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Sara Cate

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Beschreibung

Soy un sinvergüenza, un playboy, un golfo… Siempre he sido un mujeriego y no me importa reconocerlo, así que cuando mi mejor amigo decidió abrir el Club Juegos Prohibidos y me propuso que dirigiera las obras, no iba a decirle que no. Ahora estamos viajando por todo el país para visitar otros clubes de fetichismo, y soy feliz. La vida es maravillosa. Pero de pronto Hunter me pide que me acueste con su mujer mientras él mira, y, aunque haría cualquier cosa por él, lo sensato sería negarme; Isabel es la mujer de mis sueños… y es suya. Al final, la razón por la que debería decir que no se convierte en la que me hace aceptar. Isabel y Hunter son las dos personas más importantes de mi vida, y una vez que emprendamos ese camino no habrá vuelta atrás.

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Seitenzahl: 468

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Give Me More

Primera edición: julio de 2025

Copyright © 2022 by Sara Cate

© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2025

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-02-8

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

Índice de contenido

Advertencia de contenido

Prólogo

Regla nº 1

Regla nº 2

Regla nº 3

Regla nº 4

Regla nº 5

Regla nº 6

Regla nº 7

Regla nº 8

Regla nº 9

Regla nº 10

Regla nº 11

Regla nº 12

Regla nº 13

Regla nº 14

Regla nº 15

Regla nº 16

Regla nº 17

Regla nº 18

Regla nº 19

Regla nº 20

Regla nº 21

Regla nº 22

Regla nº 23

Regla nº 24

Regla nº 25

Regla nº 26

Regla nº 27

Regla nº 28

Regla nº 29

Regla nº 30

Regla nº 31

Regla nº 32

Regla nº 33

Regla nº 34

Regla nº 35

Regla nº 36

Regla nº 37

Regla nº 38

Regla nº 39

Regla nº 40

Regla nº 41. Epílogo

Regla nº 42. Epílogo extra

Nota de la autora sobre el contenido extra

Contenido extra: Regla nº 31 (II)

Agradecimientos

Hitos

Capítulo

Página de título

Página de copyright

Aviso

Prólogo

Palabras finales

Agradecimientos

Contenido final

Advertencia de contenido

Estimado lector:

Esta historia de amor aborda el proceso de salir del armario, descubrir la bisexualidad y explorar el poliamor. Ten en cuenta que hay algunos temas de homofobia interiorizada, abandono y abuso infantil. No aparecen abusos o agresiones a menores, solo la lucha por superar el trauma y salir del armario reforzado y feliz.

El amor es el amor.

Para mis lectores, que disfrutan de lo obsceno sin avergonzarse.

Prólogo

Hace siete años…

Hunter

—Y ahí estaba yo, agarrándola del pelo, los dos a cien. La miro a los ojos y le digo: «¿Por qué no eres una buena chica y me la chupas?». Y antes de que pudiera hacer nada, se había levantado y me había dado un puñetazo.

Abro los ojos de golpe y me atraganto con el whisky que estaba bebiendo. Si dijera que no me esperaba que mi amigo y colega soltara eso, me quedaría corto.

—¡Joder! —le digo a Emerson, dejando el vaso sobre la mesa.

Isabel, sentada a mi lado, se muerde el labio para contener la risa. Es la tercera vez que viene conmigo un jueves por la noche, el día que quedo con mis amigos para quejarnos del trabajo, y no sé muy bien qué opina de lo vulgares que pueden llegar a ser.

Es demasiado joven para estar en este lugar, y aunque salimos desde hace casi tres años, no suelo pedirle que venga conmigo cuando quedo con los demás. Es demasiado… pura para esta gente. Bueno, eso no incluye a Drake, claro, porque siempre está con nosotros, aunque ahora mismo se ha apartado un poco para jugar a los dardos con un grupo de chicas que creo que están celebrando un cumpleaños.

Le cojo la mano a Isabel por debajo de la mesa y le sonrío cuando se sonroja. Se ríe en voz baja de Emerson cuando él usa el vaso a modo de bolsa de hielo en el moratón que se le está formando alrededor del ojo.

—Me da que no le gustó lo que le dijiste —comenta Maggie, mirando a Emerson con una sonrisa traviesa.

—¿Tú crees? —Emerson hace una mueca—. A ver, creía que nos entendíamos. Parecía bastante pervertida, y estoy convencido de que le gustaba, pero supongo que me equivoqué. Al parecer no es muy fan de la humillación sexual.

Nunca dejará de sorprenderme la franqueza con la que mis amigos hablan de sexo. No soy un mojigato, ni mucho menos, pero mi padre a veces era un poco conservador y defendía la rectitud en todo lo que le convenía, y la ignoraba cuando no. No se le daba muy bien lo de proporcionarnos un techo bajo el que cobijarnos, así que yo tuve que ver y hacer unas cuantas cosas bastante turbias para salir adelante.

Ahora tengo un trabajo estable, me han ascendido dos veces en los seis últimos meses y tengo una novia con la que pienso casarme algún día, si puedo hacer bien las cosas.

Así que, sí, cuando la hora feliz de los jueves sube de tono, me inquieta un poco, porque Isabel no es como Drake o como yo. Ella viene de una zona de la ciudad en que las casas tienen vallas blancas y los vecinos pasean perros de pura raza, y quiero que siga siendo así, así que cuando mis amigos cuentan sus historias de sexo, me pongo un poquito nervioso, nada más. Cuando no están hablando de eso, se quejan de la empresa para la que trabajamos, y me parece bien, porque yo también estoy harto, pero no puedo permitirme perder el trabajo ni que la empresa se vaya a pique, aunque sabemos que es inevitable. Si quiero pedirle matrimonio a Isabel —y es lo que quiero cuando cumpla los veintiuno—, necesito tener bastante dinero ahorrado como para dar la entrada de una casa y comprarle el anillo que se merece.

Tal vez los demás odien la empresa y quieran marcharse, pero no saben hasta qué punto yo la necesito para asegurar el resto de mi vida.

Un coro de risitas en la barra me llama la atención, y, cuando vuelvo la vista hacia ahí, veo a Drake bebiendo un chupito del vientre de una de las chicas del cumpleaños, e ignoro por qué, pero me encuentro rechinando los dientes, aunque no sé de qué me sorprendo: es así desde que éramos adolescentes.

Eso me hace preguntarme cuánto tiempo voy a ser el único del grupo que tiene una relación estable; Emerson y Garrett aprovechan al máximo las fiestas y eventos de trabajo y se acuestan con un montón de mujeres, pero, tarde o temprano, acabarán cansándose y buscando algo fijo, ¿no?

Estaba desconectado de la conversación, pero, de pronto, algo que dice Garrett me devuelve al presente.

—Joder, tío. Es una mierda que no haya una manera de emparejar a la gente por las perversiones que les molan en la cama. —Todo el grupo, incluida Isabel, se ríe de esa idea absurda. Vuelvo a agarrarle la mano a Isabel por debajo de la mesa y me entran ganas de preguntarle si prefiere marcharse, aunque parece sentirse cómoda. Aunque solo tenga veinte años, es una persona muy curiosa y le encanta el sexo, aunque yo prefiero mantener las cosas en el terreno vainilla, porque es demasiado joven.

