Comer de cine - Josep Pont - E-Book

Comer de cine E-Book

Josep Pont

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Beschreibung

Prepárate para disfrutar de un banquete épico, en un viaje cinematográfico compuesto de doce películas que cambiarán tu relación con la comida para siempre. Un libro para cinéfilos y para personas que desean cuidarse y vivir en plenitud; un texto personal y autobiográfico donde el autor nos comparte sus pasiones en la gran pantalla y todo su conocimiento nutricional. De forma original e innovadora, el autor relaciona cada filme con un tema vinculado a la alimentación consciente y saludable. Además, nos brinda pautas y consejos prácticos para aplicar en nuestra vida diaria y, como toque especial, incluye un menú «de película» inspirado en cada obra, ideal para disfrutar en buena compañía.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Comer de cine

Josep Pont

Prólogo de Jaume Ripoll

Primera edición en esta colección: febrero de 2025

© Josep Pont, 2025

© del prólogo, Jaume Ripoll, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 979-13-87568-12-2

Ilustración y diseño de cubierta: Maria Robres

Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime, S.L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Para Valentina y Àlex, que la fuerza siempre os acompañe.

Índice

Prólogo. Comer deprisa, mirar despacio, de Jaume Ripoll, cofundador de Filmin

Sinopsis

Cortometraje

Menú emocional en la gran pantalla

1.

La guerra de las galaxias

. Alimentación energética

2.

Rocky

. Alimentando tu fuerza y el sistema inmune

3.

Con la muerte en los talones

. Estrés, ansiedad y el sistema nervioso

4.

Casablanca

. Alimentando el corazón, sistema cardiovascular

5.

Pulp Fiction

.

Fast food

y adicciones comestibles

6.

El bueno, el feo y el malo

. Carne, carbohidratos y

spaghetti western

7.

Lost in Translation

. Gastronomía japonesa y cocinas del mundo

8.

El padrino

. Valores y alimentación familiar

9.

La librería

. Cultura nutritiva, menú de autor

10.

Vacaciones en Roma

.

Comfort food

y hormonas de la felicidad

11.

La gran belleza

. Alimentación a partir de los sesenta

12.

Perfect Days

. Alimentación consciente

The end

Agradecimientos

Lista de Spotify con una selección de canciones de estas películas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Colofón

Prólogo. Comer deprisa, mirar despacio

Apreciado lector, prepárate para degustar un gran menú cuyos ingredientes principales son la cinefilia, la nostalgia y la alimentación equilibrada: recuerdos, recetas y cine. Este es un ensayo escrito con pasión, conocimiento y generosidad. Uno que te abrirá el apetito por descubrir o recuperar obras capitales rodadas en el Hollywood clásico y protagonizadas por un puñado de personajes legendarios, amigos de la hipérbole, amantes del exceso, adictos a las grasas saturadas, los vinos añejos y el azúcar a granel; y ajenos a cualquier consejo nutritivo como los que plantea Josep Pont en las próximas páginas. Una advertencia: este es el libro sobre cine con menos palomitas y refrescos azucarados que leerás nunca.

Para unos, las palomitas son el placer culpable y ruidoso con el que acompañar una proyección; para mí, siempre han sido simple y llanamente negocio. Mis padres eran propietarios de cines y videoclubs, y en ambos locales era tan importante lo que se veía como lo que comían los clientes en las butacas o el sofá. La diferencia entre la rentabilidad o la ruina de nuestros locales dependía de los márgenes comerciales que dejaban no solo palomitas o refrescos, sino también chucherías, bollos y chocolatinas: pesadilla de cardiólogos y salvación de nuestra industria.

