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El día de Año Nuevo, el detective Harry Bosch responde una llamada en la que le cuentan que un perro ha encontrado un hueso. Un hueso que, según el doctor al que pertenece el animal, es de humano. Bosch lo investiga y ese hallazgo fortuito le guía hasta una tumba poco profunda en las colinas de Hollywood que resulta ser la prueba de un asesinato que se cometió hace más de veinte años. Es un caso sin resolver, pero a Bosch le trae recuerdos de su infancia como huérfano en la ciudad. No puede dejarlo pasar. Tras indagar en los archivos de la policía y de los hospitales, y de seguirle la pista a niños de la calle y prófugos de los años setenta, Bosch encuentra una familia destrozada por una ausencia y el rastro, cada vez más tenue, hacia un mundo un terrorífico y violento. A medida que el caso arrastra a Bosch al pasado, la policía novata Julia Brasher le devuelve al presente como nadie ha hecho en años. A Bosch le han avisado de los problemas que puede traer salir con una novata, pero ninguna advertencia puede apagar el fuego que arde entre ellos o preparar a Bosch para las explosiones tras el giro brusco que va a tomar el caso. Un sospechoso se da a la fuga, un policía recibe un disparo y, de repente, el caso pendiente de Bosch conmociona a todo Hollywood. Mientras, Bosch lucha por mantener el control en un enfrentamiento turbio y brutal. La investigación se precipita hacia una conclusión impactante y Bosch debe tomar una decisión.
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Seitenzahl: 512
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Michael Connelly
Ciudad de huesos
Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno
Dedicado a John Houghton, por laayuda, la amistad y las historias
La anciana se había pensado mejor lo de morirse, pero ya era demasiado tarde. Había hundido los dedos en la pintura y el yeso de la pared y se había roto casi todas las uñas. Después había intentado meter los dedos ensangrentados bajo el cable. Se había fracturado cuatro dedos de los pies al cocear las paredes. Harry Bosch se preguntó qué había ocurrido antes para que la anciana se debatiera de tal modo, para que mostrara un deseo de vivir tan desesperado. ¿Dónde guardaba la determinación y la voluntad y por qué la había abandonado hasta colocarse el cable eléctrico alrededor del cuello y le había pegado una patada a la silla? ¿Por qué se le había ocultado?
Estas no eran preguntas oficiales que se plantearían en el informe de la defunción; sin embargo, eran cosas que Bosch no podía evitar pensar mientras permanecía sentado en el coche, frente a la residencia de ancianos La Edad Dorada, en Sunset Boulevard, al este de la autovía de Hollywood. Eran las cuatro y veinte de la tarde del primer día del año, y Bosch estaba de guardia telefónica. Había transcurrido más de la mitad de la jornada y hasta el momento se habían producido dos suicidios: uno por disparo y el otro el de la ahorcada. Ambas víctimas eran mujeres y en ambos casos había señales de depresión y desesperación. Soledad. El día de Año Nuevo siempre era una buena fecha para los suicidios. Mientras que la mayoría de la gente recibía el año con un sentimiento de esperanza y renovación, había otros que lo veían como un buen día para morir, y algunos –como la anciana– no se daban cuenta de su error hasta que era demasiado tarde.
Bosch miró por el parabrisas y vio que introducían en la ambulancia azul del forense el cadáver de la última víctima, en una camilla con ruedas y cubierto con una manta. Advirtió que había otra camilla ocupada en la furgoneta. Sabía que se trataba de la primera suicida, una actriz de treinta y cuatro años que se había pegado un tiro en su coche, estacionado en un mirador de Mulholland Drive. Bosch y el equipo del forense habían ido de un caso al otro.
El móvil del detective sonó y él agradeció la intrusión en sus pensamientos sobre muertes menores. Era Mankiewicz, el sargento de guardia de la División de Hollywood del Departamento de Policía de Los Ángeles.
–¿Ya has acabado con eso?
–Estoy a punto.
–¿Algo?
–Una suicida que se arrepintió. ¿Tienes algo más?
–Sí. Y he creído que más valía no sacarlo por radio. Debe de ser un día tranquilo para la prensa, estoy recibiendo más llamadas de los periodistas para ver si hay algo que peticiones de servicio de los ciudadanos. Todos van detrás del primer suicidio, la actriz de Mulholland. Ya sabes, la muerte de un sueño de Hollywood. Y probablemente también querrían saltar sobre esta última llamada.
–Sí, ¿qué es?
–Un ciudadano de Laurel Canyon, en Wonderland. Acaba de llamar para decir que su perro ha vuelto del bosque con un hueso entre los dientes. El tipo dice que es humano, del brazo de un niño.
Bosch casi gruñó. Había cuatro o cinco llamadas como esa al año. Una explicación simple seguía siempre a la histeria: huesos de animales. A través del parabrisas, Bosch saludó a los dos camilleros del forense que se encaminaban hacia las puertas delanteras de la furgoneta.
–Ya sé lo que estás pensando, Harry. Que otra vez no, que lo has hecho cientos de veces y que siempre es lo mismo. Coyotes, ciervos, lo que sea. Pero, escucha, el dueño del perro es médico. Y dice que sin lugar a dudas es un húmero, el hueso de la parte superior del brazo. Dice que es de un niño, Harry. Y además, escucha esto. Dice que...
Se hizo un silencio mientras Mankiewicz aparentemente consultaba sus notas. Bosch siguió con la mirada la furgoneta azul del forense hasta que se perdió entre el tráfico. Cuando Mankiewicz volvió a hablar, resultó obvio que estaba leyendo.
–El hueso tenía una fractura claramente visible justo encima del epicóndilo medio, lo que demonios sea eso.
La mandíbula de Bosch se tensó. Sintió una pequeña descarga eléctrica bajándole por la nuca.
–Esto es lo que he anotado, no sé si lo he dicho bien. La cuestión es que el médico dice que era solo un niño, Harry. Así que ¿quieres apuntarte el número para investigar el húmero?
Bosch no respondió.
–Perdona, era una tontería.
–Sí, tiene gracia, Mank. ¿Cuál es la dirección?
Mankiewicz le dio las señas y explicó a Bosch que ya había mandado un coche patrulla.
–Has hecho bien en no pasarlo por radio. Intentemos mantenerlo así.
Mankiewicz dijo que lo haría. Bosch cerró el móvil y arrancó el coche. Echó una mirada a la entrada de la residencia de ancianos antes de alejarse del bordillo. No es oro todo lo que reluce. La mujer que se había colgado en el retrete de su minúscula habitación no tenía ningún pariente, según el director de la residencia. En su muerte, sería tratada como en vida, la dejarían sola y olvidada.
Bosch puso rumbo a Laurel Canyon.
Bosch iba escuchando el partido de los Lakers en la radio del coche mientras se dirigía hacia el cañón y luego ascendía por Lookout Mountain y Wonderland Avenue. No era un gran seguidor del baloncesto, pero quería saber cómo estaban las cosas por si tenía que llamar a su compañero, Jerry Edgar. Bosch estaba trabajando solo porque Edgar había tenido la fortuna de conseguir un par de entradas para el partido. Había aceptado ocuparse de las llamadas y no molestar a Edgar a no ser que surgiera un homicidio o algo que no pudiera solucionar sin ayuda. Además, Bosch estaba solo porque el tercer miembro de su equipo, Kizmin Rider, había sido ascendida a la División de Robos y Homicidios casi un año antes y todavía no había sido sustituida.
