Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Soy un voyeur. Eso quiere decir que me gusta mirar, y en mi oficio eso es una bendición. Soy uno de los propietarios del Club Juegos Prohibidos, y me siento cómodo manteniéndome al margen. Es lo que se me da bien: trabajo mejor solo. Pero un día me topo con una aplicación para ver a mujeres a través de una cámara, y me encuentro contemplando a la única persona a la que no debería mirar: mi hermanastra. Esto supone tres grandes problemas: uno, Mia y yo no nos soportamos; dos, ella no tiene ni idea de que yo soy el hombre que está al otro lado de la pantalla, y tres, me estoy enganchando a la aplicación… y a ella. Mia me hace desear algo que me juré que no volvería a hacer: abrirme y conectar con alguien emocionalmente. Me estoy enamorando de ella, pero ella se está enamorando del hombre misterioso que pretendo ser. Si quiero que todo salga bien, voy a tener que hacer algo más que mirar. Pero ¿hasta dónde seré capaz de llegar para seguir contemplándola?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 412
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Eyes on Me
Primera edición: marzo de 2025
Copyright © 2022 by Sara Cate
© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2024
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-10070-81-3
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Advertencia de contenido
Prólogo
Parte 1. La casa del lago
Regla nº 1
Regla nº 2
Regla nº 3
Regla nº 4
Regla nº 5
Regla nº 6
Regla nº 7
Regla nº 8
Regla nº 9
Regla nº 10
Regla nº 11
Regla nº 12
Regla nº 13
Regla nº 14
Regla nº 15
Regla nº 16
Regla nº 17
Parte 2. El club
Regla nº 18
Regla nº 19
Regla nº 20
Regla nº 21
Regla nº 22
Regla nº 23
Regla nº 24
Regla nº 25
Regla nº 26
Regla nº 27
Regla nº 28
Regla nº 29
Regla nº 30
Regla nº 31
Regla nº 32
Regla nº 33
Regla nº 34
Regla nº 35
Regla nº 36
Regla nº 37
Regla nº 38
Regla nº 39
Regla nº 40
Agradecimientos
Contenido especial
Para todo aquel que quiera sentirse verdaderamente observado.
Estimado lector:
Tu seguridad y tu bienestar son importantes para mí. Por favor, antes de embarcarte en esta historia, ten en cuenta que hay temas y experiencias narrados en primera persona que pueden ser un factor desencadenante para algunos lectores. Este libro trata cuestiones sobre la depresión, la ansiedad y el intento de suicidio.
Te prometo que hay un final feliz para la chica segura de sí misma que se exhibe ante una cámara web y el voyeur vulgar y deslenguado que no deja de soltar chistes malos.
Hace siete años…
Garrett
—Y ahí estaba yo, agarrándola del pelo, los dos a cien. La miro a los ojos y le digo: «¿Por qué no eres una buena chica y me la chupas?». Y antes de que pudiera hacer nada, se había levantado y me había dado un puñetazo —explica Emerson, y suelta un gemido.
—¡Ay, mierda! —maldigo, haciendo una mueca.
—¡Joder! —exclama Hunter entre carcajadas.
La pobre Maggie mira a Emerson con los ojos como platos y una expresión horrorizada.
—Me da que no le gustó lo que le dijiste —comenta Maggie.
No puedo reprimir una carcajada al ver cómo mi mejor amigo hace un gesto de dolor y se pone la cerveza en la mejilla para aliviar el enorme moratón que tiene. Habría pagado por ver ese momento. Me lo imagino ahí, como el hombretón que es, pensando que tenía a una mujer dócil ante sí, y que ella le diera un puñetazo en toda la cara.
Es una pena que no pudieran divertirse un poco, que no supieran de antemano que no estaban en la misma onda.
—A ver, creía que nos entendíamos. Parecía bastante pervertida, y estoy convencido de que le gustaba, pero supongo que me equivoqué. Al parecer no es muy fan de la humillación sexual.
Sí, sé de lo que habla. La última vez que me llevé a una chica a casa e intenté algo que se saliera de lo puramente vainilla no fue muy bien, por no decir que fue fatal. Intenté convencerla de que nos grabáramos durante el sexo, y la respuesta fue un rotundo no. Le pedí a otra mujer que se masturbara y me dejara mirar, y recibí otra negativa. Intenté hacerle un dedo a otra en un bar, y, aunque nadie podía vernos, una vez más, solo obtuve un rechazo.
Todo eso me hacía sentirme como un bicho raro, como si tuviera algo de malo querer probar algo que se saliera de la norma. Y estoy convencido de que Emerson se siente igual con sus fantasías de dominación.
¿Cuántos de nosotros nos hemos sentido lo bastante cómodos como para pedir lo que queremos y nos hemos encontrado con el rechazo y con que nos consideraran bichos raros? Claro que lo entiendo, y quizá por eso hace tanto que no me acuesto con nadie.
—Joder, tío —comento, y todos se vuelven hacia mí—. Es una mierda que no haya una manera de emparejar a la gente por las perversiones que les molan en la cama. —La mesa estalla en carcajadas porque dan por hecho que estoy bromeando, como suelo hacer, pero esta vez no es así—. Hablo en serio, joder. ¿No estaría genial que pudieras conocer a alguien a quien le gustaran las mismas mierdas que a ti? No tendrías que ocultarlo ni que avergonzarte de las cosas que te ponen.
—Estás como una puta cabra, Garrett —contesta Hunter.
Dejo la cerveza sobre la mesa con un golpe seco.
—Qué va —argumento—. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo ponerla en voz alta? A ver, está claro que a Emerson no le cuesta preguntar. —Todos vuelven a reírse—. Vamos. Hablo en serio. —Pueden burlarse todo lo que quieran, pero he escuchado sus historias y sé que todos tienen algunas fantasías que no se atreven a poner en práctica—. Todos hemos hecho un montón de cosas, pero estoy seguro de que hay algo que no os habéis atrevido a sugerir. Venga, confesad.
—Tú primero —responde Maggie con una sonrisa traviesa.
—Está bien —acepto. Me incorporo en mi asiento y me termino la cerveza para insuflarme un poco de valor líquido—. Me gusta mirar.
