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Clara despierta el día de su cumpleaños 17 y, al verse en el espejo, se da cuenta de que su cuerpo es traslúcido. No puede percibir su olor ni el sabor de sus lágrimas o de su sangre: está desapareciendo, al igual que miles de personas que han sido víctimas de desaparición forzada en su ciudad; al igual que ella, una chica que vio como fue secuestrada una tarde, al salir de la escuela.
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A oscuras no sabía ver la diferencia entre el alma y un fantasma.ANNE MICHAELS
Qué hay más leve que una mariposa. La mariposa, pétalo que vuela.CLARICE LISPECTOR
No es bueno despertar en tu cumpleaños y darte cuenta de que estás desapareciendo.
Así comenzó mi día.
Lo primero que hice fue quedarme en la cama con los ojos cerrados. Quería recordar mi sueño. Apreté los párpados, rebusqué en mi mente modorra y sólo di con el frío de la mañana. Me cobijé más y me esforcé menos. De cualquier modo, estaba segura que había vuelto a soñar con ella.
Últimamente había dormido poco. Más o menos tres o cuatro horas. Tenía unas ojeras enormes con las que asustaba a las chicas bonitas. Parecía mapache adicta al internet. No me importaba. Prefería comerme el día a bostezos en vez de babear la almohada toda la noche. Igual, tarde o temprano, caía rendida. Me iba al sueño como en bicicleta sin frenos y despertaba con los ojos hinchados, el alma greñuda y la mente en otra parte, en un mundo de otra galaxia.
Noté mi gran cambio un minuto después de levantarme. Estiré mi cuerpo hasta escuchar cómo tronaron mis huesitos, fui al baño, me senté en el retrete, imaginé cuántos cumpleaños lamentan las almejas islandesas, enjuagué mis manos y, al mirar hacia el espejo, vi mi reflejo empañado. Quizás el cristal estaba sucio. Lo salpiqué de agua, le pasé la manga de mi sudadera y me restregué los ojos. Ni así se me quitó la cara borrosa, como si fuera el error de un videojuego llevado a la vida real.
¿Y si a partir de ahora tenía que usar anteojos? Me agradó la idea, me vería bien con ellos. El único inconveniente era que nada más me servirían para mirarme, pues todo lo demás lo percibía en alta definición. Ni las toallas, ni los cepillos de dientes, ni siquiera la ropa que traía puesta la notaba distinta. En cambio, al echarme una mirada encima, mis ojos perdían visión. Cada parte de mi piel, afantasmada. Cada cabello, desteñido. Cada lunar, pixelado. Incluso debajo de las uñas tenía algunos borrones. Me percibía mal coloreada, poco visible. A pesar de todo, no me asusté. Creo que ni tuve tiempo.
—¡Clara, apúrale! ¿O quieres que te saquemos con el destapacaños? —gritó Aarón, mi hermano, quien por ser catorce meses más grande que yo, e ir a la universidad, creía tener el derecho al trono.
Me dejé en paz por un momento y salí. Junto a la puerta estaban él, mamá y hasta Meme, nuestro gato gris, que de meme no tenía mucho porque no era nada chistoso. La que faltaba era Luz, mi hermana mayor. Ella vendría en la noche acompañada por su marido, Luis, y Luisito, mi sobrino.
Apenas di tres pasos y bloquearon mi ruta de escape. Mamá se puso en frente con un pastel tamaño pingüino; pero no de los que caminan como si tuvieran las nalgas rozadas, sino de los empalagosos que venden en las tienditas. El pastel miniatura tenía una vela encendida. Era para festejarme. Aarón me dijo “felicidades, ya estás más vieja”, y apuradísimo entró al baño. Mamá empezó a cantar:
—Éstas sooooon las mañaniiiiitas que cantaaaaba...
A una sola voz sonaba demasiado triste. Yo no la acompañaba porque ni modo que me cantara a mí misma, sería como darme un abrazo. Ni siquiera Meme maullaba por comida o por fastidio o por cualquier cosa; perdió el interés por la humanidad y mejor se fue a la cama a soñar que dormía. Y Aarón, bueno, a él de plano no lo queríamos oír porque, cuando se sienta en el retrete, siempre canta pero por donde nadie quiere oírlo, ni mucho menos olerlo. Mejor nos fuimos a la cocina. Ahí estiré mis labios a fuerzas y fingí una sonrisa en lo que mamá terminaba de avergonzarme.
—¡Que le sople! ¡Que le sople! ¡Que le...!
Me dejé llevar. Soplé y soplé y soplé como un huracán o, mejor aún, como un lobo queriendo comer cerditos. Pero antes de apagar la vela, pedí un deseo.
