Ciudad sin muros - Sergio Fajardo - E-Book

Ciudad sin muros E-Book

Sergio Fajardo

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Beschreibung

Después de haber sido la ciudad más violenta del mundo, Medellín es actualmente un referente global de transformación urbana. Sus políticas y proyectos de urbanismo social se consideran ejemplares e inspiran a otras ciudades. Ver con ojos propios las obras y los procesos representativos de esta transformación es una experiencia impactante y emotiva. Pero para entender mejor la esencia de estos cambios, es necesario volver sobre la alcaldía de Sergio Fajardo (2004-2007). En este libro, el exalcalde Sergio Fajardo y el urbanista Alejandro Echeverri −quien fue director de Desarrollo Urbano y lideró la estrategia de urbanismo social durante esa alcaldía−, junto con otros integrantes de aquel equipo de gobierno y líderes comunitarios, analizan el giro de Medellín. Las conversaciones están cargadas de una pasión y un orgullo que permanecen, pero también de miradas reflexivas y críticas que permiten reconocer falencias y aspectos que no resultaron como esperaban. En su conjunto, estas voces de los gestores principales de la transformación ofrecen una explicación integral y caleidoscópica del cambio, y subrayan la relevancia del urbanismo social en otras ciudades y en la Medellín actual.

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Seitenzahl: 447

Veröffentlichungsjahr: 2024

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CIUDAD SIN MUROS

Relatos del Urbanismo Social en Medellín

Ciudad sin muros. Relatos del urbanismo social en Medellín

Sello editorial: Centro de Publicaciones Universidad EAFIT (978-958-720)

RPC - Planificación y gestión urbana y municipal

Autores: Alejandro Echeverri, Sergio Fajardo

Primera edición

Medellín, Colombia.

Coeditor: Tecnológico de Monterrey

Editorial o Autor-Editor: Universidad EAFIT

Fajardo, Sergio, 1956- Ciudad sin muros. Relatos del urbanismo social en Medellín / Sergio Fajardo, Alejandro Echeverri ; edición Gerard Martin – Medellín : Universidad EAFIT. Centro de Estudios Urbanos y Ambientales, Tecnológico de Monterrey, Editorial EAFIT, 2024

284 p. ; 17 cm. -- (Académica).

SIBN COL:

978-958-720-886-3

E-PUB: 978-958-720-887-0

PDF: 978-958-720-888-7

ISBN MEX:

978-607-501-813-3

E-PUB: 978-607-501-814-0

PDF: 978-607-501-812-6

1. Desarrollo urbano – Medellín, Colombia - 2004-2007. 2. Urbanismo – Medellín, Colombia – Historia. 3. Política urbana – Medellín, Colombia. 4. Sociología urbana. 5. Rehabilitación urbana. 6. Urbanismo – Aspectos sociales. 7. Ciudades – Medellín, Colombia. 8. Proyecto urbano – Medellín, Colombia. 9. Gobernanza – Medellín, Colombia. 10. Equidad – Medellín, Colombia I. Echeverri, Alejandro. II. Martin, Gerard, ed. III. Tít. IV. Serie. V. Fajardo Sergio

307.7609861cd 23 ed.

F175

Universidad EAFIT- Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

Diseño ePub:

Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/

CIUDAD SIN MUROS

Relatos del Urbanismo Social

Primera edición: Marzo de 2024

© Sergio Fajardo y Alejandro Echeverri

© Tecnológico de Monterrey

© Editorial EAFIT

Editorial EAFIT

Carrera 49 No. 7 sur - 50. Medellín, Antioquia

http://www.eafit.edu.co/editorial

Correo electrónico: [email protected]

ISBN COL:

978-958-720-886-3

E-PUB: 978-958-720-887-0

PDF: 978-958-720-888-7

ISBN MEX:

978-607-501-813-3

E-PUB: 978-607-501-814-0

PDF: 978-607-501-812-6

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018.

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Editado en Medellín, Colombia

Autores

Sergio Fajardo

Alejandro Echeverri

Editor

Gerard Martin

Diálogos con otros actores del proceso

Alonso Salazar

Ana Elvira Vélez

Carlos Mario Montoya

Carlos Mario Rodríguez

César Hernández

Cielo Holguín

Clara Inés Restrepo

Clara Luz Mejía

David Escobar

Federico Restrepo

Horacio Arango

Jorge Blandón

José Fernando Ángel

Juan Diego Mejía

María Eugenia Ramos

Martha Nora Palacio

Mauricio Valencia

Rafael Aubad

Sergio Valencia

Autores externos

José Falconi

Carlos Lugo

Mariana Alegre

Claudia Restrepo

Sarah Marniesse

Alfredo Hidalgo

Apoyo en la escritura de textos y contenidos

Mariana Fajardo

Juliana Gómez

Diagramación

Juliana Gómez

María José Charry

Diseño de caratula

Margarita Rosa Ochoa

Edición final

Simón Ospina

Sergio Valencia

Corrección de estilo

Carmiña Cadavid

Juana Manuela Montoya

Transcripción de las conversaciones

Andrea Martínez

Apoyo operativo

Natalia Castaño

Ricardo Pérez

Ana María Castaño

Sergio Fajardo Valderrama

Sergio Fajardo es matemático de la Universidad de los Andes, Magíster y Doctor en matemáticas de la Universidad de Wisconsin, Magíster de la Universidad de los Andes y Doctor Honoris Causa de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, España (2009) y la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina (2015). Fue profesor de lógica matemática en la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional de Colombia durante muchos años. En el año 2003, fue elegido como el primer alcalde independiente de Medellín. En sus cuatro años como mandatario dirigió una gran transformación de la ciudad, labor por la que obtuvo diferentes reconocimientos nacionales e internacionales. En el año 2010, fue candidato vicepresidencial de Antanas Mockus. En el período 2012 a 2015 fue gobernador de Antioquia. Durante su administración, Antioquia tuvo el mejor desempeño de todos los departamentos del país en Gobierno Abierto, transparencia y en inversión de regalías.

Sergio Fajardo lanzó su candidatura presidencial independiente en 2018, que fue acompañada por la denominada Coalición Colombia compuesta por el partido Verde, el Polo Democrático y el movimiento Compromiso Ciudadano. En la primera vuelta de las elecciones, obtuvo más de cuatro millones seiscientos mil votos, quedando a menos de 1.5% de pasar a la siguiente vuelta.

Actualmente, se desempeña como profesor en la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Instituto Tecnológico de Monterrey, México y en la Escuela de Formación Política de Compromiso Ciudadano.

Alejandro Echeverri

Alejandro es arquitecto de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Además, es cofundador de Urbam, el Centro de Estudios Urbanos y Ambientales de la Universidad EAFIT, es profesor Distinguido en Urbanismo en el TEC de Monterrey, México, y ha sido reconocido como Loeb Fellow por el Graduate School of Design de la Universidad de Harvard. Asimismo, se desempeña como investigador y profesor en el Laboratorio de Urbanismo de Barcelona en la ETSAB.

