Compláceme - Sara Cate - E-Book

Compláceme E-Book

Sara Cate

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Beschreibung

Él dice que soy perfecta. Su mascota sin mácula. Su chica buena.   Cuando mi tóxico exnovio me abandonó, me quedé hundida y destrozada, y solo ansiaba encontrar a alguien que me dijera que yo valía la pena. Entonces encontré un nuevo trabajo con un jefe que hace que me ponga de rodillas… literalmente. Emerson Grant me incita a hacer cosas que una verdadera secretaria nunca haría. Pero también me hace saber que valgo la pena de verdad. Que soy digna de sus halagos. Hay un millón de razones por las que debería mantenerme alejada de él. El dueño del Club Juegos Prohibidos no es solo mi nuevo jefe, sino que también me dobla la edad… y es el padre de mi exnovio. Con él me siento valorada, adorada… Suya. Soy una buena chica, pero me he enamorado del hombre equivocado. Emerson Grant sabe lo que quiere, y ahora me quiere a mí. Pero ¿hasta dónde estaré dispuesta a llegar para conseguir su aprobación?

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Seitenzahl: 464

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Praise

Primera edición: enero de 2025

Copyright © 2022 by Sara Cate

© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2024

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-10070-73-8

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografía de cubierta: igterex/Freepik

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Prólogo

Regla nº 1

Regla nº 2

Regla nº 3

Regla nº 4

Regla nº 5

Regla nº 6

Regla nº 7

Regla nº 8

Regla nº 9

Regla nº 10

Regla nº 11

Regla nº 12

Regla nº 13

Regla nº 14

Regla nº 15

Regla nº 16

Regla nº 17

Regla nº 18

Regla nº 19

Regla nº 20

Regla nº 21

Regla nº 22

Regla nº 23

Regla nº 24

Regla nº 25

Regla nº 26

Regla nº 27

Regla nº 28

Regla nº 29

Regla nº 30

Regla nº 31

Regla nº 32

Regla nº 33

Regla nº 34

Regla nº 35

Regla nº 36

Regla nº 37

Regla nº 38

Regla nº 39

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

Para las buenas chicas.

Prólogo

Hace siete años…

Emerson

—Y ahí estaba yo, agarrándola del pelo, los dos a cien. La miro a los ojos y le digo: «¿Por qué no eres una buena chica y me la chupas?». Y antes de que pudiera hacer nada, se había levantado y me había dado un puñetazo.

—¡Ay, mierda! —maldice Garrett con una mueca.

—¡Joder! —exclama Hunter.

Al otro lado de la mesa, Maggie, la única mujer de nuestro grupo, parece horrorizada.

Hago un gesto de dolor y me palpo el moratón que me ha salido en el ojo.

—Me da que no le gustó lo que le dijiste —comentó Maggie con una ligera risita antes de dar un sorbo a su vino blanco.

—No me digas… —rezongo. Me pongo la cerveza fría contra la cara para calmar el dolor palpitante que me recorre el globo ocular, aunque lo peor es el orgullo herido, la humillación de que el primer puñetazo que me dan en mi vida haya venido de una guapa morenita con la que llevaba semanas flirteando y con la que estaba deseando follar.

—A ver, creía que nos entendíamos. Parecía bastante pervertida, y estoy convencido de que le gustaba, pero supongo que me equivoqué. Al parecer no es muy fan de la humillación sexual.

La mesa se queda en silencio por un momento. Mis tres compañeros de trabajo y yo hemos convertido la hora feliz de los jueves por la noche en una tradición. Todos detestamos la empresa de entretenimiento para la que trabajamos. Cuando aceptamos el trabajo lo hicimos por la emoción y el amor a la industria, pero ahora nos juntamos para tomar algo una vez por semana y despotricar sobre cómo dirigiríamos la empresa de otra manera y cuánto mejor nos iría por nuestra cuenta. Aunque solo es hablar por hablar, porque ninguno de nosotros está dispuesto a dejar un puesto fijo para empezar de nuevo.

A menudo hablamos de sexo; todos desvelamos nuestros secretos de alcoba más oscuros, incluso la modesta Maggie, como un puñado de viejos que comparten épicas historias de guerra. Aparte de Hunter y su novia, Isabel, con la que lleva un montón de años, todos somos solteros, y todos tenemos la intención de seguir así. Una de las ventajas de estar en la industria del entretenimiento es que trabajamos de noche, en fiestas llenas de borrachos, lo que significa que echamos un polvo con bastante frecuencia; eso nos ofrece un montón de temas de conversación, así que no tenemos que pasar todo el tiempo quejándonos de la empresa para la que trabajamos.

—Joder, tío —comenta Garrett con expresión contemplativa—. Es una mierda que no haya una manera de emparejar a la gente por las perversiones que les molan en la cama. —La mesa estalla en carcajadas. Garret es así: se pasa la vida bromeando, y tras cada frase que sale de su boca todos nos partimos de risa—. Hablo en serio, joder. ¿No estaría genial que pudieras conocer a alguien a quien le gustaran las mismas mierdas que a ti? No tendrías que ocultarlo ni avergonzarte de las cosas que te ponen.

—Estás como una puta cabra, Garrett —contesta Hunter.

Pero yo dejo el vaso vacío en la mesa y no consigo que la idea se me vaya de la cabeza. ¿Por qué las aplicaciones de citas no emparejan a la gente por sus gustos en la cama? O mejor aún, ¿y si pudieras contratar a alguien para satisfacer esos deseos y tuvieras un lugar seguro donde disfrutar de ellos?

En ese momento caigo en la cuenta de que un grupo de personas como nosotros, con experiencia en la industria del entretenimiento, debería tener las habilidades adecuadas para sacar adelante algo por el estilo si tuviera las agallas para lanzarse a la aventura. Podría empezar con un servicio de citas que no se limitara a las llamadas para ligar, sino algo serio en lo que la gente no tuviera que sentirse tan avergonzada por lo que le gusta.

A partir de ahí, el cielo es el límite: de una aplicación a un servicio y, pasado algún tiempo, un auténtico club sexual.

—Qué va —argumenta Garrett—. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo ponerla en voz alta? A ver, está claro que a Emerson no le cuesta preguntar. —Todos vuelven a reírse, y Hunter me da un codazo en las costillas, pero no respondo porque aún estoy dándole vueltas a la idea—. Vamos. Hablo en serio. Todos hemos hecho un montón de cosas, pero estoy seguro de que hay algo que no os habéis atrevido a sugerir. Venga, confesad.

—Tú primero —responde Maggie con una sonrisa de suficiencia. Maggie, al ser la única mujer del grupo y, además, al ser un poco reservada, domina el arte de hacer que la conversación gire en torno a nosotros y la atención se aleje de ella.

—Está bien —acepta.