—Hablo en serio, joder —argumenta Garrett—. ¿No estaría genial que pudieras conocer a alguien a quien le gustaran las mismas mierdas que a ti? No tendrías que ocultarlo ni avergonzarte de las cosas que te ponen.

—Estás como una puta cabra, Garrett —bromeo; Isabel me estrecha la mano con más fuerza, y, al mirarla, veo que tiene el ceño fruncido, como si yo hubiera dicho algo malo.

—Qué va —se defiende Garrett—. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo ponerla en voz alta? A ver, está claro que a Emerson no le cuesta preguntar. —Emerson hace una mueca, y Garrett sigue en sus trece, como si pensara que su idea puede funcionar. Pero como Isabel me ha fruncido el ceño cuando me he burlado de él, mantengo la boca cerrada—. Todos hemos hecho un montón de cosas, pero estoy seguro de que hay algo que no os habéis atrevido a sugerir. Venga, confesad.

—Tú primero —responde Maggie con una sonrisa traviesa. Maggie es la única mujer del grupo, aunque no se comporta como cabría esperar teniendo en cuenta que mantiene a raya a tres tíos cachondos: es sorprendentemente tímida y reservada, lo que explica por qué le ha replicado a Garrett con otro imperativo.

—Está bien —responde, y mientras Garrett desvela sus inesperados gustos en el dormitorio, yo me dedico a atender a la conversación y a lo que hace Drake, que ahora mismo está tan cerca de la mujer que lleva una banda blanca que pone «Es mi cumpleaños» y una corona que parecen a punto de besarse. Se me hace un nudo en el estómago al ver que ella le pasa las manos por el pecho y el cuello y aferro con fuerza mi copa de whisky. Justo cuando sus labios están a punto de encontrarse, la voz suave de Isabel me devuelve a conversación.

—Yo quiero hacer un trío.

—¡Sí! —exclama Garrett, y yo me quedo alucinado mirando a mi dulce e inocente novia, que acaba de contarles a todos mis amigos que su deseo más oculto es hacer un ménage à trois—. ¡¿Lo veis?!

—¡Isabel! —tartamudeo.

—¿Qué? —pregunta, encogiéndose de hombros—. Garrett tiene razón. Es normal tener fantasías. No pienso sentirme culpable.

—Bien hecho —responde Maggie.

Las mejillas pecosas de Isabel se cubren de rubor, y esboza una sonrisa tensa.

—No me puedo creer lo que acabas de decir… —La miro boquiabierto, divertido y escandalizado a partes iguales.

—Un momento —insiste Garrett—. ¿Un trío con otra chica o un trío con otro chico?

Me masajeo las sienes y lucho contra la tentación de sacarla a rastras de aquí para que los pervertidos de mis amigos no puedan corromperla más, pero ella hace una mueca y considera la pregunta.

—Mmm… Creo que me da igual.

—Guay —responde Garrett.

No puedo disimular mi sorpresa: hace tres años que la conozco, tres años que llevo enamorado de ella, y hace dos que empezamos a acostarnos, y jamás me había contado que quisiera hacer un trío.

—Muy bien, Hunter, es tu turno —dice Garrett, y yo niego con la cabeza.

—No se me ocurre nada.

—Venga, yo he contado mi fantasía —argumenta Isabel, y yo me encojo de hombros.

—Es la verdad. No tengo ninguna.

Me miran decepcionados, pero al cabo de un momento vuelven a lo suyo. Ojalá pudiera contarles mis deseos más escondidos, pero ni siquiera permito que esa idea se me pase por la cabeza. Vuelvo la vista hacia la barra, veo que Drake se está enrollando con la chica del cumpleaños apoyado en la pared y rechino los dientes una vez más.

Pueden tomarse a broma todo esto de las fantasías, pero jamás sabrán lo angustioso que es mantener tus deseos ocultos porque jamás, nunca, sabrán los míos. No pienso permitirlo.

A la mañana siguiente, todos los demás ven cumplidos sus deseos porque la empresa se ha declarado en quiebra y todos nos hemos quedado sin trabajo. El pánico que me invade es abrumador, y, cuando Emerson me llama, yo ya estoy buscando otro trabajo.

La primera vez que me habla de su nueva idea de negocio —desarrollar una aplicación de citas basada en las fantasías sexuales— pienso que es una locura y que no va a funcionar, y estoy a punto de negarme. Tengo esas palabras en la punta de la lengua porque me juego mi futuro con la mujer que amo, y sería preferible que aceptara un empleo en una empresa que ya diera beneficios, pero cuando la veo durmiendo a mi lado, en la cama, y recuerdo lo que dijo, cómo declaró que deseaba hacer un trío, me doy cuenta de que prefiero vivir una vida alocada con esta chica en un apartamento antes que una aburrida en una casa. Y si ella puede vivir así sin avergonzarse, yo también.

En contra de mi primer impulso, acepto asumir el papel de encontrar y dirigir a los desarrolladores de la aplicación. Me prometo dedicarle un año, más que nada porque no creo que dure tanto.

Me equivoqué: el Club Juegos Prohibidos duró mucho más que un año y se convirtió en mucho más que una aplicación móvil.

Regla nº 1

Cuando no puedes ser el tercero en discordia, haz un trío

Drake

Soy un puto sinvergüenza. Es un término anticuado, pero no me gusta ninguno de los modernos: golfo, playboy, mujeriego…

No me gusta lo estable ni las relaciones ni soporto la idea del compromiso. Siempre que he estado durante un período más o menos largo con alguien, le he puesto los cuernos varias veces. La primera fue mi novia del instituto, cuyo nombre ni siquiera recuerdo; y no solo eso: la engañé con su mejor amiga horas después de desvirgarla.

Lo que decía: un sinvergüenza.

Tampoco es que me enorgullezca de ello; sé que no dice mucho de mí, pero tampoco soy el típico imbécil que va por ahí alardeando. Simplemente soy así: me gusta follar, y, aunque respeto a todas las personas con las que estoy, mi prioridad no es conocerlas. Solo quiero que pasemos un buen rato y después nos separemos sin hacerle daño a nadie.

Así que cuando mi mejor amigo me ofreció un trabajo como jefe de reformas en su nuevo club sexual, no fue nada sorprendente que aceptara de inmediato. Era mi pasaporte al paraíso: por fin iba a poder vivir a mi manera, en los mejores años de mi vida, sin preocuparme por que mis compañías sexuales esperaran un mañana o un para siempre; en el Club Juegos Prohibidos puedo follar todo lo que quiera y ser tan pervertido como me apetezca y con quien me apetezca: chicas o chicos.

