Consiénteme - Sara Cate - E-Book

Consiénteme E-Book

Sara Cate

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Beschreibung

No quiero hacerle daño, solo quiero castigarlo. Ya es bastante malo ser la única mujer copropietaria de Juegos Prohibidos, pero es que encima también soy la única que no tiene ningún fetiche… o al menos eso era lo que pensaba. Imagínate mi sorpresa cuando hice un test que dio como resultado que, después de todo, no soy tan convencional como imaginaba. Solo hay un obstáculo: no tengo ni idea de cómo ser una dominatrix, al menos hasta que la app me empareja con alguien dispuesto a ayudarme a aprender. El problema es que es demasiado joven para mí, demasiado terco y demasiado guapo. Ah, y es el hijo de mi amigo y socio Emerson Grant. Beau Grant es un malcriado y lo aborrecería si no me gustara tanto castigarlo, aunque no tardo en darme cuenta de que, debajo de esa fachada, hay un hombre incomprendido, generoso y que solo necesita a alguien que lo guíe. Pero si quiere piedad, tendrá que ganársela. Hay un millón de razones por las que debería alejarme de él, pero estoy cansada de hacer siempre lo que se espera de mí. Por fin sé lo que quiero y estoy dispuesta a conseguirlo.

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Seitenzahl: 515

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Mercy

Primera edición: octubre de 2025

Copyright © 2022, 2023 by Sara Cate

© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2025

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-10-3

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: Freepik

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

Índice de contenido

Advertencia de contenido

Prólogo

Regla nº 1

Regla nº 2

Regla nº 3

Regla nº 4

Regla nº 5

Regla nº 6

Regla nº 7

Regla nº 8

Regla nº 9

Regla nº 10

Regla nº 11

Regla nº 12

Regla nº 13

Regla nº 14

Regla nº 15

Regla nº 16

Regla nº 17

Regla nº 18

Regla nº 19

Regla nº 20

Regla nº 21

Regla nº 22

Regla nº 23

Regla nº 24

Regla nº 25

Regla nº 26

Regla nº 27

Regla nº 28

Regla nº 29

Regla nº 30

Regla nº 31

Regla nº 32

Regla nº 33

Regla nº 34

Regla nº 35

Regla nº 36

Regla nº 37

Regla nº 38

Regla nº 39

Regla nº 40

Regla nº 41. Epílogo de Maggie

Regla nº 42. Epílogo de Beau

Perfil de los personajes

Agradecimientos

Hitos

Página de título

Página de copyright

Hitos

Agradecimientos

Dedicatoria

Aviso

Prólogo

Capítulo

Para la domme que todas llevamos dentro.

Advertencia de contenido

Querido lector:

Este libro ha acabado siendo un poco más oscuro que los demás de la serie. Gira en torno a un hombre con emociones reprimidas y que no está preparado para lidiar de forma adecuada con sus sentimientos. Dentro de estas páginas encontrarás cierta violencia y degradación sexual, pero también sanación y el modo de superar una educación dañina.

Por supuesto, hay mucho bdsm pensado para inspirarte, aunque no debes usarlo como una guía o un manual para tener una relación sana. He hecho todo lo posible para retratar ese estilo de vida de una manera segura, sana y consensuada con la ayuda de alguien con más experiencia que yo, pero, por favor, no olvides investigar por tu cuenta antes de embarcarte en algo nuevo o potencialmente peligroso.

¡Diviértete y disfruta!

Prólogo

Hace siete años

Maggie

—Y ahí estaba yo, agarrándola del pelo, los dos a cien. La miro a los ojos y le digo: «¿Por qué no eres una buena chica y me la chupas?». Y antes de que pudiera hacer nada, se había levantado y me había dado un puñetazo.

Casi me atraganto con mi chardonnay. Sentado en la mesa frente a mí, mi amigo Emerson nos está relatando su fracaso más reciente en el dormitorio; a estos tíos siempre les pasa algo: todos los jueves quedamos para tomar algo y cada uno nos cuenta alguna historia sexual extravagante mientras yo me quedo en silencio en un rincón preguntándome cómo he acabado aquí.

Todos los hombres reaccionan con muecas y maldiciones, y yo busco algo para participar en la conversación.

—Me da que no le gustó lo que le dijiste —digo con una risa traviesa y, naturalmente, ellos creen que solo estoy dándole una respuesta sarcástica para seguir con la broma.

—¿Tú crees? —Emerson responde con expresión dolorida, poniendo la cerveza sobre el moratón como si fuera una bolsa de hielo.

Conozco a Emerson desde hace unos cuantos años, cuando organicé un evento para su startup fallida. Después de eso, empezó a trabajar para la empresa en la que todos estamos actualmente y me rogó que me uniera a su equipo. A diferencia de la mayoría de los hombres con los que he trabajado, Emerson no ve mi asertividad como una amenaza; al contrario, me valora por las mismas cualidades que otros desprecian.

Soy una fanática del control, se me da genial tanto delegar como dar órdenes y no permito que nadie me presione o me haga sentir estúpida, y justo por esto acepté trabajar con Emerson.

¿Aborrezco la empresa en la que estamos? Por supuesto. Es un desastre: desorganizada, corrupta y dirigida por absolutos imbéciles.

Pero me encanta trabajar con estos tres. Gente como Emerson, Garrett y Hunter es difícil de encontrar: no menosprecian mis ideas ni me ignoran; me escuchan y, como resulta evidente viendo esta misma noche, me tratan como a una amiga aunque no pueda participar en sus enloquecidas historias sexuales. Tampoco es que me sorprendan: son tres hombres solteros en la flor de la vida.

—A ver, creía que nos entendíamos —comenta Emerson, abatido, tras el fallido intento de ser mínimamente aventurero en el dormitorio—. Parecía bastante pervertida, y estoy convencido de que le gustaba, pero supongo que me equivoqué. Al parecer no es muy fan de la humillación sexual.

Doy un sorbo al vino sin responder a ese último comentario. Quizá debería explicarle a Emerson que no a todas las mujeres les gusta que las degraden: es más probable que las hayan humillado tanto que se hayan acostumbrado a defenderse; o podría contarle a Emerson un pequeño secreto: muchas mujeres fingen más de lo que él cree.

En este caso apuesto a que a ella sí le gustaba Emerson: es guapo y destila seguridad en sí mismo, y tiene pinta de ser genial en la cama, pero si un tío me agarrara del pelo y me hablara así, yo también le daría un puñetazo.

—Joder, tío —comenta Garrett con el ceño fruncido—. Es una mierda que no haya una manera de emparejar a la gente por las perversiones que les molan en la cama. —Todos se ríen de él, pero yo me quedo contemplándolo en silencio—. Hablo en serio, joder. ¿No estaría genial que pudieras conocer a alguien a quien le gustaran las mismas mierdas que a ti? No tendrías que ocultarlo ni avergonzarte de las cosas que te ponen.

Esta vez sí me río porque todo lo que ha contado Emerson podría haberse evitado con una simple conversación con su pareja, y que Garrett piense en serio que una app va a solucionar ese problema es para partirse de risa. Hombres…

—Estás como una puta cabra, Garrett —dice Hunter, sentado junto a su novia, Isabel.

—Qué va —argumenta Garrett—. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo ponerla en voz alta? A ver, está claro que a Emerson no le cuesta preguntar…

Hay más risas y más burlas, y Garrett resopla porque los demás se toman a broma todo lo que dice. Y, bueno, yo también lo hago, porque lo que propone es fácil de imaginar desde la perspectiva de un hombre: sin vergüenza, sin miedo ni tíos espeluznantes que solo quieren aprovecharse de ti. En un mundo perfecto, una aplicación así sería genial, pero no vivimos en un mundo perfecto, y Garrett no tiene ni idea de lo que supondría algo así para las mujeres.