Me desconecto mientras comparten sus fantasías sexuales más oscuras y ocultas porque, como ha predicho Garrett, todo el mundo tiene una, y en realidad no son tan raras. Lo que me lleva a pensar que, si todos en esta mesa tenemos una fantasía concreta de la que nos da miedo hablar, ¿ocurre lo mismo con el resto del bar? ¿Con todos en la ciudad? ¿En el país? ¿En el mundo?

—Muy bien, Emerson —dice Hunter, dándome un codazo—, es tu turno.

—Eso es fácil —interrumpe Garrett—. ¿No habéis oído su historia? A Emerson le gusta humillarse y que le den puñetazos en la cara.

El grupo estalla en carcajadas a las que yo me sumo. Escondo la sonrisa tras la copa, bebo un trago y no respondo, porque quizá piensen que me gusta la humillación, pero no es mi rollo en absoluto.

A la mañana siguiente nos llaman para informarnos de que la empresa para la que trabajamos se ha ido a pique; van a declararse en quiebra y todos nos quedamos sin trabajo, pero antes de que ninguno de nosotros pueda solicitar la prestación por desempleo, ya hemos montado un plan de negocio: yo dirigiré la empresa, Garrett se encargará de los clientes, Hunter trabajará con los desarrolladores y Maggie nos coordinará a todos. Y así, sin más, ha nacido el Club Juegos Prohibidos.

Regla nº 1

No aguantes a un novio imbécil; deja a ese perdedor

Charlie

—¿Qué coño pasa contigo, Charlie? —suelta Beau cuando me ve llegar con las ventanillas bajadas.

Aprieto los dientes, salgo del coche y cierro la puerta detrás de mí. Le echo un vistazo a mi hermana pequeña, que me observa desde el asiento del copiloto, y me trago la humillación de que haya oído al estúpido de mi exnovio reñirme en el jardín de su nueva casa. Ni siquiera me molesto en preguntarle qué he hecho, porque para él siempre soy yo la que tiene la culpa de todo.

—Vete a la mierda, Beau —murmuro entre dientes—. Dame la mitad de la fianza para que pueda largarme.

Se frena en seco entre la camioneta y la puerta de su casa, con una caja de mudanza en los brazos.

—Ojalá pudiera, pero no acudiste a la cita con el casero, así que le enviaron el dinero a mi padre. Tendrás que ir a pedírselo a él.

—¿A tu padre? ¿Qué? ¿Por qué?

Beau lleva la caja, etiquetada como «Cosas de la Xbox», al interior de la casa y la deja caer en el suelo junto al televisor antes de regresar a la camioneta. Ha alquilado la casa con su mejor amigo, y, al parecer, todavía me guarda rencor por haber roto con él. Beau y yo salimos durante quince meses; seis de ellos los pasamos en una mierda de piso de alquiler en el que no tardamos en darnos cuenta de que nos odiábamos. Al parecer, podíamos salir y acostarnos de vez en cuando, pero éramos incapaces de vivir juntos y tener una relación adulta.

Le bastaron tres meses en el apartamento para engañarme, o, mejor dicho, para que lo pillara.

—Sí, Charlie. Mi padre. Él figuraba en el contrato de arrendamiento como nuestro avalista, y cuando no fuiste a recoger el depósito se lo enviaron a él.

—Joder —mascullo—. Bueno, siento no haber podido ir, Beau, pero estaba ocupada trabajando. —Enfatizo esa última palabra porque era yo la que tenía dos trabajos mientras que él jamás había podido mantener uno más de un mes.

—Servir palomitas de maíz en una pista de patinaje no te convierte en la persona más responsable de la relación.

—Al menos podía pagar las facturas.

—Vamos a dejarlo —protesta, y cierra de golpe el portón trasero del camión. Beau no tiene problemas de control de la ira: solo es gilipollas.

—Has empezado tú.

Miro a Sophie, que me observa desde el coche. Tiene los labios apretados y el ceño fruncido, con una expresión que dice bien a las claras que detesta cómo me trata mi ex.

Tengo que reconocerle a mi hermana adolescente que desde el primer momento fue la mayor crítica de Beau. Por supuesto, por aquel entonces a mí los ojos me hacían chiribitas y estaba cegada por el amor, pero ella, con solo catorce años, es inmune a la magia de los chicos con rizos castaños, ojos azules penetrantes, metro ochenta de altura y abdominales como piedras.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —pregunto; Beau continúa con la mudanza, ignorándome por completo.

—Como ya te he dicho, si quieres tu mitad de la fianza, tendrás que pedírsela a mi padre.

—¿No puedes hacerlo tú?

Por alguna estúpida razón, me siento como si fuera yo la que está poniendo todas las trabas, pero siempre era así con Beau: me hacía sentir como una inútil, y me desesperaba por su aprobación, hasta el punto de que pasaba más tiempo intentando complacerlo que siendo feliz, algo que me quedó muy claro después de romper. A veces los árboles no nos dejan ver el bosque, como suele decirse.

—Sabes que ya no me hablo con ese imbécil.

—¿Así que no vas a pedirle tu parte de la fianza?

—No merece la pena —suelta.

Lo sigo hasta la casa.

—Beau, no puedo permitirme perder ese dinero.

Suelta un profundo suspiro de irritación, se da media vuelta y pone los ojos en blanco.

—Vale, toma. —Coge el teléfono del bolsillo trasero y teclea algo rápidamente con el ceño fruncido. Un momento después, el móvil vibra en mi bolso—. Te he mandado su dirección. Habla con él —dice, y se va, dejándome con la boca abierta.

—¿En serio? ¿Eso es todo?

—Si de verdad querías el dinero, deberías haber ido ayer a ver al propietario.

—Gilipollas… —murmuro; me doy media vuelta y lo dejo desempaquetando sus cosas para colocarlas en su nueva casa.

Voy hacia el coche, donde me espera mi hermana con los AirPods puestos, haciendo todo lo posible para no parecer tan molesta como estoy. Pero cuando me siento en el asiento del conductor y cierro la puerta, siento su intensa mirada compasiva clavada en mí. Dejo caer la frente sobre el volante y reprimo las ganas de llorar.

—Beau es un capullo —dice en voz baja, y yo me río. Dejar que Sophie diga palabrotas delante de mí es una especie de concesión que le hago como su hermana mayor. A mi madre le da un ataque cuando nos oye decir tacos, así que permito que Soph lo haga cuando estamos solas. Además, en esta ocasión tiene toda la razón.

—Lo sé.

—Al menos rompiste con él.

—Sí, pero por desgracia todavía no he conseguido el dinero. —Saco el móvil del bolso y abro el mensaje de Beau.

—¿Por qué no?

—Porque soy idiota y metí la pata, así que ahora tengo que ir a pedírselo a su padre, y apostaría a que es igual de gilipollas.

—Así que vamos a verlo —contesta ella, demasiado animada por la idea de ir a reclamarle dinero a un perfecto desconocido.

—No tengo ni idea de dónde vive este tipo, así que no vas a venir conmigo. —Al hacer clic en la dirección del texto, la aplicación de mapas muestra una chincheta roja en una calle junto al mar—. Esto no puede estar bien.