Acababa de iniciarse el tercer cuarto y el partido con los Trail Blazers estaba igualado. Aunque Bosch no era ningún fanático, sabía, por lo que Edgar había comentado del partido y por su insistencia en disponer del día libre, que era un encuentro importante con uno de los principales rivales del equipo de Los Ángeles. Decidió no llamar al busca de Edgar hasta después de llegar a la escena y haber evaluado la situación. Apagó la radio cuando empezó a perder la señal de la emisora de AM en el cañón. El ascenso era empinado. Laurel Canyon abría una brecha en las montañas de Santa Mónica. Las carreteras secundarias subían hasta la cresta de las montañas. Wonderland Avenue era una vía sin salida que acababa en un lugar remoto, donde las casas de medio millón de dólares estaban rodeadas de un espeso bosque y terreno desnivelado. Bosch sabía por instinto que buscar huesos en esa zona se convertiría en una pesadilla logística. Se detuvo detrás de un coche patrulla en la dirección que Mankiewicz le había proporcionado y consultó el reloj. Eran la cuatro y treinta y ocho, y lo anotó en una página en blanco de su bloc. Calculó que quedaba menos de una hora de luz diurna.
Una agente a la que no conocía contestó a su llamada a la puerta. Según la placa identificativa, se llamaba Brasher. La mujer lo condujo hasta un despacho donde su compañero, al que Bosch sí conocía y que se llamaba Edgewood, estaba hablando con un hombre de pelo blanco que se hallaba sentado tras un escritorio repleto. Había una caja de zapatos destapada sobre la mesa.
Bosch dio un paso adelante y se presentó. El hombre del pelo blanco dijo que era el doctor Paul Guyot, un médico generalista. Al inclinarse, Bosch vio que la caja de zapatos contenía el hueso que los había reunido. Era marrón oscuro y parecía uno de esos troncos retorcidos que arrastra el mar.
Bosch también vio un perro acostado junto a la silla de escritorio del doctor. Era un perro grande de pelaje amarillo.
–Así que es esto –dijo Bosch, volviendo a mirar en la caja.
–Sí, detective, es su hueso –dijo Guyot–. Y como verá...
El doctor se estiró hasta un estante situado tras el escritorio y extrajo un pesado volumen de la Anatomía de Gray. Lo abrió por un lugar previamente señalado. Bosch advirtió que el médico llevaba unos guantes de látex.
En la página se veía la ilustración de un hueso, en vistas anterior y posterior. En la esquina de la hoja había un pequeño diagrama de un esqueleto en el que aparecían resaltados los húmeros de ambos brazos.
–El húmero –dijo Guyot, dando un golpecito en el libro–. Y ahora tenemos el ejemplar recuperado.
Buscó en la caja de zapatos y levantó cuidadosamente el hueso. Sosteniéndolo encima de la ilustración del libro inició una comparación punto por punto.
–El epicóndilo medio, la tróclea, las dos tuberosidades –dijo–. Exacto. Y ahora mismo estaba explicando a estos dos agentes que conozco mis huesos sin necesidad del libro. Este hueso es humano, detective. Sin ninguna duda.
Bosch observó el rostro de Guyot. Había un ligero temblor, quizá la primera insinuación del párkinson.
–¿Está usted jubilado, doctor?
–Sí, pero eso no significa que no reconozca un hueso cuando lo veo...
–No lo pongo en duda, doctor Guyot. –Bosch trató de sonreír–. Usted dice que es humano y yo le creo, ¿de acuerdo? Solo trato de formarme una idea del terreno que piso. Ya puede dejarlo otra vez en la caja si lo desea.
Guyot volvió a colocar el hueso en la caja de zapatos.
–¿Cómo se llama su perro?
–Es hembra. Se llama Calamidad.
Bosch miró a la perra, que parecía dormida.
–De cachorro era una fuente de problemas.
Bosch asintió.
–Bueno, si no le importa explicarlo de nuevo, cuénteme qué ha sucedido.
Guyot se agachó y alborotó el pelo del pescuezo a la perra. El animal levantó la mirada hacia su dueño un instante y luego volvió a bajar la cabeza y cerró los ojos.
–Llevé a Calamidada dar su paseo de la tarde. Normalmente cuando llego a la rotonda le suelto la correa y la dejo que corra por el bosque. Le gusta.
–¿De qué raza es? –preguntó Bosch.
–Labrador –respondió Brasher desde detrás.
Bosch se volvió y la miró. La policía se dio cuenta de que había cometido un error al entrometerse, asintió con la cabeza y retrocedió hasta la puerta del despacho, donde estaba su compañero.
–Marchaos si tenéis otras llamadas –dijo Bosch–. Puedo seguir solo.
Edgewood asintió e hizo una señal a su compañera.
–Gracias, doctor –dijo el policía al salir.
–De nada.
Bosch pensó en algo.
–Eh, chicos.
Edgewood y Brasher se volvieron.
–Nada de esto por radio, ¿de acuerdo?
–Claro –dijo Brasher, manteniendo los ojos en Bosch hasta que él desvió la mirada.
Después de que los agentes se marcharon, Bosch volvió a mirar al médico y advirtió que el temblor facial era ligeramente más pronunciado.
–Ellos tampoco me creyeron al principio –dijo.
–Verá, recibimos muchas llamadas como la suya. Pero le creo, doctor, ¿por qué no continúa con su relato?
Guyot asintió.
–Bueno, estaba en la rotonda y le solté la correa. Ella se metió en el bosque, como le gusta. Está bien adiestrada. Cuando silbo, vuelve. El problema es que ya no puedo silbar muy fuerte. Así que si se aleja hasta donde no puede oírme tengo que esperar.
–¿Y eso es lo que ocurrió cuando encontró el hueso?
–Silbé y ella no regresó.
–O sea que estaba bastante lejos.
–Sí, exactamente. Esperé. Silbé unas cuantas veces más, y al final salió de entre los árboles que hay al lado de la casa del señor Ulrich. Llevaba el hueso en la boca. Al principio pensé que era un palo, y que quería que jugara a lanzárselo. Pero cuando se acercó reconocí la forma. Se lo quité (me costó bastante) y entonces llamé a su gente después de que me hube asegurado.
«Su gente», pensó Bosch. Siempre lo decían así, como si los policías fueran de otra especie. La especie azul, que llevaba una armadura que los horrores del mundo no podían perforar.
–Cuando llamó le dijo al sargento que el hueso tenía una fractura.
–Sin duda.
Guyot volvió a coger el húmero, sosteniéndolo con suavidad. Lo giró y pasó el dedo por una estriación vertical que recorría su superficie.
–Observe la línea de desgarro, detective. Es una fractura curada.
–Entiendo.
Bosch señaló la caja y el médico volvió a guardar el hueso.
–Doctor, le importaría ponerle la correa a su perra y acompañarme hasta la rotonda.
–Encantado. Solo tengo que cambiarme los zapatos.
–Yo también he de cambiarme. ¿Qué le parece si nos encontramos en la puerta?
–Ahora mismo.
–Me llevaré esto. –Bosch tapó la caja de zapatos y luego la cogió con las dos manos, con cuidado de no dar la vuelta a la caja ni golpear su contenido.
Fuera de la casa, Bosch vio que el coche patrulla todavía no había partido. Los dos agentes estaban sentados en el interior, aparentemente escribiendo sus informes. Bosch fue a su coche y puso la caja de zapatos en el asiento del copiloto.
Como estaba en casa, no se había puesto traje. Llevaba una cazadora, vaqueros y una camisa Oxford. Se quitó la cazadora, la dobló del revés y la dejó en el asiento trasero. Se fijó en que el gatillo del arma que llevaba en la cadera había hecho un agujero en el forro de la prenda, y eso que todavía no tenía ni un año. Pronto le agujerearía el bolsillo. Casi siempre gastaba las cazadoras de dentro afuera.
También se quitó la camisa, revelando una camiseta blanca. Entonces abrió el maletero para sacar un par de botas de su caja de material para las escenas de crímenes. Cuando se apoyó en el parachoques y se cambió el calzado vio que Brasher salía del coche patrulla y se le acercaba.
