Codíciame - Sara Cate - E-Book

Codíciame E-Book

Sara Cate

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Beschreibung

Él no es rico sin más: es multimillonario. Cuando empecé a trabajar en Juegos Prohibidos, no imaginaba que iba a acabar en una subasta, dispuesta a concederle una cita al mejor postor. Ese club no es mi auténtico ambiente. No soy la clase de mujer que los ricos se llevan a casa; soy más bien una mujer libre, que toca el piano y vive en una caravana. Pero cuando Ronan Kade, el hombre más rico del club, paga más de cien mil dólares por mi tiempo, ¿cómo voy a decirle que no? Es demasiado mayor, demasiado rico, demasiado engreído. Y, ah, sí…, salió con mi madre. Aunque él no lo sabe. No tiene ni idea de quién soy. La cita se convierte en un viaje a París. Y después, en una oferta para vivir con él en su ático. Ronan Kade solo pujó por una cita, pero creo que ha ganado mucho más que eso. ¿Seremos capaces de superar los años que nos separan para encontrar la felicidad? ¿Y será él capaz de perdonarme cuando descubra el secreto que he estado ocultando?

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Seitenzahl: 430

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Título original: Highest Bidder

Primera edición: enero de 2026

Copyright © 2023 by Sara Cate

© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2025

© de esta edición: 2026, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-18-9

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

Índice de contenido

Nota de la autora

Advertencia de contenido

Prólogo

Regla nº 1

Regla nº 2

Regla nº 3

Regla nº 4

Regla nº 5

Regla nº 6

Regla nº 7

Regla nº 8

Regla nº 9

Regla nº 10

Regla nº 11

Regla nº 12

Regla nº 13

Regla nº 14

Regla nº 15

Regla nº 16

Regla nº 17

Regla nº 18

Regla nº 19

Regla nº 20

Regla nº 21

Regla nº 22

Regla nº 23

Regla nº 24

Regla nº 25

Regla nº 26

Regla nº 27

Regla nº 28

Regla nº 29

Regla nº 30

Regla nº 31

Regla nº 32

Regla nº 33

Regla nº 34

Regla nº 35

Regla nº 36

Regla nº 37

Regla nº 38

Regla nº 39

Regla nº 40

Regla nº 41

Regla nº 42

Regla nº 43

Regla nº 44

Regla nº 45

Regla nº 46

Regla nº 47

Agradecimientos

Hitos

Prólogo

Página de título

Página de copyright

Introducción

Aviso

Agradecimientos

Para todas las chicas de papá.

Nota de la autora

Advertencia: contiene spoilers de los cuatro primeros libros de la serie.

¡Bienvenidos de nuevo a Juegos Prohibidos!

Ha pasado algún tiempo desde la última vez que pisamos el club, así que aquí tenéis un breve resumen de lo que ha ocurrido con vuestros fetichistas favoritos.

Codíciame retoma la historia dos años después del comienzo de Compláceme. Charlotte es la señora Grant, y su exnovio, Beau, está en Phoenix, donde regenta su propio club con su nueva madame, Maggie.

Los miembros de nuestra trieja favorita, Drake, Isabel y Hunter, son orgullosos padres de gemelas y están casi listos para intentar tener un tercer hijo.

Garrett y Mia están felizmente casados tras una boda celebrada el otoño pasado en el lago.

Últimamente las cosas han estado tranquilas en el club, lo que ha llevado al miembro más rico a buscarse sus propios problemas…

Advertencia de contenido

Estimado lector:

Como siempre, esta historia tiene algunos temas intensos que me gustaría que tuvieras en cuenta antes de embarcarte en este viaje con los personajes. Se hace mucho hincapié en el dolor, la pérdida de los padres y la pérdida de un hijo. También hay curación, recuperación y recuerdo. Ten por seguro que nunca habría escrito las partes tristes sin las partes felices. El dolor y la alegría coexisten, queridos lectores.

Disfrutad.

Con cariño

Sara

Prólogo

Hace nueve años

Ronan

De: Emerson Grant

Para: Ronan Kade

Asunto: Oportunidad de inversión

Ronan:

Estoy pensando en crear una nueva empresa y me gustaría hablar contigo sobre una oportunidad de inversión. Te daré más información durante nuestra reunión, pero tengo motivos para creer que sería una buena incorporación a tu cartera de acciones, tanto por razones financieras como personales.

Llámame cuando te sea posible.

Espero que te encuentres bien y que pueda tener noticias tuyas pronto, amigo.

Emerson Grant

—Ronan, ¿me estás escuchando?

Levanto la vista de la pantalla del ordenador y veo a Shannon con los ojos llorosos en la puerta, mirándome con la angustia en el rostro. Joder, ni siquiera la he visto entrar. Qué gilipollas soy.

Hace solo unos momentos ha intentado decirme que lo nuestro había terminado y, en lugar de afrontar la verdad, me he escapado a mi oficina. Le he dicho que necesitaba un momento para pensar, pero en lugar de eso me he puesto a revisar mis correos como si algo en mi bandeja de entrada pudiera borrar el daño que va a hacerme perder a otra mujer a la que amo.

Rápidamente, apago el monitor y me levanto de mi asiento.

—Lo siento —respondo atravesando la estancia hasta llegar frente a ella.

—¿Te das cuenta? —murmura, tomándome las manos entre las suyas—. Lo nuestro no va a funcionar. Tú estás obsesionado con tu trabajo y yo estoy obsesionada contigo. Tengo una hija que cuidar, Ronan, y ella merece más mi atención.

—Tráela a Briar Point —respondo con una súplica desesperada—. Déjame cuidar de vosotras dos. Te prometo que trabajaré menos.

Ella cierra los ojos con fuerza y una lágrima se desliza por su hermosa mejilla. Se la seco y la pego a mí, deseando aislarme del mundo y quedarme abrazándola.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que amé tanto a una mujer y me enamoré en tan poco tiempo. Shannon llegó a Briar Point desde Indiana hace seis semanas para cerrar un trato inmobiliario y nos conocimos por casualidad. Su viaje de quince días se triplicó cuando nos enamoramos perdidamente el uno del otro. Pero sabíamos que esta aventura iba a tener que terminar tarde o temprano.

Ni siquiera mi última esposa pudo robarme el corazón como lo ha hecho Shannon. Pero Shannon no es como las otras mujeres con las que he estado: no le importan el dinero ni la seguridad. Lo único que quiere de verdad es estar a mi lado, y lo mejor que puedo darle es una pizca de mi tiempo.

Soy tonto.

