Comer sí da la felicidad - Felipe Hernández Ramos - E-Book

Comer sí da la felicidad E-Book

Felipe Hernández Ramos

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Beschreibung

¿Cuántas veces hemos oído la frase mens sana in corpore sano? Esta obra nos ofrece pautas para tratar trastornos como la depresión, el estrés, la ansiedad y la hiperactividad con una alimentación natural. Así, influiremos en el funcionamiento de nuestro cerebro y, en definitiva, en nuestra salud. Encontrarás un plan completo de corrección alimentaria para combatir las principales dolencias y trastornos psicológicos; pautas de nutrición ortomolecular y suplementos alimentarios que pueden fortalecer tu cerebro y tus emociones y consejos sobre psicoterapia humanista, sofrología, terapia floral y ejercicio físico que mantendrán en forma tu cuerpo y tu mente.

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Seitenzahl: 416

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Diseño e ilustración de cubierta: Estitxu

© del texto, 2009, Felipe Hernández Ramos

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: enero de 2025.

REF.: OBDO451

ISBN: 978-84-9118-124-8

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo del doctor Javier Javier Aizpirri Díaz

Prólogo del profesor Pedro Jara Vera

Parte I. Las claves de la alimentación para una buena salud emocional

1. Presentación

2. Un poco de historia: El nacimiento de la psiquiatría ortomolecular

3. Relación entre nutrición y salud mental

4. La psiconeuroinmunoendocrinología: «La interrelación manda»

5. Experiencias y observaciones que apoyan la visión humano-holística de la salud

Parte II. Terapia nutricional para los principales trastornos mentales y emocionales

6. ¡Que no te venzan el estrés, la ansiedad, la angustia y los miedos!

7. Afrontando la depresión nerviosa, «el mal de nuestra era»

8. Los trastornos del apetito y «el altar de la belleza»: Anorexia, bulimia y apetito compulsivo

9. Hiperactividad infantil y trastornos del aprendizaje

10. La dieta óptima para el cerebro

11. Algunos enemigos de la salud mental

12. Guía de nutrientes para el cerebro

Parte III. ¿Qué más puedo hacer?

13. Psicología humanista: «En busca de una psicoterapia más humana»

14. La Programación Neurolingüística (PNL): «Una visión flexible de la psicoterapia»

15. Sofrología: «Tratado sobre la serenidad de la mente»

16. Las esencias florales del doctor Bach: «Las esencias del corazón»

17. Ejercicio físico «que da vida»

18. Reflexiones a modo de conclusión

Bibliografía

Notas

Dedicado a mi querido hijo Miguel.

Tu extraordinaria alegría y tu sonrisa

compensan en mi alma toda la oscuridad de este mundo.

PRÓLOGO

El higienismo, que tuvo tanto impacto social y protagonismo en el siglo XIX y comienzos del XX, sufrió un grave retroceso en la posguerra española, al desaparecer o emigrar la mayoría de profesionales debido a las doctrinas sociales que defendían. Algún rescoldo de la doctrina higienista quedó en parte del personal sanitario dedicado a la lucha contra la tuberculosis y otras enfermedades pulmonares. Algunos de ellos, convertidos en profesores, nos transmitieron sus ideas en las facultades de Medicina a finales de la década de 1960.

Ya en la década de 1970 la psiquiatría española se vio invadida por una oleada de teorías psicoanalistas cuyos postulados se contraponían a la rigidez descriptiva de las corrientes alemanas imperantes hasta ese momento. En paralelo a este fenómeno comenzaba el despliegue de la farmacoindustria, que fue introduciendo con enorme fuerza las terapias químicas como base de los tratamientos de las enfermedades mentales.

Algunos neuropsiquiatras nos negamos a tomar partido por uno de los dos frentes, y continuamos con las doctrinas higienistas, siempre buscando que la persona enferma fuera la protagonista de su curación. Éramos y somos un grupo pequeño, y la mayoría hemos desarrollado una parte importante de nuestra práctica profesional en servicios dedicados a tratar el alcoholismo y las toxicomanías creados con este ideario. Muchos compañeros nos consideran algo así como «médicos predicadores».

En aquella época comenzó a tomar fuerza la corriente de la psiquiatría ortomolecular, con Linus Pauling al frente. A pesar de que coincidíamos con casi toda su base teórica, estábamos en desacuerdo total con las elucubraciones de Pauling con relación al alcohol. Asimismo, las consecuencias del uso de triptófano en hiperdosis motivaron cierto distanciamiento con respecto a la filosofía ortomolecular. Por otra parte, asediados en aquel momento por el impacto que tuvo el consumo de heroína en nuestra sociedad, los profesionales implicados en el tratamiento de las drogodependencias tuvimos que hacer frente durante años a unas condiciones de trabajo extremadamente críticas. Dentro de la grave situación de emergencia que supuso el consumo de drogas opiáceas, donde las pautas de salud higienistas y los recursos dentro de la psiquiatría ortomolecular quedaban desplazados ante una epidemia que acabó con el 83 % de los consumidores en diez años. Los pocos servicios con profesionales interesados en estas corrientes no estaban como para poder distraerse con discusiones ideológicas.

En los años noventa, después del fin de la epidemia de la heroína, los servicios pudieron adecuarse y responder mejor a la demanda. Se abre un período de distensión que permite la búsqueda de nuevos horizontes terapéuticos. De entre las novedades científicas emergentes, tres temas hicieron renovar la filosofía higienista y la moderna medicina ortomolecular en el ámbito de la psiquiatría:

1. Distintos estudios publicados en el Reino Unido destacaron la alta tasa de suicidios en personas con dietas bajas en colesterol, lo que permitió asociar el cuadro de depresión a la carencia de fosfolípidos o cerebrósidos cerebrales. A raíz de estos estudios se desarrolló el extenso uso de los llamados Omegas.

2. La aparición de productos antidepresivos IRS, tales como el Prozac y el Seroxat, cuya función es mantener un nivel adecuado de serotonina, que no es sino el metabolito de nuestro antiguo y conocido aminoácido esencial triptófano.

3. La farmacoterapia, que había sido la panacea de toda la actividad médica, si bien era eficaz en muchos casos, en otros originaba problemas secundarios que derivaban en el empeoramiento de la persona enferma, además de fallar en sus expectativas de curación. En particular, el tratamiento de los cuadros depresivos ha sido y sigue siendo objeto de un gran debate. Casi todos los trabajos que señalan el éxito de la farmacología antidepresiva recogen asimismo que aproximadamente un 35 % de la población enferma se cura con placebos, del 35 al 40 % de esta población total debe su mejoría a los fármacos y un 35 % se muestra resistente.