—Todos hemos hecho un montón de cosas, pero estoy seguro de que hay algo que no os habéis atrevido a sugerir. Venga, confesad.

—Tú primero —respondo, devolviéndole la pelota.

—Está bien —acepta. Se yergue en su asiento y, tras armarse de valor, confiesa—: Me gusta mirar.

Resisto el impulso de poner los ojos en blanco. Por supuesto que sí, y no es ninguna sorpresa, pero como los demás muestran su interés, yo asiento y sonrío. Cuando llega el turno de Hunter, él se sale por la tangente, pero la recatada pelirroja que tiene sentada a su derecha anuncia con orgullo que le gustaría hacer un trío y eso anima la conversación. Yo la felicito por atreverse a ponerlo en voz alta, y entonces todos se vuelven hacia mí y yo niego con la cabeza.

—A mí no me miréis —respondo.

—Vamos, Mags —me anima Hunter, sonriente.

—No, no tengo ningún fetiche, en serio. Soy cien por cien vainilla.

Garrett me mira con los ojos entrecerrados y yo me muerdo el labio inferior para contener mi sonrisa tímida.

—Las calladitas son las peores…

—¿Qué dices? —Me echo a reír.

—Apuesto a que eres la persona más pervertida de esta mesa —bromea, y suelto una sonora carcajada.

Ojalá tuviera razón.

Un par de horas después, nos despedimos en el aparcamiento. Emerson me acompaña al coche, como todas las semanas, y mientras saco las llaves del bolso, se ríe entre dientes.

—A Garrett se le ocurren unas ideas… —comenta.

—Ya lo creo —respondo sin darle importancia.

—Pero esta podría funcionar, ¿no crees?

Llegamos al coche y lo miro fijamente.

—No, no creo.

Parece avergonzado por mi respuesta.

—¿Por qué no?

—Porque no conozco a una sola mujer que se sintiera cómoda dando esa información sin sentirse explotada. En cuanto admitimos que somos un poco pervertidas, los hombres lo toman como una invitación para sobrepasarse.

—¿Y si investigáramos a los miembros y estableciéramos protocolos de seguridad? Eso lo haría más seguro para las mujeres…

Ladeo la cabeza y me encojo de hombros.

—No sé. Supongo que no soy la persona más indicada a la que preguntarle. No soy tan… sexual como vosotros.

—Bueno, jamás se me ocurriría embarcarme en algo así sin ti —responde, y no puedo reprimir una leve sonrisa porque me lo creo. No sé qué es lo que Emerson ve en mí que nadie más capta, pero mi mundo sería un lugar mejor si más hombres pudieran mostrarme tan solo una pizca del respeto que me demuestra él.

—En ese caso, supongo que es genial que solo sea una idea absurda —bromeo; desbloqueo el coche y abro la puerta del conductor.

—No tiene por qué serlo —replica, y yo me quedo paralizada y me vuelvo lentamente hacia él con un mal presentimiento anudado a las tripas.

—No puedes hablar en serio…

—Maggie, seamos sinceros. A la empresa para la que trabajamos le quedan como mucho tres meses, y no quiero pasarme a otro negocio de mierda sin nuevas ideas. Estoy preparado para poner en marcha las nuestras propias. Creo que los cuatro podríamos hacer algo increíble.

Entrecierro los ojos.

—Nos has estado captando a todos para montar un negocio, ¿verdad? Y yo que me he pasado todo este tiempo pensando que éramos amigos… —bromeo.

Suelta una risilla maliciosa.

—Pero me quieres —dice con una sonrisa cursi.

—No, no te quiero —replico, y dejo el bolso en el asiento del copiloto. Me siento y meto la llave en el contacto, y Emerson se apoya en la ventanilla con una sonrisa descarada.

—Dime que me ayudarás. Hablo en serio, Maggie. Creo que esto podría ser algo fabuloso, y no puedo hacerlo sin ti.

Mi lucha interna se apaga un poco y suelto un suspiro. ¿Qué otra opción hay? Tiene razón sobre que la empresa va a quebrar, ya está pasando, y si no me alío con Emerson, me veré obligada a volver a organizar eventos o a trabajar para un imbécil que cree que no soy más que su secretaria, y que solo sé tomar nota de recados y servir café, y me niego.

Lo miro con expresión severa y cedo.

—Vale, pero tiene que ser algo atractivo para las mujeres y no una aplicación para ligar de lo más turbio.

Da una palmada en el coche con una sonrisa.

—Por supuesto. Lo que tú digas.

—Tiene que ser un lugar libre de prejuicios y la seguridad deberá convertirse en nuestra máxima prioridad.

—Estoy de acuerdo —responde con seriedad.

—Aunque no sé cómo vas a mantener seguros a los miembros sin un lugar físico donde reunirse.

Lo digo como una pregunta retórica, pero los ojos de Emerson se iluminan de repente, y vuelvo a sentir esa inquietud…

—Es una gran idea.

—No —contesto al instante.

—Sí —argumenta—, ya tenemos experiencia dirigiendo clubes y eventos.

—Así que ahora quieres abrir un club para que la gente… ¿qué? ¿Practique sexo? —Esboza una sonrisa perversa y a mí me entran ganas de estamparme la cabeza contra el volante—. Emerson, no podemos abrir un club de sexo.

—¿Por qué no?

—Porque… no… No puedo. Es… —tartamudeo, y él espera a que le dé una sola razón válida que explique por qué es una mala idea, pero la verdad es que no se me ocurre ninguna. Solo tengo esas voces en mi cabeza que me dicen que el sexo es vergonzoso y está mal, y aunque mi mente racional sabe que esa idea es ridícula, no puedo escapar de mis adoctrinamientos.

—Piénsalo —sugiere.

—Lo pensaré.

—Porque sin ti sería un desastre.

—Ya lo sé —río.

Arranco, salgo del aparcamiento y me voy a mi casa. Mientras conduzco, vuelvo a reírme de sus locas ideas. Si Emerson cree que soy la clase de mujer que dirigiría un club sexual, es que está como una cabra.

O no me conoce en absoluto… o no me conozco yo a mí misma.

Regla nº 1

Los magos son gilipollas

Beau

—El hechicero lanza un rayo de enfermedad. Haz una tirada de constitución.

—¿Qué coño quiere decir eso? —Chasco la lengua.

—Tira el dado. —Obedezco y todos los jugadores se estremecen al mismo tiempo cuando deja de rodar.

—¿Qué coño quiere decir eso? —repito.

—Quiere decir que estás muerto —contesta con una sonrisita de suficiencia el gilipollas de las pecas que está sentado frente a mí.

—Pero qué cojones… —Tiro la hoja de personaje, mirándolo con desprecio, y juraría que ha reprimido un escalofrío.

—Beau… —protesta Sophie, que está sentada a mi lado, con tono de advertencia.

—¿Qué? No ha sido justo. Este tío se inventa las reglas, literalmente, y ha decidido que su estúpido mago mate a mi bárbaro. Este juego es una mierda. —Intento arrebatarle el cuaderno de la mano, pero Sophie me pone la mano en el brazo y me detengo. Está avergonzada por mi arrebato, así que vuelvo a sentarme al momento y lo dejo pasar. Todos los demás jugadores nos están mirando, y me obligo a calmarme. Le hago una mueca al mago y me muerdo la lengua.

Por mucho que odie este estúpido juego de mierda, me gusta traer a Soph aquí, y si me comporto como un troglodita, va a buscarse a otro que la acerque a su velada de Dungeons and Dragons.