—No puedo —susurra contra mi pecho—. Tengo que irme a casa. Ya es bastante malo haber estado fuera todo el verano, y Daisy se merece una vida normal y una madre que la ponga en primer lugar.

—Sabes que eso hace que te quiera más —susurro, levantándole la cara para poder mirarla. Incluso con los ojos azules inyectados en sangre por el llanto y las manchas rosadas en sus pálidas mejillas, sigue siendo impresionante. Lleva el amor escrito en sus rasgos, el amor por mí y el que siente por su hija: es una mujer dividida en dos.

Incapaz de contenerme, la abrazo con fuerza, estrechándola contra mí como si pudiera evitar la verdad: que este torbellino de verano debe llegar a su fin y que, cuando Shannon se vaya para siempre, volveré a estar solo.

La angustia y la desesperación crecen en mi interior y siento la necesidad de arreglarlo. De solucionarlo. De tirar el dinero con la esperanza de que de alguna manera el dolor desaparezca. Me aparto suavemente.

—Déjame darte algo.

Ella niega con la cabeza y cierra los ojos con fuerza.

—No, Ronan. Por favor. No quiero tu dinero.

—No soporto la idea de que quieras o necesites algo, Shannon. Por favor —suplico.

Ella abre los ojos, con las lágrimas aún corriendo por sus mejillas, y esboza una sonrisa triste. Vuelve a tomar mis manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, y las palabras que salen de su boca me dejan sin aliento.

—No, Ronan. Te amo sin condiciones.

Me quedo paralizado, contemplando lo que sé que es el último amor verdadero que sentiré en esta vida. ¿Qué clase de tonto deja escapar algo así? Pero ¿qué puedo ofrecerle a su hija? Sé el peso que tiene ese amor. La voluntad de sacrificar lo que sea necesario por él. Es un amor tan intenso que estarías dispuesto a ahogarte en él. Y, con eso, se me ocurre una idea.

—Entonces, déjame darle algo —digo, desesperado.

—Ronan…

Me dirijo a mi escritorio y cojo mi talonario del cajón superior.

—Por favor, Shannon. Si no lo aceptas por ti, acéptalo por ella. Para que sepa que entiendes que ella es tan importante para mí como tú. Para que nunca le falte nada. Para que sepa que lo vale. Hazlo por tu hija, Shannon. —La miro con expresión suplicante—. Sé cómo es el amor de un padre.

Hay un atisbo de compasión en sus ojos cuando toma el cheque de mis dedos y su mirada se desliza lentamente hacia el número escrito en el papel. Cuando sus ojos se abren de par en par, sé que está a punto de discutir conmigo.

—Es demasiado…

—Mi asesor financiero se pondrá en contacto contigo. Puedes ingresarlo en una cuenta a nombre de tu hija, para que genere intereses. Cuando empiece la universidad, no tendrá que pagar ni un centavo. Podrá estar tranquila y sabrá que han cuidado bien de ella.

Cuando vuelve a levantar la vista hacia mí veo la dulzura de su expresión. Al instante siguiente, vuelve a estar en mis brazos. Inhalo el aroma de su champú y memorizo la forma en que encaja en mis brazos, acurrucada justo debajo de mi barbilla.

Le susurro al oído:

—Para mí no has sido solo una aventura. Lo sabes, ¿verdad?

Cuando asiente, oigo un pequeño sollozo escapar de sus labios. Quiero intentar convencerla otra vez de que se quede. Ojalá tuviera el valor de dejarlo todo por ella. Vender la empresa y mis propiedades y regalar todo mi dinero solo para darles a ella y a su hija la vida normal que se merecen.

Pero tengo demasiado miedo de que mi dolor vuelva a aparecer y lo eche todo a perder. Sin un trabajo en el que sumergirme, ¿qué queda de mí?

Shannon y su hija se merecen algo mejor.

—Déjame llevarte al aeropuerto —murmuro, pero ella niega con la cabeza.

—No. No soporto alargar esto más de lo que ya lo he hecho. Tengo que irme, Ronan.

Cuando se suelta de mis brazos, me siento como si me hubieran dado otra puñalada en el pecho. Otra pérdida. Otra mujer que se me escapa de las manos. Es como vivir ese mismo día trágico una y otra y otra vez.

No puedo ver cómo se marcha, así que me doy la vuelta y miro por la ventana que da a la ciudad, y entonces oigo el sonido de la puerta principal al cerrarse, como el estruendo de un disparo que casi me mata.

Y así, sin más, se ha ido.

Y yo me quedo solo.

El dolor es agudo e implacable, así que, en lugar de permitirme sentirlo, me siento ante mi escritorio y vuelvo a encender el monitor; el correo de Emerson aún aparece abierto en la pantalla.

Sin pensarlo dos veces, hago clic en «Responder».

De: Ronan Kade

Para: Emerson Grant

Asunto: Re: Oportunidad de inversión

Emerson:

Podemos quedar cuando te vaya bien. Estoy muy interesado en conocer tu nueva empresa, y tengo la agenda completamente libre.

Atentamente

Ronan Kade

Regla nº 1

Menos palabras y más acción

Daisy

—La rubia guapa de las pestañas largas —digo; dejo la bandeja con las bebidas en la barra y capto la atención de Geo, que está sirviendo una pinta de cerveza. Entrecierra los ojos mientras observa a la multitud que se agolpa cerca del escenario.

—¿Tú crees? —responde con una sonrisa.

—Sí, lo creo. Lo tengo calado. Nunca puja por las primeras chicas y últimamente le gustan las rubias de más de treinta años —digo con confianza, poniendo unos martinis en mi bandeja.

Él se encoge de hombros y asiente.

—Yo apuesto por la instructora de shibari.

—¿La instructora de shibari? —respondo, asombrada—. Imposible. Es demasiado dominante para él.

—Quizás le apetezca un cambio.

—Geo, ese hombre tiene cincuenta y seis años. Dudo que quiera cambiar nada a estas alturas.

Mientras deja otro martini en mi bandeja, me lanza una mirada de suficiencia.

—Todavía tienes mucho que aprender de este sitio, Daisy.

Llevo tres meses trabajando en Juegos Prohibidos y tengo que admitir que, cuando era pequeña, no veía en mis propósitos de futuro que a los veintiún años iba a ser camarera en un club de sexo. Sucedió sin más, y aunque no lo he explorado mucho, tengo que confesar que este lugar no es lo que esperaba. Es cierto que no he mirado lo que hay detrás de ninguna cortina, pero lo único que me importa es que los propietarios son amables, la dirección es justa y gano lo suficiente para vivir.