—¿Qué pasa? —pregunta ella, acercándose a mí.

—Esto dice que su casa está en el distrito de Oceanview.

—¡Vamooos!

Vuelvo a reírme y le alboroto el pelo, corto y azul. El verano pasado se lo rapó al uno, y ya le ha crecido hasta debajo de las orejas.

—Buen intento, pitufina, pero tienes clase de piano y la señora Wilcox va a pedir mi cabeza si vuelves a llegar tarde.

Sophie pone los ojos en blanco y me hace un mohín dramático; salimos de la casa de Beau y atravesamos la ciudad en dirección al instituto donde Sophie asiste a clase. Durante todo el camino reproduzco una y otra vez en mi mente la pelea con Beau y su tono agresivo, y un sentimiento de terror se instala en mis entrañas cuando pienso en tener que enfrentarme a su padre.

Beau rara vez hablaba de su familia cuando estábamos juntos, y siempre que le preguntaba por ella cambiaba de tema, como si le diera vergüenza. Ya fue bastante complicado conseguir que su padre nos avalara el año pasado, pero poco después discutieron y Beau dejó de hablarle. Lo que nos unió en un principio fue nuestro mutuo desprecio hacia nuestros progenitores, y si el padre de Beau se parece en algo al mío, esto va a ser un puto desastre.

Regla nº 2

No hagas pucheros

Emerson

¿Por qué me está mirando así?

La chica que está arrodillada junto a mi mesa se parece muchísimo a Bettie Page, con el flequillo negro y unas curvas preciosas. Frunce los labios rojos como el rubí y me mira haciendo un puchero mientras me tomo el café, y no debería hacer nada de eso.

Es una llamada de atención, y es lógico, porque está aquí precisamente para eso: literalmente le estoy pagando para que se gane una palmadita en la cabeza o un murmullo de aprobación. Pero, claro, «ganarse» es la palabra clave. Hasta ahora, esta chica no ha hecho más que ser condescendiente y montar todo un teatrillo, y estoy a punto de echarla a patadas.

Si quieres mi atención, tienes que ganártela: compórtate y obedece. Si no, quédate callada. No soy un capullo: es la escena que estamos interpretando, pero ella no sigue las reglas aunque supiera muy bien a qué se comprometía al aceptar el trabajo.

—Agacha la cabeza —ordeno sin mirarla.

Resopla, contrariada, y obedece. Espero que no sea una malcriada, porque ese no es mi estilo, y así lo hice constar claramente en la solicitud.

Las tres horas siguientes son insufribles, pero dejo que se quede porque soy un caballero. Me trae la comida, apoya sus opulentas tetas en mis muslos cuando levanto los pies durante una aburrida conferencia telefónica e incluso se gana una caricia en la mejilla cuando consigue quedarse callada mientras escribo un correo.

Pero me doy perfecta cuenta de que cada vez está más inquieta. Veo de reojo que ya está haciendo pucheros otra vez y bajo la vista para sorprenderla poniendo los ojos en blanco. Se acabó. Me agacho, la agarro de la mandíbula y le levanto la cara para que me mire; ella abre los ojos de par en par: está nerviosa.

—¿Me acabas de poner los ojos en blanco? —pregunto entre dientes.

—No, señor —murmura, y capto una pizca de excitación oculta bajo el delicado temblor de su voz. Está claro que sí es una malcriada.

Si lo de aplicar castigos fuera lo mío, ya se habría ganado uno, pero soy muy consciente de que es justo lo que quiere, y no voy a dárselo.

—Levántate y coge tus cosas. Que tengas un buen día —digo, en lugar de ponerla sobre mi regazo o hacer que me la chupe por su flagrante falta de respeto.

—Pero…

—Adiós, Rita.

Le doy la espalda y me concentro en el ordenador, ignorándola por completo.

Hace una mueca, se levanta, se pone los zapatos, coge el abrigo y se marcha dando un portazo. Es entonces cuando llamo a Garrett.

—Déjame adivinar. No te gusta —dice a modo de saludo.

—No hacía más que poner mala cara. ¿De verdad os gustan las mujeres que hacen tantos pucheros?

Garrett se ríe al otro lado de la línea.

—No nos gusta lo mismo que a la mayoría de los hombres, ¿recuerdas? Estás complicándome mucho la tarea, Emerson, y yo solo intento encontrarte a la mujer adecuada.

—Discúlpate con Rita de mi parte y no vuelvas a mandármela.

—Entendido.

La línea se queda en silencio un momento que aprovecho para revisar los correos de Maggie sobre la nueva actualización de la aplicación que han hecho los desarrolladores.

—Eso no es verdad, ¿sabes? —murmuro, mirando los correos por encima. Oigo el ruido de fondo, lo que significa que Garrett está en el coche.

—¿Qué no es verdad? —responde él.

—Eso que has dicho de que no nos gusta lo mismo que a la mayoría de los hombres. Creo que nuestros gustos coinciden con los de la mayoría, pero nosotros no tenemos miedo de ponerlos en práctica.

—No tenemos miedo de ponerlos en práctica de forma sana.

—Eso es.

—Mañana te mandaré a otra chica —anuncia Garrett después de un momento.

—No te molestes.

Deja escapar un suspiro exasperado.

—¿Estás seguro? Estás muy estresado… La semana que viene inauguramos el club; debemos tener contentos a los inversores, y el Gobierno no nos quita la vista de encima. —Es verdad, estoy estresado. Además de todo lo que Garrett acaba de mencionar, mi hijo lleva cuatro meses sin devolverme las llamadas. Pero la idea de conocer a otra mujer solo consigue ponerme más nervioso—. Creo que lo que te ocurre es que no sabes lo que quieres —añade con tono ligero, y yo miro el teléfono, que he puesto en manos libres.

—Ya lo creo que sí. Esas chicas buscan aprobación, pero no quieren ganársela.

—La atención negativa sigue siendo atención —responde.

—Ya sabes que no me gustan las malcriadas.

—Lo sé, Emerson. Pero tienes que darle a alguna la oportunidad de impresionarte antes de echarla. Deja que te mande mañana a otra. Hay muchas chicas dispuestas a complacerte.

—Quizá la semana que viene. Tú mantén la solicitud abierta.

—Entendido.

Después de colgarle a Garrett, rebusco entre la pila de cartas de mi escritorio. La mayoría son correo basura, pero hay un sobre manuscrito que me llama la atención. Al abrirlo encuentro un cheque de dos mil dólares de un nombre que no reconozco. Pone «Depósito de seguridad del apartamento 623».

Tardo un minuto en darme cuenta de que es la dirección de Beau, o al menos lo era. No tenía ni idea de que se había mudado, y menos de que me habían devuelto a mí su fianza. ¿No vivía con su novia, a la que nunca conocí porque se avergüenza de mí?

Es una buena noticia: si necesita que le devuelva el dinero, tendrá que venir a buscarlo. Cojo el móvil y escribo un mensaje rápido, intentando que no se me note la desesperación.