Como ahora mi personaje está muerto, me quedo sentado sin hacer nada mientras ella continúa la campaña; es la hostia de aburrido, pero al menos pasa rápido: en menos de una hora hemos terminado y por fin podemos irnos.

Mientras recogemos, me doy cuenta de que el puto mago se queda demasiado tiempo mirando a Sophie.

—Vámonos de aquí —mascullo, y la empujo hacia la salida de la tienda de cómics.

—Adiós a todos —se despide ella.

—Adiós —le responden al unísono todos menos el mago, que añade: «Adiós, Sophie».

Una vez en el coche, se queda mirándome y por fin rompe el silencio.

—Ya me acuerdo de por qué te odiaba.

Pero ¿qué coño…?

—¿Me odiabas? —refunfuño.

—Bueno, le pusiste los cuernos a mi hermana y la trataste como si fuera basura, así que…, sí, te odiaba.

—Ay… —respondo—. Pero, espera, ¿ahora por qué me odias?

—Ah, bueno, no sé… A lo mejor porque me has avergonzado delante de mis amigos y porque solo te preocupas por ti mismo.

Me remuerde un poco la conciencia.

—¿Por qué te importa lo que piensen esos nerds?

—Esos nerds son mis amigos, Beau. Y, por si no te habías dado cuenta, yo también soy una nerd.

—Ya, pero tú eres más bien una nerd guay —respondo con una sonrisa. Ella pone los ojos en blanco y se dedica a mirar el móvil.

Cuando la hermana de Sophie, mi ex, empezó a salir con mi padre hace un año, fue la leche de incómodo, y la cosa resultaba aún peor porque estaba convencido de que la madre y la hermana de Charlie me odiaban, así que desde entonces he intentado hacer todo lo posible para que las cosas no fueran tan embarazosas, y eso me ha convertido en el chófer y compañero de Dungeons and Dragons de una niña de quince años.

—No me gusta el chico que hacía de mago. No será tu amigo, ¿verdad?

Sophie levanta la cabeza para mirarme.

—¿Kyle? Sí. Quiero decir, no. No es mi amigo, pero lo conozco del instituto. ¿Por qué?

Me quedo boquiabierto y, cuando llegamos al semáforo, la miro, atónito.

—Joder… ¿Estás colada por ese mago?

—¡No! —exclama.

—Claro que sí —respondo con una sonrisa.

Su expresión se torna amarga y me lanza una de esas miradas descaradas tan suyas.

—Aunque así fuera, eres la última persona con la que hablaría de ello.

—¿Por qué? Soy genial dando consejos amorosos.

Se echa a reír.

—Tu exnovia está saliendo con tu padre, así que…

—Otra vez: ay. Esta noche estás siendo muy mala conmigo.

—Bueno, es la verdad.

Por mucho que sea la verdad, sigue pareciéndome ofensivo, pero no se lo digo. Sigo conduciendo e intentando fingir que no me importa lo más mínimo.

Ya no me siento amargado por la relación entre Charlie y mi padre; lo he superado y me da igual. Tampoco es que piense que Charlie era el puto amor de mi vida o algo así. Antes de que saliera con mi padre habíamos roto porque ella era demasiado demandante y me exigía mucho…, o eso pensaba yo, porque, al echar la vista atrás, me doy cuenta de que solo me pedía lo mínimo, y por eso he renunciado por completo a tener citas. Haga lo que haga, nunca es suficiente, y no soy capaz de hacer feliz a nadie ,ni viceversa: nadie consigue captar mi atención demasiado tiempo ni hace que quiera darle más.

Charlie es más adecuada para mi padre, y me alegro por ellos. Pueden seguir haciendo lo que coño sea que hacen en ese club raro suyo, y yo puedo aparecer en Taco Tuesday cada semana con una sonrisa en la cara, y todo va bien, no pasa nada.

—¿Vas a hablar con él? —le pregunto a Sophie cuando llegamos a su barrio—. Me refiero al mago.

—Probablemente no —responde; está claro que se ha olvidado de eso de que yo iba a ser la última persona sobre la faz de la tierra con la que comentaría el tema.

—¿Por qué no? —Mi instinto protector se despierta, pero finjo tranquilidad. Sophie es dura como una roca y sé que quiere que la trate como a cualquier otra chica, pero no puedo evitar tratarla con un poco más de cuidado porque, si no fuera ya lo bastante difícil ser adolescente hoy en día, hay un montón de gilipollas transfóbicos dispuestos a ponerle las cosas aún más duras.

—Porque no quiero tener novio —responde con tono neutro sin dejar de teclear en el teléfono. Frunzo el ceño y me preparo para hacer la siguiente pregunta, a la que ella se adelanta antes de que tenga oportunidad de formularla. Levanta la vista y añade—: No, tampoco quiero tener novia, si eso es lo que ibas a preguntar. —Era eso…—. Ahora mismo no quiero nada. Mi mejor amiga, Chloe, tiene novio, y me parece un coñazo. Demasiado esfuerzo y estrés.

Suelto una carcajada irreprimible.

—Una opción muy sabia. —A ver, si alguien sabe lo que es ser un novio terrible que da más estrés y trabajo de lo que vales, ese debo de ser yo. Cuando llegamos a su casa, Sophie va a abrir la puerta, pero la detengo—. En serio, creo que lo más inteligente es evitar todo ese drama, pero si ese puto mago te hace daño, voy a partirle la cara.

Ella sonríe y sacude la cabeza.

—Sé que pretendes comportarte como un caballero y valoro que quieras cuidar de mí, pero pegarles a todos los gilipollas no va a hacer que mejoren las cosas.

—No, pero me va a hacer sentir mejor a mí —bromeo.

—Eso mismo: quieres pegarles a los que se meten conmigo solo porque eso te hace sentir mejor.

—Bueno, ¿y qué quieres, pitufa? —pregunto, usando ese apodo a pesar de que ya le ha crecido el pelo y casi no queda rastro de azul. Supongo que los apodos se pegan y ya.

Ella suelta un suspiro.

—En primer lugar, alguien que me lleve a la noche de Dungeons and Dragons sin que acabe insultando al amo del calabozo.

—¡Me ha matado!

—La culpa ha sido tuya por comportarte como un imprudente —argumenta ella—. Te lo he advertido, pero eres bárbaro hasta la médula: destruir, aplastar, matar —replica con tono burlón.

—Creía que ese era el objetivo.

—Está claro que necesitas estudiarlo más a fondo. Aunque, en realidad, lo que te hace falta es tener una novia a la que por una vez escuches de verdad. Búscatela y tráela a la noche de Dungeons and Dragons. —Enarco una ceja: eso no va a pasar. Cuando ve lo reticente que soy a esa idea, se ríe y abre la puerta del coche—. O puedes seguir siendo el mismo bárbaro egocéntrico que consigue que lo maten todas las semanas.

—¿Significa eso que estoy invitado a la jornada del viernes que viene? —pregunto.

Se baja, se asoma a la ventanilla con una sonrisa y pone los ojos en blanco.

—Tampoco hace falta, ¿sabes? Puedo ir con un amigo o algo así.

—¿Qué clase de hermano mayor sería si te dejara ir sola a la noche de Dungeons and Dragons?

—Técnicamente hablando, estoy más cerca de ser tu tía política…

—No vuelvas a decir eso —respondo abruptamente—. Además, por mucho que me cabree el capullo del mago, me gusta ir contigo. Me haces parecer guay, pitufa.

Se ríe y vuelve a sacudir la cabeza.

—Gracias, Beau. Nos vemos la semana que viene.

—Hasta la semana que viene —me despido, y ella entra en su casa.

De camino, pienso que quizá debería dejar que otra persona llevara a Sophie. Empecé a ir con ella para hacerle un favor a Charlie, pero ya no le debo nada.