Entre los años 2004 y 2008, ocupó el cargo de director de la Empresa de Desarrollo Urbano y Director de Proyectos Urbanos Estratégicos de Medellín. Durante este período, lideró la estrategia de Urbanismo Social, transformando a Medellín en un referente de futuro para otras ciudades. Su experiencia abarca diversos campos como la arquitectura, el diseño urbano, la planificación territorial, la gestión del hábitat y el diseño de procesos de co-creación social. Ha trabajado en estos ámbitos desde la academia, el sector social y privado, así como desde el gobierno. Además de su labor en Colombia, ha acumulado una amplia experiencia internacional, principalmente en países del sur global como México, Costa Rica, Panamá, Brasil, Bolivia, entre otros.

Es miembro de varios International Advisory Boards en instituciones relacionadas con temas urbanos. Su destacada labor ha sido reconocida con prestigiosos premios, incluyendo el Premio Obayashi 2016 en Japón, el 10th Veronica Rudge Green Prize del GSD de la Universidad de Harvard en 2013, el Curry Stone Design Prize 2009, la Bienal Panamericana en Diseño Urbano 2008 y el Premio Nacional de Arquitectura de Colombia, entre otros.

Desde su estudio AEV Arquitectos, desarrolla proyectos de arquitectura, diseño urbano y paisaje, siempre en busca de respuestas adecuadas para las regiones tropicales.

Gerard Martin

Autor y consultor de origen holandés, especializado en temas colombianos de orden y violencia. Magister en Sociología de la Universidad de Groningen (Países Bajos), y Magister y Doctor en Ciencias Políticas de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Francia). Ha dirigido el programa Colombia en la Universidad de Georgetown. También ha sido investigador asociado a las universidades colombianas Los Andes, Javeriana, Nacional y EAFIT. Se ha desempeñado como consultor de organizaciones bilaterales y multilaterales. Ha sido también curador, formando parte del equipo curatorial fundacional del Museo Casa de la Memoria de Medellín, y curador académico y co-productor de varias exposiciones, entre ellas Bogotá. The revival of a city, para la X Bienal Internacional de Arquitectura en Venecia (Italia, 2006), y 8 Ciudades Colombianas en Transformación, para la VII Bienal Iberoamericano de Arquitectura y Urbanismo (Medellín, 2011). Fue co-fundador en 2018 de la plataforma multimedia NarcosLab. Entre sus libros figuran Medellín. Tragedia y Resurrección, Mafia, ciudad y Estado. 1975-2012 (Planeta, 2012); Medellín. Transformación de una ciudad (Alcaldía de Medellín y BID, 2009); Bogotá. El renacer de una ciudad (Planeta, 2006); Bogotá: Anatomía de una transformación (Ed. Javeriana, 2006); y Participación y fortalecimiento institucional a nivel local en Colombia (Ed. Javeriana, 2001).

Índice

0 Introducción

Presentación

1 El territorio

La política

La violencias

Planearnos

Acercarnos

2 La gobernanza

Liderar

Enfocar

Gestionar

Priorizar

3 La calle

Conectarnos

Encontrarnos

4 La transparencia

Alianzas

Narrar

Lo público

La ética

Voces del territorio

5 Lo técnico

Integrar

Confluir

Tumbar muros

La calidad

6 El diseño

La dignidad

La estética

7 La replicabilidad

Discontinuidades

Urbanismo Social 2.0

Anexo

Índice de figuras

Prefacio

Durante los años ochenta y noventa, Medellín fue la ciudad más letal del mundo. En 1991, cuando tenía 1.6 millones de habitantes, registró 6.347 homicidios y una tasa de 381 homicidios por cada cien mil habitantes, veinte veces superior a la de hoy. En 2004, cuando Sergio Fajardo y su equipo asumieron la alcaldía, Medellín seguía inmersa en una grave crisis de seguridad, aunque experimentaba un proceso de mejora que abrío la posibilidad de volver a pensar en procesos para repararla por completo. ¡Repararla!, sí, porque Medellín se encontraba mental, social y físicamente traumatizada después de dos décadas de terror que sumaban 70.000 muertos violentos entre 1984 y 2004 ¡solo en la ciudad! Repararla también porque, durante la crisis, y desde antes, se había dividido en dos ciudades: la planeada y formal en los sectores de gente acomodada, y la otra, de origen informal, habitada por familias de menos recursos y dotada de pocos equipamientos públicos, con bajos índices de desarrollo humano y graves problemas de seguridad.

La tarea era inmensa y compleja. ¿Por dónde empezar? ¿Por cuáles barrios o cuáles comunas? ¿Con qué tipo de programas y proyectos? ¿Cómo intervenir comunidades consideradas de alta peligrosidad? ¿Cómo devolverle la esperanza a la ciudadanía? ¿Cómo convencer a la gente de que un futuro mejor era posible luego de una crisis de dos décadas? El logro de Fajardo y su equipo fue tomarse cada una de estas preguntas en serio y definir e implementar respuestas para cada una de ellas. Así, en cuatro años fueron capaces de poner fin a un círculo vicioso producto de la violencia y la falta de acción estatal, e iniciar un círculo virtuoso de una política audaz e innovadora que inspiraba confianza y abría el gobierno municipal a procesos cívicos y académicos iniciados en la crisis. Las tasas de criminalidad empezaron a bajar, no sin contratiempos. Y mejoró la calidad de vida, también el acceso a salud, educación, justicia y transporte público. La confianza y el orgullo ciudadano en la institucionalidad regresaron, y Medellín se transformó en un laboratorio urbano de innovación social y políticas equitativas e inclusivas.

La transformación fue tan inspiradora y rompió tan radicalmente con la imagen violenta que se tenía de la ciudad, que analistas internacionales hablaron de la metodología, del modelo y hasta de «el milagro» de Medellín. En realidad, como aclaran los protagonistas mismos en este libro, no hubo ningún milagro, sino una sofisticada combinación de liderazgo político carismático, firmes compromisos éticos, gran calidad de equipos técnicos, profundo respecto por la ciudad, cero corrupción, una gerencia altamente rigurosa y eficiente, y dosis enormes de creatividad, entusiasmo y ambición.

Para entender cómo se llevó todo esto a cabo, más allá de volver a las obras y proyectos que aún permanecen y el impacto social positivo que todavía producen, proponemos darle una mirada a los procesos que gestaron la transformación, y hacerlo de la mano de quienes idearon, lideraron o participaron en ellos. Son los protagonistas quienes explican los orígenes políticos, sociales e intelectuales de la política de urbanismo social, los procesos de liderazgo y gerencia estratégica, las prácticas de la simultaneidad de diseño e implementación, la combinación de escalas, la obsesión por la calidad y la estética en cada obra, y en especial cómo lograron todo esto en barrios todavía llenos de miedo, muros y fronteras.

La idea para este libro nació a inicios de 2020, cuando Sergio Fajardo le expresó a Alejandro Echeverri que era inaceptable encontrar en las librerías de Medellín pilas de libros sobre Escobar, pero ninguno sobre la transformación positiva de la ciudad iniciada por ellos. Existían investigaciones académicas, o textos técnicos o teóricos al respecto, pero ninguno mencionaba que sin un liderazgo político y gerencial transparente y riguroso, no hubiera sido posible tal transformación. Entonces, como el hombre pragmático que es, Sergio le sugirió a Alejandro que liderara la escritura de ese libro que faltaba.