Ese día, en mi extraño invierno número diecisiete, mi mayor deseo fue que a ninguna persona le pasara lo mismo que a ella.
Que ni una más desapareciera.
El mejor momento del día fue durante el desayuno: me celebré con un plato de chilaquiles rojos con mucho queso, un bolillo y mi pastelito. Lo malo fue que apenas si disfruté la comida, pues se me hizo tarde y tuve que correr rumbo a la escuela.
Era lunes, el peor día para cumplir años.
Ni me bañé, no había ningún motivo para hacerlo, que al cabo ya no veía bien lo mugrosa que estaba. Perder mi propia imagen tenía sus ventajas. Quería encontrarle un lado positivo a lo que me ocurría, tomármelo con humor. Por ejemplo, me parecía irónico llamarme Clara y que en mi cumpleaños me hubiera despertado menos clara que antes, que perdiera mi claridad. Me convertí en un mal chiste.
Aunque no todo era risa y diversión a costa de mí, también me sentía preocupada. En mi imaginación existía la posibilidad de que ¡puf! desapareciera por arte de magia y mi ropa quedara en el suelo, incluyendo los calzones. Había un montón de dudas dando vueltas en mi cabeza. Una de ellas era si los demás, al igual que yo, notaban mi apariencia indefinida. Desde antes de irme a clases, traté de averiguarlo. Observé con mucha atención a mamá, a Aarón y a Meme para saber si me miraban de una manera distinta, si acaso eran capaces de distinguirme por completo. Cada que volteaban a verme, les leía el rostro en busca de sorpresa, de inquietud o de algún gesto extraño. Pero no encontraba nada. Ponían las mismas caras de los lunes. Mi segunda opción fue escarbar en los ojos de mamá, preguntarle si me veía algo diferente.
—¡¿Ahora qué locura te hiciste, Clara?! ¿Ya te cortaste más el cabello? ¿Qué te pusiste en la lengua? A ver, enséñame, porque esas moditas de ahora...
Tampoco. La paranoia típica de mamá seguía intacta. Era el pan de cada día. Le dije que me refería a mis ojeras y me regañó por desvelarme, aunque sin ocultar su alivio.
A Aarón de plano ni le pregunté. De haberme visto de otro modo ya se hubiera burlado. Me habría dicho que me estaba yendo a mi planeta, que era un programa mal diseñado —estudiaba informática— o me pellizcaría fuerte para saber si era real.
Y en cuanto a Meme, ni al caso. Era más indiferente que una piedra en un concierto de rock.
En pocas palabras, teníamos otro punto de vista. Me volvía menos visible y nadie, aparte de mí, tenía ojos para notar mi desaparición. Para ellos yo aún era Clara, la misma de siempre. La única diferencia era que ahora tenía diecisiete años y, sin que nadie lo notara, me estaba volviendo loca.
Llegué tarde a la escuela. El profesor Lunares ya había pasado lista. Me dejó entrar, pero sin ponerme asistencia. Ni modo. Le enseñé la lengua, se molestó y me dijo que sería la última en salir al receso. Era la mayor prueba de que aún no había desaparecido.
Tomé asiento en una butaca detrás de Lily y a la izquierda de Sara, mis dos mejores amigas. Se rieron por lo deslenguada que soy y murmuraron las mañanitas. También les enseñé la lengua. Después fingí prestar atención a la clase. Fingía mal porque no podía ni concentrarme. El profesor Lunares hablaba sobre... sobre... la verdad no me acuerdo sobre qué, mientras yo me miraba las manos, los brazos, las partes de piel que no quedaban cubiertas por el uniforme. Sin duda, estaba medio desvanecida, pero no lo suficiente como para atravesarme con la mirada. De hecho, seguía igual que cuando me levanté. No había ningún cambio evidente... aún. Ni para bien, ni para mal.
No sé cómo fue que nos hicimos amigas, si éramos tan distintas. Lily, por ejemplo, amaba practicar deportes y estar a la moda, lo que quiere decir que tenía un cuerpo de envidia, con miles de likes, y sabía bien cómo alimentarlo y vestirlo. Era guapa, no tanto como para volverse una celebridad, pero sí lo justo para hacer que los hombres giraran la cabeza —como la niña de El exorcista— con tal de verla. Bueno, quizás exagero. Lo cierto es que Lily deseaba ser popular y tenía el encanto para serlo, a diferencia de Sara y de mí. Además, era inteligente, pero no lo demostraba porque, según ella, no iba con su estilo.
—Lo mío —nos decía mientras se tomaba selfies guiñando un ojo o parando las nalgas— es no pensar tanto, sólo dejarme llevar.