Estos hechos promovieron un resurgimiento tímido de la psiquiatría ortomolecular, que se apoyó a su vez en la creatividad y las ideas llegadas de Francia, de la mano de J. Seignalet, C. Lagarde o la doctora Kousmine. A ello hubo que añadir la aparición de laboratorios alternativos que lanzaron al mercado productos seguros y de calidad.

A finales de la década de 1990 se fue afinando el diagnóstico en las alteraciones de aminoácidos gracias a las técnicas de valoración de los aminoácidos periféricos, método que sigue siendo fundamental en el diagnóstico y tratamiento de cuadros depresivos, ansiedad, agotamiento cerebral y otras alteraciones cognitivas.

La publicación del primer libro de Felipe Hernández, Que tus alimentos sean tu medicina, cuyo subtítulo era El poder terapéutico de la alimentación inteligente, fue motivo de gran alegría para el conjunto de profesionales de la psiquiatría a quienes se nos había situado en la «heterodoxia». Cuando todavía estábamos digiriéndolo, la aparición de su segundo libro, Antienvejecimiento con nutrición ortomolecular, constituyó un verdadero hito y se convirtió en una obra de cabecera para esos profesionales animosos que nos dedicábamos a «predicar» los principios de la vida sana, tales como el sueño, la nutrición, la excreción, el ejercicio, la eliminación de tóxicos y la regulación de la vida afectiva y emocional.

En el prólogo del primer libro, el doctor Luis Arnaiz Duró de Paradís nos advertía de que Felipe ya estaba trabajando en su nuevo libro de nutrición y salud mental. Cuando me pidió que escribiera este prólogo, me sentí enormemente encantado y honrado de realizar esta tarea, y poder permitirme el lujo de leer el libro en primicia.

Los capítulos dedicados a la infancia resultan muy esclarecedores, en un momento en el que se debate con apasionamiento el tratamiento de la hiperactividad infantil. Asimismo, resulta muy didáctico el exhaustivo desarrollo de todo lo relativo a los aminoácidos. No debemos olvidar que, pese a que se trata de una temática sobre la que se lleva trabajando y publicando desde los años treinta, todavía queda un importante camino por recorrer.

Espero que este libro, y los que puedan seguirle, ofrezca una vía de conocimiento a los profesionales de la psiquiatría y de otros ámbitos sanitarios de modo que se sigan abriendo puertas en favor de la promoción de la salud mediante procedimientos naturales.

DOCTOR JOSÉ JAVIER AIZPIRI DÍAZ,

Neuropsiquiatra. Higienista ortomolecular

PRÓLOGO

De modo implícito, siempre se asume que el prólogo de un libro es un lugar reservado para la obligada lisonja del texto y de su autor, y soy consciente de que esta sensación de estar ante presentaciones manidas y previsibles las vuelve con frecuencia carentes de toda relevancia y efecto sobre el lector. Confieso mi seria preocupación por que éste pueda ser también el caso presente, dado que este libro no merece que usted, apreciado lector, lo aborde como si se tratase de cualquier otro libro entre los incontables «otros libros» que se publican todos los días. A menudo, la enorme cantidad de textos en el mercado adormece nuestra atención sobre la extraordinaria calidad que, sólo muy de vez en cuando, surge como una luz entre las sombras. Y doy por hecho que usted tampoco merece desaprovechar esta oportunidad que acaba de abrirse ante sus ojos. Siento la enorme responsabilidad de contribuir a que pueda darse cuenta de ello. Es mucho lo que está en juego.

Cuando compramos un electrodoméstico, un coche o cualquier otro aparato complejo, éste viene siempre con un manual de instrucciones. Sabemos qué tipo de energía y potencia necesita, qué precauciones requiere que tomemos, cuál debe ser su mantenimiento para que funcione de manera óptima, o qué señales indican algún tipo de avería. Sin embargo, las personas, que somos la entidad más compleja y diferenciada que existe en el mundo, venimos sin un manual de instrucciones claro y ajustado a la idiosincrasia y particularidad de cada uno. Pero sabemos que hay a quien le sienta especialmente mal comer cierto tipo de alimentos, dormir menos de cierto número de horas, desajustar un orden horario, pasar mucho tiempo sin hacer una buena dosis de ejercicio físico, pasarse amplios períodos sin hablar y compartir con otras personas, no tener un espacio mínimo para desconectar en soledad, contener emociones y conflictos con otros, frustrar ciertas inquietudes intelectuales o artísticas, pasar dos días seguidos sin reírse de algo, etc. Con frecuencia le pido a mis clientes que dediquen un tiempo suficiente a reunirse tranquilamente consigo mismos para escribir con todo detalle y honestidad su propio manual de instrucciones personal. Usted no es lo que quiere ser, ni es como son otros; es lo que es, y más vale que se atenga a ello. Muchas personas actúan como quien coloca la ropa sucia en el lavavajillas y, después, se extraña de que se rompa. El hecho es que hacía mucho tiempo que no encontraba un libro capaz de guiarnos en la elaboración y seguimiento de este manual de instrucciones de una forma tan completa y sensata como éste.