Sucede que Alejandro ya le daba vueltas a la idea de un trabajo algo similar, con ocasión de los diez años de existencia del Centro de Estudios Urbanos y Ambientales (URBAM), fundado por él en 2010, en alianza con la Universidad EAFIT, después de haber sido el arquitecto y urbanista en jefe del alcalde Fajardo. El libro que Alejandro planeaba debía resumir las lecciones aprendidas, no tanto de todo lo que se hizo durante la administración Fajardo, sino más específicamente de los proyectos urbanos integrales y demás iniciativas estratégicas orientadas a tejer nuevamente los barrios de origen informal y, con ello, la ciudad. No sería un libro sobre todas las obras de la alcaldía de Sergio, que habían sido muchas, sino sobre el enfoque y los proyectos de urbanismo social, término que, progresivamente, se impuso para nombrar el trabajo hecho. Trataría, pues, de los principios que inspiraron la estrategia de urbanismo social, sus logros y, sobre todo, los aprendizajes que pueden ser las claves para entender y replicar estrategias en otras ciudades y contextos.

Por eso, este libro también encontró un segundo hogar en el Tecnológico de Monterrey, de México, que desde hace años se ha vinculado con Medellín en un modelo exitoso de gestión pública y urbana. La Escuela de Arte, Arquitectura y Diseño, de la mano de Alfredo Hidalgo; y la Escuela de Gobierno y Transformación Pública, de la mano de Carlos Lugo, han asesorado y acompañado el desarrollo de este proyecto editorial. Ambos consideran que puede servir como inspiración e insumo de reflexión para la comunidad académica y para otras personas y entidades en México.

Todos ellos me invitaron a acompañar la confección de este libro, y así nos pusimos a trabajar apoyados por Mariana Fajardo y Juliana Gómez, ambas de urbam. Juntos decidimos que reflexionar y escribir acerca de los procesos de urbanismo social a quince años de su realización nos permitiría tomar distancia de la simple descripción y enumeración de obras y proyectos, y analizar lo intentado y realizado a la luz de sus impactos y sostenibilidad en el tiempo. Tomar distancia permitiría también incluir apreciaciones sobre proyectos y experiencias similares en otras ciudades inspiradas en Medellín para, desde un ángulo comparativo, entender mejor los factores que hacen viables los proyectos de urbanismo social y, al revés, aquellos que les tienden obstáculos o los imposibilitan.

Otro tramo debería dar expresión al enfoque integral tan propio de los proyectos de urbanismo social. Tener como narradores principales a Sergio y a Alejandro, el primero al tenor político y gerencial del alcalde, y el segundo como la voz técnica de urbanista y arquitecto, ayudaría mucho. Sergio siempre ha explicado que sin una política limpia y ética, y sin una gerencia transparente y profesional, nada hubiera sido posible. Alejandro insiste que es en los barrios y con la gente como se garantiza la integralidad de los proyectos, al combinar escalas, temporalidades y entidades con metodologías y herramientas propias del urbanismo social de Medellín. Ellos figuran en este libro como voces, aunque no coincidan en todo. Pero precisamente por esto nos permiten entender que la alineación constructiva y respetuosa entre la política y la técnica fue otro aspecto fundamental del éxito.

El argumento político del libro se desenvuelve alrededor de los últimos dos alcaldes de Medellín y su política urbana. Mientras hubo continuidad con el alcalde Alonso Salazar (2008-2011), y en menor grado con Aníbal Gaviria (2012-2015), el alcalde Federico Gutiérrez (2015-2019) optó por una gestión centrada en la seguridad y abandonó proyectos urbanos integrales. Y Daniel Quintero (2020-2023) —el peor alcalde de las tres últimas décadas, según la ciudadanía—, ha desmontado las alianzas público privadas garantes de sostenibilidad.

En las conversaciones de este libro se reflexiona también sobre los desafíos actuales, las maneras de garantizar mayor continuidad y sostenibilidad, y lo que podría ser un urbanismo social 2.0 para Medellín. Se trata del regreso a un urbanismo no solo para la gente, sino donde vive la gente, y, en especial, la más necesitada.

Esperamos que este libro sea de interés para quienes no conocen a Medellín de cerca, pero se interesan por sus aprendizajes. Hemos optado por no incluir muchas referencias locales, pero de manera inevitable intervienen particularidades muy colombianas y hasta medellinenses. Las reflexiones comparativas y los ensayos incluidos de varios invitados extranjeros ayudan a entenderlas.

Un amigo me preguntó si en Colombia requerimos un libro sobre cada alcalde. No, no lo necesitamos: solo es preciso investigar y analizar las políticas, los proyectos y las prácticas por una u otra razón excepcionales, para aprender de ellas. Además, este no es un libro sobre el alcalde Fajardo, sino un conjunto de reflexiones sobre el urbanismo social como dimensión central en la política de ciudad liderada por él, y sobre cómo las ideas se hicieron realidad en el día a día de la gestión.

En cuanto a la metodología utilizada, seré breve. Cada capítulo es la versión varias veces editada de unas grabaciones con más o menos dos horas de conversación durante plena pandemia, siempre los viernes por las tardes. Esas conversaciones son el principal insumo expositivo. En vez de estructurar los contenidos como una secuencia de obras y proyectos, hemos organizado las secciones alrededor de lo que hoy consideramos como los principios centrales del urbanismo social. Optamos por no incluir datos técnicos más allá de los estrictamente necesarios, por considerar que son fácilmente consultables en otras fuentes, por ejemplo, las publicaciones de urbam. Como ayuda al lector, al final incluimos breves precisiones sobre algunas personas e instituciones colombianas mencionadas.

Medellín ha cambiado su curso. Es cierto que las últimas administraciones (2016-2024) abandonaron el urbanismo social, pero como bien lo observa Sarah Marniesse en su contribución a este libro, Medellín es otra hoy, y ante todo le apuesta a la vida. La narrativa del urbanismo social, por no pensar en grandes esquemas sino en proyectos urbanos integrales, es por definición una postura optimista, convencida de que es posible construir una mejor ciudad, no obstante sus enormes desafíos. Cada comunidad necesita sus mitos e ilusiones y, en especial, requiere saber aterrizarlos y ponerlos en marcha. La ambición y el entusiasmo orientados hacia una Medellín funcional y amable se oye en la voz de cada persona que aquí habla.

Gerard Martin

El territorio

1 Panorámica de Medellín desde la Zona Nororiental, 2023. Fuente: Archivo fotográfico urbam EAFIT (2023)

Capítulo 1

Lo primordial: la política

Conversan Sergio Fajardo y Alejandro Echeverri

SERGIO

Empecemos esta conversación con una afirmación contundente: “Gústenos o no, los políticos toman las decisiones más importantes de la sociedad”. Por esa razón, el liderazgo político honesto, transparente, es fundamental para construir una ciudad y una sociedad más incluyentes y justas.

A finales de los noventa, Medellín cumplía dos décadas sumida en una crisis profunda, relacionada con el narcotráfico y el terror. Por otro lado, en Bogotá, Antanas Mockus lideró un movimiento cívico que se convirtió en un referente político y en inspiración para nosotros. Mockus marcó una gran ruptura en la manera de gobernar y mostró que se podía hacer política transparente, honesta y con principios.