Emerson: Tu casero me ha enviado el cheque de la fianza. Lo tengo aquí. Ven a buscarlo cuando puedas.

Por supuesto, no contesta. Todos los mensajes que aparecen en pantalla son míos, y ninguno tiene respuesta. Sé por su madre que está vivo y que le va bien, así que puedo dormir tranquilo, pero sigo queriendo que vuelva a hablarme. Por desgracia, lo de sentirme decepcionado es el tema recurrente de esta semana.

Regla nº 3

Haz lo que te digan, sobre todo si supone ponerse de rodillas para un multimillonario sexy

Charlie

—Tiene que haber algún error…

La casa que estoy viendo es una mansión de estilo español de tres plantas, con palmeras bien cuidadas, ventanas en arco y una entrada adoquinada.

Si el tío con el que salía me ha ocultado que estaba forrado, me voy a cabrear mucho, porque hasta llegamos a buscar dinero entre los cojines del sofá para ir a cenar a Taco Bell. Es imposible que su padre viva aquí.

Salgo del coche, sintiéndome fuera de lugar en este elegante barrio costero; me limpio los pelos de perro de la falda de terciopelo negro y subo los escalones empedrados hasta la puerta principal, desde donde alcanzo a oír el mar.

Esto es absurdo. Ese tío debe de estar limpiándose el culo con mi cheque de mil dólares.

Llamo al timbre, y pasan unos treinta segundos sin que nadie venga a abrir. En cualquier otro momento me habría sentido aliviada de que no hubiera nadie en casa porque así me ahorraría la incomodidad de tener que hablar con un desconocido, pero ahora mismo soy demasiado pobre para eso: necesito el dinero. Le prometí a Sophie que la llevaría al Anime Fest en abril, y su cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Además, no soporto la idea de tener que vivir en la casita de la piscina de mi madre para siempre.

Así que vuelvo a llamar.

—¡Ya voy! —responde una voz dulce, y escucho el repiqueteo de unos tacones contra el suelo. Cuando se abre la puerta me encuentro frente a una mujer con unos enormes ojos azules, pelo castaño ondulado y labios carnosos y rosados.

—Hola. He venido a ver al señor Grant.

Se queda paralizada, con los ojos como platos y la boca abierta. Mira el reloj.

—Ah, vale. No sabía que ibas a venir, pero no importa. Pasa, pasa.

¿No sabía que iba a venir? Si no he quedado con nadie… A lo mejor Beau ha avisado a su familia de que iba a recoger el cheque.

—¿Es usted la señora Grant? —pregunto. Beau me dijo que sus padres se separaron cuando él aún era un bebé, pero supongo que su padre podría haberse casado de nuevo sin que yo me enterara.

Sacude la cabeza y suelta una carcajada.

—¡Dios, no! Solo le estoy echado una mano. Enseguida viene. Puedes esperarlo en el despacho.

—De acuerdo, gracias —murmuro; me guía por el amplio salón de techos altos y suelos de mármol hasta las puertas francesas que hay al otro extremo y que conducen a un enorme despacho con ventanales que dejan ver el mar. Me quedo sin aliento al contemplar las vistas.

—Vaya… —susurro, paralizada en la puerta.

—Llevas un conjunto muy mono —comenta la mujer, estudiando mi vestuario: un top de manga larga transparente con cuello Peter Pan, una falda lápiz de terciopelo negro, medias y unas Docs negras.

—Gracias —sonrío.

—Es diferente, pero creo que le gustará.

—¿Qué? —pregunto, pero suena su móvil y se aleja para hablar sobre algún asunto de negocios al que no me molesto en prestar atención.

Mientras habla paseo por la estancia, observando el estilo y pensando que no termina de cuadrarme el comentario sobre mi ropa… ¿Es así como tratan aquí a las mujeres? ¿Opinando sobre su aspecto sin que nadie se lo pida?

Aunque el comentario ha estado fuera de lugar, al menos el despacho es bonito. Aunque lo que he visto de la casa me ha parecido frío y sin alma, el suelo está cubierto por una alfombra de color rojo escarlata, sobre la que descansa un gran escritorio de caoba, con dos sillones grises frente a él. Paso los dedos por el tapizado.

—Ahora mismo viene —anuncia la mujer—. Deberías arrodillarte.

Doy por sentado que no la he escuchado bien y miro sobre mi hombro, confusa, pero ella ya ha salido a toda prisa de la estancia y ha cerrado las puertas francesas.

¿En serio acaba de decir que debería arrodillarme?

Este lugar me provoca una sensación muy rara, y me alegro al instante de no haber traído a Sophie. Empiezo a entender por qué Beau no quería que conociera a su padre. Solo quiero coger el cheque y largarme cuanto antes.

Me doy la vuelta para salir del despacho y preguntar qué pasa, pero entonces aparece él; lo veo a través de los cristales de las puertas francesas, en el vestíbulo, acompañando a la mujer hasta la salida. No sé lo que dicen, pero me da igual porque estoy muy entretenida mirando al hombre.

Nunca había visto al padre de Beau en fotos, así que no tenía ni idea de qué iba a encontrarme, pero, desde luego, esto no: es alto y corpulento, y tiene la piel bronceada; lleva el pelo oscuro perfectamente peinado con raya al lado, salpimentado con canas en las sienes y la frente, y viste un traje caro de color azul marino.

Solo puedo distinguir su perfil, pero es suficiente como para darme cuenta de que su traje y su cuerpo impecables combinan a la perfección con su magnífico rostro de cejas marcadas y mandíbula cincelada cubierta por una barba bien recortada.

Estoy contemplándolo cuando se vuelve hacia mí ,y me sonrojo de tal modo que me arden las mejillas. Aparto la vista hacia los ventanales y él viene hacia el despacho donde me encuentro.

Cuando entra es como si todo hubiera empequeñecido, incluida yo. Cierra la puerta, se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero de roble. Se me seca la boca mientras recorro con la vista sus anchos hombros y los músculos de su espalda a través de la tela ceñida de la camisa.

—Hola, soy Charlie —saludo. Entrelazo las manos, nerviosa, aunque no tengo ni idea de por qué. Normalmente no soy tan tímida.

—Deberías estar de rodillas. No quiero verte de pie cuando entre. No hables a menos que yo te lo pida, y, cuando lo hagas, debes dirigirte a mí como «señor», ¿entendido? —Su voz es profunda y fría, como si surgiera de las profundidades del mar. Me quedo paralizada dándoles vueltas a esas palabras, intentando entenderlas, y el pánico se apodera de mí, porque me da la impresión de que me he metido donde no debía.

—¿Perdón? —balbuceo.

Se queda mirándome de los pies a la cabeza y siento un escalofrío.

—De rodillas —ordena, y me quedo sin habla.

Debería salir gritando a toda prisa y, desde luego, no debería ni pensar en arrodillarme ante él. ¿Es un imbécil machista que cree que todas las mujeres deberían rendirle pleitesía o algo así? Lo que no entiendo es por qué, si esa idea hace que me suba la tensión de rabia, me siento tan extrañamente… excitada.