Regla nº 2

A veces solo hace falta sonreír y mentir

Maggie

—Soy idiota…

Estoy en la entrada de una casa de dos pisos completamente vacía que ahora me pertenece; escucho el suave eco de mi voz rebotando en el suelo de madera —al que le vendría bien algo de trabajo— y en las paredes vacías —a las que les vendría bien una mano de pintura.

—¡Soy idiota! —grito, y disfruto del sonido de mi voz en el enorme espacio vacío. Mi gran danés de ochenta kilos, Ringo, vuelve galopando hasta mí después de haber olfateado a fondo nuestra nueva casa. Parece mucho menos preocupado que yo por la mudanza, más que nada porque nuestra nueva vivienda tiene un patio que va a poder disfrutar.

Mis tacones repiquetean contra el suelo cuando voy hacia la cocina, que está situada en la parte trasera de la casa. Dejo caer las escrituras de propiedad sobre la encimera de cuarzo —que parece en bastante buen estado, gracias a Dios— y me obligo a ver el potencial del lugar en lugar del óxido, el polvo y la suciedad.

¿En qué leches me he metido? ¿Por qué una mujer soltera de treinta y tantos años necesita una casa enorme? Que Emerson Grant tenga una mansión colonial española de trescientos cuarenta metros cuadrados no significa que yo también deba vivir en una. Sin embargo, aquí estoy, con las llaves en la mano.

Por otro lado, ¿por qué no debería tener una casa grande? Que sea soltera no significa que no me la merezca, y puedo permitírmela. Mi última casa estaba bien, pero el dormitorio de invitados hacía las veces de despacho y, dado que Hunter llevaba dos meses viviendo ahí, no resultaba muy práctico.

Así que ahora tengo una suite de invitados y un despacho, y me lo merezco, maldita sea.

Oigo el sonido de un coche al cerrarse y, unos instantes después, unos golpecitos en la puerta de la entrada.

—¡Adelante! —digo, porque sé que es uno de los chicos. Al darme la vuelta, me alivia comprobar que es Hunter quien ha entrado en la cocina vestido con un pantalón corto de gimnasia y una camiseta. Ringo lo saluda con su característico hociqueo en un costado, que Hunter premia rascándolo detrás de las orejas. Hunter y yo no estábamos demasiado unidos hasta hace poco, pero nos hemos vuelto muy cercanos desde que se mudó conmigo porque quería pasar un tiempo fuera de su casa para hacer examen de conciencia y salir del armario.

Y por eso, incluso antes de cerrar la puerta, es capaz de leer al instante mi expresión de arrepentimiento y de remordimientos.

—Ay, no… —suspira; atraviesa la estancia y me acoge entre sus brazos—. No llores, Mags.

—No estoy llorando. Solo me estoy autocompadeciendo.

—¿Por qué? ¿Porque te has comprado una casa preciosa?

—No. Porque me he comprado una casa gigantesca por un capricho y ahora no sé cómo voy a llenarla.

—¿Te refieres a llenarla con un marido y unos hijos? —pregunta, apartándose un poco de mí.

—¡Dios, no! —respondo, dándole un empujón en el pecho—. No todas las mujeres necesitamos un marido…

—¡Era una broma! —ríe—. Solo intentaba aliviar un poco la tensión del ambiente. Sé de sobra que estabas hablando de los muebles.

Le dedico una mirada escéptica, me separo de él y me apoyo en la encimera.

—Hablando de niños, ¿cómo está Isabel?

—A punto de dar a luz y odiando la vida.

—Me lo imagino. ¿Para cuándo lo esperáis?

—Aún le faltan cuatro meses más, pero el médico dice que lo más seguro es que no vaya a ser tanto.

Frunzo el ceño, disgustada. La última vez que vi a Isabel ya parecía a punto de reventar, y aun así tiene que dejar pasar todo el verano. Pero la verdad es que a pesar de eso estaba radiante. Solo espero, por su propio bien, que esos bebés sean de Hunter y no de Drake. Nadie debería tener que soportar dar a luz a la prole de ese vikingo gigante, y mucho menos a dos de ellos al mismo tiempo.

—¿Estás nervioso? —pregunto.

—¿Por ser padre? Ni te lo imaginas. Pero no por los bebés; me preocupa más cuando se hagan mayores. ¿Y si me odian? ¿Y si nos guardan resentimiento por lo que sea? He visto lo que ha pasado con Emerson y Beau, y eso es lo que me aterroriza.

Hago un gesto de asentimiento porque entiendo perfectamente ese miedo: Emerson es el único de nosotros que ha criado a un hijo hasta ahora, y su relación con él, en el mejor de los casos, es complicada. A Beau no le gustaba que su padre tuviera un club sexual y se pasó seis meses sin hablar con él para castigarlo, lo que supuso que nosotros tampoco supiéramos nada de Emerson durante ese tiempo. Luego, para echar más sal en la herida, Emerson se lio con la exnovia de Beau. En resumen: que esos dos son el epítome de las relaciones complicadas entre padres e hijos, y, si ese es el mejor ejemplo que Hunter tiene de lo que es la paternidad, no puedo culparlo por estar un tanto nervioso.

—Bueno, estoy dispuesto a apostar que tus hijos no serán unos mocosos malcriados y egocéntricos que se crean con derecho a todo, así que yo no me preocuparía demasiado.

—¡Ay! —responde entre risas.

—¿Lo he dicho en voz alta? —digo con una sonrisa traviesa. Cuando la puerta principal vuelve a abrirse, todavía nos estamos riendo; en esa ocasión es Garrett, que, por supuesto, entra sin llamar.

—¿Qué me he perdido? —pregunta.

—Nada, nada —contesta Hunter; está clarísimo que no quiere que Garrett sepa que estamos poniendo a parir al hijo de su mejor amigo, y tampoco es que el propio Garrett no pueda echar más leña al fuego.

Garrett se pone a recorrer la casa, silbando mientras anda.

—Es un sitio muy bonito, Mags.

Me encojo de hombros e intento forzar una sonrisa.

—Gracias. Aunque me va a dar un montón de trabajo.

—Bueno, si alguien puede hacerlo, esa eres tú.

Yo no lo tengo tan claro. Todos ellos están convencidos de que me encanta el trabajo duro, como si el que sepa cómo gestionarlo supusiera que de verdad quiero hacerlo.

—No teníais por qué ayudarme. Podría haber contratado a una empresa de mudanzas sin problemas.

—¿Y perdernos toda la diversión? —responde Garrett con una carcajada—. Además, estas cosas nos ayudan a seguir siendo humildes. Lo digo sobre todo porque sé que piensas que somos una panda de gilipollas arrogantes.

—¡Yo nunca he dicho eso! —Le doy una palmada en el hombro.

—Pero, dime, ¿cuándo fue la última vez que Emerson Grant se ensució las manos? —bromea Hunter—. Esto le va a venir bien.

Sacudo la cabeza, riendo.

Hunter baja la mirada hacia su teléfono para leer un mensaje.

—Drake está a punto de llegar con el camión de la mudanza. —Y justo entonces la puerta se abre de nuevo y todos nos quedamos atónitos al ver a Emerson entrar vestido de manera informal, como si estuviera a punto de ayudar a descargar un camión de mudanzas… Que es exactamente lo que está a punto de hacer—. Ni siquiera sabía que tenía camisetas —murmura Hunter.

—¿Eso que lleva en los pies son unas deportivas? —pregunta Garrett.

—Dejadlo en paz, chicos —intervengo—. Está claro que no quería ensuciarse el Armani.

Emerson se detiene en la puerta con el ceño fruncido.