Y aquí estoy, con unos labios increíbles alrededor de mi miembro y una chica morena cabalgando sobre mi cara, aullando como una posesa mientras le rodeo el clítoris con la lengua. Estoy a dos segundos de sacarle el pene de la boca a su amiga y metérselo hasta la garganta para que se calle; iba a dejar que se corriera antes, pero esto ya se está saliendo de madre, así que me la quito de encima, salgo de la boca de su amiga y me meto en la suya. Este no es su primer rodeo, está claro; a veces, cuando es el primer trío de alguien, te das cuenta por la forma en que titubean cuando cambiamos de postura, sin saber muy bien qué hacer o dónde, pero estas chicas saben lo que se hacen. Es fácil verlo cuando la más callada se pone a practicarle sexo oral a la otra como si estuviera en un concurso de comer tartas.

¿Y cómo me he metido en esto? Bueno, llegué a la casa de alquiler de Phoenix con Hunter e Isabel ayer por la tarde, y terminé en este paraíso después de que mis amigos me dejaran solo y se fueran a celebrar su aniversario. Yo decidí ir de caza a una discoteca para poner una muesca más en mi cabecero. Y está claro que ha funcionado a las mil maravillas.

Tampoco se trataba de que no quisiera celebrar su aniversario con ellos, pero es que ni siquiera es el aniversario de boda, sino el de sus diez años de noviazgo. ¿Qué clase de persona sigue celebrando eso después de casarse? No pretendo parecer amargado, porque no lo estoy: a ver, estoy a punto de correrme en la boca de una chica de veintidós años. No tengo de qué quejarme.

De todas formas, ser la tercera pata del banco de esos dos me cansa un poco, porque llevo siéndolo toda su relación; joder, si hasta estaba ahí el día que se conocieron, y recuerdo muy bien la cara de enamorado de mi mejor amigo cuando vio a la recatada pelirroja con gafas que cruzaba la calle cargada con sus libros.

Y después de eso seguí ahí cuando Hunter se reformó, cuando consiguió un empleo, cuando se esforzó por ascender por ella, cuando se convirtió en el dueño de un club por ella.

Quizá si yo fuera la clase de tío que sienta la cabeza con una mujer guapa, me habría alejado un poco de ellos, pero como no lo soy, me tratan como a su hijo predilecto de treinta y cuatro años y me invitan a fiestas, cumpleaños y, como puede verse, vacaciones.

No pretendo entrometerme en su vida, pero son la única familia que tengo; son todo lo que tengo.

Y, a saber por qué, en cuanto pienso en ello me corro en la boca de la chica, que se traga hasta la última gota. Creo que ninguna de las dos se ha corrido, pero, como a mí me han exprimido, me desplomo sobre el colchón y dejo que acaben la una con la otra.

Me sumo en un sueño posorgásmico hasta que oigo la puerta principal abrirse, una charla en voz baja y movimiento en esta casa tan pequeña; después, se cierra la puerta al final del pasillo y siento una opresión en el pecho.

—¿Ya hemos acabado? —pregunta la chica callada.

—Dame un minuto, cariño. —Suelto un suspiro y me tumbo boca arriba, relajado.

La que lleva un aro en la nariz —creo que su nombre empieza por ka— me besa el cuerpo entero y me acaricia para intentar revivirme. ¿Kristy, Kelsey, Kyla?

En serio, mujer, no han pasado ni cinco minutos. ¿No sabes lo que es el período refractario?

Se oye un gemido agudo a lo lejos y me tenso. Entre mi habitación y la suya solo hay un tabique, y me doy cuenta de lo delgado que es cuando oigo un nuevo grito de Isabel.

—Allá vamos —dice una de las chicas cuando mi erección crece gracias a sus caricias; a nuestro lado, la otra se está recuperando del orgasmo.

—Parece que hay fiesta en la otra habitación —murmura, somnolienta, cuando escuchamos los golpes de la cama contra la pared con un ritmo lento y brusco.

—Quizá deberíamos preguntarles si podemos unirnos a ellos y montar un fiestón enorme —apunta la chica que me está acariciando.

—Hablas demasiado —protesto. Me doy la vuelta y cojo un condón de la mesilla, lo deslizo sobre mi pene erecto y me abalanzo sobre la chica que está de rodillas frente a mí, escuchando los gemidos de mis mejores amigos mientras follan.

La chica suelta un gemido ahogado, la agarro del pelo y la levanto para acercar mi boca a su oreja.

—Grita más fuerte —murmuro, y obedece, pero no lo suficiente como para ahogar los sonidos que hace la mujer de la habitación de al lado. Esa a la que no debería estar prestando atención, en la que no debería estar pensando y que no debería excitarme.

Regla nº 2

La competencia no es mala

Isabel

Mi marido tiene pinta de ser infeliz…, bueno, me corrijo: tiene pinta de ser feliz, porque a Hunter se le da bien sonreír y disimular si hace falta, pero a mí no me engaña, y puedo ver las expresiones disimuladas de pesar y tristeza que aparecen en su rostro.

—¿No te gusta el filete? —pregunto.

—Sí, cariño, claro que me gusta. —Tiende la mano sobre la mesa y me acaricia los nudillos, y yo correspondo a su sonrisa.

No soy lo que la gente considera la típica buena esposa, y ni siquiera sé qué quiere decir eso. Cuando era más joven estaba en contra del matrimonio, porque pensar en dedicarle mi vida a una sola relación me parecía irracional y desalentador. ¿Cómo podría prometerle a alguien que iba a amarlo solo a él durante el resto de mi vida? ¿Cómo podría prometerlo nadie? No podemos ver el futuro ni saber lo que nos espera a la vuelta de la esquina.

Pero entonces conocí a Hunter Scott. Es muy fácil amar a Hunter: me adora, me complementa, me anima, me inspira y consigue que me enamore de él un poco más con cada día que pasa, así que, por supuesto, quiero que se sienta tan feliz como yo, pero por la forma en que le da vueltas al anillo de boda en el dedo y se muerde el labio inferior sin apartar la mirada de su copa de vino tinto, sé que algo va mal.

—¿Deberíamos haberlo invitado? —pregunto.

Alza la vista hacia mí.

—No. Él entiende que es nuestro aniversario, y, además, estoy seguro de que ahora mismo ya se está acostando con alguien.

Me obligo a ignorar la inquietud que me provoca pensarlo. Drake es un hombre adulto, soltero y guapo, y puede hacer lo que le dé la gana. Pero ¿va a pasarse todo el viaje follando? Sé que no ayuda que nos hayamos tomado estas minivacaciones para recorrer el país y visitar cuatro clubes sexuales, aunque me siento como si estuviéramos llevando a nuestro hijo a Disneylandia. No puedo reprimir una risita al imaginarme a Drake con unas enormes orejas negras de ratón y su nombre bordado en la espalda de la camiseta.

—¿De qué te ríes?

—De nada. Solo me estaba preguntando por qué le hemos pedido a Drake que viniera con nosotros. Es muy probable que lo perdamos por el camino.

—Siempre hace lo mismo cuando nos vamos de vacaciones —ríe.

—Ya deberíamos haber aprendido que es mejor no compartir las casas de alquiler con él —replico, juguetona.