Hasta entonces, varias personas que sentíamos malestar con la situación social y política del país escribíamos artículos de opinión, planteábamos alternativas en contraposición con lo que se estaba haciendo y votábamos en cada elección, pero de ahí no pasábamos. Fueron muchos años los que estuvimos indignados con la estructura tradicional, pero nuestras propuestas y nuestros llamados para cambiar el rumbo de Medellín influyeron muy poco en las políticas públicas urbanas. Entonces llegamos a una reflexión básica, pero profunda: los políticos toman las decisiones más importantes de una sociedad, gústenos o no. Teníamos la alternativa de pasar el resto de nuestros días quejándonos o podíamos tomar la decisión de participar activamente en política e impulsar el cambio que queríamos.

De manera que, a finales de 1999, decidimos competir en las elecciones de octubre del 2000 para la Alcaldía de Medellín, y en enero arrancamos con la campaña. Reunimos un grupo de personas de diferentes sectores: el académico, el cultural, algunas personas del mundo empresarial y, especialmente, de las organizaciones sociales. Tomamos, de manera conjunta, la decisión de participar, y nos atrevimos a crear un movimiento cívico, alternativo, independiente, por fuera de la estructura política tradicional, para encarar así la contienda electoral. Era un paso extraordinario para la mayoría de nosotros, pues no se trataba solamente de una nueva experiencia, sino de llegar al poder y hacer realidad nuestras propuestas y nuestros sueños para la ciudad. Esa era nuestra convicción.

Por supuesto que ya existían grupos y personas que actuaban por fuera de la política tradicional, pero pensaban que la manera de llegar a gobernar era de abajo hacia arriba, es decir, que lo primero era llegar al Concejo y, después, aspirar a la Alcaldía. Nosotros rompimos con esa idea y, de una vez, presentamos la candidatura para la Alcaldía. Construimos también una lista para el Concejo, pero tener una cabeza del movimiento en competencia por la Alcaldía fue algo importante que nos diferenció de los otros movimientos alternativos.

No llegamos con la imposición de una ideología o de un modelo, sino con la convicción de hacer política en Medellín, para Medellín, con la gente de la ciudad y de acuerdo con las circunstancias territoriales de ese momento. Concentramos la atención y la intención en las condiciones y las necesidades particulares de nuestra comunidad, de su contexto, de sus habitantes. Sabíamos cómo no hacer política, sabíamos que no íbamos a caer en las prácticas clientelistas y corruptas tradicionales, pero había preguntas por resolver sobre cómo organizarnos y cuáles eran los primeros pasos que debíamos dar. Nos preguntamos cómo hacer una política diferente para nuestro contexto específico, que era el de una Medellín azotada por la violencia y en una crisis política profunda.

Fue así como, con los aportes del grupo inicial de aproximadamente cincuenta personas, construimos una respuesta. Reflexionamos, discutimos y después de un proceso exhaustivo establecimos los diez principios básicos de nuestro movimiento, a partir de los cuales comenzamos el camino hacia la Alcaldía. Una persona muy importante en esa etapa fue Álvaro González, quien estuvo desde el inicio y hoy continúa defendiendo los principios fundamentales de nuestro Compromiso Ciudadano. Las personas que perseveraron y me acompañaron fueron quienes construyeron las fundaciones del proyecto; fueron (y siguen siendo) la expresión de la política que impulsamos desde el principio.

Uno de los diez puntos determinaba que la vida es el valor máximo y que no hay ninguna idea ni ningún propósito que ameriten el uso de la violencia para materializarlos; esto era algo que tenía especial importancia en el contexto de Medellín. Otro de los principios declaraba que nosotros no estábamos en contra de personas o partidos en particular, sino que discutíamos las ideas y las propuestas para plantear soluciones. Una vez formulados estos principios nos preguntamos cuáles eran los problemas prioritarios a resolver e identificamos tres centrales: las desigualdades sociales profundas, la violencia y la cultura de la ilegalidad y la corrupción. Conformamos equipos de trabajo alrededor de cada uno y avanzamos en la construcción de soluciones, siempre conforme a los diez principios. De manera que no arrancamos, como suele suceder, con una posición ideológica que incluyera las respuestas a todos los problemas, sino con unos principios, unas prioridades y unas soluciones elegidos colectivamente a partir de nuestra forma de entender a Medellín.

2 Sergio Fajardo en su campaña a la alcaldía de Medellín, 2003. Fuente: Archivo personal Sergio Fajardo

Consideramos, además, que la manera como nos encontraríamos con la ciudadanía durante la campaña electoral debía ser coherente con nuestros principios políticos y nuestro modo de intervenir en la comunidad. ¿Y cómo nos encontramos con la ciudadanía? ¡Caminando! Con las organizaciones y los líderes que vivían y trabajaban en los territorios con mayor deuda social, decidimos que el método para encontrarnos sería el contacto directo, producto del esfuerzo físico de caminar por todos los rincones de Medellín. Hoy muchos lo hacen, pero en ese momento era algo inconcebible, más aún por la inseguridad preponderante de ese momento. Salimos a entregar el primer volante con nuestros diez principios y a conversar con la gente. En esas caminatas nos tomábamos todo el tiempo necesario para escuchar y conversar.

El escritor y periodista Alonso Salazar, de quien me había hecho amigo unos años antes y a quien había dedicado una columna, cuando todavía no nos conocíamos, para apoyar su candidatura al Concejo en 1997, nos presentó a muchas personas y organizaciones de los barrios populares. Yo no había ido nunca a muchos de esos lugares, cargados de historias y posibilidades, y llenos de sobrevivientes de masacres y otras formas de violencia.

Entrábamos en ese contacto personal con la gente y, al mismo tiempo, escribíamos las propuestas con nuestros diferentes grupos de trabajo. Era una combinación potentísima: lo que estábamos construyendo con expertos tenía una expresión física y de vivencia personal en el territorio. Nos pusimos la ciudad en la piel, los recorridos nos permitieron descubrir los olores, los sonidos, el sabor de cada esquina de Medellín; sentir el territorio es fundamental para entender los problemas y las posibilidades. Fueron recorridos muy especiales, ya que eran los mismos miembros de la comunidad quienes nos acompañaban y nos enseñaban sobre su entorno.

También nos inventamos otra forma de aproximación: nos parábamos en un semáforo para extender una pancarta que hacía alusión a nuestro movimiento y a mi candidatura, y con la pancarta extendida entregábamos volantes cuando el semáforo se ponía en rojo, mirando a cada persona a los ojos. Siempre decía lo mismo: “Esta es nuestra propuesta. Mírala, y si te gusta, ¡apóyanos!”.

Lo más difícil fue arrancar, construir nuestro movimiento y mantenernos unidos. Nuestro primer espacio fue la oficina de mi papá, y después tuvimos otro en el Centro de Medellín, con una mesa y un computador. Nuestros voluntarios trabajaban gratis, con una dedicación ejemplar. Creo que fue importante mi manera de dar ejemplo para que nos mantuviéramos unidos; todos sabían que yo tenía una licencia no remunerada de la universidad y me encontraban siempre trabajando en la oficina, caminando o repartiendo volantes.