–Parece que tiene razón, ¿no?
–Eso creo, aunque lo tendrá que confirmar alguien de la oficina del forense.
–¿Vas a echar un vistazo?
–Voy a intentarlo. Aunque no queda mucha luz.
Probablemente volveré mañana por la mañana.
–Por cierto, soy Julia Brasher. Soy nueva en la división.
–Harry Bosch.
–Ya lo sé. He oído hablar de ti.
–Lo niego todo.
Ella le rio la broma y le tendió la mano, pero Bosch estaba atándose una de las botas. Se detuvo y le estrechó la mano.
–Lo siento –dijo ella–. Hoy voy a contratiempo.
–No te preocupes.
Bosch terminó de atarse la bota.
–Cuando solté la respuesta sobre el perro allí dentro, me di cuenta enseguida de que estabas tratando de establecer una relación con el doctor. Me equivoqué, lo siento.
Bosch la observó un momento. Tendría unos treinta y cinco años, pelo oscuro recogido en una trenza que dejaba una corta cola en la nuca. Tenía los ojos de color marrón oscuro. Bosch supuso que le gustaba estar fuera, porque lucía un buen bronceado.
–Ya te he dicho que no te preocupes.
–¿Estás solo?
Bosch vaciló.
–Mi compañero está trabajando en otro caso mientras yo me ocupo de esto.
Vio que el médico salía por la puerta principal de la casa con la perra sujeta a la correa. Decidió no ponerse el mono que utilizaba en las escenas del crimen. Miró a Julia Brasher, que estaba observando el perro, que se aproximaba.
–¿No tenéis llamadas?
–No, está tranquilo.
Bosch miró la MagLite de su caja de material. Miró aBrasher y luego cubrió la linterna con un trapo. Sacó un rollo de cinta amarilla y la Polaroid, luego cerró el maletero y se volvió hacia Brasher.
–Entonces, ¿te importa prestarme tu Mag? Yo, eh..., he olvidado la mía.
–No hay problema.
Brasher sacó su linterna MagLite del cinturón y se la entregó a Bosch.
El médico y la perra se les acercaron.
–Preparado.
–De acuerdo, doctor. Quiero que nos lleve hasta el lugar donde dejó a Calamidady veremos adónde va.
–No estoy seguro de que pueda seguirla.
–Ya me preocuparé luego, doctor.
–Entonces, por aquí.
Subieron por la rampa hasta la rotonda que servía para dar la vuelta donde Wonderland llegaba a su final. Brasher hizo una señal a su compañero del coche y caminó con ellos.
–¿Sabe?, tuvimos un poco de emoción aquí hace unos años –dijo Guyot–. Siguieron a un hombre hasta aquí desde el Hollywood Bowl y lo mataron en un asalto.
–Lo recuerdo –dijo Bosch.
Sabía que la investigación seguía abierta, pero no lo mencionó. No era su caso.
El doctor Guyot caminaba con paso firme, que no se ajustaba a su edad y su estado aparente. Dejó que la perra marcara el ritmo y pronto estuvo varios metros por delante de Bosch y Brasher.
–¿Dónde estabas antes? –preguntó Bosch a Brasher.
–¿Qué quieres decir?
–¿Has dicho que eras nueva en la División de Hollywood? ¿Y antes?
–Oh, la academia.
Bosch se sorprendió. Volvió a mirarla, pensando que tal vez había calculado mal su edad.
Ella asintió y dijo:
–Soy vieja, ya lo sé.
Bosch se sintió avergonzado.
–No, no estaba diciendo eso. Solo pensé que habías estado en algún sitio más. No pareces una novata.
–No ingresé hasta los treinta y cuatro.
–¿En serio? Vaya.
–Sí. Me entró el gusanillo un poco tarde.
–¿Qué hacías antes?
–Varias cosas. Viajar, sobre todo. Me costó bastante darme cuenta de lo que quería hacer. ¿Y sabes qué es lo que más me gusta?
Bosch la miró.
–¿Qué?
–Lo que haces tú. Homicidios.
Bosch no sabía qué decir, si animarla o disuadirla.
–Bueno, buena suerte –dijo.
–No sé, ¿no te parece el oficio más gratificante que has hecho? Mira lo que haces, quitas de la fórmula a la gente más malvada.
–¿La fórmula?
–La sociedad.
–Sí, supongo. Cuando tenemos suerte.
Alcanzaron al doctor Guyot, que se había detenido con la perra en la rotonda.
–¿Este es el sitio?
–Sí. La solté y subió hacia allí.
El médico señaló una parcela vacía y llena de maleza que empezaba al nivel de la calle, pero que rápidamente se elevaba hacia la cima de la colina. Había una gran tubería de hormigón que explicaba por qué nunca se había edificado en la parcela. Era propiedad municipal, utilizada para canalizar el agua de tormenta que caía de las casas a las calles. Muchas de las calles del cañón eran antiguos lechos fluviales. Con lluvia volverían a su propósito original de no ser por la red de alcantarillado.
–¿Va a subir por ahí? –preguntó el doctor.
–Voy a intentarlo.
–Te acompaño –dijo Brasher.
Bosch la miró y luego se volvió al oír un coche. Era el coche patrulla. Se detuvo y Edgewood bajó la ventanilla.
–Tenemos una pelea, compañera. Doble D.
Hizo un ademán hacia el asiento vacío del copiloto. Brasher torció el gesto y miró a Bosch.
–Odio las disputas domésticas.
Bosch sonrió. Él también las detestaba, especialmente cuando acababan en homicidio.
–Lo siento.
–Bueno, tal vez la próxima.
Ella se dirigió hacia la puerta del coche.
–Toma –dijo Bosch, sosteniendo la MagLite.
–Tengo otra en el coche –dijo ella–. Ya me la devolverás.
–¿Estás segura? –Estuvo a punto de pedirle el teléfono.
–Sí. Buena suerte.
–Lo mismo digo. Ten cuidado.
Ella le sonrió y se apresuró a entrar en el coche. El vehículo arrancó y Bosch volvió a centrarse en Guyot y la perra.
–Una mujer atractiva –dijo Guyot.
Bosch no contestó, aunque se preguntó si el médico había hecho el comentario basándose en su reaccióncon Brasher. Esperaba no haber resultado tan transparente.
–Bueno, doctor –dijo–, suelte la perra y yo intentaré seguirla.
Guyot soltó la correa y acarició el pecho del animal.
–Ve a buscar el hueso, pequeña. Trae un hueso. ¡Vamos!
La perra salió como una exhalación hacia la parcela y se perdió de vista antes de que Bosch hubiera dado un paso. Estuvo a punto de echarse a reír.
–Supongo que tenía razón, doctor.
Miró por encima del hombro para asegurarse de que el coche patrulla se había ido y Brasher no había visto a la perra salir disparada.
–¿Quiere que silbe?
–No. Me meteré y echaré un vistazo, a ver si la atrapo.
Encendió la linterna.
La arboleda estaba oscura mucho antes de que el sol se escondiera. El dosel creado por los pinos de Monterrey bloqueaba la mayor parte de la luz antes de que llegara al suelo. Bosch se valió de la linterna para abrirse camino y empezó a trepar en la dirección en la que había oído que la perra se movía entre los arbustos. Avanzaba despacio y no era tarea fácil. Había una capa de pinaza de al menos un palmo de grosor sobre la cual las botas de Bosch resbalaban. Pronto tuvo las manos pegajosas de resina de agarrarse a las ramas para mantenerse en pie.
Tardó casi diez minutos en recorrer treinta metros por la colina. Entonces el suelo empezó a nivelarse y la luz aumentó al tiempo que raleaban los árboles. Bosch buscó a la perra con la mirada, pero no la vio. La llamó en dirección a la calle, aunque ya no veía al animal ni al doctor Guyot.