Estoy convencido de que la salud es, en esencia, una mera cuestión de respeto a uno mismo; pero este respeto no sería posible en ningún caso si no se ensanchara el conocimiento. Sólo un profundo desconocimiento, o una profunda indolencia, pueden explicar que tantas personas se agredan a sí mismas de una forma manifiesta cuando le procuran una vida por completo sedentaria a un cuerpo que la naturaleza ha forjado para andar decenas de kilómetros diarios. Un curioso síntoma de cómo cambian los hábitos y las actitudes en este sentido es que, hace muchos años, para castigar a un niño se le pedía que dejara de corretear por la calle y entrara en casa, mientras que hoy día observo que, si queremos castigarlo, lo más habitual es que se le haga salir de su habitación, en la que está enganchado al ordenador, la Play o la televisión, y lo mandemos a la calle. Es también un acto de ignorancia o de indolencia el que atiborremos nuestros cuerpos con un sinfín de productos que directamente están envenenando un cuerpo cuya naturaleza no está preparada para asimilar cualquier cosa. Si tiene usted un vehículo de gasolina, ¿se le ocurriría utilizar diésel como combustible? ¿Le extrañaría que el vehículo se rompiera si lo hace? Creo que hoy día pocas personas se plantean la gran diferencia que existe entre nutrirse y llenar el estómago. La idea de que la alimentación inadecuada está en la base fisiológica de multitud de disfunciones emocionales (y de otro tipo) me parece tan profundamente lógica que cuesta entender que aún haya que demostrarlo. Y ¿qué decir de la autoagresión y el «descabezamiento» que supone el que una vida de estrés continuado se convierta para tantas personas en algo frecuente e incluso normal? En nuestra «sociedad del bienestar», hasta los niños están ya estresados: les falta tiempo para los deberes escolares, el inglés, la informática y los horarios preestablecidos para practicar deportes. Una cultura como la nuestra, consagrada al éxito (que no es más que la cultura del egotismo), es por completo patógena, y está en la misma base no usualmente reconocida y afrontada del estrés continuado, la enfermedad y el desequilibrio. Por supuesto, las prisas, el acomodamiento y el seguimiento ciego de modelos son poderosas pandemias de difícil curación que nos arrastran a que en la época en que supuestamente debería haber mayor bienestar se den los niveles más altos de ansiedad, depresión y otros desequilibrios mentales. En definitiva, resulta indudable que el concepto humano de «progresar» es mucho más fácil de entender y de practicar que el de «mejorar», y que, si bien el progreso suele ir ligado a nuevas incorporaciones, la mejora de la salud está más vinculada a desechar lo mucho que sobra en nuestro estilo de vida. Todas éstas son cosas aparentemente dispares, pero profundamente ligadas, que están de alguna manera desgranadas en las páginas siguientes, y que van bastante más allá de unas orientaciones nutricionales y ortomoleculares para garantizar una salud mental adecuada.

En otro orden de cosas, y aun a riesgo de ser «ajusticiado» por ello, después de bastantes años de experiencia en diversos ámbitos deseo declarar mi triste convicción de que, aunque con frecuencia se escucha que tenemos grandes profesionales de la salud, la realidad es que el porcentaje de profesionales verdaderamente competentes y éticos de cualquier disciplina (ya sea medicina, psicología, arquitectura, política, hostelería o albañilería) es en general bastante bajo. El problema se mantiene porque los usuarios, en su ingenuidad, suelen ser «bien pensantes» y, como es lógico, porque no suelen tener criterios para evaluar con rigor la profesionalidad de aquellos a quienes acuden (tal vez «mi cabeza» esté a salvo porque casi ningún profesional que lea esto se sentirá aludido). La apreciación anterior es relevante porque este libro, en manos del profano en la materia, puede despertar una interesante y constructiva revolución en lo relativo al establecimiento de una demanda de profesionales de la salud mental y hacia el propio contexto socioeconómico en el que nuestra actividad está encuadrada.

Según reza un viejo dicho, la mente humana es como los paraguas, o como los paracaídas: funciona mejor cuando está abierta. Sólo una mente abierta, con una formación muy amplia y diversificada, y unas importantes habilidades de observación y de pensamiento holístico, puede ofrecer una visión integral de la salud mental que está lejos de los convencionalismos y, además, hacerlo con rigor, sensatez y flexibilidad, porque Felipe Hernández no sólo es un reconocido experto en nutrición ortomolecular, sino que además es uno de esos pocos profesionales verdaderamente competentes, inquieto por aprender de continuo acerca de las maneras más eficientes y respetuosas de ayudar a que las personas reduzcan su sufrimiento, abrazando ciencia y humanismo. Como psicólogo me complace muy especialmente tener por fin una clara y detallada sistematización de cómo, a través de las orientaciones nutricionales y las recomendaciones ortomoleculares, puedo seguir mejorando en mi trabajo hacia la mejora de la salud emocional de las personas. Me atrevo a calificar de disparate vergonzoso el hecho de que en la actualidad exista un vacío tan profundo en la formación de este tipo de cuestiones por parte de la inmensa mayoría de profesionales de la salud mental, tanto psicólogos como psiquiatras. Asimismo, no dudo en vaticinar que este libro es el primer paso de lo que los años demostrarán como algo ineludible: alejarnos del envenenamiento generalizado al que, cada vez más, estamos sometiendo a nuestros cuerpos y nuestras mentes. Este libro es también un retorno fundamentado a nuestra alimentación natural. Pero me complace especialmente que el autor demuestre competencia y sensibilidad para ir más allá de la temática ortomolecular, y la integre con los aspectos físicos y psicológicos que forman una parte inexcusable de la trama.

Sólo me queda esperar y desear que usted, apreciado lector, no se quede en la mera información, sino que se esfuerce por transformarla en verdadero conocimiento, porque el problema siempre es que resulta más fácil aprender lo que hay que hacer que aprender a tomar la decisión de hacerlo. El filósofo británico Francis Bacon decía: «Podemos probar algunos libros, y devoramos otros, pero son poquísimos los que masticamos y digerimos». Le deseo un buen provecho.

PEDRO JARA VERA,

Psicoterapeuta y consultor.

Profesor asociado de la Facultad de Psicología

de la Universidad de Murcia

PARTE I

LAS CLAVES DE LA ALIMENTACIÓN

PARA UNA BUENA SALUD EMOCIONAL

1. PRESENTACIÓN

¿Qué fue primero? ¿La gallina o el huevo? Esta frase se ha convertido en una especie de eslogan que se aplica en situaciones en las que nunca se puede afirmar con rotundidad si una de las premisas precede a la otra. Por ejemplo, en casos como la depresión nerviosa, la ansiedad, los miedos y los desequilibrios emocionales en general, ¿qué fue primero? ¿Fue el desajuste en la bioquímica cerebral lo que desencadenó el problema, o fueron los factores externos, las circunstancias de la vida? En la última década he escuchado y leído a diferentes profesionales de la salud mental y de la salud en general defender con afán una de las dos posiciones.

Algunos terapeutas señalan, en ocasiones con demasiada frivolidad, que todo depende de la manera en que uno se toma la vida, de la manera en que se enfrenta a las situaciones angustiosas, de sus mecanismos de protección emocional, y que tan sólo con un cambio de pensamiento o de «visión de la vida» se pueden solucionar los sentimientos y emociones negativas que causan el sufrimiento.

Por otro lado, los investigadores y clínicos de la psique y su bioquímica han demostrado con argumentos científicos de peso que el desequilibrio en ciertos neurotransmisores y las enzimas que los sustentan puede ser una causa más que suficiente para que se desencadene cualquiera de los trastornos mencionados.