Y vaya que lo demostraba.
Sara parecía ser su contraste. No era fea o poco atractiva, sólo bastante insegura. Se comía las uñas con un hambre llena de nervios. Aunque supiera muchas cosas, prefería no llamar la atención. Tenía fobias de todo tipo: a los payasos, a las estatuas, a los pollos vivos o rostizados, a los sabores ácidos y hasta a los ventiladores, quién sabe por qué, ni ella conocía los motivos. También era distraída como una flor creciendo en la luna, bastante tímida y la que menos participaba en clases. En ocasiones hacía comentarios raros y de inmediato se disculpaba.
—Una vez me hice un vestido con una cortina y... ay, perdón, hablábamos del trabajo de matemáticas, lo siento —nos decía con la cara roja, mordiéndose los labios para que ya no se le escapara la voz.
Y yo, Clara... ni sé cómo era yo. Mamá seguido me decía que desayunaba payaso, es decir, que desde temprano me hacía la chistosa. También decía que, para mi edad, estaba amargada. Quién la entiende. Aun así puede que tuviera la razón. Me reía de cualquier cosa sin siquiera sonreír. Me gustaba no hacer nada. Estaba chaparra, aunque —como escribió un poeta que una vez vimos en clase— tenía en mí todos los sueños del mundo, lo cual me hacía bostezar. ¿Me consideraba guapa, fea, mediocre? Ni idea. Diría que sana. A veces pensaba que, más que persona, yo era un brócoli: algo pequeño, de apariencia agradable y extraña al mismo tiempo. Saludable, pero con poco sabor. Un vegetal al fin y al cabo.
La clase y la vida siguieron su curso, hasta que una de las dos se terminó; me refiero a la clase, por supuesto. Hubo receso, pero me retuvieron en el aula durante diez de los quince minutos disponibles. El profesor Lunares se quedó conmigo. Era el momento de su sermón. Mencionó mis malos modales y luego, sin venir a cuento, habló de los conflictos que tenía con su madre, de su gastritis nerviosa y del sueldo tan miserable de los profesores. Pensé en darle palmaditas en el hombro, pero me contuve; hubiera sido mucha confianza. Me limité a escuchar, a mover la cabeza de arriba abajo para que viera que lo comprendía. Quedó satisfecho y me devolvió la libertad.
Tenía cinco minutos para buscar a Lily y a Sara y contarles lo que me ocurría. Bueno, en realidad tenía toda la vida por delante, pero sentía la urgencia de desahogarme con ellas, de saber de una vez qué me dirían.
Las encontré en el sitio de siempre: en el jardín, a la sombra del único árbol de la escuela, acostadas bocarriba como cucarachas recién fumigadas. Lily con la vista pegada al celular y Sara por las nubes. Al ver que me acercaba, las dos se levantaron de un brinco y me abrazaron.
—¡Feliz cumpleaños!
—La verdad... ni tan feliz.
Pronto les arruiné la emoción. Sin dar muchos detalles les hablé sobre el sueño que no recordé, mi ida al baño, el vistazo en el espejo y cómo, a partir de entonces, me miraba diferente, como si a cada parte de mí le hubieran pasado un borrador. En cambio, todo lo demás lo distinguía sin ningún problema.
Al terminar mi monólogo hubo un silencio extraño, como cuando acaba una canción muy larga. No tenía nada más que decir. Y ellas, por las caras que pusieron, no sabían ni cómo reaccionar. Los demás alumnos ya volvían a las aulas. Estaba por decir cualquier cosa para romper la tensión y regresar a la clase, pero Lily por fin habló. Me preguntó si era una broma, uno de esos chistes que nadie me entiende. Le respondí que no, que si acaso no veía mis nervios a flor de piel. Y no era la única. Mientras Sara oía nuestra conversación, parecía que se fuera a comer los dedos como si fueran de queso.
—De seguro no es nada. Mira qué cara traes, pareces zombie. Necesitas maquillarte y descansar mejor, es eso —dijo Lily sin dejar de mirarme como si le fuera a morder el cerebro—. Y no le des más vueltas a lo de ella, de qué te sirve, ya pasó una semana...
—Sí, sí, sí —agregó Sara para tranquilizarse a sí misma.
Pensé en discutir, pero quizá Lily estaba en lo cierto, puede que no fuera para tanto. Le dije que tenía razón y, como respuesta, abrió su mochila y me dio un regalo de cumpleaños. Era un pintalabios de marca famosa, color “rojo pasión”. No me gustaba pintarme. Creía que con la cara pintarrajeada ahora sí sería una completa payasa.