—¿Mirar qué? —pregunta Hunter, con expresión escéptica.
Me encojo de hombros.
—Yo qué sé, todo…
—¿Prefieres ver a la gente follando antes que follar tú? —Nunca me lo había planteado de ese modo, pero supongo que es así, de modo que asiento—. Eres un voyeur —puntualiza Emerson, y no parece sorprendido.
Nunca había pensado en esa palabra para definirme, pero no me desagrada. Encaja, y supongo que eso es lo que soy.
—¿De verdad es tan raro? —pregunto—. Hablo de algo consensuado, ojo. No voy por ahí espiando a través de las ventanas ni nada por el estilo, pero si encontrara a una chica a la que le gustara que la mirara cuando está sola o, no sé, con alguien más…, pues la idea me pone cachondo. No sé por qué debería avergonzarme.
—No deberías —responde Emerson, y me doy cuenta de que me está tomando en serio. De hecho, tiene una expresión voluntariosa que dice a las claras que está dándole vueltas a una idea, y eso es justo lo que me está haciendo falta.
Para ser sincero, los dos últimos años han sido muy duros. La empresa para la que trabajamos pende de un hilo, y, si no fuera por los amigos que he hecho, habría abandonado el barco hace meses. El trabajo es un asco: nos pasamos la vida intentando cumplir los sueños ajenos, pero los eventos que organizamos fracasan una y otra vez, y el dinero se esfuma en lugar de reinvertirse en la empresa.
Me encanta trabajar en el mundo del espectáculo. Me encantan las fiestas, la gente y la emoción del proceso de planificación, pero últimamente no me siento motivado ni para salir de la cama, mucho menos para ir a trabajar. Necesito algo que me empuje a levantarme: necesito un propósito.
Así que espero que esa idea que está meditando Emerson sea buena, porque me hace muchísima falta, joder.
A la mañana siguiente todavía estoy en la cama cuando recibo una llamada de Emerson para darme la noticia: la empresa para la que trabajamos se ha declarado en quiebra. He tirado los cuatro últimos años a la basura.
—¿Te apetece que montemos un negocio propio? —dice antes de que las sombras se ciernan sobre mi futuro.
—Mmm… —Me paso una mano por los ojos para espantar el sueño y le echo un vistazo al reloj: son casi las once—. Claro. ¿Qué tienes en mente?
—¿Qué me dices de un servicio de citas? —¿Un servicio de citas? Frunzo el ceño y aguardo a que me dé más detalles—. Lo que dijiste anoche me ha hecho pensar. Ya sabes, todo eso sobre la compatibilidad y las fantasías. Creo que es una idea estupenda. —Contengo el aliento, esperando que diga algo que me tiente y que no solo esboce una idea pasajera o un plan lleno de agujeros. Quiero que Emerson me lo explique y que lo haga realidad, porque, de no ser así, no tengo ni idea de qué voy a hacer con mi vida. Por suerte, mi mejor amigo no hace nada a medias. Cuando quiere algo, va a por todas—. Yo digo que lo hagamos. Que empecemos con una aplicación, con un servicio de citas, pero no como un modo cutre de ligar. Quiero que sea algo con clase, con una membresía vip, que ofrezcamos un servicio que la gente desee de verdad. Y más adelante podríamos montar un club.
—¿Un club nocturno? —Por favor, di que no. No tengo fuerzas para lidiar con otro club nocturno sin alma.
—Un club de sexo, Garrett. Un lugar exclusivo, donde la gente pueda hacer realidad sus sueños más salvajes sin sentirse juzgada, sin avergonzarse.
Joder, sí. Me incorporo en la cama y miro el desorden que hay en mi apartamento.
—¿Qué necesitas de mí?
—Se te da bien la gente. Quiero que seas la cara visible de la empresa y que me cuentes todas esas ideas que sé que tienes.
—Vale, me apunto.
—Bien.
Salgo de la cama de un salto y pongo el altavoz del teléfono mientras preparo el café; Emerson expone sus ideas y yo las mías, y, aunque me atormentan los nervios y el miedo a no tener lo necesario para llevarlo todo a buen puerto, estoy demasiado entusiasmado como para permitir que eso me detenga.
Emerson Grant confía en mí y no pienso defraudarlo, así que no voy a dejar que esas vocecitas dubitativas me ganen la partida ni que me controlen. Esto va a ser algo grande. El club va a ser algo grande. Tiene que serlo.
—Oye, Emerson —digo antes de colgar.
—¿Sí?
—Gracias —murmuro, esperando no sonar demasiado cursi o patético.
—No tienes que darme las gracias, Garrett. Ha sido idea tuya.
Quizá sea cierto, pero necesitaba su empuje y su liderazgo. Estos últimos años han sido penosos y estoy harto de sentirme así. Creo que Emerson no sabe lo mucho que este proyecto significa para mí.
El Club Juegos Prohibidos me ha salvado la vida.
La casa del lago
No leas los mensajes de tu madre en un club sexual
Garrett
Solo hay tres cosas en esta vida que me tomo muy en serio: correr, los trajes a medida y el sexo.
Esto último lo digo en serio: es mi trabajo. No me refiero a practicar sexo, por supuesto, pero sí a saberlo todo sobre el sexo para que los que asisten a nuestro club disfruten de una experiencia agradable y excitante, tanto si quieren participar como si solo quieren mirar. Debo saber qué pequeños detalles aumentan la excitación, qué los hace sentirse seguros y con ganas de repetir; tengo que asegurarme de no traspasar la delgada línea que separa lo excitante de lo espeluznante y que los eventos funcionen tanto para los hombres como para las mujeres.
En resumidas cuentas: soy un experto en los entresijos del sexo.
Y ahora mismo estoy contemplando a la deliciosa parejita de la habitación siete, que lo están haciendo todo a la perfección: la mujer está esposada a la cama y la tenue luz roja ilumina su piel dorada mientras el hombre, detrás de ella, la embiste con el ritmo ideal para hacerla enloquecer. La escena es sublime, pero me apunto mentalmente girar la cama unos diez grados a la derecha para que los espectadores puedan verles mejor la cara. Lo creas o no, eso es lo que de verdad quiere mirar la gente: el rostro, esa expresión necesitada y hambrienta, un poco atormentada pero sensual.