—Ja, ja. Qué graciosos. —Nuestras risas se ven interrumpidas de repente por la visita inesperada que aparece tras Emerson en la puerta principal; con aspecto vacilante y contrariado, Beau se detiene en la entrada de mi nueva casa, y nos dedica un incómodo gesto con la mano a modo de saludo.

—He pensado que no nos vendrían mal un par de manos extra —comenta Emerson, señalando a su hijo.

—Y alguien menor de treinta años… —añade Garrett.

Me he quedado paralizada y sin palabras, porque hace por lo menos cinco años que no veo al hijo de Emerson, y desde luego no recuerdo que tuviera este aspecto: hombros anchos, brazos fuertes y piel bronceada.

El ambiente se carga de tensión y es entonces cuando caigo en la cuenta de que debería ser yo quien dijera algo.

—¡Por supuesto! —tartamudeo—. Gracias por venir, Beau.

—De nada —murmura, incómodo.

—Hacía años que no te veía. Casi no te he reconocido —dijo, y él me dirige una sonrisa tensa. Ese comentario me ha hecho sentirme mayor, pero es la verdad: recuerdo a Beau como un mocoso de diecisiete años, como un hombre hecho y derecho no.

Cuando veo que Emerson mira a su alrededor, me tenso y rezo para que no se fije en el suelo desgastado y el grifo que gotea. Tampoco es que haya comprado esta casa de un millón de dólares para impresionarlo, pero siento el desprecio autoinfligido de tener una casa que no es tan bonita como la suya. Sobre todo cuando tenemos el mismo trabajo y el mismo sueldo.

Casi desearía que se burlara de los pequeños detalles en los que solo me he fijado yo, pero, naturalmente, no lo hace; en lugar de eso, sonríe, se acerca a mí con los brazos abiertos y me da un beso amistoso en la mejilla.

—Es una casa preciosa, Maggie. Felicidades.

Ya es bastante difícil competir con el mismísimo Don Perfecto porque es rico e inteligente y tiene el control y a todo mundo arrodillado a sus pies sin esfuerzo, pero la verdadera guinda del pastel es que Emerson Grant nunca me ha tratado mal en todo el tiempo que llevamos trabajando juntos. Quizá por eso me duele tanto que no vea —o, más bien, reconozca— lo desequilibrada que está la dinámica entre nosotros. Llevamos caminos muy distintos para alcanzar las mismas metas.

—Gracias, Emerson —musito, sonriente, cuando se aparta.

Un claxon suena dos veces en el exterior, lo que significa que Drake acaba de aparcar el camión con todas mis pertenencias.

—Ya está aquí —anuncia Hunter, guiando al grupo hacia la puerta principal.

Emerson se queda rezagado un momento junto a mí, estudiando mi rostro con aire preocupado.

—¿Va todo bien?

Finjo una sonrisa y asiento, pero para mis adentros me digo que no, no va todo bien. Acabo de comprar una casa que no necesito y que va a requerir un montón de trabajo que, definitivamente, no me apetece, y solo lo he hecho para demostrar que tengo tanto éxito como él cuando, en el fondo, lo más probable es que con esta casa solo esté tratando de ocultar algo que la terapia todavía no ha conseguido revelar. Y, para colmo, llevo casi dos años sin echar un polvo en condiciones, y he renunciado por completo a las citas porque, lo mire por donde lo mire, los únicos hombres que se interesan por mí son divorciados aburridos de mediana edad con un ego enorme y un pene diminuto.

No me da miedo pasar la vida sola; de hecho, me gusta estar sola, pero estoy harta de no sentirme realizada, y me aterroriza que los mejores años de mi vida hayan quedado atrás. Yo no soy un hombre rico y sexy de cuarenta y tantos, soy una mujer adicta al trabajo de treinta y cuatro años que nunca ha llegado a protagonizar las fantasías de nadie, así que, además de que lo más probable es que vaya a vivir y a morir sola, también estoy condenada a pasarme esos años practicando sexo solitario.

—Sí, genial —miento con una sonrisa, y él se lo cree. Me pasa un brazo por los hombros y me lleva a rastras hacia la puerta, y entre todos descargamos mis pertenencias y las metemos en la gigantesca tirita emocional que es mi nueva casa.

Me encantaría poder odiar a Emerson, pero la verdad es que él consigue que sea la hostia de imposible.

Regla nº 3

El vino y los amigos son una combinación peligrosa

Maggie

Dos horas más tarde, los seis estamos sentados en mis sofás, que todavía están protegidos por plásticos, agotados de descargar el camión; es entonces cuando suena el claxon de un coche.

—Han llegado las mujeres —anuncia Hunter, llevándose la cerveza fría a los labios.

—¿Las mujeres? —pregunto.

—Sí. Nos han pedido que las avisáramos al acabar para darte una sorpresa —responde Garrett.

—No… —digo con cautela.

Emerson se echa a reír. Creo que es el único que se ha dado cuenta de que no suelo llevarme bien con las mujeres. Trabajo con hombres y siempre he trabajado con ellos, así que es a lo que estoy acostumbrada. Me resulta más fácil. Y me encantan esas mujeres, de verdad, pero son agotadoras, aunque sea de la mejor forma posible.

—¡Fiesta de inauguración! —exclama Mia, irrumpiendo en la sala con una pila de cajas de pizza en las manos; y por mucho que me gustaría decirles que estoy demasiado sudada y agotada para disfrutar de su compañía, por no hablar de que todas mis cosas están metidas en cajas, su energía es demasiado contagiosa para ignorarla. Ay, quién pudiera tener veintitrés años otra vez…

Charlie aparece detrás de Mia con una caja de vino y un paquete de vasos de plástico, y justo después entra Isabel, demasiado sexy con esos pantalones de yoga para estar embarazada. Y yo aquí, hecha un desastre.

—No teníais por qué haberos molestado. —Me levanto y saludo a las chicas con un abrazo. Las cuatro vamos a la cocina y dejamos a los chicos en el salón. Una vez ahí, Mia no tarda ni un segundo en abrir una botella de vino.

Mientras ellas se dedican a charlar y a servir la comida y la bebida, yo me acomodo en un rincón de la cocina y reviso el correo del trabajo por si acaso ha surgido algo. Los chicos están en el salón y ellas no dejan de hablar, sobre todo de Isabel, que está apoyada sobre los antebrazos en la isla de la cocina, con la barriga colgando y con expresión de alivio al librarse de parte del peso que soportan sus piernas.

—¡Dios mío, Isabel, deja que te traiga una silla! —exclamo, acercándome de un salto.

—Estoy bien, de verdad —argumenta, pero le hago un gesto con la mano para que se aparte y me deje ir al comedor.

Está todo lleno de cajas y las sillas están apiladas en la pared, fuera de mi alcance. Si me echo sobre el muro de cajas, a lo mejor puedo coger una de las sillas, pero cuando me estiro pierdo el equilibrio, los shorts se me suben y dejan un tanto al descubierto mis nalgas y siento el frío del aire acondicionado acariciándomelas.

—¿Necesitas ayuda? —me pregunta una voz grave; suelto un chillido, resbalo y caigo de cabeza sobre la pila de cajas. Justo antes de que termine boca abajo y en vertical, un par de manos firmes se aferran a mis caderas y me ayudan a incorporarme hasta que choco contra un muro firme de cálidos músculos—. ¿Estás bien? —dice esa voz fría y desconocida junto a mi oído. Giro la cabeza y veo los penetrantes ojos de Beau Grant, invadida por un sentimiento de mortificación.

No podía haber sido Drake, ni Hunter, ni Garrett ni Emerson: tenía que ser Beau.

—Estoy bien, gracias —digo, tratando de soltarme de esas manos que todavía me agarran por las caderas. Cuando por fin se aparta, juraría que mi temperatura es de unos cien grados.

