y no tengo ninguna madrina que me haga cambiar de aspecto y ser perfecta».
—¿Gerri?
Des seguía esperando una respuesta. Gerri apartó la mirada mientras los dos caminaban. La expresión de su atractiva y curtida cara era tempestuosa, y ella no sabía que pensar. ¿Acaso Des estaba enfadado con ella por cancelar su cita de aquel día para poder salir con Rance?
Pero en realidad no habían concertado ninguna cita; ellos eran tan solo amigos, eso era todo. Entonces, ¿por qué debía Des sentirse dolido? Aquel hombre tenía un gesto fiero y agresivo, la preocupación de hacía unos momentos había desaparecido.
Gerri estaba confundida, la tarde entera había sido confusa.
—¿Por qué no ha venido Rance contigo? —insistió Des.
—Él ni siquiera sabe que me he ido. No hace falta que me acompañes, Des —dijo a punto de ponerse a llorar de nuevo—. Solo quiero ir a casa.
—¿Y cómo piensas ir?
Eso la hizo detenerse. No había pensado en ello. Gerri vivía a unos kilómetros de la ciudad y tenía el coche en casa.
—Tomaré un taxi.
—Yo te llevaré.
Podría haberse negado, pero no se sentía con fuerzas para hacerlo.
Poco después, y tras darle las indicaciones para llegar a su casa, Gerri miró a través de la ventana de la camioneta de Des. La noche estaba muy oscura y las estrellas brillaban. Aquel paisaje la calmó.
Permanecieron callados un rato, hasta que Des se dirigió a ella.
—¿Puedo preguntar qué tal fue?
Ella se rió.
—No es una buena idea.
—Está bien —dijo mientras asentía con la cabeza—. De todas formas, no es asunto mío.
—No es eso —le contestó ella—. Es solo que esta noche no ha sido la mejor de mi vida; tuve suerte de que aparecieras.
¿Y por qué había aparecido Des?, se preguntó Gerri. ¿Cómo podía haber estado justo fuera del casino en cuanto ella salió? Supuso que probablemente se trataba de una coincidencia, aunque no creía en las coincidencias.
Cuando se lo había preguntado a él, no había contestado, se había limitado a encogerse de hombros. Des era un hombre bastante misterioso en ciertos aspectos, y lo que hacía que se llevaran tan bien era que ambos sentían que eran algo diferentes a los demás y tenían secretos que el otro respetaba.
Gerri llevaba medio año montando a caballo en el rancho de Des. Habían comenzado a hablar mientras ella colocaba la montura a su caballo, Ruffy, y cuando volvía del paseo. A veces Des incluso la acompañaba a dar una vuelta. Solían hablar, reírse y bromear. Bueno, la verdad era que la que más hablaba era ella, él solía limitarse a escuchar. Pero se sentía a gusto con él y aquello era algo de agradecer.
Nunca había tenido un amigo hombre y, aunque su relación no iba más allá de aquellos paseos por la mañana, no quería estropear la bonita amistad que había entre los dos. En realidad, la había sorprendido notar que él parecía disfrutar mucho a su lado.
Después de todo, Des era un hombre muy atractivo, no había ninguna duda. Se lo había encontrado varias veces en el supermercado y había visto cómo las mujeres se quedaban mirándolo. Ella no sabía muy bien por qué la había elegido a ella como amiga, pero seguramente era porque ella no iba detrás de él y no era una amenaza para su soltería. Ya había superado la impresión que le causaba su atractivo y desde hacía un tiempo le caía bien y no pensaba en nada más.
Des se paró delante de una casa victoriana de dos pisos. Cuando Gerri llegó a aquella zona hacía dos años se había enamorado de aquella casa excéntrica y la había comprado y restaurado. Además tenía una librería, The WrittenWord, en la ciudad.Siempre había soñado con mudarse a Nevada y abrir una librería, y finalmente lo había logrado.