Joan Olives fue amigo de mis padres, amante del cine europeo y primer propietario de unos multicines en Mallorca llamados Chaplin. Nunca programó obras comerciales, o lo que un público generalista entiende por comercial, pese a que en los setenta y ochenta, cuando su sala llenaba lunes sí, viernes también, proyectaban películas de autores como Rohmer, Costa-Gavras, Bertolucci, Fellini o Bergman. Cine de autor que antaño tenía audiencias millonarias y hoy aspira a recuperarlas. Los Chaplin fueron un lugar de aprendizaje no solo cinéfilo, también gastronómico. Allí surgieron los primeros ciclos de cine y cena en España en los que los espectadores podían degustar un complejo y nada complaciente menú: riñones, criadillas y patés de caza, que pretendía emular el que habían comido los protagonistas de títulos como El festín de Babette, Como agua para chocolate o Dublineses. Para alguien como yo, criado entre Conguitos, Tigretones y espectáculos de Hollywood, los Chaplin supusieron un reto para la pupila y el paladar, uno que abracé sin prejuicios y sigo agradeciendo a día de hoy, convertido en un cinéfilo inquieto y un comensal agradecido. Así que permíteme aprovechar este prólogo para honrar el legado de unos multicines convertidos en esqueleto de acero y hormigón, ruina en venta sin comprador a la vista. Allí aprendí a valorar que películas y platos comparten un ingrediente principal: el tiempo. El buen cine, como la mejor gastronomía, requiere mucho trabajo e infinita paciencia. Sin ellos, todo son prisas, y estas solo producen obras ligeras de digestión pesada.

En este nuevo tiempo de abundancia y exceso, de catálogos inabarcables con más películas y series de las que podremos ver en vida, parece que se nos invita a correr, incluso algunas plataformas nos animan a ver al doble de velocidad, porque solo así podremos dar buena cuenta de todo lo que tenemos pendiente. La cinefagia es la nueva cinefilia. Ante esta situación, permíteme aprovechar el prólogo de un libro como el de Josep, plagado de sabios consejos, para compartir el mío: las buenas películas deben saborearse como los grandes platos: despacio. Una mirada activa e inquieta nos permitirá descubrir mil detalles en planos, diálogos o personajes que, de lo contrario, pasarán desapercibidos. Honremos el buen cine como merece. Mejor ver poco y bien que mucho y mal, solo así las películas quedarán en nuestra memoria como las que Josep tiene en la suya. Comer de cine es un libro que alimenta la nostalgia de quienes nos criamos en los ochenta y mejora la alimentación de quienes devoramos los inicios de este siglo. Guía y festín, pasen y lean.

Jaume Ripoll

Cofundador y director editorial de Filmin

Sinopsis

Esas primeras veces

Una madre con sus tres hijos —el menor de ellos con los ojos como platos— entran en una sala de cine vacía: el rojo intenso de las butacas, la luz tenue, el olor a palomitas, el tapizado negro de las paredes, la pantalla gigante… El pequeño recorre la primera fila con la mirada, la madre sonriendo le dice: «amunt, més amunt» —arriba, más arriba— y entre risas y carreras se sientan en lo que, a partir de ahora y para siempre, serán los «mejores sitios» del cine. El niño se arrodilla en el asiento y abraza a su madre agradecido y emocionado. Espóiler: evidentemente, el niño del flashback soy yo y este regalo, el día que cumplía los cinco años, cambió mi vida para siempre.

Dos de mis grandes pasiones son la alimentación y el cine. Mis padres regentaban un conocido restaurante de la Costa Brava que era parada obligada para los amantes de la buena cocina tradicional catalana. Mi infancia transcurrió entre fogones, comedores de manteles a cuadros y escapadas familiares al cine para ver las últimas novedades, y ¡qué novedades! Haber nacido en los setenta tiene sus ventajas: pude ver en la gran pantalla películas que ahora son de culto como E.T., Indiana Jones, Los Goonies, Star Wars y otros estrenos con actores y personajes muy populares como Bud Spencer, Terence Hill, Louis de Funès o James Bond. En aquella época no había películas para los más pequeños en la cartelera, con siete u ocho años era frecuente que pudieses ver alguna cinta clasificada para adultos. Esa primera vez que pisé una sala de butacas pasó algo parecido, con tan solo cinco años estaba a punto de presenciar el estreno de La guerra de las galaxias. Era la primavera del 1977 y el cine en cuestión estaba a veinte minutos de casa en coche: el Arinco de Palamós.