—¿Por qué? —pregunto.

Reacciona como si lo hubiera abofeteado.

—Bueno, quieres tu dinero, ¿no?

Hostias… ¡No, no! Charlotte Marie Underwood, no te atrevas ni siquiera a considerar la idea. Este hijo de puta manipulador no tiene poder sobre ti, y no hay ningún motivo por el que debas arrodillarte ante él. Es tu dinero, y no tienes que hacer una mierda para conseguirlo.

Me mira con fuego en los ojos, como si esperara que obedeciera, y, aunque la parte racional de mi cerebro me pide a gritos que le diga a este tío que lo jodan y lo mande a tomar por culo, mi mente racional no está llevando el control ahora mismo.

Es él quien lo hace.

No doy crédito cuando siento que me flaquean las piernas, y, cuando caigo sobre la alfombra, espero sentir humillación e ira, pero, en vez de eso, sigo mirándolo a la cara, esperando a ver qué más tiene pensado.

No pretenderá que me acueste con él para recuperar mis mil pavos, ¿no? Porque por ahí sí que no paso. O eso creo. No, en serio: por ahí no paso.

—Mucho mejor —dice afectuosamente, y me invade una extraña sensación de calma.

Se acerca hasta que lo tengo al alcance de la mano y percibo el aroma de su embriagadora colonia. Levanto la vista hacia esa montaña de hombre cuando extiende una mano, me acaricia la mandíbula y me agarra de la barbilla.

«Eh, eso es muy inapropiado», me informa mi alarma interna. Sí, es inapropiado de la hostia, pero no tengo ni idea de cómo salir de esta situación, porque, al fin y al cabo, ya me he arrodillado.

—Deberías estar mirando al suelo, pero quiero verte la cara. —Hace que levante el rostro y me mira fijamente.

No puedo respirar ni moverme. No puedo hacer nada porque soy una presa indefensa en sus manos. Él es un león y yo una mansa gacela atrapada entre sus dientes.

Sus facciones se suavizan, y esboza una diminuta sonrisa.

—Encantadora… —Esa palabra me recorre la columna como miel caliente. Me suelta, se da media vuelta y se pone detrás del escritorio—. ¿Dónde te ha encontrado Garret?

—¿Garrett? —tartamudeo, confusa. ¿Quiere decir «Beau»?

—Le dije que hoy no me enviara a nadie. Y está claro que necesitas más formación, pero…

Es como si alguien hubiera chasqueado los dedos delante de mi cara y me hubiera despertado de una ensoñación hipnótica.

—Espera, ¿qué? —protesto. Me mira, ofendido por el atrevimiento de haberlo interrumpido—. ¿Quién es Garrett? ¿Y qué quieres decir con eso de «formación»?

—¿Cómo te llamas? —pregunta despacio.

—Charlotte Underwood. He venido a buscar mi cheque.

—¿Charlotte? ¿De qué cheque me hablas? —Veo cómo guiña un ojo con un tic nervioso en el momento en que se da cuenta de que algo no encaja; el control y la calma desaparecen de su rostro para dejar paso a los nervios y el arrepentimiento—. Levántate, por Dios.

Me pongo en pie de un salto y le veo rascándose el entrecejo, pensativo y angustiado.

—Eres la novia de Beau… —gime.

—Ex —corrijo, y él me mira con cara de sorpresa.

—¿Habéis roto?

¿De verdad va a centrarse en eso?

—Sí. —Se deja caer en la silla con un suspiro. Espero a que añada algo más, pero no lo hace, así que continúo—: Solo quiero mi mitad de la fianza. Beau me ha dado la dirección y me ha dicho que viniera.

Hace una mueca incómoda y vuelve a rascarse la frente.

—Por supuesto. ¿Cuánto es?

Mete la mano en el cajón de su escritorio y saca un talonario de cheques y un bolígrafo.

—El depósito era de dos mil. La mitad es mía.

Me siento acobardada por el modo en que me mira: es intimidante. Quizá Beau lo haya heredado de él, aunque Beau pretende ser más poderoso de lo que es en realidad, no como este tío, que sí que rezuma poder.

Firma el cheque, lo arranca y me lo tiende. Doy un paso adelante y lo cojo con rapidez. Debería salir corriendo cuanto antes: tengo lo que he venido a buscar, el incómodo malentendido ha quedado atrás y no hay ningún motivo por el que deba quedarme, pero me siento como si me hubieran clavado al sitio.

—Charlotte, te debo una disculpa. Me temo que he pensado que eras otra persona al verte en mi despacho —dice sin mirarme. Se desabrocha los puños de la camisa y se remanga. No puedo evitar fijarme en cómo mueve las manos y en el contraste de esa camisa blanca ajustada sobre su piel morena. Trago saliva.

—¿Quién creías que era? —Soy muy consciente de que no tengo derecho a preguntar, pero soy demasiado testaruda e imprudente.

Vuelve a fijar la vista en mi rostro.

—No importa.

—¿Es alguien que trabaja para ti? ¿O alguien a quien has… contratado?

Entrecierra los ojos al darse cuenta de lo que pretendo insinuar.

—Repito: no importa. Y te agradecería que no compartieras nada de esto con Beau.

—No voy a hacerlo. No nos hablamos.

Aprieta los dientes.

—Bien.

Doy media vuelta y voy hacia la puerta, echándole un vistazo al cheque. Todavía me siento humillada y de mal humor, y, cuando voy a abrir, me acuerdo de Sophie, de que se acerca su cumpleaños, de que las entradas para el Anime Fest son caras y de que ella quería pases vip para conocer a su ilustrador favorito.

Así que me quedo quieta.

Ay, Dios, esto es una estupidez, pero tengo que intentarlo.

Me vuelvo para enfrentarme a la mirada de la persona más intimidante que he visto en mi vida. Ahí está, sentado tras ese gigantesco escritorio frente a unos ventanales de suelo a techo con vistas a la bahía, y de algún modo comprendo por qué hay mujeres que querrían arrodillarse frente a él. Apuesto a que no está acostumbrado a las mujeres que le contestan, lo desafían y lo retan.

Pero me lo debe. Me he puesto de rodillas por él.

—¿Sabes…? A lo mejor vuelvo a ver a Beau —digo con cautela, y él frunce el ceño—. Solo espero que no se me escape nada sobre esto…

Qué audaz eres, Charlie.

Me tiemblan las manos, y, como no puedo permitir que me vea flaquear, las escondo tras la espalda. Alzo la cabeza, yergo los hombros y lo miro a los ojos.

No dice ni palabra. Coge de nuevo el talonario, y, aunque por la expresión de su rostro sé muy bien que no está satisfecho con la situación, me recuerdo que me da igual, que no me importa si se enfada, si me odia o si lo he sacado de sus casillas. Aunque sí que me importa, y detesto ver esa expresión decepcionada mientras extiende otro cheque. Pero necesito este dinero, y estoy en posición de conseguirlo.