Pero la pregunta subsiste. ¿Qué fue primero? Lo cierto es que, para quienes vemos al ser humano como una unidad que no debe ser «loncheada» o dividida en porciones, y que pensamos que la interrelación entre mente y cuerpo es irreductible, la pregunta debería plantearse de otra manera. ¿Por qué existen los médicos del cuerpo y los médicos de la mente? Como afirmó Platón: «Uno de los grandes errores de la medicina ha sido tener médicos para el alma y médicos para el cuerpo, puesto que los dos aspectos no pueden separarse». Soy consciente de que plantear semejante cuestión puede parecer un tanto soberbio, ya que supone poner en entredicho muchos de los pilares que sostienen la actual medicina especializada.

Como reconoció el doctor Seignalet en su obra La alimentación, la tercera medicina:

¿Cómo puede ser que, con los grandes progresos realizados en numerosas ciencias, todavía seamos incapaces de comprender el funcionamiento de tantas enfermedades? He aquí una posible respuesta. La creciente complejidad de la medicina ha llevado a la mayor parte de clínicos e investigadores de alto nivel a una especialización cada vez mayor. Por lo tanto, sólo conocen algunas facetas de un estado patológico, pero no las otras. Esta visión parcial les impide alcanzar una comprensión global del problema.

Estas afirmaciones fueron hechas por uno de los profesionales de la salud con una carrera más dilatada, cuarenta años dedicados a la medicina y la biología, y considerado actualmente como uno de los mayores expertos mundiales en el área de la nutrición terapéutica. En efecto, la visión holística de la salud hace que la etiología de trastornos en apariencia tan diferentes concurra en una misma dirección: alimentación-intestino-emociones. Además, nos señala de manera inequívoca un camino diferente, una terapéutica más humana y alejada del «despiece especializado» que trata al individuo «en porciones». La alimentación terapéutica y su vertiente ortomolecular (que analizaremos más adelante) debe ser la medicina del futuro, la verdadera medicina preventiva y etiológica. Sumada al bienestar emocional inducido mediante terapias humanistas, debe servir para dejar la salud de cada persona en sus manos, mediante un modo de vida activo. El profesional de la salud tiene que ser más un profesor o un maestro de la salud, y la medicina convencional, siempre necesaria, debería ser el último recurso.

Con mi primera obra, Que tus alimentos sean tu medicina,creo que establecí con claridad la relación entre alimentación y salud, y en qué medida las subcarencias de nutrientes esenciales pueden desencadenar alteraciones en las reacciones enzimáticas, intrínsecas a la vida, y originar numerosas afecciones crónicas y, en muchas ocasiones, degenerativas. El equilibrio emocional es el pilar en el que se sustenta el concepto de salud que propugno desde hace años y al que dedico infinidad de conferencias dirigidas a médicos y terapeutas.

No es casualidad que el primer fundamento del método INCA (Instituto de Nutrición Celular Activa) sea el bienestar emocional, ya que el factor más importante para conseguir y mantener la salud es una «actitud mental positiva constante». Día a día se acumulan las pruebas de que lo que pensamos, sentimos y creemos en nuestro interior tiene un tremendo efecto en la forma en que funciona nuestro cuerpo. Nuestra mente es sumamente poderosa, a pesar de que sólo utilicemos una pequeñísima parte de sus capacidades. Se han escrito infinidad de libros, especialmente los llamados de autoayuda, sobre cómo tomar medidas adecuadas para conseguir la autorrealización personal, pero con frecuencia se olvida a quien acuñó este término: Abraham Maslow, el padre de la psicología humanista, que revolucionó la psicología de su tiempo. Le dedicaré algunas reflexiones más adelante.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) no define la salud como la mera ausencia de enfermedad, sino como «un estado de completo bienestar físico, mental y social». Esta definición me parece muy acertada, ya que proporciona un ámbito positivo de la salud que va más allá de la ausencia de enfermedad.

A menudo se reduce la salud a una cuestión de responsabilidad individual: la elección de una alternativa sana sobre otra menos sana. Por ejemplo, elegimos hacer ejercicio físico como rutina, en lugar de mantener una actividad sedentaria, o comer alimentos de la mejor calidad a tomar comida basura. Si uno quiere estar sano debe escoger opciones sanas. Esto es indiscutiblemente cierto en el caso de nuestros pensamientos, nuestras emociones y el uso que damos a nuestro tiempo. Debemos canalizarlos hacia una alternativa u opción sanas.

Cuando se trata de asesorar a quien nos consulta sobre cómo disfrutar de la mejor salud posible, es necesario que, dada nuestra condición de profesionales de la salud, asumamos nuestro rol de formadores y educadores sobre hábitos de vida. Ello incluye orientar a quienes tenemos delante hacia modos de vivir y de pensar positivos que conduzcan a su equilibrio y bienestar emocional.

Hay que lamentar que, aunque la idiosincrasia de la nutrición ortomolecular está claramente relacionada con la medicina preventiva, no es extraño que nos consulten personas que presentan trastornos ya diagnosticados clínicamente, ya sean emocionales o psíquicos. Desde hace años he observado que las terapias médicas, sean convencionales o no, se ven respaldadas y potenciadas con una buena higiene alimentaria, es decir, con buenos hábitos de alimentación. Esto también es cierto en los trastornos que ahora nos ocupan, como la depresión, la ansiedad, los trastornos del apetito, la hiperactividad infantil, etc. Como veremos en los próximos capítulos, ciertos hábitos alimentarios están directamente relacionados con algunas alteraciones emocionales, y en algunos casos incluso son parte fundamental de la etiología del problema.

Además, la nutrición ortomolecular tiene sus orígenes en la llamada psiquiatría ortomolecular. Los padres de ésta eran psiquiatras y bioquímicos que observaron la estrecha relación que existe entre la bioquímica cerebral alterada, las enfermedades psiquiátricas y su corrección mediante ciertos nutrientes si se aportan en cantidades óptimas.

El primero en utilizar el término «ortomolecular», en 1969, fue el matemático, físico y bioquímico estadounidense Linus Pauling, ganador de los premios Nobel de Química (en 1954) y de la Paz (en 1962). Pauling citó en la revista Science los trabajos realizados por el doctor Hoffer, quien había tratado a pacientes psiquiátricos con suplementos proteínicos, y vitaminas C y B3 en cantidades superiores a lo convencional. Según Pauling, esta terapia consiste en «proporcionar a cada persona la concentración óptima de los componentes normales más importantes del cerebro; de hecho, puede ser el mejor tratamiento para muchos pacientes que sufren trastornos mentales». Definió la psiquiatría ortomolecular como «un tratamiento de las enfermedades mentales que consiste en favorecer el entorno molecular óptimo para la mente y, sobre todo, la concentración óptima de las sustancias que están normalmente en el organismo humano». Utilizaba la palabra «mente» por ser el sinónimo más apropiado del funcionamiento cerebral. En su opinión, es el cerebro el que le proporciona a la mente su entorno molecular.