—La verdad es que sí. —Me estrecha los dedos.

—¿Sabes? A lo mejor tendríamos que haberlo invitado a cenar con nosotros. Al fin y al cabo, estaba ahí el día que nos conocimos.

—Ah, ¿sí? —responde Hunter—. No lo recuerdo. Solo te miraba a ti.

Pongo los ojos en blanco e intento ocultar mi sonrojo.

—Para.

—No. Isabel, ese fue el mejor día de mi vida, el primero de muchos. Verte de camino a la biblioteca, cargando con esa pila de libros y con las gafas resbalándose por tu nariz… —Su sonrisa es contagiosa.

—Te estás burlando de mí —contesto.

—No. Hasta recuerdo con absoluta precisión lo que se me pasó por la cabeza en ese momento.

—«¿Quién sigue yendo a la biblioteca?».

—No. Fue «Ojalá pudiera salir con una chica así».

Nos acercamos el uno al otro sobre la mesa para besarnos.

—Y, mira por dónde, conseguiste salir con una chica así.

Cuando vuelve a reclinarse en su asiento, su expresión es seria de nuevo.

—Porque he cambiado.

—No —argumento—. Porque te quiero pase lo que pase.

Juguetea con las mangas de su camisa, tirando de ellas hacia abajo como un hábito para ocultar los tatuajes que van desde su muñeca hasta su cuello. Mi marido parece pensar que ciertas decisiones que tomó entre los dieciséis y los veintitrés años lo hacen indigno de ser amado, y sé que lo avergüenzan.

Cuando lo conocí yo era una virgen de diecisiete años con ojos saltones. Él era un delincuente de veintitrés años cubierto de tatuajes que hacía lo que podía para salir adelante. Vivíamos en zonas muy dispares de la ciudad, nuestros mundos eran muy distintos, nuestros caminos, muy diferentes; pero al final esos caminos se convirtieron en uno y nuestras historias, aunque desiguales, se unieron en un futuro común. De repente, Hunter se aparecía en todos lados; como tenía miedo de asustarme, tardó meses en reunir el valor suficiente para hablarme: sabía que iba a la biblioteca pública al menos tres veces por semana, y cuando por fin se acercó a mí, estaba tan nervioso que temblaba, y eso, en un hombre como él, me pareció adorable.

Hunter nunca me ha dado miedo; a pesar de sus tatuajes y su reputación, su expresión era amable, y la verdad es que yo me había fijado en él mucho antes de que él se fijara en mí, e, irónicamente, me dije que jamás podría salir con un chico como él.

—Te quiero —musito; apoyo el codo en la mesa y la barbilla en la mano, como una adolescente enamorada. Lo que, en cierto modo, supongo que sigo siendo.

Sonríe, y esos dientes blancos y brillantes hacen que un cálido cosquilleo me recorra las entrañas. ¿Por qué tiene que ser tan guapo, tan encantador y sexy?

—Yo también te quiero, pelirroja.

Me ruborizo y sé que mi cuello y mi pecho están aún más rojos que mi pelo.

—Hunter… —susurro, y le rozo la pierna con mi pie. Se tensa, ladea la cabeza y me mira con lujuria—. Vámonos ya a casa.

—La cuenta, por favor —le pide al instante al camarero, y mi sonrisa es tan amplia que me duelen las mejillas.

Oímos los gemidos incluso antes de abrir la puerta principal del diminuto apartamento de dos dormitorios que hemos alquilado en el centro de Phoenix, cerca del club que visitaremos mañana por la noche. Era la opción más lógica, ya que somos tres y, en lugar de pagar lo mismo por dos habitaciones de hotel, podemos tener un piso por el mismo precio.

Pero cuando, al dejar el bolso, oigo lo que parece una mujer en pleno orgasmo me replanteo la cordura de esa idea.

—Cancela el resto de las reservas —bromeo.

—Joder… Lo siento.

—Hunter, no te disculpes —río—. Eres copropietario de un club sexual. ¿En serio crees que esto me afecta?

Me empuja contra la mesa y me arrincona entre sus brazos.

—¿Estás segura de que no te afecta en absoluto? ¿Ni siquiera un poco? —Me besa el cuello, justo debajo de la oreja, y yo dejo escapar un murmullo de aprobación: conoce todos mis puntos débiles.

—Vale…, puede… Un poco…

Me rodea la cintura, me estrecha contra él y murmura junto a mi oreja.

—¿Deberíamos hacerles la competencia.

—Ay, cariño, ya sabes que puedo hacerlo mucho mejor que ella. —Pero entonces se oye el gemido de otra voz femenina y Hunter y yo nos miramos con los ojos como platos—. Ellas —me corrijo.

Hunter me carga sobre su hombro y me lleva al dormitorio; ahí, los gemidos de la habitación contigua suenan más fuerte, así que supongo que estamos pared con pared. Maravilloso…

Me distraigo enseguida cuando Hunter me deja caer sobre la cama y me lleva hasta el borde; le rodeo la cintura con las piernas mientras se quita la chaqueta y se desabrocha la camisa. Me lamo los labios y me deleito con la visión de mi marido tras deshacerse de la prenda blanca de algodón para dejar al descubierto la tinta negra, blanca y roja que lo cubre como una segunda piel.

Con un brusco tirón, me sube el vestido hasta la cintura y me baja las bragas. Suelta un gruñido, se arrodilla y me mordisquea el interior de los muslos. Me retuerzo entre sus brazos cuando alcanza mi centro y lo recorre con grandes lengüetazos, y suelto un fuerte gemido.

—Venga, pelirroja, puedes hacerlo mejor.

Me mete dos dedos y arqueo la espalda, soltando un grito gutural. Su boca es brusca y sus dedos, brutales mientras me chupa y me mordisquea el clítoris.

Me aferro a las mantas; mis zapatos de tacón caen con estrépito contra el suelo de baldosas cuando mi marido hunde la cabeza entre mis muslos y no se aparta ni para respirar hasta que grito de placer una vez más.

Llego a un orgasmo feroz rápidamente, pero antes de que pueda recuperarme, Hunter hace que me ponga de rodillas y se sitúa detrás de mí. Me agarro al cabecero y me preparo: Hunter es muy duro en la cama, y eso es lo segundo que más me gusta de él después de su gran corazón. O quizá es esa dicotomía lo que hace que el sexo sea genial: en persona es cálido, amable y tranquilo, pero en la cama se desmelena y se comporta de forma salvaje, ruda y primitiva. Me gruñe, me ordena y me domina, y sé que me quiere a mí y solo a mí, que me necesita.

—Más alto —exige.

Grito una vez más, y, cuando la cama golpetea contra la pared, juraría que los gritos en la otra habitación han subido de volumen, y, no sé por qué, me pongo a imaginar lo que pasa ahí: veo a Drake cabalgando a esa chica como Hunter lo hace conmigo; veo su cabello rubio hasta los hombros, veo su rostro y me pregunto qué expresión muestra cuando se corre. Siento una oleada de calor y placer por todo el cuerpo y me corro una vez más, aferrada al cabecero y gritando.