–Doctor Guyot, ¿me oye?
–Sí, le oigo.
–Silbe a su perra.
Bosch oyó entonces un silbido en tres partes. Se distinguía con claridad, aunque muy bajo, porque el sonidotenía el mismo problema en pasar entre los árboles y el matorral que la luz del sol. Bosch trató de repetirlo y al cabo de unos cuantos intentos pensó que ya lo tenía. Pero la perra no acudió.
Bosch insistió, quedándose en el terreno nivelado, porque creía que si alguien iba a enterrar o abandonar un cadáver lo haría en terreno llano y no en una pendiente pronunciada. Siguiendo un camino más fácil, llegó a una zona de acacias e inmediatamente a otra donde la tierra había sido removida recientemente, como si una herramienta o un animal hubieran escarbado al azar en el suelo. Bosch estaba apartando la suciedad y las ramitas con el pie cuando se dio cuenta de que no eran ramitas.
Se dejó caer de rodillas y estudió a la luz de la linterna los huesecitos marrones esparcidos en un palmo cuadrado de polvo. Creyó ver los dedos despiezados de una mano. Una manita. La mano de un niño. Bosch se levantó y se dio cuenta de que su interés en Julia Brasher lo había distraído. No había llevado consigo nada para recoger los huesos. Cogerlos y cargarlos colina abajo violaría todos los principios de recopilación de pruebas.
Llevaba la cámara Polaroid al cuello, colgada de un cordón. La levantó y sacó un primer plano de los huesos. Luego retrocedió y tomó una imagen más amplia del emplazamiento, bajo las acacias.
Bosch oyó débilmente el silbido del doctor Guyot en la distancia. Se puso manos a la obra con la cinta para delimitar la escena del crimen. Ató un tramo corto al tronco de una de las acacias y procedió a trazar un perímetro alrededor de los árboles. Pensando en cómo abordaría el caso a la mañana siguiente, salió de debajo de las acacias y buscó algo que pudiera utilizar como señal aérea. Encontró unos brotes de artemisa. Envolvió la parte superior del matorral con cinta amarilla.
Cuando hubo terminado, ya casi había oscurecido. Echó otro vistazo rápido por la zona, a pesar de que sabía que una búsqueda con la linterna resultaría inútil y que sería preciso llevar a cabo una batida exhaustiva por la mañana. Empezó a cortar trozos de un metro de cinta amarilla valiéndose de una navajita enganchada a su llavero.
Al bajar de nuevo por la colina fue atando la cinta en ramas y arbustos. Oyó voces al aproximarse más a la calle y las utilizó de guía para mantener la dirección. En un punto de la pendiente el suelo blando cedió y Bosch cayó y se golpeó con fuerza en la base de un pino. El árbol impactó en su diafragma, rasgándole la camisa y arañándole el costado.
Bosch se quedó quieto durante unos segundos. Pensó que tal vez se había roto alguna costilla del lado derecho. Respiraba con dificultad y le dolía. Gimió sonoramente y se incorporó con apuros apoyándose en el tronco, de manera que pudo continuar siguiendo las voces.
Pronto regresó a la calle donde el doctor Guyot lo esperaba en compañía de su perra y otro hombre. Los dos hombres parecieron conmocionados al ver sangre en la camisa de Bosch.
–Oh, Dios mío, ¿qué ha ocurrido?–gritó Guyot.
–Nada, me he caído.
–Su camisa... ¡Tiene sangre!
–Son gajes del oficio.
–Déjeme que le mire el pecho.
El doctor se acercó para examinarlo, pero Bosch levantó las manos.
–Estoy bien. ¿Quién es él?
El otro hombre respondió.
–Soy Victor Ulrich. Vivo aquí.
Señaló la casa vecina a la parcela. Bosch asintió.
–Acabo de salir para ver qué está pasando.
–Bueno, ahora no está pasando nada. Pero hay una escena del crimen allí arriba. O la habrá. Probablemente no volveremos a trabajar hasta mañana por la mañana. Pero les necesito para que no se acerque nadie. Y no cuenten nada a nadie. ¿De acuerdo?
Los dos vecinos hicieron un ademán de conformidad.
–Y, doctor, no le suelte la correa a la perra durante unos días. Tengo que volver al coche para hacer una llamada. Señor Ulrich, estoy seguro de que querremos hablar con usted mañana. ¿Estará por aquí?
–Sí, cuando quiera. Trabajo en casa.
–¿Haciendo qué?
–Escribo.
–Muy bien, le veremos mañana.
Bosch se encaminó de nuevo calle abajo acompañado de Guyot y la perra.
–Tengo que echarle un vistazo a esa herida –insistió Guyot.
–Estoy bien.
Bosch miró a su izquierda y le pareció ver que una cortina se cerraba rápidamente en la casa que acababan de pasar.
–Por la manera como se sujeta al caminar, se ha lastimado una costilla –dijo Guyot–. Tal vez se la haya roto. Puede que más de una.
Bosch pensó en los huesos pequeños y delgados que acababa de ver bajo las acacias.
–No hay nada que pueda hacer por una costilla, esté rota o no.
–Puedo ponerle un vendaje. Respirará mucho mejor. También le limpiaré esa herida.
Bosch cedió.
–De acuerdo, doctor, saque su maletín, yo voy a buscar mi otra camisa.
Unos minutos más tarde, en la casa de Guyot, el doctor limpió el profundo arañazo del costado de Bosch y le vendó las costillas. El detective se sentía mejor, pero seguía doliéndole. Guyot dijo que ya no podía extenderle una receta, pero de todos modos recomendó a Bosch que no tomara nada más fuerte que una aspirina.
Bosch recordó que tenía un frasco con algunas pastillas de Vicodin que le habían sobrado de cuando le quitaron la muela del juicio unos meses antes. Si quería, le quitarían el dolor.
–Estaré bien –dijo–. Gracias por curarme.
–No hay de qué.
Bosch se puso la camisa limpia y observó a Guyot mientras este cerraba su botiquín. Se preguntó cuánto tiempo hacía que el médico no utilizaba sus aptitudes con un paciente.
–¿Cuánto hace que se jubiló?
–Hará doce años el mes que viene.
–¿Lo echa de menos?
Guyot se volvió para mirarlo. El temblor había desaparecido.
–Todos los días. Mire, no es que eche de menos el trabajo en sí, los casos. Pero era una profesión que marcaba una diferencia. Echo de menos eso.
Bosch pensó en cómo Julia Brasher había descrito antes el trabajo en homicidios. Asintió para mostrar a Guyot que entendía lo que estaba diciendo.
–¿Ha dicho que hay una escena del crimen allí arriba? –preguntó el médico.
–Sí, he encontrado más huesos. Voy a hacer una llamada para ver qué tenemos que hacer. ¿Puedo usar su teléfono? No creo que mi móvil funcione aquí.
–No, nunca funcionan en el cañón. Use el teléfono del despacho, así tendrá un poco más de intimidad.
El médico salió, llevándose el botiquín de primeros auxilios. Bosch rodeó el escritorio y se sentó. La perra estaba en el suelo, al lado de la silla. El animal levantó la mirada y pareció sorprendido al ver a Bosch en la silla de su amo.
–Calamidad –dijo Bosch–. Creo que hoy has hecho honor a tu nombre.
Bosch se agachó y frotó el pescuezo de la perra. Calamidadgruñó y él rápidamente apartó la mano, preguntándose si la perra reaccionaba así por su adiestramiento o bien algo de él había provocado esa respuesta hostil.
Levantó el auricular y llamó a la casa de su supervisora, la teniente Grace Billets. Explicó lo que había ocurrido en Wonderland Avenue y su descubrimiento de la colina.