Esta definición, y el razonamiento subsiguiente, comportó un camino nuevo diametralmente opuesto al de los tranquilizantes y otros fármacos utilizados para tratar las enfermedades mentales. Se partía de la sintomatología psíquica que se debe a trastornos del sistema nervioso central nacidos de fallos del metabolismo, como por ejemplo los defectos genéticos o la concentración inadecuada de moléculas en el organismo. Las enfermedades mentales aparecen cuando hay carencias de las moléculas adecuadas, en la proporción adecuada. Es un hecho que estas moléculas y las enzimas relacionadas son dependientes de ciertas vitaminas, minerales, oligoelementos, ácidos grasos esenciales y aminoácidos.

No obstante, debo aclarar algo. No estoy dando a entender que en cualquier caso se pueda prescindir de entrada de la terapia a base de medicamentos. Sin embargo, afirmo que a medio y largo plazo la terapia ortomolecular puede reducir los medicamentos, que por otro lado no son anodinos, e incluso prescindir de ellos. Es más, especialistas en terapia ortomolecular de todo el mundo hemos comprobado que ciertos trastornos psíquicos de envergadura remiten por completo con el uso exclusivo de esta terapia.

La psicoenergética ortomolecular es el término que utilizo para englobar todas las acciones terapéuticas ya citadas y otras que tienen como objetivo mantener o recuperar una buena salud mental, emocional y sentimental, como demuestra el siguiente esquema:

2. UN POCO DE HISTORIA:

EL NACIMIENTO DE LA PSIQUIATRÍA ORTOMOLECULAR

En la Antigüedad, las artes médicas, más que una ciencia, eran a menudo una fusión de supersticiones y ritos religiosos. En la obra The Epic of Medicine (La epopeya de la medicina), editada por el doctor Félix Martí-Ibáñez, se dice lo siguiente: «En la lucha contra la enfermedad [...], los mesopotámicos recurrían a una mezcla de medicina y religión, pues consideraban las dolencias un castigo de los dioses». Poco después, la medicina egipcia también se basaba en la religión. De ahí que, desde el mismo principio, a los terapeutas se les profesara admiración religiosa.

El doctor Thomas A. Preston, autor del libro The Clay Pedestal, observa: «Muchas de las creencias ancestrales dejaron en la práctica médica una impronta que perdura hasta hoy. Una de ellas consistía en que el paciente no ejercía control sobre la dolencia y, por tanto, la única posibilidad de recuperación residía en la intervención mágica del médico».

Hipócrates (460-400 a. C.) fue uno de los primeros en reconocer la relación entre la dieta y la salud. Sus enseñanzas establecieron el fundamento de la medicina científica, al rechazar la superstición y el concepto de que la enfermedad era un «castigo divino». En resumen, sostuvo que la dieta y el estilo de vida constituían la base de la salud y que para tratar al paciente con éxito había que conocer bien la naturaleza de la dolencia y prescribir la terapia apropiada. Es curioso observar que la actual «medicina oficial» no concede a la dietética el papel que merece con relación a la salud y enfermedad y, en muchas ocasiones, más que preocuparse por la «naturaleza de la enfermedad» (la etiología), se centra en la sintomatología. Por suerte, está produciéndose un cambio al respecto, y cada vez hay más clínicos que también se preocupan por investigar, procuran tener una cultura de la salud más amplia, e inciden en los factores medioambientales, incluida la dieta.

Pedanio Dioscórides (siglo I a. C.) escribió la De materia médica. Griego de nacimiento, sirvió en las legiones romanas y se especializó en el uso de las plantas medicinales. Algunas de sus fórmulas, que todavía se estudian en la actualidad, son consideradas de incuestionable valor terapéutico.

Galeno (siglo II a. C.), otro médico griego, codificó la medicina herbal en más de una docena de textos. De hecho compuso un tratado de anatomía basado en disecciones de animales y seres humanos que sirvió de punto de referencia durante siglos.

Andrés Vesalio (Bruselas, 1514 - Grecia, 1564) escribió la obra Siete libros sobre la estructura del cuerpo humano, que pese a la oposición que suscitó por contradecir muchas de las conclusiones de Galeno, estableció los fundamentos de la anatomía moderna. Según el libro Die Grossen (Los grandes genios), Vesalio se convirtió así en «una de las figuras universales más relevantes de la investigación médica de todos los tiempos».

Después de muchos siglos, se refutaron las teorías de Galeno sobre el corazón y la circulación de la sangre. William Harvey, médico inglés, dedicó años a la disección de mamíferos y aves. Observó el funcionamiento de las válvulas cardíacas y calculó tanto el volumen sanguíneo ventricular como el circulante. En 1628 publicó sus descubrimientos en el Ensayo anatómico sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales. Aunque fue objeto de críticas, oposición, ataques e insultos, su obra marcó un hito en la medicina: se había descubierto el aparato circulatorio.

Al mismo tiempo, en otras culturas y continentes se venían desarrollando desde hacía milenios otras medicinas tradicionales, a las que ahora podríamos denominar ancestrales, pues han perdurado hasta hoy. Entre las más representativas figuran la medicina tradicional china y la medicina ayurvédica. Estas medicinas orientales tenían un concepto de salud global, y la farmacopea extraída de plantas era sólo una herramienta más, junto con la corrección alimentaria (especialmente en el Ayurveda, en el que cada alimento puede tener un efecto según el terreno del individuo), las técnicas manuales (masaje, acupuntura, etc.) y otras. Sea como fuere, estas medicinas ancestrales han sabido mantener el sentido de lo global a la hora de tratar al enfermo, al dar importancia a la energía interior que canaliza todos los aspectos vitales: el bioquímico, el fisiológico, el anímico e, incluso, el espiritual.

Por otro lado, en Occidente la medicina, influida por la farmacopea griega, tendía más al pragmatismo y el «arsenal terapéutico», y configuró un vademécum por especialidades. En el siglo XIX, los médicos y farmacéuticos de Occidente aprendían botánica, y muchas veces ellos mismos preparaban los compuestos vegetales para sus pacientes. Todavía era muy grande la implicación personal y afectiva en la elaboración de estas fórmulas, que recomendaban los «médicos de familia», a quienes no habían enseñado que «no hay que implicarse sentimentalmente con los pacientes, para mantener la objetividad», y por tanto, eran médicos no sólo del cuerpo, sino también del espíritu (es decir, las emociones y los sentimientos).