Hunter me penetra un par de veces más y gime al alcanzar el orgasmo; cuando abro los ojos, inspiro hondo y reprimo la vergüenza que me atenaza al saber que todavía tengo la imagen de Drake congelada en primer plano en mi mente, y por un instante me imagino que las manos que me están agarrando de las caderas son las suyas. Alargo el brazo a toda prisa y le estrecho la mano a Hunter; me vuelvo hacia él, salgo de mi fantasía y experimento alivio al ver a mi marido, el único hombre en el que debería pensar cuando llego al clímax.

Pero ¿qué leches ha pasado?

Regla nº 3

Las reuniones en la cocina a medianoche pueden ser muy esclarecedoras

Hunter

Diez años. Ya han pasado diez años y parece que fue ayer. Aún me siento como el traficante de drogas que conducía el destartalado todoterreno de mi padre, el que tenía veintitrés años y hacía lo que podía para salir adelante. Diez años con trajes elegantes y coches bonitos y una preciosa casa que compré y pagué para mi guapísima esposa.

No voy a decir la gilipollez de que no me lo merezco, porque, joder, vaya si me lo merezco: me dejé el culo para cambiar una vida de vender anfetas por una de vender bdsm, y no he olvidado de dónde vengo: una parte de mí sigue siendo ese chico estúpido que tuvo la suerte de no haber acabado entre rejas, pero no me avergüenzo de ello. Hice lo que tenía que hacer, lo que habría hecho la cárcel: me rehabilité, y la mujer que dormita a mi lado fue mi sentencia.

La respiración de Isabel es pausada, y tiene la melena de color ámbar despeinada. Me agacho, le retiro los mechones de la cara, le doy un beso en la frente y salgo de la cama con cuidado, sin despertarla.

El viejo despertador de la mesilla de noche muestra en luz roja las tres y veintidós. La vida en el club me ha convertido en un ave nocturna que pasa la noche despierta y se duerme al amanecer, y, como acabo de oír la puerta de un armario en la cocina, sé que no soy el único.

—Tienes unos horarios rarísimos para dedicarte a la construcción —comento en la oscuridad, y oigo un golpe en la encimera.

—Joder, tío —protesta Drake—. Me has dado un susto de muerte.

No puedo reprimir una risita seca. Llego a su lado, cojo un vaso y su hombro desnudo roza el mío.

—Lo siento.

—¿No puedes dormir? —pregunta.

—Ya me conoces —murmuro con pereza. Lleno el vaso de agua y miro a mi mejor amigo bajo la luz de la pequeña bombilla que hay sobre la encimera—. Habría apostado a que estarías inconsciente. Me daba la impresión de que estabas haciendo mucho ejercicio.

Sonríe de oreja a oreja y apoya las manos sobre el mármol; va vestido solo con unos vaqueros y no lleva zapatos, y parece muy pagado de sí mismo por todo el ruido que ha hecho esta noche. Aunque, bueno, técnicamente, han sido las chicas las que han hecho ruido.

—Ah, ¿me has oído? —dice con una sonrisa traviesa.

—Venga ya, Drake; estoy convencido de que te han oído Emerson y Maggie desde el club. Es un milagro que los vecinos no hayan llamado a la policía. Sonaba como si estuvieras estrangulando linces ahí dentro.

Ríe entre dientes, su pecho sube y baja rápidamente con cada respiración. Debe de estar bien tener un trabajo manual como la construcción, porque a sus treinta y cuatro años se mantiene en forma sin tener que hacer ejercicio todos los días. Yo, en cambio, tuve que instalar un gimnasio en el sótano y vivir allí a tiempo parcial para mantener mi físico.

Para él el trabajo en las obras es como levantar pesas, y el sexo es su entrenamiento de cardio.

—Estas chicas de Arizona son tremendas. —Ríe—. No tardaron ni una hora en sacarme del club y meterme en un Uber. ¿Podemos quedarnos? —bromea con una sonrisa infantil.

—Tú puedes quedarte si quieres. Iz y yo tenemos que visitar otros tres clubes en tres estados distintos la semana que viene. Y estoy convencido de que no querrás perdértelo.

—Sí, suena divertido. Además, los sonidos que venían de tu habitación no eran mucho más discretos que los de la mía. —Enarca una ceja.

—¿Estabas escuchando los sonidos que hace mi mujer durante el sexo?

—Como si fuera la primera vez… ¿Recuerdas cuando el único sitio donde podíais hacerlo era en la parte de atrás del todoterreno y yo tenía que esperar fuera? ¿O cuando teníamos ese apartamento en la ciudad y yo trabajaba de noche y no podía dormir por culpa de vuestras escapadas sexuales matutinas?

Escondo la sonrisa tras el vaso y escucho unos pasos suaves que vienen del dormitorio.

—¿Qué hacéis levantados todavía? —Isabel aparece en la puerta vestida con un pijama con pantalón corto y camiseta de tirantes, que deja ver sus pezones a través de la tela. A estas alturas, ya he superado lo de sentirme celoso por culpa de Drake; ya ha visto a Isabel en ropa interior muchas veces, porque era casi imposible evitarlo cuando vivimos juntos unos cuantos años mientras él construía nuestra nueva casa. Pero cuando ella se acoda sonriente sobre la encimera y casi nos muestra los pechos, me tenso—. Una noche divertida, ¿eh? —se burla de él—. ¿He oído bien? ¿Eran dos chicas?

—Has oído bien —responde, arrogante, y le sonríe sin apartar la vista de su cara; no alcanzo a imaginar el esfuerzo que debe de suponerle no mirarle el escote.

—¿Y no estás agotado? —insiste.

—Isabel, ¿en serio crees que no puedo con un par de veinteañeras?

—Te estás haciendo mayor. No deberías salir con universitarias —responde con una sonrisa sarcástica.

—Podría con toda su hermandad —ríe.

—Claro que sí, Drake.

Yo estoy recostado contra la nevera, atendiendo a sus pullas con una sonrisa. Podría pasarme la vida mirándolos. Isabel y yo bromeamos y nos reímos juntos, pero nunca tendremos la relación juguetona que ella tiene con Drake, y no estoy celoso porque sé que no hay nada más: bromean como hermanos, o como buenos amigos, y es lógico: cuando yo empecé a salir con ella, él la adoptó como amiga. Siempre ha cuidado de ella y la ha tratado tan bien como yo, aceptándola como si siempre hubiera formado parte de nuestro grupo.

Pero no siempre será así: el tiempo corre en nuestra contra, y, aunque sé que es mi lado pesimista y sombrío el que habla, también me doy cuenta de que en algún momento Isabel querrá tener hijos o Drake sentará cabeza y nuestra familia cambiará, y por mucho que quiera tener hijos con Isabel y que Drake siente la cabeza, odio los cambios. Si las cosas pudieran seguir siempre como ahora, sería feliz.