—¿Quieres que coja algo? —pregunta con una leve sonrisa, y yo miro a mi alrededor, confiando en que nadie más ha visto al hijo de Emerson en una posición muy comprometida a mis espaldas, como si estuviera intentando empotrarme contra la pila de cajas.

—Sí. Necesito una silla para Isabel, por favor.

Él asiente.

—Sí, señora. —Se estira hábilmente sobre el caos de cajas y coge una silla, y la camiseta se le levanta lo suficiente como para dejar ver unos marcados abdominales y una suave línea de vello oscuro.

¿Qué coño te pasa, Maggie?, me regaño apartando la mirada.

Levanta la silla con su enorme mano aferrada a una de las patas, la pasa sobre mi cabeza y la deja en el suelo delante de mí.

—Gracias —murmuro; la cojo y la llevo a la cocina, y siento la mirada de Beau clavada en mí hasta que desaparezco por la puerta.

—A ver, Maggie, tenemos que saberlo —dice Charlie con entusiasmo cuando dejo en el suelo la silla para Isabel.

Me quedo parada, mirándola con expresión escéptica.

—¿Qué tenéis que saber?

—¡Cuándo leches vamos a verte con un bombón colgado del brazo! —termina la frase Mia.

—Ah, eso… —Sacudo la cabeza y cojo un vaso de plástico para llenarlo de vino tinto—. Estoy muy bien así y no me hace ninguna falta sentar cabeza con nadie.

—No hablamos de sentar cabeza —responde Charlie bajando la voz—. Estamos hablando de echar un polvo, Maggie.

Casi escupo el merlot.

—Repito: estoy muy bien así.

—Mentirosa —replica Isabel, llevándose la botella de agua a los labios.

—Traidora —resoplo.

—Es la verdad —continúa. Hace años que te conozco y jamás te he visto con nadie. ¿Qué te pasa? ¿Tienes un amante secreto o algo así?

—¡Oooh! —exclama Mia, acercándose.

Suelto una carcajada.

—El único amante que tengo es mi mano y no le importa si voy maquillada o si me he depilado.

—Tenemos que liarte con alguien —responde Charlie—. ¿Cuál es tu tipo?

—Una vez más: me basta con la mano —replico, dando un largo trago de vino. Mia entrecierra los ojos sin apartar la vista de mí y tengo la ominosa sensación de que está tramando algo que no me va a gustar—. ¿Qué? —pregunto.

—¿Cuáles fueron los resultados de tu cuestionario sobre tus fetiches?

Una oleada de pavor me inunda las entrañas. Ese ridículo cuestionario… No lo hice hace siete años cuando Hunter lo desarrolló para la aplicación y no voy a hacerlo ahora. No necesito que un estúpido test de personalidad, que parece salido del Cosmo, me diga lo que me gusta en la cama, y, desde luego, rellenarlo no va a hacer que el hombre perfecto llegue milagrosamente a mi puerta.

Ser propietaria de un club sexual fue un gran paso para mí; nadie parecía entender lo fuera de lugar que me sentía cuando el club abrió sus puertas. No estaba acostumbrada a ver sexo por todas partes con absoluta libertad, y ya me parecía lo bastante difícil oír a los chicos hablar de ello a todas horas, así que mientras ellos tres se divertían en Juegos Prohibidos, yo estaba nerviosa, abrumada y aterrorizada.

No voy a mentir y a pretender que el tiempo que he pasado en el club no me ha afectado de ninguna manera, aunque algunas cosas me han calado más que otras: ver a Madame Kink actuando como dominatrix en las salas voyeur, dejarme llevar por la imaginación cuando reponía los juguetes en la sala de bondage u oír los gemidos de la sala de castigo.

Pero si me pillaban mirando un momento o me pasaba demasiado tiempo en el pasillo voyeur, me inundaba la vergüenza y tenía que marcharme de ahí cuanto antes. Puedo dirigir un club sexual, pero no soporto estar ahí.

—Mmm —murmuro.

—Has hecho el test, ¿verdad? —insiste Charlie.

—¿Pasa algo si soy vainilla y tan contenta?

—Ni hablar —resopla Mia.

—Bueno, solo hay una forma de averiguarlo. —Charlie extiende la mano como si esperara que le diera algo, y me quedo mirándola, confusa—. Pásame tu teléfono, por favor.

—De ninguna manera —respondo.

—Venga ya. Todas lo hemos hecho —argumenta—. Y no hay nada en esa lista que sea más loco que lo que ya hemos practicado. Isabel ha follado con dos tíos a la vez. A mí me han subastado en Juegos Prohibidos en ropa interior y Mia… Bueno, está claro que Mia no tiene vergüenza.

—Ninguna —responde Mia, orgullosa, y yo me echo a reír. Para ser una chica que, literalmente, usa la masturbación como un espectáculo, es la última persona a la que me imagino avergonzada.

Está claro que no van a rendirse, así que, con un suspiro, le tiendo mi teléfono a Charlie, que se apresura a abrir la aplicación del club que llevo años sin usar. Me la descargué cuando empezamos, pero nunca la he utilizado. El propósito de la aplicación es emparejar a los usuarios basándose en una forma especial de compatibilidad, sus fetiches: voyeurs y exhibicionistas, doms y sumis, sádicos y masoquistas… Y absolutamente nada de eso me interesa, así que nunca me molesté en comprobarlo.

—Bien, pregunta número uno —anuncia Charlie, pero yo la interrumpo alzando una mano.

—Espera. Necesito más vino.

—¡Deberíamos convertirlo en un juego de beber! Cada vez que conteste que no, bebemos —sugiere Mia con una sonrisa malvada.

—Vas a morir de una intoxicación etílica —respondo.

Las chicas se echan a reír y yo abro otra botella de vino y relleno mi copa hasta la mitad.

—Vale, vamos.

—¿Te considerarías espontánea?

—No —respondo, y damos un trago.

—¿Te gusta poner a prueba tus propios límites y limitaciones?

—No. —Bebo.

—¿Rompes las reglas?

—No. —Bebemos otra vez—. ¿Veis? Os lo he dicho.

—¿Te excita la idea de infligir dolor a otros?

Mis labios van a dibujar la palabra «No», pero vacilo un instante.

—Aaah —se burla Mia al notar la pausa.

—¿Pongo «Tal vez»? —pregunta Charlie.

El vino está haciendo que todo se vea muy confuso, pero cuanto más lo pienso, más me embriaga la idea de hacer sufrir a alguien. ¿Eso es lo mismo que excitarse?

—Mmm, claro. Pon tal vez.

Mia se muerde el labio inferior, como si supiera algo que yo ignoro.

Charlie pasa lista a un montón de preguntas que reciben como respuesta un no rotundo: ¿dejaría que alguien me lamiera los pies? ¿Disfrutaría siendo la mascota de alguien? ¿Estaría dispuesta a ceder el control total de mi vida a mi pareja?

No. No. Ni en broma.

Ya estamos Mia, Charlie y yo borrachas y nos partimos de risa con cada pregunta, hasta que llegamos al punto en que es Isabel quien tiene que encargarse de leerlas porque Charlie está como una cuba.

—¿Te excita la idea de retrasar el placer de tu pareja?

—¿Qué puñetas significa eso? —respondo con una risita de borracha.

—Significa no permitir que se corra —responde Mia, un poco demasiado alto.

—Shhh —la acallo, y me asomo al salón, donde los chicos están teniendo su propia conversación. Una pequeña parte de mí se muere por saber de qué están hablando. ¿Están comentando cosas del club sin mí? A lo mejor debería ir con ellos, pero cuando un par de ojos del azul del mar y una sonrisa juguetona se vuelven en mi dirección, vuelvo a meter la cabeza en la cocina para evitar esa mirada que me desarma. Dios, espero que no pueda oír lo que estamos hablando aquí dentro.