Lo haces por Sophie, me recuerdo.

—¿Y qué cifra podría ayudarte a recordar que debes guardar silencio? —masculla.

Me relamo rápidamente los labios. Joder, no tengo ni idea, así que opto por el precio de los pases vip para el Anime Fest.

—Dos cincuenta.

Me mira, sorprendido. ¿Ha sido demasiado o demasiado poco?

—¿Dos cincuenta? —repite, y yo asiento. Lo piensa unos instantes antes de rellenar el cheque. Lo arranca y me lo tiende una vez más.

Atravieso la estancia y no me quita ojo mientras me acerco a él. No suelta el cheque de inmediato, se queda estudiándome, como si quisiera decir algo, y rezo para que no cambie de opinión. Por fin, deja que lo coja.

—Gracias.

Asiente y yo salgo corriendo de su despacho y no paro hasta llegar al coche. Me dejo caer en el asiento del conductor y suelto por fin el aliento que he estado conteniendo.

Miro los dos cheques que tengo en la mano. El primero es de mil y el segundo de cinco mil.

Pero qué…

¿Se trata un error? Releo la cifra una y otra vez, sin saber qué me he perdido. Por un instante me planteo volver corriendo para decirle que se ha equivocado, pero me doy cuenta de que en el cheque ha anotado un número de teléfono seguido de tres letras: «cjp».

No son sus iniciales, pero al ver esa nota entiendo que ha escrito esa cantidad a propósito, así que no vuelvo a entrar. A ver, está forrado. Para mí y para mi familia cinco mil dólares son una cuota de la hipoteca y entradas para el Anime Fest, pero probablemente para él no sea más que calderilla.

Suelto un chillido de emoción y dejo los cheques en el asiento del copiloto; arranco el coche y me voy a casa a toda prisa.

¿Vale la pena haberme humillado por cinco de los grandes? Desde luego que sí.

Regla nº 4

Después de una experiencia humillante con el padre de tu ex, nada mejor que unos tacos y unos margaritas

Charlie

Sophie está en el paraíso: la camarera acaba de servirle una ración de helado frito más grande que su cabeza. Mientras tanto, mi madre está tomándose un margarita más grande que la suya.

Mi hermana me ofrece una cucharada y yo la acepto con una sonrisa. Apenas respiramos entre bocado y bocado de este manjar azucarado de caramelo y vainilla.

—Gracias por invitarnos a cenar, Charlie —dice mi madre con una sonrisa achispada. Es agradable verla tan relajada, porque se ha estresado mucho haciendo turnos dobles en el hospital.

—Es un placer —murmuro con la boca llena de helado.

—¡Cerebro congelado! —grita Sophie, llevándose las manos a la frente.

Mi madre y yo nos reímos de esa frase que lleva usando desde que era pequeña. De hecho, ahora las tres decimos «Cerebro congelado».

Cuando he llegado a casa con cinco mil dólares más de lo previsto, les he dicho que se arreglaran para salir a cenar. Al fin y al cabo, hoy es martes de tacos.

No les he contado cómo he conseguido esos cinco mil, pero tampoco han preguntado. Para ellas el dinero extra es el de la fianza y punto.

¿Por qué me ha dejado él su número? ¿Debería llamarlo? ¿Qué es cjp?

Lo he buscado en Google y solo he encontrado un montón de resultados inútiles. Eso sí, he descubierto que hay un Café Jamaica Pride cerca de mi casa, lo que está bien.

Mientras saboreo el helado me quedo absorta pensando en cómo me ha tocado la mejilla, en lo extrañamente gratificante que ha sido escucharle decir que soy encantadora. Ha sido algo diferente. He sentido… aprobación.

Es absurdo sentirse tan bien por el halago de un desconocido. Y no de un desconocido cualquiera, no: del padre de Beau. Se me pone la carne de gallina al pensar en ello. A ver, sí, es un tío muy guapo, pero debe de llevarme unos veinte años. Podría ser mi padre. Es algo asqueroso…

Al fin y al cabo, solo ha alabado mi cara, y el traidor de mi cuerpo ha reaccionado con excitación. Pero es algo natural, ¿no? Porque soy una feminista de pro, de las de carnet y puño en alto, y lo último que necesito para sentirme satisfecha es la aprobación de un hombre. Me ha sentado bien el halago, nada más. No significa nada.

Y que me haya excitado al arrodillarme solo ha sido fruto de una herencia profundamente arraigada de misoginia. Gracias, patriarcado.

Después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que el padre de Beau pensaba que yo era una prostituta. Es la única explicación lógica. Y, al parecer, le gustan las trabajadoras sexuales sumisas. No pasa nada. Cada cual con sus fantasías,¿no?

Entonces, ¿por qué no puedo dejar de pensar en ello? ¿Por qué mi cerebro parece creer que vale la pena aferrarse a esa experiencia? ¿Y por qué me ha dejado su número de teléfono?

—Por que hayas roto con Beau —brinda mi hermana pequeña, levantando la última cucharada de helado.

—¡Sophie! —la regaña mi madre.

—No pasa nada —respondo, y uso mi propia cuchara para brindar con ella—. No era la persona adecuada para mí, y prefiero estar sola que mal acompañada.

La mesa se queda en silencio, y el recuerdo de mi padre enturbia el ambiente como una neblina incómoda. Se marchó hace año y medio porque no podía superar su propia ignorancia. No aprobaba el modo de vida de mi hermana, y esa estupidez le costó su familia. Pero estamos mejor sin él, algo que le recuerdo a Sophie tan a menudo como puedo.

Cuando el amor se vuelve tóxico ya no es amor.

Y luego voy yo y me quedo junto a Beau mucho más tiempo del que debería, tres meses después de pillarlo poniéndome los cuernos. Permití que me despreciara, que me hiciera sentir como una mierda y que me cuestionara a mí misma. Así que no puedo reñirle a mi hermana por brindar por nuestra ruptura.

—Te mereces algo mejor, Charlie.

—Lo sé —respondo, con la vista clavada en los restos de salsa de caramelo y chocolate en el plato.

—Creo que salías con un imbécil porque crees que te mereces un imbécil.

La miro, con el ceño fruncido, confusa.

—Tía, ¡tienes catorce años! ¿Cómo eres tan sabia?

—Leo mucho —ríe.

—Ah, bueno… Entonces podríamos enseñarle a mamá tu e-reader, a ver si opina que leer Apareada con el hombre lobo te hace más lista.

—¡¿Qué?! —exclama mi madre, apartando por fin la atención del hielo que queda en su copa de margarita.

—¡Chivata! —grita Sophie, tirándome la servilleta. Sus mejillas se tiñen de rosa por la vergüenza y yo no puedo contener la risa.

Por la noche, tumbada en mi dormitorio en la casita de la piscina, no puedo dejar de pensar en lo que ha pasado hoy. Antes de cobrar el cheque, he apuntado su número de teléfono en un trozo de papel que llevaba en el bolso porque, por algún motivo, no he sido capaz de deshacerme de él. Lo tengo en las manos mientras recuerdo el tono de su voz, que resuena en mis oídos como un eco, al decir «encantadora».