No es como un local de striptease de mala muerte o un asqueroso club solo para socios. Nadie intenta tocarme el culo ni me silba cuando paso por delante. Los propietarios hacen un buen trabajo asegurándose de que todo se mantenga dentro de los límites del respeto.

Y es uno de los mejores sitios del mundo para observar a la gente. Cuando era niña, mi madre me llevaba a veces al centro comercial, comprábamos unos helados y nos dedicábamos a estudiar a los clientes, inventando historias absurdas sobre ellos para divertirnos. Bueno, pues ahora lo hago en un club de sexo, y es cien veces mejor.

En una buena noche puedo encadenar varias letras de canciones a partir de un solo turno contemplando a la gente, tarareando la melodía inventada mientras trabajo.

Hacer apuestas en la noche de subastas con el sexy camarero de cabello oscuro también ha sido un aliciente divertido del trabajo. Geo y yo comenzamos cada jueves por la noche echando un vistazo a los chicos y chicas que se han inscrito para subir al escenario. Luego hacemos nuestras apuestas sobre cuál de ellos es más probable que obtenga las pujas más altas de los miembros más ricos del club.

Hasta ahora permanezco invicta.

Sacudo la cabeza ante Geo, llevo la bandeja llena de copas hasta la mesa alta y las dejo sobre la superficie con una sonrisa cortés.

Al volver, veo al mismísimo señor Kade, el miembro más rico de todos, entrando por la puerta principal para dirigirse a su sitio habitual en la parte de atrás. Es imposible no fijarse en él, con ese pelo plateado y su estilo exquisito. Puede que no me gusten los hombres mayores, pero entiendo por qué un hombre como él es tan popular entre las mujeres de este lugar.

Lleva unos pantalones negros ceñidos y una camisa blanca con los dos botones superiores desabrochados. Su mirada no se aparta del frente mientras anda. Me he fijado en que es así como lo hace: cualquier persona normal echaría un vistazo a su alrededor al entrar, pero él no. Va directamente hacia su mesa, mira sobre su hombro para buscar a Geo y le hace un gesto con la mano para indicarle que quiere una copa.

Debo de estar mirándolo fijamente durante demasiado tiempo porque Geo se da cuenta.

—Vaya, has estado mirando mucho al señor Kade. —Geo me guiña un ojo mientras prepara el bourbon solo de Ronan.

Pongo cara de asco ante su insinuación de que mi interés por Ronan Kade es de naturaleza sexual.

—No es eso.

Él se echa a reír.

—¿Qué? ¿No te gustan los hombres mayores?

Me acerco a él.

—No, y tampoco les gustan a ninguna de esas chicas. Todas sabemos que solo les interesan por los diamantes y los implantes mamarios.

En cuanto las palabras —que han sonado más duras de lo que deberían— escapan de mis labios, hago una mueca. Eso no ha sido propio de mí. Yo no soy esa clase de chica.

Por otra parte, hace tiempo que no me reconozco a mí misma.

Bajo la mirada mordiéndome el labio y mis dedos juegan con el collar que llevo puesto; era de mi madre, y el colgante tiene forma de trébol.

La verdad es que sí que miro mucho a Ronan.

—Ronan no es así —responde Geo con una risita—. Lo creas o no.

—Si tú lo dices… —respondo con una sonrisa fingida—. Es que no me puedo imaginar a ningún multimillonario heterosexual de este planeta que no utilice su riqueza para meter en su cama a mujeres jóvenes y guapas.

—Me parece que necesitas descubrirlo por ti misma.

Si Geo supiera la verdad… No me fijo en Ronan para juzgarlo ni tampoco es por interés romántico. Es por pura curiosidad… Bueno, por eso y para resolver un pequeño misterio personal.

—¿Sigues apostando por la rubia de los pechos enormes? —pregunta Geo, dejando el bourbon en la bandeja. Echo un vistazo a la hermosa mujer que está saludando a Ronan con una sonrisa ardiente. Hay algo en la forma en que él le presta atención esta noche que me hace pensar que está a punto de hacer algo grande. No sé cómo lo sé, pero es solo una sensación.

—Al cien por cien —respondo.

Geo se ríe para sus adentros.

—¿Estás dispuesta a apostar dinero?

Frunzo el ceño.

—Muy gracioso. Sabes que estoy sin blanca.

Tras responderle, llevo el bourbon solo al lugar donde está sentado Ronan. La rubia se aleja justo cuando llego.

—Buenas noches, señor Kade —digo dulcemente, sin mirarlo a los ojos, mientras le pongo la bebida delante.

—Gracias, Daisy —responde, pronunciando mi nombre como si me conociera, cosa que no es así.

Como todas las noches cuando le sirvo su copa, me permito echarle un vistazo durante un momento y me fijo en las suaves patas de gallo alrededor de sus ojos y en el color salpimentado de su cabello. Luego escudriño su rostro, fijándome bien en su expresión. Esta noche se muestra un poco menos cordial y no aparta la vista del escenario. Parece decidido, como si estuviera deseando que comience la subasta.

Cuando vuelvo a la barra, me siento un poco más segura que antes.

—Bien… ¿Qué vamos a jugarnos esta noche? —le pregunto a Geo.

Él se ríe.

—Estás muy segura de ti misma. —Miro de nuevo a Ronan, que sigue contemplando el escenario. Definitivamente, esta noche está decidido a ganar. Apuesto a que ha tenido un día duro en el trabajo y no quiere molestarse en ligar o en conseguir una cita de la forma habitual, así que va a jugar para ganar—. El perdedor friega —responde mientras limpia la barra.

—¿Eso es todo?

—¿Se te ocurre algo mejor?

—El ganador elige el bar mañana por la noche y el perdedor paga la primera ronda.

Él frunce el ceño, angustiado.

—Vas a elegir el piano bar que está calle abajo, ¿verdad? —Le sonrío dulcemente por toda respuesta. Geo, de inmediato, pone los ojos en blanco—. Uf, vale. —Sonrío triunfalmente, deseando ya escuchar las versiones cursis de los temas de Billy Joel. Entonces su expresión cambia a otra más contemplativa. Después de limpiar el vaso que tiene en la mano, lo deja en la estantería y se vuelve hacia mí—. En realidad, tengo una oferta mejor.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál?

—A ver, si se decide por la rubia, te acompañaré a ese piano bar. Pero si no elige a la rubia, entonces gano yo y tú tienes que subir al escenario.