El impacto al ver cómo se apagaban las luces y empezaba a sonar la música de John Williams fue alucinante, lo recuerdo vagamente, pero seguro que me agarré con todas mis fuerzas a la butaca. Mi madre no podía haber escogido una mejor película para esa primera experiencia. Ese recuerdo me acompaña cada vez que vuelvo al cine, una sensación de cosquilleo que me recorre el cuerpo y que solo revivo los días que voy al estadio a ver un partido de fútbol o a una sala de conciertos. Son momentos mágicos, mis endorfinas se disparan a mil. En estas escapadas al cine tengo mis manías, lo reconozco. Una de ellas es la puntualidad, me gusta ser uno de los primeros en entrar en la sala, no soporto llegar tarde o con el tiempo justo. Los trailers me encantan, incluso los anuncios publicitarios me entretienen. Prefiero sentarme cuando el patio de butacas está todavía iluminado y ver cómo se van apagando las luces poco a poco. Siento un poco de nostalgia cuando recuerdo a los acomodadores. Fijaos en esta palabra: persona que te acomoda, que te acompaña al mejor sitio disponible y que te cuida, sin duda se trata de costumbres y valores en claro desuso; si ahora llegas tarde has de buscarte la vida, encontrar tu sitio puede convertirse en toda una aventura.

Soy de la época de las dobles sesiones: de aquellas programaciones en las que entrabas en el cine después de comer y salías cuando ya era de noche. Las chucherías debías comprarlas en la tiendecita colindante a la sala o al vendedor ambulante que pasaba entre película y película. También recuerdo esos paneles con fotos pegadas del filme que ibas a ver, nada que ver con los vídeos/espóiler de ahora, pero bueno, eran otros tiempos. Hoy en día, la experiencia de ir al cine es cada vez más potente y espectacular. Pantallas de última generación, sonidos supernítidos que a uno le llegan a inquietar, butacas y sillones con espacio de medio metro, salas donde puedes comer tapas y pegar algún que otro grito sin que el vecino te increpe. El show business manda y ha de competir con todas las plataformas que van saliendo sin cesar, pero a mí no me hace falta tanta parafernalia, con una butaca digna y que me dejen tranquilo tengo suficiente. Me gusta ir al cine en familia, pero también adoro hacerlo solo, una buena película se puede disfrutar de las dos maneras: en la intimidad y en buena compañía.

El cine es vida

No soy crítico de cine, ni periodista especializado, ni he estudiado cinematografía o algo parecido. Lo que sí soy es cinéfilo: he ido creciendo y evolucionando del brazo de muchas películas que me han dejado huella, que me han acompañado en cada momento vital, en sus múltiples revisiones, alimentándome o nutriéndome sobre todo en el plano emocional. ¿Cuántas veces he soñado que era su héroe o protagonista? Imposible enumerarlas. Las he vivido —y sigo haciéndolo— como uno más de su reparto.

El cine me ha curado penas, me ha hecho reír y llorar, me ha motivado, me ha hecho descubrir sitios insospechados y, sobre todo, ha sido un fiel compañero de viaje: ese compañero al que acudir en cualquier circunstancia, que nunca defrauda, que siempre está ahí para darte ese calor y confort que necesitas en ciertas ocasiones. Como dice mi querido editor Jordi Nadal: «Sin cine, la vida es menos vida», y este libro va de esto: es un homenaje al séptimo arte, a los clásicos que aguantan el paso del tiempo y envejecen como un buen vino. Películas que aprendí a disfrutar y a valorar gracias a programas como ¡Qué grande es el cine!, en las noches de los lunes de los años noventa, con José Luis Garci y sus inseparables colaboradores.

En aquel momento y a mi edad, con veintitantos, me apetecía tener nuevas experiencias y desarrollar mis inquietudes relacionadas con el mundo del arte; leía sin cesar y empezaba a interesarme por un tipo de cine un tanto alternativo. Precisamente, mi afición por la novela negra me permitió descubrir este tipo de programas en los que se analizaban y comentaban estos clásicos, muchos de ellos fueron adaptaciones de esos libros de los años cuarenta. Fue así como el cine en blanco y negro empezó a seducirme: sus matices, claroscuros, luces y sombras me transportaban a mundos llenos de intriga y encanto. En estas emisiones de La 2, Garci y sus contertulios —Eduardo Torres-Dulce, Luis Alberto de Cuenca, Carlos Pumares, Luis Herrero, Juan Miguel Lamet y otros tantos— introducían el filme durante unos minutos, poniéndote la miel en los labios, explicando anécdotas, referencias del director y de los actores, que te «obligaban» a quedarte pegado al sofá, o en el reclinatorio, deseando que empezara la película. Una vez terminada, había un coloquio entre ellos en el que la desmenuzaban y te contagiaban las ganas de seguir investigando y de sumergirte en el resto de la filmografía de su director. El título de este libro, Comer de cine, es un homenaje a la extensa obra que ha escrito Garci: Mirar de cine, Beber de cine o Querer de cine —entre muchos otros—, ejemplares que tengo en mi biblioteca y releo a menudo. A partir de ahora, este libro les hará compañía.