Fue una buena decisión volver a invitarlos. Los vi hace unas semanas y se me ocurrió que podíamos incentivar a las parejas que atraen público para que vuelvan a alquilar las salas voyeur con un pequeño descuento en la cuota y algunos beneficios vip; a cambio, les pido que utilicen la sala roja, donde durante una hora ella puede sentirse como una escort de lujo que vende su placer al mejor postor.
Esta pareja dio un espectáculo muy sexy: él entró con un traje caro y le dedicó una sonrisa diabólica; ella fingió indiferencia. Fue impresionante y la multitud se entregó sin dudarlo al espectáculo.
Bueno, «multitud» es un término un poco exagerado porque solo había un puñado de gente; una cortina rodea la zona de observación para dar una sensación de intimidad. No puede haber una multitud ante la sala voyeur porque echaría a perder la experiencia: no puedes contemplar algo en privado acompañado de otras cien personas que también quieren contemplar algo en privado. Al fin y al cabo, este es un sitio con clase y no un lugar donde se apelotone una horda de tíos cachondos para masturbarse delante de los demás como si esto fuera un sórdido espectáculo de una tienda porno cutre.
Y ahí es donde entro yo: sé qué regular y qué hacer para que nada se descontrole y para que todo parezca improvisado aunque yo esté siempre vigilando a escondidas entre bastidores.
Hasta ahora, esta noche todo va bien. Hay una mujer sola mirando a través de la ventana, contemplando cómo la mujer de la cama alcanza de nuevo el clímax. Hay una pareja tan cerca el uno del otro que no puedo distinguir si la mano de ella está bajo los pantalones de él o la mano de él está bajo el vestido corto de ella, o las dos cosas, porque el pasillo está prácticamente a oscuras. Aunque quizá deba hacer que bajen un poco la intensidad de la luz roja en la sala porque relumbra contra el metal y distrae. Aparte de eso, el ambiente es perfecto.
El móvil vibra dentro de mi bolsillo, pero no lo cojo; va contra las normas llevar un teléfono aquí o en cualquier otra zona privada del club, y no voy a saltarme las reglas aunque yo sea uno de los propietarios.
De todos modos, la pareja de la sala roja está terminando, así que salgo sigilosamente del pasillo para voyeurs, atravieso la puerta del área privada y voy a la oficina. Una vez en el luminoso pasillo del personal, miro el teléfono.
La notificación dice: «Tienes un nuevo mensaje de mamá».
Maravilloso: un mensaje de mi madre justo cuando acabo de ver a gente follando como loca. Además, me apostaría el testículo izquierdo a que es otra invitación para que vaya con ella y con mi padrastro esta semana a la casa del lago.
Mamá: Deberías venir. Esta semana hace buen tiempo.
Ja. Tenía razón.
Todos los años mi padrastro y ella pasan una semana en la casa del lago, a tres horas de distancia, y todos los años me invitan a ir con ellos. Estaría más predispuesto a aceptar la invitación si la malcriada de la hija de veintitrés años de él no fuera también. Así que todos los años decepciono a mi madre con un «Gracias, pero no», y este año no va a ser diferente. Mia es mi némesis particular; es la niña de los ojos no solo de su padre, sino también de mi madre, y se ha pasado los quince últimos años acaparando su atención y siendo un auténtico dolor de cabeza, y, como ya soy demasiado mayor para todo el rollo de la rivalidad entre hermanos (hermanastros), me limito a fingir que no existe.
—¿Con quién hablas? —me pregunta Hunter por encima del hombro al ver que me he quedado en la puerta mirando el teléfono.
—Con mi madre.
—Qué asco, tío —replica con una mueca—. Desde aquí se puede oír a la gente follando.
—¿Qué? ¿Es raro? —río.
—Supongo que para ti no. Salúdala de mi parte —dice, y desaparece por el largo pasillo que lleva a su despacho.
—No sé si intentas ser amable o eres un pervertido —digo en voz alta hacia el pasillo vacío, y, a lo lejos, oigo reír a Hunter.
Las bromas entre las tres personas con las que dirijo esta empresa y yo son una de las razones por las que me gusta tanto este trabajo. Nos llevamos muy bien y siempre me divierto porque, aunque a veces resulte un poco estresante, nunca se hace pesado ni se vuelve demasiado serio. Justo como me gusta.
Casi olvido que estoy en medio de una conversación con mi madre a través de la aplicación de mensajes, pero la vibración del teléfono en la mano me lo recuerda.
Mamá: Hace años que no vienes al lago.
Siento el aguijonazo de la culpa al pensar en que voy a decepcionarla una vez más, pero estoy muy ocupado con el trabajo y no es tan sencillo abandonar el club durante varios días porque me arriesgo a perder el ritmo y las fuerzas que necesito para que todo funcione bien. Las ideas frescas, los proyectos creativos, los nuevos eventos, los clientes recién llegados y los importantísimos incentivos vip… Todo recae sobre mis hombros, y no puedo arriesgarme a que nada falle ni un solo instante.
Le respondo a mi madre.
Yo: Me lo pensaré.
Mamá: Deberías venir. Mia se aburre sin ti.
Suelto una carcajada. Lo último que debe de sentir mi hermanastra al estar ahí sin mí es aburrimiento; tal vez tranquilidad, o la satisfacción de tener la atención de mis padres sin que yo esté ahí para molestar, eso sin duda. Pero aburrida seguro que no está.
Yo: Suena muy tentador, pero si quisiera que me fastidiaran cada diez segundos, me compraría un gato.
Mamá: Sé amable.
Ja. ¿Amable? Mia y yo no hemos sido amables el uno con el otro desde el día en que nos conocimos hace unos quince años, cuando ella sólo tenía ocho años y yo, veintipocos. En realidad, dada la diferencia de edad, no debería haber sido una relación problemática, pero a medida que Mía iba creciendo, descubría nuevas formas de sacarme de quicio. No es más que una mocosa malcriada a la que le encanta que su presencia me suponga una tortura constante. Por suerte, ya no tiene ocho años y puedo responderle.