No voy a llamarlo de ninguna de las maneras. Sería una locura. Ha debido de dármelo por si quería mantener el contacto por Beau. La típica jugada de un padre preocupado. Así que no sé por qué mi mente parece atascada en la idea de que quiere que lo llame por otro motivo.

Tiro el número a la papelera que hay junto a la cama y apago la luz. Pero, en lugar de dormirme, doy vueltas en la cama durante casi una hora. Revivo una y otra vez el momento en el que me ha dicho que era encantadora y me ha acariciado la cara.

Déjalo, Charlie.

Pero no puedo, y un minuto después vuelvo a coger el teléfono. Esta vez, en lugar de buscar «cjp» en Google, escribo «Emerson Grant» en la barra de búsqueda. No sé por qué no se me ha ocurrido antes. Quizá porque estaba demasiado nerviosa y temía que, si sabía demasiado sobre él, no se me fuera de la mente, así que, cuanto menos descubriera, mejor.

Pero ahora mismo mi curiosidad no me deja descansar, así que voy a saciarla y a olvidarme del tema.

Esas tres letras, «cjp», aparecen al instante, justo debajo de su foto y su cargo: «ceo».

Hago clic en el enlace y aparece una pantalla negra con un recuadro en el centro que dice que la página es solo para miembros. Vaya mierda. Hay un espacio para meter el usuario y la contraseña, pero como no tengo nada de eso, vuelvo a la pantalla de búsqueda. Encuentro información sobre él y su historial laboral, muchos detalles vagos sobre su educación y unas cuantas fotos suyas, de los veinte a los treinta años; siempre aparece muy elegante, con esmoquin en la mayoría de las imágenes, y siempre en eventos muy importantes.

Pero no es hasta la página siete de esta interminable investigación en Google que encuentro lo que busco. Alguien ha publicado todo lo que me moría por saber:

«El Club Juegos Prohibidos es una página de citas y acompañantes que está a punto de ampliar el negocio con un local exclusivo para socios en el distrito californiano de Briar Point».

Es dueño de un… ¿servicio de citas? ¿Y qué puñetas es un local solo para socios?

Hago clic en un post tras otro y casi se me cae el teléfono cuando aterrizo en lo que parece un sitio de porno suave. Es un blog titulado Las aventuras de Madame Kink en la Costa Oeste. La mujer que aparece en la pantalla está enfundada en un traje de cuero ceñido, sostiene un látigo y luce una sonrisa escalofriante. Palabras como «perversión», «sumisión», «bondage» y «exhibicionismo» me saludan desde la pantalla.

—¿Qué clase de servicio de citas es este?

De repente, me encuentro en una espiral de páginas sobre perversiones y no puedo dejar de hacer clic en todas partes. Al parecer, Madame Kink está relacionada con el club de… eeeh… servicios de citas o lo que sea que dirige Emerson. Y lleva un diario de todos sus encuentros.

«El cjp es un servicio innovador en materia de libertad sexual, tanto para hombres como para mujeres. Por fin, un lugar donde podemos explorar nuestros deseos de forma segura y sana (y, oh, muy satisfactoria). El señor Grant y su equipo son auténticos pioneros, y espero ver cómo los servicios de este club se extienden por todo el país».

Trago saliva para deshacer el nudo de nervios que me atora la garganta.

Debo de estar soñando… Estoy convencida de que este servicio de citas no empareja a la gente por gustos en común como hacer yoga o y dar largos paseos por la playa. Según Madame Kink, en cjp la gente a la que le gusta que la aten y la amordacen puede encontrar a quien le guste atar y amordazar a otros. ¿De verdad el padre de Beau se dedica a esto? No termino de asimilarlo, pero ya estoy demasiado intrigada como para dejar de buscar y soy incapaz de dejar el ratón. El blog es como un manual para dummies sobre las fantasías sexuales. La mayor parte de las cosas ni las entiendo. Hay muchísimo más de lo que esperaba, y me da un poco de miedo seguir leyendo, pero de pronto veo un enlace que anuncia: «Alabadas sean las fantasías».

En contra de mi buen juicio, hago clic. Aparece una página con una mujer de rodillas que mira con adoración a un hombre que le sujeta la barbilla. Se me revuelve el estómago. Eso es lo que he hecho hoy, ¿no? Me he arrodillado ante él y me ha gustado.

—No. —Aparto la pantalla y tiro el teléfono en la mesita de noche—. No, no, no.

No soy de esa clase de mujeres y no tengo absolutamente ningún interés en encontrar a un hombre que haga que me arrodille para llamarme guapa. A la mierda. Son casi las dos cuando por fin consigo dejar de pensar en Emerson Grant, en Madame Kink y en el Club Juegos Prohibidos y me quedo dormida.

Pero, al parecer, mi mente tiene otros planes, porque mis sueños están repletos de imágenes de nuestro encuentro en su despacho, salvo que el hombre trajeado se convierte en la mismísima Madame Kink y luego se transforma en Beau; y yo, en lugar de luchar contra la idea de arrodillarme, suplico su atención: le araño las piernas y lo persigo como si fuera un cachorrito, y él me hace sentir fatal porque me dice que soy patética, en lugar de encantadora.

Es insoportable, pero finalmente todo cambia cuando es el padre de Beau quien me mira, y, aunque estoy soñando, sé que todo esto no es real, que no pasa nada si me gusta, porque al final me despertaré y nadie lo sabrá. Y en sueños ansío más. Acaricio el suave algodón de sus pantalones, tanteando sus piernas musculosas. Jugueteo con su cinturón, mirándolo desde el suelo. Me acaricia la cabeza y me invade una sensación de euforia. Y yo sigo forcejeando con su cinturón, desesperada por sacarle el pene. Y justo cuando consigo bajarle la cremallera, me despierto.

Suena la alarma del teléfono y suelto un gemido. Me siento tensa, ansiosa y excitada, y lo último que querría es empezar así el día. Necesito ayuda…, porque me ha encantado soñar con acostarme con el padre de mi exnovio.

Regla nº 5

Cuando el padre de tu ex, millonario y buenorro, va a la pista de patinaje a ofrecerte un trabajo mejor pagado que el tuyo, aceptas

Charlie

Me he pasado todo el día tan ansiosa y cachonda como me he despertado. Ni la ducha ha conseguido deshacer lo que me han hecho sentir los sueños, y, mientras trabajo, recreo las escenas una y otra vez en mi mente, así que estoy incómoda e irritable.

Estoy colocando un nuevo lote de patines cuando una voz profunda y extrañamente familiar al otro lado del mostrador me hace detenerme. Hasta llego a preguntarme si mi cerebro privado de sueño acaba de conjurar el sonido.

—Un par del cuarenta y cinco, por favor.