–Harry, ¿cómo de viejos te parecen esos huesos? –preguntó Billets.
Bosch miró la polaroid que había sacado de los pequeños huesos que había hallado en el polvo. Era una foto mala y el fogonazo del flash la había sobreexpuesto porque estaba demasiado cerca.
–No lo sé, me parecen viejos. Creo que estamos hablando de años.
–Muy bien, o sea que lo que haya en la escena del crimen no es reciente.
–Puede que recién descubierto, pero no, ya estaba allí.
–Eso es lo que estoy diciendo. Así que creo que deberíamos marcarlo y ponernos en marcha por la mañana. Lo que esté en esa colina no va a irse a ninguna parte esta noche.
–Sí –dijo Bosch–. Yo estaba pensando lo mismo. Ella se quedó un momento en silencio antes de hablar.
–Esta clase de casos, Harry...
–¿Qué?
–Agotan el presupuesto, agotan al personal... y son los más difíciles de cerrar, si es que se cierran.
–Muy bien, volveré a subir, cubriré los huesos y le diré al doctor que no suelte a la perra de la correa.
–Vamos, Harry, ya sabes lo que quiero decir. –Billets suspiró sonoramente–. Es el primer día del año y vamos a empezar en el pozo.
Bosch se quedó en silencio, dejando que Billets elaborara sus frustraciones administrativas. No tardó mucho. Era una de las cosas que a Bosch le gustaban de ella.
–Vale, ¿ha pasado algo más hoy?
–No demasiado. Un par de suicidios, por el momento.
–Muy bien, ¿cuándo vas a empezar mañana?
–Me gustaría llegar allí temprano. Haré algunas llamadas para ver qué puedo preparar. Y llevaré el hueso que encontró la perra del doctor para que lo confirmen antes de empezar.
–Muy bien, tenme informada.
Bosch le dijo que así lo haría y colgó. A continuación llamó a Teresa Corazon, la forense del condado, a su casa. Aunque la relación extralaboral entre ambos había concluido hacía varios años y ella se había mudado al menos dos veces desde entonces, conservaba el mismonúmero y Bosch lo conocía de memoria. Le vino bien esta vez. Explicó a la forense lo que tenía entre manos y le dijo que necesitaba una confirmación oficial de que el hueso era humano antes de poner en marcha el proceso. También le dijo que si se confirmaba necesitaría un equipo arqueológico para trabajar en la escena del crimen lo antes posible.
Corazon puso la llamada en espera durante casi cinco minutos.
–Bueno –dijo cuando regresó a la línea–. No localizo a Kathy Kohl, no está en casa.
Bosch sabía que Kohl era la arqueóloga del equipo. Su especialidad y la razón de su inclusión como empleada a tiempo completo era recuperar huesos de los cadáveres que arrojaban en el desierto del norte del condado, algo que sucedía cada semana. Bosch sabía que la llamarían para que buscara huesos en Wonderland Avenue.
–Entonces, ¿qué hago? Quiero confirmar esto esta noche.
–Cálmate, Harry. Siempre eres muy impaciente. Eres como un perro con un hueso, y perdona por el chiste.
–Es un niño, Teresa. ¿No puedes ser seria?
–Ven aquí. Miraré ese hueso.
–¿Y qué me dices de mañana?
–Pondré todo en marcha. Le he dejado un mensaje a Kathy y en cuanto cuelgue la llamaré a la oficina y al busca. Dirigirá la excavación en cuanto salga el sol y podamos llegar allí. Cuando recuperemos los huesos llamaremos a un antropólogo forense de la UCLA con el que tenemos contacto. Y yo misma estaré allí. ¿Satisfecho?
Esta última parte dio que pensar a Bosch.
–Teresa –dijo al fin–, quiero llevar esto con lamáxima discreción durante el mayor tiempo posible.
–¿Y qué insinúas?
–Que no estoy seguro de que la forense del condado de Los Ángeles tenga que estar allí. Y que no te he visto en la escena de un crimen sin un cámara detrás desde hace mucho tiempo.
–Harry, es un videógrafo privado, ¿de acuerdo? Lo que graba es para mi exclusivo uso posterior y está controlado únicamente por mí. No va a acabar en las noticias de las seis.
–Ya. Solo pensaba que necesitábamos evitar las complicaciones en este caso. Es un niño. Y ya sabes cómo se ponen.
–Tú ven aquí con el hueso. Tengo que salir dentro de una hora.
Corazon colgó abruptamente.
Bosch lamentó no haber sido un poco más diplomático con Corazon, pero estaba satisfecho de haber dicho lo que tenía que decir. Corazon era una personalidad, que aparecía con regularidad en Court TV y en las cadenas de noticias en calidad de experta forense. También había adoptado la costumbre de llevar un cámara consigo por si podía transformar los casos en documentales para su emisión en alguno de los shows legales y policiales del amplio espectro que ofrecían el cable y el satélite. Bosch no podía y no iba a permitir que los objetivos de ella como forense célebre interfirieran con sus objetivos como investigador de lo que podía ser el homicidio de un niño.
Bosch decidió que llamaría a los servicios especiales del departamento y a las unidades con perros después de obtener la confirmación del hueso. Se levantó y fue a la sala en busca de Guyot.
El médico estaba en la cocina, sentado ante una mesita y escribiendo en un cuaderno de espiral. Levantó la mirada hacia Bosch.
–Estaba escribiendo unas notas sobre su tratamiento. He llevado el historial de todos los pacientes que he tratado.
Bosch se limitó a asentir, aunque le pareció extraño que Guyot escribiera sobre él.
–Tengo que irme, doctor. Volveremos mañana. Con un equipo, espero. Puede que necesitemos otra vez a su perra. ¿Estará usted aquí?
–Estaré aquí y encantado de ayudar. ¿Cómo van las costillas?
–Duele.
–Solo cuando respira, ¿verdad? Le durará una semana.
–Gracias por cuidarme. No necesita que le devuelva la caja de zapatos, ¿no?
–No, ya no la quiero.
Bosch se volvió para dirigirse hacia la puerta, pero se detuvo y miró de nuevo a Guyot.
–Doctor, ¿vive usted solo aquí?
–Ahora sí. Mi esposa murió hace dos años. Un mes antes de nuestras bodas de oro.
–Lo siento.
Guyot asintió y dijo:
–Mi hija tiene su familia en Seattle. Los veo en ocasiones especiales.
Bosch estuvo tentado de preguntarle que por qué solo en ocasiones especiales, pero no lo hizo. Le dio las gracias al hombre de nuevo y se marchó.
Al conducir por el cañón hacia la casa de Teresa Corazon en Hancock Park, Bosch mantuvo la mano en lacaja de zapatos para que no saltara ni se resbalara del asiento. En su interior, la sensación de terror iba en aumento. Sabía que era porque el destino ciertamente no le había sonreído ese día. Le había tocado el peor caso que le podía tocar. El caso de un niño.
Los casos infantiles siempre acechaban. Dejaban cicatriz y lo vaciaban a uno por dentro. No existía chaleco antibalas lo bastante grueso para evitar que te perforaran. Los casos infantiles te hacían saber que el mundo estaba lleno de luz perdida.
Teresa Corazon vivía en una mansión de estilo mediterráneo con un espacio circular de piedra para dar la vuelta y un estanque de carpas japonesas enfrente. Ocho años antes, cuando Bosch había mantenido una breve relación con ella, Corazon vivía en un apartamento de una habitación. Los beneficios de la televisión y la celebridad habían costeado la mansión y el estilo de vida consecuente. No era ni remotamente la mujer que solía presentarse en la casa de Bosch a medianoche sin avisar, con una botella de vino barato de Trader Joe’s y un vídeo de su película favorita. La mujer que no ocultaba su ambición, pero que todavía no atesoraba la suficiente habilidad para usar su posición para enriquecerse.