Mamá: Además, Paul tiene muchas ganas de verte.
Mierda, ya ha tenido que jugar la baza de Paul. Mi padrastro ha estado entrando y saliendo del tratamiento para el cáncer de vejiga durante los dos últimos años. De repente está muy bien, y al instante siguiente mi madre suelta algo como lo del mensaje y consigue preocuparme. Debería ir más a menudo a verlos para mantenerme informado, pero la vida se interpone siempre.
—¿Nos vemos en el bar? —pregunta Hunter, desviando mi atención del teléfono—. Le toca a Maggie supervisar el club esta semana.
—¿Para ser yo otra vez el único soltero del grupo? Ay, qué divertido. Imagino que Drake habrá venido con su ligue de esta semana.
—Creo que esta semana no tiene ninguno —responde Hunter—. Así que puedes estar con él.
Echo la cabeza hacia atrás y enarco las cejas, esbozando una sonrisa forzada. Drake, el mejor amigo de Hunter y jefe de obras del club, es un mujeriego impenitente, y no va a pasar más de cinco minutos en la mesa antes de que se abra la veda entre las solteras del bar.
Durante más de una década seguimos la tradición de tomar unas copas juntos los jueves por la noche, pero ahora mismo no tengo fuerzas para pasar otra velada rodeado de parejitas. No me hace gracia cancelar la cita, pero es que la dinámica del grupo ha cambiado mucho; cuando Hunter e Isabel se casaron yo todavía tenía a Emerson, pero ahora tiene una pareja estable y es feliz, y me alegro mucho por él y me parece estupendo, en serio, pero cuando abro la puerta del bar que frecuentamos y lo primero que veo es al hombre al que he admirado e idolatrado durante casi una década magreándose con una veinteañera como si estuvieran en la última fila de un cine, me invade la amargura.
—Ya vale, ¿no? —protesto al acercarme a la mesa y encontrarme a mi mejor amigo y a su nueva y jovencísima novia devorando más la boca del otro que los aperitivos que tienen delante.
Charlotte se sonroja y se aparta de Emerson.
—Ay, lo siento —se disculpa, cogiendo su bebida—. Pensaba que te gustaba mirar.
Pongo los ojos en blanco.
—Me gusta ver sexo —aclaro—. No besuqueos cursis o lo que quiera que haya sido eso.
Charlotte abre los ojos de par en par y se echa hacia delante.
—Espera, ¿ese es tu rollo?
—¿Mi rollo?
—Sí, lo que te va…
Dejo escapar una risilla divertida. Es una forma un poco simplista de explicarlo, pero le sigo la corriente.
—Podría decirse así. Soy un voyeur, pero creía que ya lo sabías.
Se encoge de hombros.
—Solo quería oírtelo decir. —Le da un sorbo a su bebida, y yo la estudio durante un instante. Charlotte es una de esas mujeres que no se callan nada. Si tiene filtros, no creo que sepa usarlos, y eso es algo que jamás pensé que podría gustarle a mi mejor amigo, pero ahora la está mirando con la expresión más embelesada que he visto nunca en su cara de suficiencia.
Es muy difícil tomarse toda esta mierda en serio, y, de hecho, no lo hago. Seré un cínico, pero creo que enamorarse es lo más estúpido que puede hacer alguien. Emerson parece feliz, lo reconozco, pero, sinceramente, ¿cuánto cree que va a durar? Disfruta del sexo y de la compañía lo que puedas, amigo, porque dentro de unos años lo más seguro es que ella se ponga de mal humor por cómo masticas y tú estarás deseando volver al club conmigo.
Lo que ocurre es que no me acabo de creer que cuando ves el lado más recóndito y oscuro de una persona puedas seguir con todo ese rollo romántico. La gente está llena de defectos y las relaciones funcionan mejor cuanto más breves, o, en mi caso, sin ser relaciones en absoluto. Y no, que conste que no estoy celoso. Lo que ocurre es que soy perfectamente capaz de mantener la cabeza fría y no tirarlo todo por la borda por un par de pechos jóvenes y una sonrisa deslumbrante. Quizá mi mejor amigo se haya dejado engañar, pero a mí no va a pasarme.
Charlotte deja su bebida y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Eso significa que te gustaría vernos follando?
Emerson suelta una carcajada y yo intento no mostrar reacción alguna.
—Eres la primera de las mujeres de mis amigos que me lo pregunta. Aún estoy esperando a que Isabel y Hunter se ofrezcan —bromeo.
—No me has respondido. —Me estudia con expresión desafiante, con los codos apoyados sobre la mesa.
Lo considero por un momento. Tampoco es que me apetezca ver a mi amigo desnudo o follarme a su novia; a mí lo que me gusta es contemplar cómo interactúa la gente durante el sexo, ver cómo se expresa, cómo se mueve, cómo gime, cómo se corre. El sexo nunca es igual, lo practique quien lo practique, y el porno no cuenta porque está demasiado guionizado y dirigido. Así que, sí, me gusta mirar porque es lo más interesante que se puede ver hacer a dos —o más— seres humanos.
—¿Es una invitación? Porque me apunto.
—No lo es —interviene Emerson, y yo me echo a reír.
—No pasa nada. Solo tengo que pillarte la noche adecuada en el club —respondo, y él no puede ocultar la sonrisa discreta que se dibuja en su rostro.
—Eso es cierto —responde Charlotte.
Tarde, como de costumbre, Hunter, Drake e Isabel entran en el bar. Mientras los cinco se saludan y entablan conversación, me aíslo una vez más. Últimamente lo hago mucho, y seguro que se han dado cuenta. La verdad es que prefiero estar en casa, donde puedo disfrutar de mi soledad, antes que en un bar abarrotado bajo la mirada escrutadora de mis amigos más íntimos. Más de una vez me encuentro sacando el móvil para buscar correos o mensajes que no llegan, deseando que surja algún problema en el club para dedicarme a otra cosa, pero, como soy un buen jugador de equipo, me quedo ahí mientras tomamos otra ronda e intento reírme de todos los chistes e incluso contar algunos yo mismo. Pero a las once ya estoy en casa, me quito el traje de Tom Ford, me pongo un pijama barato de franela y me tumbo en la cama, donde me planteo suscribirme a uno de esos servicios de chat en línea con chicas sexis. No me considero demasiado bueno para esas cosas, aunque ya las he hecho alguna vez. Con fines de investigación, claro.