«Bueno», se dijo así misma mientras Des paraba la camioneta, «no se puede tener todo en esta vida». A pesar de lo humillante que había sido aquella noche, aquellos dos años en Nevada seguían siendo los mejores de su vida. Tenía amigos como Didi y Des y un negocio que le encantaba y que le daba dinero para vivir.
Antes de que Gerri pudiera abrir su puerta Des ya la había abierto por ella. Ella salió y frunció el ceño al apoyar el tobillo torcido sobre la tierra.
—¿Estás segura de que estás bien?
—Segurísima. Voy a meter este estúpido tobillo en agua caliente ahora mismo —pensó en darle un beso en la mejilla pero terminó limitándose a asentir con la cabeza—. Gracias Des, gracias por ayudarme.
—¿Estarás bien sola?
—No estoy sola, George y Ashley están conmigo.
—Los gatos no son de mucha ayuda.
—Eso lo dices porque tú no tienes ninguno. Estaré bien, gracias.
Des se quedó mirando cómo Gerri cojeaba hasta la puerta y entraba en la casa. Sintió ganas de acercarse a ella, tomarla entre sus brazos y llevarla dentro. Era una mujer testaruda, no le gustaba que la ayudasen. En eso se parecían, se dijo Des. Ambos eran personas independientes, pero no solo eso. Ambos pensaban que era mejor vivir como si nadie fuera a ayudarlos.
Aquel día él había llegado a tiempo para parar su caída. Estaba claro que Gerri acababa de vivir algo desagradable pero, ¿qué? Se quedó tenso y pensativo un momento hasta que Gerri llegó a la puerta de la casa y se despidió de él con la mano. Él le respondió y sintió una punzada en el pecho cuando vio su cara de dolor al apoyar la pierna. El tobillo la estaba matando y él lo sabía.
Se metió en la camioneta y cerró la puerta de un portazo. ¿Por qué lo afectaba tanto? Normalmente no dejaba que nadie le importara demasiado. Se había mantenido alejado de la gente durante mucho tiempo. Gerri sin embargo había roto ese muro y aquello lo ponía nervioso. Des deseó poder pararlo; intimar con la gente era peligroso, había aprendido aquella lección hacía tiempo.
—Maldita sea —se dijo a sí mismo mientras daba marcha atrás y conducía hacia su casa. En parte le agradecía a Gerri haber cancelado la cena ya que había estado a punto de decirle algo, algo de lo que se habría arrepentido. No era nada fácil sentirse tan… vulnerable al lado de una mujer. ¿Qué podría haberle dicho si hubieran salido juntos?
Sin embargo no le había gustado nada que ella cancelara la cita. Lo había llamado y le había dicho que Rance la había invitado a la fiesta benéfica y que si no le importaba que fuera ya que ellos no habían quedado por nada especial. Ella le había preguntado, muy emocionada por lo de Rance, si le importaba.
Él le había contestado que no se preocupara, que no era importante, pero cuando colgó sintió un fuerte ataque de celos. ¿Cómo había podido sustituirlo por alguien podridamente rico y superficial?
Al sentir aquellos celos se asustó, no había sentido ninguna emoción tan fuerte desde que Stella lo había abandonado. Increíble. Habían pasado muchos años desde entonces pero seguía siendo incapaz de controlar aquella necesidad de poseer, aquella pasión.
Fue aquella pasión la que lo llevó a la ciudad para esperar delante del casino sin saber muy bien qué haría si se encontrara con Gerri o con Rance. Se repitió una y otra vez que era mejor irse a casa, pero no había podido hacerlo y había empezado a caminar impaciente.
Al final había logrado estar allí para ayudar a Gerri cuando lo necesitaba.
Des negó con la cabeza, estaba deseando llegar al rancho. Había estado a punto de confesarle a Gerri su secreto. Era mejor apartarla de su mente antes de que fuera demasiado tarde.
Y entonces, ¿por qué sentía ganas de golpear algo? ¿Por qué no podía dejar de pensar en la amoratada cara de Gerri?