Bosch sabía que él le servía de recordatorio de lo que había sido y lo que había perdido para ganar todo lo que poseía. No era de extrañar que sus encuentros fueran escasos y alejados en el tiempo, y tan tensos como una visita al dentista cuando resultaban inevitables.
El detective aparcó en la rotonda y salió con la caja de zapatos y las polaroids. Miró en el estanque al rodear el coche y vio las siluetas oscuras de los peces moviéndosebajo la superficie. Sonrió, pensando en la película Chinatown y en cuántas veces la habían visto durante el año que estuvieron juntos. Recordó lo mucho que le gustaba a ella el personaje del forense que llevaba un delantal de carnicero y se comía un bocadillo mientras examinaba el cadáver. Bosch no estaba seguro de que ella mantuviera el mismo sentido del humor.
La luz que colgaba por encima de la puerta de madera maciza se encendió y Corazon la abrió antes de que Bosch llegara. La forense vestía unos pantalones negros y una blusa de color crema. Probablemente estaba a punto de salir hacia una fiesta de Año Nuevo. Corazon miró por encima de Bosch al coche en el que este había llegado.
–Será mejor que nos demos prisa, antes de que ese trasto empiece a gotear aceite en mis piedras.
–Hola, Teresa.
–¿Es eso? –Corazon señaló la caja de zapatos.
–Esto es.
Bosch le pasó las polaroidsy empezó a levantar la tapa de la caja. Estaba claro que ella no iba a invitarle a una copa de champaña para celebrar el Año Nuevo.
–¿Quieres verlo aquí mismo?
–No tengo mucho tiempo, pensaba que llegarías antes. ¿Quién es el imbécil que ha hecho estas fotos?
–Vendría a ser yo.
–No puedo decir nada a partir de estas fotos. ¿Tienes un guante?
Bosch sacó un guante de látex del bolsillo de la cazadora y se lo dio a Corazon antes de volver a guardarse las fotos en el bolsillo interior. Ella se puso el guante con pericia, se inclinó sobre la caja de zapatos, levantó el hueso y lo giró bajo la luz. Bosch permaneció en silencio. Olíasu perfume. Era intenso, un vestigio de los días en que pasaba la mayor parte de su tiempo en las salas de autopsias.
Después de un examen de cinco segundos, ella volvió a dejar el hueso en la caja.
–Es humano.
–¿Estás segura?
Corazon miró a Bosch con cara de pocos amigos mientras se quitaba el guante.
–Es el húmero, el hueso superior del brazo. Diría que es de un niño de unos diez años. Puede que ya no respetes mis conocimientos, Harry, pero todavía los tengo.
Ella dejó el guante en la caja, encima del hueso. A Bosch le daba igual la invectiva, pero le molestó que dejara caer el guante de ese modo sobre el hueso del niño.
Cogió el guante, pero entonces recordó algo y se lo devolvió a la forense.
–El dueño del perro que encontró el hueso dijo que había una fractura, una fractura curada. ¿Quieres echar un vistazo y ver si...?
–No. Llego tarde a una cita. Lo único que necesitas saber ahora es que es humano. Ya tienes la confirmación. Los exámenes posteriores se harán después en las condiciones adecuadas de la oficina del forense. Ahora, he de irme. Estaré allí mañana por la mañana.
Bosch le sostuvo la mirada unos segundos.
–Claro, Teresa, que vaya bien esta noche.
Ella desvió la mirada y plegó los brazos. Bosch volvió a cerrar cuidadosamente la caja de zapatos, saludó con la cabeza y se dirigió a su coche. Oyó que la puerta maciza se cerraba tras él.
Al pasar el estanque de los peces japoneses, pensóotra vez en la película y dijo para sus adentros la última frase del guión.
«Olvídalo, Jake, es Chinatown.»
Bosch subió al coche y se dirigió a su casa, sujetando con la mano la caja de zapatos en el asiento contiguo.
A las nueve de la mañana del día siguiente, el final de Wonderland Avenue se había convertido en un campamento de las fuerzas del orden. Y en el centro estaba Harry Bosch, dirigiendo los equipos de patrullas, unidades con perros, investigaciones científicas, la oficina del forense y una unidad de los servicios especiales. Un helicóptero del departamento sobrevolaba la zona en círculos y una docena de cadetes de la academia de policía se arremolinaban en espera de órdenes.
Antes, la unidad aérea se había reunido junto a la artemisa que Bosch había envuelto con cinta amarilla de la escena del crimen y habían usado el lugar como centro de operaciones para determinar que Wonderland ofrecía el acceso más cercano al sitio donde Bosch había descubierto los huesos. La unidad de servicios especiales entró entonces en acción. Siguiendo la cinta de la escena del crimen colina arriba, los seis hombres del equipo clavaron y unieron una serie de rampas de madera y escalones con pasamanos de cuerda que ascendían por la colina hasta los huesos. Acceder y salir del lugar sería mucho más sencillo de lo que había sido para Bosch la tarde anterior.
Resultaba imposible mantener en secreto semejante despliegue policial, de modo que, también a eso de las nueve de la mañana, el barrio se había convertido en campamento de los medios de comunicación. Los camiones de los medios estaban aparcados detrás de las vallas instaladas a media manzana de la rotonda. Los periodistas se arremolinaban en grupos del tamaño de una conferencia de prensa y al menos cinco helicópteros sobrevolaban la zona en círculos, a una altura superior a la del aparato del departamento. Todo ello creaba un murmullo de fondo que ya había resultado en numerosas quejas de los vecinos a la administración policial del Parker Center.
Bosch se estaba preparando para conducir al primer grupo hasta la escena del crimen. Primero departió en privado con Jerry Edgar, que había sido informado del caso la noche anterior.
–Muy bien, vamos a subir con el equipo del forense y el de criminalística –dijo–. Luego llevaremos a los cadetes y los perros. Quiero que tú supervises esa parte.
–Claro. ¿Has visto que tu colega la forense se ha traído a su puto cámara?
–No podemos hacer nada por el momento. Con un poco de suerte se aburrirá y volverá al centro, que es su sitio.
–Bueno, por lo que sabemos hasta ahora, esto podrían ser huesos de un indio o algo por el estilo.
Bosch negó con la cabeza.
–No creo, estaban a muy poca profundidad.
Bosch se acercó al primer grupo: Teresa Corazon, su videógrafo y su equipo de excavación de cuatro personas, formado por la arqueóloga Kathy Kohl y tres investigadores que realizarían el trabajo preparatorio. Los miembros del equipo de excavación estaban vestidos conmonos blancos. Corazon llevaba un conjunto similar al de la noche anterior, incluidos unos zapatos con tacón de cinco centímetros. En el grupo había también dos criminalistas de la División de Investigaciones Científicas. Bosch reunió al grupo en un estrecho círculo para poder hablar con ellos sin que lo oyeran todos los que revoloteaban por la zona.
–Muy bien, vamos a subir y empezaremos con la documentación y recuperación. En cuanto os tengamos a todos en vuestro lugar, subiremos a los perros y los cadetes para buscar en las zonas adyacentes, y si es necesario ampliaremos la escena del crimen. Vosotros... –Se detuvo para levantar la mano hacia el cámara de Corazon–. Apaga eso. Puedes grabarla a ella, pero a mí no.
El hombre bajó la cámara y Bosch clavó la mirada en Corazon antes de continuar.