Pero no es algo auténtico. Ya nada me parece auténtico.
Si te enamoras de tu hermanastro, no dejes que se note. Nunca
Mia
—¿Y qué me harías si estuvieras aquí conmigo?
El hombre canoso de la pantalla suelta una risita profunda y grave.
—Cariño, haría que te sintieras genial.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo harías? Dímelo.
—¿Tú te tocarías para mí mientras lo hago? —pregunta con una voz temblorosa que delata lo nervioso que está.
—Si es lo que quieres… —respondo.
Estoy tumbada en el ajado sofá azul de terciopelo, en el sótano de la cabaña del lago de mis padres. No es muy cómodo, pero es ideal para el ángulo de la cámara y el color contrasta a la perfección con mi piel clara. Llevo suelta mi larga melena rubio platino y solo me he puesto las bragas negras de encaje que más le gustan a este cliente. Se ha ofrecido a comprarme un armario entero, pero siempre lo rechazo. No me gusta aceptar regalos de los clientes porque me hace sentir como si les debiera algo.
ChiefG1963 —me ha dicho que su verdadero nombre es Gregg— se aclara la garganta. Está nervioso. Siempre se corta cuando llegamos a esta parte, pero sé que es lo que más le va. Se le da bien el lenguaje obsceno y sé que prefiere explicármelo todo a que yo le diga lo que me gusta porque siempre que lo intento me interrumpe.
—Bueno, pues empezaría por lamerte esos pezones rosas perfectos, nena.
—¿Estos? —pregunto, y me bajo el sujetador para ofrecerle una vista perfecta de mis pechos.
—Oh, sí —jadea—. Y luego…
Llaman a la puerta de su despacho y oigo de fondo la voz de un hombre. Gregg mira a quienquiera que sea y yo espero, colocándome el sujetador para que el recién llegado a la oficina de Gregg no asista a un espectáculo por el que no ha pagado.
Gregg se vuelve hacia mí con expresión de disculpa.
—Nena, tenemos que dejarlo por hoy.
Hago un mohín hacia la pantalla.
—Pero estábamos a punto de llegar a lo bueno…
—Ya lo sé, pero tengo que atender a unos inversores y el dinero no espera, cariño.
Intento parecer lo más reacia posible, me incorporo y miro fijamente la cámara del portátil.
—¿Sigue en pie lo de mañana?
—No me lo perdería por nada del mundo —responde—. Esa preciosa sonrisa es lo mejor del día.
Recompenso ese comentario con una sonrisa deslumbrante que deja ver mis hoyuelos y me muerdo el labio porque, por desgracia, sé que está siendo sincero. Gregg es uno de mis habituales, y aunque está forrado, me da la impresión de que soy la única persona que lo escucha de verdad porque se pasa la mayor parte del tiempo que duran las videoconferencias contándome su día a día y hablándome del trabajo. De hecho, nos pasamos la primera media hora charlando y me cuenta todos los sitios a los que le gustaría llevarme o todas las cosas que haría conmigo mientras yo le dedico toda mi atención. Luego pasamos a la parte sexy si su trabajo no se interpone.
El caso es que la mayoría de mis clientes son así: quieren mantener una conversación interesante tanto como disfrutar de un poco de diversión erótica. En su mayoría están desesperados por recibir un poco de atención, ansiosos por sentir cierta conexión y, sí, también por hacer algo un poco morboso, así que he perfeccionado mis habilidades para parecer provocativa en pantalla mientras actúo como si me importara lo que tienen que decir.
Bueno, eso ha sonado un poco despiadado porque sí que me importa. O, mejor dicho, me pagan para que me importe.
Después de cortar la videollamada con Gregg me planteo si encender la cámara otra vez para conseguir una nueva solicitud vip en los chats de transmisión en vivo, pero, no sé cómo, paso la hora siguiente navegando en mi teléfono.
Mi padre y mi madrastra están ahora mismo en el barco con sus amigos, así que me he quedado sola en casa, lo que me facilita el trabajo.
Vamos al lago todos los veranos, y, aunque tengo veintitrés años, edad suficiente para tener mi propia casa, disfruto viniendo aquí todos los años. A lo mejor debería estar en Cancún o en Las Vegas con otros veinteañeros, pero ese no es mi estilo; soy más la clase de persona que se siente satisfecha en su hogar.
Mis padres viven como si ya hubiéramos dejado el nido vacío a pesar de que yo no lo he abandonado por completo: eso significa que se van mucho de viaje, que no se preocupan por mí y que me dan toda la intimidad y el servicio de wifi que necesito.
Lo de ser camgirl es algo relativamente nuevo. Lo descubrí el otoño pasado, cuando una amiga de la escuela de cosmetología —que yo acababa de dejar— me habló del dinero que ganaba sin ni siquiera tener que salir de casa. Soy una persona sociable, y ser provocativa siempre ha sido mi punto fuerte, así que pensé que sería perfecto para mí.
Al principio me resultaba incómodo flirtear con desconocidos, sobre todo porque me sentía un poco acomplejada por mi cuerpo. Siempre había pensado que esa clase de cosas era para mujeres que estaban en forma y bien tonificadas, que tenían la confianza de pavonearse en bikini, pero mis piernas son demasiado flacas, al contrario que mis pechos, que son grandes y blandos, como mi culo, pero no tardé en aprender que a algunos hombres les gustan las mujeres así, y mucho.
Pronto desnudarme para los hombres —y hacer cosas frente a ellos— me hizo sentirme más segura con mi cuerpo. Se me hace raro pensar que en la primera sesión estaba tan nerviosa que no me atrevía ni a mostrar ni un asomo de mi pubis cuando ahora me siento perfectamente cómoda enseñándolo ante la cámara.