En los últimos años, han ido apareciendo diversas plataformas donde podemos recuperar muchos de esos clásicos que disfrutaba de joven. Especialmente en Filmin, que sería como uno de esos videoclubs de mi época, pero en formato online, y que se ha convertido en mi fuente cinéfila de referencia. Poder contar con su cofundador —Jaume Ripoll— para el prólogo de este libro ha sido una gran suerte y orgullo.

Doce títulos imprescindibles

Las doce películas que he escogido son clásicos incontestables —más alguna joya de autor imprescindible—, un itinerario emocional con el que la mayoría de nosotros hemos crecido. Aparecen de manera cronológica, las he ordenado siguiendo cada etapa de mi vida, es decir, el momento en que las vi. Una gran parte del libro es autobiográfica: se trata de un trabajo subjetivo y muy personal. Algunos os preguntaréis por qué no está este o aquel título, que cómo es posible que prefiera esta película a aquella otra; pero como os decía, es mi criterio y, sobre todo, lo que han significado para mí, sin entrar a valorar su calidad por encima de otros aspectos. La única premisa que he intentado respetar ha sido el hecho, como antes comentaba, de que fuesen películas que estuviesen en el imaginario colectivo. Aunque me moría de ganas, no he caído en la tentación de incluir filmes de autor —e incluso de serie B— que adoro. También os preguntaréis por qué doce y no diez o veinte. La verdad es que no estaba planeado de antemano, no lo he hecho por una cuestión mística o simbólica. Cuando empecé a escribir este libro, pensé que doce era un número de películas ideal para poder abordar todos los temas emocionales y nutricionales que deseaba. Pero, durante estos meses de escritura, he ido descubriendo —de forma casual— la importancia de esta cifra: doce apóstoles, doce meses del año, doce dioses del Olimpo, doce mandamientos, doce signos del zodíaco… El doce es sinónimo de equilibrio, orden y espiritualidad. En numerología se suelen sumar los dígitos para entender mejor su simbolismo. En este caso, al sumar el uno y el dos obtenemos el número tres, asociado con la creatividad, comunicación y expresión artística.

De las películas seleccionadas hay alguna clásica, muy clásica, de los años cuarenta y cincuenta, y algunas muy populares de los años setenta y ochenta. Italia y Roma están muy presentes y no es ninguna casualidad. Si bien es cierto que existen cintas maravillosas en las que la acción transcurre en esas tierras —podía haber incluido cualquier título de Fellini—, no voy a disimular ni a esconder el cariño que tengo por la città eterna y, ante la duda, he barrido para casa. La ciudad de Tokio, curiosamente, también tiene un cierto protagonismo, nunca la he pisado, pero siempre me ha fascinado.

En definitiva, doce temáticas diversas que forman un menú que ha sido galardonado, y que ha acumulado muchos premios durante estos años. Un total de veintidós Óscar —de la Academia de Hollywood— nos contemplan, de los cuales cuatro son en la categoría de guion original o adaptado. Películas que, más allá del talento de sus directores, han contado con unos textos extraordinarios en los que han cimentado su éxito.

La nutrición y el séptimo arte

¿Un profesional de la salud o de la nutrición hablando de cine? ¿Esto cómo se come? Pues con mucha curiosidad e inquietud. Por suerte, cada persona no es solo su profesión o su trabajo y, en este caso, la alimentación no es más que el pretexto para poder hablar de lo que me gusta y me apasiona. Nuestros hobbies nos nutren la vida a diario: es por esta razón que este libro no va de películas donde la comida, salud o gastronomía sean sus protagonistas —todo lo contrario—, sino que se centra en la alimentación emocional, es decir, en cómo me he saciado y alimentado de estos filmes desde mi niñez y de lo satisfecho que me dejan cada vez que vuelvo a ellos.

Cada película y cada capítulo me evocan un tema nutricional distinto en el que aconsejo algunas pautas y hábitos saludables que puedes poner en práctica y, así, ganar en salud y bienestar. Al final de cada uno de ellos, propongo un menú de la película con platos vinculados al tema escogido, incluso he imaginado que pasaba consulta con alguno de estos actores y actrices. He sido ambicioso y he querido escribir un libro para los amantes del cine y de la nutrición, un dos en uno.