–Todos sabéis lo que estáis haciendo aquí. Lo único que quiero deciros es que es difícil subir allí arriba, incluso con las rampas y las escaleras. Así que tened cuidado. Agarraos a las cuerdas y fijaos en dónde pisáis. No queremos que nadie se haga daño. Si tenéis material pesado, divididlo y haced dos o tres viajes. Si necesitáis ayuda, pediré a los cadetes que lo suban. No os preocupéis por el tiempo, preocupaos por la seguridad. Muy bien, ¿estáis listos?
Todos asintieron. Bosch llamó a Corazon a un aparte.
–No te has vestido bien –dijo.
–Mira, no empieces a decirme...
–¿Quieres que me quite la camisa para que me veas las costillas? Tengo este lado que parece un pastel de arándanos porque me caí allí anoche. Esos zapatos que llevas no te van a servir. Puede que den bien en pantalla, pero...
–Estoy bien. Correré el riesgo, ¿algo más? Bosch negó con la cabeza.
–Yo ya te he avisado –dijo–. Vámonos.
Se encaminó hacia la rampa, y los demás lo siguieron. Los de servicios especiales habían construido un portalón de madera para utilizarlo como control de acceso. Un oficial de patrulla estaba allí con una tablilla y anotaba los nombres de todo el mundo y las secciones a las que pertenecían antes de dejarlos pasar.
Bosch abrió el camino. La escalada era más sencilla que el día anterior, pero el pecho le dolía cada vez que se impulsaba en las cuerdas y subía por las rampas y los escalones. No dijo nada y trató de que no se le notara.
Cuando Bosch llegó a las acacias, indicó a los otros que aguardaran mientras él pasaba por debajo de la cinta de la escena del crimen. Encontró la zona de tierra removida y los huesos pequeños y marrones que había visto la noche anterior. Al parecer nadie los había tocado.
–Bueno, vamos a echar un vistazo.
Los miembros del grupo pasaron por debajo de la cinta y se quedaron de pie formando un semicírculo en torno a los huesos. El cámara empezó a grabar y Corazon se hizo cargo de la situación.
–Muy bien –dijo–, lo primero que vamos a hacer es retroceder y sacar fotos. Después montaremos una cuadrícula y la doctora Kohl supervisará la excavación y recogida. Si encontráis algo, fotografiadlo de todas las formas posibles antes de cogerlo.
Se volvió hacia uno de los investigadores.
–Finch, quiero que te encargues de los dibujos. Una cuadrícula estándar. Documéntalo todo. No confíes en que podremos fiarnos de las fotos.
Finch asintió. Corazon se volvió hacia Bosch.
–Detective, creo que está claro. Cuanta menos gente haya aquí, mejor.
Bosch asintió y le pasó un walkie-talkie.
–Estaré por aquí. Si me necesitas usa la radio. Los teléfonos móviles no funcionan aquí arriba. Pero ten cuidado con lo que dices.
Señaló al cielo, donde los helicópteros de los medios de comunicación volaban en círculos.
–Hablando de eso –dijo Kohl–. Creo que vamos a poner un toldo encima de esos árboles para tener un poco de intimidad, y de paso nos protegerá del sol. ¿Te parece bien?
–Ahora es tu escena del crimen –dijo Bosch–. Adelante.
Bosch retrocedió hasta la rampa y Edgar lo siguió.
–Harry, esto puede llevarnos días –dijo Edgar.
–Y más.
–Bueno, no van a darnos días. Lo sabes, ¿no?
–Sí.
–Me refiero a que estos casos... Tendremos suerte si conseguimos hacer una identificación.
–Sí.
Bosch no se detuvo. Cuando llegó a la calle vio que la teniente Billets estaba en la escena junto con su supervisora, la capitana LeValley.
–Jerry, ¿por qué no preparas a los cadetes? –dijo Bosch–. Dales el discursito de la escena del crimen. Iré enseguida.
Bosch se reunió con Billets y LeValley y las puso al corriente de lo que estaba ocurriendo, detallando las actividades de la mañana y sin olvidar las quejas de los vecinos por el ruido de los martillos, las sierras y los helicópteros.
–Vamos a tener que darle algo a la prensa –dijo LeValley–. Relaciones con los Medios pregunta si quiere que lo centralicen en el Parker Center o prefiere manejarlo desde aquí.
–Yo no quiero ocuparme. ¿Qué saben los de Relaciones con los Medios?
–Casi nada. Así que puede llamarlos y ellos montarán la rueda de prensa.
–Capitana, estoy muy ocupado aquí. ¿Podría...?
–Encuentre el momento, detective. Sáquenoslos de encima.
Cuando Bosch desvió la mirada de la capitana a los periodistas reunidos a media manzana del control de carretera, vio que Julia Brasher mostraba su placa a un oficial de patrulla y le permitían entrar. No iba de uniforme.
–Muy bien –dijo Bosch–. Haré esa llamada.
Se encaminó hacia la casa del doctor Guyot. Iba en dirección a Brasher, que le sonrió cuando se aproximaba.
–Tengo tu Mag en el coche. De todos modos, he de ir a la casa del doctor Guyot.
–Ah, no te preocupes. No he venido por eso.
Ella cambió de dirección y continuó con Bosch. Él miró su atuendo: vaqueros gastados y una camiseta de una organización benéfica.
–No estás de servicio, ¿verdad?
–No, trabajo en el turno de tres a once. Pensé que a lo mejor necesitabas una voluntaria. He oído lo del llamamiento a la academia.
–Quieres subir ahí arriba a buscar huesos, ¿eh?
–Quiero aprender.
Bosch aceptó el ofrecimiento. Subieron por el camino hasta la puerta de la casa de Guyot. Esta se abrió antes de que llegaran y el doctor los invitó a entrar. Bosch preguntó otra vez si podía usar el teléfono de su despacho y Guyot volvió a indicarle el camino, pese a que ya lo conocía. El detective se sentó al escritorio.
–¿Cómo van esas costillas? –preguntó el doctor.
–Bien.
Brasher levantó las cejas y Bosch se dio cuenta.
–Tuve un pequeño accidente cuando subí allí anoche.
–¿Qué ocurrió?
–Oh, estaba pensando en mis cosas cuando de repente el tronco de un árbol me atacó sin ningún motivo.
Ella hizo un gesto de dolor y de algún modo se las arregló para sonreír al mismo tiempo.
Bosch marcó de memoria el número de la oficina de prensa y explicó el caso en términos muy generales a un oficial. En un momento dado, puso la mano sobre el auricular y preguntó a Guyot si quería que su nombre se mencionara en el comunicado oficial. El doctor declinó la oferta. Al cabo de unos minutos, Bosch había concluido y colgó. Miró a Guyot.
–Cuando limpiemos la escena del crimen dentro de unos días, es probable que los periodistas se queden por aquí. Supongo que buscarán al perro que encontró el hueso. Así que si quiere permanecer al margen, mantenga a Calamidadfuera de la calle, o atarán cabos.
–Buen consejo –dijo Guyot.
–Y podría llamar a su vecino, el señor Ulrich, y decirle que no lo mencione tampoco él a los periodistas.
Al salir de la casa, Bosch le preguntó a Brasher si quería su linterna y ella le dijo que prefería no tener que cargar con ella mientras ayudaba en la batida de la colina.
–Dámela cuando puedas –dijo.
A Bosch le gustó la respuesta, porque significaba que tendría al menos otra oportunidad de verla.
De nuevo en la rotonda, Bosch se encontró a Edgar dándoles el discursito a los cadetes de la academia.
–La regla de oro de la escena del crimen, chicos, es no tocar nada hasta que haya sido estudiado, fotografiado y registrado en el plano.
Bosch se metió en la rotonda.
–Muy bien, ¿listos?
–Están listos –dijo Edgar. Señaló con la cabeza a dos de los cadetes que llevaban detectores de metales–. Se los he pedido prestados a los de criminalística.