Siguen peleándose entre bromas y pullas, y la mirada de Drake jamás se aparta de su cara, no recorre su cuerpo y no se detiene en esas partes que otros hombres miran boquiabiertos. A ver, Isabel da clases de yoga y siempre va vestida con ropa de lycra, y es una obra de arte. ¿Cómo no mirarla? Pero Drake jamás lo hace.

Pero las expresiones de ella me cuesta más interpretarlas: mi mujer es más discreta que Drake y que la mayoría de la gente, así que cuando le mira los pectorales o se muerde el labio, sonriente, no puedo evitar preguntarme qué se le está pasando por la cabeza. Daría lo que fuera por saberlo, incluso aunque fuera que lo está admirando, porque, una vez más, ¿cómo no hacerlo? Drake es tan agradable a la vista como Isabel, con esos abdominales marcados, la piel bronceada por el sol, el pelo rubio oscuro hasta la barbilla y esa sonrisa tan deslumbrante como un relámpago. Es la hostia de difícil no quedarse mirándolo, y eso que yo soy heterosexual.

Isabel bosteza, se endereza y me coge la mano.

—Vamos a la cama. Mañana nos espera un día muy ajetreado.

En realidad, hoy nos espera un día ajetreado: nos vamos a reunir con los propietarios de un club de sexo de la ciudad, el primero de los cuatro que visitaremos en este viaje para colaborar, compartir ideas y hablar de la creación de la marca. No he venido solo para hacer un estudio de mercado para Juegos Prohibidos, sino también para estudiar una posible expansión. Emerson está pensando en una segunda sede, y comprar un club ya existente sería más fácil.

—Vamos, pelirroja. —Le paso el brazo por los hombros y la beso en el cuello. Le damos las buenas noches a Drake con un gesto y, justo antes de perdernos por el pasillo, le echo un vistazo por encima del hombro y me sorprendo al ver que ha perdido la sonrisa y nos contempla con expresión melancólica.

—¿Crees que está bien? —le pregunto a Izzy cuando nos metemos en la cama.

—¿En serio? —ríe.

—Sí. Lo he visto un poco triste.

—Debe de estar cansado. A mí me ha parecido que estaba bien cuando hablaba con él —responde, acurrucándose contra mi pecho.

—Sí, pero lo dices porque contigo siempre está sonriendo.

Ella levanta la cabeza.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada —respondo—. Solo quería decir que los dos siempre os hacéis reír, pero cuando creía que nadie lo miraba, parecía decaído.

—¿Por qué no hablas mañana con él? —sugiere.

—Vale. —Le doy un beso en los labios y la estrecho contra mí; me adormezco con los latidos de su corazón, la caricia de su pelo en mi brazo y el roce de su aliento sobre mi piel.

Sonrío y la beso en la coronilla. ¿Cómo coño he tenido tanta suerte? Diez años y todavía no me lo creo. Ojalá Drake pudiera encontrar a alguien como Isabel. Sé que esa expresión triste no han sido imaginaciones mías, y no es la primera vez que la veo: finge que su sueño es acostarse con alguien diferente cada noche, pero estoy convencido de que sería más feliz si pudiera tener lo que yo tengo.

Regla nº 4

Mantén a tus amigos cerca y al mejor amigo de tu marido aún más cerca

Isabel

A lo mejor no soy imparcial, pero para mí Juegos Prohibidos es el mejor club sexual del mundo. Vale, sí, no tengo mucho con lo que compararlo, o más bien nada, porque jamás he estado en otro club de sexo. Esta noche va a ser la primera vez, y estoy un poco nerviosa, porque una cosa es ir al club de tu marido, construido por su mejor amigo, y otra muy distinta, entrar en un club extraño donde no conoces a nadie. Pero al menos voy con dos hombres geniales, así que no debería estar tan nerviosa.

Me asalta el recuerdo de cuando Hunter planteó la idea de abrir un club sexual con sus socios; me pareció una idea descabellada. Un club nocturno es una cosa, joder, hasta un club de striptease podría pasar, pero ¿un club de sexo en toda regla? Supongo que nunca me vi como la mujer del dueño de un club sexual, pero en cuanto me enamoré de Hunter supe que me esperaba una vida poco convencional. La empollona tranquila, perdida entre libros y con unos padres que trabajan como contables, de pronto, por matrimonio, es socia del establecimiento más raro de Briar Point. Aunque, en realidad, nunca he sido muy cerrada de mente.

—Estás temblando —me susurra Hunter al oído cuando atravesamos las puertas principales del Palacio de Fuego, el club del centro de que lleva siete años en funcionamiento. Es más discreto que Juegos Prohibidos, como si fuera un bar clandestino, con una entrada en la planta baja y la apariencia de un bar completamente normal. La calle estaba tan tranquila que he pensado que nos habíamos equivocado de sitio, y cuando entramos me doy cuenta de por qué: el Palacio de Fuego no es una discoteca ruidosa y no hay sonidos de sexo por ningún lado. En nuestro club, si escuchas con atención, puedes oírlos de fondo porque hay gente practicándolo en todas partes. Drake insonorizó todas las estancias, pero algunas no lo están a propósito.

Nos acercamos a la recepción, donde nos saluda un hombre rubio guapísimo que lleva el pelo incluso más largo que Drake y con unos ojos azules que no aparta de él. Sonrío e intento esconderme detrás de los dos hombres.

—Soy Hunter Scott. He venido a ver a Mirabel Santos.

—Ah, sí, señor Scott. Ya me ha avisado de que iba a venir. —El hombre rebusca bajo el mostrador y saca una llave. No es una tarjeta como las que tenemos nosotros, sino una llave de verdad, con un llavero negro que me recuerda a los que usaban los hoteles antiguos.

—El Palacio de Fuego está organizado en distintas salas para garantizar la intimidad y la seguridad. Me ha pedido que les dé la llave de una suite vip y me ha dicho que se encontrará con ustedes dentro de una hora. Mientras tanto, pueden hacer uso de la suite. —Nos mira a los tres y abro los ojos de par en par cuando me doy cuenta de lo que está insinuando—. Hagan lo que les apetezca hasta que ella se reúna con ustedes.

Drake ahoga una carcajada.

—¿Y no podemos esperarla en el bar?

—Me temo que no servimos alcohol, pero arriba hay un salón en el que pueden darles algo de beber.

Vaya, ¿parecemos tan estirados en nuestro club?

—¿No podemos echar un vistazo? ¿No hay un sitio donde la gente se… mezcle? —pregunta Hunter.

—¿Mezclarse? Los jueves y los sábados por la noche son las actividades grupales y…

—Da igual —lo interrumpe Hunter, cogiendo la llave—. En las salas habrá agua o algo así para mi mujer, ¿no?

Está un poco tenso, así que le estrecho el brazo para que se tranquilice. Es muy pronto para que pierda los nervios, y Hunter es de mecha corta.

—Sí, señor.

—Por favor, dígale a la señora Santos que no hace falta que nos dé una hora. Hemos venido para ver el espectáculo de shibari a las diez, así que le agradecería que no nos hiciera esperar en nuestra… sala.