Y es que mi trabajo va de esto: acompañar a diario a muchas personas en la bonita misión de mejorar su alimentación. Del mismo modo que en mi ópera prima, Tu vida en la mesa, no me apetecía hacer un manual de nutrición, en esta ocasión he querido unir estas dos pasiones que tengo para crear un producto fresco e innovador. Una manera divertida y original de divulgar lo que hago. Quería pasarlo bien, disfrutar de la escritura y sentirme satisfecho del resultado final. ¡Objetivo cumplido! Estoy excitado y agradecido, me siento un privilegiado. He podido escribir sobre las películas de mi vida, sobre universos de ficción que me apasionan y que han permitido que engrose mi biblioteca con obras relacionadas con ellas, con las biografías de sus directores y actores, descubriendo curiosidades e historias que ya forman parte de mí. El cine, los libros, la lectura, la música… El arte y la cultura nos salvarán. Cada día lo tengo más claro. No perdamos la fe.

Cortometraje

Como, luego existo. Siento, luego vivo

«Pienso, luego existo» —«Cogito ergo sum»— escribió el filósofo francés René Descartes en 1637 en su obra Discurso del método, frase categórica que hemos escuchado mil veces y que tiene mucho sentido. Sin desmerecerlo, solo faltaría, haría alguna variación gramatical y formaría una frase del estilo: «Como, luego existo. Siento, luego vivo». Seguro que alguien ya lo habrá escrito o publicado antes, me da igual, son dos reflexiones que me vienen a la cabeza y con las que me siento muy identificado. Comer es básico, sin ello sería imposible vivir. Pero sentir es fundamental. ¿Sin la capacidad de emocionarse vale realmente la pena existir? La emoción y la pasión son el motor de este mundo, sin vibrar se nos va a hacer muy larga esta vida, y el cine es una de las mejores maneras de conseguirlo.

La historia del séptimo arte empezó hace más de cien años. Los hermanos Lumière en 1895 fueron sus pioneros, pero no fue hasta el 1902 cuando el ilusionista francés Georges Méliès creó un cortometraje titulado Viaje a la luna, en el que ya podemos empezar a disfrutar de una narrativa en imágenes llena de efectos especiales. Desde entonces ha llovido mucho: del cine mudo pasamos al sonoro, del blanco y negro al color, del cine de autor al blockbuster, y del cine analógico al cine digital. Un largo proceso que no cesa, pero que mantiene siempre ese espíritu romántico y esa magia que nos hace soñar. Soñar en fantasías y desconectar del momento que vivimos, imaginar que lo que vemos en la pantalla nos está pasando. A raíz de esto siempre me pregunto: ¿cómo es posible que una experiencia colectiva como es el cine se convierta en un acto privado, en algo tan personal? A veces llego a pensar, de manera egoísta, que esa película la han hecho para mí, que me pertenece, que me la han dedicado. El sentimiento de propiedad tiene una estrecha relación con las emociones que me despierta: la vivo tan intensamente que me rompe el corazón, me parto de risa o me pone los pelos como escarpias. Como he dicho antes, es un modo de evadirme de la realidad cotidiana que me permite, durante un par de horas, pensar que he formado parte de otro universo o de un mundo alternativo. Esta es la grandeza del cine, su capacidad de conectar con cada uno de nosotros, ilusionándonos y motivándonos a ser mejores.

Emociones nutritivas

La alimentación y las emociones van de la mano. Es imposible entender una sin atender a las otras. El cine es emoción. Tienes a tu disposición un menú completísimo con toda clase de géneros y subgéneros: comedia, melodrama, musical, acción, suspense, terror, western, ciencia ficción, romanticismo, aventuras, infantil, documentales… La lista es interminable, hay películas para todos los gustos y para todos los públicos. Dependiendo de nuestro estado de ánimo y de nuestro apetito, podremos escoger un título u otro. Este símil con la carta de un restaurante cada vez es más pertinente, desde que existen tantas plataformas online podemos navegar por menús inabarcables. Ir al cine, o ver un filme en casa, puede convertirse en una de las mejores terapias. Su poder curativo es equiparable al de una buena lectura, un buen concierto o una exposición de nuestro artista favorito. En casa todo es más íntimo y privado: podemos ver tantas veces como queramos una película y repetir sus escenas buscando ese momento que nos emociona.