Señala el lugar con la cabeza y yo me giro para ver a qué se refiere. La subasta está a punto de comenzar, pero aún no hay ninguna chica ni ningún chico en el escenario. Sin embargo, la multitud de postores está creciendo, como suele ocurrir todos los jueves por la noche.

—¿Qué? ¿Al escenario? ¿Por qué?

—Entre los que se van a subastar, Daisy.

Se me desencaja la mandíbula. No puede hablar en serio.

—¿Yo?

—Sí, tú.

Me apoyo sobre la barra para acercarme a él.

—¿Estás loco, Geo? ¡No voy a subir ahí!

—¿Por qué no, Doña Criticona? Creo que te vendría bien cambiar de perspectiva.

—No soy una criticona —argumento—. Solo estaba bromeando. Ni loca me subiría a ese escenario.

—Entonces, ¿no hay trato? —pregunta en tono burlón.

Miro el lugar y luego me vuelvo de nuevo hacia mi amigo. Después dirijo la vista hacia Ronan, que ya casi ha terminado su bourbon, que normalmente tarda más en beberse.

A estas alturas, ni siquiera se trata ya de querer ir a ese piano bar. Es más una cuestión de orgullo. Nunca he perdido una apuesta en lo que respecta a Ronan Kade y no pienso hacerlo ahora. Después de un año lleno de malas decisiones, necesito esta victoria. Aunque solo sea para demostrarme a mí misma que sé reconocer una buena oportunidad cuando la veo.

No voy a acabar en esa subasta. Dentro de veinticuatro horas estaré cantando Piano Man.

—Está bien —digo secamente—. Trato hecho. Le tiendo la mano y Geo sonríe con malicia mientras me la estrecha. Luego me doy la vuelta y canto a voz en cuello «Sing us a song, you’re the piano man» mientras llevo otra bandeja repleta de copas al proscenio. Geo se ríe a carcajadas a mi espalda y, al pasar, capto la mirada curiosa de Ronan. Yergo los hombros e intento parecer más segura de lo que me siento. Por dentro, estoy temblando porque no puedo evitar preguntarme si acabo de hacer un trato peligroso.

Regla nº 2

Evita ser predecible

Ronan

Muevo el vaso y el bourbon que queda en él, que no es mucho, gira lentamente y el aroma suave pero ahumado llega hasta mi nariz; observo el bullicio de la multitud a mi alrededor. El club está muy animado, como todas las veladas de subasta. La ostentosa exhibición de riqueza, la promesa de sexo, el potencial de lo que puede traer consigo una puja ganadora… Estas son, sin duda, mis noches favoritas en Juegos Prohibidos.

Aunque hoy he estado a punto de no venir. Ha sido un día horrible. No pude dormir anoche, no he podido concentrarme en el trabajo hoy y no he podido reunir las fuerzas ni el deseo necesarios para el sexo por más que lo he intentado.

Pero, claro, los aniversarios de una muerte te hacen sentir así. Son como pequeños recordatorios malvados que permanecen en tu calendario, que no hay que celebrar, pero que es imposible ignorar. Incluso después de veintiocho años.

Le doy el último sorbo a mi copa justo cuando la camarera pasa junto a mí.

—¿Otra, señor Kade? —pregunta con una sonrisa inocente.

—Sí, por favor, Daisy.

Con un suave movimiento de su cabeza, coge mi vaso vacío y se aleja. Esta chica apareció en el club después de las vacaciones, y la encuentro extrañamente intrigante. Es joven y tiene un aspecto demasiado angelical para ser camarera en un club sexual.

Tengo el ojo lo bastante agudo como para darme cuenta de que yo también le intrigo por la forma en que su mirada se vuelve siempre hacia mí, especialmente los jueves por la noche. Para ella soy un enigma, alguien a quien contemplar boquiabierta, alguien a quien admirar o sobre el que preguntarse para sus adentros, pero al que nunca se acercaría, con el que nunca hablaría.

Mucha gente reacciona así ante mí, sobre todo quienes piensan que no soy más que un director ejecutivo insensible o un amo arrogante. Y tal vez sea cierto, pero sé lo mucho que me gusta que me sorprendan las personas que conozco. Solo desearía que se me concediera la misma cortesía.

Justo cuando Daisy me trae el bourbon, bien servido, le dedico una mirada curiosa.

—Feliz subasta —dice con una sonrisa melosa.

—Gracias —murmuro antes de llevarme la copa a los labios. No tiene sentido decirle que esta noche no voy a pujar.

En ese momento, la subasta comienza con algunas caras conocidas, hombres y mujeres que adornan el escenario casi todas las semanas. Sé por experiencia que muchos de ellos harán que cada centavo pagado por su tiempo merezca la pena. Tampoco es que el sexo sea obligatorio en esta situación: solo ofrecen una hora, ya sea para tomar unas copas en el bar o en una sala más o menos privada.

De todos modos, lo que valoro es la actitud entusiasta y audaz hacia el sexo, lo que significa que no he ganado el derecho a gozar del tiempo de un participante dispuesto que no me haya gustado.

Cuando la hermosa mujer con rizos rubios que le llegan hasta los hombros sube al escenario, un poco más nerviosa que las demás, desearía estar de humor para disfrutar de su compañía esta noche. Parece la clase de mujer con la que se puede tener una buena conversación… antes de follar como animales, naturalmente.

Hay dos hombres al fondo de la sala pujando por ella, y me alegra ver que su cita supera los diez mil dólares. Ella también parece muy satisfecha consigo misma.

Justo cuando la subasta se pone más interesante, Daisy se acerca a mi lado. Al principio me sorprendo, preguntándome si ya ha regresado para servirme otra copa, pero luego me doy cuenta de que tiene una expresión de ansiedad.

—¿No vas a pujar por ella?

Frunzo el ceño y la miro, confundido. ¿Qué le preocupa tanto a Daisy?

—¿Hay alguna razón por la que deba hacerlo? —pregunto, escéptico.

Daisy se muerde el labio inferior y se acaricia nerviosamente con los dedos el colgante de plata de su collar.

—No, no hay ninguna razón —balbuce—. Solo sentía curiosidad. Ella… parece tu tipo, eso es todo.

Esta vez abro mucho los ojos y me vuelvo de todo en su dirección.

—¿Parece mi tipo? Dime, ¿cuál es exactamente mi tipo, Daisy?

Esto sí que me divierte. Es, con diferencia, la conversación más larga que he tenido nunca con Daisy, y no puedo evitar preguntarme si la mujer que está ahora mismo en el escenario ha incitado a la joven camarera a dirigirse a mí para hacer todo lo posible por animarme a pujar.