El hombre detrás del mostrador parece incómodo.

—Sí, señor.

—Vamos —refunfuña, llevándome a rastras hacia la puerta.

—Estaré arriba, en el salón —anuncia Drake, dirigiéndose a las escaleras, y siento una punzada de decepción al verlo marchar.

—Vamos, Drake. No querrás perderte el espectáculo de shibari.

—¿E ir contigo a una sala de sexo?

—No vamos a… ¿Quieres venir o no? —masculla Hunter.

Drake suelta otra carcajada y nos sigue a través de las puertas del club. Hay demasiado silencio, pero en cuanto nos adentramos en un pasillo largo y oscuro, los sonidos del sexo detrás de todas las puertas se mezclan con los fuertes bajos de la música. Me impresiona que no pudiéramos oír nada de esto en el vestíbulo.

El ambiente de este club no tiene nada que ver con el de Juegos Prohibidos. En lugar de encontrarnos en una gran sala al entrar, tenemos que serpentear por un laberinto de pasillos con puertas a cada lado, numeradas con letras doradas. Tardamos unos instantes en encontrar la nuestra: la sala treinta y tres.

Espero a que Hunter abra la puerta, cogida de su mano, y estoy a punto de darme la vuelta para mirar a Drake cuando oigo un estruendoso rugido procedente de una sala al otro lado del pasillo. Drake y yo nos miramos y nos aguantamos las ganas de echarnos a reír antes de entrar a toda prisa.

En el momento en que la puerta se cierra detrás de nosotros, hay un poco más de silencio, pero solo un poco. La música está muy alta, y no sé de dónde proviene el sonido.

—Este sitio es muy raro —murmura Drake, echando un vistazo a nuestra sala.

Hunter sigue apretando la mandíbula, lo que significa que está molesto. Está claro que no le gusta que nos hayan metido aquí como si fuéramos prisioneros, pero supongo que solo era una táctica comercial: técnicamente somos su competencia, así que nos mostrarán respeto justo después de humillarnos.

—Esto no me gusta —murmura Hunter.

—Bah, no está tan mal —respondo. La sala es bonita y grande, y huele a limpio, a jazmín y algodón. Hay una cama gigante a la derecha y un sofá pegado a una pared, y un minibar y un armario en otra. Está poco iluminada, lo que le da un aire sexy, y eso, creo, compensa un poco que sea un tanto… aburrida.

Voy hasta el armario, abro las puertas y encuentro exactamente lo que esperaba: cuerdas, esposas, botellitas de lubricante con la misma pinta que los champús de hotel y un cuenco con condones. En los cajones hay juguetes sexuales sellados y sin abrir: tapones anales, consoladores, bolas chinas… Me divierte que estas cosas ya no me perturben.

—Esto es una mierda —masculla Hunter, paseándose por toda la sala.

—Cariño, relájate. —Me acerco y le acaricio el pecho; Drake se deja caer en el sofá que está detrás de nosotros—. Tenemos una hora —bromeo, tratando de aligerar el ambiente para que mi marido se relaje—. Que Drake esté aquí no significa que no podamos usar esta sala.

—Por mí, adelante —ríe Drake.

Mi marido pone los ojos en blanco, pero sus hombros se relajan un poco cuando me desliza las manos por la espalda.

—Será mejor que esa mujer se apresure. No pienso quedarme una hora aquí encerrado.

No pasa ni una hora cuando llaman a puerta. Presuroso, Hunter se acerca y la abre, y una hermosa mujer de grandes ojos verdes y con el pelo negro cortado con elegancia nos sonríe cortésmente.

—Soy Mirabel —dice con una pequeña reverencia—. Espero que hayan disfrutado de la sala.

—No hemos pedido ninguna sala —replica Hunter entre dientes.

Mirabel ve por fin al hombre corpulento que está sentado en el sofá y enarca las cejas, sorprendida.

—Qué lástima. De haber sabido que venía una persona más, le habría dado una sala para solteros.

—¿Hay una sala para solteros? —protesta Drake.

—Hablaré con el recepcionista. Les pido disculpas —responde Mirabel con una dulce sonrisa. A primera vista no me parece la dueña de un club sexual: es muy amable y muy normal.

—Gracias —acepta Hunter, y se relaja un poco entre mis brazos—. En su correo mencionó una exhibición de shibari.

—¿Siguen interesados en asistir?

—Sí, por favor.

—Muy bien. Síganme. —Drake y yo compartimos una mirada de sorpresa y seguimos a Hunter y a Mirabel—. Nuestros socios aprecian la discreción, por eso les ofrecemos intimidad con las puertas cerradas con llave. Organizamos eventos para que se mezclen, pero prefieren no arriesgarse a que nadie de fuera del club sepa que vienen.

—En Juegos Prohibidos promovemos un enfoque abierto y sin prejuicios. Creemos que no tienen nada que ocultar y que no deben avergonzarse de buscar placer en el club.

—Qué liberador debe de ser… —responde con una sonrisa tímida, y Hunter frunce el ceño—. ¿Le ha preguntado a su mujer, o a cualquier mujer, si se siente cómoda al pensar en que la vean acudir a un club sexual? Las expectativas sociales son muy diferentes para nosotras.

Desvío la mirada cuando veo que Hunter me mira.

—Nos esforzamos por desmantelar los estereotipos de género, señora Santos, no por promoverlos.

—Es admirable —contesta. Drake y yo volvemos a mirarnos y reprimimos una sonrisa. Supongo que los dos nos sentimos un poco incómodos, y me alegro de que haya venido y podamos tomárnoslo con humor los dos.

Cuando llegamos al final del pasillo, Mirabel saca una llave de un brazalete que lleva puesto y abre la puerta. Accedemos a un amplio espacio que me recuerda a una pequeña sala de conciertos. La sala es ancha y estrecha, con un escenario al fondo, y la gente está diseminada en pequeños grupos preparada para ver el espectáculo. Las columnas no permiten saber lo que ocurre, pero cuando por fin lo consigo, dejo escapar un jadeo al ver a un joven suspendido en el aire: está colgado boca abajo, envuelto en una tensa cuerda negra; a sus espaldas está un hombre mayor que hace girar lentamente la cuerda y hace que el joven dé vueltas; cuando este vuelve a estar frente al otro, se estira para mostrar que su boca está alineada con la ingle del mayor, y tengo claro que lo ha hecho a propósito.

—Ese es Maxwell —sonríe Mirabel—. Es un excelente instructor de shibari. Deberían quedarse a su taller: siempre escoge a alguien del público para hacer una demostración.

Me acerco un poco más a Hunter.

—En ese caso, nos quedaremos —aprueba.

Cuando me vuelvo hacia Drake para ver qué le parece, está muy ocupado mirando a una mujer que lo contempla con expresión coqueta, y me esfuerzo en reprimir la envidia que me provoca que le dedique tanta atención. Está claro que no puedo esperar que se quede con nosotros toda la noche, pero acaba de estar con dos chicas. ¿De verdad necesita buscar a otra persona tan pronto? ¿No se cansa nunca?