Bosch asintió y les dio a los cadetes y a Brasher el mismo discurso sobre la seguridad que le había dado al equipo de la forense. Entonces se dirigieron a la escena del crimen. Bosch presentó a Brasher a Edgar y dejó que su compañero abriera el camino hasta el control. Él se quedó en la parte de atrás, hablando con Brasher.
–Al final del día ya veremos si quieres ser detective de homicidios –dijo Bosch.
–Cualquier cosa es mejor que estar pendiente de la radio y limpiar el vómito de la parte de atrás del coche después de cada turno.
–Recuerdo esos tiempos.
Bosch y Edgar distribuyeron a los doce cadetes y Brasher por las áreas adyacentes a la zona de las acacias y los pusieron a buscar por parejas. Bosch bajó entonces y trajo a los dos equipos con perros para complementar la búsqueda.
Cuando las cosas estuvieron en marcha, dejó a Edgar con los cadetes y volvió a las acacias para ver qué progresos se habían hecho. Encontró a Kohl sentada sobre un cajón de material y supervisando la colocación de estacas de madera en el suelo para poder tender cuerdas y establecer la cuadrícula de la excavación.
Bosch había trabajado con Kohl en otra ocasión y sabía que era muy concienzuda y buena profesional. Estaba a punto de cumplir los cuarenta y tenía el cuerpo y el bronceado de una jugadora de tenis. Bosch se la había encontrado una vez en un parque de la ciudad jugando a tenis con una hermana gemela. Habían atraído a una multitud. Parecía que alguien estaba golpeando la pelota contra su reflejo.
El cabello liso y rubio de Kohl caía hacia adelante y le ocultaba los ojos cuando miraba el enorme portapapeles que tenía en el regazo. Estaba haciendo anotaciones en un papel en el que ya había una cuadrícula impresa. Bosch miró el gráfico por encima del hombro de ella. Kohl estaba escribiendo en cada uno de los cuadrados una letra del alfabeto a medida que se clavaban en el suelo las estacas correspondientes. En la parte superior de la página había escrito «Ciudad de Huesos».
Bosch se estiró y tocó la parte del gráfico donde había escrito el título.
–¿Por qué lo llamas así?
Ella se encogió de hombros.
–Porque estamos trazando las calles y las manzanas de lo que será una ciudad para nosotros –dijo ella, pasando los dedos por encima de algunas de las líneas del gráfico–. Al menos mientras trabajemos aquí nos parecerá que esto es nuestra pequeña ciudad.
–En cada asesinato está la historia de una ciudad –dijo Bosch.
Kohl levantó la cabeza para mirarlo.
–¿Quién dijo eso?
–No lo sé, alguien.
Bosch se fijó en Corazon, que estaba agachada sobre los huesecitos del suelo, estudiándolos mientras la lentede la videocámara la estudiaba a ella. Bosch estaba pensando en decirle alguna cosa cuando sonó su radio y se la sacó del cinturón.
–Aquí Bosch.
–Edgar. Será mejor que vuelvas, Harry. Ya tenemos algo.
–Voy.
Edgar estaba de pie en un lugar casi llano, en los matorrales que había a unos cuarenta metros de las acacias. Media docena de cadetes y Brasher habían formado un círculo y estaban mirando algo en el matorral de casi medio metro de alto. El helicóptero de la policía sobrevolaba el lugar en un círculo más cerrado.
Bosch llegó junto a Edgar y miró al suelo. Vio un cráneo infantil, parcialmente enterrado, con las cuencas de los ojos mirándole.
–Nadie lo ha tocado –dijo Edgar–. Lo ha encontrado Brasher.
Bosch miró a la agente y vio que el humor que parecía llevar impreso en los ojos y la boca habían desaparecido. Volvió a observar la calavera y se sacó la radio del cinturón.
–¿Doctora Corazon? –dijo.
Transcurrieron varios segundos antes de que regresara la voz de ella.
–Sí, estoy aquí, ¿qué pasa?
–Vamos a tener que ampliar la escena del crimen.
El día resultó fructífero, con Bosch en funciones de general que supervisaba el pequeño ejército que trabajaba en la escena del crimen ampliada. Los huesos surgieron con facilidad del suelo y los matorrales de la colina, como si hubieran estado aguardando con impaciencia durante mucho tiempo. A mediodía, el equipo de Kathy Kohl había excavado tres manzanas de la cuadrícula, y del suelo oscuro habían emergido decenas de huesos. Como los arqueólogos que desenterraban los útiles de los hombres prehistóricos, el equipo de excavación utilizaba pequeñas herramientas y pinceles para sacar cuidadosamente los huesos a la luz. También utilizaban detectores de metales y sondas de vapor. A pesar de que el proceso era meticuloso, avanzaba con más rapidez de la que Bosch había previsto.
El descubrimiento del cráneo había marcado el ritmo y conferido una sensación de urgencia a toda la operación. La calavera fue examinada sobre el terreno, y ante la cámara, por Teresa Corazon, quien halló líneas de fracturas y cicatrices quirúrgicas. Las huellas de la cirugía aseguraban que se hallaban ante huesos relativamentecontemporáneos. Las fracturas no eran por sí solas prueba de que se trataba de un homicidio, pero si se añadían al hecho de que el cadáver había sido enterrado, daban una sensación clara de que se estaba desvelando la historia de un asesinato.
A las dos en punto, cuando los equipos de la colina hicieron un alto para comer, se había recuperado casi la mitad del esqueleto. Los cadetes habían encontrado algunos otros huesos dispersos fuera de la cuadrícula. Además, el equipo de Kohl había desenterrado fragmentos de ropa deteriorada y una mochila de lona del tamaño de las que utilizan los niños.
Bajaron los huesos en cajas de madera cuadradas a las que añadieron unas asas de cuerda en los laterales. A la hora del almuerzo, un antropólogo forense estaba examinando tres cajas de huesos en el laboratorio. La ropa, en su mayor parte podrida e irreconocible, así como la mochila, que habían abandonado sin abrirla, fueron transportadas al laboratorio de la División de Investigaciones Científicas del Departamento de Policía de Los Ángeles para ser sometida a un escrutinio similar.
Un examen con detector de metales llevado a cabo en la cuadrícula de búsqueda halló una única moneda –un cuarto de dólar acuñado en 1975– a la misma profundidad que los huesos y aproximadamente a cinco centímetros de la parte izquierda de la pelvis. Se dio por hecho que la moneda había estado en el bolsillo delantero izquierdo de los pantalones, que se habían descompuesto junto con el tejido corporal. A juicio de Bosch, la moneda proporcionaba una clave para establecer el momento de la muerte: si la suposición de que la moneda había sido enterrada junto con el cadáver era correcta, la muerte no podía haberse producido antes de 1975.
Los patrulleros habían dispuesto que dos vehículos con comida llegaran a la rotonda para alimentar al pequeño ejército de la escena del crimen. Era tarde para almorzar y la gente tenía hambre. Un camión servía la comida caliente mientras el otro repartía los sándwiches. Bosch esperaba en la cola del camión de los sándwiches con Julia Brasher. La cola avanzaba con lentitud, pero a él no le importaba. Hablaron sobre todo de la investigación en la colina y cotillearon acerca de los mandamases del departamento. Era una conversación para entrar en contacto. Bosch se sentía atraído por ella, y cuanto más la oía hablar de sus experiencias de novata y mujer en el departamento, más le intrigaba. Ella tenía una mezcla de nerviosismo y respeto reverencial por el trabajo que Bosch recordaba con claridad de sus primeros días en el departamento.
Cuando solo le quedaban seis personas delante para pedir la comida, Bosch oyó que alguien del camión hacía preguntas acerca de la investigación a uno de los cadetes.
–¿Son huesos de personas diferentes?
–No lo sé, tío. Nosotros solo los buscamos.
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