Así consigo grandes propinas, y eso es genial, pero también me encanta lo que se siente, aunque no pueda explicar por qué.
Este es mi trabajo. Coqueteo, hago striptease, me toco y, en un buen día, puedo llegar a tener un orgasmo. Y encima me pagan. ¿Qué más puedo pedir?
Después de ponerme algo más decente que la lencería negra que llevaba, subo las escaleras. Estoy preparándome un café helado en la cocina, con mi gata negra de cinco años, Betty, paseándose alrededor de mis piernas, cuando suena el teléfono y veo que es una videollamada de mi hermanastro.
¿Por qué leches Garrett me está llamando?
Le contesto por pura curiosidad y apoyo el teléfono en la encimera para que pueda verme mientras sigo preparando el brebaje de caramelo y cafeína.
—No cuelgues —dice al instante.
—Vale… —Lo veo en la pantalla, sin camiseta, sudado, con las mejillas rojas, el pelo húmedo y una toalla alrededor del cuello, y me obligo a apartar la vista—. ¿Qué pasa? —pregunto, intentando ser cordial, aunque Garrett no ha sido amable conmigo en toda mi vida. ¿Para qué iba a serlo si podía dedicarse a torturarme?
¿Mi padre no podría haberse casado con alguien con un hijo mejor? Y preferiblemente que también fuera feo. ¿Por qué me ha tocado en suerte un hermanastro que es todo lo contrario de esas dos cosas?
—¿Cómo está tu padre?
Esa pregunta me desconcierta. Sabe que mi padre está luchando contra el cáncer desde hace dos años, pero eso no lo ha motivado a venir a verlo, así que no sé a qué viene preguntar ahora.
—Mmm. Pues igual, supongo.
—¿Qué estás bebiendo? —pregunta, cambiando repentinamente de tema.
—Un café helado —respondo con los labios cerca de la pajita metálica.
—Me parece que lo último que necesitas es más cafeína.
—¿Me has llamado solo para juzgarme? —contesto con tono airado. Cojo el teléfono y lo llevo hasta el balcón del tercer piso, mirando la cámara. El sol está a punto de ponerse, y desde aquí el ocaso es impresionante, y me niego a perdérmelo. A veces incluso me llevo el portátil y permito que mis espectadores me vean apoyar los pies en el balcón y tomarme el café mientras el sol se esconde en el lago. Suele ser cuando los cretinos se cuelan en mi bandeja de entrada para decirme que quieren sobarme los pechos o hacer que me recline sobre la barandilla o cualquier otra cosa supervulgar por el estilo, pero los ignoro y no permito que nadie eche a perder este momento. Apoyo el teléfono en la maceta que hay sobre la mesa para que mi hermanastro pueda verme. Lo que pasa es que yo también puedo verlo a él y, al echar un vistazo, me doy cuenta de que él tiene el móvil levantado y está haciendo estiramientos, lo que me permite ver en primer plano sus músculos grandes y esbeltos y su piel perfecta bañada por el sol, salpicada de un vello oscuro que desciende por sus cincelados abdominales y desaparece dentro de sus pantalones cortos.
—¿Me estás escuchando?
—Sí —miento.
—¿Qué acabo de decir?
—¿Algo sobre correr una maratón o algo así?
Resopla y pone los ojos en blanco.
—Te he preguntado cómo va el verano en el lago con mamá y papá.
—Aburrido —respondo.
—¿No eres un poco mayor para pasar los veranos con nuestros padres? —argumenta, despreocupado.
—Lo que pasa es que estás celoso porque yo trabajo con el ordenador y puedo pasar los veranos aquí gratis. Además, nunca están en casa. Se pasan la vida en el casino o en el barco con sus amigos o haciendo Dios sabe qué.
—¿Sigues trabajando de grabadora de datos? —pregunta con tono burlón.
—Sí. —Evidentemente no voy por ahí proclamando que gano dinero exhibiendo mis encantos en internet. Hay mucho estigma asociado a ello.
Por no mencionar que Garrett me echaría la bronca durante siglos y, si se entera, lo usará como munición para menospreciarme. Ya es bastante difícil ser una trabajadora sexual sin que el imbécil de mi hermanastro me haga sentir como una mierda por ello.
Pero a veces me pregunto cómo reaccionaría si se lo contara. Garrett es la única persona a la que me gustaría confesarle lo de mi trabajo porque a lo mejor empezaba a verme como una mujer y no como una hermanita malcriada. Tampoco es como si un tío rico, en forma y tan guapo como mi hermanastro fuera a fijarse en alguien como yo, pero a veces me entran ganas de que vea lo que hago delante de una cámara; la idea de que Garrett me vea abriéndome de piernas delante de la pantalla del móvil me ruboriza. Seguro que eso iba a conseguir que cambiara su forma de verme, y solo me queda esperar que se sintiera más excitado que disgustado.
—Entonces, ¿vas a venir? —pregunto con tono despreocupado. ¿Ha sonado demasiado esperanzado? Miro hacia la pantalla para ver su reacción, pero sigue estirando.
—Hace tres meses que abrimos el club. No es buen momento para pedir una semana libre para irme al lago.
—Pues ven un fin de semana. Solo está a un par de horas en coche.
—¿Por qué insistes? Pensaba que no te hacía gracia tenerme ahí. ¿No te gusta disfrutar de la casa del lago tú sola mientras ellos no están?
Garrett y yo nunca nos hemos llevado bien. Los dos somos competitivos, tenemos un sentido del humor cínico y no nos tomamos casi nada en serio, y tampoco ayuda que nuestros padres se casaran cuando yo tenía ocho años y él veintiuno, y lo único que podía hacer para llamar su atención era ponerlo de los nervios.
Solía venir al lago con nosotros todos los veranos, pero, de pronto, hace unos diez años, dejó de hacerlo, y no me queda más remedio que aceptar que fue por mi culpa.
—Como quieras. A mí me da igual —replico con descaro.
—Joder. ¿Qué mosca te ha picado?
—Preguntaba por preguntar. Ven o no, no me importa. Pero he pensado que te gustaría ver a papá antes de que empeore.
—Ah, ¿sí? ¿Lo decías por eso? Porque me ha parecido que te apetecía verme.