¿A quién quiero engañar? Por supuesto que no. Es joven y guapo y las mujeres están obsesionadas con él. Si puede estar con una diferente cada noche, ¿por qué no iba a hacerlo?

Asistimos en silencio a la exhibición; Maxwell desenreda lentamente al hombre suspendido en aire, tirando de las cuerdas de forma que descienda hasta el suelo con seguridad y sin caerse de cabeza.

—Sus acompañantes pueden quedarse al siguiente espectáculo mientras nosotros vamos a mi oficina a hablar de negocios —le dice Mirabel a Hunter; apenas puedo oírla con el volumen de la música.

—¿Te parece bien? —me pregunta Hunter.

—Por supuesto —sonrío.

Drake asiente, pierde por completo el interés en la otra mujer y se acerca más a mí en respuesta a la petición silenciosa de su mejor amigo. No es la primera vez que Drake se encarga de vigilarme en un club. A Hunter no le gusta que ande sola por ahí, ni siquiera en Juegos Prohibidos, aunque sea un lugar muy seguro gracias a que hay cámaras y porteros a cada paso, así que, si tiene que marcharse por el motivo que sea, me deja en manos de su mejor amigo, como si necesitara una niñera. Me pone de los nervios, pero no discuto porque sé que solo intenta protegerme y que es así como demuestra su amor.

Hunter me besa en la mejilla y me estrecha contra su cuerpo.

—Pórtate bien —me susurra al oído, y me recorre un escalofrío por su tono seco, que suena más como una promesa sexy que como una advertencia.

—¿O qué? —respondo, mirándolo con expresión coqueta.

Me da un azote y me besa en los labios, deslizando su lengua entre ellos y adueñándose de mi cuerpo hasta dejarme sin aliento entre sus brazos. Cuando se separa de mí estoy desorientada y mirando al escenario.

El hombre ya no está suspendido: está de pie, completamente desnudo, mostrando las intrincadas marcas de cuerda por todo el cuerpo. El público lo contempla como si fuera una obra de arte.

—Eso tiene que doler —comenta Drake.

—¿Qué pasa, Drake? ¿Te da miedo el dolor? —me burlo. Está aún más cerca de mí, apostado a mis espaldas como si fuera mi guardaespaldas.

Se agacha hasta que su boca está más cerca de mi oído.

—Para nada. ¿Y a ti?

—No —respondo, levantando la barbilla.

—¿Quieres decir que no te importaría que te colgaran ahí como una piñata?

Me muerdo el labio para contener una carcajada.

—No parece muy diferente del yoga aéreo que hacemos en mi estudio.

Siento la vibración de su risa en mi espalda.

—Te aseguro que es muy distinto…

El hombre con las marcas de las cuerdas en el cuerpo se ha ido y solo queda Maxwell, el experto en shibari, en el escenario; levanto la vista y lo pillo mirándome, y me quedo callada esperando a que vuelva a hablar, sintiéndome como si un profesor me hubiera cazado montando jaleo en clase.

—Vosotros dos —nos llama a Drake y a mí.

—¿Nosotros? —pregunto, señalándome el pecho.

—Sí. Sois perfectos para lo que voy a hacer ahora. ¿Os gustaría subir al escenario y probar juntos?

—Yo no… —empieza Drake, pero Maxwell lo interrumpe.

—No voy a tocarla. Lo harás tú.

Drake se tensa a mis espaldas, y yo me quedo paralizada mirando las cuerdas negras que cuelgan del techo. Por un lado, esto podría ser una excelente oportunidad para aprender algo que nos vendría bien en nuestro club; me encantaría ver cómo podemos hacer que nuestros miembros participen en estas exhibiciones. Además, siempre he querido probar el shibari. Lo encuentro inofensivo, y, al fin y al cabo, estamos aquí para aprender.

Por otro lado, si Hunter me ve en el escenario, tal vez no reaccione bien. Pero estaré con Drake.

—Vale —acepto, dando un paso hacia el escenario.

—¿En serio? —pregunta Drake en voz baja.

Me doy media vuelta y le tiendo la mano.

—Solo es una exhibición y hemos venido a aprender. Venga.

Duda al cogerme de la mano, pero me deja que tire de él para guiarlo hasta los tres escalones que conducen a la parte superior del escenario, donde nos juntamos con Maxwell bajo la luz rosa neón que nos alumbra desde las vigas.

—Qué pareja más hermosa —saluda Maxwell cuando llegamos al centro del escenario, junto a él.

Drake y yo seguimos cogidos de la mano, así que le doy un rápido apretón y lo miro con una sonrisa tensa en los labios. Él se limita a negar con la cabeza, y me doy cuenta de que se siente incómodo.

—Gracias —le respondo a Maxwell.

—Me encantaría enseñarte a atarle un arnés de cinco puntos a esta hermosa mujer. ¿Te gustaría aprender? —pregunta.

Drake carraspea.

—Claro.

—Genial. Llevas un vestido precioso, pero el arnés quedaría mejor sin él. ¿Te importaría quitártelo? Por supuesto, puedes negarte.

Se me seca la boca. ¿Quitarme el vestido? ¿En un escenario?

Escudriño la multitud en busca de Hunter o Mirabel, pero no los veo. Llevo sujetador y esto es un club de sexo, así que supongo que no hay nada inapropiado en quedarme medio desnuda; además, estoy con Drake, y solo es un espectáculo.

—No, no me importa —respondo. Me bajo los tirantes de los hombros y el vestido cae hasta mis tobillos. Lo recojo, me doy media vuelta para dejarlo sobre una silla que hay a mi izquierda y veo que Drake está lívido. Tiene los ojos muy abiertos, la mandíbula desencajada, y el rubor de sus mejillas no se debe a la luz rosa que ilumina el escenario. Se acerca un paso más a mí sin dedicarle ni una mirada a mi sujetador transparente: tiene la vista fija en mi rostro.

—Preciosa —aprueba Maxwell. Luego distrae la atención de Drake sobre mí pasándole unas cuerdas negras—. Ponte a su espalda —ordena, y Drake obedece. Está tan cerca que siento el calor de su cuerpo contra mi piel.

—Dobla la cuerda y pásala entre sus pechos y alrededor de la espalda.

Estoy relajada y miro con orgullo al público mientras Drake me rodea con la cuerda. Ni siquiera me siento mal cuando pasa entre mis pechos, pero a medida que avanza la exhibición y se van añadiendo vueltas de la cuerda a mi alrededor, entre mis pechos, hasta que estos sobresalen entre ellas, mi cuerpo empieza a reaccionar con excitación nerviosa.

No sé cómo se siente Drake, pero cada vez que sus dedos rozan mi piel desnuda se me pone la carne de gallina, y juraría que cada vez que me toca su contacto se prolonga un poco más. Puedo oír su respiración en mi oído por encima de la música mientras me ata.

Es un arnés sobre mi torso y la parte superior de mis pechos, y en la parte de arriba hay un dibujo de estrellas hecho con las cuerdas.