El francés Louis Pasteur empleó vacunas para luchar contra la rabia y el ántrax. Demostró asimismo que los gérmenes son un factor determinante en el origen de las infecciones. En 1882,Robert Koch aisló el bacilo causante de la tuberculosis, enfermedad que un historiador ha calificado como «la mayor asesina del siglo XIX». Un año después, hizo lo propio con la bacteria del cólera. «Los trabajos de Pasteur y de Koch fueron el preludio de la microbiología y abrieron el camino a los avances en el campo de la inmunología, la sanidad y la higiene, los cuales han contribuido a prolongar la esperanza de vida de la raza humana más que cualquier otro adelanto científico en los últimos mil años», afirma la revista Life. Sin embargo, quiero hacer notar que el propio Pasteur reconoció, al final de sus días, que el terreno biológico del paciente (anfitrión) es más importante que el virus (huésped), ya que éste será más o menos agresivo, e incluso inocuo, dependiendo de la fortaleza del sistema inmunológico y el estado general del individuo con quien entra en contacto.

Desde entonces, los adelantos científicos han avanzado con rapidez: insulina para la diabetes, quimioterapia contra el cáncer, tratamientos hormonales para regular los trastornos glandulares, antibióticos para combatir la tuberculosis, cloroquina contra algunos tipos de paludismo, y diálisis para las afecciones renales, además de operaciones a corazón abierto y trasplantes de órganos, por nombrar sólo unos pocos. Sin embargo, aunque en 1998 la Comisión Europea aseguró que «nunca antes habían disfrutado los europeos de una vida tan larga y sana», agregó: «Una de cada cinco personas morirá prematuramente antes de cumplir los sesenta y cinco años. El cáncer se cobrará casi el 40 % de las víctimas, y las enfermedades cardiovasculares, otro 30 % [...]. Hay que ofrecer mayor protección contra los nuevos peligros para la salud».

La revista alemana de salud Gesundheit reveló en noviembre de 1998 que las enfermedades infecciosas, como el cólera y la tuberculosis, presentan una amenaza creciente. ¿Por qué? Porque los antibióticos «pierden su efectividad. Cada vez más bacterias son resistentes a por lo menos un medicamento; en realidad, muchas lo son a varios de ellos». El asunto es que no sólo resurgen antiguas dolencias, sino que también han aparecido otras nuevas, como el sida. La publicación alemana de farmacia Statistics ‘97 nos recuerda: «Hasta la fecha no existe tratamiento para la causa de dos tercios de las enfermedades conocidas (unas 20.000)».

¿Y qué se puede decir de la depresión, el estrés, la ansiedad, la angustia, los trastornos del apetito y la hiperactividad infantil, así como otras enfermedades de la psique? ¿No son acaso una «plaga» de nuestro tiempo? ¿Será sólo coincidencia que el aumento de estas enfermedades emocionales sea proporcional al deterioro en la calidad de nuestra alimentación y a la baja ingesta de nutrientes esenciales? Por otro lado, ¿no es cierto que, pese a tantos adelantos científicos, comodidades y lujos, se percibe en nuestra sociedad un grado de insatisfacción personal mayor que nunca?

Continuando con nuestro repaso histórico, debemos decir que se produjo un cambio profundo cuando las multinacionales farmacéuticas asumieron el control en la producción de fármacos sintéticos, que relegaron a una posición simbólica el uso de compuestos terapéuticos naturales. Todas las décadas se producen miles y miles de fármacos sintéticos. El interés científico por la botánica médica se vio interrumpido. Cada fármaco era concebido como un arma dirigida a una enfermedad específica o a un órgano diana, a diferencia de muchos preparados naturales que se habían utilizado durante siglos y tenían una acción global sobre órganos y sistemas (estimular la inmunidad, reducir la fatiga, mejorar los trastornos respiratorios y los problemas digestivos, etc.).

En estas últimas décadas, las investigaciones científicas en el campo de la salud están directamente vinculadas con los beneficios que producen. El coste de atravesar todas las pruebas obligatorias para la aprobación administrativa de un fármaco es muy elevado y, por lo general, es sufragado por las multinacionales farmacéuticas, que, lógicamente, quieren recuperar sus inversiones. ¿Qué papel desempeñan los productos naturales en esta vorágine de miles de millones de dólares o euros? Los productos naturales, incluidos los ortomoleculares, no pueden ser patentados, lo que reduce muchísimo los incentivos financieros para una compañía farmacéutica. ¿A qué multinacional farmacéutica podría interesarle sufragar los gastos de una investigación sobre el uso de la vitamina B3 en la esquizofrenia, o el interés del triptófano en el síndrome de ansiedad generalizado?

A pesar de todo, el 70 % de la población estadounidense ha tomado en algún momento de su vida un complemento ortomolecular, el 60 % de los alemanes utiliza productos homeopáticos o fitoterápicos u ortomoleculares, y hasta el 40 % de los franceses y españoles toma productos naturales para sentirse mejor, o como parte del tratamiento recomendado por un especialista.

Es innegable el crecimiento que está teniendo el uso de las «medicinas complementarias» en todo el mundo. En los países subdesarrollados, porque es parte de su tradición, y su obtención y coste son más reducidos, y en los países desarrollados porque su eficacia parece incuestionable, y sus efectos adversos, en los raros casos en que los tiene, son infinitamente menores que los provocados por los fármacos. Un estudio publicado en 1998 por la revista JAMA (diario oficial de la Asociación Médica Americana) reveló que todos los años se producen entre 76.000 y 100.000 muertes en los hospitales estadounidenses debido a las reacciones farmacológicas adversas.