La subasta continúa mientras yo estudio a Daisy con curiosidad. Palidece mientras observa al subastador, que en realidad es solo el maestro de ceremonias que Garrett ha contratado para dirigir estos eventos. Sigo esperando la respuesta de Daisy a mi pregunta cuando el locutor hace un anuncio para el público.

—¡Vendida al hombre del fondo por quince mil!

Daisy tiene los ojos como platos, y, antes de que pueda preguntarle qué leches está pasando, sale corriendo como un ratoncito asustado.

Mientras tanto, la rubia sonríe radiante al caballero, que sube al escenario y la toma dulcemente de la mano para guiarla hasta la silla vacía que queda junto a la suya. Ella parece encantada con lo bien que ha resultado todo, y yo sonrío para mis adentros mientras me llevo el bourbon a los labios, dándome cuenta de que el club parece haber cumplido su función esta noche. Por primera vez en todo el día, no siento dolor, y es un alivio muy bienvenido.

Pero cuando el participante siguiente sube al escenario, esta vez un guapo sumiso al que, según he oído, le gusta mucho el dolor, me doy cuenta de que no puedo dejar de pensar en Daisy. Me levanto de mi asiento cuando comienza la subasta y encuentro a Geo en la barra.

—Oye, ¿dónde se ha metido Daisy? —pregunto.

Geo, que está sirviendo una copa de vino, esboza una amplia sonrisa.

—Yo diría que a estas alturas ya está a medio camino de Sacramento.

—¿Qué?

Se echa a reír y deja la copa delante de la mujer que espera por ella.

—Ha perdido una apuesta y probablemente se esté escondiendo para que no le haga pagarla.

Frunzo el ceño y me paso la mano por la barba.

—¿Esa apuesta tiene algo que ver conmigo?

La sonrisa de Geo se vuelve más pícara.

—Quizás.

Niego con la cabeza y le lanzo una mirada severa antes de regresar a mi asiento. Eso explica el comportamiento peculiar de Daisy. Estoy seguro de que, si tuviera que trabajar todas las noches de subasta en el club, también buscaría una manera de hacerlo interesante.

Cuando Eden sube al escenario unos minutos más tarde, veo que Daisy casi derrama una bandeja de martinis debido al temblor de sus manos. No sé cuál era la apuesta, pero por lo que parece, no está muy dispuesta a saldar la deuda.

La guerra de pujas por Eden se libra entre muchos clientes, como suele ocurrir. La mitad de ellos no tardan en quedar fuera y ella sigue ahí, orgullosa sobre el escenario, mientras un hombre y una mujer se enfrentan por ella, lo que les cuesta una cantidad de seis cifras. Para la mayoría de esta gente eso equivale a veinte dólares en las cuentas bancarias del común de los mortales, y me hace muy feliz ver a mi mejor y más antigua amiga darse cuenta de lo mucho que estas personas desean pasar una hora sensual y repleta de sexo con ella.

Se lo merece.

La mujer acaba ganando la puja y Eden tiene una expresión entusiasmada cuando se escabulle del escenario y casi lleva a la mujer a rastras hacia las escaleras.

Supongo que la velada ha terminado… No ha sido una pérdida absoluta de tiempo venir al club; podría haber pasado las dos últimas horas de la noche de formas mucho peores, así que apuro la copa y voy a ponerme de pie cuando la subasta da un giro inesperado.

Justo después de que el presentador les dé las gracias a todos por venir y anuncie el final de la subasta, una voz resuena desde la barra.

—¡En realidad, tenemos una más!

El presentador le sonríe a Geo desde el escenario.

—¿Nuestro camarero se apunta a la subasta de esta noche? —pregunta, entusiasmado.

Geo se ríe entre dientes.

—No, yo no. —Entonces veo cómo señala a Daisy y todas las miradas de la sala se dirigen hacia ella—. ¡Nuestra camarera, Daisy, subastará una cita de una hora para esta noche!

El maestro de ceremonias la mira directamente.

—¿Daisy? Qué sorpresa. ¿Te gustaría subir al escenario?

Su sonrisa es forzada mientras se dirige torpemente al escenario. Tengo que morderme el labio inferior para no sonreír como un idiota cuando la veo ocupar su lugar al frente y en el centro.

Eso responde a mi pregunta: Daisy ha perdido la apuesta y ahora tiene que pagar.

Cuando se encuentra bajo los focos, que resaltan su cabello rubio casi blanco y su pequeña figura, de repente me sorprendo admirándola por primera vez.

Es una chica monísima. Lleva el pelo largo y ondulado recogido en una trenza, tiene unos impresionantes ojos azules y una nariz respingona. Pero es joven, demasiado joven.

Tampoco es que tenga ningún problema en salir con mujeres más jóvenes que yo, que estoy a punto de cumplir cincuenta y siete años, y no tengo preferencias de ninguna clase, pero una mujer tan joven como Daisy no va a sentirse interesada por un hombre de mi edad; al menos, no lo hará por las razones adecuadas.

He aprendido esa lección por las malas.

Ella está plantada en el centro del escenario, junto al maestro de ceremonias, con la falda ceñida del uniforme de camarera, un top negro y tacones rojos. Tiene las manos entrelazadas delante de ella y parece fuera de lugar. Casi me da pena.

Tras una presentación incómoda y algunas provocaciones de Geo desde la barra, comienzan las pujas, y yo tengo toda la intención de limitarme a ser un mero espectador. Un par de personas que conozco terminan animando el ambiente.

Me encuentro observando a la gente que puja; son pujas demasiado bajas, en mi opinión. Uno es un abogado de unos treinta años, otro es un chico más joven al que me he encontrado muchas veces en la sala voyeur… y luego hay un chico nuevo, al que nunca había visto aquí antes. Me muevo en mi asiento.

Confío en que Emerson y el resto del equipo examinen rigurosamente a sus miembros, pero hay algo al ver una cara nueva en el club que me hace dudar. Parece salido de la bolsa de valores: expresión arrogante, traje barato, actitud prepotente. Y no puedo resistirme.

—Quince —anuncio. Supongo que es culpa mía que ella esté ahí arriba. Lo menos que puedo hacer es salvarla de la desgracia de tener que pasar una hora con uno de esos tíos.

La mirada de Daisy se posa en mi rostro; tiene los ojos muy abiertos.

—¡Ronan Kade puja quince mil! —exclama el presentador—. ¿Hay algún competidor? ¿Alguien ofrece dieciséis?