—De eso nada —respondo, obstinada.
—¿Estás segura? Porque eso de intentar ligar con tu hermanastro suena a desesperación. ¿Tan difícil es encontrar chicos que quieran salir contigo? —En su cara hay una sonrisa juguetona, y la aborrezco, porque siempre la usa para cabrearme.
—Voy a colgar. ¿Tienes que portarte siempre como un imbécil?
—Me gusta lo nerviosa que te pones —ríe—. Y eso es lo que hacen los hermanos mayores.
Aparto la mirada para que no vea los sentimientos ocultos que desencadena esa frase. Garrett no es mi hermano mayor de verdad y no lo ha sido nunca, pero desde que nuestros padres se casaron se ha puesto en ese plan, como para que recordemos los dos que, con o sin lazos de sangre, somos parientes.
Así que me muerdo la lengua porque no puedo decir lo que de verdad me gustaría: que quiero que venga a pasar el rato a mi lado. Jamás podré confesarle lo que siento por él porque Garrett se lo toma todo a broma, empezando por mí, y si alguna vez se enterara de que estoy enamorada de él como una imbécil, me lo iba a restregar toda la vida.
Así que lo disimulo con sarcasmo y antipatía.
—Adiós, Garrett —murmuro, y pulso el icono para finalizar la llamada.
No me levanto enseguida; incluso después de que el sol haya desaparecido tras los árboles, me quedo aquí sentada, en absoluta soledad. En el fondo no soy mejor que mis clientes, pero lo superaré, no me queda más remedio. Porque, a fin de cuentas, Garrett solo me ve como su hermana pequeña, mientras que yo lo veo como el amor de mi vida.
Si bebes, no descargues aplicaciones
Garrett
«FlirtyGirl: Chicas sexis 24/7».
«SkankView: Las chicas más cachondas de la web».
«BabeWatch: Mujeres de verdad para que las disfrutes».
Reprimo un gemido mientras navego por las aplicaciones disponibles. Esto es de lo más vergonzoso, pero estoy borracho, así que me he tragado el orgullo y me he puesto a buscar. Considero por un momento coger el coche e ir al club para ver si hay algo excitante en la sala voyeur, pero ahora mismo no me apetece ver parejas practicando sexo.
—Joder, soy patético —murmuro antes de hacer clic en el primer sitio, el que me parece menos sórdido. Ya le había echado un vistazo cuando buscaba inspiración para el club, pero, aunque llegué a preguntarme cómo podría convertir esos espectáculos en una experiencia en directo para los socios, la idea no llegó a cuajar, y no tardé en desecharla. No sabía cómo hacer que funcionara: ¿habría que subir a las chicas al escenario con un montón de vibradores y consoladores y sentar al público como en un teatro? Sonaba fatal. Quizá alguien podría hacer que funcionara, pero ese no soy yo.
A diferencia de otras veces, hoy solo busco un poco de diversión culpable y, con suerte, cierta interacción humana.
La aplicación es más elegante de lo que pensaba en un principio. Es atractiva y tiene clase, no como algunos de esos sitios porno vulgares y demasiado obvios. De hecho, se parece a cualquier red social normal y corriente. Miro las chicas que están en línea y hago clic en algunas.
La primera es una hermosa mujer asiática en una silla de gamer que lleva unos auriculares enormes en las orejas y manipula un mando para videojuegos. No puedo evitar reírme: tiene más de diez mil espectadores activos, y está completamente vestida, jugando a videojuegos.
Vale, siguiente.
Una pelirroja pechugona que está cocinando. Esta es un poco más sexy porque el ángulo de la cámara ofrece una buena visual de sus enormes pechos asomando del escote de su camiseta. Mientras cocina, conversa con los espectadores y responde de tarde en tarde a preguntas y comentarios. Resulta atractivo observarla por un momento, con esa manicura perfecta en sus largas y cuidadas uñas, mientras corta verduras y mueve la melena, pero enseguida pierde la gracia.
Abro la quinta cerveza de la noche y hago clic en otro perfil: Gatita_traviesa214. Me reclino en el sofá cuando el vídeo muestra de cerca unos bonitos dedos con las uñas pintadas de rosa sobre un suelo de baldosas y se escucha la voz de una chica.
—Me gusta más este tono que el anterior. ¿Qué te parece?
Me quedo con la botella a medio camino de mis labios.
Esa voz me resulta extrañamente familiar.
El ángulo de la cámara cambia cuando la chica apoya el teléfono contra algo y nos ofrece a mí y a otras diecisiete mil personas una vista de su cuerpo cubierto por un top amarillo y una falda negra que dejan entrever una franja de carne blanca, suave y pálida entre medias.
Mi cerebro tarda unos segundos en procesar lo que veo, pero debe de ser por culpa de la cerveza. Y no puedo apartar la mirada de lo que estoy viendo ahora mismo: un traje muy familiar en un cuerpo muy familiar con una voz muy familiar.
—Pero qué… —murmuro, y entonces aparece una larga melena rubio platino y, por fin, su rostro. Ese rostro… Una bonita barbilla, unas mejillas redondeadas con hoyuelos, que casi ocultan sus grandes ojos azules cuando sonríe, y unos labios carnosos en forma de corazón pintados con carmín color café.
Se me cae la cerveza y el líquido frío y carbonatado me salpica el pecho desnudo y los pantalones del pijama de franela.
—¡Joder! —exclamo; suelto el teléfono, recojo la lata del sofá y la dejo sobre la mesa. Corro a la cocina a coger una toalla y me seco mientras miro boquiabierto el móvil, que sigue retransmitiendo las imágenes desde el suelo, con la puta voz de mi hermanastra de fondo.
¿Mia? No.
Ignorando el desastre que está empapando la tela del sofá, escudriño la pantalla con cautela, sin levantar el móvil, como si ella pudiera verme —aunque sé que no es así—, convencido de que me engañan los ojos.
Solo es una mujer que se parece mucho a Mia.
Pero entonces echa la cabeza hacia atrás y se ríe, una de esas carcajadas roncas, más graves que su voz normal.
Sí, es Mia.