—Maggie, responde a la pregunta.

—¿No dejar que alguien se corra? ¿Eso tiene algo de divertido? —pregunto.

—Claro que sí. Lo he hecho unas cuantas veces y está guay —responde Mia, encogiéndose de hombros como si tal cosa—. Lo usas para excitarte y luego lo torturas hasta que te suplique que le dejes acabar.

Doy un respingo; no me gusta demasiado tener en la cabeza esa imagen de ella y de Garrett juntos, pero ¿para qué mentir…? La idea me tienta.

—Yo qué sé… ¿Cuántas veces se corren ellos y nosotras no? —Cierro la boca casi antes de acabar de pronunciar esa frase; no era mi intención ponerla en voz alta.

—Está clarísimo que tenemos que encontrarte hombres mejores que con los que has estado —replica Isabel con una expresión de lástima.

—Eso es lo que estamos haciendo. Vamos, Maggie. ¡Responde a la pregunta! —exige Charlie.

—¡Sí! ¿Vale? Sí. Eso… me excita.

Las tres sueltan unas risillas y yo siento las mejillas tan encendidas que creo que podrían estallar en llamas en cualquier momento. No puedo creerme lo que acabo de admitir. Está claro que me resulta más fácil responder a las preguntas cuando no estoy lo bastante sobria como para pensar demasiado en ellas. Ahora las contestaciones escapan de mis labios sin vacilación. «¿Te gustaría compartir a tu pareja con otras personas?». «No». «¿Te gustaría tratar a tu pareja como a un esclavo?». «Tal vez». «¿Prefieres tener el control y saber lo que te espera en la cama?». «Sí». «¿Te gustaría que se dirigieran a ti con un título apropiado durante el sexo?». «Tal vez». «¿Prefieres que tu pareja sea más joven o más mayor que tú?». «¿En serio hay que preguntarlo? Más joven».

Cuando Isabel llega al final del cuestionario y mira los resultados, el vino se ha acabado y, cuando enarca las cejas, sorprendida, casi me pongo a gritar.

—¡¿Qué pasa?! —exclamo.

—Maggie, eres una…

—¿Qué estáis haciendo, chicas? —pregunta Emerson al entrar en la cocina, y yo le quito a Isabel el teléfono de la mano tan deprisa que casi parece un gesto agresivo.

—Nada… —responde Charlie con una sonrisa disimulada, acercándose a él, que enarca una ceja y la mira.

—¿Estás borracha? —pregunta.

Ella se sonroja.

—Puede…

Emerson le da una rápida palmada en el trasero y ella suelta un gritito divertido y esconde la cara en su pecho. Él le da un beso en la coronilla y no puedo evitar apartar la mirada. Esas exhibiciones en público tan suyas siempre me incomodan. A ver, hacen una pareja muy mona y está claro que están locos el uno por el otro, pero siempre que se tocan o se besan delante de mí me siento como si me estuviera entrometiendo en su vida privada.

Al apartar la vista de sus arrumacos, me encuentro con que Beau está mirando hacia aquí, pero, en lugar de concentrarse en su padre y en su exnovia, su atención está puesta en mí. Nuestras miradas se cruzan solo un instante antes de que yo desvíe la vista, pero me pregunto si verlos tocarse es aún más duro para él que para mí.

Uno a uno, todos buscan a su pareja y van haciendo eses hacia la puerta: Isabel se acurruca en el abrazo de Hunter y los dos siguen a Drake; Mia se aferra a Garrett, que le está susurrando algo al oído que prefiero no oír, a juzgar por la sonrisa coqueta de su cara, y Emerson guía a Charlie hacia la puerta acariciándole la espalda de forma reconfortante.

—Diviértete con los resultados —me dice esta antes de salir por la puerta.

—¿Qué resultados? —pregunta Emerson, pero yo niego con la cabeza y lo echo con empujón.

—No es asunto tuyo —murmuro. Al darme media vuelta veo a Beau, que está solo, y le dedico una sonrisa amable—. Gracias de nuevo por tu ayuda.

—De nada.

Me mira con incomodidad y sale detrás de su padre. Cuando por fin me quedo a solas en la casa vacía, voy corriendo a la cocina, donde tengo el móvil boca abajo sobre la encimera.

Lo cojo a toda prisa y abro la aplicación para ver los resultados del test, y no puedo reprimir una carcajada al leer lo que aparece en la pantalla.

«Dominante, amo/ama, domador/a de malcriados/as».

Suelto una carcajada aún más fuerte con la última parte. Dios mío, ¡este cuestionario es un chiste! ¿Esto es lo que les vendemos a nuestros clientes? Es absurdo.

Para empezar, no soy una domme. ¿Habrá alguien que pueda imaginarme vestida de cuero negro con un látigo como si fuera la mismísima Madame Kink? Ni de broma.

Y eso de «domadora de malcriados» es hilarante. Como si no hubiera ya bastante gente que me llame «niñera», ahora hasta mis propios fetiches van de eso.

Sin pensarlo dos veces, cierro la aplicación, limpio rápidamente la cocina y me quedo mirando el desorden de cajas y muebles en que se ha convertido mi nueva casa. ¿En qué estaba pensando? Involucrarme con alguien a través de la aplicación es lo último que me hace falta en este momento; tengo demasiado trabajo con esta casa.

Y, desde luego, no necesito un niñato malcriado al que domesticar.

Regla nº 4

Los finales felices no son para imbéciles egocéntricos

Beau

—¿Adónde vas? —Me quedo parado con un pie fuera de casa al oír la voz de mi madre.

—A comer con papá —respondo despacio, esperando el inevitable resoplido o la inevitable burla ante la mención de mi padre. Mi madre nunca pierde la oportunidad de criticarlo.

—¿Qué quiere ahora? —rezonga.

Y ahí está.

—Pues creo que pasar un rato conmigo…

Suelta una risita y le echa un vistazo al móvil sin siquiera alzar la vista para hablar conmigo.

—Con tu padre la cosa no es tan simple. Emerson siempre quiere algo.

Pongo los ojos en blanco y me muerdo la lengua. Responder a cualquiera de los comentarios de cualquiera de ellos sobre el otro es tentador, pero creo que preferiría arrastrar la cara por un suelo de hormigón. Bueno, a cualquier comentario no: Emerson solo me pregunta de vez en cuando cómo está mi madre y no se mete en nada más, pero ella, en cambio, habla mal de él como si estuviera dando una charla motivacional, y yo suelo asentir como si estuviera de acuerdo, aunque ya no me creo sus mentiras tanto como antes.

¿Tan difícil le resultaría decirme que conduzca con cuidado, desearme un buen día o preguntarme cómo me encuentro? Pues al parecer sí, porque lo único que dice mientras cojo las llaves es «Salúdalo de mi parte», lo que, obviamente no va en serio: mi madre lleva su resentimiento contra mi padre como si fuera una armadura, aunque la verdad es que a él no podría importarle menos. Y cuando se enteró de lo suyo con Charlie su arsenal de rencores aumentó exponencialmente.

Yo estoy haciendo todo lo posible por no quedarme ahí escuchando sus quejas; cuanto antes pueda ahorrar para tener mi propia casa, mejor. En la suya me siento como si me envenenara lentamente, y no sé cuánto tiempo más podré respirar esos gases nocivos antes de volverme mezquino y amargado yo también.

Por supuesto, ahorrar sería mucho más fácil si pudiera conservar un trabajo, pero, al parecer, tomarte demasiadas noches libres para llevar a tu hermanastra pequeña —¿o qué era? ¿Tía política?— a su noche de Dungeons and Dragons siempre termina con tu jefe despidiéndote.