—Veinte —responde el chico nuevo. Los otros dos permanecen en silencio.

Se me tensa la espalda cuando veo cómo sus ojos se posan en Daisy, y me queda claro que no la está mirando a la cara. Hay algo en él que me da mala espina.

—Veinticinco —digo con firmeza.

Esta vez el chico del traje se vuelve para mirarme con rabia, recolocándose la corbata a la altura del cuello, claramente incómodo. Cuando nuestras miradas se cruzan, veo cómo las ganas de pelea en su expresión se apagan: no va a pujar más que yo y lo sabe, así que todo es cuestión de cuánto está dispuesto a arriesgar y cuánto desea quedarse a solas con esta chica asustada.

Pero te prometo que estoy dispuesto a apostar más.

Yergo los hombros y espero su próxima puja.

—¿He oído veintiséis del joven caballero del frente?

Él traga saliva y se vuelve hacia el escenario. Daisy parece enferma mientras espera el siguiente movimiento. El hombre, vacilante, levanta la mano.

—¡Veintiséis!

Todas las miradas se dirigen hacia mí, que asiento hacia el presentador.

—Treinta.

Daisy se muerde el labio.

Mi competidor se ríe, con aire arrogante.

—¡Cuarenta mil! —exclama, tratando de parecer valiente.

—Cincuenta —digo, sin pestañear.

El joven hace una nueva puja, y otra, y otra más, y yo las supero todas hasta que él parece nervioso.

—Setenta y cinco —balbuce.

—Cien mil dólares —proclamo, y tamborileo con los dedos sobre el cuero de mi asiento.

Se nota la sorpresa entre el público. La ya pálida piel de Daisy adquiere un nuevo tono de porcelana, como las teclas de un piano nuevo y brillante.

—Cien a la una…, a las dos… —Su mirada va del joven a mí—. ¡Cien mil para Ronan Kade! —anuncia el presentador, y Daisy parece a punto de desmayarse.

Veo cómo el joven rechina los dientes, frustrado. El público aplaude y me contempla, fascinado, mientras Daisy baja del escenario y viene dócilmente en mi dirección; se detiene al llegar a mi lado.

Me levanto y le tiendo la mano, en la que ella coloca sus delicados dedos. No aparta la vista de mi rostro, observándome con curiosidad. En cuestión de segundos, la multitud pierde el interés y se dispersa. Así que ahora solo quedo yo… con una camarera que parece nerviosa.

—¿Estás bien? —le pregunto. Le tiemblan las manos.

—Sí —responde sin convicción. Luego empieza a mover los pies, mirando a su alrededor, hacia la concurrida sala—. Tengo que terminar mi turno, pero si piensas quedarte un rato… —dice, y se vuelve hacia la barra.

Una parte de mí quiere considerar la posibilidad de aceptar la cita. Podría acompañarla arriba, a mi sala privada, para conocerla un poco mejor y quizá para demostrarle que, en realidad, no soy demasiado mayor, demasiado rico ni demasiado aburrido. Pero algo me frena. Esa vieja voz en mi cabeza que la ve como un potencial desengaño más que como cualquier otra cosa.

Así que le toco suavemente el brazo.

—En realidad, Daisy, ¿te importa si posponemos esa cita?

Su boca forma una pequeña O cuando se da la vuelta hacia mí.

—Por supuesto.

—Estoy deseándolo —respondo con una sonrisa, aunque no tengo intención de aprovechar esa oportunidad—. Que pases una noche estupenda, Daisy.

—Eeeh…, buenas noches, Ronan.

Y tras eso me voy solo hacia la salida, donde encuentro a mi chófer esperándome en la puerta. Cuando me acomodo en el asiento trasero, me doy cuenta de que no he llegado a averiguar cuál ha sido exactamente la apuesta que Daisy ha perdido, y me propongo preguntárselo en otra ocasión. Lo último que quiero es ser predecible.

Regla nº 3

Los que viven en furgonetas destartaladas no deberían juzgar a los demás

Daisy

Mi aliento sale en forma de nubes de vapor mientras navego por varias aplicaciones en mi teléfono. Llevo tres pares de calcetines en los pies, pero por mucho que los mueva sigo sintiendo un frío que me cala hasta los huesos. Mi pequeño calefactor hace un buen trabajo templando la furgoneta, pero huele a pelo quemado y me da miedo dormir con él encendido, así que me acurruco bajo tres mantas. Ojalá pudiera conciliar el sueño, pero no lo consigo por culpa del frío del ambiente.

Además, estoy demasiado ocupada reviviendo mi extraño encuentro con Ronan Kade. Apenas he intercambiado diez palabras con él en los tres últimos meses, a pesar de que lo veo casi todas las noches, y, entonces, de pronto esta noche puja cien mil dólares por tener una cita conmigo… que no aprovecha.

¿Por qué?

Quizás quería posponerlo de verdad. A lo mejor no estaba de humor o no se sentía bien. Entonces, ¿por qué ha pujado? Nada de esto tiene sentido. Incluso Geo se ha quedado sorprendido por el comportamiento de Ronan.

Por alguna extraña razón creo que me he ganado el derecho a presumir de todo esto. Durante los minutos que he estado en ese escenario he tenido la atención del hombre más rico de Briar Point. Y sí, lo he buscado en internet: tiene un patrimonio de mil quinientos millones de dólares.

Es más que rico: es multimillonario.

Y ha pujado por mí en una subasta. Probablemente no debería sentirme especial, porque le he visto hacer lo mismo con docenas de chicas, pero aun así me ha sentado bien.

A ver, de cualquier modo, no quería salir con él. Si Ronan Kade fuera unos treinta años más joven, me habría lanzado a por él. He visto fotos de él cuando tenía veintitantos años y era verdaderamente guapo, pero por muy bien que haya envejecido, eso no cambia el hecho de que nos separan tres décadas y media. Sigue siendo guapo…, pero no consigo convencer a mi deseo sexual de que lo vea como algo más que un apuesto hombre maduro.

De repente, me encuentro riéndome a carcajadas como una loca. Porque aquí estoy, durmiendo en una furgoneta y juzgando a un hombre multimillonario por no ser lo bastante joven para mí.

Daisy, eres idiota.

Si fuera más lista, me habría lanzado a los brazos de ese hombre. He tenido la oportunidad perfecta para hacerlo, pero la he echado a perder.

Una chica inteligente habría aprovechado esta noche para acercarse a él. Quizás incluso se habría acostado con él para obtener un par de respuestas. Quiero decir…, acostarse con Ronan Kade no es precisamente un sacrificio. Estoy segura de que muchas mujeres lo hacen gratis.