Arrancar requiere perseverancia. Un día estábamos reunidos en la sede, cuando Noticias Caracol emitió los resultados de la primera encuesta de intención de voto para las elecciones a las alcaldías de las grandes ciudades del país: “Para Medellín, tal candidato obtuvo tal porcentaje, tal candidato tal, el otro obtuvo tanto, y Fajardo… ¡cero por ciento!”. ¡Recuerdo cómo nos miramos! Lo más fácil habría sido decir: “Nos retiramos, aquí no hay nada que hacer”. Sin embargo, nuestra decisión fue clara: salir desde más temprano a repartir más volantes; y así lo hicimos, con más energía y redoblando los esfuerzos.

Escogimos el nombre de nuestro movimiento por votación en abril del 2000. Entre varias opciones, ganó Compromiso Ciudadano, que expresa muy bien la idea de que, ante todo, nos identificamos con la ciudadanía y sus derechos. Por la misma época escribimos nuestro primer texto programático, titulado Propuesta cívica para Medellín, que presentamos en el icónico Hotel Nutibara, en el centro histórico de la ciudad. Era la primera vez que reuníamos una gran cantidad gente. ¡Fue muy emocionante!

Hicimos todo esto en medio de una cultura política clientelista, de contrincantes con mucho dinero y de maquinarias electorales tradicionales. Llegaban con escoltas, policías y carros blindados. Eso no nos desconcentró: nunca miramos al costado y construimos lo nuestro a nuestra manera, con nuestros principios. Al comienzo los otros candidatos nos despreciaban y decían: “Estos ingenuos creen que repartiendo volantes por las calles van a poder derrotarnos”. A mí particularmente me preguntaron qué necesidad tenía, con un doctorado en matemáticas y una posición de profesor titular en la universidad, de caminar por sitios tan peligrosos y de distribuir volantes en semáforos. Después, cuando ya no nos podían ignorar, porque veían la potencia que estábamos tomando, decían que éramos “refrescantes para la democracia”. Nunca nos asustaron y siempre seguimos con entusiasmo. Nos concentramos en nuestra capacidad para avanzar y siempre insistíamos: “No miremos a los costados, mantengámonos enfocados en nuestro camino”.

3 Esquema conceptual de Sergio Fajardo, usado frecuentemente para explicar su visión sobre la política y sobre llegar al poder. Fuente: Archivo personal Sergio Fajardo

Para los eventos de cierre de campaña, otros candidatos traían orquestas, ponían una tarima, ofrecían licor y, en medio de la fiesta, un cantante presentaba al candidato para que hablara ante todos los asistentes. ¿Y cuál fue nuestro cierre de campaña? Hasta el último día caminamos diez horas diarias, incluso por lugares por los que ya habíamos pasado. Después de esa primera campaña ganó Luis Pérez y nosotros terminamos de terceros, pero obtuvimos sesenta mil votos, una cifra histórica para un movimiento alternativo, que retrataba la ruptura política que representábamos.

En la segunda campaña, para las elecciones de octubre del 2003, entre las opciones estaba el candidato de un gran cacique político antioqueño. A mi papá unos amigos le pidieron que me propusiera reunirme con él, aunque no teníamos nada en común. ¿Para qué?, me preguntaba yo, pero mi papá insistió. Decía que le daba vergüenza que me resistiera a oírlos. Acepté y el candidato y su equipo me plantearon: “Nosotros nos retiramos y lo apoyamos a usted”. En otras palabras, ellos veían que nosotros íbamos muy bien. Yo contesté: “Muchas gracias, pero nosotros no queremos que nos apoyen. Ustedes son la antítesis de lo que representamos como proyecto político”. Al día siguiente, en una rueda de prensa, manifesté que sin alianzas derrotaríamos el clientelismo y la corrupción en Medellín.

Para esta segunda campaña reunimos de nuevo a personas con presencia e historia relevantes en los sectores populares de Medellín. Por ejemplo, Rubén Fernández, que al igual que Alonso Salazar venía de la Corporación Región, una ong importante de la ciudad. Como organización, Región no hizo parte de nuestro proyecto político, pero sí algunos de sus miembros, como ocurrió también con personas de otras agremiaciones locales, con prioridades políticas afines a las nuestras, que aportaban experiencias de muchos procesos anteriores. Además, aquellas organizaciones y personas habían logrado sobrevivir a la violencia cruel de los ochenta y los noventa, por lo que alimentaron la propuesta con un espíritu de resiliencia y con un conocimiento territorial fundamental.

De esta manera, también reunimos sectores y organizaciones que pocas veces o nunca habían conversado entre ellos, ni con las comunidades. A mediados de los noventa, como profesor de la Universidad de los Andes, yo había colaborado con Proantioquia, una organización empresarial preocupada por el desarrollo de la sociedad antioqueña, en la construcción del Centro de Ciencia y Tecnología de Antioquia, y también en la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia, cuando Álvaro Uribe era gobernador. Estos y otros contactos míos en diferentes núcleos de la sociedad eran, sin duda, un apoyo importante. Además, mi padre fue uno de los arquitectos más reconocidos y activos de su generación en Medellín. Por esa trayectoria familiar era fácil el contacto con los empresarios y con personas de otros ámbitos. Podía hablar con los directivos de Proantioquia y también construir con Juan de Dios Graciano, un reconocido líder del barrio Doce de Octubre, un sector popular de la ciudad.

Al mismo tiempo, yo no pertenecía ni era identificado con ningún grupo o partido político. Venía de afuera y podía establecer una relación limpia y transparente entre personas y organizaciones. Mi contribución fue tender puentes, conectar, inspirar credibilidad, liderar con el ejemplo y estar al frente. Éramos un movimiento ciudadano integrado por personas provenientes de diversos sectores, que no representaba ninguna estructura política tradicional y que, por tanto, estaba construyendo su propia agenda para la transformación de la ciudad.

Durante la campaña del 2000, la escritora Laura Restrepo, amiga de Alonso Salazar, vino a Medellín. Hablamos de las desigualdades, las distancias, la brutal segregación socioespacial, y ella propuso: “¿Por qué no hacen un cordón o un hilo que vaya desde El Poblado, el barrio más rico, hasta Moravia, uno de los más pobres, para mostrar que ustedes quieren conectar esos sectores de Medellín?”. Al final de su estancia en la ciudad me escribió una carta, con una letra lindísima, que decía: “Sergio, la cinta eres tú”. Esa imagen de la cinta y el papel de liderazgo que ella consideraba que me correspondía para unir sectores tan disímiles me sacudieron. Entonces descubrí que el carisma y la capacidad de conectar y emocionar a las personas son parte integral de la acción política. Como miembro de la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia, en 1995, tuve la oportunidad de compartir con el profesor Roger Fischer, gran experto en resolución de conflictos de la Universidad de Harvard. Nos enseñó la importancia de integrar y reconocer los aportes de todos los que participan en un proyecto, en una negociación o en una construcción. Heredé de él una cualidad profunda y útil que suele ser escasa en el mundo intelectual: el arte de escuchar. Pasar del mundo de las matemáticas y la abstracción al contacto permanente con mucha gente y en las calles fue un salto descomunal. Aprendí mucho en este nuevo oficio.

Aunque nuestra segunda campaña para las elecciones de alcalde de octubre del 2003 tenía las mismas bases políticas y conceptuales que la primera, y el mismo rigor, mi formación política y mi experiencia territorial estaban más consolidadas. Mejoramos en la incorporación de conceptos técnicos en nuestro proyecto político. La propuesta del 2003 incluía una visión urbana integral y actualizada de los problemas y las soluciones, y presentamos con más precisión las intervenciones específicas necesarias para la transformación que soñábamos.