Me echo hacia atrás para ver al cliente y casi suelto un grito al reconocer al hombre alto y moreno que está sobre la alfombra de colores brillantes, con la mano apoyada en el mostrador lacado. Intento esconderme y rezo en silencio para que no me haya visto. ¿Qué está haciendo aquí?

—Hola, Charlotte —saluda, y yo abro los ojos de par en par.

Nerviosa, suelto los patines en la estantería sin comprobar siquiera si los he colocado en el lugar correcto y hago acopio de toda mi autoconfianza —bastante maltratada ahora mismo— para devolverle el saludo.

—Hola —balbuceo, y echo un vistazo a mi alrededor para ver si hay alguien cerca. Es miércoles y hemos abierto hace quince minutos, así que, salvo algunos niños y un par de clientes habituales, no hay nadie y no lo habrá hasta la noche—. Por favor, llámame Charlie.

—Lo de los patines era broma —añade con la sombra de una sonrisa dibujada en los labios—. No tengo previsto patinar.

Una risa forzada y torpe brota de mi pecho cuando me acerco al mostrador. Adiós a toda esperanza de actuar con naturalidad. Al mirarlo a la cara recuerdo fragmentos de mis sueños, de cómo me aferraba a su pene como una ninfómana fuera de sí. Me llevo las manos a las mejillas para esconder el rubor.

—¿Cómo me has encontrado? —pregunto.

Me muestra en la pantalla del móvil una foto mía bailando en la pista con un grupo de patinadores durante el evento Neon Nights.

—Instagram.

—Ah. —Esto es mortificante…

Debe de haber venido porque se ha dado cuenta de que ayer se equivocó al rellenar el cheque y quiere reclamármelo, pero ya lo he cobrado y he hecho un ingreso en mi préstamo de estudios, así que esta va a ser una conversación incómoda.

—Mira, yo… —digo con cautela.

—¿Podemos hablar un momento? —interrumpe.

—Por supuesto —tartamudeo.

Me vuelvo para buscar a Shelley, la dueña de la pista y una vieja amiga de mi madre, pero debe de estar en su despacho o fumándose un cigarrillo. En lugar de ir a la zona de descanso, hago un gesto hacia una de los viejos reservados de plástico que hay contra la pared. Asiente y toma asiento, y me cuesta no soltar una carcajada: el padre de Beau es enorme, más de lo que me pareció el día anterior. Debe de medir uno ochenta y cinco, es grande y tiene los hombros anchísimos. Tiene cuerpo de padre culturista, si es que eso existe, así que ahí sentado en ese reservado parece ridículo. Entre otras cosas, porque es un multimillonario que no ha debido de pisar una pista de patinaje en su vida. Seguro que, cuando sale con una mujer, van en yate o a un lugar como Montenegro, y no a una pista de patinaje barata a comer pizza y beber cerveza. Eso es lo que hago yo, y está bien. A ver, que sería estupendo tener una cita en Montenegro, pero está un pelín fuera de mi alcance.

—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunto al tomar asiento.

Abre la boca y vuelve a cerrarla, y me doy cuenta de que está a punto de sacar un tema que podría ser un poco incómodo. Me temo que será sobre lo que pasó ayer, sobre todo después de haber visto la página web.

Me apresuro a ahorrarle la molestia.

—Si es por lo de ayer, no pasa nada. No tenemos por qué hablar de ello.

—No se trata de lo de ayer —responde—. De todo no.

—Entonces, ¿es sobre Beau?

De pronto parece alerta. La conversación da un giro brusco en cuanto menciono a su hijo.

—¿Has hablado con él?

Me encojo un poco y hago una mueca.

—Ya te lo he dicho: hemos roto. No pienso volver a hablar con Beau.

Es una frase muy dura, pero tiene que entender que Beau ha salido de mi vida para siempre. Me niego a seguir siendo un salvavidas para su hijo.

Parece desinflarse, y frunce el ceño, reclinándose en su asiento.

—Señorita Underwood, me gustaría ofrecerte un trabajo —dice de golpe, como si se arrancara una tirita.

Al principio me emociono. ¿Un trabajo? ¿Un trabajo de verdad, bien remunerado, de persona adulta? ¿Algo que de verdad podría poner en el currículum? ¿Sin palomitas de maíz ni spray antibacteriano para los zapatos? Pero entonces recuerdo lo que encontré anoche en internet y lo que él pensó que había ido a hacer a su casa, y me sonrojo.

—Ah…

Se aclara la garganta.

—Se trata de un trabajo de secretaria, señorita Underwood. Un trabajo normal de secretaria.

—Ah —repito, esta vez menos dubitativa, pero sin mirarlo a los ojos.

—¿Tienes alguna pregunta? —dice tras una larga pausa cargada de incomodidad.

—No tendré que arrodillarme en ese trabajo, ¿verdad?

Sus labios dibujan una pequeña sonrisa.

—No, no tendrás que arrodillarte. Será sobre todo papeleo.

Trago saliva y miro hacia las paredes, hacia la pista, hacia los patinadores… Hacia cualquier cosa que no sea el hombre guapísimo e intimidante que tengo frente a mí.

Se cruza de brazos y frunce el ceño.

—¿Hay algo más que quieras preguntarme, Charlotte?

La forma en que dice mi nombre me pone la carne de gallina, y no lo corrijo; no le digo que nadie me llama Charlotte. Mi nombre es Charlie desde que tenía ocho años.

Al final, alzo la vista y cruzamos la mirada, aunque es tan guapo que me resulta difícil, pero él no rehúye el contacto visual: de hecho, lo sostiene más tiempo del comúnmente aceptado.

—¿Pensabas que era una prostituta? —Apoyo los codos sobre la mesa y susurro la última palabra, como si alguien pudiera escucharnos bajo el estruendo de Groove Is in the Heart, que resuena en la pista iluminada con luz estroboscópica.

Se echa hacia delante e imita mi postura; al hacerlo, su reloj choca contra la mesa de linóleo.

—No, no pensaba que fueras prostituta.

Nos quedamos mirándonos un momento, los dos encorvados sobre la mesa y tan cerca uno del otro que cualquiera podría pensar que estamos confesándonos un secreto o a punto de besarnos.

—¿Me vas a dar más detalles o esperas que use la imaginación? —pregunto al ver que no parece dispuesto a añadir nada más.

Puedo ver un destello de picardía en su mirada cuando se lame el labio inferior y se aparta un poco.

—Me gustaría que usaras la imaginación. ¿Qué tienes en mente? —Eso me ha sonado como un coqueteo, pero no se lo digo.

Voy a responder a su pregunta, pero el problema es que no tengo ni idea de lo que se me está pasando por la cabeza, y tampoco sé muy bien hasta qué punto me siento cómoda confesándolo. Toda esta situación se me antoja demasiado íntima, así que, para contrarrestar la súbita tensión entre nosotros, me obligo a adoptar el tono más informal posible. Podría decirle que ya he buscado información sobre su empresa, pero prefiero que me lo explique como si no tuviera ni idea de lo que va.