De todas formas, yo no estaba hecho para trabajar en una cocina… Ni en una cafetería ni como jardinero.

Capto un movimiento por el rabillo del ojo que hace que me detenga mientras cruzo el patio hacia la entrada. Hay alguien junto a mi coche, y, cuando oigo el ruido de una lata al chocar contra el asfalto, salgo corriendo a ver qué coño es.

—¡Eh! —grito cuando veo a un hombre corriendo hacia la carretera. Estoy a punto de perseguirlo cuando me freno en seco al ver una frase pintada con spray rojo en el lateral de mi coche.

«Lárgate, pervertido».

Pero qué cojones… ¿Pervertido? ¿Se trata de una broma enfermiza o qué?

No tardo demasiado en caer en la cuenta: me aparto del coche, miro hacia la casa y veo algo pegado en la puerta principal en lo que no me he fijado al salir: es un artículo impreso de algún sitio web con una foto en blanco y negro del club de mi padre en la parte superior. Arranco la hoja y leo el titular:

«Un establecimiento para pervertidos en Briar Point.

los ciudadanos piden el cierre de un club atroz».

Supongo que alguien hizo una búsqueda rápida en Google de «Emerson Grant» y dio con esta dirección, aunque mi padre ya no figura como propietario.

—¡Te has equivocado de casa, idiota! —vocifero, aunque ya hace un buen rato que ese tío se ha largado—. De puta madre… —murmuro, inspeccionando lo que le ha hecho al coche. No pienso ir a ninguna parte con esa frase en el lateral, pero si lo dejo aquí y mi padre viene a recogerme, mi madre se lo echará en cara, encantada, durante los diez próximos años.

Cojo un rollo de cinta americana del garaje y me apresuro a cubrir toda la pintura que puedo, pero enseguida se me acaba y no es suficiente: cualquiera podría leer sin problemas el insulto.

Maravilloso, joder…

Rechino los dientes, entro en el coche y tiro el artículo arrugado en el asiento del copiloto. Arranco y salgo a la carretera con la palabra «Pervertido»bien visible en la chapa. Menos mal que mi padre no vive lejos.

—Lo siento mucho, Beau —balbuce, evaluando los daños. Estamos los dos en su garaje, que tiene espacio de sobra para esconder mi coche, contemplando la maravillosa obra de arte que han escrito en el lateral—. Puedes usar mi coche hasta que lo arreglemos. —Aprieto los dientes y evito mirarlo a los ojos—. Llevamos un par de semanas recibiendo amenazas sin sentido, pero no tenía ni idea de que habían llegado al vandalismo. Deberíamos poner una denuncia.

—Pues soluciónalo —refunfuño, apartando la mirada.

—Lo siento, Beau.

—Sí, ya lo has dicho. No pasa nada. Vamos a comer algo.

Carraspea, desbloquea las puertas de su coche con el mando y entramos los dos.

—¿Por qué han ido a casa de mamá? —pregunto cuando me estoy abrochando el cinturón de seguridad.

Se encoge de hombros.

—No lo sé. Es raro, pero ya me ocuparé de averiguarlo.

Nos dirigimos a nuestra hamburguesería favorita, noto que está tenso al volante y me doy cuenta de que algo le pasa; aparcamos, pedimos lo que queremos tomar a la camarera y comemos, y yo no dejo de estudiar su actitud: está un poco más callado de lo normal y parece un tanto incómodo. Me obligo a pensar que se trata tan solo del incidente con la pintada lo que hace que se comporte de una forma tan extraña, pero cuando acabamos de comer y no hace ademán de levantarse para irnos, mis sospechas se confirman.

—Beau, tengo algo que decirte y no sé cómo te lo vas a tomar…

Ay, mierda.

—¿Qué?

—Voy a pedirle a Charlie que se case conmigo.

No estoy seguro de que el sonido que escapa de mis labios tenga nombre, pero está a medio camino entre un resoplido y una carcajada, y casi consigue que escupa lo que estoy bebiendo.

—Estás de coña —suelto cuando consigo calmarme. La expresión severa de su rostro me dice que no—. Tienes cuarenta y un putos años. Ella tiene veintidós.

—Baja la voz —me regaña, y pongo los ojos en blanco.

—Lo digo en serio. ¿Por qué leches ibais a casaros?

Frunce el ceño y se endereza un poco.

—Porque nos queremos.

—¿De verdad crees que te dirá que sí? Tiene toda la vida por delante.

—Sí, creo que dirá que sí, y yo también tengo toda la vida por delante, Beau.

—Mira, ¡ni de coña! —Suelta un fuerte suspiro y me queda claro que intenta ignorar los insultos que le estoy dedicando porque no llega a exaltarse como yo pretendía. En vez de eso, yergue los hombros y se queda esperando. No me puedo creer lo que oigo; esto es como si fuera una enorme broma que se le ha ido de las manos: conseguí superar que se acostaban y aprendí a aceptar que vivieran juntos, pero esperaba que todo acabara un día de estos porque, para mí, esa aventura extraña no podía durar para siempre—. No pensaréis tener hijos, ¿verdad? —pregunto, devanándome los sesos en un intento de recordar si Charlie mencionó alguna vez que quería ser madre cuando estábamos juntos.

—No. No vamos a tener hijos.

—Entonces, ¿para qué vais a casaros? —pregunto.

—Es una muestra de lo comprometidos que estamos el uno con el otro. Algún día conocerás a alguien con quien quieras hacer algo así.

—Lo dudo mucho. A ver, solo lleváis juntos un año. ¿Cómo sabes que seguirá queriéndote dentro de diez?

Se echa hacia delante y su expresión se suaviza mientras escruta mi rostro unos segundos.

—Muchos matrimonios no acaban en divorcio, Beau. No todas las relaciones son malas. Algunas parejas no funcionan y otras sí. Aunque creas que no tienen sentido o que proceden de ambientes muy distintos o que hay mucha diferencia de edad, cuando conoces a alguien que quiere lo mismo que tú, todo encaja en su lugar. Cuando encuentres a esa persona que hace que ser tú mismo sea un poco más fácil, lo sabrás.

Podría decirle algo terriblemente injusto y cruel, como que pensaba que yo ya había encontrado algo así con Charlie, pero ya he perdido bastante tiempo haciéndole pagar a mi padre lo que pasó con mi exnovia y no conseguí cambiar una mierda, así que esta vez cierro el pico.

Aun así me gustaría poder decirle que no tengo ni idea de lo que está hablando y que de ninguna de las maneras creo que me vaya a pasar a mí, porque las cosas nunca encajan con ninguna de las chicas con las que salgo: o quieren algo que yo no puedo darles o me dan algo que yo no quiero. Según me han dicho, no puede haber compatibilidad cuando eres un gilipollas egocéntrico que solo piensa en sí mismo.

—Espero que sepas que te lo he contado porque no se me ocurriría hacerlo sin tu aprobación.

—Y una mierda —rezongo. Está mintiendo, y lo sé—. Sí, claro, quieres mi aprobación, pero vas a hacerlo de todos modos.

Sonríe y se encoge de hombros.

—Pero quiero tu aprobación.

—No me importa. De verdad que no. Creo que estás como una cabra y que eres un estúpido por esperar que alguien como Charlie se comprometa el resto de su vida contigo, pero no pienso detenerte. Es tu funeral.

Se echa a reír.

—Técnicamente, es mi boda, pero gracias.

A partir de ese momento hablamos de cosas triviales y parece más relajado, como si hubiera necesitado quitarse ese peso de los hombros. Sigo sin imaginármelo en el altar con Charlie, pero prefiero no pensar más en ello.