Estoy convencido de que parte de las intervenciones realizadas durante nuestra alcaldía no habría sido posible si no hubiera sido hijo de un arquitecto. Mi papá fue director de la Oficina de Planeación de la ciudad, colaboró en la década de los cincuenta con los urbanistas Wiener y Sert en el Gran Plan para Medellín, y siempre se mantuvo preocupado por la planeación y el desarrollo de la ciudad. Uno de sus grandes orgullos fue haber participado en la construcción de la Universidad de Antioquia. Crecí con un arquitecto al lado. Lo veía dibujar y, cuando salíamos, veía el mundo a través de un arquitecto. De ahí mi sensibilidad y mi gusto por la belleza arquitectónica. Mi papá adoraba su profesión y siempre estuvo muy orgulloso de lo que hicimos en Medellín.

4 Sergio Fajardo y su padre, el arquitecto Raul Fajardo (1929-2012). Fuente: Archivo personal Sergio Fajardo

ALEJANDRO

Coincido en que la historia del urbanismo social en Medellín no sería contada de la misma manera si Sergio no hubiera recibido su formación junto a la mesa de dibujo de su padre, arquitecto. El valor que Sergio atribuye al diseño, al espacio público, a las transformaciones urbanas y sus conexiones con los procesos culturales y sociales abrió extraordinariamente el camino y nos impulsó a quienes tuvimos la responsabilidad de liderar estos procesos. Logramos superar la brecha tradicional entre la técnica y la política, especialmente cuando los políticos intervienen en la planificación de la ciudad, que los urbanistas consideran suya. En mi caso, la desconfianza hacia la gestión pública nunca existió, pero mi encuentro con Sergio y su proyecto político para Medellín marcó el camino. Para mí y para muchas otras personas del ámbito técnico que formamos parte de su gobierno, el trabajo se convirtió en un proyecto de vida.

Comencé a estudiar y trabajar en los problemas urbanos y de los barrios populares de Medellín como profesor de arquitectura en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) a mediados de los años noventa. Lideramos, junto con otros jóvenes profesores, el taller de proyectos “La Otra Ciudad”, movilizando a los estudiantes para que dibujaran y construyeran una nueva cartografía urbana y social de esa otra Medellín. El retrato de la ciudad dividida de ese momento era dramático, revelando la ciudad del norte a través de historias de violencia, en fricción con la ciudad privilegiada y ausente del sur, donde vivíamos nosotros y la mayoría de nuestros estudiantes. Traducir la realidad completa de la ciudad era muy difícil en esos años trágicos.

5 Alejandro Echeverri en el LUB, Laboratorio de Urbanismo de Barcelona con, entre otros, Manuel de Solá-Morales, Josep Parcerisa, Jordi Sarda, María Rubert año 1999. Fuente: Archivo personal Alejandro Echeverri

“Los años difíciles” como titula su libro el historiador medellinense Jorge Orlando Melo, cambiaron el rumbo a muchos de nuestra generación: queríamos entender dónde estábamos y tener claridad para saber qué hacer. Para comprender esa otra Medellín, fueron fundamentales los testimonios poéticos del momento, como las películas de Víctor Gaviria y el libro “No nacimos pa semilla” del periodista Alonso Salazar, a quien Sergio ya hizo referencia y quien fue alcalde después de él. Estos testimonios y retratos nos hicieron girar la mirada hacia otras problemáticas y se convirtieron en el tema central de mi reflexión profesional. En general, esas películas, libros y cartografías sobre la crisis de Medellín y su espacio urbano influyeron en muchos de los arquitectos y urbanistas de mi generación, revelándonos realidades ocultas y descubriendo nuevos territorios con una sensibilidad distinta, planteándonos así nuevas preguntas.

Entre 1997 y 2001, decidimos, mi esposa Paula y yo, hacer una pausa e irnos a estudiar a Barcelona. En mi caso, buscaba nuevas herramientas y respuestas para estar cerca de urbanistas, arquitectos y planificadores que habían liderado la transformación de esa ciudad. Mi objetivo era aprender de Barcelona para comprender mejor a Medellín. No me interesaba el proyecto olímpico de transformación barcelonés, sino entender cómo el Laboratorio de Urbanismo de Barcelona (LUB) y las políticas del Ayuntamiento habían logrado cambiar la historia de los barrios populares y la periferia de origen informal. En otras palabras, cómo el proyecto urbano podría desarrollarse teniendo en cuenta la historia de toda la comunidad. A mi regreso a Medellín en 2001, creamos en la UPB la iniciativa del Taller de Proyectos del Norte, investigando sobre los barrios populares de las laderas del norte, en su gran mayoría de origen informal, con el propósito de poner su transformación en la agenda de la universidad. En este taller, convocamos a arquitectos como Carlos Montoya, quien fue parte del Programa de Mejoramiento de Barrios (Primed), precursor y guía de nuestro urbanismo social.

6 Barrios, muchos de origen informal, de la zona Nororiental. A la izquierda el metro cable y la biblioteca España. Alrededor de 2012. Fuente: Archivo fotográfico urbam EAFIT (2012)

En el Taller del Norte nos enfocamos en encontrar procesos, respuestas, conocimiento y acciones para los barrios populares y, sobre todo, para algunas de las zonas más violentas. En los años sesenta, setenta y ochenta, muchos de los barrios del norte ni siquiera aparecían dibujados en la cartografía oficial de la ciudad. Eran invisibles para mucha gente. ¿cómo iba a ser posible implementar políticas públicas en esa zona? La realidad de la ciudad estaba incompleta. Yo mismo, como estudiante, nunca desarrollé un proyecto académico en esos barrios. Su invisibilidad en los mapas era consecuente con su ausencia en los temas prioritarios de desarrollo e inversión. Esta tragedia de invisibilidad también ocurría en otras ciudades de Colombia, de Latinoamérica y de buena parte del sur global. Varios de los que participaron en el equipo de Taller del Norte de la UPB llegaron a la EDU en la alcaldía. Carlos Montoya, Francesco Orsini, Juliana Portillo y Carlos Mario Rodríguez, entre otros.

Desde este espacio académico creamos una serie de procesos pedagógicos para funcionarios, en especial del Departamento de Planeación y de la Secretaría de Infraestructura de Medellín. Gracias a este espacio de intercambio con los equipos del municipio concluimos, antes de llegar al gobierno, que para lograr pasar de la planeación a la acción era necesario conformar un equipo de proyectos urbanos orientados hacia la acción y una coordinación con presencia en los territorios.

Esto explica, la decisión que tomamos con el equipo del nuevo gobierno de liderar los procesos urbanos estratégicos, no desde las secretarías de planeación o infraestructura, sino desde la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU), un instituto descentralizado del cual asumí la gerencia en el 2004, por una decisión acordada con Sergio. Lo fortalecimos con el propósito de liderar algunos de los procesos urbanos de transformación que hoy son emblemáticos del urbanismo social. El encuentro con el gobierno de Sergio fue un viaje vital. No llegué a cualquier cargo público, sino a trabajar en lo que ya era mi pasión y proyecto de vida. No tenía que sacrificar mi visión técnica para complacer una visión política, pues en nuestro gobierno la técnica y la política eran complementarias. En la Alcaldía se traducían mis sueños y encontraba herramientas y enfoques de transformación liderados por un equipo altamente calificado y diverso.