Emociones, dichosas emociones… Todos los directores sueñan con emocionarnos y nosotros con que nos emocionen, da igual la edad, cada vez que pisamos un patio de butacas se produce una cascada de procesos químicos en nuestro ser que nos conecta con nuestro niño interior, con esas primeras veces que viviste de pequeño al entrar en ese cine y ver aquella pantalla enorme donde pasan cosas increíbles. Este fenómeno tiene mucho que ver con el acto de nutrirse, mientras vemos una película vamos digiriendo las imágenes y secuencias, a nuestro ritmo, sin prisa, pero sin pausa. Todos los neurotransmisores de nuestro cuerpo se activan al compás de la acción y producen un sinfín de reacciones en cadena. Comemos palomitas o chucherías por vicio, por el simple hecho de llevarnos algo a la boca y gestionar mejor el estrés, los nervios, las alegrías o tristezas que experimentamos a oscuras, en la intimidad. Acompañados de mucha o poca gente, pero viviéndolo a nuestra manera, en la butaca, con la cabeza viajando a mil sitios a la vez. La felicidad es ese momento intenso, esa cúspide que uno conquista de manera efímera, en la que está presente la dopamina: momentos de corta duración que te erizan la piel y te hacen levitar. El bienestar es un estado de ánimo más estable, no llegas a ese pico de placer, el neurotransmisor de la serotonina nos produce una sensación de buen rollo y serenidad de la que todos queremos gozar el máximo de tiempo posible. El cine nos regala estos momentos, nos hace sentir, y eso nos alimenta.

Música, épica y cultura pop

Otra palanca emocional es la música. Es la responsable, en gran medida, de canalizar este torrente de emociones que vivimos. Nos pone la piel de gallina y nos ancla a determinadas escenas de por vida. En este libro cito a maestros como John Williams, Ennio Morricone o Bill Conti, que con sus melodías nos hacen viajar y volver a tiempos pretéritos en los que éramos muy felices (al final del libro tienes un código QR con una lista de canciones y música, de estos doce clásicos, que te va a emocionar). La épica, la angustia o el sosiego que nos regala una buena banda sonora acaba siendo fundamental para disfrutar en el cine, es el pegamento que une cada secuencia y da sentido al conjunto de la película. La cultura pop me ha alimentado desde pequeño: cómics, música, pelis, revistas y libros han ido formando un universo imaginario al que recurro a menudo. Su inspiración, y lecciones de vida, me han ayudado a crecer y a ser quien soy: aprendí más de las frases de Obi-Wan en La guerra de las galaxias que de algunos profesores de mi escuela; me motivó más Rocky subiendo las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia —con esa música inolvidable de Bill Conti— que ciertos entrenadores del gimnasio, y ¡qué decir de los diálogos de Casablanca!, solo falta que me los tatúe en la espalda.

Si releer es una gozada —seguramente la manera más consciente de disfrutar de un texto—, revisitar películas es dotarlas de nuevas vidas, la mejor forma para poder apreciar el talento del director y sus actores. Del mismo modo que sucede con la música, libros y obras de arte: volver a ellos es revivir sus emociones. En cada etapa vital tenemos intereses o circunstancias que nos ocupan y preocupan, poder ver de nuevo según qué filmes nos permite redescubrir detalles antes inadvertidos: escenas, diálogos y melodías que hacen que esa película cobre una nueva dimensión. No es lo mismo ver El padrino con veinte años que con cincuenta. Cada época nos alimenta de un modo distinto y volver al pasado no es forzosamente un acto nostálgico: recuperar clásicos y cintas que te han emocionado es jugar con las cartas marcadas, es buscar ese confort familiar que nos mejora cualquier momento del día. Hay películas que llegan demasiado pronto a nuestra vida, que las vemos sin entender prácticamente nada o que su impacto tiene poco que ver con el que nos va a producir al cabo de unos años. En cambio, hay títulos que vas descubriendo con el paso del tiempo y que te preguntas cómo has podido tardar tanto en verlos. Seguramente cada cosa llega cuando toca, no creo en las casualidades.