UNA PERSPECTIVA REVOLUCIONARIA DE LA SALUD MENTAL

Este brevísimo repaso histórico nos lleva a los primeros años de la década de 1950, cuando se produjo el inicio de una corriente que hoy en día tiene miles de adeptos, profesionales que provienen de diferentes disciplinas. Los doctores Abram Hoffer y Humphry Osmond trabajaban en un hospital canadiense tratando a pacientes psicóticos, esquizofrénicos y con otras psicopatologías. El tratamiento convencional consistía en una fuerte sedación con fármacos, tratamientos de choque, psicoterapia y hospitalización permanente, con el empleo de camisas de fuerza, correas y baños de contraste. Aunque con estas medidas se sometía al paciente, no se trataban las causas de su enfermedad. Hoffer y Osmond, insatisfechos ante tal realidad, desarrollaron una teoría en la que emplearían grandes dosis de niacina y vitamina C en los cuadros esquizoides. Al realizar un análisis bioquímico llegaron a la conclusión que la causa de los síntomas de la esquizofrenia era el desequilibrio molecular. Con el aporte de dosis óptimas de esos nutrientes se podía restringir la acumulación de una sustancia química anormal, el adenocromo, presente en estos pacientes, y evitar de este modo los síntomas. Se fijaron particularmente en la manera en que la niacina podía cortar la conversión de la noradrenalina (NAD) en adrenalina, lo que interrumpía la producción de adenocromo. Encontraron siete efectos positivos del uso de la vitamina B3 en varias psicopatologías: palía una subcarencia vitamínica frecuente, tiene un efecto cerebrovascular, tiene un efecto masivo sobre el metabolismo celular, restaura la actividad de la esterasa acetilcolina, inhibe la actividad de la NADasa, acelera la destrucción de la toxina de la esquizofrenia y actúa como su antagonista directo, y tiene un efecto antialérgico en algunos esquizofrénicos.

Durante décadas, Abraham Hoffer y los profesionales de la salud que concordaban con la teoría del adenocromo se han enfrentado a críticas feroces por parte de científicos que alegaban que esta sustancia no se encuentra en el organismo. Y eso a pesar de que los pioneros de la psiquiatría ortomolecular dejaron claro que la bioquímica abría la posibilidad de que ésta se hallase en el organismo como consecuencia de la degradación de la adrenalina y la noradrenalina, fruto de la actividad de ciertas enzimas. Pero la crítica institucional fue lapidaria. Aún hoy en día no se quieren dedicar recursos a investigar lo que ya está más que probado. En efecto, algunos médicos han comprobado la existencia del adenocromo, como el eminente doctor R. E. Beamish, profesor emérito de la Facultad de Medicina de la Universidad de Manitoba y su equipo de colaboradores.

Aunque el mundo médico se ha mostrado escéptico, el número de profesionales de la salud que quisieron probar esta teoría aumentó al comprobarse que las mejorías con esta terapia eran suficientes como para extender su uso. Con el tiempo se desarrolló una corriente de médicos que utilizaban aminoácidos implicados en la neurotransmisión, minerales, oligolementos, ácidos grasos esenciales y una dieta baja en glúcidos de rápida asimilación, además de las mencionadas vitamina C, la niacina y el grupo B en general.

En palabras del propio Abram Hoffer, «la psiquiatría ortomolecular congrega a todos los médicos que están interesados en la nutrición, las alteraciones del metabolismo, los defectos de la química cerebral, la biología molecular, la genética, la investigación de las enzimas cerebrales y el tratamiento psiquiátrico basado en la alteración de los niveles moleculares y la concentración de sustancias esenciales para lograr un óptimo funcionamiento del cerebro».

Desde la década de 1950 hasta el presente, la evolución que ha experimentado la psiquiatría ortomolecular ha sido impresionante Estados Unidos o Canadá, aunque no tanto en España y otros países del viejo continente. De hecho, en estos momentos, el repertorio de nutrientes esenciales investigados y utilizados por su relación directa con la bioquímica cerebral es elevado, y los apasionados del tema necesitarían años de estudio para asimilar toda la bibliografía existente.

Llegado este punto, citaré unas reflexiones del psiquiatra Harvey M. Ross, pionero en la llamada psiquiatría ortomolecular:

En mi consulta, encuentro una y otra vez que, a veces, es necesario utilizar el tratamiento ortomolecular antes de poder emplear una psicoterapia efectiva. En algunos casos, lo único que se necesita es la psiquiatría ortomolecular. Siempre es importante diseñar el tratamiento adecuado para el paciente, y no dejar sin explorar ningún ámbito que pueda ser beneficioso. La frustración del psiquiatra ortomolecular puede ser mayor en este aspecto, debido a que muchos de nuestros colegas desprecian el posible uso de esta terapia con una gran arrogancia y prejuicio. Numerosos artículos y libros, como por ejemplo Cómo vivir con la esquizofrenia, de los doctores Abraham Hoffer y Humphrey Osmond, corroboran la efectividad de este método. [...] Creo que el inmovilismo de algunos miembros de la comunidad psiquiátrica explica la pérdida de estima que sufre la psiquiatría actual. El prejuicio y la ausencia de objetividad han tenido como resultado el rechazo de una herramienta psiquiátrica valiosa. [...] Aunque la psiquiatría ortomolecular se inició como un tratamiento para la esquizofrenia, los estados tratados ahora por este método se han ampliado mucho. Pacientes que presentan síntomas de depresión y ansiedad se han beneficiado de la psiquiatría ortomolecular, como he demostrado. Algunos alcohólicos y drogadictos han mejorado, según han informado el doctor David Hawkins y otros. Mi amigo y colega, el doctor Allan Cott, ha demostrado que esta terapia es adecuada para el tratamiento de los niños problemáticos, sobre todo los hiperactivos y los que padecen trastornos del aprendizaje.

En mi caso, llevo más de quince años aplicando la terapia ortomolecular y corroboro las palabras del doctor H. M. Ross. De hecho, en esta obra pretendo dejar establecido que con esta terapia se pueden tratar con éxito muchos casos de depresión, así como la ansiedad, la hiperactividad infantil y los trastornos del aprendizaje, los trastornos del apetito y otros alteraciones típicas del campo de la psicoterapia y/o la psiquiatría. No abordaré las psicosis graves y los cuadros esquizoides, ya que prefiero centrarme en los trastornos más comunes, tremendamente comunes diría, que, si no se tratan de la manera correcta, pueden hacer la vida muy difícil e incluso acabar con ella.

Antes de abordar los aspectos puramente prácticos de los principales trastornos de la salud mental y su terapéutica recomendada, debo indicar que los hechos contrastados indican la existencia de una relación inequívoca entre la nutrición y el estado de ánimo, así como entre el desequilibrio emocional y la génesis de diversos trastornos de la salud. Bajo esta última premisa será posible establecer que cualquier persona que padece un desequilibrio emocional durante un tiempo es susceptible de padecer muchos otros trastornos físicos, dado que somos «una unidad» que no puede ser fragmentada y que funciona en total interrelación, como lo demuestra el siguiente esquema y analizaremos en los capítulos que componen esta primera sección.