Pero yo no soy tan inteligente, ni tan sexy ni tan astuta.

La verdad es que tengo una cuenta de ahorros con más de un millón de dólares, abierta hace nueve años por un hombre llamado Ronan Kade, a quien, hasta hace tres meses, no conocía, así que, sí, podría estar dispuesta a intercambiar sexo por esa información si llegara el caso.

Lo único que sé es que cuando mi madre falleció hace tres años había una carpeta entre sus archivos con un montón de papeles y una cuenta de ahorros de alto rendimiento en un banco de Briar Point, California, en la que yo figuraba como beneficiaria.

Mi madre, por increíble que fuera, no me dijo la razón por la que este completo desconocido me dejó suficiente dinero invertido a interés compuesto para que pudiera pagar la universidad. Y no voy a tocarlo hasta que sepa el motivo.

Por eso he llegado a extremos un poco desquiciados para averiguarlo, incluyendo un poco de acoso, mudarme al otro lado del país, conseguir un trabajo donde sé que él va y estudiarlo con calma durante tres meses.

¿Es lo más desquiciado que he hecho nunca? Sin duda.

¿Tengo algo mejor que hacer con mi tiempo? Por desgracia no.

Hasta que lo averigüe no pienso usar ese dinero para ir al conservatorio ni para empezar de cero. Necesito saber por qué está ahí antes de tocarlo.

Después de dejar el teléfono en la mesilla que tengo junto a la cama, me doy la vuelta. Pensar en mi madre es como hurgar en una herida que se niega a curarse, así que intento apartar esos recuerdos. Esto es lo que pasa siempre, como un cruel juego de seis grados de separación: pensar en el trabajo me hace pensar en Ronan, lo que me hace pensar en la cuenta, lo que me hace pensar en mi madre, lo que inmediatamente me hace pensar en su espantosa y tortuosa muerte, y es como si todo lo que aparece en mi mente me llevara a ese punto.

Ya me cuesta bastante dormir. Una vez que empiezo a pensar en ella en esa cama, hundida, pálida y luchando por respirar por última vez, todo va cuesta abajo. Y sé que no voy a poder conciliar el sueño.

Ahí voy otra vez: mi cerebro repite todo el asunto de nuevo a pesar de que le he rogado explícitamente que no lo haga.

Tenía dieciocho años cuando murió mi madre, una edad terrible para perder a un progenitor, aunque ninguna edad es buena para ello. Verse empujado a la edad adulta, tanto en sentido literal como figurado, ya es bastante malo de por sí, pero llevar además el peso del duelo es completamente injusto.

No tenía nada cuando murió mi madre —en sentido figurado, claro—, así que pasé tres años en una casa que apestaba a su ausencia, y pronto esa casa se convirtió en una prisión. Hasta que un día, a finales del año pasado, estaba revisando sus papeles en busca de algo que quería la compañía de seguros, pero en lugar de encontrarlo hallé un extracto bancario de cuando tenía doce años con el nombre de un hombre del que nunca había oído hablar.

Decir que me obsesioné sería quedarse cortos. Mi vida giraba en torno a ese misterio, y todavía lo hace.

Hubo algunas cosas que descarté de inmediato; primero, le pregunté a mi padre si conocía a un tal Ronan Kade en Briar Point, y me dijo que no.

Segundo, y esto es un alivio, Ronan y yo no somos parientes en absoluto. No es mi abuelo perdido hace mucho tiempo ni mi padre secreto. Gracias a los fuertes genes de mi padre me parezco mucho a él, y eso ha sido una bendición que nunca había creído necesitar.

Ronan es mayor, pero no lo suficiente como para ser mi abuelo, así que eso queda descartado.

Mi primera observación fue que Ronan Kade no me conocía. Trabajaba en el club, con mi etiqueta con mi nombre a la vista, y ni una sola vez me dijo algo como: «Oye, ¿tú no eres la chica a la que le di un millón de dólares hace casi una década?». Ni una sola vez.

Así que, sea cual sea la razón, está claro que soy un misterio para él tanto como él lo es para mí.

Lo que me lleva a mis dos últimas teorías: una, que gané una lotería aleatoria de Ronan Kade por una cuantiosa suma y ninguno de mis padres decidió contármelo. Dudoso.

Dos: tiene algo que ver con mi madre.

Mis padres se separaron cuando yo tenía doce años, y ese primer verano, como hija de padres divorciados, lo pasé con mi padre mientras mi madre se iba a Briar Point por un viaje de trabajo. Eso es lo que pude averiguar gracias a las redes sociales, pero es todo lo que sé. Sé que estuvo aquí y, al parecer, se quedó más tiempo del que debía.

¿Tuvo mi madre una aventura con Ronan Kade?

Esta hipótesis, que parece imposible, sigue sin explicar por qué me dejó tanto dinero. Y sí, lo admito, podría preguntárselo, pero no creo que esté preparada todavía para conocer la respuesta. Es como una caja fuerte que me da miedo abrir.

Así que aquí estoy, sentada en una furgoneta convertida en caravana que compré con el dinero que obtuve por vender la casa, y lo llamo «libertad».

Libertad para alejarme de esa casa con todos sus recuerdos.

Libertad para escapar de todos los espacios vacíos que mi madre debería llenar.

Libertad para deshacerme de la sofocante carga de la decepción, sobre todo hacia mí misma.

Podría haber conducido esta furgoneta hasta cualquier otro lugar; despertarme en la playa o al pie de una cordillera. En cambio, me dirigí sin dudarlo a Briar Point porque sabía que él estaba ahí. Conseguí un trabajo en Juegos Prohibidos porque lo vigilé lo suficiente como para saber que iba a ese lugar. Ahora duermo en parques públicos y, de vez en cuando, en el sofá de Geo, hasta que obtenga las respuestas que necesito para seguir adelante… o el valor para hacer las preguntas oportunas.

Y en cuanto al dinero, hasta que sepa por qué está ahí, no voy a tocarlo.

Lo llamo libertad, pero incluso yo sé que es mentira. Solo he cambiado una prisión por otra.

Se supone que debería estar escribiendo mis propias canciones; se supone que debería estar llenando mis cuadernos con letras profundas y reflexivas, en busca del sentido de la vida.

Nada de eso está saliendo según lo planeado.

Veo cómo se ilumina la pantalla de mi teléfono en la estantería abarrotada que hay junto a mi incómoda cama. Me doy la vuelta, lo cojo y leo un mensaje de Geo.