—Gracias, el color está bien bonito —le agradecí porque su intención me importaba más que otra cosa.
—Obvio, yo lo escogí.
Después Sara se acercó y también me dio un regalo envuelto en papel celofán. Con tocarlo supe que era un libro y, como soy ñoña, me emocioné. Rompí la envoltura para descubrir, con horror, que sí era un libro, pero de mariposas. Mi única fobia, de la que ella estaba bien enterada.
—¡Es que son tan lindas! —dijo quitada de la pena—. Para que ya no les tengas miedo.
Me dio risa y espanto. Quise mandarlo a volar con las mariposas, lejos de mí, pero no hubiera sido justo. Le di las gracias y, por petición suya, hasta hojeé el libro mientras pensaba en monstruos sangrientos, en posesiones demoniacas y en apariciones del más allá para no asustarme ante esos bichos voladores.
—Pero sonríe, ni parece que sea tu cumpleaños —dijo Lily con la cámara apuntándome como rifle de francotirador.
—Sí estoy sonriendo —le respondí de mala gana.
Y decía la verdad, aunque no lo pareciera. Sólo que ahora mi sonrisa era tan poco visible como yo.
Mi miedo a las mariposas nació cuando tenía nueve años. Lo recuerdo bien. Fue en un viaje que hice con papá hacia ningún lugar en particular. Nada más me dijo “vamos a dar la vuelta, chaparra”, y nos fuimos justo a eso, a dar la vuelta a las afueras de la ciudad, siguiendo un camino con muchas curvas en la carretera, rodeado de cerros y de nubes. Era la primera vez que salíamos solos, sin mamá y sin mis hermanos. Estaba voladísima, y más aún porque me estuvo consintiendo en exceso. Escuchamos rock viejito en el radio de su vocho, comimos chocolate amargo que escondía en la guantera y platicamos sobre cualquier cosa. En realidad, yo era la que platicaba y él abría bien las orejas. Por primera vez me escuchaba. Encendía y apagaba cigarros. Las pocas palabras que decía papá tomaban la forma del humo. Le hablaba de gatos, de caricaturas, de las preocupaciones que escribía en mi diario personal como, no sé, el crecimiento de mis uñas, lo pegajosos que eran mis mocos, las pelusas que guardaba en el ombligo o los problemas de haber nacido zurda. No me callaba y papá hasta me daba más cuerda diciendo: “oh”, “ajá”, “¿y qué más?”
¿Qué más? Pude haber soltado la lengua durante todo el día, toda la vida, pero nos detuvimos en una gasolinera en medio de la nada. El tanque estaba vacío y mi vejiga llena. Fui al baño en lo que papá echaba gasolina. Me sentía bien. Sí, con muchas ganas de hacer pipí, pero en general me sentía bien. Nunca había tenido un domingo así. Mis domingos consistían en tirarme en la sala durante horas, como si yo fuera otro mueble junto a la televisión. Ese día era tan diferente. Me sentía real. Yo, Clara, tenía claro el mundo ante mí.
Entré al baño a oscuras —no había luz ni ventanas—, rocé con mis nalgas la taza del inodoro y me volví una fuente de agua amarilla. Hasta lancé un suspiro de alivio. Luego volví a respirar, lista para más chocolate y un jugo de guayaba. Me acomodé la ropa y, cuando ya estaba por lavarme las manos, sentí algo en la cabeza. No era un pensamiento o, si lo era, tenía la forma de una gran mariposa, de las que llamamos panteoneras. Lo supe al sacudirla con la mano y enfocar bien los ojos que ya se estaban acostumbrando a la oscuridad. Ese movimiento brusco alteró a otras que había en el techo y que hasta entonces percibí. Se desató un huracán de mariposas negras. Corrí hacia la puerta e intenté abrirla, pero estaba trabada. De pronto era como si estuviera en una absurda película de terror y fuera atacada por monstruosos gusanos con alas. Me tapé la cabeza con los brazos y grité pidiendo ayuda. Las sentía en el cabello, en los hombros, en los brazos y hasta revoloteando contra mi cara; estaban en cualquier rincón del aire. Nadie vino. Transcurrió una eternidad en segundos. El tiempo se había congelado y yo también, hasta que finalmente me armé de valor y otra vez intenté abrir la puerta. Ahora sí pude.
Llegué al vocho con la cara bañada en lágrimas. Papá se acercó lleno de preocupación, me preguntó “¿qué tienes?” y agarró una panteonera que traía en la espalda. La vi en su mano, me tapé el rostro y le dije que la matara, que la matara, que la matara, como si fuera una tartamuda asesina.
—Listo. Ya se fue, chaparra, no pasa nada.