Gerri se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá aliviada. ¿Qué clase de monstruo había inventado los zapatos de tacón? De todas formas ella ya era lo suficientemente alta. Didi siempre le decía que debía estar orgullosa de su estatura y no comportarse como si fuera una maldición.
Cuando su amiga se enterara de lo que le había pasado aquella noche… Se lo contaría al día siguiente y ambas podrían llevar a cabo un análisis exhaustivo de lo ocurrido.
Ashley y George se sentaron sobre el regazo de Gerri y comenzaron a ronronear.
Gerri se dio cuenta de que estaba a oscuras y alargó la mano para encender la lámpara. De repente notó algo a un lado de la mesa. Encendió la lámpara y descubrió que el extraño objeto que había tocado eran unas gafas para leer bastante extrañas.
Las agarró y se quedó mirándolas un rato. Luego sonrió. Eran las gafas más feas que había visto en su vida. Algo más propio de un disfraz que de otra cosa.
Aun así eran unas gafas especiales. La escritora de libros infantiles Cassie Nevins se las había dado hacía dos años, cuando estuvo firmando libros en su recién abierta librería. Cassie le había dicho que aquellas gafas eran mágicas, que si las frotaba y pedía un deseo seguramente se haría realidad.
Gerri no creía ni en magia ni en fantasmas, así que no había prestado mucha atención a Cassie. Pero aquella noche sonrió y se quedó mirando las gafas mientras acariciaba a los gatos.
—¿Qué opináis, chicos? ¿Creéis que debería pedir un deseo?
Lo obvio hubiera sido pedir que todo lo que había ocurrido aquella noche fuera diferente, que su sueño de convertirse en Grace Kelly por una noche se hiciera realidad. Pero aun así tendría que ir al baile con un moratón en la cara y cojeando.
—De acuerdo —dijo en voz alta, mientras frotaba una de las patillas y se reía de su estupidez—. ¿Por qué no pido un deseo? ¿Qué puedo perder?
Se quedó pensativa un momento. Todo había empezado hacía una semana, al caerse de la escalera…
Tomó aire.
—Esto es lo que quiero. Desearía volver al momento antes de caerme de la escalera y volver a vivir la semana pasada, sabiendo lo que sé —luego añadió para sí misma—: Y esta vez lo haré bien.
Su deseo fue concedido.
No sintió nada especial, ni mareos ni fue absorbida por ningún túnel, ni salió volando… Tan solo pasó.
De repente pasó de estar sentada en el sofá acariciando a los gatos a estar en lo alto de la escalera de la librería, en la misma posición en la que había estado el viernes anterior, cuando había subido para buscar un libro sobre rituales de tatuaje de los aztecas para un cliente mayor que aguardaba al otro lado del teléfono. Rance estaba al píe de la escalera como había estado hacía una semana, y le estaba hablando de su familia. Solía hacerlo a menudo, a veces se quejaba, a veces tan solo le contaba cosas; Gerri era alguien dispuesta a escuchar y Rance lo sabía.
—Mi madre no deja de decirme que quiere ser abuela. Ya sabes, necesitamos descendencia que lleve el apellido de la familia, y mamá dice que yo no estoy cumpliendo. Me lo repite una y otra vez. Hace seis meses le pasó igual, solo que logré que se olvidara al apuntarme al curso de carreras de coches, lo cual casi la vuelve loca.
—Es muy razonable —contestó Gerri como había hecho la semana anterior.
Las ideas se agolpaban en su mente, tuvo que agarrarse con fuerza a la escalera para no perder el equilibrio. Estaba confundida, aterrorizada incluso, su pulso estaba acelerado y veía borroso.
«¿Qué está pasando?», se preguntó a sí misma. «Acabas de pedirle a un par de gafas feas y pasadas de moda un deseo. Ahora estás en el mismo lugar en el que estabas la semana pasada. La conclusión más lógica es que tu deseo se ha cumplido».