Geo: ¿Te das cuenta de que has perdido una apuesta pero has ganado una cita con Ronan Kade? Nadie tiene tanta suerte…

Pongo los ojos en blanco al leer el mensaje y respondo, sonriente.

Yo: No ha habido cita, y dudo que vuelva a hablarme. Además, es demasiado mayor para mí.

Geo: La edad es solo un número.

Yo: Sí, y cincuenta y seis es un número enorme. Creo que a mi padre no le haría gracia que llevara a casa a un hombre mayor que él.

Geo: Jajaja. Me encantaría ver su cara. Por favor, invítame cuando lo hagas.

Yo: Eso no va a pasar. No voy a ir a esa cita.

Geo: Claro. Sabes que te llevas una parte de ese dinero, ¿verdad?

Me incorporo tan rápido que me golpeo la cabeza con la estantería que hay sobre mi cama.

—¡Ay, joder! —grito, agarrándome la frente mientras releo el mensaje.

Yo: ¿¡Qué!? ¿Cuánto?

Geo: El veinte por ciento.

—¡Joder! —Rápido, ¿cuánto es el veinte por ciento de cien mil?—. El diez por ciento es… diez mil… Dios mío. ¿Veinte mil dólares?

Geo: Estás flipando, ¿verdad?

Yo: ¿Me estás diciendo que voy a recibir veinte mil dólares más en mi próximo cheque?

Geo: Sí.

Yo: ¡Dios mío! ¡Geo! ¿Cuándo es la próxima subasta?

Geo: Tranquila, Pretty Woman.

No me parezco en nada a Julia Roberts. Ella dependía de un hombre rico para salvarse. Creo que yo me he salvado a mí misma… con el dinero de un hombre rico.

Semántica.

Geo: Espero que no estés aparcada en un sitio peligroso esta noche. El sofá está libre si no quieres sentirte una sin techo.

Yo: ¿Tu juguete sexual está ahí?

Geo: Esta noche no. Está trabajando.

Yo: ¿Te refieres a que está con su novia?

Geo: Esta noche estás siendo muy cruel. El dinero te ha cambiado.

Me río para mis adentros. La ansiedad que sentía en la boca del estómago ha desaparecido y ha sido sustituida por la emoción. No puedo creerme que acabe de ganar veinte mil dólares.

Yo: Gracias, Geo, pero esta noche estoy bien. He aparcado junto a la playa, en ese camping familiar. Me quedaré aquí hasta mañana por la noche. Lo prometo.

Geo: Vale, cariño. Me alegro de oírlo. Cuídate. Duerme un poco. Buenas noches.

Yo: Buenas noches.

Cuando dejo el teléfono en la estantería, vuelvo a sentirme un poco mal. Le he mentido a Geo en lo de que me estaba quedando en el camping: en realidad estoy en un aparcamiento del centro de la ciudad, cerca del club. Por alguna razón, creo que, si no digo la verdad sobre lo maravillosa que es mi vida, de alguna manera haré que cambie a mejor, pero no es así. Sigue siendo el mismo desastre decepcionante de costumbre.

Regla nº 4

No se puede secuestrar a mujeres jóvenes que viven en sus furgonetas, ni aunque tengas buenas intenciones

Ronan

—Gracias, Agatha. Estaba delicioso —digo; dejo el tenedor en el plato y me reclino sobre la silla cuando el ama de llaves se acerca para recoger la mesa.

—Me alegro de que le haya gustado, señor Kade. —Cuando coge el plato y los cubiertos, miro el reloj y hago una mueca al darme cuenta de que ya es más de medianoche.

—Ojalá no insistieras en quedarte hasta tan tarde. Soy perfectamente capaz de calentar mi propia cena.

Ella se echa a reír mientras va hacia la cocina.

—Me gusta quedarme hasta tarde. Los chicos ya son mayores y se han ido de casa. Me siento sola allí.

—Asegúrate de que Tyson te acompañe al coche.

—Por supuesto, señor Kade.

Lava los platos en el fregadero, y el suave murmullo de su trabajo me calma los nervios; le doy vueltas a mi copa de bourbon y contemplo la ciudad a través del enorme ventanal. Cuando se vaya, todo estará demasiado tranquilo.

Creo que ella debe de saber que me reconforta oírla trabajar, porque se entretiene más de lo necesario, limpiando las encimeras, barriendo el suelo, preparando mi café matutino para que esté listo a las siete.

—Hasta mañana, señor Kade —se despide desde la entrada.

—Buenas noches, Agatha. Conduce con cuidado, por favor.

—Así lo haré. Se lo prometo. —Oigo el tintineo de sus llaves cuando las coge de la mesa que está junto a la puerta—. Ah, señor Kade —dice, y me vuelvo hacia ella, expectante—. Eric quería que le recordara lo del evento benéfico de mañana.

—¿En el puerto? —pregunto.

—Sí, señor.

—Perfecto. Dígale que estaré allí.

—Muchas gracias, señor Kade. —Tras eso, la oigo salir arrastrando los pies, con su abrigo y sus bolsas, siempre intentando hacer mil cosas a la vez.

Cuando se cierra la puerta, el apartamento se sumerge en el silencio: es ensordecedor.

Hay algo extraño en el silencio, como si me mantuviera cautivo. No me deja moverme. No me deja poner música ni la televisión. Y, desde luego, no me deja dormir. En cambio, me obliga a estar solo con mis pensamientos. Ese cruel silencio…

Pero al menos esta noche un rostro dulce ocupa mis pensamientos; unos grandes ojos azules y unas mejillas sonrosadas. No puedo quitarme de la cabeza la mirada nerviosa que Daisy tenía en el escenario.

Después de salir del club he ido directamente a casa. Agatha estaba aquí, con la cena preparada y esperándome. Y podrá decir que se ha quedado porque no le gusta el silencio, pero yo sé cuál es la verdadera razón: Agatha sabe qué día es hoy. Me esperaba porque nadie más va a hacerlo.

Es un detalle, pero ojalá no fuera mi ama de llaves viuda.

Debería haber llevado a Daisy a cenar. Me hace sentir patético admitirlo, pero debería haberlo hecho. Aunque solo fuera por tener compañía esta noche.

Y esta noche podría convertirse en un mes o en un año. Hasta que empiece a parecerme que le gusta demasiado los lujos que le proporciono. Entonces, inevitablemente, terminará… de forma dolorosa.

Pero la esperanza, esa mala hierba obstinada que crece en todas partes, me hace pensar que tal vez no sea así.

No, para. No sigas por ese camino.