En Barcelona me impactó que las problemáticas sociales y urbanas se presentaban con la mayor altura y el rigor técnico en los medios de comunicación y en los debates públicos cotidianos. Sus Gobiernos lideraron la transformación con un gran giro pedagógico. La ciudad real de Barcelona se convirtió en un instrumento de cambio de prioridades para mucha gente, contrario a lo que ocurría en la Medellín de la época. Me preguntaba cuándo en Medellín llegarían nuestros problemas urbanos y sociales reales a los debates públicos y a los medios de comunicación. Durante nuestro gobierno la ciudad se convirtió en un espacio vital en transformación. Los barrios del norte se hicieron visibles, los retos de inclusión, sociales, ambientales y urbanos se convirtieron en prioridad para la agenda pública y en temas de conversación cotidiana. El proyecto de mejoramiento de la ciudad a través de la estrategia de urbanismo social se convirtió en una herramienta pedagógica viva, de la mano de jóvenes arquitectos, ingenieros, sociales, comunicadores, entre muchas otras profesiones.

7 Evolución y crecimiento poblacional de los asentamientos informales en Medellín, 1948-2016. Fuente: Elaboración propia

Capítulo 2

Las violencias

Conversan Sergio Fajardo, Alejandro Echeverri y Alonso Salazar Jaramillo

Comunicador, periodista y autor. En el 2001 ayudó a formar el proyecto político independiente Compromiso Ciudadano. Fue secretario de Gobierno durante la alcaldía de Sergio Fajardo (2004-2007) y alcalde de Medellín (2008-2011). Es autor de los libros No nacimos pa semilla (1990), La parábola de Pablo (2001) –el libro que inspiró la serie Narcos de Netflix–, Profeta en el desierto: vida y muerte de Luis Carlos Galán (2003), y No hubo fiesta (2013), entre otros.

ALONSO

Uno de los grandes aciertos de Sergio cuando tanteó el terreno político local fue tomar como referencia a una buena parte de la generación que participó en la Consejería Presidencial para Medellín (1990-1994). En su momento, la Consejería hizo un diagnóstico muy profundo de nuestra realidad y formuló iniciativas innovadoras y de gran impacto. Yo considero que a través de la Consejería se estrenó la sociedad civil aquí, de tal manera que, a inicios de los noventa, se catalizó un florecimiento de una nueva generación de organizaciones sociales que, con muchas preguntas sobre cómo intervenir la ciudad en crisis, planteaba un pensamiento plural y más pragmático.

Lo más apremiante en aquel momento era el narcotráfico. En Medellín tenía una expresión peculiar debido a la hegemonía de bandas organizadas que impusieron sus órdenes en los barrios. La crisis profundizó las diferencias sociales y fracasó la institucionalidad, no desde la parte administrativa y de servicios públicos, sino desde el Estado como regulador de la vida ciudadana y como garante de los derechos de los habitantes. La manifestación más aguda de la crisis se daba entre los jóvenes; para ellos, Medellín era la ciudad del “no futuro”, como lo muestra la película Rodrigo D. No futuro, de Víctor Gaviria. En 1990 fui coorganizador del primer evento sobre ese tema en la Comuna Nororiental, donde reunimos a sacerdotes, funcionarios públicos y ong para abordar de manera conjunta el tema de la violencia entre los jóvenes.

Inicialmente, la Consejería estaba compuesta por María Emma Mejía y tres o cuatro funcionarios más. No tenía recursos y ni la Gobernación ni la Alcaldía le ofrecieron apoyo. Aun así, María Emma logró posicionar la Consejería con su talante. Que una alta funcionaria del Estado se sentara a conversar con la gente de los barrios del norte, algunos de los más violentos de la ciudad, fue algo extraordinario y muy bien recibido. Además, ella generó una gran capacidad de convocatoria, reuniendo a las organizaciones sociales comunitarias y populares, como Barrio Comparsa y Nuestra Gente, y a sacerdotes, líderes culturales y también algunos académicos y empresarios con voluntad de participar en el proceso.

Con esa capacidad de gestión mejoraron los recursos y las condiciones para actuar. La Consejería realizó una serie de intervenciones específicas, como los Núcleos de Vida Ciudadana, en los barrios Villa del Socorro y Castilla, de la zona norte. Eran a pequeña escala, pero con buen fomento. La Consejería también estuvo al inicio del Programa Integral de Mejoramiento de Barrios, cuyas actividades se desarrollaron en algunos barrios de la Comuna 13 y otras de la zona norte. Para comunicar las nuevas miradas, la Consejería lanzó en el canal local de televisión el programa Arriba mi barrio, con el propósito de que la ciudad se viera a sí misma a través de recorridos y conversaciones en lugares invisibilizados durante años. Otra estrategia muy exitosa fue el fomento del diálogo social, con los foros anuales llamados Alternativas de Futuro.

La Consejería también lideró, hacia 1994, un proceso con las milicias populares y otras agrupaciones armadas urbanas cercanas a la guerrilla. Se desmovilizaron setecientos milicianos, pero muchos fueron asesinados, pues no hubo un proyecto acertado de reincorporación para ellos ni para la ciudad. Como telón de fondo, la alcaldía del momento, liderada por Luis Alfredo Ramos, no tenía noción de lo que implica un Estado moderno. Enviaban policías a los barrios sin dimensionar el comportamiento de la fuerza pública allí. En general, nuestra clase política local era premoderna, y predominaba la corrupción, en particular en la justicia y la fuerza pública.

En los noventa, en Medellín, trabajábamos con jóvenes en situación de riesgo, a quienes podían asesinar en cualquier momento y a la vuelta de la esquina. Costaba mantenerlos apegados a una propuesta, como las Casas de la Juventud, que desarrollamos con la Consejería Presidencial. Algunos vieron nuestro trabajo con la Consejería como una traición a la causa, ya que éramos de izquierda y nos atrevíamos a trabajar con el Estado a nivel local y, posteriormente, también a nivel nacional, cuando María Emma fue ministra de Educación e introdujo la Ley Nacional de Juventud (1997). Perdimos el temor y las resistencias a trabajar con el Estado, y comenzamos a aprender cómo aprovechar todas sus ventajas para progresar.

Con la salida de María Emma de la Consejería en 1994, y con el fin del gobierno del presidente Gaviria (1990-1994), Medellín perdió el impulso alrededor de una nueva sociedad civil. Esa generación, con sus nuevos liderazgos y dinámicas, quedó flotando, sin un rumbo muy claro. De todos modos, las nuevas infraestructuras sociales quedaron como una buena herencia y se volvieron a aglutinar alrededor de la formulación del Plan Estratégico para Medellín, durante la alcaldía de Sergio Naranjo (1995- 1997), muy inspirada en los procesos de Barcelona y asesorada por expertos catalanes. El alcalde no estaba muy interesado, pero tampoco obstaculizó el proceso. Llegaron a ser planes muy robustos, con equipos técnicos inmensos y con una gran cantidad de organizaciones involucradas. Sin embargo, no tuvieron mucha repercusión en la política municipal inmediatamente posterior. El alcalde Luis Pérez (2001-2003), ganador de las elecciones en las cuales Fajardo fue candidato por primera vez, desmontó el plan de manera definitiva.