Las doce películas que te propongo en este libro han llegado a mi vida de forma gradual y desordenada. Cada una de ellas me ha ido alimentando con todos los ingredientes que he necesitado, a lo largo de los años, para forjar mi carácter y personalidad. La guerra de las galaxias, por ejemplo, marcó mi infancia y me hizo soñar en planetas lejanos, en naves espaciales y en caballeros armados con sables luminosos. Rocky me ayudó a autoafirmarme, a demostrarme que si uno se lo propone puede con (casi) todo. Con la muerte en los talones logró que me aficionase al cine de Hitchcock y de suspense. Casablanca me hizo entender aquello del «amor imposible». Pulp Fiction, en plena explosión hormonal, me voló literalmente la cabeza. El bueno, el feo y el malo grabó para siempre en mis oídos las melodías de Ennio Morricone. La gran belleza me hizo revivir mi paso por Roma y Perfect Days me ha reconciliado con el cine, este libro le debe mucho a esta película.

En esta lectura encontrarás nuevas herramientas para (re)descubrir estos doce templos del séptimo arte, estas doce obras maestras. Pasarán de generación en generación como lo que han sido, historias imperecederas. Un menú cinco estrellas para saciar el apetito cinéfilo del crítico más exigente.

Tengo una hija de doce años y un hijo de nueve. Están en esas edades de las primeras veces, de empezar a crearse referentes e idealizar a cantantes, futbolistas o actores como modelos de sus vidas. Veo la pasión en sus ojos y eso me encanta. Es necesario tener amigos imaginarios a los que acudir y espejos donde mirarse e inspirarse, sin obsesiones y con un cierto equilibrio. Tener compañeros de viaje nos ayuda a sobrellevarlo todo mucho mejor y el cine es una cantera inagotable para ello, un mundo lleno de héroes y heroínas de celuloide que nos permite soñar en un mañana mejor.

Llegarán nuevos tiempos, nos haremos mayores —aún más—, irán saliendo películas fantásticas —no sé si de la mano de algún humano o de la IA—, pero nunca podrán borrar la magia, carisma y magnetismo que lograron crear estos doce directores, y sus otros tantos actores, en estas películas eternas que te acompañarán durante esta lectura.

Ha llegado el momento: te invito a que tomes asiento, te acomodes y respires hondo. Esto está a punto de empezar.

3, 2, 1… ¡Acción!

Menú emocional en la gran pantalla

1.La guerra de las galaxias. Alimentación energética

Luke.— ¿La fuerza?

Obi-Wan.— La fuerza es lo que le da al jedi su poder. Es un campo de energía creado por todas las cosas vivientes. Nos rodea, penetra en nosotros y mantiene unida a toda la galaxia.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana…

Empezamos fuerte. Una primera experiencia y toma de contacto con el cine, en un patio de butacas, viviendo una ceremonia de este calibre y hacerlo con esta película es todo un regalo. Asistir al estreno fundacional de una saga que ha marcado la vida de tantas generaciones de espectadores tuvo en mí un impacto que todavía persiste. George Lucas fue y es un visionario, un canal, una persona avanzada a su tiempo que creó un universo donde se resume la esencia de la humanidad: el bien contra el mal, las relaciones de familia, el maestro y el aprendiz, el instinto y la fuerza, un imperio dictatorial y unos rebeldes que buscan recuperar su república democrática.

Con cinco años no sueles ir al cine, y si lo haces es para ir a ver una película de Disney. Imagino que en 1977 era aún menos habitual. Agradezco profundamente a mi madre que no hiciese caso de lo políticamente correcto y me llevase a ver La guerra de las galaxias junto con mis hermanos. Soy el pequeño de tres, nos llevamos cinco y siete años, y en muchas ocasiones era una obviedad a quién le tocaba quedarse en casa.

Este capítulo podía haberse titulado Star Wars, que es como se la conoce mundialmente, pero me hacía ilusión utilizar su título original con el que se estrenó en nuestro país. Posteriormente, la rebautizaron como La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza y fue la primera entrega de la trilogía clásica de esta saga galáctica. La piedra filosofal sobre la que su director fundó esta historia que ha visto pasar ocho películas posteriores más una larga lista de series, cómics y novelas que amenaza con seguir hasta el fin de nuestros tiempos. De todas ellas, esta entrega la situaría en la segunda posición del podio, muy cerquita de La guerra de las galaxias. Episodio V: El imperio contraataca (1980).

George Lucas: el visionario

Hay un antes y un después de Star Wars