Finalmente reúno el valor para coger el teléfono y contemplo la imagen de mi hermana en la pantalla.
No es tu hermana, imbécil.
A ver, ¿a mí qué me importa si se exhibe en internet? Siempre ha sido una descarada, y, de todos modos, no es asunto mío.
Salgo de la transmisión en directo a toda prisa y busco a otra camgirl, pero no puedo quitarme de la cabeza la idea que mi hermanastra de veintitrés años se está exhibiendo delante de un montón de asquerosos que probablemente están pensando y diciéndole cosas bastante deplorables; y eso me molesta lo suficiente como para volver a hacer clic en su transmisión.
Mia está enroscando el tapón del esmalte de uñas de color rosa suave sin parar de hablar, explicando que es más una persona hogareña que alguien a quien le gusta ir a discotecas. Luego enseña un refresco de cola y les pide a los espectadores que comenten lo que están bebiendo.
No puedo apartar la mirada. Es ella y, al mismo tiempo, no lo es. Acabo de hablar por teléfono con ella hace un par de horas, y trato de recordar cómo hablaba y compararlo con cómo lo hace ahora. Conmigo estaba un poco más inquieta, a la defensiva, y se mordía el labio cuando hacía una pausa. La chica de la pantalla del teléfono ahora no es del todo Mia.
Al fondo, puedo ver su dormitorio de la casa del lago. ¿Dónde puñetas están mi madre y mi padrastro? Ella no haría algo así con ellos en casa, ¿verdad?
¡Joder! ¿Qué coño está haciendo Mia en una aplicación de webcam?
Tal vez solo hace estas transmisiones en vivo para divertirse y sacarse algo de pasta, nada más. Estoy seguro de que no se desnuda ante la cámara ni hace ninguna de las cosas desagradables y depravadas que sé que estas diecisiete…, no, ahora veintiún mil personas quieren que haga.
En la parte inferior de la pantalla aparecen los comentarios de otros usuarios, y la mayoría de ellos son bastante mansos, probablemente porque la aplicación filtra los comentarios de los depredadores. Veo una barra para dejar el mío, pero no lo hago, y me fijo en que en el lateral hay varios botones: uno para enviarle un mensaje —de pago, por supuesto— y otro para solicitar un videochat privado.
Debe de ser configuración por defecto. Mia no hace esas cosas. No, no, no, no.
Mi mente medio borracha está en guerra con las ganas de protegerla porque es mi hermana pequeña, pero de fondo hay algo más que también ocupa un espacio en mi cerebro, algo que no tiene nombre, pero que resuena con una cadencia desconocida: «Mía, mía, mía».
Y es esa posesividad desconocida, alimentada por la testosterona, lo que me lleva a pulsar el botón para solicitar un videochat privado.
¿Qué coño acabo de hacer?
Aparece una notificación emergente sobre el vídeo de Mia para informarme de que el precio del chat es de cuatrocientos cincuenta dólares la hora, y ni pestañeo antes de pulsar el botón verde para aceptar.
El pop-up desaparece, y veo a través de la cámara cómo Mia se agacha y mira la parte inferior de su pantalla, como si estuviera leyendo una notificación; un instante después se dirige a sus espectadores.
—Bueno, gente, el esmalte ya se ha secado, así que me voy a la cama. ¡Que paséis una buena noche, chicos! Y no bebáis demasiado.
Un segundo después, la pantalla se queda en negro.
«Gatita_Traviesa214 ha aceptado tu invitación a un videochat privado. ¿Quieres dar acceso a la cámara?».
¿Dar acceso a la cámara? No.
«¿Quieres dar acceso al micrófono?».
Está claro que no me lo he pensado bien… No quiero que Mia me vea o me oiga. Ni siquiera sé lo que le voy a decir…, aunque he accedido a la sala privada para confrontarla, ahora no estoy seguro de que fuera eso lo que pretendía hacer. A lo mejor solo pretendía comprobar hasta dónde está dispuesta a llegar en estos chats privados.
Pulso el icono para no darle acceso al micrófono.
Un segundo después aparece de nuevo en la pantalla y es como una videollamada normal, sin que se vea el enorme número de espectadores en la esquina superior. Mi nombre de usuario aparece en la otra esquina: «Player428».
—Hola —saluda con tono coqueto—. Ah, conque eres tímido, ¿eh? No pasa nada. Puedes enviarme mensajes al chat hasta que consiga que te sientas cómodo. Sé que las salas privadas pueden intimidar un poco al principio.
Lleva el teléfono a través de su dormitorio, pero no puedo ver mucho más que su cara y la parte superior de su pecho. Durante un minuto, me quedo mirando esas mejillas redondeadas y el contraste que hacen sus dientes blancos con los labios pintados de color oscuro. ¿Por qué nunca me había fijado en lo perfecta que es la piel de Mia? ¿O en lo carnosos que son sus labios?
—¿Por qué no empiezas diciéndome tu nombre?
Mis dedos vacilan ante el recuadro para introducir texto, sin saber qué decir hasta que, por el motivo que sea, me viene a la mente la única otra persona a la que creo capaz de flirtear tan abiertamente con una mujer desconocida.
Player428: Drake.
Veo cómo lee el mensaje con una sonrisa.
—Me gusta ese nombre. Vale, Drake, es viernes por la noche y aquí estás, charlando conmigo. ¿Estás bebiendo algo?
Player428: Cerveza. Aunque me la he tirado toda por encima al ver tu cara.
Joder, eso ha sido patético, aunque ella se ríe de todos modos, pero no como acostumbra, sino de un modo más simple que me hace sonreír.
Dios, Mia…, ¿qué coño estás haciendo? Esto no puede ser verdad.
—No estás hablando en serio —responde, juguetona. Se mete en la cama y coloca el teléfono en un soporte para no tener que mantenerlo en posición vertical con las manos. Este nuevo ángulo me ofrece una vista perfecta de su cuerpo acurrucado entre almohadas blancas y un rústico cabecero de madera.
Esa es su puñetera cama. La he visto cientos de veces cuando pasaba los veranos en el lago.
El pene se me pone duro en los pantalones. No, de eso nada. Quieto ahí.