Medellín siempre ha sido un terreno muy árido para la izquierda. En los noventa tuvimos un solo concejal de izquierda, que posteriormente fue asesinado. De todos modos, ya se perfilaba una generación con mayor énfasis en la participación, la cultura y la paz. Yo mismo fui candidato al Concejo a mediados de los noventa, sin éxito, en parte porque no sabíamos hacer política. Todos éramos de tradición abstencionista, hasta la Asamblea Constituyente de 1991, copresidida por la desmovilizada guerrilla M-19, y entonces apenas estábamos aprendiendo a romper ese velo.

Había además una gran crisis dentro de los partidos tradicionales, aunque seguían teniendo influencia en los concejos, las asambleas y el Congreso. Nos faltaba algo que no sabíamos precisar, y fue lo que Sergio y su proyecto político Compromiso Ciudadano vinieron a proveer: la capacidad de hacer política. La propuesta de Sergio, con una metodología y una intencionalidad reales, colectivas y para jugársela a fondo, volvió a seducir a la generación de la Consejería y a comprometerla en ese proyecto de ciudad. Materializó una concepción de la política y retomó una buena parte de los proyectos específicos que se habían iniciado en los años noventa. En general, la política de Compromiso Ciudadano, liderada por Sergio, fue un “sí futuro para Medellín”, y una nueva realidad para los movimientos políticos alternativos. Buena parte de la militancia de Compromiso Ciudadano estaba conformada por personas de organizaciones sociales comunitarias, algunas de tipo popular y otras con más carácter académico o de ong, que trabajaron en la Consejería.

8 Afiche de la película Rodrigo D: No Futuro. 1989, dirigida por Víctor Gaviria. Primera película colombiana escogida para la Selección oficial del Festival Internacional de Cine Cannes de Francia, en 1990. Fuente: Proimágenes (s.f.)

En ese momento, ante la mediocre administración municipal de Luis Pérez, había por primera vez una fuerte reacción empresarial y de algunas de las élites locales, en parte también por la evidente mejora en Bogotá, ciudad liderada por los alcaldes Mockus y Peñalosa. En la campaña del 2000, el exgobernador y dirigente empresarial Nicanor Restrepo todavía no nos apoyó, sino que respaldó a un tercer candidato, pero después entendió lo que Fajardo y Compromiso Ciudadano representaban, y su respaldo fue decisivo para nuestro segundo intento en el 2003.

En aquel momento, y antes de ganar la alcaldía, el papel de Sergio era el del articulador que llegaba de afuera, con la ventaja de que no generaba resistencia en ese mundo alternativo fragmentado, ya que nadie lo identificó con uno u otro sector. Su capacidad de escuchar hizo que la gente empezara a engancharse lentamente con el propósito. Además, Sergio era un outsider, en el sentido de que rompía el dualismo tradicional entre los movimientos populares y las clases media y alta, para generar un movimiento más incluyente. Tenía un propósito más universal y más parecido al de Mockus en Bogotá, mientras nosotros nos habíamos quedado con la perspectiva de movimientos populares que se toman el poder ellos solitos.

Sergio representó una nueva forma de hacer política. Para muchos en los barrios era sorprendente que viniera un candidato a la Alcaldía y se sentara en la acera de la cuadra del barrio o en la cafetería de la esquina, para hablar con cada uno. Era algo que ellos nunca habían visto y una verdadera revolución, sobre todo en esas zonas que se suponían peligrosas. También entraban en juego el carisma y otras cualidades personales de Sergio. Por ejemplo, él supo identificar buenos integrantes para su equipo, quienes por primera vez tenían la oportunidad de hacer política social con perspectivas reales de éxito, lo que a su vez los motivaba para hacer que los planes prosperaran.

No hay que olvidar que aun cuando Pablo Escobar murió en 1993, una década más tarde Medellín todavía era la ciudad más letal del continente, y el miedo es un gran obstáculo para promover convocatorias. No mejoraba la institucionalidad en algunos territorios, donde aún gobernaban bandas, aglutinadas en ese momento alrededor de un capo conocido como Don Berna. Las dificultades con estos grupos se presentaron cuando empezó la alcaldía de Fajardo, y en especial alrededor del proceso de desmovilización de los paramilitares, pues ellos se dieron cuenta de que con nosotros no podían conciliar para mantener las prácticas ilegales. Apoyábamos el proceso de reinserción dentro de las reglas establecidas, pero este mundo criminal empezó a mirar entonces con desdén y sospecha que fuéramos tan estrictos con los parámetros legales.

Antes de la alcaldía de Sergio hubo un quiebre importante en el índice de violencia, con una caída brutal de la tasa de homicidios durante el 2003, incluso mayor que lo que ocurrió tras la muerte de Escobar. Los factores más importantes fueron el cese al fuego negociado en el 2002 por el gobierno Uribe con los paramilitares y la derrota militar de las milicias guerrilleras urbanas, que competían por el control territorial con la delincuencia común y sus decenas de bandas, sobre todo en las comunas centrorientales y nororientales, y en la Comuna 13. Después de varias grandes operaciones de la fuerza pública en el 2002 y el 2003, como las Mariscal 1, 2 y 3, y luego la Operación Orión, las milicias perdieron todo el control territorial y quedó una sola fuerza hegemónica, llamada La Oficina, en cabeza de Don Berna. A esto se sumó una primera desmovilización de los paramilitares en Medellín a finales del 2003, un mes antes de que nosotros asumiéramos la administración municipal, y todo esto en conjunto se tradujo en una disminución en la tasa de homicidios.

Para atender toda esta problemática de seguridad, en conversaciones con Sergio, yo elegí el cargo de secretario de Gobierno. Podría haber sido el de Cultura, pero yo acumulaba investigación y práctica en asuntos de seguridad y convivencia, y en ese sentido esperaba aportar. Cuando Don Berna constató que nosotros no transigíamos, empezó a generar estrategias de confrontación y desprestigio, pero no logró obstaculizar nuestro extraordinario trabajo en los territorios donde ellos eran hegemónicos. Llegamos con todo: Secretaría de Gobierno, comisarías, inspectores civiles, nuevas estaciones de policía, adecuación de escuelas abandonadas y, en general, presencia institucional real, con todos los planes y la estrategia de Urbanismo Social. Además, fuimos muy generosos con los recursos para los programas de reinserción, proyectos productivos y atención psicológica a los desmovilizados y sus familias. En ese entonces Sergio y yo discutimos de una manera muy fuerte con Luis Carlos Restrepo, el alto comisionado de paz del presidente Uribe, por el manejo gubernamental de la desmovilización, y por no incluir a la Alcaldía como interlocutora en el proceso. Luego, en el 2008, cuando yo mismo ya era alcalde, la extradición colectiva por parte del gobierno Uribe para Don Berna y otros doce capos del mundo narco y paramilitar revolcó todo el panorama y produjo un repunte de las bandas que nos costó mucho, pues se nos triplicaron los homicidios entre el 2008 y el 2010.

Con nosotros, Medellín pasó de la resistencia contra la violencia del narcotráfico a la construcción propositiva. Pasamos de una postura más reactiva y de resistencia, a una proactiva, siempre enmarcada en