3. RELACIÓN ENTRE NUTRICIÓN Y SALUD MENTAL

Hace más de sesenta y cinco años se estableció el hecho de que una deficiencia en la alimentación puede causar trastornos mentales, incluso la depresión grave. Una enfermedad mortal, la pelagra, hacía estragos en muchos países y mataba a diez mil estadounidenses todos los años. Las primeras manifestaciones de la enfermedad eran generalmente trastornos mentales. Predominaba la depresión.

En su esfuerzo por llegar a la raíz del problema, el doctor Joseph Goldberger puso a varias personas sanas el mismo régimen alimenticio que se utilizaba con algunos pacientes de enfermedades mentales. Sus comidas consistían principalmente en harina de maíz, maíz a medio moler, fécula de maíz, otros productos derivados del maíz y una diminuta cantidad de vegetales. Esperó. ¡Siete de los once participantes cayeron en una depresión grave y enfermaron de pelagra! Después agregó levadura de cerveza, carne sin grasa y otros alimentos nutritivos. Todos se recuperaron con rapidez. Una deficiencia nutritiva había sido la causa de su depresión.

El maíz, que constituye la mayor parte del régimen alimenticio de la gente más pobre en las zonas donde se cultiva, carece casi por completo de un aminoácido vital, el triptófano. Debido a ello, se produjo una escasez de algunas vitaminas del grupo B, como la B3.

Los científicos han descubierto que otras deficiencias nutritivas causan síntomas tales como depresión, irritabilidad nerviosa, cansancio y cambios de personalidad. Las abundantes investigaciones al respecto han relacionado las vitaminas, especialmente el complejo B, con la conversión de aminoácidos, como el triptófano, en neurotransmisores, que transmiten los impulsos de nuestro pensamiento de una célula nerviosa a otra. Algunas clases de depresión se han asociado con la escasez de ciertos neurotransmisores.

El profesor Richard Wurtman, del célebre Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), afirma que los alimentos pueden modificar el funcionamiento del cerebro. Señala que algunos de ellos son precursores de los neurotransmisores (moléculas que aseguran la comunicación entre neuronas), especialmente los aminoácidos. Asimismo está convencido de que podemos influir en el funcionamiento del cerebro por medio de la alimentación. Wurtman demostró hace varias décadas que la administración suplementaria de dosis reducidas de triptófano bastaba para que los ratones incrementasen la síntesis del neurotransmisor correspondiente (serotonina).

Otra referencia significativa es el hecho de que durante la guerra de las Malvinas (1982) los médicos británicos inyectaron a los pilotos dosis elevadas de tirosina para mantenerlos despiertos, con éxito. La tirosina es un aminoácido, presente en los alimentos, precursor de otro neurotransmisor (la noradrenalina) que interviene en la capacidad de concentración.

En su libro La dietétique du cerveau, de l’intelligence et du plaisir, el famoso investigador Jean Marie Bourre, del Hospital Fernand-Widal (Francia), sostiene que «el cerebro es un órgano que, como los demás, necesita nutrirse de manera que sus componentes se renueven cada día. Lo que incluye, además del aporte energético, sustancias específicas que intervienen en la producción de sus membranas celulares, especialmente aminoácidos esenciales, minerales, vitaminas y lípidos. [...] Las membranas celulares, elemento esencial para la transmisión del impulso nervioso, contienen especialmente dos ácidos poliinsaturados, el ácido linoleico y el alfalinolénico, presentes en aceites vegetales de calidad». Lo cierto es que éstos no pueden fabricarse, deben ser ingeridos con la dieta habitual y, por desgracia, no están presentes en su forma molecular óptima en los aceites comercializados y usados por la mayoría de la población. Al abordar el capítulo específico sobre la depresión desarrollaré esta idea ampliamente.

Al referirse al tratamiento terapéutico de la depresión, el doctor D. Hawkins, presidente fundador de la Academia de Psiquiatría Ortomolecular, explicó: «Lo primero que se debe hacer es asegurarse de que el paciente tenga el equilibrio nutritivo óptimo». Ha tratado a cinco mil pacientes esquizofrénicos de este modo, y afirma que más de cuatro mil experimentaron una mejoría. De hecho, ha descubierto que, si el tratamiento vitamínico se agrega a la psicoterapia y a los fármacos habituales, puede casi duplicar el promedio de recuperación, reducir a la mitad la hospitalización y eliminar completamente los suicidios, que son muy elevados entre los esquizofrénicos.

Entre quienes destacan el tratamiento nutritivo para la salud mental figura George Watson, un antiguo profesor universitario que ahora dedica todo su tiempo a la investigación psicoquímica. En Nutrition and Your Mind razona que la gente es oxidante lenta o rápida, y por lo tanto tiene que organizar su régimen alimenticio de acuerdo con ello. Opina que lo que uno come determina su estado mental y, en cierto sentido, la clase de persona que es. También afirma: «La mayor parte del comportamiento errático lo causa un cerebro mal alimentado, un sistema nervioso exhausto o cualesquiera otros problemas físicos diversos que guardan relación directa con un metabolismo que funciona imperfectamente».

Los más de quinientos médicos y psiquiatras pertenecientes a la Fundación Americana para el Estudio de la Hipoglucemia tratan las enfermedades mentales de un modo similar. Sostienen que la falta de azúcar en la sangre puede causar depresión, ansiedad, olvido, temblores, pesadillas y crisis nerviosas. Esta falta de azúcares en sangre viene dada por el consumo indiscriminado de los mismos y el consecuente desequilibrio en su metabolismo y la actividad insulínica. Más adelante analizaré esta relación entre la hiploglucemia reaccional y la depresión nerviosa y los cambios bruscos de humor.

En cuanto a los oligoelementos, se suele reconocer el valor del litio para tratar enfermedades mentales. Un bioquímico de Texas descubrió que en las ciudades de Texas donde había mayores niveles de litio en el agua potable, había menos enfermedades mentales. Así pues, el profesor de psiquiatría Leon Eisenberg, de la Escuela Médica de Harvard, dijo: «Podemos ayudar a los pacientes maníaco depresivos a que permanezcan bien después de que se recobren de un episodio de su enfermedad mediante la administración de litio como profiláctico» (World Health,octubre de 1974). Quisiera añadir que, como profiláctico, debería utilizarse el litio catalítico mejor que los carbonatos de litio utilizados para las crisis, prescritos sólo por médicos cualificados, y que requieren un control analítico sistemático, dados sus posibles efectos secundarios.